Libro tercero
Capítulo1Para que una secta o una república vivan mucho tiempo, es necesario volver a llevarlas con frecuencia hacia su principio
Es cosa muy cierta que todas las cosas del mundo tienen el término de su vida; pero aquellas recorren todo el curso que les está ordenado por el cielo, en general, que no desorganizan su cuerpo, sino que lo mantienen ordenado, o bien de modo que no se altera, o, si se altera, es para su salud y no para su daño. Y puesto que hablo de cuerpos mixtos, como son las repúblicas y las sectas, digo que aquellas alteraciones son saludables que las reconducen hacia sus principios. Y por eso están mejor ordenadas y tienen vida más larga las que mediante sus instituciones pueden renovarse con frecuencia; o bien que, por algún accidente ajeno a dicha institución, llegan a dicha renovación. Y es cosa más clara que la luz que, si no se renuevan, estos cuerpos no duran. El modo de renovarlos es, como se ha dicho, reconducirlos hacia sus principios. Porque es necesario que todos los principios de las sectas, de las repúblicas y de los reinos tengan en sí alguna bondad, mediante la cual recuperan la primera reputación y el primer crecimiento. Y puesto que en el transcurso del tiempo esa bondad se corrompe, si no interviene algo que la devuelva a su lugar, ese cuerpo muere necesariamente. Y estos doctores de medicina dicen, hablando de los cuerpos de los hombres, «quod quotidie aggregatur aliquid, quod quandoque indiget curatione». Esta reconducción hacia el principio, hablando de las repúblicas, se hace o por accidente extrínseco o por prudencia intrínseca. En cuanto a lo primero, se ve cómo era necesario que Roma fuese tomada por los franceses, para que renaciera y renaciendo recobrase nueva vida y nueva virtud; y recobrase la observancia de la religión y de la justicia, que en ella comenzaban a mancharse. Lo cual se comprende muy bien en la historia de Livio, donde él muestra que al sacar el ejército contra los franceses y al crear los tribunos con potestad consular, no observaron ninguna ceremonia religiosa. Así mismo, no solamente no castigaron a los tres Fabios, que «contra ius gentium» habían combatido contra los franceses, sino que los nombraron tribunos. Y debe suponerse fácilmente que de las otras buenas constituciones, ordenadas por Rómulo y por aquellos otros príncipes prudentes, se comenzaba a tener menos cuenta de lo que era razonable y necesario para mantener el vivir libre. Vino, pues, esta sacudida extrínseca, para que todas las instituciones de aquella ciudad se retomaran, y se mostrase a aquel pueblo que no solamente era necesario mantener la religión y la justicia, sino también estimar a sus buenos ciudadanos, y hacer más caso de su virtud que de aquellas comodidades que les parecía echarles en falta mediante sus obras. Lo cual se ve que sucedió exactamente; porque, apenas recuperada Roma, renovaron todas las instituciones de su antigua religión; castigaron a aquellos Fabios que habían combatido «contra ius gentium»; y después estimaron tanto la virtud y bondad de Camilo, que, el Senado y los demás, dejando a un lado toda envidia, ponían en él todo el peso de aquella república. Es necesario, pues, como se ha dicho, que los hombres que viven juntos en cualquier orden se examinen con frecuencia, ya sea por estos accidentes extrínsecos o por los intrínsecos. Y en cuanto a estos, conviene que nazcan o de una ley, que con frecuencia pida cuentas a los hombres que están en ese cuerpo; o bien de un hombre bueno que nazca entre ellos, que con sus ejemplos y con sus obras virtuosas haga el mismo efecto que la institución. Surge, pues, este bien en las repúblicas, o por virtud de un hombre o por virtud de una institución. Y en cuanto a esto último, las instituciones que llevaron la república romana hacia su principio fueron los tribunos de la plebe, los censores, y todas las otras leyes que iban contra la ambición y la insolencia de los hombres. Estas instituciones necesitan ser hechas vivas por la virtud de un ciudadano, que animosamente concurre a ejecutarlas contra el poder de aquellos que las transgreden. De estas ejecuciones, antes de la toma de Roma por los franceses, fueron notables la muerte de los hijos de Bruto, la muerte de los diez ciudadanos, la de Melio el proveedor de trigo: después de la toma de Roma, fue la muerte de Manlio Capitolino, la muerte del hijo de Manlio Torcuato, la ejecución de Papirio Cursor contra Fabio su maestro de caballería, la acusación de los Escipiones. Estas cosas, porque eran excesivas y notables, cada vez que nacía una, hacían a los hombres retornar hacia el lugar correcto: y cuando comenzaron a ser más raras, comenzaron también a dar más espacio a los hombres para corromperse, y hacerse con mayor peligro y más tumulto. Porque de una a otra de semejantes ejecuciones no debería pasar, como mucho, diez años: porque, pasado ese tiempo, los hombres comienzan a variar con las costumbres y transgredir las leyes; y si no nace algo por lo cual se les traiga a la memoria la pena, y se renueve en sus ánimos el miedo, concurren pronto tantos delincuentes, que no se pueden ya castigar sin peligro. Decían, a este propósito aquellos que habían gobernado el estado de Florencia desde 1434 hasta 1494, que era necesario retomar cada cinco años el estado, de otro modo, era difícil mantenerlo: y llamaban retomar el estado, poner aquel terror y aquel miedo en los hombres que habían puesto al tomarlo, habiendo en aquel tiempo castigado a aquellos que habían, según aquel modo de vivir, obrado mal. Pero como de aquella sacudida la memoria se apaga, los hombres cobran ánimo para intentar cosas nuevas, y para hablar mal; y por eso es necesario proveer, retornando aquello hacia sus principios. Nace también este retorno de las repúblicas hacia su principio de la simple virtud de un hombre, sin depender de ninguna ley que te estimule a alguna ejecución: no obstante son de tal reputación y de tanto ejemplo, que los hombres buenos desean imitarlas y los malos se avergüenzan de llevar vida contraria a aquellas. Los que en Roma particularmente hicieron estos buenos efectos, fueron Horacio Cocles, Escévola, Fabricio, los dos Decios, Régulo Atilio, y algunos otros que con sus ejemplos raros y virtuosos hacían en Roma casi el mismo efecto que harían las leyes y las instituciones. Y si las ejecuciones arriba escritas, junto con estos ejemplos particulares, se hubiesen seguido al menos cada diez años en aquella ciudad, de necesidad se seguiría que nunca se habría corrompido: pero como comenzaron a espaciarse una y otra de estas dos cosas, comenzaron a multiplicarse las corrupciones. Porque después de Marco Régulo no se vio allí ningún ejemplo semejante: y aunque en Roma surgieron los dos Catones, fue tanta la distancia de aquel a ellos, y entre ellos de uno a otro, y quedaron tan solos, que no pudieron con los buenos ejemplos hacer ninguna obra buena; y principalmente el último Catón, que, encontrando la ciudad en buena parte corrompida, no pudo con su ejemplo hacer que los ciudadanos se volvieran mejores. Y esto baste en cuanto a las repúblicas.
Pero en cuanto a las sectas, se ve también que estas renovaciones son necesarias, por el ejemplo de nuestra religión, la cual, si no hubiese sido llevada de vuelta hacia su principio por san Francisco y por santo Domingo estaría del todo extinta. Porque estos, con la pobreza y con el ejemplo de la vida de Cristo, la devolvieron a la mente de los hombres, que ya estaba extinta: y fueron tan potentes sus nuevas instituciones, que son causa de que la deshonestidad de los prelados y de los jefes de la religión no la arruinen; viviendo aún pobremente, y teniendo tanto crédito en las confesiones con los pueblos y en las predicaciones, que les dan a entender que es malo decir mal del mal, y que es bueno vivir bajo su obediencia, y, si cometen error, dejar que Dios los castigue: y así aquellos hacen lo peor que pueden, porque no temen aquel castigo que no ven y no creen. Ha, pues, esta renovación mantenido, y mantiene, esta religión.
Los reinos también tienen necesidad de renovarse y reconducir sus leyes hacia sus principios. Y se ve cuán buen efecto produce esto en el reino de Francia, el cual vive bajo las leyes y bajo las instituciones más que ningún otro reino. De estas leyes e instituciones son garantes los parlamentos, y sobre todo el de París, los cuales las renuevan cada vez que ejecutan a un príncipe de aquel reino o condenan al rey en sus sentencias. Y hasta ahora se ha mantenido por haber sido un ejecutor obstinado contra aquella nobleza; pero en cuanto dejase alguna sin castigo y estas llegasen a multiplicarse, sin duda nacería de ello que habría que corregirlas con gran desorden o que aquel reino se disolvería.
Se concluye, por tanto, que no hay cosa más necesaria en una comunidad, ya sea secta, reino o república, que devolverle aquella reputación que tenía en sus principios, y procurar que sean las buenas instituciones o los hombres buenos quienes produzcan este efecto, y que no tenga que hacerlo una fuerza exterior. Porque, aunque a veces esta sea un remedio óptimo, como lo fue en Roma, es tan peligrosa que no es en modo alguno deseable. Y para mostrar a cualquiera cuánto las acciones de los hombres particulares engrandecieron Roma y causaron en aquella ciudad muchos buenos efectos, pasaré a la narración y al análisis de aquellas: dentro de cuyos límites concluirá este tercer libro y última parte de esta primera década. Y aunque las acciones de los reyes fueron grandes y notables, no obstante, al tratarlas la historia difusamente, las dejaré atrás; ni hablaré de ellos sino solo de alguna cosa que hubieran hecho perteneciente a sus intereses privados; y comenzaré por Bruto, padre de la libertad romana.
Capítulo2Cómo es cosa sapientísima simular a tiempo la locura
No hubo nadie nunca tan prudente ni tan estimado sabio por alguna de sus egregias acciones como merece ser considerado Junio Bruto en su simulación de la estupidez. Y aunque Tito Livio no exprese otra causa que lo indujese a tal simulación sino la de poder vivir más seguro y mantener su patrimonio, no obstante, considerando su modo de proceder, se puede creer que simulaba también esto para ser menos observado y tener más facilidad de oprimir a los reyes y liberar a su patria en cuanto se le diese ocasión. Y que pensaba en esto se vio, primero, al interpretar el oráculo de Apolo, cuando simuló caer para besar la tierra, juzgando por ello tener favorables a los dioses para sus pensamientos; y después, cuando, sobre la muerta Lucrecia, entre el padre y el marido y otros parientes de ella, él fue el primero en sacarle el cuchillo de la herida y hacer jurar a los circundantes que nunca soportarían que, en el futuro, alguien reinase en Roma. Del ejemplo de este han de aprender todos aquellos que están descontentos de un príncipe: y deben primero medir y primero pesar sus fuerzas; y si son tan potentes que puedan descubrirse enemigos suyos y hacerle abiertamente la guerra, deben entrar por esta vía, como menos peligrosa y más honorable. Pero si son de tal condición que para hacerle guerra abierta las fuerzas no les basten, deben con toda diligencia procurar hacerse amigos suyos; y a este fin entrar por todos aquellos caminos que juzguen necesarios, siguiendo sus gustos y tomando deleite en todas aquellas cosas que ven que a él le deleitan. Esta familiaridad, primero, te hace vivir seguro; y sin traerte peligro alguno, te hace gozar de la buena fortuna de aquel príncipe junto con él, y te procura toda facilidad de satisfacer tu ánimo. Es verdad que algunos dicen que no se debería con los príncipes estar tan cerca que su ruina te cubra, ni tan lejos que, al arruinarse ellos, tú no estés a tiempo de subir sobre su ruina: esta vía del medio sería la más verdadera, si se pudiese observar; pero porque yo creo que es imposible, conviene reducirse a los dos modos antes escritos, es decir, o alejarse o estrecharse con ellos. Quien hace lo contrario, y sea hombre notable por su condición, vive en continuo peligro. Ni basta decir: «No me preocupo de cosa alguna, no deseo ni honores ni beneficios, quiero vivir tranquilo y sin problemas», porque estas excusas son oídas y no aceptadas; ni pueden los hombres que tienen cualidades elegir el estarse quietos, aunque lo eligieran verdaderamente y sin ambición alguna, porque no se les cree; de modo que, si se quieren estar quietos ellos, no son dejados estar por otros. Conviene, pues, hacerse el loco como Bruto; y bastante se hace el loco alabando, hablando, viendo, haciendo cosas contra tu ánimo para complacer al príncipe. Y puesto que hemos hablado de la prudencia de este hombre para recuperar la libertad a Roma, hablaremos ahora de su severidad para mantenerla.
Capítulo3Cómo es necesario, para mantener una libertad recién conquistada, matar a los hijos de Bruto
No fue menos necesaria que útil la severidad de Bruto para mantener en Roma aquella libertad que él había conquistado; lo cual es un ejemplo raro en todas las memorias de las cosas: ver al padre sentado pro tribunali, y no solo condenar a sus hijos a muerte sino estar presente en su muerte. Y siempre conocerán esto quienes lean las cosas antiguas: que tras una mudanza de Estado, ya sea de república en tiranía o de tiranía en república, es necesaria una ejecución memorable contra los enemigos de las condiciones presentes. Y quien toma una tiranía y no mata a Bruto, y quien hace un Estado libre y no mata a los hijos de Bruto, se mantiene poco tiempo. Y porque arriba se trató este tema largamente, me remito a lo que entonces se dijo: solo aduciré aquí un ejemplo memorable ocurrido en nuestros días y en nuestra patria. Y este es Piero Soderini, el cual creyó superar con su paciencia y bondad aquel apetito que había en los hijos de Bruto de volver bajo otro gobierno, y se engañó. Y aunque él, por su prudencia, conocía esta necesidad; y que la suerte y la ambición de aquellos que lo empujaban le daban ocasión de suprimirlos, nunca quiso tener ánimo de hacerlo. Porque, además de creer poder con la paciencia y con la bondad extinguir los malos humores y con los premios hacia alguno consumir alguna enemistad suya, juzgaba (y muchas veces dio fe de ello con los amigos) que, para combatir vigorosamente sus oposiciones y abatir a sus adversarios, le era necesario tomar autoridad extraordinaria y romper con las leyes la igualdad civil; cosa que, aunque después no fuese usada por él tiránicamente, habría espantado tanto al pueblo que nunca después habría concurrido, tras la muerte de aquel, a rehacer un gonfaloniero vitalicio; institución que él juzgaba que era bueno aumentar y mantener. Esta consideración era sabia y buena; no obstante, nunca se debe dejar correr un mal en consideración de un bien cuando aquel bien pueda fácilmente ser oprimido por aquel mal. Y debía creer que, habiéndose de juzgar sus obras y su intención por el fin, cuando la fortuna y la vida lo hubiesen acompañado, habría podido certificar a cualquiera que lo que había hecho era por la salvación de la patria y no por ambición suya, y habría podido regular las cosas de modo que un sucesor suyo no pudiese hacer por mal lo que él habría hecho por bien. Pero lo engañó la primera opinión, no conociendo que la malignidad no es domada por el tiempo ni aplacada por ningún don. Tanto que, por no saber parecerse a Bruto, perdió, junto con su patria, el Estado y la reputación. Y como es cosa difícil salvar un Estado libre, así es difícil salvar uno regio, como en el siguiente capítulo se mostrará.
Capítulo4No vive seguro un príncipe en un principado mientras vivan aquellos que han sido despojados de él
La muerte de Tarquinio Prisco causada por los hijos de Anco, y la muerte de Servio Tulio causada por Tarquinio Soberbio, muestra cuán difícil es, y peligroso, despojar a uno del reino y dejarlo vivo, aunque se buscase con méritos ganárselo. Y se ve cómo Tarquinio Prisco fue engañado al parecerle poseer aquel reino jurídicamente, habiéndoselo dado el pueblo y confirmado el Senado; ni creyó que en los hijos de Anco pudiese tanto el despecho que no hubieran de contentarse con aquello de lo que se contentaba toda Roma. Y Servio Tulio se engañó creyendo poder ganarse con nuevos méritos a los hijos de Tarquinio. De modo que, en cuanto al primero, se puede advertir a todo príncipe que no viva nunca seguro de su principado mientras vivan aquellos que han sido despojados de él. En cuanto al segundo, se puede recordar a todo poderoso que nunca las injurias viejas fueron canceladas por los beneficios nuevos, y tanto menos cuanto el beneficio nuevo es menor de lo que ha sido la injuria. Y sin duda Servio Tulio fue poco prudente al creer que los hijos de Tarquinio fuesen pacientes con ser yernos de aquel de quien juzgaban deber ser reyes. Y este apetito de reinar es tan grande que no solo entra en los pechos de aquellos a quienes corresponde el reino, sino de quienes no les corresponde: como fue en la mujer de Tarquinio, joven, hija de Servio; la cual, movida por esta rabia, contra toda piedad filial, movió al marido contra el padre para quitarle la vida y el reino: tanto estimaba más ser reina que hija de rey. Si, pues, Tarquinio Prisco y Servio Tulio perdieron el reino por no saber asegurarse de aquellos a quienes lo habían usurpado, Tarquinio Soberbio lo perdió por no observar las instituciones de los reyes antiguos, como en el siguiente capítulo se mostrará.
Capítulo5Lo que hace perder un reino a un rey que es heredero del mismo
Habiendo Tarquino el Soberbio matado a Servio Tulio, y no quedando de él herederos, llegó a poseer el reino con seguridad, sin tener que temer aquellas cosas que habían ofendido a sus antecesores. Y, aunque el modo de ocupar el reino hubiera sido extraordinario y odioso, si él hubiera observado las antiguas normas de los otros reyes, habría sido tolerado, y no se habrían levantado contra él el Senado y la plebe para quitarle el poder. No fue expulsado, pues, por haber violado su hijo Sexto a Lucrecia, sino por haber roto las leyes del reino y haberlo gobernado tiránicamente; habiendo quitado al Senado toda autoridad y habiéndola reducido a sí mismo; y aquellos asuntos que en los lugares públicos se trataban con satisfacción del Senado romano, los redujo a tratar en su palacio, con cargo y odio para sí; de modo que en poco tiempo despojó a Roma de toda aquella libertad que había mantenido bajo los otros reyes. Ni le bastó con hacerse enemigo de los Padres, sino que se atrajo también contra sí a la plebe, fatigándola en cosas mecánicas y totalmente ajenas a aquello en que la habían empleado sus antecesores: de tal modo que, habiendo llenado Roma de ejemplos crueles y soberbios, había dispuesto ya los ánimos de todos los romanos a la rebelión, en cuanto tuvieran ocasión. Y, si no hubiera venido el incidente de Lucrecia, en cuanto hubiera surgido otro cualquiera, habría producido el mismo efecto. Porque si Tarquino hubiera vivido como los otros reyes, y su hijo Sexto hubiera cometido aquel error, Bruto y Colatino habrían recurrido a Tarquino para vengarse de Sexto, y no al pueblo romano. Sepan, pues, los príncipes que empiezan a perder el poder en el momento en que empiezan a romper las leyes, y aquellas costumbres y aquellos usos que son antiguos, y bajo los cuales largo tiempo han vivido los hombres. Y si, privados ya del poder, llegaran a ser alguna vez tan prudentes que conocieran con qué facilidad se mantienen los principados por parte de quienes se aconsejan sabiamente, les dolería mucho más aquella pérdida, y se condenarían a sí mismos a mayor pena de la que otros los condenaran. Porque es mucho más fácil ser amado por los buenos que por los malos, y obedecer a las leyes que querer mandarlas. Y queriendo entender el modo que habrían de seguir para hacer esto, no tienen que fatigarse más que tomar como espejo la vida de los príncipes buenos, como serían Timoleón el Corintio, Arato el Sicioneo, y semejantes: en cuya vida encontrarían tanta seguridad y tanta satisfacción de quien gobierna y de quien es gobernado, que debería entrarles ganas de imitarlos, pudiendo fácilmente, por las razones dichas, hacerlo. Porque los hombres, cuando son bien gobernados, no buscan ni quieren otra libertad: como sucedió a los pueblos gobernados por los dos antes nombrados, que los obligaron a ser príncipes mientras vivieron, aunque por ellos se intentara muchas veces volver a la vida privada. Y porque en este y en los dos capítulos anteriores se ha hablado de los ánimos levantados contra los príncipes, y de las conjuras hechas por los hijos de Bruto contra la patria, y de las hechas contra Tarquino Prisco y contra Servio Tulio; no me parece cosa fuera de propósito hablar de ello extensamente en el siguiente capítulo, siendo materia digna de ser notada por los príncipes y por los privados.
Capítulo6De las conjuras
No me ha parecido que deba dejar atrás el hablar de las conjuras, siendo cosa tan peligrosa para los príncipes y para los privados; porque se ve que por ellas muchos más príncipes han perdido la vida y el poder que por guerra abierta. Porque el poder hacer guerra abierta a un príncipe está concedido a pocos: el poder conjurar contra él está concedido a cualquiera. Por otra parte, los hombres privados no entran en empresa más peligrosa ni más temeraria que esta; porque es difícil y peligrosísima en todas sus partes. De donde resulta que muchas se intentan, y poquísimas tienen el fin deseado. Para que, pues, los príncipes aprendan a guardarse de estos peligros, y para que los privados más tímidamente se metan en ellos, antes bien aprendan a estar contentos con vivir bajo aquel imperio que la suerte les ha propuesto, hablaré de ello extensamente, sin dejar atrás ningún caso notable como enseñanza de unos y otros. Y verdaderamente, aquella sentencia de Cornelio Tácito es áurea, que dice: que los hombres deben honrar las cosas pasadas y obedecer a las presentes; y deben desear buenos príncipes, y, sea cual sea como se hayan hecho, tolerarlos. Y verdaderamente, quien hace de otro modo, las más de las veces arruina a sí mismo y a su patria.
Debemos, pues, al entrar en la materia, considerar primero contra quién se hacen las conjuras; y encontraremos que se hacen o contra la patria, o contra un príncipe: de estas dos quiero que ahora hablemos; porque de las que se hacen para entregar una ciudad a los enemigos que la asedian, o que tengan, por cualquier causa, similitud con esta, se ha hablado arriba suficientemente. Y trataremos, en esta primera parte, de las que van contra el príncipe, y primero examinaremos las causas de ellas: las cuales son muchas, pero una es importantísima más que todas las otras. Y esta es ser odiado por la generalidad, porque el príncipe que se ha atraído este odio universal, es razonable que tenga particulares que han sido más ofendidos por él, y que deseen vengarse. Este deseo se les acrecienta por aquella mala disposición universal que ven haberse atraído contra sí. Debe, pues, un príncipe huir de estos cargos privados; y como debe hacer para huirlos, habiéndolo tratado en otra parte, no quiero hablar aquí de ello; porque, guardándose de esto, las simples ofensas particulares le harán menos guerra. Una razón es que se encuentra raramente con hombres que estimen tanto una injuria que se metan en tanto peligro para vengarla; la otra, que, aun cuando fuesen de ánimo y de potencia para hacerlo, son retenidos por aquella benevolencia universal que ven tener hacia un príncipe. Las injurias han de ser en la hacienda, en la sangre o en el honor. De las de la sangre son más peligrosas las amenazas que las ejecuciones; más aún, las amenazas son peligrosísimas, y en las ejecuciones no hay peligro alguno; porque quien está muerto no puede pensar en la venganza; los que quedan vivos, las más veces te dejan a ti el pensamiento. Pero aquel que es amenazado, y que se ve obligado por una necesidad de hacer o de padecer, se convierte en un hombre peligrosísimo para el príncipe: como en su lugar particularmente diremos. Fuera de esta necesidad, la hacienda y el honor son aquellas dos cosas que ofenden más a los hombres que cualquier otra ofensa, y de las cuales el príncipe debe guardarse: porque nunca puede despojar tanto a uno que no le quede un cuchillo para vengarse; nunca puede deshonrar tanto a uno que no le quede un ánimo obstinado a la venganza. Y de los honores que se quitan a los hombres, el que importa más es el de las mujeres; después de este, el vilipendio de su persona. Esto armó a Pausanias contra Filipo de Macedonia, esto ha armado a muchos otros contra muchos otros príncipes: y en nuestros tiempos Lucio Belanti no se movió a conjurar contra Pandolfo tirano de Siena, sino porque aquel le había dado y luego le había quitado por esposa una hija suya; como en su lugar diremos. La mayor causa que hizo que los Pazzi conjuraran contra los Médicis fue la herencia de Giovanni Bonromei, que les fue quitada por orden de aquellos. Otra causa hay, y grandísima, que hace a los hombres conjurar contra el príncipe; la cual es el deseo de liberar la patria, ocupada por aquel. Esta causa movió a Bruto y Casio contra César; esta ha movido a muchos otros contra los Fálaris, Dionisios, y otros ocupadores de su patria. Ni puede, de este ánimo, ningún tirano guardarse, sino deponiéndose de la tiranía. Y porque no se encuentra ninguno que haga esto, se encuentran pocos que no acaben mal; de donde nació aquel verso de Juvenal: «Al yerno de Ceres sin matanza ni herida pocos»
Caen los reyes y los tiranos de muerte seca. Los peligros que se corren, como dije antes, en las conjuras son grandes, ya que se corren en todo momento; porque en tales casos se corre peligro al tramarlas, al ejecutarlas y una vez que han sido ejecutadas. Quienes conjuran, o son uno solo, o son varios. Uno solo, no se puede decir que sea conjura, sino que es una firme disposición nacida en un hombre de matar al príncipe. Este solo, de los tres peligros que se corren en las conjuras, carece del primero; porque, antes de la ejecución no corre ningún peligro, al no tener otro su secreto, ni correr peligro de que su designio llegue a oídos del príncipe. Esta deliberación así hecha puede recaer en cualquier hombre, de cualquier clase, grande, pequeño, noble, plebeyo, familiar o no familiar del príncipe; porque a todos les está permitido alguna vez hablarle; y a quien le está permitido hablar, le está permitido desahogar su ánimo. Pausanias, del que se ha hablado otras veces, mató a Filipo de Macedonia cuando iba al templo, con mil armados a su alrededor, y en medio entre su hijo y su yerno. Pero este fue noble y conocido del príncipe. Un español, pobre y abyecto, dio una cuchillada en el cuello al rey Fernando, rey de España: no fue la herida mortal, pero por esto se vio que aquel tuvo ánimo y ocasión de hacerlo. Un derviche, sacerdote turco, sacó una cimitarra contra Bayaceto, padre del actual Turco: no lo hirió, pero tuvo ánimo y ocasión de quererlo hacer. De estos ánimos así dispuestos, se encuentran, creo, muchos que querrían hacerlo, porque en el querer no hay pena ni peligro alguno; pero pocos que lo hagan: y de quienes lo hacen, poquísimos o ninguno que no sean matados en el acto; por tanto no se encuentra quien quiera ir hacia una muerte cierta. Pero dejemos estas voluntades individuales, y vengamos a las conjuras entre varios. Digo que se encuentra en las historias que todas las conjuras han sido hechas por hombres grandes, o muy familiares del príncipe: porque los demás, si no están completamente locos, no pueden conjurar; porque los hombres débiles, y no familiares del príncipe, carecen de todas aquellas esperanzas y de todas aquellas ocasiones que se requieren para la ejecución de una conjura. Primero, los hombres débiles no pueden encontrar personas que les guarden fidelidad; porque nadie puede consentir en su voluntad, bajo ninguna de aquellas esperanzas que hacen a los hombres entrar en grandes peligros: de modo que, en cuanto se han extendido a dos o tres personas, encuentran al acusador y se arruinan: pero aunque fueran tan afortunados que carecieran de este acusador, están rodeados en la ejecución de tal dificultad, por no tener entrada fácil al príncipe, que les es imposible que en esa ejecución no se arruinen. Porque, si los hombres grandes, que tienen la entrada fácil, son oprimidos por aquellas dificultades que se dirán más adelante, conviene que en estos aquellas dificultades crezcan sin fin. Por tanto los hombres (porque, donde va la vida y los bienes, no son del todo insensatos) cuando se ven débiles, se guardan de ello; y cuando tienen inquina a un príncipe, se dedican a maldecirlo, y esperan que quienes tienen mayor calidad que ellos los venguen. Y si acaso se encontrara que alguno de estos tales hubiera intentado algo, se debe alabar en ellos la intención, y no la prudencia. Se ve, por tanto, que quienes han conjurado, han sido todos hombres grandes, o familiares, del príncipe; de los cuales muchos han conjurado, movidos tanto por demasiados beneficios, como por demasiadas injurias: como fue Perennio contra Cómodo, Plauciano contra Severo, Sejano contra Tiberio. Todos estos fueron constituidos por sus emperadores en tanta riqueza, honor y grado, que no parecía que les faltara, para la perfección del poder, otra cosa que el imperio; y no queriendo carecer de esto, se movieron a conjurar contra el príncipe; y tuvieron sus conjuras todas aquel fin que merecía su ingratitud: aunque de estas en tiempos más recientes tuvo buen fin la de Jacopo de Appiano contra micer Piero Gambacorti, príncipe de Pisa: el cual Jacopo, criado y alimentado y hecho reputado por él, le quitó luego el estado. Fue de estas la del Coppola, en nuestros tiempos, contra el rey Ferrante de Aragón; el cual Coppola, llegado a tanta grandeza que no le parecía que le faltara sino el reino, por querer también aquello, perdió la vida. Y verdaderamente, si alguna conjura contra los príncipes, hecha por hombres grandes, debiera tener buen fin, debería ser esta; estando hecha por otro rey, se puede decir, y que tiene tanta ocasión de cumplir su deseo: pero aquella codicia del dominar que los ciega, los ciega también en el manejo de esta empresa; porque, si supieran hacer esta villanía con prudencia, sería imposible que no les saliera bien. Debe, pues, un príncipe que quiere guardarse de las conjuras, temer más a quienes él ha hecho demasiados favores, que a aquellos a quienes hubiera hecho demasiadas injurias. Porque estos carecen de ocasión, aquellos abundan en ella; y la voluntad es semejante, porque es tan grande o mayor el deseo del dominar, que no lo es el de la venganza. Deben, por tanto, dar tanta autoridad a sus amigos, que entre aquella y el principado haya algún intervalo, y que haya en medio algo que desear: de otro modo, será cosa rara si no les sucede, como a los príncipes arriba escritos. Pero volvamos a nuestro orden.
Digo que, habiendo de ser, quienes conjuran, hombres grandes, y que tengan el acceso fácil al príncipe, se ha de discurrir cuáles han sido los sucesos de estas sus empresas, y ver la causa que los ha hecho ser felices e infelices. Y como dije antes se encuentran dentro, en tres tiempos, peligros: primero, sobre el hecho y luego. Se encuentran pocas que tengan buen resultado, porque es casi imposible pasarlos todos felizmente. Y comenzando a discurrir los peligros del primero, que son los más importantes, digo, que es necesario ser muy prudente, y tener una gran suerte, para que, al manejar una conjura, esta no se descubra. Y se descubren o por relación, o por conjetura. La relación nace de encontrar poca fe, o poca prudencia, en los hombres con quienes la comunicas. La poca fe se encuentra fácilmente, porque no puedes comunicarla sino con tus fieles, que por tu amor se expongan a la muerte, o con hombres que estén mal contentos del príncipe. De los fieles se podría encontrar uno o dos; pero, cuando te extiendes a muchos, es imposible que los encuentres: además, es necesario que la benevolencia que te tienen sea grande, para que no les parezca mayor el peligro y el temor del castigo. Además los hombres se engañan, la mayoría de las veces, sobre el amor que tú juzgas que un hombre te tiene; ni puedes nunca asegurarte de ello, si no haces experiencia: y hacer experiencia en esto es peligrosísimo. Y aunque hubieras hecho experiencia en alguna otra cosa peligrosa donde te hubieran sido fieles, no puedes por aquella fidelidad medir esta, pasando, esta, con mucho, cualquier otra calidad de peligro. Si mides la fidelidad por el mal contento que uno tenga del príncipe, en esto te puedes engañar fácilmente: porque, en cuanto has manifestado a aquel mal contento tu ánimo, le das materia de contentarse, y conviene que, o el odio sea grande, o que tu autoridad sea grandísima para mantenerlo en su fidelidad.
De aquí nace que muchas son descubiertas y aplastadas en sus primeros inicios; y que cuando alguna ha permanecido en secreto largo tiempo entre muchos hombres, se tiene por cosa milagrosa: como fue la de Pisón contra Nerón, y, en nuestros tiempos, la de los Pazzi contra Lorenzo y Giuliano de Medici, de las cuales eran cómplices más de cincuenta hombres; y se las llevó, al llegar a la ejecución, a descubrirse. En cuanto a descubrirse por poca prudencia, sucede cuando un conjurado habla con poca cautela, de modo que un criado u otra tercera persona te escuche, como les ocurrió a los hijos de Bruto, que, al tratar el asunto con los legados de Tarquinio, fueron oídos por un criado que los acusó; o bien cuando por ligereza la comunicas a una mujer o a un muchacho que amas o a persona semejantemente ligera; como hizo Dimno, uno de los conjurados con Filota contra Alejandro Magno, que comunicó la conjura a Nicomaco, muchacho amado por él; el cual enseguida se lo dijo a Cibalino su hermano, y Cibalino al rey. En cuanto a descubrirse por conjeturas, tenemos como ejemplo la conjura pisoniana contra Nerón; en la cual Escevino, uno de los conjurados, el día antes de que tuviera que matar a Nerón, hizo testamento, ordenó que Milichio, su liberto, hiciera afilar un puñal suyo viejo y oxidado, liberó a todos sus criados y les dio dinero, mandó preparar vendas para atar heridas: por tales conjeturas Milichio se dio cuenta del asunto y lo acusó ante Nerón. Fue apresado Escevino, y con él Natal, otro conjurado, los cuales habían sido vistos hablando largo rato y en secreto juntos, el día anterior; y al no concordar sobre la conversación mantenida, fueron forzados a confesar la verdad, de modo que la conjura fue descubierta, con ruina de todos los conjurados.
De estas causas del descubrimiento de las conjuras es imposible guardarse para que, por malicia, por imprudencia o por ligereza, no se descubra, siempre que los cómplices de ella pasen del número de tres o cuatro. Y en cuanto se prende a más de uno, es imposible no detectarla, porque dos no pueden ponerse de acuerdo en todos sus razonamientos. Cuando se prende solo a uno que sea hombre fuerte, puede él, con la fortaleza del ánimo, callar a los conjurados; pero conviene que los conjurados no tengan menos ánimo que él para mantenerse firmes y no descubrirse con la fuga, porque en cuanto el ánimo falla, ya sea por parte de quien es detenido o de quien está libre, la conjura queda descubierta. Y es raro el ejemplo que aduce Tito Livio en la conjura hecha contra Jerónimo, rey de Siracusa; donde, siendo Teodoro, uno de los conjurados, apresado, ocultó con gran virtud a todos los conjurados y acusó a los amigos del rey, y por otra parte, los conjurados confiaron tanto en la virtud de Teodoro que ninguno se marchó de Siracusa ni hizo señal alguna de temor. Se pasa, pues, por todos estos peligros al manejar una conjura antes de llegar a la ejecución de la misma; los cuales queriendo evitar, hay estos remedios. El primero y el más cierto, más aún, por mejor decir, el único, es no dar tiempo a los conjurados de acusarte; y comunicarles el asunto cuando tú quieres hacerlo, y no antes. Quienes han obrado así evitan con seguridad los peligros que hay en tramarla, y, las más de las veces, los demás; más aún, todos han tenido fin feliz; y cualquier prudente tendría la posibilidad de gobernarse de este modo. Quiero que me baste aducir dos ejemplos.
Nelemato, no pudiendo soportar la tiranía de Aristótimo, tirano de Epiro, reunió en su casa a muchos parientes y amigos y, tras exhortarlos a liberar la patria, algunos de ellos pidieron tiempo para deliberar y organizarse, de donde Nelemato hizo que sus criados cerraran la casa, y a quienes él había llamado les dijo: «O vosotros juráis ir ahora a hacer esta ejecución, o yo os entregaré a todos prisioneros a Aristótimo». Movidos por tales palabras aquellos, juraron; y yendo, sin interrupción de tiempo, felizmente ejecutaron el plan de Nelemato. Habiendo un Mago, por engaño, ocupado el reino de los persas, y habiendo Ortano, uno de los grandes hombres del reino, entendido y descubierto el fraude, lo comunicó a otros seis príncipes de aquel estado, diciendo cómo era necesario vengar el reino de la tiranía de aquel Mago; y pidiendo alguno de ellos tiempo, se levantó Darío, uno de los seis llamados por Ortano, y dijo: «O vamos ahora a hacer esta ejecución, o yo voy a acusaros a todos». Y así, de acuerdo, levantándose, sin dar tiempo a nadie a arrepentirse, ejecutaron felizmente sus designios. Semejante a estos dos ejemplos es también el modo que los etolios tuvieron para matar a Nabis, tirano espartano; los cuales enviaron a Alesameno, ciudadano suyo, con treinta jinetes y doscientos infantes, a Nabis, bajo pretexto de enviarle ayuda; y el secreto lo comunicaron solamente a Alesameno; y a los demás les ordenaron que lo obedecieran en todo y cualquier cosa, bajo pena de exilio. Fue este a Esparta y no comunicó jamás su encargo sino cuando quiso ejecutarlo: de donde le resultó matarlo. Estos, pues, por estos modos, han evitado aquellos peligros que se llevan en el manejo de las conjuras; y quien los imite siempre los evitará.
Y que cualquiera pueda hacer como ellos, quiero dar el ejemplo de Pisón antes alegado. Era Pisón grandísimo y reputadísimo hombre, y familiar de Nerón, y en quien él confiaba mucho. Iba Nerón a sus jardines a menudo a comer con él. Podía, pues, Pisón hacerse amigos de hombres de ánimo y de corazón y de disposición aptos para tal ejecución (lo cual para un grande es facilísimo); y cuando Nerón estuviera en sus jardines, comunicarles el asunto, y con las palabras convenientes animarlos a hacer aquello que no tenían tiempo de rechazar, y que era imposible que no saliera bien. Y así, si se examinan todas las demás, se encontrará que pocas no habrían podido llevarse del mismo modo; pero los hombres, por lo ordinario, poco entendidos en las acciones del mundo, a menudo cometen errores gravísimos, y tanto mayores en aquellas que tienen más de extraordinario, como es esta. Debe, pues, no comunicarse nunca el asunto sino cuando sea necesario y en el momento mismo; y si se quiere comunicar, comunicárselo a uno solo, del cual hayas tenido larguísima experiencia, o que esté movido por las mismas causas que tú. Encontrar uno así hecho es mucho más fácil que encontrar varios, y por esto hay en ello menos peligro; luego, cuando él te engañe, hay algún remedio para defenderse, que no lo hay donde sean conjurados muchos; porque he oído decir a algún prudente que con uno se puede hablar de cualquier cosa, porque tanto vale, si tú no te dejas llevar a escribir de tu mano, el sí del uno cuanto el no del otro; y del escribir debe guardarse cada uno como de un escollo, porque no hay cosa que más fácilmente te condene que lo escrito de tu mano. Plauciano, queriendo hacer matar al emperador Severo y a Antonino su hijo, encomendó el asunto a Saturnino tribuno; el cual, queriendo acusarlo y no obedecerlo, y dudando que, llegando a la acusación, no fuera más creído Plauciano que él, le pidió una cédula de su mano que diera fe de este encargo; la cual Plauciano, cegado por la ambición, le hizo: de donde siguió que fue, por el tribuno, acusado y convencido; y sin aquella cédula y ciertos otros indicios, habría resultado Plauciano superior; tan audazmente negaba. Se encuentra, pues, en la acusación de uno, algún remedio, cuando tú no puedes ser por un escrito u otros indicios convencido: de lo cual uno debe guardarse.
En la conjura de Pisón había una mujer llamada Epicaris, que había sido amante de Nerón; la cual, juzgando que convenía incluir entre los conjurados a un capitán de algunas trirremes que Nerón tenía para su guardia, le comunicó la conjura pero no los conjurados. De modo que, rompiéndole aquel capitán la fe y acusándola ante Nerón, fue tanta la audacia de Epicaris al negarlo, que Nerón, quedando confuso, no la condenó. Hay, pues, al comunicar la cosa a uno solo, dos peligros: uno, que no te acuse con pruebas; el otro, que no te acuse convencido y forzado por el tormento, siendo él detenido por alguna sospecha o por algún indicio que se tenga de él. Pero en uno y otro de estos dos peligros hay algún remedio, pudiendo negar lo uno, alegando el odio que aquel pudiera tener contigo; y negar lo otro, alegando la fuerza que lo constriñó a decir mentiras. Es, pues, prudencia no comunicar la cosa a nadie, sino actuar según los ejemplos antes escritos; o, si la comunicas, no pasar de uno; donde, si hay algún peligro mayor, hay mucho menos que comunicarla con muchos. Próximo a este modo es cuando una necesidad te obliga a hacer al príncipe lo que ves que el príncipe querría hacerte a ti, la cual sea tan grande que no te dé tiempo sino a pensar en asegurarte. Esta necesidad conduce casi siempre la cosa al fin deseado: y para probarlo quiero que basten dos ejemplos. Tenía Cómodo, emperador, a Leto y Electo, jefes de los soldados pretorianos, y entre sus primeros amigos y familiares; tenía a Marcia entre sus primeras concubinas o amantes; y porque él era por estos de vez en cuando reprendido por los modos con que mancillaba su persona y el Imperio, decidió hacerlos matar; y escribió en una lista a Marcia, Leto y Electo y algunos otros que quería, la noche siguiente, hacer morir; y aquella lista la puso bajo la almohada de su cama. Y habiendo ido a lavarse, un niño favorito suyo, jugando por la habitación y sobre la cama, vino a encontrar esta lista, y saliendo fuera con ella en la mano, se topó con Marcia; la cual se la quitó, y, leyéndola, y viendo el contenido de ella, enseguida mandó llamar a Leto y Electo; y conocido los tres el peligro en que estaban, decidieron anticiparse; y, sin perder tiempo, la noche siguiente asesinaron a Cómodo. Era Antonino Caracalla, emperador, con sus ejércitos en Mesopotamia, y tenía por su prefecto a Macrino, hombre más civil que guerrero; y, como sucede que los príncipes no buenos temen siempre que otros no obren contra ellos lo que les parece merecer, escribió Antonino a Materniano su amigo en Roma, que se enterase por los astrólogos si había alguien que aspirase al imperio, y se lo avisara. De donde Materniano le escribió que Macrino era aquel que aspiraba a él; y llegando la carta primero a manos de Macrino que del emperador, y, por ella, conocida la necesidad de matarlo antes de que nueva carta viniera de Roma o de morir, encargó a Marcial centurión, de su confianza, y a quien Antonino había matado, pocos días antes, un hermano, que lo asesinara: lo cual fue ejecutado por él felizmente. Se ve, pues, que esta necesidad que no da tiempo hace casi el mismo efecto que el modo, por mí antes dicho, que usó Nelemato de Epiro. Se ve también lo que dije casi al principio de este discurso, que las amenazas ofenden más a los príncipes, y son causa de conjuras más eficaces que las ofensas: de lo cual un príncipe debe guardarse; porque a los hombres se los debe agasajar o asegurarse de ellos; y no reducirlos jamás a término que tengan que pensar que les es necesario o morir o hacer morir a otros.
Respecto a los peligros que se corren en la ejecución, estos nacen o de variar el orden, o de faltarle el ánimo a quien ejecuta, o de error que el ejecutor cometa por poca prudencia, o por no dar perfección a la cosa, quedando vivos parte de aquellos que se planeaba asesinar. Digo, pues, que no hay cosa alguna que tanto estorbo o impedimento haga a todas las acciones de los hombres, como es en un instante, sin tener tiempo, tener que variar un orden y pervertirlo de lo que se había ordenado primero. Y si esta variación hace desorden en cosa alguna, lo hace en las cosas de la guerra, y en cosas similares a aquellas de que hablamos; porque en tales acciones no hay cosa tan necesaria de hacer, como que los hombres afirmen sus ánimos a ejecutar aquella parte que les toca: y si los hombres han vuelto su fantasía por varios días a un modo y un orden, y aquel súbitamente varía, es imposible que no se perturben todos y no se arruine todo; de modo que es mucho mejor ejecutar una cosa según el orden dado, aunque se vea en ella algún inconveniente, que no es, por querer cancelar aquel, entrar en mil inconvenientes. Esto sucede cuando no se tiene tiempo para reordenarse; porque, cuando se tiene tiempo, puede el hombre gobernarse a su modo.
La conjura de los Pazzi contra Lorenzo y Giuliano de Médici es conocida. El orden dado era que dieran de comer al cardenal de San Giorgio, y en aquella comida asesinarlos: donde se había distribuido quién debía asesinarlos, quién tenía que tomar el palacio, y quién recorrer la ciudad y llamar a libertad al pueblo. Sucedió que, estando en la catedral en Florencia los Pazzi, los Médici y el Cardenal en un oficio solemne, se supo que Giuliano aquella mañana no iba a comer: lo cual hizo que los conjurados se reunieran juntos y lo que tenían que hacer en casa de los Médici, decidieron hacerlo en la iglesia. Lo cual vino a perturbar todo el orden, porque Giovambatista da Montesecco no quiso concurrir al homicidio, diciendo que no lo quería hacer en la iglesia: de modo que tuvieron que cambiar nuevos ministros en cada acción; los cuales, no teniendo tiempo para afirmar el ánimo, cometieron tales errores, que en esa ejecución fueron vencidos.
Falta el ánimo a quien ejecuta, o por reverencia, o por propia vileza del ejecutor. Es tanta la majestad y la reverencia que se trae consigo la presencia de un príncipe, que es fácil que mitigue o que espante a un ejecutor. A Mario, habiendo sido preso por los minturnenses, le fue enviado un esclavo que lo asesinara; el cual, espantado por la presencia de aquel hombre y por la memoria de su nombre, volviéndose vil, perdió toda fuerza para matarlo. Y si este poder existe en un hombre atado y prisionero, y ahogado en la mala fortuna; cuánto se puede tener que sea mayor en un príncipe libre, con la majestad de sus adornos, de su pompa y de su comitiva! De modo que tal pompa puede espantarte, o bien con alguna grata acogida humillarte. Conjuraron algunos contra Sitalces rey de Tracia, señalaron el día de la ejecución; se reunieron en el lugar designado, donde estaba el príncipe; ninguno de ellos se movió para ofenderlo: tanto que se marcharon sin haber intentado cosa alguna y sin saber lo que se les había impedido; e inculpaban uno al otro. Cayeron en tal error más veces; tanto que, descubierta la conjura, sufrieron pena de aquel mal que pudieron y no quisieron hacer. Conjuraron contra Alfonso, duque de Ferrara, dos de sus hermanos, y usaron como mediador a Giannes, sacerdote y cantor del duque; el cual varias veces, a su petición, condujo al duque entre ellos, de modo que tenían arbitrio para asesinarlo: sin embargo, jamás ninguno de ellos se atrevió a hacerlo; tanto que, descubiertos, sufrieron la pena de su maldad y poca prudencia. Esta negligencia no pudo nacer de otra cosa, sino que fue necesario que o la presencia los espantara o que alguna humanidad del príncipe los humillara. Nace en tales ejecuciones inconveniente o error por poca prudencia o por poco ánimo; porque una y otra de estas dos cosas te invaden, y llevado por aquella confusión de cerebro te hace decir y hacer lo que no debes.
Y que los hombres se descontrolan y se confunden, nadie puede demostrarlo mejor que Tito Livio cuando describe a Alejámeno etolo, cuando quiso matar a Nábide espartano, de lo que hemos hablado más arriba; que, llegado el momento de la ejecución, después de revelar a los suyos lo que había que hacer, dice Tito Livio estas palabras: «Él mismo recobró el ánimo, confundido por el pensamiento de empresa tan grande». Porque es imposible que alguien, aunque sea de ánimo firme y esté acostumbrado a matar hombres y a emplear el hierro, no se confunda. Por eso se deben elegir hombres experimentados en tales asuntos y no confiar en ningún otro, aunque se le tenga por muy animoso. Porque, del ánimo en las cosas grandes, sin haber tenido experiencia en ellas, nadie puede prometerse nada seguro. Puede, pues, esta confusión o hacerte caer las armas de las manos, o hacerte decir cosas que produzcan el mismo efecto. Lucila, hermana de Cómodo, ordenó que Quinciano lo matase. Este esperó a Cómodo en la entrada del anfiteatro y, acercándosele con un puñal desnudo, gritó: «¡Esto te manda el Senado!». Estas palabras hicieron que fuera preso antes de que hubiera bajado el brazo para herir. Messer Antonio da Volterra, encargado, como dijimos más arriba, de matar a Lorenzo de Médici, al acercársele dijo: «¡Ah, traidor!». Esta voz fue la salvación de Lorenzo y la ruina de aquella conjura. Puede no darse perfección a la cosa cuando se conspira contra un solo jefe, por las razones dichas; pero difícilmente se le da perfección cuando se conspira contra dos jefes, es más, es tan difícil que es casi imposible que salga bien. Porque hacer una acción semejante al mismo tiempo en lugares diferentes es casi imposible; porque no se puede hacer en tiempos diferentes, sin que la una no eche a perder la otra. De modo que, si el conspirar contra un príncipe es cosa dudosa, peligrosa y poco prudente, conspirar contra dos es del todo vana y ligera. Y si no fuera por la reverencia al historiador, yo nunca creería que fuese posible lo que Herodiano dice de Plauciano, cuando encargó al centurión Saturnino que él solo matase a Severo y Antonino, que vivían en países diferentes; porque es cosa tan alejada de lo razonable que solo esta autoridad me lo haría creer.
Unos jóvenes atenienses conspiraron contra Diocles e Hipias, tiranos de Atenas. Mataron a Diocles e Hipias, que quedó vivo, lo vengó. Quión y Leónides, heraclenses y discípulos de Platón, conspiraron contra Clearco y Sátiro, tiranos; mataron a Clearco, y Sátiro, que quedó vivo, lo vengó. A los Pazzi, muchas veces citados por nosotros, no les resultó matar más que a Giuliano. De modo que de semejantes conjuras contra varios jefes debe abstenerse cada uno, porque no se hace bien ni a uno mismo ni a la patria ni a nadie; es más, los que quedan se vuelven más insoportables y más ásperos, como saben Florencia, Atenas y Heraclea, citadas por mí anteriormente. Es verdad que la conjura que hizo Pelópidas para liberar Tebas, su patria, tuvo todas las dificultades; sin embargo tuvo un fin felicísimo; porque Pelópidas no solo conspiró contra dos tiranos, sino contra diez, no solo no era hombre de confianza y no le era fácil la entrada a los tiranos, sino que era un rebelde; no obstante pudo venir a Tebas, matar a los tiranos y liberar la patria. Pero sin embargo lo hizo todo con la ayuda de un tal Carión, consejero de los tiranos, del cual obtuvo la entrada fácil a su ejecución. No haya nadie, sin embargo, que tome el ejemplo de este; porque como fue empresa imposible y cosa maravillosa de realizar, así fue, y es tenida por los escritores, que la celebran, como cosa rara y casi sin ejemplo. Puede ser interrumpida tal ejecución por una falsa imaginación o por un accidente imprevisto que surja en el acto mismo. La mañana en que Bruto y los otros conjurados querían matar a César, sucedió que este habló largo rato con Gneo Popilio Lenate, uno de los conjurados; y viendo los otros esta larga conversación, temieron que dicho Popilio revelase a César la conjura, y estuvieron a punto de intentar matar a César allí mismo, y no esperar a que estuviera en el Senado; y lo habrían hecho, si no fuera porque la conversación terminó y, al ver que César no hacía ningún movimiento extraordinario, se tranquilizaron. Estas falsas imaginaciones hay que considerarlas y tenerlas, con prudencia, en cuenta; y tanto más, cuanto que es fácil tenerlas. Porque quien tiene la conciencia manchada, fácilmente cree que se habla de él; puedes oír una palabra, dicha con otro fin, que te perturbe el ánimo y te haga creer que se ha dicho sobre tu caso, y hacerte o descubrir la conjura con la fuga, o confundir la acción acelerándola fuera de tiempo. Y esto tanto más fácilmente surge cuantos más son los que están al tanto de la conjura.
En cuanto a los accidentes, porque son inesperados, no se puede sino mostrarlos con los ejemplos y hacer a los hombres cautos según aquellos. Julio Belanti de Siena, del cual hemos hecho mención más arriba, por el rencor que tenía contra Pandolfo, que le había quitado la hija que antes le había dado por esposa, decidió matarlo, y eligió este momento. Iba Pandolfo casi todos los días a visitar a un pariente suyo enfermo, y al ir pasaba por las casas de Julio. Este, pues, visto esto, ordenó tener a sus conjurados en casa preparados para matar a Pandolfo al pasar; y, puestos dentro junto a la puerta armados, tenía a uno en la ventana para que, pasando Pandolfo, cuando estuviera cerca de la puerta, hiciera una señal. Sucedió que, viniendo Pandolfo, y habiendo hecho aquel la señal, se encontró con un amigo que lo detuvo; y algunos de los que estaban con él pasaron adelante corriendo, y visto y oído el ruido de armas, descubrieron la emboscada; de modo que Pandolfo se salvó, y Julio y los compañeros tuvieron que huir de Siena. Impidió aquel accidente de aquel encuentro aquella acción, e hizo a Julio arruinar su empresa. A estos accidentes, porque son raros, no se les puede poner ningún remedio. Bien es necesario examinar todos los que pueden surgir y remediarlos.
Nos queda al presente solo discutir los peligros que se corren después de la ejecución; que son solamente uno, y este es, cuando queda alguien que vengue al príncipe muerto. Pueden, pues, quedar sus hermanos, o sus hijos, u otros adherentes, a quienes corresponda el principado, y pueden quedar o por tu negligencia o por las causas dichas más arriba, que hagan esta venganza; como sucedió a Giovanni Andrea da Lampognano, que, junto con sus conjurados, habiendo matado al duque de Milán, y habiendo quedado un hijo suyo y dos hermanos suyos, estuvieron a tiempo de vengar al muerto. Y verdaderamente, en estos casos, los conjurados son excusados, porque no tienen remedio; pero cuando queda vivo alguno por poca prudencia o por su negligencia, entonces es cuando no merecen excusa. Unos conjurados forlívenses mataron al conde Girolamo, su señor, capturaron a la mujer y a sus hijos, que eran pequeños; y no pareciéndoles poder vivir seguros si no se apoderaban de la fortaleza, y no queriendo el castellano dársela, Madonna Caterina (que así se llamaba la condesa) prometió a los conjurados que, si la dejaban entrar en ella, la haría entregar a ellos, y que retuvieran junto a ellos a sus hijos como rehenes. Estos, bajo esta fe, la dejaron entrar; la cual, una vez dentro, desde las murallas les reprochó la muerte del marido y los amenazó con toda clase de venganza. Y para mostrar que de sus hijos no se preocupaba, les mostró los miembros genitales, diciendo que aún tenía el modo de reponerlos. Así estos, escasos de consejo y tardíos en darse cuenta de su error, con un perpetuo exilio sufrieron la pena de su poca prudencia. Pero de todos los peligros que pueden sobrevenir después de la ejecución, no hay ninguno más cierto ni que sea más de temer que cuando el pueblo es amigo del príncipe que has matado; porque a esto los conjurados no tienen ningún remedio, porque nunca pueden asegurarse de él. Como ejemplo está César, que, por tener al pueblo de Roma amigo, fue vengado por él; porque, habiendo expulsado a los conjurados de Roma, fue causa de que fueran todos, en varios tiempos y en varios lugares, asesinados.
Las conjuras que se hacen contra la patria son menos peligrosas, para quienes las hacen, que las que se hacen contra los príncipes: porque al tramarlas hay menos peligros que en aquellas; al ejecutarlas hay los mismos; después de la ejecución no hay ninguno. Al tramarlas no hay muchos peligros: porque un ciudadano puede encaminarse hacia el poder sin manifestar su ánimo y designio a nadie; y, si sus planes no son interrumpidos, llevar a feliz término su empresa; si son interrumpidos por alguna ley, esperar el momento y entrar por otra vía. Esto se entiende en una república donde hay cierta corrupción; porque, en una no corrompida, al no tener cabida ningún principio malo, no pueden surgir en uno de sus ciudadanos estos pensamientos. Pueden, pues, los ciudadanos por muchos medios y muchas vías aspirar al principado sin correr peligro de ser oprimidos: tanto porque las repúblicas son más lentas que un príncipe, sospechan menos, y por esto son menos cautas; como porque tienen más respeto por sus ciudadanos importantes, y por esto aquellos son más audaces y más animosos para actuar contra ellas. Todos han leído la conjura de Catilina escrita por Salustio, y saben cómo, después de que la conjura fue descubierta, Catilina no solo permaneció en Roma, sino que fue al Senado, e insultó al Senado y al Cónsul, tanto era el respeto que aquella ciudad tenía por sus ciudadanos. Y después de que partió de Roma, y de que ya estaba con los ejércitos, no se habría capturado a Léntulo y a aquellos otros, si no se hubieran tenido cartas de su propia mano que los acusaban manifiestamente. Hannón, ciudadano muy importante en Cartago, aspirando a la tiranía, había dispuesto envenenar a todo el Senado en las bodas de una hija suya, y después hacerse príncipe. Cuando este asunto se supo, el Senado no tomó otra medida que una ley, la cual ponía límites a los gastos de los banquetes y de las bodas: tanto fue el respeto que le tuvieron por sus cualidades. Es muy cierto, sin embargo, que al ejecutar una conjura contra la patria, hay más dificultad, y mayores peligros, porque rara vez bastan tus propias fuerzas conspirando contra tantos; y no todos son comandantes de un ejército, como eran César o Agatocles o Cleómenes, y similares, que de golpe y con sus fuerzas han ocupado la patria. Porque para estos la vía es bastante fácil y bastante segura, pero los otros, que no tienen tales apoyos de fuerzas, conviene que hagan las cosas, o con engaño y arte, o con fuerzas extranjeras. En cuanto al engaño y al arte, habiendo Pisístrato ateniense vencido a los megarenses, y por esto ganado el favor del pueblo, salió una mañana herido, diciendo que la Nobleza por envidia lo había agraviado, y pidió poder llevar armados consigo para su guardia. De esta autoridad ascendió fácilmente a tanta grandeza, que se convirtió en tirano de Atenas. Pandolfo Petrucci regresó, con otros desterrados, a Siena, y le fue dada la guardia de la plaza con su gobierno, como cosa mecánica, y que los otros rechazaron; no obstante aquellos armados, con el tiempo, le dieron tanta reputación, que, en poco tiempo, se convirtió en príncipe. Muchos otros han seguido otras estrategias y otros modos, y con el transcurso del tiempo y sin peligro han llegado a ello. Aquellos que con fuerzas propias, o con ejércitos externos, han conspirado para ocupar la patria, han tenido diversos resultados, según la fortuna. Catilina mencionado antes se arruinó en ello. Hannón, de quien hicimos mención arriba, al no salirle bien lo del veneno, armó, de sus partidarios, muchos miles de personas, y ellos y él fueron muertos. Algunos primeros ciudadanos de Tebas para hacerse tiranos llamaron en ayuda a un ejército espartano, y tomaron la tiranía de aquella ciudad. Así que, examinadas todas las conjuras hechas contra la patria, no encontrarás ninguna, o pocas, que, al tramarlas, hayan sido reprimidas; pero todas, o han triunfado o se han arruinado, en la ejecución. Una vez ejecutadas, no conllevan otros peligros que los que conlleva la naturaleza del principado en sí: porque convertido uno en tirano, tiene sus peligros naturales y ordinarios que le acarrea la tiranía, a los cuales no tiene otros remedios que los que se han discutido arriba.
Esto es lo que se me ha ocurrido escribir acerca de las conjuras; y si he hablado de las que se hacen con el hierro y no con el veneno, nace de que todas ellas tienen el mismo procedimiento. Es cierto que las del veneno son más peligrosas, por ser más inciertas, porque no cualquiera tiene a su disposición los medios; y es necesario confiárselo a quien los tiene, y esta necesidad de confiárselo a otro te expone al peligro. Además, por muchas razones, un brebaje de veneno puede no ser mortal: como sucedió a los que mataron a Cómodo, que habiendo vomitado este el veneno que le habían dado, se vieron obligados a estrangularlo, si querían que muriese. No tienen, por tanto, los príncipes mayor enemigo que la conjura: porque, una vez hecha una conjura contra ellos, o los mata o los infama. Porque si tiene éxito, mueren; si se descubre y ellos matan a los conjurados, siempre se cree que ha sido invención de aquel príncipe para dar salida a su avaricia y a su crueldad contra la sangre y los bienes de aquellos que ha matado. No quiero, sin embargo, dejar de advertir a aquel príncipe o aquella república contra quien se hubiese conjurado que tengan cuidado, cuando se les revela una conjura, antes de emprender su venganza, de indagar y comprender muy bien la naturaleza de ella, y midan bien las condiciones de los conjurados y sus fuerzas; y cuando la encuentren grande y poderosa, no la descubran nunca hasta que se hayan preparado con fuerzas suficientes para reprimirla: de otro modo, descubrirían su propia ruina. Por ello, deben con toda diligencia disimularla; porque los conjurados, al verse descubiertos, empujados por la necesidad, actúan sin miramientos. Como ejemplo tenemos a los romanos; que, habiendo dejado dos legiones de soldados para guardar a los capuanos contra los samnitas, como dijimos en otro lugar, los jefes de aquellas legiones conjuraron juntos para oprimir a los capuanos: al enterarse de esto en Roma, encargaron a Rutilio, nuevo cónsul, que proveyese remedio; el cual, para adormecer a los conjurados, publicó que el Senado había confirmado el acantonamiento de las legiones en Capua. Al creerlo aquellos soldados, y pareciéndoles tener tiempo para ejecutar su plan, no buscaron acelerar la cosa; y así estuvieron hasta que comenzaron a ver que el cónsul los separaba unos de otros: lo cual les generó sospecha, hizo que se descubriesen y ejecutaran su voluntad. Y no puede haber mayor ejemplo en uno y otro aspecto: porque por esto se ve cuán lentos son los hombres en las cosas cuando creen tener tiempo, y cuán rápidos son cuando la necesidad los empuja. Y no puede un príncipe o una república que quiere diferir el descubrimiento de una conjura en provecho suyo usar mejor medio que ofrecer, próximamente, ocasión con arte a los conjurados para que, esperando aquella, o pareciéndoles tener tiempo, den tiempo a aquel o aquella para castigarlos. Quien ha hecho lo contrario, ha acelerado su propia ruina: como hizo el duque de Atenas y Guillermo de Pazzi. El duque, convertido en tirano de Florencia, y enterándose de que se había conjurado contra él, hizo, sin examinar de otro modo la cosa, apresar a uno de los conjurados: lo que hizo que los demás tomasen inmediatamente las armas y le quitasen el Estado. Guillermo, siendo comisario en Val di Chiana en 1501, y habiendo sabido que en Arezzo había una conjura a favor de los Vitelli para quitarles aquella tierra a los florentinos, se fue enseguida a aquella ciudad, y sin pensar en las fuerzas de los conjurados o en las suyas, y sin prepararse con fuerza alguna, por consejo del obispo su hijo, hizo apresar a uno de los conjurados: después de cuyo arresto, los demás tomaron inmediatamente las armas y quitaron la tierra a los florentinos; y Guillermo, de comisario, se convirtió en prisionero. Pero cuando las conjuras son débiles, se pueden y deben reprimir sin contemplaciones. Tampoco se deben imitar en modo alguno dos procedimientos usados, casi contrarios el uno al otro, uno por el prenombrado duque de Atenas, que, para mostrar que creía tener la benevolencia de los ciudadanos florentinos, hizo morir a uno que le manifestaba una conjura; el otro por Dión siracusano, que, para tantear el ánimo de alguien de quien sospechaba, consintió a Calipo, en quien confiaba, que mostrase hacerle una conjura contra él. Y los dos acabaron mal: porque el uno quitó el ánimo a los acusadores y lo dio a quien quisiese conjurar, el otro dio la vía fácil a su muerte, más aún, fue él mismo cabeza de su propia conjura; como por experiencia le sucedió, porque Calipo, pudiendo sin miramientos conspirar contra Dión, conspiró tanto que le quitó el Estado y la vida.
Capítulo7De dónde nace que las mutaciones de la libertad a la servidumbre, y de la servidumbre a la libertad, unas sean sin sangre, otras llenas de ella
Dudará quizá alguien de dónde nace que muchas mutaciones que se hacen de la vida libre a la tiránica, y por el contrario, unas se hagan con sangre y otras sin ella; porque, como por las historias se comprende, en semejantes cambios a veces han muerto infinitos hombres, a veces no ha sido injuriado ninguno: como sucedió en la mutación que hizo Roma de los reyes a los cónsules, donde no fueron expulsados otros que los Tarquinios, sin ofensa de ningún otro. Esto depende de que aquel Estado que se muta nació con violencia o no: y porque, cuando nace con violencia, conviene que nazca con injuria de muchos, es necesario después, en su ruina, que los injuriados quieran vengarse; y de este deseo de venganza nace la sangre y la muerte de los hombres. Pero cuando aquel Estado es causado por un común consenso de una universalidad que lo ha hecho grande, no tiene causa después, cuando se arruina dicha universalidad, de ofender a otros que al jefe. Y de esta clase fue el Estado de Roma y la expulsión de los Tarquinios; como fue también en Florencia el Estado de los Médicis, que después en sus ruinas, en 1494, no fueron ofendidos otros que ellos. Y así tales mutaciones no llegan a ser muy peligrosas: pero son peligrosísimas las que son hechas por aquellos que tienen que vengarse; las cuales fueron siempre de tal clase que hacen, por no decir otra cosa, espantar a quien las lee. Y porque de estos ejemplos están llenas las historias, yo las quiero dejar de lado.
Capítulo8Quien quiere alterar una república debe considerar el estado de ella
Se ha discutido arriba cómo un ciudadano malvado no puede obrar mal en una república que no esté corrompida: conclusión que se refuerza, además de las razones que entonces se dijeron, con el ejemplo de Espurio Casio y de Manlio Capitolino. El cual Espurio, siendo hombre ambicioso y queriendo tomar autoridad extraordinaria en Roma, y ganarse a la plebe haciéndole muchos beneficios, como era repartirle aquellos campos que los romanos habían tomado a los hernicos, fue descubierta por los Padres esta su ambición, y en tal medida puesta bajo sospecha, que, hablando él al pueblo y ofreciéndole darle aquel dinero que se había obtenido de los granos que el erario público había hecho venir de Sicilia, lo rechazó del todo, pareciéndole a aquel que Espurio quería darles el precio de su libertad. Pero si tal pueblo hubiese estado corrompido, no habría rechazado dicho precio, y le habría abierto a la tiranía aquel camino que le cerró. Hace ejemplo mucho mayor que este Manlio Capitolino: porque mediante él se ve cuánta virtud de ánimo y de cuerpo, cuántas buenas obras hechas en favor de la patria, borra después una fea codicia de reinar: la cual, como se ve, nació en él por la envidia que tenía de los honores que se hacían a Camilo; y llegó a tal ceguera de mente que, no pensando en el modo de vivir de la ciudad, no examinando el estado de ella, el cual no era todavía apto para recibir forma perversa, se puso a hacer tumultos en Roma contra el Senado y contra las leyes patrias. Donde se conoce la perfección de aquella ciudad y la bondad de su materia: porque en su caso ninguno de la Nobleza, por mucho que fuesen acérrimos defensores unos de otros, se movió a favorecerlo; ninguno de sus parientes hizo gestión a su favor: y con los demás acusados solían comparecer, desaliñados, vestidos de negro, todos afligidos para pedir misericordia a favor del acusado, y con Manlio no se vio a ninguno. Los Tribunos de la plebe, que solían siempre favorecer las cosas que parecían venir en beneficio del pueblo, y cuanto más eran contra los nobles, tanto más las empujaban; en este caso se unieron con los nobles para reprimir una común peste. El pueblo de Roma, deseosísimo de su propio provecho y amador de las cosas que venían contra la Nobleza, aunque hizo a Manlio bastantes favores, sin embargo, cuando los Tribunos lo citaron y remitieron su causa al juicio del pueblo, aquel pueblo, convertido de defensor en juez, sin miramiento alguno lo condenó a muerte. Por tanto, no creo que haya ejemplo en esta historia más apto para mostrar la bondad de todos los órdenes de aquella República que este; viendo que nadie de aquella ciudad se movió a defender a un ciudadano lleno de toda virtud, y que pública y privadamente había hecho muchísimas obras laudables. Porque en todos ellos pudo más el amor de la patria que cualquier otro respeto; y consideraron mucho más los peligros presentes que de él dependían que los méritos pasados: tanto que con su muerte se liberaron. Y Tito Livio dice: «Este fue el fin de un varón que, de no haber nacido en una ciudad libre, habría sido memorable». Donde son de considerar dos cosas: la una, que por otros modos se ha de buscar gloria en una ciudad corrompida que en una que todavía vive políticamente; la otra (que es casi lo mismo que la primera), que los hombres en su proceder, y tanto más en las acciones grandes, deben considerar los tiempos y acomodarse a ellos.
Y quienes, por mala elección o por inclinación natural, se desacoplan de los tiempos, viven casi siempre infelices y tienen mal resultado en sus acciones; al contrario les ocurre a los que concuerdan con el tiempo. Y sin duda, por las palabras antes citadas del historiador, se puede concluir que, si Manlio hubiera nacido en los tiempos de Mario y de Sila, cuando ya la materia estaba corrompida y donde habría podido imprimir la forma de su ambición, habría tenido los mismos seguidores y éxitos que Mario y Sila, y los demás después de ellos que aspiraron a la tiranía. Igualmente, si Sila y Mario hubieran vivido en los tiempos de Manlio, habrían sido aplastados en sus primeras empresas. Porque un hombre bien puede empezar con sus modos y con sus malas artes a corromper al pueblo de una ciudad, pero es imposible que la vida de uno solo baste para corromperla de modo que él mismo pueda sacar provecho de ello; y aunque fuera posible que lo hiciera con el paso del tiempo, sería imposible, dado el modo de proceder de los hombres, que son impacientes y no pueden aplazar largamente una pasión suya. Además, se engañan en sus cosas, y sobre todo en aquellas que desean mucho; de modo que, ya sea por poca paciencia o por engañarse, entrarían en empresas en contra del tiempo, y acabarían mal. Por eso es necesario, para tomar autoridad en una república e imponerle una forma perversa, encontrar la materia desordenada por el tiempo, y que poco a poco, y de generación en generación, se haya conducido al desorden: al cual llega necesariamente cuando no se renueva a menudo, como se dijo antes, con buenos ejemplos, o con nuevas leyes que la devuelvan a sus principios. Habría sido, pues, Manlio un hombre raro y memorable si hubiera nacido en una ciudad corrupta. Y por ello deben los ciudadanos que en las repúblicas emprenden alguna acción ya sea en favor de la libertad o en favor de la tiranía, considerar el tema que tienen, y juzgar por él la dificultad de sus empresas. Porque tan difícil y peligroso es querer hacer libre a un pueblo que quiere vivir esclavo, como querer hacer esclavo a un pueblo que quiere vivir libre. Y puesto que antes se dice que los hombres al obrar deben considerar las cualidades de los tiempos y proceder según ellas, hablaremos de ello ampliamente en el capítulo siguiente.
Capítulo9Cómo conviene variar con los tiempos si quieres tener siempre buena fortuna
He considerado muchas veces que la causa de la mala y de la buena fortuna de los hombres está en que su modo de proceder corresponda con los tiempos: porque se ve que los hombres en sus obras proceden, algunos con ímpetu, algunos con respeto y con cautela. Y como en uno y otro de estos modos se pasan los límites convenientes, no pudiendo observarse la verdadera vía, en uno y otro se yerra. Pero yerra menos y tiene la fortuna próspera aquel que corresponde, como he dicho, con su modo al tiempo, y siempre procede según te obliga la naturaleza. Todos saben cómo Fabio Máximo procedía con su ejército respetuosamente y con cautela, alejado de todo ímpetu y de toda audacia romana, y la buena fortuna hizo que este modo suyo correspondiera bien con los tiempos. Porque, habiendo venido Aníbal a Italia, joven y con una fortuna fresca, y habiendo ya derrotado al pueblo romano dos veces; y estando aquella república casi privada de su buena milicia y atemorizada; no pudo tener mejor fortuna que tener un capitán que, con su lentitud y cautela, mantuviera a raya al enemigo. Ni tampoco Fabio pudo encontrar tiempos más convenientes a sus modos: de lo cual nació que fue glorioso. Y que Fabio hiciera esto por naturaleza, y no por elección, se vio cuando, queriendo Escipión pasar a África con aquellos ejércitos para acabar la guerra, Fabio se lo impidió mucho, como aquel que no podía desprenderse de sus modos y de su costumbre; de modo que, si hubiera dependido de él, Aníbal estaría todavía en Italia; como aquel que no se daba cuenta de que habían cambiado los tiempos, y que era necesario cambiar el modo de guerra. Y si Fabio hubiera sido rey de Roma, podía fácilmente haber perdido aquella guerra; porque no habría sabido variar su proceder según variaban los tiempos: pero habiendo nacido en una república donde había diversos ciudadanos y diversos temperamentos, como tuvo a Fabio, que fue óptimo en los tiempos oportunos para sostener la guerra, así tuvo luego a Escipión, en los tiempos aptos para ganarla.
De aquí nace que una república tiene mayor vida, y tiene más largamente buena fortuna, que un principado; porque puede acomodarse mejor a la diversidad de los tiempos, por la diversidad de los ciudadanos que hay en ella, que no puede un príncipe. Porque un hombre que esté acostumbrado a proceder de un modo, no cambia nunca, como está dicho; y conviene necesariamente que, cuando se mutan los tiempos desacordes a su modo, él se arruine.
Piero Soderini, citado antes, procedía en todas sus cosas con humanidad y paciencia. Prosperó él y su patria, mientras los tiempos fueron conformes al modo de proceder suyo: pero cuando vinieron después tiempos en que era necesario romper la paciencia y la humildad, no lo supo hacer; de modo que se arruinó junto con su patria. El papa Julio II procedió durante todo el tiempo de su pontificado con ímpetu y con furia; y como los tiempos lo acompañaron bien, le salieron bien todas sus empresas. Pero si hubieran venido otros tiempos que hubieran requerido otro consejo, necesariamente se habría arruinado; porque no habría cambiado ni modo ni orden en manejarse. Y que no podamos cambiarnos, son causa de ello dos cosas: la una, que no podemos oponernos a aquello a lo que nos inclina la naturaleza; la otra, que, habiendo uno prosperado mucho con un modo de proceder, no es posible persuadirlo de que pueda hacer bien procediendo de otra manera: de donde nace que en un hombre la fortuna varía, porque ella varía los tiempos, y él no varía los modos. Nace también de aquí la ruina de las ciudades, por no variar los órdenes de las repúblicas con los tiempos; como largamente discurrimos antes: pero son más lentas, porque les cuesta más variar, pues es necesario que vengan tiempos que conmuevan a toda la república, a lo que no basta un solo hombre variando el modo de proceder.
Y puesto que hemos hecho mención de Fabio Máximo que mantuvo a raya a Aníbal, me parece oportuno discurrir en el capítulo siguiente si un capitán, queriendo dar batalla a toda costa con el enemigo, puede ser impedido por este de que no lo haga.
Capítulo10Que un capitán no puede evitar la batalla cuando el adversario la quiere dar a toda costa
«Cneo Sulpicio dictador alargaba la guerra contra los galos, no queriendo encomendarse a la fortuna contra un enemigo al que el tiempo, cada día, y el lugar ajeno, hacían peor». Cuando se sigue un error en el que todos los hombres o la mayor parte se engañan, no creo que sea malo reprenderlo muchas veces. Por tanto, aunque haya mostrado antes muchas veces cuánto las acciones en las cosas grandes son distintas de las de los tiempos antiguos, no me parece superfluo en el presente replicarlo. Porque si en alguna parte se desvía de los órdenes antiguos, se desvía sobre todo en las acciones militares, donde en el presente no se observa ninguna de aquellas cosas que por los antiguos eran muy estimadas. Y ha nacido este inconveniente porque las repúblicas y los príncipes han impuesto este cuidado a otros; y por huir de los peligros se han alejado de este ejercicio: y si bien se ve alguna vez a algún rey de los tiempos nuestros ir en persona, no se cree, sin embargo, que de él nazcan otros modos que merezcan más alabanza. Porque aquel ejercicio, cuando lo hacen, lo hacen por pompa, y no por ninguna otra causa laudable. Sin embargo, estos cometen menores errores revisando sus ejércitos alguna vez en persona, teniendo cerca de ellos el título del imperio, que no lo hacen las repúblicas, y sobre todo las italianas; las cuales, confiándose a otros, y no entendiéndose en nada de lo que pertenece a la guerra; y, por otra parte, queriendo, para parecer que son ellas el príncipe, deliberar sobre ello, cometen en tal deliberación mil errores. Y aunque de algunos he discurrido en otra parte, quiero en el presente no callar uno muy importante. Cuando estos príncipes ociosos, o repúblicas afeminadas, envían fuera a algún capitán suyo, la más sabia instrucción que les parece darle es que de ningún modo entre en batalla, antes bien, que sobre todo se guarde del combate; y pareciéndoles, en esto, imitar la prudencia de Fabio Máximo, que, difiriendo el combatir, salvó el estado a los romanos, no entienden que, la mayor parte de las veces, esta instrucción es nula o es dañosa. Por lo que debe tomarse esta conclusión: que un capitán que quiera estar en campaña no puede evitar la batalla cuando el enemigo la quiere dar a toda costa. Y no es otra cosa esta instrucción que decir: da la batalla a gusto del enemigo, y no a tu gusto. Porque para estar en campaña y no dar batalla, no hay otro remedio seguro que ponerse a cincuenta millas al menos del enemigo; y luego tener buenas espías, de modo que, viniendo aquel hacia ti, tengas tiempo de alejarte. Otro recurso hay; encerrarte en una ciudad. Y uno y otro de estos dos recursos es dañosísimo. En el primero se deja en presa el país propio al enemigo; y un príncipe valiente querrá más bien tentar la fortuna del combate, que alargar la guerra con tanto daño de los súbditos. En el segundo recurso está la pérdida manifiesta; porque conviene que, retirándote con un ejército en una ciudad, vengas a ser asediado, y en poco tiempo padecer hambre, y venir a rendición. De modo que evitar la batalla, por estas dos vías, es dañosísimo. El modo que adoptó Fabio Máximo, de estar en los lugares fuertes, es bueno cuando tienes un ejército tan virtuoso, que el enemigo no tenga audacia de venir a buscarte dentro de tus ventajas. Ni se puede decir que Fabio huyera la batalla, sino más bien que la quería dar con su ventaja. Porque si Aníbal hubiera ido a buscarlo, Fabio lo habría esperado, y dado batalla con él: pero Aníbal no se atrevió nunca a combatir con él a su modo. De modo que la batalla fue evitada tanto por Aníbal como por Fabio: pero si uno de los dos la hubiera querido dar a toda costa, el otro no tenía más que uno de tres remedios; los dos antes dichos, o huir.
Y que esto que digo es verdad se ve claramente con mil ejemplos, y sobre todo en la guerra que los romanos hicieron con Filipo de Macedonia, padre de Perseo: porque Filipo, siendo atacado por los romanos, decidió no entrar en combate; y, para no entrar en él, quiso hacer primero como había hecho Fabio Máximo en Italia; y se situó con su ejército sobre la cima de un monte, donde se fortificó mucho, juzgando que los romanos no tendrían valor para ir a buscarlo. Pero, habiendo ido allí y combatido, lo echaron de aquel monte; y él, no pudiendo resistir, huyó con la mayor parte de sus tropas. Y lo que lo salvó de no ser aniquilado del todo fue lo escarpado del terreno, que hizo que los romanos no pudieran perseguirlo. Filipo, pues, no queriendo entrar en combate, y habiéndose instalado con el campamento cerca de los romanos, tuvo que huir; y habiendo conocido por esta experiencia que, no queriendo combatir, no le bastaba con estar sobre los montes, y no queriendo encerrarse en las ciudades, decidió adoptar el otro modo, de mantenerse alejado muchas millas del campamento romano. De manera que, si los romanos estaban en una provincia, él se iba a otra, y así siempre, de donde los romanos partían él entraba. Y viendo, al final, cómo al alargar la guerra por este camino sus condiciones empeoraban, y que sus súbditos ora por él ora por los enemigos eran oprimidos, decidió probar la fortuna del combate; y así llegó con los romanos a una batalla campal. Es útil pues no combatir cuando los ejércitos tienen estas condiciones que tenía el ejército de Fabio, y que ahora tiene el de Gneo Sulpicio, es decir tener un ejército tan bueno que el enemigo no se atreva a ir a buscarte dentro de tus fortificaciones; y que el enemigo esté en tu territorio sin haber tomado mucho pie, donde sufra necesidad de víveres. Y es en este caso el partido útil, por las razones que dice Tito Livio: «no queriendo confiarse a la fortuna contra un enemigo al que el tiempo y el país ajeno harían cada día más débil». Pero en cualquier otro caso no se puede evitar la batalla, sino con deshonra y peligro para ti. Porque huir, como hizo Filipo, es como ser derrotado; y con más vergüenza, cuanto menos se ha hecho prueba de tu valor. Y si a él le salió bien salvarse, no le saldría bien a otro que no fuese ayudado por el terreno como él. Que Aníbal no fuese maestro de guerra, nadie lo dirá jamás; y estando frente a Escipión en África, si hubiera visto ventaja en alargar la guerra, lo habría hecho; y quizás, siendo él buen capitán, y teniendo buen ejército, lo habría podido hacer, como hizo Fabio en Italia: pero no habiéndolo hecho, se debe creer que alguna razón importante lo movió. Porque un príncipe que tenga un ejército reunido, y vea que por falta de dinero o de amigos no puede mantener por mucho tiempo tal ejército, está totalmente loco si no prueba fortuna antes de que tal ejército se tenga que disolver: porque, esperando, pierde lo seguro; probando, podría vencer.
Otra cosa hay todavía que se debe considerar mucho: la cual es que se debe, incluso perdiendo, querer alcanzar gloria; y más gloria se tiene, al ser vencido por la fuerza, que por otro inconveniente que te haya hecho perder. Así que Aníbal debía estar obligado por estas necesidades. Y por otro lado, Escipión, si Aníbal hubiera diferido la batalla, y no le hubiese bastado el ánimo para ir a buscarlo en los lugares fuertes, no sufría, por haber vencido ya a Sífax y conquistado tantas tierras en África, que podía estar allí seguro y con comodidad como en Italia. Lo cual no sucedía con Aníbal, cuando estaba frente a Fabio; ni con estos franceses, que estaban frente a Sulpicio.
Tanto menos aún puede evitar la batalla aquel que con el ejército ataca el territorio ajeno; porque, si quiere entrar en el territorio del enemigo, le conviene, cuando el enemigo le sale al encuentro, combatir con él, y si pone sitio a una ciudad, se obliga tanto más al combate: como en nuestros tiempos sucedió al duque Carlos de Borgoña, que, estando acampado en Morat, ciudad de los suizos, fue atacado y derrotado por los suizos, y como sucedió al ejército de Francia, que, sitiando Novara, fue igualmente derrotado por los suizos.
Capítulo11Que quien tiene que tratar con muchos, aunque sea inferior, con tal de que pueda sostener los primeros ímpetus, vence
El poder de los tribunos de la plebe en la ciudad de Roma fue grande; y fue necesario, como muchas veces hemos discutido, porque de otro modo no se habría podido poner freno a la ambición de la nobleza, la cual habría mucho tiempo antes corrompido aquella república, de lo que se corrompió. Sin embargo, puesto que en cada cosa, como otras veces se ha dicho, está escondido algún mal propio, que hace surgir nuevos accidentes, es necesario proveer a esto con nuevos ordenamientos. Habiendo, por tanto, la autoridad tribunicia devenido insolente, y formidable para la nobleza y para toda Roma, habría nacido de ello algún inconveniente, dañoso para la libertad romana, si Apio Claudio no hubiera mostrado el modo con el cual se tenían que defender contra la ambición de los tribunos: el cual fue que encontraban siempre entre ellos alguno que fuese, o miedoso, o corruptible, o amante del bien común; de manera que lo disponían a oponerse a la voluntad de aquellos otros, que quisiesen llevar adelante alguna deliberación contra la voluntad del Senado. Este remedio fue un gran temperamento a tanta autoridad, y por muchos tiempos ayudó a Roma. Esta cosa me ha hecho considerar que, siempre que hay muchos poderosos unidos contra otro poderoso aunque todos juntos sean mucho más poderosos que aquel, no obstante se debe siempre esperar más en aquel solo y menos fuerte que en aquellos muchos, aunque sean muy fuertes. Porque, dejando aparte todas aquellas cosas de las cuales uno solo puede, más que muchos, valerse (que son infinitas), siempre ocurrirá esto: que podrá, usando un poco de industria, desunir a los muchos; y aquel cuerpo, que era fuerte, hacerlo débil. Yo no quiero aducir en esto ejemplos antiguos, de los que habría muchos; sino que quiero que me basten los modernos, sucedidos en nuestros tiempos.
En 1483 toda Italia conspiró contra los venecianos; y cuando ellos estaban ya del todo perdidos y no podían mantenerse más con el ejército en campaña, corrompieron al señor Ludovico que gobernaba Milán, y mediante tal corrupción lograron un acuerdo en el cual no solo recuperaron las tierras perdidas sino que usurparon parte del estado de Ferrara. Y así quienes perdían en la guerra quedaron superiores en la paz. Hace pocos años todo el mundo conspiró contra Francia: sin embargo, antes de que se viera el fin de la guerra, España se rebeló contra los confederados e hizo acuerdo con ella; de modo que los demás confederados se vieron obligados, poco después, a llegar también ellos a un acuerdo. De manera que, sin duda, siempre se debe juzgar, cuando se ve una guerra movida por muchos contra uno, que ese uno habrá de quedar superior, cuando sea de tal virtud que pueda sostener los primeros ímpetus y con el temporizar aguardar su momento. Porque, cuando no fuera así, correría mil peligros: como le sucedió a los venecianos en el ocho, los cuales, si hubieran podido temporizar con el ejército francés y haber tenido tiempo para ganarse a alguno de quienes estaban coligados contra ellos, habrían evitado aquella ruina; pero, no teniendo armas virtuosas para poder temporizar al enemigo, y por esto no habiendo tenido tiempo de separar a alguno, se arruinaron. Por lo cual se vio que el Papa, una vez que recuperó sus cosas, se hizo amigo de ellos, y así también España: y muy gustosamente uno y otro de estos dos príncipes habrían salvado su estado de Lombardía contra Francia, para no hacerla tan grande en Italia, si hubieran podido. Podían, pues, los venecianos dar parte para salvar el resto: lo cual si lo hubieran hecho a tiempo de que pareciera que no había sido por necesidad, y antes de los movimientos de la guerra, habría sido decisión sapientísima; pero en plenos movimientos era vergonzoso, y quizá de poco provecho. Pero, antes de tales movimientos, pocos de los ciudadanos en Venecia podían ver el peligro, poquísimos ver el remedio, y ninguno aconsejarlo. Mas, para volver al principio de este discurso, concluyo: que así como el Senado romano tuvo remedio para la salvación de la patria contra la ambición de los Tribunos, por ser muchos, así tendrá remedio cualquier príncipe que sea asaltado por muchos, siempre que sepa con prudencia usar medios convenientes para desunirlos.
Capítulo12Cómo un capitán prudente debe imponer toda necesidad de combatir a sus soldados, y quitársela a los del enemigo
Otras veces hemos discutido cuán útil es para las acciones humanas la necesidad, y a qué gloria han sido conducidas por ella; y, como ha sido escrito por algunos filósofos morales, las manos y la lengua de los hombres, dos nobilísimos instrumentos para ennoblecerlo, no habrían operado perfectamente ni conducido las obras humanas a aquella altura a la que se ve que han sido conducidas, si no hubieran sido empujadas por la necesidad. Siendo conocida, pues, por los antiguos capitanes de los ejércitos la virtud de tal necesidad, y cuánto por ella los ánimos de los soldados se volvían obstinados para combatir; hacían todo lo posible para que sus soldados fueran constreñidos por ella; y, por otra parte, usaban toda industria para que los enemigos se liberaran de ella: y por esto muchas veces abrían al enemigo aquella vía que ellos podían cerrarle; y a sus propios soldados cerraban aquella que podían dejar abierta. Aquel, pues, que desea o que una ciudad se defienda obstinadamente, o que un ejército en campaña combata obstinadamente, debe, sobre toda otra cosa, ingeniarse para poner, en los pechos de quienes han de combatir, tal necesidad. De modo que un capitán prudente, que hubiera de ir a la expugnación de una ciudad, debe medir la facilidad o la dificultad de expugnarla, a partir de conocer y considerar qué necesidad constriñe a los habitantes de ella a defenderse: y cuando encuentre mucha necesidad que los constriña a la defensa, juzgue la expugnación difícil; de lo contrario, la juzgue fácil. De aquí nace que las tierras, después de la rebelión, son más difíciles de conquistar que en el primer asalto; porque, al principio, no teniendo causa de temer castigo, por no haber ofendido, se rinden fácilmente; pero pareciéndoles, habiéndose después rebelado, haber ofendido, y por esto temiendo el castigo, se vuelven difíciles de ser expugnadas. Nace también tal obstinación de los odios naturales que tienen los príncipes vecinos, y las repúblicas vecinas, unos con otros: lo cual procede de ambición de dominar y celos de su estado, máxime si son repúblicas, como sucede en Toscana; cuya pugna y contención ha hecho y hará siempre difícil la expugnación de unas por otras. Por tanto, quien considere bien los vecinos de la ciudad de Florencia y los vecinos de la ciudad de Venecia, no se maravillará, como muchos hacen, de que Florencia haya gastado más en las guerras y conquistado menos que Venecia: porque todo nace de no haber tenido los venecianos las tierras vecinas tan obstinadas en la defensa, como las ha tenido Florencia; por haber estado todas las ciudades limítrofes a Venecia acostumbradas a vivir bajo un príncipe, y no libres; y quienes están acostumbrados a servir, estiman muchas veces poco el mudar de amo, es más muchas veces lo desean. De manera que Venecia, aunque haya tenido vecinos más potentes que Florencia, por haber encontrado las tierras menos obstinadas, las ha podido vencer más pronto, que no lo ha hecho aquella estando rodeada por todas ciudades libres.
Debe pues un capitán, para volver al primer discurso, cuando asalta una tierra, con toda diligencia ingeniarse para quitar, a los defensores de ella, tal necesidad, y, por consecuencia, tal obstinación; prometiendo perdón, si tienen miedo del castigo; y si tuvieran miedo por la libertad, mostrar que no va contra el bien común, sino contra unos pocos ambiciosos de la ciudad; lo cual muchas veces ha facilitado las empresas y las expugnaciones de las tierras. Y aunque tales colores sean fácilmente conocidos, y máxime por los hombres prudentes; sin embargo a menudo son engañados los pueblos, los cuales, codiciosos de la paz presente, cierran los ojos a cualquier otro lazo que bajo las amplias promesas se tendiera. Y por esta vía infinitas ciudades se han vuelto siervas: como sucedió a Florencia en los tiempos próximos; y como sucedió a Craso y a su ejército: el cual, aunque conociera las vanas promesas de los partos, que eran hechas para quitar la necesidad a sus soldados de defenderse, no pudo sin embargo mantenerlos obstinados, cegados por las ofertas de paz que les eran hechas por sus enemigos; como se ve particularmente leyendo la vida de aquel. Digo por tanto, que habiendo los samnitas, fuera de las convenciones del acuerdo, por la ambición de unos pocos, corrido y saqueado los campos de los confederados romanos; y habiendo después mandado embajadores a Roma a pedir paz, ofreciendo restituir las cosas saqueadas y dar prisioneros a los autores de los tumultos y del saqueo; fueron rechazados por los romanos. Y vueltos al Samnio sin esperanza de acuerdo, Claudio Poncio, capitán entonces del ejército de los samnitas, con una notable oración suya mostró cómo los romanos querían de todas formas guerra, y, aunque por su parte se deseara la paz, la necesidad los hacía seguir la guerra diciendo estas palabras: «Iustum est bellum quibus necessarium, et pia arma quibus nisi in armis spes est»; sobre cuya necesidad él fundó con sus soldados la esperanza de la victoria. Y para no tener que volver más sobre esta materia, me parece aducir aquellos ejemplos romanos que son más dignos de notación. Estaba Gayo Manilio con el ejército, frente a los veyentes; y habiendo parte del ejército veyente entrado dentro de las empalizadas de Manilio, corrió Manilio con una banda al socorro de los suyos; y para que los veyentes no pudieran salvarse, ocupó todos los accesos del campo; de donde viéndose los veyentes encerrados, comenzaron a combatir con tanta rabia, que mataron a Manilio; y habrían oprimido a todo el resto de los romanos, si no hubiera sido por la prudencia de un Tribuno que les abrió la vía para irse. Donde se ve cómo, mientras la necesidad constriñó a los veyentes a combatir, combatieron ferocísimamente; pero cuando vieron abierta la vía, pensaron más en huir que en combatir.
Los volscos y los ecuos habían entrado con sus ejércitos en los confines romanos. Se enviaron los cónsules a su encuentro. De modo que, al trabarse la batalla, el ejército de los volscos, del cual era jefe Vecio Mesio, se encontró de pronto encerrado entre sus empalizadas, ocupadas por los romanos, y el otro ejército romano; y viendo cómo le era necesario o morir o abrirse paso con el hierro, dijo a sus soldados estas palabras: «Ite mecum; non murus nec vallum, armati armatis obstant; virtute pares, quae ultimum ac maximum telum est, necessitate superiores estis». Así que esta necesidad es llamada por Tito Livio «ultimum ac maximum telum». Camilo, el más prudente de todos los capitanes romanos, estando ya dentro de la ciudad de Veyes con su ejército, para facilitar la toma de aquella y quitar a los enemigos una última necesidad de defenderse, ordenó, de modo que los veyentinos oyeron, que nadie ofendiese a quienes estuvieran desarmados; de manera que, arrojadas las armas al suelo, se tomó aquella ciudad casi sin sangre. Este método fue después observado por muchos capitanes.
Capítulo13Dónde hay más que confiar, si en un buen capitán que tenga el ejército débil, o en un buen ejército que tenga el capitán débil
Habiéndose convertido Coriolano en exiliado de Roma, se fue a los volscos; donde, conseguido un ejército para vengarse contra sus ciudadanos, se vino a Roma; de donde después se marchó, más por la piedad de su madre que por las fuerzas de los romanos. Sobre este punto dice Tito Livio que se conoció por esto cómo la República romana creció más por la virtud de los capitanes que de los soldados; considerando que los volscos hasta entonces habían sido vencidos, y solo después vencieron cuando Coriolano fue su capitán. Y aunque Livio sostiene tal opinión, sin embargo se ve en muchos lugares de su historia que la virtud de los soldados sin capitán ha hecho pruebas maravillosas, y han estado más ordenados y más feroces después de la muerte de sus cónsules que antes de que murieran: como ocurrió en el ejército que los romanos tenían en España bajo los Escipiones; el cual, muertos los dos capitanes, pudo, con su virtud, no solo salvarse a sí mismo, sino vencer al enemigo y conservar aquella provincia para la República. De modo que, discurriendo sobre todo, se encontrarán muchos ejemplos donde solo la virtud de los soldados habrá ganado la jornada; y muchos otros donde solo la virtud de los capitanes habrá hecho el mismo efecto: de modo que se puede juzgar que el uno tiene necesidad del otro, y el otro del uno.
Hay que considerar, en primer lugar, cuál es más temible, si un buen ejército mal capitaneado, o un buen capitán acompañado de mal ejército. Y siguiendo en esto la opinión de César, se debe estimar poco el uno y el otro. Porque, yendo él a España contra Afranio y Petreyo, que tenían un óptimo ejército, dijo que los estimaba poco, «quia ibat ad exercitum sine duce», mostrando la debilidad de los capitanes. Al contrario, cuando fue a Tesalia contra Pompeyo, dijo: «Vado ad ducem sine exercitu».
Se puede considerar otra cosa: cuál es más fácil, si a un buen capitán hacer un buen ejército, o a un buen ejército hacer un buen capitán. Sobre esto digo que tal cuestión parece decidida: porque más fácilmente muchos buenos encontrarán o instruirán a uno, de modo que se vuelva bueno, que no hará uno a muchos. Lúculo, cuando fue enviado contra Mitrídates, era del todo inexperto en la guerra; sin embargo aquel buen ejército, donde había muchos jefes óptimos, lo hicieron pronto un buen capitán. Los romanos armaron, por falta de hombres, a muchos siervos, y los dieron a ejercitar a Sempronio Graco, el cual en poco tiempo hizo un buen ejército. Pelópidas y Epaminondas, como dijimos en otra parte, después de que hubieron liberado a Tebas su patria de la servidumbre de los espartanos, en poco tiempo hicieron, de los campesinos tebanos, soldados óptimos, que pudieron no solo sostener la milicia espartana sino vencerla. Así que la cosa es igual, porque el uno bueno puede encontrar al otro. Sin embargo un ejército bueno sin jefe bueno suele volverse insolente y peligroso; como se volvió el ejército de Macedonia después de la muerte de Alejandro, y como eran los soldados veteranos en las guerras civiles. Tanto que yo creo que hay que confiar mucho más en un capitán que tenga tiempo para instruir hombres y comodidad para armarlos, que en un ejército insolente con un jefe tumultuario hecho por él. Por ello se debe doblar la gloria y la alabanza a aquellos capitanes que, no solo han tenido que vencer al enemigo, sino que, antes de llegar a las manos con aquel, les ha convenido instruir a su ejército y hacerlo bueno: porque en estos se muestra doble virtud, y tan rara, que, si tal mérito hubiera sido dado a muchos, serían estimados y reputados mucho menos de lo que son.
Capítulo14Las invenciones nuevas que aparecen en medio de la batalla, y las voces nuevas que se oyen, qué efectos producen
De cuánta importancia es en los conflictos y en las batallas un nuevo accidente que nazca por cosa que de nuevo se vea u oiga, se demuestra en muchos lugares: y sobre todo por este ejemplo que ocurrió en la batalla que los romanos hicieron con los volscos: donde Quincio, viendo inclinarse uno de los cuernos de su ejército, comenzó a gritar fuerte, que se mantuvieran firmes porque el otro cuerno del ejército era victorioso: con la cual palabra habiendo dado ánimo a los suyos y espanto a los enemigos, venció. Y si tales voces en un ejército bien ordenado hacen efectos grandes, en uno tumultuario y mal ordenado los hacen grandísimos, porque el todo es movido por semejante viento. Yo quiero aducir un ejemplo notable, ocurrido en nuestros tiempos. Estaba la ciudad de Perugia, pocos años atrás, dividida en dos partes, Oddi y Baglioni. Estos reinaban; aquellos otros eran exiliados: los cuales habiendo, mediante sus amigos, reunido ejército, y habiéndose reducido a alguna tierra suya próxima a Perugia, con el favor de la parte, una noche entraron en aquella ciudad, y, sin ser descubiertos, se vinieron para tomar la plaza. Y porque aquella ciudad en todas las esquinas de las calles tiene cadenas que la mantienen cerrada, tenían las gentes oddescas, delante, a uno que con una maza de hierro rompía los cerrojos de aquellas, para que los caballos pudieran pasar; y quedándole por romper solo la que desembocaba en la plaza, y habiéndose ya levantado el rumor a las armas, y estando aquel que rompía oprimido por la turba que le venía detrás, sin poder por esto alzar bien los brazos para romper; para poderse manejar, se le vino a decir: —¡Haceos atrás!— la cual voz yendo de grado en grado diciendo «¡atrás!», comenzó a hacer huir a los últimos, y de uno en uno a los otros, con tanta furia, que por ellos mismos se rompieron: y así quedó vano el designio de los Oddi, por causa de tan débil accidente.
De donde hay que considerar que, no tanto los órdenes en un ejército son necesarios para poder combatir ordenadamente cuanto porque cualquier mínimo accidente no te desordene. Porque, no por otra razón las multitudes populares son inútiles para la guerra, sino porque cualquier rumor, cualquier voz, cualquier estrépito, los altera y los hace huir. Y por ello un buen capitán entre sus otros órdenes debe ordenar quiénes son aquellos que han de tomar su voz y transmitirla a otros, y acostumbrar a sus soldados a que no crean sino a aquellos; y a sus capitanes, que no digan sino lo que por él es mandado; porque, no observada bien esta parte, se ha visto muchas veces haber producido desórdenes grandísimos.
En cuanto a mostrar cosas nuevas, todo jefe debe ingeniarse para hacer que aparezca alguna mientras los ejércitos están en combate, que dé ánimo a los suyos y lo quite a los enemigos; porque entre los acontecimientos que te dan la victoria, este es muy eficaz. De esto puede aducirse como testimonio a Cayo Sulpicio, dictador romano, que al entrar en batalla con los galos armó a todos los mozos de equipaje y gente vil del campamento, y habiéndolos hecho montar sobre mulos y otras bestias de carga con armas y enseñas para parecer gente de caballería, los colocó detrás de un monte y mandó que, a una señal dada, cuando la refriega fuera más encarnizada, se descubrieran y se mostraran a los enemigos. Esta cosa así ordenada y hecha dio tanto terror a los galos que perdieron la batalla. Por eso un buen jefe debe hacer dos cosas: la primera, ver con algunas de estas nuevas invenciones cómo asustar al enemigo; la segunda, estar preparado para que, siendo hechas por el enemigo contra él, pueda descubrirlas y hacer que le resulten vanas. Como hizo el rey de India con Semíramis, la cual, viendo que aquel rey tenía buen número de elefantes, para asustarlo y mostrarle que ella también tenía en abundancia, formó muchos con pieles de búfalos y vacas, y habiéndolos puesto sobre camellos, los mandó delante; pero al ser descubierto el engaño por el rey, aquel plan suyo le resultó no solamente vano sino también dañoso. Mamerco, dictador, luchaba contra los fidenates, los cuales, para asustar al ejército romano, ordenaron que, en el ardor de la refriega, saliera de Fidenas un número de soldados con fuegos en las lanzas, para que los romanos, ocupados por la novedad de la cosa, rompieran entre ellos las filas. Sobre esto hay que notar que cuando tales invenciones tienen más de verdadero que de fingido, se puede entonces presentarlas bien a los hombres, porque, teniendo bastante de vigoroso, no se puede descubrir tan pronto su debilidad; pero cuando tienen más de fingido que de verdadero, es bueno o no hacerlas o, haciéndolas, tenerlas a distancia, de manera que no puedan ser descubiertas tan pronto, como hizo Cayo Sulpicio con los muleros. Porque cuando hay dentro debilidad, acercándose se descubren pronto y te hacen daño y no favor, como hicieron los elefantes a Semíramis y a los fidenates los fuegos, los cuales, aunque al principio turbaron un poco al ejército, sin embargo, cuando llegó el dictador y comenzó a gritarles diciendo que no se avergonzaban de huir del humo como las abejas y que debían volverse contra ellos, gritando: «Destruid Fidenas con sus propias llamas, ya que no pudisteis aplacarla con vuestros beneficios», aquel invento resultó inútil a los fidenates y quedaron perdedores de la batalla.
Capítulo15Que uno solo y no muchos sean puestos al mando de un ejército, y cómo los muchos jefes perjudican
Habiéndose rebelado los fidenates y habiendo matado a aquella colonia que los romanos habían enviado a Fidenas, crearon los romanos, para remediar este ultraje, cuatro tribunos con potestad consular, de los cuales dejaron uno en la guardia de Roma y mandaron tres contra los fidenates y los veyentes. Estos, por estar divididos entre sí y desunidos, obtuvieron deshonra pero no daño, porque de la deshonra fueron ellos la causa; de no recibir daño fue causa la virtud de los soldados. Por lo que los romanos, viendo este desorden, recurrieron a la creación del dictador, para que uno solo reordenara lo que tres habían desordenado. De donde se conoce la inutilidad de muchos jefes en un ejército o en una ciudad que se haya de defender; y Tito Livio no lo puede decir más claramente que con las siguientes palabras: «Los tres tribunos con potestad consular fueron prueba de cuán inútil es en la guerra el mando de muchos, inclinándose cada uno a sus propios planes, cuando a unos les parecía una cosa y a otros otra, abrieron lugar a la ocasión al enemigo».
Y aunque este sea ejemplo suficiente para probar el desorden que hacen en la guerra los muchos jefes, quiero aducir algún otro, moderno y antiguo, para mayor aclaración de la cosa.
En 1500, después de la recuperación que hizo el rey de Francia Luis XII de Milán, mandó sus tropas a Pisa para restituirla a los florentinos, donde fueron mandados como comisarios Giovambatista Ridolfi y Luca di Antonio degli Albizi. Y porque Giovambatista era hombre de reputación y de más antigüedad, Luca del todo dejaba gobernar cada cosa a él; y si no demostraba su ambición oponiéndose a él, la demostraba callando y con el descuido y menosprecio de cada cosa, de modo que no ayudaba a las acciones del campo ni con las obras ni con el consejo, como si fuese hombre de ningún momento. Pero se vio luego todo lo contrario cuando Giovambatista, por cierto acontecimiento sucedido, hubo de volver a Florencia, donde Luca, quedado solo, demostró cuánto valía con el ánimo, con la industria y con el consejo, cosas todas que mientras hubo la compañía estaban perdidas. Quiero de nuevo aducir, en confirmación de esto, palabras de Tito Livio, el cual, refiriendo cómo habiendo sido mandado por los romanos contra los ecuos Quinzio y Agripa su colega, Agripa quiso que toda la administración de la guerra estuviera en manos de Quinzio, dice: «Es muy saludable en la administración de grandes cosas que la suprema autoridad esté en uno solo». Lo cual es contrario a lo que hoy hacen estas repúblicas y príncipes nuestros de mandar a los lugares, para administrarlos mejor, más de un comisario y más de un jefe, lo que hace una inestimable confusión. Y si se buscaran las causas de la ruina de los ejércitos italianos y franceses en nuestros tiempos, se encontraría que la más poderosa ha sido esta. Y se puede concluir verdaderamente que es mejor mandar en una expedición a un hombre solo de común prudencia que a dos hombres valentísimos juntos con la misma autoridad.
Capítulo16Que la verdadera virtud se va a buscar en los tiempos difíciles, y en los tiempos fáciles no los hombres virtuosos sino aquellos que por riquezas o por parentesco tienen más favor
Siempre fue y siempre será que los hombres grandes y raros en una república, en los tiempos pacíficos, son desdeñados; porque, por la envidia que se ha atraído la reputación que la virtud de ellos les ha dado, se encuentran en tales tiempos bastantes ciudadanos que quieren no solo ser iguales a ellos sino serles superiores. Y de esto hay un buen pasaje en Tucídides, historiador griego, el cual muestra cómo, habiendo quedado la república ateniense vencedora en la guerra del Peloponeso y habiendo frenado el orgullo de los espartanos y casi sometido toda la otra Grecia, subió a tanta reputación que proyectó ocupar Sicilia. Esta empresa entró en disputa en Atenas. Alcibíades y algún otro ciudadano aconsejaban que se hiciera, como aquellos que, pensando poco en el bien público, pensaban en su honor, proyectando ser jefes de tal empresa. Pero Nicias, que era el primero entre los reputados de Atenas, la disuadía; y la mayor razón que, al arengar al pueblo para que le dieran crédito, aducía era esta: que aconsejando él que no se hiciera esta guerra, aconsejaba cosa que no era para él, porque estando Atenas en paz sabía que había infinitos ciudadanos que querían pasarlo por delante; pero haciéndose guerra sabía que ningún ciudadano le sería superior o igual.
Se ve, por tanto, que en las repúblicas existe este desorden de hacer poco caso de los hombres valientes en tiempos tranquilos. Esta cosa los indigna de dos modos: uno por verse privados de su rango; el otro por verse igualar y superar por hombres indignos y de menor capacidad que ellos. Este desorden en las repúblicas ha causado muchas ruinas; porque aquellos ciudadanos que inmerecidamente se ven despreciados, y saben que la causa son los tiempos fáciles y no peligrosos, se esfuerzan por perturbarlos, promoviendo nuevas guerras en perjuicio de la república. Y pensando cuáles podrían ser los remedios, encuentro dos: uno, mantener a los ciudadanos pobres, para que con las riquezas sin virtud no puedan corromper ni a ellos mismos ni a otros; el otro, organizarse de modo para la guerra que siempre se pueda hacer guerra, y siempre se necesite de ciudadanos reputados, como los romanos en sus primeros tiempos. Porque, manteniendo aquella ciudad siempre ejércitos en campaña, siempre había lugar para la virtud de los hombres; y no se podía quitar el rango a uno que lo merecía y dárselo a uno que no lo merecía: porque, si acaso lo hacía alguna vez, por error o por probar, seguía tan pronto su desorden y peligro, que volvía de inmediato al camino verdadero. Pero las otras repúblicas, que no están organizadas como aquella, y que solo hacen guerra cuando la necesidad las obliga, no pueden defenderse de tal inconveniente: antes bien siempre incurrirán en él; y siempre nacerá desorden cuando aquel ciudadano desdeñado y virtuoso sea vengativo, y tenga en la ciudad alguna reputación y clientela. Y la ciudad de Roma estuvo un tiempo a salvo de esto; pero también a ella, después de haber vencido a Cartago y a Antíoco (como se dijo en otra parte), no temiendo ya las guerras, le parecía poder confiar los ejércitos a quien quisiera, no mirando tanto a la virtud como a las otras cualidades que le dieran favor en el pueblo. Porque se vio que Paulo Emilio fue rechazado varias veces en el consulado, y no fue hecho cónsul hasta que surgió la guerra macedónica; la cual, juzgándose peligrosa, por consenso de toda la ciudad le fue confiada a él.
Habiendo ocurrido en nuestra ciudad de Florencia después de 1494 muchas guerras, y habiendo hecho todos los ciudadanos florentinos mala prueba, le tocó en suerte a la ciudad dar con uno que mostró cómo se debía mandar a los ejércitos; este fue Antonio Giacomini. Y mientras hubo que hacer guerras peligrosas, toda la ambición de los otros ciudadanos cesó, y en la elección del comisario y jefe de los ejércitos no tenía competidor alguno; pero cuando hubo que hacer una guerra donde no había duda alguna, y sí mucho honor y rango, encontró tantos competidores que, habiéndose de elegir tres comisarios para sitiar Pisa, fue dejado atrás. Y aunque no se viera evidentemente qué mal siguió al público por no haber enviado a Antonio allí, sin embargo se pudo hacer facilísima conjetura; porque, no teniendo ya los pisanos con qué defenderse ni de qué vivir, si hubiera estado Antonio, habrían sido tan estrechamente presionados que se habrían rendido a discreción de los florentinos. Pero, siendo sitiados por jefes que no sabían ni estrecharlos ni forzarlos, fueron tanto entretenidos que la ciudad de Florencia los compró, cuando podía haberlos tenido por fuerza. Hay que pensar que tal desaire pudo mucho en Antonio; y era necesario que fuera muy paciente y bueno para no desear vengarse, o con la ruina de la ciudad, de poder hacerlo, o con la injuria de algún ciudadano particular. De esto debe guardarse una república; como se discurrirá en el siguiente capítulo.
Capítulo17Que no se ofenda a uno y luego ese mismo sea enviado a administración y gobierno de importancia
Debe una república considerar mucho no poner a nadie en alguna importante administración al cual le haya sido hecha por otros alguna notable injuria. Claudio Nerón, que se marchó del ejército que él tenía frente a Aníbal, y con parte de este se fue a la Marca a encontrar al otro cónsul para combatir con Asdrúbal antes de que se uniera con Aníbal, había estado anteriormente en España frente a Asdrúbal, y habiéndolo encerrado con su ejército en un lugar donde era necesario que Asdrúbal combatiera con desventaja suya o muriera de hambre, fue por Asdrúbal astutamente tanto entretenido con ciertas prácticas de acuerdo que se le escapó de debajo y le quitó aquella ocasión de aplastarlo. Esta cosa, sabida en Roma, le dio gran culpa ante el Senado y el pueblo; y de él se habló deshonestamente por toda aquella ciudad, no sin gran deshonor y desaire suyo. Pero, siendo luego hecho cónsul y enviado al encuentro de Aníbal, tomó el partido antes descrito, el cual fue peligrosísimo, de tal manera que Roma estuvo toda dudosa y agitada hasta que vinieron las noticias de la derrota de Asdrúbal. Y siendo luego preguntado Claudio por qué causa había tomado tan peligroso partido, donde sin una extrema necesidad había jugado casi la libertad de Roma, respondió que lo había hecho porque sabía que, si le salía bien, recuperaba aquella gloria que había perdido en España; y si no le salía bien y este su partido hubiera tenido fin contrario, sabía cómo se vengaba contra aquella ciudad y aquellos ciudadanos que lo habían tan ingrata e indiscretamente ofendido. Y cuando estas pasiones de tales ofensas pueden tanto en un ciudadano romano, y en aquellos tiempos en que Roma aún estaba incorrupta, se debe pensar cuánto pueden en un ciudadano de otra ciudad que no esté hecha como era entonces aquella. Y porque a semejantes desórdenes que nacen en las repúblicas no se puede dar cierto remedio, se sigue que es imposible ordenar una república perpetua, porque por mil vías inesperadas se causa su ruina.
Capítulo18Nada es más digno de un capitán que prever los planes del enemigo
Decía Epaminondas tebano que nada era más necesario y más útil a un capitán que conocer las deliberaciones y planes del enemigo. Y porque tal conocimiento es difícil, merece tanto más alabanza el que obra de modo que las conjetura. Y no solo es difícil entender los designios del enemigo, sino que a veces es difícil entender sus acciones; y no tanto las acciones que él hace a distancia, como las presentes y próximas. Porque muchas veces ha ocurrido que, habiendo durado un combate hasta la noche, quien ha vencido cree haber perdido, y quien ha perdido cree haber vencido. Este error ha hecho deliberar cosas contrarias a la salvación de quien ha deliberado: como ocurrió a Bruto y Casio, quienes por este error perdieron la guerra; porque, habiendo vencido Bruto en su ala, creyó Casio, que había perdido, que todo el ejército estaba roto; y desesperándose, por este error, de la salvación, se mató a sí mismo. En nuestros tiempos, en la batalla que dio en Lombardía, en Santa Cecilia, Francisco rey de Francia con los suizos, al sobrevenir la noche, creyó aquella parte de los suizos que habían quedado intactos haber vencido, no sabiendo de los que habían sido rotos y muertos: este error hizo que ellos mismos no se salvaran, esperando volver a combatir por la mañana con tanta desventaja suya; e hicieron también errar, y por tal error casi arruinar, al ejército del Papa y de España, el cual, sobre la falsa noticia de la victoria, pasó el Po, y, si avanzaba demasiado, quedaba prisionero de los franceses que eran los victoriosos.
Este mismo error ocurrió en los campamentos romanos y en los de los ecuos. Estando el cónsul Sempronio con el ejército frente a los enemigos, y trabándose el combate, aquella jornada se prolongó hasta la tarde, con fortuna variable para uno y otro; y llegada la noche, estando ambos ejércitos medio destrozados, ninguno de ellos regresó a sus campamentos; sino que cada cual se retiró a las colinas próximas, donde creían estar más seguros; y el ejército romano se dividió en dos partes: una se fue con el cónsul; la otra, con un centurión llamado Tempanio, por cuya virtud el ejército romano aquel día no había sido completamente derrotado. Llegada la mañana, el cónsul romano, sin saber nada de los enemigos, se dirigió hacia Roma; lo mismo hizo el ejército de los ecuos: porque cada uno de estos creía que el enemigo había vencido, y por eso cada cual se retiró sin preocuparse de dejar sus campamentos en manos del adversario. Sucedió que Tempanio, que estaba con el resto del ejército romano, retirándose también él, supo por ciertos heridos de los ecuos que sus capitanes se habían marchado y habían abandonado los campamentos: de modo que él, con esta noticia, entró en los campamentos romanos y los salvó; y después saqueó los de los ecuos, y regresó a Roma victorioso. Esta victoria, como se ve, consistió solo en quién de ellos supo antes los desórdenes del enemigo. Donde se debe notar que puede ocurrir a menudo que dos ejércitos que están frente a frente se hallen en el mismo desorden y sufran las mismas necesidades; y que resulte después vencedor el que es el primero en enterarse de las necesidades del otro.
Quiero dar de esto un ejemplo doméstico y moderno. En 1498, cuando los florentinos tenían un grueso ejército en el territorio de Pisa, y estrechaban fuertemente aquella ciudad; habiendo los venecianos asumido su protección, no viendo otro modo de salvarla, decidieron desviar aquella guerra asaltando por otro lado el dominio de Florencia; e, hecho un ejército potente, entraron por el valle de Lamona, y ocuparon el burgo de Marradi, y asediaron la fortaleza de Castiglione, que está en la colina de arriba. Al enterarse de esto los florentinos, decidieron socorrer Marradi sin disminuir las fuerzas que tenían en el territorio de Pisa; e hicieron nuevas infanterías, y ordenaron nuevas gentes a caballo, y las mandaron hacia allá: de las cuales fueron capitanes Jacopo IV de Appiano, señor de Piombino, y el conde Rinuccio de Marciano. Habiéndose conducido, pues, estas tropas a la colina sobre Marradi, los enemigos se levantaron de alrededor de Castiglione y se retiraron todos al burgo. Y habiendo estado uno y otro de estos dos ejércitos frente a frente algunos días, uno y otro padecía mucho de víveres y de toda otra cosa necesaria: y no teniendo ninguno el valor de enfrentarse al otro, ni sabiendo uno los desórdenes del otro, decidieron en una misma tarde, uno y otro, levantar los campamentos la mañana siguiente y retirarse hacia atrás; el veneciano hacia Bersighella y Faenza, el florentino hacia Casaglia y el Mugello. Llegada, pues, la mañana, y habiendo cada uno de los campamentos comenzado a mover sus impedimentos, casualmente una mujer salió del burgo de Marradi y vino hacia el campamento florentino, segura por la vejez y por la pobreza, deseosa de ver a ciertos suyos que estaban en aquel campamento: de la cual, al enterarse los capitanes de las tropas florentinas de que el campamento veneciano partía, se hicieron, con esta noticia, gallardos; y cambiado el consejo, como si hubieran desalojado a los enemigos, fueron sobre ellos, y escribieron a Florencia haberlos rechazado y ganado la guerra. Esta victoria no nació de otra cosa que de haber sabido antes que los enemigos que estos se marchaban: noticia que, si hubiera llegado primero a la otra parte, habría hecho contra los nuestros el mismo efecto.
Capítulo19Si para regir una multitud es más necesaria la deferencia que el castigo
Estaba la República romana alterada por las enemistades de los nobles y los plebeyos: sin embargo, sobreviniendo la guerra, enviaron fuera con los ejércitos a Quincio y Apio Claudio. Apio, por ser cruel y áspero al mandar, fue mal obedecido por los suyos, tanto que casi derrotado huyó de su provincia; Quincio, por ser benigno y de humano ingenio tuvo a sus soldados obedientes, y obtuvo la victoria. De donde parece que es mejor, para gobernar una multitud, ser humano que soberbio, piadoso que cruel. Sin embargo, Cornelio Tácito, con quien muchos otros escritores consienten en una de sus sentencias, concluye lo contrario, cuando dice: «En el gobierno de la multitud vale más el castigo que la deferencia». Y considerando cómo se pueden salvar una y otra de estas opiniones digo: o tienes que regir hombres que te son por lo ordinario compañeros, o hombres que te están siempre sometidos. Cuando te son compañeros, no se puede usar enteramente el castigo, ni aquella severidad de que razona Cornelio; y porque la plebe romana tenía en Roma igual imperio con la nobleza, no podía uno que se convertía en príncipe temporal manejarla con crueldad y aspereza. Y muchas veces se vio que mejor fruto hicieron los capitanes romanos que se hacían amar por los ejércitos, y que con deferencia los manejaban, que aquellos que se hacían extraordinariamente temer; a no ser que estuvieran acompañados de una excesiva virtud, como fue Manlio Torcuato. Pero quien manda a los súbditos, de quienes razona Cornelio, para que no se vuelvan insolentes, y para que por demasiada facilidad tuya no te pisoteen, debe volverse más bien al castigo que a la deferencia. Pero esta también debe ser de modo moderado, de manera que se huya del odio; porque hacerse odiar nunca le fue bien a ningún príncipe. El modo de huirlo es dejar estar la hacienda de los súbditos: porque de la sangre, cuando no haya debajo oculta la rapiña, ningún príncipe es deseoso, salvo necesitado, y esta necesidad viene raras veces; pero, estando mezclada con la rapiña, viene siempre, y nunca faltan las causas y el deseo de derramarla; como en otro tratado sobre esta materia se ha discurrido largamente. Mereció, pues, más alabanza Quincio que Apio, y la sentencia de Cornelio, dentro de sus términos, y no en los casos observados de Apio, merece ser aprobada.
Y porque hemos hablado del castigo y de la deferencia no me parece superfluo mostrar cómo un ejemplo de humanidad pudo entre los faliscos más que las armas.
Capítulo20Un ejemplo de humanidad entre los faliscos pudo más que toda la fuerza romana
Estando Camilo con el ejército alrededor de la ciudad de los faliscos, y asediándola, un maestro de escuela de los más nobles niños de aquella ciudad, pensando en congraciarse con Camilo y el pueblo romano, bajo pretexto de ejercicio saliendo con aquellos fuera de la ciudad, los condujo a todos al campamento ante Camilo, y presentándoselos, dijo que, mediante ellos aquella ciudad se daría en sus manos. Este presente no solo no fue aceptado por Camilo; sino que, hecho desnudar aquel maestro, y atadas las manos a la espalda, y dado a cada uno de aquellos niños una vara en la mano, lo hizo acompañar por aquellos a la ciudad con muchos golpes. Esta cosa, sabida por aquellos ciudadanos, les agradó tanto la humanidad e integridad de Camilo que, sin querer defenderse más, decidieron entregarle la ciudad. Donde es de considerar, con este verdadero ejemplo, cuánto puede a veces más en los ánimos de los hombres un acto humano y lleno de caridad que un acto feroz y violento; y cómo muchas veces aquellas provincias y aquellas ciudades que las armas, los instrumentos bélicos y toda otra fuerza humana no han podido abrir, un ejemplo de humanidad y de piedad, de castidad o de liberalidad, las ha abierto. De lo cual hay en las historias, además de este, muchos otros ejemplos. Y se ve cómo las armas romanas no pudieron echar a Pirro de Italia, y lo echó la liberalidad de Fabricio, cuando le manifestó la oferta que había hecho a los romanos aquel familiar suyo, de envenenarlo. Se ve también que a Escipión Africano no le dio tanta reputación en España la toma de Cartago Nova, como le dio aquel ejemplo de castidad, de haber devuelto la esposa, joven, bella e intacta a su marido; la fama de esta acción le hizo amiga toda España. Se ve también cuánto es deseada por los pueblos esta virtud en los hombres grandes, y cuánto es alabada por los escritores; tanto por aquellos que describen la vida de los príncipes, como por aquellos que ordenan cómo deben vivir. Entre los cuales Jenofonte se afana mucho en demostrar cuántos honores, cuántas victorias, cuánta buena fama acarreó a Ciro el ser humano y afable, y no dar ningún ejemplo de sí ni de soberbio, ni de cruel, ni de lujurioso ni de ningún otro vicio que manche la vida de los hombres. Sin embargo, viendo que Aníbal, con modos contrarios a estos, consiguió gran fama y grandes victorias, me parece oportuno discurrir, en el siguiente capítulo, de dónde nace esto.
Capítulo21De dónde nació que Aníbal, con un modo de proceder distinto al de Escipión, hiciera los mismos efectos en Italia que aquel en España
Estimo que algunos podrían maravillarse viendo cómo algún capitán, a pesar de haber tenido una vida contraria, ha conseguido no obstante efectos similares a aquellos que vivieron del modo antes descrito: de manera que parece que la causa de las victorias no depende de las mencionadas causas; más bien parece que aquellos modos no te aportan ni más fuerza ni más fortuna, pudiéndose por modos contrarios adquirir gloria y reputación. Y para no apartarme de los hombres antes citados, y para aclarar mejor lo que he querido decir, digo que se ve a Escipión entrar en España, y con aquella humanidad y piedad suya inmediatamente hacerse amiga aquella provincia, y ser adorado y admirado por los pueblos. Se ve, por el contrario, entrar a Aníbal en Italia, y con modos todos contrarios, esto es, con crueldad, violencia y rapiña y toda clase de infidelidad, hacer el mismo efecto que había hecho Escipión en España; porque, ante Aníbal, se rebelaron todas las ciudades de Italia, todos los pueblos lo siguieron.
Y pensando de dónde puede nacer esta cosa, se ven en ello varias razones. La primera es que los hombres son deseosos de cosas nuevas; tanto que desean novedades la mayoría de las veces tanto aquellos que están bien como aquellos que están mal: porque, como se dijo en otra ocasión, y es verdad, los hombres se cansan en el bien, y en el mal se afligen. Hace, pues, este deseo abrir las puertas a cualquiera que en una provincia se hace cabeza de una innovación; y si es forastero, le corren detrás; si es del lugar, están a su alrededor, lo acrecientan y lo favorecen: de modo que, de cualquier manera que proceda, le resulta hacer grandes progresos en aquellos lugares. Además de esto, los hombres son impulsados por dos cosas principales: o por el amor, o por el miedo: de manera que tanto obedecen a quien se hace amar como a quien se hace temer; más aún, la mayoría de las veces es más seguido y más obedecido quien se hace temer que quien se hace amar.
Importa, por lo tanto, poco a un capitán por cuál de estas vías camine, con tal de que sea hombre virtuoso, y que aquella virtud lo haga reputado entre los hombres. Porque, cuando es grande, como lo fue en Aníbal y en Escipión, ella cancela todos aquellos errores que se cometen por hacerse demasiado amar o por hacerse demasiado temer. Porque de uno y otro de estos dos modos pueden nacer inconvenientes grandes, y aptos para hacer arruinar a un príncipe: porque aquel que demasiado desea ser amado, cada poco que se aparta de la verdadera vía, se vuelve despreciable: aquel otro que desea demasiado ser temido, cada poco que excede la medida, se vuelve odioso. Y mantener la vía del medio no se puede exactamente, porque nuestra naturaleza no nos lo consiente: pero es necesario mitigar estas cosas que exceden con una virtud excesiva, como hacían Aníbal y Escipión. No obstante se vio cómo uno y otro fueron perjudicados por estos modos suyos de vivir, y así fueron ensalzados.
La exaltación de ambos ha sido dicha. El perjuicio, en cuanto a Escipión, fue que sus soldados en España se le rebelaron, junto con parte de sus amigos: lo cual no nació de otra cosa que de no temerlo; porque los hombres son tan inquietos que, cada pequeña puerta que se les abra a la ambición, olvidan enseguida todo amor que hubieran puesto en el príncipe por su humanidad; como hicieron los soldados y amigos mencionados: tanto que Escipión, para remediar este inconveniente, se vio obligado a usar parte de aquella crueldad que había evitado. En cuanto a Aníbal, no hay ejemplo alguno particular donde aquella crueldad suya y poca fe le perjudicara: pero bien se puede suponer que Nápoles, y muchas otras tierras que permanecieron fieles al pueblo romano, permanecieron por miedo a aquella. Se vio bien esto: que aquel modo suyo de vivir impío lo hizo más odioso al pueblo romano que cualquier otro enemigo que hubiera tenido jamás aquella república: de modo que, mientras a Pirro, estando él con el ejército en Italia, le manifestaron quién quería envenenarlo, a Aníbal nunca, aunque desarmado y disperso, le perdonaron, tanto que lo hicieron morir. Le nacieron, pues, a Aníbal, por ser tenido impío y rompedor de la fe y cruel, estas incomodidades; pero le resultó por el contrario una comodidad grandísima, la cual es admirada por todos los escritores: que, en su ejército, aunque compuesto de varias generaciones de hombres, nunca nació disensión alguna, ni entre ellos mismos, ni contra él. Lo cual no pudo derivar de otra cosa que del terror que nacía de su persona: el cual era tan grande, mezclado con la reputación que le daba su virtud, que mantenía a sus soldados quietos y unidos. Concluyo, pues, que no importa mucho de qué modo proceda un capitán, con tal de que en él haya virtud grande que condimente bien uno y otro modo de vivir: porque, como se ha dicho, en uno y otro hay defecto y peligro, cuando no sea corregido por una virtud extraordinaria. Y si Aníbal y Escipión, uno con cosas laudables, el otro con detestables, hicieron el mismo efecto; no me parece dejar atrás el discurrir también sobre dos ciudadanos romanos, que consiguieron con modos diversos, pero ambos laudables, una misma gloria.
Capítulo22Cómo la dureza de Manlio Torcuato y la afabilidad de Valerio Corvino consiguieron a cada uno la misma gloria
Hubo en Roma en un mismo tiempo dos capitanes excelentes, Manlio Torcuato y Valerio Corvino; los cuales, de igual virtud, iguales triunfos y gloria, vivieron en Roma, y cada uno de ellos, en lo que se refería al enemigo, con igual virtud la consiguieron, pero en lo que se refería a los ejércitos y al trato de los soldados, procedieron de modo muy diverso: porque Manlio con toda clase de severidad sin ahorrar a sus soldados fatiga o pena, les mandaba: Valerio, por otra parte, con todo modo y término humano, y lleno de una familiar domesticidad, los trataba. Por lo que se vio que, para tener la obediencia de los soldados, uno mató al hijo, y el otro nunca ofendió a nadie. No obstante, en tan grande diversidad de proceder, cada uno hizo el mismo fruto, tanto contra los enemigos como en favor de la república y suyo. Porque ningún soldado jamás o rehusó la batalla o se rebeló contra ellos o fue, en parte alguna, discrepante de la voluntad de aquellos; aunque los mandos de Manlio fueran tan ásperos, que todos los demás mandos que excedían la medida eran llamados «mandos manlianos». Donde hay que considerar, primero, de dónde nació que Manlio se vio obligado a proceder tan rígidamente; segundo, de dónde vino que Valerio pudo proceder tan humanamente; tercero, qué causa hizo que estos modos diversos hicieran el mismo efecto; y por último, cuál de ellos es mejor, e imitar, más útil. Si alguien considera bien la naturaleza de Manlio desde cuando Tito Livio comienza a hacer mención de él, lo verá hombre fortísimo, piadoso hacia el padre y hacia la patria, y reverentísimo con sus mayores. Estas cosas se conocen por la muerte de aquel francés, por la defensa del padre contra el tribuno; y como, antes de que fuera a la batalla del francés, fue al cónsul con estas palabras: «Sin tu orden nunca pelearé contra el enemigo, aunque vea victoria cierta». Viniendo, pues, un hombre así hecho a grado en que manda, desea encontrar a todos los hombres semejantes a él; y su ánimo fuerte le hace mandar cosas fuertes; y ese mismo, una vez mandadas, quiere que se observen. Y es una regla muy verdadera que, cuando se mandan cosas ásperas, conviene con aspereza hacerlas observar; de otro modo, te encontrarías engañado. Donde hay que notar que para querer ser obedecido es necesario saber mandar: y saben mandar aquellos que hacen comparación de sus cualidades con las de quien ha de obedecer; y cuando ven proporción, entonces manden; cuando desproporción, se abstengan de ello.
Y por eso decía un hombre prudente que, para mantener una república con violencia, convenía que hubiera proporción entre quien forzaba y lo que era forzado. Y siempre que esta proporción existiera, se podía creer que aquella violencia fuera duradera; pero cuando el violentado fuese más fuerte que el violentador, se podía dudar que cada día aquella violencia cesara.
Pero volviendo a nuestro discurso, digo que para mandar cosas duras conviene ser duro; y quien tiene esta dureza y las manda, no puede después hacerlas observar con dulzura. Pero quien no tiene esta fortaleza de ánimo, debe guardarse de los mandatos extraordinarios, y en los ordinarios puede usar su humanidad. Porque los castigos ordinarios no se imputan al príncipe, sino a las leyes y a aquellas ordenanzas. Debe, pues, creerse que Manlio se vio obligado a proceder tan rigurosamente por sus mandatos extraordinarios, a los cuales lo inclinaba su naturaleza: los cuales son útiles en una república, porque reducen las ordenanzas de esta hacia su principio, y a su antigua virtud. Y si una república fuese tan feliz que tuviese a menudo, como dijimos arriba, quien con su ejemplo le renovase las leyes; y no solo la detuviese de correr hacia la ruina, sino que la tirase hacia atrás; sería perpetua. Así que Manlio fue uno de aquellos que con la aspereza de sus mandatos mantuvo la disciplina militar en Roma; obligado primero por su naturaleza, después por el deseo que tenía de que se observase lo que su natural apetito le había hecho ordenar. Por otro lado, Valerio pudo proceder humanamente, como aquel a quien le bastaba que se observasen las cosas acostumbradas a observarse en los ejércitos romanos. Dicha costumbre, porque era buena, bastaba para honrarlo; y no era trabajosa de observar, y no obligaba a Valerio a castigar a los transgresores: ya porque no los había; ya porque, si los hubiese habido, imputaban, como se ha dicho, su castigo a las ordenanzas y no a la crueldad del príncipe. De modo que Valerio pudo hacer nacer de él toda humanidad, de la cual podía adquirir grado con los soldados, y su contento. De donde nació que, teniendo uno y otro la misma obediencia, pudieron, obrando diversamente, hacer el mismo efecto. Pueden aquellos que quisieran imitar a estos, caer en aquellos vicios de desprecio y de odio que digo, arriba, de Aníbal y de Escipión: lo cual se evita con una virtud excesiva que haya en ti, y no de otro modo.
Queda ahora por considerar cuál de estos modos de proceder es más laudable. Lo cual creo que es discutible, porque los escritores alaban uno y otro modo. No obstante, aquellos que escriben cómo un príncipe se debe gobernar, se acercan más a Valerio que a Manlio; y Jenofonte, citado por mí antes, dando muchos ejemplos de la humanidad de Ciro, se conforma bastante con lo que dice de Valerio, Tito Livio. Porque, siendo hecho cónsul contra los samnitas, y llegando el día en que debía combatir, habló a sus soldados con aquella humanidad con la que él se gobernaba; y después de tal parlamento, Tito Livio dice estas palabras: «Ningún otro general fue más familiar a los soldados, cumpliendo entre los últimos soldados todas las tareas sin molestia alguna. Además, en el juego militar, cuando entran en competiciones de velocidad y de fuerzas entre iguales, complaciente fácil de vencer y ser vencido con el mismo semblante; ni desdeñaba a ningún igual que se le ofreciese; benévolo en los hechos según las circunstancias; en las palabras no menos memorizoso de la libertad ajena que de su propia dignidad; y (con lo cual nada es más popular) con las mismas artes con que había buscado las magistraturas, las ejercía». Habla igualmente de Manlio, Tito Livio honorablemente, mostrando que su severidad en la muerte del hijo hizo tan obediente el ejército al cónsul, que fue causa de la victoria que el pueblo romano obtuvo contra los latinos; y tanto prosigue alabándolo, que, después de tal victoria, descrito que ha todo el orden de aquella batalla, y mostrados todos los peligros que el pueblo romano corrió allí, y las dificultades que hubo para vencer, hace esta conclusión: que solo la virtud de Manlio dio aquella victoria a los romanos. Y haciendo comparación de las fuerzas de uno y otro ejército, afirma que habría vencido aquella parte que hubiese tenido por cónsul a Manlio. Así que, considerado todo lo que los escritores hablan de ello, sería difícil juzgarlo. No obstante, para no dejar esta parte indecisa, digo que en un ciudadano que viva bajo las leyes de una república, creo que es más laudable y menos peligroso el proceder de Manlio: porque este modo todo está en favor de lo público, y no mira en parte alguna a la ambición privada; porque de tal modo no se pueden adquirir partidarios, mostrándose siempre áspero con cada uno, y amando solo el bien común; porque quien hace esto, no se adquiere amigos particulares, a los cuales nosotros llamamos, como se dijo arriba, partidarios. De tal modo que semejante modo de proceder no puede ser más útil ni más deseable en una república; no faltando en él la utilidad pública, y no pudiendo haber allí sospecha alguna de la potencia privada. Pero en el modo de proceder de Valerio es lo contrario: porque, aunque en cuanto a lo público se hacen los mismos efectos, sin embargo surgen allí muchas dudas por la particular benevolencia que aquel se adquiere con los soldados, de hacer en un largo mando malos efectos contra la libertad.
Y si en Publícola estos malos efectos no nacieron, fue causa de ello el no estar todavía los ánimos de los romanos corrompidos, y el que aquel no hubiese estado largamente y continuamente en su gobierno. Pero si hemos de considerar un príncipe, como considera Jenofonte, nos acercaremos del todo a Valerio, y dejaremos a Manlio, porque un príncipe debe buscar en los soldados y en los súbditos la obediencia y el amor. La obediencia se la da el ser observador de las ordenanzas y el ser tenido por virtuoso; el amor se la dan la afabilidad, la humanidad, la piedad, y las otras partes que había en Valerio, y que Jenofonte escribe que había en Ciro. Porque el ser un príncipe bien querido particularmente, y tener su ejército partidario, se conforma con todas las otras partes de su estado: pero en un ciudadano que tenga su ejército partidario, no se conforma ya esta parte con las otras partes suyas, que lo han de hacer vivir bajo las leyes y obedecer a los magistrados.
Se lee entre las cosas antiguas de la República veneciana, que, habiendo regresado las galeras venecianas a Venecia, y viniendo cierta diferencia entre aquellos de las galeras y el pueblo, de donde se llegó al tumulto y a las armas, ni pudiéndose la cosa aquietar ni por fuerza de ministros ni por reverencia de ciudadanos ni por temor de los magistrados; de pronto apareció delante de aquellos marineros un gentilhombre que había sido, el año anterior, su capitán, por amor del cual se marcharon, y dejaron la contienda. Esta obediencia generó tanta sospecha al Senado, que, poco tiempo después, los venecianos, o por prisión o por muerte, se aseguraron de él. Concluyo, pues, que el proceder de Valerio es útil en un príncipe y pernicioso en un ciudadano; no solamente para la patria, sino también para sí; para ella, porque aquellos modos preparan el camino a la tiranía; para sí, porque sospechando su ciudad de su modo de proceder, se ve obligada a asegurarse de él con su daño. Y así, por el contrario, afirmo que el proceder de Manlio en un príncipe es dañoso, y en un ciudadano útil, y sobre todo para la patria: y aún raras veces ofende; a no ser que este odio que te trae tu severidad no sea acrecentado por la sospecha de que las otras virtudes tuyas, por la gran reputación, te trajesen: como, más abajo, se discurrirá de Camilo.
Capítulo23Por qué causa Camilo fue expulsado de Roma
Hemos concluido arriba que, procediendo como Valerio, se daña a la patria y a sí mismo; y, procediendo como Manlio, se beneficia a la patria, y se daña alguna vez a sí mismo. Lo cual se prueba bastante bien por el ejemplo de Camilo, el cual en su proceder se asemejaba más bien a Manlio que a Valerio. De donde Tito Livio, hablando de él, dice que «los soldados odiaban y admiraban su virtud».
Lo que lo hacía parecer admirable era su celo, su prudencia, la grandeza de su ánimo, el buen orden que observaba al actuar y al mandar los ejércitos: lo que lo hacía odioso era ser más severo al castigar que liberal al recompensar. Y Tito Livio aduce estas causas de este odio: la primera, que el dinero que se obtuvo de los bienes de los veyos que se vendieron él lo destinó al erario público y no lo repartió con el botín; la otra, que en el triunfo hizo tirar su carro triunfal por cuatro caballos blancos, con lo que ellos dijeron que por soberbia había querido igualarse al Sol; la tercera, que hizo voto de dar a Apolo la décima parte del botín de los veyos, la cual, queriendo cumplir el voto, había de sacarse de las manos de los soldados que ya se la habían apropiado. Aquí se notan bien y fácilmente aquellas cosas que hacen odioso a un príncipe ante el pueblo; de las cuales la principal es privarlo de un beneficio. Lo cual es cosa muy importante, porque las cosas que tienen en sí utilidad, cuando el hombre se ve privado de ellas, no las olvida jamás, y cualquier mínima necesidad te las hace recordar; y como las necesidades vienen cada día, las recuerdas cada día. La otra cosa es el mostrarse soberbio e hinchado; lo cual no puede ser más odioso a los pueblos, y sobre todo a los libres. Y aunque de aquella soberbia y de aquella pompa no les naciera ninguna incomodidad, sin embargo odian a quien la usa: de lo que un príncipe debe guardarse como de un escollo, porque atraerse odio sin provecho suyo es en todo caso decisión temeraria y poco prudente.
Capítulo24La prolongación de los mandos hizo esclava a Roma
Si se considera bien el proceder de la República romana, se verá que dos cosas fueron causa de la disolución de aquella República: una fueron las disputas que nacieron de la ley agraria; la otra, la prolongación de los mandos; las cuales, si hubieran sido bien entendidas desde el principio y se les hubiera puesto los debidos remedios, habría sido el vivir libre más largo y quizá más tranquilo. Y aunque, en cuanto a la prolongación del mando, no se vea que en Roma naciera nunca ningún tumulto, sin embargo se vio de hecho cuánto dañó a la ciudad aquella autoridad que los ciudadanos tomaron por tales decisiones. Y si los otros ciudadanos a quienes se prorrogaba la magistratura hubieran sido sabios y buenos como lo fue Lucio Quinzio, no se habría incurrido en este inconveniente. La bondad del cual es un ejemplo notable, porque habiéndose hecho un convenio de acuerdo entre la plebe y el Senado, y habiendo la plebe prolongado en un año el mando a los tribunos, juzgándolos aptos para poder resistir a la ambición de los nobles, quiso el Senado, por emulación de la plebe y para no parecer menos que ella, prolongar el consulado a Lucio Quinzio; el cual rechazó del todo esta decisión, diciendo que los malos ejemplos había que procurar extinguirlos, no acrecentarlos con otro ejemplo peor, y quiso que se hicieran nuevos cónsules. Esta bondad y prudencia, si hubiera estado en todos los ciudadanos romanos, no habría dejado introducir aquella costumbre de prolongar las magistraturas, y de aquellas no se habría llegado a la prolongación de los mandos, cosa que con el tiempo arruinó aquella República. El primero a quien se le prorrogó el mando fue Publio Filón, el cual estando acampado ante la ciudad de Palépolis, y llegando el fin de su consulado, y pareciéndole al Senado que tenía en sus manos aquella victoria, no le mandaron sucesor, sino que lo hicieron procónsul; de modo que fue el primer procónsul. Esta cosa, aunque movida por el Senado en aras de la utilidad pública, fue la que con el tiempo hizo esclava a Roma. Porque cuanto más se alejaron los romanos con las armas, tanto más les pareció necesaria tal prórroga y más la usaron. Lo cual causó dos inconvenientes: uno, que menor número de hombres se ejercitaron en los mandos, y por esto se llegó a restringir la reputación a unos pocos; el otro, que estando un ciudadano bastante tiempo al mando de un ejército, se lo ganaba y lo hacía partidario suyo, porque aquel ejército con el tiempo olvidaba al Senado y reconocía a aquel jefe. Por esto Sila y Mario pudieron encontrar soldados que contra el bien público los siguieran; por esto César pudo ocupar la patria. Que si los romanos no hubieran prolongado nunca las magistraturas y los mandos, aunque no hubieran llegado tan pronto a tanta potencia, y aunque hubieran sido más tardías sus conquistas, habrían llegado también más tarde a la esclavitud.
Capítulo25De la pobreza de Cincinato y de muchos ciudadanos romanos
Hemos razonado en otro lugar cómo la cosa más útil que se ordena en un vivir libre es que se mantenga a los ciudadanos pobres. Y aunque en Roma no se vea cuál fue el orden que hiciera este efecto, habiendo tenido sobre todo la ley agraria tanta oposición, sin embargo por experiencia se vio que después de cuatrocientos años de que Roma había sido edificada había en ella una grandísima pobreza; ni se puede creer que otro orden mayor hiciera este efecto, salvo ver cómo por la pobreza no te era impedido el camino a cualquier grado y a cualquier honor, y cómo se iba a buscar la virtud en cualquier casa en que habitara. Este modo de vivir hacía menos deseables las riquezas. Esto se ve manifiestamente, porque estando el cónsul Minucio asediado con su ejército por los ecuos, se llenó de temor Roma de que aquel ejército se perdiera, tanto que recurrieron a crear el dictador, último remedio en sus cosas afligidas. Y crearon a Lucio Quinzio Cincinato, el cual entonces se encontraba en su pequeña finca, la cual labraba con sus manos. Esta cosa es celebrada con palabras áureas por Tito Livio, diciendo: «Vale la pena escuchar esto, los que desprecian todas las cosas humanas ante las riquezas, y no piensan que haya lugar para el gran honor ni para la virtud si no abundan riquezas desbordadas». Araba Cincinato su pequeña finca, la cual no traspasaba el término de cuatro yugadas, cuando llegaron de Roma los legados del Senado a notificarle la elección de su dictadura, a mostrarle en qué peligro se encontraba la República romana. Él, tomada su toga, llegado a Roma y reunido un ejército se fue a liberar a Minucio, y habiendo derrotado y despojado a los enemigos y liberado a aquel, no quiso que el ejército asediado fuera partícipe del botín, diciéndoles estas palabras: «Yo no quiero que participes del botín de aquellos de quienes tú estuviste a punto de ser botín»; y privó a Minucio del consulado y lo hizo legado, diciéndole: «Estarás en este grado hasta que aprendas a saber ser cónsul». Había hecho su maestro de los caballeros a Lucio Tarquinio, el cual por la pobreza militaba a pie. Se nota, como está dicho, el honor que se hacía en Roma a la pobreza, y cómo a un hombre bueno y valiente cual era Cincinato cuatro yugadas de tierra le bastaban para alimentarlo. Esta pobreza se ve cómo seguía aún en los tiempos de Marco Régulo, porque estando en África con los ejércitos pidió licencia al Senado para poder volver a custodiar su finca, la cual le estaba estropeada por sus labradores. Aquí se ven dos cosas muy notables: una, la pobreza, y cómo vivían contentos dentro de ella, y cómo bastaba a aquellos ciudadanos sacar de la guerra honor, y la utilidad toda la dejaban al erario. Porque si hubieran pensado enriquecerse de la guerra, les habría dado poca inquietud que sus campos fueran estropeados. La otra es considerar la generosidad de ánimo de aquellos ciudadanos, los cuales, puestos al frente de un ejército, subía la grandeza de su ánimo por encima de cualquier príncipe, no estimaban a los reyes, ni a las repúblicas; no los atemorizaba ni espantaba cosa alguna; y vueltos luego privados, se volvían parcos, humildes, cuidadores de sus pequeñas facultades, obedientes a los magistrados, reverentes hacia sus mayores: tanto que parece imposible que un mismo ánimo soporte tal mutación.
Esta pobreza duró hasta los tiempos de Paulo Emilio, que fueron casi los últimos tiempos felices de aquella República, donde un ciudadano que con su triunfo enriqueció a Roma, no obstante se mantuvo pobre él mismo. Y tanto se estimaba todavía la pobreza, que Paulo, al honrar a quien se había comportado bien en la guerra, regaló a un yerno suyo una copa de plata, que fue la primera pieza de plata que hubo en su casa. Se podría, con un largo discurso, mostrar cuántos mejores frutos produce la pobreza que la riqueza, y cómo la una ha honrado a las ciudades, las provincias, las sectas, y la otra las ha arruinado; si esta materia no hubiese sido muchas veces celebrada por otros hombres.
Capítulo26Cómo por causa de mujeres se arruina un estado
Nació en la ciudad de Ardea entre los patricios y los plebeyos una sedición por causa de un matrimonio: donde, teniéndose que casar una mujer rica, la pidieron igualmente un plebeyo y un noble; y no teniendo ella padre, los tutores la querían unir al plebeyo, la madre al noble: de lo cual nació tanto tumulto, que se llegó a las armas; donde toda la Nobleza se armó en favor del noble, y toda la plebe en favor del plebeyo. De modo que, siendo derrotada la plebe, salió de Ardea y mandó a los volscos por ayuda: los nobles mandaron a Roma. Llegaron primero los volscos, y, llegados en torno a Ardea, acamparon. Sobrevivieron los romanos, y encerraron a los volscos entre la ciudad y ellos; tanto que los obligaron, estando apretados por el hambre, a rendirse a discreción. Y entrados los romanos en Ardea, y muertos todos los cabecillas de la sedición, compusieron las cosas de aquella ciudad.
Hay en este texto varias cosas que notar. Primera, se ve cómo las mujeres han sido causa de muchas ruinas, y han hecho grandes daños a quienes gobiernan una ciudad, y han causado muchas divisiones en ellas: y, como se ha visto en esta nuestra historia, el exceso cometido contra Lucrecia quitó el poder a los Tarquinos; aquel otro, cometido contra Virginia, privó a los Diez de su autoridad. Y Aristóteles, entre las primeras causas que pone de la ruina de los tiranos, está el haber injuriado a otros por cuestión de mujeres, o con violarlas, o con forzarlas, o con romper los matrimonios; como de esta parte, en el capítulo donde tratamos de las conjuras, se habló largamente. Digo, pues, que los príncipes absolutos y los gobernantes de las repúblicas no deben tener en poco esta parte; sino que deben considerar los desórdenes que por tal accidente pueden nacer, y remediarlos a tiempo de que el remedio no sea con daño y vituperio de su estado o de su república: como sucedió a los ardeatas; que, por haber dejado crecer aquella disputa entre sus ciudadanos, llegaron a dividirse entre ellos; y, queriendo reunirse, tuvieron que mandar por socorros externos: lo cual es un gran principio de una próxima servidumbre.
Pero vengamos a lo otro notable, del modo de reunir las ciudades; de lo cual en el futuro capítulo hablaremos.
Capítulo27Cómo se ha de unir una ciudad dividida; y cómo no es verdadera aquella opinión, de que, para retener las ciudades, hay que tenerlas divididas
Por el ejemplo de los Cónsules romanos que reconciliaron a los ardeatas entre sí, se nota el modo cómo se debe componer una ciudad dividida: el cual no es otro, ni de otra manera se debe remediar, que matando a los cabecillas de los tumultos, porque es necesario tomar uno de tres modos: o matarlos, como hicieron estos; o expulsarlos de la ciudad; o hacerles hacer paz entre ellos, bajo obligaciones de no ofenderse. De estos tres modos, este último es más dañoso, menos cierto y más inútil. Porque es imposible, donde ha corrido bastante sangre, o similares injurias, que una paz, hecha por fuerza, dure, viéndose todos los días en la cara; y es difícil que se abstengan de injuriarse el uno al otro, pudiendo nacer entre ellos cada día, por la convivencia, nuevas causas de querellas.
Sobre lo cual no se puede dar mejor ejemplo que la ciudad de Pistoia. Estaba dividida aquella ciudad, como estuvo todavía, hace quince años, en Panciatichi y Cancellieri; pero entonces estaba en armas, y hoy las ha depuesto. Y después de muchas disputas entre ellos llegaron a la sangre, a la ruina de las casas, al saqueo de los bienes, y a todo otro extremo de enemigos. Y los florentinos, que debían componerlos, siempre usaron ese tercer modo; y siempre nacieron mayores tumultos y mayores escándalos: tanto que, cansados, se llegó al segundo modo, de expulsar a los cabecillas de los bandos; de los cuales a algunos metieron en prisión, a otros confinaron en varios lugares: tanto que el acuerdo hecho pudo mantenerse, y se ha mantenido hasta hoy. Pero sin duda habría sido más seguro el primero. Pero porque tales ejecuciones tienen lo grande y lo generoso, una república débil no las sabe hacer, y está tan lejos de ello, que a duras penas se conduce al remedio segundo. Y estos son de aquellos errores que yo dije al principio, que cometen los príncipes de nuestros tiempos, que tienen que juzgar las cosas grandes; porque deberían querer oír cómo se gobernaron aquellos que tuvieron que juzgar antiguamente casos similares. Pero la debilidad de los hombres presentes, causada por la débil educación de ellos y por el escaso conocimiento de las cosas, hace que juzgan los juicios antiguos, en parte inhumanos, en parte imposibles. Y tienen ciertas opiniones modernas suyas, alejadas del todo de la verdad, como es aquella que decían los sabios de nuestra ciudad, hace un tiempo: que había que retener Pistoia con los bandos, y Pisa con las fortalezas; y no se dan cuenta, cuánto lo uno y lo otro de estas dos cosas es inútil.
Yo quiero dejar las fortalezas, porque de ellas hablamos arriba largamente; y quiero discurrir sobre la inutilidad que se obtiene de mantener las tierras, que tienes en gobierno, divididas. En primer lugar, es imposible que te mantengas ambos bandos amigos, o príncipe o república que los gobierne. Porque por naturaleza está dado a los hombres tomar parte en cualquier cosa dividida, y agradarle más esta que aquella. De modo que, teniendo una parte de aquella tierra mal contenta, hace que, la primera guerra que viene, te la pierdas; porque es imposible guardar una ciudad que tiene enemigos fuera y dentro. Si es una república la que la gobierna, no hay mejor modo de volver malos a tus ciudadanos y de hacer dividir tu ciudad, que tener en gobierno una ciudad dividida; porque cada parte busca tener favores, y cada una se hace amigos con varias corrupciones: de modo que nacen dos grandísimos inconvenientes; el uno, que nunca te los haces amigos, por no poderlos gobernar bien, variando el gobierno a menudo, ora con un humor, ora con otro; el otro, que tal estudio de partido divide necesariamente tu república. Y Biondo, hablando de los florentinos y de los pistoieses, da fe de ello, diciendo: «Mientras los florentinos planeaban reunir Pistoia, se dividieron a sí mismos». Por tanto, se puede fácilmente considerar el mal que de esta división nace.
En 1502, cuando se perdió Arezzo, y todo el Val de Tévere y Val de Chiana, ocupados por los Vitelli y por el duque Valentino, vino un monseñor de Lant, enviado por el rey de Francia a hacer restituir a los florentinos todas aquellas tierras perdidas; y encontrando Lant en cada castillo hombres que, al recibirlo, decían que eran del bando de Marzocco, censuró mucho esta división: diciendo, que, si en Francia uno de aquellos súbditos del rey dijese que era del bando del rey, sería castigado, porque tal expresión no significaría otra cosa, sino que en aquella tierra hubiese gente enemiga del rey, y aquel rey quiere que las tierras todas sean sus amigas, unidas y sin bandos. Pero todos estos modos y estas opiniones diversas de la verdad, nacen de la debilidad de quien es señor; los cuales, viendo que no pueden retener los estados con fuerza y con virtud, se vuelven a industrias similares: las cuales alguna vez en los tiempos tranquilos sirven de algo, pero, cuando vienen las adversidades y los tiempos duros, muestran su falacia.
Capítulo28Que se debe poner atención a las obras de los ciudadanos, porque muchas veces bajo una obra piadosa se esconde un principio de tiranía
Estando la ciudad de Roma agobiada por el hambre, y no bastando las provisiones públicas para cesarla, tomó ánimo un Espurio Melio, siendo bastante rico, según aquellos tiempos, de hacer provisión privadamente de trigo, y alimentar con su grado a la plebe. Por lo cual, tuvo tanto concurso de pueblo en su favor, que el Senado, pensando en el inconveniente que de aquella su liberalidad podía nacer, para oprimirlo antes de que tomase más fuerzas, le crearon un Dictador contra él, e hicieron matarlo. Aquí se debe notar, cómo muchas veces las obras que parecen piadosas y que no se pueden razonablemente condenar, se vuelven crueles, y para una república son peligrosísimas, cuando no son corregidas a buena hora. Y para discurrir esta cosa más particularmente, digo que una república sin ciudadanos reputados no puede estar, ni puede gobernarse en ningún modo bien. Por otro lado, la reputación de los ciudadanos es causa de la tiranía de las repúblicas. Y queriendo regular esta cosa, es necesario ordenarse de tal manera, que los ciudadanos sean reputados, con reputación que beneficie, y no dañe, a la ciudad y a la libertad de ella. Y por eso se deben examinar los modos con los cuales toman reputación; que son en efecto dos: o públicos o privados. Los modos públicos son, cuando uno, aconsejando bien, obrando mejor, en beneficio común, adquiere reputación. A este honor se debe abrir el camino a los ciudadanos, y proponer premios tanto a los consejos como a las obras, de modo que se deban honrar y satisfacer. Y cuando estas reputaciones, tomadas por estas vías, sean estrechas y sencillas, nunca serán peligrosas: pero cuando son tomadas por vías privadas, que es el otro modo antes alegado, son peligrosísimas y del todo nocivas. Las vías privadas son, haciendo beneficio a este y a aquel otro privado, con prestarle dineros, casarle las hijas, defenderlo de los magistrados, y haciéndole similares favores privados, los cuales hacen a los hombres partidarios, y dan ánimo, a quien es así favorecido, de poder corromper lo público y forzar las leyes. Debe, por tanto, una república bien ordenada abrir los caminos como se ha dicho, a quien busca favores por vías públicas, y cerrarlos a quien los busca por vías privadas, como se ve que hizo Roma porque en premio de quien obraba bien por lo público, ordenó los triunfos, y todos los otros honores que daba a sus ciudadanos, y en daño de quien bajo varios colores por vías privadas buscaba hacerse grande, ordenó las acusaciones; y cuando estas no bastasen, por estar cegado el pueblo por una especie de falso bien, ordenó el Dictador, el cual con el brazo regio hiciese retornar dentro del límite a quien se hubiese salido, como hizo para castigar a Espurio Melio. Y una de estas cosas que se deje impune, es apta para arruinar una república; porque difícilmente con aquel ejemplo se reduce luego a la verdadera vía.
Capítulo29Que los pecados de los pueblos nacen de los príncipes
No deben quejarse los príncipes de ningún pecado que cometan los pueblos que tienen bajo su gobierno, porque tales pecados es necesario que nazcan o de su negligencia, o de estar ellos mismos manchados de errores semejantes. Y quien examine los pueblos que en nuestros tiempos han sido considerados llenos de robos y pecados semejantes, verá que tal cosa ha nacido completamente de quienes los gobernaban, que eran de naturaleza similar. La Romaña, antes de que el papa Alejandro VI extinguiera en ella a aquellos señores que la comandaban, era un ejemplo de la vida más criminal, porque allí se veía por cualquier motivo leve producirse asesinatos y robos muy grandes. Esto nacía de la maldad de aquellos príncipes, no de la naturaleza malvada de los hombres, como ellos decían. Porque, siendo aquellos príncipes pobres, y queriendo vivir como ricos, se veían obligados a recurrir a muchos robos, y los practicaban de varias maneras. Y entre las otras vías deshonestas que seguían, hacían leyes y prohibían alguna acción; luego eran los primeros que daban ocasión a su incumplimiento, y nunca castigaban a quienes no las cumplían, sino cuando veían que muchos habían incurrido en tal perjuicio; y entonces se volvían al castigo, no por celo de la ley hecha, sino por codicia de cobrar la multa. De donde nacían muchos inconvenientes, y sobre todo este: que los pueblos se empobrecían y no se corregían; y quienes se empobrecían se ingeniaban para prevalecer contra los menos poderosos que ellos. De donde surgían todos aquellos males de los que se habló antes, de los cuales era causa el príncipe. Y que esto sea verdad lo muestra Tito Livio cuando narra que, llevando los legados romanos el don del botín de Veyes a Apolo, fueron capturados por los corsarios de Lípari en Sicilia, y conducidos a aquella tierra; y habiendo entendido Timasíteo, su príncipe, qué don era este, adónde iba y quién lo mandaba, se comportó, aunque nacido en Lípari, como un hombre romano, y mostró al pueblo cuán impío era ocupar tal don; tanto que, con el consenso de todos, dejó ir a los legados con todas sus cosas. Y las palabras del historiador son estas: «Timasíteo llenó a la multitud de religiosidad, la cual siempre es semejante al que la gobierna». Y Lorenzo de Médici, para confirmar esta sentencia, dice: Y lo que hace el señor, hacen luego muchos;
Que en el señor están todos los ojos puestos.
Capítulo30A un ciudadano que quiera en su república hacer por su autoridad alguna obra buena, le es necesario, primero, extinguir la envidia; y cómo, viendo al enemigo, se ha de ordenar la defensa de una ciudad
Entendiendo el Senado romano que toda Toscana había hecho nuevo reclutamiento para venir a dañar a Roma, y que los latinos y los hernicos, que habían sido antes amigos del pueblo romano, se habían acercado a los volscos, perpetuos enemigos de Roma, juzgó que esta guerra debería ser peligrosa. Y encontrándose Camilo como tribuno de potestad consular, pensó que se podría hacer sin crear al dictador, si los otros tribunos sus colegas quisieran cederle la suma del imperio. Lo cual dichos tribunos hicieron voluntariamente: «Y no creían (dice Tito Livio) que se le quitara nada a su majestad, porque habían cedido a la majestad de él». De donde Camilo, aceptada de palabra esta obediencia, mandó que se reclutaran tres ejércitos. Del primero quiso ser él mismo jefe, para ir contra los toscanos. Del segundo hizo jefe a Quinto Servilio, al cual quiso que estuviera próximo a Roma, para oponerse a los latinos y a los hernicos, si se movían. Al tercer ejército antepuso a Lucio Quincio, al cual reclutó para tener guardada la ciudad y defender las puertas y la curia, en cualquier caso que surgiera. Además de esto, ordenó que Horacio, uno de sus colegas, proveyera las armas y el trigo y las otras cosas que requieren los tiempos de guerra. Antepuso también a Cornelio, su colega, al Senado y al consejo público, para que pudiera aconsejar las acciones que a diario se habían de hacer y ejecutar; de modo que estuvieron aquellos tribunos, en aquellos tiempos, para la salvación de la patria, dispuestos a mandar y a obedecer. Se nota por este texto lo que hace un hombre bueno y sabio, y de cuánto bien es causa, y cuánta utilidad puede hacer a su patria cuando, mediante su bondad y virtud, ha extinguido la envidia; la cual es muchas veces causa de que los hombres no puedan obrar bien, no permitiendo dicha envidia que tengan aquella autoridad que es necesario tener en las cosas de importancia. Se extingue esta envidia de dos modos. O por algún accidente fuerte y difícil, donde cada uno, viéndose perecer, pospuesta toda ambición, corre voluntariamente a obedecer a quien cree que con su virtud lo puede liberar: como sucedió con Camilo, el cual habiendo dado de sí tantas pruebas de hombre excelentísimo, y habiendo sido tres veces dictador, y habiendo administrado siempre aquel grado para utilidad pública y no para provecho propio, había hecho que los hombres no temieran su grandeza; y por ser tan grande y tan reputado, no estimaban cosa vergonzosa ser inferiores a él (y por eso dice Tito Livio sabiamente aquellas palabras «Y no creían» etc.). De otro modo se extingue la envidia cuando, o por violencia o por orden natural, mueren aquellos que han sido tus competidores en llegar a alguna reputación y a alguna grandeza; los cuales, viéndote reputado más que ellos, es imposible que jamás se tranquilicen y estén pacientes. Y cuando son hombres que están acostumbrados a vivir en una ciudad corrupta, donde la educación no ha hecho en ellos bondad alguna, es imposible que por accidente alguno jamás se reduzcan; y para obtener su voluntad y satisfacer la perversidad de su ánimo estarían contentos de ver la ruina de su patria. Para vencer esta envidia no hay otro remedio que la muerte de quienes la tienen; y cuando la fortuna es tan propicia a aquel hombre virtuoso que mueren ordinariamente, llega a ser, sin escándalo, glorioso, cuando sin obstáculo y sin ofensa puede mostrar su virtud; pero cuando no tiene esta ventura, le conviene pensar por toda vía en quitárselos de delante; y antes de que haga cosa alguna, le es necesario tener modos que venzan esta dificultad. Y quien lee la Biblia sensatamente verá que Moisés se vio forzado, para que sus leyes y sus órdenes salieran adelante, a matar a infinitos hombres que, no movidos por otra cosa que por la envidia, se oponían a sus designios. Esta necesidad conocía muy bien fray Jerónimo Savonarola; la conocía también Piero Soderini, gonfaloniero de Florencia. El uno no pudo vencerla, por no tener autoridad para poderlo hacer (que fue el fraile), y por no ser entendido bien por quienes lo seguían, que habrían tenido autoridad. No obstante, por él no quedó, y sus predicaciones están llenas de acusaciones contra los sabios del mundo y de invectivas contra ellos, porque así llamaba a estos envidiosos, y a quienes se oponían a sus órdenes. El otro creía que, con el tiempo, con la bondad, con su fortuna, con el beneficiar a algunos, extinguiría esta envidia; viéndose de edad bastante joven, y con tantos favores nuevos que le traía el modo de su proceder, que creía poder superar a tantos que por envidia se le oponían, sin escándalo, violencia ni tumulto alguno; y no sabía que el tiempo no se puede esperar, la bondad no basta, la fortuna varía, y la malignidad no encuentra don que la aplaque. Tanto que el uno como el otro de estos dos se arruinaron, y su ruina fue causada por no haber sabido o podido vencer esta envidia.
El otro aspecto notable es el orden que Camilo estableció, dentro y fuera, para la salvación de Roma. Y verdaderamente, no sin motivo los buenos historiadores, como es este nuestro, exponen particular y detalladamente ciertos casos, para que los sucesores aprendan cómo han de defenderse en accidentes semejantes. Y debe notarse en este texto que no hay defensa más peligrosa ni más inútil que la que se hace tumultuariamente y sin orden. Y esto se demuestra por aquel tercer ejército que Camilo hizo alistar para dejarlo en Roma custodiando la ciudad: porque muchos habrían juzgado y juzgarían esta parte superflua, siendo aquel pueblo, por lo común, armado y belicoso; y por esto, que no era necesario alistarlo de otro modo, sino que bastaba hacerlo armar cuando llegase la necesidad. Pero Camilo, y cualquiera que fuese sabio como lo era él, lo juzga de otra manera; porque nunca permite que una multitud tome las armas si no es con cierto orden y cierto modo. Y por eso, sobre este ejemplo, uno que esté encargado de la guardia de una ciudad debe evitar como un escollo el hacer armar a los hombres tumultuosamente; sino que debe tener antes alistados y escogidos aquellos que quiera que se armen, quién debe obedecerles, dónde reunirse, dónde ir; y a los que no están alistados, ordenarles que se queden cada uno en sus casas, custodiándolas. Quienes mantengan este orden en una ciudad asaltada podrán fácilmente defenderse: quien haga de otro modo no imitará a Camilo, y no se defenderá.
Capítulo31Las repúblicas fuertes y los hombres excelentes mantienen en toda fortuna el mismo ánimo y su misma dignidad
Entre las otras cosas magníficas que nuestro historiador hace decir y hacer a Camilo, para mostrar cómo debe ser un hombre excelente, le pone en boca estas palabras: «Nec mihi dictatura animos fecit, nec exilium ademit». Por las cuales se ve cómo los hombres grandes son siempre en toda fortuna aquellos mismos; y si ésta varía, ora exaltándolos, ora oprimiéndolos, ellos no varían, sino que mantienen siempre el ánimo firme, y de tal modo unido con su modo de vivir, que fácilmente se conoce por todos que la fortuna no tiene poder sobre ellos. De otra manera se gobiernan los hombres débiles, porque se envanecen y embriagan en la buena fortuna, atribuyendo todo el bien que tienen a aquella virtud que nunca conocieron. De donde nace que se vuelven insoportables y odiosos para todos los que los rodean. De lo cual depende luego la súbita variación de la suerte; la cual, cuando la ven de frente, caen enseguida en el otro defecto y se vuelven viles y abyectos. De aquí nace que los príncipes así hechos piensan en las adversidades más en huir que en defenderse, como aquellos que, por haber usado mal la buena fortuna, están desprevenidos para toda defensa.
Esta virtud y este vicio que digo encontrarse en un solo hombre se encuentran también en una república, y como ejemplo tenemos a los romanos y a los venecianos. Aquellos primeros, ninguna mala suerte los hizo nunca volverse abyectos ni ninguna buena fortuna los hizo nunca ser insolentes; como se vio manifiestamente después de la derrota que sufrieron en Cannas y después de la victoria que obtuvieron contra Antíoco; porque, por aquella derrota, aunque gravísima por ser la tercera, nunca se acobardaron; y enviaron ejércitos fuera; no quisieron rescatar a sus prisioneros contra sus ordenanzas; no enviaron a Aníbal o a Cartago a pedir paz: sino que, dejando atrás todas estas cosas abyectas, pensaron siempre en la guerra armando, por escasez de hombres, a los viejos y a sus siervos. Lo cual, conocido por Hanón cartaginés, como se dijo arriba, mostró a aquel Senado cuán poca cuenta debía tenerse de la derrota de Cannas. Y así se vio cómo los tiempos difíciles no los atemorizaban ni los hacían humildes. Por otra parte, los tiempos prósperos no los hacían insolentes: porque, enviando Antíoco embajadores a Escipión para pedir un acuerdo, antes de que llegaran al combate y de que él hubiera perdido, Escipión les dio ciertas condiciones de paz; las cuales eran que se retirara dentro de Siria y dejara el resto al arbitrio del pueblo romano. Rechazando Antíoco este acuerdo y llegando al combate, y perdiéndolo, reenvió embajadores a Escipión con la orden de aceptar todas aquellas condiciones que les había dado el vencedor: a los cuales no propuso otros pactos que los que había ofrecido antes de vencer; añadiendo estas palabras: «Quod Romani, si vincuntur, non minuuntur animis; nec, si vincunt, insolescere solent».
Al contrario exacto de esto se ha visto obrar a los venecianos: los cuales en la buena fortuna, pareciéndoles haberla ganado con aquella virtud que no tenían, habían llegado a tanta insolencia que llamaban al rey de Francia hijo de San Marcos; no estimaban a la Iglesia; no cabían de ningún modo en Italia; y se habían presupuesto en el ánimo tener que hacer una monarquía similar a la romana. Después, cuando la buena suerte los abandonó y tuvieron una media derrota en Vailà, del rey de Francia, perdieron no solamente todo su estado por rebelión, sino que buena parte de él dieron al papa y al rey de España por vileza y abyección de ánimo; y tanto se envilecieron que enviaron embajadores al emperador para hacerse tributarios, escribieron al papa cartas llenas de vileza y sumisión para moverlo a compasión. A esta infelicidad llegaron en cuatro días, y después de una media derrota: porque, habiendo combatido su ejército, al retirarse llegó a combatir y ser oprimido cerca de la mitad, de modo que uno de los proveedores que se salvó llegó a Verona con más de veinticinco mil soldados, entre pie y a caballo. De manera que, si en Venecia y en sus ordenanzas hubiera habido alguna cualidad de virtud, fácilmente habrían podido rehacerse y volver a mostrar el rostro a la fortuna, y estar a tiempo o de vencer o de perder más gloriosamente, o de tener un acuerdo más honorable. Pero la vileza de su ánimo, causada por la cualidad de sus ordenanzas no buenas en las cosas de la guerra, les hizo perder de golpe el estado y el ánimo. Y siempre sucederá así a cualquiera que se gobierne como ellos. Porque este volverse insolente en la buena fortuna y abyecto en la mala nace del modo de tu proceder y de la educación en la cual te has criado: la cual, cuando es débil y vana, te hace semejante a sí; cuando ha sido de otra manera, te hace también de otra índole; y, haciéndote mejor conocedor del mundo, te hace menos alegrarte del bien y menos entristecerte del mal. Y lo que se dice de uno solo se dice de muchos que viven en una misma república; los cuales adquieren aquella perfección que tiene el modo de vivir de ésta.
Y aunque en otra ocasión se haya dicho cómo el fundamento de todos los estados es la buena milicia, y cómo donde no existe esta no puede haber ni buenas leyes ni ninguna otra cosa buena, no me parece superfluo repetirlo, porque a cada paso al leer esta historia se ve aparecer esta necesidad; y se ve cómo la milicia no puede ser buena si no está entrenada, y cómo no se puede entrenar si no está compuesta de tus súbditos. Porque no siempre se está en guerra, ni se puede estarlo. Por tanto, conviene poderla entrenar en tiempo de paz; y con otros que no sean súbditos no se puede hacer este entrenamiento, por el gasto que supone. Camilo había marchado, como dijimos antes, con el ejército contra los toscanos; y habiendo visto sus soldados la magnitud del ejército de los enemigos, todos se habían atemorizado, pareciéndoles ser tan inferiores que no podían sostener el ímpetu de aquellos. Y llegando esta mala disposición del campamento a oídos de Camilo, se mostró en público y yendo hablando por el campamento con unos y otros soldados, les sacó de la cabeza esta opinión; y al final, sin ordenar de otra manera el campamento, dijo: «Quod quisque didicit, aut consuevit, faciet». Y quien considera bien este proceder y las palabras que les dijo para animarlos a ir contra los enemigos, se da cuenta de que no se podía ni decir ni hacer hacer ninguna de aquellas cosas a un ejército que antes no hubiera estado ordenado y entrenado tanto en paz como en guerra. Porque de aquellos soldados que no han aprendido a hacer cosa alguna, un capitán no puede fiarse ni creer que hagan alguna cosa que esté bien; y aunque les mandara un nuevo Aníbal, arruinaría todo. Porque, no pudiendo un capitán estar, mientras se libra la batalla, en cada parte, si no ha ordenado primero tener en cada parte hombres que tengan su mismo espíritu y conozcan bien sus órdenes y modos de proceder, conviene por necesidad que fracase. Si, pues, una ciudad estará armada y ordenada como Roma, y que cada día a sus ciudadanos, tanto en particular como en público, les toque experimentar su virtud y la potencia de la fortuna, sucederá siempre que en cualquier condición de tiempo tengan el mismo ánimo y mantengan la misma dignidad: pero cuando estén desarmados y se apoyen solo en los impulsos de la fortuna y no en la propia virtud, variarán con el variar de aquella, y darán siempre de sí el mismo ejemplo que han dado los venecianos.
Capítulo32Qué medios han usado algunos para turbar una paz
Habiéndose rebelado del pueblo romano Circeyes y Velitras, dos de sus colonias, con la esperanza de ser defendidas por los latinos, y siendo después los latinos vencidos y faltándoles aquella esperanza, aconsejaban bastantes ciudadanos que se debía mandar a Roma oradores para encomendarse al Senado: este partido fue turbado por aquellos que habían sido autores de la rebelión, los cuales temían que todo el castigo no recayera sobre sus cabezas. Y para quitar toda conversación de paz, incitaron a la multitud a armarse y a correr sobre las fronteras romanas. Y verdaderamente, cuando alguien quiere que un pueblo o un príncipe quite del todo el ánimo de un acuerdo, no hay otro remedio más verdadero ni más estable que hacerles cometer alguna grave maldad contra aquel con el cual tú no quieres que el acuerdo se haga: porque siempre lo tendrá alejado el temor de aquel castigo que a él le parecerá haber merecido por el error cometido. Después de la primera guerra que los cartagineses tuvieron con los romanos, aquellos soldados que habían sido empleados por los cartagineses en aquella guerra en Sicilia y en Cerdeña, una vez hecha la paz, se fueron a África; donde no siendo satisfechos de su sueldo, tomaron las armas contra los cartagineses; y habiendo hecho de ellos dos jefes, Mato y Espendio, ocuparon muchas ciudades a los cartagineses y muchas saquearon. Los cartagineses, para intentar primero cualquier otra vía que el combate, mandaron a aquellos como embajador a Asdrúbal, su ciudadano, el cual pensaban tenía alguna autoridad con aquellos, habiendo sido anteriormente su capitán. Y habiendo llegado este, y queriendo Espendio y Mato obligar a todos aquellos soldados a no esperar tener jamás paz con los cartagineses y por ello obligarlos a la guerra, les persuadieron de que era mejor matar a este con todos los ciudadanos cartagineses que estaban junto a ellos prisioneros. De donde, no solamente los mataron, sino que primero los martirizaron con mil suplicios; añadiendo a esta maldad un edicto de que todos los cartagineses que en el futuro se capturaran debían ser asesinados de manera semejante. Esta deliberación y ejecución hizo a aquel ejército cruel y obstinado contra los cartagineses.
Capítulo33Es necesario, para querer ganar una batalla, hacer el ejército confiado entre sí y con el capitán
Para querer que un ejército gane la batalla, es necesario hacerlo confiado, de modo que crea deber vencer de cualquier manera. Las cosas que lo hacen confiado son: que esté armado y ordenado bien; que se conozcan unos a otros. Ni puede nacer esta confianza o este orden sino en aquellos soldados que han nacido y vivido juntos. Conviene que el capitán sea estimado de tal calidad que confíen en su prudencia: y siempre confiarán cuando lo vean ordenado, solícito y animoso, y que mantenga bien y con reputación la majestad de su grado: y siempre la mantendrá cuando castigue los errores y no los fatigue en vano; cumpla sus promesas; muestre fácil el camino de vencer; aquellas cosas que de lejos pudieran mostrar peligros, las esconda o las alivie. Estas cosas, bien observadas, son gran causa de que el ejército confíe, y confiando venza. Acostumbraban los romanos hacer tomar a sus ejércitos esta confianza por vía de religión: de donde nacía que con los augurios y auspicios creaban los cónsules, hacían el reclutamiento, partían con los ejércitos y venían a la batalla. Y sin haber hecho alguna de estas cosas, nunca habría un buen capitán y sabio intentado ninguna acción, juzgando que la podía perder fácilmente si sus soldados no hubieran entendido primero que los dioses estaban de su parte. Y cuando algún cónsul u otro de sus capitanes hubiera combatido contra los auspicios, lo habrían castigado, como castigaron a Claudio Pulcro. Y aunque esta parte en todas las historias romanas se conozca, sin embargo se prueba más cierto por las palabras que Livio usa en boca de Apio Claudio, el cual, quejándose al pueblo de la insolencia de los tribunos de la plebe y mostrando que, mediante aquellos, los auspicios y las otras cosas pertenecientes a la religión se corrompían, dice así: «Eludant nunc licet religiones. Quid enim interest, si pulli non pascentur, si ex cavea tardius exiverint, si occinuerit avis? Parva sunt haec; sed parva ista non contemnendo, maiores nostri maximam hanc rempublicam fecerunt». Porque en estas cosas pequeñas está aquella fuerza de mantener unidos y confiados a los soldados: la cual cosa es primera causa de toda victoria. Sin embargo, conviene que con estas cosas vaya acompañada la virtud: de otro modo, no valen. Los prenestinos, habiendo sacado contra los romanos su ejército, se fueron a acampar en el río Alia, el lugar donde los romanos fueron vencidos por los franceses; lo cual hicieron para infundir confianza en sus soldados y atemorizar a los romanos por la fortuna del lugar. Y aunque este partido suyo fuera probable, por aquellas razones que arriba se han discutido, sin embargo el fin de la cosa mostró que la verdadera virtud no teme cualquier mínimo accidente. Lo que el historiador muy bien dice con estas palabras, puestas en boca del dictador, que habla así a su maestro de caballería: «Vides tu, fortuna illos fretos ad Alliam consedisse; at tu, fretus armis animisque, invade mediam aciem». Porque una verdadera virtud, un orden bueno, una seguridad tomada de tantas victorias, no se puede extinguir con cosas de poco momento; ni una cosa vana les da miedo, ni un desorden los ofende: como se ve cierto que, siendo dos Manlios cónsules contra los volscos, por haber mandado temerariamente parte del campamento a saquear, sucedió que, al mismo tiempo, tanto aquellos que habían ido como aquellos que habían quedado se hallaron sitiados; del cual peligro, no la prudencia de los cónsules, sino la virtud de los propios soldados los liberó. Donde Tito Livio dice estas palabras: «Militum, etiam sine rectore, stabilis virtus tutata est».
No quiero dejar de mencionar un recurso que empleó Fabio, cuando volvió a entrar con el ejército en Toscana, para hacerlo confiado, juzgando que tal confianza era más necesaria por haberlo conducido a territorio nuevo, frente a enemigos nuevos: que, hablando a los soldados antes del combate, y después de haber dicho muchas razones por las cuales podían esperar la victoria, dijo que aún podría decirles ciertas cosas buenas, y donde verían la victoria segura, si no fuera peligroso manifestarlas. Este recurso, así como fue sabiamente usado, así merece ser imitado.
Capítulo34Qué fama, voz u opinión hace que el pueblo comience a favorecer a un ciudadano: y si distribuye las magistraturas con mayor prudencia que un príncipe
En otra ocasión hablamos de cómo Tito Manlio, que después fue llamado Torcuato, salvó a Lucio Manlio su padre de una acusación que le había hecho Marco Pomponio tribuno de la plebe. Y aunque el modo de salvarlo fue algo violento y extraordinario, sin embargo aquella piedad filial hacia el padre fue tan grata al pueblo, que no solo no fue reprendido por ello, sino que, cuando hubo que nombrar a los tribunos de las legiones, fue elegido Tito Manlio en segundo lugar. Por este suceso creo que es bueno considerar el modo en que procede el pueblo para juzgar a los hombres en sus nombramientos; y que, por lo que vemos, si es verdad lo que más arriba se concluyó, que el pueblo es mejor distribuidor que un príncipe.
Digo, entonces, que el pueblo en su distribución se guía por lo que se dice de alguien por voz y fama pública, cuando por sus obras conocidas no lo conoce de otro modo, o por presunción u opinión que se tiene de él. Estas dos cosas son causadas o por los padres de tales personas que, por haber sido grandes hombres y valientes en la ciudad, se cree que los hijos deben ser semejantes a ellos, hasta tanto que por las obras de estos no se entienda lo contrario; o es causada por los modos que tiene aquel de quien se habla. Los mejores modos que se pueden tener son: tener compañía de hombres graves, de buenas costumbres, y reputados sabios por todos. Y porque ningún indicio se puede tener mayor de un hombre que las compañías con las cuales trata; merecidamente uno que trata con compañías honestas adquiere buen nombre, porque es imposible que no tenga alguna semejanza con aquellas. O bien se adquiere esta fama pública por alguna acción extraordinaria y notable aunque privada, que te haya resultado honorablemente. Y de todas estas tres cosas que dan al principio buena reputación a alguien, ninguna la da mayor que esta última: porque aquella primera de los parientes y de los padres es tan falaz, que los hombres la toman con cautela; y pronto se consume, cuando la virtud propia de aquel que ha de ser juzgado no la acompaña. La segunda, que te hace conocer por vía de tus relaciones, es mejor que la primera, pero es muy inferior a la tercera, porque, hasta tanto que no se ve alguna señal que nazca de ti, está tu reputación fundada sobre la opinión, la cual es facilísima de cancelar. Pero aquella tercera, estando comenzada y fundada sobre el hecho y sobre tu obra, te da al principio tanto nombre, que es necesario que hagas luego muchas cosas contrarias a esta, queriendo anularla. Deben, entonces, los hombres que nacen en una república tomar este camino, e ingeniarse, con alguna operación extraordinaria, en comenzar a destacarse. Lo que muchos en Roma hicieron en su juventud, o promulgando una ley que viniera en utilidad común; o acusando a algún ciudadano poderoso como transgresor de las leyes; o haciendo cosas semejantes notables y nuevas, de las que se tuviera que hablar. No solo son necesarias tales cosas para comenzar a darse reputación, sino que son también necesarias para mantenerla y acrecentarla. Y para hacer esto, es necesario renovarlas; como durante todo el tiempo de su vida hizo Tito Manlio: porque, después de haber defendido a su padre tan virtuosa y extraordinariamente, y por esta acción tomado su primera reputación, después de ciertos años combatió con aquel francés, y, muerto, le arrancó aquella cadena de oro que le dio el nombre de Torcuato. No bastó esto, que después, ya en edad madura, mató a su hijo por haber combatido sin permiso, aunque había superado al enemigo. Estas tres acciones entonces le dieron más nombre y por todos los siglos lo hacen más célebre, que no lo hizo ningún triunfo ni ninguna otra victoria, de los que fue adornado como cualquier otro romano. Y la razón es que en aquellas victorias Manlio tuvo muchísimos semejantes; en estas acciones particulares tuvo poquísimos o ninguno.
A Escipión el mayor no le procuraron tanta gloria todos sus triunfos, cuanta le dio el haber, siendo aún joven, en el Tesino, defendido a su padre; y el haber, después de la derrota de Cannas, animosamente con la espada desenvainada hecho jurar a varios jóvenes romanos que no abandonarían Italia, como ya habían deliberado entre ellos: estas dos acciones fueron el principio de su reputación, y le hicieron escalera a los triunfos de España y de África. Esta opinión fue aún acrecentada por él, cuando devolvió a su hija al padre, y a la mujer al marido, en España. Este modo de proceder no es necesario solamente a aquellos ciudadanos que quieren adquirir fama para obtener los honores en su república, sino que es también necesario a los príncipes para mantenerse la reputación en su principado: porque nada los hace tan estimables, como dar de sí raros ejemplos con algún hecho o dicho raro, conforme al bien común, que muestre al señor o magnánimo o liberal o justo, y que sea tal que se reduzca como en proverbio entre sus súbditos.
Pero, para volver de donde comenzamos este discurso, digo que el pueblo, cuando comienza a dar un grado a uno de sus ciudadanos, fundándose sobre aquellas tres causas arriba escritas, no se funda mal; pero después, cuando los muchos ejemplos de los buenos comportamientos de uno lo hacen más conocido, se funda mejor, porque en tal caso no puede ser que casi nunca se engañe. Yo hablo solamente de aquellos grados que se dan a los hombres al principio, antes de que por firme experiencia sean conocidos, o que pasen de una acción a otra disímil: donde, tanto en cuanto a la falsa opinión como en cuanto a la corrupción, siempre cometerán menores errores que los príncipes. Y porque puede ser que los pueblos se engañaran acerca de la fama, de la opinión y de las obras de un hombre, estimándolas mayores de lo que en verdad son, lo que no sucedería a un príncipe, porque le sería dicho, y sería advertido por quien lo aconsejase; para que tampoco a los pueblos les falten estos consejos, los buenos ordenadores de las repúblicas han ordenado que, al tener que crear los grados supremos en las ciudades, donde fuera peligroso poner hombres insuficientes, y viéndose la inclinación popular dirigida a crear a alguno que fuese insuficiente, sea lícito a todo ciudadano, y le sea imputado a gloria, publicar en las asambleas los defectos de aquel, para que el pueblo, no faltándole su conocimiento, pueda juzgar mejor.
Y que esto se usaba en Roma nos da testimonio el discurso de Fabio Máximo, que hizo al pueblo en la segunda guerra púnica, cuando en la creación de los cónsules los favores se volvían a crear a Tito Otacilio; y juzgándolo Fabio insuficiente para gobernar en aquellos tiempos el consulado, le habló en contra, mostrando su insuficiencia; tanto que le quitó aquel grado, y volvió los favores del pueblo a quien más lo merecía que él. Juzgan, entonces, los pueblos, en la elección a las magistraturas, según aquellas señales que de los hombres se pueden tener más verdaderas; y cuando pueden ser aconsejados como los príncipes, yerran menos que los príncipes: y aquel ciudadano que quiera comenzar a tener los favores del pueblo debe, con algún hecho notable, como hizo Tito Manlio, ganárselos.
Capítulo35Qué peligros se corren al hacerse cabeza para aconsejar una cosa; y, cuanto más tiene ella de extraordinario, mayores peligros se corren en ella
Cuán cosa peligrosa sea hacerse cabeza de una cosa nueva que pertenezca a muchos, y cuán difícil sea tratarla y conducirla, y, conducida, mantenerla, sería materia demasiado larga y demasiado alta para discurrirla: por lo tanto, reservándola a lugar más conveniente, hablaré solo de aquellos peligros que corren los ciudadanos, o aquellos que aconsejan a un príncipe a hacerse cabeza de una deliberación grave e importante, de modo que todo el consejo de ella sea imputado a él. Porque, juzgando los hombres las cosas por el fin, todo el mal que resulta se imputa al autor del consejo; y, si resulta bien, es alabado: pero de lejos el premio no contrarresta el daño. El actual sultán Selim, llamado Gran Turco, habiéndose preparado (según refieren algunos que vienen de sus países) para hacer la empresa de Siria y de Egipto, fue exhortado por uno de sus bajás, que tenía en los confines de Persia, a ir contra el Sofí: movido por este consejo fue con un ejército muy grande a aquella empresa; y llegando a un país muy vasto, donde hay muchos desiertos y los ríos raros, y encontrando allí aquellas dificultades que ya hicieron arruinar a muchos ejércitos romanos, fue de tal modo oprimido por ellas, que perdió allí, por hambre y por peste, aunque en la guerra fuera superior, gran parte de sus gentes: de tal forma que, airado contra el autor del consejo, lo mató. Se lee de muchos ciudadanos que fueron exhortadores de una empresa, y, por haber tenido aquella triste fin, fueron mandados al exilio. Se hicieron cabezas algunos ciudadanos romanos, de que se hiciera en Roma el cónsul plebeyo. Ocurrió que el primero que salió fuera con los ejércitos fue derrotado; por lo que a aquellos consejeros les habría ocurrido algún daño, si no hubiera sido tan fuerte aquel partido, en honor del cual tal deliberación había venido.
Es, pues, cosa muy cierta que quienes asesoran a una república y quienes asesoran a un príncipe se encuentran ante estas dificultades: que si no aconsejan las cosas que les parecen útiles, ya sea para la ciudad o para el príncipe, sin reservas, faltan a su deber; si las aconsejan, ponen en peligro su vida y su posición, porque todos los hombres están ciegos en esto: juzgan los buenos y los malos consejos por el resultado. Y pensando en cómo podrían evitar esta infamia o este peligro, no veo otro camino que tomar las cosas con moderación, y no adoptar ninguna como empresa propia, y expresar la propia opinión sin apasionamiento, y defenderla sin apasionamiento y con modestia: de modo que, si la ciudad o el príncipe la sigue, la siga voluntariamente, y no parezca que es arrastrado a ella por tu insistencia. Cuando hagas así, no es razonable que un príncipe o un pueblo te guarde rencor por tu consejo, al no ser seguido contra la voluntad de muchos, porque el peligro surge cuando muchos se han opuesto, y luego, en el final desgraciado, concurren para arruinarte. Y si en este caso se pierde la gloria que se adquiere al estar solo contra muchos al aconsejar una cosa, cuando esta tiene buen fin, hay en compensación dos bienes: el primero, carecer de peligro; el segundo, que si tú aconsejas una cosa con modestia, y por la oposición tu consejo no es aceptado y por el consejo de otros sobreviene alguna ruina, resulta para ti una gloria grandísima.
Y aunque la gloria que se adquiere de los males que haya tenido tu ciudad o tu príncipe no se pueda disfrutar, sin embargo hay que tenerla en alguna cuenta.
Otro consejo no creo que se pueda dar a los hombres en esta materia, porque aconsejarles que callen y que no expresen su opinión sería cosa inútil para la república o para su príncipe, y no evitarían el peligro, porque en poco tiempo se volverían sospechosos; y además podría sucederles como a aquellos amigos de Perseo, rey de Macedonia, quien habiendo sido derrotado por Paulo Emilio y huyendo con pocos amigos, sucedió que, al repasar las cosas pasadas, uno de ellos comenzó a decirle a Perseo muchos errores cometidos por él, que habían sido causa de su ruina; ante lo cual Perseo, volviéndose hacia él, dijo: «¡Traidor, así que has esperado a decírmelo ahora que ya no tengo remedio!», y tras estas palabras lo mató con su propia mano. Y así aquel llevó el castigo de haber callado cuando debía hablar, y de haber hablado cuando debía callar; no evitó el peligro por no haber dado el consejo. Por eso creo que hay que mantener y observar los términos arriba escritos.
Capítulo36Las razones por las que los franceses hayan sido y sean todavía considerados en los combates, al principio más que hombres
La ferocidad de aquel francés que provocaba a cualquier romano a combatir con él, junto al río Anio, y después el combate entre él y Tito Manlio, me hace recordar lo que Tito Livio dice más de una vez: que los franceses son al principio del combate más que hombres, y en el transcurso de la batalla resultan después menos que mujeres. Y pensando de dónde nace esto, muchos creen que su naturaleza es así: lo cual creo que es verdad; pero no por ello esta naturaleza suya, que los hace feroces al principio, no podría ordenarse de tal modo con el arte, que los mantuviera feroces hasta el final.
Y para probar esto, digo que hay tres clases de ejércitos: uno donde hay furor y orden, porque del orden nace el furor y la virtud, como era el de los romanos, pues se ve en todas las historias que en aquel ejército había un buen orden, que había introducido allí una disciplina militar durante largo tiempo. Porque en un ejército bien ordenado, nadie debe hacer ninguna acción si no es regulada, y se encontrará, por esto, que en el ejército romano, del cual, habiendo ellos vencido al mundo, deben tomar ejemplo todos los demás ejércitos, no se comía, no se dormía, no se frecuentaban meretrices, no se hacía ninguna acción ni militar ni doméstica sin la orden del cónsul. Porque aquellos ejércitos que hacen de otro modo, no son verdaderos ejércitos; y si hacen alguna proeza, la hacen por furor y por ímpetu, y no por virtud. Pero donde la virtud ordenada usa su furor con los modos y los tiempos, ninguna dificultad lo envilece ni le hace perder el ánimo, porque los buenos órdenes refrescan el ánimo y el furor, alimentados por la esperanza de vencer, la cual nunca falta mientras los órdenes se mantienen firmes. Lo contrario sucede en aquellos ejércitos donde hay furor y no orden, como eran los franceses, que siempre en el combate decaían, porque, no logrando vencer con el primer ímpetu, y no siendo sostenido por una virtud ordenada aquel furor suyo en el que esperaban, ni teniendo fuera de aquello cosa en la que confiaran, cuando este se enfriaba, decaían. Al contrario los romanos, temiendo menos los peligros por sus buenos órdenes, no desconfiando de la victoria, firmes y obstinados combatían con el mismo ánimo y con la misma virtud al final que al principio; más aún, agitados por las armas, siempre se encendían. La tercera clase de ejércitos es donde no hay furor natural ni orden accidental, como son los ejércitos italianos de nuestros tiempos, los cuales son del todo inútiles; y si no se topan con un ejército que por algún accidente huya, nunca vencerán. Y sin aducir otros ejemplos, se ve cada día cómo dan pruebas de no tener ninguna virtud. Y para que, con el testimonio de Tito Livio, cada uno entienda cómo debe ser hecha la buena milicia y cómo es hecha la mala, quiero aducir las palabras de Papirio Cursor, cuando quería castigar a Fabio, maestro de los caballos, cuando dijo: «Que ningún hombre, ningún dios, tenga vergüenza; que no se observen los edictos de los comandantes ni los auspicios; que los soldados vagabundeen sin permiso en territorio pacífico y en territorio enemigo; que, olvidados del juramento, solo por su capricho se licencien donde quieran; que abandonen las enseñas dispersándose; que no se reúnan a la orden ni se distingan; que peleen de día y de noche, en lugar favorable o desfavorable, por orden o sin orden del comandante; y que no guarden ni enseñas ni órdenes: que sea al modo de un bandidaje, ciega y fortuita, en lugar de una milicia solemne y sagrada». Y puede verse por este texto, pues, fácilmente, si la milicia de nuestros tiempos es ciega y fortuita, o sagrada y solemne; y cuánto le falta para ser semejante a aquella que se puede llamar milicia; y cuánto dista de ser furiosa y ordenada, como la romana, o furiosa solo, como la francesa.
Capítulo37Si las pequeñas batallas antes de la jornada son necesarias; y cómo se debe hacer para conocer a un enemigo nuevo, queriendo evitar aquellas
Parece que en las acciones de los hombres, como en otra ocasión hemos discutido, se encuentra, además de las otras dificultades, al querer conducir la cosa a su perfección, que siempre próximo al bien está algún mal, el cual con aquel bien nace tan fácilmente que parece imposible poder carecer del uno queriendo el otro. Y esto se ve en todas las cosas que los hombres hacen. Y por eso se adquiere el bien con dificultad, si la fortuna no te ayuda de modo que ella con su fuerza venza este ordinario y natural inconveniente. De esto me ha hecho acordar el combate de Manlio y del francés, donde Tito Livio dice: «Tanto tuvo aquel combate de importancia para el desenlace de toda la guerra, que el ejército de los galos, abandonando apresuradamente sus campamentos, se trasladó al territorio tiburtino, luego a Campania». Porque considero, por un lado, que un buen capitán debe evitar del todo realizar alguna cosa que, siendo de poco momento, pueda hacer malos efectos en su ejército, porque comenzar un combate donde no se empleen todas las fuerzas y se arriesgue toda la fortuna es cosa del todo temeraria, como dije arriba, cuando condené la defensa de los pasos.
Por otra parte, yo considero que los capitanes sabios, cuando se enfrentan a un nuevo enemigo que goza de reputación, están obligados, antes de llegar a la batalla campal, a hacer que sus soldados prueben a tales enemigos mediante escaramuzas ligeras; para que, comenzando a conocerlos y a enfrentarlos, pierdan aquel terror que la fama y la reputación les habían infundido. Y esta tarea es importantísima en un capitán; porque tiene en sí casi una necesidad que te obliga a llevarla a cabo, pues te parece ir hacia una derrota manifiesta si no has conseguido antes, mediante pequeñas pruebas, quitar a tus soldados aquel terror que la reputación del enemigo había puesto en sus ánimos.
Valerio Corvino fue enviado por los romanos con los ejércitos contra los samnitas, nuevos enemigos, y que hasta entonces nunca habían probado las armas unos contra otros, donde dice Tito Livio que Valerio hizo que los romanos tuvieran con los samnitas algunas escaramuzas ligeras «ne eos novum bellum, ne novus hostis terreret». Sin embargo, es peligrosísimo que, si tus soldados resultan vencidos en aquellas batallas, el miedo y la cobardía no crezcan en ellos, y se sigan efectos contrarios a tus planes: es decir, que los atemorices, habiendo planeado darles seguridad; de modo que esta es una de aquellas cosas en que el mal está tan próximo al bien, y están tan unidos entre sí, que es fácil tomar el uno creyendo tomar el otro. Sobre esto digo que un buen capitán debe observar con toda diligencia que no surja nada que por algún accidente pueda quitar el ánimo a su ejército. Lo que puede quitarles el ánimo es comenzar a perder; y por eso debe guardarse de las escaramuzas pequeñas, y no permitirlas sino con grandísima ventaja y con esperanza de victoria cierta: no debe emprender la defensa de pasos donde no pueda mantener todo su ejército; no debe guarnecer plazas, salvo aquellas que, al perderlas, necesariamente se siguiera su ruina; y las que guarnezca, ordenarlas de modo, tanto con las guarniciones de ellas como con el ejército, que, tratándose del asedio de las mismas, él pueda emplear todas sus fuerzas; las otras debe dejarlas indefensas. Porque cada vez que se pierde algo que se abandona, y el ejército está aún intacto, no se pierde la reputación de la guerra ni la esperanza de vencerla: pero cuando se pierde algo que tú habías planeado defender, y todos creen que tú lo defiendes, entonces está el daño y la pérdida; y has perdido casi, como los franceses, la guerra con una cosa de escasa importancia perdida.
Filipo de Macedonia, padre de Perseo, hombre militar y de gran valía en sus tiempos, siendo asaltado por los romanos, abandonó y devastó bastantes de sus territorios, los cuales juzgaba no poder guarnecer: como aquel que, por ser prudente, juzgaba más pernicioso perder la reputación al no poder defender lo que se proponía defender, que, dejándolo en manos del enemigo, perderlo como cosa descuidada. Los romanos, cuando después de la derrota de Cannas sus asuntos estaban afligidos, negaron a muchos de sus protegidos y súbditos las ayudas, ordenándoles que se defendieran lo mejor que pudieran. Tales medidas son mucho mejores que emprender defensas y luego no defenderlas: porque con esta medida se pierden amigos y fuerzas; con aquella, solo amigos. Pero volviendo a las pequeñas escaramuzas, digo que, si un capitán se ve obligado por la novedad del enemigo a realizar alguna escaramuza, debe hacerla con tanta ventaja para él, que no haya ningún peligro de perderla: o bien hacer como Mario (que es mejor medida), el cual, yendo contra los cimbrios, pueblos ferocísimos que venían a saquear Italia, y viniendo con un espanto grande por la ferocidad y multitud de ellos, y por haber ya vencido a un ejército romano, juzgó Mario que era necesario, antes de llegar a la batalla, obrar alguna cosa mediante la cual su ejército depusiera aquel terror que el miedo del enemigo le había infundido; y, como capitán prudentísimo, más de una vez colocó su ejército en un lugar por donde los cimbrios con su ejército debían pasar. Y así, dentro de las fortificaciones de su campamento, quiso que sus soldados los vieran, y acostumbraran los ojos a la vista de aquel enemigo; para que, viendo una multitud desordenada, llena de impedimentos, con armas inútiles, y en parte desarmados, se tranquilizaran y se volvieran deseosos de la batalla. Esta medida, como fue sabiamente tomada por Mario, así debe ser diligentemente imitada por los demás, para no incurrir en aquellos peligros que digo arriba, y no tener que hacer como los franceses, «qui ob rem parvi ponderis trepidi, in Tiburtem agrum et in Campaniam transierunt». Y porque hemos mencionado en este discurso a Valerio Corvino, quiero, mediante sus palabras, en el siguiente capítulo, mostrar cómo debe ser hecho un capitán en el cual su ejército pueda confiar.
Capítulo38Cómo debe ser hecho un capitán en el cual su ejército pueda confiar
Estaba, como dijimos arriba, Valerio Corvino con el ejército contra los samnitas, nuevos enemigos del pueblo romano: de modo que, para dar seguridad a sus soldados, y para hacerles conocer a los enemigos, hizo que los suyos realizaran ciertas escaramuzas ligeras; y no bastándole esto, quiso, antes de la batalla campal, hablarles, y mostró, con toda eficacia, cuán poco debían estimar a tales enemigos, alegando la virtud de sus soldados y la propia. Donde se puede notar, por las palabras que Livio le hace decir, cómo debe ser hecho un capitán en quien el ejército deba confiar; las cuales palabras son estas: «Tum etiam intueri, cuius ductu auspicioque ineunda pugna sit, utrum, qui audiendus dumtaxat magnificus adhortator sit, verbis tantum ferox, operum militarium expers, an qui et ipse tela tractare, procedere ante signa, versari media in mole pugnae sciat. Facta mea, non dicta, vos, milites, sequi volo; nec disciplinam modo, sed exemplum etiam a me petere, qui hac dextra mihi tres consulatus, summamque laudem peperi». Estas palabras, consideradas bien, enseñan a cualquiera cómo debe proceder para mantener el rango de capitán: y el que actúe de otro modo, encontrará, con el tiempo, que aquel rango, cuando por fortuna o por ambición haya llegado a él, le quitará y no le dará reputación; porque no los títulos ilustran a los hombres, sino los hombres a los títulos. Debe considerarse además desde el principio de este discurso que, si los grandes capitanes han usado medios extraordinarios para afirmar los ánimos de un ejército veterano cuando debe enfrentarse con enemigos desacostumbrados, cuánto más debe usarse la industria cuando se comanda un ejército nuevo, que nunca ha visto al enemigo cara a cara. Porque, si el enemigo inusitado al ejército viejo da terror, mucho más debe darlo todo enemigo a un ejército nuevo. Sin embargo, se ha visto muchas veces que los buenos capitanes han vencido todas estas dificultades con suma prudencia: como hizo aquel Graco romano, y Epaminondas tebano, de quienes en otra ocasión hemos hablado, que con ejércitos nuevos vencieron ejércitos veteranos y ejercitadísimos.
Los modos que empleaban era: varios meses ejercitarlos en batallas simuladas y acostumbrarlos a la obediencia y al orden; y luego, con máxima confianza, los empleaban en la verdadera batalla. No debe, pues, desconfiar ningún hombre militar de no poder hacer buenos ejércitos, cuando no le falten hombres; porque aquel príncipe que abunda en hombres y carece de soldados, debe únicamente dolerse, no de la cobardía de los hombres, sino de su propia pereza y escasa prudencia.
Capítulo39Que un capitán debe ser conocedor de los terrenos
Entre las otras cosas que son necesarias a un capitán de ejércitos, está el conocimiento de los terrenos y de los países; porque, sin este conocimiento general y particular, un capitán de ejércitos no puede operar bien en cosa alguna. Y porque todas las ciencias requieren práctica para poseerlas perfectamente, esta es una que exige grandísima práctica. Esta práctica, o este conocimiento particular, se adquiere más mediante las cacerías que por ningún otro ejercicio. Por eso los antiguos escritores dicen que aquellos héroes que gobernaron en su tiempo el mundo, se criaron en las selvas y en las cacerías; porque la cacería, además de este conocimiento, nos enseña infinitas cosas que son necesarias en la guerra. Y Jenofonte, en la vida de Ciro, muestra que, yendo Ciro a asaltar al rey de Armenia, al planear aquella acción, recordó a los suyos que esta no era otra cosa que una de aquellas cacerías que muchas veces habían hecho con él. Y recordaba a los que mandaba en emboscada a los montes, que eran similares a aquellos que iban a tender las redes en las cumbres; y a los que recorrían la llanura, eran similares a aquellos que iban a levantar del cubil a la fiera, para que, acosada, diera en las redes.
Esto se dice para mostrar cómo las cacerías, según aprueba Jenofonte, son una imagen de la guerra: y por eso para los hombres grandes tal ejercicio es honorable y necesario. Tampoco se puede aprender este conocimiento de los territorios de otro modo más cómodo que mediante la caza, porque la caza hace que quien la practica sepa cómo está particularmente aquel territorio donde la ejerce. Y una vez que uno se ha familiarizado bien con una región, con facilidad comprende después todos los territorios nuevos; porque cada territorio y cada parte de ellos tienen entre sí alguna semejanza, de modo que del conocimiento de uno se pasa fácilmente al conocimiento del otro. Pero quien no ha practicado bien en uno, con dificultad, más bien nunca si no es con mucho tiempo, puede conocer el otro. Y quien tiene esta práctica, en un abrir y cerrar de ojos sabe cómo se extiende aquel llano, cómo se eleva aquel monte, adónde llega aquel valle, y todas las demás cosas semejantes, de las que él ha hecho anteriormente una ciencia sólida. Y que esto sea verdad, nos lo muestra Tito Livio con el ejemplo de Publio Decio; el cual, siendo tribuno de los soldados en el ejército que el cónsul Cornelio conducía contra los samnitas, y habiéndose el cónsul metido en un valle donde el ejército de los romanos podía ser encerrado por los samnitas, y viéndose en tanto peligro, dijo al cónsul: «¿Ves tú, Aulo Cornelio, aquella cima sobre el enemigo? Aquella fortaleza es nuestra esperanza de salvación, si la tomamos enérgicamente (ya que los samnitas la dejaron ciegos)». Y antes de estas palabras, dichas por Decio, Tito Livio dice: «Publio Decio, tribuno militar, descubre en el desfiladero una colina elevada, que domina el campamento enemigo, de acceso arduo para un ejército impedido, no difícil para tropas ligeras». De donde, habiendo sido enviado sobre ella por el cónsul con tres mil soldados, y habiendo salvado el ejército romano y proyectando, al caer la noche, partir y salvar también a sí mismo y a sus soldados, le hace decir estas palabras: «Venid conmigo, para que, mientras queda algo de luz, exploremos en qué lugares ponen los enemigos las guardias, por dónde hay salida de aquí. Todas estas cosas las recorrió cubierto con una capa militar para que los enemigos no notaran que el jefe daba vueltas alrededor de ellos». Quien considere, pues, todo este texto, verá cuán útil y necesario es para un capitán saber la naturaleza de los territorios: porque, si Decio no los hubiera sabido y conocido, no habría podido juzgar qué utilidad proporcionaba tomar aquella colina al ejército romano, ni habría podido conocer desde lejos si aquella colina era accesible o no; y después de haber subido a ella, queriendo partir para volver al cónsul, teniendo a los enemigos alrededor, no habría podido desde lejos explorar los caminos para marcharse y los lugares guardados por los enemigos. Tanto que, necesariamente convenía que Decio tuviera tal conocimiento perfecto: el cual hizo que, al tomar aquella colina, salvara el ejército romano; después supo, estando asediado, encontrar el camino para salvarse a sí mismo y a quienes habían estado con él.
Capítulo40Cómo usar el fraude en la conducción de la guerra es cosa gloriosa
Aunque usar el fraude en toda acción sea detestable, sin embargo en la conducción de la guerra es cosa laudable y gloriosa; e igualmente es alabado el que con fraude supera al enemigo, como el que lo supera con las fuerzas. Y se ve esto por el juicio que hacen sobre ello quienes escriben las vidas de los hombres grandes; los cuales alaban a Aníbal y a otros que han sido muy notables en semejantes modos de proceder. Puesto que de ello se pueden leer bastantes ejemplos, no repetiré ninguno. Diré solo esto, que yo no entiendo que sea glorioso aquel fraude que te hace romper la fe dada y los pactos hechos; porque este, aunque te adquiera a veces estado y reino, como arriba se discutió, no te adquirirá nunca gloria. Pero hablo de aquel fraude que se usa con el enemigo que no se fía de ti, y que consiste propiamente en la conducción de la guerra; como fue el de Aníbal cuando junto al lago de Perugia simuló la huida para encerrar al cónsul y al ejército romano, y cuando, para salir de las manos de Fabio Máximo, encendió los cuernos de su ganado.
A estos fraudes fue semejante el que usó Poncio, capitán de los samnitas, para encerrar el ejército romano dentro de las Horcas Caudinas: el cual, habiendo puesto su ejército al resguardo de los montes, envió a varios de sus soldados vestidos de pastores con bastante ganado por el llano; los cuales siendo capturados por los romanos y preguntados dónde estaba el ejército de los samnitas, convinieron todos, según la orden dada por Poncio, en decir que estaba en el asedio de Nocera. Esto, creído por los cónsules, hizo que se encerraran dentro de los desfiladeros caudinos; donde al entrar, fueron inmediatamente asediados por los samnitas. Y habría sido esta victoria, obtenida por fraude, gloriosísima para Poncio, si él hubiera seguido los consejos de su padre, el cual quería que los romanos o se salvaran libremente o se mataran a todos, y que no se tomara el camino del medio, «que ni consigue amigos ni elimina enemigos». Este camino fue siempre pernicioso en las cosas de estado, como arriba en otro lugar se discutió.
Capítulo41Que la patria se debe defender o con ignominia o con gloria; y de cualquier modo es bien defendida
Estaba, como arriba se ha dicho, el cónsul y el ejército romano asediado por los samnitas; los cuales habiendo puesto a los romanos condiciones ignominiosísimas (como era querer meterlos bajo el yugo y devolverlos desarmados a Roma), y por esto estando los cónsules como atónitos y todo el ejército desesperado; Lucio Léntulo, legado romano, dijo que no le parecía que hubiera que huir de ningún medio para salvar la patria: porque, consistiendo la vida de Roma en la vida de aquel ejército, le parecía conveniente salvarlo de cualquier modo; y que la patria es bien defendida de cualquier modo que se la defienda, o con ignominia o con gloria: porque, salvándose aquel ejército, Roma estaba a tiempo de cancelar la ignominia; no salvándose, aunque gloriosamente muriera, estaban perdidos Roma y su libertad. Y así se siguió su consejo. Lo cual merece ser notado y observado por cualquier ciudadano que se encuentre aconsejando a su patria: porque donde se delibera del todo sobre la salvación de la patria, no debe caer consideración alguna ni de justo ni de injusto, ni de piadoso ni de cruel, ni de laudable ni de ignominioso; más bien, pospuesto cualquier otro respeto, seguir del todo aquel medio que le salve la vida y le mantenga la libertad. Lo cual es imitado con las palabras y con los hechos por los franceses, para defender la majestad de su rey y la potencia de su reino; porque ninguna voz oyen más impacientemente que la que dijera: tal medio es ignominioso para el rey; porque dicen que su rey no puede sufrir vergüenza en cualquiera de sus deliberaciones, o en buena o en adversa fortuna: porque, si pierde, si vence, todo dicen ser cosas de rey.
Capítulo42Que las promesas hechas por fuerza no se deben observar
Vueltos los cónsules con el ejército desarmado y con la ignominia recibida a Roma, el primero que en el Senado dijo que la paz hecha en Caudio no se debía observar fue el cónsul Espurio Postumio; diciendo que el pueblo romano no estaba obligado, pero que él sí estaba obligado, y los otros que habían prometido la paz: y por tanto el pueblo, queriendo liberarse de toda obligación, tenía que entregar prisioneros en manos de los samnitas a él y a todos los otros que la habían prometido. Y con tanta obstinación mantuvo esta conclusión, que el Senado estuvo contento con ello; y enviándolos prisioneros a él y a los otros al Samnio, protestaron a los samnitas que la paz no valía. Y tanto fue en este caso favorable a Postumio la fortuna, que los samnitas no lo retuvieron; y vuelto a Roma, fue Postumio ante los romanos más glorioso por haber perdido, que lo fue Poncio ante los samnitas por haber vencido. Donde hay que notar dos cosas: la una, que en cualquier acción se puede adquirir gloria, porque en la victoria se adquiere ordinariamente; en la pérdida se adquiere o al mostrar que tal pérdida no ha venido por culpa tuya, o al hacer inmediatamente alguna acción virtuosa que la cancele: la otra es que no es vergonzoso no observar aquellas promesas que te han hecho prometer por fuerza; y siempre las promesas forzadas que conciernen a lo público, cuando falta la fuerza, se romperán, y será sin vergüenza de quien las rompe. De lo cual se leen en todas las historias varios ejemplos; y cada día, en los tiempos presentes, se ven. Y no solo no se observan entre los príncipes las promesas forzadas cuando falta la fuerza; sino que no se observan tampoco todas las otras promesas cuando faltan las razones que las hicieron prometer. Si esto es cosa laudable o no, o si un príncipe debe observar semejantes modos o no, largamente es discutido por nosotros en nuestro tratado El príncipe: por tanto al presente lo callaremos.
Capítulo43Que los hombres que nacen en una provincia observan en todo tiempo casi la misma naturaleza
Suelen decir los hombres prudentes, y no por casualidad ni sin mérito, que quien quiera ver lo que ha de ser, considere lo que ha sido; porque todas las cosas del mundo, en cada época, tienen su correspondencia con los tiempos antiguos. Esto sucede porque, siendo aquellas realizadas por los hombres, que tienen y han tenido siempre las mismas pasiones, es necesario que produzcan el mismo efecto. Es cierto que sus obras son ahora en esta provincia más virtuosas que en aquella, y en aquella más que en esta, según la forma de educación con la cual aquellos pueblos han adoptado su modo de vivir. También facilita el conocer las cosas futuras por las pasadas ver que una nación mantiene durante largo tiempo las mismas costumbres, siendo o continuamente avara, o continuamente fraudulenta, o teniendo algún otro vicio o virtud semejante. Y quien lea las cosas pasadas de nuestra ciudad de Florencia, y considere también las que han ocurrido en tiempos recientes, encontrará que los pueblos alemanes y franceses están llenos de avaricia, de soberbia, de ferocidad y de infidelidad; porque estas cuatro cosas en distintos tiempos han perjudicado mucho a nuestra ciudad. Y en cuanto a la poca fe, todos saben cuántas veces se dio dinero al rey Carlos VIII, y él prometía devolver las fortalezas de Pisa, y nunca las devolvió. Con esto aquel rey mostró su poca fe y su mucha avaricia. Pero dejemos estas cosas recientes. Cualquiera puede haber entendido lo que ocurrió en la guerra que hizo el pueblo florentino contra los Visconti duques de Milán; y estando Florencia privada de otros recursos, pensó en traer al emperador a Italia, para que con su reputación y fuerzas asaltase Lombardía. El emperador prometió venir con mucha gente, y hacer aquella guerra contra los Visconti, y defender Florencia de su poder, si los florentinos le daban cien mil ducados al partir, y otros cien mil una vez estuviese en Italia. Los florentinos consintieron estos pactos; y pagados los primeros dineros, y luego los segundos, llegado que hubo a Verona, se volvió atrás sin hacer nada, excusándose con que no se habían respetado los convenios establecidos entre ellos. De modo que, si Florencia no hubiese estado o forzada por la necesidad o vencida por la pasión, y hubiese leído y conocido las antiguas costumbres de los bárbaros, no habría sido engañada ni esta ni muchas otras veces por ellos; siendo que siempre han sido de la misma manera, y han usado en todas partes y con todos los mismos procedimientos. Como se ve que hicieron antiguamente con los toscanos, los cuales, estando oprimidos por los romanos, por haber sido varias veces puestos en fuga y derrotados por ellos; y viendo que mediante sus propias fuerzas no podían resistir el ímpetu de aquellos; acordaron con los franceses que habitaban en Italia de este lado de los Alpes darles una suma de dinero, y que estuviesen obligados a unir sus ejércitos con ellos, e ir contra los romanos: de donde siguió que los franceses, cobrados los dineros, no quisieron luego tomar las armas por ellos, diciendo haberlos recibido, no para hacer la guerra con sus enemigos, sino para abstenerse de saquear el país toscano. Y así los pueblos toscanos, por la avaricia y poca fe de los franceses, quedaron de golpe privados de sus dineros y de la ayuda que esperaban de ellos. De modo que se ve, por este ejemplo de los toscanos antiguos y por el de los florentinos, que los franceses han usado los mismos procedimientos; y por esto fácilmente se puede conjeturar cuánto pueden fiarse de ellos los príncipes.
Capítulo44Se consigue con el ímpetu y con la audacia muchas veces lo que con modos ordinarios no se conseguiría nunca
Estando los samnitas asaltados por el ejército de Roma, y no pudiendo con su ejército mantenerse en campo abierto frente a los romanos, decidieron dejar guardadas las tierras en el Samnio y pasar con todo su ejército a la Toscana, la cual estaba en tregua con los romanos; y ver, mediante tal entrada, si podían con la presencia de su ejército inducir a los toscanos a retomar las armas; lo que habían negado a sus embajadores. Y en el discurso que hicieron los samnitas a los toscanos, al mostrar, sobre todo, qué causa los había inducido a tomar las armas, usaron una expresión notable, donde dijeron: «se habían rebelado, porque la paz para los siervos es más grave que la guerra para los libres». Y así, parte con las persuasiones, parte con la presencia de su ejército, los indujeron a retomar las armas. De donde cabe notar que cuando un príncipe desea obtener una cosa de otro, debe, si la ocasión lo permite, no darle espacio para deliberar, y hacer de modo que vea la necesidad de la pronta deliberación; la cual existe cuando aquel a quien se pide ve que del negar o del diferir nace una súbita y peligrosa indignación.
Este procedimiento se ha visto bien usado en nuestros tiempos por el papa Julio con los franceses, y por monseñor de Foix capitán del rey de Francia con el marqués de Mantua: porque el papa Julio, queriendo expulsar a los Bentivoglio de Bolonia, y juzgando que para esto necesitaba las fuerzas francesas, y que los venecianos se mantuviesen neutrales; y habiendo solicitado a uno y otro, y recibiendo de ellos respuesta dudosa y varia; decidió, sin darles tiempo, hacer que ambos entrasen en su parecer: y partiendo de Roma con cuanta gente pudo reunir, se dirigió hacia Bolonia; y mandó decir a los venecianos que se mantuviesen neutrales, y al rey de Francia, que le mandase las fuerzas. De modo que, quedando todos constreñidos por el poco espacio de tiempo, y viendo cómo en el papa debía nacer una manifiesta indignación si diferían o negaban, cedieron a sus deseos, y el rey le mandó ayuda, y los venecianos se mantuvieron neutrales. Monseñor de Foix, también, estando con el ejército en Bolonia, y habiendo sabido de la rebelión de Brescia, y queriendo ir a la recuperación de aquella, tenía dos vías; una por el dominio del rey, larga y tediosa; la otra, breve, por el dominio de Mantua: y no solo era necesario pasar por el dominio de aquel marqués, sino que le convenía entrar por ciertos pasos entre pantanos y lagos, de los que está llena aquella región, los cuales con fortalezas y otros medios estaban cerrados y guardados por él. Por lo que Foix, decidido a ir por la más corta, y para vencer toda dificultad y no dar tiempo al marqués para deliberar, movió de golpe sus tropas por aquella vía, y significó al marqués que le mandase las llaves de aquel paso. De modo que el marqués, sorprendido por esta súbita decisión, le mandó las llaves: las cuales nunca le habría mandado si Foix se hubiese gobernado más titubeantemente, siendo aquel marqués parte de la liga con el Papa y con los venecianos, y teniendo un hijo suyo en manos del Papa; cosas que le daban muchas excusas honestas para negarlas. Pero asaltado por la decisión súbita, por las razones que se dicen arriba, las concedió. Así hicieron los toscanos con los samnitas, habiendo, por la presencia del ejército del Samnio, tomado aquellas armas que habían negado, en otros tiempos, tomar.
Capítulo45Cuál es mejor decisión en las batallas, si sostener el ímpetu de los enemigos, y, sostenido, atacarlos; o bien desde el principio asaltarlos con furia
Estaban Decio y Fabio, cónsules romanos, con dos ejércitos frente a los ejércitos de los samnitas y de los toscanos; y viniendo al combate y a la batalla conjuntamente, cabe notar, en tal acción, cuál de los dos diversos modos de proceder seguidos por los dos cónsules es mejor. Porque Decio con todo ímpetu y con toda su fuerza asaltó al enemigo; Fabio solamente lo sostuvo, juzgando que el asalto lento era más útil, reservando su ímpetu para el final, cuando el enemigo hubiese perdido el primer ardor del combate, y, como decimos nosotros, su furia. Donde se ve, por el resultado de la cosa, que a Fabio le salió mucho mejor el plan que a Decio: el cual se agotó en los primeros ímpetus; de modo que, viendo su bando más bien en retirada que de otro modo, para adquirir con la muerte aquella gloria a la cual con la victoria no había podido llegar, a imitación de su padre se sacrificó por las legiones romanas. Esta cosa, sabida por Fabio, para no adquirir menos honor viviendo que el que su colega había adquirido muriendo, lanzó adelante todas aquellas fuerzas que se había reservado para tal necesidad; de donde obtuvo una felicísima victoria. Por lo que se ve que el modo de proceder de Fabio es más seguro y más imitable.
Capítulo46De dónde nace que una familia en una ciudad mantenga durante un tiempo las mismas costumbres
Parece que no solo una ciudad tiene ciertos modos e instituciones diversos de otra, y cría hombres más duros o más afeminados, sino que en la misma ciudad se ve tal diferencia entre las familias, una de otra. Esto se comprueba que es verdad en toda ciudad, y en la ciudad de Roma se leen muchos ejemplos: pues se ve que los Manlios fueron duros y obstinados, los Publícolas hombres benignos y amigos del pueblo, los Apios ambiciosos y enemigos de la plebe; y así muchas otras familias tuvieron cada una sus cualidades, distintas de las otras. Estas cosas no pueden nacer solamente de la sangre, porque es necesario que varíe mediante la diversidad de los matrimonios; sino que es necesario que venga de la diversa educación que tiene una familia respecto de otra. Porque importa mucho que un jovencito desde tierna edad comience a oír hablar bien o mal de una cosa; pues es necesario que le haga impresión, y que después regule con ella el modo de proceder en todos los tiempos de su vida. Y si esto no fuese así, sería imposible que todos los Apios hubieran tenido el mismo deseo, y hubieran sido agitados por las mismas pasiones, como observa Tito Livio en muchos de ellos: y por último, habiendo sido uno de ellos hecho censor y habiendo su colega depuesto la magistratura al final de los dieciocho meses, como disponía la ley, Apio no quiso deponerla, diciendo que la podía mantener cinco años, según la primera ley ordenada por los censores. Y aunque sobre esto se hicieran muchas arengas y se generasen muchos tumultos, no hubo nunca remedio que quisiera deponerla, contra la voluntad del pueblo y de la mayor parte del Senado. Y quien lea la oración que le hizo en contra Publio Sempronio, tribuno de la plebe, notará allí todas las insolencias de los Apios, y toda la bondad y humanidad usada por infinitos ciudadanos para obedecer las leyes y los auspicios de su patria.
Capítulo47Que un buen ciudadano por amor a la patria debe olvidar las injurias privadas
Marcio era cónsul con el ejército contra los samnitas, y habiendo sido herido en un combate, y por esto corriendo sus gentes peligro, el Senado juzgó necesario enviar allí a Papirio Cursor como dictador para suplir los defectos del cónsul. Y siendo necesario que el dictador fuese nombrado por Fabio, que era cónsul con los ejércitos en Toscana; y dudando, por serle enemigo, que no quisiera nombrarlo, los senadores le mandaron dos embajadores para rogarle que, dejando de lado los odios privados, debiera nombrarlo para beneficio público. Lo cual hizo Fabio, movido por la caridad de la patria; aunque con el silencio y con otros muchos modos diera señal de que tal nombramiento le pesaba. Del cual deben tomar ejemplo todos los que buscan ser tenidos por buenos ciudadanos.
Capítulo48Cuando se ve a un enemigo cometer un error grande, se debe creer que hay debajo engaño
Habiendo quedado Fulvio como legado en el ejército que los romanos tenían en Toscana, habiendo ido el cónsul a Roma para algunas ceremonias, los toscanos, para ver si podían engañarlo, pusieron una emboscada cerca de los campos romanos, y mandaron algunos soldados con vestimenta de pastores con mucho ganado, e hicieron que viniesen a la vista del ejército romano; los cuales así disfrazados se acercaron a la empalizada del campamento; de modo que el legado, maravillándose de esta presunción suya, no pareciéndole razonable, tuvo modo de descubrir el fraude; y así quedó roto el plan de los toscanos. Aquí se puede cómodamente notar que un capitán de ejércitos no debe dar crédito a un error que evidentemente se vea cometer al enemigo: porque siempre habrá debajo fraude, no siendo razonable que los hombres sean tan incautos. Pero a menudo el deseo de vencer ciega los ánimos de los hombres, de modo que no ven otra cosa que lo que parece favorecerles.
Los franceses, habiendo vencido a los romanos en Alia, y viniendo a Roma, y encontrando las puertas abiertas y sin guardia, estuvieron todo aquel día y la noche sin entrar, temiendo fraude, y no pudiendo creer que hubiera tanta vileza y tan poco juicio en los pechos romanos que abandonasen la patria. Cuando en 1508, estando los florentinos sitiando Pisa, Alfonso del Mutolo, ciudadano pisano, se encontraba prisionero de los florentinos y prometió que, si era liberado, entregaría una puerta de Pisa al ejército florentino. Fue liberado este hombre: después, para llevar a cabo la cosa, vino muchas veces a hablar con los legados de los comisarios; y venía no en secreto sino abiertamente y acompañado de pisanos; a los cuales dejaba a un lado cuando hablaba con los florentinos. De tal manera que se podía conjeturar su ánimo doble; porque no era razonable, si el trato hubiera sido fiel, que él lo hubiera tratado tan abiertamente. Pero el deseo que se tenía de tomar Pisa cegó de tal modo a los florentinos, que, conducidos con su plan a la puerta de Lucca, dejaron allí varios de sus jefes y otras gentes, con deshonor suyo, por la doble traición que hizo dicho Alfonso.
Capítulo49Una república, para mantenerla libre, necesita cada día nuevas medidas; y por qué méritos Quinto Fabio fue llamado Máximo
Es necesario, como otras veces se ha dicho, que cada día en una ciudad grande nazcan accidentes que necesiten del médico; y según sean más importantes, conviene encontrar al médico más sabio. Y si en alguna ciudad nacieron jamás semejantes accidentes, nacieron en Roma y extraños e inesperados; como fue aquel cuando pareció que todas las mujeres romanas habían conspirado contra sus maridos para matarlos: tantas se encontraron que los habían envenenado, y tantas que habían preparado el veneno para envenenarlos. Como fue también aquella conjuración de las bacanales, que se descubrió en el tiempo de la guerra macedónica, donde estaban ya implicados muchos millares de hombres y de mujeres; y, de no descubrirse, habría sido peligrosa para aquella ciudad, o si es que los romanos no hubieran estado acostumbrados a castigar las multitudes de culpables: porque, aunque no se viera por otros infinitos signos la grandeza de aquella república y la potencia de sus ejecuciones, se ve por la cualidad de la pena que imponía a quien erraba. Ni dudó hacer morir por vía de justicia una legión entera de una vez, y una ciudad; y de confinar a ocho o diez mil hombres con condiciones extraordinarias, que no podían ser observadas por uno solo, cuánto menos por tantos: como sucedió a aquellos soldados que desgraciadamente habían combatido en Cannas; a los cuales confinó en Sicilia, e impuso que no se alojaran en tierra, y que comieran de pie.
Pero de todas las otras ejecuciones era terrible el diezmar los ejércitos, donde a suerte, de todo un ejército, era muerto uno de cada diez. Ni se podía, para castigar una multitud, encontrar castigo más espantoso que este. Porque cuando una multitud yerra, donde no haya autor cierto, no se puede castigar a todos, por ser demasiados; castigar a una parte y dejar a otra parte sin castigo sería hacer agravio a los que se castigan, y los no castigados tendrían ánimo de errar otra vez. Pero matando la décima parte a suerte, cuando todos lo merecen, quien es castigado se duele de la suerte, quien no es castigado tiene miedo de que otra vez no le toque a él, y se guarda de errar.
Fueron castigadas, pues, las envenenadoras y las bacanales, según merecían sus pecados. Y aunque estos males en una república hacen efectos malos, no son mortales, porque casi siempre se tiene tiempo de corregirlos: pero no se tiene ya tiempo en los que se refieren al estado, los cuales, si no son corregidos por un hombre prudente, arruinan la ciudad.
Habían nacido en Roma, por la liberalidad que los romanos usaban al donar la ciudadanía a los forasteros, tantas gentes nuevas, que empezaban a tener tanta parte en los sufragios que el gobierno comenzaba a variar, y apartarse de aquellas cosas y de aquellos hombres donde estaba acostumbrado a ir. De lo cual dándose cuenta Quinto Fabio, que era censor, metió a todas estas gentes nuevas, de quienes dependía este desorden, bajo cuatro tribus, a fin de que no pudiesen, reducidos en tan pequeños espacios, corromper toda Roma. Fue esta cosa bien comprendida por Fabio, y puesta en ella, sin alteración, conveniente remedio; el cual fue tan aceptado por aquella comunidad, que mereció ser llamado Máximo.
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