Parte 6Psique supera las pruebas de Venus
Psique no puso manos a aquella masa informe e inextricable, sino que, consternada por la enormidad de la orden, quedó en silencio petrificada. Entonces una pequeña hormiga campesina, compadecida de tamaña dificultad y del trabajo de la esposa del gran dios, y maldiciendo la crueldad de su suegra, corrió activamente y convocó y reunió a toda la legión de hormigas de los alrededores: «Compadeceos, ágiles hijas de la tierra madre de todos, compadeceos y socorred con pronta rapidez a la bella muchacha, esposa de Amor, que se encuentra en peligro».
Acudieron en tropel unas tras otras, olas de pueblos de seis patas, y con el mayor empeño, grano a grano, clasificaron todo el montón y, una vez separados y distribuidos los diferentes tipos, desaparecieron velozmente de la vista.
Pero al comienzo de la noche Venus regresa del banquete nupcial, ebria de vino y perfumada de bálsamos, ceñido todo el cuerpo de rosas resplandecientes, y al ver la cuidadosa ejecución del prodigioso trabajo dice: «Esta no es obra tuya, malvada, ni de tus manos, sino de aquel a quien has gustado, para tu desgracia y la suya misma», y arrojándole un pedazo de pan del desayuno se marchó a dormir. Mientras tanto Cupido, solo, estaba encerrado con llave en un único dormitorio de la casa interior, retenido severamente, en parte para que no agravara su herida con su lujuria desenfrenada, en parte para que no se encontrara con su amada.
Así pues, los amantes, separados bajo un mismo techo, pasaron una noche terrible. Pero apenas montaba el alba, Venus llamó a Psique y le dijo lo siguiente: «¿Ves aquel bosque que se extiende junto al río que fluye delante y sus largas orillas, cuyos matorrales del fondo contemplan la fuente vecina? Allí vagan ovejas que brillan con el verdadero esplendor de oro reluciente, en pasto sin vigilancia. Te ordeno que de allí me traigas enseguida, de cualquier modo que lo consigas, un copo de lana de su preciado vellón».
Psique partió de buena gana, no para cumplir aquella orden sino para encontrar descanso a sus males precipitándose desde una roca fluvial. Pero entonces desde el río, una caña verde, nodriza de la música suave, inspirada divinamente por el murmullo apacible de la dulce brisa, profetizó así: «Psique, ejercitada en tantas desgracias, no contamines mis aguas sagradas con tu muerte tan miserable, ni te acerques a esas ovejas feroces y temibles mientras el calor que toman prestado del ardor del sol las exalta con rabia brutal y suelen enfurecerse para la destrucción de los mortales con su cuerno agudo, su frente de piedra y a veces con mordeduras venenosas; sino cuando el mediodía haya calmado el calor del sol y los rebaños se hayan sosegado con la serenidad del espíritu fluvial, podrás esconderte bajo aquel altísimo plátano que bebe la misma corriente que yo.
Y cuando hayan aflojado su furia y relajado su ánimo, sacudiendo las ramas del bosque vecino encontrarás el oro lanudo que se adhiere por todas partes a las ramas enredadas».
Así la sencilla y humanitaria caña enseñaba a la afligidísima Psique su salvación. Ella no descuidó escucharla sin arrepentirse ni siguió con desgana sus instrucciones, sino que, observando todo, con fácil hurto recogió un regazo lleno de la suavidad del oro brillante y lo llevó a Venus. Pero ni siquiera ante su señora mereció el segundo testimonio del peligro del segundo trabajo, sino que con las cejas fruncidas, sonriendo amargamente, le dijo así: «Tampoco se me oculta el autor adúltero de este hecho.
Pero ahora voy a poner a prueba cuidadosamente si estás dotada de un ánimo verdaderamente fuerte y de una prudencia singular. ¿Ves aquella cumbre del monte escarpado que se apoya en una altísima roca, desde donde fluyen las oscuras aguas de una fuente negra y, encerradas en el receptáculo de un valle cercano, riegan las lagunas estigias y alimentan las roncas corrientes del Cocito? De allí me has de traer enseguida, sacado de lo profundo del manantial de la cumbre, el rocío helado en esta urna». Diciendo esto, le entregó un vasito tallado en cristal, amenazándola además con cosas peores.
Pero ella, apresurada, acelerando el paso, llegó al extremo cúmulo del monte, segura de encontrar allí al menos el fin de su pésima vida. Pero cuando se acercó a los lugares colindantes de la mencionada cumbre, vio la mortal dificultad de aquella vasta empresa. En efecto, una roca de inmensa magnitud y resbaladiza por su inaccesible escabrosidad vomitaba por las fauces de la piedra unas fuentes horribles que, apenas salidas por los huecos de la abertura y deslizándose cuesta abajo, fluían ocultas por el camino excavado de un estrecho canal hacia el valle cercano.
A derecha e izquierda, de las hendiduras de las rocas, se arrastraban dragones feroces con largos cuellos extendidos, dotados de vigilia incesante con ojos atentos y pupilas que velaban con luz perpetua. Y las mismas aguas se defendían hablando. Pues gritaban constantemente: «Retírate», «¿Qué haces? Mira», «¿Qué estás haciendo? Cuidado», «Huye» y «Morirás». Así Psique, convertida en piedra por la imposibilidad misma, aunque presente en el cuerpo, estaba ausente en los sentidos y, completamente aplastada por la masa del peligro inexorable, carecía incluso del último consuelo de las lágrimas.
La desgracia de un alma inocente no escapó a los graves ojos de la buena Providencia. Pues de repente apareció con las alas desplegadas a ambos lados aquella águila rapaz del supremo Júpiter rey, recordando el antiguo favor por el que, bajo la guía de Cupido, había raptado para Júpiter al copero frigio, trayendo oportuna ayuda y honrando el poder del dios en los trabajos de su esposa; y abandonando las vías celestes de la alta cumbre, volando ante el rostro de la muchacha, comenzó: «Pero tú, por lo demás simple e inexperta en tales cosas, ¿esperas poder robar siquiera una gota de la santísima y no menos terrible fuente, o tan siquiera tocarla?
¿No has oído decir que estas aguas estigias son temibles incluso para los mismos dioses y para el propio Júpiter, y que así como vosotros juráis por los poderes de los dioses, los dioses suelen jurar por la majestad de la Estigia? Pero dame esa urna», y enseguida, tras tomarla y abrazarla, se apresuró y, con el equilibrio de sus alas oscilantes, extendiendo su vuelo a derecha e izquierda entre las fauces de los dientes furiosos y las vibraciones trisulcas de los dragones, recogió las aguas renuentes y que amenazaban con que se fuera sin daño, fingiendo que buscaba las aguas por orden de Venus y se las proporcionaba a ella, por lo que hubo una oportunidad de acceso un poco más fácil.
Así Psique, tras recibir con alegría la urna llena, la devolvió rápidamente a Venus. Y sin embargo ni siquiera entonces pudo aplacar el humor de la diosa furiosa. Pues le habló así, sonriendo de modo funesto y amenazándola con flagelos mayores y peores: «Ya me pareces desde luego una gran hechicera y totalmente experta, que has cumplido diligentemente tales órdenes mías. Pero todavía deberás prestarme este servicio, querida mía. Toma esta cajita», y se la dio; «dirígete enseguida hasta el infierno y hasta la morada fúnebre del propio Orco.
Luego, presentando la cajita a Prosérpina, dirás: "Venus te pide que le envíes un poco de tu belleza, al menos suficiente para un solo día. Pues la que tenía la ha consumido y gastado toda mientras cuidaba a su hijo enfermo". Pero no tardes en volver, porque es necesario que yo asista con lo que tome de allí al teatro de los dioses».
Entonces Psique se dio cuenta más que nunca de sus últimas desgracias y comprendió claramente que, quitado el velo, era empujada hacia una muerte segura. ¿Y cómo no? Pues era obligada a dirigirse voluntariamente con sus propios pies al Tártaro y a los manes. Y sin vacilar más se fue hacia una torre muy alta, desde donde se arrojaría de cabeza: así creía poder descender al infierno de forma correcta y bellísima. Pero la torre irrumpió en voz súbita y dijo: «¿Por qué, pobrecilla, buscas extinguirte con el precipicio?
¿Y por qué ahora sucumbes temerariamente a este novísimo peligro y trabajo? Pues si el espíritu se separa una vez de tu cuerpo, irás ciertamente al fondo del Tártaro, pero de allí no podrás regresar de ninguna manera. Escúchame.
Lacedemonia, noble ciudad de Acaya, no está situada lejos: busca en sus confines, en lugares apartados y ocultos, Ténaro. Allí se muestra un respiradero de Dite y, por sus puertas abiertas, un camino sin retorno; una vez que lo cruces por su umbral y te entregues a él, avanzarás ya por un camino directo hasta el mismo palacio de Orco. Pero no deberás caminar vacía por aquellas tinieblas, sino llevar en ambas manos tortas de harina mezcladas con hidromiel y llevar en la boca misma dos monedas.
Y cuando ya hayas recorrido buena parte del camino mortal, te encontrarás con un asno cojo, portador de leña, con un arriero similar, que te rogará que le alcances algunas varas de la carga que se cae, pero tú pasa de largo sin pronunciar palabra alguna. Y sin tardanza, cuando llegues al río de los muertos, cuyo prefecto Caronte, exigiendo enseguida el portazgo, conduce a los pasajeros en una barca cocida hasta la orilla de más allá. Así que también entre los muertos vive la avaricia, y aquel Caronte, cobrador de Dite, dios tan grande, no hace nada gratis: sino que el pobre moribundo debe buscar el viático, y si por casualidad no tiene el dinero a mano, nadie le permitirá exhalar el último suspiro.
A este sórdido viejo le darás, como pago del pasaje, una de las monedas que llevas, pero de tal modo que él mismo la tome con su mano de tu boca. Y mientras cruzas la corriente lenta, un cierto viejo muerto, podrido, que flota encima, levantando las manos te rogará que lo lleves dentro de la embarcación, pero no te dejes conmover por la piedad, por ilustre que sea.
Después de cruzar el río, cuando hayas avanzado un poco, unas viejas tejedoras te rogarán que les prestes tus manos un momento para arreglar la tela, pero tampoco te es permitido tocar eso. Pues todas estas cosas y muchas otras surgirán de las insidias de Venus, para que pierdas al menos una de las tortas de las manos. Y no creas que la pérdida de esas tortas de harina es un daño leve; pues si pierdes una, esta luz te será completamente negada.
En efecto, un perro descomunal, provisto de tres enormes cabezas, monstruoso y terrible, ladrando con fauces tonantes, aterrorizando en vano a los muertos, a quienes ya no puede hacer ningún mal, guardando siempre ante el mismo umbral y los oscuros atrios de Prosérpina la vacía morada de Dite. A este, amansado con el botín de una torta, lo pasarás fácilmente y entrarás inmediatamente a la misma Prosérpina, que te recibirá cortésmente y con bondad, tanto que te aconsejará que te sientes cómodamente y tomes un opíparo almuerzo.
Pero tú siéntate en el suelo y pide pan ordinario, luego comunica a qué has venido y, tras recibir lo que se te ofrezca, de regreso neutraliza la ferocidad del perro con la torta restante y, dando al avaro barquero la moneda que hayas reservado, después de cruzar aquel río, volviendo sobre tus pasos anteriores, regresarás a este coro de astros celestes. Pero entre todas las cosas, esto te aconsejo que observes especialmente: que no quieras abrir ni mirar esa cajita que llevarás, ni tentar curiosamente el tesoro oculto de la divina belleza».
Así aquella torre perspicaz desplegó el oficio de la profecía. Y sin tardanza Psique se dirigió a Ténaro y, tomadas debidamente aquellas monedas y tortas, bajó por el paso infernal y, tras pasar en silencio junto al asno debilucho y pagada la moneda al barquero, desoyendo el deseo del muerto que flotaba y despreciando las súplicas engañosas de las tejedoras, y adormecida la horrible rabia del perro con el alimento de la torta, llegó a la casa de Prosérpina.
Y sin aceptar el asiento delicado ni el rico alimento que se le ofrecía, sino sentándose humildemente ante sus pies y contenta con un pan ordinario, cumplió el encargo de Venus. E inmediatamente recibió la cajita cerrada y llena en secreto y, cerrados los ladridos caninos con el engaño de la torta siguiente y devuelta al barquero la moneda restante, regresó del infierno mucho más animada.
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