Parte 2Ejemplos 1-13: el consejo y la prudencia
Ejemplo 1Lo que le ocurrió al conde Lucanor con un hombre que le dijo que quería abandonar su tierra
Sucedió una vez que el conde Lucanor estaba hablando en privado con Patronio, su consejero, y le dijo:
—Patronio, me ocurrió que un hombre muy grande y muy honrado, y muy poderoso, y que da a entender que es en algo amigo mío, me dijo hace pocos días, en muy gran secreto, que por algunas cosas que le habían sucedido, era su voluntad partir de esta tierra y no volver a ella de ninguna manera, y que por el amor y gran confianza que en mí tenía, quería dejarme toda su tierra: lo uno vendido y lo otro encomendado. Y pues esto quiere, me parece muy gran honra y gran provecho para mí; y vos decidme y aconsejadme lo que os parezca en este asunto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, bien entiendo que mi consejo no os hace gran falta, pero vuestra voluntad es que os diga lo que en esto entiendo y os aconseje sobre ello, y lo haré luego. Primeramente os digo que esto que aquel que creéis que es vuestro amigo os dijo, no lo hizo sino por probaros. Y parece que os sucedió con él como le sucedió a un rey con un privado suyo.
El conde Lucanor le rogó que le dijera cómo había sido aquello.
—Señor —dijo Patronio—, había un rey que tenía un privado en quien confiaba mucho. Y porque no puede ser que los hombres que tienen alguna buena fortuna no tengan otros que les tengan envidia, por la privanza y buena fortuna que aquel su privado tenía, otros privados de aquel rey le tenían muy gran envidia y se esforzaban en buscarle mal con el rey, su señor. Y aunque muchas razones le dijeron, nunca pudieron conseguir que el rey le hiciera ningún mal, ni aun que tomara sospecha ni duda de él ni de su servicio. Y cuando vieron que de otra manera no podían lograr lo que querían hacer, hicieron entender al rey que aquel su privado se esforzaba en arreglar las cosas para que él muriera, y que un hijo pequeño que el rey tenía quedara en su poder, y que cuando él se hubiera apoderado de la tierra arreglaría que muriera el niño y que él quedaría señor de la tierra. Y aunque hasta entonces no habían podido poner en ninguna duda al rey contra aquel su privado, cuando esto le dijeron, no pudo sufrir su corazón sin tomar recelo de él. Pues en las cosas en que hay tan gran mal que no se pueden remediar si se hacen, ningún hombre cuerdo debe esperar en ellas la prueba. Y por eso, cuando el rey cayó en esta duda y sospecha, estaba con gran recelo, pero no quiso moverse en ninguna cosa contra aquel su privado hasta que de esto supiera alguna verdad.
Y aquellos otros que buscaban mal a aquel su privado le dijeron una manera muy engañosa de cómo podría probar que era verdad aquello que ellos decían, e instruyeron bien al rey en una manera engañosa, según adelante oiréis, sobre cómo hablar con aquel su privado. Y el rey puso en su corazón hacerlo, y lo hizo.
Y estando al cabo de algunos días el rey hablando con aquel su privado, entre otras muchas razones que hablaron, comenzó a darle a entender un poco que estaba muy descontento de la vida de este mundo y que le parecía que todo era vanidad. Y entonces no le dijo más. Y después, al cabo de algunos días, hablando otra vez con aquel su privado, dándole a entender que sobre otra razón comenzaba aquella conversación, volvió a decirle que cada día le gustaba menos la vida de este mundo y las maneras que veía en él. Y esta razón se la dijo tantos días y tantas veces, hasta que el privado entendió que el rey no tomaba ningún placer en las honras de este mundo, ni en las riquezas, ni en ninguna cosa de los bienes ni de los placeres que había en este mundo. Y cuando el rey entendió que aquel su privado había caído bien en aquella intención, le dijo un día que había pensado abandonar el mundo e irse a desterrar a una tierra donde no fuese conocido, y buscar algún lugar extraño y muy apartado en que hiciera penitencia de sus pecados. Y que por aquel medio pensaba que Dios tendría merced de él y podría conseguir su gracia para ganar la gloria del Paraíso.
Cuando el privado del rey le oyó decir esto, se lo extrañó mucho, diciéndole muchas razones por las que no debía hacerlo. Y entre las otras le dijo que si esto hiciera, haría muy gran deservicio a Dios al dejar a tantas gentes como había en su reino, a las que tenía él bien mantenidas en paz y en justicia, y que era cierto que luego que él se fuera de allí, habría entre ellos muy gran alboroto y muy grandes contiendas, de las que recibiría Dios muy gran deservicio y la tierra muy gran daño, y que cuando por todo esto no lo dejara, debía dejarlo por la reina, su mujer, y por un hijo muy pequeño que dejaba: que era cierto que quedarían en muy gran peligro, tanto de sus cuerpos como de sus haciendas.
A esto respondió el rey que, antes de que pusiera de todas maneras en su voluntad partir de aquella tierra, había pensado él la manera de cómo dejaría arreglado todo en su tierra para que su mujer y su hijo fueran servidos y toda su tierra guardada; y que la manera era esta: que bien sabía él que el rey lo había criado y le había hecho mucho bien y que le había encontrado siempre muy leal, y le había servido muy bien y muy rectamente, y que por estas razones confiaba en él más que en hombre del mundo, y que tenía por bien dejarle la mujer y el hijo en su poder, y entregarle y apoderarlo de todas las fortalezas y lugares del reino, para que ninguno pudiera hacer ninguna cosa que fuese deservicio de su hijo; y que si el rey regresaba alguna vez, era cierto que encontraría muy bien arreglado todo lo que dejara en su poder; y que si por ventura muriera, era cierto que serviría muy bien a la reina, su mujer, y que criaría muy bien a su hijo, y le tendría muy bien guardado el reino hasta que fuera de edad para poder gobernarlo muy bien; y así, de esta manera, tenía que dejaba arreglado todo su asunto.
Cuando el privado oyó decir al rey que quería dejarle en su poder el reino y el hijo, aunque no lo dio a entender, le agradó mucho en su corazón, entendiendo que pues todo quedaba en su poder, podría obrar en ello como quisiera.
Este privado tenía en su casa un cautivo suyo que era muy sabio hombre y muy gran filósofo. Y todas las cosas que aquel privado del rey tenía que hacer, y los consejos que tenía que dar, todo lo hacía por consejo de aquel su cautivo que tenía en casa.
Y luego que el privado se apartó del rey, se fue hacia aquel su cautivo y le contó todo lo que le había sucedido con el rey, dándole a entender con muy gran placer y muy gran alegría cuánto de buena ventura era, pues el rey quería dejarle todo el reino y su hijo en su poder.
Cuando el filósofo que estaba cautivo oyó decir a su señor todo lo que había pasado con el rey, y cómo el rey había entendido que quería él tomar en su poder a su hijo y al reino, entendió que había caído en gran error, y comenzó a maltratarlo muy duramente, y le dijo que fuera cierto de que estaba en muy gran peligro del cuerpo y de toda su hacienda, pues todo aquello que el rey le había dicho, no había sido porque el rey tuviera voluntad de hacerlo, sino que algunos que le querían mal habían conseguido que el rey le dijera aquellas razones para probarlo, y pues el rey había entendido que le placía, que fuera cierto de que tenía el cuerpo y su hacienda en muy gran peligro.
Cuando el privado del rey oyó aquellas razones, se sintió en muy gran cuita, pues entendió verdaderamente que todo era así como aquel su cautivo le había dicho. Y cuando aquel sabio que tenía en su casa lo vio en tan gran cuita, le aconsejó que tomara un medio por el que podría escapar de aquel peligro en que estaba.
Y el modo fue este: aquella misma noche se fue a rasurar la cabeza y la barba, y buscó una vestimenta muy mala y toda remendada, como la que suelen llevar esos hombres que andan pidiendo limosnas en sus romerías, y un bordón y unos zapatos rotos y bien claveteados, y metió entre las costuras de aquellos remiendos de su vestidura una gran cantidad de doblas. Y antes de que amaneciera se fue a la puerta del rey, y dijo a un portero que allí encontró que dijese al rey que se levantara para que pudieran irse antes de que la gente despertase, pues él estaba allí esperando; y le mandó que lo dijera al rey en gran secreto. Y el portero quedó muy maravillado cuando lo vio venir de tal manera, y entró donde el rey y se lo dijo tal como aquel privado suyo le había mandado. De esto se maravilló el rey, y mandó que lo dejasen entrar.
Cuando vio cómo venía, le preguntó por qué había hecho aquello. El privado le dijo que bien sabía cómo le había dicho que quería irse al destierro, y puesto que él así lo quería hacer, que nunca quisiera Dios que desconociera cuánto bien le había hecho; y que así como de la honra y del bien que el rey había obtenido tomó muy gran parte, así era muy gran razón que del sufrimiento y del destierro que el rey quería tomar, también tomase él su parte. Y puesto que el rey no se dolía de su mujer y de su hijo y del reino y de lo que acá dejaba, no era razón que se doliera él de lo suyo, y que iría con él y le serviría de manera que ningún hombre pudiese entenderlo, y que además él llevaba tanto dinero metido en aquella su vestidura que les bastaría sobradamente en toda su vida, y que, puesto que irse habían, que se fueran antes de que pudieran ser reconocidos.
Cuando el rey entendió todas aquellas cosas que aquel privado suyo le decía, creyó que se lo decía todo con lealtad, y se lo agradeció mucho, y le contó toda la manera de cómo había de ser engañado y que todo aquello le había hecho el rey para probarlo. Y así había de ser aquel privado engañado por mala codicia, y quiso Dios guardarlo, y fue guardado por consejo del sabio que tenía cautivo en su casa.
Y vos, señor conde Lucanor, os conviene que os guardéis de no ser engañado por este que tenéis por amigo; pues tened por cierto que esto que os dijo no lo hizo sino para probar qué es lo que tiene en vos. Y conviene que de tal manera habléis con él, que entienda que queréis todo su provecho y su honra, y que no tenéis codicia de ninguna cosa de lo suyo; pues si un hombre estas dos cosas no guarda a su amigo, no puede durar entre ellos el amor largamente.
El conde se halló bien aconsejado por el consejo de Patronio, su consejero, e hizo como él le aconsejara, y se halló bien con ello.
Y entendiendo don Juan que estos ejemplos eran muy buenos, los hizo escribir en este libro, e hizo estos versos en que se pone la sentencia de los ejemplos. Y los versos dicen así:
No te engañes ni creas que, sin más, haga ningún hombre por otro su daño de grado.
Y los otros dicen así:
Por la piedad de Dios y por buen consejo, sale el hombre de la cuita y cumple su deseo.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 2Lo que le ocurrió a un hombre bueno con su hijo
Otra vez aconteció que el conde Lucanor hablaba con Patronio, su consejero, y le dijo cómo estaba en gran cuidado y en gran inquietud por un asunto que quería hacer, pues, si por ventura lo hiciera, sabía que muchas gentes lo criticarían por ello; y asimismo, si no lo hiciera, él mismo entendía que podrían criticarlo con razón. Y le dijo cuál era el asunto y le rogó que le aconsejara lo que entendía que debía hacer sobre ello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, bien sé yo que vos hallaréis muchos que os podrían aconsejar mejor que yo, y a vos os dio Dios muy buen entendimiento, que sé que mi consejo os hace muy pequeña falta; mas puesto que lo queréis, os diré lo que de ello entiendo. Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, mucho me agradaría que pusierais atención a un ejemplo de una cosa que aconteció una vez a un hombre bueno con su hijo.
El conde le rogó que le dijera cómo fue aquello. Y Patronio dijo:
—Señor, así aconteció que un hombre bueno tenía un hijo; aunque era joven según sus días, era bastante sutil de entendimiento. Y cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, porque pocas son las cosas en que algún contratiempo no pueda acontecer, le decía el hijo que en aquello que él quería hacer veía él que podría acontecer lo contrario. Y de esta manera lo apartaba de hacer algunas cosas que le convenían para su hacienda. Y bien creed que cuanto más sutiles de entendimiento son los jóvenes, tanto más dispuestos están para hacer grandes yerros para sus haciendas; pues tienen entendimiento para comenzar la cosa, mas no saben la manera de cómo se puede acabar, y por esto caen en grandes yerros si no tienen quien los guarde de ello. Y así, aquel joven, por la sutileza que tenía de entendimiento y porque le faltaba la manera de saber hacer la obra cumplidamente, estorbaba a su padre en muchas cosas que había de hacer. Y cuando el padre pasó gran tiempo esta vida con su hijo, lo uno por el daño que se le seguía de las cosas que se le impedían de hacer, y lo otro por el enojo que tomaba de aquellas cosas que su hijo le decía, y señaladamente lo más, para castigar a su hijo y darle ejemplo de cómo hiciera en las cosas que le acontecieran adelante, tomó esta manera según aquí oiréis:
El hombre bueno y su hijo eran labradores y moraban cerca de una villa. Y un día que hacían allí mercado, dijo a su hijo que fueran ambos allá para comprar algunas cosas que habían menester; y acordaron llevar una bestia en que lo trajesen. Y yendo ambos al mercado, llevaban la bestia sin ninguna carga e iban ambos a pie y encontraron unos hombres que venían de aquella villa adonde ellos iban. Y cuando hablaron juntos y se separaron los unos de los otros, aquellos hombres que encontraron comenzaron a hablar entre sí y decían que no les parecían de buen recaudo aquel hombre y su hijo, pues llevaban la bestia descargada e ir entre ambos a pie. El hombre bueno, después que aquello oyó, preguntó a su hijo qué le parecía de aquello que decían. Y el hijo dijo que le parecía que decían verdad, que puesto que la bestia iba descargada, no era buen seso ir entre ambos a pie. Y entonces mandó el hombre bueno a su hijo que subiera en la bestia.
Y yendo así por el camino, hallaron otros hombres, y cuando se separaron de ellos, comenzaron a decir que erraba mucho aquel hombre bueno, porque iba él a pie, que era viejo y cansado, y el joven, que podría sufrir penuria, iba en la bestia. Preguntó entonces el hombre bueno a su hijo qué le parecía de lo que aquellos decían; y él le dijo que le parecía que decían razón. Entonces mandó a su hijo que bajara de la bestia y subió él en ella. Y al poco rato toparon con otros, y dijeron que hacía muy mal dejar al joven, que era tierno y no podría sufrir penuria, ir a pie, e ir el hombre bueno, que estaba acostumbrado a aguantar las penurias, en la bestia. Entonces preguntó el hombre bueno a su hijo qué le parecía de esto que estos decían. Y el joven le dijo que, según él creía, le decían verdad. Entonces mandó el hombre bueno a su hijo que subiera en la bestia para que no fuera ninguno de ellos a pie.
Y yendo así, encontraron otros hombres y comenzaron a decir que aquella bestia en que iban era tan flaca que apenas podría andar bien por el camino, y puesto que así era, hacían muy gran yerro ir ambos en la bestia. Y el hombre bueno preguntó a su hijo qué le parecía de aquello que aquellos hombres buenos decían; y el joven dijo a su padre que le parecía verdad aquello. Entonces el padre respondió a su hijo de esta manera:
—Hijo, bien sabes que cuando salimos de nuestra casa ambos veníamos a pie y traíamos la bestia sin carga ninguna, y tú decías que te parecía que era bien. Y después hallamos hombres en el camino que nos dijeron que no era bien, y te mandé subir en la bestia y quedé a pie; y tú dijiste que era bien. Y después hallamos otros hombres que dijeron que aquello no era bien, y por ende bajaste tú y subí yo en la bestia, y tú dijiste que era aquello lo mejor. Y porque los otros que hallamos dijeron que no era bien, te mandé subir en la bestia conmigo; y tú dijiste que era mejor que no quedarte tú a pie e ir yo en la bestia. Y ahora estos que hallamos dicen que hacemos yerro en ir ambos en la bestia; y tú tienes que dicen verdad. Y puesto que así es, te ruego que me digas qué es lo que podemos hacer en que las gentes no puedan criticar; pues ya fuimos ambos a pie, y dijeron que no hacíamos bien; y fui yo a pie y tú en la bestia, y dijeron que errábamos; y fui yo en la bestia y tú a pie, y dijeron que era yerro; y ahora vamos ambos en la bestia, y dicen que hacemos mal. Pues de ninguna manera no puede ser que alguna de estas cosas no hagamos, y ya todas las hicimos, y todos dicen que son yerro; y esto hice yo para que tomases ejemplo de las cosas que te acontecieran en tu hacienda; pues ten por cierto que nunca harás cosa de que todos digan bien: pues si fuere buena la cosa, los malos y aquellos que no les sigue provecho de aquella cosa dirán mal de ella; y si fuere la cosa mala, los buenos, que se satisfacen del bien, no podrían decir que es bien el mal que tú hiciste. Y por ende, si tú quieres hacer lo mejor y más provechoso para ti, mira que hagas lo mejor y lo que entendieras que te conviene más, y con tal de que no sea mal, no dejes de hacerlo por recelo de lo que dijera la gente; pues cierto es que las gentes casi siempre hablan de las cosas según su voluntad, y no miran lo que es más provechoso para ellos.
—Y vos, conde Lucanor, señor, en esto que me decís que queréis hacer y que receláis que os criticarán las gentes por ello, y si no lo hacéis, que eso mismo harán, puesto que me mandáis que os aconseje en ello, mi consejo es este: que antes de que comencéis el hecho penséis todo el provecho o el daño que se os puede seguir de ello, y que no os fiéis en vuestro juicio y que os guardéis de que no os engañe la voluntad, y que os aconsejéis con los que entendiereis que son de buen entendimiento y leales y de buena discreción. Y si tal consejero no hallareis, guardad que no os arrebatéis a lo que hubiereis de hacer, al menos hasta que pase un día y una noche, si fuere cosa que no se pierda por el tiempo. Y cuando estas cosas guardareis en lo que hubiereis de hacer, y lo hallareis que es bien y vuestro provecho, os aconsejo yo que nunca lo dejéis de hacer por recelo de lo que las gentes podrían de ello decir.
El conde tuvo por buen consejo lo que Patronio le aconsejaba. E hízolo así, y se halló bien con ello.
Y cuando don Juan halló este ejemplo, lo mandó escribir en este libro, e hizo estos versos en que está abreviadamente toda la sentencia de este ejemplo. Y los versos dicen así:
Por dicho de las gentes, con tal de que no sea mal,
al provecho pon atención, y no hagas más.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 3Lo que le ocurrió a un hermitaño con el rey Ricardo de Inglaterra
Un día se apartó el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le habló así:
—Patronio, yo confío mucho en tu entendimiento, y sé que aquello que tú no entendieras o a lo que no pudieras dar consejo, no hay ningún otro hombre que pudiera acertarlo; por eso te ruego que me aconsejes lo mejor que sepas entender en lo que ahora voy a decirte:
Tú sabes muy bien que yo no soy ya muy joven, y me ha sucedido así: que desde que nací hasta ahora, siempre me he criado y he vivido en medio de muy grandes guerras, unas veces con cristianos y otras veces con moros, y la mayoría de las veces las tuve con reyes, mis señores y mis vecinos. Y cuando las tuve con cristianos, aunque siempre procuré que nunca se levantara ninguna guerra por mi culpa, no se podía evitar causar muy gran daño a muchos que no lo merecían. Y por un lado por esto, y por otros errores que cometí contra nuestro señor Dios, y también porque veo que por hombre del mundo ni por ninguna manera puedo estar seguro de la muerte ni un solo día, y estoy cierto de que naturalmente, según mi edad, no puedo vivir muy largo tiempo, y sé que he de ir ante Dios, que es tal juez del que no me puedo librar con palabras ni de otra manera, ni puedo ser juzgado sino por las buenas obras o malas que hubiera hecho; y sé que si por mi desgracia fuere hallado en algo por lo que Dios con razón tenga que estar contra mí, sé cierto que de ninguna manera podré evitar ir a las penas del Infierno en que para siempre habré de quedar, y nada del mundo me podría valer allí, y si Dios me hiciera tanta merced que Él hallara en mí tal merecimiento porque me deba escoger para ser compañero de sus siervos y ganar el Paraíso, sé por cierto que a este bien y a este placer y a esta gloria no se puede comparar ningún otro placer del mundo. Y puesto que este bien y este mal tan grandes no se consiguen sino por las obras, te ruego que, según el estado que yo tengo, pienses y me aconsejes la mejor manera que entendieras por la que pueda hacer enmienda a Dios de los errores que contra Él cometí, y pueda tener su gracia.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, mucho me placen todas estas razones que habéis dicho, y especialmente porque me dijisteis que en todo esto os aconsejara según el estado que vos tenéis, pues si de otra manera me lo hubierais dicho, bien creería que lo decíais por probarme según la prueba que el rey hizo a su privado que os conté el otro día en el ejemplo que os dije; mas me place mucho porque decís que queréis hacer enmienda a Dios de los errores que hicisteis, guardando vuestro estado y vuestra honra; pues ciertamente, señor conde Lucanor, si vos quisierais dejar vuestro estado y tomar vida de orden o de otro apartamiento, no podríais evitar que os sucedieran dos cosas: la primera, que seríais muy mal juzgado por todas las gentes, pues todos dirían que lo hacíais por falta de corazón y os desagradaba vivir entre los buenos; y la otra es que sería muy gran maravilla si pudierais soportar las asperezas de la orden, y si después la hubierais de dejar o vivir en ella sin guardarla como debierais, os sería muy gran daño para el alma y gran vergüenza y gran deshonra para el cuerpo y para el alma y para la fama. Mas puesto que este bien queréis hacer, me placería que supierais lo que mostró Dios a un hermitaño muy santo de lo que había de suceder a él y al rey Ricardo de Inglaterra.
El conde Lucanor le rogó que le dijera cómo fuera aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, un hermitaño era hombre de muy buena vida, y hacía mucho bien, y sufría grandes trabajos por ganar la gracia de Dios. Y por ello le hizo Dios tanta merced que le prometió y le aseguró que tendría la gloria del Paraíso. El hermitaño agradeció esto mucho a Dios; y estando ya seguro de esto, pidió a Dios por merced que le mostrara quién había de ser su compañero en el Paraíso. Y aunque Nuestro Señor le enviara a decir algunas veces con el ángel que no hacía bien en demandarle tal cosa, pero tanto insistió en su petición que tuvo por bien nuestro señor Dios responderle, y le envió a decir por su ángel que el rey Ricardo de Inglaterra y él serían compañeros en el Paraíso.
De esta razón no se complació mucho el hermitaño, pues él conocía muy bien al rey y sabía que era hombre muy guerrero y que había matado y robado y desheredado a muchas gentes, y siempre le había visto hacer vida muy contraria a la suya, y además, que parecía muy alejado del camino de salvación; y por esto estaba el hermitaño de muy mal talante.
Y cuando nuestro señor Dios lo vio estar así, le envió a decir con su ángel que no se quejara ni se maravillara de lo que le había dicho, pues cierto fuera que más servicio había hecho a Dios y más había merecido el rey Ricardo en un salto que saltara, que el hermitaño en cuantas buenas obras había hecho en su vida.
El hermitaño se maravilló mucho de ello, y le preguntó cómo podía ser esto.
Y el ángel le dijo que supiera que el rey de Francia y el rey de Inglaterra y el rey de Navarra pasaron a Ultramar. Y el día que llegaron al puerto, yendo todos armados para tomar tierra, vieron en la orilla tanta muchedumbre de moros que tomaron duda de si podrían salir a tierra. Entonces el rey de Francia envió a decir al rey de Inglaterra que viniera a aquella nave donde él estaba y que acordarían cómo habían de hacer. Y el rey de Inglaterra, que estaba en su caballo, cuando esto oyó, dijo al mensajero del rey de Francia que le dijese de su parte que bien sabía que él había hecho a Dios muchos enojos y muchos pesares en este mundo y que siempre le había pedido merced que le trajese a tiempo de poder hacerle enmienda con su cuerpo, y que, loado sea Dios, veía el día que él tanto deseaba; pues si allí moría, habiendo hecho la enmienda que pudo antes de partir de su tierra, y estando en verdadera penitencia, era cierto que Dios tendría misericordia de su alma, y si los moros fueran vencidos, Dios recibiría mucho servicio y todos serían muy afortunados.
Y cuando hubo dicho esta razón, encomendó el cuerpo y el alma a Dios y le pidió merced que le socorriera, y se santiguó con la señal de la santa Cruz y mandó a los suyos que le ayudaran. Y luego dio de espuelas al caballo y saltó en el mar hacia la orilla donde estaban los moros. Y aunque estaban cerca del puerto, no era el mar tan bajo que el rey y el caballo no se metieran del todo bajo el agua de manera que no apareció nada de ellos; pero Dios, como señor tan piadoso y de tan gran poder, y acordándose de lo que dijo en el Evangelio, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, socorrió entonces al rey de Inglaterra, le libró de muerte para este mundo y le dio vida perdurable para siempre, y le salvó de aquel peligro del agua; y le encaminó hacia los moros.
Y cuando los ingleses vieron hacer esto a su señor, saltaron todos en el mar tras él y se encaminaron todos hacia los moros. Cuando los franceses vieron esto, consideraron que les era gran deshonra, lo que ellos nunca solían sufrir, y saltaron luego todos en el mar contra los moros. Y cuando estos los vieron venir contra sí, y vieron que no temían la muerte y que venían contra ellos tan bravamente, no se atrevieron a esperarlos, y les dejaron el puerto del mar y comenzaron a huir. Y cuando los cristianos llegaron al puerto, mataron a muchos de los que pudieron alcanzar y tuvieron gran éxito, e hicieron de esa campaña mucho servicio a Dios. Y todo este bien vino por aquel salto que hizo el rey Ricardo de Inglaterra.
Cuando el hermitaño oyó esto, se complació mucho de ello y entendió que Dios le hacía muy gran merced al querer que fuera él compañero en el Paraíso de un hombre que tal servicio había hecho a Dios, y tanto ensalzamiento de la fe católica.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis servir a Dios y hacerle enmienda de los enojos que le habéis hecho, procurad que, antes de partir de vuestra tierra, enmendéis lo que habéis hecho a aquellos a quienes entendáis que hicisteis algún daño. Y haced penitencia de vuestros pecados, y no paréis mientes en la soberbia del mundo sin provecho, que es toda vanidad, ni creáis a muchos que os dirán que hagáis mucho por la valía. Y esta valía dicen ellos que es mantener muchas gentes, y no miran si tienen de qué lo pueden cumplir, y no paran mientes en cómo acabaron o cuántos quedaron de los que no miraron sino por esta que ellos llaman gran valía o cómo están poblados sus solares. Y vos, señor conde Lucanor, puesto que decís que queréis servir a Dios y hacerle enmienda de los enojos que le hicisteis, no queráis seguir este camino que es de soberbia y lleno de vanidad. Mas, puesto que Dios os puso en tierra donde le podáis servir contra los moros, tanto por mar como por tierra, haced vuestro poder para estar seguro de lo que dejáis en vuestra tierra. Y estando seguro de esto, y habiendo hecho enmienda a Dios de los errores que hicisteis, de modo que estéis en verdadera penitencia, para que de los bienes que hicierais tengáis de todos merecimiento, y haciendo esto podéis dejar todo lo demás, y estar siempre en servicio de Dios y acabar así vuestra vida. Y haciendo esto, tengo que esta es la mejor manera que vos podéis tomar para salvar el alma, guardando vuestro estado y vuestra honra. Y debéis creer que por estar en servicio de Dios no moriréis antes, ni viviréis más por estar en vuestra tierra. Y si murierais en servicio de Dios, viviendo en la manera que yo os he dicho, seréis mártir y muy bienaventurado, y aunque no muráis por armas, la buena voluntad y las buenas obras os harán mártir, y aun los que mal quisieran decir no podrían; pues ya todos ven que no dejáis nada de lo que debéis hacer de caballería, mas queréis ser caballero de Dios y dejáis de ser caballero del diablo y de la soberbia del mundo, que es perecedera.
Ahora, señor conde, os he dicho mi consejo según me lo pedisteis, de lo que yo entiendo cómo podéis mejor salvar el alma según el estado que tenéis. Y os asemejaréis a lo que hizo el rey Ricardo de Inglaterra en la santa y buena acción que hizo.
Al conde Lucanor le complació mucho el consejo que Patronio le dio, y rogó a Dios que le dispusiera para poder hacerlo como él lo decía y como el conde lo tenía en su corazón.
Y viendo don Juan que este ejemplo era bueno, mandó ponerlo en este libro, e hizo estos versos en los que se entiende abreviadamente todo el ejemplo. Y los versos dicen así:
Quien por caballero se tuviera, más debe desear este salto
que no meterse en una orden, o encerrarse tras muro alto.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 4Lo que le ocurrió a un genovés
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le contaba su asunto de esta manera:
—Patronio, alabado sea Dios, tengo mis asuntos bastante en buen estado y en paz, y poseo todo lo que me hace falta, tanto como mis vecinos e iguales, y quizá más. Y algunos me aconsejan que emprenda un asunto de muy gran riesgo, y yo tengo gran voluntad de hacer aquello que me aconsejan; pero por la confianza que en ti tengo, no quise empezarlo hasta que hablase contigo y te rogase que me aconsejaras lo que hiciese en ello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que vos hagáis en este asunto lo que más os conviene, me gustaría mucho que supieseis lo que le ocurrió a un genovés.
El conde le rogó que le dijese cómo fue aquello.
Patronio le dijo:
—Señor conde Lucanor: un genovés era muy rico y muy afortunado, igual que sus vecinos. Y aquel genovés enfermó muy gravemente, y cuando comprendió que no podía escapar de la muerte, mandó llamar a sus parientes y a sus amigos; y cuando todos estuvieron con él, envió por su mujer y sus hijos; y se sentó en un palacio muy bueno desde donde se veía el mar y la tierra; e hizo traer ante sí todo su tesoro y todas sus joyas, y cuando lo tuvo todo ante sí, empezó en tono de burla a hablar con su alma de esta manera:
—Alma, yo veo que tú te quieres separar de mí, y no sé por qué lo haces; porque si tú quieres mujer e hijos, bien los ves aquí delante, tales que debes darte por satisfecha; y si quisieres parientes y amigos, ves aquí muchos y muy buenos y muy honrados; y si quieres muy gran tesoro de oro y de plata y de piedras preciosas y de joyas y de paños y de mercancías, tienes aquí tanto de ello que no te hace falta tener más; y si tú quieres naves y galeras que te ganen y te traigan muy gran riqueza y muy gran honra, las ves aquí, o están en el mar que se ve desde mi palacio; y si quieres muchas heredades y huertos, y muy hermosos y muy deleitosos, los ves donde se ven desde estas ventanas; y si quieres caballos y mulas, y aves y canes para cazar y tomar placer, y juglares para hacerte alegría y solaz, y muy buena morada, muy bien equipada de camas y de estrados y de todas las otras cosas que son allí necesarias; de todas estas cosas a ti no te falta nada; y pues tú tienes tanto bien y no te das por satisfecha con ello ni puedes soportar el bien que tienes, pues con todo esto no quieres quedarte y quieres buscar lo que no sabes, de aquí en adelante vete con la ira de Dios, y será muy necio quien se duela por el mal que te venga.
Y vos, señor conde Lucanor, pues, alabado sea Dios, estáis en paz y con bienestar y con honra, tengo que no haréis buen negocio en arriesgar esto y emprender lo que decís que os aconsejan; porque quizá esos vuestros consejeros os lo dicen porque saben que cuando en tal empresa os hayan metido, que por fuerza habréis de hacer lo que ellos quisieren y que habréis de seguir su voluntad cuando estuviereis en gran necesidad, así como siguen ellos la vuestra ahora que estáis en paz. Y quizá piensan que por vuestro asunto arreglarán ellos sus haciendas, lo que no se les facilita mientras vos viváis en sosiego, y os ocurrirá lo que decía el genovés a su alma; mas, por mi consejo, mientras pudiereis tener paz y sosiego con vuestra honra, y sin vuestra mengua, no os metáis en cosa que tengáis que aventurarlo todo.
Al conde le agradó mucho el consejo que Patronio le daba. Y lo hizo así, y se encontró bien con ello.
Y cuando don Juan encontró este ejemplo, lo tuvo por bueno y no quiso hacer versos nuevos, sino que puso allí una palabra que dicen las viejas en Castilla. Y la palabra dice así:
Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 5Lo que le ocurrió a un cuervo con un zorro
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
—Patronio, un hombre que da a entender que es mi amigo me empezó a alabar mucho, dándome a entender que había en mí muchos méritos de honra y de poder y de muchas bondades. Y después de que con estas razones me halagó cuanto pudo, me propuso un asunto que, a primera vista, según lo que yo puedo entender, parece que es de mi provecho.
Y contó el conde a Patronio cuál era el asunto que le proponía; y aunque parecía el asunto provechoso, Patronio entendió el engaño que yacía escondido bajo las palabras hermosas. Y por eso dijo al conde:
—Señor conde Lucanor, sabed que este hombre os quiere engañar, dándoos a entender que vuestro poder y vuestro estado es mayor de cuanto es la verdad. Y para que os podáis guardar de este engaño que os quiere hacer, me gustaría que supieseis lo que le ocurrió a un cuervo con un zorro.
Y el conde le preguntó cómo fue aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, el cuervo encontró una vez un gran pedazo de queso y subió a un árbol para que pudiese comer el queso más a su gusto y sin recelo y sin estorbo de ninguno. Y mientras el cuervo así estaba, pasó el zorro por el pie del árbol, y cuando vio el queso que el cuervo tenía, empezó a pensar de qué manera lo podría sacar de él. Y por eso empezó a hablar con él de esta manera:
—Don Cuervo, hace muy gran tiempo que oí hablar de vos y de vuestra nobleza, y de vuestra hermosura. Y aunque os busqué mucho, no fue la voluntad de Dios, ni mi ventura, que os pudiese encontrar hasta ahora, y ahora que os veo, entiendo que hay mucho más bien en vos de cuanto me decían. Y para que veáis que no os lo digo por lisonja, tanto como os diré las hermosuras que en vos entiendo, también os diré las cosas en que las gentes tienen que no sois tan hermoso. Todas las gentes tienen que el color de vuestras plumas y de los ojos y del pico y de los pies y de las uñas, que todo es negro, y porque la cosa negra no es tan hermosa como la de otro color, y vos sois todo negro, tienen las gentes que es mengua de vuestra hermosura, y no entienden cómo yerran en ello mucho; porque aunque vuestras plumas son negras, tan negra y tan brillante es aquella negrura, que torna en añil, como plumas de pavo real, que es la más hermosa ave del mundo; y aunque vuestros ojos son negros, en cuanto a ojos, mucho son más hermosos que otros ojos ningunos, porque la propiedad del ojo no es sino ver, y porque toda cosa negra refuerza la vista, para los ojos, los negros son los mejores, y por eso son más alabados los ojos de la gacela, que son más negros que los de ninguna otra criatura. También, vuestro pico y vuestras manos y uñas son más fuertes que las de ninguna ave de vuestro tamaño. También, en vuestro vuelo tenéis tan gran ligereza, que no os estorba el viento para ir contra él, por recio que sea, lo que otra ave no puede hacer tan fácilmente como vos. Y bien tengo que, pues Dios todas las cosas hace con razón, que no consentiría que, pues en todo sois tan cumplido, que hubiese en vos mengua de no cantar mejor que ninguna otra ave. Y pues Dios me hizo tanta merced que os veo, y sé que hay en vos más bien de cuanto nunca de vos oí, si yo pudiese oír de vos vuestro canto, para siempre me tendría por afortunado.
Y señor conde Lucanor, parad mientes que aunque la intención del zorro era engañar al cuervo, que siempre sus razones fueron con verdad. Y sed cierto que los engaños y daños mortales siempre son los que se dicen con verdad engañosa.
Y cuando el cuervo vio de cuántas maneras el zorro le alababa, y cómo le decía verdad en todas, creyó que así le decía verdad en todo lo demás, y tuvo que era su amigo, y no sospechó que lo hacía por sacarle el queso que tenía en el pico, y por las muchas buenas razones que le había oído, y por los halagos y ruegos que le hiciera para que cantase, abrió el pico para cantar. Y cuando el pico fue abierto para cantar, cayó el queso en tierra, y lo tomó el zorro y se fue con él; y así quedó engañado el cuervo por el zorro, creyendo que había en sí más hermosura y más perfección de cuanto era la verdad.
Y vos, señor conde Lucanor, aunque Dios os hizo bastante merced en todo, pues veis que aquel hombre os quiere hacer entender que tenéis mayor poder y mayor honra o más bondades de cuanto vos sabéis que es la verdad, entended que lo hace para engañaros, y guardaos de él y haréis como hombre de buen juicio.
Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, y lo hizo así. Y con su consejo fue él guardado de yerro.
Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo escribir en este libro, e hizo estos versos, en que se entiende resumidamente la intención de todo este ejemplo. Y los versos dicen así:
Quien te alaba con lo que no hay en ti,
sabe que quiere sacar lo que tienes de ti.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 6Lo que le ocurrió a la golondrina con las otras aves
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
—Patronio, me dicen que algunos vecinos míos, que son más poderosos que yo, andan reuniéndose y tramando muchas artimañas y estratagemas para engañarme y hacerme mucho daño; pero yo no lo creo ni me inquieto por ello; sin embargo, por el buen entendimiento que tú posees, quiero preguntarte si crees que debo hacer algo al respecto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que en esto hagáis lo que yo entiendo que os conviene, me gustaría mucho que supierais lo que le ocurrió a la golondrina con las otras aves.
El conde Lucanor le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, la golondrina vio que un hombre sembraba lino, y comprendió, gracias a su buen entendimiento, que si aquel lino crecía, los hombres podrían hacer redes y lazos para atrapar a las aves. Entonces fue a buscar a las aves, las reunió y les dijo que el hombre sembraba aquel lino y que tuvieran por seguro que si aquel lino brotaba, se les seguiría de ello un daño muy grande, y que les aconsejaba que antes de que el lino creciera fueran allí y lo arrancaran. Pues las cosas son fáciles de deshacer al principio, pero después son mucho más difíciles de resolver. Mas las aves tuvieron esto en poco y no quisieron hacerlo. Y la golondrina insistió muchas veces en ello, hasta que vio que las aves no se preocupaban de esto ni le daban importancia alguna, y que el lino ya había crecido tanto que las aves no podrían arrancarlo con las manos ni con los picos. Y cuando las aves vieron esto, que el lino había crecido y que no podían poner remedio al daño que se les seguiría, se arrepintieron mucho de no haber puesto antes solución. Pero el arrepentimiento llegó a tiempo que ya no les podía servir de provecho.
Y antes de esto, cuando la golondrina vio que las aves no querían prevenir aquel daño que les venía, se fue donde el hombre y se puso bajo su poder y ganó de él seguridad para sí y para su linaje. Y desde entonces viven las golondrinas bajo el poder de los hombres y están seguras con ellos. Mas a las otras aves que no quisieron guardarse las atrapan cada día con redes y con lazos.
—Y vos, señor conde Lucanor, si queréis estar a salvo de ese daño que decís que os puede venir, apercibiós y poned remedio antes de que el daño os pueda suceder. Pues no es prudente el que ve la cosa cuando ya ha ocurrido, sino que es prudente el que por una pequeña señal o por un movimiento cualquiera entiende el daño que le puede venir y pone solución para que no le suceda.
Al conde le gustó esto mucho, lo hizo según Patronio le aconsejó y le fue bien con ello.
Y porque entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Al principio debe el hombre apartar el daño que le pueda venir.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 7Lo que le ocurrió a doña Truana
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio de esta manera:
—Patronio, un hombre me expuso un asunto y me mostró la manera de cómo podría ser. Y bien os digo que tantas ventajas hay en él que, si Dios quiere que se haga así como él me lo dijo, sería de gran provecho para mí; pues son tantas las cosas que nacen unas de otras, que al final resulta algo muy importante.
Y contó a Patronio la manera de cómo podría ser. Cuando Patronio comprendió aquellas razones, respondió al conde de esta manera:
—Señor conde Lucanor, siempre oí decir que era buen juicio atenerse a las cosas ciertas y no a las esperanzas vanas, pues muchas veces a los que se atienen a las esperanzas les sucede lo que le ocurrió a doña Truana.
Y el conde preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, hubo una mujer que se llamaba doña Truana y era bastante más pobre que rica, y un día iba al mercado llevando una olla de miel en la cabeza. Y yendo por el camino, comenzó a pensar que vendería aquella olla de miel y que compraría cierta cantidad de huevos, y de aquellos huevos nacerían gallinas, y después, con el dinero que valdrían, compraría ovejas, y así fue comprando con las ganancias que haría, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.
Y con aquella riqueza que ella pensaba que tenía, imaginó cómo casaría a sus hijos y a sus hijas, y cómo iría escoltada por la calle con yernos y nueras, y cómo dirían de ella que había sido de buena fortuna en llegar a tan gran riqueza, siendo tan pobre como solía ser.
Y pensando en esto comenzó a reír con el gran placer que sentía por su buena andanza, y al reír se dio con la mano en la frente, y entonces le cayó la olla de la miel al suelo y se rompió. Cuando vio la olla rota, comenzó a lamentarse mucho, creyendo que había perdido todo lo que pensaba que tendría si la olla no se le hubiera roto. Y porque puso todo su pensamiento en una esperanza vana, no se hizo al final nada de lo que ella pensaba. Y vos, señor conde, si queréis que lo que os dijeren y lo que vos pensareis sea todo cosa cierta, creed y pensad siempre en cosas tales que sean razonables y no en esperanzas dudosas y vanas. Y si las quisiereis probar, guardaos de no arriesgar ni poner de lo vuestro cosa de la que os arrepintáis por la esperanza del provecho de lo que no estáis seguro.
Al conde le gustó lo que Patronio le dijo, lo hizo así y le fue bien con ello.
Y porque don Juan gustó de este ejemplo, lo hizo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
A las cosas ciertas encomendaos y las esperanzas vanas dejad.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 8Lo que le ocurrió a un hombre que estaba muy enfermo
Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
—Patronio, sabed que aunque Dios me ha hecho mucha merced en muchas cosas, ahora me veo muy apurado por falta de dinero. Y aunque me resulta tan penoso hacerlo como la muerte, creo que tendré que vender una de las heredades del mundo de las que más me duele desprenderme, o hacer otra cosa que me será tan perjudicial como esta. Y lo tendré que hacer para salir ahora de esta necesidad y de esta angustia en que estoy. Y haciendo yo esto, que es tan gran daño para mí, vienen a mí muchos hombres que sé que bien pueden excusarlo, y me piden que les dé de estos dineros que a mí me cuestan tan caros. Y por el buen entendimiento que Dios puso en vos, os ruego que me digáis lo que os parece que debo hacer en esto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, me parece que os sucede con estos hombres lo que le ocurrió a un hombre que estaba muy enfermo.
Y el conde le rogó que le dijera cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre estaba muy enfermo, de tal modo que le dijeron los médicos que de ninguna manera podría sanar si no le hacían una abertura por el costado y le sacaban el hígado por allí, y se lo lavaran con unas medicinas que necesitaba, y se lo limpiaran de aquellas cosas por las que el hígado estaba dañado. Estando él soportando este dolor y teniendo el médico el hígado en la mano, otro hombre que estaba allí cerca de él comenzó a rogarle que le diera de aquel hígado para un gato suyo.
Y vos, señor conde Lucanor, si queréis hacer muy gran daño a vos mismo por conseguir dineros y dárselos donde se deben excusar, os digo que lo podéis hacer por vuestra voluntad, pero nunca lo haréis por mi consejo.
Al conde le gustó aquello que Patronio dijo, y se guardó de ello en adelante, y le fue bien con ello.
Y porque entendió don Juan que este ejemplo era bueno, mandó escribirlo en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Si no sabéis qué debéis dar, a gran daño se os podría tornar.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 9Lo que les ocurrió a dos caballos con el león
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta manera:
—Patronio, hace mucho tiempo que tengo un enemigo del que me ha venido mucho mal, e igualmente él de mí, de modo que, por las obras y por las voluntades, estamos muy mal entre nosotros. Y ahora ha sucedido que otro hombre mucho más poderoso que nosotros dos está comenzando algunas cosas de las que cada uno de nosotros teme que le pueda venir muy gran daño. Y ahora aquel enemigo mío me envió a decir que nos pusiéramos de acuerdo para defendernos de aquel otro que quiere ir contra nosotros; pues si los dos nos uniéramos, es seguro que nos podremos defender; mas si uno de nosotros se aparta del otro, es seguro que cualquiera de nosotros podrá ser destruido fácilmente por aquel del que tememos. Y una vez destruido uno de nosotros, sería muy fácil destruir a cualquiera de nosotros que quedara. Y yo ahora estoy en muy gran duda acerca de este asunto: pues por una parte temo mucho que aquel enemigo mío me quiera engañar, y si una vez me tuviera en su poder, no estaría yo seguro de la vida; y si pusiera gran confianza en él, no se puede evitar que yo confíe en él y él en mí. Y esto me hace estar con gran recelo. Por otra parte, entiendo que si no nos hacemos amigos tal como me envía a rogar, nos puede venir muy gran daño por la razón que ya os dije. Y por la gran confianza que tengo en vos y en vuestro buen entendimiento, os ruego que me aconsejéis lo que haga en este asunto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, este asunto es muy grande y muy peligroso, y para que mejor entendáis lo que os convendría hacer, me gustaría que supierais lo que ocurrió en Túnez a dos caballeros que vivían con el infante don Enrique.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, dos caballeros que vivían con el infante don Enrique en Túnez eran ambos muy amigos y posaban siempre en una misma posada. Y estos dos caballeros no tenían más de un caballo cada uno, y así como los caballeros se querían muy bien, los caballos se querían muy mal. Y los caballeros no eran tan ricos que pudieran mantener dos posadas, y por la enemistad de los caballos no podían posar en una sola posada, y por esto tenían que vivir una vida muy penosa. Y cuando esto les duró un tiempo y vieron que no lo podían soportar más, contaron su situación a don Enrique y le pidieron por merced que echara aquellos caballos a un león que el rey de Túnez tenía.
Don Enrique les agradeció mucho lo que decían y habló con el rey de Túnez. Y los caballos fueron bien pagados a los caballeros, y los metieron en un corral donde estaba el león. Cuando los caballos se vieron en el corral, antes de que el león saliera de la casa donde estaba encerrado, comenzaron a atacarse lo más bravamente del mundo. Y estando ellos en su pelea, abrieron la puerta de la casa donde estaba el león, y cuando salió al corral y los caballos lo vieron, comenzaron a temblar muy fuertemente y poco a poco se fueron acercando el uno al otro. Y cuando estuvieron los dos juntos, permanecieron así un rato, y se dirigieron ambos contra el león y lo dejaron tal a mordiscos y a coces que por fuerza se tuvo que encerrar en la casa de donde había salido. Y quedaron los caballos sanos, que no les hizo ningún daño el león. Y después fueron aquellos caballos tan bien avenidos entre sí que comían de muy buen grado en un mismo pesebre y estaban juntos en una casa muy pequeña.
Y esta avenencia tuvieron entre sí por el gran temor que sintieron del león.
—Y vos, señor conde Lucanor, si entendéis que aquel vuestro enemigo tiene tan gran recelo de aquel otro del que se teme, y os necesita tanto a vos que forzosamente haya de olvidar todo el mal que pasó entre vos y él, y entiende que sin vos no se puede defender bien, creo que así como los caballos se fueron poco a poco uniendo hasta que perdieron el recelo y estuvieron bien seguros el uno del otro, así debéis vos, poco a poco, tomar confianza y amistad con aquel vuestro enemigo. Y si hallareis en él siempre obra buena y leal, de tal manera que estéis bien cierto de que en ningún tiempo, por bien que le vaya, nunca os vendrá de él daño, entonces haréis bien y será provechoso para vos ayudarle para que otro hombre extraño no os conquiste ni os destruya. Pues mucho deben los hombres hacer y sufrir por sus parientes y sus vecinos para que no sean maltratados por los otros extraños. Pero si viereis que aquel vuestro enemigo es tal o de tal manera que después de que lo hubierais ayudado de modo que saliera gracias a vos de aquel peligro, una vez que lo suyo estuviera a salvo, iría contra vos y no podríais estar seguro de él; si él fuera tal, haríais mal juicio en ayudarle; antes bien creo que lo debéis tratar con desconfianza cuanto pudierais; pues si visteis que estando él en tan gran aprieto no quiso olvidar la mala voluntad que os tenía, y entendisteis que os la guardaba para cuando viera su momento en que os la pudiera hacer, bien entendéis vos que no os deja lugar para hacer cosa alguna por la que salga gracias a vos de aquel gran peligro en que está.
Al conde le gustó esto que Patronio dijo y creyó que le daba muy buen consejo. Y porque entendió don Juan que este ejemplo era bueno, mandó escribirlo en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Guardaos de ser conquistado por el extraño estando bien guardado del vuestro de daño.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 10Lo que les ocurrió a dos hombres que fueron muy ricos
Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio de esta manera:
—Patronio, bien reconozco que Dios me ha hecho muchas mercedes, más de las que yo podría servirle, y en todas las demás cosas entiendo que mi hacienda está bastante bien y con honra; pero algunas veces me ocurre que estoy tan apurado de pobreza que me parece que querría tanto la muerte como la vida. Y te ruego que me des algún consuelo para esto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que os consoléis cuando tal cosa os suceda, sería muy bien que supieseis lo que ocurrió a dos hombres que fueron muy ricos.
El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, de estos dos hombres, uno de ellos llegó a tan gran pobreza que no le quedó en el mundo cosa que pudiera comer. Y después de esforzarse mucho por buscar algo que comer, no pudo conseguir otra cosa del mundo sino un cuenco de altramuces. Y acordándose de cuando era rico y solía serlo, y de que ahora con hambre y con necesidad tenía que comer los altramuces, que son tan amargos y de tan mal sabor, comenzó a llorar muy fieramente, pero con la gran hambre comenzó a comer de los altramuces, y mientras los comía, estaba llorando y echaba las cáscaras de los altramuces detrás de sí. Y él estando en este pesar y en esta cuita, sintió que había otro hombre detrás de él y volvió la cabeza y vio a un hombre junto a él que estaba comiendo las cáscaras de los altramuces que él echaba detrás de sí, y era aquel del que os hablé antes.
Y cuando aquello vio el que comía los altramuces, preguntó a aquel que comía las cáscaras por qué hacía aquello. Y él dijo que supiese que había sido mucho más rico que él, y que ahora había llegado a tan gran pobreza y a tan gran hambre que le placía mucho cuando encontraba aquellas cáscaras que él dejaba. Y cuando esto vio el que comía los altramuces, se consoló, pues entendió que había otro más pobre que él, y que tenía menos razón para serlo. Y con este consuelo, se esforzó y le ayudó Dios, y buscó manera de cómo salir de aquella pobreza, y salió de ella y fue muy bienaventurado.
Y, señor conde Lucanor, debéis saber que el mundo es tal, y aunque nuestro señor Dios lo tiene por bien, que ningún hombre tiene cumplidamente todas las cosas. Mas, pues en todo lo demás os hace Dios merced y estáis con bien y con honra, si alguna vez os faltare dinero o estuviereis en apuro, no desmayéis por ello, y creed por cierto que otros más honrados y más ricos que vos estarán tan apurados, que se tendrían por satisfechos si pudiesen dar a sus gentes y les diesen aún mucho menos de cuanto vos les dais a las vuestras.
Al conde le agradó mucho esto que Patronio dijo, y se consoló, y se ayudó él, y le ayudó Dios, y salió muy bien de aquella queja en que estaba. Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, lo hizo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Por pobreza nunca desmayes,
pues otros más pobres que tú verás siempre.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 11Lo que le ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro de Toledo
Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, y le contaba su hacienda de esta manera:
—Patronio, un hombre vino a rogarme que le ayudase en un asunto en que necesitaba mi ayuda, y me prometió que haría por mí todas las cosas que fuesen mi provecho y mi honra. Y yo comencé a ayudarle cuanto pude en aquel asunto. Y antes de que el pleito fuese acabado, pensando él que ya su pleito estaba resuelto, ocurrió una cosa en que convenía que la hiciese por mí, y le rogué que la hiciese y él me puso excusas. Y después ocurrió otra cosa que pudiera hacer por mí, y me puso excusas como en la otra; y esto me hizo en todo lo que le rogué que hiciese por mí. Y aquel asunto por el que él me rogó no está aún resuelto, ni se resolverá si yo no quisiere. Y por la confianza que yo tengo en vos y en vuestro entendimiento, os ruego que me aconsejéis lo que haga en esto.
—Señor conde —dijo Patronio—, para que vos hagáis en esto lo que debéis, mucho querría que supieseis lo que ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el gran maestro que moraba en Toledo.
Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, en Santiago había un deán que tenía muy gran deseo de saber el arte de la nigromancia, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que hubiese en aquel tiempo; y por ello se fue para Toledo para aprender de aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, se dirigió enseguida a casa de don Illán y lo encontró que estaba leyendo en una cámara muy apartada; y en cuanto llegó ante él, lo recibió muy bien y le dijo que no quería que le dijese nada de lo que venía a hacer hasta que hubiese comido. Y cuidó muy bien de él y le hizo dar muy buenas posadas y todo lo que hubo menester, y le dio a entender que le placía mucho con su venida.
Y después que hubieron comido, se apartó con él, y le contó la razón por la que allí había venido, y le rogó muy encarecidamente que le mostrase aquella ciencia que él tenía muy gran deseo de aprender. Y don Illán le dijo que él era deán y hombre de gran posición y que podía llegar a gran estado —y los hombres que gran estado tienen, una vez que todo lo suyo han conseguido a su voluntad, olvidan muy pronto lo que otro ha hecho por ellos— y él que se temía que una vez que él hubiese aprendido de él aquello que quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él obtuviese, que nunca haría sino lo que él mandase.
Y en estas conversaciones estuvieron desde que hubieron comido hasta que fue hora de cenar. Cuando su acuerdo estuvo bien asentado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado y que luego esa noche le quería mostrar dónde habrían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y lo tomó por la mano y lo llevó a una cámara. Y al apartarse de la otra gente, llamó a una criada de su casa y le dijo que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.
Y después que hubo dicho esto, llamó al deán; y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran trecho, de manera que parecía que estaban tan abajo que pasaba el río Tajo por encima de ellos. Y cuando llegaron al final de la escalera, encontraron una posada muy buena, y una cámara muy hermosa que allí había, donde estaban los libros y el estudio en que habrían de leer. Cuando se sentaron, estaban decidiendo en cuáles libros habrían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y le dieron una carta que le enviaba el arzobispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy mal enfermo y que le enviaba a rogar que si le quería ver vivo, que se fuese enseguida hacia él. Al deán le pesó mucho con estas nuevas; lo uno, por la enfermedad de su tío; y lo otro, porque temió que tendría que dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón no dejar aquel estudio tan pronto, e hizo sus cartas de respuesta y las envió al arzobispo, su tío.
Y de allí a tres o cuatro días llegaron otros hombres a pie que traían otras cartas al deán en las que le hacían saber que el arzobispo había fallecido, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que confiaban, por la merced de Dios, que lo elegirían a él, y por esta razón que no se apresurase a ir a la iglesia; pues mejor era para él que lo eligiesen estando en otra parte que no estando en la iglesia.
Y al cabo de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron ante él, le besaron la mano y le mostraron las cartas de cómo lo habían elegido por arzobispo. Cuando don Illán esto oyó, fue al electo y le dijo que agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le llegaran a su casa, y pues Dios tanto bien le había hecho, que le pedía por merced que el deanazgo que quedaba vacante lo diese a un hijo suyo. Y el electo le dijo que le rogaba que quisiese consentir que aquel deanazgo lo tuviese un hermano suyo; mas que él le haría bien, de manera que él quedase satisfecho, y que le rogaba que fuese con él para Santiago y que llevase a aquel hijo suyo. Don Illán dijo que lo haría.
Se fueron para Santiago. Cuando allí llegaron, fueron muy bien recibidos y muy honradamente. Y después que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mensajeros del Papa con sus cartas en las que le daba el obispado de Tolosa, y le hacía gracia de que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán oyó esto, recordándole muy encarecidamente lo que con él había pasado, le pidió merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consentiese que lo tuviese un tío suyo, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran agravio, pero que esto lo consentía con tal de que fuese seguro que se lo enmendaría adelante. Y el obispo le prometió en toda forma que lo haría así, y le rogó que fuese con él a Tolosa y que llevase a su hijo. Y cuando llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y después que hubieron morado allí hasta dos años, llegaron los mensajeros del Papa con sus cartas en las que le hacía el Papa cardenal y le hacía gracia de que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y le dijo que, pues tantas veces le había faltado a lo que con él había acordado, que ya no había lugar de ponerle excusa ninguna para no dar algunas de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal le rogó que consentiese que tuviese aquel obispado un tío suyo, hermano de su madre, que era hombre bueno anciano; mas que, pues él era cardenal, que se fuese con él a la Corte, que bastante había en qué hacerle bien. Y don Illán se quejó de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y se fue con él a la Corte.
Y cuando allí llegaron, fueron bien recibidos de los cardenales y de cuantos en la Corte había, y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán apremiaba cada día al cardenal que hiciese alguna gracia a su hijo, y él le ponía sus excusas.
Y estando así en la Corte, falleció el Papa; y todos los cardenales eligieron a aquel cardenal por Papa. Entonces fue a él don Illán y le dijo que ya no podía poner excusa de no cumplir lo que le había prometido. El Papa le dijo que no lo apremiase tanto, que siempre habría ocasión en que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, recordándole cuántas cosas le había prometido y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello temía desde la primera vez que con él habló, y pues a aquel estado había llegado y no le cumplía lo que le prometiera, que ya no le quedaba lugar en que esperase bien ninguno de él. De este apremio se quejó mucho el Papa y comenzó a maltratarlo diciéndole que si más lo apremiaba, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y encantador, que bien sabía que no tenía otra vida ni otro oficio en Toledo, donde él moraba, sino vivir de aquel arte de nigromancia.
Cuando don Illán vio cuán mal le agradecía el Papa lo que por él había hecho, se despidió de él, y ni siquiera quiso el Papa darle qué comer para el camino. Entonces don Illán dijo al Papa que pues no tenía otra cosa que comer, que tendría que volver a las perdices que mandó asar aquella noche, y llamó a la mujer y le dijo que asase las perdices.
Cuando esto dijo don Illán, se encontró el Papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que tuvo, que no supo qué decirle. Y don Illán le dijo que se fuese en buen hora y que bastante había probado lo que había en él, y que tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.
Y vos, señor conde Lucanor, pues veis que tanto hacéis por aquel hombre que os pide ayuda y no os da de ello mejores gracias, tengo que no tenéis por qué trabajar ni arriesgaros mucho por llevarlo a lugar en que os dé tal galardón como el deán dio a don Illán.
El conde tuvo esto por buen consejo, y lo hizo así, y se encontró bien con ello. Y porque entendió don Juan que era este muy buen ejemplo, lo hizo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Al que mucho ayudares y no te lo agradeciere,
menos ayuda tendrás de él cuando a gran honra subiere.
Y la historia de este ejemplo es esta que se sigue:
Ejemplo 12Lo que le ocurrió a un gallo con un raposo
El conde Lucanor hablaba con Patronio, su consejero, una vez de esta manera:
—Patronio, vos sabéis que, gracias a Dios, mi tierra es muy grande y no está toda junta en un solo lugar. Y aunque tengo muchos lugares que son muy fuertes, hay algunos que no lo son tanto, y también otros lugares que están bastante apartados de mi tierra donde tengo mayor poder. Y cuando tengo contienda con mis señores y con mis vecinos que tienen mayor poder que yo, muchos hombres que se me presentan por amigos, y otros que se me hacen consejeros, me meten grandes miedos y grandes espantos y me aconsejan que en ningún caso permanezca en aquellos lugares míos apartados, sino que me acoja y esté en los lugares más fuertes y que están bien dentro de mi poder; y porque yo sé que vos sois muy leal y sabéis mucho de tales cosas como estas, os ruego que me aconsejéis lo que os parece que me conviene hacer en esto.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, en los grandes hechos y muy dudosos son muy peligrosos los consejos, pues en la mayoría de los consejos no puede el hombre hablar con certeza, porque no es el hombre seguro de cómo pueden salir las cosas; pues muchas veces vemos que el hombre cree una cosa y resulta después otra; pues lo que el hombre cree que es mal, resulta a veces bien, y lo que el hombre cree que es bien, resulta a veces mal; y por eso, el que ha de dar consejo, si es hombre leal y de buena intención, está en muy grande aprieto cuando ha de aconsejar, pues si el consejo que da resulta bien, no tiene más gracias sino que dicen que cumplió con su deber al dar buen consejo; y si el consejo no resulta bien, siempre queda el consejero con daño y con vergüenza. Y por eso, este consejo, en el que hay muchas dudas y muchos peligros, me agradaría de corazón poder excusarme de no darlo, mas puesto que queréis que os aconseje, y no lo puedo excusar, os digo que querría mucho que supieseis cómo le ocurrió a un gallo con un raposo.
El conde le preguntó cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre bueno tenía una casa en la montaña, y entre las otras cosas que criaba en su casa, criaba siempre muchas gallinas y muchos gallos. Y ocurrió que uno de aquellos gallos andaba un día alejado de la casa por un campo, y andando él muy sin recelo, lo vio el raposo y vino muy escondidamente, pensando tomarlo. Y el gallo lo sintió y subió a un árbol que estaba bastante alejado de los otros. Cuando el raposo entendió que el gallo estaba a salvo, le pesó mucho porque no lo había podido tomar y pensó de qué manera podría arreglárselas para tomarlo. Y entonces se dirigió al árbol, y comenzó a rogarle y a halagarlo y a asegurarle que descendiese a andar por el campo como solía; y el gallo no lo quiso hacer. Y cuando el raposo entendió que por ningún halago lo podía engañar, comenzó a amenazarlo diciéndole que, puesto que no se fiaba de él, que él se las arreglaría para que se hallase mal. Y el gallo, entendiendo que estaba a salvo, no daba nada por sus amenazas ni por sus seguridades.
Y cuando el raposo entendió que por todas estas maneras no lo podía engañar, se dirigió al árbol y comenzó a roer en él con los dientes y a dar en él muy grandes golpes con la cola. Y el desdichado del gallo tomó miedo sin razón, no reparando en que aquel miedo que el raposo le causaba no le podía dañar, y se asustó en vano y quiso huir a los otros árboles en los que creía estar más seguro, mas no pudo llegar al monte, sino que llegó a otro árbol.
Y cuando el raposo entendió que tomaba miedo sin razón, fue tras él; y así lo llevó de árbol en árbol hasta que lo sacó del monte y lo tomó, y lo comió.
Y vos, señor conde Lucanor, es menester que, puesto que tan grandes hechos tenéis que enfrentar y os habéis de lanzar a ello, nunca toméis miedo sin razón, ni os asustéis en vano por amenazas, ni por dichos de ningunos, ni os fiéis en cosa de la que os pueda venir gran daño, ni gran peligro, y procurad siempre defender y amparar los lugares más extremos de vuestra tierra; y no creáis que tal hombre como vos, teniendo gentes y bastimentos, que por no ser el lugar muy fuerte, pudieseis tomar peligro ninguno. Y si con miedo o con recelo vano dejareis los lugares del extremo de vuestra tierra, estad seguro de que así os irán llevando de lugar en lugar hasta que os saquen de todo; pues cuanto vos y los vuestros mayor miedo y mayor desmayo mostraseis dejando vuestros lugares, tanto más se esforzarán vuestros contrarios para tomaros lo vuestro. Y cuando vos y los vuestros viereis a vuestros contrarios más esforzados, tanto más desmayaréis, y así irá yendo el pleito hasta que no os quede cosa en el mundo; mas si bien porfiareis sobre lo primero, estaréis seguro, como lo hubiera estado el gallo si hubiera permanecido en el primer árbol; y aun tengo que convendría a todos los que tienen fortalezas, si conociesen este ejemplo, pues no se asustarían sin razón cuando les metiesen miedo con engaños, o con cavas, o con castillos de madera, o con otras tales cosas que nunca las harían sino para espantar a los cercados. Y mayor cosa os diré para que veáis que os digo verdad. Nunca un lugar se puede tomar sino subiendo por el muro con escaleras o cavando el muro; pero si el muro es alto, no podrán llegar allá las escaleras. Y para cavarlo, bien creed que han menester gran vagar los que lo han de cavar. Y así, todos los lugares que se toman o es con miedo o por alguna falta que tienen los cercados, y lo demás es por miedo sin razón. Y ciertamente, señor conde, los tales como vos, y aun los otros que no son de tan gran estado como vos, antes de que comencéis la cosa, la debéis examinar e ir a ella con gran acuerdo, y no lo pudiendo ni debiendo excusar. Mas, una vez que en el pleito estuviereis, no es menester que por cosa del mundo toméis espanto ni miedo sin razón; al menos lo debéis hacer, porque es cierto que de los que están en los peligros, que muchos más escapan de los que se defienden, que de los que huyen. Al menos reparad en que si un perrillo al que quiere matar un gran alano, se está quieto y muestra los dientes, que muchas veces escapa, y por grande perro que sea, si huye, luego es tomado y muerto.
Al conde le agradó mucho todo esto que Patronio le dijo, e hizo así, y se halló muy bien de ello.
Y porque don Juan tuvo este por buen ejemplo, lo hizo poner en este libro, e hizo estos versos que dicen así:
No te asustes por cosa sin razón,
mas defiéndete bien con gran valor.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
Ejemplo 13Lo que le ocurrió a un hombre que cazaba perdices
Hablaba otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
—Patronio, algunos hombres de gran categoría, y otros que no lo son tanto, me hacen a veces enojos y daños en mi hacienda y en mis gentes, y cuando están ante mí, dan a entender que les pesa mucho porque lo tuvieron que hacer, y que no lo hicieron sino con muy gran necesidad y con muy gran aprieto y no pudiendo excusarlo. Y porque yo querría saber lo que debo hacer cuando tales cosas me hicieren, os ruego que me digáis lo que entendéis en ello.
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, esto que vos decís que os ocurre, sobre lo que me pedís consejo, se parece mucho a lo que le ocurrió a un hombre que tomaba perdices.
El conde le rogó que le dijese cómo había sido aquello.
—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre puso sus redes a las perdices; y cuando las perdices cayeron en la red, aquel que las cazaba llegó a la red en que yacían las perdices; y según las iba tomando, las mataba y las sacaba de la red, y al matar las perdices, le daba el viento en los ojos tan recio que le hacía llorar. Y una de las perdices que estaba viva en la red comenzó a decir a las otras:
—¡Ved, amigas, lo que hace este hombre! ¡Por mucho que nos mata, sabed que tiene gran dolor de nosotras, y por eso está llorando!
Y otra perdiz que estaba allí, más sabia que ella, y que con su sabiduría se había guardado de caer en la red, le respondió así:
—Amiga, mucho agradezco a Dios porque me guardó, y ruego a Dios que me guarde a mí y a todas mis amigas del que me quiere matar y hacer mal, y me da a entender que le pesa de mi daño.
Y vos, señor conde Lucanor, siempre guardaos del que viereis que os hace enojo y da a entender que le pesa por ello porque lo hace; pero si alguno os hiciere enojo, no por haceros daño ni deshonra, y el enojo no fuere cosa que os perjudique mucho, y el hombre fuere tal de quien hayáis tomado servicio o ayuda, y lo hiciere con aprieto o con necesidad en tales lugares, os aconsejo yo que cerréis el ojo en ello, pero de manera que no lo haga tantas veces que de ello se os siga daño ni vergüenza; mas si de otra manera lo hiciese contra vos, extrañadlo de tal manera que vuestra hacienda y vuestra honra siempre quede guardada.
El conde tuvo por buen consejo este que Patronio le daba e hizo así y se halló bien de ello.
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, mandó ponerlo en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Quien te hace mal mostrando gran pesar,
procura que de él te puedas guardar.
Y la historia de este ejemplo es esta que sigue:
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