
Novela victoriana
1812 – 1870 · Portsmouth, Londres y Kent
A los doce años pegaba etiquetas en botes de betún diez horas al día mientras su padre estaba en la cárcel por deudas. No se lo contó a nadie hasta el final de su vida, y lo escribió todo.
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Nació en Portsmouth, segundo de ocho hermanos, hijo de un funcionario de la Armada alegre y manirroto. En 1824 detuvieron a su padre por deudas y lo encerraron en la prisión de Marshalsea con casi toda la familia. Charles, que tenía doce años, se quedó fuera y entró a trabajar en una fábrica de betún: diez horas al día pegando etiquetas en botes, por seis chelines a la semana.
Duró unos meses, pero le marcó la vida entera. No se lo contó ni a su mujer ni a sus hijos: el único que lo supo fue su amigo John Forster, que lo publicó cuando Dickens ya había muerto. Todos los niños solos y explotados de sus novelas salen de allí.
Fue oficinista de un bufete, taquígrafo en los tribunales y cronista parlamentario, y con veinticuatro años se hizo famoso de golpe con «Los papeles póstumos del club Pickwick». A partir de ahí publicó por entregas durante treinta y cinco años sin fallar uno solo: cada número se esperaba como hoy un capítulo de serie.
Tuvo diez hijos con Catherine Hogarth y la dejó en 1858, en un escándalo que él mismo agrandó publicando un comunicado en la prensa; por medio andaba la joven actriz Ellen Ternan. Desde ese mismo año se dedicó a leer sus libros en público, giras agotadoras que le daban dinero y adoración y le iban gastando la salud.
En junio de 1865 sobrevivió al descarrilamiento de Staplehurst: ayudó a los heridos y volvió al vagón colgado del puente a rescatar el manuscrito de «Nuestro común amigo». Nunca se recuperó del todo. Murió de un derrame cinco años después, el mismo día del calendario, con «El misterio de Edwin Drood» a medias. Pidió un entierro discreto y lo enterraron en la abadía de Westminster.
Escribe en la Inglaterra que produce más riqueza que ningún país del mundo y tiene niños trabajando en las minas: las «hungry forties», los años del hambre. Las Leyes de Pobres de 1834 habían sustituido la ayuda a domicilio por el asilo, un sitio deliberadamente peor que el peor trabajo para que nadie quisiera ir. Ese es el mundo de Oliver Twist y el que Scrooge da por bueno cuando pregunta si no siguen funcionando las cárceles y los asilos.
Publicaba por entregas, y eso explica su forma de escribir: capítulos que terminan en el aire, tramas que crecen si el público responde, personajes secundarios que se hacen protagonistas porque gustaron. Escribía sin saber del todo cómo iba a acabar, y con miles de lectores esperando.
Aquí está «Canción de Navidad», el libro que dio forma a la Navidad tal como la celebramos.
Es su asunto de siempre y viene de su propia infancia: Oliver, David Copperfield, Pip, Tiny Tim. Nadie hizo tanto por convertir la infancia pobre en un problema del que había que hablar.
Scrooge, Fagin, Micawber, la señorita Havisham con el vestido de novia podrido. Los construye con un tic, una manera de hablar y una obsesión, y con eso bastan para durar siglo y medio.
Es lo más suyo y lo más difícil de imitar: la misma página que hace gracia deja el aguijón. En «Canción de Navidad» eso es el ganso de los Cratchit seguido de los dos niños bajo el manto.
La niebla de «Casa desolada», el río de «Nuestro común amigo», los patios sin salida de «Oliver Twist». La ciudad no es decorado: hace y deshace vidas.
Publicaba mientras escribía, mes a mes, y adaptaba el rumbo a la reacción del público. De ahí los finales de capítulo en suspense y la sensación de que sus novelas respiran a la vez que su lector.
Empieza por «Canción de Navidad», que es lo que hay aquí y además la puerta de entrada natural: cinco estrofas cortas, unas dos horas, y está todo Dickens dentro —el humor, los personajes de un trazo, la denuncia y el final feliz que se ha ganado.
Léelo en voz alta si puedes. Está escrito para eso: él mismo lo leyó en público más de cien veces y era su número estrella.
Después, si quieres seguir con relatos cortos de la misma familia, aquí están Noches blancas de Dostoievski y La muerte de Iván Ilich de Tolstói. Y si prefieres novela larga del XIX, Marianela.
Aquí está «Canción de Navidad», que es su libro más leído y el más fácil de empezar. Falta todo lo demás, que es una biblioteca: «Oliver Twist», «David Copperfield», «Grandes esperanzas», «Casa desolada», «Historia de dos ciudades» y los otros cuentos de Navidad que escribió después aprovechando el éxito de este.
Para seguir por el Londres victoriano está aquí Stevenson, y para la otra cara del mismo siglo, Oscar Wilde. Su equivalente español, el novelista que también contó la ciudad y a los que no salen en los libros, es Galdós.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Era el seudónimo con el que firmó sus primeros artículos, «Sketches by Boz». Venía del apodo familiar de un hermano pequeño.
Sí. A los doce años, mientras su padre estaba preso por deudas, estuvo unos meses pegando etiquetas en botes de betún por seis chelines a la semana. Lo mantuvo en secreto toda su vida.
Porque era el modelo del mercado: cuadernillos mensuales baratos que llegaban a mucha más gente que un libro. Le obligaba a escribir contra reloj y le permitía reaccionar a lo que gustaba.
No hay acuerdo. «David Copperfield» era su favorita, «Casa desolada» y «Grandes esperanzas» son las que más defiende la crítica, y «Canción de Navidad» es, con diferencia, la más leída.
No la inventó, pero le dio la forma que tiene. En 1843 la fiesta estaba en declive en Inglaterra, y el éxito del libro contribuyó decisivamente a convertirla en la celebración familiar y caritativa de hoy.