Traducción moderna de Clasicalia. Léelo a tu ritmo, parte a parte.
Había en cierta ciudad un rey y una reina. Tuvieron tres hijas de notable hermosura, pero las dos mayores, aunque de aspecto muy agradable, se consideraba que podían ser alabadas dignamente con elogios humanos; en cambio, la belleza de la menor era tan excepcional y tan espléndida que la pobreza del lenguaje humano no alcanzaba a expresarla ni siquiera a alabarla suficientemente. Al fin, muchos ciudadanos y abundantes extranjeros, a quienes la noticia de tan extraordinario espectáculo congregaba con entusiasta afluencia, estupefactos por la admiración de aquella belleza inaccesible, llevándose la mano derecha a la boca con el dedo índice apoyado sobre el pulgar erguido, la veneraban con adoraciones religiosas como si fuera la mismísima diosa Venus.
Y ya se había extendido la fama por las ciudades cercanas y las regiones limítrofes de que la diosa que engendró el azul abismo del mar y educó el rocío de las espumantes olas concedía ahora los beneficios de su divinidad mezclándose por todas partes entre las multitudes del pueblo, o al menos de que, por un nuevo germen de semillas celestiales, había brotado otra Venus dotada de flor virginal, no del mar sino de las tierras. Así la opinión avanzaba sin medida cada día, así la fama extendida llegaba ya a las islas próximas y a gran parte de las tierras y a muchísimas provincias.
Ya muchos mortales confluían con largos viajes y travesías de altísimos mares para contemplar la gloriosa maravilla del siglo. Nadie navegaba a Pafos, nadie a Cnido, ni siquiera a Citera para ver a la diosa Venus; los sacrificios se descuidaban, los templos se deterioraban, los almohadones se pisoteaban, las ceremonias se abandonaban: las estatuas sin coronas y los altares vacíos quedaban afeados con ceniza fría. A la muchacha se le suplicaba y en el rostro humano se aplacaban los poderes de tan gran diosa, y en la salida matutina de la virgen se propiciaba con víctimas y banquetes el nombre de la Venus ausente, y ya cuando pasaba por las calles las multitudes frecuentes le rogaban con flores en guirnaldas y sueltas.
Esta traslación desmesurada de honores celestiales al culto de una muchacha mortal encendió intensamente el ánimo de la verdadera Venus, e incapaz de soportar la indignación, sacudiendo la cabeza y gimiendo profundamente, habló consigo misma de este modo: «¡Mira, yo, la antigua madre de la naturaleza, el origen primordial de los elementos, la Venus nutricia de todo el orbe, soy tratada con honor compartido de majestad con una muchacha mortal, y mi nombre establecido en el cielo es profanado con inmundicias terrenales!
¿Acaso soportaré, sin duda, la incertidumbre de una veneración vicaria por el común piadoso de mi nombre, y paseará mi imagen una muchacha destinada a morir? En vano aquel pastor, cuya justicia y fidelidad aprobó el gran Júpiter, me prefirió a tan grandes diosas por mi extraordinaria belleza. Pero no va a disfrutar tanto esa, quienquiera que sea, de haber usurpado mis honores: ya haré que se arrepienta incluso de esa misma belleza ilícita». Y llama enseguida a su hijo, aquel alado y bastante temerario, que con sus malas costumbres, despreciando la disciplina pública, armado con llamas y flechas, corriendo de noche por casas ajenas y corrompiendo todos los matrimonios, comete impunemente tantas infamias y no hace nada bueno en absoluto.
A este, aunque procaz por su licencia natural, lo estimula además con palabras y lo lleva a aquella ciudad y le muestra a Psique —pues así se llamaba la muchacha—, y relatada toda aquella historia de la rivalidad de belleza, gimiendo y bramando de indignación: «Te lo suplico» dice «por el vínculo del cariño materno, por las dulces heridas de tu flecha, por las melosas quemaduras de esa llama: concede plena venganza a tu madre y castiga severamente la belleza contumaz, y haz gustosamente esto solo y único por todo: que esta virgen quede presa de amor ardentísimo por el hombre más ínfimo, a quien la Fortuna haya condenado en dignidad, patrimonio e integridad a la vez, y tan vil que en todo el orbe no encuentre igual a su miseria».
Dicho esto y besado el hijo largo rato con boca ansiosa y a presión, se dirige a las orillas más cercanas del reflujo del litoral, y pisando con sus plantas rosadas el último rocío de las olas vibrantes, he aquí que ya se sienta en la cima tranquila del profundo mar, y lo mismo que empieza a querer se cumple al instante, como si lo hubiera ordenado de antemano, sin que se retrase el servicio marino: se presentan las hijas de Nereo cantando en coro y Portuno hirsuto con barbas cerúleas y Salacia preñada con su seno lleno de peces y el pequeño auriga Palemón con sus delfines;
ya por todas partes las turbas de Tritones saltando por los mares, este toca suavemente la sonora caracola, aquel con un velo de seda protege del ardiente sol enemigo, otro presenta un espejo ante los ojos de la señora, otros nadan bajo el carro con sus parejas de caballos. Tal ejército de acompañantes seguía a Venus en su camino hacia el Océano. Mientras tanto Psique, con su belleza evidente para sí misma, no percibe ningún fruto de su hermosura.
Es contemplada por todos, alabada por todos, pero nadie, ni rey ni príncipe ni siquiera de la plebe deseando sus nupcias, se acerca como pretendiente. Admiran ciertamente la divina belleza, pero todos la admiran como se admira una estatua primorosamente pulida. Tiempo atrás las dos hermanas mayores, cuya moderada hermosura ningún pueblo había divulgado, prometidas ya a reyes pretendientes, habían alcanzado felices matrimonios, pero Psique, virgen viuda, permaneciendo en casa lamenta su soledad abandonada, enferma de cuerpo, herida de alma, y aunque agradaba a pueblos enteros odia en sí misma su propia hermosura.
Así el desdichado padre de la desventuradísima hija, sospechando odios celestiales y temiendo la ira de los dioses superiores, consulta el oráculo del antiquísimo dios de Mileto, y de tan gran divinidad pide con súplicas y víctimas nupcias y marido para la desdichada virgen. Pero Apolo, aunque griego y jonio, a causa del fundador de Mileto respondió así con oráculo latino: «En la roca de un monte elevado, rey, coloca a la muchacha adornada para el mundo de un tálamo funeral.
No esperes un yerno nacido de estirpe mortal, sino un mal cruel y feroz y viperino, que volando con alas sobre el éter todo lo fatiga y con fuego y hierro cada cosa debilita, que el mismo Júpiter teme y las divinidades aterrorizan, y los ríos y las tinieblas estigias se estremecen». El rey, otrora feliz, recibido el mensaje de la santa profecía, afligido y triste regresa a casa y explica a su esposa los preceptos del oráculo funesto.
Se llora, se lloran lágrimas, se lamentan durante varios días. Pero ya urge el funesto cumplimiento del cruel destino. Ya se prepara para la desdichada virgen el cortejo de las nupcias funerales, ya la luz de la antorcha languidece con la ceniza de negra hollín, y el sonido de la flauta nupcial se cambia en lúgubre modo lidio y el canto alegre del himeneo termina en fúnebre alarido, y la muchacha que va a casarse limpia sus lágrimas con su propio velo.
Así, por el triste hado de la casa afligida, toda la ciudad también se lamentaba, y por el duelo público se decreta de inmediato un cese de actividades. Pero la necesidad de obedecer los mandatos celestiales reclamaba a la pobre Psique para el castigo destinado. Realizadas, pues, las ceremonias del tálamo funeral con suma tristeza, seguida por todo el pueblo se conduce un entierro vivo, y Psique llorosa acompaña no sus nupcias sino sus exequias. Y mientras los tristes padres, golpeados por tan grande mal, vacilan en cumplir el nefando acto, ella misma, la hija, los exhorta con estas palabras: «¿Por qué atormentáis con llanto prolongado la infeliz vejez?
¿Por qué fatigáis con frecuentes lamentos vuestro espíritu, que es más mío? ¿Por qué con lágrimas ineficaces afeáis vuestros rostros venerables para mí? ¿Por qué desgarráis en vuestros ojos mis propios ojos? ¿Por qué arrancáis las canas? ¿Por qué golpeáis el pecho, los pechos sagrados? Estos serán para vosotros los insignes premios de mi extraordinaria hermosura. Heridos por el golpe mortal de la nefasta envidia sentís tarde. Cuando las gentes y pueblos nos celebraban con honores divinos, cuando con boca unánime me proclamaban nueva Venus, entonces debisteis doleros, entonces llorar, entonces llorarme ya como muerta.
Ya lo entiendo, ya veo que he perecido solo por el nombre de Venus. Llevadme y colocadme en la roca a la que me asignó el destino. Me apresuro a cumplir esas felices nupcias, me apresuro a ver a ese noble marido mío. ¿Por qué difiero, por qué rechazo al que nació para la destrucción de todo el orbe?» Dicho esto la virgen calló y con paso ya firme se mezcló entre el cortejo del pueblo que la seguía.
Se va a la roca establecida de un monte escarpado, en cuya cumbre más alta todos abandonan a la muchacha colocada allí, y dejando las antorchas nupciales con las que habían precedido, extinguidas allí mismo con sus lágrimas, con las cabezas bajas se preparan para el regreso a casa. Y los pobres padres de ella, agotados por tan gran calamidad, encerrados en su casa clausurada en tinieblas, se entregaron a la noche perpetua. Pero a Psique, que temía y temblaba y lloraba en el mismo vértice de la roca, la suave brisa del Céfiro que soplaba blandamente, agitadas por aquí y por allá las orlas de su vestido y henchido su seno, levantándola suavemente con su tranquilo soplo la lleva y, descendiendo poco a poco por las pendientes de la alta roca, la reclina en el regazo del césped florido del valle que había debajo.
Psique, recostada suavemente en aquel tierno y herboso lugar en el mismo lecho de húmeda hierba, sosegada tan grande perturbación de su mente, descansó dulcemente. Y ya renovada con suficiente y plácido sueño se levanta con ánimo tranquilo. Ve un bosque plantado de árboles altos y vastos, ve una fuente de transparente caudal vítreo; en medio del bosque, en el centro, cerca del fluir de la fuente, hay una casa real edificada no con manos humanas sino con artes divinas.
Ya sabrás desde la primera entrada que estás viendo la espléndida y amena morada de algún dios. Pues techos artesanados de cedro y marfil labrados con cuidado se sostienen sobre columnas de oro, todas las paredes se cubren con cinceladura de plata con bestias y animales de ese género que salen al encuentro ante la boca de los que entran. Admirable sin duda hombre de gran arte, o más bien semidiós o ciertamente dios, el que con la sutileza de gran arte dio tanta vida salvaje a la plata.
Además, los pavimentos mismos están divididos en diversos géneros de pintura con piedra preciosa cortada en pequeños trozos: muy dichosos una y otra vez y repetidas veces los que caminan sobre gemas y joyas. Ya las demás partes de la casa dispuestas a lo largo y a lo ancho son preciosas sin precio, y todas las paredes construidas con masas de oro macizo resplandecen con su propio brillo, de modo que crean su propio día en la casa aunque el sol no quiera: así brillan las habitaciones, así los pórticos, así las mismas puertas.
Ni menos las demás riquezas responden a la majestad de la casa, de manera que sin duda parece que el gran Júpiter fabricó ese palacio celestial para su conversación con los humanos. Invitada Psique por el deleite de tales lugares se acerca más cerca y un poco más confiada se introduce dentro del umbral, luego atraída por el interés de la bellísima visión examina cada cosa y al otro lado de los edificios ve almacenes perfeccionados con elevada construcción y abarrotados de grandes tesoros.
Y no hay nada que no esté allí. Pero además de la admiración por las demás riquezas tan grandes, lo más admirable era esto, que aquel tesoro de todo el orbe no estaba protegido con ningún cerrojo, ningún cierre, ningún guardián. Mientras contemplaba estas cosas con suma voluptas, se le presenta cierta voz desnuda de cuerpo y dice: «¿Por qué, señora, te asombras de riquezas tan grandes?
Todo esto es tuyo. Ahora retírate a tu dormitorio, repón tu cansancio en el lecho y pide el baño cuando quieras. Nosotras, cuyas voces escuchas, somos tus sirvientas y te atenderemos con esmero, y no te faltará un banquete regio una vez que hayas cuidado tu cuerpo. Psique percibió la felicidad de una providencia divina y, obedeciendo las advertencias de aquella voz sin forma, se quitó primero el cansancio con el sueño y luego con el baño. Al ver enseguida junto a ella una mesa semicircular, pensó por los utensilios de comedor que era apropiada para su refrigerio y se recostó complacida.
Y al instante le sirvieron copiosamente bandejas de vino como néctar y de manjares variados, sin que nadie la atendiera, sino impulsadas tan solo por una especie de soplo. Sin embargo, ella no podía ver a nadie, sino que solo oía palabras que se pronunciaban y tenía por sirvientas únicamente a unas voces. Tras el opíparo banquete, alguien entró y cantó invisible, y otro tocó la cítara, que tampoco se veía. Entonces llegó a sus oídos la voz conjunta de una multitud modulada, de modo que, aunque no se veía a nadie, resultaba evidente que había allí un coro.
Terminados los placeres, al llegar la tarde Psique se retira a dormir. Y cuando ya estaba avanzada la noche, un sonido suave llegó a sus oídos. Entonces, temiendo por su virginidad en tan grande soledad, se asusta y se estremece y teme más que a cualquier mal lo que ignora. Y ya había llegado su desconocido marido, había subido al lecho, había hecho a Psique su esposa y se había marchado rápidamente antes del amanecer. Enseguida las voces que aguardaban en el dormitorio cuidaron de la recién casada, perdida su virginidad.
Así transcurrió el tiempo durante muchos días. Y como es natural, la novedad mediante la costumbre continua le proporcionaba deleite, y el sonido de aquella voz incierta era el consuelo de su soledad. Mientras tanto, sus padres envejecían con duelo y tristeza incesantes, y divulgada la noticia más ampliamente, aquellas hermanas mayores se enteraron de todo y, presurosas, tristes y enlutadas, abandonaron su casa y se dirigieron a toda prisa a ver y hablar con sus padres. Aquella noche su marido habló así a su Psique —pues aparte de con los ojos, con las manos y los oídos nada se percibía con mayor presencia—: «Psique, mi dulcísima y querida esposa, una fortuna cruel te amenaza con un peligro mortal que considero que debes vigilar con mayor cautela.
Tus hermanas, turbadas por la idea de tu muerte y buscando tu rastro, van a llegar enseguida a ese acantilado. Si por casualidad oyeres sus lamentos, ni respondas ni siquiera las mires en absoluto; de otro modo, me causarás a mí un dolor gravísimo y a ti te crearás la suprema perdición». Ella asintió y prometió que haría lo que su marido disponía, pero cuando él desapareció junto con la noche, la infeliz consumió todo el día en lágrimas y lamentos, repitiendo que ahora sí que estaba completamente perdida, ella que, encerrada en la custodia de aquella dichosa cárcel y privada de conversación y trato humanos, no podía prestar ayuda salvadora a sus propias hermanas que se lamentaban por ella ni siquiera verlas en absoluto.
Sin recuperarse ni con el baño ni con la comida ni con ningún refrigerio, llorando copiosamente se retiró a dormir. Y no pasó mucho tiempo cuando su marido, acostándose en el lecho un poco más temprano de lo habitual y abrazándola cuando aún lloraba, le reprochó así: «¿Es esto lo que me prometías, Psique mía? ¿Qué espero ya de ti tu marido, qué espero? De día y de noche, incluso en los abrazos conyugales, no dejas de atormentarte.
Ea pues, haz ahora lo que quieras y obedece a tu corazón que te pide cosas perjudiciales. Tan solo recuerda mi seria advertencia cuando empieces a arrepentirte demasiado tarde». Entonces ella con súplicas, y amenazando con que moriría, arranca de su marido que consienta en lo que deseaba, que vea a sus hermanas, alivie su duelo, les hable. Así él concedió el perdón a las súplicas de su recién casada y además le permitió que las obsequiara con todo el oro o las joyas que quisiera, pero una y otra vez la previno y frecuentemente la atemorizó para que nunca, persuadida por el pernicioso consejo de sus hermanas, preguntara por el aspecto de su marido ni con su sacrílega curiosidad se precipitara desde tan alta cumbre de felicidad ni pudiera alcanzar después su abrazo.
Ella dio las gracias a su marido y ya con el ánimo más alegre dijo: «Antes moriré cien veces que privarme de este dulcísimo matrimonio contigo. Pues te amo y te adoro apasionadamente, quienquiera que seas, igual que a mi propia vida, y no te comparo ni con el mismo Cupido. Pero concédeme también esto a mis ruegos, te lo suplico, y ordena a ese criado tuyo, Céfiro, que con igual transporte traiga aquí a mis hermanas». Y estampando besos persuasivos y añadiendo palabras halagüeñas e insertando sus miembros enlazados, añadió aún más a estas caricias: «Mi dulzura, mi marido, alma dulce de tu Psique».
Vencido contra su voluntad por la fuerza y el poder del susurro amoroso, el marido cedió y prometió que haría todo, y también al rayar la siguiente luz desapareció de las manos de su esposa. Pero aquellas hermanas, tras averiguar el acantilado y el lugar donde había sido abandonada Psique, se dirigen allí apresuradamente y lloraban hasta desgarrarse los ojos y se golpeaban los pechos, hasta que con sus frecuentes aullidos las rocas y peñascos resonaban con eco similar.
Y ya llamaban por su propio nombre a su desdichada hermana, hasta que, descendiendo por la pendiente el sonido penetrante de aquella voz ululante, Psique salió corriendo de la casa fuera de sí y temblorosa y dijo: «¿Por qué os afligís con vuestros lamentos miserables inútilmente? Aquí está a quien lloráis. Dejad las voces lúgubres y secad por fin vuestras mejillas empapadas de tantas lágrimas, puesto que ya podéis abrazar a quien llorabais». Entonces llama a Céfiro y le recuerda la orden de su marido.
Y sin demora, obedeciendo él al instante el mandato, con sus suavísimos soplos las transporta con un viaje inofensivo. Ya se disfrutan con mutuos abrazos y besos apresurados, y aquellas lágrimas calmadas vuelven de nuevo ante la alegría que las invade. «Pero entrad también alegres en mi casa y en mi hogar y recuperad vuestros espíritus afligidos con vuestra Psique». Dichas estas palabras, les mostró las inmensas riquezas de la casa áurea y la numerosa familia de voces sirvientes a sus oídos, y las regaló espléndidamente con un baño hermosísimo y las exquisiteces de una mesa sobrehumana, de modo que ellas, completamente saciadas en sus corazones por la abundancia de aquellas riquezas celestiales rebosantes, alimentaban ya en lo profundo de su pecho la envidia.
Por fin una de ellas empezó a preguntar con bastante escrúpulo y curiosidad quién era el señor de aquellas cosas celestiales, o quién era o cómo era su propio marido. Sin embargo, Psique no violó en modo alguno aquel precepto conyugal ni lo sacó de los secretos de su corazón, sino que improvisando dijo que era un joven bien parecido, que sombreaba sus mejillas con una barba recién nacida y lanosa, y que la mayor parte del tiempo se ocupaba de cacerías rurales y montaraces.
Y para que ningún desliz de su conversación al continuar traicionara su secreto propósito, enseguida las cargó de oro labrado y joyosos collares y, llamado Céfiro, las entregó para que las llevara de vuelta. Cumplido esto inmediatamente, aquellas egregias hermanas volvieron a casa y ya ardiendo con la bilis de la envidia creciente intercambiaban entre sí muchas conversaciones. Así habló por fin una de ellas: «Mira la ciega, cruel e injusta Fortuna. ¿Te complació que nosotras, hermanas nacidas de los mismos padres, sufriéramos distinta suerte?
¿Y que nosotras, que somos las mayores, entregadas como esclavas a maridos extranjeros, desterradas de casa y de la propia patria vivamos lejos de nuestros padres como exiliadas, mientras que esta, la última, la que parió un último parto al agotarse la fertilidad, disfruta de tantas riquezas y de un dios por marido, cuando ni siquiera sabe usar correctamente tan gran cantidad de bienes? Viste, hermana, cuántas joyas hay en aquella casa y qué clase son, qué vestidos resplandecen, qué gemas brillan, cuánto oro además se pisotea por todas partes.
Y si además tiene un marido tan hermoso como afirma, ninguna mujer más feliz vive ahora en todo el mundo. Quizá sin embargo, al avanzar la costumbre y fortalecerse el afecto, su marido dios hará también de ella una diosa. Así es, por Hércules, así se comportaba y así se llevaba. Ya, ya mira hacia arriba y respira como diosa la mujer que tiene voces por esclavas y manda sobre los mismos vientos. Pero yo, desgraciada, en primer lugar obtuve por suerte un marido mayor que mi padre, luego más calvo que una calabaza y más pequeño que cualquier niño, que custodia toda la casa cerrada con cerrojos y cadenas».
La otra responde: «Yo en verdad soporto a un marido doblado también por la enfermedad articular y encorvado, y por ello muy raramente satisface mi deseo sexual, sobando la mayoría de las veces sus dedos retorcidos y endurecidos como piedra, quemándome estas manos tan delicadas con fomentos malolientes y paños sucios y fétidos cataplasmas, soportando no el bello rostro de una esposa sino el papel trabajoso de una enfermera. Y tú, hermana, pareces soportar esto con ánimo paciente o mejor dicho servil —pues diré libremente lo que siento—: ciertamente yo no puedo soportar más que una fortuna tan dichosa haya caído sobre una indigna.
Recuerda en efecto con cuánta soberbia, con cuánta arrogancia se comportó con nosotras y cómo con la jactancia de una ostentación desmesurada reveló su altivo ánimo, y cómo de tantas riquezas nos arrojó unas migajas de mala gana y enseguida, molesta con nuestra presencia, ordenó que nos echaran y nos soplaran y nos silbaran fuera. No soy mujer ni siquiera respiro si no la precipito desde tantas riquezas. Y si también a ti, como es natural, te ha irritado nuestro ultraje, busquemos ambas un plan firme.
Y ya no mostremos a nuestros padres ni a nadie más estas cosas que llevamos, más aún, ni siquiera sepamos nada en absoluto de su bienestar. Basta con que nosotras hayamos visto lo que nos pesa haber visto, sin que además difundamos a nuestros progenitores y a todos los pueblos el pregón de su felicidad. Pues no son felices aquellos cuyas riquezas nadie conoce. Sabrá que no tiene esclavas sino hermanas mayores. Y ahora volvamos a nuestros maridos y a nuestros pobres pero ciertamente sobrios hogares, y tras haber reflexionado largo tiempo con pensamientos más profundos, volvamos más fuertes para castigar su soberbia».
Agrada a las dos malas el mal consejo como bueno, y ocultando todos aquellos regalos tan valiosos, desgarrándose el pelo y lacerándose el rostro como merecían, renuevan sus fingidos llantos. Y así, reabriendo por completo también el dolor de sus padres, las apartan rápidamente, hinchadas de locura se dirigen a sus casas para tramar un engaño criminal, más aún, un parricidio contra su hermana inocente. Mientras tanto, aquel marido al que no conoce advierte así de nuevo a Psique con aquellos nocturnos coloquios suyos: «¿Ves cuán grande es el peligro que te amenaza?
La Fortuna guerrea de lejos, y si no te prevés con firmeza desde ahora, pronto luchará cuerpo a cuerpo. Aquellas pérfidas lobas con grandes esfuerzos te preparan insidias nefastas, cuyo objetivo principal es que te persuadan de explorar mi rostro, el cual, como te he advertido frecuentemente, no verás si lo ves. Por tanto, si en adelante esas malvadas arpías vinieren armadas de ánimos nocivos —y vendrán, lo sé—, no entables conversación en absoluto, y si no puedes tolerar eso por tu genuina simplicidad y por la ternura de tu ánimo, ciertamente no escuches ni respondas nada en absoluto sobre tu marido.
Pues también propagaremos ya nuestra familia, y este útero todavía infantil nos gesta otro niño, divino si guardas nuestros secretos en silencio, mortal si los profanas». Psique florecía alegre con la noticia y se complacía con el consuelo de una descendencia divina y se regocijaba con la gloria de la prenda futura y se gozaba con la dignidad del nombre materno.
Cuenta ansiosa los días que crecen y los meses que pasan, y se maravilla ante el peso que desconoce, sorprendida de que en tan breve tiempo haya crecido tanto el abultamiento de su vientre lleno. Pero ya aquellas pestes, aquellas horribles Furias, exhalando veneno de víbora y apresurándose con sacrílega celeridad, navegaban hacia ella. Entonces su marido, fugaz como siempre, advierte de nuevo a su Psique: «Mira, ha llegado el día último y la hora extrema. Ya tu sexo hostil y tu sangre enemiga han tomado las armas, han levantado el campamento, han formado las líneas de batalla y han hecho sonar el clarín; ya tus perversas hermanas, con la espada desenvainada, buscan tu garganta.
¡Ay, con qué desgracias nos abruman, dulcísima Psique! Libera con tu lamentable pero escrupulosa continencia a tu casa, a tu marido, a ti misma y a ese hijito nuestro de la desgracia de la ruina inminente. Ni siquiera las veas ni las escuches a esas mujeres criminales, a las que después de su odio mortal y de haber pisoteado los lazos de la sangre no te está permitido llamar hermanas, cuando, asomadas al acantilado como las Sirenas, hagan resonar las rocas con sus voces funestas».
Psique acoge estas palabras entrecortando el discurso con sollozos de llanto: «Ya hace tiempo que comprobaste, según creo, las pruebas de mi lealtad y de mi discreción, y no menos se te demostrará ahora también la firmeza de mi ánimo. Tú simplemente ordena de nuevo a nuestro Zéfiro que cumpla con su servicio, y en lugar de negarme tu sacrosanta imagen devuélveme al menos la visión de mis hermanas. Por esos cabellos tuyos perfumados de canela y que caen por todas partes, por tus mejillas tiernas y suaves semejantes a las mías, por tu pecho que arde con no sé qué calor, así al menos reconozca en este pequeñito tu rostro: déjate conmover por las piadosas súplicas de una suplicante angustiada, concede el abrazo de tu hermana y devuelve con alegría el alma a tu Psique, consagrada y dedicada a ti.
Ya no pido nada más de tu rostro, ya ni siquiera las tinieblas nocturnas me dañan: te tengo a ti, mi luz». Encantado por estas palabras y por sus blandos abrazos, su marido le seca las lágrimas con sus propios cabellos, promete que lo hará y se marcha inmediatamente antes de la luz del día naciente.
Las dos hermanas, asociadas en su pacto, sin siquiera ver a sus padres, se dirigen rectas desde las naves hacia aquel acantilado con precipitada velocidad, y sin esperar siquiera la presencia del viento que las lleva, saltan al vacío con licenciosa temeridad. Pero Zéfiro, no olvidando el edicto real, aunque de mala gana, las recibe en el regazo de su brisa soplante y las devuelve al suelo. Ellas sin demora penetran inmediatamente en la casa con paso apresurado, abrazan a su presa fingiendo el nombre de hermanas, y ocultando con rostro alegre el tesoro del fraude profundamente escondido, la adulan así: «Psique, ya no eres pequeña como antes, tú misma ya eres madre.
¡Cuánto bien, imaginas, nos traes en ese vientre! ¡Con qué alegrías alegrarás toda nuestra casa! ¡Oh, qué felices somos nosotras, a quienes deleitará criar a un niño de oro! Si responde, como debe, a la belleza de sus padres, nacerá sin duda un Cupido».
Así con fingido afecto invaden poco a poco el ánimo de su hermana. E inmediatamente Psique las agasaja, después de reanimarlas del cansancio del viaje con asientos y de cuidarlas con las vaporizantes fuentes de los baños, espléndidamente en el comedor con aquellos manjares y platos maravillosos y dichosos. Ordena que la cítara hable: se toca; que las flautas actúen: suenan; que los coros canten: se canta. Todo esto, sin que nadie estuviera presente, acariciaba los ánimos de las oyentes con dulcísimas melodías.
Sin embargo, la maldad de aquellas mujeres criminales no se aplacó ni siquiera ablandada por aquella dulzura melosa del canto, sino que dirigiendo la conversación hacia el lazo del engaño que habían planeado, comienzan disimuladamente a indagar qué clase de marido tiene y de qué linaje y estirpe proviene. Entonces ella, con excesiva simplicidad y olvidada de su conversación anterior, inventa una nueva historia y dice que su marido es un comerciante de la provincia vecina que negocia con grandes sumas de dinero y que ya está en la mitad de su vida, con algunas canas dispersas. Sin demorarse nada más en esta conversación, las devuelve cargadas de nuevo con ricos regalos en el ventoso vehículo.
Pero mientras regresan a casa elevadas por el tranquilo soplo de Zéfiro, razonan entre ellas así: «¿Qué decimos, hermana, de la mentira tan monstruosa de esa tonta? Entonces es un joven que apenas forma su barba con vello floreciente, ahora está en la mitad de su vida, brillante con canas resplandecientes. ¿Quién es ese al que en un breve espacio de tiempo una vejez repentina ha transformado? No encontrarás otra cosa, mi hermana, sino que o esta pésima mujer inventa mentiras o desconoce el aspecto de su marido; cualquiera de las dos cosas que sea verdad, debe ser expulsada de esas riquezas cuanto antes.
Pues si ignora el rostro de su marido, sin duda se ha casado con un dios y nos lleva un dios en ese embarazo. Ciertamente, si esta es escuchada como madre de un niño divino —lo que no suceda—, inmediatamente me ahorcaré con una soga. Así que entretanto volvamos con nuestros padres y tramemos qué engaños coherentes tejemos con el comienzo de esta conversación».
Así inflamadas, saludando fastidiosamente a sus padres y turbadas la noche con vigilias, perdidas vuelan por la mañana al acantilado y desde allí con la ayuda acostumbrada del viento se precipitan violentamente y con lágrimas forzadas por la presión de sus párpados llaman a la muchacha con esta astucia: «Tú, ciertamente feliz y dichosa en tu ignorancia de tan gran mal, permaneces sin preocuparte de tu peligro, pero nosotras, que velamos por tus asuntos con vigilante cuidado, somos cruelmente atormentadas por tus desgracias.
Pues hemos averiguado con certeza, y no podemos ocultártelo a ti, socia por supuesto de nuestro dolor y de tu desgracia, que una inmensa serpiente de múltiples nudos enroscados, que enrojece su cuello con veneno nocivo y abre las fauces de su profunda garganta, yace secretamente contigo por las noches. Ahora recuerda el oráculo pítico, que proclamó que estabas destinada a casarte con una bestia feroz. Y muchos campesinos y cazadores de los alrededores y muchos vecinos lo vieron al atardecer regresando del pasto y nadando en los vados del río cercano.
Y todos afirman que no te seguirá alimentando mucho tiempo con halagüeñas atenciones, sino que cuando tu útero lleno haya madurado tu embarazo, te devorará dotada de un fruto más abundante. Ahora es tu decisión si quieres asentir a tus hermanas que se preocupan por tu querida salvación y vivir con nosotras segura del peligro, evitando la muerte, o ser sepultada en las entrañas de una bestia ferocísima. Pero si te deleitan la soledad sonora de este campo o los peligrosos encuentros de una Venus clandestina y fétida y los abrazos de una serpiente venenosa, al menos nosotras como hermanas piadosas habremos cumplido con nuestro deber».
Entonces la desdichada Psique, siendo simple y de ánimo tierno, es arrebatada por el miedo de palabras tan terribles: puesta completamente fuera de los límites de su razón, olvidó del todo la memoria de las advertencias de su marido y de sus propias promesas, y se precipitó en lo profundo de la calamidad, temblando y pálida con color exangüe, con voz entrecortada apenas susurrando palabras temblorosas, les dice así: «Vosotras, queridas hermanas, permanecéis como era justo en el deber de vuestra piedad, pero también aquellos que os afirman tales cosas no me parece que inventen mentiras.
Pues nunca he visto el rostro de mi marido ni sé en absoluto quién es, sino que solo oyendo sus voces nocturnas soporto a un marido de condición incierta y completamente huidizo de la luz, y consiento que es alguna bestia, con razón según vosotras decís. Y él siempre me aterroriza grandemente con sus aspectos y me amenaza con un gran mal por la curiosidad de su rostro. Ahora, si podéis traer alguna ayuda salvadora a vuestra hermana en peligro, ayudad ahora mismo; pues el descuido posterior corromperá los beneficios de la previsión anterior».
Entonces las mujeres criminales, habiendo obtenido ya las puertas abiertas del ánimo desnudo de su hermana, abandonando los escondrijos de su máquina oculta, con las espadas desenvainadas de sus engaños invaden los pensamientos temerosos de la simple muchacha.
Así pues una de ellas dice: «Puesto que el lazo de nuestro origen nos obliga a no tener ante los ojos ningún peligro por tu seguridad, te mostraremos el camino que es el único que conduce a la salvación, pensado mucho y largamente. Esconde secretamente una navaja muy afilada, afilada incluso con el toque de una mano suavizante, en la parte del lecho donde sueles acostarte, y esconde una lámpara bien preparada llena de aceite y brillando con clara luz bajo la cubierta de alguna vasija que cierre, y ocultando todo ese aparato muy tenazmente, después de que haya subido arrastrando su paso surcado al lecho acostumbrado y ya estirado y envuelto en el comienzo del sueño que lo oprime haya comenzado a exhalar un sueño profundo, deslízate del lecho y con paso descalzo disminuyendo poco a poco el paso en suspenso, liberada la lámpara de la custodia de la oscuridad ciega, toma prestada del consejo de la luz la oportunidad de tu preclaro hecho, y con aquella arma de doble filo audazmente, levantada primero la derecha hacia arriba, con un esfuerzo lo más fuerte posible, corta el nudo del cuello y la cabeza de la nociva serpiente.
No te faltará nuestra ayuda; pero tan pronto como con su muerte hayas conseguido tu salvación, volaremos inmediatamente esperando ansiosamente y después de llevar contigo rápidamente todas estas cosas te uniremos con los deseados esponsales a un hombre con un hombre».
Habiendo inflamado con tal incendio de palabras las entrañas de su hermana que ardía completamente, ellas mismas abandonándola y temiendo también extraordinariamente para sí mismas la proximidad de tan gran mal, extendidas sobre el acantilado por el impulso del ave alada acostumbrada, inmediatamente se arrojan en veloz huida y subiendo a las naves se marchan. Pero Psique, dejada sola, excepto que agitada por las Furias hostiles no está sola, fluctúa en su aflicción semejante al oleaje del mar, y aunque con su resolución decidida y su ánimo obstinado ya aplica las manos al crimen, todavía insegura en su decisión vacila y es desgarrada por muchos afectos de su calamidad.
Se apresura, aplaza, se atreve, tiembla, desconfía, se encoleriza y, lo que es último, en el mismo cuerpo odia a la bestia, ama al marido. Sin embargo, al arrastrar ya la tarde la noche, con precipitada prisa prepara el aparato del nefario crimen. Llegó la noche y llegó el marido, y después de escaramuzar en los primeros combates de Venus había caído en profundo sueño.
Entonces Psique, débil de cuerpo y de ánimo por lo demás, pero fortalecida con fuerzas por la crueldad del destino que se las suministra, trae la lámpara y toma la navaja, y con la audacia cambia de sexo. Pero tan pronto como con la presentación de la luz se iluminaron los secretos del lecho, ve a la más mansa y dulce de todas las fieras, al propio Cupido, dios hermoso, hermosamente acostado, con cuya visión hasta la luz de la lámpara se alegró y se avivó, y la navaja del sacrílego filo se arrepintió.
Pero en verdad Psique, aterrada por tal visión e incapaz de controlar su ánimo, desfalleció con pálido color marchito y temblando se dejó caer sobre las rodillas más bajas y buscó esconder el hierro, pero en su propio pecho; lo que ciertamente habría hecho, si el hierro por el miedo de tan gran crimen no se hubiera escapado cayendo de sus manos temerarias. Ya cansada, faltándole la vida, mientras contempla muchas veces la belleza del rostro divino, se reanima el ánimo.
Ve la genial cabellera de su cabeza dorada embriagada de ambrosía, los cuellos lácteos y las mejillas purpúreas que recorren los rizos de cabellos decorosamente entrelazados, unos que cuelgan por delante, otros por detrás, cuyo resplandor excesivo y fulgurante hacía vacilar hasta la propia luz de la lámpara; por los hombros del dios volador las plumas de rocío blanquean con brillo resplandeciente, y aunque las alas están quietas, las plumas extremas tiernas y delicadas, temblorosamente ondulantes, juguetean inquietas; el resto del cuerpo es terso y brillante, tal que a Venus no le pesaría haberlo parido. A los pies del lecho yacían el arco y la aljaba y las flechas, las armas propicias del gran dios.
Mientras Psique, con ánimo insaciable y bastante curiosa, examina y toca estas cosas y admira las armas de su marido, saca una flecha de la aljaba y poniendo a prueba con el pulgar el filo de la punta, al temblar todavía la articulación se pinchó con un esfuerzo demasiado fuerte, tan profundamente que por la superficie de la piel gotearon pequeñas gotas de sangre rosada.
Así, sin saberlo, Psique cayó espontáneamente en el amor de Amor. Entonces, ardiendo cada vez más de deseo por Cupido, se inclinó sobre él y, respirando con avidez, introduciendo a toda prisa besos abiertos e impúdicos, temía que durara poco su sueño. Pero mientras, turbada por tan gran bien, fluctuaba con el alma herida, aquella lámpara, ya fuera por pésima perfidia, ya por dañina envidia, o porque ella misma también deseaba tocar y hasta besar aquel cuerpo, vomitó desde lo alto de su llama una gota de aceite hirviendo sobre el hombro derecho del dios.
¡Ah, audaz y temeraria lámpara, vil instrumento del amor, quemas al propio dios de todo fuego, cuando sin duda te inventó primero algún amante para poder disfrutar de sus deseos también durante la noche! Así, quemado, saltó el dios y, al ver la ignominia de su confianza traicionada, voló en silencio lejos de los besos y las manos de su desgraciada esposa.
Pero Psique, aferrándose de inmediato con ambas manos a su pierna derecha mientras se levantaba, fue arrastrada miserablemente por el aire en su vuelo sublime, compañera colgante por las regiones nubosas, secuela extrema de su trayecto, y al fin, agotada, cayó al suelo. Y el dios amante, sin abandonar a la que yacía en tierra, voló a un ciprés cercano y desde su alta copa, gravemente conmovido, le habló así: «Yo, ingenua Psique, olvidando los mandatos de mi madre Venus, que había ordenado que te encadenaras con el deseo de un hombre miserable y de la peor condición, ligada al más bajo matrimonio, preferí volar yo mismo como tu amante junto a ti.
Pero hice esto a la ligera, lo sé, y yo, aquel ilustre arquero, me herí a mí mismo con mi propia flecha e hice de ti mi esposa, para que sin duda yo te pareciera una bestia y decapitaras con hierro esta cabeza mía que tiene los ojos amantes de ti. Esto te advertía siempre que debías evitarlo, esto te recordaba benévolamente. Pero aquellas excelentes consejeras tuyas pagarán de inmediato las penas de su enseñanza tan perniciosa; a ti, en cambio, solo te castigaré con mi huida». Y al terminar estas palabras se lanzó a lo alto con sus alas.
Psique, postrada en tierra y contemplando, hasta donde alcanzaba la vista, el vuelo de su marido, afligía su alma con extremos lamentos. Pero cuando la lejanía del espacio hizo que su marido, arrebatado por el remo de sus plumas, le fuera ajeno, se arrojó de cabeza por la orilla del río más cercano. Pero el dulce río, temiendo sin duda por sí mismo en honor al dios que suele quemar incluso las propias aguas, la depositó enseguida con su corriente inofensiva sobre la ribera florecida de hierbas.
Entonces, casualmente, el dios Pan estaba sentado cerca del borde del río abrazando a Eco, la diosa montaraz, y enseñándole a cantar todo tipo de melodías; cerca de la orilla retozaban con vago pastoreo las cabras, tonando la cabellera del río. El dios cabrío, conociendo de algún modo el infortunio de Psique herida y desfallecida, la llamó clemente hacia sí y la consoló con estas palabras suavizantes: «Muchacha hermosa, soy verdaderamente rústico y pastor, pero instruido con muchas experiencias gracias a mi larga vejez.
Pues si conjeturo correctamente, lo que los hombres prudentes llaman ciertamente adivinación, por ese paso vacilante y que tropieza con frecuencia, por la palidez extrema de tu cuerpo y por el suspiro continuo, más aún, por tus propios ojos marchitos, sufres de amor extremo. Así que escúchame y no te destruyas de nuevo con precipicios ni con ningún tipo de muerte provocada. Deja el duelo y depón la tristeza, y mejor venera con tus plegarias a Cupido, el más grande de los dioses, y granjéate su favor con suaves atenciones, ya que es un joven delicado y lujurioso».
Así habló el dios pastor, y sin devolverle palabra alguna, sino solo adorando aquella divinidad salvadora, Psique continuó su camino. Pero cuando había recorrido con paso fatigoso un buen trecho de camino, sin saberlo, ya declinando el día, llegó por cierto sendero a una ciudad en la que reinaba el marido de una de sus hermanas. Al enterarse de esto, Psique pidió que se anunciara su presencia a su hermana; pronto fue conducida adentro, cumplidos los abrazos mutuos y los saludos alternos, cuando aquella le preguntó las razones de su llegada, comenzó así: «Recordáis vuestro consejo, por el cual me persuadisteis de que matara con una navaja de doble filo a la bestia que, con el falso nombre de marido, dormía conmigo, antes de que me tragara a mí, pobre de mí, con su voraz gula.
Pero cuando, apenas como habíamos acordado, con la luz cómplice contemplé su rostro, veo un espectáculo maravilloso y totalmente divino, al propio hijo de la diosa Venus, al propio Cupido, digo, adormecido en dulce reposo. Y mientras yo, turbada por el espectáculo de tan gran bien y agitada por la excesiva abundancia de placer, me debatía por la imposibilidad de gozarlo, por un accidente verdaderamente funesto la lámpara hirviente derramó aceite sobre su hombro. Por este dolor, sacado de inmediato del sueño, cuando me vio armada con hierro y fuego, me dijo: "Tú, ciertamente, por este crimen tan terrible, divórciate de inmediato de mi lecho y quédate con tus cosas; yo, en cambio, a tu hermana" —y decía el nombre con el que tú eres conocida— "ya la tomaré como esposa en matrimonio solemne", y de inmediato ordenó a Céfiro que me soplara fuera de los confines de su casa».
Aún no había terminado Psique su relato, y aquella, aguijoneada por los estímulos de la loca lujuria y de la dañina envidia, inventando una mentira elaborada, engañó a su marido como si hubiera sabido algo de la muerte de sus padres, subió de inmediato a una nave y se dirigió enseguida a aquel peñasco, y aunque soplaba otro viento, sin embargo, jadeante por ciega esperanza, diciendo: «Acógeme, Cupido, como esposa digna de ti, y tú, Céfiro, recibe a tu señora», se precipitó con un salto enorme.
Pero ni siquiera a aquel lugar pudo llegar ni siquiera muerta. Pues, destrozados y dispersos sus miembros por las rocas de los peñascos y desgarradas sus entrañas como merecía, pereció ofreciendo pasto a las aves y bestias que pasaban. Tampoco se retrasó el castigo de la venganza siguiente. Pues Psique, con paso errante de nuevo, llegó a otra ciudad en la que de igual modo residía su otra hermana. Y no de otra manera, también ella, inducida por el engaño de hermana y émula en las criminales nupcias de su hermana, se apresuró al peñasco y cayó en semejante muerte fatal.
Mientras tanto, mientras Psique, dedicada a la búsqueda de Cupido, recorría los pueblos, él, doliente por la herida de la lámpara, yacía gimiendo en la propia cámara nupcial de su madre. Entonces aquella gaviota de blancas alas que nada con sus plumas sobre las olas marinas se sumergió rápidamente en el profundo seno del Océano. Allí, presentándose junto a Venus que casualmente se bañaba y nadaba, le notificó que su hijo, quemado, yacía aquejado por el dolor de una grave herida, dudoso de salvación, y que ya por boca de todos los pueblos, con rumores y reproches varios, toda la familia de Venus tenía mala fama, porque él sin duda se había retirado a una fornicación montaraz y tú a un nado marino, y por eso no había placer alguno ni gracia ni encanto, sino que todo era tosco, agreste y horrible: no había bodas conyugales ni amistades sociales ni afectos filiales, sino una enorme basura y el desagradable fastidio de uniones sórdidas.
Estas cosas aquella parlanchina y bastante entrometida ave parloteaba en los oídos de Venus, despedazando la reputación de su hijo. Pero Venus, airada, exclamó de repente con fuerza: «¿Así que ese buen hijo mío tiene ya alguna amante? Vamos, dime, tú que sola me sirves amorosamente, el nombre de la que sedujo al muchacho ingenuo e inexperto, ya sea ella del pueblo de las Ninfas, ya del número de las Horas, ya del coro de las Musas o del ministerio de mis propias Gracias».
Y no se calló aquella ave parlanchina, sino que dijo: «No lo sé, señora: creo que la muchacha, si recuerdo bien, se llama Psique; se dice que él la desea apasionadamente». Entonces Venus, indignada, exclamó con gran violencia: «¿Acaso él ama verdaderamente a Psique, la rival de mi belleza, la émula de mi nombre? ¡Sin duda aquel niño me tuvo por alcahueta por cuya indicación conoció a aquella muchacha!».
Diciendo esto, salió rápidamente fuera, enfurecida y rebosante de bilis venusina. Pero enseguida la encuentran Ceres y Juno y, viéndola con el rostro hinchado, le preguntaron por qué coartaba con ceño tan feroz tanta hermosura de sus ojos resplandecientes. Pero ella les dijo: «Oportunamente, ciertamente para satisfacer mi pecho tan ardiente, venís. Pero con todas vuestras fuerzas, os ruego, buscadme a aquella Psique, la fugitiva voladora. Pues no puede ser que no os hayan llegado la famosa fábula de mi casa y los hechos indecibles de mi hijo».
Entonces ellas, no ignorando lo sucedido, intentaron calmar así la furiosa ira de Venus: «¿Qué delito tal ha cometido tu hijo, señora, para que con ánimo obstinado combatas su placer y desees destruir también a la que él ama? ¿Qué crimen hay, te rogamos, en que haya sonreído voluntariamente a una muchacha hermosa?
«¿Acaso no sabes que es varón y un joven, o por ventura has olvidado ya cuántos años tiene? ¿O es que, porque lleva su edad con garbo, siempre te parece un niño? Pero tú eres madre y además una mujer sensata: ¿vas a estar siempre husmeando con curiosidad los juegos de tu hijo y le vas a censurar su lujuria, le vas a reprochar sus amores y le vas a echar en cara tus mismas artes y tus propias diversiones en tu hermoso hijo?
¿Y qué dios te va a tolerar a ti que siembras por todas partes los deseos de los hombres entre los pueblos, cuando reprimes severamente los amores de tu propia casa y cierras el taller público de los vicios femeninos?» Así, por miedo a las flechas, halagaban a Cupido —aunque estuviera ausente— con su benévola defensa. Pero Venus, indignada de que se trataran con burla sus agravios, se alejó de ellas y con paso apresurado tomó el camino del mar.
Mientras tanto, Psique vagaba en distintas direcciones, buscando las huellas de su marido día y noche sin descanso, tanto más deseosa —aunque estuviera enfadado— de ablandarlo al menos con súplicas de esclava, si no podía hacerlo con caricias de esposa. Y al divisar cierto templo en la cima de un monte escarpado, dijo: «¿Cómo sé si mi señor no vive allí?» E inmediatamente dirige sus pasos acelerados, que la esperanza y el deseo animaban pese al agotamiento total por los continuos trabajos.
Y tras ascender vigorosamente por las alturas más elevadas, se acercó al santuario. Ve espigas de trigo en montón y otras trenzadas en corona, y ve espigas de cebada. Había también hoces y todo el ajuar de los segadores, pero todo estaba esparcido por el suelo y revuelto con descuido, arrojado —como suele pasar en verano— por las manos de los trabajadores. Psique separa cuidadosamente cada cosa y las ordena correctamente una vez clasificadas, pensando sin duda que no debe descuidar los santuarios ni las ceremonias de ningún dios, sino procurarse la benévola compasión de todos.
Mientras ella se ocupaba de esto con solicitud y esmero, la venerable Ceres la sorprendió y enseguida exclamó en voz alta: «¿Cómo es posible, pobre Psique? Venus, ansiosa, busca furiosa tu rastro por todo el orbe y te reclama para el peor de los castigos, y exige venganza con todas las fuerzas de su divinidad; ¿y tú te ocupas ahora de cuidar mis cosas y piensas en cualquier otra cosa menos en tu salvación?» Entonces Psique se arrojó a sus pies y, regando con abundantes lágrimas las huellas de la diosa y barriendo el suelo con sus cabellos, pedía perdón con múltiples súplicas: «Por tu fructífera mano derecha te lo ruego, por las alegres ceremonias de las cosechas, por los silenciosos secretos de las cestas, por los carros alados de tus siervos dragones, por los surcos del suelo siciliano, por el carro raptor y la tierra tenaz, por los descensos de las bodas sin luz de Prosérpina y los retornos iluminados del hallazgo de tu hija, y por todo lo demás que cubre con silencio el santuario de Eleusis en el Ática: socorre a esta desdichada alma suplicante de tu Psique.
Déjame esconderme por unos pocos días entre este montón de espigas, hasta que el tiempo mitigue la terrible ira de tan grande diosa, o al menos un descanso alivie mis fuerzas agotadas por el prolongado esfuerzo.»
Ceres responde: «Tus lágrimas y súplicas me conmueven y deseo ayudarte, pero no puedo indisponerme con mi pariente, con quien además cultivo un antiguo pacto de amistad, y que por lo demás es una buena mujer. Márchate de este templo enseguida, y considera un favor que no te retenga ni te entregue como prisionera.» Rechazada contra su esperanza, afligida por una doble tristeza, Psique retrocede y, caminando por entre el umbroso bosque de un valle próximo, divisa un templo construido con hábil técnica, y no queriendo desaprovechar ningún camino, ni siquiera dudoso, hacia una esperanza mejor, se acerca a las sagradas puertas para implorar el perdón de cualquier dios que fuera.
Ve ofrendas valiosas y telas bordadas en oro colgadas de las ramas de los árboles y de los postes, que testimoniaban con gratitud el nombre de la diosa a quien habían sido consagradas. Entonces, arrodillada y abrazando el altar aún tibio, tras secarse las lágrimas, así suplica:
«Hermana y esposa del gran Júpiter, ya seas que habitas los antiguos santuarios de Samos, que se gloría como la única en tu parto, vagido y crianza, ya que frecuentas las dichosas sedes de la elevada Cartago, que te venera como virgen transportada por un león viajando por el cielo, o que presides las ilustres murallas de los argivos junto a las riberas del Ínaco, que te recuerda ya esposa del Tonante y reina de los dioses, y a quien todo el oriente venera como Zigia y todo el occidente llama Lucina: sé en mis extremas desdichas Juno Salvadora, y líbrame a mí, agotada por tantos trabajos soportados, del temor del peligro inminente.
Pues sé que sueles socorrer por tu propia voluntad a las embarazadas en peligro.» Mientras ella suplica de esta manera, inmediatamente Juno se presenta con toda la augusta dignidad de su divinidad y enseguida dice: «Cuánto desearía poder acceder a tus súplicas, te lo aseguro. Pero el pudor no me permite actuar contra la voluntad de Venus, mi nuera, a quien siempre he querido como a una hija. Además, me lo prohíben las leyes que impiden acoger a esclavos fugitivos de otros contra la voluntad de sus amos.»
Aterrada también por este naufragio de su fortuna, y sin poder ya alcanzar a su volátil marido, depositada toda esperanza de salvación, Psique consultó así sus propios pensamientos: «¿Qué otros remedios pueden intentarse o aplicarse ya a mis desgracias, cuando ni siquiera los favores de las diosas, aunque quisieran ayudarme, han podido servirme? ¿Adónde, pues, encerrada en tales trampas, dirigiré mis pasos, o bajo qué techos o incluso en qué tinieblas escondida podré escapar de los inevitables ojos de la gran Venus?
¿Por qué entonces no adoptas al fin un ánimo varonil y renuncias valientemente a la vana esperanza, y te entregas voluntariamente a tu señora y mitigas con una modestia aunque tardía sus furiosos ataques? ¿Quién sabe si no encontrarás allí, en casa de su madre, a aquel que llevas tanto tiempo buscando?» Así, preparada para una sumisión dudosa o más bien para una destrucción cierta, meditaba consigo misma el comienzo de la futura súplica.
Pero Venus, renunciando a los remedios terrestres de búsqueda, se dirige al cielo. Ordena que le preparen el carro que Vulcano el artífice había pulido esmeradamente con sutil técnica y le había ofrecido como regalo nupcial antes del estreno del tálamo, notable por el adelgazamiento de la lima y valioso por la misma pérdida del oro. De las muchas palomas blancas que se alojan alrededor del dormitorio de la señora avanzan cuatro y, torciendo sus abigarrados cuellos con alegres andares, se someten al yugo enjoyado y, una vez subida su señora, vuelan gozosas.
Siguen el carro de la diosa jugueteando con estridente parloteo los gorriones, y las demás aves que cantan dulcemente resonando con melodías melosas anuncian la llegada de la diosa. Se retiran las nubes y el Cielo se abre a su hija, y el éter supremo recibe con gozo a la diosa, y la canora familia de la gran Venus no teme a las águilas que puedan salir al encuentro ni a los rapaces gavilanes.
Entonces se dirige inmediatamente a las regias fortalezas de Júpiter y con orgullosa petición exige el préstamo necesario del servicio del elocuente dios Mercurio. Y la azulada ceja de Júpiter no se niega. Entonces Venus, exultante, baja enseguida del cielo acompañada también de Mercurio, y le dirige solícitamente estas palabras: «Hermano de Arcadia, sabes sin duda que tu hermana Venus nunca ha hecho nada sin la presencia de Mercurio, y no se te oculta tampoco cuánto tiempo llevo sin poder encontrar a mi esclava escondida.
No queda más remedio, pues, que proclamar públicamente con tu pregón la recompensa por su búsqueda. Cumple, pues, con prontitud mi encargo y señala claramente las señas por las que pueda reconocérsela, para que, si alguien incurriere en el delito de ocultación ilícita, no pueda defenderse con la excusa de la ignorancia»; y al mismo tiempo que decía esto le entrega un libelo donde estaba escrito el nombre de Psique y lo demás. Hecho esto, inmediatamente se retiró a su casa.
Y Mercurio no desatendió el encargo. Pues, recorriendo por todas partes los pueblos, cumplía así la misión del pregón encomendado: «Si alguien puede traer de vuelta de su fuga o mostrar el escondite de la esclava fugitiva de la hija del rey, esclava de Venus, de nombre Psique, que se presente ante las Metas Murcias con Mercurio el pregonero, y recibirá de la propia Venus como precio de la delación siete dulces besos y uno especialmente meloso por el roce de su lengua acariciadora.»
Al proclamar Mercurio de este modo, el deseo de tan gran recompensa había excitado a competencia el interés de todos los mortales. Este hecho acabó ahora sobre todo con toda vacilación de Psique. Y cuando ya se acercaba a las puertas de su señora, le sale al encuentro una de las criadas de Venus, de nombre Costumbre, que gritó inmediatamente con toda su fuerza: «¡Por fin, esclava perversísima, has empezado a darte cuenta de que tienes señora! ¿O es que, conforme a la temeridad habitual de tus costumbres, finges también ignorar cuántos trabajos hemos soportado en tu búsqueda?
Pero está bien, pues has caído precisamente en mis manos y estás ya entre las fauces del Orco, y vas a pagar enseguida el castigo de tan grande contumacia»,
y con mano atrevida la agarró por los cabellos y la arrastraba sin que ella opusiera resistencia alguna. Cuando Venus la vio conducida y presentada ante ella, prorrumpió en una carcajada enorme, como suelen hacer los que están furiosos de ira, y sacudiendo la cabeza y rascándose la oreja derecha, dice: «¡Por fin te has dignado saludar a tu suegra! ¿O más bien has venido a visitar a tu marido, que está en peligro por tu herida? Pero estate tranquila, pues ya te voy a recibir como conviene a una buena nuera»; y dice: «¿Dónde están Solicitud y Tristeza, mis esclavas?»
Cuando las hizo entrar, se la entregó para que la torturaran. Y ellas, obedeciendo la orden de su señora, maltrataron a golpes a la pobre Psique y la atormentaron con otros suplicios, y de nuevo la devolvieron a la presencia de su señora. Entonces Venus, soltando de nuevo una carcajada, dice: «¡Y mira cómo me mueve a compasión con el atractivo de su abultado vientre, para hacerme dichosa sin duda con una preclara descendencia como abuela! ¡Feliz yo, desde luego, que en la flor misma de mi edad seré llamada abuela, y el hijo de una vil esclava será oído llamar nieto de Venus!
Aunque soy tonta al decir hijo; pues unas nupcias entre desiguales, y además celebradas en el campo sin testigos y sin el consentimiento del padre, no pueden considerarse legítimas, y por tanto ese niño nacerá bastardo, si es que acaso te permitimos llevar a término el parto.»
Dicho esto, se abalanza sobre ella y le desgarra el vestido en varias partes y, desgarrándole el pelo y sacudiéndole la cabeza, la maltrata gravemente; y tomando trigo y cebada y mijo y amapola y garbanzo y lenteja y haba, y mezclándolos y amontonándolos confusamente en un solo montón, le dice así: «Pues me parece que tú, esclava tan deforme, no mereces a tus amantes por ningún otro medio sino solo por el servicio diligente: ahora, pues, voy a poner a prueba también yo tu eficacia.
Separa este montón revuelto de semillas y, tras disponer y clasificar correctamente cada grano, demuéstrame el trabajo terminado antes de esta tarde.» Así, tras asignarle tan enorme montón de semillas, ella misma se marchó a un banquete nupcial.
Psique no puso manos a aquella masa informe e inextricable, sino que, consternada por la enormidad de la orden, quedó en silencio petrificada. Entonces una pequeña hormiga campesina, compadecida de tamaña dificultad y del trabajo de la esposa del gran dios, y maldiciendo la crueldad de su suegra, corrió activamente y convocó y reunió a toda la legión de hormigas de los alrededores: «Compadeceos, ágiles hijas de la tierra madre de todos, compadeceos y socorred con pronta rapidez a la bella muchacha, esposa de Amor, que se encuentra en peligro».
Acudieron en tropel unas tras otras, olas de pueblos de seis patas, y con el mayor empeño, grano a grano, clasificaron todo el montón y, una vez separados y distribuidos los diferentes tipos, desaparecieron velozmente de la vista.
Pero al comienzo de la noche Venus regresa del banquete nupcial, ebria de vino y perfumada de bálsamos, ceñido todo el cuerpo de rosas resplandecientes, y al ver la cuidadosa ejecución del prodigioso trabajo dice: «Esta no es obra tuya, malvada, ni de tus manos, sino de aquel a quien has gustado, para tu desgracia y la suya misma», y arrojándole un pedazo de pan del desayuno se marchó a dormir. Mientras tanto Cupido, solo, estaba encerrado con llave en un único dormitorio de la casa interior, retenido severamente, en parte para que no agravara su herida con su lujuria desenfrenada, en parte para que no se encontrara con su amada.
Así pues, los amantes, separados bajo un mismo techo, pasaron una noche terrible. Pero apenas montaba el alba, Venus llamó a Psique y le dijo lo siguiente: «¿Ves aquel bosque que se extiende junto al río que fluye delante y sus largas orillas, cuyos matorrales del fondo contemplan la fuente vecina? Allí vagan ovejas que brillan con el verdadero esplendor de oro reluciente, en pasto sin vigilancia. Te ordeno que de allí me traigas enseguida, de cualquier modo que lo consigas, un copo de lana de su preciado vellón».
Psique partió de buena gana, no para cumplir aquella orden sino para encontrar descanso a sus males precipitándose desde una roca fluvial. Pero entonces desde el río, una caña verde, nodriza de la música suave, inspirada divinamente por el murmullo apacible de la dulce brisa, profetizó así: «Psique, ejercitada en tantas desgracias, no contamines mis aguas sagradas con tu muerte tan miserable, ni te acerques a esas ovejas feroces y temibles mientras el calor que toman prestado del ardor del sol las exalta con rabia brutal y suelen enfurecerse para la destrucción de los mortales con su cuerno agudo, su frente de piedra y a veces con mordeduras venenosas; sino cuando el mediodía haya calmado el calor del sol y los rebaños se hayan sosegado con la serenidad del espíritu fluvial, podrás esconderte bajo aquel altísimo plátano que bebe la misma corriente que yo.
Y cuando hayan aflojado su furia y relajado su ánimo, sacudiendo las ramas del bosque vecino encontrarás el oro lanudo que se adhiere por todas partes a las ramas enredadas».
Así la sencilla y humanitaria caña enseñaba a la afligidísima Psique su salvación. Ella no descuidó escucharla sin arrepentirse ni siguió con desgana sus instrucciones, sino que, observando todo, con fácil hurto recogió un regazo lleno de la suavidad del oro brillante y lo llevó a Venus. Pero ni siquiera ante su señora mereció el segundo testimonio del peligro del segundo trabajo, sino que con las cejas fruncidas, sonriendo amargamente, le dijo así: «Tampoco se me oculta el autor adúltero de este hecho.
Pero ahora voy a poner a prueba cuidadosamente si estás dotada de un ánimo verdaderamente fuerte y de una prudencia singular. ¿Ves aquella cumbre del monte escarpado que se apoya en una altísima roca, desde donde fluyen las oscuras aguas de una fuente negra y, encerradas en el receptáculo de un valle cercano, riegan las lagunas estigias y alimentan las roncas corrientes del Cocito? De allí me has de traer enseguida, sacado de lo profundo del manantial de la cumbre, el rocío helado en esta urna». Diciendo esto, le entregó un vasito tallado en cristal, amenazándola además con cosas peores.
Pero ella, apresurada, acelerando el paso, llegó al extremo cúmulo del monte, segura de encontrar allí al menos el fin de su pésima vida. Pero cuando se acercó a los lugares colindantes de la mencionada cumbre, vio la mortal dificultad de aquella vasta empresa. En efecto, una roca de inmensa magnitud y resbaladiza por su inaccesible escabrosidad vomitaba por las fauces de la piedra unas fuentes horribles que, apenas salidas por los huecos de la abertura y deslizándose cuesta abajo, fluían ocultas por el camino excavado de un estrecho canal hacia el valle cercano.
A derecha e izquierda, de las hendiduras de las rocas, se arrastraban dragones feroces con largos cuellos extendidos, dotados de vigilia incesante con ojos atentos y pupilas que velaban con luz perpetua. Y las mismas aguas se defendían hablando. Pues gritaban constantemente: «Retírate», «¿Qué haces? Mira», «¿Qué estás haciendo? Cuidado», «Huye» y «Morirás». Así Psique, convertida en piedra por la imposibilidad misma, aunque presente en el cuerpo, estaba ausente en los sentidos y, completamente aplastada por la masa del peligro inexorable, carecía incluso del último consuelo de las lágrimas.
La desgracia de un alma inocente no escapó a los graves ojos de la buena Providencia. Pues de repente apareció con las alas desplegadas a ambos lados aquella águila rapaz del supremo Júpiter rey, recordando el antiguo favor por el que, bajo la guía de Cupido, había raptado para Júpiter al copero frigio, trayendo oportuna ayuda y honrando el poder del dios en los trabajos de su esposa; y abandonando las vías celestes de la alta cumbre, volando ante el rostro de la muchacha, comenzó: «Pero tú, por lo demás simple e inexperta en tales cosas, ¿esperas poder robar siquiera una gota de la santísima y no menos terrible fuente, o tan siquiera tocarla?
¿No has oído decir que estas aguas estigias son temibles incluso para los mismos dioses y para el propio Júpiter, y que así como vosotros juráis por los poderes de los dioses, los dioses suelen jurar por la majestad de la Estigia? Pero dame esa urna», y enseguida, tras tomarla y abrazarla, se apresuró y, con el equilibrio de sus alas oscilantes, extendiendo su vuelo a derecha e izquierda entre las fauces de los dientes furiosos y las vibraciones trisulcas de los dragones, recogió las aguas renuentes y que amenazaban con que se fuera sin daño, fingiendo que buscaba las aguas por orden de Venus y se las proporcionaba a ella, por lo que hubo una oportunidad de acceso un poco más fácil.
Así Psique, tras recibir con alegría la urna llena, la devolvió rápidamente a Venus. Y sin embargo ni siquiera entonces pudo aplacar el humor de la diosa furiosa. Pues le habló así, sonriendo de modo funesto y amenazándola con flagelos mayores y peores: «Ya me pareces desde luego una gran hechicera y totalmente experta, que has cumplido diligentemente tales órdenes mías. Pero todavía deberás prestarme este servicio, querida mía. Toma esta cajita», y se la dio; «dirígete enseguida hasta el infierno y hasta la morada fúnebre del propio Orco.
Luego, presentando la cajita a Prosérpina, dirás: "Venus te pide que le envíes un poco de tu belleza, al menos suficiente para un solo día. Pues la que tenía la ha consumido y gastado toda mientras cuidaba a su hijo enfermo". Pero no tardes en volver, porque es necesario que yo asista con lo que tome de allí al teatro de los dioses».
Entonces Psique se dio cuenta más que nunca de sus últimas desgracias y comprendió claramente que, quitado el velo, era empujada hacia una muerte segura. ¿Y cómo no? Pues era obligada a dirigirse voluntariamente con sus propios pies al Tártaro y a los manes. Y sin vacilar más se fue hacia una torre muy alta, desde donde se arrojaría de cabeza: así creía poder descender al infierno de forma correcta y bellísima. Pero la torre irrumpió en voz súbita y dijo: «¿Por qué, pobrecilla, buscas extinguirte con el precipicio?
¿Y por qué ahora sucumbes temerariamente a este novísimo peligro y trabajo? Pues si el espíritu se separa una vez de tu cuerpo, irás ciertamente al fondo del Tártaro, pero de allí no podrás regresar de ninguna manera. Escúchame.
Lacedemonia, noble ciudad de Acaya, no está situada lejos: busca en sus confines, en lugares apartados y ocultos, Ténaro. Allí se muestra un respiradero de Dite y, por sus puertas abiertas, un camino sin retorno; una vez que lo cruces por su umbral y te entregues a él, avanzarás ya por un camino directo hasta el mismo palacio de Orco. Pero no deberás caminar vacía por aquellas tinieblas, sino llevar en ambas manos tortas de harina mezcladas con hidromiel y llevar en la boca misma dos monedas.
Y cuando ya hayas recorrido buena parte del camino mortal, te encontrarás con un asno cojo, portador de leña, con un arriero similar, que te rogará que le alcances algunas varas de la carga que se cae, pero tú pasa de largo sin pronunciar palabra alguna. Y sin tardanza, cuando llegues al río de los muertos, cuyo prefecto Caronte, exigiendo enseguida el portazgo, conduce a los pasajeros en una barca cocida hasta la orilla de más allá. Así que también entre los muertos vive la avaricia, y aquel Caronte, cobrador de Dite, dios tan grande, no hace nada gratis: sino que el pobre moribundo debe buscar el viático, y si por casualidad no tiene el dinero a mano, nadie le permitirá exhalar el último suspiro.
A este sórdido viejo le darás, como pago del pasaje, una de las monedas que llevas, pero de tal modo que él mismo la tome con su mano de tu boca. Y mientras cruzas la corriente lenta, un cierto viejo muerto, podrido, que flota encima, levantando las manos te rogará que lo lleves dentro de la embarcación, pero no te dejes conmover por la piedad, por ilustre que sea.
Después de cruzar el río, cuando hayas avanzado un poco, unas viejas tejedoras te rogarán que les prestes tus manos un momento para arreglar la tela, pero tampoco te es permitido tocar eso. Pues todas estas cosas y muchas otras surgirán de las insidias de Venus, para que pierdas al menos una de las tortas de las manos. Y no creas que la pérdida de esas tortas de harina es un daño leve; pues si pierdes una, esta luz te será completamente negada.
En efecto, un perro descomunal, provisto de tres enormes cabezas, monstruoso y terrible, ladrando con fauces tonantes, aterrorizando en vano a los muertos, a quienes ya no puede hacer ningún mal, guardando siempre ante el mismo umbral y los oscuros atrios de Prosérpina la vacía morada de Dite. A este, amansado con el botín de una torta, lo pasarás fácilmente y entrarás inmediatamente a la misma Prosérpina, que te recibirá cortésmente y con bondad, tanto que te aconsejará que te sientes cómodamente y tomes un opíparo almuerzo.
Pero tú siéntate en el suelo y pide pan ordinario, luego comunica a qué has venido y, tras recibir lo que se te ofrezca, de regreso neutraliza la ferocidad del perro con la torta restante y, dando al avaro barquero la moneda que hayas reservado, después de cruzar aquel río, volviendo sobre tus pasos anteriores, regresarás a este coro de astros celestes. Pero entre todas las cosas, esto te aconsejo que observes especialmente: que no quieras abrir ni mirar esa cajita que llevarás, ni tentar curiosamente el tesoro oculto de la divina belleza».
Así aquella torre perspicaz desplegó el oficio de la profecía. Y sin tardanza Psique se dirigió a Ténaro y, tomadas debidamente aquellas monedas y tortas, bajó por el paso infernal y, tras pasar en silencio junto al asno debilucho y pagada la moneda al barquero, desoyendo el deseo del muerto que flotaba y despreciando las súplicas engañosas de las tejedoras, y adormecida la horrible rabia del perro con el alimento de la torta, llegó a la casa de Prosérpina.
Y sin aceptar el asiento delicado ni el rico alimento que se le ofrecía, sino sentándose humildemente ante sus pies y contenta con un pan ordinario, cumplió el encargo de Venus. E inmediatamente recibió la cajita cerrada y llena en secreto y, cerrados los ladridos caninos con el engaño de la torta siguiente y devuelta al barquero la moneda restante, regresó del infierno mucho más animada.
Y tras saludar y adorar aquella resplandeciente luz, aunque tenía prisa por cumplir su encargo, su mente fue dominada por una temeraria curiosidad y dijo: «Aquí me tienes, tonta de mí, llevando la belleza divina y sin tomar de ella ni siquiera una pizca para mí, aunque así podría gustar más a mi hermoso amante». Y al decir esto abrió la cajita. Pero allí no había ninguna cosa ni belleza alguna, sino un sueño infernal y auténticamente estigio que, al retirar la tapa, la invadió inmediatamente, y una espesa niebla de sopor se derramó por todos sus miembros y la poseyó derrumbada en el mismo lugar, en el mismo camino.
Y yacía inmóvil, y no era otra cosa que un cadáver dormido. Pero Cupido, ya repuesto gracias a la cicatriz sólida y sin soportar por más tiempo la ausencia de su Psique, se deslizó por la altísima ventana del dormitorio donde estaba encerrado, y con las alas recobradas, tras un poco de descanso, voló muchísimo más rápido y acudió a su Psique; le limpió el sueño cuidadosamente y, tras guardarlo de nuevo en el lugar original de la cajita, despertó a Psique con un inofensivo pinchazo de su flecha y dijo: «Mira, de nuevo estuviste a punto de perderte, pobrecita mía, por una curiosidad semejante.
Pero ahora termina diligentemente la tarea que te fue encargada por orden de mi madre; yo me ocuparé del resto». Dichas estas palabras, el ligero amante se lanzó sobre sus alas, mientras Psique enseguida llevó a Venus el regalo de Prosérpina. Entretanto Cupido, consumido por un amor desmedido y temiendo la repentina sobriedad de su madre de rostro enfermo, regresó al cielo y, penetrando con sus veloces alas la bóveda celeste, suplica al gran Júpiter y defiende su causa.
Entonces Júpiter, tomando la mejilla de Cupido y llevando su mano a su propia boca, lo besó y le dijo: «Aunque tú, hijo señor, nunca me has guardado el honor decretado por acuerdo de los dioses, sino que has herido este pecho mío, que dispone las leyes de los elementos y las revoluciones de los astros, con golpes continuos, y lo has manchado con frecuentes episodios de lujuria terrena, y has dañado mi reputación y mi fama con vergonzosos adulterios contrarios a las leyes, a la propia disciplina julia y al orden público, transformando vilmente mis serenos rasgos en serpientes, en fuegos, en fieras, en aves y en ganados, sin embargo, en memoria de mi moderación y porque creciste entre estas manos mías, lo haré todo, con tal de que sepas protegerte de tus rivales, y si hay ahora en la tierra alguna muchacha que sobresalga en belleza, debes pagarme a través de ella el favor del presente beneficio».
Dicho esto, ordenó a Mercurio convocar inmediatamente a todos los dioses a asamblea y proclamar que si alguno faltase a la reunión de los celestiales, sería condenado a una multa de diez mil monedas. Por miedo a esto, una vez llenado enseguida el teatro celeste, el alto Júpiter, sentado en su elevado trono, proclamó así: «Dioses inscritos en el registro de las Musas, todos sabéis sin duda que este joven fue criado por mis propias manos. He considerado que era necesario frenar con algún tipo de rienda los ardientes impulsos de su primera juventud; basta ya de que esté infamado cada día por rumores sobre adulterios y toda clase de corrupciones.
Debe eliminarse toda ocasión y su capricho juvenil debe quedar atado con las cadenas matrimoniales. Ha elegido una muchacha y la ha privado de su virginidad: que la retenga, que la posea, y que abrazando a Psique disfrute siempre de sus amores». Y dirigiéndose a Venus: «Y tú, hija, no te aflijas en absoluto ni temas por tu tan alto linaje y rango a causa de un matrimonio con una mortal. Haré ahora que las nupcias no sean desiguales, sino legítimas y conformes al derecho civil».
Y enseguida ordenó por medio de Mercurio que Psique fuera tomada y conducida al cielo. Ofreciéndole una copa de ambrosía, dijo: «Toma, Psique, y sé inmortal, y nunca se separará Cupido de tu abrazo, sino que estas serán vuestras nupcias perpetuas». Y sin demora se sirvió un abundante banquete nupcial. El esposo se reclinó en el lugar de honor abrazando a Psique en su regazo. Así también Júpiter con su Juno, y luego por orden todos los dioses.
Entonces la copa de néctar, que es el vino de los dioses, a Júpiter se la servía aquel rústico muchacho, su copero, pero a los demás les servía Líber; Vulcano cocinaba la cena; las Horas teñían de púrpura todas las cosas con rosas y demás flores; las Gracias esparcían bálsamos; las Musas también resonaban con sus cantos. Entonces Apolo cantó con la cítara; Venus, adentrándose en la dulce música, bailó hermosamente; la escena estaba dispuesta de tal manera que las Musas cantaban en coro, un Sátiro soplaba las flautas y Panisco tocaba la flauta pastoril. Así Psique pasó ritualmente a manos de Cupido, y les nace con un parto a término una hija, a la que llamamos Voluptuosidad.
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