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Parte 4Hermes y el desafío final

Prometeo encadenado · Esquilo · 7 min de lectura

HERMES.— A ti, el artífice, a ti lleno de hiel y amargura, que pecaste contra los dioses al conceder sus honores a criaturas de un día, el ladrón del fuego, me dirijo. El Padre te ordena que reveles de qué nupcias es de las que te jactas, mediante las cuales él ha de ser derribado de su poder. Y estas cosas, además, sin ninguna clase de misterio, sino cada una exactamente como es, cuéntaselas; y no me impongas, Prometeo, un doble viaje; y percibes que con semejante conducta Zeus no se ablanda.

PROMETEO.— Altisonante, a fe mía, y lleno de altivez es tu discurso, como conviene a un lacayo de los dioses. Jóvenes en años, sois jóvenes en poder; y os imagináis, por cierto, que habitáis en una ciudadela inexpugnable contra el dolor. ¿No he conocido yo a dos monarcas destronados de ella? Y al tercero que ahora es gobernante también lo veré expulsado muy ignominiosamente y muy rápidamente. ¿Te parezco en algo asustado y agazapado bajo los nuevos dioses? Mucho, sí completamente, me quedo corto de tales sentimientos. Pero apresúrate tú de vuelta por el camino por el que viniste: pues ni una tilde aprenderás del asunto sobre el cual me interrogas.

HERMES.— Sin embargo, en verdad fue por semejante terquedad incluso antes de ahora que te condujiste a ti mismo a tan calamitoso fondeadero.

PROMETEO.— Ten por seguro que no trocaría mi mísera situación por tu servidumbre; pues mejor considero ser lacayo de esta roca, que haber nacido mensajero confidencial del padre Zeus. Así es apropiado devolver insulto por insulto.

HERMES.— Pareces deleitarte en tu estado presente.

PROMETEO.— ¿Deleitarme? ¡Ojalá pudiera ver a mis enemigos así deleitándose, y entre estos te cuento a ti!

HERMES.— ¿Qué, me imputas también a mí alguna culpa por tus desgracias?

PROMETEO.— A decir verdad, detesto a todos los dioses, a cuantos, tras haber recibido beneficios de mis manos, me están visitando inicuamente con males.

HERMES.— Te oigo desvariar con no leve trastorno.

PROMETEO.— Trastornado estaría yo, si trastorno es aborrecer a los propios enemigos.

HERMES.— Serías insoportable, si estuvieras en la prosperidad.

PROMETEO.— ¡Ay de mí!

HERMES.— Esta palabra tuya Zeus no la conoce.

PROMETEO.— Sí, pero el Tiempo, a medida que envejece, enseña todas las cosas.

HERMES.— Y sin embargo, en verdad, tú no sabes aún cómo ser discreto.

PROMETEO.— No, a fe mía, o no habría sostenido conversación contigo, siendo tú un sirviente.

HERMES.— Pareces dispuesto a no decir nada de las cosas que el Padre desea.

PROMETEO.— En verdad, estando obligado como estoy hacia él, tengo el deber de devolverle su favor.

HERMES.— Te burlas de mí, por cierto, como si yo fuera un niño.

PROMETEO.— Pues, ¿no eres un niño, y aún más necio que uno, si esperas obtener alguna información de mí? No hay ultraje ni artificio mediante el cual Zeus me lleve a pronunciar esto, antes de que mis torturantes grilletes hayan sido aflojados. Por lo cual que su resplandeciente relámpago sea lanzado, y con la blanca lluvia emplumada de nieve, y estruendos bajo la tierra que confunda y embrolIe el universo; pues nada de estas cosas me doblará tanto como para decir por quién está destinado que sea derribado de su soberanía.

HERMES.— Considera ahora si esta determinación parece eficaz.

PROMETEO.— Hace mucho que esto ha sido considerado y resuelto.

HERMES.— Resuelve, oh insensato, resuelve por fin en consideración de tus presentes sufrimientos volver a tu juicio.

PROMETEO.— Me importunas con tus amonestaciones tan vanamente como podrías hacer con una ola. Nunca entre en vuestros pensamientos que yo, aterrado por el propósito de Zeus, me volveré afeminado, e imploraré al objeto que odio grandemente, con afeminados alzamientos de mis manos, que me libere de estos grilletes: mucho me falta para eso.

HERMES.— Con todo lo que he dicho parezco estar hablando en vano; pues ni un ápice te abladas o suavizas en tu corazón con las súplicas, sino que estás mascando el freno como potro recién uncido, y forcejeando contra las riendas. Pero en la fuerza de un impotente plan eres así violento; pues la obstinación en uno que no es sensatamente sabio, en sí misma por sí misma vale menos que nada. Y advierte, si no te persuaden mis palabras, qué tempestad y triple oleada de males, de la cual no hay escapatoria, vendrá sobre ti. Pues en primer lugar el Padre destrozará esta hendidura rocosa con trueno y el resplandor de su rayo, y sepultará tu cuerpo, y un brazo aprisionante de roca te sostendrá. Y después de que hayas atravesado hasta su final un largo espacio de tiempo, volverás a la luz; y un perro alado de Zeus, un águila sedienta de sangre, despedazará vorazmente tu enorme cuerpo lacerado, llegando como huésped no invitado, y permaneciendo todo el santo día, y se banqueteará hasta saciarse con los negros manjares de tu hígado. A tales trabajos no esperes ninguna terminación, hasta que algún dios aparezca como sustituto en tus dolores, y esté dispuesto a ir tanto al sombrío Hades como a las turbias profundidades en torno al Tártaro. Por lo cual aconséjate, puesto que esto no es jactancia ficticia, sino pronunciada con gran seriedad; pues la boca divina no sabe pronunciar falsedad, sino que llevará a cabo cada palabra. Pero mira alrededor y reflexiona, y nunca por un momento consideres la pertinacia mejor que la discreción.

CORO.— A nosotros, en verdad, Hermes parece proponernos un consejo no inoportuno; pues te ordena que abandones tu temeridad, y busques sabia consideración. Déjate persuadir; pues para un hombre sabio es vergonzoso errar.

PROMETEO.— A mí que ya lo sabía bien este sujeto ha urgido su mensaje; pero que un enemigo sufra horriblemente a manos de enemigos no es ninguna indignidad. Por lo cual que la corona doblemente puntiaguda de su fuego sea lanzada contra mí, y el éter sea desgarrado en pedazos por el trueno, y el espasmo de salvajes ventarrones; y que el viento sacuda la tierra desde su base, raíces y todo, y con oleada tempestuosa mezcle en áspera marea el oleaje del abismo y las sendas de las estrellas; y que arroje mi cuerpo al negro Tártaro, con un torbellino, en los severos remolinos de la necesidad. Sin embargo, de ningún modo posible me visitará con la muerte.

HERMES.— Resoluciones y expresiones, en verdad, como estas tuyas, uno puede oír de los dementes. Pues ¿en qué punto su destino queda corto de la locura? ¿En qué disminuye de los delirios? Pero vosotros entonces al menos, que simpatizáis con él en sus sufrimientos, retiraos de aquí prestamente a algún otro sitio de este lugar, no sea que el áspero bramido del trueno os golpee con idiotez.

CORO.— Pronuncia y aconséjame alguna otra cosa, en la cual también puedas persuadirme; pues en esto, ten por seguro, has introducido una propuesta insoportable. ¿Cómo es que me insta a practicar la bajeza? Junto con él aquí estoy dispuesto a soportar lo que está destinado, pues he aprendido a aborrecer a los traidores; y no hay mal que yo tenga en mayor abominación.

HERMES.— Bien, entonces, tened presente las cosas de las que os prevengo: y no, cuando hayáis sido atrapados en las trampas de Ate, echéis la culpa a la fortuna, ni digáis nunca en momento alguno que Zeus os arrojó a una calamidad imprevista: no, por cierto, sino vosotros mismos: pues bien conscientes, y no repentinamente, ni en la ignorancia, quedaréis enredados por vuestra insensatez en una red impenetrable de Ate.

(Sale Hermes.)

(Sale Hermes.)

PROMETEO.— Y en verdad ya no en palabras sino en hechos se agita la tierra, y el eco atronador del trueno rueda bramando junto a nosotros; y profundas guirnaldas llameantes de relámpagos resplandecen, y los huracanes arremolinan el polvo; y ráfagas de todos los vientos saltan al frente, mostrando unas contra otras una lucha de combate entre las tempestades; y el firmamento se confunde con el abismo. Tal es este embate que claramente viene sobre mí desde Zeus, causa de terror. ¡Oh majestad terrible de mi madre Tierra, oh éter que difundes tu luz común, contempláis los ultrajes que sufro!

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