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Parte 2El Coro y Océano

Prometeo encadenado · Esquilo · 12 min de lectura

OCÉANO.— He llegado al final de un largo viaje, habiéndolo atravesado hasta ti, Prometeo, guiando este corcel mío alado, veloz de plumas, por mi voluntad, sin brida; y ten por seguro que me aflijo con tus desgracias. Pues tanto el lazo de parentesco así me constriñe, y, aparte del parentesco, no hay nadie a quien concediera una mayor parte [de mi consideración] que a ti mismo. Y sabrás que estas palabras son sinceras, y que no está en mí hacer servicio vano de labios; pues vamos, indícame en qué es necesario que te asista; porque en ningún momento dirás que tienes un amigo más leal que Océano.

PROMETEO.— ¡Ah! ¿Qué significa esto? ¿Y has venido tú también a ser testigo de mis penas? ¿Cómo te has atrevido, después de abandonar tanto la corriente que lleva tu nombre como las grutas labradas por ti mismo con techo de roca, a venir a la tierra que produce hierro? ¿Es acaso para que contemples mis desgracias, y compadeciendo mis males, que has venido? Contempla un espectáculo: a mí aquí, el amigo de Zeus, que ayudé a establecer su soberanía, con qué dolores soy doblegado por él.

OCÉANO.— Lo veo, Prometeo, y a ti, sutil como eres, deseo darte el mejor consejo. Conócete a ti mismo, y asume para ti nuevas maneras; porque entre los dioses también hay un nuevo monarca. Pero si pronuncias palabras así de ásperas y afiladas, Zeus quizá, aunque sentado en lo alto, te oirá, de modo que la presente amargura de los sufrimientos te parecerá un juego de niños. Pero, ¡oh desdichado!, desecha la pasión que sientes, y busca una liberación de estos sufrimientos tuyos. Máximas anticuadas estas, puede ser, parezco pronunciarte; sin embargo, tales son los salarios de la lengua que habla con demasiado orgullo. Pero ni siquiera aún eres humilde, ni te sometes a los males; y además de los que ya te asedian, estás dispuesto a traer otros sobre ti. Sin embargo, no, si al menos me tomas por instructor, te lanzarás contra el aguijón; pues ves que un monarca áspero, y que no está sujeto a control, está dominando. Y ahora yo por mi parte iré, e intentaré, si puedo, liberarte de estas tus penas. Pero mantente tranquilo, y no seas demasiado impetuoso en tu lenguaje. ¡Cómo! ¿No sabes exactamente, extremadamente inteligente como eres, que se inflige castigo a una lengua indócil?

PROMETEO.— Te felicito, porque has escapado a la censura, después de tomar parte en y aventurarte junto conmigo en todas las cosas. Y ahora déjalo en paz, y que no te preocupe. Pues de ningún modo lo persuadirás; porque no está abierto a la persuasión. Y mira bien de que no sufras daño tú mismo por el viaje.

OCÉANO.— Estás mucho mejor capacitado por naturaleza para instruir a tus vecinos que a ti mismo; saco mi conclusión del hecho, y no de la palabra. Pero no pienses ni por un momento en desviarme del intento. Pues confío, sí, confío en que Zeus me concederá este favor, de modo que te libere de estas penas tuyas.

PROMETEO.— En parte te elogio, y de ningún modo cesaré nunca de hacerlo. Pues en celo por servirme nada te falta. Pero no te molestes; porque en vano, sin serme de ningún servicio, trabajarás, si en algún aspecto estás dispuesto a trabajar. Mas mantente en paz, y permanece tú fuera del camino del daño; porque yo, aunque esté en la desgracia, no querría por esto que los sufrimientos recayeran sobre tantos como fuera posible. No, en verdad, puesto que también los desastres de mi hermano Atlas atormentan mi corazón, quien está apostado en las regiones occidentales, sosteniendo sobre sus hombros la columna del cielo y de la tierra, una carga no fácil de asir. Compadecí también cuando contemplé al habitante nacido de la tierra de las cavernas cilicias, un prodigio tremendo, el impetuoso Tifón de cien cabezas, dominado por la fuerza, que resistió a todos los dioses, silbando matanza desde sus fauces hambrientas; y de sus ojos destellaba un resplandor horrible, como si fuera a derrocar por fuerza la soberanía de Zeus. Pero el dardo insomne de Zeus cayó sobre él, el rayo descendente que exhalaba llamas, que lo asustó sacándolo de sus presunciones jactanciosas; pues habiendo sido herido hasta su alma misma fue reducido a cenizas, y fulminado en su poder. Y ahora, forma indefensa y paralizada yace cerca de un estrecho angosto, aplastado bajo las raíces del Etna. Y, sentado en las cimas más altas, Hefesto forja las masas fundidas, de donde un día brotarán inundaciones que devorarán con feroces fauces los campos llanos de la fértil Sicilia: con rabia tal como esta Tifón hervirá en ardiente artillería de una tormenta que exhala fuego nunca saciada; aunque haya sido reducido a cenizas por el rayo de Zeus. Pero tú no eres un novato, ni me necesitas a mí como instructor. Sálvate como mejor sepas; pero yo agotaré mi destino presente hasta el momento en que el ánimo de Zeus aplaque su ira.

OCÉANO.— ¿No sabes entonces esto, Prometeo, que las palabras son los médicos de un sentimiento destemplado?

PROMETEO.— Cierto, si uno ablanda oportunamente el corazón, y no reduce con ruda violencia un espíritu hinchado.

OCÉANO.— Sí, pero en la previsión junto con la audacia, ¿qué daño hay que veas inherente? Infórmame.

PROMETEO.— Molestia superflua y tontería trivial.

OCÉANO.— Permíteme enfermar de esta dicha enfermedad, puesto que es de la mayor ventaja para uno que es sabio no parecer ser sabio.

PROMETEO.— (No es así, pues) esta transgresión parecerá ser mía.

OCÉANO.— Tu lenguaje está claramente enviándome de vuelta a mi hogar.

PROMETEO.— No sea que tu lamentación por mí te atraiga mala voluntad.

OCÉANO.— ¿Qué con aquel que se ha sentado recientemente en el trono que gobierna sobre todos?

PROMETEO.— Cuídate de él no sea que en algún momento su corazón se mueva a ira.

OCÉANO.— Tu desastre, Prometeo, es mi monitor.

PROMETEO.— ¡Fuera! Retírate, mantén tu determinación presente.

OCÉANO.— Sobre mí, que me apresuro a partir, has instado esta orden; porque mi cuadrúpedo alado agita con sus plumas la senda lisa del éter; y gustoso reclinaría sus miembros en sus establos en casa.

(Sale Océano.)

CORO.— Lloro por tu destino perdido, Prometeo. Un torrente de lágrimas que fluyen de mis ojos condescendientes ha bañado mi mejilla con sus húmedas efusiones; porque Zeus, decretando este tu nada envidiable destino con leyes propias, exhibe su lanza y aparece superior a los dioses de antaño. Y ahora toda la tierra resuena con lamentos: lloran tu majestuoso honor y el de tus hermanos, honrados por el tiempo; y todos los de raza mortal que ocupan una morada vecina de la sagrada Asia se lamentan con tus sufrimientos profundamente deplorables: las vírgenes que habitan en la tierra de Cólquide también, sin temor a la lucha, y la horda de escitas que poseen las regiones más remotas de la tierra alrededor del lago Meótide; y la belicosa flor de Arabia, que ocupa una fortaleza en las alturas escarpadas del vecindario del Cáucaso, una hueste de guerreros que clama entre lanzas afiladamente barbadas.

CORO.— A un solo otro dios, en verdad, he visto hasta ahora en las desdichas: al titán Atlas, sometido por la tortura de cadenas adamantinas, que sin cesar gime en su espalda bajo la excesiva y poderosa masa del eje del cielo. Y la ola del mar profundo ruge al caer en cadencia, el abismo gime, y la oscura bóveda del Hades retumba bajo la tierra, y las fuentes de los ríos puros y fluyentes se lamentan por sus dolorosos padecimientos.

PROMETEO.— No creáis, os lo ruego, que guardo silencio por orgullo o terquedad; sino que me roigo el corazón de reflexión, al verme tratado así con ignominia. Y sin embargo, ¿quién sino yo definió por completo la prerrogativa de estos mismos nuevos dioses? Pero sobre estos asuntos no digo nada, pues os hablaría de cosas que ya conocéis. Mas de las desgracias que existían entre los mortales, escuchad cómo los transformé, a ellos que antes vivían como infantes, y los hice racionales y poseedores de inteligencia. Y os lo contaré, sin quejarme de la humanidad, sino detallando la bondad de los dones que les otorgué: ellos, que al principio viendo veían en vano, oyendo no oían. Sino que, semejantes a las formas de los sueños, durante largo tiempo solían amontonar todas las cosas al azar, y nada sabían de casas construidas con ladrillos y orientadas al sol, ni de carpintería; sino que habitaban en la tierra excavada como pequeñas hormigas en las profundidades sin sol de las cavernas. Y no tenían señal segura ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano fructífero; sino que solían hacer todo sin juicio, hasta que yo les mostré los ortos de las estrellas y sus ocasos, difíciles de discernir.

PROMETEO.— Y en verdad descubrí para ellos los Números, la invención que supera a todas, y también las combinaciones de letras, y la Memoria, nodriza eficaz de todas las artes. Yo también fui el primero en uncir bajo yugo a bestias sumisas a los collares; y para que con sus cuerpos pudieran convertirse para los mortales en sustitutos de sus trabajos más duros, puse caballos bajo carros obedientes a las riendas, gloria del lujo pomposo. Y ningún otro sino yo inventó los carros de lona alada de los marineros que vagan por el océano. Tras descubrir para los mortales tales invenciones, desgraciado de mí, yo mismo no tengo recurso alguno con el que escapar de mi presente miseria.

CORO.— Has sufrido males indignos, frustrado en tu discreción estás errando; y como un mal médico que, habiendo caído en un mal, te encuentras desanimado, y, respecto a ti mismo, no puedes descubrir con qué clase de medicinas puedes curarte.

PROMETEO.— Cuando escuches el resto de mi relato, te asombrarás aún más de qué artes y recursos inventé. Porque el mayor de todos fue este: si alguien caía enfermo, no había remedio, ni en forma de dieta, ni de ungüento, ni de poción, sino que por falta de medicinas solían consumirse hasta quedar en esqueletos, antes de que yo les señalara la composición de remedios suaves, con los cuales ahuyentan todas sus enfermedades. Muchos modos también del arte adivinatorio clasifiqué, y fui el primero en discriminar entre los sueños aquellos que están destinados a ser una visión verdadera; oscuros presagios vocales también les di a conocer; señales también incidentales en el camino, y el vuelo de las aves de garras curvas definí claramente, tanto las que son por naturaleza auspiciosas como las de mal agüero, y qué clase de vida lleva cada una, y cuáles son sus enemistades y afectos e intercambios unos con otros: la tersura también de las entrañas, y qué color deben tener para ser aceptables a los dioses, las diversas formaciones propicias de la bilis y el hígado, y los miembros envueltos en grasa; y habiendo asado el largo espinazo señalé a los mortales el camino hacia un arte abstruso; y saqué a la luz los símbolos ígneos que antes estaban envueltos en tinieblas. Tales fueron, en efecto, estos dones; y las ganancias para la humanidad que estaban ocultas bajo tierra —bronce, hierro, plata y oro— ¿quién podría afirmar que las había descubierto antes que yo? Nadie, lo sé bien, a menos que quiera parlotear vanamente. Y en una breve sentencia aprende todo de una vez: Todas las artes entre la raza humana vienen de Prometeo.

CORO.— No sirvas ahora a la raza humana más allá de lo que es provechoso, ni te descuides a ti mismo en tu aflicción: pues tengo buenas esperanzas de que todavía serás liberado de estos grilletes, y no serás ni un ápice menos poderoso que Zeus.

PROMETEO.— De ningún modo está ordenado de este modo que el Destino, que lleva los acontecimientos a su consumación, cumpla estas cosas: sino que después de haber sido doblado por incontables sufrimientos y calamidades, así escaparé de mis grilletes. Y el arte es mucho menos poderoso que la necesidad.

CORO.— ¿Quién entonces es el piloto de la necesidad?

PROMETEO.— Las triformes Moiras y las Furias que recuerdan.

CORO.— ¿Es Zeus entonces menos poderoso que estas?

PROMETEO.— Ciertísimamente no puede en modo alguno escapar de su destino.

CORO.— Pero, ¿qué destino tiene Zeus sino reinar para siempre?

PROMETEO.— Esto no puedes aprenderlo todavía, y no insistas.

CORO.— Seguramente es algún misterio solemne el que velas.

PROMETEO.— Haz mención de otro asunto; de ningún modo es oportuno proclamar esto; sino que debe quedar envuelto en el más profundo secreto; porque es guardando este secreto como he de escapar de mis ignominiosos grilletes y miserias.

CORO.— Que nunca Zeus, que dirige todas las cosas, ponga su poder en oposición a mi propósito; ni sea yo tarda en asistir a los dioses en sus sacros banquetes, donde se sacrifican bueyes, junto a la corriente incesante de mi padre Océano; y que no peque con mis palabras; sino que este sentimiento permanezca conmigo y nunca se derrita. Dulce es pasar por una larga vida con esperanzas confiadas, haciendo que los espíritus se hinchen de brillante alegría; pero tiemblo al verte desgarrado por agonías incalculables. Porque sin temer a Zeus, tú, Prometeo, en tu terquedad honras a los mortales en exceso. Vamos, amigo mío, reconoce cuán sin provecho fue el don; di, ¿dónde hay ayuda alguna? ¿Qué alivio puede venir de las criaturas de un día? ¿No viste la impotente debilidad, nada mejor que un sueño, en la que está enredada la ciega raza de los hombres? Nunca en tiempo alguno los planes de los mortales eludirán el armonioso sistema de Zeus. Esto aprendí contemplando tu destino destructor, Prometeo. Y muy diferente es este canto que ahora revolotea hacia mí del himno nupcial que entoné alrededor de los baños y tu lecho con el consentimiento de las nupcias, cuando, tras haber conquistado a Hesíone con tus presentes de amor, condujiste a nuestra hermana para que fuera tu esposa, la que comparte tu lecho.

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