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Parte 4La herida de Cupido y la ira de Venus

Amor y Psique · Apuleyo · 8 min de lectura

Así, sin saberlo, Psique cayó espontáneamente en el amor de Amor. Entonces, ardiendo cada vez más de deseo por Cupido, se inclinó sobre él y, respirando con avidez, introduciendo a toda prisa besos abiertos e impúdicos, temía que durara poco su sueño. Pero mientras, turbada por tan gran bien, fluctuaba con el alma herida, aquella lámpara, ya fuera por pésima perfidia, ya por dañina envidia, o porque ella misma también deseaba tocar y hasta besar aquel cuerpo, vomitó desde lo alto de su llama una gota de aceite hirviendo sobre el hombro derecho del dios.

¡Ah, audaz y temeraria lámpara, vil instrumento del amor, quemas al propio dios de todo fuego, cuando sin duda te inventó primero algún amante para poder disfrutar de sus deseos también durante la noche! Así, quemado, saltó el dios y, al ver la ignominia de su confianza traicionada, voló en silencio lejos de los besos y las manos de su desgraciada esposa.

Pero Psique, aferrándose de inmediato con ambas manos a su pierna derecha mientras se levantaba, fue arrastrada miserablemente por el aire en su vuelo sublime, compañera colgante por las regiones nubosas, secuela extrema de su trayecto, y al fin, agotada, cayó al suelo. Y el dios amante, sin abandonar a la que yacía en tierra, voló a un ciprés cercano y desde su alta copa, gravemente conmovido, le habló así: «Yo, ingenua Psique, olvidando los mandatos de mi madre Venus, que había ordenado que te encadenaras con el deseo de un hombre miserable y de la peor condición, ligada al más bajo matrimonio, preferí volar yo mismo como tu amante junto a ti.

Pero hice esto a la ligera, lo sé, y yo, aquel ilustre arquero, me herí a mí mismo con mi propia flecha e hice de ti mi esposa, para que sin duda yo te pareciera una bestia y decapitaras con hierro esta cabeza mía que tiene los ojos amantes de ti. Esto te advertía siempre que debías evitarlo, esto te recordaba benévolamente. Pero aquellas excelentes consejeras tuyas pagarán de inmediato las penas de su enseñanza tan perniciosa; a ti, en cambio, solo te castigaré con mi huida». Y al terminar estas palabras se lanzó a lo alto con sus alas.

Psique, postrada en tierra y contemplando, hasta donde alcanzaba la vista, el vuelo de su marido, afligía su alma con extremos lamentos. Pero cuando la lejanía del espacio hizo que su marido, arrebatado por el remo de sus plumas, le fuera ajeno, se arrojó de cabeza por la orilla del río más cercano. Pero el dulce río, temiendo sin duda por sí mismo en honor al dios que suele quemar incluso las propias aguas, la depositó enseguida con su corriente inofensiva sobre la ribera florecida de hierbas.

Entonces, casualmente, el dios Pan estaba sentado cerca del borde del río abrazando a Eco, la diosa montaraz, y enseñándole a cantar todo tipo de melodías; cerca de la orilla retozaban con vago pastoreo las cabras, tonando la cabellera del río. El dios cabrío, conociendo de algún modo el infortunio de Psique herida y desfallecida, la llamó clemente hacia sí y la consoló con estas palabras suavizantes: «Muchacha hermosa, soy verdaderamente rústico y pastor, pero instruido con muchas experiencias gracias a mi larga vejez.

Pues si conjeturo correctamente, lo que los hombres prudentes llaman ciertamente adivinación, por ese paso vacilante y que tropieza con frecuencia, por la palidez extrema de tu cuerpo y por el suspiro continuo, más aún, por tus propios ojos marchitos, sufres de amor extremo. Así que escúchame y no te destruyas de nuevo con precipicios ni con ningún tipo de muerte provocada. Deja el duelo y depón la tristeza, y mejor venera con tus plegarias a Cupido, el más grande de los dioses, y granjéate su favor con suaves atenciones, ya que es un joven delicado y lujurioso».

Así habló el dios pastor, y sin devolverle palabra alguna, sino solo adorando aquella divinidad salvadora, Psique continuó su camino. Pero cuando había recorrido con paso fatigoso un buen trecho de camino, sin saberlo, ya declinando el día, llegó por cierto sendero a una ciudad en la que reinaba el marido de una de sus hermanas. Al enterarse de esto, Psique pidió que se anunciara su presencia a su hermana; pronto fue conducida adentro, cumplidos los abrazos mutuos y los saludos alternos, cuando aquella le preguntó las razones de su llegada, comenzó así: «Recordáis vuestro consejo, por el cual me persuadisteis de que matara con una navaja de doble filo a la bestia que, con el falso nombre de marido, dormía conmigo, antes de que me tragara a mí, pobre de mí, con su voraz gula.

Pero cuando, apenas como habíamos acordado, con la luz cómplice contemplé su rostro, veo un espectáculo maravilloso y totalmente divino, al propio hijo de la diosa Venus, al propio Cupido, digo, adormecido en dulce reposo. Y mientras yo, turbada por el espectáculo de tan gran bien y agitada por la excesiva abundancia de placer, me debatía por la imposibilidad de gozarlo, por un accidente verdaderamente funesto la lámpara hirviente derramó aceite sobre su hombro. Por este dolor, sacado de inmediato del sueño, cuando me vio armada con hierro y fuego, me dijo: "Tú, ciertamente, por este crimen tan terrible, divórciate de inmediato de mi lecho y quédate con tus cosas; yo, en cambio, a tu hermana" —y decía el nombre con el que tú eres conocida— "ya la tomaré como esposa en matrimonio solemne", y de inmediato ordenó a Céfiro que me soplara fuera de los confines de su casa».

Aún no había terminado Psique su relato, y aquella, aguijoneada por los estímulos de la loca lujuria y de la dañina envidia, inventando una mentira elaborada, engañó a su marido como si hubiera sabido algo de la muerte de sus padres, subió de inmediato a una nave y se dirigió enseguida a aquel peñasco, y aunque soplaba otro viento, sin embargo, jadeante por ciega esperanza, diciendo: «Acógeme, Cupido, como esposa digna de ti, y tú, Céfiro, recibe a tu señora», se precipitó con un salto enorme.

Pero ni siquiera a aquel lugar pudo llegar ni siquiera muerta. Pues, destrozados y dispersos sus miembros por las rocas de los peñascos y desgarradas sus entrañas como merecía, pereció ofreciendo pasto a las aves y bestias que pasaban. Tampoco se retrasó el castigo de la venganza siguiente. Pues Psique, con paso errante de nuevo, llegó a otra ciudad en la que de igual modo residía su otra hermana. Y no de otra manera, también ella, inducida por el engaño de hermana y émula en las criminales nupcias de su hermana, se apresuró al peñasco y cayó en semejante muerte fatal.

Mientras tanto, mientras Psique, dedicada a la búsqueda de Cupido, recorría los pueblos, él, doliente por la herida de la lámpara, yacía gimiendo en la propia cámara nupcial de su madre. Entonces aquella gaviota de blancas alas que nada con sus plumas sobre las olas marinas se sumergió rápidamente en el profundo seno del Océano. Allí, presentándose junto a Venus que casualmente se bañaba y nadaba, le notificó que su hijo, quemado, yacía aquejado por el dolor de una grave herida, dudoso de salvación, y que ya por boca de todos los pueblos, con rumores y reproches varios, toda la familia de Venus tenía mala fama, porque él sin duda se había retirado a una fornicación montaraz y tú a un nado marino, y por eso no había placer alguno ni gracia ni encanto, sino que todo era tosco, agreste y horrible: no había bodas conyugales ni amistades sociales ni afectos filiales, sino una enorme basura y el desagradable fastidio de uniones sórdidas.

Estas cosas aquella parlanchina y bastante entrometida ave parloteaba en los oídos de Venus, despedazando la reputación de su hijo. Pero Venus, airada, exclamó de repente con fuerza: «¿Así que ese buen hijo mío tiene ya alguna amante? Vamos, dime, tú que sola me sirves amorosamente, el nombre de la que sedujo al muchacho ingenuo e inexperto, ya sea ella del pueblo de las Ninfas, ya del número de las Horas, ya del coro de las Musas o del ministerio de mis propias Gracias».

Y no se calló aquella ave parlanchina, sino que dijo: «No lo sé, señora: creo que la muchacha, si recuerdo bien, se llama Psique; se dice que él la desea apasionadamente». Entonces Venus, indignada, exclamó con gran violencia: «¿Acaso él ama verdaderamente a Psique, la rival de mi belleza, la émula de mi nombre? ¡Sin duda aquel niño me tuvo por alcahueta por cuya indicación conoció a aquella muchacha!».

Diciendo esto, salió rápidamente fuera, enfurecida y rebosante de bilis venusina. Pero enseguida la encuentran Ceres y Juno y, viéndola con el rostro hinchado, le preguntaron por qué coartaba con ceño tan feroz tanta hermosura de sus ojos resplandecientes. Pero ella les dijo: «Oportunamente, ciertamente para satisfacer mi pecho tan ardiente, venís. Pero con todas vuestras fuerzas, os ruego, buscadme a aquella Psique, la fugitiva voladora. Pues no puede ser que no os hayan llegado la famosa fábula de mi casa y los hechos indecibles de mi hijo».

Entonces ellas, no ignorando lo sucedido, intentaron calmar así la furiosa ira de Venus: «¿Qué delito tal ha cometido tu hijo, señora, para que con ánimo obstinado combatas su placer y desees destruir también a la que él ama? ¿Qué crimen hay, te rogamos, en que haya sonreído voluntariamente a una muchacha hermosa?

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