
Novela victoriana
1850 – 1894 · Edimburgo y Samoa
Enfermo del pecho toda su vida, recorrió medio mundo buscando un clima que lo dejara respirar y murió a los cuarenta y cuatro en una isla del Pacífico.
1 obra suya en Clasicalia, completa y gratis.
Nació en Edimburgo, hijo y nieto de constructores de faros. Estudió ingeniería para seguir el oficio familiar y lo dejó por el Derecho, y el Derecho por la literatura, con el consiguiente disgusto del padre. Fue tuberculoso desde niño.
En Francia conoció a Fanny Osbourne, estadounidense, diez años mayor y casada. Cuando ella volvió a California, él cruzó el Atlántico en tercera clase y luego el continente en tren, casi sin dinero; llegó medio muerto y se casó con ella en 1880.
Escribió «La isla del tesoro» para entretener a su hijastro y «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde» en unos días, tras un sueño; según Fanny, quemó el primer borrador y lo rehizo entero. Buscando aire, acabó instalándose en Samoa, donde los isleños lo llamaban Tusitala, «el que cuenta historias». Murió allí de una hemorragia cerebral a los cuarenta y cuatro años.
El Londres victoriano de la novela es una ciudad con dos caras: la respetabilidad de los clubes de caballeros de día y los barrios sin ley de noche. «Jekyll y Hyde» se publicó en 1886, dos años antes de los crímenes de Whitechapel, y la coincidencia disparó su fama.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
Jekyll y Hyde no son dos personas: son el reconocimiento de que uno mismo ya es dos. Es la formulación literaria de algo que la psicología tardaría décadas en decir.
Jekyll no fabrica la poción por curiosidad científica, sino porque la vida decente que lleva le resulta insoportable. El monstruo es la salida de emergencia.
La novela está montada como una investigación: se sigue a un abogado que va reuniendo indicios. El lector victoriano llegaba al final sin saber el secreto, que hoy todo el mundo conoce de antemano.
En «La isla del tesoro» inventó buena parte de los tópicos piratas —el mapa con la cruz, el loro, la pata de palo— y demostró que un libro de aventuras podía estar magníficamente escrito.
Empieza por «Jekyll y Hyde» y léelo de una sentada: son unas cien páginas y funciona como un mecanismo de relojería.
Merece la pena leerlo fijándose en la estructura, ya que la sorpresa está gastada: casi todo se cuenta desde fuera, por Utterson, y solo al final aparecen la carta del doctor Lanyon y la confesión de Jekyll. Ese orden es lo que sostiene la tensión.
Después, «La isla del tesoro», que se lee en dos tardes y es puro placer.
Aquí está «El doctor Jekyll y el señor Hyde». Faltan «La isla del tesoro», «Secuestrado», «El señor de Ballantrae» y «Weir de Hermiston», la novela que dejó a medias el día que murió y que muchos consideran su mejor página.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Robert Louis Stevenson, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Más bien es un relato de misterio con final fantástico. El miedo no viene de sustos, sino de la idea.
Según su mujer, tres días el primer borrador, que quemó, y otros tres la versión definitiva. Estaba muy enfermo mientras lo hacía.
Stevenson nunca lo describe con precisión: todos los personajes dicen que produce repulsión sin saber explicar por qué. Es deliberado.
«La isla del tesoro» funciona muy bien a partir de los doce. «Jekyll y Hyde» se lee igual de bien a los quince que a los cincuenta, con lecturas distintas.
Vivió allí sus últimos años y quiso quedarse. Los samoanos abrieron un camino hasta la cima del monte Vaea para subir el féretro.