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Parte 5Venus castiga a Psique

Amor y Psique · Apuleyo · 10 min de lectura

«¿Acaso no sabes que es varón y un joven, o por ventura has olvidado ya cuántos años tiene? ¿O es que, porque lleva su edad con garbo, siempre te parece un niño? Pero tú eres madre y además una mujer sensata: ¿vas a estar siempre husmeando con curiosidad los juegos de tu hijo y le vas a censurar su lujuria, le vas a reprochar sus amores y le vas a echar en cara tus mismas artes y tus propias diversiones en tu hermoso hijo?

¿Y qué dios te va a tolerar a ti que siembras por todas partes los deseos de los hombres entre los pueblos, cuando reprimes severamente los amores de tu propia casa y cierras el taller público de los vicios femeninos?» Así, por miedo a las flechas, halagaban a Cupido —aunque estuviera ausente— con su benévola defensa. Pero Venus, indignada de que se trataran con burla sus agravios, se alejó de ellas y con paso apresurado tomó el camino del mar.

Mientras tanto, Psique vagaba en distintas direcciones, buscando las huellas de su marido día y noche sin descanso, tanto más deseosa —aunque estuviera enfadado— de ablandarlo al menos con súplicas de esclava, si no podía hacerlo con caricias de esposa. Y al divisar cierto templo en la cima de un monte escarpado, dijo: «¿Cómo sé si mi señor no vive allí?» E inmediatamente dirige sus pasos acelerados, que la esperanza y el deseo animaban pese al agotamiento total por los continuos trabajos.

Y tras ascender vigorosamente por las alturas más elevadas, se acercó al santuario. Ve espigas de trigo en montón y otras trenzadas en corona, y ve espigas de cebada. Había también hoces y todo el ajuar de los segadores, pero todo estaba esparcido por el suelo y revuelto con descuido, arrojado —como suele pasar en verano— por las manos de los trabajadores. Psique separa cuidadosamente cada cosa y las ordena correctamente una vez clasificadas, pensando sin duda que no debe descuidar los santuarios ni las ceremonias de ningún dios, sino procurarse la benévola compasión de todos.

Mientras ella se ocupaba de esto con solicitud y esmero, la venerable Ceres la sorprendió y enseguida exclamó en voz alta: «¿Cómo es posible, pobre Psique? Venus, ansiosa, busca furiosa tu rastro por todo el orbe y te reclama para el peor de los castigos, y exige venganza con todas las fuerzas de su divinidad; ¿y tú te ocupas ahora de cuidar mis cosas y piensas en cualquier otra cosa menos en tu salvación?» Entonces Psique se arrojó a sus pies y, regando con abundantes lágrimas las huellas de la diosa y barriendo el suelo con sus cabellos, pedía perdón con múltiples súplicas: «Por tu fructífera mano derecha te lo ruego, por las alegres ceremonias de las cosechas, por los silenciosos secretos de las cestas, por los carros alados de tus siervos dragones, por los surcos del suelo siciliano, por el carro raptor y la tierra tenaz, por los descensos de las bodas sin luz de Prosérpina y los retornos iluminados del hallazgo de tu hija, y por todo lo demás que cubre con silencio el santuario de Eleusis en el Ática: socorre a esta desdichada alma suplicante de tu Psique.

Déjame esconderme por unos pocos días entre este montón de espigas, hasta que el tiempo mitigue la terrible ira de tan grande diosa, o al menos un descanso alivie mis fuerzas agotadas por el prolongado esfuerzo.»

Ceres responde: «Tus lágrimas y súplicas me conmueven y deseo ayudarte, pero no puedo indisponerme con mi pariente, con quien además cultivo un antiguo pacto de amistad, y que por lo demás es una buena mujer. Márchate de este templo enseguida, y considera un favor que no te retenga ni te entregue como prisionera.» Rechazada contra su esperanza, afligida por una doble tristeza, Psique retrocede y, caminando por entre el umbroso bosque de un valle próximo, divisa un templo construido con hábil técnica, y no queriendo desaprovechar ningún camino, ni siquiera dudoso, hacia una esperanza mejor, se acerca a las sagradas puertas para implorar el perdón de cualquier dios que fuera.

Ve ofrendas valiosas y telas bordadas en oro colgadas de las ramas de los árboles y de los postes, que testimoniaban con gratitud el nombre de la diosa a quien habían sido consagradas. Entonces, arrodillada y abrazando el altar aún tibio, tras secarse las lágrimas, así suplica:

«Hermana y esposa del gran Júpiter, ya seas que habitas los antiguos santuarios de Samos, que se gloría como la única en tu parto, vagido y crianza, ya que frecuentas las dichosas sedes de la elevada Cartago, que te venera como virgen transportada por un león viajando por el cielo, o que presides las ilustres murallas de los argivos junto a las riberas del Ínaco, que te recuerda ya esposa del Tonante y reina de los dioses, y a quien todo el oriente venera como Zigia y todo el occidente llama Lucina: sé en mis extremas desdichas Juno Salvadora, y líbrame a mí, agotada por tantos trabajos soportados, del temor del peligro inminente.

Pues sé que sueles socorrer por tu propia voluntad a las embarazadas en peligro.» Mientras ella suplica de esta manera, inmediatamente Juno se presenta con toda la augusta dignidad de su divinidad y enseguida dice: «Cuánto desearía poder acceder a tus súplicas, te lo aseguro. Pero el pudor no me permite actuar contra la voluntad de Venus, mi nuera, a quien siempre he querido como a una hija. Además, me lo prohíben las leyes que impiden acoger a esclavos fugitivos de otros contra la voluntad de sus amos.»

Aterrada también por este naufragio de su fortuna, y sin poder ya alcanzar a su volátil marido, depositada toda esperanza de salvación, Psique consultó así sus propios pensamientos: «¿Qué otros remedios pueden intentarse o aplicarse ya a mis desgracias, cuando ni siquiera los favores de las diosas, aunque quisieran ayudarme, han podido servirme? ¿Adónde, pues, encerrada en tales trampas, dirigiré mis pasos, o bajo qué techos o incluso en qué tinieblas escondida podré escapar de los inevitables ojos de la gran Venus?

¿Por qué entonces no adoptas al fin un ánimo varonil y renuncias valientemente a la vana esperanza, y te entregas voluntariamente a tu señora y mitigas con una modestia aunque tardía sus furiosos ataques? ¿Quién sabe si no encontrarás allí, en casa de su madre, a aquel que llevas tanto tiempo buscando?» Así, preparada para una sumisión dudosa o más bien para una destrucción cierta, meditaba consigo misma el comienzo de la futura súplica.

Pero Venus, renunciando a los remedios terrestres de búsqueda, se dirige al cielo. Ordena que le preparen el carro que Vulcano el artífice había pulido esmeradamente con sutil técnica y le había ofrecido como regalo nupcial antes del estreno del tálamo, notable por el adelgazamiento de la lima y valioso por la misma pérdida del oro. De las muchas palomas blancas que se alojan alrededor del dormitorio de la señora avanzan cuatro y, torciendo sus abigarrados cuellos con alegres andares, se someten al yugo enjoyado y, una vez subida su señora, vuelan gozosas.

Siguen el carro de la diosa jugueteando con estridente parloteo los gorriones, y las demás aves que cantan dulcemente resonando con melodías melosas anuncian la llegada de la diosa. Se retiran las nubes y el Cielo se abre a su hija, y el éter supremo recibe con gozo a la diosa, y la canora familia de la gran Venus no teme a las águilas que puedan salir al encuentro ni a los rapaces gavilanes.

Entonces se dirige inmediatamente a las regias fortalezas de Júpiter y con orgullosa petición exige el préstamo necesario del servicio del elocuente dios Mercurio. Y la azulada ceja de Júpiter no se niega. Entonces Venus, exultante, baja enseguida del cielo acompañada también de Mercurio, y le dirige solícitamente estas palabras: «Hermano de Arcadia, sabes sin duda que tu hermana Venus nunca ha hecho nada sin la presencia de Mercurio, y no se te oculta tampoco cuánto tiempo llevo sin poder encontrar a mi esclava escondida.

No queda más remedio, pues, que proclamar públicamente con tu pregón la recompensa por su búsqueda. Cumple, pues, con prontitud mi encargo y señala claramente las señas por las que pueda reconocérsela, para que, si alguien incurriere en el delito de ocultación ilícita, no pueda defenderse con la excusa de la ignorancia»; y al mismo tiempo que decía esto le entrega un libelo donde estaba escrito el nombre de Psique y lo demás. Hecho esto, inmediatamente se retiró a su casa.

Y Mercurio no desatendió el encargo. Pues, recorriendo por todas partes los pueblos, cumplía así la misión del pregón encomendado: «Si alguien puede traer de vuelta de su fuga o mostrar el escondite de la esclava fugitiva de la hija del rey, esclava de Venus, de nombre Psique, que se presente ante las Metas Murcias con Mercurio el pregonero, y recibirá de la propia Venus como precio de la delación siete dulces besos y uno especialmente meloso por el roce de su lengua acariciadora.»

Al proclamar Mercurio de este modo, el deseo de tan gran recompensa había excitado a competencia el interés de todos los mortales. Este hecho acabó ahora sobre todo con toda vacilación de Psique. Y cuando ya se acercaba a las puertas de su señora, le sale al encuentro una de las criadas de Venus, de nombre Costumbre, que gritó inmediatamente con toda su fuerza: «¡Por fin, esclava perversísima, has empezado a darte cuenta de que tienes señora! ¿O es que, conforme a la temeridad habitual de tus costumbres, finges también ignorar cuántos trabajos hemos soportado en tu búsqueda?

Pero está bien, pues has caído precisamente en mis manos y estás ya entre las fauces del Orco, y vas a pagar enseguida el castigo de tan grande contumacia»,

y con mano atrevida la agarró por los cabellos y la arrastraba sin que ella opusiera resistencia alguna. Cuando Venus la vio conducida y presentada ante ella, prorrumpió en una carcajada enorme, como suelen hacer los que están furiosos de ira, y sacudiendo la cabeza y rascándose la oreja derecha, dice: «¡Por fin te has dignado saludar a tu suegra! ¿O más bien has venido a visitar a tu marido, que está en peligro por tu herida? Pero estate tranquila, pues ya te voy a recibir como conviene a una buena nuera»; y dice: «¿Dónde están Solicitud y Tristeza, mis esclavas?»

Cuando las hizo entrar, se la entregó para que la torturaran. Y ellas, obedeciendo la orden de su señora, maltrataron a golpes a la pobre Psique y la atormentaron con otros suplicios, y de nuevo la devolvieron a la presencia de su señora. Entonces Venus, soltando de nuevo una carcajada, dice: «¡Y mira cómo me mueve a compasión con el atractivo de su abultado vientre, para hacerme dichosa sin duda con una preclara descendencia como abuela! ¡Feliz yo, desde luego, que en la flor misma de mi edad seré llamada abuela, y el hijo de una vil esclava será oído llamar nieto de Venus!

Aunque soy tonta al decir hijo; pues unas nupcias entre desiguales, y además celebradas en el campo sin testigos y sin el consentimiento del padre, no pueden considerarse legítimas, y por tanto ese niño nacerá bastardo, si es que acaso te permitimos llevar a término el parto.»

Dicho esto, se abalanza sobre ella y le desgarra el vestido en varias partes y, desgarrándole el pelo y sacudiéndole la cabeza, la maltrata gravemente; y tomando trigo y cebada y mijo y amapola y garbanzo y lenteja y haba, y mezclándolos y amontonándolos confusamente en un solo montón, le dice así: «Pues me parece que tú, esclava tan deforme, no mereces a tus amantes por ningún otro medio sino solo por el servicio diligente: ahora, pues, voy a poner a prueba también yo tu eficacia.

Separa este montón revuelto de semillas y, tras disponer y clasificar correctamente cada grano, demuéstrame el trabajo terminado antes de esta tarde.» Así, tras asignarle tan enorme montón de semillas, ella misma se marchó a un banquete nupcial.

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