Parte 5Ejemplos 39-51: la fortuna y la salvación
Ejemplo 39Lo que le ocurrió a un hombre con un gorrión y con una golondrina
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta guisa:
—Patronio, yo no puedo excusar de ninguna manera tener contienda con uno de dos vecinos que yo tengo, y ocurre así: que el más vecino mío no es tan poderoso, y el que es más poderoso, no es tanto mi vecino. Y ahora te ruego que me aconsejes lo que haga en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, para que sepáis en esto lo que más os conviene, sería bien que supierais lo que le ocurrió a un hombre con un gorrión y con una golondrina.
El conde le preguntó que cómo fuera aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre era enfermizo y sufría gran molestia con el ruido de las voces de las aves y rogó a un amigo suyo que le diese algún consejo; que no podía dormir por el ruido que le hacían los gorriones y las golondrinas.
Y aquel su amigo le dijo que de todos no lo podía librar, pero que él sabía un conjuro con el que lo libraría de uno de ellos: o del gorrión o de la golondrina.
Y aquel que estaba enfermo le respondió que aunque la golondrina da mayores voces, pero porque la golondrina va y viene y el gorrión mora siempre en casa, que antes querría soportar el ruido de la golondrina, aunque es mayor porque va y viene, que el del gorrión, porque está siempre en casa.
Y vos, señor conde, aunque aquel que mora más lejos es más poderoso, os aconsejo yo que tengáis antes contienda con él, que no con el que os está más cerca, aunque no sea tan poderoso.
El conde tuvo esto por buen consejo, e hízolo así y se halló bien de ello.
Y porque don Juan se complació de este ejemplo, hízolo poner en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Si de toda manera contienda hubieres de tener,
toma la del más lejos, aunque tenga más poder.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 40Lo que le ocurrió a un senescal de Carcasona
Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, y le dijo:
—Patronio, porque yo sé que la muerte no se puede evitar, querría hacer de manera que después de mi muerte, dejase alguna cosa señalada que quedase por mi alma y que quedase para siempre, porque todos supieran que yo hice aquella obra. Y te ruego que me aconsejes de qué manera lo podría hacer mejor.
—Señor conde —dijo Patronio—, aunque el bien hacer de cualquier manera o por cualquier intención que se haga siempre el bien hacer es bien, pero para que vos supierais cómo se debe hacer lo que el hombre hace por su alma y con qué intención, me placería mucho que supierais lo que le ocurrió a un senescal de Carcasona.
El conde le preguntó cómo fuera aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un senescal de Carcasona enfermó. Y desde que entendió que no podía escapar, envió por el prior de los frailes predicadores y por el guardián de los frailes menores, y ordenó con ellos el negocio de su alma. Y mandó que luego que él fuese muerto, que ellos cumpliesen todo aquello que él mandaba.
Y ellos lo hicieron así. Y él había mandado mucho por su alma. Y porque fue tan bien cumplido y tan pronto, estaban los frailes muy satisfechos y con muy buena intención y buena esperanza de su salvación.
Sucedió que al cabo de pocos días, que fue una mujer endemoniada en la villa, y decía muchas cosas maravillosas, porque el diablo, que hablaba en ella, sabía todas las cosas hechas y aun las dichas.
Cuando los frailes en que dejara el senescal el asunto de su alma supieron las cosas que aquella mujer decía, tuvieron por bien ir a verla, para preguntarle si sabía alguna cosa del alma del senescal; y lo hicieron. Y luego que entraron por la casa donde estaba la mujer endemoniada, antes de que ellos le preguntasen ninguna cosa, les dijo ella que bien sabía por qué venían, y que supiesen que aquella alma por la que ellos querían preguntar, que muy poco hacía que se había apartado de ella y la había dejado en el Infierno.
Cuando los frailes esto oyeron, le dijeron que mentía; pues cierto era que él había sido muy bien confesado y había recibido los sacramentos de Santa Iglesia, y pues la fe de los cristianos era verdadera, que no podía ser verdad lo que ella decía.
Y ella les dijo que sin duda la fe y la ley de los cristianos toda era verdadera, y si él hubiera muerto e hiciera lo que debe hacer el que es verdadero cristiano, que salva fuera su alma; pero él no hizo como verdadero ni buen cristiano, pues aunque mucho mandó hacer por su alma, no lo hizo como debía ni tuvo buena intención, pues él mandó cumplir aquello después que fuese muerto, y su intención era que si muriese, que lo cumpliesen; pero si viviese, que no hiciesen nada de ello; y lo mandó cumplir después que muriese, cuando no lo podía tener ni llevar consigo; y asimismo, lo dejaba porque quedase de él fama para siempre de lo que hiciera, para que tuviese fama de las gentes y del mundo. Y por ende, aunque él hizo buena obra, no la hizo bien, pues Dios no recompensa solamente las buenas obras, sino que recompensa las que se hacen bien. Y este hacer bien está en la intención, y porque la intención del senescal no fue buena, pues fue cuando no debía ser hecha, por ende no tuvo de ella buen galardón.
Y vos, señor conde, pues me pedís consejo, os digo que según mi parecer, el bien que quisierais hacer, que lo hagáis en vuestra vida. Y para que tengáis de ello buen galardón, conviene que, lo primero, que deshagáis los agravios que habéis hecho: pues poco valdría robar el carnero y dar los pies por amor de Dios. Y a vos poco os valdría tener mucho robado y tomado a tuerto, y hacer limosnas de lo ajeno. Y más, para que la limosna sea buena, conviene que haya en ella estas cinco cosas: la una, que se haga de lo que el hombre tuviere de buena parte; la otra, que la haga estando en verdadera penitencia; la otra, que sea tanta, que sienta el hombre alguna mengua por lo que da, y que sea cosa de la que se duela el hombre; la otra, que la haga en su vida; la otra, que la haga el hombre simplemente por Dios y no por vanagloria ni por ufanía del mundo. Y, señor, haciéndose estas cinco cosas, serían todas las buenas obras y limosnas bien cumplidas, y tendría el hombre de todas muy gran galardón; pero vos ni otro ninguno que tan cumplidamente no las pudiese hacer, no debe por eso dejar de hacer buenas obras, pensando que pues no las hace en las cinco maneras que son dichas, que no le sirve de provecho hacerlas; pues esta sería muy mala razón y sería como desesperación; pues cierto es que de cualquier manera que el hombre haga bien, que siempre es bien; pues las buenas obras sirven al hombre para salir de pecado y venir a penitencia y a la salud del cuerpo, y a que sea rico y honrado, y que tenga buena fama de las gentes, y para todos los bienes temporales. Y así, todo bien que el hombre haga con cualquier intención siempre es bueno, pero sería muy mejor para salvación y aprovechamiento del alma guardando las cinco cosas dichas.
El conde tuvo que era verdad lo que Patronio le decía y puso en su corazón hacerlo así, y rogó a Dios que lo guiase para poder hacerlo en la manera que Patronio le decía.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Haz bien y con buena intención en tu vida,
si quieres alcanzar la gloria cumplida.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 41Lo que le ocurrió a un rey moro de Córdoba que añadió un agujero a un albogón
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, vos sabéis que yo soy muy gran cazador y he inventado muchas técnicas de caza que nunca hizo otro hombre. Y además he hecho y añadido en las pihuelas y en los capirotes algunas cosas muy provechosas que nunca fueron hechas. Y ahora, los que quieren hablar mal de mí hablan en son de burla, y cuando alaban al Cid Ruy Díaz o al conde Fernán González de cuantas batallas vencieron o al santo y bienaventurado rey don Fernando de cuantas buenas conquistas hizo, me alaban a mí diciendo que hice muy buen hecho porque añadí aquello en los capirotes y en las pihuelas. Y porque yo entiendo que esta alabanza más se me toma en insulto que en elogio, te ruego que me aconsejes de qué manera haré para que no se burlen de mí por la buena obra que hice.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos sepáis lo que más os convendría hacer en esto, me complacería que supieseis lo que le ocurrió a un moro que fue rey de Córdoba.
Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, en Córdoba hubo un rey que tenía por nombre Alhaquem. Aunque mantenía bastante bien su reino, no se esforzaba en hacer otra cosa honrada ni de gran fama de las que suelen y deben hacer los buenos reyes; pues no solamente están los reyes obligados a guardar sus reinos, sino que los que buenos quieren ser, conviene que hagan tales obras que con derecho acrecienten su reino y obren de manera que en su vida sean muy alabados por las gentes, y después de su muerte queden buenas hazañas de las buenas obras que ellos hubieren hecho. Y este rey no se esforzaba en esto, sino en comer y holgar y estar en su casa ocioso.
Y sucedió que estando un día holgando, que tañían ante él un instrumento que gusta mucho a los moros, que tiene por nombre albogón. Y el rey prestó atención y entendió que no hacía tan buen son como era menester, y tomó el albogón y añadió en él un agujero en la parte de abajo en línea con los otros agujeros, y desde entonces hace el albogón muy mejor son que hasta entonces hacía.
Y aunque aquello era buen hecho para aquella cosa, porque no era tan gran hecho como convenía hacer a un rey, las gentes, en son de burla, comenzaron a alabar aquel hecho y decían cuando alababan a alguno: «Este es el añadimiento del rey Alhaquem».
Y esta palabra fue tan sonada por la tierra hasta que la hubo de oír el rey, y preguntó por qué decían las gentes esta palabra. Y aunque se lo quisieran encubrir, tanto los apremió, que se lo hubieron de decir.
Y después que él esto oyó, tomó de ello gran pesar, pero como era muy buen rey, no quiso hacer mal a los que decían esta palabra, mas puso en su corazón hacer otro añadimiento por el que por fuerza hubiesen las gentes de alabar su hecho.
Entonces, porque la mezquita de Córdoba no estaba acabada, añadió en ella aquel rey toda la labor que allí faltaba y la acabó.
Ésta es la mayor y más cumplida y más noble mezquita que los moros tenían en España, y loado sea Dios, es ahora iglesia y la llaman Santa María de Córdoba, y la ofreció el santo rey don Fernando a Santa María cuando ganó Córdoba de los moros.
Y después que aquel rey hubo acabado la mezquita e hecho aquel tan buen añadimiento, dijo que pues hasta entonces lo alababan burlándose del añadimiento que hiciera en el albogón, que tenía que de allí adelante lo habrían de alabar con razón del añadimiento que hiciera en la mezquita de Córdoba. Y fue después muy alabado. Y el elogio que hasta entonces le hacían burlándose, quedó después por loor; y hoy en día dicen los moros cuando quieren alabar algún buen hecho: «Éste es el añadimiento de Alhaquem».
Y vos, señor conde, si tomáis pesar o pensáis que os alaban para burlaros del añadimiento que hicisteis en los capirotes y en las pihuelas y en las otras cosas de caza que vos hicisteis, tratad de hacer algunos hechos grandes y buenos y nobles, cuales pertenece hacer a los grandes hombres. Y por fuerza las gentes habrán de alabar vuestros buenos hechos, así como alaban ahora por burla el añadimiento que hicisteis en las cosas de la caza.
El conde tuvo éste por buen consejo, y lo hizo así, y se halló muy bien con ello.
Y porque don Juan entendió que éste era buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Si algún bien hicieres que muy grande no fuere,
haz grandes si pudieres, que el bien nunca muere.
Y la historia de este ejemplo es ésta que se sigue:
Ejemplo 42Lo que le ocurrió al diablo con una falsa beguina
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, yo y otras muchas gentes estábamos hablando y nos preguntábamos que cuál era la manera en que un hombre malo podría obrar para hacer a todas las otras gentes cosa que más mal les viniese. Y unos decían que por ser hombre revoltoso, y otros decían que por ser hombre muy pendenciero, y otros decían que por ser muy malhechor en la tierra, y otros decían que la cosa por la que el hombre malo podría hacer más mal a todas las otras gentes era por ser de mala lengua y calumniador. Y por el buen entendimiento que vos tenéis, os ruego que me digáis de cuál mal de éstos podría venir más mal a todas las gentes.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos sepáis esto, mucho querría que supieseis lo que le ocurrió al diablo con una mujer de esas que se hacen beguinas.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, en una villa había un muy buen mancebo y estaba casado con una mujer y hacían buena vida juntos, de manera que nunca entre ellos había desavenencia.
Y porque el diablo se disgusta siempre de las buenas cosas, tuvo de esto muy gran pesar, y aunque anduvo muy gran tiempo intentando meter mal entre ellos, nunca lo pudo conseguir.
Y un día, viniendo el diablo de aquel lugar donde hacían vida aquel hombre y aquella mujer, muy triste porque no podía poner allí ningún mal, topó con una beguina. Y después que se conocieron, le preguntó ella por qué venía triste.
Y él le dijo que venía de aquella villa donde hacían vida aquel hombre y aquella mujer y que hacía muy gran tiempo que andaba intentando poner mal entre ellos y nunca pudiera; y que cuando lo supo aquel su mayoral, le dijo que pues tanto tiempo hacía que andaba en aquello y pues no lo hacía, que supiese que era perdido con él; y que por esta razón venía triste.
Y ella le dijo que se maravillaba, pues tanto sabía, cómo no lo podía hacer, mas que si hiciese lo que ella quería, que ella le pondría remedio en esto.
Y el diablo le dijo que haría lo que ella quisiese con tal que lograse poner mal entre aquel hombre y aquella mujer.
Y después que el diablo y aquella beguina llegaron a este acuerdo, fuese la beguina para aquel lugar donde vivían aquel hombre y aquella mujer, y tanto hizo de día en día, hasta que se hizo conocer de aquella mujer de aquel mancebo y le hizo entender que era criada de su madre, y por este parentesco que tenía con ella, que estaba muy obligada a servirla y que la serviría cuanto pudiese.
Y la buena mujer, fiando en esto, la tuvo en su casa y fiaba de ella toda su hacienda, y lo mismo hacía su marido.
Y después que ella hubo morado muy gran tiempo en su casa y era privada de ambos, vino un día muy triste y dijo a la mujer, que fiaba en ella:
—Hija, mucho me pesa de esto que ahora oí: que vuestro marido se complace más con otra mujer que con vos, y os ruego que le hagáis mucha honra y mucho placer para que él no se complazca más con otra mujer que con vos, pues de esto os podría venir más mal que de otra cosa ninguna.
Cuando la buena mujer esto oyó, aunque no lo creía, tuvo de esto muy gran pesar y se entristeció muy fieramente. Y después que la mala beguina la vio estar triste, fuese para el lugar por donde su marido había de venir.
Y cuando se encontró con él, le dijo que le pesaba mucho de lo que hacía en tener tan buena mujer como tenía y amar más a otra que a ella, y que esto, que ella lo sabía ya, y que había tomado gran pesar y le había dicho que, pues él esto hacía, haciéndole ella tanto servicio, que buscaría otro que la amase a ella tanto como él o más, que por Dios, que cuidase que esto no lo supiese su mujer, si no que sería muerta.
Cuando el marido esto oyó, aunque no lo creyó, tomó de ello gran pesar y quedó muy triste.
Y después que la falsa beguina lo dejó así, fuese adelante a su mujer y le dijo, mostrándole muy gran pesar:
—Hija, no sé qué desventura es ésta, que vuestro marido está muy disgustado con vos; y para que entendáis que es verdad esto que yo os digo, ahora veréis cómo viene muy triste y muy airado, lo que él no solía hacer.
Y después que la dejó con este cuidado, fuese para su marido y le dijo lo mismo. Y después que el marido llegó a su casa y halló a su mujer triste, y de los placeres que solían tener juntos que no tenían ninguno, estaban cada uno con muy gran cuidado.
Y después que el marido fue a otra parte, dijo la mala beguina a la buena mujer que si ella quisiese, que buscaría algún hombre muy sabedor que le hiciese alguna cosa con la que su marido perdiese aquel mal talante que tenía contra ella.
Y la mujer, queriendo tener muy buena vida con su marido, le dijo que le placía y que se lo agradecería mucho.
Y al cabo de algunos días, tornó a ella y le dijo que había hallado un hombre muy sabedor y que le había dicho que si tuviese unos pocos de cabellos de la barba de su marido de los que están en la garganta, que haría con ellos una maestría para que perdiese el marido toda la saña que tenía con ella, y que vivirían en buena vida como solían o por ventura mejor, y que cuando viniese, que lograse que se echase a dormir en su regazo. Y le dio una navaja con la que cortase los cabellos.
Y la buena mujer, por el gran amor que tenía a su marido, pesándole mucho de la extrañeza que entre ellos había caído y deseando más que cosa del mundo volver a la buena vida que juntos solían tener, le dijo que le placía y que lo haría así. Y tomó la navaja que la mala beguina trajo para hacerlo.
Y la beguina falsa tornó al marido, y le dijo que tenía muy gran duelo de su muerte, y por ello que no se lo podía encubrir: que supiese que su mujer lo quería matar e irse con su amigo; y para que entendiese que le decía verdad, que su mujer y aquel su amigo habían acordado matarlo de esta manera: que luego que viniese, lograría que se adurmiese en su regazo, y después que estuviese dormido, que lo degollase con una navaja que tenía para degollarlo.
Y cuando el marido esto oyó, fue mucho espantado, y aunque antes estaba con mal cuidado por las falsas palabras que la mala beguina le había dicho, por esto que ahora dijo fue muy cuitado y puso en su corazón guardarse y probarlo; y fuese para su casa.
Y luego que su mujer lo vio, lo recibió mejor que los otros días de antes, y le dijo que siempre andaba trabajando y que no quería holgar ni descansar, mas que se echase allí cerca de ella y pusiese la cabeza en su regazo, y ella lo espulgaría.
Cuando el marido esto oyó, tuvo por cierto lo que le dijera la falsa beguina, y por probar lo que su mujer haría, echóse a dormir en su regazo y comenzó a dar a entender que dormía. Y después que su mujer tuvo que estaba bien dormido, sacó la navaja para cortarle los cabellos, según la falsa beguina le había dicho. Cuando el marido le vio la navaja en la mano cerca de su garganta, teniendo que era verdad lo que la falsa beguina le dijera, le sacó la navaja de las manos y la degolló con ella.
Y al ruido que se hizo cuando la degollaba, acudieron el padre y los hermanos de la mujer. Y cuando vieron que la mujer era degollada y que nunca hasta aquel día oyeron a su marido ni a otro hombre ninguna cosa mala sobre ella, por el gran pesar que tuvieron, se fueron todos contra el marido y lo mataron.
Y a este ruido acudieron los parientes del marido y mataron a aquellos que mataron a su pariente. Y de tal manera se revolvió el pleito, que se mataron aquel día la mayor parte de cuantos eran en aquella villa.
Y todo esto vino por las falsas palabras que supo decir aquella falsa beguina.
Pero porque Dios nunca quiere que el que mal hecho hace quede sin pena, ni aun que el mal hecho sea encubierto, obró que fuese sabido que todo aquel mal viniera por aquella falsa beguina, e hicieron de ella muchas malas justicias, y le dieron muy mala muerte y muy cruel.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis saber cuál es el peor hombre del mundo y de quien más mal puede venir a las gentes, sabed que es el que se muestra por buen cristiano y por hombre bueno y leal, y su intención es falsa, y anda urdiendo falsedades y mentiras para meter mal entre las gentes. Y os aconsejo yo que siempre os guardéis de los que viereis que se hacen gatos religiosos, que los más de ellos siempre andan con mal y con engaño, y para que los podáis conocer, tomad el consejo del Evangelio que dice: «A fructibus eorum cognoscetis eos», que quiere decir «que por sus obras los conoceréis». Pues cierto estad que no hay hombre en el mundo que muy largamente pueda encubrir las obras que tiene en la voluntad, pues bien las puede encubrir algún tiempo, mas no largamente.
Y el conde tuvo que era verdad esto que Patronio le dijo y puso en su corazón hacerlo así. Rogó a Dios que lo guardase a él y a todos sus amigos de tal hombre.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Para mientes a las obras y no a la apariencia,
si codiciares ser guardado de tener mala andanza.
Y la historia de este ejemplo es ésta que se sigue:
Ejemplo 43Lo que le sucedió al Bien y al Mal, y a un hombre bueno con un loco
El conde Lucanor hablaba con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, me sucede que tengo dos vecinos: uno es hombre a quien yo amo mucho, y hay muchos buenos vínculos entre él y yo por los que debo amarlo; y no sé qué pecado o qué razón es que muchas veces me causa algunas ofensas y algunas mezquindades de las que tomo muy gran enojo; y el otro no es hombre con quien tenga grandes vínculos ni gran amor, ni hay entre nosotros gran razón por la que deba amarlo mucho; y éste, también, a veces me hace algunas cosas que no me agradan. Y por el buen entendimiento que tú tienes, te ruego que me aconsejes de qué manera debo tratar con aquellos dos hombres.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, esto que tú dices no es una sola cosa, sino dos, y muy opuestas la una de la otra. Y para que tú puedas obrar en esto como te conviene, me gustaría que supieras dos cosas que sucedieron; una, lo que le ocurrió al Bien y al Mal; y la otra, lo que le sucedió a un hombre bueno con un loco.
El conde le preguntó cómo había sido aquello:
—Señor conde —dijo Patronio—, porque éstas son dos cosas y no podría decírtelas a la vez, te contaré primero lo que le ocurrió al Bien y al Mal, y te diré después lo que le sucedió al hombre bueno con el loco.
Señor conde, el Bien y el Mal acordaron hacer su compañía juntos. Y el Mal, que es más inquieto y siempre anda con revuelta y no puede descansar sino tramando algún engaño y algún mal, dijo al Bien que sería buena idea que tuvieran algún ganado con que pudieran mantenerse. Al Bien le gustó esto, y acordaron tener ovejas.
Y tan pronto como las ovejas parieron, dijo el Mal al Bien que escogiera en el reparto de aquellas ovejas.
El Bien, como es bueno y moderado, no quiso escoger, y el Bien dijo al Mal que escogiera él. Y al Mal, porque es malo y desmesurado, le gustó, y dijo que tomara el Bien los corderitos tal como nacían, y él, que tomaría la leche y la lana de las ovejas. Y el Bien dio a entender que le parecía bien este reparto.
Y el Mal dijo que era bueno que tuvieran cerdos; y al Bien le gustó esto. Y cuando parieron, dijo el Mal que puesto que el Bien había tomado las crías de las ovejas y él la leche y la lana, que tomara ahora la leche y la lana de las cerdas, y que tomaría él las crías. Y el Bien tomó aquella parte.
Después dijo el Mal que pusieran alguna huerta; y pusieron nabos. Y cuando nacieron, dijo el Mal al Bien que no sabía qué cosa era lo que no se veía, pero, para que el Bien viera lo que tomaba, que tomara las hojas de los nabos que se veían y estaban sobre tierra, y que tomaría él lo que estaba bajo tierra; y el Bien tomó aquella parte.
Después pusieron coles; y cuando nacieron, dijo el Mal que puesto que el Bien había tomado la otra vez de los nabos lo que estaba sobre tierra, que tomara ahora de las coles lo que estaba bajo tierra; y el Bien tomó aquella parte.
Después dijo el Mal al Bien que sería buena idea que tuvieran una mujer que los sirviera. Y al Bien le gustó esto. Y cuando la tuvieron, dijo el Mal que tomara el Bien de la cintura hacia la cabeza, y que él tomaría de la cintura hacia los pies; y el Bien tomó aquella parte. Y fue así: que la parte del Bien hacía lo que convenía en casa, y la parte del Mal estaba casada con él y debía dormir con su marido.
La mujer quedó encinta y dio a luz un hijo. Y cuando nació, quiso la madre dar de mamar al hijo; y cuando el Bien esto vio, dijo que no lo hiciera, porque la leche era de su parte, y que no lo consentiría de ninguna manera. Cuando el Mal vino alegre a ver a su hijo que le había nacido, lo encontró llorando, y preguntó a su madre que por qué lloraba. La madre le dijo que porque no mamaba. Y le dijo el Mal que le diera de mamar. Y la mujer le dijo que el Bien se lo impedía diciendo que la leche era de su parte.
Cuando el Mal oyó esto, fue al Bien y le dijo, riendo y bromeando, que dejara dar la leche a su hijo. Y el Bien dijo que la leche era de su parte y que no lo haría. Y cuando el Mal oyó esto, comenzó a insistirle mucho. Y cuando el Bien vio la angustia en que estaba el Mal, le dijo:
—Amigo, no creas que yo tampoco sabía ni entendía cuáles partes escogías tú siempre y cuáles me dabas a mí; pero nunca te reclamé nada de tus partes, y viví con mucha penuria con las partes que tú me dabas, y tú nunca te compadeciste ni tuviste mesura conmigo, pues si ahora Dios te ha traído a lugar en que necesitas algo de lo mío, no te maravilles si no quiero dártelo, y acuérdate de lo que me hiciste, y sufre esto por lo demás.
Cuando el Mal entendió que el Bien decía verdad y que su hijo moriría de esta manera, sintió gran congoja y comenzó a rogar y pedir merced al Bien que, por amor de Dios, tuviera piedad de aquella criatura, y que no prestara atención a sus maldades, y que de allí en adelante siempre haría cuanto mandara.
Cuando el Bien vio esto, consideró que Dios le había hecho mucho bien al traerlo a lugar en que viera el Mal que no podía salvarse sino por la bondad del Bien, y consideró que esto le era muy gran enmienda, y dijo al Mal que si quería que consintiera que la mujer diera leche a su hijo, que tomara al niño a cuestas y que anduviera por el pueblo pregonando de modo que lo oyeran todos, y que dijera: «Amigos, sabed que con bien vence el Bien al Mal»; y haciendo esto, que consentiría que le diera la leche. De esto se alegró mucho el Mal, y consideró que obtenía a buen precio la vida de su hijo, y el Bien consideró que tenía muy buena enmienda. Y se hizo así, y supieron todos que siempre el Bien vence con bien.
Mas al hombre bueno le sucedió de otra manera con el loco, y fue así: Un hombre bueno tenía un baño y el loco venía al baño cuando las gentes se bañaban y les daba tantos golpes con los cubos y con piedras y con palos y con cuanto encontraba, que ya ningún hombre del mundo osaba ir al baño de aquel hombre bueno. Y perdió su renta.
Cuando el hombre bueno vio que aquel loco le hacía perder la renta del baño, madrugó un día y se metió en el baño antes de que el loco viniera. Y se desnudó y tomó un cubo de agua bien caliente y una gran maza de madera. Y cuando el loco que solía venir al baño para golpear a los que se bañaban llegó, se encaminó al baño como solía. Y cuando el hombre bueno que estaba esperando desnudo lo vio entrar, se lanzó contra él muy bravo y muy airado, y le dio con el cubo del agua caliente por encima de la cabeza, y echó mano a la maza y le dio tantos y tales golpes con ella por la cabeza y por el cuerpo, que el loco creyó morir, y creyó que aquel hombre bueno estaba loco. Y salió dando muy grandes voces, y se topó con un hombre y le preguntó cómo venía así dando voces, quejándose tanto; y el loco le dijo:
—Amigo, guárdate, porque has de saber que hay otro loco en el baño.
Y tú, señor conde Lucanor, con estos tus vecinos pasa así: con el que tienes tales vínculos que en todo caso quieras que siempre seáis amigos, hazle siempre buenas obras, y aunque te cause algunos enojos, pásalos por alto y acúdele siempre en su necesidad, pero siempre hazlo dándole a entender que lo haces por los vínculos y por el amor que le tienes, mas no por debilidad; mas al otro, con quien no tienes tales vínculos, de ninguna manera le sufras cosa del mundo, mas dale bien a entender que por cualquier cosa que te haga todo se pondrá en juego por ello. Porque bien creas que los malos amigos guardan el amor más por miedo y por recelo, que por otra buena voluntad.
El conde consideró éste muy buen consejo y lo hizo así, y se halló muy bien con ello.
Y porque don Juan consideró éstos buenos ejemplos, los hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Siempre el Bien vence con bien al Mal;
soportar al hombre malo, poco val.
Y la historia de este ejemplo es ésta que se sigue:
Ejemplo 44Lo que les ocurrió a don Pero Núñez de Fuente Almexir, a don Roy González de Zavallos y a don Gutier Roiz de Blaguiello
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
—Patronio, me ha sucedido tener guerras muy grandes, de tal manera que mi hacienda estaba en muy gran peligro. Y cuando yo me hallaba en mayor necesidad, algunos de aquellos que yo había criado y a quienes había hecho mucho bien me abandonaron, y aun se señalaron mucho por hacerme un gran deservicio. Y tales cosas hicieron ante mí aquellos, que bien os digo que me hicieron tener peor esperanza de las gentes de la que tenía antes de que aquellos erraran así contra mí. Y por el buen seso que Dios os dio, os ruego que me aconsejéis lo que os parece que debo hacer en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, si los que así erraron contra vos hubieran sido tales como fueron don Pero Núñez de Fuente Almexir y don Roy González de Zavallos y don Gutier Roiz de Blaguiello, y supieran lo que les ocurrió, no habrían hecho lo que hicieron.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, el conde don Rodrigo el Franco estuvo casado con una dueña hija de don Gil García de Zagra, y era muy buena dueña, y el conde, su marido, le levantó falso testimonio. Y ella, quejándose de esto, hizo su oración a Dios para que si ella era culpable, Dios mostrase su milagro en ella; y si el marido le levantaba falso testimonio, que lo mostrase en él.
Apenas acabada la oración, por el milagro de Dios, el conde, su marido, enfermó de lepra, y ella se separó de él. Y en cuanto estuvieron separados, envió el rey de Navarra sus mensajeros a la dueña y casó con ella, y fue reina de Navarra.
El conde, siendo leproso, y viendo que no podía sanar, se fue para la Tierra Santa en romería para morir allá. Y aunque él era muy honrado y tenía muchos buenos vasallos, no fueron con él sino estos tres caballeros dichos, y permanecieron allá tanto tiempo que les faltó lo que habían llevado de su tierra, y llegaron a tan gran pobreza que no tenían cosa que dar al conde, su señor, para comer; y por la gran carencia, se alquilaban cada día dos de ellos en la plaza y uno quedaba con el conde, y de lo que ganaban con su alquiler mantenían a su señor y a sí mismos. Y cada noche bañaban al conde y le limpiaban las llagas de aquella lepra.
Y ocurrió que, al lavarle una noche los pies y las piernas, tuvieron necesidad de escupir, y escupieron. Cuando el conde vio que todos escupían, pensando que todos lo hacían por el asco que de él tomaban, comenzó a llorar y a quejarse del gran pesar y quebranto que de aquello tuvo.
Y para que el conde entendiese que no tenían asco de su dolencia, tomaron con las manos de aquella agua que estaba llena de pus y de aquellas pústulas que salían de las llagas de la lepra que el conde tenía, y bebieron de ella muy gran cantidad. Y pasando con el conde su señor tal vida, permanecieron con él hasta que el conde murió.
Y porque ellos consideraron que les sería vergüenza volver a Castilla sin su señor, vivo o muerto, no quisieron venir sin él. Y aunque les decían que lo hiciesen cocer y que llevasen sus huesos, dijeron ellos que tampoco consentirían que nadie pusiera la mano en su señor estando muerto como si estuviese vivo. Y no consintieron que lo cociesen, mas lo enterraron y esperaron tanto tiempo hasta que toda la carne estuvo deshecha. Y metieron los huesos en una arqueta, y lo llevaban a veces a cuestas. Y así venían pidiendo limosnas, trayendo a su señor a cuestas, pero traían testimonio de todo esto que les había ocurrido. Y viniendo ellos tan pobres, pero tan bien andantes, llegaron a tierra de Tolosa, y entrando por una villa, toparon con muy gran gente que llevaban a quemar a una dueña muy honrada porque la acusaba un hermano de su marido. Y decían que si algún caballero no la salvase, cumplirían en ella aquella justicia, y no hallaban caballero que la salvase.
Cuando don Pero Núñez, el leal y de buena ventura, entendió que, por falta de caballero, hacían aquella justicia a aquella dueña, dijo a sus compañeros que si él supiese que la dueña era sin culpa, que él la salvaría.
Y se fue luego hacia la dueña y le preguntó la verdad de aquel hecho. Y ella le dijo que ciertamente ella nunca había cometido aquel yerro del que la acusaban, mas que había sido su intención hacerlo.
Y aunque don Pero Núñez entendió que pues ella de su voluntad había querido hacer lo que no debía, no podía ser que algún mal no le ocurriese a él, que la quería salvar, pero pues lo había comenzado y sabía que no había cometido todo el yerro del que la acusaban, dijo que él la salvaría.
Y aunque los acusadores lo quisieron rechazar diciendo que no era caballero, después que mostró el testimonio que traía, no lo pudieron rechazar. Y los parientes de la dueña le dieron caballo y armas, y antes de que entrase en el campo, dijo a sus parientes que, con la merced de Dios, que él quedaría con honra y salvaría a la dueña, mas que no podía ser que a él no le viniese algún mal por lo que la dueña había querido hacer.
Después que entraron en el campo, ayudó Dios a don Pero Núñez, y venció la lid y salvó a la dueña, pero perdió allí don Pero Núñez el ojo, y así se cumplió todo lo que don Pero Núñez había dicho antes de que entrase en el campo.
La dueña y los parientes dieron tanto haber a don Pero Núñez con que pudieron traer los huesos del conde su señor ya algo menos penosamente que antes.
Cuando las nuevas llegaron al rey de Castilla de cómo aquellos bien andantes caballeros venían y traían los huesos del conde, su señor, y cómo venían tan bien andantes, le plugo mucho de ello y agradeció mucho a Dios porque eran del su reino hombres que tal cosa habían hecho. Y les envió a mandar que viniesen a pie, así mal vestidos como venían. Y el día que hubieron de entrar en el reino de Castilla, los salió a recibir el rey a pie bien cinco leguas antes de que llegasen a su reino, y les hizo tanto bien que hoy en día son heredados los que vienen de sus linajes con lo que el rey les dio.
Y el rey, y todos cuantos estaban con él, por hacer honra al conde, y señaladamente por hacerla a los caballeros, fueron con los huesos del conde hasta Osma, donde lo enterraron. Y después que fue enterrado, se fueron los caballeros para sus casas.
Y el día que don Roy González llegó a su casa, cuando se sentó a la mesa con su mujer, después que la buena dueña vio la vianda ante sí, alzó las manos hacia Dios, y dijo:
—¡Señor! ¡Bendito seas tú que me dejaste ver este día, pues tú sabes que desde que don Roy González se partió de esta tierra, ésta es la primera carne que yo comí, y el primero vino que yo bebí!
A don Roy González le pesó por esto, y le preguntó por qué lo había hecho. Y ella le dijo que bien sabía él que cuando se fuera con el conde, le había dicho que él nunca volvería sin el conde y que ella viviese como buena dueña, que nunca le faltaría pan y agua en su casa; y pues él esto le había dicho, que no era razón que ella le saliese del mandado, y por esto nunca había comido ni bebido sino pan y agua.
Asimismo, después que don Pero Núñez llegó a su casa, después que quedaron él y su mujer y sus parientes sin otra compañía, la buena dueña y sus parientes tuvieron con él tan gran placer, que allí comenzaron a reír. Y pensando don Pero Núñez que hacían escarnio de él porque había perdido el ojo, cubrió el manto por la cabeza y se echó muy triste en la cama. Y cuando la buena dueña lo vio así ser triste, tuvo de ello muy gran pesar, y tanto le insistió hasta que hubo de decirle que se sentía mucho porque le hacían escarnio por el ojo que había perdido.
Cuando la buena dueña esto oyó, se dio con una aguja en el su ojo, y lo quebró, y dijo a don Pero Núñez que aquello había hecho ella para que si alguna vez riese, nunca él pensase que reía para hacerle escarnio.
Y así hizo Dios bien en todo a aquellos buenos caballeros por el bien que hicieron.
Y tengo que si los que tan bien no acertaron en vuestro servicio hubieran sido tales como éstos, y supieran cuánto bien les vino por esto que hicieron, no lo habrían errado como erraron; pero vos, señor conde, por haberos hecho algún yerro algunos que no lo debían hacer, nunca vos por eso dejéis de hacer bien, pues los que os yerran, más yerran a sí mismos que a vos. Y parad mientes en que si algunos os erraron, muchos otros os sirvieron; y más os cumplió el servicio que aquellos os hicieron, que os dañó ni os hizo falta lo que los que os erraron. Y no creáis que de todos los que vos hacéis bien, de todos tomaréis servicio, mas un tal suceso os podrá ocurrir: que uno os hará tal servicio, que tendréis por bien empleado cuanto bien hacéis a los otros.
El conde tuvo éste por buen consejo y por verdadero.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Aunque algunos te hayan errado,
nunca dejes de hacer lo acertado.
Y la historia de este ejemplo es ésta que se sigue:
Ejemplo 45Lo que le ocurrió a un hombre con el Diablo
Hablaba una vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, un hombre me dice que sabe muchas maneras, tanto de agüeros como de otras cosas, con las que podré conocer las cosas que han de venir y podré hacer muchas artimañas con las que podré mejorar mucho mi hacienda; pero en aquellas cosas entiendo que no se puede evitar incurrir en pecado. Y por la confianza que tengo en vos, os ruego que me aconsejéis lo que haga en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, para que vos hagáis en esto lo que más os conviene, me gustaría que supierais lo que le ocurrió a un hombre con el Diablo.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre había sido muy rico y llegó a tan gran pobreza, que no tenía con qué mantenerse. Y como no hay en el mundo mayor desgracia que sufrir miseria quien solía estar en la abundancia, por ello, aquel hombre que había sido muy afortunado se hallaba en tan gran necesidad, que le dolía muchísimo. Y un día iba solo por un monte, muy triste y pensando con gran tristeza, y yendo así tan afligido se encontró con el Diablo.
Y como el Diablo sabe todas las cosas pasadas y sabía la preocupación con la que venía aquel hombre, le preguntó por qué venía tan triste. Y el hombre le dijo que para qué se lo iba a contar, pues él no podría darle consejo para la tristeza que tenía.
Y el Diablo le dijo que si él quisiera hacer lo que él le dijera, que le daría remedio para la preocupación que tenía; y para que entendiera que podía hacerlo, le diría en qué venía pensando y la razón por la que estaba tan triste.
Entonces le contó toda su situación y la razón de su tristeza, como quien la sabía muy bien. Y le dijo que si quisiera hacer lo que él le dijera, que lo sacaría de toda miseria y lo haría más rico de lo que nunca había sido él ni hombre de su linaje; pues él era el Diablo, y tenía poder para hacerlo.
Cuando el hombre oyó decir que era el Diablo, sintió gran temor, pero por la gran angustia y gran necesidad en que estaba, dijo al Diablo que si él le daba manera de poder ser rico, que haría cuanto él quisiera.
Y creed bien que el Diablo siempre busca el momento para engañar a los hombres; cuando ve que están en alguna aflicción, o de necesidad, o de miedo, o de querer cumplir su deseo, entonces consigue de ellos todo lo que quiere; y así buscó la manera de engañar a aquel hombre en el tiempo en que estaba en aquella angustia.
Entonces hicieron sus tratos entre ellos y el hombre se convirtió en su vasallo. Y después de que los acuerdos fueron hechos, dijo el Diablo al hombre que, de allí en adelante, fuera a robar, pues nunca encontraría puerta ni casa, por bien cerrada que estuviera, que él no se la abriera enseguida, y si por ventura se viera en algún aprieto o fuera preso, que en cuanto lo llamara y le dijera: «Socorredme, don Martín», que luego estaría con él y lo libraría de aquel peligro en que estuviera.
Hechos los tratos entre ellos, se separaron.
Y el hombre se dirigió a casa de un mercader, de noche oscura: pues los que quieren hacer el mal siempre aborrecen la luz. Y en cuanto llegó a la puerta, el diablo se la abrió, e igualmente hizo con las arcas, de manera que enseguida obtuvo de allí muy gran cantidad de dinero.
Otro día hizo otro robo muy grande, y después otro, hasta que se hizo tan rico que no se acordaba de la pobreza que había padecido. Y el desgraciado, no teniéndose por satisfecho con haber salido de la miseria, empezó a robar aún más; y tanto lo practicó, hasta que fue preso.
Y en cuanto lo prendieron llamó a don Martín para que lo socorriera; y don Martín llegó muy deprisa y lo libró de la prisión. Y cuando el hombre vio que don Martín le había sido tan fiel, empezó a robar de nuevo, e hizo muchos robos, de modo que se hizo más rico y salió de la miseria.
Y practicando el robo, fue otra vez preso, y llamó a don Martín, mas don Martín no vino tan pronto como él hubiera querido, y los alcaldes del lugar donde había sido el robo comenzaron a hacer pesquisa sobre aquel robo. Y estando así el pleito, llegó don Martín; y el hombre le dijo:
—¡Ay, don Martín! ¡Qué gran miedo me habéis causado! ¿Por qué tardasteis tanto?
Y don Martín le dijo que estaba en otros grandes aprietos y que por eso había tardado; y lo sacó enseguida de la prisión.
El hombre volvió a robar, y por muchos robos fue preso, y hecha la pesquisa dieron sentencia contra él. Y dada la sentencia, llegó don Martín y lo sacó.
Y él volvió a robar porque veía que siempre lo socorría don Martín. Y otra vez fue preso, y llamó a don Martín, y no vino, y tardó tanto hasta que fue juzgado a muerte, y estando juzgado, llegó don Martín y apeló ante la casa del rey y lo libró de la prisión, y quedó libre.
Después volvió a robar y fue preso, y llamó a don Martín, y no vino hasta que juzgaron que lo ahorcaran. Y estando al pie de la horca, llegó don Martín; y el hombre le dijo:
—¡Ay, don Martín, sabed que esto no era juego, que bien os digo que gran miedo he pasado!
Y don Martín le dijo que él le traía quinientos maravedíes en una bolsa y que los diera al alcalde y que enseguida sería libre. El alcalde había mandado ya que lo ahorcaran, y no encontraban soga para ahorcarlo. Y mientras buscaban la soga, llamó el hombre al alcalde y le dio la bolsa con el dinero. Cuando el alcalde creyó que le daba los quinientos maravedíes, dijo a las gentes que allí estaban:
—Amigos, ¿quién vio nunca que faltara soga para ahorcar a un hombre? Ciertamente este hombre no es culpable, y Dios no quiere que muera y por eso nos falta la soga; mas retengámoslo hasta mañana, y veremos más en este asunto; pues si es culpable, allí quedará para cumplir mañana la justicia.
Y esto hacía el alcalde para librarlo por los quinientos maravedíes que creía que le había dado. Y habiendo acordado esto, se apartó el alcalde y abrió la bolsa, y creyendo hallar los quinientos maravedíes, no encontró el dinero, sino que halló una soga en la bolsa. Y en cuanto vio esto, mandó ahorcarlo.
Y poniéndolo en la horca, vino don Martín y el hombre le dijo que lo socorriera. Y don Martín le dijo que él siempre socorría a todos sus amigos hasta que los llevaba a tal lugar.
Y así perdió aquel hombre el cuerpo y el alma, creyendo al Diablo y confiando en él. Y tened por cierto que nunca hombre creyó en él ni confió en él que no llegara a tener mal final; si no, prestad atención a todos los agoreros o hechiceros o adivinos, o a los que hacen círculos o encantamientos y cualquiera de estas cosas, y veréis que siempre tuvieron malos finales. Y si no me creéis, acordaos de Álvar Núñez y de Garcilaso, que fueron los hombres del mundo que más confiaron en agüeros y en estas tales cosas, y veréis qué final tuvieron.
Y vos, señor conde Lucanor, si bien queréis hacer vuestra hacienda para el cuerpo y para el alma, confiad derechamente en Dios y poned en Él toda vuestra esperanza y vos ayudaos cuanto pudiereis, y Dios os ayudará. Y no creáis ni confiéis en agüeros, ni en otro desvarío, pues tened por cierto que de los pecados del mundo, el que a Dios más pesa y en el que el hombre mayor injusticia y mayor ingratitud hace a Dios, es en buscar agüeros y estas tales cosas.
El conde tuvo esto por buen consejo, y lo hizo así y se halló muy bien con ello.
Y porque don Juan tuvo esto por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
El que en Dios no pone su esperanza, morirá mala muerte, tendrá mala andanza.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 46Lo que le ocurrió a un filósofo muy anciano
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, vos sabéis que una de las cosas del mundo por las que el hombre más debe trabajar es por tener buena fama y por guardarse de que ninguno pueda mancharla. Y porque yo sé que en esto, ni en otra cosa, ninguno me podría aconsejar mejor que vos, os ruego que me aconsejéis de qué manera podré mejor acrecentar y llevar adelante y guardar mi fama.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, mucho me place esto que decís, y para que vos mejor lo podáis hacer, me gustaría que supierais lo que le ocurrió a un muy gran filósofo y muy anciano.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un muy gran filósofo moraba en una villa del reino de Marruecos; y aquel filósofo tenía una enfermedad: que cuando necesitaba desembarazarse de las cosas sobrantes que quedaban de la comida que había recibido, no lo podía hacer sino con muy gran dolor y con muy gran pena, y tardaba muy gran tiempo antes de que pudiera estar desembarazado.
Y por esta enfermedad que tenía, le mandaban los médicos que cada vez que le viniera gana de desembarazarse de aquellas cosas sobrantes, que lo probara enseguida, y no lo tardara; porque cuanto más se cociera aquella materia, más se secaría y más se endurecería de modo que le sería gran pena y gran daño para la salud del cuerpo. Y porque esto le mandaron los médicos, lo hacía y se hallaba bien con ello.
Y sucedió que un día, yendo por una calle de aquella villa donde moraba y donde tenía muchos discípulos que aprendían de él, le vino gana de desembarazarse como se ha dicho. Y para hacer lo que los médicos le aconsejaban, y era su provecho, entró en una callejuela para hacer aquello que no podía evitar.
Y tal fue su ventura, que en aquella callejuela donde él entró, moraban allí las mujeres que públicamente viven en las villas haciendo daño de sus almas y deshonra de sus cuerpos. Y de esto no sabía nada el filósofo, que tales mujeres moraban en aquel lugar. Y por la manera de la enfermedad que él tenía, y por el gran tiempo que se demoró en aquel lugar y por las apariencias que en él se mostraron cuando salió de aquel lugar donde aquellas mujeres moraban, aunque él no sabía que tal compañía allí moraba, con todo eso, cuando salió de allí, todas las gentes creyeron que había entrado en aquel lugar por otro asunto que era muy impropio de la vida que él solía y debía llevar. Y porque parece mucho peor y hablan mucho más y mucho peor las gentes de ello cuando algún hombre de gran posición hace alguna cosa que no le corresponde y le está peor, por pequeña que sea, que de otro que saben las gentes que está acostumbrado a no guardarse de hacer muchas cosas peores, por ello, fue muy comentado y muy tenido a mal, porque aquel filósofo tan honrado y tan anciano entrara en aquel lugar que le era tan dañoso para el alma y para el cuerpo y para la fama.
Y cuando estuvo en su casa, vinieron a él sus discípulos y, con muy gran dolor de sus corazones y con gran pesar, comenzaron a decir qué desventura o qué pecado había sido aquel por el que de tal manera se había deshonrado a sí mismo y a ellos, y había perdido toda su fama que hasta entonces había guardado mejor que hombre del mundo.
Cuando el filósofo esto oyó, quedó muy espantado y les preguntó por qué decían esto o qué mal era ese que él había hecho o cuándo o en qué lugar. Ellos le dijeron que por qué hablaba así de ello, que ya por su desventura y la de ellos, no había hombre en la villa que no hablara de lo que él había hecho cuando había entrado en aquel lugar donde aquellas tales mujeres moraban.
Cuando el filósofo esto oyó, sintió muy gran pesar, pero les dijo que les rogaba que no se quejaran mucho de esto, y que de allí a ocho días les daría respuesta de ello.
Y se metió enseguida en su estudio, y compuso un librito pequeño y muy bueno y muy provechoso. Y entre muchas cosas buenas que en él se contienen, habla allí de la buena ventura y de la desventura, y como en manera de discusión que mantiene con sus discípulos, dice así:
—Hijos, en la buena ventura y en la desventura sucede así: a veces es hallada y buscada, y algunas veces es hallada y no buscada. La hallada y buscada es cuando algún hombre hace bien, y por aquel buen hecho que hace, le viene alguna buena ventura; y lo mismo cuando por algún hecho malo que hace, le viene alguna mala ventura; esto tal es ventura, buena o mala, hallada y buscada, pues él busca y hace por lo que le venga aquel bien o aquel mal.
Asimismo, la hallada y no buscada es cuando un hombre, no haciendo nada por ello, le viene algún provecho o algún bien: así como si un hombre fuera por algún lugar y hallara muy gran cantidad de dinero u otra cosa muy provechosa sin que él hubiera hecho nada por ello; y lo mismo, cuando un hombre, no haciendo nada por ello, le viene algún mal o algún daño, así como si un hombre fuera por una calle y lanzara otro una piedra a un pájaro y le descalabrara a él en la cabeza: esta es desventura hallada y no buscada, pues él nunca hizo ni buscó cosa por la que le debiera venir aquella desventura. Y, hijos, debéis saber que en la buena ventura o desventura hallada y buscada son necesarias dos cosas: la una, que se ayude el hombre haciendo bien para obtener bien o haciendo mal para obtener mal; y la otra, que le premie Dios según las obras buenas y malas que el hombre hubiere hecho.
Asimismo, en la ventura buena o mala, hallada y no buscada, son necesarias otras dos cosas: la una, que se guarde el hombre cuanto pudiere de no hacer ni ponerse en sospecha ni en apariencia por las que le deba venir alguna desventura o mala fama; la otra, es pedir merced y rogar a Dios que, pues él se guarda cuanto puede para que no le venga desventura ni mala fama, que lo guarde Dios de que no le venga ninguna desventura como me vino a mí el otro día que entré en una callejuela para hacer lo que no podía evitar para la salud de mi cuerpo y que era sin pecado y sin ninguna mala fama, y por mi desventura moraban allí tales compañías, por lo que aunque yo estaba sin culpa, quedé mal difamado.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis acrecentar y llevar adelante vuestra buena fama, conviene que hagáis tres cosas: la primera, que hagáis muy buenas obras a placer de Dios, y esto guardado, después, en lo que pudiereis, a placer de las gentes, y guardando vuestra honra y vuestro estado, y que no penséis que por buena fama que tengáis, no la perderéis si dejaseis de hacer buenas obras e hicierais las contrarias; pues muchos hombres hicieron bien un tiempo y porque después no lo llevaron adelante, perdieron el bien que habían hecho y quedaron con la mala fama final. La otra es que roguéis a Dios que os encamine a hacer tales cosas por las que vuestra buena fama se acreciente y vaya siempre adelante y que os guarde de hacer ni de decir cosa por la que la perdáis.
La tercera cosa es que por hecho, ni por dicho, ni por apariencia, nunca hagáis cosa por la que la gente pueda tomar sospecha, para que vuestra fama os sea guardada como debe. Pues muchas veces hace el hombre buenas obras y, por algunas malas apariencias que da, las gentes toman tal sospecha, que le perjudica casi tanto ante el mundo y ante el dicho de las gentes como si hiciera la mala obra. Y debéis saber que en las cosas que atañen a la fama, tanto aprovecha o perjudica lo que las gentes creen y dicen como lo que es verdad en sí; mas en cuanto a Dios y al alma no aprovecha ni perjudica sino las obras que el hombre hace y con qué intención son hechas.
Y el conde tuvo esto por buen ejemplo y rogó a Dios que le dejara hacer tales obras cuales entendía que convenían para salvación de su alma y para guarda de su fama y de su honra y de su estado.
Y porque don Juan tuvo esto por muy buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Haz siempre bien y guárdate de sospecha,
y siempre será tu fama derecha.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 47Lo que le ocurrió a un moro con su hermana
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio de esta manera:
—Patronio, sabed que yo tengo un hermano que es mayor que yo, y somos hijos de un padre y de una madre y, porque es mayor que yo, pienso que lo he de tener en lugar de padre y estarle sometido. Y él tiene fama de ser muy buen cristiano y muy cuerdo, pero lo dispuso Dios así: que soy yo más rico y más poderoso que él; y aunque él no lo da a entender, estoy seguro de que tiene envidia de ello, y cada vez que yo necesito su ayuda y que haga por mí alguna cosa, me da a entender que lo deja de hacer porque sería pecado, y me lo extraña tanto hasta que lo deja por esta razón. Y algunas veces que necesita mi ayuda, me da a entender que, aunque todo el mundo se perdiera, no debo dejar de arriesgar el cuerpo y cuanto tengo para que se haga lo que a él le conviene. Y porque paso con él de esta manera, os ruego que me aconsejéis lo que viereis que debo en esto hacer y lo que más me conviene.
—Señor conde —dijo Patronio—, a mí me parece que la manera que este vuestro hermano trae con vos semeja mucho a lo que dijo un moro a una su hermana.
El conde le preguntó cómo fuera aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un moro tenía una hermana que era tan delicada, que de cualquier cosa que viera o le hicieran, de todo daba a entender que tomaba recelo y se espantaba. Y tanto tenía esta manera, que cuando bebía del agua en unas jarras que suelen beber los moros, que suena el agua cuando beben, cuando aquella mora oía aquel sonido que hacía el agua en aquella jarra, daba a entender que tan gran miedo tenía de aquel sonido que se quería desmayar.
Y aquel su hermano era muy buen mozo, mas era muy pobre, y porque la gran pobreza hace al hombre hacer lo que no querría, no podía evitar aquel mozo buscar la vida muy vergonzosamente. Y lo hacía así: que cada vez que moría algún hombre, iba de noche y le tomaba la mortaja y lo que enterraban con él; y de esto se mantenía a sí y a su hermana y a su compañía.
Y su hermana sabía esto.
Y sucedió que murió un hombre muy rico, y enterraron con él muy ricos paños y otras cosas que valían mucho. Cuando la hermana esto supo, dijo a su hermano que ella quería ir con él aquella noche para traer aquello con que aquel hombre habían enterrado.
Cuando la noche vino, fueron el mozo y su hermana a la tumba del muerto, y la abrieron, y cuando quisieron sacarle aquellos paños muy preciados que tenía vestidos, no pudieron sino rompiendo los paños o quebrando las cervices del muerto.
Cuando la hermana vio que si no quebraban el pescuezo del muerto habrían de romper los paños y perderían mucho de lo que valían, fue a tomar con las manos, muy sin duelo y sin piedad, la cabeza del muerto y la descoyuntó toda, y sacó los paños que tenía vestidos, y tomaron cuanto estaba, y se fueron con ello.
Y luego, otro día, cuando se sentaron a comer, cuando empezaron a beber, cuando la jarra empezó a sonar, dio a entender que se quería desmayar de miedo de aquel sonido que hacía la jarra.
Cuando el hermano aquello vio, y se acordó cuán sin miedo y sin duelo descoyuntara la cabeza del muerto, le dijo en algarabía:
—Aha ya ohti, tafza min bocu, bocu, va liz tafza min fotuh encu.
Y esto quiere decir: «Ahá, hermana, os espantáis del sonido de la jarra que hace boc, boc, y no os espantabais del descoyuntamiento del pescuezo».
Y este proverbio es ahora muy repetido entre los moros.
Y vos, señor conde Lucanor, si aquel vuestro hermano mayor veis que en lo que a vos conviene se excusa por la manera que habéis dicho, dando a entender que tiene por gran pecado lo que vos querríais que hiciera por vos, no siendo tanto como él dice, y tiene que es justo, y dice que hagáis vos lo que a él conviene, aunque sea mayor pecado y muy gran daño vuestro, entended que es de la manera de la mora que se espantaba del sonido de la jarra y no se espantaba de descoyuntar la cabeza del muerto. Y pues él quiere que hagáis vos por él lo que sería vuestro daño si lo hicierais, haced vos a él lo que él hace a vos: decidle buenas palabras y mostradle muy buen talante; y en lo que no os perjudicare, haced por él todo lo que conviniere, mas en lo que fuere vuestro daño, apartadlo siempre con la más cortés manera que pudiereis, y al cabo, por una manera o por otra, guardaos de hacer vuestro daño.
El conde tuvo esto por buen consejo y lo hizo así y se halló muy bien con ello.
Y teniendo don Juan este ejemplo por bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Por quien no quiere lo que te conviene hacer,
tú no quieras lo tuyo por él perder.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 48Lo que le ocurrió a un hombre bueno con su hijo sobre los amigos
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, según mi parecer, yo tengo muchos amigos que me dan a entender que por miedo de perder los cuerpos ni lo que tienen, no dejarían de hacer lo que me conviniera; que por cosa del mundo que pudiera suceder no se apartarían de mí. Y por el buen entendimiento que vos tenéis, os ruego que me digáis de qué manera podré saber si estos mis amigos harían por mí tanto como dicen.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, los buenos amigos son la mejor cosa del mundo, y bien creed que cuando viene gran necesidad y la gran cuita, halla el hombre muy menos de cuantos cree; y también, cuando la necesidad no es grande, es difícil probar cuál sería amigo verdadero cuando la urgencia llegara; pero para que vos podáis saber cuál es el amigo verdadero, me placería que supierais lo que le sucedió a un hombre bueno con un su hijo que decía que tenía muchos amigos.
El conde le preguntó cómo fuera aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, un hombre bueno tenía un hijo, y entre las otras cosas que le mandaba y le aconsejaba, le decía siempre que se esforzara en tener muchos amigos y buenos. El hijo lo hizo así, y comenzó a acompañarse y a compartir de lo que tenía con muchos hombres a fin de tenerlos por amigos. Y todos aquellos decían que eran sus amigos y que harían por él todo cuanto le conviniera, y que arriesgarían por él los cuerpos y cuanto en el mundo tuvieran cuando le fuera necesario.
Un día, estando aquel mozo con su padre, le preguntó si había hecho lo que le mandara, y si había ganado muchos amigos. Y el hijo le dijo que sí, que tenía muchos, mas que señaladamente entre todos los otros tenía hasta diez de los que estaba seguro que por miedo de muerte, ni de ningún recelo, nunca le faltarían por cuita, ni por necesidad, ni por ocasión que le sucediera.
Cuando el padre esto oyó, le dijo que se maravillaba mucho de ello porque en tan poco tiempo hubiera podido tener tantos amigos y tales, pues él, que era muy anciano, nunca en toda su vida había podido tener más de un amigo y medio.
El hijo comenzó a porfiar diciendo que era verdad lo que él decía de sus amigos. Cuando el padre vio que tanto porfiaba el hijo, dijo que los probara de esta manera: que matara un puerco y que lo metiera en un saco, y que se fuera a casa de cada uno de aquellos sus amigos, y que les dijera que aquel era un hombre que él había matado, y que estaba seguro; y si aquello fuera sabido, que no había en el mundo cosa que pudiera escaparlo de la muerte a él y a cuantos supieran que sabían de aquel hecho; y que les rogara, pues eran sus amigos, que le encubrieran aquel hombre y, si fuera necesario, que se dispusieran con él a defenderlo.
El mozo lo hizo y fue a probar a sus amigos según su padre le mandara. Y cuando llegó a casa de sus amigos y les dijo aquel hecho peligroso que le había sucedido, todos le dijeron que en otras cosas le ayudarían; mas que en esto, porque podrían perder los cuerpos y lo que tenían, no se atreverían a ayudarlo y que, por amor de Dios, guardara que no supieran ningunos que había ido a sus casas. Pero de estos amigos, algunos le dijeron que no se atreverían a hacerle otra ayuda, mas que irían a rogar por él; y otros le dijeron que cuando lo llevaran a la muerte, no lo desamparían hasta que hubieran cumplido en él la justicia, y que le harían honra en su enterramiento.
Cuando el mozo hubo probado así a todos sus amigos y no halló cobro en ninguno, volvióse a su padre y le dijo todo lo que le había sucedido. Cuando el padre así lo vio venir, le dijo que bien podía ver ya que más saben los que mucho han visto y probado, que los que nunca pasaron por las cosas.
Entonces le dijo que él no tenía más de un amigo y medio, y que los fuera a probar.
El mozo fue a probar al que su padre tenía por medio amigo; y llegó a su casa de noche y llevaba el puerco muerto a cuestas, y llamó a la puerta de aquel medio amigo de su padre y le contó aquella desventura que le había sucedido y lo que había hallado en todos sus amigos, y le rogó que por el amor que tenía con su padre le socorriera en aquella cuita.
Cuando el medio amigo de su padre aquello vio, le dijo que con él no había amor ni trato por el que debiera tanto arriesgarse, mas que por el amor que tenía con su padre, se lo encubriría.
Entonces tomó el saco con el puerco a cuestas, creyendo que era un hombre, y lo llevó a una su huerta y lo enterró en un surco de coles; y puso las coles en el surco así como antes estaban y envió al mozo con buena fortuna.
Y cuando fue con su padre, le contó todo lo que le había sucedido con aquel su medio amigo. El padre le mandó que otro día, cuando estuvieran en concejo, que sobre cualquier razón que discutieran, empezara a porfiar con aquel su medio amigo, y, sobre la porfía, le diera un puñetazo en el rostro, el mayor que pudiera.
El mozo hizo lo que le mandó su padre y cuando se lo dio, lo miró el hombre bueno y le dijo:
—A buena fe, hijo, mal hiciste; mas te digo que por este ni por otro mayor tuerto no descubriré las coles del huerto.
Y cuando el mozo esto contó a su padre, le mandó que fuera a probar a aquel que era su amigo cumplido. Y el hijo lo hizo.
Y cuando llegó a casa del amigo de su padre y le contó todo lo que le había sucedido, dijo el hombre bueno, amigo de su padre, que él lo guardaría de muerte y de daño.
Sucedió, por ventura, que en aquel tiempo habían matado a un hombre en aquella villa, y no podían saber quién lo había matado. Y porque algunos vieron que aquel mozo había ido con aquel saco a cuestas muchas veces de noche, creyeron que él lo había matado.
¿Qué os iré alargando? El mozo fue juzgado a que lo mataran. Y el amigo de su padre había hecho cuanto había podido por escaparlo. Cuando vio que de ninguna manera no lo pudiera librar de muerte, dijo a los alcaldes que no quería llevar pecado de aquel mozo, que supieran que aquel mozo no había matado al hombre, sino que lo había matado un su hijo solo que él tenía.
E hizo al hijo que lo reconociera; y el hijo lo admitió; y lo mataron. Y escapó de la muerte el hijo del hombre bueno que era amigo de su padre.
Ahora, señor conde Lucanor, os he contado cómo se prueban los amigos, y tengo que este ejemplo es bueno para saber en este mundo cuáles son los amigos, y que los debe probar antes de que se meta en gran peligro por su confianza, y que sepa a cuánto llegarán por él si le fuera necesario. Pues cierto estad que algunos son buenos amigos, mas muchos, y quizá los más, son amigos de la fortuna, que, así como la fortuna corre, así son ellos amigos.
También, este ejemplo se puede entender espiritualmente de esta manera: todos los hombres en este mundo creen que tienen amigos, y cuando viene la muerte, los han de probar en aquella cuita, y van a los seglares, y les dicen que bastante tienen que hacer en sí; van a los religiosos y les dicen que rogarán a Dios por ellos; van a la mujer y a los hijos y les dicen que irán con ellos hasta la tumba y que les harán honra en su enterramiento; y así prueban a todos aquellos que ellos creían que eran sus amigos. Y cuando no hallan en ellos ningún cobro para escapar de la muerte, así como volvió el hijo, después que no halló cobro en ninguno de aquellos que creía que eran sus amigos, volvense a Dios, que es su padre, y Dios les dice que prueben a los santos que son medios amigos. Y ellos lo hacen. Y tan grande es la bondad de los santos y sobre todos de santa María, que no dejan de rogar a Dios por los pecadores; y santa María le muestra cómo fue su madre y cuánto trabajo tomó en tenerlo y en criarlo, y los santos le muestran las miserias y las penas y los tormentos y las pasiones que recibieron por él; y todo esto hacen por encubrir los yerros de los pecadores. Y aunque hayan recibido muchos enojos de ellos, no lo descubren, así como no descubrió el medio amigo el puñetazo que le dio el hijo de su amigo. Y cuando el pecador ve espiritualmente que por todas estas cosas no puede escapar de la muerte del alma, se vuelve a Dios, así como volvió el hijo al padre después que no halló quien lo pudiera escapar de la muerte. Y nuestro señor Dios, así como padre y amigo verdadero, acordándose del amor que tiene al hombre, que es su criatura, hizo como el buen amigo, pues envió a su hijo Jesucristo que muriera, no teniendo ninguna culpa y siendo sin pecado, para deshacer las culpas y los pecados que los hombres merecían. Y Jesucristo, como buen hijo, fue obediente a su padre y siendo verdadero Dios y verdadero hombre quiso recibir, y recibió, muerte, y redimió a los pecadores por su sangre.
Y ahora, señor conde, parad mientes en cuáles de estos amigos son mejores y más verdaderos, o por cuáles debería el hombre hacer más por ganarlos como amigos.
Al conde le agradó mucho todo este razonamiento, y consideró que era muy bueno.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Nunca el hombre podría tan buen amigo hallar
como Dios, que lo quiso con su sangre comprar.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 49Lo que le ocurrió a un hombre al que hicieron señor de una gran tierra
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, y le dijo:
—Patronio, muchos me dicen que, puesto que yo soy tan honrado y tan poderoso, haga cuanto pudiere por tener gran riqueza y gran poder y gran honra, pues esto es lo que más me conviene y más me corresponde. Y porque yo sé que siempre me aconsejáis lo mejor y que lo haréis así de aquí en adelante, os ruego que me aconsejéis lo que viereis que más me conviene en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, este consejo que vos me pedís es difícil de dar por dos razones: lo primero, que en este consejo que vos me pedís, habré de decir contra vuestra voluntad; y lo otro, porque es muy difícil hablar contra el consejo que se da en provecho del señor. Y porque en este consejo están estas dos cosas, me es muy difícil hablar contra él, pero, dado que todo consejero, si es leal, no debe mirar sino por dar el mejor consejo y no mirar ni su provecho, ni su daño, ni si le place al señor, ni si le pesa, sino decirle lo mejor que uno viere, por eso, yo no dejaré de deciros en este consejo lo que entiendo que es más vuestro provecho y os conviene más. Y por eso, os digo que los que esto os dicen que, en parte, os aconsejan bien, pero no es el consejo completo ni bueno para vos; mas para ser del todo completo y bueno, sería muy bien y me agradaría mucho que supieseis lo que le ocurrió a un hombre al que hicieron señor de una gran tierra.
El conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, en una tierra tenían por costumbre que cada año hacían un señor. Y en cuanto duraba aquel año, hacían todas las cosas que él mandaba; y luego que el año se acababa, le tomaban cuanto tenía y lo desnudaban y lo echaban en una isla solo, que no quedaba con él nadie del mundo.
Y aconteció que tuvo una vez aquel señorío un hombre que fue de mejor entendimiento y más avisado que los que lo fueron antes. Y porque sabía que cuando pasase el año, le habían de hacer lo que a los otros, antes de que se acabase el año de su señorío, mandó, en gran secreto, hacer en aquella isla, donde sabía que lo habían de echar, una morada muy buena y muy completa en la que puso todas las cosas que eran menester para toda su vida. E hizo la morada en lugar tan escondido, que nunca pudieron enterarse los de aquella tierra que le dieron aquel señorío.
Y dejó algunos amigos en aquella tierra así instruidos y aleccionados que si, por ventura, alguna cosa hubiese menester de las que él no se acordara de enviar adelante, que se las enviasen ellos de manera que no le faltase nada.
Cuando el año fue cumplido y los de la tierra le tomaron el señorío y lo echaron desnudo en la isla, así como a los otros hicieron que fueron antes que él, porque él había sido precavido y había hecho tal morada en que podía vivir muy próspero y muy a placer de sí, se fue a ella, y vivió en ella muy bienaventurado.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis ser bien aconsejado, parad mientes en que este tiempo que tenéis de vivir en este mundo, pues sois cierto de que lo habéis de dejar y que os habéis de ir desnudo de él y no habéis de llevar del mundo sino las obras que hiciereis, procurad que las hagáis tales, para que cuando de este mundo saliereis, que tengáis hecha tal morada en el otro, para que cuando os echen de este mundo desnudo, encontréis buena morada para toda vuestra vida. Y sabed que la vida del alma no se cuenta por años, mas dura para siempre sin fin; pues el alma es cosa espiritual y no se puede corromper, antes dura y permanece para siempre. Y sabed que las obras buenas o malas que el hombre en este mundo hace, todas las tiene Dios guardadas para dar de ellas galardón en el otro mundo, según sus merecimientos.
Y por todas estas razones, os aconsejo yo que hagáis tales obras en este mundo para que cuando de él hubiereis de salir, encontréis buena posada en aquel donde habéis de durar para siempre, y que por los estados y honras de este mundo, que son vanos y pasajeros, no queráis perder aquello que es cierto que ha de durar para siempre sin fin. Y estas buenas obras hacedlas sin jactancia y sin vanagloria, que aunque vuestras buenas obras sean sabidas, siempre serían ocultas, pues no las hacéis por jactancia, ni por vanagloria. Asimismo, dejad acá tales amigos que lo que vos no pudiereis cumplir en vuestra vida, que lo cumplan ellos en provecho de vuestra alma. Pero guardadas estas cosas, todo lo que pudiereis hacer por llevar vuestra honra y vuestro estado adelante, tengo que lo debéis hacer y es bien que lo hagáis.
El conde tuvo este por buen ejemplo y por buen consejo y rogó a Dios que le permitiera que lo pudiese así hacer como Patronio decía.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Por este mundo pasajero,
no pierdas el que es duradero.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 50Lo que le ocurrió a Saladino con la esposa de un caballero vasallo suyo
Hablaba el conde Lucanor un día con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, bien sé yo ciertamente que vos tenéis tal entendimiento que ninguno de los que hay ahora en esta tierra podría dar tan buena respuesta a ninguna cosa que le preguntasen como vos; y por eso os ruego que me digáis cuál es la mejor cosa que el hombre puede tener en sí. Y esto os pregunto porque bien entiendo que muchas cosas ha menester el hombre para saber acertar en lo mejor y hacerlo, pues por entender el hombre la cosa y no obrar bien con ella, no considero que mejore mucho en su hacienda. Y porque las cosas son tantas, querría saber al menos una, para que siempre me acordase de ella para guardarla.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, vos, por vuestra merced, me alabáis mucho señaladamente y decís que yo tengo muy gran entendimiento. Y, señor conde, yo temo que os engañáis en esto. Y bien creed que no hay cosa en el mundo en que el hombre tanto ni tan fácilmente se engañe como en conocer a los hombres cuáles son en sí y qué entendimiento tienen. Y estas son dos cosas: la una, cuál es el hombre en sí; la otra, qué entendimiento tiene. Y para saber cuál es en sí, se ha de mostrar en las obras que hace a Dios y al mundo; pues muchos parecen que hacen buenas obras, y no son buenas: que todo su bien es para este mundo. Y creed que esta bondad le costará muy cara, pues por este bien que dura un día, sufrirá mucho mal sin fin. Y otros hacen buenas obras para servicio de Dios y no cuidan de lo del mundo; y aunque estos escogen la mejor parte y la que nunca les será quitada ni la perderán; pero ni unos ni otros guardan ambos caminos, que son lo de Dios y del mundo.
Y para guardar ambos, ha menester muy buenas obras y muy gran entendimiento, que tan gran cosa es hacer esto como meter la mano en el fuego y no sentir su calor; pero, ayudándole Dios, y ayudándose el hombre, todo se puede hacer; pues ya fueron muchos buenos reyes y otros hombres santos; luego estos, buenos fueron a Dios y al mundo. Asimismo, para saber quién tiene buen entendimiento, ha menester muchas cosas; pues muchos dicen muy buenas palabras y grandes sentencias y no hacen sus haciendas tan bien como les convendría; mas otros llevan muy bien sus haciendas y no saben o no quieren o no pueden decir tres palabras correctas. Otros hablan muy bien y hacen muy bien sus haciendas, mas son de malas intenciones, y aunque obran bien para sí, obran malas obras para las gentes. Y de estos tales dice la Escritura que son como el loco que tiene la espada en la mano, o como el mal príncipe que tiene gran poder.
Mas para que vos y todos los hombres podáis conocer quién es bueno a Dios y al mundo, y quién es de buen entendimiento y quién es de buena palabra y quién es de buena intención, para escogerlo verdaderamente, conviene que no juzguéis a ninguno sino por las obras que hiciere largamente y no poco tiempo, y por cómo viereis que mejora o que empeora su hacienda; pues en estas dos cosas se muestra todo lo que antes es dicho.
Y todas estas razones os dije ahora porque vos me alabáis mucho a mí y a mi entendimiento, y estoy cierto de que cuando a todas estas cosas mirareis, que no me alabaréis tanto. Y a lo que me preguntasteis que os dijese cuál era la mejor cosa que el hombre podía tener en sí, para saber de esto la verdad, querría mucho que supieseis lo que le ocurrió a Saladino con una muy buena dama, esposa de un caballero, su vasallo.
Y el conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, Saladino era soldán de Babilonia y traía consigo siempre muy gran gente; y un día, porque todos no podían posar con él, fue a posar a casa de un caballero.
Y cuando el caballero vio a su señor, que era tan honrado, en su casa, le hizo cuanto servicio y cuanto placer pudo, y él y su esposa y sus hijos y sus hijas le servían cuanto podían. Y el Diablo, que siempre se esfuerza en que haga el hombre lo más desatinado, puso en la voluntad de Saladino que olvidase todo lo que debía guardar y que amase a aquella dama no como debía.
Y el amor fue tan grande, que hubo de aconsejarse con un mal consejero suyo en qué manera podría cumplir lo que él quería. Y debéis saber que todos deberían rogar a Dios que guardase a su señor de querer hacer mal hecho, pues si el señor lo quiere, cierto estad de que nunca faltará quien se lo aconseje y quien lo ayude a cumplirlo.
Y así ocurrió a Saladino, que luego halló quien le aconsejó cómo pudiese cumplir aquello que quería. Y aquel mal consejero le aconsejó que enviase por su marido y que le hiciese mucho bien y que le diese muy gran gente de la que fuese jefe; y al cabo de algunos días, que lo enviase a alguna tierra lejana en su servicio, y en cuanto el caballero estuviese allá, que podría él cumplir toda su voluntad.
Esto agradó a Saladino, y lo hizo así. Y cuando el caballero fue ido en su servicio, creyendo que iba muy bienaventurado y muy amigo de su señor, se fue Saladino a su casa. Cuando la buena dama supo que Saladino venía, porque tanta merced había hecho a su marido, lo recibió muy bien y le hizo mucho servicio y cuanto placer pudo ella y toda su compaña. Cuando la mesa fue levantada y Saladino entró en su cámara, envió por la dama. Y ella, creyendo que enviaba por otra cosa, fue a él. Y Saladino le dijo que la amaba mucho. Y luego que ella esto oyó, lo entendió muy bien, pero dio a entender que no entendía aquella razón y le dijo que le diese Dios buena vida y que se lo agradecía, pues bien sabía Dios que ella mucho deseaba su vida, y que siempre rogaría a Dios por él, como lo debía hacer, porque era su señor y, señaladamente, por cuanta merced hacía a su marido y a ella. Saladino le dijo que, sin todas aquellas razones, la amaba más que a mujer del mundo. Y ella se lo tenía por merced, sin dar a entender que entendía otra razón. ¿Qué os iré más alargando? Saladino le hubo de decir cómo la amaba. Cuando la buena dama aquello oyó, como era muy buena y de muy buen entendimiento, respondió así a Saladino:
—Señor, aunque yo soy mujer de pequeña condición, bien sé que el amor no está en poder del hombre, antes está el hombre en poder del amor. Y bien sé yo que si vos tan gran amor me tenéis como decís, que podría ser verdad esto que vos me decís, pero así como esto sé bien, así sé otra cosa: que cuando los hombres, y señaladamente los señores, os pagáis de alguna mujer, dais a entender que haréis cuanto ella quisiere, y cuando ella queda mal parada y escarnecida, la preciáis poco y, como es derecho, queda del todo mal. Y yo, señor, temo que ocurrirá así conmigo.
Saladino le comenzó a deshacer esto prometiéndole que le haría cuanto ella quisiese para que quedase muy bien parada. Cuando Saladino esto le dijo, le respondió la buena dama que si él le prometiese cumplir lo que ella le pidiese, antes de que le hiciese fuerza ni escarnio, que ella le prometía que, luego que se lo hubiese cumplido, haría ella todo lo que él mandase.
Saladino le dijo que temía que le pidiría que no le hablase más en aquel asunto. Y ella le dijo que no le demandaría eso ni cosa que él muy bien no pudiese hacer. Saladino se lo prometió. La buena dama le besó la mano y el pie y le dijo que lo que de él quería era que le dijese cuál era la mejor cosa que el hombre podía tener en sí, y que era madre y cabeza de todas las bondades.
Cuando Saladino esto oyó, comenzó muy fuertemente a pensar, y no pudo hallar qué responder a la buena dama. Y porque le había prometido que no le haría fuerza ni escarnio hasta que le cumpliese lo que le había prometido, le dijo que quería reflexionar sobre esto. Y ella le dijo que prometía que en cualquier tiempo que de esto le diese respuesta, que ella cumpliría todo lo que él mandase.
Así quedó el trato puesto entre ellos. Y Saladino se fue hacia sus gentes; y, como por otra razón, preguntó a todos sus sabios por esto. Y unos decían que la mejor cosa que el hombre podía tener era ser hombre de buena alma. Y otros decían que era verdad para el otro mundo, mas que por ser solamente de buena alma, que no sería muy bueno para este mundo. Otros decían que lo mejor era ser hombre muy leal. Otros decían que, aunque ser leal es muy buena cosa, que podría ser leal y ser muy cobarde, o muy escaso, o muy torpe, o mal acostumbrado, y así que algo más hacía falta, aunque fuese muy leal. Y de esta manera hablaban de todas las cosas, y no podían acertar en lo que Saladino preguntaba.
Cuando Saladino no halló quien le dijese y diese respuesta a su pregunta en toda su tierra, trajo consigo dos juglares, e hizo esto para que mejor pudiese con estos andar por el mundo. Y sin ser reconocido pasó el mar, y fue a la corte del Papa, donde se reúnen todos los cristianos. Y preguntando por aquella razón, nunca halló quien le diese respuesta. De allí, fue a casa del rey de Francia y a todos los reyes y nunca halló respuesta. Y en esto pasó tanto tiempo que ya estaba arrepentido de lo que había comenzado. Y ya por la dama no haría tanto; mas, porque él era tan buen hombre, consideraba que le era mengua si dejase de saber aquello que había comenzado; pues, sin duda, el gran hombre hace gran mengua si deja lo que una vez comienza, con tal de que el hecho no sea malo o pecado; mas, si por miedo o trabajo lo deja, no se podría de mengua excusar. Y por eso, Saladino no quería dejar de saber aquello por lo que saliera de su tierra.
Y sucedió que un día, yendo por su camino con sus juglares, se encontraron con un escudero que venía de correr monte y había matado un ciervo.
El escudero se había casado hacía poco tiempo, y tenía un padre muy viejo que había sido el mejor caballero que hubo en toda aquella tierra. Y por la gran vejez, no veía y no podía salir de su casa, pero tenía el entendimiento tan bueno y tan completo, que no le faltaba nada por la vejez. El escudero, que venía de su cacería muy alegre, preguntó a aquellos hombres que de dónde venían y qué hombres eran. Ellos le dijeron que eran juglares.
Cuando él esto oyó, le agradó mucho, y les dijo que venía muy alegre de su cacería y que para completar la alegría, puesto que ellos eran muy buenos juglares, fuesen con él esa noche. Y ellos le dijeron que iban con mucha prisa, que hacía mucho tiempo que habían partido de su tierra para saber una cosa y que no habían podido hallar respuesta a ella y que se querían volver, y que por eso no podían ir con él esa noche.
El escudero les preguntó tanto, hasta que le hubieron de decir qué cosa era aquello que querían saber. Cuando el escudero esto oyó, les dijo que si su padre no les diese consejo en esto, no se lo daría hombre del mundo, y les contó qué hombre era su padre.
Cuando Saladino, a quien el escudero tenía por juglar, oyó esto, le agradó mucho. Y se fueron con él.
Y cuando llegaron a casa de su padre, el escudero le contó cómo venía muy alegre porque había cazado muy bien y aun, que tenía mayor alegría porque traía consigo a aquellos juglares; y dijo a su padre lo que andaban preguntando, y le pidió por merced que les dijese lo que de esto entendía él, pues él les había dicho que si no hallaban quien les diese respuesta a esto, y si su padre no se la daba, no hallarían hombre que se la diese.
Cuando el caballero anciano esto oyó, entendió que aquel que esta pregunta hacía no era juglar; y dijo a su hijo que después que hubiesen comido, él les daría respuesta a esto que preguntaban.
Y el escudero dijo esto a Saladino, a quien él tenía por juglar, de lo que fue Saladino muy alegre, y se le hacía ya muy largo porque había de esperar hasta que hubiese comido.
Cuando los manteles fueron levantados y los juglares hubieron hecho su oficio, les dijo el caballero anciano que le había dicho su hijo que ellos andaban haciendo una pregunta y que no hallaban hombre que les diese respuesta, y que le dijesen qué pregunta era aquella, y él les diría lo que entendía.
Entonces, Saladino, que andaba por juglar, le dijo que la pregunta era esta: que cuál era la mejor cosa que hombre podía tener en sí, y que era madre y cabeza de todas las bondades.
Cuando el caballero anciano oyó esta razón, la entendió muy bien; y también, conoció por la palabra que aquel era Saladino; pues él había vivido mucho tiempo con él en su casa y había recibido de él mucho bien y mucha merced, y le dijo:
«Amigo, lo primero que te respondo, te digo que cierto estoy de que hasta el día de hoy nunca tales juglares entraron en mi casa. Y sabe que si yo hiciera lo correcto, debería reconocer cuánto bien de ti tomé, pero de esto no te diré ahora nada, hasta que hable contigo en privado, para que no sepa nadie nada de tu asunto. Pero, en cuanto a la pregunta que haces, te digo que la mejor cosa que hombre puede tener en sí, y que es madre y cabeza de todas las bondades, te digo que esta es la vergüenza; y por vergüenza sufre hombre la muerte, que es la más grave cosa que puede ser; pues por vergüenza deja de hacer hombre todas las cosas que no le parecen bien, por gran voluntad que tenga de hacerlas. Y así, en la vergüenza tienen comienzo y fin todas las bondades, y la vergüenza es separación de todos los malos hechos».
Cuando Saladino esta razón oyó, entendió verdaderamente que era así como el caballero le decía. Y pues entendió que había hallado respuesta a la pregunta que hacía, tuvo de ello muy gran placer y se despidió del caballero y del escudero de cuya casa habían sido huéspedes. Mas antes de que se partiesen de su casa, habló con el caballero anciano, y le dijo que reconocía que era Saladino, y le contó cuánto bien de él había recibido. Y él y su hijo le hicieron cuanto servicio pudieron, pero de manera que no fuese descubierto.
Y después de que estas cosas fueron pasadas, se encaminó Saladino para irse a su tierra cuanto más pronto pudo. Y cuando llegó a su tierra, las gentes lo recibieron con muy gran placer e hicieron muy gran alegría por su venida.
Y después de que aquellas alegrías fueron pasadas, fue Saladino a casa de aquella buena dueña que le había hecho aquella pregunta. Y cuando ella supo que Saladino venía a su casa, lo recibió muy bien e le hizo cuanto servicio pudo.
Y después de que Saladino hubo comido y entró en su cámara, envió por la buena dueña; y ella vino a él. Y Saladino le dijo cuánto había trabajado por hallar respuesta cierta a la pregunta que le había hecho y que la había hallado, y que pues le podía dar respuesta complida, así como le había prometido, que ella también cumpliese lo que le había prometido. Y ella le dijo que le pedía por merced que le guardase lo que le había prometido y que le dijese la respuesta a la pregunta que le había hecho, y que si fuese tal que él mismo entendiese que la respuesta era complida, que ella muy de grado cumpliría todo lo que le había prometido.
Entonces le dijo Saladino que le placía de esto que ella le decía, y le dijo que la respuesta a la pregunta que ella hiciera era esta: que ella le preguntara cuál era la mejor cosa que hombre podía tener en sí y que era madre y cabeza de todas las bondades, que le respondía que la mejor cosa que hombre podía tener en sí y que es madre y cabeza de todas las bondades, que esta es la vergüenza.
Cuando la buena dueña esta respuesta oyó, fue muy alegre, y le dijo:
«Señor, ahora reconozco que dices verdad, y que me has cumplido cuanto me prometiste. Y te pido por merced que me digas, así como rey debe decir verdad, si crees que hay en el mundo mejor hombre que tú».
Y Saladino le dijo que, aunque se le hacía vergüenza de decirlo, pero pues había de decir verdad como rey, le decía que más creía que era él mejor que los otros, que no que había otro mejor que él.
Cuando la buena dueña esto oyó, se dejó caer en tierra ante sus pies, y le dijo así, llorando muy fuertemente:
«Señor, vos habéis aquí dicho dos muy grandes verdades: la una, que sois vos el mejor hombre del mundo; la otra, que la vergüenza es la mejor cosa que el hombre puede tener en sí. Y señor, pues vos esto reconocéis, y sois el mejor hombre del mundo, os pido por merced que queráis en vos la mejor cosa del mundo, que es la vergüenza, y que tengáis vergüenza de lo que me decís».
Cuando Saladino todas estas buenas razones oyó y entendió cómo aquella buena dueña, con su bondad y con su buen entendimiento, había sabido disponer que fuese él guardado de tan gran yerro, lo agradeció mucho a Dios. Y aunque él la amaba antes de otro amor, la amó mucho más de allí adelante de amor leal y verdadero, cual debe tener el buen señor y leal a todas sus gentes. Y señaladamente por su bondad de ella, envió por su marido e les hizo tanta honra y tanta merced que ellos, y todos los que de ellos vinieron, fueron muy bien andantes entre todos sus vecinos. Y todo este bien sucedió por la bondad de aquella buena dueña, y porque ella dispuso que fuese sabido que la vergüenza es la mejor cosa que hombre puede tener en sí, y que es madre y cabeza de todas las bondades.
Y pues vos, señor conde Lucanor, me preguntáis cuál es la mejor cosa que hombre puede tener en sí, os digo que es la vergüenza. Pues la vergüenza hace a hombre ser esforzado y franco y leal y de buenas costumbres y de buenas maneras, y hacer todos los bienes que hace. Pues bien creed que todas estas cosas hace hombre más con vergüenza que con talante que tenga de hacerlo. Y también, por vergüenza deja hombre de hacer todas las cosas desaguisadas que la voluntad da al hombre de hacer. Y por eso, cuán buena cosa es tener el hombre vergüenza de hacer lo que no debe y dejar de hacer lo que debe, tan mala y tan dañosa y tan fea cosa es el que pierde la vergüenza.
Y debéis saber que yerra muy gravemente el que hace algún hecho vergonzoso y cree que, puesto que lo hace encubiertamente, no debe tener de ello vergüenza. Y cierto sed de que no hay cosa, por encubierta que sea, que tarde o temprano no sea sabida. Y aunque en el momento que la cosa vergonzosa se hace, no tenga de ello vergüenza, debería hombre pensar qué vergüenza sería cuando fuere sabido. Y aunque de esto no tomase vergüenza, debe tomarla de sí mismo, que entiende el asunto vergonzoso que hace. Y cuando en todo esto no pensase, debe entender cuán sin ventura es (pues sabe que si un mozo viese lo que él hace, lo dejaría por su vergüenza) en no dejarlo ni tener vergüenza ni miedo de Dios, que lo ve y lo sabe todo, y es cierto que le dará por ello la pena que mereciere.
Ahora, señor conde Lucanor, os he respondido a esta pregunta que me hicisteis y con esta respuesta os he respondido a cincuenta preguntas que me habéis hecho. Y habéis estado en ello tanto tiempo, que estoy cierto de que están de ello enojados muchos de vuestros compañías, y señaladamente se enojan de ello los que no tienen muy gran talante de oír ni de aprender las cosas de que se pueden mucho aprovechar. Y les sucede como a las bestias que van cargadas de oro, que sienten el peso que llevan a cuestas y no se aprovechan del provecho que hay en ello. Y ellos sienten el enojo de lo que oyen y no se aprovechan de las cosas buenas y provechosas que oyen. Y por eso, os digo que tanto por esto, como por el trabajo que he tomado en las otras respuestas que os di, que no os quiero responder más a otras preguntas que vos hagáis, sino que en este ejemplo y en otro que sigue adelante de este os quiero hacer fin a este libro.
El conde tuvo este por muy buen ejemplo. Y en cuanto a lo que Patronio dijo de que no quería que le hiciesen más preguntas, dijo que esto quedase en cómo se pudiese hacer.
Y porque don Juan tuvo este ejemplo por muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
La vergüenza de todos los males aparta;
por vergüenza hace el hombre el bien sin arte.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 51Lo que le ocurrió a un rey cristiano que era muy soberbio
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
—Patronio, muchos hombres me dicen que una de las cosas por las que el hombre puede ganarse el favor de Dios es siendo humilde; otros me dicen que los humildes son menospreciados por las demás gentes y que son tenidos por hombres de poco esfuerzo y de pequeño corazón, y que al gran señor le conviene y le aprovecha ser soberbio. Y porque yo sé que ningún hombre entiende mejor que tú lo que debe hacer el gran señor, te ruego que me aconsejes cuál de estas dos cosas me es mejor, o qué debo hacer.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos entendáis qué es en esto lo mejor y lo que más os conviene hacer, mucho me agradaría que supieseis lo que le ocurrió a un rey cristiano que era muy poderoso y muy soberbio.
El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, en una tierra de la que no recuerdo el nombre, había un rey muy joven y muy rico y muy poderoso, y era soberbio a más no poder; y tanto llegó su soberbia, que una vez, oyendo aquel cántico de santa María que dice: «Magnificat anima mea dominum», oyó en él un verso que dice: «Deposuit potentes de sede et exaltavit humiles»; que quiere decir: «Nuestro señor Dios derribó y abatió a los poderosos soberbios de su poderío y ensalzó a los humildes». Cuando esto oyó, le pesó mucho y mandó por todo su reino que borrasen este verso de los libros, y que pusiesen en aquel lugar: «Et exaltavit potentes in sede et humiles posuit in natus»; que quiere decir: «Dios ensalzó los tronos de los soberbios poderosos y derribó a los humildes».
Esto pesó mucho a Dios, y fue muy contrario de lo que dijo santa María en este mismo cántico; pues después de que vio que era madre del hijo de Dios que ella concibió y parió, siendo y quedando siempre virgen y sin ninguna corrupción, y viendo que era señora de los cielos y de la tierra, dijo de sí misma, alabando la humildad sobre todas las virtudes: «Quia respexit humilitatem ancille sue ecce enim ex hoc benedictam me dicent omnes generationes»; que quiere decir: «Porque miró mi señor Dios la humildad de mí, que soy su sierva, por esta razón me llamarán todas las gentes bienaventurada». Y así fue, que nunca antes ni después pudo ser ninguna mujer bienaventurada; pues por las bondades, y señaladamente por su gran humildad, mereció ser madre de Dios y reina de los cielos y de la tierra y ser Señora puesta sobre todos los coros de los ángeles.
Mas al rey soberbio le ocurrió muy contrario de esto: pues un día tuvo ganas de ir al baño y fue allá muy orgullosamente con su compañía. Y cuando entró en el baño, tuvo que desnudarse y dejó todos sus paños fuera del baño.
Y estando él bañándose, envió nuestro señor Dios un ángel al baño, el cual, por la virtud y por la voluntad de Dios, tomó la semejanza del rey y salió del baño y se vistió los paños del rey y se fueron todos con él para el alcázar.
Y dejó a la puerta del baño unos paños muy viles y muy rotos, como de esos pobrecillos que piden a las puertas.
El rey, que quedaba en el baño sin saber nada de esto, cuando entendió que era tiempo para salir del baño, llamó a aquellos camareros y aquellos que estaban con él. Y por mucho que los llamó, no respondió ninguno de ellos, pues se habían ido todos, creyendo que iban con el rey. Cuando vio que no le respondió ninguno, le entró tan gran saña, que fue muy gran maravilla, y empezó a jurar que los haría matar a todos con muertes muy crueles.
Y teniéndose por muy burlado, salió del baño desnudo, creyendo que encontraría algunos de sus hombres que le diesen de vestir. Y cuando llegó adonde él creyó hallar algunos de los suyos, y no encontró a ninguno, comenzó a buscar de un lado y del otro del baño, y no halló a hombre del mundo a quien decir una palabra.
Y andando así muy afligido, y no sabiendo qué hacer, vio aquellos pañuelos viles y rotos que estaban en un rincón y pensó en vestirlos y que iría encubiertamente a su casa y que se vengaría muy cruelmente de todos los que tan gran burla le habían hecho. Y se vistió los paños y se fue muy encubiertamente al alcázar, y cuando allí llegó, vio estar a la puerta uno de sus porteros que conocía muy bien que era su portero, y uno de los que fueran con él al baño, y lo llamó muy quedamente y le dijo que le abriese la puerta y lo metiese en su casa muy encubiertamente, porque no entendiese ninguno que tan vergonzosamente venía.
El portero tenía muy buena espada al cuello y muy buena maza en la mano y le preguntó qué hombre era que tales palabras decía. Y el rey le dijo:
—¡Ah, traidor! ¿No te basta la burla que me hiciste tú y los otros al dejarme solo en el baño y venir tan avergonzado como vengo? ¿No eres tú fulano, y no me conoces que soy yo el rey, vuestro señor, que dejasteis en el baño? Ábreme la puerta, antes de que venga alguien que pueda conocerme, y si no ten por seguro que yo te haré morir con muerte mala y muy cruel.
Y el portero le dijo:
—¡Hombre loco, miserable!, ¿qué estás diciendo? Vete en buena hora y no digas más estas locuras, si no yo te castigaré bien como a loco, pues el rey hace rato que vino del baño, y vinimos todos con él, y ha comido y está echado a dormir, y guárdate de no hacer aquí ruido para que no lo despiertes.
Cuando el rey esto oyó, creyendo que se lo decía haciendo burla, comenzó a rabiar de saña y de melancolía, y se abalanzó sobre él, creyendo tomarlo por los cabellos. Y cuando el portero esto vio, no lo quiso herir con la maza, mas le dio muy gran golpe con el mango, de modo que le hizo salir sangre por muchos lugares. Cuando el rey se sintió herido y vio que el portero tenía buena espada y buena maza y que él no tenía ninguna cosa con que pudiese hacerle mal, ni aun para defenderse, creyendo que el portero se había vuelto loco, y que si más le dijese lo mataría por ventura, pensó ir a casa de su mayordomo y encubrirse allí hasta que fuese curado, y después tomaría venganza de todos aquellos traidores que tan gran burla le habían hecho.
Y cuando llegó a casa de su mayordomo, si mal le había ocurrido en su casa con el portero, muy peor le sucedió en casa de su mayordomo.
Y de allí se fue lo más encubiertamente que pudo para casa de la reina, su mujer, teniendo ciertamente que todo este mal le venía porque aquellas gentes no lo conocían; y tenía sin duda que cuando todo el mundo lo desconociese, que no lo desconocería la reina, su mujer. Y cuando llegó ante ella y le dijo cuánto mal le habían hecho y cómo él era el rey, la reina, temiendo que si el rey, que ella creía que estaba en casa, supiese que ella oía tal cosa, le pesaría de ello, mandó darle muchas palancadas, diciéndole que echasen de casa a aquel loco que le decía aquellas locuras.
El rey, desventurado, cuando se vio tan mal parado, no supo qué hacer y se fue a echar en un hospital muy mal herido y muy quebrantado, y estuvo allí muchos días. Y cuando le apremiaba el hambre, iba pidiendo por las puertas, y le decían las gentes, y le hacían burla, que cómo andaba tan miserable siendo rey de aquella tierra. Y tantos hombres le dijeron esto y tantas veces y en tantos lugares, que ya él mismo creía que era loco y que con locura pensaba que era rey de aquella tierra. Y de esta manera anduvo muy gran tiempo, teniendo todos los que lo conocían que era loco de una locura que les ocurre a muchos, que creen por sí mismos que son otra cosa o que están en otro estado.
Y estando aquel rey en tan gran mal estado, la bondad y la piedad de Dios —que siempre quiere el bien de los pecadores y los lleva a la manera como se pueden salvar, si por gran culpa suya no fuere—, obraron de tal modo, que el mezquino del rey, que por su soberbia había caído en tan gran perdición y en tan gran abajamiento, comenzó a pensar que este mal le había venido por su pecado y por la gran soberbia que en él había, y, señaladamente, todo que era por el verso que mandara borrar del cántico de santa María que arriba es dicho, que mudara con gran soberbia y por tan gran locura. Y cuando esto fue entendiendo, comenzó a tener tan gran dolor y tan gran arrepentimiento en su corazón, que hombre del mundo no lo podría decir con la boca; y era de tal modo, que mayor dolor y mayor pesar tenía de los yerros que había hecho contra nuestro Señor, que del reino que había perdido, y vio cuán mal parado estaba su cuerpo, y por ello, nunca hacía otra cosa sino llorar y afligirse y pedir merced a nuestro señor Dios que le perdonase sus pecados y que tuviese merced de su alma. Y tan gran dolor tenía de sus pecados, que solamente nunca se acordó ni puso en su pensamiento pedir merced a nuestro señor Dios que lo tornase a su reino ni a su honra; pues todo esto lo apreciaba en nada, y no codiciaba otra cosa sino tener perdón de sus pecados y poder salvar el alma.
Y bien creed, señor conde, que cuantos hacen romerías y ayunos y limosnas y oraciones u otros bienes cualesquiera porque Dios les dé o los guarde o los acreciente en la salud de los cuerpos o en la honra o en los bienes temporales, yo no digo que hagan mal, mas digo que si todas estas cosas hiciesen por tener perdón de todos sus pecados o por tener la gracia de Dios, la cual se gana por buenas obras y buenas intenciones sin hipocresía y sin fingimiento, sería muy mejor, y sin duda tendrían perdón de sus pecados y tendrían la gracia de Dios: pues la cosa que Dios más quiere del pecador es el corazón quebrantado y humillado y la intención buena y derecha.
Y por ello, luego que por la merced de Dios el rey se arrepintió de su pecado y Dios vio su gran arrepentimiento y su buena intención, lo perdonó luego. Y porque la voluntad de Dios es tan grande que no se puede medir, no tan solamente perdonó todos sus pecados al rey tan pecador, mas antes le devolvió su reino y su honra más cumplidamente que nunca la hubiera, e hízolo de esta manera:
El ángel que estaba en lugar de aquel rey y tenía su figura llamó a un su portero y le dijo:
—Me dicen que anda aquí un hombre loco que dice que fue rey de esta tierra, y dice otras muchas buenas locuras; que te valga Dios, ¿qué hombre es o qué cosas dice?
Y sucedió así por ventura, que el portero era aquél que había herido al rey el día que se mudó cuando salió del baño. Y pues el ángel, al que creía ser el rey, se lo preguntaba, le contó todo lo que le había ocurrido con aquel loco, y le contó cómo andaban las gentes riendo y bromeando con él, oyendo las locuras que decía. Y cuando esto dijo el portero al rey, mandóle que lo fuese a llamar y se lo trajese. Y cuando el rey que andaba por loco vino ante el ángel que estaba en lugar de rey, se apartó con él y le dijo:
—Amigo, a mí me dicen que vos decís que sois rey de esta tierra, y que lo perdisteis no sé por cuál mala ventura y por qué ocasión. Os ruego, por la fe que debéis a Dios, que me digáis todo como creéis que es, y que no me encubráis ninguna cosa, y yo os prometo de buena fe que nunca de esto os vendrá daño.
Cuando el mezquino del rey que andaba por loco y tan mal parado oyó decir aquellas cosas a aquél que él creía que era rey, no supo qué responder; pues de una parte tuvo miedo de que se lo preguntaba por engañarlo, y si dijese que era rey lo mataría y le haría más mal parado que cuanto era, y por ello comenzó a llorar muy fieramente y le dijo, como hombre que estaba muy afligido:
—Señor, yo no sé lo que os responder a esto que me decís, pero porque entiendo que me sería ya tan buena la muerte como la vida (y sabe Dios que no tengo mientes por cosa de bien ni de honra en este mundo), no os quiero encubrir ninguna cosa de cómo lo pienso en mi corazón. Os digo, señor, que yo veo que soy loco, y todas las gentes me tienen por tal y tales obras me hacen que yo por tal manera ando gran tiempo ha en esta tierra. Y aunque alguien errase, no podría ser, si yo loco no fuese, que todas las gentes, buenos y malos, y grandes y pequeños, y de gran entendimiento y de pequeño, todos me tuviesen por loco; pero, aunque yo esto veo y entiendo que es así, ciertamente mi intención y mi creencia es que yo fui rey de esta tierra y que perdí el reino y la gracia de Dios con gran derecho por mis pecados, y, señaladamente, por la gran soberbia y gran orgullo que en mí había.
Y entonces contó, con muy gran congoja y con muchas lágrimas, todo lo que le había ocurrido, tanto del verso que había hecho mudar, como los otros pecados.
Y pues el ángel que Dios enviara a tomar su figura y estaba por rey entendió que se dolía más de los yerros en que había caído que del reino y de la honra que había perdido, le dijo por mandado de Dios:
—Amigo, os digo que decís en todo muy gran verdad, que vos fuisteis rey de esta tierra, y nuestro señor Dios os lo quitó por estas razones mismas que vos decís, y envió a mí, que soy su ángel, que tomase vuestra figura y estuviese en vuestro lugar. Y porque la piedad de Dios es tan cumplida, y no quiere del pecador sino que se arrepienta verdaderamente, esta providencia verdaderamente mostró dos cosas para ser el arrepentimiento verdadero: la una es que se arrepienta para nunca volver a aquel pecado; y la otra, que sea el arrepentimiento sin fingimiento. Y porque nuestro señor Dios entendió que vuestro arrepentimiento es tal, os ha perdonado, y mandó a mí que os devolviese vuestra figura y os dejase vuestro reino. Y os ruego y os aconsejo yo que entre todos los pecados os guardéis del pecado de la soberbia; pues sabed que de los pecados en que, según natura, los hombres caen, que es el que Dios más aborrece, pues es verdaderamente contra Dios y contra su poder, y siempre está muy aparejado para hacer perder el alma. Estad cierto que nunca fue tierra, ni linaje, ni estado, ni persona en que este pecado reinase, que no fuese deshecho o muy mal derribado.
Cuando el rey que andaba por loco oyó decir estas palabras del ángel, se dejó caer ante él llorando muy fieramente, y creyó todo lo que le decía y lo adoró por reverencia de Dios, cuyo ángel mensajero era, y le pidió merced de que no se partiese de allí hasta que todas las gentes se juntasen porque publicase este tan gran milagro que nuestro señor Dios había hecho. Y el ángel lo hizo así. Y cuando todos fueron reunidos, el rey predicó y contó todo el pleito como había pasado. Y el ángel, por voluntad de Dios, se apareció a todos manifiestamente y les contó eso mismo.
Y vos, señor conde Lucanor, pues me preguntáis cuál de estas dos cosas debéis hacer, os digo que la humildad es la mejor de todas las virtudes, y que la soberbia es el peor de todos los pecados; mas guardaos de la humildad fingida, pues es hipocresía y falsedad, y en sí encierra soberbia y menosprecio de las gentes. Sabed que la verdadera humildad es tener el hombre en su corazón que no desprecia a nadie y que entiende que ningún bien le viene sino de Dios, y que cuantos bienes hace que los hace por la gracia de Dios, y así es guardado y alejado de caer en soberbia o en vanagloria. Y de esta manera un hombre bueno puede ser humilde y no ser menospreciado; y tened por cierto que nunca Dios abajó a ninguno porque fuese de corazón humilde y verdaderamente arrepentido.
Al conde le agradó mucho esto que Patronio le dijo, y tuvo que era muy buen consejo, y rogó a Dios que le dejase obrar como le convenía.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
La soberbia abate y el orgullo derriba;
la verdadera humildad al cielo arriba.
Entonces el rey hizo cuantas enmiendas pudo a nuestro señor Dios; y entre las otras cosas, mandó que, en recuerdo de esto, en todo su reino para siempre fuese escrito aquel verso que él había recitado con letras de oro.
Y oí decir que hoy en día así se guarda en aquel reino. Y una vez acabado esto, se fue el ángel hacia nuestro señor Dios que lo había enviado, y quedó el rey con sus gentes muy alegres y muy dichosos. Y de allí en adelante fue el rey muy bueno para el servicio de Dios y el bien del pueblo, e hizo muchas buenas obras por las que obtuvo buena fama en este mundo y mereció alcanzar la gloria del Paraíso, la cual Él nos quiera dar por su merced.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis alcanzar la gracia de Dios y buena fama en el mundo, haced buenas obras, y sean bien hechas, sin fingimiento y sin hipocresía, y entre todas las cosas del mundo guardaos de la soberbia y sed humilde sin falsedad y sin hipocresía; pero la humildad sea siempre guardando vuestro estado de manera que seáis humilde, mas no humillado.
Y los poderosos soberbios nunca hallen en vos humildad con mengua ni con vencimiento, mas todos los que se os humillen hallen en vos siempre humildad de vida y de buenas obras cumplida.
Al conde le complació mucho este consejo, y rogó a Dios que lo encaminase para que pudiese cumplir y guardar todo esto.
Y porque don Juan se complació mucho además con este ejemplo, lo hizo poner en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
A los verdaderos humildes Dios mucho los ensalza, a los que son soberbios los hiere peor que maza.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
