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Parte 3Ejemplos 14-26: la apariencia y la verdad

El conde Lucanor · Don Juan Manuel · 79 min de lectura

Ejemplo 14Lo que le ocurrió a un lombardo en Bolonia:

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio sobre sus asuntos y le dijo:

—Patronio, algunos hombres me aconsejan que reúna el mayor tesoro que pueda, y que esto me conviene más que ninguna otra cosa para lo que pueda sucederme. Y os ruego que me digáis lo que os parece al respecto.

—Señor conde —dijo Patronio—, aunque a los grandes señores os conviene tener algún tesoro para muchas cosas, y especialmente para no dejar de hacer, por falta de dinero, lo que os convenga; sin embargo, no entendáis que este tesoro debéis reunirlo de tal modo que pongáis tanto empeño en acumular un gran tesoro que dejéis de hacer lo que debéis a vuestras gentes y para guardar vuestra honra y vuestra posición, porque si lo hicieseis podría ocurriros lo que le ocurrió a un lombardo en Bolonia.

El conde le preguntó cómo había sido aquello.

—Señor conde —dijo Patronio—, en Bolonia había un lombardo que acumuló un tesoro muy grande y no miraba si era de buena procedencia o no, sino acumularlo de cualquier manera que pudiese. El lombardo enfermó de dolencia mortal, y un amigo suyo que tenía, cuando lo vio en trance de muerte, le aconsejó que se confesara con santo Domingo, que estaba entonces en Bolonia. Y el lombardo quiso hacerlo.

Y cuando fueron a buscar a santo Domingo, entendió santo Domingo que no era voluntad de Dios que aquel mal hombre no sufriese la pena por el mal que había hecho, y no quiso ir allá, mas mandó a un fraile que fuese.

Cuando los hijos del lombardo supieron que había enviado por santo Domingo, les pesó mucho, temiendo que santo Domingo haría que su padre diese lo que tenía por su alma, y que no quedaría nada para ellos. Y cuando el fraile vino, le dijeron que su padre mejoraba, mas que cuando fuese necesario, ellos enviarían por él.

Al poco rato perdió el lombardo el habla, y murió, de manera que no hizo nada de lo que era necesario para su alma. Al otro día, cuando lo llevaron a enterrar, rogaron a santo Domingo que predicara sobre aquel lombardo. Y santo Domingo lo hizo. Y cuando en la predicación hubo de hablar de aquel hombre, dijo una palabra que dice el Evangelio, que dice así: «Ubi est thesaurus tuus, ibi est cor tuum». Que quiere decir: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Y cuando dijo esto, se volvió a las gentes y les dijo:

—Amigos, para que veáis que la palabra del Evangelio es verdadera, haced buscar el corazón a este hombre y yo os digo que no lo hallarán en su cuerpo y lo hallarán en el arca que tenía su tesoro.

Entonces fueron a buscar el corazón en el cuerpo y no lo hallaron allí, y lo hallaron en el arca como santo Domingo dijo. Y estaba lleno de gusanos y olía peor que ninguna cosa por mala ni por podrida que fuese.

Y vos, señor conde Lucanor, aunque el tesoro, como arriba se ha dicho, es bueno, guardad dos cosas: la una, que el tesoro que acumuléis sea de buena procedencia; la otra, que no pongáis tanto el corazón en el tesoro que hagáis ninguna cosa que no os corresponda hacer; ni dejéis nada de vuestra honra, ni de lo que debéis hacer, por acumular un gran tesoro de buenas obras, para que tengáis la gracia de Dios y buena fama de las gentes.

Al conde le agradó mucho este consejo que Patronio le dio, y lo hizo así, y se encontró bien con ello.

Y teniendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Gana el tesoro verdadero

y guárdate del pasajero.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 15Lo que le ocurrió a tres caballeros en el cerco de Sevilla:

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:

—Patronio, a mí me ocurrió que tuve un rey muy poderoso por enemigo; y después de que duró mucho la contienda entre nosotros, hallamos ambos que nos convenía avenirlos. Y aunque ahora estamos en paz y no tenemos guerra, siempre estamos recelosos el uno del otro. Y algunos, tanto de los suyos como de los míos, me meten muchos miedos, y me dicen que quiere buscar motivo para volverse contra mí; y por el buen entendimiento que tenéis, os ruego que me aconsejéis lo que haga en este asunto.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, este es un consejo muy difícil de dar por muchas razones: lo primero, que todo hombre que os quiera meter en contienda tiene muy gran facilidad para hacerlo, porque dando a entender que quiere serviros y os desengaña, y os advierte y se duele de vuestro daño, os dirá siempre cosas para meteros en sospecha; y por la sospecha, habréis de tomar tales precauciones que serán comienzo de contienda, y hombre del mundo no podrá decir nada contra ellos; porque el que dijere que no guardéis vuestro cuerpo, os da a entender que no quiere vuestra vida; y el que dijere que no labréis y guardéis y fortalezcáis vuestras fortalezas, da a entender que no quiere guardar vuestra heredad; y el que dijere que no tengáis muchos amigos y vasallos y les deis mucho por tenerlos y guardarlos, da a entender que no quiere vuestra honra, ni vuestro amparo; y todas estas cosas, no haciéndose, os pondrían en gran peligro, y pueden hacerse de manera que será comienzo de pleito; pero pues queréis que os aconseje lo que entiendo en esto, os digo que querría que supieseis lo que le ocurrió a un buen caballero.

El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.

—Señor conde —dijo Patronio—, el santo y bienaventurado rey don Fernando tenía cercada a Sevilla; y entre muchos buenos que estaban allí con él, había tres caballeros que tenían por los tres mejores caballeros de armas que entonces había en el mundo: y llamaban al uno don Lorenzo Suárez Gallinato, y al otro don García Pérez de Vargas, y del otro no me acuerdo del nombre. Y estos tres caballeros tuvieron un día disputa entre sí sobre cuál era el mejor caballero de armas. Y porque no pudieron ponerse de acuerdo de otra manera, acordaron todos tres que se armaran muy bien, y que llegaran hasta la puerta de Sevilla, de modo que dieran con las lanzas en la puerta.

Al otro día por la mañana, se armaron todos tres y se encaminaron a la villa; y los moros que estaban por el muro y por las torres, cuando vieron que no eran más de tres caballeros, pensaron que venían como mensajeros, y no salió ninguno a ellos, y los tres caballeros pasaron el foso y la barbacana, llegaron a la puerta de la villa, y dieron con los cuentos de las lanzas en ella; y cuando hubieron hecho esto, volvieron las riendas a los caballos y se tornaron hacia el campamento.

Y cuando los moros vieron que no les decían ninguna cosa, se tuvieron por escarnecidos y comenzaron a ir tras ellos; y cuando ellos hubieron abierto la puerta de la villa, los tres caballeros que se volvían a su paso, estaban ya algo alejados; y salieron tras ellos más de mil quinientos hombres a caballo, y más de veinte mil a pie. Y cuando los tres caballeros vieron que venían cerca de ellos, volvieron las riendas de los caballos contra ellos y los esperaron. Y cuando los moros estuvieron cerca de ellos, aquel caballero de quien olvidé el nombre, se dirigió a ellos y los fue a herir. Y don Lorenzo Suárez y don García Pérez permanecieron quietos; y cuando los moros estuvieron más cerca, don García Pérez de Vargas los fue a herir; y don Lorenzo Suárez permaneció quieto, y nunca fue a ellos hasta que los moros le fueron a herir; y cuando comenzaron a herir, se metió entre ellos y comenzó a hacer cosas maravillosas de armas.

Y cuando los del campamento vieron a aquellos caballeros entre los moros, fueron a socorrerlos. Y aunque ellos estaban en muy gran aprieto y ellos fueron heridos, fue la merced de Dios que no murió ninguno de ellos. Y la pelea fue tan grande entre los cristianos y los moros, que hubo de llegar allí el rey don Fernando. Y fueron los cristianos ese día muy bien aventurados.

Y cuando el rey se fue a su tienda, mandó prenderlos, diciendo que merecían muerte, pues se habían arriesgado a hacer tan gran locura, lo uno en meter el campamento en alboroto sin mandado del rey, y lo otro, en hacer perder a tan buenos tres caballeros. Y cuando los grandes hombres del campamento pidieron merced al rey por ellos, mandó soltarlos.

Y cuando el rey supo que por la disputa que entre ellos hubo fueron a hacer aquel hecho, mandó llamar a cuantos buenos hombres estaban con él, para juzgar cuál de ellos lo había hecho mejor. Y cuando estuvieron reunidos, hubo entre ellos gran contienda: unos decían que había sido mayor esfuerzo el que primero los fue a herir, y otros que el segundo, y otros que el tercero. Y cada uno decía tantas buenas razones que parecía que decían lo justo: y, en verdad, tan bueno era el hecho en sí, que cualquiera podría tener muchas buenas razones para alabarlo; pero, al fin del pleito, el acuerdo fue este: que si los moros que venían a ellos fueran tantos que se pudiesen vencer por esfuerzo o por bondad que en aquellos caballeros hubiese, que el primero que los fuese a herir era el mejor caballero, pues comenzaba cosa que se podría acabar; mas, pues los moros eran tantos que de ninguna manera los podrían vencer, que el que iba a ellos no lo hacía por vencerlos, sino que la vergüenza le hacía que no huyese; y pues no había de huir, la angustia del corazón, porque no podía sufrir el miedo, le hizo que les fuese a herir. Y el segundo que les fue a herir y esperó más que el primero, lo tuvieron por mejor, porque pudo sufrir más el miedo. Mas don Lorenzo Suárez que sufrió todo el miedo y esperó hasta que los moros le hirieron, a aquel juzgaron que había sido mejor caballero.

Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que estos son miedos y espantos, y es contienda que, aunque la comencéis, no la podéis acabar, cuanto más sufráis estos miedos y estos espantos, tanto seréis más esforzado, y además, haréis mejor juicio: porque pues vos tenéis resguardo en lo vuestro y no os pueden hacer cosa precipitadamente de que gran daño os venga, os aconsejo yo que no os fuerce la angustia del corazón. Y pues gran golpe no podéis recibir, esperad antes de que os hieran, y por ventura veréis que estos miedos y espantos que os ponen, no son, en verdad, sino lo que estos os dicen porque les conviene, pues no tienen bien sino en el mal. Y bien creed que estos tales, tanto de vuestra parte como de la otra, que no querrían gran guerra ni gran paz, porque no son para afrontar la guerra, ni querrían paz completa; mas lo que ellos querrían sería un alboroto con que pudiesen ellos tomar y hacer mal en la tierra, y teneros a vos y a los vuestros en aprieto para sacaros lo que tenéis y no tenéis, y no temer que los castigaréis por cosa que hagan. Y por ende, aunque alguna cosa hagan contra vos, pues no os pueden mucho perjudicar, en sufrir que se mueva del otro la culpa, os vendrá de ello mucho bien: lo uno, que tendréis a Dios de vuestra parte, que es una ayuda que conviene mucho para tales cosas; y lo otro, que todas las gentes tendrán que hacéis justicia en lo que hiciereis. Y por ventura, si no moviéndoos vos a hacer lo que no debéis, no se moverá el otro contra vos; tendréis paz y haréis servicio a Dios, y provecho de los buenos, y no haréis vuestro daño por hacer placer a los que querrían medrar haciendo mal y se sentirían poco del daño que os viniese por esta razón.

Al conde le agradó este consejo que Patronio le daba, y lo hizo así, y se encontró bien con ello.

Y porque don Juan tuvo que este ejemplo era muy bueno, mandó escribirlo en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Por angustia no os hagan herir,

que siempre vence quien sabe sufrir.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 16Lo que le ocurrió al conde Fernán González con Muño Laínez:

El conde Lucanor hablaba un día con Patronio de esta manera:

—Patronio, bien sabes que ya no soy muy joven, y sabes que he pasado muchos trabajos hasta ahora. Y te digo que querría de aquí en adelante descansar y cazar, y evitar los trabajos y los afanes; y como sé que siempre me has aconsejado lo mejor, te ruego que me aconsejes lo que veas que me conviene más hacer.

—Señor conde —dijo Patronio—, aunque dices bien y con razón, me agradaría que supieras lo que dijo una vez el conde Fernán González a Muño Laínez.

El conde Lucanor le rogó que le dijera cómo había sido aquello.

—Señor conde —dijo Patronio—, el conde Fernán González estaba en Burgos y había pasado muchos trabajos por defender su tierra. Y una vez que estaba ya más sosegado y en paz, le dijo Muño Laínez que sería bien que de allí en adelante no se metiera en tantos conflictos, y que descansara él y dejara descansar a sus gentes.

Y el conde le respondió que a nadie del mundo le agradaría más que a él descansar y estar ocioso si pudiera; pero que bien sabía que tenían gran guerra con los moros y con los leoneses y con los navarros, y si quisieran descansar mucho, sus enemigos enseguida irían contra ellos; y si quisieran andar de caza con buenas aves por el Arlanzón arriba y abajo y en buenas mulas gordas, y dejar de defender la tierra, que bien lo podrían hacer, pero les ocurriría como dice el proverbio antiguo: «Murió el hombre y murió su nombre»; mas si quisieran olvidar los placeres y hacer mucho por defenderse y llevar su honra adelante, dirán por ellos, después que murieran: «Murió el hombre, mas no murió su nombre». Y pues ociosos y trabajados, todos hemos de morir, no me parece que sería bueno si por placer ni por el descanso dejáramos de hacer de modo que después que muramos, nunca muera la buena fama de nuestros hechos.

Y vos, señor conde, pues sabéis que habéis de morir, según mi consejo, nunca por placer ni por descanso dejéis de hacer tales cosas, para que, aun después que muráis, siempre quede viva la fama de vuestros hechos.

Al conde le agradó mucho esto que Patronio le aconsejó, y lo hizo así, y le fue muy bien.

Y porque don Juan tuvo este ejemplo por muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Si por placer y por descanso la buena fama perdemos,

la vida muy poco dura, deshonrados quedaremos.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 17Lo que le ocurrió a un hombre con otro que lo invitó a comer:

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:

—Patronio, un hombre vino a mí y me dijo que haría por mí una cosa que me convenía mucho; y aunque me lo dijo, entendí en él que me lo decía tan débilmente que le agradaría mucho que me excusara de tomar de él aquella ayuda. Y yo, por una parte, entiendo que me convendría mucho hacer aquello que él me ruega, y por otra parte, tengo gran reparo de tomar de él aquella ayuda, pues veo que me lo dice tan débilmente. Y por el buen entendimiento que vos tenéis, os ruego que me digáis lo que os parece que debo hacer en este asunto.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos hagáis en esto lo que me parece que es vuestro provecho, me agradaría mucho que supierais lo que le ocurrió a un hombre con otro que lo invitó a comer.

El conde le rogó que le dijera cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, había un hombre bueno que había sido muy rico y había llegado a muy gran pobreza y le daba mucha vergüenza pedir ni avergonzarse ante nadie por lo que había de comer; y por esta razón sufría muchas veces muy gran hambre y muy gran miseria. Y un día, yendo él muy afligido, porque no podía conseguir ninguna cosa que comer, pasó por la casa de un conocido suyo que estaba comiendo; y cuando lo vio pasar por la puerta, le preguntó muy débilmente si quería comer; y él, por la gran necesidad que tenía, comenzó a lavarse las manos, y le dijo:

«En buena fe, don Fulano, pues tanto me conjuraste y me insististe en que comiera con vos, no me parece que sería correcto contradecir tanto vuestra voluntad ni haceros quebrantar vuestra palabra». Y se sentó a comer, y perdió aquella hambre y aquella pena en que estaba. En adelante, lo socorrió Dios, y le dio manera de salir de aquella miseria tan grande.

Y vos, señor conde Lucanor, pues entendéis que aquello que aquel hombre os ruega es gran provecho vuestro, dadle a entender que lo hacéis por cumplir su ruego, y no reparéis en cuán débilmente os lo ruega y no esperéis a que os insista más por ello, sino por ventura no os hablará más de ello, y os daría más vergüenza si vos tuvierais que rogar lo que él os ruega a vos.

El conde tuvo esto por bien y por buen consejo, y lo hizo así, y le fue bien.

Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

En lo que tu provecho pudieres hallar,

nunca te hagas mucho de rogar.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 18Lo que le ocurrió a don Pero Meléndez de Valdés cuando se rompió la pierna:

Hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, un día, y le dijo así:

—Patronio, vos sabéis que yo tengo conflicto con un vecino mío que es hombre muy poderoso y muy honrado; y tenemos entre nosotros acuerdo de ir a una villa, y cualquiera de nosotros que allá llegue primero ganará la villa, y la perderá el otro; y vos sabéis cómo tengo ya toda mi gente reunida; y bien confío, por la merced de Dios, que si yo fuera, que quedaría de allí con gran honra y con gran provecho. Y ahora estoy impedido, que no lo puedo hacer por este contratiempo que me ocurrió: que no estoy bien sano. Y aunque me es gran pérdida en lo de la villa, bien os digo que me tengo por más contrariado por la mengua que tomo y por la honra que a él le viene de ello, que aun por la pérdida. Y por la confianza que yo en vos tengo, os ruego que me digáis lo que entendierais que en esto se puede hacer.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, aunque vos hacéis razón de quejaros, para que en tales cosas como estas hicierais lo mejor siempre, me agradaría que supierais lo que le ocurrió a don Pero Meléndez de Valdés.

El conde le rogó que le dijera cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, don Pero Meléndez de Valdés era un caballero muy honrado del reino de León, y tenía por costumbre que cada vez que le ocurría algún contratiempo, siempre decía: «¡Bendito sea Dios, pues Él lo hace, esto es lo mejor!»

Y este don Pero Meléndez era consejero y muy privado del rey de León; y otros enemigos suyos, por gran envidia que le tuvieron, le achacaron muy gran falsedad y le buscaron tanto mal con el rey, que acordó mandarlo matar.

Y estando don Pero Meléndez en su casa, le llegó mandado del rey que enviaba por él. Y los que lo habían de matar estaban esperándolo a media legua de aquella su casa. Y queriendo cabalgar don Pero Meléndez para irse hacia el rey, cayó de una escalera y se rompió la pierna. Y cuando sus gentes que habían de ir con él vieron este contratiempo que había ocurrido, les pesó mucho, y comenzaron a maltratarlo diciéndole:

«¡Ea!, don Pero Meléndez, vos que decís que lo que Dios hace, esto es lo mejor, tened ahora este bien que Dios os ha hecho».

Y él les dijo que tuvieran por cierto que, aunque ellos tomaban gran pesar de este contratiempo que le había ocurrido, verían que, pues Dios lo hacía, aquello era lo mejor. Y por cosa que hicieron nunca de esta intención lo pudieron sacar.

Y los que estaban esperando para matarlo por mandado del rey, cuando vieron que no venía, y supieron lo que le había ocurrido, se volvieron hacia el rey y le contaron la razón por la que no habían podido cumplir su mandado.

Y don Pero Meléndez estuvo gran tiempo que no pudo cabalgar; y mientras él así estaba maltrecho, supo el rey que aquello que habían achacado a don Pero Meléndez había sido muy gran falsedad, y prendió a aquellos que se lo habían dicho. Y fue a ver a don Pero Meléndez, y le contó la falsedad que le habían dicho de él, y cómo le había mandado él matar, y le pidió perdón por el error que había estado a punto de cometer contra él e le hizo mucho bien y mucha honra para hacerle enmienda. Y mandó enseguida hacer muy gran justicia ante él de aquellos que aquella falsedad le habían achacado.

Y así libró Dios a don Pero Meléndez, porque era sin culpa y fue verdadera la palabra que él siempre solía decir: «Que todo lo que Dios hace, aquello es lo mejor».

Y vos, señor conde Lucanor, por este contratiempo que ahora os vino, no os quejéis, y tened por cierto en vuestro corazón que todo lo que Dios hace, aquello es lo mejor; y si así lo pensareis, Él os lo encaminará todo a bien. Pero debéis entender que las cosas que ocurren son de dos maneras: una es que si viene al hombre algún contratiempo en que se puede poner algún remedio; la otra es que si viene algún contratiempo en que no se puede poner ningún remedio. Y en los contratiempos que se puede poner algún remedio, debe hacer el hombre cuanto pudiere por ponerlo y no lo debe dejar por esperar que por voluntad de Dios o por ventura se enderezará, porque esto sería tentar a Dios; mas, pues el hombre tiene entendimiento y razón, todas las cosas que hacer pudiere por poner remedio en las cosas que le ocurrieren, lo debe hacer; mas en las cosas en que no puede poner ningún remedio, aquellas debe el hombre tener que pues se hacen por voluntad de Dios, aquello es lo mejor. Y pues esto que a vos ocurrió es de las cosas que vienen por voluntad de Dios, y en que no se puede poner remedio, poned en vuestro ánimo que, pues Dios lo hace, que es lo mejor; y Dios dispondrá que se haga así como lo vos tenéis en el corazón.

El conde tuvo que Patronio le decía la verdad y le daba buen consejo, y lo hizo así, y le fue bien.

Y porque don Juan tuvo este por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

No te quejes por lo que Dios hiciere,

pues por tu bien será cuando Él quisiere.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 19Lo que les ocurrió a los búhos y a los cuervos

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:

—Patronio, tengo un enfrentamiento con un hombre muy poderoso. Y aquel enemigo mío tenía en su casa a un pariente y criado suyo, un hombre al que había hecho mucho bien. Un día, por cosas que sucedieron entre ellos, aquel enemigo mío hizo mucho mal y muchas deshonras a aquel hombre con quien tenía tantos vínculos. Y viendo el mal que había recibido y queriendo buscar manera de vengarse, vino a mí, y yo considero que me resulta muy provechoso, pues este hombre puede informarme y advertirme sobre cómo puedo hacer más fácilmente daño a aquel enemigo mío. Pero, por la gran confianza que tengo en ti y en tu entendimiento, te ruego que me aconsejes qué debo hacer en este asunto.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, lo primero que te digo es que este hombre no vino a ti sino para engañarte; y para que sepas la manera de su engaño, me gustaría que supieras lo que les ocurrió a los búhos y a los cuervos.

El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, los cuervos y los búhos tenían entre sí gran enfrentamiento, pero los cuervos llevaban la peor parte. Y los búhos, como es su costumbre andar de noche y de día estar escondidos en cuevas muy difíciles de encontrar, venían de noche a los árboles donde los cuervos pasaban la noche y mataban a muchos de ellos, y les hacían mucho daño. Y sufriendo los cuervos tanto perjuicio, un cuervo que había entre ellos muy sabio, que se dolía mucho del mal que había recibido de los búhos, sus enemigos, habló con los cuervos sus parientes y halló esta manera para poder vengarse.

Y la manera fue esta: los cuervos le arrancaron todas las plumas, salvo un poco de las alas, con las que volaba muy mal y muy poco. Y cuando estuvo así maltrecho, se fue donde los búhos y les contó el mal y el daño que los cuervos le habían hecho, especialmente porque les decía que no quería estar contra ellos; mas, puesto que tan mal lo habían tratado, si ellos querían, él les mostraría muchas maneras de cómo podrían vengarse de los cuervos y hacerles mucho daño.

Cuando los búhos oyeron esto, les agradó mucho, y consideraron que con este cuervo que estaba con ellos su causa estaba encaminada, y comenzaron a tratar muy bien al cuervo y a confiar en él todos sus asuntos y sus secretos.

Entre los demás búhos, había allí uno que era muy viejo y había pasado por muchas cosas, y cuando vio este asunto del cuervo, entendió el engaño con que el cuervo andaba, y fue donde el principal de los búhos y le dijo que tuviese por seguro que aquel cuervo no había venido a ellos sino para su daño y para conocer sus asuntos, y que lo echase de su compañía. Mas este búho no fue creído por los otros búhos; y cuando vio que no le querían creer, se apartó de ellos y fue a buscar tierra donde los cuervos no pudiesen encontrarlo.

Y los otros búhos cuidaron bien del cuervo. Y cuando las plumas le hubieron crecido, dijo a los búhos que, puesto que ya podía volar, quería ir a averiguar dónde estaban los cuervos y que vendría a decírselo para que pudieran reunirse e ir a destruirlos a todos. A los búhos les agradó mucho esto. Y cuando el cuervo estuvo con los otros cuervos, se juntaron muchos de ellos, y sabiendo todo lo concerniente a los búhos, fueron a ellos de día cuando ellos no vuelan y estaban seguros y sin recelo, y mataron y destruyeron a tantos de ellos que los cuervos quedaron vencedores de toda su guerra.

Y todo este mal vino a los búhos porque confiaron en el cuervo que naturalmente era su enemigo.

Y tú, señor conde Lucanor, puesto que sabes que este hombre que vino a ti tiene muchos vínculos con aquel enemigo tuyo y que naturalmente él y todo su linaje son enemigos tuyos, te aconsejo yo que de ninguna manera lo traigas a tu compañía, pues ten por seguro que no vino a ti sino para engañarte y hacerte algún daño. Pero si él te quisiera servir estando alejado de ti, de manera que no pueda perjudicarte ni saber nada de tus asuntos, y de hecho hiciese tanto mal y tales ofensas a aquel enemigo tuyo con quien él tiene algunos vínculos, que vieras tú que no le queda posibilidad de poder nunca reconciliarse con él, entonces podrás confiar en él, pero siempre confía en él en la medida en que no te pueda venir daño.

El conde tuvo esto por buen consejo, y lo hizo así, y se halló muy bien con ello.

Y porque don Juan entendió que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Al que suele ser tu enemigo,

nunca quieras creer mucho en él.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 20Lo que le ocurrió a un rey con un hombre que le decía que sabía hacer alquimia

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:

—Patronio, un hombre vino a mí y me dijo que me haría conseguir muy gran provecho y gran honra, y que para esto era menester que destinase algo de lo mío con que se comenzase aquel negocio; pues cuando estuviese acabado, por un dinero obtendría diez. Y por el buen entendimiento que Dios puso en ti, te ruego que me digas lo que vieres que me conviene hacer en ello.

—Señor conde, para que hagáis en esto lo que sea más vuestro provecho, me gustaría que supieseis lo que le ocurrió a un rey con un hombre que le decía que sabía hacer alquimia.

El conde le preguntó cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, un hombre era muy gran pícaro y tenía muy gran deseo de enriquecerse y de salir de aquella mala vida que llevaba. Y aquel hombre supo que un rey que no era muy sensato se esforzaba en hacer alquimia.

Y aquel pícaro tomó cien doblones y los limó, y de aquellas limaduras hizo, con otras cosas que puso con ellas, cien bolas, y cada una de aquellas bolas pesaba un doblón, además de las otras cosas que mezcló con las limaduras de los doblones. Y se fue a una villa donde estaba el rey, y se vistió de ropas muy discretas y llevó aquellas bolas y las vendió a un especiero. Y el especiero preguntó para qué eran aquellas bolas, y el pícaro le dijo que para muchas cosas, y especialmente, que sin aquella cosa no se podía hacer la alquimia, y le vendió todas las cien bolas por valor de dos o tres doblones. Y el especiero le preguntó cómo se llamaban aquellas bolas, y el pícaro le dijo que se llamaban tabardíe.

Y aquel pícaro vivió un tiempo en aquella villa con aspecto de hombre muy discreto e iba diciendo a unos y a otros, en forma de secreto, que sabía hacer alquimia.

Y estas noticias llegaron al rey, y envió por él y le preguntó si sabía hacer alquimia. Y el pícaro, aunque le hizo ver que quería ocultarlo y que no lo sabía, al cabo le dio a entender que lo sabía; pero dijo al rey que le aconsejaba que de este asunto no confiase en nadie del mundo ni arriesgase mucho de su hacienda, pero que si quería, probaría ante él un poco y le mostraría lo que sabía de ello. Esto le agradeció el rey mucho, y le pareció que, según estas palabras, no podía haber allí ningún engaño.

Entonces hizo traer las cosas que quiso, y eran cosas que se podían encontrar, y entre las otras mandó traer una bola de tabardíe. Y todas las cosas que mandó traer no costaban más de dos o tres dineros. Cuando las trajeron y las fundieron ante el rey salió peso de un doblón de oro fino. Y cuando el rey vio que de cosa que costaba dos o tres dineros salía un doblón, se puso muy alegre y se tuvo por el más afortunado del mundo, y dijo al pícaro que esto hacía, a quien el rey creía que era muy buen hombre, que hiciese más. Y el pícaro le respondió, como si no supiera más de aquello:

—Señor, cuanto yo de esto sabía, todo os lo he mostrado, y de aquí en adelante vos lo haréis tan bien como yo; pero conviene que sepáis una cosa: que si faltase cualquiera de estas cosas no se podría hacer este oro.

Y cuando hubo dicho esto, se despidió del rey y se fue a su casa.

El rey probó sin aquel maestro de hacer el oro, y dobló la receta, y salió peso de dos doblones de oro. Otra vez dobló la receta, y salió peso de cuatro doblones; y así como fue aumentando la receta, así salió peso de doblones.

Cuando el rey vio que él podía hacer cuanto oro quisiese, mandó traer tanto de aquellas cosas para que pudiese hacer mil doblones. Y encontraron todas las otras cosas, mas no encontraron el tabardíe. Cuando el rey vio que pues faltaba el tabardíe no se podía hacer el oro, envió por aquel que se lo había enseñado a hacer, y le dijo que no podía hacer el oro como solía. Y él le preguntó si tenía todas las cosas que él le había dado por escrito. Y el rey le dijo que sí, mas que le faltaba el tabardíe.

Entonces le dijo el pícaro que por cualquier cosa que faltase no se podía hacer el oro, y que así se lo había dicho el primer día.

Entonces preguntó el rey si sabía él dónde había este tabardíe; y el pícaro le dijo que sí.

Entonces le mandó el rey que, puesto que él sabía dónde estaba, fuese él por ello y trajese tanto como para poder hacer cuanto oro quisiese.

El pícaro le dijo que aunque esto podría hacer otro tan bien o mejor que él, si el rey lo hallaba por su servicio, iría por ello: que en su tierra encontraría bastante. Entonces calculó el rey lo que podría costar la compra y el gasto y montó muy gran cantidad.

Y cuando el pícaro lo tuvo en su poder, siguió su camino y nunca volvió al rey. Y así quedó el rey engañado por su falta de prudencia. Y cuando vio que tardaba más de lo debido, envió el rey a su casa para saber si sabían alguna noticia de él. Y no encontraron en su casa cosa alguna del mundo, sino un arca cerrada; y cuando la abrieron, encontraron allí un escrito que decía así:

«Creed bien que no existe en el mundo el tabardíe; mas sabed que os he engañado, y cuando yo os decía que os haría rico, debierais haberme dicho que lo hiciera primero yo mismo y entonces me creerías.»

Al cabo de algunos días, unos hombres estaban riendo y bromeando y escribían todos los hombres que ellos conocían, cada uno de qué clase era, y decían: «Los valientes son fulano y fulano; y los ricos, fulano y fulano; y los cuerdos, fulano y fulano». Y así de todas las otras cosas buenas o contrarias. Y cuando hubieron de escribir los hombres imprudentes, escribieron allí al rey. Y cuando el rey lo supo, envió por ellos y les aseguró que no les haría ningún mal por ello, y les dijo por qué lo habían escrito como hombre imprudente. Y ellos se lo dijeron: porque había dado tan gran cantidad a hombre extraño y de quien no tenía ninguna garantía.

Y el rey les dijo que habían errado, y que si viniese aquel que había llevado la hacienda ya no quedaría él como hombre imprudente. Y ellos le dijeron que ellos no perdían nada de su cuenta, pues si el otro viniese, sacarían al rey del escrito y pondrían a él.

Y tú, señor conde Lucanor, si queréis que no os tengan por hombre imprudente, no arriesguéis por cosa que no sea cierta tanto de lo vuestro, que os arrepintáis si lo perdiereis por esperanza de obtener gran provecho, siendo cosa dudosa.

Al conde le agradó este consejo, y lo hizo así, y se halló bien con ello.

Y viendo don Juan que este ejemplo era bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:

No arriesgues mucho tu riqueza

por consejo del que tiene gran pobreza.

Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:

Ejemplo 21Lo que le ocurrió a un rey mozo con el filósofo que lo había criado

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:

—Patronio, sucedió que yo tenía un pariente a quien amaba mucho, y aquel pariente mío murió y dejó un hijo muy pequeño, y yo crié a este muchacho. Y por el gran parentesco y el gran amor que sentía por su padre, y también por la gran ayuda que espero de él cuando tenga edad para prestármela, Dios sabe que lo amo como si fuese mi hijo. Y aunque el muchacho tiene buen entendimiento y confío en Dios que será muy buen hombre, como la juventud engaña muchas veces a los jóvenes y no les deja hacer todo lo que les convendría, me agradaría que la juventud no engañase tanto a este muchacho.

Y por el buen entendimiento que tenéis, os ruego que me digáis de qué manera podría yo hacer que este muchacho hiciese lo que fuese más provechoso para su persona y para su hacienda.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que hagáis en la hacienda de este muchacho lo que a mi parecer sería mejor, mucho querría que supieseis lo que le ocurrió a un gran filósofo con un rey mozo, criado suyo.

El conde le preguntó cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, un rey tenía un hijo y se lo dio a criar a un filósofo en quien confiaba mucho; y cuando el rey murió, quedó su hijo siendo un muchacho pequeño. Y lo crió aquel filósofo hasta que pasó de los quince años. Mas en cuanto entró en la adolescencia, comenzó a despreciar el consejo de aquel que lo había criado y se allegó a otros consejeros jóvenes y a gentes que no tenían tan gran vínculo con él como para esforzarse mucho en guardarlo de daño. Y llevando su hacienda de esta manera, en poco tiempo llegó su situación a tal punto que tanto las maneras y costumbres de su persona como su hacienda estaban muy empeoradas. Y hablaba toda la gente muy mal de cómo perdía aquel rey mozo su persona y su hacienda. Yendo aquel asunto tan mal, el filósofo que había criado al rey se daba cuenta y le pesaba mucho de ello, pero no sabía qué hacer, pues ya muchas veces había intentado corregirlo con ruegos y con halagos, y aun maltratándolo, y nunca pudo conseguir nada, porque la juventud lo estorbaba todo. Y cuando el filósofo vio que por otra manera no podía dar remedio a aquel asunto, pensó esta estratagema que ahora oiréis.

El filósofo comenzó poco a poco a decir en la casa del rey que él era el mayor agorero del mundo. Y tantos hombres oyeron esto que tuvo que saberlo el rey mozo; y cuando lo supo, preguntó el rey al filósofo si era verdad que sabía interpretar agüeros tan bien como decían.

Y el filósofo, aunque le dio a entender que quería negarlo, al cabo le dijo que era verdad, mas que no convenía que hombre del mundo lo supiese. Y como los jóvenes están impacientes por saber y por hacer todas las cosas, el rey, que era mozo, se impacientaba mucho por ver cómo interpretaba los agüeros el filósofo; y cuanto más lo demoraba el filósofo, tanto mayor impaciencia tenía el rey mozo de saberlo, y tanto insistió al filósofo que acordó con él ir un día muy de madrugada a interpretarlos de manera que no lo supiese ninguno.

Y madrugaron mucho; y el filósofo se dirigió a un valle en que había gran cantidad de aldeas yermas; y cuando pasaron por muchas, vieron una corneja que estaba dando voces en un árbol. Y el rey se la mostró al filósofo, y él hizo ademán de que la entendía.

Y otra corneja comenzó a dar voces en otro árbol, y ambas cornejas estuvieron así dando voces, a veces la una y a veces la otra. Y cuando el filósofo escuchó esto un rato comenzó a llorar muy amargamente y rasgó sus ropas, e hizo el mayor duelo del mundo.

Cuando el rey mozo vio esto, se espantó mucho y preguntó al filósofo por qué hacía aquello. Y el filósofo le dio a entender que se lo quería negar.

Y cuando lo insistió mucho, le dijo que más querría estar muerto que vivo, pues no solamente los hombres, sino que hasta las aves entendían ya cómo, por su mal gobierno, estaba perdida toda su tierra y su hacienda y su persona despreciada. Y el rey mozo le preguntó cómo era aquello.

Y él le dijo que aquellas dos cornejas habían acordado casar al hijo de la una con la hija de la otra; y que aquella corneja que comenzó a hablar primero decía a la otra que puesto que hacía tanto que estaba acordado aquel casamiento, que era bien que los casasen. Y la otra corneja le dijo que verdad era que había sido acordado, mas que ahora ella era más rica que la otra, que, alabado sea Dios, desde que este rey reinaba estaban yermas todas las aldeas de aquel valle, y que hallaba ella en las casas yermas muchas culebras y lagartos y sapos y otras tales cosas que se crían en los lugares yermos, por lo que tenían mucho mejor de comer que solían y por tanto que no era entonces el casamiento igual. Y cuando la otra corneja esto oyó, comenzó a reír y le respondió que hablaba sin sentido si por esta razón quería demorar el casamiento, pues con tal de que Dios diese vida a este rey, muy pronto sería ella más rica que la otra, porque muy pronto estaría yermo aquel otro valle donde ella moraba en que había diez tantas aldeas que en el suyo, y que por esto no había por qué demorar el casamiento. Y por esto acordaron ambas cornejas celebrar enseguida el casamiento.

Cuando el rey mozo esto oyó, le pesó mucho, y comenzó a pensar cómo era su descrédito que quedase así yerma su tierra. Y cuando el filósofo vio el pesar y la preocupación que el rey mozo mostraba, y que tenía deseo de ocuparse de su hacienda, le dio muchos buenos consejos, de manera que en poco tiempo fue su hacienda toda enderezada, tanto en su persona como en su reino.

Y vos, señor conde, pues criasteis a este muchacho y querríais que se enderezase su hacienda, buscad alguna manera de que por ejemplos o por palabras ingeniosas y halagüeñas le hagáis entender su situación, mas por cosa del mundo no os enemistéis con él castigándolo ni maltratándolo, creyendo enderezarlo; pues la manera de ser de la mayoría de los jóvenes es tal que luego aborrecen al que los castiga, y mayormente si es hombre de gran condición, pues lo toman como un menosprecio, sin entender cuánto yerran; porque no tienen tan buen amigo en el mundo como el que castiga al joven para que no se haga daño, mas ellos no lo toman así, sino de la peor manera. Y por ventura caería tal enemistad entre vos y él, que traería daño a ambos para adelante.

Al conde le agradó mucho este consejo que Patronio le dio, y lo hizo así, y se encontró bien con ello.

Y porque don Juan se complació mucho con este ejemplo, lo hizo poner en este libro, e hizo estos versos que dicen así:

No castigues al joven maltratándolo,

mas dilo de modo que le vaya agradándolo.

Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:

Ejemplo 22Lo que le ocurrió al león y al toro

Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:

—Patronio, yo tengo un amigo muy poderoso y muy honrado, y aunque hasta ahora nunca hallé en él sino buenas obras, ahora me dicen que no me ama tan lealmente como solía, y aun que anda buscando maneras de ser contra mí. Y yo estoy ahora en dos grandes preocupaciones: la una es que me temo que si por ventura él quisiere ser contra mí, que me pueda venir gran daño; la otra es que me temo que si él entiende que yo tomo de él esta sospecha y que me voy guardando de él, que él, asimismo, hará eso mismo, y que así irá creciendo la sospecha y el desamor poco a poco hasta que hayamos de desavenirnos. Y por la gran confianza que tengo en vos, os ruego que me aconsejéis lo que veáis que más me conviene hacer en esto.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que de esto os podáis guardar, me agradaría mucho que supieseis lo que le ocurrió al león y al toro.

El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, el león y el toro eran muy amigos, y porque ellos son animales muy fuertes y muy recios, se apoderaban y señoreaban a todos los otros animales: pues el león, con la ayuda del toro, dominaba a todos los animales que comen carne; y el toro, con la ayuda del león, dominaba a todos los animales que pacen la hierba. Y cuando todos los animales entendieron que el león y el toro los dominaban por la ayuda que se hacían el uno al otro, y vieron que por esto les venía gran opresión y gran daño, hablaron todos entre sí sobre qué estratagema podrían buscar para salir de esta opresión. Y entendieron que si hiciesen desavenir al león y al toro, estarían ellos libres de la opresión con que los traían oprimidos el león y el toro. Y porque el zorro y el carnero eran los más allegados a la confianza del león y del toro que los otros animales, les rogaron todos los animales que trabajasen cuanto pudiesen para meter desavenencia entre ellos. Y el zorro y el carnero dijeron que se esforzarían cuanto pudiesen por hacer esto que los animales querían.

Y el zorro, que era consejero del león, dijo al oso, que es el más esforzado y más fuerte de todas las bestias que comen carne después del león, que le dijese que se temía que el toro andaba buscando manera de traerle cuanto daño pudiese, y que hacía días que le habían dicho esto, y aunque por ventura esto no era verdad, que pusiese atención en ello.

Y eso mismo dijo el carnero, que era consejero del toro, al caballo, que es el más fuerte animal que hay en esta tierra de las bestias que pacen hierba.

El oso y el caballo cada uno de ellos dijo esta razón al león y al toro. Y aunque el león y el toro no creyeron esto del todo, aun así tomaron alguna sospecha de que aquellos que eran los más honrados de su linaje y de su grupo se lo decían para meter mal entre ellos, pero con todo eso ya cayeron en alguna sospecha. Y cada uno de ellos habló con el zorro y con el carnero, sus privados.

Y ellos les dijeron que aunque por ventura el oso y el caballo les decían esto por alguna estratagema engañosa, con todo eso era bien que fuesen poniendo atención en los dichos y en las obras que hiciese de allí adelante el león y el toro, y según que viesen, que así podrían hacer.

Y ya con esto cayó mayor sospecha entre el león y el toro. Y cuando los animales entendieron que el león y el toro tomaron sospecha el uno del otro, comenzaron a darles a entender más descubiertamente que cada uno de ellos se temía del otro y que esto no podría ser sino por las malas voluntades que tenían escondidas en los corazones.

Y el zorro y el carnero, como falsos consejeros, buscando su provecho y olvidando la lealtad que debían guardar a sus señores, en lugar de desengañarlos, los engañaron; y tanto hicieron hasta que el amor que solía haber entre el león y el toro se tornó en muy gran desamor; y cuando los animales vieron esto, comenzaron a esforzar a aquellos sus jefes hasta que les hicieron comenzar la contienda, y dando a entender cada uno de ellos a su jefe que lo guardaba, y se guardaban los unos y los otros, e iban tornando todo el daño sobre el león y sobre el toro.

Y al fin, el pleito vino a esto: que aunque el león hizo más daño y más mal al toro y rebajó mucho su poder y su honra, siempre el león quedó tan desapoderado de allí adelante que nunca pudo señorear a las otras bestias ni apoderarse de ellas como solía, tanto de las de su linaje como de las otras. Y así, porque el león y el toro no entendieron que por el amor y la ayuda que el uno tomaba del otro eran ellos honrados y apoderados de todos los otros animales, y no guardaron el amor provechoso que había entre sí, y no se supieron guardar de los malos consejos que les dieron para salir de su opresión y oprimirlos a ellos, quedaron el león y el toro tan mal de aquel pleito, que así como ellos eran antes apoderados de todos, así fueron después todos apoderados de ellos.

Y vos, señor conde Lucanor, guardaos de que estos que os ponen en esta sospecha contra aquel vuestro amigo no os lo hagan por traeros a aquello que trajeron los animales al león y al toro. Y por tanto, os aconsejo yo que si aquel vuestro amigo es hombre leal y hallasteis en él siempre buenas obras y leales y confiáis en él como debe confiar el hombre en el buen hijo o en el buen hermano, que no creáis cosa que os digan contra él. Antes, os aconsejo que le digáis lo que os dijeren de él, y él luego os dirá asimismo lo que dijeren a él de vos. Y haced tan gran escarmiento en los que esta falsedad cuidaren tramar, que nunca otros se atrevan a comenzarlo otra vez. Pero si el amigo no fuere de esta manera que es dicha, y fuere de los amigos que se aman por el momento, o por la ventura, o por la necesidad, a tal amigo como este, guardad siempre que nunca digáis ni hagáis cosa por la que él pueda entender que de vos procede mala sospecha ni mala obra contra él, y pasad por alto algunos de sus yerros; pues de ninguna manera puede ser que tan gran daño os venga de improviso sin que antes veáis alguna señal cierta, como sería el daño que os vendría si os desavinieseis por tal engaño y estratagema como arriba es dicho; pero a tal amigo siempre dadle a entender de buena manera que así como os conviene a vos su ayuda, así le conviene a él la vuestra; y por una parte haciéndole buenas obras y mostrándole buen talante y no tomando sospecha de él sin razón, ni creyendo dicho de malos hombres y pasando por alto algunos de sus yerros; y por otra parte, mostrándole que así como os conviene a vos su ayuda, así le conviene a él la vuestra. Por estas maneras durará el amor entre vos, y estaréis guardados de no caer en el yerro en que cayeron el león y el toro.

Al conde le agradó mucho este consejo que Patronio le dio, y lo hizo así, y se encontró bien con ello.

Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Por falso dicho de hombre mentiroso

no pierdas amigo provechoso.

Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:

Ejemplo 23Lo que ocurrió a las hormigas cuando recogían su provisión

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:

—Patronio, gracias a Dios, yo soy bastante rico, y algunos me aconsejan que, puesto que puedo hacerlo, no tome otro cuidado sino entregarme al placer y comer y beber y holgar, que bastante tengo para mi vida y aun para dejar a mis hijos bien heredados. Y por el buen entendimiento que vos tenéis, os ruego que me aconsejéis lo que os parece que debo hacer.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, aunque el holgar y tomar placer es bueno, para que vos hagáis en esto lo que es más provechoso, me agradaría que supieseis lo que hace la hormiga para mantenerse en su vida.

Y el conde le preguntó cómo era aquello, y Patronio le dijo:

—Señor conde Lucanor, ya veis cuán pequeña cosa es la hormiga y, según razón, no debería tener muy gran entendimiento, pero hallaréis que cada año, al tiempo en que los hombres recogen el pan, salen ellas de sus hormigueros y van a las eras y traen cuanto pan pueden para su mantenimiento, y lo meten en sus casas. Y a la primera agua que viene, lo sacan fuera; y las gentes dicen que lo sacan a secar, y no saben lo que dicen, pues no es así la verdad; porque bien sabéis vos que cuando las hormigas sacan la primera vez el pan fuera de sus hormigueros, entonces es la primera agua y comienza el invierno, y pues si ellas, cada vez que lloviese, tuviesen que sacar el pan para secarlo, larga labor tendrían, y además que no podrían tener sol para secarlo, pues en el invierno no hace tantas veces sol que lo pudiesen secar.

Mas la verdad de por qué ellas lo sacan la primera vez que llueve es esta: ellas meten cuanto pan pueden conseguir en sus casas de una vez, y no miran por otra cosa sino por traer cuanto hallan. Y cuando ya lo tienen en salvo, creen que tienen ya provisión para su vida ese año. Y cuando viene la lluvia y se moja, el pan comienza a germinar; y ellas ven que si el pan germina en los hormigueros, que en lugar de sustentarse con él, su propio pan las mataría, y serían ellas causa de su daño. Y entonces lo sacan fuera y comen aquel corazón que hay en cada grano del que sale la simiente y dejan todo el grano entero. Y después, por mucho que llueva, no puede germinar, y se sustentan con él todo el año.

Y aún hallaréis que aunque tengan cuanto pan les bastaba, que cada vez que hace buen tiempo, no dejan de acarrear cualesquiera hierbecillas que hallan. Y esto lo hacen temiendo que no les baste aquello que tienen; y mientras tienen tiempo, no quieren estar ociosas ni perder el tiempo que Dios les da, pues pueden aprovecharlo.

Y vos, señor conde, pues la hormiga, que es tan mezquina cosa, tiene tal entendimiento y hace tanto por mantenerse, bien debéis pensar que no es buena razón para ningún hombre, y mayormente para los que han de mantener gran estado y gobernar a muchos, querer siempre comer de lo ganado; pues tened por cierto que por grande que sea el haber, de donde sacan cada día y no ponen nada, no puede durar mucho, y además parece muy gran debilitamiento y gran mengua de corazón.

Mas mi consejo es este: que si queréis comer y holgar, que lo hagáis siempre manteniendo vuestro estado y guardando vuestra honra, y mirando y teniendo cuidado de cómo conseguiréis con qué cumplirlo, pues si mucho tuviereis y quisiereis ser bueno, bastantes lugares tendréis en que gastarlo con vuestra honra.

Al conde le agradó mucho este consejo que Patronio le dio, y lo hizo así, y se halló bien con ello.

Y porque don Juan se complació con este ejemplo, lo hizo poner en este libro, e hizo estos versos que dicen así:

No comas siempre lo que has ganado;

vive tal vida que mueras honrado.

Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:

Ejemplo 24Lo que ocurrió a un rey moro con tres hijos que tenía

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:

—Patronio, en mi casa se crían muchos mozos, algunos hombres de gran linaje y otros que no lo son tanto, y veo en ellos muchas maneras y muy extrañas. Y por el gran entendimiento que vos tenéis, os ruego que me digáis, cuanto vos entendáis, de qué manera puedo yo conocer qué mozo resultará ser mejor hombre.

—Señor conde —dijo Patronio—, esto que me vos decís es cosa muy difícil de deciros con certeza, pues no se puede saber ciertamente ninguna cosa de lo que está por venir; y esto que vos preguntáis es por venir, y por tanto no se puede saber con certeza; mas lo que de esto se puede saber es por señales que aparecen en los mozos, tanto de dentro como de fuera; y las que aparecen de fuera son las facciones del rostro y el donaire y el color y el talle del cuerpo y de los miembros, pues por estas cosas aparece la señal de la complexión y de los miembros principales, que son el corazón y el cerebro y el hígado; aunque estas son señales, no se puede saber lo cierto; pues pocas veces concuerdan todas las señales en una cosa; pues si unas señales muestran lo uno, muestran las otras lo contrario; pero por lo general, según son estas señales, así resultan las obras.

Y las más ciertas señales son las del rostro, y señaladamente las de los ojos, y asimismo el donaire; pues muy pocas veces fallan estas. Y no penséis que el donaire se dice por ser un hombre hermoso en el rostro o feo, pues muchos hombres son bien parecidos y hermosos, y no tienen donaire de hombre; y otros parecen feos, que tienen buen donaire para ser hombres apuestos.

Y el talle del cuerpo y de los miembros muestran señal de la complexión y se ve si debe ser valiente o ligero, y tales cosas. Mas el talle del cuerpo y de los miembros no muestran con certeza cuáles deben ser las obras. Y con todo esto, estas son señales, y pues digo señales, digo cosa no cierta, pues la señal siempre es cosa que aparece por ella lo que debe ser; mas no es cosa forzosa que sea así en todo caso. Y estas son las señales de fuera, que siempre son muy dudosas para conocer lo que vos me preguntáis. Mas para conocer a los mozos por las señales de dentro que son ya algo más ciertas, me agradaría que supieseis cómo probó una vez un rey moro a tres hijos que tenía, para saber cuál de ellos sería mejor hombre.

El conde le rogó que le dijese cómo fue aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, un rey moro tenía tres hijos; y porque el padre puede hacer que reine el hijo suyo que él quisiere, después que el rey llegó a la vejez, los hombres buenos de su tierra le pidieron por merced que les señalase cuál de aquellos sus hijos quería que reinase después de él. Y el rey les dijo que dentro de un mes se lo diría.

Y cuando llegó a ocho o a diez días, una tarde dijo al hijo mayor que otro día de madrugada quería cabalgar y que fuese con él. Otro día, vino el infante mayor al rey, pero no tan temprano como el rey, su padre, había dicho.

Y cuando llegó, le dijo el rey que se quería vestir, que le hiciese traer los paños. El infante dijo al camarero que trajese los paños; el camarero preguntó qué paños quería. El infante volvió al rey y le preguntó qué paños quería. El rey le dijo que la aljuba; y él volvió al camarero y le dijo que la aljuba quería el rey. Y el camarero le preguntó qué almejía quería, y el infante volvió al rey a preguntárselo. Y así hizo por cada vestidura, que siempre iba y venía por cada pregunta, hasta que el rey tuvo todos los paños. Y vino el camarero, y lo vistió y lo calzó.

Y cuando estuvo vestido y calzado, mandó el rey al infante que hiciese traer el caballo, y él dijo al que guardaba los caballos del rey que le trajese el caballo, y el que los guardaba le dijo qué caballo traería; y el infante volvió con esto al rey, y así hizo por la silla y por el freno y por la espada y las espuelas; y por todo lo que había menester para cabalgar, por cada cosa fue a preguntar al rey.

Cuando todo estuvo dispuesto, dijo el rey al infante que no podía cabalgar, y que fuese él a andar por la villa y que parase mientes a las cosas que vería para que lo supiese contar al rey.

El infante cabalgó y fueron con él todos los hombres honrados del rey y del reino, e iban allí muchas trompas y atabales y otros instrumentos. El infante anduvo un rato por la villa, y cuando volvió al rey, le preguntó qué le parecía de lo que había visto. Y el infante le dijo que bien le parecía, salvo que le hacían muy gran ruido aquellos instrumentos.

Y al cabo de otros días, mandó el rey al hijo mediano que viniese a él otro día por la mañana, y el infante lo hizo así. Y el rey hizo todas las pruebas que había hecho al infante mayor, su hermano, y el infante lo hizo y dijo igual que el hermano mayor.

Y al cabo de otros días, mandó al infante menor, su hijo, que fuese con él muy de mañana. Y el infante madrugó antes de que el rey despertase, y esperó hasta que despertó el rey; y en cuanto estuvo despierto, entró el infante y se humilló ante él con la reverencia que debía. Y el rey le mandó que le hiciese traer de vestir. Y el infante preguntó qué paños quería, y de una vez le preguntó por todo lo que había de vestir y de calzar, y fue por ello y se lo trajo todo. Y no quiso que otro camarero lo vistiese ni lo calzase sino él, dando a entender que se tendría por de buena ventura si el rey, su padre, tomase placer o servicio de lo que él pudiese hacer, y que pues su padre era, que razón y justicia era hacer cuantos servicios y humildades pudiese.

Y cuando el rey estuvo vestido y calzado, mandó al infante que le hiciese traer el caballo. Y él le preguntó qué caballo quería, y con qué silla y con qué freno, y qué espada, y por todas las cosas que eran menester para cabalgar, y quién quería que cabalgase con él, y así por todo cuanto cumplía. Y cuando hizo todo esto, no preguntó por ello más de una vez, y lo trajo y lo dispuso como el rey lo había mandado.

Y cuando todo estuvo hecho, dijo el rey que no quería cabalgar, mas que cabalgase él y que le contase lo que viese. Y el infante cabalgó y fueron con él todos como habían hecho con los otros sus hermanos; mas él ni ninguno de sus hermanos, ni hombre del mundo, no sabía nada de la razón por la que el rey hacía esto.

Y cuando el infante cabalgó, mandó que le mostrasen toda la villa de dentro, y las calles y donde tenía el rey sus tesoros, y cuántos podían ser, y las mezquitas y toda la nobleza de la villa de dentro y las gentes que allí moraban.

Y después salió fuera y mandó que saliesen allá todos los hombres de armas, y de caballo y de pie, y les mandó que jugasen y le mostrasen todos los juegos de armas y de ejercicios, y vio los muros y las torres y las fortalezas de la villa. Y cuando lo hubo visto, volvió hacia el rey, su padre.

Y cuando volvió era ya muy tarde. Y el rey le preguntó por las cosas que había visto. Y el infante le dijo que si a él no le pesaba, que él le diría lo que le parecía de lo que había visto. Y el rey le mandó, so pena de su bendición, que le dijese lo que le parecía. Y el infante le dijo que aunque él era muy leal rey, le parecía que no era tan bueno como debía, pues si lo fuese, ya que tenía tan buena gente y tanta, y tan gran poder y tan gran haber, que si por él no quedase, que todo el mundo debía ser suyo.

Al rey le agradó mucho este reproche que el infante le dijo.

Y cuando llegó el plazo en que había de dar respuesta a los de la tierra, les dijo que aquel hijo les daba por rey.

Y esto lo hizo por las señales que vio en los otros y por las que vio en este. Y aunque más quisiera a cualquiera de los otros para rey, no tuvo por justo hacerlo por lo que vio en los unos y en el otro.

Y vos, señor conde, si queréis saber qué mozo sería mejor, parad mientes a estas tales cosas, y así podréis entender algo y por ventura lo más de lo que ha de ser de los mozos.

Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo.

Y porque don Juan tuvo este por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Por obras y maneras podrás conocer

de los mozos cuáles deben los más ser.

Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:

Ejemplo 25Lo que le ocurrió al conde de Provencia con Saladín, sultán de Babilonia

El conde Lucanor hablaba una vez con Patronio, su consejero, de esta manera:

—Patronio, un vasallo mío me dijo el otro día que quería casar a una parienta suya, y puesto que está obligado a aconsejarme lo mejor que pueda, me pedía por favor que le aconsejase en esto lo que yo entendiese que era más provechoso para él, y me expuso todos los casamientos que le proponían. Y como este es un hombre al que yo querría que todo le saliese muy bien, y sé que tú sabes mucho de estas cosas, te ruego que me digas lo que entiendes sobre esto, para que yo pueda darle un consejo con el que él salga bien parado.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que podáis aconsejar bien a todo hombre que haya de casar a su parienta, me agradaría mucho que supieseis lo que le ocurrió al conde de Provencia con Saladín, que era sultán de Babilonia.

El conde Lucanor le rogó que le dijese cómo había sido aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, hubo un conde en Provencia que fue muy buen hombre y deseaba mucho hacer de manera que Dios tuviese misericordia de su alma y ganase la gloria del Paraíso, haciendo tales obras que redundasen en su gran honra y en la de su estado. Y para poder cumplir esto, tomó consigo mucha gente, y muy bien equipada, y se fue a la Tierra Santa de Ultramar, poniendo en su corazón que, pasara lo que le pasase, siempre sería hombre de buena ventura, pues se hallaba rectamente al servicio de Dios. Y como los juicios de Dios son muy maravillosos y muy ocultos, y Nuestro Señor tiene por bien tentar muchas veces a sus amigos, pero si aquella tentación saben soportarla, siempre Nuestro Señor dispone que el asunto vuelva a redundar en honra y provecho de aquel a quien tienta; por esta razón tuvo Nuestro Señor a bien tentar al conde de Provencia, y consintió que cayese prisionero en poder del sultán.

Y aunque estaba preso, sabiendo Saladín la gran bondad del conde, le hacía mucho bien y mucha honra, y todos los grandes asuntos que tenía que resolver, todos los resolvía por su consejo. Y tan bien le aconsejaba el conde y tanto confiaba en él el sultán, que, aunque estaba preso, tan gran lugar y tan gran poder tenía, y tanto se hacía por él en toda la tierra de Saladín, como se haría en la suya propia.

Cuando el conde partió de su tierra, dejó una hija muy pequeñuela. Y el conde estuvo tan largo tiempo en la prisión, que su hija ya estaba en edad de casarse; y la condesa, su mujer, y sus parientes enviaron a decir al conde cuántos hijos de reyes y otros grandes hombres la pedían en casamiento.

Y un día, cuando Saladín vino a hablar con el conde, después de que hubieron acordado aquello por lo que Saladín allí había venido, habló con él el conde de esta manera:

—Señor, vos me hacéis a mí tanta merced y tanta honra, y confiáis tanto en mí, que me tendría por muy afortunado si pudiera serviros. Y pues vos, señor, tenéis por bien que yo os aconseje en todas las cosas que os ocurren, atreviéndome a vuestra merced y fiándome de vuestro entendimiento, os pido por favor que me aconsejéis en una cosa que me ha ocurrido.

El sultán agradeció esto mucho al conde, y le dijo que le aconsejaría de muy buen grado; y más aún, que le ayudaría de muy buena gana en lo que le hiciese falta.

Entonces le habló el conde de los casamientos que le proponían para aquella su hija y le pidió por favor que le aconsejase con quién la casaría.

Y Saladín respondió así:

—Conde, yo sé que tal es vuestro entendimiento, que con pocas palabras que el hombre os diga entenderéis todo el asunto. Y por ello os quiero aconsejar en este pleito según yo lo entiendo. Yo no conozco a todos estos que piden a vuestra hija, qué linaje o qué poder tienen, o cómo son en sus cuerpos o cuánta vecindad tienen con vos, o qué ventaja tienen los unos sobre los otros, y por ende no os puedo aconsejar con certeza en esto; mas mi consejo es este: que caséis a vuestra hija con hombre.

El conde se lo agradeció, y entendió muy bien lo que aquello quería decir. Y envió el conde a decir a la condesa, su mujer, y a sus parientes el consejo que el sultán le había dado, y que supiese de cuantos hombres hidalgos había en todas sus comarcas, de qué maneras y de qué costumbres, y cómo eran en sus cuerpos, y que no mirasen por su riqueza ni por su poder, sino que le enviasen por escrito decir qué tales eran en sí los hijos de los reyes y de los grandes señores que la pedían y qué tales eran los otros hombres hidalgos que había en las comarcas.

Y la condesa y los parientes del conde se maravillaron mucho de esto, pero hicieron lo que el conde les envió a mandar, y pusieron por escrito todas las maneras y costumbres buenas y contrarias que tenían todos los que pedían a la hija del conde, y todas las otras condiciones que había en ellos. Y asimismo, escribieron cómo eran en sí los otros hombres hidalgos que había en las comarcas, y enviaron todo esto contado al conde.

Y cuando el conde vio este escrito, se lo mostró al sultán; y cuando Saladín lo vio, aunque todos eran muy buenos, halló en todos los hijos de los reyes y de los grandes señores, en cada uno, algunas tachas: o de ser mal acostumbrados en comer o en beber, o de ser iracundos, o esquivos, o de mal recibimiento a las gentes, y pagarse de malas compañías, o trabados de palabra, o alguna otra tacha de las muchas que los hombres pueden tener. Y halló que un hijo de un hombre rico que no era de muy gran poder, según lo que parecía de él en aquel escrito, era el mejor hombre y el más cumplido, y más sin mala tacha de que él nunca oyera hablar. Y cuando esto vio el sultán, aconsejó al conde que casase a su hija con aquel hombre, pues entendió que, aunque aquellos otros eran más honrados y más hidalgos, mejor casamiento era aquel y mejor casaba el conde a su hija con aquel que con ninguno de los otros que tuviese una mala tacha, cuanto más si tuviese muchas; y tuvo que más de apreciar era el hombre por sus obras que no por su riqueza, ni por nobleza de su linaje.

El conde envió mandar a la condesa y a sus parientes que casasen a su hija con aquel que Saladín le mandara. Y aunque se maravillaron mucho de ello, enviaron por aquel hijo de aquel hombre rico y le dijeron lo que el conde les envió a mandar. Y él respondió que bien entendía que el conde era más hidalgo y más rico y más honrado que él, pero que si él tan gran poder tuviese, bien creía que toda mujer estaría bien casada con él, y que esto que hablaban con él, si lo decían por no hacerlo, tenía que le hacían muy gran tuerto y que le querían perder sin motivo. Y ellos dijeron que lo querían hacer de todas formas, y le contaron la razón de cómo el sultán aconsejara al conde que le diese su hija antes que a ninguno de los hijos de los reyes ni de los otros grandes señores, señaladamente porque le escogiera por hombre. Cuando él esto oyó, entendió que hablaban verdaderamente del casamiento y tuvo que, pues Saladín lo escogiera por hombre y le hiciera llegar a tan gran honra, no sería él hombre si no hiciese en este asunto lo que le correspondía.

Y dijo luego a la condesa y a los parientes del conde que si ellos querían que él creyese que se lo decían verdaderamente, que le apoderasen luego de todo el condado y de todas las rentas, pero no les dijo nada de lo que él había pensado hacer. A ellos les plugo lo que él les decía, y le apoderaron luego de todo. Y él tomó muy gran cantidad de dinero, y en gran secreto, armó varias galeras y tuvo muy gran caudal guardado. Y cuando esto fue hecho, mandó preparar sus bodas para un día señalado.

Y cuando las bodas fueron hechas muy ricas y muy honradas, en la noche, cuando se hubo de ir a su casa donde estaba su mujer, antes de que se echasen en la cama, llamó a la condesa y a sus parientes y les dijo en gran secreto que bien sabían que el conde le había escogido entre otros muy mejores que él, y que lo había hecho porque el sultán le aconsejara que casase a su hija con hombre, y pues el sultán y el conde tanta honra le habían hecho y lo habían escogido por hombre, tendría él que no era hombre si no hiciese en esto lo que correspondía; y que se quería ir y que les dejaba aquella doncella con quien él había de casar, y el condado: que él confiaba en Dios que Él le encaminaría para que entendiesen las gentes que hacía hecho de hombre.

Y en cuanto hubo dicho esto, cabalgó y se fue en buena hora. Y se encaminó al reino de Armenia, y moró allí tanto tiempo hasta que supo muy bien el lenguaje y todas las maneras de la tierra. Y supo que Saladín era muy cazador.

Y él tomó muchas buenas aves y muchos buenos canes, y se fue hacia Saladín; y repartió aquellas sus galeras y puso una en cada puerto, y les mandó que nunca se partiesen de allí hasta que él se lo mandase.

Y cuando él llegó al sultán, fue muy bien recibido, pero no le besó la mano ni le hizo ninguna reverencia de las que el hombre debe hacer a su señor.

Y Saladín le mandó dar todo lo que hubo menester, y él se lo agradeció mucho, mas no quiso tomar de él ninguna cosa y dijo que no había venido a tomar nada de él; mas como tanto bien había oído decir de él, que si él lo tenía por bien, quería vivir algún tiempo en su casa para aprender algo de cuanto bien había en él y en sus gentes; y porque sabía que el sultán era muy cazador, que él traía muchas aves y muy buenas, y muchos canes, y si su merced fuese, que tomase de ellas lo que quisiese, y con lo que le quedara a él, que andaría con él a caza, y le haría cuanto servicio pudiese en aquello y en lo demás.

Esto le agradeció mucho Saladín, y tomó lo que tuvo por bien de lo que él traía, mas por ninguna razón pudo nunca conseguir que el otro tomase de él ninguna cosa, ni le dijese nada de su hacienda, ni hubiese entre ellos cosa por la cual él tomase ninguna carga de Saladín que le obligara a guardarle. Y así anduvo en su casa un gran tiempo.

Y como Dios encamina, cuando su voluntad es, las cosas que Él quiere, dispuso que lanzaran los halcones a unas grullas. Y fueron a matar una de las grullas a un puerto del mar donde estaba una de las galeras que el yerno del conde había puesto allí. Y el sultán, que iba en muy buen caballo, y él en otro, se alejaron tanto de las gentes, que ninguno de ellos vio por dónde iban. Y cuando Saladín llegó donde los halcones estaban con la grulla, descabalgó muy aprisa para socorrerlos. Y el yerno del conde que venía con él, cuando le vio en tierra, llamó a los de la galera.

Y el sultán, que no paraba mientes sino en cebar sus halcones, cuando vio la gente de la galera en derredor de sí, fue muy espantado. Y el yerno del conde metió mano a la espada y dio a entender que le quería herir con ella. Y cuando Saladín esto vio, comenzó a quejarse mucho diciendo que esto era muy gran traición. Y el yerno del conde le dijo que no lo permitiese Dios, que bien sabía él que nunca él le había tomado por señor, ni había querido tomar nada de lo suyo, ni tomar de él ningún encargo por el que tuviese razón de guardarle, mas que supiese que Saladín había hecho todo aquello.

Y después de que hubo dicho esto, lo tomó y lo metió en la galera, y cuando lo tuvo dentro, le contó cómo él era el yerno del conde, y que era aquel al que él había escogido, entre otros mejores que él, por hombre; y pues él por hombre lo había escogido, que bien entendía que no habría sido él hombre si esto no hubiera hecho; y que le pedía por favor que le diese a su suegro para que entendiese que el consejo que él le había dado era bueno y verdadero, y que se hallaba bien de él.

Cuando Saladín esto oyó, agradeció mucho a Dios, y le plugo más porque acertó en su consejo que si le hubiese ocurrido otro provecho u otra honra por grande que fuese. Y dijo al yerno del conde que se lo daría de muy buena gana.

Y el yerno del conde confió en el sultán, y lo sacó luego de la galera y se fue con él. Y mandó a los de la galera que se alejasen del puerto tanto que no los pudiesen ver ningunas gentes que llegasen allí.

Y el sultán y el yerno del conde cebaron muy bien sus halcones. Y cuando las gentes llegaron allí, hallaron a Saladín muy alegre. Y nunca dijo a hombre del mundo nada de cuanto le había ocurrido.

Y cuando llegaron a la villa, fue luego a visitar la casa donde estaba el conde preso y llevó consigo al yerno del conde. Y cuando vio al conde, comenzó a decirle con muy gran alegría:

—Conde, mucho agradezco a Dios por la merced que me hizo al acertar tan bien como acerté en el consejo que os di en el casamiento de vuestra hija. He aquí a vuestro yerno, que os ha sacado de prisión.

Entonces le contó todo lo que su yerno había hecho, la lealtad y el gran esfuerzo que había realizado al prenderle y al confiar luego en él.

Y el sultán y el conde y cuantos esto supieron, alabaron mucho el entendimiento y el esfuerzo y la lealtad del yerno del conde. Asimismo, alabaron mucho las bondades de Saladín y del conde, y agradecieron mucho a Dios porque quiso disponer traerlo a tan buen acabamiento.

Entonces dio el sultán muchos dones y muy ricos al conde y a su yerno; y por el pesar que el conde había sufrido en la prisión, le dio dobladas todas las rentas que el conde habría podido recaudar de su tierra mientras estuvo en la prisión, y le envió muy rico y muy honrado y muy bien andante a su tierra.

Y todo este bien le vino al conde por el buen consejo que el sultán le dio de que casase a su hija con hombre.

Y vos, señor conde Lucanor, pues habéis de aconsejar a aquel vuestro vasallo en razón del casamiento de aquella su parienta, aconsejadle que la principal cosa que mire en el casamiento sea que aquel con quien la haya de casar sea buen hombre en sí; pues si esto no fuere, por honra, ni por riqueza, ni por hidalguía que tenga, nunca puede estar bien casada. Y debéis saber que el hombre con bondad acrecienta la honra y alza su linaje y acrecienta las riquezas.

Y por ser muy hidalgo ni muy rico, si bueno no fuere, todo sería muy pronto perdido. Y de esto os podría dar muchas historias de muchos hombres de gran linaje que les dejaron sus padres mucho dinero y muy honrados, y pues no fueron tan buenos como debían, fue en ellos perdido el linaje y la riqueza; y otros de gran linaje y de pequeña hacienda que, por la gran bondad que tuvieron en sí, acrecentaron mucho en sus honras y en sus haciendas, de manera que fueron muy más alabados y más apreciados por lo que ellos hicieron y por lo que ganaron, que aun por todo su linaje. Y así entended que todo el provecho y todo el daño nace y viene de cómo el hombre es en sí, de cualquier estado que sea. Y por ende, la primera cosa que se debe mirar en el casamiento es cuáles maneras y cuáles costumbres y cuál entendimiento y cuáles obras tiene en sí el hombre o la mujer que ha de casar; y esto siendo primero mirado, de ahí en adelante, cuanto el linaje es más alto y la riqueza mayor y la apostura más cumplida y la vecindad más cercana y más provechosa, tanto es el casamiento mejor.

Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, e hízolo así, y le fue muy bien.

Y viendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo poner en este libro, y escribió estos versos que dicen así:

Si con bien obras, en todo tendrás la honra crecida;

por muy noble que seas, si malo eres, todo está perdido en seguida.

===FIN DEL TEXTO===

Al conde le agradaron mucho estas razones que Patronio le dijo, y consideró que era verdad todo tal como él lo decía.

Y viendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:

Quien es hombre, logra todos los provechos; quien no lo es, malogra todos los hechos.

Y la historia de este ejemplo es la que sigue:

Ejemplo 26Lo que le ocurrió a la Verdad y a la Mentira

Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:

—Patronio, sabed que estoy en muy gran congoja y en gran conflicto con unos hombres que no me quieren mucho; y estos hombres son tan revoltosos y tan mentirosos que nunca otra cosa hacen sino mentirme a mí y a todos los otros con quienes tienen que hacer o tratar alguna cosa. Y las mentiras que dicen, las saben tan bien adornar y se aprovechan tanto de ellas, que me traen a muy gran daño, y ellos se hacen muy poderosos, y tienen gentes muy fuertemente contra mí. Y aun creed que si yo quisiera obrar por aquella manera, que por ventura lo sabría hacer tan bien como ellos; mas porque yo sé que la mentira es de mala condición, nunca me agradó. Y ahora, por el buen entendimiento que vos tenéis, os ruego que me aconsejéis qué manera tome con estos hombres.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos hagáis en esto lo mejor y más provechoso, me agradaría mucho que supierais lo que le ocurrió a la Verdad y a la Mentira.

El conde le rogó que le dijera cómo fue aquello.

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, la Mentira y la Verdad hicieron su compañía juntas, y después de que hubieron estado así un tiempo, la Mentira, que es más diligente, dijo a la Verdad que sería bien que plantaran un árbol del que tuvieran fruto y pudieran estar a su sombra cuando hiciera calor.

Y la Verdad, como es cosa sencilla y de buen talante, dijo que le placía.

Y cuando el árbol fue plantado y comenzó a nacer, dijo la Mentira a la Verdad que tomara cada una de ellas su parte de aquel árbol. Y a la Verdad le agradó esto. Y la Mentira, dándole a entender con razones coloreadas y adornadas que la raíz del árbol es la cosa que da la vida y el sustento al árbol, y que es mejor cosa y más provechosa, aconsejó la Mentira a la Verdad que tomara las raíces del árbol que están bajo tierra y ella que se arriesgaría a tomar aquellas ramillas que habían de salir y estar sobre tierra, aunque era muy gran peligro porque estaba a riesgo de que lo cortaran o lo pisaran los hombres o lo royeran las bestias o lo cortaran las aves con las manos y con los picos o lo secara el gran calor o lo quemara el gran hielo, y que de todos estos peligros no había de sufrir ninguno la raíz.

Y cuando la Verdad oyó todas estas razones, porque no hay en ella muchas artimañas y es cosa de gran confianza y de gran credulidad, se fió en la Mentira, su compañera, y creyó que era verdad lo que le decía, y consideró que la Mentira le aconsejaba que tomara muy buena parte, tomó la raíz del árbol y quedó con aquella parte muy satisfecha. Y cuando la Mentira esto hubo acabado, fue muy alegre por el engaño que había hecho a su compañera diciéndole mentiras hermosas y adornadas.

La Verdad se metió bajo tierra para vivir donde estaban las raíces que eran su parte, y la Mentira quedó sobre tierra donde viven los hombres y andan las gentes y todas las otras cosas. Y como ella es muy halagadora, en poco tiempo fueron todos muy contentos con ella. Y su árbol comenzó a crecer y echar muy grandes ramas y muy anchas hojas que hacían muy hermosa sombra y aparecieron en él muy adornadas flores de muy hermosos colores y muy agradables a la vista.

Y cuando las gentes vieron aquel árbol tan hermoso, se reunían muy gustosamente a estar junto a él, y se complacían mucho con su sombra y con sus flores tan bien coloreadas, y estaban allí siempre la mayoría de las gentes; y aun los que se hallaban por los otros lugares decían los unos a los otros que si querían estar dichosos y alegres, que fueran a estar a la sombra del árbol de la Mentira.

Y cuando las gentes estaban reunidas bajo aquel árbol, como la Mentira es muy halagadora y de gran sabiduría, hacía muchos placeres a las gentes y les mostraba de su sabiduría; y las gentes se complacían en aprender de aquella su arte mucho. Y por esta manera atrajo a sí a la mayoría de las gentes del mundo: pues mostraba a los unos mentiras sencillas, y a los otros más sutiles, mentiras dobles, y a otros, muy más sabios, mentiras triples.

Y debéis saber que la mentira sencilla es cuando un hombre dice a otro: «Don Fulano, yo haré tal cosa por vos», y él miente en aquello que le dice. Y la mentira doble es cuando hace juramentos y homenajes y rehenes y da otros por sí que hagan todos aquellos pactos, y al hacer estos aseguramientos, ha ya pensado y sabe manera cómo todo esto se tornará en mentira y en engaño. Mas la mentira triple, que es mortalmente engañosa, es la que le miente y le engaña diciendo verdad.

Y de esta sabiduría tal había tanta en la Mentira y la sabía tan bien mostrar a los que se complacían en estar a la sombra de su árbol, que les hacía lograr por aquella sabiduría la mayoría de las cosas que ellos querían, y no hallaban ningún hombre que aquella arte no supiera, que ellos no le hicieran hacer toda su voluntad. Y lo uno por la hermosura del árbol, y lo otro con la gran arte que de la Mentira aprendían, deseaban mucho las gentes estar a aquella sombra y aprender lo que la Mentira les mostraba.

La Mentira estaba muy honrada y muy apreciada y muy acompañada de las gentes, y el que menos se allegaba a ella y menos sabía de su arte, menos le apreciaban todos, y aun él mismo se apreciaba menos.

Y estando la Mentira tan bien andante, la desdichada y despreciada de la Verdad estaba escondida bajo tierra, y hombre del mundo no sabía de ella noticia, ni se complacía con ella, ni la quería buscar. Y ella, viendo que no le había quedado cosa con que se pudiera mantener sino aquellas raíces del árbol que era la parte que le aconsejara tomar la Mentira, y con falta de otra vianda, hubo de ponerse a roer y a cortar y a alimentarse de las raíces del árbol de la Mentira. Y aunque el árbol tenía muy buenas ramas y muy anchas hojas que hacían muy gran sombra y muchas flores de muy adornados colores antes de que pudieran llevar fruto fueron cortadas todas sus raíces, pues las hubo de comer la Verdad, ya que no tenía otra cosa de que alimentarse.

Y cuando las raíces del árbol de la Mentira fueron todas cortadas, y estando la Mentira a la sombra de su árbol con todas las gentes que aprendían de su arte, vino un viento y dio en el árbol, y porque sus raíces estaban todas cortadas, fue muy fácil de derribar y cayó sobre la Mentira y la quebrantó de muy mala manera; y todos los que estaban aprendiendo de su arte fueron todos muertos y muy mal heridos, y quedaron muy mal andantes.

Y por el lugar donde estaba el tronco del árbol salió la Verdad que estaba escondida, y cuando estuvo sobre la tierra, halló que la Mentira y todos los que a ella se allegaron estaban muy mal andantes y se hallaron muy mal de cuanto aprendieron y usaron del arte que aprendieron de la Mentira.

Y vos, señor conde Lucanor, parad mientes en que la mentira tiene muy grandes ramas, y sus flores, que son sus dichos y sus pensamientos y sus halagos, son muy placenteras, y se complacen mucho con ellas las gentes, pero todo es sombra y nunca llega a buen fruto. Por tanto, si aquellos vuestros contrarios usan de las sabidurías y de los engaños de la mentira, guardaos de ellos cuanto pudiereis y no queráis ser su compañero en aquella arte, ni tengáis envidia de la buena andanza que tienen por usar del arte de la mentira, pues cierto sed que poco les durará, y no pueden tener buen fin; y cuando creyeren ser más bien andantes, entonces les fallará así como falló el árbol de la Mentira a los que creían estar muy bien andantes a su sombra; mas aunque la verdad sea menospreciada, abrazaos bien con ella y apreciadla mucho, pues cierto sed que por ella seréis bien andante y tendréis buen acabamiento y ganaréis la gracia de Dios para que os dé en este mundo mucho bien y mucha honra para el cuerpo y salvación para el alma en el otro.

Al conde le agradó mucho este consejo que Patronio le dio, y lo hizo así y se halló bien por ello.

Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:

Seguid verdad por la mentira evitar, pues su mal crece quien usa de mentir.

Y la historia de este ejemplo es la que sigue:

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