Parte 4Ejemplos 27-38: la amistad, la mujer y el dinero
Ejemplo 27Lo que le ocurrió al emperador Fadrique y a don Álvar Fáñez Minaya con sus mujeres
Hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, un día y le dijo así:
—Patronio, dos hermanos que yo tengo están casados ambos y vive cada uno de ellos muy distinto del otro; pues el uno ama tanto a aquella señora con quien está casado, que apenas podemos conseguir que se aparte un día del lugar donde ella está, y no hace cosa en el mundo sino lo que ella quiere, y eso si antes no se lo pregunta. Y el otro, de ninguna manera podemos conseguir que la quiera ver un día siquiera, ni entrar en casa donde ella esté. Y porque tengo gran pesar de esto, te ruego que me digas alguna manera para que podamos poner remedio.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, según esto que vos decís, ambos vuestros hermanos andan muy errados en sus asuntos; pues ni el uno ni el otro deberían mostrar tan gran amor ni tan gran desamor como muestran a aquellas señoras con quienes están casados; mas aunque ellos yerran, quizá sea por las maneras que tienen aquellas sus mujeres; y por ello querría que supieseis lo que le ocurrió al emperador Fadrique y a don Álvar Fáñez Minaya con sus mujeres.
El conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, porque estos ejemplos son dos y no os los podría contar ambos juntos, os contaré primero lo que le ocurrió al emperador Fadrique, y después os contaré lo que le ocurrió a don Álvar Fáñez.
—Señor conde, el emperador Fadrique casó con una doncella de muy alta sangre, según le correspondía; mas en esto no le fue bien, pues no supo antes de casarse con ella las maneras que tenía.
Y después que fueron casados, aunque ella era muy buena señora y muy guardada en su cuerpo, empezó a ser la más brava y la más fuerte y la más rebelde cosa del mundo. Así que si el emperador quería comer, ella decía que quería ayunar; y si el emperador quería dormir, ella quería levantarse; si el emperador quería bien a alguno, luego ella lo aborrecía.
¿Qué os diré más? Todas las cosas del mundo en que el emperador tomaba placer, en todas daba ella a entender que tomaba pesar, y de todo lo que el emperador hacía, de todo hacía ella siempre lo contrario.
Y cuando el emperador sufrió esto un tiempo, y vio que de ninguna manera la podía sacar de esta intención por cosa que él ni otros le dijesen, ni por ruegos, ni por amenazas, ni por buen talante ni por malo que le mostrase, y vio que además del pesar y la vida enojosa que había de sufrir, le era tan gran daño para su hacienda y para sus gentes, que no podía poner remedio; y cuando esto vio, se fue ante el Papa y le contó su asunto, tanto de la vida que pasaba como del gran daño que venía a él y a toda la tierra por las maneras que tenía la emperatriz; y quisiera de buen grado, si pudiera ser, que los separase el Papa. Mas vio que según la ley de los cristianos no se podían separar, y que de ninguna manera podían vivir juntos por las malas maneras que la emperatriz tenía, y sabía el Papa que esto era así.
Y cuando otro remedio no pudieron hallar, dijo el Papa al emperador que este asunto lo encomendaba al entendimiento y a la sutileza del emperador, pues él no podía dar penitencia antes de que el pecado fuese hecho.
Y el emperador se despidió del Papa y se fue a su casa, y trabajó por cuantas maneras pudo, por halagos y por amenazas y por consejos y por desengaños y por cuantas maneras él y todos los que con él vivían pudieron imaginar para sacarla de aquella mala intención, mas todo esto no sirvió de nada, pues cuanto más le decían que se apartase de aquella manera, tanto más hacía ella cada día todo lo contrario.
Y cuando el emperador vio que de ninguna manera esto se podía enderezar, le dijo un día que quería ir a la caza de los ciervos y que llevaría una parte de aquella hierba que ponen en las saetas con que matan a los ciervos, y que dejaría lo demás para otra vez, cuando quisiese ir a caza, y que se guardase de que por nada del mundo pusiese de aquella hierba en sarna, ni en postilla, ni en lugar donde saliese sangre; pues aquella hierba era tan fuerte, que no había en el mundo cosa viva que no matase. Y tomó otro ungüento muy bueno y muy provechoso para cualquier llaga, y el emperador se untó con él delante de ella en algunos lugares que no estaban sanos. Y ella y cuantos allí estaban vieron que sanaba luego con ello. Y le dijo que si le fuese menester, que de aquél pusiese en cualquier llaga que tuviese. Y esto le dijo delante de varios hombres y mujeres. Y cuando esto hubo dicho, tomó aquella hierba que había menester para matar los ciervos y se fue a su caza, así como había dicho.
Y luego que el emperador se fue, empezó ella a enojarse y a enfurecerse, y empezó a decir:
—¡Ved al falso del emperador, lo que me fue a decir! Porque sabe que la sarna que yo tengo no es de tal manera como la suya, me dijo que me untase con aquel ungüento con que se untó él, porque sabe que no podría sanar con él, mas de aquel otro ungüento bueno con que sabe que sanaría, dijo que no tomase de él de ninguna manera; mas para hacerle pesar, yo me untaré con él, y cuando venga, me hallará sana. Y estoy segura de que en ninguna cosa le podría hacer mayor pesar, y por esto lo haré.
Los caballeros y las damas que con ella estaban porfiarion mucho con ella para que no lo hiciese, y empezaron a pedirle merced, muy fieramente llorando, que se guardase de hacerlo; pues tuviese por cierto que, si lo hiciese, luego sería muerta.
Y por todo esto no lo quiso dejar. Y tomó la hierba y se untó con ella las llagas. Y a poco rato empezó a sentir la rabia de la muerte, y ella se arrepintió si pudo, mas ya no era tiempo en que se pudiese hacer. Y murió por la manera porfiosa y dañina que tenía.
Mas a don Álvar Fáñez le ocurrió lo contrario de esto, y porque lo sepáis todo como fue, os contaré cómo sucedió.
Don Álvar Fáñez era muy buen hombre y muy honrado y pobló Íscar, y moraba allí. Y el conde don Pero Ansúrez pobló Cuéllar y moraba en ella.
Y el conde don Pero Ansúrez tenía tres hijas.
Y un día, estando sin sospecha ninguna, entró don Álvar Fáñez por la puerta; y al conde don Pero Ansúrez le plugo mucho con él. Y después que hubieron comido, le preguntó por qué venía tan sin aviso. Y don Álvar Fáñez le dijo que venía a pedir una de sus hijas para casarse con ella, mas que quería que se las mostrase a las tres y que le dejase hablar con cada una de ellas, y después escogería a la que quisiese. Y el conde, viendo que Dios le hacía mucho bien en ello, dijo que le placía mucho hacer cuanto don Álvar Fáñez le decía.
Y don Álvar Fáñez se apartó con la hija mayor y le dijo que si a ella le placía, que quería casarse con ella; pero antes de hablar más del asunto, le quería contar algo de su situación. Que supiese, lo primero, que él no era muy joven y que por las muchas heridas que había recibido en las lides en que se había visto, se le había debilitado tanto la cabeza que por poco vino que bebiese, le hacía perder luego el entendimiento; y cuando estaba fuera de su seso, se enojaba tan fuertemente que no miraba lo que decía; y que a las veces hería a los hombres de tal guisa, que se arrepentía mucho después que volvía a su entendimiento; y aun, cuando se echaba a dormir, después que yacía en la cama, que hacía allí muchas cosas que no perjudicaría ni un ápice si fuesen más limpias. Y de estas cosas le dijo tantas, que toda mujer que el entendimiento no tuviese muy maduro, se podría tener por no muy bien casada con él.
Y cuando esto le hubo dicho, le respondió la hija del conde que este casamiento no estaba en ella, sino en su padre y en su madre.
Y con esto, se separó de don Álvar Fáñez y se fue ante su padre.
Y cuando el padre y la madre le preguntaron cuál era su voluntad de hacer, porque ella no fue de tan buen entendimiento como le era menester, dijo a su padre y a su madre que tales cosas le había dicho don Álvar Fáñez, que antes querría estar muerta que casarse con él.
Y el conde no quiso decir esto a don Álvar Fáñez, mas le dijo que su hija no tenía entonces voluntad de casarse.
Y habló don Álvar Fáñez con la hija mediana; y pasó entre él y ella tal como con la hermana mayor.
Y después habló con la hermana menor y le dijo todas aquellas cosas que había dicho a las otras sus hermanas.
Y ella le respondió que agradecía mucho a Dios que don Álvar Fáñez quisiese casarse con ella; y en lo que le decía que le hacía mal el vino, que si, por ventura, alguna vez le cumpliese por alguna cosa estar apartado de las gentes por aquello que le decía o por otra cosa, que ella lo encubriría mejor que ninguna otra persona del mundo; y en lo que decía que era viejo, que en cuanto a esto no rompería ella el casamiento, pues le bastaba a ella del casamiento el bien y la honra que había de ser casada con don Álvar Fáñez; y de lo que decía que era muy enojadizo y que hería a las gentes, que en cuanto a esto no importaba, pues nunca ella le haría nada por lo que la hiriese, y si lo hiciese, que lo sabría muy bien sufrir.
Y a todas las cosas que don Álvar Fáñez le dijo, a todas le supo tan bien responder, que don Álvar Fáñez quedó muy satisfecho, y agradeció mucho a Dios porque había hallado mujer de tan buen entendimiento.
Y dijo al conde don Pero Ansúrez que con aquella quería casarse. Al conde le plugo mucho de ello. E hicieron sus bodas luego. Y se fue con su mujer enseguida con buena ventura. Y esta señora tenía por nombre doña Vascuñana.
Y después que don Álvar Fáñez llevó a su mujer a su casa, fue ella tan buena señora y tan cuerda, que don Álvar Fáñez se tuvo por bien casado con ella y tenía por razón que se hiciese todo lo que ella quería.
Y esto lo hacía él por dos razones: la primera, porque le hizo Dios a ella tanto bien, que tanto amaba a don Álvar Fáñez y tanto apreciaba su entendimiento, que todo lo que don Álvar Fáñez decía y hacía, todo tenía ella verdaderamente que era lo mejor; y le placía mucho cuanto decía y cuanto hacía, y nunca en toda su vida le contradijo cosa que entendiese que a él le placía. Y no entendáis que hacía esto por lisonjearle, ni por halagarlo para mejor estar con él, mas lo hacía porque verdaderamente creía, y era su intención, que todo lo que don Álvar Fáñez quería y decía y hacía, que de ninguna manera podría ser yerro, ni lo podría otro ninguno mejorar. Y lo uno por esto, que era el mayor bien que podría ser, y lo otro porque ella era de tan buen entendimiento y de tan buenas obras, que siempre acertaba en lo mejor. Y por estas cosas la amaba y la apreciaba tanto don Álvar Fáñez que tenía por razón hacer todo lo que ella quería, pues siempre ella quería y le aconsejaba lo que era su provecho y su honra. Y nunca tuvo mira, por deseo ni por voluntad que tuviese de ninguna cosa que hiciese don Álvar Fáñez, sino a lo que más le correspondía, y que era más su honra y su provecho.
Y sucedió que una vez, estando don Álvar Fáñez en su casa, que vino a él un sobrino suyo que vivía en casa del rey, y le plugo mucho a don Álvar Fáñez con él. Y cuando hubo morado con don Álvar Fáñez algunos días, le dijo un día que era muy buen hombre y muy cumplido y que no podía ponerle ninguna tacha sino una. Y don Álvar Fáñez le preguntó que cuál era. Y el sobrino le dijo que no hallaba tacha que ponerle sino que hacía mucho caso de su mujer y la empoderaba mucho en toda su hacienda. Y don Álvar Fáñez le respondió que a esto que dentro de pocos días le daría la respuesta.
Y antes de que don Álvar Fáñez viese a doña Vascuñana, cabalgó y se fue a otro lugar y anduvo allá algunos días y llevó allá a aquel su sobrino consigo. Y después envió por doña Vascuñana, y dispuso don Álvar Fáñez que se encontraron en el camino, pero no hablaron ningunas razones entre sí, ni hubo tiempo aunque lo quisiesen hacer.
Y don Álvar Fáñez se fue adelante, e iba con él su sobrino. Y doña Vascuñana venía tras ellos. Y después que hubieron andado así un rato don Álvar Fáñez y su sobrino, hallaron una piara de vacas. Y don Álvar Fáñez empezó a decir:
—¿Visteis, sobrino, qué hermosas yeguas hay en esta nuestra tierra?
Cuando su sobrino esto oyó, se maravilló mucho de ello, y pensó que se lo decía por broma y le dijo que cómo decía tal cosa, que no eran sino vacas.
Y don Álvar Fáñez empezó a maravillarse mucho y a decirle que temía que había perdido el seso, pues bien veía que aquéllas eran yeguas. Y cuando el sobrino vio que don Álvar Fáñez porfiaba tanto sobre esto, y que lo decía con todo su seso, quedó muy espantado y pensó que don Álvar Fáñez había perdido el entendimiento.
Y don Álvar Fáñez estuvo tanto adrede en aquella porfía, hasta que asomó doña Vascuñana que venía por el camino. Y cuando don Álvar Fáñez la vio, dijo a su sobrino:
—Ea, sobrino, he aquí a doña Vascuñana que nos resolverá nuestra contienda.
Al sobrino le plugo de esto mucho; y cuando doña Vascuñana llegó, le dijo su cuñado:
—Señora, don Álvar Fáñez y yo estamos en contienda, pues él dice por estas vacas, que son yeguas, y yo digo que son vacas; y tanto hemos porfiado, que él me tiene por loco, y yo tengo que él no está bien en su seso. Y vos, señora, resolvednos ahora esta contienda.
Y cuando doña Vascuñana vio esto, aunque ella tenía que aquéllas eran vacas, pero pues su cuñado le dijo que decía don Álvar Fáñez que eran yeguas, tuvo verdaderamente ella, con todo su entendimiento, que ellos erraban, que no las conocían, mas que don Álvar Fáñez no erraría de ninguna manera en conocerlas; y pues decía que eran yeguas, que de toda manera del mundo, yeguas eran y no vacas.
Y empezó a decir al cuñado y a cuantos allí estaban:
—Por Dios, cuñado, me pesa mucho de esto que decís, y sabe Dios que quisiera que con mayor seso y con mayor provecho nos vinieseis ahora de casa del rey, donde tanto habéis morado; pues bien veis vos que muy gran mengua de entendimiento y de vista es tener que las yeguas son vacas.
Y comenzó a demostrarle, tanto por los colores como por las formas, como por otras muchas cosas, que eran yeguas y no vacas, y que era verdad lo que don Álvar Háñez decía, que de ninguna manera el entendimiento y la palabra de don Álvar Háñez podían errar. Y tanto le afirmó esto, que ya el cuñado y todos los otros comenzaron a dudar de que ellos se equivocaban, y que don Álvar Háñez decía la verdad: que las que ellos tenían por vacas, eran yeguas. Y hecho esto, se fueron don Álvar Háñez y su sobrino adelante y encontraron una gran cantidad de yeguas.
Y don Álvar Háñez dijo a su sobrino:
—¡Ah, sobrino! Estas son las vacas, y no las que vos decíais antes, que yo decía que eran yeguas.
Cuando el sobrino oyó esto, dijo a su tío:
—Por Dios, don Álvar Háñez, si vos decís la verdad, el diablo me trajo a mí a esta tierra; porque ciertamente, si estas son vacas, he perdido yo el entendimiento, pues, sin ninguna duda, estas son yeguas y no vacas.
Don Álvar Háñez comenzó a porfiar muy duramente que eran vacas. Y tanto duró esta porfía, hasta que llegó doña Vascuñana. Y cuando ella llegó y le contaron lo que decía don Álvar Háñez y decía su sobrino, aunque a ella le parecía que el sobrino decía la verdad, no pudo creer de ninguna manera que don Álvar Háñez pudiera equivocarse, ni que pudiera ser verdad otra cosa sino lo que él decía. Y comenzó a buscar razones para probar que era verdad lo que decía don Álvar Háñez, y tantas razones y tan buenas dijo, que su cuñado y todos los otros pensaron que su entendimiento y su vista erraban; mas lo que don Álvar Háñez decía, que era la verdad. Y así quedó aquello.
Y se fueron don Álvar Háñez y su sobrino adelante y anduvieron tanto, hasta que llegaron a un río en el que había varios molinos. Y dando de beber agua a las bestias en el río, comenzó a decir don Álvar Háñez que aquel río corría hacia la parte de donde nacía, y aquellos molinos, que por la otra parte les venía el agua.
Y el sobrino de don Álvar Háñez se tuvo por perdido cuando oyó esto; pues pensó que así como había errado en el conocimiento de las vacas y de las yeguas, que así erraba ahora en creer que aquel río venía al revés de como decía don Álvar Háñez. Pero porfiaron tanto sobre esto, hasta que doña Vascuñana llegó.
Y cuando le dijeron esta porfía en que estaban don Álvar Háñez y su sobrino, aunque a ella le parecía que el sobrino decía la verdad, no creyó a su entendimiento y tuvo que era verdad lo que don Álvar Háñez decía. Y de tantas maneras supo ayudar a su razón, que su cuñado y cuantos lo oyeron, creyeron todos que aquella era la verdad.
Y desde aquel día quedó por ejemplo que si el marido dice que el río corre hacia arriba, la buena mujer lo debe creer y debe decir que es verdad.
Y cuando el sobrino de don Álvar Háñez vio que por todas estas razones que doña Vascuñana decía se probaba que era verdad lo que decía don Álvar Háñez, y que erraba él en no conocer las cosas tal como eran, se tuvo por muy maltrecho, creyendo que había perdido el entendimiento.
Y cuando hubieron andado así una gran parte del camino, y don Álvar Háñez vio que su sobrino iba muy triste y muy preocupado, le dijo así:
—Sobrino, ahora os he dado la respuesta a lo que el otro día me dijisteis que las gentes me reprochaban mucho porque tanto hacía por doña Vascuñana, mi mujer; pues bien creed que todo esto que vos y yo hemos pasado hoy, todo lo hice para que entendierais quién es ella, y que lo que yo por ella hago, lo hago con razón; pues bien creed que entendía yo que las primeras vacas que nosotros encontramos, y que yo decía que eran yeguas, que vacas eran, tal como vos decíais. Y cuando doña Vascuñana llegó y os oyó que yo decía que eran yeguas, bien cierto estoy de que entendía que vos decíais la verdad; mas ella confió tanto en mi entendimiento, que piensa que, por cosa del mundo, yo no podría equivocarme, y tuvo que vos y ella errabais en no conocer cómo era. Y por eso dijo tantas razones y tan buenas, que hizo entender a vos y a cuantos allí estaban, que lo que yo decía era verdad; y eso mismo hizo después en lo de las yeguas y del río. Y bien os digo en verdad: que desde el día en que conmigo se casó, nunca un día le vi hacer ni decir cosa por la que yo pudiera entender que quería o tomaba placer sino en aquello que yo quise; ni le vi tomar enojo de ninguna cosa que yo hiciera. Y siempre tiene verdaderamente en su ánimo que cualquier cosa que yo haga, que aquello es lo mejor; y lo que ella ha de hacer por sí misma o le encomiendo que haga, lo sabe muy bien hacer, y siempre lo hace guardando toda mi honra y mi provecho y queriendo que entiendan las gentes que yo soy el señor, y que mi voluntad y mi honra se cumplan en todo; y no quiere para sí otro provecho, ni otra fama de todo el asunto, sino que sepan que es mi provecho, y que yo tome placer en ello. Y tengo que si un moro de allende el mar esto hiciera, debería yo amarlo y apreciarlo mucho y hacer mucho por su consejo, y más siendo casado con ella y siendo ella tal y de tal linaje que me tengo por muy bien casado. Y ahora, sobrino, os he dado respuesta al reproche que el otro día me dijisteis que tenía.
Cuando el sobrino de don Álvar Háñez oyó estas razones, le plugo mucho, y entendió que pues doña Vascuñana era tal y tenía tal entendimiento y tal intención, hacía muy gran derecho don Álvar Háñez de amarla y confiar en ella y hacer por ella cuanto hacía y aun mucho más, si más hiciera.
Y así fueron muy contrarias la mujer del emperador y la mujer de don Álvar Háñez.
Y, señor conde Lucanor, si vuestros hermanos están tan desavenidos, que el uno hace todo cuanto su mujer quiere y el otro todo lo contrario, por ventura esto es porque sus mujeres se comportan con ellos como hacían la emperatriz y doña Vascuñana. Y si ellas son tales, no debéis maravillaros ni poner culpa a vuestros hermanos; mas si ellas no son tan buenas ni tan extremadas como estas dos de que os he hablado, sin duda vuestros hermanos no podrían estar sin gran culpa; y aunque aquel vuestro hermano que hace mucho por su mujer hace bien, entended que este bien se debe hacer con razón y no más; pues si el hombre, por tener gran amor a su mujer, quiere estar con ella tanto que deja de ir a los lugares o a los asuntos en que puede hacer su provecho y su honra, hace muy gran error; ni si por complacerla o satisfacer su deseo deja algo de lo que pertenece a su estado ni a su honra, hace muy mal; mas guardando estas cosas, todo buen trato y toda confianza que el marido pueda mostrar a su mujer, todo le es hacedero y todo lo debe hacer y le corresponde muy bien que lo haga. Y asimismo, debe guardar mucho que por lo que a él no importa mucho ni le hace gran falta, no le haga pesar ni enojo, y señaladamente en ninguna cosa en que pueda haber pecado, pues de esto vienen muchos daños. Lo uno, el pecado y la maldad que el hombre hace; y lo otro que por hacerle enmienda o hacerle placer para que pierda aquel enojo habrá de hacer cosas que se tornarán en daño de la hacienda y de la fama. Asimismo el que por su mala fortuna tal mujer hubiera como la del emperador, pues al comienzo no pudo o no supo poner remedio, no hay sino pasar por su ventura como Dios se lo quiera enderezar. Pero sabed que para lo uno y para lo otro importa mucho que desde el primer día en que el hombre se casa debe dar a entender a su mujer que él es el señor y hacerle entender la vida que ha de pasar.
Y vos, señor conde Lucanor, a mi parecer, parando mientes en estas cosas podéis aconsejar a vuestros hermanos en qué manera vivan con sus mujeres.
Y al conde le plugo mucho de estas cosas que Patronio le dijo y tuvo que le decía verdad y muy buen seso.
Y entendiendo don Juan que estos ejemplos eran muy buenos, los hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Desde el comienzo debe el hombre mostrar a su mujer cómo debe pasar.
Ejemplo 28Lo que le ocurrió a don Llorenço Suárez Gallinato con el rey de Granada
El conde Lucanor hablaba un día con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, un hombre vino a mí para ponerse bajo mi protección y, aunque sé que es en sí buena persona, algunos me dicen que ha hecho cosas reprobables; y por el buen juicio que tienes, te ruego que me aconsejes lo que te parece sobre este asunto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que hagáis en esto lo que creo que más os conviene, me gustaría que supierais lo que le ocurrió a don Llorenço Suárez Gallinato.
El conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, don Llorenço Suárez vivía con el rey de Granada y, cuando vino a la merced del rey don Fernando, le preguntó el rey un día que, puesto que tanto deservicio había hecho a Dios con los moros, si creía que Dios tendría alguna vez misericordia de su alma; y él le dijo que nunca había hecho cosa por la que creyera que Dios tendría misericordia de su alma, salvo que una vez había matado a un clérigo que decía misa.
Y esto lo tuvo el rey por muy extraño y le preguntó cómo podría ser tal cosa. Y él le dijo que viviendo con el rey de Granada, el rey confiaba mucho en él y era guarda de su cuerpo; y yendo un día con el rey que andaba por la villa, oyó ruido de hombres que daban voces, y porque él era guarda del rey, espoleó el caballo; y llegó adonde hacían aquel ruido y halló un clérigo que estaba revestido.
Y debéis saber que este clérigo había sido cristiano y se había vuelto moro, y un día, por complacer a los moros, les dijo que si querían, él les daría aquel Dios en quien los cristianos confiaban y tenían por Dios. Y los moros le rogaron que se lo diese. Y entonces el clérigo traidor hizo unas vestimentas e hizo un altar y dijo una misa y consagró una hostia; y cuando fue consagrada, se la dio a los moros, y los moros la andaban arrastrando por el lodo y haciéndole muchos escarnios.
Y cuando don Llorenço Suárez vio esto, aunque vivía con los moros, acordándose de cómo era cristiano y creyendo sin duda que aquel era verdaderamente el cuerpo de Dios y que, puesto que Cristo murió por redimir nuestros pecados, sería él muy afortunado si moría por vengarlo y por sacarlo de aquella deshonra que aquella gente falsa creía que le hacían; y por el gran dolor y pesar que de esto tuvo, arremetió contra el traidor del clérigo y renegado que aquella traición hacía, y le cortó la cabeza. Y descendió del caballo e hincó las rodillas en el suelo y adoró el cuerpo de Dios; y la hostia, que estaba alejada de él, saltó del lodo donde estaba al regazo de don Llorenço Suárez.
Y cuando los moros vieron esto, sintieron gran pesar y echaron mano a las espadas y a palos y piedras y vinieron contra don Llorenço Suárez para matarlo; y él echó mano a la espada con que había decapitado al mal clérigo, y comenzó a defenderse. Y cuando el rey oyó este ruido y vio que querían matar a don Llorenço Suárez, mandó que no le hicieran ningún mal, y preguntó qué había sido aquello. Y los moros, con muy gran queja y bravura, le dijeron cómo había pasado aquel hecho. Y el rey se quejó y le pesó de esto mucho, y preguntó muy enojado a don Llorenço Suárez por qué lo había hecho; y don Llorenço Suárez le dijo que bien sabía que él no era de su ley, pero que el rey sabía que le confiaba su cuerpo y que lo había escogido para esto creyendo que era leal, y que por miedo de muerte no dejaría de guardarlo; y pues si él lo tenía por tan leal que creía que haría esto por él, que era moro, que considerase, si él era leal, qué debería hacer siendo cristiano por guardar el cuerpo de Dios, que es rey de los reyes y señor de los señores, y que si por esto le mandaba matar, que nunca vería él mejor día.
Y cuando el rey oyó esto, le complació mucho lo que don Llorenço Suárez había hecho y lo amó y lo apreció y se valió mucho más de él de allí en adelante.
Y vos, señor conde Lucanor, si sabéis que aquel hombre que quiere ponerse bajo vuestra protección es buena persona en sí y podéis confiar en él, en cuanto a lo que os dicen que hizo algunas cosas sin razón, no debéis por eso apartarlo de vuestra compañía; pues por ventura aquello que los hombres creen que fue sin razón no lo fue, así como creyó el rey que don Llorenço Suárez había hecho mal en matar a aquel clérigo, y don Llorenço Suárez hizo lo mejor del mundo. Mas si vos supierais que lo que él hizo es tan mal hecho, haríais bien en no quererlo para vuestra compañía.
Y al conde le complació mucho esto que Patronio le dijo, e hízolo así y le fue bien.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Muchas cosas parecen sin razón,
y quien las sabe, en sí buenas son.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 29Lo que le ocurrió a un raposo que se hizo el muerto
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
—Patronio, un pariente mío vive en una tierra donde no tiene tanto poder que pueda rechazar cuantas afrentas le hacen, y los que tienen poder en la tierra querrían de muy buen grado que hiciese él alguna cosa para tener pretexto para ir contra él. Y aquel pariente mío tiene que le es muy penoso sufrir aquellas provocaciones que le hacen, y querría arriesgarlo todo antes que sufrir tanto disgusto cada día. Y porque yo querría que él acertase en lo mejor, te ruego que me digas de qué manera lo aconseje para que pase lo mejor que pueda en aquella tierra.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos lo podáis aconsejar en esto, me gustaría que supierais lo que le ocurrió una vez a un raposo que se hizo el muerto.
El conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un raposo entró una noche en un corral donde había gallinas; y andando en ruido con las gallinas, cuando él creyó que se podría ir, era ya de día y las gentes andaban ya todas por las calles. Y cuando él vio que no se podía esconder, salió a escondidas a la calle, y se tendió como si fuese muerto.
Cuando las gentes lo vieron, creyeron que era muerto, y ninguno reparó en él.
Al cabo de un rato pasó por allí un hombre, y dijo que los pelos de la frente del raposo eran buenos para poner en la frente de los niños pequeños para que no les echaran mal de ojo. Y esquiló con unas tijeras los pelos de la frente del raposo.
Después vino otro, y dijo lo mismo de los pelos del lomo; y otro, de las ijadas. Y tantos dijeron esto hasta que lo esquilaron todo. Y por todo esto, nunca se movió el raposo, porque entendía que aquellos pelos no le hacían daño perderlos.
Después vino otro y dijo que la uña del pulgar del raposo era buena para curar los panadizos; y se la sacó. Y el raposo no se movió. Y después vino otro que dijo que el diente del raposo era bueno para el dolor de dientes; y se lo sacó. Y el raposo no se movió.
Y después, al cabo de otro rato, vino otro que dijo que el corazón del raposo era bueno para el dolor del corazón, y echó mano a un cuchillo para sacarle el corazón. Y el raposo vio que le querían sacar el corazón y que si se lo sacaban no era cosa que se pudiese recobrar, y que la vida estaba perdida, y tuvo que era mejor arriesgarse a lo que le pudiera venir, que sufrir cosa por la que se perdiera todo. Y se arriesgó y procuró salvarse y escapó muy bien.
Y vos, señor conde, aconsejad a ese vuestro pariente que si Dios lo puso en tierra donde no puede rechazar lo que le hacen como él querría o como le convendría, que en cuanto las cosas que le hicieren fueren tales que se puedan sufrir sin gran daño y sin gran mengua, que dé a entender que no se siente de ello y que las deje pasar; pues en cuanto un hombre da a entender que no se tiene por ofendido de lo que contra él han hecho, no queda tan avergonzado; mas cuando da a entender que se tiene por ofendido de lo que ha recibido, si de allí en adelante no hace todo lo que debe para no quedar deshonrado, no está tan bien como antes. Y por ende, a las cosas pasaderas, pues no se pueden rechazar como deben, es mejor dejarlas pasar, mas si llegare el hecho a alguna cosa que sea gran daño o gran mengua, entonces se arriesgue y no lo sufra, pues mejor es la pérdida o la muerte, defendiendo uno su derecho y su honra y su estado, que vivir pasando en estas cosas mal y deshonradamente.
El conde tuvo este por buen consejo.
Y don Juan lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Sufre las cosas en cuanto debieres,
rechaza las otras en cuanto pudieres.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 30Lo que le ocurrió al rey Abenabet de Sevilla con Ramaiquía, su mujer
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, me ocurre con un hombre lo siguiente: muchas veces me ruega y me pide que le ayude y le dé algo de lo mío; y aunque cuando hago aquello que me ruega da a entender que me lo agradece, en cuanto otra vez me pide alguna cosa, si no lo hago tal como él quiere, enseguida se enfada y da a entender que no me lo agradece y que ha olvidado todo lo que hice por él. Y por el buen entendimiento que tenéis, os ruego que me aconsejéis de qué manera comportarme con este hombre.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, me parece que os ocurre con este hombre lo mismo que le ocurrió al rey Abenabet de Sevilla con Ramaiquía, su mujer.
El conde preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, el rey Abenabet estaba casado con Ramaiquía y la amaba más que a cosa del mundo; y ella era muy buena mujer y los moros tienen de ella muchos buenos ejemplos; pero tenía una costumbre que no era muy buena: esto era que a veces le entraban algunos antojos a su voluntad. Y ocurrió que un día, estando en Córdoba en el mes de febrero, cayó una nevada; y cuando Ramaiquía la vio, comenzó a llorar. Y el rey le preguntó por qué lloraba.
Y ella le dijo que porque nunca la dejaba estar en tierra donde viese nieve. Y el rey, para complacerla, hizo plantar almendros por toda la sierra de Córdoba; para que, puesto que Córdoba es tierra caliente y no nieva allí cada año, en febrero pareciesen los almendros floridos, que semejan nieve, y así hacerle perder el deseo de la nieve.
Otra vez, estando Ramaiquía en una cámara sobre el río, vio a una mujer descalza revolviendo barro cerca del río para hacer adobes; y cuando Ramaiquía lo vio, comenzó a llorar; y el rey le preguntó por qué lloraba. Y ella le dijo que porque nunca podía estar a su gusto, siquiera haciendo lo que hacía aquella mujer.
Entonces, para complacerla, mandó el rey llenar de agua rosada aquella gran alberca de Córdoba en lugar de agua, y en lugar de tierra, la hizo llenar de azúcar y de canela y de jengibre y espliego y clavos y musgo y ámbar y algalia, y de todas las buenas especias y buenos olores que pudieran ser; y en lugar de paja, poner cañas de azúcar. Y cuando de estas cosas estuvo llena la alberca de tal barro cual entenderéis que podría ser, dijo el rey a Ramaiquía que se descalzase y que pisase aquel barro y que hiciese adobes de él cuantos quisiera.
Otro día, por otra cosa que se le antojó, comenzó a llorar; y el rey le preguntó por qué lo hacía.
Y ella le dijo que cómo no lloraría, que nunca había hecho el rey cosa por complacerla. Y el rey viendo que, pues tanto había hecho por complacerla y cumplir su deseo, y que ya no sabía qué pudiese hacer más, le dijo una palabra que se dice en algarabía de esta forma: «v. a. le mahar aten?», y quiere decir: «¿Y no el día del barro?», como diciendo que pues las otras cosas olvidaba, que no debía olvidar el barro que hiciera para complacerla. Y ved, señor conde, si veis que por cosa que por aquel hombre hagáis, si no le hacéis todo lo demás que os dice, enseguida olvida y desagradece todo lo que por él habéis hecho, os aconsejo que no hagáis por él tanto que se os convierta en gran daño de vuestra hacienda. Y a vos, asimismo, os aconsejo que, si alguien hiciere por vos alguna cosa que os sirva y después no hiciere todo lo que vos querríais, que por eso nunca desconozcáis el bien que os vino de lo que por vos hizo.
El conde tuvo este por buen consejo y lo hizo así y se halló bien con ello. Y teniendo don Juan este por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Quien te desconoce tu bien hecho,
no dejes por él tu gran provecho.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 31Lo que les ocurrió a los de la iglesia catedral y a los frailes menores en París
Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta forma:
—Patronio, un amigo mío y yo querríamos hacer una cosa que es provecho y honra de ambos; y yo podría hacer aquella cosa pero no me atrevo a hacerla hasta que él llegue. Y por el buen entendimiento que Dios os dio, os ruego que me aconsejéis en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, para que hagáis lo que me parece más provechoso para vos, me complacería que supieseis lo que ocurrió a los de la iglesia catedral y a los frailes menores en París.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, los de la iglesia decían que puesto que ellos eran cabeza de la iglesia, que ellos debían tocar primero a las horas. Los frailes decían que ellos tenían que estudiar y levantarse a maitines y a las horas de forma que no perdiesen su estudio, y además que eran exentos y que no tenían por qué esperar a ninguno.
Y sobre esto hubo muy grande contienda, y costó muy gran dinero a los abogados en el pleito a ambas las partes.
Al cabo de muy gran tiempo, un Papa que vino encomendó este asunto a un cardenal y le mandó que lo resolviese de una forma u otra.
El cardenal hizo traer ante sí el proceso, y era tan grande que todo hombre se espantaría solamente de verlo. Y cuando el cardenal tuvo todos los escritos ante sí, les puso plazo para que viniesen otro día a oír sentencia. Y cuando estuvieron ante él hizo quemar todos los procesos y les dijo así:
—Amigos, este pleito ha durado mucho, y habéis todos tenido gran costa y gran daño, y yo no os quiero traer en pleito, mas os doy por sentencia que el que antes despertare, antes toque.
Y vos, señor conde, si el asunto es provechoso para vos ambos y vos lo podéis hacer, os aconsejo yo que lo hagáis y no le deis vagar; porque muchas veces se pierden las cosas que se podrían acabar por darles vagar y después, cuando uno quisiera, o se pueden hacer o no.
El conde se tuvo por bien aconsejado con esto y lo hizo así, y se halló en ello muy bien.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era bueno, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Si muy grande tu provecho pudieres hacer,
no le des vagar que se pueda perder.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 32Lo que le ocurrió a un rey con tres hombres burladores que vinieron a él
Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le decía:
—Patronio, un hombre vino a mí y me dijo muy gran asunto y me da a entender que sería muy gran provecho mío; pero me dice que no lo sepa hombre del mundo por mucho que yo en él confíe; y tanto me insiste en que guarde esta confidencia, hasta que dice que si a hombre del mundo lo digo, que toda mi hacienda y aun mi vida está en gran peligro. Y porque yo sé que hombre no os podría decir cosa que vos no entendáis si se dice por bien o por algún engaño, os ruego que me digáis lo que os parece en esto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos entendáis, a mi parecer, lo que os conviene más hacer en esto, me complacería que supieseis lo que ocurrió a un rey con tres hombres burladores que vinieron a él.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, tres hombres burladores vinieron a un rey y le dijeron que eran muy buenos maestros de hacer paños, y señaladamente que hacían un paño que todo hombre que fuese hijo de aquel padre que todos decían, vería el paño; mas el que no fuese hijo de aquel padre que él tenía y que las gentes decían, no podría ver el paño.
Al rey le agradó esto mucho, teniendo que por aquel paño podría saber cuáles hombres de su reino eran hijos de aquellos que debían ser sus padres o cuáles no, y que por esta manera podría acrecentar mucho lo suyo; porque los moros no heredan cosa de su padre si no son verdaderamente sus hijos.
Y para esto les mandó dar un palacio en que hiciesen aquel paño.
Y ellos le dijeron que porque viese que no le querían engañar, que les mandase encerrar en aquel palacio hasta que el paño fuese hecho. De esto se agradó mucho el rey. Y cuando hubieron tomado para hacer el paño mucho oro y plata y seda y muy gran dinero, para que lo hiciesen, entraron en aquel palacio, y los encerraron allí.
Y ellos pusieron sus telares y daban a entender que todo el día tejían en el paño. Y al cabo de algunos días, fue uno de ellos a decir al rey que el paño estaba comenzado y que era la más hermosa cosa del mundo; y le dijo con qué figuras y con qué labores lo comenzaban a hacer y que si fuese su merced, que lo fuese a ver y que no entrase con él hombre del mundo. De esto se agradó el rey mucho.
Y el rey queriendo probar aquello antes en otro, envió a un su camarero para que lo viese, pero no le advirtió que le desengañase.
Y cuando el camarero vio a los maestros y lo que decían, no se atrevió a decir que no lo había visto. Cuando volvió al rey, dijo que había visto el paño. Y después envió a otro, y le dijo lo mismo. Y cuando todos los que el rey envió le dijeron que habían visto el paño, fue el rey a verlo.
Y cuando entró en el palacio y vio a los maestros que estaban tejiendo y decían: «Esto es tal labor, y esto es tal historia, y esto es tal figura, y esto es tal color», y concordaban todos en una cosa, y ellos no tejían ninguna cosa, cuando el rey vio que ellos no tejían y decían de qué manera era el paño, y él, que no lo veía y que lo habían visto los otros, se tuvo por muerto; porque creyó que porque no era hijo del rey que él tenía por su padre, que por eso no podía ver el paño, y temió que si dijese que no lo veía, que perdería el reino. Y por ello comenzó a alabar mucho el paño y aprendió muy bien la manera como decían aquellos maestros que el paño era hecho.
Y cuando fue a su casa con las gentes, comenzó a decir maravillas de cuán bueno y cuán maravilloso era aquel paño, y decía las figuras y las cosas que había en el paño, pero él estaba con muy mala sospecha. Al cabo de dos o de tres días, mandó a su alguacil que fuese a ver aquel paño. Y el rey le contó las maravillas y extrañezas que había visto en aquel paño. El alguacil fue allá.
Y cuando entró y vio a los maestros que tejían y decían las figuras y las cosas que había en el paño y oyó al rey cómo lo había visto, y él no lo veía, creyó que porque no era hijo de aquel padre que él creía, que por eso no lo veía, y tuvo que si lo supiesen, que perdería toda su honra. Y por ello comenzó a alabar el paño tanto como el rey o más.
Y cuando volvió al rey y le dijo que había visto el paño y que era la más noble y la más hermosa cosa del mundo, se tuvo el rey aún por más desgraciado, pensando que, puesto que el alguacil había visto el paño y él no lo había visto, que ya no había duda de que él no era hijo del rey que él creía. Y por ello comenzó más a alabar y a afirmar más la bondad y la nobleza del paño y de los maestros que tal cosa sabían hacer.
Y otro día, envió el rey a otro su privado y le ocurrió como al rey y a los otros. ¿Qué os diré más? De esta forma, y por este temor, fueron engañados el rey y cuantos fueron en su tierra; porque ninguno no osaba decir que no veía el paño.
Y así pasó este asunto, hasta que vino una gran fiesta. Y dijeron todos al rey que vistiese aquellos paños para la fiesta.
Y los maestros los trajeron envueltos en muy buenas sábanas, y dieron a entender que desenvolvían el paño y preguntaron al rey qué quería que cortasen de aquel paño. Y el rey dijo cuáles vestiduras quería. Y ellos daban a entender que cortaban y que medían el talle que habían de tener las vestiduras y después que las coserían.
Cuando vino el día de la fiesta, vinieron los maestros al rey, con sus paños cortados y cosidos, y le hicieron entender que le vestían y que le ajustaban los paños. Y así lo hicieron hasta que el rey creyó que estaba vestido, porque él no se atrevía a decir que él no veía el paño.
Y cuando fue vestido tan bien como habéis oído, cabalgó para andar por la villa; mas en tanto le sucedió bien, que era verano.
Y cuando las gentes lo vieron así venir y sabían que el que no veía aquel paño no era hijo de aquel padre que creía, pensaba cada uno que los otros lo veían y que puesto que él no lo veía, que si lo dijese, que sería perdido y deshonrado. Y por esto quedó aquella confidencia guardada, que no se atrevió ninguno a descubrirla, hasta que un negro que guardaba el caballo del rey, y que no tenía qué pudiese perder, llegó al rey y le dijo:
—Señor, a mí no me importa que me tengáis por hijo de aquel padre que yo digo, ni de otro, y por ello, os digo que yo estoy ciego, o vos desnudo vais.
El rey le comenzó a maltratar diciendo que porque no era hijo de aquel padre que él creía, que por eso no veía sus paños.
Cuando el negro esto dijo, otro que lo oyó dijo lo mismo, y así lo fueron diciendo hasta que el rey y todos los otros perdieron el temor de reconocer la verdad y entendieron el engaño que los burladores habían hecho. Y cuando los fueron a buscar, no los hallaron, porque se habían ido con lo que habían llevado del rey por el engaño que habéis oído.
Y vos, señor conde Lucanor, puesto que aquel hombre os dice que no sepa ninguno de los que vos confiáis nada de lo que él os dice, tened por cierto que os pretende engañar, porque bien debéis entender que no ha él razón de querer más vuestro provecho, que no ha con vos tanto vínculo como todos los que con vos viven, que tienen muchos vínculos y bien hechos de vos, por los cuales deben querer vuestro provecho y vuestro servicio.
El conde tuvo este por buen consejo y lo hizo así y se halló bien con ello. Y viendo don Juan que este era buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Quien te aconseja encubrir de tus amigos,
sabe que más te quiere engañar que dos higos.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 33Lo que le ocurrió a los halcones garzeros y al halcón sacre del infante don Manuel
Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, a mí me ha ocurrido tener muchas veces contienda con muchos hombres; y después de que la contienda ha pasado, algunos me aconsejan que emprenda otra contienda con otros; y algunos me aconsejan que descanse y esté en paz, y algunos me aconsejan que comience guerra y contienda con los moros. Y porque yo sé que ningún otro podría aconsejarme mejor que tú, por ello te ruego que me aconsejes lo que haga en estas cosas.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos acertéis en esto con lo mejor, sería bien que supierais lo que ocurrió a los muy buenos halcones garzeros y señaladamente lo que ocurrió a un halcón sacre que era del infante don Manuel.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, el infante don Manuel andaba un día de caza cerca de Escalona, y lanzó un halcón sacre a una garza, y remontando el halcón con la garza, vino al halcón un águila. El halcón, con miedo del águila, dejó la garza y comenzó a huir; y el águila cuando vio que no podía tomar el halcón, se fue. Y cuando el halcón vio irse al águila, volvió a la garza y comenzó a andar muy bien con ella para matarla.
Y andando el halcón con la garza volvió otra vez el águila al halcón, y el halcón comenzó a huir como la otra vez; y el águila se fue, y volvió el halcón a la garza. Y esto fue así unas tres o cuatro veces: que cada vez que el águila se iba, luego el halcón volvía a la garza; y cada vez que el halcón volvía a la garza, luego venía el águila para matarlo.
Cuando el halcón vio que el águila no le quería dejar matar la garza, la dejó, y remontó sobre el águila, y vino a ella tantas veces, hiriéndola, hasta que la hizo desterrarse de aquella tierra. Y cuando la hubo desterrado, volvió a la garza, y andando con ella muy alto, vino el águila otra vez para matarlo. Cuando el halcón vio que no le valía nada de lo que hiciera, subió otra vez sobre el águila y se dejó venir a ella y le dio tan gran golpe, que le quebró el ala. Y cuando ella cayó, con el ala quebrada, volvió el halcón a la garza y la mató. Y esto hizo porque tenía que su caza no debía dejarla, una vez que fuese liberado de aquella águila que se la estorbaba. Y vos, señor conde Lucanor, pues sabéis que vuestra caza y vuestra honra y todo vuestro bien para el cuerpo y para el alma es que hagáis servicio a Dios, y sabéis que en cosa del mundo, según el vuestro estado que tenéis, no le podéis tanto servir como en tener guerra con los moros para ensalzar la santa y verdadera fe católica, os aconsejo yo que luego que podáis estar seguro de las otras partes, tengáis guerra con los moros.
Y en esto haréis muchos bienes: lo primero, haréis servicio a Dios; lo otro, haréis vuestra honra y obraréis en vuestro oficio y vuestro menester y no estaréis comiendo el pan de balde, que es una cosa que no parece bien a ningún gran señor: pues los señores, cuando estáis sin ningún menester, no apreciáis a las gentes tanto como debéis, ni hacéis por ellos todo lo que debíais hacer, y os echáis a otras cosas que sería a veces muy bien escusar. Y pues a vosotros los señores os es bueno y provechoso tener algún menester, cierto es que de los menesteres no podéis tener ninguno tan bueno y tan honrado y tan provechoso del alma y del cuerpo, y tan sin daño, como la guerra de los moros. Y si quieres, parad mientes en el ejemplo tercero que os dije en este libro, del salto que hizo el rey Ricardo de Inglaterra, y cuánto ganó por él; y pensad en vuestro corazón que habéis de morir y que habéis hecho en vuestra vida muchos pesares a Dios, y que Dios es justiciero y de tan grande justicia que no podéis salir sin pena de los males que habéis hecho; pero ved si sois de buena ventura en hallar camino para que en un momento podáis tener perdón de todos vuestros pecados, pues si en la guerra de los moros morís, estando en verdadera penitencia, sois mártir y muy bienaventurado; y aunque por armas no muráis, las buenas obras y la buena intención os salvará.
El conde tuvo este por buen ejemplo y puso en su corazón hacerlo, y rogó a Dios que se lo dispusiera como Él sabe que él lo desea.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Si Dios te depara poder tener seguridad, procura alcanzar la completa bienaventuranza.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 34Lo que le ocurrió a un ciego con otro
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, un pariente y amigo mío, de quien yo confío mucho y estoy cierto que me ama verdaderamente, me aconseja que vaya a un lugar del que yo me recelo mucho. Y él dice que no tenga recelo, que antes tomaría él la muerte que yo tomara ningún daño. Y ahora os ruego que me aconsejéis en esto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para este consejo mucho querría que supierais lo que ocurrió a un ciego con otro.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre moraba en una villa, y perdió la vista de los ojos y fue ciego. Y estando así ciego y pobre, vino a él otro ciego que moraba en aquella villa, y le dijo que fuesen ambos a otra villa cerca de aquella y que pedirían por Dios y que tendrían de qué mantenerse y gobernarse.
Y aquel ciego le dijo que él sabía que aquel camino hacia aquella villa tenía pozos y barrancos y muy difíciles pasos; y que se recelaba mucho de aquella ida.
Y el otro ciego le dijo que no tuviera recelo, pues él se iría con él y lo pondría a salvo. Y tanto lo aseguró y tantos provechos le mostró en la ida, que el ciego creyó al otro ciego; y se fueron.
Y cuando llegaron a los lugares difíciles y peligrosos, cayó el ciego que guiaba al otro, y no dejó por eso de caer el ciego que recelaba el camino.
Y vos, señor conde, si tenéis recelo con razón y el hecho es peligroso, no os metáis en peligro por lo que vuestro pariente y amigo os dice que antes morirá que vos toméis daño; pues muy poco os aprovecharía a vos que él muriera y vos tomarais daño y murierais.
El conde tuvo este por buen consejo e hizo así y se halló muy bien con ello. Y entendiendo don Juan que este ejemplo era bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Nunca te metas donde puedas tener mala ventura, aunque tu amigo te haga aseguranza.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 35Lo que le ocurrió a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, y le dijo:
—Patronio, un criado mío me dijo que le traían casamiento con una mujer muy rica y además, que es más honrada que él, y que es el casamiento muy bueno para él, salvo por un inconveniente que hay, y el inconveniente es este: me dijo que le habían dicho que aquella mujer era la más fuerte y más brava cosa del mundo. Y ahora os ruego que me aconsejéis si le mandaré que case con aquella mujer, pues sabe de qué manera es, o si le mandaré que no lo haga.
—Señor conde —dijo Patronio—, si él fuere tal como fue un hijo de un hombre bueno que era moro, aconsejadle que case con ella, mas si no fuere tal, no se lo aconsejéis.
El conde le rogó que le dijera cómo había sido aquello.
Patronio le dijo que en una villa había un hombre bueno que tenía un hijo, el mejor mancebo que podía ser, mas no era tan rico que pudiera cumplir tantos hechos y tan grandes como su corazón le daba a entender que debía cumplir. Y por esto estaba él en gran cuidado, pues tenía la buena voluntad y no tenía el poder.
En aquella villa misma, había otro hombre muy más honrado y más rico que su padre, y tenía una hija no más, y era muy contraria a aquel mancebo; pues cuanto aquel mancebo tenía de buenas maneras, tanto las tenía aquella hija del hombre bueno malas y revesadas; y por ello hombre del mundo no quería casar con aquel demonio.
Aquel tan buen mancebo vino un día a su padre y le dijo que bien sabía que él no era tan rico que pudiera darle con qué él pudiera vivir a su honra, y que pues le convenía hacer vida menguada y penosa o irse de aquella tierra, que si él por bien tuviera, le parecía mejor seso buscar algún casamiento con que pudiese tener algún pasar. Y el padre le dijo que le placería mucho de ello si pudiera hallar para él casamiento que le cumpliese.
Entonces le dijo el hijo que si él quisiese, podría disponer que aquel hombre bueno que tenía aquella hija se la diera para él. Cuando el padre esto oyó, fue muy maravillado, y le dijo que cómo pensaba en tal cosa: que no había hombre que la conociese que, por pobre que fuese, quisiera casar con ella. El hijo le dijo que le pedía por merced que le dispusiera aquel casamiento.
Y tanto lo apremió que aunque el padre lo tuvo por extraño, se lo otorgó.
Y él se fue luego para aquel hombre bueno, y ambos eran muy amigos, y le dijo todo lo que había pasado con su hijo y le rogó que pues su hijo se atrevía a casar con su hija, que le placiera y que se la diera para él. Cuando el hombre bueno esto oyó de aquel su amigo, le dijo:
—Por Dios, amigo, si yo tal cosa hiciera, sería muy falso amigo, pues vos tenéis muy buen hijo, y tendría que hacía muy gran maldad si yo consintiera su mal ni su muerte; y estoy cierto que si con mi hija casara, que o sería muerto o le valdría más la muerte que la vida. Y no entendáis que os digo esto por no cumplir vuestro deseo, pues si la quisiereis, a mí mucho me place darla a vuestro hijo, o a quienquiera que me la saque de casa.
El su amigo le dijo que le agradecía mucho cuanto le decía, y que pues su hijo quería aquel casamiento, le rogaba que le placiera.
El casamiento se hizo, y llevaron la novia a casa de su marido. Y los moros tienen por costumbre que preparan la cena a los novios y les ponen la mesa y los dejan en su casa hasta otro día. Y aquellos lo hicieron así; pero estaban los padres y las madres y parientes del novio y de la novia con gran recelo, pensando que otro día hallarían el novio muerto o muy maltrecho.
Luego que ellos quedaron solos en casa, se sentaron a la mesa, y antes de que ella hubiera de decir cosa miró el novio en derredor de la mesa, y vio un perro y le dijo bastante bruscamente:
—¡Perro, danos agua a las manos!
El perro no lo hizo. Y él empezó a enojarse y le dijo más bruscamente que les diera agua a las manos. Y el perro no lo hizo. Y cuando vio que no lo hacía, se levantó muy airado de la mesa y metió mano a la espada y se dirigió al perro. Cuando el perro lo vio venir contra sí, comenzó a huir, y él en pos de él, saltando ambos por la ropa y por la mesa y por el fuego, y tanto anduvo en pos de él hasta que lo alcanzó, y le cortó la cabeza y las piernas y los brazos, e hizo de él todo pedazos y ensangrentó toda la casa y toda la mesa y la ropa.
Y así, muy airado y todo ensangrentado, volvió a sentarse a la mesa y miró en derredor, y vio un gato y le dijo que le diera agua a manos; y porque no lo hizo, dijo:
—¡Cómo, don falso traidor!, ¿y no viste lo que hice al perro porque no quiso hacer lo que le mandé yo? Prometo a Dios que si un punto ni más conmigo porfías, que eso mismo haré a ti que al perro.
El gato no lo hizo, pues tampoco es su costumbre dar agua a manos, como del perro. Y porque no lo hizo, se levantó y lo tomó por las piernas y dio con él en la pared e hizo de él más de cien pedazos, y mostrando mucha mayor saña que contra el perro.
Y así, bravo y airado y haciendo muy malas muestras, volvió a la mesa y miró a todas partes. La mujer, que le vio hacer esto, tuvo que estaba loco o fuera de seso, y no decía nada.
Y cuando hubo mirado a cada parte, vio un caballo suyo que estaba en casa, y él no tenía más que aquel, y le dijo muy bruscamente que les diera agua a las manos; el caballo no lo hizo. Cuando vio que no lo hizo, le dijo:
—¡Cómo, don caballo!, ¿pensáis que porque no tengo otro caballo, que por eso os dejaré si no hiciereis lo que yo os mandare? De eso guardaos, que si por vuestra mala ventura no hiciereis lo que yo os mandare, yo juro a Dios que tan mala muerte os dé como a los otros; y no hay cosa viva en el mundo que no haga lo que yo mandare, que eso mismo no le haga.
El caballo estuvo quieto. Y cuando vio que no hacía su mandado, fue a él y le cortó la cabeza con la mayor saña que podía mostrar, y lo despedazó todo.
Cuando la mujer vio que mataba el caballo no teniendo otro y que decía que esto haría a quienquiera que su mandado no cumpliese, tuvo que esto ya no se hacía por juego, y tuvo tan gran miedo, que no sabía si estaba muerta o viva.
Y él así, bravo y airado y ensangrentado, volvió a la mesa, jurando que si mil caballos y hombres y mujeres hubiera en casa que le salieran del mandado, que todos serían muertos. Y se sentó y miró a cada parte, teniendo la espada sangrienta en el regazo; y cuando miró a una parte y a otra y no vio cosa viva, volvió los ojos contra su mujer muy bruscamente y le dijo con gran saña, teniendo la espada en la mano:
—Levantaos y dadme agua a las manos.
La mujer, que no esperaba otra cosa sino que la despedazara toda, se levantó muy aprisa y le dio agua a las manos. Y le dijo él:
—¡Ah!, ¡cómo agradezco a Dios porque hicisteis lo que os mandé, pues de otra manera, por el pesar que estos locos me hicieron, eso hubiera hecho a vos que a ellos!
Después le mandó que le diera de comer; y ella lo hizo. Y cada vez que le decía alguna cosa, tan bruscamente se lo decía y en tal tono, que ella ya pensaba que la cabeza se había ido del tronco.
Así pasó el hecho entre ellos aquella noche, que nunca ella habló, mas hacía lo que le mandaban. Cuando hubieron dormido un rato, le dijo él:
—Con esta saña que tuve esta noche, no pude bien dormir. Mirad que no me despierte mañana ninguno, y tenedme bien preparado de comer.
Cuando fue por la mañana, los padres y las madres y parientes llegaron a la puerta, y como no hablaba nadie, pensaron que el novio estaba muerto o herido. Y cuando vieron por entre las puertas a la novia y no al novio, lo creyeron aún más.
Cuando ella los vio en la puerta, se acercó muy despacio y con gran miedo, y comenzó a decirles:
—¡Locos, traidores! ¿Qué hacéis? ¿Cómo os atrevéis a llegar a la puerta ni a hablar? ¡Callad, si no, todos, tanto vosotros como yo, todos estamos muertos!
Cuando todos oyeron esto, quedaron maravillados; y cuando supieron cómo les había ido juntos, apreciaron mucho al joven porque así había sabido hacer lo que le convenía y gobernar tan bien su casa.
Y desde aquel día en adelante, aquella su mujer fue muy bien mandada y tuvieron muy buena vida.
Y al cabo de pocos días, su suegro quiso hacer lo mismo que había hecho su yerno, y de aquella manera mató un gallo, y le dijo su mujer:
—A fe mía, don fulano, tarde te has acordado, pues ya no te valdría nada aunque matases cien caballos: debías haberlo empezado antes, que ya bien nos conocemos.
Y vos, señor conde, si ese vuestro criado quiere casarse con tal mujer, si fuere él tal como aquel joven, aconsejadle que se case sin preocupación, pues él sabrá cómo va en su casa; mas si no fuere tal que entienda lo que debe hacer y lo que le conviene, dejad que pase su ventura. Y aun os aconsejo que con todos los hombres que tengáis que tratar, siempre les deis a entender de qué manera han de pasar con vos.
El conde tuvo este por buen consejo, y lo hizo así y le fue bien con ello.
Y porque don Juan lo tuvo por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
Si al comienzo no muestras quién eres,
nunca podrás después cuando quisieres.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 36Lo que le ocurrió a un mercader que fue a comprar sesos
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, estando muy enojado por una cosa que le dijeron, que él tenía por muy gran deshonra suya, y le dijo que quería hacer sobre ello cosa tan grande y tan gran escándalo, que para siempre quedase como hazaña memorable.
Y cuando Patronio lo vio así enojado tan arrebatadamente, le dijo:
—Señor conde, mucho querría que supieseis lo que le ocurrió a un mercader que fue un día a comprar sesos.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, en una villa moraba un gran maestro que no tenía otro oficio ni otro menester sino vender sesos. Y aquel mercader del que ya os hablé, por esto que oyó, un día fue a ver a aquel maestro que vendía sesos y le dijo que le vendiese uno de aquellos sesos. Y el maestro le dijo que de qué precio lo quería, pues según quisiese el seso, así había de dar el precio por él. Y le dijo el mercader que quería un seso de un maravedí. Y el maestro tomó el maravedí, y le dijo:
—Amigo, cuando alguien os convide, si no supiereis los manjares que habéis de comer, hartaos bien del primero que os traigan.
El mercader le dijo que no le había dicho muy gran seso. Y el maestro le dijo que él no le había dado precio que debiese dar gran seso. El mercader le dijo que le diese un seso que valiese una dobla, y se la dio.
El maestro le dijo que, cuando estuviese muy enojado y quisiese hacer alguna cosa arrebatadamente, que no se enfadase ni se arrebatase hasta que supiese toda la verdad.
El mercader pensó que aprendiendo tales palabrerías podría perder cuantas doblas traía, y no quiso comprar más sesos, pero guardó este seso en el corazón.
Y sucedió que el mercader se fue por mar a una tierra muy lejana, y cuando se fue, dejó a su mujer encinta. El mercader estuvo andando en su mercadería tanto tiempo, que el hijo que había nacido cuando quedara su mujer encinta tenía ya más de veinte años. Y la madre, porque no tenía otro hijo y tenía que su marido no estaba vivo, se consolaba con aquel hijo y lo amaba como a hijo, y por el gran amor que tenía a su padre, lo llamaba marido. Y comía siempre con ella y dormía con ella como cuando tenía un año o dos, y así pasaba su vida como muy buena mujer, y con muy gran pena porque no sabía noticias de su marido.
Y sucedió que el mercader resolvió toda su mercadería y volvió muy bien librado. Y el día que llegó al puerto de aquella villa donde moraba, no dijo nada a nadie, se fue sin darse a conocer a su casa y se escondió en un lugar oculto para ver lo que se hacía en su casa.
Cuando fue hacia la tarde, llegó el hijo de la buena mujer, y la madre le preguntó:
—Di, marido, ¿de dónde vienes?
El mercader, que oyó a su mujer llamar marido a aquel joven, le pesó mucho, pues bien tenía que era hombre con quien andaba mal, o al menos que estaba casada con él; y pensó más: que hacía maldad que no que fuese casada, y porque el hombre era tan moro. Quiso matarlos enseguida, pero acordándose del seso que había costado una dobla, no se arrebató.
Y cuando llegó la tarde se sentaron a comer. Cuando el mercader los vio así estar, fue aún más movido a matarlos, pero por el seso que había comprado no se arrebató.
Mas cuando vino la noche y los vio echarse en la cama, se le hizo muy grave de sufrir y se dirigió hacia ellos para matarlos. Y yendo así muy enojado, acordándose del seso que había comprado, se estuvo quieto.
Y antes de que apagasen la candela, comenzó la madre a decir al hijo, llorando muy fuerte:
—¡Ay, marido e hijo! Señor, me dijeron que ahora había llegado una nave al puerto y decían que venía de aquella tierra donde fue vuestro padre. Por amor de Dios, id allá mañana temprano, y por ventura querrá Dios que sepáis algunas buenas noticias de él.
Cuando el mercader aquello oyó, y se acordó de cómo había dejado encinta a su mujer, entendió que aquel era su hijo.
Y si tuvo gran placer, no os maravilléis. Y asimismo, agradeció mucho a Dios porque quiso guardar que no los matase como había querido hacer, de donde habría quedado muy desgraciado por tal motivo, y tuvo por bien empleada la dobla que dio por aquel seso, por el cual se guardó y no se arrebató por enojo.
Y vos, señor conde, aunque penséis que es mengua vuestra sufrir esto que decís, esto sería verdad si estuvieseis cierto de la cosa; mas hasta que de ello estéis cierto, os aconsejo yo que por enojo ni por arrebato no os arrebatéis a hacer ninguna cosa (pues esto no es cosa que se pierda por tiempo en sufrir vos), hasta que sepáis toda la verdad, y no perdéis nada, y del arrebatamiento os podríais muy pronto arrepentir.
El conde tuvo este por buen consejo y lo hizo así, y le fue bien con ello.
Y teniéndolo don Juan por buen ejemplo, lo hizo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Si con arrebato gran cosa hicieres,
ten por cierto que es justo si te arrepintieres.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 37Lo que le ocurrió al conde Fernán González con sus vasallos
Una vez venía el conde de una hueste muy cansado y muy fatigado y pobre, y antes de que hubiese podido descansar ni reposar, le llegó mandado muy apresurado de otro hecho que se planteaba de nuevo; y los más de su gente le aconsejaron que descansase algún tiempo y después que hiciera lo que se le antojase. Y el conde preguntó a Patronio lo que haría en aquel hecho. Y Patronio le dijo:
—Señor, para que vos escojáis en esto lo mejor, mucho querría que supieseis la respuesta que dio una vez el conde Fernán González a sus vasallos.
El conde preguntó a Patronio cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, cuando el conde Fernán González venció al rey Almozor en Hacinas, murieron ahí muchos de los suyos; y él y todos los más que quedaron vivos fueron muy mal heridos; y antes de que hubiesen sanado, supo que le entraba el rey de Navarra por la tierra, y mandó a los suyos que se dirigiesen a luchar con los navarros. Y todos los suyos le dijeron que tenían muy cansados los caballos, y aun los cuerpos; y aunque por esto no lo dejase, que lo debía dejar porque él y todos los suyos estaban muy mal heridos, y que esperase hasta que estuviesen curados él y ellos.
Cuando el conde vio que todos querían apartarse de aquel camino, sintiéndose más de la honra que del cuerpo, les dijo:
—Amigos, por las heridas no lo dejemos, pues estas heridas nuevas que ahora nos darán nos harán que olvidemos las que nos dieron en la otra batalla.
Cuando los suyos vieron que no se dolía del cuerpo por defender su tierra y su honra, fueron con él. Y venció la lid y fue muy bien librado.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis hacer lo que debiereis, cuando viereis que conviene para defendimiento de lo vuestro y de los vuestros, y de vuestra honra, nunca os dolíais por fatiga, ni por trabajo, ni por peligro; y haced de manera que el peligro y la fatiga nueva os haga olvidar lo pasado.
El conde tuvo este por buen consejo, y lo hizo así y le fue muy bien con ello.
Y entendiendo don Juan que este era muy buen ejemplo, lo hizo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Aquesto tened cierto, que es verdad probada:
que honra y gran vicio no tienen una morada.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 38Lo que le ocurrió a un hombre que llevaba piedras preciosas al cuello cuando pasaba un río
Un día dijo el conde a Patronio que tenía muy gran voluntad de estar en una tierra porque le iban a dar allí una partida de dineros, y pensaba hacer allí mucho provecho para sí, pero tenía muy gran recelo de que si allí se detuviera le podría venir muy gran peligro para su cuerpo, y le rogaba que le aconsejara qué haría en ello.
—Señor conde —dijo Patronio—, para que vos hagáis en esto, según mi parecer, lo que más os conviene, sería muy bien que supierais lo que le ocurrió a un hombre que llevaba una cosa muy preciada al cuello y pasaba un río.
El conde le preguntó cómo fuera aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre llevaba muy gran cantidad de piedras preciosas a cuestas, y tantas eran que se le hacían muy pesadas de llevar; y sucedió que hubo de pasar un gran río; y como él llevaba gran carga, se hundía más que si aquella carga no llevase; y cuando fue en medio del río, comenzó a hundirse mucho.
Y un hombre que estaba a la orilla del río comenzó a darle voces y decirle que si no echaba la carga, moriría. Y el desdichado loco no entendió que si moría en el río, perdería el cuerpo y la carga que llevaba; y si la echaba que, aunque perdiese la carga, no perdería el cuerpo. Y por la gran codicia de lo que valían las piedras preciosas que llevaba, no las quiso echar y murió en el río, y perdió el cuerpo y perdió la carga que llevaba.
Y vos, señor conde Lucanor, aunque los dineros y lo demás que podríais obtener de vuestro provecho sería bien que lo hicierais, os aconsejo yo que si halláis peligro para vuestro cuerpo en la estancia, que no os quedéis allí por codicia de dineros ni de cosa semejante. Y aun os aconsejo que nunca arriesguéis vuestro cuerpo si no fuere por cosa que sea vuestra honra o que os sería mengua si no lo hicierais: pues el que poco se aprecia y por codicia o por locura arriesga su cuerpo, bien creed que no tiene intención de hacer mucho con su cuerpo; pues el que mucho aprecia su cuerpo, es menester que haga de manera que lo aprecien mucho las gentes; y no es el hombre apreciado por apreciarse él mucho, sino que es muy apreciado porque haga tales obras que lo aprecien mucho las gentes. Y si él tal fuere, tened por cierto que apreciará mucho su cuerpo y no lo arriesgará por codicia ni por cosa en que no haya gran honra; pero en lo que se debiera arriesgar, estad seguro de que no hay hombre en el mundo que tan presto ni tan de buena gana arriesgue el cuerpo como el que vale mucho y se aprecia mucho.
El conde tuvo este por buen ejemplo, e hízolo así y se halló muy bien de ello.
Y porque don Juan entendió que este era muy buen ejemplo, hízolo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Quien por gran codicia de haber se aventura,
será maravilla que el bien mucho le dura.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
