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Parte 3Rimas XXX-LI: el desengaño

Rimas y leyendas · Gustavo Adolfo Bécquer · 11 min de lectura

RimaXXX

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

Habló el orgullo y se enjugó su llanto,

Y la frase en mis labios espiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;

Pero al pensar en nuestro mutuo amor,

Yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?

Y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?

RimaXXXI

Nuestra pasión fue un trágico sainete

En cuya absurda fábula

Lo cómico y lo grave confundidos

Risas y llanto arrancan.

Pero fue lo peor de aquella historia

Que al fin de la jornada,

A ella tocaron lágrimas y risas,

Y a mí sólo las lágrimas!

RimaXXXII

Pasaba arrolladora en su hermosura,

Y el paso la dejé;

Ni aun a mirarla me volví, y no obstante

Algo a mi oído murmuró: «esa es».

¿Quién reunió la tarde a la mañana?

Lo ignoro: sólo sé

Que en una breve noche de verano

Se unieron los crepúsculos, y... «fue».

RimaXXXIII

Es cuestión de palabras, y no obstante

Ni tú ni yo jamás,

Después de lo pasado, convendremos

En quién la culpa está.

¡Lástima que el amor un diccionario

No tenga donde hallar

Cuándo el orgullo es simplemente orgullo,

Y cuándo es dignidad!

RimaXXXIV

Cruza callada, y son sus movimientos

Silenciosa armonía:

Suenan sus pasos y, al sonar, recuerdan

Del himno alado la cadencia rítmica.

Los ojos entreabre, aquellos ojos

Tan claros como el día;

Y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,

Arden con nueva luz en sus pupilas.

Ríe, y su carcajada tiene notas

Del agua fugitiva;

Llora, y es cada lágrima un poema

De ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,

El color y la línea,

La forma, engendradora de deseos,

La expresión, fuente eterna de poesía.

¿Que es estúpida?... ¡Bah! mientras, callando

Guarde oscuro el enigma,

Siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla

Más que lo que cualquiera otra me diga.

RimaXXXV

¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día

Me admiró tu cariño mucho más;

Porque lo que hay en mí que vale algo,

Eso... ¡ni lo pudiste sospechar!

RimaXXXVI

de nuestros agravios en un libro

Se escribiese la historia,

Y se borrase en nuestras almas cuanto

Se borrase en sus hojas;

Te quiero tanto aún, dejó en mi pecho

Tu amor huellas tan hondas,

Que sólo con que tú borrases una,

Las borraba yo todas!

RimaXXXVII

Antes que tú me moriré: escondido

En las entrañas ya

El hierro llevo con que abrió tu mano

La ancha herida mortal!

Antes que tú me moriré: y mi espíritu

En su empeño tenaz,

Sentándose a las puertas de la muerte,

Allí te esperará.

Con las horas los días, con los días

Los años volarán,

Y a aquella puerta llamarás al cabo...

¿Quién deja de llamar?

Entonces, que tu culpa y tus despojos

La tierra guardará,

Lavándote en las ondas de la muerte

Como en otro Jordán;

Allí, donde el murmullo de la vida

Temblando a morir va,

Como la ola que a la playa viene

Silenciosa a espirar;

Allí, donde el sepulcro que se cierra

Abre una eternidad...

Todo cuanto los dos hemos callado

Lo tenemos que hablar!

RimaXXXVIII

Los suspiros son aire, y van al aire.

Las lágrimas son agua, y van al mar.

Díme, mujer: cuando el amor se olvida,

¿Sabes tú adónde va?

RimaXXXIX

¿A qué me lo decís? lo sé: es mudable,

Es altanera y vana y caprichosa;

Antes que el sentimiento de su alma,

Brotará el agua de la estéril roca.

Sé que en su corazón, nido de sierpes,

No hay una fibra que al amor responda;

Que es una estatua inanimada... pero...

Es tan hermosa!

RimaXL

Su mano entre mis manos,

Sus ojos en mis ojos,

La amorosa cabeza

Apoyada en mi hombro,

¡Dios sabe cuántas veces

Con paso perezoso,

Hemos vagado juntos

Bajo los altos olmos,

Que de su casa prestan

Misterio y sombra al pórtico!

Y ayer... un año apenas

Pasado como un soplo,

¡Con qué exquisita gracia,

Con qué admirable aplomo,

Me dijo, al presentarnos

Un amigo oficioso:

«—Creo que en alguna parte

He visto a usted.—» ¡Ah! bobos,

Que sois de los salones

Comadres de buen tono,

Y andáis por allí a caza

De galantes embrollos;

¡Qué historia habéis perdido!

¡Qué manjar tan sabroso

Para ser devorado

Sotto voce en un corro,

Detrás del abanico

De plumas y de oro!

. . . . . . . . .

¡Discreta y casta luna,

Copudos y altos olmos,

Paredes de su casa,

Umbrales de su pórtico,

Callad, y que el secreto

No salga de vosotros!

Callad; que por mi parte

Lo he olvidado todo:

Y ella... ella... ¡no hay máscara

Semejante a su rostro!

RimaXLI

Tú eras el huracán, y yo la alta

Torre que desafía su poder;

¡Tenías que estrellarte o abatirme!...

¡No pudo ser!

Tú eras el Oceano, y yo la enhiesta

Roca que firme aguarda su vaivén:

¡Tenías que romperte o que arrancarme!...

¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

Uno a arrollar, el otro a no ceder;

La senda estrecha, inevitable el choque...

¡No pudo ser!

RimaXLII

Cuando me lo contaron sentí el frío

De una hoja de acero en las entrañ

Me apoyé contra el muro, y un instante

La conciencia perdí de donde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche;

En ira y en piedad se anegó el alma...

¡Y entonces comprend por qué se llora,

Y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor... con pena

Logré balbucear breves palabras...

¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...

¡Me hacía un gran favor!... Le dí las gracias.

RimaXLIII

Dejé la luz a un lado, y en el borde

De la revuelta cama me senté,

Mudo, sombrío, la pupila inmóvil

Clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme

La embriaguez horrible del dolor,

Espiraba la luz, y en mis balcones

Reía el sol.

Ni sé tampoco en tan terribles horas

En qué pensaba o qué pasó por mí;

Sólo recuerdo que lloré y maldije,

Y que en aquella noche envejecí.

RimaXLIV

Como en un libro abierto

Leo de tus pupilas en el fondo;

¿A qué fingir el labio

Risas que se desmienten con los ojos?

¡Llora! No te avergüences

De confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!

RimaXLV

En la clave del arco mal seguro,

Cuyas piedras el tiempo enrojeció,

Obra de cincel rudo, campeaba

El gótico blasón.

Penacho de su yelmo de granito,

La hiedra que colgaba en derredor

Daba sombra al escudo, en que una mano

Tenía un corazón.

A contemplarle en la desierta plaza

Nos paramos los dos:

Y «ése, me dijo, es el cabal emblema

De mi constante amor».

¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:

Verdad que el corazón

Lo llevará en la mano... en cualquier parte...

Pero en el pecho, no.

RimaXLVI

Me ha herido recatándose en las sombras,

Sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello, y por la espalda

Partióme a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino,

Feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?

Porque no brota sangre de la herida...

¡Porque el muerto está en pie!

RimaXLVII

Yo me he asomado a las profundas simas

De la tierra y del cielo,

Y les he visto el fin o con los ojos,

O con el pensamiento.

Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo,

Y me incliné por verlo,

Y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡Tan hondo era y tan negro!

RimaXLVIII

Como se arranca el hierro de una herida

Su amor de las entrañas me arranqué,

Aunque sentí, al hacerlo, que la vida

Me arrancaba con él.

Del altar que la alcé en el alma mía

La voluntad su imagen arrojó,

Y la luz de la fe que en ella ardía

Ante el ara desierta se apagó.

Aun para combatir mi firme empeño

Viene a mi mente su visión tenaz...

¡Cuando podré dormir con ese sueño

En que acaba el soñar!

RimaXLIX

Alguna vez la encuentro por el mundo

Y pasa junto a mí:

Y pasa sonriéndose, y yo digo:

¿Cómo puede reir?

Luego asoma a mi labio otra sonrisa,

Máscara del dolor,

Y entonces pienso:—¡Acaso ella se ríe

Como me río yo!

RimaL

Lo que el salvaje que con torpe mano

Hace de un tronco a su capricho un dios,

Y luego ante su obra se arrodilla,

Eso hicimos tú y yo.

RimaLI

De lo poco de vida que me resta

Diera con gusto los mejores años,

Por saber lo que a otros

De mí has hablado.

Y esta vida mortal... y de la eterna

Lo que me toque, si me toca algo,

Por saber lo que a solas

De mí has pensado.

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