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Parte 2Las hermanas envidiosas conspiran

Amor y Psique · Apuleyo · 10 min de lectura

Todo esto es tuyo. Ahora retírate a tu dormitorio, repón tu cansancio en el lecho y pide el baño cuando quieras. Nosotras, cuyas voces escuchas, somos tus sirvientas y te atenderemos con esmero, y no te faltará un banquete regio una vez que hayas cuidado tu cuerpo. Psique percibió la felicidad de una providencia divina y, obedeciendo las advertencias de aquella voz sin forma, se quitó primero el cansancio con el sueño y luego con el baño. Al ver enseguida junto a ella una mesa semicircular, pensó por los utensilios de comedor que era apropiada para su refrigerio y se recostó complacida.

Y al instante le sirvieron copiosamente bandejas de vino como néctar y de manjares variados, sin que nadie la atendiera, sino impulsadas tan solo por una especie de soplo. Sin embargo, ella no podía ver a nadie, sino que solo oía palabras que se pronunciaban y tenía por sirvientas únicamente a unas voces. Tras el opíparo banquete, alguien entró y cantó invisible, y otro tocó la cítara, que tampoco se veía. Entonces llegó a sus oídos la voz conjunta de una multitud modulada, de modo que, aunque no se veía a nadie, resultaba evidente que había allí un coro.

Terminados los placeres, al llegar la tarde Psique se retira a dormir. Y cuando ya estaba avanzada la noche, un sonido suave llegó a sus oídos. Entonces, temiendo por su virginidad en tan grande soledad, se asusta y se estremece y teme más que a cualquier mal lo que ignora. Y ya había llegado su desconocido marido, había subido al lecho, había hecho a Psique su esposa y se había marchado rápidamente antes del amanecer. Enseguida las voces que aguardaban en el dormitorio cuidaron de la recién casada, perdida su virginidad.

Así transcurrió el tiempo durante muchos días. Y como es natural, la novedad mediante la costumbre continua le proporcionaba deleite, y el sonido de aquella voz incierta era el consuelo de su soledad. Mientras tanto, sus padres envejecían con duelo y tristeza incesantes, y divulgada la noticia más ampliamente, aquellas hermanas mayores se enteraron de todo y, presurosas, tristes y enlutadas, abandonaron su casa y se dirigieron a toda prisa a ver y hablar con sus padres. Aquella noche su marido habló así a su Psique —pues aparte de con los ojos, con las manos y los oídos nada se percibía con mayor presencia—: «Psique, mi dulcísima y querida esposa, una fortuna cruel te amenaza con un peligro mortal que considero que debes vigilar con mayor cautela.

Tus hermanas, turbadas por la idea de tu muerte y buscando tu rastro, van a llegar enseguida a ese acantilado. Si por casualidad oyeres sus lamentos, ni respondas ni siquiera las mires en absoluto; de otro modo, me causarás a mí un dolor gravísimo y a ti te crearás la suprema perdición». Ella asintió y prometió que haría lo que su marido disponía, pero cuando él desapareció junto con la noche, la infeliz consumió todo el día en lágrimas y lamentos, repitiendo que ahora sí que estaba completamente perdida, ella que, encerrada en la custodia de aquella dichosa cárcel y privada de conversación y trato humanos, no podía prestar ayuda salvadora a sus propias hermanas que se lamentaban por ella ni siquiera verlas en absoluto.

Sin recuperarse ni con el baño ni con la comida ni con ningún refrigerio, llorando copiosamente se retiró a dormir. Y no pasó mucho tiempo cuando su marido, acostándose en el lecho un poco más temprano de lo habitual y abrazándola cuando aún lloraba, le reprochó así: «¿Es esto lo que me prometías, Psique mía? ¿Qué espero ya de ti tu marido, qué espero? De día y de noche, incluso en los abrazos conyugales, no dejas de atormentarte.

Ea pues, haz ahora lo que quieras y obedece a tu corazón que te pide cosas perjudiciales. Tan solo recuerda mi seria advertencia cuando empieces a arrepentirte demasiado tarde». Entonces ella con súplicas, y amenazando con que moriría, arranca de su marido que consienta en lo que deseaba, que vea a sus hermanas, alivie su duelo, les hable. Así él concedió el perdón a las súplicas de su recién casada y además le permitió que las obsequiara con todo el oro o las joyas que quisiera, pero una y otra vez la previno y frecuentemente la atemorizó para que nunca, persuadida por el pernicioso consejo de sus hermanas, preguntara por el aspecto de su marido ni con su sacrílega curiosidad se precipitara desde tan alta cumbre de felicidad ni pudiera alcanzar después su abrazo.

Ella dio las gracias a su marido y ya con el ánimo más alegre dijo: «Antes moriré cien veces que privarme de este dulcísimo matrimonio contigo. Pues te amo y te adoro apasionadamente, quienquiera que seas, igual que a mi propia vida, y no te comparo ni con el mismo Cupido. Pero concédeme también esto a mis ruegos, te lo suplico, y ordena a ese criado tuyo, Céfiro, que con igual transporte traiga aquí a mis hermanas». Y estampando besos persuasivos y añadiendo palabras halagüeñas e insertando sus miembros enlazados, añadió aún más a estas caricias: «Mi dulzura, mi marido, alma dulce de tu Psique».

Vencido contra su voluntad por la fuerza y el poder del susurro amoroso, el marido cedió y prometió que haría todo, y también al rayar la siguiente luz desapareció de las manos de su esposa. Pero aquellas hermanas, tras averiguar el acantilado y el lugar donde había sido abandonada Psique, se dirigen allí apresuradamente y lloraban hasta desgarrarse los ojos y se golpeaban los pechos, hasta que con sus frecuentes aullidos las rocas y peñascos resonaban con eco similar.

Y ya llamaban por su propio nombre a su desdichada hermana, hasta que, descendiendo por la pendiente el sonido penetrante de aquella voz ululante, Psique salió corriendo de la casa fuera de sí y temblorosa y dijo: «¿Por qué os afligís con vuestros lamentos miserables inútilmente? Aquí está a quien lloráis. Dejad las voces lúgubres y secad por fin vuestras mejillas empapadas de tantas lágrimas, puesto que ya podéis abrazar a quien llorabais». Entonces llama a Céfiro y le recuerda la orden de su marido.

Y sin demora, obedeciendo él al instante el mandato, con sus suavísimos soplos las transporta con un viaje inofensivo. Ya se disfrutan con mutuos abrazos y besos apresurados, y aquellas lágrimas calmadas vuelven de nuevo ante la alegría que las invade. «Pero entrad también alegres en mi casa y en mi hogar y recuperad vuestros espíritus afligidos con vuestra Psique». Dichas estas palabras, les mostró las inmensas riquezas de la casa áurea y la numerosa familia de voces sirvientes a sus oídos, y las regaló espléndidamente con un baño hermosísimo y las exquisiteces de una mesa sobrehumana, de modo que ellas, completamente saciadas en sus corazones por la abundancia de aquellas riquezas celestiales rebosantes, alimentaban ya en lo profundo de su pecho la envidia.

Por fin una de ellas empezó a preguntar con bastante escrúpulo y curiosidad quién era el señor de aquellas cosas celestiales, o quién era o cómo era su propio marido. Sin embargo, Psique no violó en modo alguno aquel precepto conyugal ni lo sacó de los secretos de su corazón, sino que improvisando dijo que era un joven bien parecido, que sombreaba sus mejillas con una barba recién nacida y lanosa, y que la mayor parte del tiempo se ocupaba de cacerías rurales y montaraces.

Y para que ningún desliz de su conversación al continuar traicionara su secreto propósito, enseguida las cargó de oro labrado y joyosos collares y, llamado Céfiro, las entregó para que las llevara de vuelta. Cumplido esto inmediatamente, aquellas egregias hermanas volvieron a casa y ya ardiendo con la bilis de la envidia creciente intercambiaban entre sí muchas conversaciones. Así habló por fin una de ellas: «Mira la ciega, cruel e injusta Fortuna. ¿Te complació que nosotras, hermanas nacidas de los mismos padres, sufriéramos distinta suerte?

¿Y que nosotras, que somos las mayores, entregadas como esclavas a maridos extranjeros, desterradas de casa y de la propia patria vivamos lejos de nuestros padres como exiliadas, mientras que esta, la última, la que parió un último parto al agotarse la fertilidad, disfruta de tantas riquezas y de un dios por marido, cuando ni siquiera sabe usar correctamente tan gran cantidad de bienes? Viste, hermana, cuántas joyas hay en aquella casa y qué clase son, qué vestidos resplandecen, qué gemas brillan, cuánto oro además se pisotea por todas partes.

Y si además tiene un marido tan hermoso como afirma, ninguna mujer más feliz vive ahora en todo el mundo. Quizá sin embargo, al avanzar la costumbre y fortalecerse el afecto, su marido dios hará también de ella una diosa. Así es, por Hércules, así se comportaba y así se llevaba. Ya, ya mira hacia arriba y respira como diosa la mujer que tiene voces por esclavas y manda sobre los mismos vientos. Pero yo, desgraciada, en primer lugar obtuve por suerte un marido mayor que mi padre, luego más calvo que una calabaza y más pequeño que cualquier niño, que custodia toda la casa cerrada con cerrojos y cadenas».

La otra responde: «Yo en verdad soporto a un marido doblado también por la enfermedad articular y encorvado, y por ello muy raramente satisface mi deseo sexual, sobando la mayoría de las veces sus dedos retorcidos y endurecidos como piedra, quemándome estas manos tan delicadas con fomentos malolientes y paños sucios y fétidos cataplasmas, soportando no el bello rostro de una esposa sino el papel trabajoso de una enfermera. Y tú, hermana, pareces soportar esto con ánimo paciente o mejor dicho servil —pues diré libremente lo que siento—: ciertamente yo no puedo soportar más que una fortuna tan dichosa haya caído sobre una indigna.

Recuerda en efecto con cuánta soberbia, con cuánta arrogancia se comportó con nosotras y cómo con la jactancia de una ostentación desmesurada reveló su altivo ánimo, y cómo de tantas riquezas nos arrojó unas migajas de mala gana y enseguida, molesta con nuestra presencia, ordenó que nos echaran y nos soplaran y nos silbaran fuera. No soy mujer ni siquiera respiro si no la precipito desde tantas riquezas. Y si también a ti, como es natural, te ha irritado nuestro ultraje, busquemos ambas un plan firme.

Y ya no mostremos a nuestros padres ni a nadie más estas cosas que llevamos, más aún, ni siquiera sepamos nada en absoluto de su bienestar. Basta con que nosotras hayamos visto lo que nos pesa haber visto, sin que además difundamos a nuestros progenitores y a todos los pueblos el pregón de su felicidad. Pues no son felices aquellos cuyas riquezas nadie conoce. Sabrá que no tiene esclavas sino hermanas mayores. Y ahora volvamos a nuestros maridos y a nuestros pobres pero ciertamente sobrios hogares, y tras haber reflexionado largo tiempo con pensamientos más profundos, volvamos más fuertes para castigar su soberbia».

Agrada a las dos malas el mal consejo como bueno, y ocultando todos aquellos regalos tan valiosos, desgarrándose el pelo y lacerándose el rostro como merecían, renuevan sus fingidos llantos. Y así, reabriendo por completo también el dolor de sus padres, las apartan rápidamente, hinchadas de locura se dirigen a sus casas para tramar un engaño criminal, más aún, un parricidio contra su hermana inocente. Mientras tanto, aquel marido al que no conoce advierte así de nuevo a Psique con aquellos nocturnos coloquios suyos: «¿Ves cuán grande es el peligro que te amenaza?

La Fortuna guerrea de lejos, y si no te prevés con firmeza desde ahora, pronto luchará cuerpo a cuerpo. Aquellas pérfidas lobas con grandes esfuerzos te preparan insidias nefastas, cuyo objetivo principal es que te persuadan de explorar mi rostro, el cual, como te he advertido frecuentemente, no verás si lo ves. Por tanto, si en adelante esas malvadas arpías vinieren armadas de ánimos nocivos —y vendrán, lo sé—, no entables conversación en absoluto, y si no puedes tolerar eso por tu genuina simplicidad y por la ternura de tu ánimo, ciertamente no escuches ni respondas nada en absoluto sobre tu marido.

Pues también propagaremos ya nuestra familia, y este útero todavía infantil nos gesta otro niño, divino si guardas nuestros secretos en silencio, mortal si los profanas». Psique florecía alegre con la noticia y se complacía con el consuelo de una descendencia divina y se regocijaba con la gloria de la prenda futura y se gozaba con la dignidad del nombre materno.

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