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Parte 1El castigo de Prometeo

Prometeo encadenado · Esquilo · 13 min de lectura

PROMETEO ENCADENADO.

Prometeo, por haber atendido las necesidades de los hombres, provocó la ira de Zeus y queda encadenado en una grieta rocosa de un desierto remoto de Escitia. Aquí no solo relata las andanzas sino que predice la suerte futura de Ío, y además alude a la caída de la dinastía de Zeus. Desdeñando explicar su significado a Hermes, es arrastrado al abismo en medio de un terrible huracán y terremoto.

PERSONAJES REPRESENTADOS.

PODER. FUERZA. HEFESTO. PROMETEO. CORO DE NINFAS, HIJAS DEL OCÉANO. ÍO, HIJA DE ÍNACO. HERMES.

PODER, FUERZA, HEFESTO, PROMETEO.

PODER.— Hemos llegado a una llanura, el confín lejano de la tierra, al territorio escita, a un desierto jamás hollado. Hefesto, te corresponde ocuparte de los mandatos que tu padre te impuso: encadenar a este criminal audaz a las rocas de altos riscos, con grilletes de cadenas adamantinas que no pueden romperse; porque robó y dio a los mortales tu honor, el fulgor del fuego que ayuda en todas las artes. Por tal transgresión debe dar retribución a los dioses, para que aprenda a someterse a la soberanía de Zeus y cese en su disposición filantrópica.

HEFESTO.— Poder y Fuerza, en lo que a vosotros respecta, el mandato de Zeus tiene ahora su consumación y no hay obstáculo mayor. Pero yo no tengo el valor de encadenar por la fuerza a un dios emparentado conmigo en este desfiladero azotado por el clima. Sin embargo, de todas maneras es necesario que tome valor para esta tarea; pues es terrible desatender las órdenes del padre. Hijo de altos designios de Temis la de recto consejo, contra tu voluntad te remachará a ti, que no quieres, con grilletes indisolubles a esta roca solitaria, donde ni voz ni figura de ningún mortal verás; sino que lentamente abrasado por el resplandor brillante del sol perderás el lustre de tu piel; y para ti será gozoso que la noche de manto estrellado vele la luz; y el sol de nuevo disperse la escarcha del alba; y siempre el dolor del mal presente te irá consumiendo; pues nadie nacido todavía te liberará. Tales son los frutos que has cosechado de tu disposición amistosa hacia la humanidad. Porque tú, un dios, sin arredrarte ante la ira de los dioses, concediste a los mortales honores más allá de lo justo. En pago de ello montarás guardia en esta roca inhóspita, erguido, sin dormir, sin doblar una rodilla: y muchos lamentos y gemidos inútiles pronunciarás; pues el corazón de Zeus es difícil de ablandar; y todo el que ha adquirido poder recientemente es severo.

PODER.— ¡Vamos, vamos! ¿Por qué te demoras y te compadeces en vano? ¿Por qué no aborreces al dios más odioso para los dioses, que ha traicionado tu prerrogativa ante los mortales?

HEFESTO.— El parentesco y la intimidad tienen gran poder.

PODER.— Lo admito. Pero ¿cómo es posible desobedecer la palabra del padre? ¿No temes esto más bien?

HEFESTO.— Ciertamente tú eres siempre despiadado y lleno de audacia.

PODER.— Porque deplorar a este desgraciado no es remedio para él. Pero no te preocupes vanamente por asuntos que no ofrecen ventaja alguna.

HEFESTO.— ¡Oh oficio tan detestado!

PODER.— ¿Por qué lo aborreces? Pues en verdad tu oficio no tiene culpa alguna de los males presentes.

HEFESTO.— Con todo, quisiera que otro lo hubiera obtenido.

PODER.— Todo se ha logrado excepto que los dioses gobiernen; pues nadie es libre salvo Zeus.

HEFESTO.— Lo sé, y nada tengo que objetar a ello.

PODER.— ¿No te moverás entonces a echar los grilletes sobre este desgraciado, para que el padre no te vea holgazaneando?

HEFESTO.— Sí, y en verdad puedes ver las manillas listas.

PODER.— Tómalas, y con poderosa fuerza apriétalas con el martillo en torno a sus manos: remáchalo bien a los peñascos.

HEFESTO.— Esta tarea nuestra avanza hacia su consumación y no se demora.

PODER.— Golpea más fuerte, aprieta, no aflojes en ningún punto, pues él tiene astucia para encontrar salidas incluso de dificultades impracticables.

HEFESTO.— Este brazo al menos está sujeto inextricablemente.

PODER.— Y ahora asegura este firmemente, para que perciba que es un inventor más torpe que Zeus.

HEFESTO.— Salvo este sufriente, nadie podría con razón encontrarme falta.

PODER.— Ahora con toda tu fuerza remacha el colmillo despiadado de una cuña adamantina atravesándole el pecho.

HEFESTO.— ¡Ay! ¡Ay! Prometeo, suspiro por tus sufrimientos.

PODER.— ¿De nuevo titubeas y suspiras por los enemigos de Zeus? Cuida de que no tengas que lamentarte alguna vez por ti mismo.

HEFESTO.— Contemplas un espectáculo penoso a la vista.

PODER.— Contemplo a este desgraciado recibiendo lo que merece. Pero ciñe estas correas en torno a sus costados.

HEFESTO.— Debo hacer esto; no me urjas demasiado.

PODER.— Sí, pero te urgirá y te azuzaré además. Desciende, y enlaza fuertemente sus piernas.

HEFESTO.— Y en verdad la tarea está hecha sin gran fatiga.

PODER.— Con toda tu fuerza golpea ahora los grilletes lacerantes, pues severo es en verdad el inspector de esta obra.

HEFESTO.— Tu lengua suena en concordancia con tu aspecto.

PODER.— Entrégate a la blandura, pero no me reproches a mí la crueldad y la dureza de carácter.

HEFESTO.— Vámonos; pues tiene las cadenas en torno a sus miembros.

PODER.— Ahora sé insolente; y tras saquear las prerrogativas de los dioses, concédelas a criaturas de un día. ¿En qué podrán los mortales aliviar estas agonías tuyas? Con título falso te llaman las divinidades Prometeo; pues tú mismo necesitas un Prometeo mediante el cual te escurrirás de este destino.

(Salen PODER y FUERZA.)

PROMETEO.— ¡Oh divino éter, y vosotras brisas de veloces alas, y vosotras fuentes de los ríos, y tú, innumerable ondular de las olas del mar profundo, y tú, tierra, madre de todo, y al orbe que todo lo ve del sol apelo! ¡Miradme, qué trato yo, un dios, estoy soportando de mano de los dioses! Contemplad con qué indignidades mutilado tendré que luchar a través de años incontables. Tal es el ignominioso cautiverio que el nuevo gobernante de los inmortales ha ideado contra mí. ¡Ay! ¡Ay! Suspiro por el sufrimiento presente y por el que está por venir. ¿Cómo, dónde debe surgir un término a estos trabajos? Y sin embargo, ¿qué estoy diciendo? Conozco de antemano todo el futuro exactamente, y ningún sufrimiento vendrá sobre mí inesperado. Pero debo soportar mi destino con la mayor facilidad posible, sabiendo como sé que el poder de la Necesidad no puede resistirse.

Pero sin embargo no me es posible ni callar ni dejar de callar respecto a estas mis desventuras. Por haber otorgado beneficios a los mortales, estoy aprisionado, desdichado, en estas penurias. Y soy yo quien buscó la fuente del fuego, robado y llevado oculto en una rama de hinojo, que ha resultado ser maestro de toda arte para los mortales y un gran recurso. Tal como esta es la venganza que soporto por mis transgresiones, remachado en grilletes bajo el cielo desnudo.

¡Ah! ¿Qué sonido, qué inefable aroma ha llegado hasta mí, emanando de un dios, o de un mortal, o de alguna naturaleza intermedia? ¿Ha venido alguien a la roca remota como espectador de mis sufrimientos, o con qué intención? ¡Contempladme, un dios desventurado prisionero, el enemigo de Zeus, él que ha incurrido en la detestación de todos los dioses que frecuentan la corte de Zeus, por razón de mi excesiva amistad hacia los mortales! ¡Ay! ¡Ay! ¿Qué puede ser este movimiento apresurado de pájaros que nuevamente oigo cerca de mí? El aire también silba débilmente con el batir de las alas. Todo lo que se aproxima es para mí objeto de temor.

CORO.— No temas nada; pues esta es una banda amiga que ha venido con la rauda rivalidad de sus alas a esta roca, tras prevalecer con dificultad sobre el ánimo de nuestro padre. Y las brisas que raudas nos llevan nos escoltaron; pues el eco del estruendo del acero penetró hasta el receso de nuestras grutas y desterró mi recatada reserva; y acudí sin mis sandalias en mi carro alado.

PROMETEO.— ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh vosotras, descendencia de la prolífica Tetis, e hijas del Océano vuestro padre, que rodea toda la tierra en su corriente insomne! ¡Miradme, ved encadenado con qué ataduras mantendré una vigilancia poco envidiable en los riscos más altos de este desfiladero!

CORO.— Te veo, Prometeo: y una bruma temible llena de lágrimas se arroja sobre mis ojos al contemplar tu cuerpo consumiéndose en las rocas con estos grilletes adamantinos lacerantes: pues nuevos pilotos son los señores del Olimpo; y Zeus, contrario al derecho, tiraniza con nuevas leyes, y las cosas que antes se tenían en reverencia las está aniquilando.

PROMETEO.— ¡Ojalá me hubiera enviado bajo la tierra, y debajo, al Tártaro sin límites del Hades que recibe a los muertos, tras asegurarme salvajemente con ataduras indisolubles, de modo que ningún dios en momento alguno, ni ningún otro ser, se hubiera regocijado en este destino mío! Mientras que ahora, desdichado, yo, juguete de los vientos, sufro dolores que alegran a mis enemigos.

CORO.— ¿Quién de los dioses es tan duro de corazón como para que estas cosas le sean gratas? ¿Quién hay que no simpatice con tus sufrimientos, excepto Zeus? Él, en efecto, en su cólera, asumiendo un temperamento inflexible, está oprimiendo siempre a la raza celestial, y no cesará hasta que o bien haya saciado su corazón, o alguien mediante alguna estratagema se haya apoderado de su soberanía, que no será presa fácil.

PROMETEO.— En verdad, en lo sucesivo el presidente de los inmortales tendrá necesidad de mí, aunque sufra ignominiosamente en grilletes obstinados, para descubrirle el nuevo complot mediante el cual será despojado de su cetro y sus honores. Pero ni me ganará con los encantos melifluas de la persuasión; ni jamás, arrodillándome ante sus severas amenazas, divulgaré este asunto, antes de que me haya liberado de mis crueles ataduras y esté dispuesto a darme retribución por este ultraje.

CORO.— Ciertamente eres audaz, y no cedes en nada ante tus amargas calamidades, sino que hablas con excesiva libertad. Pero un terror penetrante atormenta mi alma; pues temo por tu suerte. ¿Cómo, cuándo te será dado arribar al puerto y ver el fin de estos sufrimientos tuyos? Pues el hijo de Crono tiene maneras que la súplica no puede alcanzar, y un corazón inexorable.

PROMETEO.— Sé que Zeus es duro y guarda la justicia para sí mismo; pero con todo después será ablandado en su propósito, cuando sea aplastado de este modo; y tras calmar su temperamento inflexible con avidez vendrá después a alianza y amistad conmigo, que lo acogerá con avidez.

CORO.— Despliega y exponednos la historia completa, de qué acusación te ha prendido Zeus y te atormenta así de modo tan vergonzoso y amargo. Infórmanos, si no te perjudica en modo alguno el relato.

PROMETEO.— Dolorosas en verdad son estas cosas para contarlas, y dolorosas también para callarlas, y en todo sentido penosas. Tan pronto como las divinidades comenzaron la discordia, y se suscitó una disputa entre ellas, unos deseando expulsar a Crono de su trono, para que Zeus fuera rey, y otros apresurando lo contrario, que Zeus no gobernara nunca sobre los dioses: entonces yo, cuando di el mejor consejo, no pude prevalecer sobre los Titanes, hijos de Urano y la Tierra; sino que ellos, despreciando en sus espíritus obstinados los esquemas astutos, se imaginaban que sin dificultad alguna, y a pura fuerza, ganarían la soberanía. Pero no fue una sola vez que mi madre Temis, y la Tierra, una sola persona con muchos títulos, me advirtió del modo en que el futuro se cumpliría; cómo estaba destinado que no por la fuerza principal ni por la mano fuerte, sino por la astucia prevalecerían los vencedores. Sin embargo, cuando les expliqué tales puntos en el discurso, no se dignaron prestarme atención alguna. De los planes que entonces se me presentaron, el mejor parecía que tomara a mi madre y me pusiera prontamente del lado de Zeus, que estaba bien dispuesto a recibirnos. Y es por medio de mis consejos que el abismo tenebroso del Tártaro abruma al antiguo Crono, con sus aliados y todo. Después de ser así asistido por mí, el tirano de los dioses me ha recompensado con esta vil recompensa. Pues de algún modo esta dolencia se adhiere a la tiranía: no confiar en sus amigos. Pero respecto a vuestras preguntas sobre qué cargo me ultraja, esto lo aclararé. Tan pronto como se estableció en el trono de su padre, asignó inmediatamente a las diferentes divinidades cada una sus honores, y estaba ordenando su imperio; pero de los mortales desventurados no hizo cuenta alguna, sino que deseaba, tras haber aniquilado toda la raza, plantar otra nueva. Y a estos planes nadie se opuso excepto yo mismo. Pero me atreví: rescaté a los mortales de ser completamente destruidos y descender al Hades. Por esto, en verdad, estoy doblegado por sufrimientos como estos, agonizantes de soportar y dignos de lástima de contemplar. Yo que tuve compasión de los mortales, yo mismo he sido considerado indigno de obtener esto, sino que despiadadamente soy así coercionado al orden, un espectáculo ignominioso para Zeus.

CORO.— De corazón de hierro y formado de roca también, Prometeo, es aquel que no se conduela de tus trabajos: pues yo hubiera deseado nunca haberlos contemplado, y ahora, cuando los contemplo, sufro en mi corazón.

PROMETEO.— Sí, en verdad soy un objeto lastimoso para los amigos que me contemplan.

CORO.— ¿Y acaso llegaste a avanzar más allá de esto?

PROMETEO.— Sí. Impedí a los mortales prever su destino.

CORO.— ¿Encontrando qué remedio para esta dolencia?

PROMETEO.— Hice que esperanzas ciegas habitaran dentro de ellos.

CORO.— En esto diste un poderoso beneficio a los mortales.

PROMETEO.— Además de estos dones, sin embargo, les impartí el fuego.

CORO.— ¿Y las criaturas de un día poseen ahora el fuego resplandeciente?

PROMETEO.— Sí, y de ello aprenderán además a fondo muchas artes.

CORO.— ¿Es acaso por cargos como estos que Zeus te visita con ignominias y de ningún modo te concede un respiro de tus dolores? ¿Y no hay período fijado para tus trabajos?

PROMETEO.— Ninguno, ciertamente, sino cuando a él le plazca.

CORO.— ¿Y cómo podrá ser de su agrado? ¿Qué esperanza hay? ¿No ves que te equivocaste? Pero cómo te equivocaste no puedo relatarlo con agrado, y sería un dolor para ti. Mas dejemos estos puntos, y busca tú algún escape a tu agonía.

PROMETEO.— Es fácil, para cualquiera que tenga el pie libre de los sufrimientos, tanto exhortar como amonestar al que se encuentra en situación penosa. Pero yo sabía todas estas cosas; voluntariamente, voluntariamente me equivoqué, no lo negaré; y al hacer servicio a los mortales, atraje sobre mí los sufrimientos. Sin embargo, no imaginé en absoluto que, en un castigo tal como este, habría de consumirme sobre altas rocas, encontrándome con este peñasco desolado y solitario. Y sin embargo, no os lamentéis por mis dolores presentes, sino que después de descender a tierra, escuchad la suerte que ha de venir, para que aprendáis el todo por completo. Ceded ante mí, ceded, tomad parte en las desgracias del que ahora sufre. Pues del mismo modo la calamidad, vagando de aquí para allá, se asienta sobre distintos individuos.

CORO.— A quienes nada reacios están has instado esto, Prometeo; y ahora, habiendo abandonado con paso ligero mi asiento de carroza transportado velozmente y el éter puro, camino de la raza alada, me acercaré a este suelo escarpado; y anhelo oír el relato completo de tus sufrimientos.

(Entra Océano)

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