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Parte 3Ío, la perseguida

Prometeo encadenado · Esquilo · 18 min de lectura

ÍO.— ¿Qué tierra es esta? ¿Qué raza? ¿A quién diré que veo aquí sacudido por la tormenta en cadenas de roca? ¿De qué transgresión es el castigo que te destruye? Declárame a qué parte de la tierra he vagado, desolada. ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Ay! De nuevo el tábano me pica, miserable: oh tierra, aleja al espectro del Argos nacido de la tierra: estoy aterrorizada ante la vista del pastor de mil ojos, porque va de camino, manteniendo una mirada astuta, a quien ni siquiera después de muerto oculta la tierra; sino que surgiendo de entre los difuntos me persigue, miserable, y me hace vagar hambrienta por la playa de guijarros, mientras la resonante flauta compuesta de cera entona una melodía soñolienta. ¡Oh! ¡Oh! ¡Poderes! ¡Oh, poderes! ¿Adónde me llevan mis errantes peregrinaciones? ¿En qué, en qué, oh hijo de Crono, habiéndome encontrado transgresora, me has encadenado en estos dolores? ¡Ah! ¡Ah! ¿Y así estás consumiendo a una desdichada temerosa, enloquecida por el miedo impulsado por el aguijón? Quémame con fuego, o entiérrame en la tierra, o dame como alimento a los monstruos del mar, y no me niegues estas súplicas, oh rey. Ampliamente me han acosado mis peregrinaciones de mucho vagar; ni puedo descubrir cómo evitar el dolor. ¿Oyes el discurso de la doncella de cuernos de vaca?

PROMETEO.— ¿Cómo puedo dejar de oír a la doncella que es impulsada al frenesí por el tábano, la hija de Ínaco, que calienta el corazón de Zeus con amor, y ahora, aborrecida por Hera, es impelida por fuerza a recorridos de excesiva longitud?

ÍO.— ¿De dónde pronuncias el nombre de mi padre? Dime, a mí la llena de pena, quién eres tú, quién, digo yo, oh desdichado, que así me has saludado correctamente, miserable, y has nombrado el trastorno infligido por el cielo que me consume, agobiándome con sus aguijones enloquecedores? ¡Ah! ¡Ah! ¡Violentamente impulsada por las hambrientas torturas de mis saltos he venido como víctima de los coléricos consejos de Hera! Y de los desgraciados, ¿hay quienes, ay de mí, soporten males como los míos? Pero defíneme claramente qué me queda por sufrir, qué bálsamo, qué remedio hay para mi mal, descúbremelo, si es que lo sabes: habla, díselo a la desdichada doncella errante.

PROMETEO.— Te diré claramente todo lo que desees saber, sin entretejer enigmas, sino en lenguaje llano, como es justo abrir la boca a los amigos. Ves a quien otorgó fuego a los mortales, Prometeo.

ÍO.— Oh tú que trajiste un beneficio común a los mortales, desdichado Prometeo, ¿como penitencia por qué ofensa estás sufriendo así?

PROMETEO.— Acabo de cesar de lamentar mis propios dolores.

ÍO.— ¿No me concederás entonces este favor?

PROMETEO.— Di qué es lo que estás pidiendo, pues podrías aprenderlo todo de mí.

ÍO.— Di quién fue el que te ató en esta grieta.

PROMETEO.— El decreto de Zeus, pero la mano de Hefesto.

ÍO.— ¿Y por qué ofensas estás pagando el castigo?

PROMETEO.— Esto solo es todo lo que puedo explicarte claramente.

ÍO.— Al menos, además de esto, descubre qué tiempo será para mí, llena de pena, el límite de mis vagabundeos.

PROMETEO.— No saber esto es mejor para ti que saberlo.

ÍO.— Sin embargo, no me ocultes lo que he de soportar.

PROMETEO.— No, no te niego este don.

ÍO.— ¿Por qué entonces tardas en pronunciar todo?

PROMETEO.— No es renuencia, sino que me resisto a conmocionar tus sentimientos.

ÍO.— No te preocupes más por mi cuenta de lo que me es agradable.

PROMETEO.— Puesto que estás ansiosa, debo contártelo: escucha tú.

CORO.— No todavía, sin embargo; pero concédeme también a mí una parte del placer. Aprendamos primero la enfermedad de esta doncella, por su propio relato de sus destructivas fortunas; pero, para la continuación de sus aflicciones, que sea informada por ti.

PROMETEO.— Es tu parte, Ío, servir a la gratificación de estas que ahora están ante ti, tanto por todas las demás razones como porque son las hermanas de tu padre. Pues llorar y lamentarse por las desgracias, cuando uno está seguro de arrancar una lágrima de los oyentes, bien vale la pena.

ÍO.— No sé cómo debería desobedeceros; y en un relato llano aprenderéis todo lo que deseáis; y sin embargo, me duele incluso hablar de la tempestad que me ha sido enviada desde el cielo, y el completo deterioro de mi persona, de dónde vino súbitamente sobre mí, desdichada criatura. Porque visiones nocturnas que acudían en multitud a mi cámara de doncella me seducían con palabras suaves: «Oh doncella, muy afortunada, ¿por qué vives largo tiempo en doncellez, cuando está en tu poder lograr un matrimonio el más noble? Porque Zeus está encendido por tus encantos con la flecha de la pasión, y anhela compartir contigo el amor. Pero no, hija mía, rechaces de ti el lecho de Zeus; sino ve adelante a la fértil pradera de Lerna, a los rebaños y establos de bueyes de tu padre, para que el ojo de Zeus tenga respiro de su anhelo». Por sueños como estos era yo desgraciada acosada cada noche, hasta que por fin me atreví a contar a mi padre los sueños que me perseguían de noche. Y él despachó tanto a Pito como a Dodona muchos mensajeros para consultar los oráculos, a fin de que pudiera saber qué le convenía hacer o decir, de modo que realizara lo que fuera bien agradable a las divinidades. Y vinieron trayendo un informe de oráculos ambiguamente redactados, indistintos y oscuramente pronunciados. Pero por fin llegó una respuesta clara a Ínaco, que claramente le encargaba y ordenaba que me echara tanto de mi hogar como de mi país, para vagar como proscrita hasta los límites más remotos de la tierra; y que, si no lo haría, un rayo de rostro ígneo vendría de Zeus y borraría por completo toda su raza. Vencido por oráculos de Loxias como estos, a su pesar me expulsó y me excluyó a su pesar de su morada: pero el freno de Zeus por fuerza lo obligó a hacer esto. Y en seguida mi persona y mi mente fueron distorsionadas, y con cuernos, como ves, picada por la mosca de agudo aguijón, me lancé con saltos maníacos a la dulce corriente de Cercnea, y a la fuente de Lerna; y el pastor nacido de la tierra, Argos, de ferocidad no templada, me seguía acechando, espiando mis pasos con ojos muy juntos. A él, sin embargo, un súbito destino inesperado lo privó de la vida; pero yo, picada por el tábano, soy impulsada por el azote divino de tierra en tierra. Oyes lo que ha sucedido, y si eres capaz de decir qué dolores me quedan, decláralo; y no, compadeciéndote de mí, me calientes con falsos relatos, pues declaro que las afirmaciones fabricadas son la más repugnante enfermedad.

CORO.— ¡Ah, ah! ¡Basta! ¡Ay de mí! Nunca, nunca esperé que un relato tan extraño llegara a mis oídos, ni que sufrimientos tan horribles de contemplar y horribles de soportar, ultrajes, terrores con su aguijón de doble filo, helaran mi espíritu. ¡Ay, ay! ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco al contemplar la condición de Ío.

PROMETEO.— Sin embargo, suspiras prematuramente y estás llena de terror. Aguarda hasta que también hayas oído lo que resta.

CORO.— Continúa; infórmanos plenamente: para los enfermos es dulce, ciertamente, conocer de antemano con claridad la continuación de sus penas.

PROMETEO.— Vuestro primer deseo al menos lo obtuvisteis de mí fácilmente; pues ante todo deseabais ser informadas por su relato de la aflicción que la afecta a ella misma. Ahora escuchad lo demás, qué clase de sufrimientos le está destinado padecer a esta joven doncella que tenéis ante vosotras por obra de Hera: tú también, descendiente de Ínaco, graba en tu corazón mis palabras para que seas plenamente informada de dónde terminará tu viaje. En primer lugar, después de apartarte de este sitio hacia el oriente del sol, atraviesa campos sin arar; y llegarás a los escitas errantes, que, elevados del suelo, habitan moradas de mimbre sobre carros de buenas ruedas, equipados con arcos de largo alcance; a ellos no debes acercarte, sino pasar por sus tierras trayendo tus pies para aproximarte a las rugosas y resonantes costas. Y a tu izquierda habitan los calibes, trabajadores del hierro, de quienes debes tener cuidado, pues son bárbaros y no accesibles a los extranjeros. Y llegarás al río Hibristes, no llamado así falsamente, al que no debes cruzar, pues no es fácil de vadear, hasta que hayas llegado al propio Cáucaso, el más alto de los montes, donde desde su misma cumbre el río arroja su fuerza. Y superando sus picos que lindan con las estrellas, debes ir por un sendero hacia el sur, donde llegarás al ejército de las amazonas, que odian a los hombres, quienes en el futuro fundarán un asentamiento, Temiscira, a orillas del Termodonte, donde yace el rugoso desfiladero marino de Salmideso, ejército odiado por los marineros, madrastra de las naves; y ellas te guiarán en tu camino, y con toda disposición. Llegarás también al istmo cimerio, junto a las mismas puertas de un lago, con estrecho paso, que debes dejar sin temor, y cruzar el canal meótico; y existirá para siempre entre los mortales una famosa leyenda sobre tu paso, y según tu nombre será llamado el Bósforo; y después de haber abandonado el suelo europeo, llegarás al continente asiático. ¿No os parece, pues, que el soberano de los dioses es violento por igual hacia todas las cosas? Pues él, un dios que desea gozar de los encantos de esta hermosa mortal, ha lanzado sobre ella estas andanzas. Y has encontrado, doncella, un pretendiente amargo para tu mano; pues piensa que las palabras que ahora has oído no son ni siquiera un preludio.

ÍO.— ¡Ay de mí! ¡Ah, ah!

PROMETEO.— ¿También tú a tu vez gritas y gimes? ¿Qué harás, entonces, cuando te enteres del resto de tus males?

CORO.— ¿Qué? ¿Te queda todavía algún sufrimiento que contarle?

PROMETEO.— Sí, un mar tempestuoso de calamidades funestas.

ÍO.— ¿Qué provecho tengo entonces en vivir? ¿Por qué no me arrojé rápidamente desde este escarpado precipicio para, estrellándome en la llanura, librarme de todos mis tormentos? Pues es mejor morir de una vez que sufrir males todos los días.

PROMETEO.— En verdad difícilmente soportarías las agonías que yo padezco, a quien no le está destinado morir. Pues eso sería un escape de los sufrimientos. Pero ahora no hay límite fijado a mis penalidades hasta que Zeus haya sido depuesto de su tiranía.

ÍO.— ¿Qué? ¿Es posible que Zeus caiga alguna vez de su poder?

PROMETEO.— Te alegrarías, creo, de presenciar ese suceso.

ÍO.— ¿Y cómo no habría de alegrarme yo, que sufro males a causa de Zeus?

PROMETEO.— Pues bien, puedes tener la certeza de que estas cosas serán así.

ÍO.— ¿Por quién será despojado de su cetro de tiranía?

PROMETEO.— Él mismo, por sus propios necios designios.

ÍO.— ¿De qué manera? Especifícalo, si no hay daño en ello.

PROMETEO.— Contraerá tal matrimonio que un día lamentará.

ÍO.— ¿Celestial o mortal? Si puede decirse, dímelo.

PROMETEO.— Mas ¿por qué preguntas su naturaleza? Pues no es un asunto que pueda comunicarte.

ÍO.— ¿Es por una consorte que será expulsado de su trono?

PROMETEO.— Sí, ciertamente, una que dará a luz un hijo más poderoso que el padre.

ÍO.— ¿Y no tiene él refugio de esta desgracia?

PROMETEO.— No, en verdad, hasta que al menos yo sea liberado de mis cadenas.

ÍO.— ¿Quién, entonces, es el que te liberará contra la voluntad de Zeus?

PROMETEO.— Está ordenado que será uno de tus propios descendientes.

ÍO.— ¿Cómo dices? ¿Un hijo mío te liberará de tus males?

PROMETEO.— Sí, el tercero de tu linaje además de otras diez generaciones.

ÍO.— Esta profecía tuya ya no es fácil para mí interpretarla.

PROMETEO.— Ni busques conocer demasiado bien tus propios tormentos.

ÍO.— No me ofrezcas un beneficio para luego negármelo.

PROMETEO.— Te concederé libremente una de dos revelaciones.

ÍO.— Explícame primero de qué clase son y permíteme elegir.

PROMETEO.— Te lo permito; elige si debo contarte claramente el resto de tus aflicciones o quién será mi libertador.

CORO.— De estas dos cosas concede una gracia a esta doncella y la otra a mí, y no desdeñes mi petición. A ella cuéntale el resto de sus andanzas, y a mí quién te liberará; pues esto deseo ardientemente oír.

PROMETEO.— Puesto que estáis empeñadas en ello, no me opondré a vuestros deseos, de modo que declararé todo cuanto deseáis. A ti en primer lugar, Ío, te describiré tus sinuosos vagabundeos, que debes grabar en las tablillas de memoria de tu mente. Cuando hayas cruzado la corriente que es límite de los Continentes, hacia los rubicundos reinos de la mañana donde camina el sol... habiendo atravesado el rugiente oleaje del mar, hasta que llegues a las llanuras gorgonias de Cistena, donde moran las fórcides, tres doncellas ancianas semejantes a cisnes, que poseen un solo ojo en común, que tienen un solo diente, sobre quienes nunca el sol lanza sus rayos ni la luna nocturna. Y cerca hay tres hermanas aladas de estas, las gorgonas de cabellos de serpiente, aborrecidas por los mortales, a quienes nadie de raza humana puede mirar y conservar el aliento de vida. Tal es esta advertencia que te hago. Ahora presta oído a otro espectáculo horrible; pues protégete de los perros de agudos colmillos de Zeus que nunca ladran, los grifos, y del ejército de caballería de los arimaspos de un solo ojo, que habitan en las orillas de la fuente que mana oro, la corriente de Plutón: no te acerques a estos. Y llegarás a una tierra lejana, una tribu oscura, que mora junto a las fuentes del sol, donde está el río Etíope. A lo largo de sus orillas dirige tu camino hasta que llegues a la catarata donde desde las montañas Bíblicas el Nilo vierte su sagrada y grata corriente. Esta te guiará a la tierra triangular del Nilo, donde finalmente, Ío, te está ordenado a ti y a tus hijos después de ti fundar la distante colonia. Y si algo de esto está oscuramente expresado y es difícil de comprender, pregúntame de nuevo y apréndelo exhaustiva y claramente: en cuanto a tiempo libre, tengo más del que deseo.

CORO.— Si en verdad tienes algo que contarle de sus funestas andanzas que todavía reste o haya sido omitido, prosigue; pero si has contado todo, concédenos a nosotras a cambio el favor que pedimos, y tú quizá lo recuerdes.

PROMETEO.— Ha oído el término completo de su viaje. Y para que sepa que no me ha estado escuchando en vano, relataré las penalidades que soportó antes de llegar aquí, dándole esto como prueba segura de mis afirmaciones. La gran multitud de palabras la omitiré, ciertamente, y procederé a la terminación misma de tus errores. Pues después de que llegaste a las llanuras molosias y alrededor de la elevada cresta de Dodona, donde está la sede oracular del tesprotio Zeus, y un portento que sobrepasa toda creencia, los robles parlantes, por los cuales fuiste clara e inequívocamente saludada como ilustre esposa de Zeus que habrás de ser; si algo de esto tiene algún encanto para ti. Desde allí, precipitándote locamente por el sendero costero, te lanzaste hacia la vasta bahía de Rea, desde donde eres arrastrada por la tempestad en cursos retrógrados: y en el tiempo venidero, sabe bien que el golfo del mar profundo será llamado Jónico, recuerdo de tu paso para todos los mortales. Estas tienes como pruebas de mi inteligencia, de que percibe algo más allá de lo que aparece. El resto os contaré a ambas en común, después de retomar el mismo curso idéntico de mi relato anterior. Hay en el extremo límite de la tierra una ciudad Canopo, junto a la misma boca y dique aluvial del Nilo; en ese lugar Zeus finalmente te devolverá la cordura con solo calmarte y tocarte con su mano que no alarma. Y nombrado según la generación de Zeus darás a luz al moreno Épafo, quien cosechará el fruto de toda la tierra que riega el Nilo de amplia corriente. Pero quinta en descender de él, una generación de cincuenta vírgenes regresará nuevamente a Argos, no por voluntad propia, huyendo de matrimonio incestuoso con sus primos; y estos con corazones agitados, como halcones que no quedan muy atrás de las palomas, vendrán persiguiendo un matrimonio que no debería perseguirse, pero el cielo estará celoso de sus personas; y Pelasgia las recibirá después de ser aplastadas por una hazaña de audacia protegida por la noche, realizada por mano de mujer; pues cada novia privará de la vida a su respectivo esposo, habiendo teñido en sus gargantas una espada de doble filo agudo. Ojalá que de este modo Afrodita visitara a mis enemigos. Pero la ternura ablandará a una de las doncellas, de modo que no matará al compañero de su lecho, sino que será débil en su resolución; y de las dos alternativas elegirá la primera, ser llamada cobarde antes que asesina. Ella en Argos dará a luz una raza de reyes. Se necesita un largo discurso para detallar estas cosas con precisión; pero de esta semilla surgirá ciertamente un intrépido guerrero renombrado en el tiro con arco, que me liberará de estos trabajos. Tales predicciones me recitó mi anciana madre la titánide Temis; pero cómo y cuándo, contar esto requiere un largo relato, y tú al saberlo todo no obtendrías ganancia alguna.

ÍO.— ¡Eleleu! ¡Eleleu! Una vez más el espasmo y los frenéticos delirios me inflaman... y el aguijón del tábano, forjado sin fuego, me envenena; y con pánico mi corazón late violentamente contra mi pecho. Mis ojos, también, están girando en un torbellino confuso, y soy arrastrada fuera de mi curso por la furiosa ráfaga de locura, sin control de mi lengua, sino que mis palabras turbadas se estrellan inútilmente contra las olas de calamidad odiosa.

(Sale Ío.)

CORO.— Sabio fue el hombre, sí, sabio en verdad, quien primero sopesó bien esta máxima y con su lengua la publicó por doquier: que casarse con alguien de la propia condición es, con mucho, lo mejor; y que quien vive de su trabajo no debe pretender la mano ni de quienes se han vuelto disolutos en la opulencia, ni de quienes se enorgullecen de su noble nacimiento. Nunca, oh Destinos, nunca... permitáis que me veáis acercándome como compañera al lecho de Zeus; ni que sea llevada a los brazos de ningún esposo de entre los hijos del cielo. Pues siento temor cuando contemplo a la doncella Ío, que no se contentó con amante mortal alguno y quedó gravemente afligida por penosos vagabundeos a manos de Hera. Por mi parte, en verdad —puesto que el matrimonio con un igual está libre de aprensión— no siento alarma. ¡Y oh, que nunca el amor de los dioses más poderosos lance sobre mí una mirada que nadie puede eludir! Esto al menos es una guerra sin conflicto, que consuma cosas imposibles; ni sé yo qué podría ser de mí, pues no veo cómo podría escapar del designio de Zeus.

PROMETEO.— Sin embargo, en verdad Zeus, aunque es obstinado en su temperamento, será humillado, en tal boda está dispuesto a casarse, que lo arrojará de su soberanía y lo bajará de su trono convertido en cosa olvidada; y la maldición de su padre Cronos hallará entonces por fin entera consumación, aquella que imprecó cuando fue depuesto de su antiguo trono. De desastres como estos no hay ninguno de los dioses excepto yo mismo que pueda revelarle claramente un camino de escape. Yo sé esto, y por qué medios. Por lo cual que descanse en su presunción, poniendo confianza en sus truenos en lo alto, blandiendo en su mano un rayo que exhala fuego. Pues ni en un ápice le bastarán estas cosas para salvarlo de caer deshonrado en una caída más allá de lo soportable; tal antagonista está ahora preparando con sus propias manos contra sí mismo, un prodigio que desafiará toda resistencia; quien inventará una llama más potente que el relámpago, y un poderoso estruendo que superará al trueno; y destrozará el tridente oceánico, esa peste que convulsiona la tierra, la lanza de Poseidón. Y cuando haya tropezado con este infortunio, se le enseñará cuán grande es la diferencia entre la soberanía y la esclavitud.

CORO.— Tú, por cierto, estás vaticinando contra Zeus las cosas que deseas.

PROMETEO.— Cosas que sucederán, y que además deseo.

CORO.— ¿Y hemos de esperar que alguien obtenga el dominio sobre Zeus?

PROMETEO.— Sí, y además sufrirá dolores aún más duros de soportar que estos míos.

CORO.— ¿Y cómo es que no te asustas al proferir palabras semejantes?

PROMETEO.— ¿Por qué habría de aterrarme yo, a quien no está destinado morir?

CORO.— Sin embargo, quizá te procure una aflicción más grave aún que esta.

PROMETEO.— Entonces que lo haga, todo está previsto por mí.

CORO.— Sabios son quienes rinden homenaje a Adrastea.

PROMETEO.— Rinde homenaje, haz tu plegaria, humíllate ante cada gobernante del día. Me importa Zeus menos que nada; que haga, que señoree durante este breve lapso, como le plazca, pues no por mucho tiempo gobernará sobre los dioses. Pero basta, pues diviso de cerca al mensajero de Zeus, el sirviente del nuevo monarca: sin duda alguna ha venido a anunciarnos alguna noticia.

(Entra Hermes.)

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