Libro 3La felicidad verdadera
Ella calló, pero yo permanecí inmóvil por la dulzura del canto, maravillado y lleno de ansiosa expectación, con los oídos aún atentos a escuchar. Y entonces, tras un breve instante, dije: «¡Tú, soberano consuelo del alma abatida, qué alivio me has traído, no menos por la dulzura de tu canto que por el peso de tu discurso! En verdad, no creo que en adelante me halle desigual ante los golpes de la Fortuna. Por ello, ya no temo los remedios que dijiste eran algo demasiado severos para mis fuerzas; más bien, estoy ansioso por oír hablar de ellos y los reclamo con todo vehemencia».
Entonces dijo ella: «Advertí que te aferrabas a mis palabras en silencio y con atención, y esperaba, o —por hablar con mayor verdad— yo misma produje en ti este estado de ánimo. Lo que ahora resta es de tal naturaleza que al gusto resulta mordaz, pero cuando se recibe dentro se torna dulzura. Pero ya que declaras estar deseoso de escuchar, ¡con qué ardor no arderías si percibieras adónde tengo la tarea de conducirte!».
«¿Adónde?», dije yo.
«A la verdadera felicidad», dijo ella, «que incluso ahora tu espíritu ve en sueños, pero no puede contemplar en verdad mientras tus ojos están absortos en apariencias».
Entonces dije yo: «Te suplico que me muestres su verdadera forma sin la pérdida de un instante».
«Con gusto lo haré, por tu bien», dijo ella. «Pero primero intentaré esbozar con palabras y describir una causa que te es más familiar, para que, cuando la hayas examinado cuidadosamente, puedas volver tus ojos hacia el otro lado y reconozcas la belleza de la verdadera felicidad».
y ver crecer el grano,
debe primero arrancar las hierbas inútiles,
la zarza y el espino.
Tras el mal sabor, la miel al gusto
resulta más dulce a la boca;
tras la tormenta, las estrellas centelleantes
saludan los ojos con más alegría.
Cuando ha pasado la noche, el alba luminoso viene
en carro de color rosado;
así expulsa la dicha falsa de tu mente,
y verás la verdadera.
Durante un breve instante permaneció con la mirada fija, retirada, por así decirlo, al augusto recinto de su mente; luego comenzó así:
«Todas las criaturas mortales, en esas ansiosas aspiraciones que ocupan a tantos y tan variados afanes, aunque tomen muchos caminos, se esfuerzan por alcanzar una sola meta: la meta de la felicidad. Ahora bien, el bien es aquello que, cuando un hombre lo ha conseguido, no puede faltarle nada más. Esto es lo que constituye el bien supremo de todos, conteniendo en sí mismo todo bien particular; de modo que si aún falta algo, esto no puede ser el bien supremo, puesto que quedaría algo fuera que podría ser deseado. Está claro, entonces, que la felicidad es un estado perfeccionado por la reunión conjunta de todos los bienes. A este estado, como hemos dicho, todos los hombres intentan llegar, pero por diferentes caminos. Pues el deseo del bien verdadero está implantado naturalmente en las mentes de los hombres; solo el error los desvía del camino en busca de lo falso. Algunos, considerando que el bien supremo es no carecer de nada, no escatiman esfuerzos para alcanzar la riqueza; otros, juzgando que el bien es aquello a lo que con mayor dignidad se le rinde respeto, se esfuerzan por conseguir la reverencia de sus conciudadanos mediante el logro de la dignidad oficial. Algunos hay que fijan el bien supremo en el poder supremo; estos o bien desean disfrutar ellos mismos de la soberanía, o intentan unirse a quienes la poseen. Aquellos, por su parte, que piensan que la fama es algo de excelencia suprema, se apresuran a difundir la gloria de su nombre, ya sea mediante las artes de la guerra o de la paz. Una gran cantidad mide el logro del bien por la alegría y el júbilo del corazón; estos piensan que la cúspide de la felicidad es entregarse al placer. Hay otros, además, que intercambian los fines y los medios unos con otros en sus objetivos; por ejemplo, algunos quieren riquezas en aras del placer y el poder, algunos codician el poder ya sea en aras del dinero o para dar fama a su nombre. Así pues, es en estos fines en los que se centra el propósito de los actos y deseos humanos, y en otros semejantes a estos; por ejemplo, el noble nacimiento y la popularidad, que parecen proporcionar cierta fama; la esposa y los hijos, que se buscan por la dulzura de su posesión; mientras que en cuanto a la amistad, la clase más sagrada, ciertamente, se cuenta en la categoría de la virtud, no de la fortuna; pero otras clases se emprenden en aras del poder o del disfrute. Y en cuanto a las excelencias corporales, es obvio que deben clasificarse junto con las anteriores. Pues la fuerza y la estatura manifiestan sin duda poder; la belleza y la rapidez de pies traen celebridad; la salud trae placer. Queda claro, pues, que el único objeto buscado en todas estas formas es la felicidad. Porque aquello que cada uno busca con preferencia a todo lo demás, eso es a su juicio el bien supremo. Y hemos definido que el bien supremo es la felicidad. Por tanto, ese estado que cada uno desea con preferencia a todos los demás es a su juicio feliz.
»Tienes, entonces, ante tus ojos algo parecido a un esquema de la felicidad humana: riqueza, rango, poder, gloria, placer. Ahora bien, Epicuro, atendiendo exclusivamente a estas consideraciones, con cierta coherencia concluyó que el bien supremo era el placer, porque todos los demás objetos parecen traer algún deleite al alma. Pero volviendo a los afanes y objetivos humanos: la mente del hombre busca recuperar su bien propio, a pesar de la bruma de su recuerdo, pero, como un borracho, no sabe por qué camino volver a casa. ¿Piensas que se equivocan quienes se esfuerzan por escapar de la necesidad? No, en verdad no hay nada que pueda completar tan bien la felicidad como un estado que abunde en todos los bienes, que no necesite nada de fuera, sino que se baste completamente a sí mismo. ¿Incurren en error los que consideran que lo mejor merece también recibir el homenaje de la reverencia? En absoluto. No puede ser vil y despreciable aquello hacia cuya obtención se dirigen los esfuerzos de casi toda la humanidad. Entonces, ¿no debe contarse el poder en la categoría del bien? Vamos, ¿puede estimarse como algo débil y vacío de fuerza aquello que es manifiestamente más eficaz que cualquier otra cosa? ¿O ha de pensarse que la fama carece de importancia? No, no puede ignorarse que la fama más alta está constantemente asociada con la excelencia más alta. ¿Y qué necesidad hay de decir que la felicidad no está acosada por la preocupación y la tristeza, ni expuesta a la molestia y la vejación, puesto que esa es una condición que exigimos de las cosas más pequeñas, de cuya posesión y disfrute esperamos deleite? Así pues, estas son las bendiciones que los hombres desean ganar; quieren riquezas, rango, soberanía, gloria, placer, porque creen que mediante estos medios conseguirán independencia, reverencia, poder, renombre y alegría de corazón. Por tanto, es el bien lo que los hombres buscan mediante cursos tan diversos; y en esto se muestra fácilmente el poder de la fuerza de la Naturaleza, puesto que, aunque las opiniones son tan variadas y discordantes, sin embargo concuerdan en apreciar el bien como el fin».
todo el mundo en caminos ordenados,
cómo leyes irresistibles controlan
cada mínima porción del conjunto—
ansío en verso sonoro
ensayar sobre mis cuerdas flexibles.
He aquí, el león cautivo apresado
lleva mansamente su cadena dorada;
aunque sea alimentado por la mano,
aunque tema el látigo de un amo,
si tan solo el sabor de la sangre
aviva sus crueles labios una vez más,
al punto su ferocidad dormida despierta,
con un rugido rompe sus ataduras,
y primero descarga su vengativa fuerza
sobre el cuerpo destrozado de su domador.
Y el cantor del bosque, encerrado
en prisión desolada,
aunque el cuidado pródigo de una dueña
prepare reserva de dulces de miel;
sin embargo, si en su jaula estrecha,
mientras salta de barra en barra,
divisa a lo lejos los bosques,
frescos bajo follaje protector,
despreciará todos estos manjares,
a los bosques su corazón se volverá;
solo por los bosques suspira,
canta a los bosques en todas sus canciones.
A la fuerza bruta el retoño se dobla,
mientras la mano ejerce su presión;
si la mano afloja su presión,
al punto la madera flexible salta hacia atrás.
Febo en el mar occidental
se hunde; mas presto su carro de nuevo
por senda secreta es llevado
a las acostumbradas puertas de la aurora.
Así todas las cosas se ven anhelar
a su debido tiempo el debido retorno;
y ningún orden fijo puede permanecer,
salvo aquel que en el camino señalado
une el fin al principio
en un ciclo firme que gira.
Vosotros también, criaturas de la tierra, tenéis algún atisbo de vuestro origen, por tenue que sea, y aunque en una visión turbia y nublada, sin embargo, de algún modo discernís el verdadero fin de la felicidad, y así el impulso de la naturaleza os conduce hacia allí —hacia ese bien verdadero—, mientras el error en muchas formas os desvía de él. Pues reflexiona si los hombres pueden alcanzar la felicidad por aquellos medios mediante los cuales creen llegar al fin propuesto. En verdad, si la riqueza, el rango o cualquiera de las demás cosas traen consigo algo de tal clase que parece no tener nada que le falte de lo bueno, también nosotros reconocemos que algunos se hacen felices mediante la adquisición de estas cosas. Pero si no son capaces de cumplir sus promesas, y además carecen de muchos bienes, ¿no se descubre claramente que la felicidad que los hombres buscan en ellas es una falsa apariencia? Por tanto, te pregunto primero a ti mismo, que hace poco vivías en la opulencia, en medio de toda aquella abundancia de riquezas, ¿nunca se turbó tu ánimo como consecuencia de algún agravio que te hicieron?
«Por el contrario», dije yo, «no puedo recordar un tiempo en que mi ánimo estuviera tan completamente en paz como para no sentir la punzada de algún malestar».
«¿No fue acaso porque algo estaba ausente que no hubieras querido que estuviera ausente, o presente lo que hubieras querido que se fuera?»
«Sí», dije yo.
«Entonces, querías la presencia de lo uno, la ausencia de lo otro?»
«Admitido».
«Pero un hombre carece de aquello de lo que está necesitado?»
«Así es».
«¿Y quien carece de algo no es en todos los aspectos autosuficiente?»
«No; ciertamente no», dije yo.
«Así pues, en la plenitud de tu riqueza, ¿soportabas esta insuficiencia?»
«Debí de hacerlo».
«La riqueza, entonces, no puede hacer a su dueño independiente y libre de toda necesidad, aunque eso era lo que parecía prometer. Además, creo que esto también merece ser considerado: que no hay nada en la naturaleza especial del dinero que impida que sea arrebatado a quienes lo poseen contra su voluntad».
«Lo admito».
«Claro, cuando cada día el más fuerte lo arranca al más débil sin su consentimiento. Si no, ¿de dónde vienen los pleitos, sino de intentar recuperar dineros que han sido quitados contra la voluntad de su dueño por la fuerza o el fraude?»
«Cierto», dije yo.
«Entonces, todos necesitarán algún medio externo de protección para mantener su dinero a salvo».
«¿Quién puede atreverse a negarlo?»
«Sin embargo, no lo necesitaría, a menos que poseyera el dinero que es posible perder».
«No; ciertamente no lo necesitaría».
«Entonces, hemos llegado a una conclusión opuesta: la riqueza que se pensaba que hacía a un hombre independiente más bien lo pone en necesidad de mayor protección. ¿Cómo diablos, entonces, puede la necesidad ser alejada por las riquezas? ¿Acaso el rico no puede sentir hambre? ¿No puede tener sed? ¿No son los miembros del rico sensibles al frío del invierno? "Pero", dirás tú, "el rico tiene con qué saciar su hambre, los medios para librarse de la sed y el frío". Bastante cierto; la necesidad puede así ser aliviada por las riquezas, pero eliminada del todo no puede serlo. Pues si esta necesidad siempre hambrienta, siempre anhelante, es saciada por la riqueza, ha de ser necesariamente que la propia necesidad que puede ser así saciada siga existiendo. No hablo de cuán poco basta para la naturaleza, y de cómo para la avaricia nada es suficiente. Por eso, si la riqueza no puede librarse de la necesidad, y crea nuevas necesidades propias, ¿cómo podéis creer que otorga independencia?»
vea alzarse sus montones de oro;
aunque acumule un tesoro
que nunca podrá satisfacerlo;
aunque con perlas resplandezca su garganta,
las más raras que el océano entrega;
aunque cien cabezas de bueyes
trabajen en sus vastos campos;
nunca lo abandonará la inquietud corrosiva
mientras respire este aliento vital,
y sus riquezas no irán con él
cuando sus ojos se cierren en la muerte.
—Bien, pero ¿la dignidad oficial reviste de honor y reverencia a quien llega a ella? ¿Tienen entonces los cargos públicos tal poder como para plantar la virtud en las mentes de quienes los poseen y expulsar el vicio? No, más bien suelen señalar la iniquidad que ahuyentarla, y de ahí nace nuestra indignación de que los honores caigan tan a menudo en los hombres más inicuos. Por eso Catulo llama a Nonio «una úlcera purulenta», aunque «sentado en la silla curul». ¿No ves qué infamia trae la alta posición sobre los malos? Seguramente su indignidad sería menos conspicua si su rango no atrajera sobre ellos la atención pública. En tu propio caso, ¿te habrías dejado inducir alguna vez por todos estos peligros a pensar en compartir un cargo con Decorato, puesto que has discernido en él el espíritu de un parásito y delator canalla? No; no podemos considerar dignos de reverencia a los hombres a causa de su cargo cuando los consideramos indignos del cargo mismo. Pero si vieras a un hombre dotado de sabiduría, ¿podrías suponer que no es digno de reverencia, ni de esa sabiduría con la que está dotado?
—No; ciertamente no.
—Hay en la Virtud una dignidad propia que ella traspasa de inmediato a aquellos con quienes se une. Y puesto que los honores públicos no pueden hacer esto, es claro que no poseen la verdadera belleza de la dignidad. Y aquí esto merece ser notado bien: que si un hombre es tanto más despreciado cuanto mayor es el número de quienes lo desprecian, la alta posición no solo fracasa en ganar reverencia para los malvados, sino que incluso los carga más de desprecio al atraer más atención sobre ellos. Pero no sin retribución; pues los malvados devuelven un pago en especie a las dignidades que visten mediante la contaminación de su contacto. Quizás también otra consideración pueda enseñarte a confesar que la verdadera reverencia no puede venir a través de estas dignidades falsas. Es esta: si uno que hubiera sido cónsul muchas veces llegara por azar a tierras bárbaras, ¿le ganaría su cargo la reverencia de los bárbaros? Y sin embargo, si la reverencia fuera el efecto natural de las dignidades, no renunciarían a su función propia en ninguna parte del mundo, así como el fuego nunca deja de despedir calor en ningún lugar. Pero como este efecto no se debe a su propia eficacia, sino que se les adhiere por la opinión equivocada de la humanidad, desaparecen de inmediato cuando se presentan ante quienes no las estiman dignidades. Así está el caso con los pueblos extranjeros. Pero ¿dura su reputación para siempre, incluso en la tierra de su origen? Vaya, la prefectura, que una vez fue un gran poder, ahora es un nombre vacío, una carga meramente para la fortuna del senador; el comisionado del abastecimiento público de grano fue una vez un personaje importante; ahora, ¿qué hay más despreciable que este cargo? Pues, como dijimos hace un momento, aquello que no tiene belleza verdadera propia recibe ahora, pierde ahora su lustre según el capricho de quienes tienen que ver con ello. Así pues, si las dignidades no pueden ganar reverencia a los hombres, si de hecho se manchan por la contaminación de los malvados, si pierden su esplendor por los cambios del tiempo, si caen en desprecio meramente por falta de estima pública, ¿qué belleza preciosa tienen en sí mismas, y mucho menos para dar a otros?
y níveas perlas adornen su cuello,
Nerón en todo su desenfreno vive
como objeto de desprecio universal.
Y sin embargo él confirió a cabezas venerables
los honores sin gloria del estado.
¿Habremos entonces de considerarlos verdaderamente dichosos
a quienes tal ascenso ha engrandecido?
Bien, entonces, ¿demuestran la soberanía y la intimidad con los reyes ser capaces de conferir poder? Vamos, ¿acaso no perdura para siempre la felicidad de los reyes? Y sin embargo la antigüedad está llena de ejemplos, y también estos días, de reyes cuya felicidad se ha convertido en calamidad. ¡Qué glorioso poder, que ni siquiera resulta eficaz para su propia conservación! Pero si la felicidad tiene su origen en el poder soberano, ¿no queda disminuida la felicidad, y en su lugar se inflige la miseria, en la medida en que ese poder no alcanza la plenitud? Sin embargo, por mucho que se extienda la soberanía humana, siempre habrá más pueblos que queden fuera, sobre los cuales cada rey no ejerce dominio alguno. Ahora bien, en cualquier punto en que cese el poder del que depende la felicidad, aquí se cuela la impotencia y engendra la desdicha; así pues, según este razonamiento, debe haber necesariamente un contrapeso de desdicha en la suerte del rey. El tirano que había experimentado los peligros de su condición representó los temores que acechan a un trono bajo la imagen de una espada colgando sobre la cabeza de un hombre. ¿Qué clase de poder es este, entonces, que no puede ahuyentar las corrosiones de la angustia ni eludir los aguijones del terror? Ellos mismos querrían haber vivido seguros, pero no pueden; ¡y entonces se jactan de su poder! ¿Consideras que posee poder aquel que ves desear lo que no puede lograr? ¿Consideras que posee poder quien se rodea de una guardia personal, quien teme a aquellos a quienes aterroriza más de lo que ellos le temen a él, quien, para mantener la apariencia de poder, está él mismo a merced de sus esclavos? ¿Necesito decir algo de los amigos de los reyes, cuando muestro que el propio dominio real es tan absoluta y miserablemente débil—por qué a menudo el poder real en su plenitud los derriba, a menudo los arrastra en su caída? Nerón empujó a su amigo y preceptor, Séneca, a elegir la manera de su muerte. Antonino expuso a Papiniano, que había sido durante mucho tiempo poderoso en la corte, a las espadas de la soldadesca. Sin embargo, cada uno de estos estaba dispuesto a renunciar a su poder. Séneca intentó entregar también su riqueza a Nerón y retirarse; pero ninguno logró su propósito. Cuando vacilaron, su propia grandeza los arrastró hacia abajo. ¿Qué clase de cosa es, entonces, este poder que mantiene a los hombres en el miedo mientras lo poseen—que cuando deseas conservarlo no estás seguro, y cuando deseas dejarlo a un lado no puedes librarte de él? ¿Son alguna protección los amigos que han sido vinculados por la fortuna, no por la virtud? No; a quien la buena fortuna ha hecho amigo, la mala fortuna lo hará enemigo. ¿Y qué plaga es más eficaz para hacer daño que un enemigo de la propia casa?
primero debe domar su propio espíritu;
debe evitar meter su cuello
bajo el yugo impío de la lujuria.
Pues, aunque la lejana tierra de la India
se incline ante su vasto dominio,
y la última Tule le rinda homenaje—
si no puede alejar
la inquietud acuciante y la negra aflicción,
en su poder, es impotente.
De nuevo, ¡qué engañosa, qué vil es muchas veces la gloria! Bien exclama el poeta trágico:
«¡Oh, Fama insensata, cuántas y cuántas veces has encumbrado con orgullo al villano de baja cuna!»
Pues muchos han conseguido un gran nombre gracias a las creencias equivocadas de la multitud, ¿y qué puede imaginarse más vergonzoso que eso? Es más, quienes son elogiados falsamente tienen que avergonzarse por fuerza de sus propios elogios. Y aun cuando la alabanza se consiga por mérito, ¿cómo añade algo a la conciencia limpia del sabio que mide su bondad no por la reputación popular, sino por la verdad de su convicción interior? Y si acaso parece algo hermoso conseguir que esa misma fama se extienda, se sigue que no extenderla se considera vergonzoso. Pero si, como expuse hace poco, debe haber por fuerza muchas tribus y pueblos a los que no puede llegar la fama de ningún hombre en particular, se sigue que aquel a quien tú consideras glorioso parece completamente inglorio en un rincón vecino del mundo. En cuanto al favor popular, ni siquiera lo considero digno de mención en este punto, ya que nunca nace del juicio y nunca dura de manera estable.
Además, ¿quién no ve cuán vacía, cuán necia es la fama del nacimiento noble? Pues si la nobleza se basa en la reputación, la reputación es de otro. Porque, en verdad, la nobleza parece ser una especie de fama que viene de los méritos de los antepasados. Pero si es la alabanza la que trae la fama, necesariamente son quienes reciben la alabanza los que son famosos. Por tanto, la fama de otro no te reviste de esplendor si no tienes ninguno propio. Así que, si hay alguna excelencia en la nobleza de nacimiento, me parece que es solo esta: que parecería imponer a los nobles de nacimiento la obligación de no degenerar de la virtud de sus antepasados.
pues uno es el Padre de todos nosotros, uno provee para todos.
Él dio al sol sus rayos dorados, a la luna su cuerno de plata;
puso a la humanidad sobre la tierra, como las estrellas adornan los cielos.
Encerró un alma—un alma nacida del cielo—dentro del armazón del cuerpo;
el noble origen que dio, todo mortal puede reclamarlo.
¿Por qué presumís, entonces, tan alto de raza y elevado linaje ancestral?
Si contempláis la fuente de vuestro ser, y el designio supremo de Dios,
nadie es degenerado, nadie es vil, a menos que por mancha de pecado
y vicio acariciado mancille vilmente su origen celestial.
«Entonces, ¿qué diré de los placeres del cuerpo? Su deseo está lleno de inquietud; su satisfacción, de arrepentimiento. ¡Qué enfermedades, qué dolores intolerables suelen provocar en los cuerpos de quienes los disfrutan, como si fueran frutos de iniquidad! Ahora bien, qué dulzura pueda tener el estímulo del placer, no lo sé. Pero que los resultados del placer son dolorosos puede comprenderlo cualquiera que elija recordar la memoria de sus propios deseos carnales. Es más, si estos pueden crear felicidad, no hay razón por la que las bestias no deban ser también felices, puesto que todos sus esfuerzos se dirigen ansiosamente a satisfacer las necesidades corporales. Sé, en efecto, que la dulzura de la esposa y los hijos debería ser muy hermosa, pero demasiado fiel a la naturaleza es lo que se dijo de uno: que encontró en sus hijos a sus verdugos. Y cuán dolorosa sería semejante contingencia, debo recordártelo, ya que tú nunca has sufrido tales experiencias de ninguna manera, ni te encuentras ahora bajo inquietud alguna. En tal caso, coincido con mi servidor Eurípides, quien dijo que un hombre sin hijos era afortunado en su desgracia».
aguijonea a quienes la saquean;
y, como la alada trabajadora
que ha perdido su tesoro de miel,
ella vuela, pero deja su aguijón
clavado hondo en el corazón.
No hay duda, entonces, de que estos caminos no conducen a la felicidad; no pueden guiar a nadie hacia la meta prometida. Ahora mostraré muy brevemente qué males graves implica seguirlos. Piénsalo bien. ¿Es tu empeño amontonar dinero? Pues debes arrebatárselo a quien lo posee ahora. ¿Estás decidido a revestirte del esplendor de la dignidad oficial? Debes pedírselo a quienes tienen potestad para otorgarlo; tú, que ansías superar a otros en honores, debes rebajarte a la humilde postura de la súplica. ¿Anhelas el poder? Debes enfrentarte a peligros, pues estarás a merced de las intrigas de tus súbditos. ¿Es la gloria tu objetivo? Te arrastran por toda clase de penalidades, y se acaba tu paz interior. ¿Deseas llevar una vida de placer? Sin embargo, ¿quién no desprecia y menosprecia a quien es esclavo de la más débil y vil de las cosas: el cuerpo? Además, ¡en qué posesión tan frágil y perecedera se apoyan quienes se proponen como meta las excelencias corporales! ¿Podéis acaso superar al elefante en volumen o al toro en fuerza? ¿Podéis aventajar al tigre en velocidad? Contemplad la infinitud, la solidez, el movimiento veloz de los cielos, y dejad de una vez de admirar cosas mezquinas y sin valor. Y sin embargo, los cielos no deben admirarse tanto por esto como por la razón que los guía. Luego, ¡qué fugaz es el brillo de la belleza! ¡Qué pronto se va! Más efímero que el florecimiento pasajero de las flores primaverales. Y aun así, si, como dice Aristóteles, los hombres vieran con los ojos de Linceo, de modo que su mirada pudiera atravesar los obstáculos, ¿no parecería completamente repugnante aquel cuerpo de Alcibíades, tan gloriosamente hermoso en apariencia, cuando todas sus partes internas quedasen expuestas a la vista? Por tanto, no es tu propia naturaleza lo que te hace parecer hermoso, sino la debilidad de los ojos que te ven. Sin embargo, apreciad cuanto queráis y más de lo debido las excelencias de ese cuerpo; con tal de que sepáis que esto que admiráis, sea cual sea su valor, puede disolverse con la débil llama de una fiebre de tres días. De todas estas consideraciones podemos concluir en conjunto que estas cosas que no pueden cumplir las ventajas que prometen, que nunca se perfeccionan mediante la reunión de todos los bienes, ni conducen como atajos a la felicidad ni hacen a los hombres completamente felices por sí mismas.
conduce la Ignorancia a estos mortales miserables
de la senda misma de la Verdad.
Pues no en tallos frondosos
buscáis vosotros oro en el bosque verde,
ni despojáis la vid de gemas;
vuestras redes no tendéis
sobre las cimas de los montes, para que la mesa repleta
se provea de peces;
si deseáis perseguir
a la cabra saltarina, no rastreáis en vana búsqueda
la superficie agitada del océano.
Conocen las profundidades lejanas del mar,
cada rincón oculto donde las olas bañan
la perla blanca como la nieve;
dónde acecha la concha de Tiro,
dónde abundan peces y erizos espinosos,
todo esto lo saben muy bien.
Pero no saber ni importarles
dónde yace oculto el bien que todos los corazones desean:
esta ceguera pueden soportar;
con la mirada fija en la tierra,
buscan aquello que se extiende mucho más allá
del firmamento estrellado.
¿Qué maldición invocaré
sobre corazones tan torpes? ¡Que sigan la carrera
por riqueza y alto renombre!
Y cuando con mucho esfuerzo
hayan asido el falso bien —¡ah, entonces demasiado tarde!—
que disciernan el verdadero.
«Esto puede bastar para exponer la forma de la falsa felicidad; si ahora te resulta clara, el siguiente paso es mostrar qué es la verdadera felicidad».
«En efecto —dije—, veo con bastante claridad que ni la independencia se encuentra en la riqueza, ni el poder en la soberanía, ni la reverencia en las dignidades, ni la fama en la gloria, ni el verdadero gozo en los placeres».
«¿Has discernido también las causas de que esto sea así?».
«Me parece tener alguna idea, pero me gustaría aprender más ampliamente de ti».
«Pues, en verdad, la razón está muy a la mano. Aquello que es simple e indivisible por naturaleza, el error humano lo separa, y lo transforma de lo verdadero y perfecto a lo falso e imperfecto. ¿Imaginas que lo que no carece de nada puede necesitar poder?».
«Desde luego que no».
«Exacto; pues si hay alguna debilidad de fuerza en algo, en ello debe haber necesariamente necesidad de protección externa».
«Así es».
«Por consiguiente, la naturaleza de la independencia y el poder es una y la misma».
«Parece ser así».
«Bien, pero ¿crees que algo de tal naturaleza puede ser objeto de desprecio, o es más bien de todas las cosas la más digna de veneración?».
«No; no puede haber duda al respecto».
«Añadamos, pues, la reverencia a la independencia y al poder, y concluyamos que estos tres son uno».
«Debemos hacerlo si queremos reconocer la verdad».
«¿Piensas, entonces, que esta combinación de cualidades es oscura y carece de distinción, o más bien que es famosa en todo renombre? Considera esto: ¿puede carecer de renombre aquello que se ha acordado que no carece de nada, que es supremo en poder y muy digno de honor, por la razón de que no puede otorgarse esto a sí mismo, y así viene a parecer algo pobre en estima?».
«No puedo sino reconocer que, siendo lo que es, esta unión de cualidades es también muy famosa».
«Se sigue, entonces, que debemos admitir que el renombre no es diferente de los otros tres».
«Así es —dije».
«Entonces, aquello que no necesita nada fuera de sí mismo, que puede realizar todas las cosas con su propia fuerza, que disfruta de fama y suscita reverencia, ¿no debe también estar evidentemente plenamente coronado de gozo?».
«En verdad, no puedo concebir —dije— cómo puede encontrar entrada alguna tristeza en tal estado; por lo tanto, debo reconocer necesariamente que está lleno de gozo, al menos si nuestras conclusiones anteriores han de sostenerse».
«Entonces, por las mismas razones, también es necesario esto: que la independencia, el poder, el renombre, la reverencia y la dulzura del deleite son diferentes solo en nombre, pero en sustancia no difieren en nada unos de otros».
«Así es —dije».
«Esto, entonces, que es uno y simple por naturaleza, la perversidad humana lo separa, y, al intentar conseguir una parte de lo que no tiene partes, no logra alcanzar no solo esa porción (pues no hay porciones), sino también el todo, al cual ni siquiera sueña con aspirar».
«¿Cómo es eso? —dije».
«Quien, para escapar de la necesidad, busca riquezas, no se preocupa por el poder; prefiere una condición humilde y baja, y también se niega a sí mismo muchos placeres caros a la naturaleza para evitar perder el dinero que ha ganado. Pero de esta manera ni siquiera alcanza la independencia: un ser débil carente de fuerza, vejado por angustias, humilde y despreciado, y sepultado en la oscuridad. Aquel, a su vez, que solo tiene sed de poder, dilapida su riqueza, desprecia el placer, y considera tanto la fama como el rango carentes de valor sin el poder. Pero ves de cuántas maneras su estado también es defectuoso. A veces sucede que carece de lo necesario, que es corroído por ansiedades, y, puesto que no puede librarse de estos inconvenientes, incluso deja de tener ese poder que era su único fin y objetivo. De manera semejante podemos hacer el cálculo en el caso del rango, de la gloria o del placer. Pues como cada uno de estos por separado es idéntico a los demás, quien busca uno de ellos sin los otros ni siquiera se apodera de ese que constituye su objetivo».
«Bien —dije—, ¿y entonces qué?».
«Supongamos que alguien desea obtenerlos todos juntos, ciertamente desea la felicidad como un todo; pero ¿la encontrará en estas cosas que, como hemos probado, son incapaces de otorgar lo que prometen?».
«No; de ninguna manera —dije».
«Entonces, la felicidad ciertamente no debe buscarse en estas cosas que por separado se cree que proporcionan uno de los bienes más deseables».
«No debe, lo admito. Ninguna conclusión podría ser más verdadera».
«Así pues, la forma y las causas de la falsa felicidad están expuestas ante tus ojos. Ahora dirige tu mirada al otro lado; allí verás enseguida la verdadera felicidad que te prometí».
«Sí, en efecto, está claro hasta para un ciego —dije—. Lo señalaste incluso antes al procurar desplegar las causas de la falsa. Pues, a menos que me equivoque, esa es la felicidad verdadera y perfecta que corona a uno con la unión de independencia, poder, reverencia, renombre y gozo. Y para probarte con qué profunda intuición he escuchado: puesto que todos estos son lo mismo, sé que aquello que puede otorgar verdaderamente uno de ellos es sin duda la felicidad plena y completa».
«Dichoso eres tú, mi discípulo, en esta tu convicción; solo una cosa deberías añadir».
«¿Cuál es? —dije».
«¿Hay algo, piensas tú, en medio de estas cosas mortales y perecederas que pueda producir un estado tal como este?».
«No, ciertamente no; y esto lo has demostrado tan ampliamente que no hace falta ninguna palabra más».
«Pues bien, estas cosas parecen dar a los mortales sombras del verdadero bien, o algún tipo de bien imperfecto; pero el bien verdadero y perfecto no pueden otorgarlo».
«Así es —dije».
«Ya que, entonces, has aprendido qué es esa verdadera felicidad, y qué es lo que los hombres llaman falsamente felicidad, ahora queda que aprendas de qué fuente buscar esta».
«Sí; a esto he estado esperando con anhelo durante mucho tiempo».
«Bien, puesto que, como sostiene Platón en el "Timeo", debemos implorar la protección divina incluso en los asuntos más triviales, ¿qué piensas que debemos hacer ahora para merecer encontrar la sede de ese bien supremo?».
«Debemos invocar al Padre de todas las cosas —dije—; pues sin esto ninguna empresa parte de un comienzo correcto».
«Dices bien —dijo ella—; y acto seguido alzó su voz y cantó:
CANCIÓN IX.
INVOCACIÓN.
Hacedor de tierra y cielo, de edad en edad Que gobiernas el mundo por la razón; a cuya palabra El tiempo surge del abismo de la eternidad: Para todo lo que se mueve la fuente del movimiento, fijo Tú mismo e inmóvil. Ninguna causa te impulsó Extrínseca a dar forma a este marco proporcionado De materia sin forma; sino que, profundamente asentada dentro De tu ser más íntimo, la forma del bien perfecto, Libre de envidia; y moldeaste el todo Conforme a ese modelo superno. Hermoso Es el mundo así representado en ti, siendo tú mismo
El más hermoso. Así formaste la obra A esa bella semejanza, ordenándole revestirse De perfección mediante la exquisita perfección Del artificio de cada parte. Tú unes Los elementos en equilibrada armonía, De modo que lo cálido y lo frío, lo húmedo y lo seco, No contiendan; ni el fuego puro que salta hacia arriba Escape, o el peso de las aguas sumerja la tierra.
Tú unes y difundes por el todo, Enlazando concordantemente sus diversas partes, Un alma de naturaleza triple, moviendo todo. Esta, hendida en dos, y reunida en dos círculos, Avanza en un camino que retorna sobre sí mismo, Abarcando los límites de la mente, y conforma Los cielos a su verdadera semblanza. Almas menores Y vidas menores por semejante ordenamiento Envías, fijando cada una a su carro estelar, Y las esparces a lo lejos Por tierra y cielo. A estas por una ley benigna Les ordenas volver de nuevo, y devolver A ti sus fuegos. Oh, concede, Padre todopoderoso, Concédenos remontar con alas de la razón A la altura excelsa del cielo; concédenos ver La fuente del bien; concédenos, hallada la verdadera luz, Fijar nuestros ojos firmes en visión clara En ti. Dispersa las densas nieblas de la tierra, Y resplandece en tu propio esplendor. Pues tú eres La verdadera serenidad y perfecto descanso De toda alma piadosa: ver tu rostro, El fin y el principio; Uno el guía, El viajero, el camino y la meta.
«Puesto que ahora has visto cuál es la forma del bien imperfecto, y cuál también la del perfecto, creo que debería mostrarte a continuación de qué manera se constituye esta perfección de la felicidad. Y aquí considero apropiado indagar, en primer lugar, si puede existir en la naturaleza de las cosas alguna excelencia tal como has definido hace poco, no sea que nos engañe una ficción vacía del pensamiento a la que no corresponde ninguna realidad verdadera. Pero no se puede negar que tal cosa existe, y es, por así decirlo, la fuente de todas las cosas buenas. Porque todo lo que se llama imperfecto se dice imperfecto por razón de la privación de alguna perfección; así sucede que, siempre que se encuentra imperfección en algo particular, debe haber necesariamente también una perfección respecto de ese algo particular. Pues si no existiera tal perfección, es absolutamente inconcebible cómo llegaría a existir esa llamada imperfección. La naturaleza no comienza con cosas mutiladas e imperfectas; arranca de lo completo y perfecto, y luego decae en estas producciones débiles e inferiores. Así que si existe, como mostramos antes, una felicidad de tipo frágil e imperfecto, no cabe dudar de que existe también una felicidad sustancial y perfecta.»
«Muy cierta es tu conclusión, y muy segura», dije yo.
«A continuación, considera dónde puede estar la morada de esta felicidad. La creencia común de toda la humanidad concuerda en que Dios, el supremo de todas las cosas, es bueno. Pues ya que nada puede imaginarse mejor que Dios, ¿cómo podemos dudar de que sea bueno aquel que no tiene nada superior? Ahora bien, la razón muestra que Dios es bueno de tal modo que prueba que en él está el bien perfecto. Pues si no fuera así, no sería el supremo de todas las cosas; habría algo más excelente, poseedor del bien perfecto, que parecería tener ventaja en prioridad y dignidad, ya que ha quedado claramente demostrado que todas las cosas perfectas son anteriores a las menos completas. Por tanto, para no caer en una regresión infinita, debemos reconocer que el Dios supremo está lleno del bien supremo y perfecto. Pero hemos determinado que la verdadera felicidad es el bien perfecto; por tanto, la verdadera felicidad debe residir en la Divinidad suprema.»
«Acepto tus razonamientos», dije yo; «de ningún modo pueden discutirse.»
«Pero, vamos, mira qué estricta e incontrovertiblemente puedes probar esta nuestra afirmación de que la Divinidad suprema posee plenamente el bien más alto.»
«¿De qué manera, por favor?», dije yo.
«No supongas precipitadamente que aquel que es el Padre de todas las cosas ha recibido ese bien supremo del que se dice que está en posesión, o bien de alguna fuente externa, o lo tiene como una dotación natural de tal modo que pudieras considerar la esencia de la felicidad poseída, y la del Dios que la posee, distintas y diferentes. Pues si consideras que lo ha recibido de fuera, puedes estimar que lo que da es más excelente que lo que ha recibido. Pero a él le reconocemos muy dignamente como el más supremamente excelente de todas las cosas. Si, sin embargo, está en él por naturaleza, pero es lógicamente distinto, el pensamiento es inconcebible, puesto que estamos hablando de Dios, que es supremo de todas las cosas. ¿Quién hubo para unir estas esencias distintas? Finalmente, cuando una cosa es diferente de otra, las cosas concebidas así como distintas no pueden ser idénticas. Por tanto, aquello que por su propia naturaleza es distinto del bien supremo no es en sí mismo el bien supremo —un pensamiento impío acerca de aquel que, es evidente, nada puede ser más excelente—. Porque universalmente nada puede ser mejor en naturaleza que la fuente de la cual ha provenido; por tanto, con fundamentos muy verdaderos de razón concluiría yo que aquello que es la fuente de todas las cosas es en su propia esencia el bien supremo.»
«Y muy justamente», dije yo.
«Pero se ha admitido que el bien supremo es la felicidad.»
«Sí.»
«Entonces», dijo ella, «es necesario reconocer que Dios es la felicidad misma.»
«Sí», dije yo; «no puedo contradecir mis admisiones anteriores, y veo claramente que esta es una inferencia necesaria de ellas.»
«Reflexiona, también», dijo ella, «si la misma conclusión no queda confirmada además al considerar que no puede haber dos bienes supremos distintos el uno del otro. Pues los bienes que son diferentes claramente no pueden ser cada uno por separado lo que es el otro: por tanto ninguno de los dos puede ser perfecto, puesto que a cada uno le falta el otro; pero ya que no es perfecto, manifiestamente no puede ser el bien supremo. De ningún modo, entonces, pueden los bienes que son supremos ser diferentes el uno del otro. Pero hemos concluido que tanto la felicidad como Dios son el bien supremo; por tanto, lo que es la Divinidad más alta debe ser también necesariamente la felicidad suprema.»
«Ninguna conclusión», dije yo, «podría ser más verdadera en cuanto al hecho, ni más sólidamente razonada, ni más digna de Dios.»
«Entonces, además», dijo ella, «del mismo modo que los geómetras acostumbran sacar inferencias de sus demostraciones a las que dan el nombre de "deducciones", así añadiré aquí una suerte de corolario. Pues ya que los hombres se hacen felices por la adquisición de la felicidad, mientras que la felicidad es la Divinidad misma, es manifiesto que se hacen felices por la adquisición de la Divinidad. Pero así como por la adquisición de la justicia los hombres se hacen justos, y sabios por la adquisición de la sabiduría, así por paridad de razonamiento, al adquirir la Divinidad deben necesariamente hacerse dioses. De modo que todo hombre que es feliz es un dios; y aunque por naturaleza Dios es uno solo, sin embargo nada impide que muchos sean dioses por participación en esa naturaleza.»
«Una conclusión hermosa, y una preciosa», dije yo, «deducción o corolario, cualquiera que sea el nombre con que quieras llamarla.»
«Y sin embargo», dijo ella, «no un ápice más hermosa que esta otra que la razón nos persuade a añadir.»
«¿Por qué, cuál?», dije yo.
«Pues bien, ya que la felicidad tiene muchos particulares incluidos bajo ella, ¿deberían todos estos considerarse como formando un cuerpo de felicidad, por así decirlo, compuesto de varias partes, o hay alguno de ellos que forme la esencia plena de la felicidad, mientras que todos los demás se relacionan con este?»
«Quisiera que me expusieras todo el asunto con amplitud.»
«Juzgamos que la felicidad es buena, ¿no es así?»
«Sí, el bien supremo.»
«Y este superlativo se aplica a todo; pues esta misma felicidad es juzgada como la independencia más completa, el poder más alto, la reverencia, el renombre y el placer.»
«¿Y qué entonces?»
«¿Son todos estos bienes —independencia, poder y el resto— considerados como miembros de la felicidad, por así decirlo, o se relacionan todos con el bien como con su cima y corona?»
«Entiendo el problema, pero deseo oír cómo lo resolverías tú.»
«Pues bien, entonces, escucha la determinación del asunto. Si todos estos fueran miembros que componen la felicidad, diferirían entre sí por separado. Pues esta es la naturaleza de las partes —que por su diferencia componen un cuerpo—. Pero todos estos han quedado probados como lo mismo; por tanto no pueden ser posiblemente miembros, de otro modo la felicidad parecería estar construida a partir de un solo miembro, lo cual no puede ser.»
«No puede haber duda sobre eso», dije yo; «pero estoy impaciente por oír lo que resta.»
«Pues bien, es manifiesto que todos los demás se relacionan con el bien. Por la razón misma de que se busca la independencia es que se juzga buena, y también el poder, porque se cree que es bueno. Lo mismo también puede suponerse de la reverencia, del renombre y del placer agradable. El bien, entonces, es la suma y fuente de todas las cosas deseables. Lo que no tiene en sí mismo ningún bien, ni en realidad ni en apariencia, de ningún modo puede ser deseado. Por el contrario, incluso las cosas que por naturaleza no son buenas son deseadas como si fueran verdaderamente buenas, si parecen serlo. Por lo cual sucede que la bondad es justamente creída como la suma y el eje y la causa de todas las cosas deseables. Ahora bien, aquello por cuya causa se desea algo parece ser en sí mismo lo más deseado. Por ejemplo, si alguien desea cabalgar por causa de la salud, no desea tanto el ejercicio de cabalgar como el beneficio de su salud. Puesto que, entonces, todas las cosas se buscan por causa del bien, no son tanto estas como el bien mismo lo que es buscado por todos. Pero aquello por cuya causa se desean todas las demás cosas era, según acordamos, la felicidad; por lo cual también así aparece que es la felicidad sola la que se busca. De todo lo cual resulta transparentemente claro que la esencia del bien absoluto y de la felicidad es una y la misma.»
«No puedo ver cómo alguien puede disentir de estas conclusiones.»
«Pero también hemos probado que Dios y la verdadera felicidad son uno y lo mismo.»
«Sí», dije yo.
«Entonces podemos concluir con seguridad, también, que la esencia de Dios reside en el bien absoluto, y en ningún otro lugar.»
ata la lujuria con cadenas rosadas,
la lujuria que obliga duramente a la esclavitud
a las almas terrenales que son su morada.
Aquí estará el fin de vuestro trabajo;
aquí vuestro puerto de reposo.
Venid, acudid a vuestro único refugio;
abierto está de par en par para toda aflicción.
Ni el destello del oro amarillo
que rueda por la brillante corriente del Hermo;
ni las arenas preciosas del Tajo,
ni en lejanas tierras abrasadoras
todas las gemas radiantes que se ocultan
bajo la célebre corriente del Indo,
verde esmeralda y blanco resplandeciente,
pueden iluminar nuestra débil vista;
sino que más bien dejan la mente
ciega en su oscuridad nativa.
Pues los más bellos rayos que emiten
fueron alimentados en las profundidades más bajas de la tierra;
pero el esplendor que proporciona
fuerza y vigor a los cielos,
y que gobierna el universo,
rehúye las almas oscuras y arruinadas.
Quien una vez haya visto esta luz
no llamará brillante al rayo de sol.
—Estoy completamente de acuerdo —dije—, verdaderamente todos tus razonamientos encajan admirablemente.
Entonces dijo ella: —¿Qué valor le concederías a la gracia de llegar al conocimiento del bien absoluto?
—Oh, uno infinito —dije—, si tan bendecido fuese de poder también aprender a conocer a Dios, que es el bien.
—Sin embargo, esto te lo aclararé mediante los fundamentos más verdaderos de la razón, con tal de que se mantengan firmes nuestras conclusiones recientes.
—Así será.
—¿No hemos demostrado que aquellas cosas que la mayoría de los hombres desean no son el bien verdadero y perfecto precisamente por esta causa: que difieren por separado una de otra y, puesto que a una le falta otra, no pueden otorgar el bien pleno y absoluto; pero que se convierten en el bien verdadero cuando se reúnen, por así decirlo, en una única forma y acción, de modo que lo que es independencia es igualmente poder, reverencia, renombre y deleite placentero, y a menos que sean todas una y la misma cosa, no tienen derecho a ser contadas entre las cosas deseables?
—Sí; esto quedó claramente probado, y no puede dudarse de ningún modo.
—Ahora bien, cuando las cosas están lejos de ser buenas mientras son diferentes, pero se vuelven buenas tan pronto como son una, ¿no es cierto que se hacen buenas al adquirir la unidad?
—Así parece —dije.
—¿Pero no admites que todo lo que es bueno es bueno por participación en la bondad?
—Así es.
—Entonces, debes admitir sobre fundamentos similares que la unidad y la bondad son lo mismo; pues cuando los efectos de las cosas en su funcionamiento natural no difieren, su esencia es una y la misma.
—No hay modo de negarlo.
—Ahora bien —dijo ella—, ¿sabes que todo lo que es permanece y subsiste mientras continúa siendo uno, pero tan pronto como deja de ser uno perece y se desintegra?
—¿De qué manera?
—Pues bien, toma a los animales, por ejemplo. Cuando el alma y el cuerpo se juntan y continúan en uno, esto es, decimos, una criatura viviente; pero cuando esta unidad se rompe por la separación de estos dos, la criatura muere, y claramente ya no está viva. El cuerpo también, mientras permanece en una forma mediante la unión de sus miembros, presenta una apariencia humana; pero si la separación y dispersión de las partes rompen la unidad del cuerpo, deja de ser lo que era. Y si extendemos nuestro examen a todas las demás cosas, sin duda aparecerá manifiestamente que cada cosa subsiste mientras es una, pero cuando deja de ser una perece.
—Sí; cuando lo considero más, veo que es tal como dices.
—Bien, ¿hay algo —dijo ella— que, en la medida en que actúa conforme a la naturaleza, abandone el deseo de vivir y desee llegar a la muerte y la corrupción?
—Atendiendo a las criaturas vivientes, que tienen ciertas facultades de elección, no encuentro ninguna que, sin compulsión externa, renuncie a la voluntad de vivir y se apresure por propia voluntad hacia la destrucción. Pues toda criatura persigue diligentemente el fin de la autopreservación, y huye de la muerte y la destrucción. En cuanto a las hierbas y los árboles, y las cosas inanimadas en general, estoy completamente en duda sobre qué pensar.
—Y sin embargo, tampoco hay posibilidad de duda sobre esto, ya que ves cómo las hierbas y los árboles crecen en lugares adecuados para ellos, donde, en la medida en que su naturaleza lo admite, no pueden marchitarse y morir rápidamente. Algunos brotan en las llanuras, otros en las montañas; algunos crecen en los pantanos, otros se aferran a las rocas; y otros, de nuevo, encuentran un suelo fértil en las arenas estériles; y si intentas trasplantarlos a otro lugar, se marchitan. La naturaleza da a cada uno el suelo que le conviene, y emplea su diligencia para evitar que ninguno de ellos muera, mientras sea posible que continúen vivos. ¿Por qué todos extraen su nutrición de raíces como de una boca sumergida en la tierra, y distribuyen la corteza fuerte sobre la médula? ¿Por qué todas las partes más blandas como la médula están profundamente encerradas dentro, mientras que las partes externas tienen la textura fuerte de la madera, y en el exterior de todo está la corteza para resistir la inclemencia del tiempo, como un campeón robusto en resistencia? De nuevo, ¡cuán grande es la diligencia de la naturaleza para asegurar la propagación universal mediante la multiplicación de la semilla! ¿Quién no sabe que todos estos son artificios, no solo para el mantenimiento presente de una especie, sino para su continuidad duradera, generación tras generación, por siempre? ¿Y no buscan también las cosas consideradas inanimadas, sobre fundamentos similares de razón, cada una lo que le es propio? ¿Por qué las llamas se disparan ligeramente hacia arriba, mientras que la tierra presiona hacia abajo con su peso, si no es porque estos movimientos y situaciones son adecuados a sus respectivas naturalezas? Además, cada cosa es preservada por lo que es conforme a su naturaleza, tal como es destruida por las cosas hostiles. Las cosas sólidas como las piedras resisten la desintegración mediante la adhesión estrecha de sus partes. Las cosas fluidas como el aire y el agua ceden fácilmente a lo que las divide, pero fluyen rápidamente de vuelta y se mezclan con aquellas partes de las que han sido separadas, mientras que el fuego, de nuevo, se niega a ser cortado en absoluto. Y no estamos tratando ahora de los movimientos voluntarios de un alma inteligente, sino de la tendencia de la naturaleza. Del mismo modo es que digerimos nuestra comida sin pensar en ello, y aspiramos nuestro aliento inconscientemente mientras dormimos; más aún, incluso en las criaturas vivientes el amor a la vida no viene de la voluntad consciente, sino de los principios de la naturaleza. Pues a menudo en el apremio de las circunstancias la voluntad elige la muerte de la que la naturaleza se retrae; y contrariamente, a pesar del apetito natural, la voluntad refrena esa obra de reproducción por la cual únicamente se mantiene la persistencia de las criaturas perecederas. Así de enteramente proviene este amor a sí mismo de la tendencia de la naturaleza, no del impulso animal. La Providencia ha dotado a las cosas con esta razón más convincente para la continuidad: deben desear la vida, mientras sea naturalmente posible para ellas continuar viviendo. Por lo tanto, de ninguna manera puedes dudar sino que las cosas buscan naturalmente la continuidad de la existencia, y huyen de la destrucción.
—Confieso —dije— que lo que hace poco pensaba incierto, ahora lo percibo como indubitablemente claro.
—Ahora bien, lo que busca subsistir y continuar desea ser uno; pues si su unidad se pierde, su misma existencia no puede continuar.
—Cierto —dije.
—Todas las cosas, entonces, desean ser una.
—Estoy de acuerdo.
—Pero hemos probado que uno es exactamente lo mismo que el bien.
—Así es.
—Todas las cosas, entonces, buscan el bien; de hecho, puedes expresar el hecho definiendo el bien como aquello que todos desean.
—Nada podría estar pensado con mayor verdad. O bien no hay un único fin al que todas las cosas sean relativas, o bien el fin hacia el cual todas las cosas se apresuran universalmente debe ser el bien supremo de todas.
Entonces ella: —Excesivamente me regocijo, querido discípulo; tu ojo está ahora fijado en la marca misma central de la verdad. Además, aquí se revela eso de lo que antes profesabas ignorancia.
—¿Qué es eso? —dije.
—El fin y objetivo del universo entero. Ciertamente es aquello que es deseado por todos; y, puesto que hemos concluido que el bien es tal, debemos reconocer que el fin y objetivo del universo entero es «el bien».
sus pasos atentos quiere guardar,
con luz interior debe buscar adentro
en meditación profunda;
todo impulso exterior debe reprimir
para poseer el verdadero tesoro de su alma.
Entonces todo lo que las brumas del error oscurecieron
resplandecerá más claro que la luz,
el peso del olvido de esta forma carnal
no ha extinguido del todo la razón;
los gérmenes de la verdad aún yacen dentro,
de donde por el aprendizaje todos podemos obtener.
Pues, ¿cómo podríais dar la respuesta debida
sin enseñanza a las preguntas,
si no fuera que en lo profundo del alma
viven las chispas secretas de la verdad?
Si la enseñanza de Platón no yerra,
sólo aprendemos lo que hemos olvidado.
Entonces dije: «De todo corazón estoy de acuerdo con Platón; de hecho, esta es ya la segunda vez que estas cosas vuelven a mi memoria: primero las perdí por el contacto obstructor del cuerpo; después, por la presión de un dolor abrumador».
Entonces ella continuó: «Si reflexionas sobre tus admisiones anteriores, no pasará mucho tiempo antes de que también recuerdes aquello de lo que antes confesaste ser ignorante».
«¿Qué es eso?», dije.
«Los principios del gobierno del mundo», dijo ella.
«Sí, recuerdo mi confesión, y aunque ahora anticipo lo que pretendes, tengo el deseo de oír el argumento expuesto claramente».
«Hace un momento considerabas fuera de toda duda que Dios gobierna el mundo».
«No lo considero dudoso ahora, ni lo consideraré jamás; y expondré brevemente las razones por las que me siento seguro de ello. Este mundo nunca habría podido tomar forma como un sistema único a partir de elementos tan diversos y opuestos si no existiera Uno que une estas cosas tan diversas. Y una vez unido, la diversidad misma de las naturalezas lo habría separado y desgarrado en una discordia universal si no existiera Uno que mantiene unido lo que Él ha juntado. Ni el orden de la naturaleza procedería tan regularmente, ni su curso podría exhibir movimientos tan fijos en cuanto a posición, tiempo, alcance, eficacia y carácter, a menos que existiera Uno que, permaneciendo Él mismo inmutable, dispone estas diversas vicisitudes del cambio. A este poder, sea lo que sea, mediante el cual las cosas permanecen como fueron creadas y se mantienen en movimiento, lo llamo con el nombre que todos reconocen: Dios».
Entonces dijo ella: «Siendo tal tu creencia, me costará poco trabajo, creo, permitirte alcanzar la felicidad y regresar a salvo a tu propia patria. Pero prestemos atención a la tarea que nos hemos propuesto. ¿No hemos contado la independencia en la categoría de la felicidad, y acordado que Dios es la felicidad absoluta?».
«Así es».
«Entonces, Él no necesitará ninguna asistencia externa para gobernar el mundo. De lo contrario, si tiene necesidad de algo, no poseerá independencia completa».
«Eso es necesariamente así», dije.
«Entonces, por su propio poder únicamente dispone todas las cosas».
«No puede negarse».
«Ahora bien, se demostró que Dios es el bien absoluto».
«Sí, lo recuerdo».
«Entonces, Él dispone todas las cosas mediante la acción del bien, si es cierto que gobierna todas las cosas por su propio poder, Él a quien hemos acordado que es bueno; y Él es, por así decirlo, el timón y el gobernalle mediante el cual el mecanismo del mundo se mantiene firme y ordenado».
«De todo corazón estoy de acuerdo; y, de hecho, anticipé lo que dirías, aunque quizá solo en débil conjetura».
«Bien lo creo», dijo ella; «porque, según pienso, ahora traes a la búsqueda ojos más ágiles para discernir la verdad; pero lo que diré a continuación no es menos claro y fácil de ver».
«¿Qué es?», dije.
«Pues bien», dijo ella, «puesto que se cree con razón que Dios gobierna todas las cosas con el timón de la bondad, y puesto que todas las cosas, como te he enseñado, se apresuran igualmente hacia el bien por el propósito mismo de la naturaleza, ¿puede dudarse de que su gobierno es aceptado voluntariamente, y de que todas se someten al dominio del Ordenador como conformadas y templadas a su regla?».
«Necesariamente», dije; «ningún gobierno parecería feliz si fuera un yugo impuesto sobre voluntades reacias, y no la salvaguarda de súbditos obedientes».
«No hay nada, entonces, que, mientras sigue a la naturaleza, se esfuerce por resistir el bien».
«No, nada».
«Pero si algo lo intentara, ¿tendría el menor éxito contra Aquel que con razón acordamos ser el Señor supremo de la felicidad?».
«Sería completamente impotente».
«No hay nada, entonces, que tenga la voluntad o el poder de oponerse a este bien supremo».
«No, creo que no».
«Así pues», dijo ella, «es el bien supremo el que gobierna con fortaleza y dispone graciosamente todas las cosas».
Entonces dije: «¡Cuánto me deleitan tus razonamientos y la conclusión a la que los has llevado, pero sobre todo estas mismas palabras que empleas! Ahora me avergüenzo al fin de la insensatez que tanto me atormentó».
«Has oído la historia de los gigantes asaltando el cielo; pero una fuerza benéfica también dispuso de ellos, como merecían. Pero ¿someteremos nuestros argumentos al choque de la colisión mutua? Quizá del impacto pueda surgir alguna hermosa chispa de verdad».
«Si es tu voluntad», dije.
«Nadie puede dudar de que Dios es todopoderoso».
«Nadie en absoluto puede cuestionarlo si piensa con coherencia».
«Ahora bien, no hay nada que Uno que es todopoderoso no pueda hacer».
«Nada».
«Pero ¿puede Dios hacer el mal, entonces?».
«No, de ninguna manera».
«Entonces, el mal no es nada», dijo ella, «puesto que Aquel para quien nada es imposible es incapaz de hacer el mal».
«¿Te estás burlando de mí», dije, «tejiendo un laberinto de argumentos enmarañados, pareciendo ahora comenzar donde terminaste, y ahora terminar donde comenzaste, o construyes algún maravilloso círculo de simplicidad Divina? Porque, en verdad, hace poco comenzaste con la felicidad, y dijiste que era el bien supremo, y declaraste que reside en la Divinidad suprema. A Dios mismo, también, afirmaste que es el bien supremo y la felicidad completa; y a partir de esto añadiste, como de paso, la prueba de que nadie sería feliz a menos que fuera igualmente Dios. Nuevamente, dijiste que la forma misma del bien era la esencia tanto de Dios como de la felicidad, y enseñaste que el Uno absoluto era el bien absoluto que busca la naturaleza universal. Sostuviste, además, que Dios gobierna el universo mediante el gobierno de la bondad, que todas las cosas le obedecen voluntariamente, y que el mal no tiene existencia en la naturaleza. Y todo esto lo desarrollaste sin ayuda de supuestos externos, sino mediante pruebas inherentes y propias, obteniendo credibilidad una de la otra».
Entonces respondió ella: «Lejos de mí burlarme de ti; antes bien, por la bendición de Dios, a quien hace poco nos dirigimos en oración, hemos logrado el más importante de todos los objetivos. Porque tal es la forma de la esencia Divina, que ni puede pasar a cosas externas ni admitir nada externo en sí misma; sino que, como dice Parménides de ella,
«"En cuerpo semejante a una esfera perfectamente redondeada por todos lados",
hace girar el orbe inquieto del universo, manteniéndose ella misma inmóvil. Y si también he empleado razonamientos no extraídos del exterior, sino que yacen dentro del ámbito de nuestro tema, no hay motivo para que te maravilles, puesto que has aprendido por autoridad de Platón que las palabras deben estar emparentadas con la materia de la que tratan».
junto a la fuente del bien;
dichoso aquel cuya voluntad pudo romper
las cadenas de la tierra por amor a la sabiduría.
El bardo tracio, se dice,
lloraba a su amada consorte muerta;
al oír la quejumbrosa melodía
los bosques se movían tras él,
y el arroyo cesaba de fluir,
retenido por tan suave dolor;
el ciervo sin temor
yacía junto al león;
el sabueso, sometido por el canto,
ya no perseguía a la liebre,
pero el tormento no aplacado
rugía en su propio pecho.
La música que podía calmar
todo lo demás no le traía bálsamo.
Reprendiendo a los poderes inmortales,
llegó hasta el portal del Infierno;
allí exhaló todas las cosas tiernas
sobre sus cuerdas sonoras,
cada rapsodia elevada
que su diosa madre le enseñó—
todo lo que pudo tomar del dolor
y el amor redoblando la pena,
hasta que, cuando los ecos despiertan,
todo Ténaro se estremece;
mientras persuade a la compasión
al monarca de las sombras
con dulce plegaria. Hechizado,
el perro de tres cabezas
ante sonidos tan extrañamente dulces
cae agachado a sus pies.
Las temibles Vengadoras, también,
que persiguen las mentes culpables
con temores siempre acechantes,
se disuelven todas en lágrimas.
Ixión, en su rueda,
siente un breve respiro;
pues, he aquí, la rueda se detiene.
Y, mientras resuenan esas notas tristes,
Tántalo enloquecido de sed
escucha, olvidado
de la burla del arroyo
y su larga agonía.
El buitre, también, cesa
por un breve momento de desgarrar
el costado abierto de Ticio,
saciado y apaciguado.
Al fin el rey sombrío,
compadeciendo sus penas,
gritó: «¡Ha prevalecido!
¡Le devolvemos a su esposa!
A él pertenecerá,
como recompensa de su canto.
Una sola condición, sin embargo,
se impone al don:
Que no vuelva sus ojos
para ver su premio duramente ganado,
hasta que pasen con seguridad
las puertas del Infierno». ¡Ay!
¿Qué ley puede mover a los amantes?
¡Una ley más alta es el amor!
Pues Orfeo—¡ay de mí!—
sobre su Eurídice—
casi alcanzado el umbral del día—
miró, perdió, y quedó deshecho.
Vosotros que perseguís la luz,
esta historia es para vosotros,
que buscáis hallar un camino
hacia el día más claro.
Si sobre la oscuridad pasada
una mirada atrás arrojáis,
vuestros ojos débiles y errantes
han perdido el premio sin igual.
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