Libro primero
Proemio0
Aunque siempre ha sido, por la naturaleza envidiosa de los hombres, tan peligroso encontrar modos y órdenes nuevos como buscar aguas y tierras desconocidas, por estar aquellos más dispuestos a censurar que a alabar las acciones ajenas; no obstante, impulsado por ese deseo natural que siempre hubo en mí de llevar a cabo, sin consideración alguna, aquellas cosas que creo que traen un beneficio común a todos, he decidido entrar por un camino que, no habiendo sido recorrido todavía por nadie, si bien puede acarrearme molestia y dificultad, podría también traerme recompensa por medio de aquellos que humanamente consideren el fin de estos trabajos míos. Y si el escaso ingenio, la poca experiencia de las cosas presentes y el débil conocimiento de las antiguas harán que este intento mío resulte defectuoso y de escasa utilidad, al menos abrirán el camino a alguien que, con más virtud, más discurso y juicio, pueda satisfacer esta intención mía: lo cual, si no me traerá alabanza, no debería acarrearme censura.
Considerando, pues, cuánto honor se atribuye a la Antigüedad, y cómo muchas veces, dejando de lado infinitos otros ejemplos, un fragmento de una estatua antigua ha sido comprado a gran precio para tenerlo junto a sí, honrar con él su casa y poder hacerlo imitar por quienes se deleitan en ese arte; y cómo estos después se esfuerzan con toda aplicación en todas sus obras por representarlo; y viendo, por otro lado, que las operaciones más virtuosas que las historias nos muestran, que han sido realizadas por reinos y repúblicas antiguas, por reyes, capitanes, ciudadanos, legisladores y otros que se han esforzado por su patria, son más bien admiradas que imitadas; más aún, hasta tal punto evitadas por cada uno en cualquier mínima cosa, que de aquella antigua virtud no nos ha quedado señal alguna; no puedo dejar de maravillarme y dolerme a la vez. Y tanto más cuanto veo que en las disputas que surgen civilmente entre ciudadanos, o en las enfermedades en las que incurren los hombres, siempre se ha recurrido a aquellos juicios o a aquellos remedios que han sido juzgados u ordenados por los antiguos: porque las leyes civiles no son otra cosa que sentencias dadas por los antiguos jurisconsultos, las cuales, puestas en orden, enseñan a juzgar a nuestros jurisconsultos presentes. Ni tampoco la medicina es otra cosa que experiencias hechas por los antiguos médicos, sobre las cuales fundan los médicos presentes sus juicios. Sin embargo, al ordenar las repúblicas, al mantener los estados, al gobernar los reinos, al ordenar la milicia y administrar la guerra, al juzgar a los súbditos, al acrecentar el imperio, no se encuentra príncipe ni república que recurra a los ejemplos de los antiguos. Lo cual creo que nace no tanto de la debilidad a la que la presente religión ha conducido al mundo, o de ese mal que ha causado a muchas provincias y ciudades cristianas un ocio ambicioso, cuanto del no tener verdadero conocimiento de las historias, por no extraer de ellas, al leerlas, ese sentido ni gustar de ellas ese sabor que tienen en sí. De ahí que infinitos que las leen obtienen placer al oír esa variedad de acontecimientos que en ellas se contienen, sin pensar de ningún modo en imitarlas, juzgando la imitación no solo difícil sino imposible; como si el cielo, el sol, los elementos, los hombres hubiesen variado de movimiento, de orden y de potencia respecto a lo que eran antiguamente. Queriendo, por tanto, sacar a los hombres de este error, he juzgado necesario escribir, sobre todos aquellos libros de Tito Livio que no nos han sido arrebatados por la malignidad de los tiempos, lo que yo, según el conocimiento de las cosas antiguas y modernas, juzgare ser necesario para mayor inteligencia de ellos, a fin de que quienes lean estas declaraciones mías puedan más fácilmente extraer de ellas esa utilidad por la cual debe buscarse el conocimiento de las historias. Y aunque esta empresa sea difícil, sin embargo, ayudado por quienes me han animado a entrar bajo este peso, creo llevarlo de modo que a otro le quede un breve camino para conducirlo al lugar destinado.
Capítulo1Cuáles hayan sido universalmente los principios de cualquier ciudad, y cuál fue el de Roma
Quienes lean cuál fue el principio de la ciudad de Roma, y por qué legisladores y cómo fue ordenada, no se maravillarán de que tanta virtud se haya mantenido durante muchos siglos en aquella ciudad; y que después haya nacido de allí ese imperio al que aquella república llegó. Y queriendo discurrir primero sobre su nacimiento, digo que todas las ciudades son edificadas o por los hombres nativos del lugar donde se edifican o por forasteros. El primer caso ocurre cuando a los habitantes dispersos en muchas y pequeñas partes no les parece vivir seguros, no pudiendo cada una por sí, por el sitio y por el escaso número, resistir al ímpetu de quien las asaltase; y al unirse para su defensa, cuando viniera el enemigo, no están a tiempo; o cuando lo estuvieran, tendrían que dejar abandonados muchos de sus refugios; y así vendrían a ser rápida presa de sus enemigos: de manera que, para huir de estos peligros, movidos o por ellos mismos o por alguno que esté entre ellos con mayor autoridad, se reúnen a habitar juntos en un lugar elegido por ellos, más cómodo para vivir y más fácil de defender.
De estas, entre muchas otras, fueron Atenas y Venecia. La primera, bajo la autoridad de Teseo, fue edificada por los habitantes dispersos por semejantes causas; la otra, habiéndose refugiado muchos pueblos en ciertas isletas que estaban en la punta del mar Adriático, para huir de aquellas guerras que cada día, por la llegada de nuevos bárbaros, después de la declinación del Imperio romano, nacían en Italia, comenzaron entre ellos, sin otro príncipe particular que los ordenase, a vivir bajo aquellas leyes que les parecían más aptas para mantenerlos. Lo cual les sucedió felizmente por el largo reposo que el sitio les dio, no teniendo aquel mar salida, y no teniendo aquellos pueblos que afligían Italia naves para poderlos infestar: de modo que cualquier pequeño principio pudo hacerlos llegar a esa grandeza en la que se encuentran.
El segundo caso, cuando una ciudad es edificada por gentes forasteras, nace o de hombres libres o que dependen de otros: como son las colonias enviadas o por una república o por un príncipe para descargar sus tierras de habitantes, o para defensa de aquel país que, recién adquirido, quieren mantener segura y sin gasto; de estas ciudades el pueblo romano edificó muchas, y por todo su imperio: o bien son edificadas por un príncipe, no para habitarlas, sino para su gloria; como la ciudad de Alejandría, por Alejandro. Y por no tener estas ciudades su origen libre, rara vez ocurre que hagan progresos grandes y puedan contarse entre las capitales de los reinos. Semejante a estas fue la edificación de Florencia, porque (sea edificada por los soldados de Sila, o, por casualidad, por los habitantes de los montes de Fiesole, los cuales, confiados en aquella larga paz que bajo Octaviano nació en el mundo, se redujeron a habitar en el llano sobre el Arno) se edificó bajo el imperio romano: y no pudo, en sus principios, hacer otros aumentos que aquellos que por cortesía del príncipe le eran concedidos.
Son libres los fundadores de ciudades cuando algunos pueblos, ya sea bajo un príncipe o por sí solos, se ven obligados, por enfermedad o por hambre o por guerra, a abandonar el país patrio y buscarse una nueva sede: estos, o bien habitan las ciudades que encuentran en los países que conquistan, como hizo Moisés; o bien edifican otras nuevas, como hizo Eneas. En este caso es donde se reconoce la virtud del fundador y la fortuna de lo fundado, la cual es más o menos maravillosa según cuánto más o menos virtuoso sea aquel que ha sido su principio. La virtud del cual se reconoce de dos modos: el primero es en la elección del lugar; el otro en la ordenación de las leyes. Y porque los hombres actúan o por necesidad o por elección, y porque se ve que allí hay mayor virtud donde la elección tiene menos autoridad, hay que considerar si sería mejor elegir, para la edificación de las ciudades, lugares estériles, a fin de que los hombres, obligados a ingeniárselas, menos ocupados por el ocio, viviesen más unidos teniendo, por la pobreza del lugar, menor motivo de discordias; como ocurre en Ragusa, y en muchas otras ciudades edificadas en lugares semejantes: tal elección sería sin duda más sabia y más útil, si los hombres se contentaran con vivir de lo suyo y no quisieran procurar mandar sobre otros. Por tanto, no pudiendo los hombres asegurarse sino con la potencia, es necesario huir de esa esterilidad del país, y situarse en lugares fertilísimos; donde, pudiendo por la abundancia del lugar ampliarse, pueda tanto defenderse de quien lo asaltase como oprimir a cualquiera que se opusiese a su grandeza. Y en cuanto a ese ocio que el lugar le acarrease, se debe ordenar que a aquellas necesidades la obliguen las leyes, que el lugar no la obligase, e imitar a aquellos que han sido sabios, y han habitado en países muy amenos y fértiles, y aptos para producir hombres ociosos e incapaces de todo ejercicio virtuoso, que, para obviar aquellos daños que la amenidad del país, mediante el ocio, habría causado, impusieron una necesidad de ejercicio a quienes habrían de ser soldados; de tal manera que, por tal orden, llegaron a ser allí mejores soldados que en aquellos países que naturalmente han sido ásperos y estériles. Entre los cuales estuvo el reino de Egipto, que, no obstante que el país sea muy ameno, tanto pudo aquella necesidad, ordenada por las leyes, que nacieron hombres excelentísimos; y si sus nombres no hubiesen sido borrados por la antigüedad, se vería cómo merecerían más alabanza que Alejandro Magno, y muchos otros de los cuales aún está fresca la memoria. Y quien hubiese considerado el reino del Sultán, y el orden de los Mamelucos y de aquella milicia suya, antes de que fuese eliminada por Selim, Gran Turco, habría visto en él muchos ejercicios en torno a los soldados, y habría, de hecho, conocido cuánto temían ellos aquel ocio al que la benignidad del país los podía conducir, si no lo hubiesen obviado con leyes fortísimas. Digo, pues, que es elección más prudente situarse en lugar fértil, cuando aquella fertilidad se restrinja con las leyes dentro de los debidos límites. A Alejandro Magno, queriendo edificar una ciudad para su gloria, vino Dinócrates arquitecto, y le mostró cómo podría edificarla sobre el monte Atos, lugar que, además de ser fuerte, podría disponerse de modo que a aquella ciudad se diese forma humana; lo que sería cosa maravillosa y rara, y digna de su grandeza. Y preguntándole Alejandro de qué vivirían aquellos habitantes, respondió no haber pensado en ello: de lo cual aquel se rió, y, dejando estar aquel monte, edificó Alejandría, donde los habitantes habrían de estar gustosamente por la fertilidad del país, y por la comodidad del mar y del Nilo. Quien examine, pues, la edificación de Roma, si se toma a Eneas por su primer progenitor, será de aquellas ciudades edificadas por forasteros; si a Rómulo, de aquellas edificadas por hombres nativos del lugar; y de cualquier modo, la verá tener principio libre, sin depender de nadie: verá también, como más abajo se dirá, a cuántas necesidades las leyes hechas por Rómulo, Numa, y los otros, la obligaron; de manera que la fertilidad del lugar, la comodidad del mar, las frecuentes victorias, la grandeza del imperio, no pudieron por muchos siglos corromperla, y la mantuvieron llena de tanta virtud, de cuanta jamás haya estado adornada ninguna otra ciudad o república.
Y porque las cosas realizadas por ella, y que son celebradas por Tito Livio, han ocurrido o por consejo público o privado, o dentro o fuera de la ciudad; yo comenzaré a discurrir sobre aquellas cosas ocurridas dentro y por consejo público, las cuales juzgaré dignas de mayor anotación, añadiéndole todo aquello que de ellas dependiese; con los cuales Discursos este primer libro, o bien esta primera parte, se terminará.
Capítulo2De cuántas especies son las repúblicas, y de cuál fue la república romana
Quiero dejar de lado el razonar sobre aquellas ciudades que han tenido su principio sometido a otros; y hablaré de aquellas que han tenido el principio alejado de toda servidumbre externa, sino que se han gobernado enseguida por su arbitrio, o como repúblicas o como principado: las cuales han tenido, como diversos principios, diversas leyes y órdenes. Porque a algunas, o en el principio de ellas, o después de no mucho tiempo, les han sido dadas las leyes por uno solo, y de un golpe; como aquellas que fueron dadas por Licurgo a los espartanos: algunas las han tenido por azar, y en varias veces y según los accidentes, como tuvo Roma. De manera que feliz se puede llamar aquella república que alcanza un hombre tan prudente, que le dé leyes ordenadas de modo que, sin tener necesidad de corregirlas, pueda vivir seguramente bajo aquellas. Y se ve que Esparta las observó más de ochocientos años sin corromperlas, o sin ningún tumulto peligroso: y, por el contrario, tiene algún grado de infelicidad aquella ciudad que, no habiéndose topado con un ordenador prudente, está obligada por sí misma a reordenarse. Y de estas aún es más infeliz aquella que está más alejada del orden; y aquella está más alejada que con sus órdenes está del todo fuera del camino recto, que la pueda conducir al perfecto y verdadero fin. Porque aquellas que están en este grado, es casi imposible que por cualquier accidente se arreglen: aquellas otras que, si no tienen el orden perfecto, han tomado el principio bueno, y apto a volverse mejor, pueden por la ocurrencia de los accidentes volverse perfectas. Pero bien es verdad esto, que nunca se ordenarán sin peligro; porque los muchos hombres no se ponen nunca de acuerdo en una ley nueva que mire a un nuevo orden en la ciudad si no se les muestra por una necesidad que es menester hacerlo; y no pudiendo venir esta necesidad sin peligro, es fácil cosa que aquella república se arruine, antes de que se haya conducido a una perfección de orden. De lo que da fe cumplidamente la república de Florencia, la cual fue por el accidente de Arezzo, en el dos, reordenada; y por el de Prato, en el doce, desordenada.
Queriendo, pues, discurrir cuáles fueron los órdenes de la ciudad de Roma, y qué accidentes la condujeron a su perfección; digo que algunos que han escrito sobre las repúblicas dicen haber en ellas uno de tres estados, llamados por ellos Principado, Optimates, y Popular, y que quienes ordenan una ciudad deben volverse hacia uno de estos, según les parezca más a propósito. Algunos otros, y, según la opinión de muchos, más sabios, tienen opinión de que hay seis especies de gobiernos: de los cuales tres son pésimos y otros tres son buenos en sí mismos, pero tan fáciles de corromperse, que vienen también ellos a ser perniciosos. Aquellos que son buenos, son los tres arriba escritos: aquellos que son malos, son otros tres, los cuales de estos tres dependen; y cada uno de ellos es de tal modo similar a aquel que le es próximo, que fácilmente saltan de uno a otro: porque el Principado fácilmente se vuelve tiránico; los Optimates con facilidad se vuelven estado de pocos; el Popular sin dificultad se convierte en licencioso. De manera que, si un ordenador de república ordena en una ciudad uno de aquellos tres estados, lo ordena allí por poco tiempo; porque ningún remedio puede poner en ello, para hacer que no resbale hacia su contrario, por la similitud que tiene en este caso la virtud y el vicio.
Estas variaciones de los gobiernos nacieron al azar entre los hombres: porque al principio del mundo, siendo los habitantes escasos, vivieron un tiempo dispersos a semejanza de las bestias; después, al multiplicarse la población, se reunieron y, para poder defenderse mejor, comenzaron a considerar entre ellos quién fuera más robusto y de mayor corazón, y lo hicieron jefe, y le obedecían. De esto nació el conocimiento de las cosas honestas y buenas, diferentes de las perniciosas y malas: porque, viendo que si uno dañaba a su benefactor, venía odio y compasión entre los hombres, censurando a los ingratos y honrando a quienes fueran agradecidos, y pensando además que aquellas mismas injurias podían hacérseles a ellos; para huir de tal mal, se decidieron a hacer leyes, ordenar castigos para quien las transgrediera: de donde vino el conocimiento de la justicia. Lo cual hacía que, teniendo después que elegir un príncipe, no siguieran al más fuerte, sino a aquel que fuera más prudente y más justo. Pero cuando después se comenzó a hacer al príncipe por sucesión, y no por elección, de inmediato empezaron los herederos a degenerar de sus antepasados; y, dejando las obras virtuosas, pensaban que los príncipes no debían hacer otra cosa que superar a los demás en suntuosidad y en lascivia y en toda otra cualidad de licencia: de modo que, comenzando el príncipe a ser odiado, y por tal odio a temer, y pasando pronto del temor a las ofensas, nacía rápidamente una tiranía. De esto nacieron, enseguida, los principios de las ruinas, y de las conspiraciones y conjuras contra los príncipes; no hechas por quienes fueran tímidos o débiles, sino por quienes, por generosidad, grandeza de ánimo, riqueza y nobleza, aventajaban a los otros; los cuales no podían soportar la vida deshonesta de aquel príncipe. La multitud, entonces, siguiendo la autoridad de estos poderosos, se armaba contra el príncipe, y, una vez muerto éste, les obedecía como a sus libertadores. Y ellos, teniendo en odio el nombre de un solo jefe, constituían de entre ellos mismos un gobierno; y, al principio, teniendo presente la pasada tiranía, se gobernaban según las leyes ordenadas por ellos, posponiendo toda su comodidad a la utilidad común; y las cosas privadas y las públicas con suma diligencia gobernaban y conservaban. Venida después esta administración a sus hijos, los cuales no conociendo la variación de la fortuna, no habiendo probado nunca el mal, y no queriendo contentarse con la igualdad civil, sino entregándose a la avaricia, a la ambición, a la usurpación de las mujeres, hicieron que de un gobierno de optimates se convirtiera en un gobierno de pocos, sin tener respeto a ninguna civilidad, de tal manera que, en breve tiempo, les sucedió como al tirano; porque, fastidiada de su gobierno, la multitud se hizo instrumento de cualquiera que intentara de algún modo ofender a aquellos gobernantes; y así se levantó pronto alguien que, con la ayuda de la multitud, los destruyó. Y estando todavía fresca la memoria del príncipe y de las injurias recibidas de él, habiendo deshecho el estado de los pocos y no queriendo rehacer el del príncipe, se volvieron al estado popular; y lo ordenaron de modo que ni los pocos poderosos, ni un príncipe, tuvieran autoridad alguna. Y porque todos los estados al principio tienen alguna reverencia, se mantuvo este estado popular un poco, pero no mucho, sobre todo una vez extinguida aquella generación que lo había ordenado; porque de inmediato se llegó a la licencia, donde no se temía ni a los hombres privados ni a los públicos; de manera que, viviendo cada uno a su modo, se hacían cada día mil injurias: de tal forma que, obligados por necesidad, o por sugestión de algún hombre bueno, o para huir de tal licencia, se retorna de nuevo al principado; y de éste, de grado en grado, se vuelve hacia la licencia, en los modos y por las causas dichas. Y éste es el círculo en el cual girando todas las repúblicas se han gobernado y se gobiernan: pero raras veces retornan a los gobiernos mismos; porque casi ninguna república puede ser de tanta vida, que pueda pasar muchas veces por estas mutaciones, y permanecer en pie. Mas bien sucede que, en el transcurso de sus dificultades, una república, faltándole siempre consejo y fuerzas, se convierte en súbdita de un estado vecino, que esté mejor ordenado que ella: pero, puesto que esto no fuera, sería capaz una república de girar infinito tiempo en estos gobiernos.
Digo, entonces, que todos los dichos modos son pestíferos, por la brevedad de la vida que hay en los tres buenos, y por la malignidad que hay en los tres malos. De manera que, habiendo quienes prudentemente ordenan leyes, conocido este defecto, huyendo de cada uno de estos modos por sí mismo, eligieron uno que participara de todos, juzgándolo más firme y más estable; porque el uno vigila al otro, estando en una misma ciudad el Principado, los Optimates, y el Gobierno Popular.
Entre quienes han merecido más alabanza por semejantes constituciones, está Licurgo; el cual ordenó de tal modo sus leyes en Esparta, que, dando sus partes a los Reyes, a los Optimates y al Pueblo, hizo un estado que duró más de ochocientos años, con suma alabanza suya y tranquilidad de aquella ciudad. Al contrario sucedió a Solón, el cual ordenó las leyes en Atenas; que, por ordenar en ella solo el estado popular, lo hizo de tan breve vida, que, antes de que muriera, vio nacer en ella la tiranía de Pisístrato; y aunque, después de cuarenta años, fueran sus herederos expulsados, y retornara Atenas a la libertad, porque se reanudó el estado popular, según los órdenes de Solón, no lo mantuvo más de cien años, aunque para mantenerlo hiciera muchas constituciones, por las cuales se reprimía la insolencia de los grandes y la licencia del pueblo, las cuales no fueron por Solón consideradas: no obstante, porque no las mezcló con el poder del Principado y con el de los Optimates, vivió Atenas, en comparación con Esparta, brevísimo tiempo.
Pero vengamos a Roma; la cual, a pesar de que no tuvo un Licurgo que la ordenara en modo, al principio, que pudiera vivir largo tiempo libre, sin embargo fueron tantos los sucesos que en ella nacieron, por la desunión que había entre la Plebe y el Senado, que lo que no había hecho un ordenador, lo hizo el azar. Porque, si Roma no obtuvo la primera fortuna, obtuvo la segunda; porque sus primeros órdenes, si fueron defectuosos, no obstante no se desviaron del camino recto que podía conducirla a la perfección. Porque Rómulo y todos los otros reyes hicieron muchas y buenas leyes, conformes además al vivir libre: mas porque el fin de ellos fue fundar un reino y no una república, cuando aquella ciudad quedó libre, le faltaban muchas cosas que era necesario ordenar en favor de la libertad, las cuales no habían sido ordenadas por aquellos reyes. Y aunque aquellos reyes suyos perdieran el imperio, por las causas y modos discutidos; no obstante quienes los expulsaron, ordenando de inmediato dos Cónsules que estuvieran en el lugar de los Reyes, vinieron a expulsar de Roma el nombre, y no el poder regio: de manera que, habiendo en aquella república los Cónsules y el Senado, venía solamente a ser mezcla de dos cualidades de las tres arriba escritas, esto es de Principado y de Optimates. Quedábale solo dar lugar al gobierno popular: por lo cual, habiéndose vuelto la Nobleza romana insolente por las causas que abajo se dirán, se levantó el Pueblo contra ella; de tal forma que, para no perderlo todo, fue obligada a conceder al Pueblo su parte y, de la otra parte, el Senado y los Cónsules quedaron con tanta autoridad, que pudieron tener en aquella república su grado. Y así nació la creación de los Tribunos de la plebe, después de cuya creación vino a ser más estable el estado de aquella república, teniendo todas las tres cualidades de gobierno su parte. Y tanto le fue favorable la fortuna, que, aunque se pasara del gobierno de los Reyes y de los Optimates al Pueblo, por aquellos mismos grados y por aquellas mismas causas que arriba se han discutido, no obstante no se quitó nunca, para dar autoridad a los Optimates, toda la autoridad a las cualidades regias; ni se disminuyó la autoridad del todo a los Optimates, para darla al Pueblo; sino que permaneciendo mixta, hizo una república perfecta: a cuya perfección llegó por la desunión de la Plebe y del Senado, como en los dos próximos capítulos siguientes largamente se demostrará.
Capítulo3Qué sucesos hicieron crear en Roma los Tribunos de la Plebe, lo que hizo la república más perfecta
Como demuestran todos quienes razonan sobre el vivir civil, y como está llena de ejemplos toda historia, es necesario para quien dispone una república, y ordena leyes en ella, presuponer a todos los hombres malos, y que han de usar siempre la malignidad de su ánimo, cada vez que tengan libre ocasión; y cuando alguna malignidad permanece oculta un tiempo, procede de una causa oculta, que, por no haberse visto experiencia de lo contrario, no se conoce; pero la hace luego descubrir el tiempo, el cual dicen que es padre de toda verdad.
Parecía que en Roma, entre la plebe y el Senado, tras la expulsión de los Tarquinos, había una unión grandísima; y que los nobles habían depuesto aquella soberbia suya y se habían vuelto de ánimo popular, y soportables incluso para el más ínfimo. Este engaño se mantuvo oculto, y no se vio su causa, mientras vivieron los Tarquinos; de estos temía la nobleza, y teniendo miedo de que la plebe maltratada se acercara a ellos, se comportaba humanamente con ella; pero, en cuanto murieron los Tarquinos y a los nobles se les fue el miedo, comenzaron a escupir contra la plebe aquel veneno que habían guardado en el pecho, y de todos los modos posibles la ofendían. Esto es testimonio de lo que he dicho antes: que los hombres nunca hacen nada bien si no es por necesidad; pero donde abunda la elección y se puede usar la licencia, todo se llena enseguida de confusión y de desorden. Por eso se dice que el hambre y la pobreza hacen a los hombres industriosos, y las leyes los hacen buenos. Y donde una cosa por sí misma sin la ley funciona bien, no es necesaria la ley; pero cuando falta aquella buena costumbre, enseguida es necesaria la ley. Por eso, muertos los Tarquinos, que con el miedo a ellos mantenían a raya a la nobleza, fue preciso pensar en un nuevo orden que hiciera el mismo efecto que hacían los Tarquinos cuando estaban vivos. Y así, tras muchas confusiones, tumultos y peligros de escándalos que surgieron entre la plebe y la nobleza, se llegó, para seguridad de la plebe, a la creación de los tribunos; y estos se establecieron con tantas prerrogativas y tanta reputación que pudieron ser siempre en adelante mediadores entre la plebe y el Senado, y frenar la insolencia de los nobles.
Capítulo4Que la desunión de la plebe y del Senado romano hizo libre y potente a aquella república
No quiero dejar de discurrir sobre estos tumultos que hubo en Roma desde la muerte de los Tarquinos hasta la creación de los tribunos; y luego algunas cosas contra la opinión de muchos que dicen que Roma fue una república tumultuaria, y llena de tanta confusión que, si la buena fortuna y la virtud militar no hubieran suplido sus defectos, habría sido inferior a cualquier otra república. No puedo negar que la fortuna y la milicia no fueran causas del imperio romano; pero me parece bien que estos no se dan cuenta de que donde hay buena milicia conviene que haya buen orden, y raras veces ocurre también que no haya buena fortuna. Pero vengamos a los otros detalles de aquella ciudad. Digo que quienes condenan los tumultos entre los nobles y la plebe me parece que censuran aquellas cosas que fueron la primera causa de mantener libre a Roma; y que consideran más los ruidos y gritos que nacían de tales tumultos que los buenos efectos que estos producían; y que no consideran cómo en toda república hay dos humores diversos, el del pueblo y el de los grandes; y cómo todas las leyes que se hacen en favor de la libertad nacen de su desunión, como fácilmente se puede ver que sucedió en Roma; porque desde los Tarquinos hasta los Gracos, que fueron más de trescientos años, los tumultos de Roma raras veces producían destierro y rarísimas veces sangre. Ni se pueden por tanto juzgar estos tumultos nocivos, ni una república dividida, cuando en tanto tiempo por sus diferencias no mandó al destierro más que a ocho o diez ciudadanos, y mató a poquísimos, y tampoco condenó a muchos a penas pecuniarias. Ni se puede llamar de ningún modo con razón una república desordenada donde hay tantos ejemplos de virtud; porque los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación de las buenas leyes, y las buenas leyes de aquellos tumultos que muchos inconsideradamente condenan; porque quien examine bien el fin de estos no encontrará que hayan producido destierro o violencia alguna en desfavor del bien común, sino leyes y ordenamientos en beneficio de la libertad pública. Y si alguno dijera: los modos eran extraordinarios, y casi salvajes, ver al pueblo junto gritando contra el Senado, al Senado contra el pueblo, corriendo tumultuosamente por las calles, cerrando las tiendas, marchándose toda la plebe de Roma, cosas todas que espantan, y no solo eso, a quien las lee; digo que toda ciudad debe tener sus modos con los que el pueblo pueda desahogar su ambición, y sobre todo aquellas ciudades que en las cosas importantes quieren valerse del pueblo; entre estas, la ciudad de Roma tenía este modo: cuando el pueblo quería obtener una ley, o hacía alguna de las cosas mencionadas, o no quería dar su nombre para ir a la guerra, tanto que para apaciguarlo era necesario satisfacerlo en alguna parte. Y los deseos de los pueblos libres raras veces son perniciosos para la libertad, porque nacen o de ser oprimidos, o de la sospecha de tener que ser oprimidos. Y cuando estas opiniones fueran falsas está el remedio de las asambleas, que surja algún hombre de bien que, hablando, les demuestre cómo se equivocan; y los pueblos, como dice Tulio, aunque sean ignorantes, son capaces de la verdad, y fácilmente ceden cuando por un hombre digno de fe se les dice la verdad.
Debe, pues, censurarse más parcamente el gobierno romano; y considerar que tantos buenos efectos cuantos salían de aquella república no eran causados sino por óptimas causas. Y si los tumultos fueron causa de la creación de los tribunos, merecen suma alabanza, porque, además de dar su parte a la administración popular, fueron constituidos para guardia de la libertad romana, como en el siguiente capítulo se mostrará.
Capítulo5Dónde se pone más seguramente la guardia de la libertad, si en el pueblo o en los grandes; y quiénes tienen mayor causa de tumulto, si quienes quieren adquirir o quienes quieren mantener
Quienes prudentemente han constituido una república, entre las cosas más necesarias ordenadas por ellos ha sido constituir una guardia de la libertad; y según esta esté bien colocada, dura más o menos aquel vivir libre. Y porque en toda república hay hombres grandes y populares, se ha dudado en manos de quiénes sea mejor colocar dicha guardia. Y entre los lacedemonios, y en nuestros tiempos entre los venecianos, ha sido puesta en manos de los nobles; pero entre los romanos fue puesta en manos de la plebe.
Por lo tanto, es necesario examinar cuál de estas repúblicas tuvo mejor elección. Y si se atendiera a las razones, hay argumentos por ambas partes; pero si se examinara su fin, habría que inclinarse por la parte de los nobles, por haber tenido la libertad de Esparta y de Venecia más larga vida que la de Roma. Y viniendo a las razones, digo, tomando primero la parte de los romanos, que se debe poner en guardia de una cosa a quienes tienen menos apetito de usurparla. Y sin duda, si se considera el fin de los nobles y de los plebeyos, se verá en aquellos gran deseo de dominar, y en estos solo deseo de no ser dominados; y, por consiguiente, mayor voluntad de vivir libres, pudiendo esperar menos usurpar la libertad de lo que pueden los grandes: de modo que estando los populares encargados de la guardia de una libertad, es razonable que tengan más cuidado de ella; y no pudiendo ocuparla ellos, no permiten que otros la ocupen. Por otra parte, quien defiende el orden espartano y veneciano, dice que quienes ponen la guardia en manos de los poderosos hacen dos cosas buenas: la primera, que satisfacen más su ambición, y teniendo más parte en la república, por tener este bastón en la mano, tienen motivo para estar más contentos; la segunda, que quitan cierta cualidad de autoridad a los ánimos inquietos de la plebe, que es causa de infinitas disensiones y escándalos en una república, y apta para llevar a la nobleza a alguna desesperación, que con el tiempo produzca malos efectos. Y dan como ejemplo la misma Roma, que, por tener los tribunos de la plebe esta autoridad en las manos, no les bastó tener un cónsul plebeyo, sino que los quisieron tener a ambos. De esto, quisieron la censura, el pretor y todos los demás grados del mando de la ciudad: ni les bastó esto, pues, llevados por el mismo furor, comenzaron luego, con el tiempo, a adorar a aquellos hombres que veían aptos para abatir a la nobleza; de donde nació el poder de Mario, y la ruina de Roma. Y verdaderamente, quien discurriera bien una cosa y la otra, podría estar en duda sobre cuál de ellas elegir como guardia de tal libertad, no sabiendo qué humor de hombres es más nocivo en una república, si el que desea mantener el honor ya adquirido o el que desea adquirir el que no tiene.
Y al fin, quien examine sutilmente todo, sacará esta conclusión: o tú razonas sobre una república que quiera hacer un imperio, como Roma; o sobre una a la que le baste mantenerse. En el primer caso, es necesario hacer todo como Roma; en el segundo, puede imitar a Venecia y Esparta, por aquellas razones y como en el siguiente capítulo se dirá.
Pero, para volver a discurrir qué hombres son más nocivos en una república, si los que desean adquirir o los que temen perder lo adquirido; digo que, habiendo sido creados Marco Menenio dictador, y Marco Fulvio maestro de caballería, ambos plebeyos, para investigar ciertas conjuras que se habían hecho en Capua contra Roma, les fue dada también autoridad por el pueblo para poder investigar quién en Roma, por ambición y modos extraordinarios, se ingeniaba para llegar al consulado y a los demás honores de la ciudad. Y pareciéndole a la nobleza que tal autoridad fuese dada al dictador contra ella, difundieron por Roma que no eran los nobles los que buscaban los honores por ambición y modos extraordinarios, sino los plebeyos, quienes, no confiando en su sangre y en su virtud, buscaban llegar a aquellos grados por vías extraordinarias, y particularmente acusaban al dictador. Y tan potente fue esta acusación que Menenio, hecha una asamblea y quejándose de las calumnias que le daban los nobles, depuso la dictadura y se sometió al juicio que de él hiciera el pueblo, y después, agitada su causa, fue absuelto: donde se disputó mucho cuál es más ambicioso, si el que quiere mantener o el que quiere adquirir; porque fácilmente uno y otro apetito puede ser causa de tumultos grandísimos. Pero no obstante, la mayoría de las veces son causados por quien posee, porque el miedo a perder genera en ellos los mismos deseos que en quienes desean adquirir; porque no les parece a los hombres poseer con seguridad lo que uno tiene, si no se adquiere de nuevo algo más. Y además está que, poseyendo mucho, pueden con mayor potencia y mayor impulso hacer alteración. Y aún hay más, que sus conductas desenfrenadas y ambiciosas encienden en los pechos de quienes no poseen el deseo de poseer, ya sea para vengarse de ellos despojándolos, o para poder también ellos entrar en aquellas riquezas y en aquellos honores que ven ser mal usados por los otros.
Capítulo6Si en Roma se podía ordenar un estado que quitara las enemistades entre el pueblo y el senado
Hemos discurrido, más arriba, los efectos que hacían las controversias entre el pueblo y el senado. Ahora, habiendo seguido aquellas hasta el tiempo de los Gracos, donde fueron causa de la ruina del vivir libre, podría alguno desear que Roma hubiera hecho los grandes efectos que hizo, sin que en ella hubiera tales enemistades. Por eso me ha parecido cosa digna de consideración, ver si en Roma se podía ordenar un estado que quitara dichas controversias. Y para examinar esto, es necesario recurrir a aquellas repúblicas que sin tantas enemistades y tumultos fueron largamente libres, y ver cuál era su estado, y si se podía introducir en Roma. Como ejemplo entre los antiguos está Esparta, entre los modernos Venecia, mencionadas por mí más arriba. Esparta hizo un rey, con un pequeño senado, que la gobernara; Venecia no ha dividido el gobierno con los nombres, sino que, bajo una apelación, todos aquellos que pueden tener administración se llaman gentilhombres. Este modo lo dio el azar, más que la prudencia de quien les dio las leyes: porque, habiéndose refugiado en aquellos escollos donde está ahora aquella ciudad, por las causas dichas más arriba, muchos habitantes, cuando hubieron crecido en tanto número que, para vivir juntos, les fue necesario hacer leyes, ordenaron una forma de gobierno; y reuniéndose a menudo en los consejos para deliberar sobre la ciudad, cuando les pareció que eran tantos que fueran suficientes para una vida política, cerraron el camino a todos aquellos otros que vinieran a habitar de nuevo, de poder participar en sus gobiernos; y, con el tiempo, encontrándose en aquel lugar bastantes habitantes fuera del gobierno, para dar reputación a quienes lo gobernaban, los llamaron gentilhombres, y a los otros populares. Pudo este modo nacer y mantenerse sin tumulto, porque, cuando nació, cualquiera que entonces habitaba en Venecia fue hecho del gobierno, de modo que nadie podía quejarse; aquellos que después vinieron a habitar allí, encontrando el estado firme y determinado, no tenían causa ni oportunidad de hacer tumulto. La causa no existía, porque no se les había quitado cosa alguna; la oportunidad no existía, porque quienes regían los tenían a raya, y no los empleaban en cosas donde pudieran tomar autoridad. Además de esto, aquellos que después vinieron a habitar Venecia no han sido muchos, y de tanto número que haya desproporción entre quienes gobiernan y ellos que son gobernados, porque el número de los gentilhombres o es igual al suyo, o es superior: así que, por estas razones, Venecia pudo ordenar aquel estado, y mantenerlo unido.
Esparta, como he dicho, estaba gobernada por un rey y por un senado reducido. Pudo mantenerse así largo tiempo porque, habiendo en Esparta pocos habitantes, y habiendo cerrado el paso a quien quisiera ir a vivir allí, y habiendo adoptado las leyes de Licurgo con prestigio (las cuales, al observarlas, eliminaban todas las causas de tumultos), pudieron vivir unidos largo tiempo. Porque Licurgo con sus leyes hizo en Esparta más igualdad de bienes, y menos igualdad de rango; pues allí había una igual pobreza, y los plebeyos eran menos ambiciosos, porque los cargos de la ciudad se extendían a pocos ciudadanos y se mantenían alejados de la plebe, ni los nobles al tratarlos mal les dieron nunca deseo de tenerlos. Esto nació de los reyes espartanos, los cuales, estando colocados en aquel principado y puestos en medio de aquella nobleza, no tenían mejor remedio para mantener firme su dignidad que defender a la plebe de toda injuria: lo cual hacía que la plebe no temía ni deseaba el poder; y no teniendo poder ni temiéndolo, se eliminaba la rivalidad que podía tener con la nobleza, y la causa de los tumultos; y pudieron vivir unidos largo tiempo. Pero dos cosas principales causaron esta unión: una, ser pocos los habitantes de Esparta, y por eso poder ser gobernados por pocos; la otra, que, no aceptando extranjeros en su república, no tenían ocasión ni de corromperse ni de crecer tanto que fuese insoportable para aquellos pocos que la gobernaban.
Considerando pues todas estas cosas, se ve cómo a los legisladores de Roma les era necesario hacer una de dos cosas si querían que Roma estuviese quieta como las repúblicas mencionadas: o no emplear a la plebe en la guerra, como los venecianos; o no abrir el paso a los extranjeros, como los espartanos. Y ellos hicieron una y otra; lo cual dio a la plebe fuerzas y aumento, e infinitas ocasiones de alborotarse. Pero si el estado romano hubiera llegado a ser más quieto, se seguía este inconveniente: que también era más débil, porque se le cortaba el camino de poder llegar a aquella grandeza a la que llegó; de modo que, si Roma quería eliminar las causas de los tumultos, eliminaba también las causas de la expansión. Y en todas las cosas humanas se ve esto, quien las examine bien: que nunca se puede cancelar un inconveniente sin que surja otro. Por tanto, si quieres hacer un pueblo numeroso y armado para poder crear un gran imperio, lo haces de tal cualidad que luego no lo puedes manejar a tu modo; si lo mantienes pequeño o desarmado para poder manejarlo, si adquieres dominio, no lo puedes conservar, o se vuelve tan vil que eres presa de cualquiera que te asalte. Y por eso, en toda nuestra deliberación se debe considerar dónde hay menos inconvenientes, y tomar eso como mejor partido; porque todo limpio, todo sin sospecha no se encuentra nunca. Podía pues Roma, a semejanza de Esparta, crear un príncipe vitalicio, crear un senado pequeño; pero no podía, como ella, no aumentar el número de sus ciudadanos, queriendo hacer un gran imperio; lo cual hacía que el rey vitalicio y el pequeño número del senado, en cuanto a la unión, le habría servido de poco.
Si alguien quisiera, por tanto, ordenar una república de nuevo, tendría que examinar si quisiera que se expandiera, como Roma, en dominio y en potencia, o que se quedara dentro de breves términos. En el primer caso, es necesario ordenarla como Roma, y dar lugar a los tumultos y a las disensiones universales, lo mejor que se pueda; porque, sin gran número de hombres, y bien armados, nunca una república podrá crecer, o, si crece, mantenerse. En el segundo caso, la puedes ordenar como Esparta y como Venecia; pero porque la expansión es el veneno de semejantes repúblicas, debe, en todos los modos que pueda, quien las ordena prohibirles la adquisición, porque tales adquisiciones fundadas sobre una república débil son del todo su ruina. Como sucedió a Esparta y a Venecia: de las cuales la primera, habiéndose sometido casi toda Grecia, mostró ante un mínimo accidente su débil fundamento; porque, seguida la rebelión de Tebas, causada por Pelópidas, al rebelarse las otras ciudades, arruinó del todo aquella república. Similarmente Venecia, habiendo ocupado gran parte de Italia, y la mayor parte no con guerra sino con dineros y con astucia, cuando tuvo que hacer prueba de sus fuerzas, perdió en una jornada cada cosa. Creería ciertamente que, para hacer una república que durase largo tiempo, sería el modo ordenarla dentro como Esparta o como Venecia; ponerla en lugar fuerte, y de tal potencia que nadie creyese poder oprimirla pronto; y, por otra parte, no fuese tan grande que fuese temible para los vecinos: y así podría largamente gozar de su estado. Porque, por dos razones se hace guerra a una república: una, para convertirse en su señor; la otra, por miedo de que ella te ocupe. Estas dos razones el mencionado modo casi del todo las elimina; porque, si es difícil de conquistar, como yo la presupongo, estando bien ordenada para la defensa, raras veces sucederá, o nunca, que uno pueda hacer el designio de adquirirla. Si se queda dentro de sus términos, y se ve, por experiencia, que en ella no hay ambición, nunca sucederá que uno por miedo de sí mismo le haga guerra: y tanto más sería esto si en ella hubiera constitución o ley que le prohibiese la expansión. Y sin duda creo que, pudiéndose mantener la cosa equilibrada de este modo, sería el verdadero vivir político y la verdadera quietud de una ciudad. Pero siendo todas las cosas de los hombres en movimiento, y no pudiendo estar quietas, conviene que suban o que bajen; y a muchas cosas que la razón no te induce, te induce la necesidad: de tal manera que, habiendo ordenado una república apta para mantenerse sin expandirse, y la necesidad la condujese a expandirse, se vendría a eliminar sus fundamentos, y a hacerla arruinar más pronto. Así, por otra parte, cuando el cielo le fuese tan benigno que no tuviese que hacer guerra, nacería que el ocio la haría o afeminada o dividida; estas dos cosas juntas, o cada una por sí, serían causa de su ruina. Por tanto, no pudiéndose, como yo creo, equilibrar esta cosa, ni mantener este camino del medio exactamente, es necesario, al ordenar la república, pensar en la parte más honorable; y ordenarla de modo que, cuando la necesidad la induzca a expandirse, ella pueda conservar aquello que haya ocupado. Y, para volver al primer razonamiento, creo que es necesario seguir el orden romano, y no el de las otras repúblicas; porque encontrar un modo medio entre uno y otro no creo que se pueda, y aquellas enemistades que entre el pueblo y el senado nacieran, tolerarlas, tomándolas como un inconveniente necesario para llegar a la grandeza romana. Porque, además de las otras razones alegadas, donde se demuestra que la autoridad tribunicia fue necesaria para la guardia de la libertad, se puede fácilmente considerar el beneficio que hace en las repúblicas la autoridad de acusar, la cual estaba, entre otras, encomendada a los tribunos; como en el siguiente capítulo se discutirá.
Capítulo7Cuán necesarias son en una república las acusaciones para mantenerla en libertad
A aquellos que en una ciudad están encargados de la guardia de su libertad, no se les puede dar autoridad más útil y necesaria que la de poder acusar a los ciudadanos ante el pueblo, o ante cualquier magistrado o consejo, cuando pecasen en alguna cosa contra el estado libre. Este orden hace dos efectos muy útiles a una república. El primero es que los ciudadanos, por miedo a no ser acusados, no intentan cosas contra el estado; y si las intentan, son, al instante y sin consideración, aplastados. El otro es que se da por dónde desahogar aquellos humores que crecen en las ciudades, de cualquier modo, contra cualquier ciudadano: y cuando estos humores no tienen por dónde desahogarse ordinariamente, recurren a modos extraordinarios, que hacen arruinar toda una república. Y por eso no hay cosa que haga tan estable y firme una república como ordenar aquella de modo que la alteración de aquellos humores que la agitan tenga una vía para desahogarse ordenada por las leyes. Lo cual se puede por muchos ejemplos demostrar, y sobre todo por el que aduce Tito Livio, de Coriolano, donde dice que, estando irritada contra la plebe la nobleza romana, por parecerle que la plebe tenía demasiada autoridad, mediante la creación de los tribunos que la defendían; y habiendo venido Roma, como sucede, en gran penuria de víveres, y habiendo enviado el senado por granos a Sicilia; Coriolano, enemigo de la facción popular, aconsejó que había llegado el tiempo de poder castigar a la plebe, y quitarle aquella autoridad que ella se había tomado en perjuicio de la nobleza; teniéndola hambrienta, y no distribuyéndole el trigo: esta sentencia habiendo llegado a oídos del pueblo, vino este en tanta indignación contra Coriolano, que al salir del senado lo habrían tumultuosamente matado, si los tribunos no lo hubieran citado a comparecer para defender su causa. Sobre este suceso, se nota lo que arriba se ha dicho, cuán útil y necesario es que las repúblicas con sus leyes den por dónde desahogar la ira que concibe la universalidad contra un ciudadano: porque cuando estos modos ordinarios no existen, se recurre a los extraordinarios; y sin duda estos hacen efectos mucho peores que no hacen aquellos.
Porque, si normalmente se oprime a un ciudadano, aunque se le haya hecho agravio, se sigue poco o ningún desorden en la república; pues la ejecución se hace sin fuerzas privadas y sin fuerzas extranjeras, que son las que arruinan la vida libre; sino que se hace con fuerzas y ordenamientos públicos, que tienen sus límites particulares, y no trascienden a cosa que arruine la república. Y en cuanto a corroborar esta opinión con ejemplos, quiero que de los antiguos me baste este de Coriolano; sobre el cual cada uno considere cuánto mal habría resultado a la república romana si tumultuosamente hubiese sido muerto: pues habría nacido ofensa de privados a privados, ofensa que genera miedo; el miedo busca defensa; para la defensa se procuran partidarios; de los partidarios nacen los bandos en las ciudades, de los bandos la ruina de estas. Pero habiéndose gobernado el asunto mediante quien tenía autoridad para ello, se vinieron a quitar todos aquellos males que podían nacer de gobernarlo con autoridad privada.
Hemos visto en nuestros tiempos qué trastorno ha causado a la república de Florencia el no poder la multitud desahogar su ánimo ordinariamente contra uno de sus ciudadanos, como ocurrió en tiempos en que Francisco Valori era como príncipe de la ciudad; el cual, siendo juzgado ambicioso por muchos, y hombre que quería con su audacia y animosidad trascender la vida civil; y no habiendo en la república vía para poder resistirle excepto con una facción contraria a la suya; nació que, no teniendo él miedo sino de modos extraordinarios, comenzó a hacerse de partidarios que lo defendiesen; por otra parte, quienes lo combatían, no teniendo vía ordinaria para reprimirlo, pensaron en las vías extraordinarias: de modo que se llegó a las armas. Y donde, cuando por lo ordinario se le hubiese podido oponer, su autoridad se habría extinguido con daño solo suyo; al tener que extinguirse por lo extraordinario, sucedió con daño no solamente suyo, sino de muchos otros nobles ciudadanos. Podría aún alegarse, en sustento de la conclusión antes escrita, el suceso ocurrido también en Florencia con Piero Soderini, el cual aconteció del todo por no haber en aquella república ningún modo de acusaciones contra la ambición de los poderosos ciudadanos. Porque acusar a un poderoso ante ocho jueces en una república no basta: es necesario que los jueces sean muchos, pues los pocos siempre hacen a modo de los pocos. De manera que, si tales modos hubiesen existido allí, o los ciudadanos lo habrían acusado, viviendo él mal; y por tal medio, sin hacer venir al ejército español, habrían desahogado su ánimo; o, no viviendo mal, no habrían tenido atrevimiento para obrar contra él, por miedo a no ser acusados ellos: y así habría cesado por todas partes aquel apetito que fue causa de escándalo.
De modo que se puede concluir esto, que, siempre que se ve que las fuerzas extrañas son llamadas por una parte de los hombres que viven en una ciudad, se puede creer que nace de los malos ordenamientos de esta, por no haber, dentro de aquel círculo, ordenamiento para poder, sin modos extraordinarios, desahogar los malignos humores que nacen en los hombres: a lo cual se provee del todo ordenando allí las acusaciones ante muchos jueces, y dando reputación a aquellas. Tales modos estuvieron en Roma tan bien ordenados, que, en tantas disensiones de la plebe y del senado, nunca ni el senado ni la plebe ni ningún ciudadano particular intentó valerse de fuerzas externas; porque, teniendo el remedio en casa, no eran necesitados a ir a buscarlo fuera. Y aunque los ejemplos antes escritos sean bastante suficientes para probarlo, no obstante quiero aducir otro, recitado por Tito Livio en su historia: el cual refiere cómo, habiendo sido en Chiusi, ciudad en aquellos tiempos nobilísima en Toscana, violada una hermana de Arunte por un Lucumón, y no pudiendo Arunte vengarse por el poder del violador, se fue a buscar a los franceses, que entonces reinaban en aquel lugar que hoy se llama Lombardía; y los exhortó a venir con mano armada a Chiusi, mostrándoles cómo con su utilidad podían vengarlo de la injuria recibida: que si Arunte hubiese visto poder vengarse con los modos de la ciudad, no habría buscado las fuerzas bárbaras. Pero así como estas acusaciones son útiles en una república, así son inútiles y dañosas las calumnias, como en el capítulo siguiente discurriremos.
Capítulo8Cuanto las acusaciones son útiles a las repúblicas, tanto son perniciosas las calumnias
No obstante que la virtud de Furio Camilo, después que hubo liberado a Roma de la opresión de los franceses, hubiese hecho que todos los ciudadanos romanos, sin parecerles quitárseles reputación o grado, cediesen ante aquel; sin embargo Manlio Capitolino no podía soportar que se le atribuyese tanto honor y tanta gloria; pareciéndole que, en cuanto a la salvación de Roma, por haber salvado el Capitolio, había meritado tanto como Camilo; y, en cuanto a las otras alabanzas bélicas, no ser inferior a él. De modo que, cargado de envidia, no pudiendo aquietarse por la gloria de aquel, y viendo que no podía sembrar discordia entre los padres, se volvió a la plebe, sembrando varias opiniones siniestras entre ella. Y entre las otras cosas que decía, estaba cómo el tesoro que se había reunido para dar a los franceses, y después no se les dio, había sido usurpado por ciudadanos privados; y, cuando se recuperase, se podía convertir en utilidad pública, aligerando a la plebe de tributos, o de alguna deuda privada. Estas palabras pudieron mucho en la plebe; de modo que comenzó a tener concurso, y a hacer a su antojo muchos tumultos en la ciudad: lo cual, desagradando al senado, y pareciéndole de importancia y peligroso, creó un dictador, para que reconociese este caso y frenase el ímpetu de Manlio. Por lo cual inmediatamente el dictador lo hizo citar, y se presentaron en público frente a frente uno del otro; el dictador en medio de los nobles, y Manlio en medio de la plebe. Se le preguntó a Manlio que dijese, en poder de quién estaba este tesoro que él decía, porque de ello estaba tan deseoso el senado de entenderlo, como la plebe: a lo cual Manlio no respondía particularmente; sino que, yendo evasivo, decía cómo no era necesario decirles aquello que sabían: de modo que el dictador lo hizo meter en la cárcel.
Es de notar, por este texto, cuán detestables son en las ciudades libres, y en cualquier otro modo de vivir, las calumnias; y cómo, para reprimirlas, se debe no perdonar ordenamiento alguno que sea a propósito. Ni puede haber mejor ordenamiento, para quitarlas, que abrir muchos lugares a las acusaciones; porque, cuanto las acusaciones benefician a las repúblicas, tanto las calumnias dañan: y de una a otra parte hay esta diferencia, que las calumnias no tienen necesidad ni de testigo ni de ningún otro particular comprobante para probarlas, de modo que cualquiera y por cualquiera puede ser calumniado; pero no puede ya ser acusado, teniendo las acusaciones necesidad de comprobantes verdaderos y de circunstancias que muestren la verdad de la acusación. Se acusa a los hombres ante los magistrados, ante los pueblos, ante los consejos; se calumnia por las plazas y por las logias. Se usa más esta calumnia donde se usa menos la acusación, y donde las ciudades están menos ordenadas a recibirlas. Por eso, un ordenador de una república debe ordenar que se pueda en ella acusar a cualquier ciudadano, sin ningún miedo o sin ningún respeto; y hecho esto, y bien observado, debe punir acerbamente a los calumniadores: los cuales no se pueden quejar cuando sean punidos, teniendo abiertos los lugares para oír las acusaciones de quien los hubiese calumniado por las logias. Y donde no está bien ordenada esta parte, siguen siempre desórdenes graves: porque las calumnias irritan, y no castigan a los ciudadanos; y los irritados piensan valerse, odiando más bien, que temiendo, las cosas que se digan contra ellos.
Esta parte, como se ha dicho, estaba bien ordenada en Roma; y siempre ha estado mal ordenada en nuestra ciudad de Florencia. Y así como en Roma este orden hizo mucho bien, en Florencia este desorden hizo mucho mal. Y quien lea las historias de esta ciudad, verá cuántas calumnias se han lanzado en todo tiempo contra sus ciudadanos que se han ocupado de los asuntos importantes de ella. De uno decían que había robado el dinero del Común; de otro, que no había ganado una empresa por haber sido corrompido; y que aquel otro por su ambición había causado tal o cual inconveniente. De lo cual nacía que por todas partes surgía odio: de donde se llegaba a la división, de la división a las facciones, de las facciones a la ruina. Que si hubiese habido en Florencia un orden para acusar a los ciudadanos y castigar a los calumniadores, no habrían sucedido infinitos escándalos que sucedieron; porque aquellos ciudadanos, ya fuesen condenados o absueltos, no habrían podido dañar a la ciudad, y habrían sido acusados mucho menos de lo que eran calumniados, no pudiendo, como he dicho, acusar como calumniar cualquiera. Y entre las otras cosas de que se ha valido algún ciudadano para llegar a su grandeza, han estado estas calumnias; las cuales, viniendo contra ciudadanos poderosos que se oponían a su apetito, surtían bastante efecto para aquello; porque, tomando el partido del Pueblo y confirmándolo en la mala opinión que tenía de ellos, se lo hacía amigo. Y aunque se podrían aducir muchos ejemplos, quiero contentarme con uno solo. Estaba el ejército florentino sitiando Luca, comandado por micer Giovanni Guicciardini, comisario de aquel. Quisieron o sus malos gobiernos o su mala fortuna que la toma de aquella ciudad no se produjese: pero, como quiera que estuviese el caso, fue inculpado micer Giovanni, diciendo que había sido corrompido por los lucenses: la cual calumnia, siendo favorecida por sus enemigos, condujo a micer Giovanni casi a la desesperación extrema. Y aunque, para justificarse, quiso ponerse en manos del Capitán; sin embargo nunca pudo justificarse, por no haber modos en aquella república para poder hacerlo. De lo cual nació mucho resentimiento entre los amigos de micer Giovanni, que eran la mayor parte de los hombres grandes, y entre aquellos que deseaban hacer novedades en Florencia. La cual cosa, por esta y por otras causas semejantes, creció tanto que siguió la ruina de aquella república.
Era pues Manlio Capitolino calumniador, y no acusador; y los romanos mostraron, en este caso precisamente, cómo los calumniadores se deben castigar. Porque se debe hacerlos convertirse en acusadores; y cuando la acusación resulte verdadera, o premiarlos o no castigarlos: pero cuando no resulte verdadera, castigarlos, como fue castigado Manlio.
Capítulo9Cómo es necesario estar solo para querer ordenar una república de nuevo, o reformarla del todo fuera de sus antiguos órdenes
Parecerá quizá a alguno que me he adentrado demasiado en la historia romana, no habiendo hecho aún ninguna mención de los ordenadores de aquella república, ni de aquellos órdenes que mirasen a la religión o a la milicia. Y por eso, no queriendo mantener más en suspenso los ánimos de aquellos que sobre esta parte quisieran entender algunas cosas, digo que muchos por ventura juzgarán de mal ejemplo que un fundador de un vivir civil, cual fue Rómulo, haya primero matado a su hermano, después consentido la muerte de Tito Tacio Sabino, elegido por él compañero en el reino; juzgando, por esto, que sus ciudadanos pudiesen con la autoridad de su príncipe, por ambición y deseo de mandar, ofender a aquellos que a su autoridad se opusiesen. La cual opinión sería verdadera, cuando no se considerase qué fin lo había inducido a cometer tal homicidio.
Y debe tomarse esto por una regla general: que nunca o rara vez ocurre que alguna república o reino sea, desde el principio, ordenado bien, o del todo de nuevo, fuera de los órdenes viejos, reformado, si no es ordenado por uno; antes es necesario que uno solo sea el que dé el modo, y de cuya mente dependa cualquier semejante ordenación. Por eso, un prudente ordenador de una república, y que tenga este ánimo, de querer servir no a sí sino al bien común, no a su propia sucesión sino a la común patria, debe ingeniarse para tener la autoridad solo; ni jamás un ingenio sabio reprochará a alguien alguna acción extraordinaria que, para ordenar un reino o constituir una república, usase. Conviene bien que, acusándolo el hecho, el efecto lo excuse; y cuando sea bueno, como el de Rómulo, siempre lo excusará: porque a aquel que es violento para arruinar, no al que es para reparar, se debe reprender. Debe bien en tanto ser prudente y virtuoso, que aquella autoridad que se ha tomado no la deje hereditaria a otro: porque, siendo los hombres más propensos al mal que al bien, podría su sucesor usar ambiciosamente lo que virtuosamente por él hubiese sido usado. Además de esto, si uno es apto para ordenar, no es la cosa ordenada para durar mucho, cuando quede sobre los hombros de uno; pero sí bien, cuando quede al cuidado de muchos y que a muchos toque mantenerla. Porque, así como muchos no son aptos para ordenar una cosa, por no conocer el bien de ella, causado por las diversas opiniones que hay entre ellos; así, conocido que lo han, no se acuerdan para abandonarlo. Y que Rómulo fuese de aquellos que en la muerte del hermano y del compañero mereciese excusa, y que lo que hizo fue por el bien común y no por ambición propia, lo demuestra el haber él, inmediatamente ordenado un Senado, con el que se aconsejase, y según la opinión del cual deliberase. Y quien considere bien la autoridad que Rómulo se reservó, verá no haberse reservado ninguna otra que mandar los ejércitos cuando se había deliberado la guerra y de reunir al Senado. Lo cual se vio después, cuando Roma se volvió libre por la expulsión de los Tarquinos, donde por los romanos no fue innovado ningún orden del antiguo, si no que, en lugar de un Rey perpetuo, hubiese dos Cónsules anuales; lo cual testifica que todos los órdenes primeros de aquella ciudad eran más conformes a un vivir civil y libre, que a uno absoluto y tiránico.
Podrían darse en sustentación de las cosas antedichas infinitos ejemplos; como Moisés, Licurgo, Solón, y otros fundadores de reinos y de repúblicas, los cuales pudieron, por haberse atribuido una autoridad, formar leyes a propósito del bien común: pero los quiero dejar a un lado, como cosa conocida. Aduciré solamente uno, no tan célebre, pero a considerar por aquellos que deseasen ser ordenadores de buenas leyes: el cual es que, deseando Agis rey de Esparta reducir a los espartanos dentro de aquellos términos en que las leyes de Licurgo los habían encerrado, pareciéndole que, por haberse en parte desviado de ellas, su ciudad había perdido mucho de aquella antigua virtud y, por consiguiente, de fuerzas y de imperio, fue, en sus primeros principios, matado por los éforos espartanos, como hombre que quisiese ocupar la tiranía. Pero sucediéndole después en el reino Cleómenes, y naciéndole el mismo deseo por los recuerdos y escritos que había encontrado de Agis, donde se veía cuál era la mente e intención suya, conoció no poder hacer este bien a su patria si no se convertía en solo de autoridad; pareciéndole, por la ambición de los hombres, no poder hacer útil a muchos contra la voluntad de pocos: y tomando ocasión conveniente, hizo matar a todos los éforos, y a cualquier otro que pudiese contrariarlo; después renovó del todo las leyes de Licurgo. La cual deliberación era apta para hacer resucitar a Esparta, y dar a Cleómenes aquella reputación que tuvo Licurgo, si no hubiese sido por la potencia de los macedonios, y la debilidad de las otras repúblicas griegas. Porque, siendo, después de tal orden, asaltado por los macedonios, y encontrándose por sí mismo inferior de fuerzas, y no teniendo a quién refugiarse, fue vencido; y quedó aquel su designio, aunque justo y laudable, imperfecto.
Considerado pues todas estas cosas, concluyo que para ordenar una república es necesario estar solo; y Rómulo, por la muerte de Remo y de Tito Tacio, merece excusa y no reproche.
Capítulo10Cuanto son laudables los fundadores de una república o de un reino, tanto aquellos de una tiranía son vituperables
Entre todos los hombres alabados son los más alabados aquellos que han sido jefes y ordenadores de las religiones. Enseguida, después, aquellos que han fundado o repúblicas o reinos. Después de estos, son célebres aquellos que, prepuestos a los ejércitos, han ampliado o el reino suyo o el de la patria. A estos se añaden los hombres de letras. Y porque estos son de más clases, son celebrados, cada uno de ellos, según su grado. A cualquier otro hombre, cuyo número es infinito, se atribuye alguna parte de alabanza, la cual le otorga su arte y su ejercicio. Son por el contrario, infames y detestables los hombres destructores de las religiones, disipadores de los reinos y de las repúblicas, enemigos de las virtudes, de las letras, y de cualquier otra arte que aporte utilidad y honor a la humana generación; como son los impíos, los violentos, los ignorantes, los ineptos, los ociosos, los viles. Y nadie será jamás tan loco o tan sabio, tan malo o tan bueno, que, propuesta la elección de las dos cualidades de hombres, no alabe aquella que es de alabar y censure aquella que es de censurar: sin embargo, después, casi todos, engañados por un falso bien y por una falsa gloria, se dejan ir, o voluntariamente o ignorantemente, en los grados de aquellos que merecen más censura que alabanza; y pudiendo hacer, con perpetuo honor suyo, o una república o un reino, se vuelven a la tiranía: ni se dan cuenta por este partido cuánta fama, cuánta gloria, cuánto honor, seguridad, quietud, con satisfacción de ánimo, ellos huyen; y en cuánta infamia, vituperio, censura, peligro e inquietud, incurren.
Y es imposible que quienes viven como particulares en una república, o quienes por fortuna o por virtud se convierten en príncipes de ella, si leyeran las historias y sacaran provecho de las memorias de las cosas antiguas, no quisieran tales particulares vivir en su patria antes como Escipiones que como Césares; y quienes son príncipes, antes como Agesilao, Timoleón y Dión, que como Nabis, Fálaris y Dionisio: porque verían que estos últimos son sumamente vilipendiados, y aquellos excesivamente alabados. Verían además cómo Timoleón y los otros no tuvieron en su patria menos autoridad de la que tuvieron Dionisio y Fálaris, pero verían que de lejos tuvieron en ella mucha más seguridad. Ni haya nadie que se engañe por la gloria de César, oyéndolo, sobre todo, celebrar por los escritores: porque quienes lo alaban están corrompidos por su fortuna y atemorizados por la larga duración del imperio, el cual, rigiéndose bajo aquel nombre, no permitía que los escritores hablaran libremente de él. Pero quien quiera conocer lo que los escritores libres dirían de él, vea lo que dicen de Catilina. Y tanto más reprensible es César, cuanto que es más censurable quien ha hecho el mal que quien ha querido hacerlo. Vea también con cuántas alabanzas celebran a Bruto; de manera que, no pudiendo censurar a aquel por su poder, celebraban a su enemigo.
Considere también quien se ha convertido en príncipe de una república cuánta alabanza, después de que Roma se convirtió en imperio, merecieron más aquellos emperadores que vivieron bajo las leyes y como príncipes buenos, que aquellos que vivieron al contrario: y verá cómo a Tito, Nerva, Trajano, Adriano, Antonino y Marco, no les eran necesarios los soldados pretorianos ni la multitud de legiones para defenderlos, porque sus costumbres, la benevolencia del pueblo, el amor del Senado, los defendían. Verá también cómo a Calígula, Nerón, Vitelio, y a tantos otros emperadores perversos, no les bastaron los ejércitos orientales y occidentales para salvarlos frente a aquellos enemigos que sus malas costumbres, su malvada vida, les habían generado. Y si la historia de estos fuera bien considerada, sería suficiente enseñanza para cualquier príncipe, para mostrarle el camino de la gloria o del oprobio, y de su seguridad o de su temor. Porque de veintiséis emperadores que hubo desde César hasta Maximino, dieciséis fueron asesinados, diez murieron ordinariamente; y si entre aquellos que fueron muertos hubo alguno bueno como Galba y Pertinax, fue muerto por aquella corrupción que su antecesor había dejado en los soldados. Y si entre quienes murieron ordinariamente hubo alguno perverso, como Severo, nació de una grandísima fortuna y virtud suyas; cosas estas dos que pocos hombres reúnen. Verá también, por la lección de esta historia, cómo se puede ordenar un reino bueno: porque todos los emperadores que sucedieron al imperio por herencia, excepto Tito, fueron malos; aquellos que lo hicieron por adopción, fueron todos buenos, como fueron aquellos cinco desde Nerva hasta Marco: y cuando el imperio cayó en manos de herederos, retornó a su ruina.
Póngase, pues, ante los ojos un príncipe los tiempos desde Nerva hasta Marco, y compárelos con aquellos que fueron antes y que fueron después; y luego elija en cuáles quisiera haber nacido, o a cuáles quisiera ser puesto al frente. Porque en aquellos gobernados por los buenos, verá un príncipe seguro en medio de sus ciudadanos seguros, lleno de paz y de justicia el mundo; verá el Senado con su autoridad, los magistrados con sus honores; los ciudadanos ricos gozar de sus riquezas, la nobleza y la virtud exaltadas; verá toda quietud y todo bien; y, por otra parte, todo rencor, toda licencia, corrupción y ambición extintos; verá los tiempos áureos, donde cada uno puede sostener y defender la opinión que quiera. Verá, en fin, triunfar el mundo; lleno de reverencia y de gloria el príncipe, de amor y seguridad los pueblos. Si considera, después, atentamente los tiempos de los otros emperadores, los verá atroces por las guerras, discordes por las sediciones, crueles en la paz y en la guerra: tantos príncipes muertos a hierro, tantas guerras civiles, tantas externas; Italia afligida y llena de nuevas desgracias; arruinadas y saqueadas sus ciudades. Verá Roma ardiendo, el Capitolio destruido por sus propios ciudadanos, desolados los antiguos templos, corrompidas las ceremonias, llenas las ciudades de adulterios: verá el mar lleno de exilios, los escollos llenos de sangre. Verá en Roma sucederse innumerables crueldades y la nobleza, las riquezas, los honores pasados, y sobre todo la virtud, ser imputados como pecado capital. Verá premiados a los calumniadores, corrompidos los siervos contra el señor, los libertos contra el patrón; y aquellos a quienes les faltaran enemigos, ser oprimidos por los amigos. Y conocerá entonces muy bien cuántas obligaciones tienen Roma, Italia y el mundo con César.
Y sin duda, si ha nacido de hombre, se espantará de toda imitación de los tiempos malos, y se encenderá en un inmenso deseo de seguir los buenos. Y verdaderamente, buscando un príncipe la gloria del mundo, debería desear poseer una ciudad corrompida, no para arruinarla del todo como César, sino para reordenarla como Rómulo. Y verdaderamente los cielos no pueden dar a los hombres mayor ocasión de gloria, ni los hombres la pueden desear mayor. Y si, para ordenar bien una ciudad, se tuviera necesariamente que deponer el principado, merecería, quien no la ordenara por no caer de aquel grado, alguna disculpa: pero pudiendo mantenerse el principado y ordenarla, no merece disculpa alguna. Y, en suma, consideren aquellos a quienes los cielos dan tal ocasión, cómo se les presentan dos vías: una que los hace vivir seguros, y después de la muerte los vuelve gloriosos; la otra los hace vivir en continuas angustias, y, después de la muerte, dejar de sí una sempiterna infamia.
Capítulo11De la religión de los romanos
Aunque Roma tuvo a Rómulo como su primer ordenador, y de él deba reconocer, como hija, su nacimiento y su educación, no obstante, juzgando los cielos que los órdenes de Rómulo no bastarían para tan grande imperio, inspiraron en el pecho del Senado romano elegir a Numa Pompilio como sucesor de Rómulo, para que aquellas cosas que él hubiera dejado atrás, fueran ordenadas por Numa. Este, encontrando un pueblo ferocísimo, y queriendo reducirlo a la obediencia civil con las artes de la paz, se volvió hacia la religión, como cosa del todo necesaria para mantener una civilización; y la constituyó de tal modo, que por muchos siglos no hubo nunca tanto temor de Dios como en aquella república; lo cual facilitó cualquier empresa que el Senado o aquellos grandes hombres romanos se propusieran hacer. Y quien considerara infinitas acciones, tanto del pueblo de Roma en conjunto, como de muchos romanos en particular, verá cómo aquellos ciudadanos temían mucho más romper el juramento que las leyes; pues estimaban más el poder de Dios que el de los hombres: como se ve manifiestamente por los ejemplos de Escipión y de Manlio Torcuato. Porque después de la derrota que Aníbal había infligido a los romanos en Cannas, muchos ciudadanos se habían reunido, y, atemorizados por la patria, habían convenido en abandonar Italia e irse a Sicilia; lo cual oyendo Escipión, fue a encontrarlos, y con el hierro desnudo en mano los obligó a jurar que no abandonarían la patria. Lucio Manlio, padre de Tito Manlio, que después fue llamado Torcuato, había sido acusado por Marco Pomponio, tribuno de la plebe, y antes de que llegara el día del juicio, Tito fue a encontrar a Marco, y, amenazándolo con matarlo si no juraba retirar la acusación al padre, lo obligó al juramento; y este, habiendo jurado por temor, le retiró la acusación. Y así aquellos ciudadanos que el amor de la patria, las leyes de ella, no retenían en Italia, fueron retenidos allí por un juramento que fueron forzados a hacer; y aquel tribuno dejó a un lado el odio que tenía hacia el padre, la injuria que le había hecho el hijo, y su honor, para obedecer al juramento hecho: lo cual no nació de otra cosa que de aquella religión que Numa había introducido en aquella ciudad.
Y se ve, quien considera bien las historias romanas, cuánto servía la religión para comandar los ejércitos, animar a la plebe, mantener buenos a los hombres, hacer avergonzarse a los malos. De modo que, si se tuviera que discutir a qué príncipe estuvo Roma más obligada, si a Rómulo o a Numa, creo que más bien Numa obtendría el primer grado: porque, donde hay religión, fácilmente se pueden introducir las armas y donde hay armas y no religión, con dificultad se puede introducir aquella. Y se ve que a Rómulo, para ordenar el Senado y para hacer otros ordenamientos civiles y militares, no le fue necesaria la autoridad de Dios; pero sí fue necesaria a Numa, el cual simuló tener familiaridad con una ninfa que lo aconsejaba sobre lo que él debía aconsejar al pueblo: y todo nacía porque quería establecer ordenamientos nuevos e inusitados en aquella ciudad, y dudaba que su autoridad no bastara.
Y verdaderamente, nunca hubo ningún ordenador de leyes extraordinarias en un pueblo que no recurriera a Dios; porque de otro modo no serían aceptadas: porque son muchos los bienes conocidos por un prudente, los cuales no tienen en sí razones evidentes para poder persuadir de ellos a otros. Por eso los hombres sabios, que quieren quitar esta dificultad, recurren a Dios. Así hizo Licurgo, así Solón, así muchos otros que han tenido el mismo fin que ellos. Maravillándose, pues, el pueblo romano de su bondad y su prudencia, cedía a cada una de sus deliberaciones. Bien es verdad que el ser aquellos tiempos llenos de religión, y aquellos hombres, con los cuales él tenía que trabajar, toscos, le dieron gran facilidad para conseguir sus designios, pudiendo imprimir en ellos fácilmente cualquier nueva forma. Y sin duda, quien quisiera en los tiempos presentes hacer una república más facilidad encontraría en los hombres montañeses, donde no hay ninguna civilidad, que en aquellos que están acostumbrados a vivir en las ciudades, donde la civilidad está corrompida: y un escultor sacará más fácilmente una bella estatua de un mármol bruto, que de uno mal esbozado por otros.
Considerado, pues, todo, concluyo que la religión introducida por Numa fue entre las primeras causas de la felicidad de aquella ciudad: porque aquella causó buenos ordenamientos; los buenos ordenamientos hacen buena fortuna; y de la buena fortuna nacieron los felices sucesos de las empresas. Y como la observancia del culto divino es causa de la grandeza de las repúblicas, así el desprecio de aquel es causa de la ruina de ellas. Porque, donde falta el temor de Dios, conviene o que aquel reino se arruine, o que sea sostenido por el temor de un príncipe que supla los defectos de la religión. Y porque los príncipes son de corta vida, conviene que aquel reino falte pronto, según que falta la virtud de él. De donde nace que los reinos que dependen solo de la virtud de un hombre son poco duraderos, porque aquella virtud falta con la vida de aquel y raras veces sucede que sea refrescada con la sucesión, como prudentemente Dante dice: Raras veces desciende por las ramas
La humana probidad; y esto quiere
Aquel que la da, porque de él se llame. No es, pues, la salud de una república o de un reino tener un príncipe que prudentemente gobierne mientras vive; sino uno que la ordene de modo que, muriendo incluso, ella se mantenga. Y aunque a los hombres toscos más fácilmente se persuade un ordenamiento o una opinión nueva, no es por esto imposible persuadirla también a los hombres civiles y que presumen no ser toscos. Al pueblo de Florencia no le parece ser ni ignorante ni tosco: sin embargo por fray Jerónimo Savonarola fue persuadido de que hablaba con Dios. Yo no quiero juzgar si era verdad o no, porque de un hombre tan grande se debe hablar con reverencia: pero yo digo bien que infinitos lo creían sin haber visto cosa ninguna extraordinaria que se lo hiciera creer; porque su vida, su doctrina y el tema que tomó eran suficientes para hacerles prestar fe. No haya, por tanto, nadie que se asuste de no poder conseguir lo que ha sido conseguido por otros; porque los hombres, como en nuestro prefacio se dijo, nacieron, vivieron y murieron, siempre, con un mismo ordenamiento.
Capítulo12De cuánta importancia sea tener en cuenta la religión, y cómo Italia, por haberle faltado mediante la Iglesia romana, está arruinada
Aquellos príncipes o aquellas repúblicas que se quieren mantener incorruptas, tienen por sobre toda otra cosa que mantener incorruptas las ceremonias de su religión, y tenerlas siempre en su veneración; porque ningún mayor indicio se puede tener de la ruina de una provincia, que ver despreciado el culto divino. Esto es fácil de entender, conocido que se ha sobre qué está fundada la religión donde el hombre ha nacido; porque cada religión tiene el fundamento de su vida sobre algún ordenamiento principal suyo. La vida de la religión gentil estaba fundada sobre los responsos de los oráculos, y sobre la secta de los adivinos y de los arúspices: todas las otras ceremonias suyas, sacrificios y ritos, dependían de estas; porque ellos fácilmente creían que aquel Dios que te podía predecir tu futuro bien o tu futuro mal, te lo podía también conceder. De aquí nacían los templos, de aquí los sacrificios, de aquí las súplicas, y cada otra ceremonia para venerarlos: por lo que el oráculo de Delfos, el templo de Júpiter Amón, y otros célebres oráculos, que llenaban el mundo de admiración y devoción. Cuando estos comenzaron después a hablar al modo de los potentes, y que esta falsedad se descubrió en los pueblos, se volvieron los hombres incrédulos, y aptos para perturbar todo ordenamiento bueno. Deben, pues, los príncipes de una república o de un reino, los fundamentos de la religión que ellos sostienen, mantenerlos; y hecho esto, les será fácil mantener su república religiosa, y, por consiguiente, buena y unida. Y deben, todas las cosas que nazcan en favor de aquella, aunque las juzguen falsas, favorecerlas y acrecentarlas; y tanto más lo deben hacer, cuanto más prudentes son, y cuanto más conocedores de las cosas naturales. Y porque este modo ha sido observado por los hombres sabios, ha nacido la opinión de los milagros que se celebran en las religiones incluso falsas; porque los prudentes los aumentan, de cualquier principio que nazcan; y la autoridad de ellos da después a aquellos fe ante cualquiera. De estos milagros hubo en Roma bastantes; entre los cuales fue que, saqueando los soldados romanos la ciudad de los veyentes, algunos de ellos entraron en el templo de Juno, y acercándose a la imagen de aquella, y diciéndole: «¿Quieres venir a Roma?», pareció a alguno ver que asentía, a algún otro que decía que sí. Porque, siendo aquellos hombres llenos de religión (lo que demuestra Tito Livio, porque, al entrar en el templo, entraron sin tumulto, todos devotos y llenos de reverencia), les pareció oír aquella respuesta que a la pregunta suya por ventura se habían presupuesto: la cual opinión y credulidad por Camilo y por los otros príncipes de la ciudad fue del todo favorecida y acrecentada. La cual religión si en los príncipes de la república cristiana se hubiera mantenido, según que por el dador de ella nos fue ordenado, estarían los estados y las repúblicas cristianas más unidos, más felices con mucho, de lo que son. Ni se puede hacer otra mayor conjetura de la declinación de ella, cuanto es ver cómo aquellos pueblos que están más próximos a la Iglesia romana, cabeza de nuestra religión, tienen menos religión. Y quien considerara sus fundamentos, y viera el uso presente cuán diverso es de aquellos, juzgaría estar próximo, sin duda, o la ruina o el azote.
Y como muchos opinan que el buen estado de las ciudades de Italia proviene de la Iglesia romana, quiero argumentar contra esa opinión con las razones que se me ocurren, y alegaré dos razones poderosísimas que, según creo, no admiten réplica. La primera es que, por los malos ejemplos de aquella corte, esta provincia ha perdido toda devoción y toda religión, lo cual acarrea infinitos inconvenientes e infinitos desórdenes; porque así como donde hay religión se presupone todo bien, así donde esta falta se presupone lo contrario. Tenemos, pues, con la Iglesia y con los curas nosotros los italianos esta primera deuda: la de habernos vuelto gente sin religión y malvada. Pero tenemos aún otra mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina. Esta es que la Iglesia ha mantenido y mantiene dividida esta provincia. Y en verdad, ninguna provincia fue nunca unida o feliz si no llega toda a obedecer a una república o a un príncipe, como ha ocurrido con Francia y con España. Y la causa de que Italia no esté en esa misma condición, ni tenga tampoco una república o un príncipe que la gobierne, es únicamente la Iglesia; porque, habiendo residido en ella y ejercido el poder temporal, no ha sido tan potente ni ha tenido tanta virtud como para apoderarse de la tiranía de Italia y convertirse en su príncipe; y no ha sido, por otra parte, tan débil que, por miedo a perder el dominio de sus cosas temporales, no haya podido convocar a un poderoso que la defienda contra aquel que en Italia se hubiera vuelto demasiado potente: como se ha visto antiguamente por muchas experiencias, cuando, mediante Carlomagno, expulsó a los longobardos, que eran ya casi reyes de toda Italia; y cuando en nuestros tiempos quitó el poder a los venecianos con la ayuda de Francia, y después expulsó a los franceses con la ayuda de los suizos. No habiendo sido, pues, la Iglesia lo bastante potente como para ocupar Italia, ni habiendo permitido que otro la ocupe, ha sido la causa de que esta no haya podido quedar bajo una sola cabeza, sino que ha estado bajo muchos príncipes y señores, de los cuales ha nacido tanta desunión y tanta debilidad que se ha visto reducida a ser presa no solo de los bárbaros poderosos, sino de cualquiera que la ataque. De esto nosotros los italianos tenemos que dar cuenta a la Iglesia, y a nadie más. Y quien quisiera ver más claramente la verdad por experiencia cierta, tendría que tener tanto poder como para enviar a residir la corte romana, con la autoridad que tiene en Italia, a las tierras de los suizos, que hoy son los únicos pueblos que viven, tanto en lo que se refiere a la religión como a las instituciones militares, según los antiguos: y vería que en poco tiempo las malas costumbres de aquella corte causarían más desorden en esa provincia que cualquier otro accidente que en cualquier momento pudiera surgir.
Capítulo13Cómo los romanos se sirvieron de la religión para reorganizar la ciudad y llevar a cabo sus empresas y detener los tumultos
No me parece fuera de lugar aducir algún ejemplo de cómo los romanos se sirvieron de la religión para reorganizar la ciudad y para llevar a cabo sus empresas; y aunque en Tito Livio hay muchos, quiero conformarme con estos. Habiendo creado el pueblo romano a los tribunos con potestad consular y siendo todos plebeyos salvo uno, y habiendo ocurrido aquel año peste y hambre, y aparecido ciertos prodigios, aprovecharon esta ocasión los nobles en la nueva elección de los tribunos, diciendo que los dioses estaban airados por haber Roma hecho mal uso de la majestad de su imperio, y que no había otro remedio para aplacar a los dioses que devolver la elección de los tribunos a su lugar: de lo cual resultó que la plebe, atemorizada por esta religión, eligió a los tribunos todos nobles. Se ve también, en la conquista de la ciudad de Veyes, cómo los capitanes de los ejércitos se valían de la religión para mantenerlos dispuestos a una empresa; pues habiendo crecido el lago Albano aquel año de manera prodigiosa, y estando los soldados romanos hastiados por el largo asedio y queriendo volver a Roma, encontraron los romanos que Apolo y ciertos otros oráculos decían que aquel año se conquistaría la ciudad de Veyes si se desviaba el lago Albano: lo cual hizo que los soldados soportaran las molestias del asedio, animados por esta esperanza de conquistar la ciudad, y permanecieron contentos siguiendo la empresa hasta que Camilo, nombrado dictador, conquistó dicha ciudad después de diez años de asedio. Y así la religión, bien usada, sirvió tanto para la conquista de aquella ciudad como para la restitución del tribunado a la nobleza, cosas que sin dicho medio difícilmente se habrían logrado.
No quiero dejar de aducir a este propósito otro ejemplo. Habían surgido en Roma muchos tumultos por causa de Terencio, tribuno que quería proponer cierta ley, por las razones que más adelante, en su lugar, se dirán; y entre los primeros remedios que empleó la nobleza estuvo la religión, de la cual se sirvieron de dos modos. En el primero, hicieron ver los libros Sibilinos y respondieron que a la ciudad, mediante la sedición civil, le amenazaban aquel año peligros de perder la libertad: lo cual, aunque fue descubierto por los tribunos, no obstante puso tanto terror en los pechos de la plebe que la enfrió en su seguimiento. El otro modo fue que, habiendo un Apio Erdonio, con una multitud de desterrados y de esclavos, en número de cuatro mil hombres, ocupado de noche el Capitolio, de modo que se podía temer que si los ecuos y los volscos, perpetuos enemigos del nombre romano, hubieran venido a Roma, la habrían conquistado, y no cesando los tribunos, a pesar de esto, de continuar en su pertinacia de proponer la ley Terencila, diciendo que aquel ataque era simulado y no verdadero, salió del Senado un Publio Ruberio, ciudadano grave y con autoridad, con palabras en parte amables y en parte amenazadoras, mostrándoles los peligros de la ciudad y la inoportunidad de su petición, tanto que obligó a la plebe a jurar que no se apartaría de la voluntad del cónsul; de modo que la plebe, obediente, recuperó por la fuerza el Capitolio. Pero habiendo muerto en aquella conquista el cónsul Publio Valerio, inmediatamente fue elegido cónsul Tito Quincio, el cual, para no dejar descansar a la plebe ni darle tiempo para pensar en la ley Terencila, le ordenó salir de Roma para ir contra los volscos, diciendo que por aquel juramento que había hecho de no abandonar al cónsul estaba obligada a seguirlo; a lo que se oponían los tribunos, diciendo que aquel juramento se había hecho al cónsul muerto y no a él. Sin embargo, Tito Livio muestra cómo la plebe, por miedo a la religión, prefirió obedecer al cónsul antes que creer a los tribunos, diciendo en favor de la antigua religión estas palabras: «Aún no había llegado esa negligencia de los dioses que domina nuestro siglo, ni nadie interpretaba el juramento a su manera ni hacía las leyes a su medida». Por lo cual, temiendo los tribunos perder entonces toda su dignidad, se pusieron de acuerdo con el cónsul en obedecer a aquel, y en que durante un año no se hablara de la ley Terencila, y los cónsules durante un año no pudieran sacar a la plebe a la guerra. Y así la religión hizo que el Senado venciera aquellas dificultades que sin ella jamás habría vencido.
Capítulo14Los romanos interpretaban los auspicios según la necesidad, y con prudencia mostraban observar la religión cuando forzados no la observaban; y si alguien temerariamente la despreciaba, lo castigaban
No solamente los augurios, como arriba se ha discutido, eran el fundamento, en buena parte, de la antigua religión de los gentiles, sino que eran también los causantes del buen estado de la república romana. Por eso los romanos los cuidaban más que ningún otro orden de aquella, y los usaban en los comicios consulares, al comenzar las empresas, al sacar los ejércitos, al librar las batallas y en toda acción importante suya, civil o militar; ni jamás habrían ido a una expedición sin haber persuadido a los soldados de que los dioses les prometían la victoria. Y entre otros auspicios, tenían en los ejércitos ciertos órdenes de arúspices a los que llamaban pularios: y siempre que ordenaban librar batalla con el enemigo, querían que los pularios hicieran sus auspicios; y si los pollos picoteaban, combatían con buen augurio; si no picoteaban, se abstenían de la lucha. Sin embargo, cuando la razón les mostraba que algo debía hacerse, aun cuando los auspicios fueran adversos, lo hacían de todas formas; pero lo presentaban con términos y modos tan hábiles que no pareciera que lo hacían con desprecio de la religión.
Aquel medio fue usado por el cónsul Papirio en un combate de gran importancia que libró contra los samnitas, después del cual quedaron del todo debilitados y afligidos. Porque, estando Papirio en campaña frente a los samnitas, y pareciéndole tener la victoria segura en el combate, y queriendo por eso dar la batalla, ordenó a los encargados de los pollos que hicieran sus auspicios; pero como los pollos no picoteaban, y viendo el jefe de los encargados la gran disposición del ejército para combatir, y la opinión que había en el general y en todos los soldados de vencer, para no quitar la ocasión de obrar bien a aquel ejército, refirió al cónsul que los auspicios resultaban buenos; de modo que Papirio, ordenando las escuadras, y habiendo sido dicho por algunos de los encargados de los pollos a ciertos soldados que los pollos no habían picoteado, aquellos se lo dijeron a Spurio Papirio, sobrino del cónsul; y aquel refiriéndoselo al cónsul, respondió enseguida que él atendiera a hacer bien su oficio; que, en cuanto a él y al ejército, los auspicios eran buenos; y si el encargado de los pollos había dicho mentiras, estas recaerían en su perjuicio. Y para que el efecto correspondiera al pronóstico, ordenó a los legados que colocaran a los encargados de los pollos en la primera línea del combate. De donde sucedió que, yendo contra los enemigos, habiendo lanzado un soldado romano un dardo, mató por casualidad al jefe de los encargados de los pollos: lo cual oído, el cónsul dijo que todo procedía bien, y con el favor de los dioses; porque el ejército con la muerte de aquel mentiroso se había purgado de toda culpa y de toda ira que aquellos hubieran concebido contra él. Y así, sabiendo bien acomodar sus planes a los auspicios, tomó la decisión de entrar en combate, sin que aquel ejército se diera cuenta de que en alguna parte él había descuidado los preceptos de su religión.
Al contrario hizo Apio Pulcro en Sicilia, en la primera guerra púnica: que, queriendo entrar en combate con el ejército cartaginés, hizo hacer los auspicios a los encargados de los pollos; y refiriéndole aquellos que los pollos no picoteaban, dijo: «¡Veamos si quieren beber!», y los hizo arrojar al mar. De donde que, entrando en combate, perdió la batalla: por lo cual él fue en Roma condenado, y Papirio honrado, no tanto por haber uno vencido y el otro perdido, cuanto por haber uno actuado contra los auspicios prudentemente, y el otro temerariamente. Ni a otro fin tendía este modo de auspicar, que a hacer que los soldados fueran confiadamente al combate; de cuya confianza casi siempre nace la victoria. Lo cual fue usado no solamente por los romanos, sino por los extranjeros: de lo que me parece oportuno aducir un ejemplo en el siguiente capítulo.
Capítulo15Los samnitas, como último remedio a sus asuntos afligidos, recurrieron a la religión
Habiendo los samnitas sufrido varias derrotas de los romanos, y habiendo sido por último destruidos en Toscana, y muertos sus ejércitos y sus generales; y habiendo sido vencidos sus aliados, como toscanos, franceses y umbros; «nec suis nec externis viribus jam stare poterant, tamen bello non abstinebant adeo ne infeliciter quidem defensae libertatis taedebat, et vinci, quam non tentare victoriam, malebant». De donde deliberaron hacer la última prueba: y porque sabían que, para vencer, era necesario inducir obstinación en los ánimos de los soldados, y que para inducirla no había mejor medio que la religión; pensaron en repetir un antiguo sacrificio suyo, mediante Ovio Paccio, su sacerdote. El cual ordenaron de esta forma: que, hecho el sacrificio solemne y hecho, entre las víctimas muertas y los altares encendidos, jurar todos los jefes del ejército no abandonar jamás el combate, citaron a los soldados uno a uno; y entre aquellos altares, en medio de varios centuriones con las espadas desnudas en la mano, los hacían primero jurar que no repetirían cosa que vieran u oyeran; después, con palabras execrables y versos llenos de espanto, les hacían prometer a los dioses estar prestos donde los comandantes los enviaran, y no huir jamás del combate, y matar a cualquiera que vieran que huyera: lo cual no observado, recayera sobre la cabeza de su familia y de su estirpe. Y estando aterrorizados algunos de ellos, no queriendo jurar, enseguida eran muertos por sus centuriones, de modo que los otros que venían después, atemorizados por la ferocidad del espectáculo, juraron todos. Y para hacer esta reunión suya más magnífica, siendo cuarenta mil hombres, vistieron a la mitad de paños blancos, con crestas y penachos sobre los cascos; y así ordenados se colocaron cerca de Aquilonia. Contra estos vino Papirio; el cual, al confortar a sus soldados, dijo: «non enim cristas vulnera facere, et picta atque aurata scuta transire romanum pilum». Y para debilitar la opinión que tenían los suyos de los enemigos por el juramento tomado, dijo que aquel había sido por temor no por fortaleza suya; porque en ese mismo momento habían de tener miedo de los ciudadanos, de los dioses, y de los enemigos. Y llegados al conflicto, fueron superados los samnitas; porque la virtud romana, y el temor concebido por las pasadas derrotas, superó cualquier obstinación que pudieran haber tomado por virtud de la religión y por el juramento prestado. No obstante se ve cómo a ellos no les pareció poder tener otro refugio, ni intentar otro remedio para poder tomar esperanza de recuperar la perdida virtud. Lo cual testifica plenamente cuánta confianza se puede tener mediante la religión bien usada. Y aunque esta parte más bien, quizá, se requeriría ser colocada entre las cosas extrínsecas; no obstante, dependiendo de uno de los órdenes más importantes de la República de Roma, me ha parecido conectarlo en este lugar, para no dividir esta materia y tener que volver a ella más veces.
Capítulo16Un pueblo, acostumbrado a vivir bajo un príncipe, si por algún accidente se vuelve libre, con dificultad mantiene la libertad
Cuánta dificultad sea para un pueblo, acostumbrado a vivir bajo un príncipe, conservar después la libertad, si por algún accidente la adquiere, como la adquirió Roma después de la expulsión de los Tarquinos, lo demuestran infinitos ejemplos que se leen en las memorias de las historias antiguas. Y tal dificultad es razonable; porque aquel pueblo no es de otra manera que un animal bruto, el cual, aunque de naturaleza feroz y silvestre, haya sido nutrido siempre en cárcel y en servidumbre; que después dejado por suerte en un campo libre, no estando acostumbrado a alimentarse, ni sabiendo los lugares donde debe refugiarse, se convierte en presa del primero que busca encadenarlo.
Esto mismo le sucede a un pueblo, el cual, estando acostumbrado a vivir bajo los gobiernos de otros, no sabiendo razonar ni de las defensas o de las ofensas públicas, no conociendo a los príncipes ni siendo conocido por ellos, vuelve pronto bajo un yugo, el cual la mayor parte de las veces es más grave que aquel que, poco antes, se había quitado del cuello: y se encuentra en estas dificultades, aunque la materia no esté corrompida. Porque un pueblo donde del todo ha entrado la corrupción, no puede, no ya poco tiempo, sino en absoluto vivir libre como se discutirá más abajo: y por eso nuestros razonamientos son de aquellos pueblos donde la corrupción no se ha ampliado mucho, y donde hay más del bueno que del malo.
Añádase a la sobredicha otra dificultad, la cual es que el estado que se vuelve libre se hace partidarios enemigos, y no partidarios amigos. Partidarios enemigos le resultan todos aquellos que del estado tiránico se aprovechaban, alimentándose de las riquezas del príncipe; a los cuales siendo quitada la facultad de aprovecharse, no pueden vivir contentos, y son forzados cada uno a intentar retomar la tiranía, para volver a su autoridad. No se adquieren, como he dicho, partidarios amigos; porque el vivir libre otorga honores y premios, mediante algunas causas honestas y determinadas, y fuera de aquellas no premia ni honra a alguno, y cuando uno tiene aquellos honores y aquellas utilidades que le parece merecer, no confiesa tener obligación con quienes lo remuneran. Además de esto, aquella utilidad común que del vivir libre se obtiene, no es por alguno, mientras se posee, reconocida: la cual es poder gozar libremente de sus cosas sin sospecha alguna, no dudar del honor de las mujeres, del de los hijos, no temer por sí; porque nadie confesará jamás tener obligación con uno que no lo ofenda.
Pero, como se dice más arriba, el estado libre y que surge de nuevo viene a tener partidarios enemigos, y no partidarios amigos. Y queriendo remediar estos inconvenientes, y los desórdenes que las dificultades mencionadas traerían consigo, no hay remedio más potente, ni más válido, ni más seguro, ni más necesario, que matar a los hijos de Bruto: los cuales, como muestra la historia, no fueron inducidos, junto con otros jóvenes romanos, a conspirar contra la patria por otra razón, sino porque no podían aprovecharse extraordinariamente bajo los cónsules como bajo los reyes; de modo que la libertad de aquel pueblo parecía haberse convertido en su servidumbre. Y quien emprende gobernar una multitud, ya sea por vía de libertad o por vía de principado, y no se asegura de aquellos que son enemigos de ese nuevo orden, hace un estado de poca vida. Cierto es que juzgo infelices a aquellos príncipes que, para asegurar su estado, tienen que seguir vías extraordinarias, teniendo como enemigos a la multitud: porque quien tiene como enemigos a los pocos se asegura fácilmente y sin muchos escándalos, pero quien tiene como enemigo al común jamás se asegura, y cuanta más crueldad usa tanto más débil se vuelve su principado. De tal modo que el mayor remedio que tiene es procurar hacerse amigo del pueblo.
Y aunque este discurso sea diferente del mencionado arriba, hablando aquí de un príncipe y allí de una república; sin embargo, para no tener que volver sobre esta materia, quiero hablar de ella brevemente. Queriendo, por tanto, un príncipe ganarse un pueblo que le fuera enemigo, hablando de aquellos príncipes que se han convertido en tiranos de su patria, digo que debe examinar primero lo que el pueblo desea, y encontrará siempre que desea dos cosas: una, vengarse contra aquellos que son causa de que sea siervo; la otra, recuperar su libertad. Al primer deseo el príncipe puede satisfacer del todo, al segundo en parte. Respecto al primero, hay un ejemplo preciso. Clearco, tirano de Heraclea, estando en exilio, ocurrió que, por una controversia surgida entre el pueblo y los optimates de Heraclea, viéndose los optimates inferiores, se volvieron a favorecer a Clearco y, conjurados con él, lo pusieron, contra la disposición popular, en Heraclea y quitaron la libertad al pueblo. De modo que, encontrándose Clearco entre la insolencia de los optimates, a quienes no podía de ninguna manera ni contentar ni corregir, y la rabia de los populares, que no podían soportar haber perdido la libertad, decidió de un golpe liberarse del fastidio de los grandes, y ganarse al pueblo. Y tomando, al respecto, ocasión conveniente, cortó en pedazos a todos los optimates, con una extrema satisfacción de los populares. Y así él por esta vía satisfizo uno de los deseos que tienen los pueblos, es decir, vengarse. Pero respecto al otro deseo popular, de recuperar su libertad, no pudiendo el príncipe satisfacerlo, debe examinar cuáles son las causas que les hacen desear ser libres; y encontrará que una pequeña parte de ellos desea ser libre para mandar; pero todos los demás, que son infinitos, desean la libertad para vivir seguros. Porque en todas las repúblicas, de cualquier manera ordenadas, a los grados del mando no llegan nunca más de cuarenta o cincuenta ciudadanos; y porque este es un número pequeño, es fácil asegurarse de ellos, ya sea eliminándolos, ya sea haciéndoles partícipes de tantos honores, que, según sus condiciones, tengan en buena parte que contentarse. Aquellos otros, a quienes basta vivir seguros, se satisfacen fácilmente, haciendo ordenamientos y leyes, donde junto con su potencia se comprenda la seguridad universal. Y cuando un príncipe hace esto, y el pueblo ve que, por accidente ninguno, él no rompe tales leyes, comenzará en breve tiempo a vivir seguro y contento. Como ejemplo tenemos el reino de Francia, el cual no vive seguro por otra cosa sino porque aquellos reyes se obligaron a infinitas leyes, en las cuales se comprende la seguridad de todos sus pueblos. Y quien ordenó aquel estado, quiso que aquellos reyes, de las armas y del dinero hicieran a su modo, pero que de cualquier otra cosa no pudieran disponer de otra manera que las leyes ordenaran. Aquel príncipe, pues, o aquella república que no se asegura al principio de su estado, conviene que se asegure en la primera ocasión, como hicieron los romanos. Quien deja pasar aquella, se arrepiente tarde de no haber hecho lo que debía hacer.
Siendo, por tanto, el pueblo romano aún no corrompido cuando recuperó la libertad, pudo mantenerla, muertos los hijos de Bruto y extinguidos los Tarquinios, con todos aquellos modos y ordenamientos que otras veces se han discutido. Pero si hubiese estado aquel pueblo corrompido, ni en Roma ni en otra parte se encuentran remedios válidos para mantenerla; como en el siguiente capítulo mostraremos.
Capítulo17Un pueblo corrompido, llegado a la libertad, se puede con grandísima dificultad mantener libre
Juzgo que era necesario, o que los reyes se extinguieran en Roma, o que Roma en brevísimo tiempo se volviera débil y de ningún valor; porque, considerando a qué corrupción habían llegado aquellos reyes, si hubieran seguido así dos o tres sucesiones, y aquella corrupción que estaba en ellos hubiera comenzado a extenderse por los miembros, una vez que los miembros hubieran estado corrompidos, era imposible jamás reformarla. Pero perdiendo la cabeza cuando el tronco estaba íntegro, pudieron fácilmente reducirse a vivir libres y ordenados. Y debe suponerse como cosa muy cierta, que una ciudad corrompida que viva bajo un príncipe, aunque aquel príncipe con toda su estirpe se extinga, jamás se puede reducir libre, sino que conviene que un príncipe extinga al otro: y sin la creación de un nuevo señor no se aquieta jamás, si acaso la bondad de uno, junto con la virtud, no la mantuviera libre; pero durará esa libertad tanto cuanto dure la vida de aquel: como sucedió, en Siracusa, con Dión y con Timoleón: la virtud de los cuales en diferentes tiempos, mientras vivieron, mantuvo libre aquella ciudad; muertos que fueron, se volvió a la antigua tiranía. Pero no se ve ejemplo más fuerte que el de Roma; la cual, expulsados los Tarquinios, pudo enseguida tomar y mantener aquella libertad; pero, muerto César, muerto Cayo Calígula, muerto Nerón, extinguida toda la estirpe cesárea, no pudo nunca, no solamente mantener, sino ni siquiera dar principio a la libertad. Y tan diferente resultado en una misma ciudad no nació de otra cosa, sino de no estar en los tiempos de los Tarquinios el pueblo romano aún corrompido, y en estos últimos tiempos estar corruptísimo. Porque entonces, para mantenerlo firme y dispuesto a huir de los reyes, bastó solo hacerlo jurar que no consentiría jamás que en Roma alguien reinara; y en los otros tiempos no bastó la autoridad y severidad de Bruto, con todas las legiones orientales, para mantenerlo dispuesto a querer conservar aquella libertad que él, a semejanza del primer Bruto, le había devuelto. Lo cual nació de aquella corrupción que las facciones marianas habían puesto en el pueblo; de las cuales siendo jefe César, pudo cegar a aquella multitud, de modo que ella no conoció el yugo que ella misma se ponía sobre el cuello.
Y aunque este ejemplo de Roma sea de anteponer a cualquier otro ejemplo, sin embargo quiero a este propósito traer adelante pueblos conocidos en nuestros tiempos. Por tanto digo, que ningún accidente, aunque grave y violento, podría reducir jamás Milán o Nápoles libres, por estar aquellos miembros todos corrompidos. Lo cual se vio después de la muerte de Felipe Visconti; que, queriendo reducirse Milán a la libertad, no pudo y no supo mantenerla. Por ello, fue gran felicidad la de Roma, que estos reyes se volvieran corruptos pronto, para que fueran expulsados, y antes de que su corrupción hubiera pasado a las vísceras de aquella ciudad: cuya incorrupción fue causa de que los infinitos tumultos que hubo en Roma, teniendo los hombres un fin bueno, no dañaron, sino que favorecieron, a la República.
Y se puede sacar esta conclusión: que donde la materia no está corrompida, los tumultos y otros escándalos no dañan; donde está corrompida, las leyes bien ordenadas no sirven, a no ser que las impulse alguien que con extrema fuerza las haga cumplir, hasta que la materia se vuelva buena. No sé si esto ha ocurrido alguna vez o si es posible que ocurra: porque se ve, como dije un poco antes, que cuando una ciudad ha llegado a la decadencia por corrupción de la materia, si alguna vez sucede que se recupere, ocurre por la virtud de un hombre que esté vivo en ese momento, no por la virtud de la colectividad que sostiene las buenas instituciones; y en cuanto ese individuo muere, vuelve a su estado anterior: como ocurrió a Tebas, que por la virtud de Epaminondas, mientras él vivió, pudo mantener forma de república y de imperio; pero, muerto él, volvió a sus primeros desórdenes. La causa es que no puede haber un hombre de vida tan larga que el tiempo baste para acostumbrar bien a una ciudad largo tiempo mal acostumbrada. Y si uno de vida muy larga, o dos sucesiones virtuosas continuas, no la reorganizan, cuando falta alguno de ellos, como se dijo antes, se arruina, a no ser que con muchos peligros y mucha sangre se la haga renacer. Porque tal corrupción y poca aptitud para la vida libre nacen de una desigualdad que hay en esa ciudad: y al querer reducirla a la igualdad es necesario emplear medidas extraordinarias muy grandes, que pocos saben o quieren emplear; como se dirá en otro lugar más particularmente.
Capítulo18De qué modo en las ciudades corrompidas podría mantenerse un Estado libre, si lo hay; o, si no lo hay, establecerlo
Creo que no está fuera de propósito, ni resulta ajeno al discurso anterior, considerar si en una ciudad corrompida se puede mantener el Estado libre, si lo hay; o cuando no lo hay, si se puede establecer. Sobre esta cuestión digo que es muy difícil hacer una cosa u otra: y aunque sea casi imposible dar una regla, porque sería necesario proceder según los grados de la corrupción, sin embargo, siendo bueno razonar sobre cada cosa, no quiero dejar esta de lado. Y supondré una ciudad corruptísima, con lo que vendré a aumentar más tal dificultad; porque no se encuentran ni leyes ni instituciones que basten para frenar una corrupción universal. Porque así como las buenas costumbres, para mantenerse, necesitan de las leyes, así las leyes, para cumplirse, necesitan de las buenas costumbres. Además de esto, las instituciones y las leyes hechas en una república en su nacimiento, cuando los hombres eran buenos, ya no son después apropiadas cuando se han vuelto malos. Y si las leyes varían según los acontecimientos en una ciudad, nunca varían, o rara vez, sus instituciones: lo que hace que las nuevas leyes no basten, porque las instituciones, que permanecen firmes, las corrompen.
Y para hacer entender mejor esta parte, digo que en Roma estaba la institución del gobierno, o sea del Estado, y las leyes después, que con los magistrados frenaban a los ciudadanos. La institución del Estado era la autoridad del Pueblo, del Senado, de los Tribunos, de los Cónsules, el modo de pedir y de crear los magistrados, y el modo de hacer las leyes. Estas instituciones variaron poco o nada con los acontecimientos. Variaron las leyes que frenaban a los ciudados, como fue la ley de los adulterios, la suntuaria, la de la ambición, y muchas otras, según los ciudadanos se iban volviendo corruptos. Pero manteniendo firmes las instituciones del Estado, que en la corrupción ya no eran buenas, aquellas leyes que se renovaban no bastaban para mantener buenos a los hombres, pero habrían servido bien si con la innovación de las leyes se hubieran cambiado las instituciones.
Y que sea verdad que tales instituciones en la ciudad corrompida no eran buenas se ve claramente en dos capítulos principales, en cuanto a crear los magistrados y las leyes. El pueblo romano no daba el consulado y los otros primeros grados de la ciudad sino a quienes los solicitaban. Esta institución fue, al principio, buena, porque solo los solicitaban aquellos ciudadanos que se juzgaban dignos, y ser rechazado era ignominioso, de modo que, para ser juzgados dignos, cada uno obraba bien. Este modo se volvió después, en la ciudad corrompida, perniciosísimo; porque ya no solicitaban los magistrados quienes tenían más virtud, sino quienes tenían más poder; y los que no tenían poder, aunque fueran virtuosos, se abstenían de solicitarlos por miedo. Se llegó a este inconveniente no de golpe, sino gradualmente, como se cae en todos los demás inconvenientes: porque habiendo los romanos dominado África y Asia, y reducido casi toda Grecia a su obediencia, se habían vuelto seguros de su libertad, y ya no les parecía tener enemigos que debieran hacerles temer. Esta seguridad y esta debilidad de los enemigos hicieron que el pueblo romano, al dar el consulado, ya no considerara la virtud, sino el favor; llevando a ese grado a quienes mejor sabían entretener a los hombres, no a quienes mejor sabían vencer a los enemigos: después, de quienes tenían más favor, descendieron a dárselo a quienes tenían más poder; de modo que los buenos, por defecto de tal institución, quedaron del todo excluidos. Podía un tribuno, y cualquier otro ciudadano, proponer al Pueblo una ley; sobre la cual cualquier ciudadano podía hablar, a favor o en contra, antes de que se deliberara. Era esta institución buena cuando los ciudadanos eran buenos; porque siempre fue bueno que cualquiera que entienda un bien para lo público pueda proponerlo; y es bueno que cualquiera sobre ello pueda decir su opinión, para que el pueblo, escuchado a cada uno, pueda luego elegir lo mejor. Pero vueltos malos los ciudadanos, se volvió tal institución pésima; porque solo los poderosos proponían leyes, no para la libertad común, sino para su poder; y contra ellas no podía hablar nadie, por miedo de aquellos: de modo que el pueblo venía o engañado o forzado a deliberar su ruina.
Era necesario, por tanto, para que Roma en la corrupción se mantuviera libre, que así como había en el proceso de su vida hecho nuevas leyes, hubiera hecho nuevas instituciones: porque otras instituciones y modos de vivir se deben ordenar en un sujeto malo que en uno bueno; ni puede ser la forma similar en una materia del todo contraria. Pero como estas instituciones, o se han de renovar todas de golpe, una vez descubierto que ya no son buenas, o poco a poco, antes de que las conozcan todos; digo que una y otra de estas dos cosas es casi imposible. Porque para renovarlas poco a poco conviene que sea causa de ello un hombre prudente, que vea este inconveniente muy de lejos, cuando nace. De tales hombres es facilísimo que en una ciudad no surja nunca ninguno: y cuando realmente surgiera, no podría persuadir nunca a otros de lo que él mismo entiende; porque los hombres, acostumbrados a vivir de un modo, no lo quieren variar, y tanto más cuando no ven el mal de frente, sino que se les tiene que mostrar por conjetura. En cuanto a innovar estas instituciones de golpe, cuando cada uno reconoce que no son buenas, digo que esta inutilidad, que fácilmente se conoce, es difícil de corregir; porque para hacer esto no basta usar términos ordinarios, siendo malos los modos ordinarios; sino que es necesario llegar a lo extraordinario, como es la violencia y las armas, y convertirse ante todo en príncipe de esa ciudad y poder disponer de ella a su modo. Y como reorganizar una ciudad para la vida política presupone a un hombre bueno, y convertirse por violencia en príncipe de una república presupone a un hombre malo, por esto se encontrará que rarísimas veces sucede que un hombre bueno, por vías malas, aunque su fin sea bueno, quiera convertirse en príncipe; y que un malvado, convertido en príncipe, quiera obrar bien, y que le venga alguna vez al ánimo usar bien aquella autoridad que ha adquirido mal.
De todas las cosas mencionadas anteriormente nace la dificultad, o imposibilidad, que existe en las ciudades corrompidas para mantener en ellas una república o crearla de nuevo. Y si realmente se tuviera que crear o mantener, sería necesario orientarla más hacia el estado regio que hacia el estado popular, para que aquellos hombres que por su insolencia no pueden ser corregidos por las leyes fueran frenados de algún modo por un poder casi regio. Y querer hacerlos buenos por otras vías sería empresa crudelísima o del todo imposible, como dije antes que hizo Cleómenes: quien, para quedarse solo, mató a los Éforos; y si Rómulo, por las mismas razones, mató a su hermano y a Tito Tacio Sabino, y después usaron bien su autoridad; sin embargo, se debe advertir que ni el uno ni el otro tenían al pueblo manchado por aquella corrupción de la que razonamos en este capítulo, y por eso pudieron querer y, queriendo, llevar a cabo su plan.
Capítulo19Después de un príncipe excelente se puede mantener un príncipe débil; pero después de uno débil no se puede mantener ningún reino con otro débil
Considerando la virtud y el modo de proceder de Rómulo, Numa y Tulio, los tres primeros reyes romanos, se ve cómo Roma tuvo una fortuna grandísima al tener el primer rey ferocísimo y belicoso, el otro tranquilo y religioso, el tercero similar en ferocidad a Rómulo y más amante de la guerra que de la paz. Porque en Roma era necesario que surgiera en sus primeros inicios un ordenador de la vida civil, pero después era también necesario que los otros reyes retomaran la virtud de Rómulo; de otro modo aquella ciudad se habría vuelto afeminada y presa de sus vecinos. De donde se puede notar que un sucesor, que no tenga tanta virtud como el primero, puede mantener un estado por la virtud de quien lo ha regido antes y puede gozar de sus trabajos; pero si ocurre que sea de larga vida, o que después de él no surja otro que retome la virtud de aquel primero, es necesario que aquel reino se arruine. Así, por el contrario, si dos, uno después del otro, son de gran virtud, se ve a menudo que hacen cosas grandísimas y que su fama llega hasta el cielo.
David, sin duda, fue un hombre excelentísimo en armas, en doctrina, en juicio; y fue tanta su virtud que, habiendo vencido y batido a todos sus vecinos, dejó a Salomón su hijo un reino pacífico, que él pudo conservar con el arte de la paz y no con la guerra, y pudo gozar felizmente de la virtud de su padre. Pero no pudo ya dejarlo a Roboam su hijo, quien, no siendo en virtud similar al abuelo ni en fortuna similar al padre, quedó con dificultad heredero de la sexta parte del reino. Bayaceto, sultán de los turcos, aunque fuera más amante de la paz que de la guerra, pudo gozar de los trabajos de Mahoma su padre, quien, habiendo, como David, batido a sus vecinos, le dejó un reino firme y fácil de conservar con el arte de la paz. Pero si su hijo Selim, el actual señor, hubiera sido similar al padre y no al abuelo, aquel reino se habría arruinado; pero se ve que este está por superar la gloria del abuelo. Digo, pues, con estos ejemplos, que después de un príncipe excelente se puede mantener un príncipe débil; pero después de uno débil no se puede, con otro débil, mantener ningún reino, salvo que fuera como el de Francia, cuyos antiguos ordenamientos lo mantienen; y son príncipes débiles aquellos que no se dedican a la guerra.
Concluyo, pues, con este discurso, que la virtud de Rómulo fue tanta que pudo dar espacio a Numa Pompilio para regir Roma muchos años con el arte de la paz; pero después de él sucedió Tulio, quien por su ferocidad retomó la reputación de Rómulo; después del cual vino Anco, dotado por la naturaleza de tal modo que podía usar la paz y soportar la guerra. Y al principio se dirigió a querer seguir el camino de la paz, pero enseguida conoció que los vecinos, juzgándolo afeminado, lo estimaban poco, de manera que pensó que, para mantener Roma, era necesario volverse a la guerra y asemejarse a Rómulo y no a Numa.
De esto tomen ejemplo todos los príncipes que tienen un estado: quien se parezca a Numa lo mantendrá o no lo mantendrá según cómo le giren los tiempos o la fortuna; pero quien se parezca a Rómulo, y esté como él armado de prudencia y de armas, lo mantendrá en todo caso, salvo que le sea quitado por una fuerza obstinada y excesiva. Y ciertamente se puede estimar que, si Roma hubiera tenido por tercer rey un hombre que no supiera devolverle su reputación con las armas, nunca después, o con grandísima dificultad, habría podido asentarse ni hacer aquellos efectos que hizo. Y así, mientras vivió bajo los reyes, corrió estos peligros de arruinarse bajo un rey débil o malvado.
Capítulo20Dos sucesiones continuas de príncipes virtuosos hacen grandes efectos; y cómo las repúblicas bien ordenadas tienen necesariamente sucesiones virtuosas, y por eso sus conquistas y aumentos son grandes
Después de que Roma hubo expulsado a los reyes, dejó atrás aquellos peligros que, como se dijo antes, corría al sucederle un rey débil o malo. Porque la suma del imperio se redujo a los cónsules, quienes, no por herencia o por engaños o por ambición violenta, sino por sufragios libres, llegaban a aquel imperio, y eran siempre hombres excelentísimos; de los cuales gozando Roma la virtud y la fortuna de tiempo en tiempo, pudo llegar a aquella su última grandeza en tantos años como había estado bajo los reyes. Porque se ve que dos sucesiones continuas de príncipes virtuosos son suficientes para conquistar el mundo, como fueron Filipo de Macedonia y Alejandro Magno. Lo cual tanto más debe hacer una república, teniendo por el modo de elegir no solamente dos sucesiones, sino infinitos príncipes virtuosísimos que son sucesores unos de otros: esta sucesión virtuosa existirá siempre en toda república bien ordenada.
Capítulo21Cuánto reproche merece aquel príncipe y aquella república que carecen de armas propias
Deben los presentes príncipes y las modernas repúblicas que carecen de soldados propios para la defensa y la ofensa avergonzarse de sí mismas, y pensar, con el ejemplo de Tulio, que tal defecto no se debe a falta de hombres aptos para la milicia, sino a su culpa, por no haber sabido hacer a sus hombres militares. Porque Tulio, habiendo estado Roma en paz cuarenta años, no encontró, al suceder él en el reino, hombre que hubiera estado jamás en guerra; sin embargo, planeando él hacer la guerra, no pensó valerse ni de los Samnitas ni de los Toscanos ni de otros que estuvieran acostumbrados a estar en armas, sino que decidió, como hombre prudentísimo, valerse de los suyos. Y fue tanta su virtud que de inmediato, bajo su gobierno, pudo hacer de ellos soldados excelentísimos. Y es más verdadero que cualquier otra verdad que, si donde hay hombres no hay soldados, nace por defecto del príncipe y no por otro defecto ni de lugar ni de naturaleza.
De esto tenemos un ejemplo muy reciente. Porque todos saben que en tiempos recientes el rey de Inglaterra asaltó el reino de Francia y no tomó otros soldados que sus propios pueblos; y, habiendo estado aquel reino más de treinta años sin hacer guerra, no tenía ni soldados ni capitán que hubiera jamás militado; sin embargo, no dudó con aquellos asaltar un reino lleno de capitanes y de buenos ejércitos que habían estado continuamente bajo las armas en las guerras de Italia. Todo nació de ser aquel rey hombre prudente y aquel reino bien ordenado, que en tiempo de paz no interrumpió los ordenamientos de la guerra.
Pelópidas y Epaminondas, los tebanos, después de haber liberado Tebas y sacado a la ciudad de la servidumbre del imperio espartano, hallándose en una ciudad acostumbrada a servir y en medio de un pueblo afeminado, no dudaron, tanta era su virtud, en ponerlo bajo las armas y con él ir a enfrentar en campo abierto a los ejércitos espartanos, y vencerlos: y quien escribe de esto dice que estos dos en breve tiempo demostraron que no solamente en Lacedemonia nacían los hombres de guerra, sino en cualquier otra parte donde naciesen hombres, con tal de que se encontrase quien supiera encaminarlos a la milicia, como se ve que Tulo supo encaminar a los romanos. Y Virgilio no podría expresar mejor esta opinión, ni con otras palabras mostrar que se adhiere a ella, cuando dice: «Tulo moverá a perezosos varones a las armas».
Capítulo22Lo que debe notarse en el caso de los tres Horacios romanos y los tres Curiacios albanos
Tulo, rey de Roma, y Mecio, rey de Alba, convinieron en que aquel pueblo sería señor del otro cuyo trío de hombres arriba mencionado venciera. Murieron todos los Curiacios albanos, quedó vivo uno de los Horacios romanos: y por esto quedó el rey albano Mecio, con su pueblo, sometido a los romanos. Y volviendo aquel Horacio vencedor a Roma, encontró a una hermana suya, que estaba casada con uno de los tres Curiacios muertos, que lloraba la muerte del marido, y la mató. Por lo cual aquel Horacio fue llevado a juicio por esta falta, y después de muchas disputas fue absuelto, más por los ruegos del padre que por sus propios méritos. Donde hay que notar tres cosas: una, que nunca se debe arriesgar toda la fortuna con parte de las fuerzas; otra, que nunca en una ciudad bien ordenada las culpas se compensan con los méritos; la tercera, que nunca son sabias las decisiones donde se deba o pueda dudar de su incumplimiento. Porque importa tanto a una ciudad el ser esclava, que nunca debió creerse que alguno de aquellos reyes o de aquellos pueblos estuviera contento de que tres de sus ciudadanos los hubieran sometido: como se vio que quiso hacer Mecio, el cual, aunque inmediatamente después de la victoria de los romanos se confesó vencido y prometió obediencia a Tulo, no obstante en la primera expedición que tuvieron que hacer juntos contra los veyentes, se vio cómo intentó engañarlo; como aquel que tarde se había dado cuenta de la temeridad de la decisión que había tomado. Y porque de este tercer punto se ha hablado bastante, hablaremos solo de los otros dos en los siguientes dos capítulos.
Capítulo23Que no se debe poner en peligro toda la fortuna y no todas las fuerzas; y, por esto, a menudo guardar los pasos es dañoso
Nunca fue juzgada decisión sabia poner en peligro toda tu fortuna y no todas tus fuerzas. Esto se hace de varias maneras. Una es haciendo como Tulo y Mecio, cuando encomendaron toda la fortuna de su patria, y la virtud de tantos hombres cuantos tenía cada uno de ellos en sus ejércitos, a la virtud y fortuna de tres de sus ciudadanos, que venía a ser una mínima parte de las fuerzas de cada uno. Ni se dieron cuenta de que, por esta decisión, todo el trabajo que habían soportado sus antecesores al ordenar la república, para hacerla vivir largamente libre y para hacer a sus ciudadanos defensores de su libertad, había sido casi en vano, al quedar en poder de tan pocos el perderla. Cosa que no pudo ser peor considerada por aquellos reyes.
Se cae también en este inconveniente casi siempre por aquellos que, viniendo el enemigo, planean ocupar los lugares difíciles y guardar los pasos: porque casi siempre esta decisión será dañosa, salvo que ya en aquel lugar difícil puedas cómodamente mantener todas tus fuerzas. En este caso, tal decisión debe tomarse; pero siendo el lugar abrupto, y no pudiendo mantener allí todas las fuerzas, la decisión es dañosa. Esto me hace juzgar así por el ejemplo de aquellos que, siendo asaltados por un enemigo poderoso, y estando su país rodeado de montes y lugares alpinos, nunca han intentado combatir al enemigo en los pasos y en los montes, sino que han ido a encontrarlo más allá de ellos; o, cuando no han querido hacer esto, lo han esperado dentro de esos montes, en lugares benignos y no alpinos. Y la causa ha sido la antes alegada: porque, no pudiendo llevar a la guardia de los lugares alpinos a muchos hombres, ya sea por no poder vivir allí largo tiempo, ya sea por ser los lugares estrechos y capaces de pocos, no es posible sostener a un enemigo que venga en masa a atacarte: y al enemigo le es fácil venir en masa porque su intención es pasar, y no detenerse, y a quien lo espera le es imposible esperarlo en masa, teniendo que alojarse por más tiempo, sin saber cuándo el enemigo querrá pasar en lugares, como he dicho, estrechos y estériles. Perdiendo, pues, aquel paso que te habías propuesto mantener, y en el cual tu pueblo y tu ejército confiaba, entra la mayor parte de las veces en los pueblos y en el resto de tu gente tanto terror, que, sin poder experimentar su virtud, quedas perdedor; y así vienes a haber perdido toda tu fortuna con parte de tus fuerzas.
Todos saben con cuánta dificultad Aníbal pasó los Alpes que separan Lombardía de Francia, y con cuánta dificultad pasó aquellos que separan Lombardía de Toscana: sin embargo los romanos lo esperaron primero en el Tesino, y después en la llanura de Arezzo: y quisieron, más bien, que su ejército fuese consumido por el enemigo en los lugares donde podía vencer, que conducirlo a los Alpes para ser destruido por la maldad del sitio.
Y quien lea sensatamente todas las historias, encontrará poquísimos capitanes virtuosos que hayan intentado defender semejantes pasos, y por las razones dichas, y porque no se pueden cerrar todos, siendo los montes como campiñas, y teniendo no solamente las vías acostumbradas y frecuentadas, sino muchas otras que, si no son conocidas por los forasteros, son conocidas por los paisanos; con cuya ayuda siempre serás conducido a cualquier lugar, contra la voluntad de quien se te opone. De lo cual se puede aducir un ejemplo muy reciente, en el año 1515. Cuando Francisco, rey de Francia, planeaba pasar a Italia para la recuperación del estado de Lombardía, el mayor fundamento que hacían aquellos que estaban en contra de su empresa era que los suizos lo detendrían en los pasos de los montes. Y, como luego se vio por experiencia, aquel fundamento suyo resultó vano: porque, dejando aquel rey de lado dos o tres lugares guardados por ellos, vino por otra vía desconocida; y estuvo antes en Italia, y ellos detrás, que lo hubieran advertido. Por lo que ellos, desconcertados, se retiraron a Milán, y todos los pueblos de Lombardía se acercaron a las tropas francesas; al fallarles aquella opinión de que los franceses debían ser retenidos en los montes.
Capítulo24Las repúblicas bien ordenadas establecen premios y penas a sus ciudadanos, y nunca compensan lo uno con lo otro
Habían sido los méritos de Horacio grandísimos, habiendo con su virtud vencido a los Curiacios: había sido su falta atroz, habiendo matado a la hermana: sin embargo desagradó tanto tal homicidio a los romanos, que lo llevaron a disputar por su vida, no obstante que sus méritos fueran tan grandes y tan recientes. Lo cual, a quien superficialmente lo considerase, parecería un ejemplo de ingratitud popular: sin embargo, quien lo examina mejor y con mejor consideración busca cuáles deben ser los órdenes de las repúblicas, censurará a aquel pueblo más bien por haberlo absuelto que por haberlo querido condenar. Y la razón es esta, que ninguna república bien ordenada nunca canceló los deméritos con los méritos de sus ciudadanos; sino que habiendo ordenado premios para una buena obra y penas para una mala y habiendo premiado a uno por haber obrado bien, si ese mismo después obra mal, lo castiga, sin tener consideración alguna hacia sus buenas obras. Y cuando estos órdenes se observan bien, una ciudad vive libre mucho tiempo: de lo contrario siempre arruinará pronto. Porque, si a un ciudadano que haya hecho alguna obra egregia para la ciudad se añade, además de la reputación que aquella cosa le acarrea, una audacia y confianza de poder, sin temer pena, hacer alguna obra no buena, se volverá en breve tiempo tan insolente que se disolverá toda civilidad.
Es realmente necesario, si se quiere que se aplique el castigo por las malas acciones, observar los premios por las buenas, como se vio que hizo Roma. Y aunque una república sea pobre y pueda dar poco, no debe abstenerse de ese poco, porque siempre cualquier pequeño regalo, dado a alguien como recompensa de un bien por grande que sea, será estimado por quien lo recibe como honorable y grandísimo. Es muy conocida la historia de Horacio Cocles, y la de Mucio Escévola: cómo el uno contuvo a los enemigos sobre un puente, mientras se cortaba; el otro se quemó la mano, que había errado, queriendo matar a Porsena, rey de los toscanos. A estos, por estas dos obras tan egregias, les fueron donados por el Estado dos yugadas de tierra para cada uno. Es conocida también la historia de Manlio Capitolino. A este, por haber salvado el Capitolio de los franceses que lo tenían sitiado, le fue dado, por quienes junto con él estaban asediados dentro, una pequeña medida de harina. Este premio, según la fortuna que entonces corría en Roma, fue grande; y de tal naturaleza que, movido después Manlio por la envidia o por su mala naturaleza, a provocar sedición en Roma y procurando ganarse al pueblo, fue, sin respeto alguno a sus méritos, arrojado precipitadamente desde aquel Capitolio que él mismo antes, con tanta gloria suya, había salvado.
Capítulo25Quien quiera reformar un estado antiguo en una ciudad libre, retenga al menos la apariencia de los modos antiguos
Aquel que desea o que quiere reformar un estado de una ciudad, para que sea aceptado y pueda mantenerlo con satisfacción de todos, está obligado a retener al menos la apariencia de los modos antiguos, a fin de que a los pueblos no les parezca haber mudado el orden, aunque, de hecho, los órdenes nuevos fuesen del todo ajenos a los pasados; porque la generalidad de los hombres se alimentan tanto de lo que parece como de lo que es: es más, muchas veces se mueven más por las cosas que parecen que por las que son. Por esta razón los romanos, conociendo al principio de su vida libre esta necesidad, habiendo creado dos cónsules en lugar de un rey, no quisieron que estos tuviesen más que doce lictores, para no pasar el número de los que servían a los reyes. Además de esto, haciéndose en Roma un sacrificio anual, que no podía ser realizado sino por la persona del rey, y queriendo los romanos que aquel pueblo no tuviese que desear por la ausencia de los reyes ninguna cosa de las antiguas; crearon un jefe de dicho sacrificio, al que llamaron Rey de los Sacrificios, y lo sometieron al sumo sacerdote: de manera que aquel pueblo por esta vía vino a satisfacerse de aquel sacrificio, y no tener nunca motivo, por falta de este, de desear el retorno de los reyes. Y esto debe observarse por todos aquellos que quieren borrar un antiguo vivir en una ciudad, y reducirla a un vivir nuevo y libre: porque, alterando las cosas nuevas las mentes de los hombres, debes ingeniarte para que aquellas alteraciones conserven cuanto más de lo antiguo sea posible; y si los magistrados varían, tanto de número como de autoridad y de tiempo, respecto de los antiguos, que al menos conserven el nombre. Y esto, como he dicho, debe observarlo quien quiere ordenar un vivir político, ya sea por vía de república o de reino: pero aquel que quiere hacer una potestad absoluta, la cual por los autores es llamada tiranía, debe renovar cada cosa, como en el siguiente capítulo se dirá.
Capítulo26Un príncipe nuevo, en una ciudad o provincia tomada por él, debe hacer cada cosa nueva
Cualquiera que se convierte en príncipe o de una ciudad o de un estado, y tanto más cuando sus fundamentos fuesen débiles y no se encaminase ni por vía de reino ni de república a la vida civil, el mejor remedio que tenga, para mantener aquel principado, es, siendo él nuevo príncipe, hacer cada cosa, en aquel estado, de nuevo: como es, en las ciudades, hacer nuevos gobiernos con nuevos nombres, con nuevas autoridades, con nuevos hombres; hacer a los ricos pobres, a los pobres ricos como hizo David cuando se convirtió en rey: «a los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos»; edificar, además de esto, nuevas ciudades, deshacer las edificadas, cambiar los habitantes de un lugar a otro; y en suma, no dejar cosa alguna intacta en aquella provincia y que no haya ni grado, ni orden ni estado, ni riqueza, que quien la tiene no la reconozca de ti; y tomar por modelo a Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, el cual, con estos modos, de pequeño rey, se convirtió en príncipe de Grecia. Y quien escribe de él, dice que trasladaba a los hombres de provincia en provincia, como los pastores trasladan sus rebaños. Son estos modos crudelísimos, y enemigos de todo vivir, no solamente cristiano, sino humano; y debe evitarlos cualquier hombre, y querer más bien vivir como particular, que como rey con tanta ruina de los hombres; sin embargo, aquel que no quiere tomar aquella primera vía del bien, cuando quiera mantenerse conviene que entre en este mal. Pero los hombres toman ciertos caminos intermedios, que son dañosísimos; porque no saben ser ni del todo malos ni del todo buenos: como en el siguiente capítulo, por ejemplo, se mostrará.
Capítulo27Saben rarísimas veces los hombres ser del todo malos o del todo buenos
El papa Julio segundo, yendo en 1505 a Bolonia, para expulsar de aquel estado a la casa de los Bentivoglio, que había tenido el principado de aquella ciudad cien años, quería también sacar a Giampaolo Baglioni de Perugia, de la cual era tirano, como aquel que había conspirado contra todos los tiranos que ocupaban las tierras de la Iglesia. Y habiendo llegado cerca de Perugia con este ánimo y deliberación, nota a todos, no esperó a entrar en aquella ciudad con su ejército, que lo guardase, sino que entró desarmado, no obstante que estuviese dentro Giampaolo con gente bastante, que para su defensa había reunido. De modo que, llevado por aquel furor con el cual gobernaba todas las cosas, con la simple guardia suya se puso en manos del enemigo; el cual después se lo llevó consigo, dejando un gobernador en aquella ciudad, que administrase justicia para la Iglesia. Fue notada, por los hombres prudentes que con el papa estaban, la temeridad del papa y la cobardía de Giampaolo; ni podían estimar de dónde viniese que aquel no hubiese, con su fama perpetua, aplastado de un golpe a su enemigo, y a sí mismo enriquecido de botín, estando con el papa todos los cardenales, con todas sus delicias. Ni se podía creer que se hubiese abstenido por bondad o por conciencia que lo retuviese; porque en un pecho de un hombre facineroso, que se tenía a la hermana, que había matado a los primos y a los sobrinos para reinar, no podía descender ningún respeto piadoso: sino que se concluyó que nacía de que los hombres no saben ser honorablemente malos, o perfectamente buenos, y, como una maldad tiene en sí grandeza, o es en alguna parte generosa, no saben entrar en ella. Así Giampaolo, que no estimaba ser incestuoso y público parricida, no supo, o, por mejor decir, no se atrevió, teniendo justa ocasión, hacer una empresa, donde todos hubiesen admirado su ánimo, y hubiese de sí dejado memoria eterna, siendo el primero que hubiese demostrado a los prelados, cuán poco es de estimar quien vive y reina como ellos y hubiese hecho una cosa, cuya grandeza hubiese superado toda infamia, todo peligro, que de aquella pudiese depender.
Capítulo28Por qué causa los romanos fueron menos ingratos contra sus ciudadanos que los atenienses
Cualquiera que lea las cosas hechas por las repúblicas, encontrará en todas alguna especie de ingratitud contra sus ciudadanos: pero encontrará menos en Roma que en Atenas, y por ventura en cualquier otra república. Y buscando la causa de esto, hablando de Roma y de Atenas creo que sucedió porque los romanos tenían menos causa de sospechar de sus ciudadanos, que los atenienses. Porque en Roma, hablando de ella desde la expulsión de los reyes hasta Sila y Mario, nunca fue quitada la libertad por algún ciudadano suyo de modo que en ella no había gran causa de sospechar de ellos, y, por consiguiente, de ofenderlos inconsideradamente. Sucedió bien lo contrario en Atenas; porque, habiéndole sido quitada la libertad por Pisístrato en su tiempo más florido, y bajo un engaño de bondad; cuando primero se volvió después libre, recordando las injurias recibidas y la pasada servidumbre, se volvió prontísima vengadora, no solamente de los errores, sino de la sombra de los errores de sus ciudadanos. De ahí nació el exilio y la muerte de tantos hombres excelentes, de ahí el orden del ostracismo, y toda otra violencia que contra sus optimates en varios tiempos por aquella ciudad fue hecha. Y es muy verdadero aquello que dicen estos escritores de la civilidad: que los pueblos muerden más fieramente después que han recuperado la libertad, que después que la han conservado. Quien considerase, pues, cuanto se ha dicho, no censurará en esto a Atenas, ni alabará a Roma; sino que acusará solo la necesidad, por la diversidad de los accidentes que en estas ciudades nacieron. Porque se verá, quien considere las cosas sutilmente que, si a Roma le hubiese sido quitada la libertad como a Atenas, no habría sido Roma más piadosa hacia sus ciudadanos, de lo que fue aquella. De lo cual se puede hacer muy verdadera conjetura por lo que ocurrió, después de la expulsión de los reyes, contra Colatino y contra Publio Valerio: de los cuales el primero, aunque se encontrase en la liberación de Roma, fue enviado al exilio no por otra causa que por tener el nombre de los Tarquinios; el otro, habiendo solo dado de sí sospecha por edificar una casa en el monte Celio, estuvo también a punto de ser hecho exiliado. De modo que se puede estimar, visto cuánto Roma fue en estos dos sospechosa y severa, que habría usado la ingratitud como Atenas, si por sus ciudadanos como aquella, en los primeros tiempos y antes de su aumento, hubiese sido injuriada. Y para no tener que volver más sobre esta materia de la ingratitud, diré, lo que ocurra de ella, en el siguiente capítulo.
Capítulo29Quién es más ingrato, un pueblo o un príncipe
Me parece oportuno, a propósito de la materia antes mencionada, discutir quién practica con mayores ejemplos esta ingratitud, si un pueblo o un príncipe. Y para debatir mejor esta cuestión, digo que este vicio de la ingratitud nace de la avaricia o de la sospecha. Porque, cuando un pueblo o un príncipe ha enviado fuera a uno de sus capitanes en una expedición importante, donde ese capitán, al vencerla, ha adquirido mucha gloria, ese príncipe o ese pueblo está obligado por su parte a premiarlo: y si, en lugar de premio, lo deshonra o lo ofende, movido por la avaricia, al no querer, retenido por esta codicia, recompensarlo, comete un error que no tiene excusa, más aún, se acarrea una infamia eterna. Sin embargo, se encuentran muchos príncipes que pecan en esto. Y Cornelio Tácito dice, con esta sentencia, la causa: «Es más fácil devolver injuria que beneficio, porque la gratitud se considera carga, la venganza ganancia». Pero cuando no lo premia, o, mejor dicho, lo ofende, no movido por avaricia sino por sospecha, entonces merece, tanto el pueblo como el príncipe, alguna excusa. Y de estas ingratitudes, practicadas por tal motivo, se lee bastante: porque aquel capitán que virtuosamente ha conquistado un imperio para su señor, superando a los enemigos, y llenándose a sí mismo de gloria y a sus soldados de riquezas, necesariamente, tanto con sus soldados como con los enemigos y con los propios súbditos de ese príncipe, adquiere tanta reputación, que esa victoria no puede resultar grata a aquel señor que lo ha enviado. Y porque la naturaleza de los hombres es ambiciosa y suspicaz, y no sabe poner límite a ninguna de sus fortunas, es imposible que esa sospecha que inmediatamente nace en el príncipe tras la victoria de su capitán, no sea acrecentada por el mismo mediante algún modo o gesto usado insolentemente. De manera que el príncipe no puede pensar en otra cosa que asegurarse contra él: y, para hacer esto, piensa en hacerlo morir o en quitarle la reputación que se ha ganado en su ejército o en sus pueblos; y con toda diligencia mostrar que esa victoria no nació de la virtud de aquel sino de la fortuna, o de la cobardía de los enemigos, o de la prudencia de los otros jefes que estuvieron con él en tal acción. Cuando Vespasiano, estando en Judea, fue declarado emperador por su ejército, Antonio Primo, que se encontraba con otro ejército en Iliria, tomó su partido, y vino a Italia contra Vitelio, que reinaba en Roma, y muy virtuosamente derrotó dos ejércitos vitelianos, y ocupó Roma, de manera que Muciano, enviado por Vespasiano, encontró, por la virtud de Antonio, conquistado todo, y vencida toda dificultad. El premio que Antonio obtuvo, fue que Muciano le quitó enseguida la obediencia del ejército, y poco a poco lo redujo en Roma sin ninguna autoridad: de manera que Antonio fue a encontrar a Vespasiano, que aún estaba en Asia, por quien fue recibido de tal modo, que, en breve tiempo, reducido a ningún grado, casi desesperado murió. Y de estos ejemplos están llenas las historias. En nuestros tiempos, todos los que viven en el presente saben con cuánta diligencia y virtud Gonzalo Fernández, militando en el reino de Nápoles contra los franceses, por Fernando rey de Aragón, conquistó y venció aquel reino; y cómo, por premio de victoria, obtuvo que Fernando partió de Aragón, y, venido a Nápoles, primero le quitó la obediencia de la gente de armas, luego le quitó las fortalezas, y después se lo llevó consigo a España; donde, poco tiempo después, deshonrado, murió. Es tan natural, pues, esta sospecha en los príncipes, que no pueden defenderse de ella; y es imposible que ellos usen gratitud con aquellos que con victoria han hecho, bajo sus insignias, grandes conquistas.
Y de aquello que no se defiende un príncipe, no es milagro, ni cosa digna de mayor memoria, si un pueblo no se defiende de ello. Porque, teniendo una ciudad que vive libre dos fines, uno el adquirir, el otro el mantenerse libre, conviene que en una cosa y en la otra por demasiado amor se equivoque. En cuanto a los errores en el adquirir, se dirá en su lugar. En cuanto a los errores por mantenerse libre, son, entre otros, estos: ofender a aquellos ciudadanos a los que debería premiar; tener sospecha de aquellos en quienes debería confiar. Y aunque estos modos en una república llegada a la corrupción sean causa de grandes males, y que muchas veces más bien la lleva a la tiranía, como sucedió en Roma con César, que por la fuerza se tomó lo que la ingratitud le negaba; sin embargo en una república no corrompida son causa de grandes bienes, y hacen que ella viva libre más tiempo; manteniéndose, por miedo al castigo, los hombres mejores y menos ambiciosos. Verdad es que entre todos los pueblos que jamás tuvieron imperio, por las razones antes discutidas, Roma fue el menos ingrato: porque de su ingratitud se puede decir que no hay otro ejemplo que el de Escipión; porque Coriolano y Camilo fueron desterrados por la injuria que uno y otro habían hecho a la plebe. Pero al uno no se le perdonó, por haber conservado siempre contra el pueblo el ánimo enemigo; el otro, no solamente fue llamado de vuelta, sino que durante todos los tiempos de su vida fue adorado como príncipe. Pero la ingratitud usada con Escipión nació de una sospecha que los ciudadanos comenzaron a tener de él, que de los otros no se había tenido: la cual nació de la grandeza del enemigo que Escipión había vencido, de la reputación que le había dado la victoria de tan larga y peligrosa guerra, de la celeridad de esta, de los favores que la juventud, la prudencia, y las otras sus memorables virtudes le proporcionaban. Las cuales cosas fueron tantas, que, sin ir más lejos, los magistrados de Roma temían de su autoridad: cosa que disgustaba a los hombres sabios, como cosa inusitada en Roma. Y pareció tan extraordinaria su manera de vivir, que Catón Prisco, reputado santo, fue el primero en hacerle frente, y en decir que una ciudad no se podía llamar libre, donde había un ciudadano que fuese temido por los magistrados. De manera que si el pueblo de Roma siguió en este caso la opinión de Catón, merece aquella excusa que arriba he dicho que merecen aquellos pueblos y aquellos príncipes que por sospecha son ingratos. Concluyendo pues este discurso, digo que, usándose este vicio de la ingratitud por avaricia o por sospecha, se verá cómo los pueblos nunca por avaricia la usaron, y por sospecha mucho menos que los príncipes, teniendo menos motivo de sospechar: como más adelante se dirá.
Capítulo30Qué modos debe usar un príncipe o una república para huir de este vicio de la ingratitud; y cuáles aquel capitán o aquel ciudadano para no ser oprimido por ella
Un príncipe, para huir de esta necesidad de tener que vivir con sospecha, o ser ingrato, debe personalmente ir a las expediciones, como hacían al principio aquellos emperadores romanos, como hace en nuestros tiempos el Turco, y como han hecho y hacen aquellos que son virtuosos. Porque, venciendo, la gloria y la conquista es toda suya, y cuando ellos no están, siendo la gloria de otros, no les parece poder usar esa conquista, si no apagan en otros esa gloria que ellos no han sabido ganarse; y se vuelven ingratos e injustos: y sin duda es mayor su pérdida que la ganancia. Pero cuando, por negligencia o por poca prudencia, se quedan en casa ociosos, y envían a un capitán; yo no tengo qué precepto darles, más que lo que por sí mismos saben. Pero digo ciertamente a ese capitán, juzgando yo que no puede huir de los mordiscos de la ingratitud, que haga una de estas dos cosas: o inmediatamente después de la victoria deje el ejército, y se ponga en manos de su príncipe, guardándose de todo acto insolente o ambicioso, para que aquel, despojado de toda sospecha, tenga motivo de premiarlo o de no ofenderlo; o, cuando esto no le parezca hacerlo, tome animosamente la parte contraria, y siga todos aquellos modos por los cuales crea que esa conquista sea suya propia y no del príncipe suyo, haciéndose benévolos los soldados y los súbditos; y haga nuevas amistades con los vecinos, ocupe con sus hombres las fortalezas, corrompa a los principales de su ejército, y de aquellos que no puede corromper se asegure; y por estos modos intente castigar a su señor de esa ingratitud que este le usaría. Otras vías no hay: pero, como arriba se dijo, los hombres no saben ser ni del todo malvados, ni del todo buenos; y siempre sucede que, inmediatamente después de la victoria, dejar el ejército no quieren, comportarse modestamente no pueden, usar modos violentos y que tengan en sí lo honorable no saben; de manera que, estando ambiguos, entre esa su demora y ambigüedad, son oprimidos.
En cuanto a una república, queriendo huir de este vicio de la ingratitud, no se le puede dar el mismo remedio que al príncipe; es decir, que vaya él mismo y no envíe a otros en sus expediciones, pues ella está obligada a enviar a uno de sus ciudadanos. Conviene, por tanto, que como remedio yo le diga que mantenga los mismos modos que mantuvo la República romana para ser menos ingrata que las demás. Lo cual nació de los modos de su gobierno. Porque, empleándose toda la ciudad, tanto los nobles como los plebeyos, en la guerra, surgían siempre en Roma en cada época tantos hombres virtuosos y adornados con varias victorias, que el pueblo no tenía motivo para desconfiar de ninguno de ellos, siendo muchos y vigilándose unos a otros. Y de tal modo se mantenían íntegros y respetuosos de no dar sombra de ambición alguna ni dar motivo al pueblo, como ambiciosos, para ofenderlo, que, cuando llegaban a la dictadura, mayor gloria obtenía quien más pronto la dejaba. Y así, no pudiendo tales modos generar sospechas, no generaban ingratitud. De modo que una república que no quiera tener motivo de ser ingrata debe gobernarse como Roma, y un ciudadano que quiera huir de sus mordiscos debe observar los límites observados por los ciudadanos romanos.
Capítulo31Que los capitanes romanos por error cometido nunca fueron castigados extraordinariamente; ni fueron nunca castigados cuando por su ignorancia o malas decisiones tomadas por ellos se hubieran seguido daños a la república
Los romanos no solamente, como hemos discutido arriba, fueron menos ingratos que las demás repúblicas, sino que fueron también más piadosos y más respetuosos en el castigo de sus capitanes de los ejércitos que cualquier otra. Porque si su error había sido por malicia, lo castigaban humanamente; si era por ignorancia, no solo no lo castigaban, sino que lo premiaban y honraban. Este modo de proceder estaba bien pensado por ellos: porque juzgaban que era de tanta importancia, para quienes gobernaban sus ejércitos, tener el ánimo libre y expedito, y sin otros respetos extrínsecos al tomar las decisiones, que no querían añadir, a una cosa de por sí difícil y peligrosa, nuevas dificultades y peligros; pensando que, añadiéndoselos, nadie podría actuar nunca virtuosamente. Por ejemplo, enviaban un ejército a Grecia contra Filipo de Macedonia, o a Italia contra Aníbal, o contra aquellos pueblos que vencieron antes. Este capitán que estaba al frente de tal expedición se angustiaba por todas aquellas preocupaciones que traían consigo aquellos asuntos, los cuales son graves e importantísimos. Ahora bien, si a tales preocupaciones se hubieran añadido más ejemplos de romanos a quienes ellos hubieran crucificado o dado muerte de otro modo por haber perdido las batallas, habría sido imposible que aquel capitán entre tantas sospechas pudiera deliberar esforzadamente. Por eso, juzgando ellos que para estos tales era suficiente pena la ignominia de haber perdido, no quisieron con otra pena mayor atemorizarlos.
Un ejemplo tenemos, en cuanto al error cometido no por ignorancia. Estaban Sergio y Virginio acampados en Veyes, cada uno al frente de una parte del ejército; de los cuales Sergio estaba en el lado por donde podían venir los toscanos, y Virginio en la otra parte. Ocurrió que, siendo asaltado Sergio por los faliscos y otros pueblos, soportó ser derrotado y puesto en fuga antes que pedir ayuda a Virginio. Y por otra parte Virginio, esperando que se humillara, quiso más bien ver el deshonor de su patria y la ruina de aquel ejército, que socorrerlo. Caso verdaderamente malvado y digno de ser notado, y que haría suponer mal de la República romana, si uno u otro no hubieran sido castigados. Verdad es que, donde otra república los habría castigado con pena capital, aquella los castigó en dinero. Lo cual sucedió no porque sus pecados no merecieran mayor castigo, sino porque los romanos quisieron en este caso, por las razones ya dichas, mantener sus antiguas costumbres. Y en cuanto a los errores por ignorancia, no hay ejemplo más bello que el de Varrón: por cuya temeridad siendo derrotados los romanos en Cannas por Aníbal, donde aquella República corrió peligro de perder su libertad; sin embargo, porque hubo ignorancia y no malicia, no solo no lo castigaron sino que lo honraron; y le salió al encuentro, en su regreso a Roma, todo el orden senatorial: y no pudiendo agradecerle la batalla, le agradecieron que hubiera vuelto a Roma y no se hubiera desesperado de las cosas romanas. Cuando Papirio Cursor quería hacer morir a Fabio por haber, contra su mandato, combatido con los samnitas; entre las otras razones que el padre de Fabio aducía contra la obstinación del dictador, estaba que el pueblo romano en ninguna derrota de sus capitanes había hecho nunca lo que Papirio en las victorias quería hacer.
Capítulo32Una república o un príncipe no debe diferir el beneficiar a los hombres en sus necesidades
Aunque a los romanos les sucedió felizmente ser liberales con el pueblo, sobreviniendo el peligro, cuando Porsena vino a asaltar Roma para restablecer a los Tarquinos; donde el Senado, dudando de la plebe, temiendo que no quisiera más bien aceptar a los reyes que sostener la guerra, para asegurarse la eximió de los impuestos de la sal y de toda carga, diciendo que los pobres bastante hacían en beneficio público si alimentaban a sus hijos; y que por este beneficio aquel pueblo se expusiera a soportar asedio, hambre y guerra; que nadie, confiándose en este ejemplo, difiera en los tiempos de peligros ganarse al pueblo; porque nunca le resultará lo que resultó a los romanos. Porque el común juzgará no tener aquel bien de ti, sino de tus adversarios, y debiendo temer que, pasada la necesidad, tú le quites aquello que forzadamente le has dado, no tendrá obligación alguna contigo. Y la razón de que a los romanos les saliera bien esta decisión fue que el estado era nuevo y no aún firme; y había visto aquel pueblo cómo antes se habían hecho leyes en su beneficio, como aquella de la apelación a la plebe; de modo que pudo persuadirse de que aquel bien que se le hacía no era tanto causado por la venida de los enemigos, cuanto por la disposición del Senado de beneficiarlo. Además de esto, la memoria de los reyes estaba fresca, por quienes habían sido de muchos modos vilipendiados e injuriados. Y porque tales causas ocurren raras veces, ocurrirá también raras veces que tales remedios sirvan. Por eso, debe quien tenga estado, así república como príncipe, considerar antes qué tiempos contrarios pueden venirle encima, y de qué hombres en los tiempos adversos puede tener necesidad; y luego vivir con ellos en aquel modo que juzga, sobreviniendo cualquier caso, ser necesario vivir. Y quien se gobierna de otro modo, o príncipe o república, y especialmente un príncipe, y luego en el momento cree, cuando el peligro sobreviene, con beneficios recuperar a los hombres, se engaña: porque no solo no se asegura con ello, sino que acelera su ruina.
Capítulo33Cuando un inconveniente ha crecido o en un estado o contra un estado, es más saludable decisión contemporizar con él que combatirlo
Creciendo la República romana en reputación, fuerzas e imperio, los vecinos, quienes antes no habían pensado cuánto daño aquella nueva república podría acarrearles, comenzaron, pero tarde, a reconocer su error; y queriendo remediar aquello a lo que antes no habían remediado, conspiraron bien cuarenta pueblos contra Roma: de donde los romanos entre los otros remedios acostumbrados a tomarse por ellos en los peligros urgentes, se dispusieron a crear el Dictador, es decir, dar potestad a un hombre que sin consulta alguna pudiera deliberar, y sin apelación alguna pudiera ejecutar sus deliberaciones. Este remedio, como entonces fue útil y fue causa de que vencieran los peligros inminentes, así fue siempre utilísimo en todos aquellos accidentes que, en el aumento del imperio, en cualquier tiempo surgieron contra la República.
Sobre este acontecimiento hay que discurrir primero cómo, cuando un inconveniente que surge en una república o contra una república, causado por motivo intrínseco o extrínseco, se ha vuelto tan grande que empieza a dar miedo a todos, es un camino mucho más seguro contemporizar con él que intentar extinguirlo. Porque casi siempre quienes intentan sofocarlo aumentan sus fuerzas y aceleran el mal que de él se sospechaba. Y estos incidentes similares nacen en la república más a menudo por causa intrínseca que extrínseca: donde muchas veces, o bien se deja que un ciudadano adquiera más poder del razonable, o bien se empieza a corromper una ley que es el nervio y la vida del vivir libre; y se deja proseguir este error hasta tal punto que es más dañino remediarlo que dejarlo seguir. Y es tanto más difícil reconocer estos inconvenientes cuando nacen cuanto que parece más natural a los hombres favorecer siempre los principios de las cosas: y tales favores pueden darse, más que en ninguna otra cosa, en las obras que parecen tener en sí alguna virtud y son realizadas por jóvenes. Porque si en una república se ve surgir a un joven noble que tiene en sí virtud extraordinaria, todos los ojos de los ciudadanos empiezan a volverse hacia él y concurren, sin ningún respeto, a honrarlo; de modo que, si en él hay un punto de ambición, aunados los favores que le da la naturaleza y este acontecimiento, llega enseguida a un lugar tal que, cuando los ciudadanos se dan cuenta de su error, tienen pocos remedios para impedirlo y queriendo aplicar los muchos que tienen, no hacen sino acelerar su poder.
De esto se podrían aducir bastantes ejemplos, pero yo quiero dar solo uno de nuestra ciudad. Cosme de Médici, de quien la casa de los Médici en nuestra ciudad tuvo el principio de su grandeza, llegó a tanta reputación con el favor que le dio su prudencia y la ignorancia de los demás ciudadanos, que empezó a infundir miedo al Estado, de modo que los otros ciudadanos juzgaban ofenderlo peligroso y dejarlo estar así, peligrosísimo. Pero viviendo en aquellos tiempos Nicolás de Uzzano, que en las cosas civiles era tenido por hombre expertísimo, y habiendo cometido el primer error de no reconocer los peligros que de la reputación de Cosme podían nacer, mientras vivió nunca permitió que se cometiera el segundo, es decir, que se intentara eliminarlo; juzgando tal intento la ruina total de su Estado; como se vio de hecho que fue, después de su muerte: porque, no observando aquellos ciudadanos que quedaron este consejo suyo, se hicieron fuertes contra Cosme y lo echaron de Florencia. De donde nació que su partido, resentido por esta injuria, poco después lo llamó de vuelta y lo hizo príncipe de la república: grado al cual sin aquella manifiesta oposición nunca habría podido llegar.
Esto mismo sucedió en Roma con César, que, favorecido por Pompeyo y por los otros en su virtud, se convirtió poco después ese favor en miedo: de lo cual da testimonio Cicerón, diciendo que Pompeyo había empezado tarde a temer a César. Cuyo miedo hizo que pensaran en los remedios; y los remedios que hicieron aceleraron la ruina de su República.
Digo, pues, que puesto que es difícil reconocer estos males cuando surgen, causada esta dificultad por un engaño que te hacen las cosas al principio, es más sabio camino contemporizarlos una vez que se los conoce que combatirlos: porque, contemporizándolos, o por sí mismos se extinguen, o al menos el mal se difiere a un tiempo más largo. Y en todas las cosas deben abrir los ojos los príncipes que piensan cancelarlas u oponerse a su fuerza e ímpetu; de no darles, en lugar de detrimento, aumento; y, creyendo empujar una cosa, traérsela detrás, o bien creyendo sofocar una planta, regarla. Sino que se deben considerar bien las fuerzas del mal y cuando te ves suficiente para sanarlo, ponerte en ello sin respeto; de otro modo dejarlo estar y no intentarlo de ningún modo. Porque sucedería, como más arriba se discurre, como sucedió a los vecinos de Roma: a quienes, habiendo crecido Roma tanto en potencia, les era más saludable con los modos de la paz procurar placarla y retenerla atrás que con los modos de la guerra hacerle pensar en nuevos órdenes y nuevas defensas. Porque aquella conjura suya no hizo sino hacerlos más unidos, más vigorosos, y pensar en modos nuevos mediante los cuales en más breve tiempo ampliaron su poder. Entre los cuales estuvo la creación del Dictador; por cuyo nuevo orden no solo superaron los peligros inminentes sino que fue causa de evitar infinitos males en los cuales sin aquel remedio aquella república habría incurrido.
Capítulo34La autoridad dictatorial hizo bien, y no daño, a la República romana: y cómo las autoridades que los ciudadanos se toman, no aquellas que les son dadas por los sufragios libres, son perniciosas para la vida civil
Han sido censurados por algún escritor aquellos romanos que hallaron en aquella ciudad modo de crear el Dictador, como cosa que fuera causa, con el tiempo, de la tiranía de Roma; alegando que el primer tirano que hubo en aquella ciudad la mandó bajo este título dictatorial; diciendo que, si no hubiera existido esto, César no habría podido bajo ningún título público honestificar su tiranía. Esta cosa no fue bien examinada por quien tiene esta opinión, y fue creída fuera de toda razón. Porque no fue el nombre ni el grado del Dictador lo que hizo esclava a Roma, sino la autoridad tomada por los ciudadanos por la prolongación del mando: y si en Roma hubiera faltado el nombre dictatorial, habrían tomado otro; porque son las fuerzas las que fácilmente se adquieren los nombres, no los nombres las fuerzas. Y se ve que el Dictador, mientras fue nombrado según los órdenes públicos y no por autoridad propia, siempre hizo bien a la ciudad. Porque dañan a las repúblicas los magistrados que se hacen y la autoridad que se dan por vías extraordinarias, no aquellas que vienen por vías ordinarias: como se ve que sucedió en Roma, en tan largo proceso de tiempo, que nunca ningún Dictador hizo sino bien a la República.
De lo cual hay razones evidentísimas. Primera, porque para que un ciudadano pueda ofender y tomarse autoridad extraordinaria, conviene que tenga muchas cualidades que en una república no corrompida no puede nunca tener: porque tiene que ser riquísimo y tener muchos adeptos y partidarios, que no puede tener donde las leyes se observan; y aunque los tuviera, tales hombres son de modo tan formidable que los sufragios libres no concurren en ellos. Además de esto, el Dictador era nombrado temporalmente y no a perpetuidad, y para evitar solamente aquella causa por la cual era creado; y su autoridad se extendía en poder deliberar por sí mismo acerca de los remedios a aquel peligro urgente, y hacer toda cosa sin consulta, y castigar a cualquiera sin apelación: pero no podía hacer cosa que fuera en disminución del Estado; como habría sido quitar autoridad al Senado o al Pueblo, deshacer los órdenes viejos de la ciudad y hacer otros nuevos. De modo que, reunido el breve tiempo de su dictadura y la autoridad limitada que tenía, y el pueblo romano no corrompido, era imposible que saliera de sus términos y dañara a la ciudad: y por experiencia se ve que siempre fue provechoso.
Y verdaderamente, entre los demás órdenes romanos, este es uno que merece ser considerado y contado entre aquellos que fueron causa de la grandeza de tan grande imperio; porque sin un orden semejante las ciudades con dificultad saldrán de los accidentes extraordinarios. Porque los órdenes acostumbrados en las repúblicas tienen un movimiento lento (no pudiendo ningún consejo ni ningún magistrado por sí mismo obrar cada cosa, sino que en muchas cosas tienen necesidad el uno del otro, y porque en reunir juntas estas voluntades va tiempo) sus remedios son peligrosísimos, cuando tienen que remediar algo que no espera tiempo. Y por eso las repúblicas deben tener entre sus órdenes un modo semejante: y la República veneciana, que entre las repúblicas modernas es excelente, ha reservado autoridad a pocos ciudadanos, que en las necesidades urgentes, sin mayor consulta, todos de acuerdo puedan deliberar. Porque cuando en una república falta un modo semejante, es necesario, o, observando los órdenes, arruinarse, o, para no arruinarse, romperlos. Y en una república nunca debería suceder cosa que con modos extraordinarios tuviera que gobernarse. Porque, aunque el modo extraordinario por entonces hiciera bien, sin embargo el ejemplo hace mal; porque se pone una usanza de romper los órdenes para bien, que luego, bajo ese color, se rompen para mal. Así que nunca será perfecta una república, si con sus leyes no ha provisto a todo, y a cada accidente puesto el remedio, y dado el modo de gobernarlo. Y por eso, concluyendo, digo que aquellas repúblicas que en los peligros urgentes no tienen refugio en el dictador o en autoridades semejantes, siempre en los graves accidentes se arruinarán. Hay que notar en este nuevo orden el modo de elegirlo, cuán sabiamente fue provisto por los romanos. Porque, siendo la creación del dictador con alguna vergüenza de los cónsules, teniendo, de jefes de la ciudad, que ponerse bajo una obediencia como los demás; y presuponiendo que de esto tuviera que nacer indignación entre los ciudadanos; quisieron que la autoridad de elegirlo estuviera en los cónsules: pensando que, cuando llegara el accidente en que Roma tuviera necesidad de esta potestad regia, ellos lo hicieran de buena gana y haciéndolo ellos, que les doliera menos. Porque las heridas y cualquier otro mal que el hombre se hace a sí mismo espontáneamente y por elección, duelen mucho menos que aquellas que te son hechas por otros. Aunque después en los últimos tiempos los romanos usaran, en lugar del dictador, dar tal autoridad al cónsul, con estas palabras: «Que el cónsul vele para que la República no reciba ningún daño». Y para volver a nuestra materia, concluyo, que los vecinos de Roma, buscando oprimirlos, les hicieron ordenarse, no solamente para poder defenderse, sino para poder, con más fuerza, más consejo y más autoridad, ofenderlos.
Capítulo35La razón por la cual la creación en Roma del decemvirato fue nociva a la libertad de aquella república, no obstante que fue creado por sufragios públicos y libres
Parece contrario a lo que arriba se ha discutido, que aquella autoridad que se ocupa con violencia, no aquella que es dada con los sufragios, daña a las repúblicas, la elección de los diez ciudadanos creados por el pueblo romano para hacer las leyes en Roma: los cuales con el tiempo se volvieron tiranos, y sin ningún respeto ocuparon la libertad de aquella. Donde se deben considerar los modos de dar la autoridad y el tiempo por el que se da. Y cuando se da autoridad libre, con tiempo largo, llamando el tiempo largo un año o más, siempre será peligrosa, y hará los efectos o buenos o malos, según que sean malos o buenos aquellos a quienes será dada. Y si se considera la autoridad que tuvieron los diez, y aquella que tenían los dictadores, se verá, sin comparación, aquella de los diez mayor. Porque, creado el dictador, quedaban los tribunos, los cónsules, el senado, con su autoridad; ni el dictador podía quitársela: y si él hubiera podido privar, a uno del consulado, a uno del senado, no podía anular el orden senatorio, y hacer nuevas leyes. De modo que el senado, los cónsules, los tribunos, quedando con su autoridad, venían a ser como su guardia, para hacerlo no salir del camino recto. Pero en la creación de los diez ocurrió todo lo contrario: porque ellos anularon los cónsules y los tribunos; les dieron autoridad de hacer leyes, y cualquier otra cosa, como el pueblo romano. Así que, encontrándose solos, sin cónsules, sin tribunos, sin apelación al pueblo; y por esto no teniendo quien los observara, ellos pudieron, el segundo año, movidos por la ambición de Apio, volverse insolentes. Y por esto se debe notar, que, cuando se ha dicho que una autoridad, dada por sufragios libres, nunca ofendió a ninguna república, se presupone que un pueblo no se conduce nunca a darla, sino con las debidas circunstancias y en los debidos tiempos: pero cuando, o por ser engañado, o por cualquier otra causa que lo cegara, se conduce a darla imprudentemente, y del modo que el pueblo romano la dio a los diez, le sucederá siempre como a aquel. Esto se prueba fácilmente, considerando qué causas mantuvieron buenos a los dictadores, y cuáles hicieron malos a los diez; y considerando además, cómo han hecho aquellas repúblicas que han sido tenidas bien ordenadas, al dar la autoridad por largo tiempo, como daban los espartanos a sus reyes, y como dan los venecianos a sus duques: porque se verá, a uno y a otro modo de estos estar puestas guardias, que hacían que no podían usar mal aquella autoridad. Ni ayuda, en este caso, que la materia no sea corrupta; porque una autoridad absoluta en brevísimo tiempo corrompe la materia y se hace amigos y partidarios. Ni le daña, o ser pobre, o no tener parientes; porque las riquezas y cualquier otro favor enseguida le corren detrás: como particularmente en la creación de dichos diez discurriremos.
Capítulo36No deben los ciudadanos, que han tenido los mayores honores, desdeñar los menores
Habían hecho los romanos a Marco Fabio y a Gayo Manilio cónsules, y ganado una gloriosísima jornada contra los veyentes y los etruscos; en la cual fue muerto Quinto Fabio, hermano del cónsul, que el año anterior había sido cónsul. Donde se debe considerar cuánto los órdenes de aquella ciudad eran aptos para hacerla grande; y cuánto las otras repúblicas, que se apartan de sus modos, se engañan. Porque, aunque los romanos eran grandes amantes de la gloria, sin embargo no estimaban tan deshonroso obedecer ahora a quien otra vez ellos habían mandado, y encontrarse a servir en aquel ejército del cual habían sido jefes. Esta costumbre es contraria a la opinión, órdenes y modos de los ciudadanos de los tiempos nuestros: y en Venecia está todavía este error, que un ciudadano, habiendo tenido un grado grande, se avergüence de aceptar uno menor; y la ciudad le consiente que pueda apartarse. Lo cual, cuando fuera honorable para el privado, es del todo inútil para el público. Porque más esperanza debe tener una república, y más confiar en un ciudadano que de un grado grande baje a gobernar uno menor que en aquel que de uno menor suba a gobernar uno mayor. Porque a este no se le puede razonablemente creer, si no se ven hombres alrededor, que sean de tanta reverencia o de tanta virtud que la novedad de aquel pueda ser, con el consejo y autoridad de ellos, moderada. Y cuando en Roma hubiera sido la costumbre que hay en Venecia y en las otras repúblicas y reinos modernos, que quien había sido una vez cónsul no quisiera ya más ir a los ejércitos sino como cónsul, habrían nacido infinitas cosas en desfavor del vivir libre; y por los errores que habrían hecho los hombres nuevos, y por la ambición que ellos habrían podido usar mejor, no teniendo hombres alrededor, en cuya presencia temieran errar; y así habrían venido a ser más desenfrenados: lo que habría resultado todo en detrimento público.
Capítulo37Qué escándalos parió en Roma la ley agraria; y cómo hacer una ley en una república, que mire muy atrás, y sea contra una costumbre antigua de la ciudad, es escandalosísimo
Es sentencia de los antiguos escritores, que los hombres suelen afligirse en el mal y hastiarse en el bien; y que de una y de la otra de estas dos pasiones nacen los mismos efectos. Porque, cuando quiera que se quite a los hombres el combatir por necesidad, combaten por ambición; la cual es tan potente en los pechos humanos, que nunca, a cualquier grado que suban, los abandona. La causa es, porque la naturaleza ha creado a los hombres de modo que pueden desear cada cosa, y no pueden conseguir cada cosa: así que, siendo siempre mayor el deseo que la potencia de adquirir, resulta el mal contentamiento de lo que se posee, y la poca satisfacción de ello. De esto nace el variar de su fortuna: porque, deseando los hombres, parte tener más, parte temiendo no perder lo adquirido, se viene a las enemistades y a la guerra; de la cual nace la ruina de aquella provincia y la exaltación de aquella otra. Este discurso he hecho, porque a la plebe romana no le bastó asegurarse de los nobles por la creación de los tribunos, al cual deseo fue obligada por necesidad; que ella, apenas obtenido aquello, comenzó a combatir por ambición, y querer con la nobleza dividir los honores y las sustancias, como cosa estimada más por los hombres. De esto nació el morbo que parió la contención de la ley agraria, que al fin fue causa de la destrucción de la república. Y porque las repúblicas bien ordenadas tienen que tener rico el público y a sus ciudadanos, pobres, convino que hubiera en la ciudad de Roma defecto en esta ley: la cual o no fue hecha en el principio de modo que no tuviera que retocarse cada día, o que se difiriera tanto en hacerla, que fuera escandaloso el mirarse atrás o, siendo ordenada bien desde el principio, había sido luego por el uso corrompida, así que de cualquier modo que fuera, nunca se habló de esta ley en Roma, que aquella ciudad no anduviera patas arriba.
Esta ley tenía dos puntos principales. Por uno se disponía que ningún ciudadano pudiera poseer más de tantos yugos de tierra; por el otro, que los campos de los que se privaba a los enemigos se repartieran entre el pueblo romano. Venía por tanto a hacer dos tipos de ofensas a los nobles: porque aquellos que poseían más bienes de los que permitía la ley (que eran la mayor parte de los nobles), tenían que verse privados de ellos, y repartiéndose entre la plebe los bienes de los enemigos, se les quitaba a aquellos la vía de enriquecerse. De modo que, viniendo a ser estas ofensas contra hombres poderosos, y pareciéndoles a ellos, al oponerse, defender el bien público, cada vez que, como se ha dicho, se proponía, toda la ciudad se ponía patas arriba: y los nobles con paciencia e industria la iban demorando, bien sacando un ejército o bien oponiéndole a aquel tribuno que la proponía otro tribuno, o a veces cediendo en parte, o bien enviando una colonia al lugar que se había de distribuir: como sucedió con el territorio de Ancio, por el cual surgiendo esta disputa sobre la ley, se envió a aquel lugar una colonia, sacada de Roma, a la cual se le entregó dicho territorio. Donde Tito Livio usa un término notable, diciendo que con dificultad se encontró en Roma quien diera su nombre para ir a dicha colonia: tanto era aquella plebe más pronta a querer desear las cosas en Roma, que a poseerlas en Ancio. Siguió este fervor de esta ley, así, debatiéndose un tiempo, hasta que los romanos comenzaron a llevar sus armas a las partes extremas de Italia, o fuera de Italia; después de lo cual pareció que cesaba. Lo cual nació porque los campos que poseían los enemigos de Roma estaban alejados de los ojos de la plebe, y en un lugar donde no le era fácil cultivarlos, venía a desearlos menos: y además los romanos castigaban menos a sus enemigos de tal modo; y cuando despojaban alguna tierra de su territorio, distribuían allí colonias. Tanto que, por tales razones, esta ley quedó como dormida hasta los Gracos; por los cuales siendo después despertada, arruinó del todo la libertad romana; porque la encontró redoblada la potencia de sus adversarios, y se encendió, por esto, tanto odio entre la plebe y el Senado, que se llegó a las armas y a la sangre, fuera de toda manera y costumbre civil. De modo que, no pudiendo los magistrados públicos remediarlo, ni esperando ya ninguna de las facciones en aquellos, se recurrió a los remedios privados, y cada una de las partes pensó en hacerse un jefe que la defendiera. Se adelantó en este escándalo y desorden la plebe, y volvió su reputación a Mario hasta tal punto que lo hizo cuatro veces cónsul; y tanto continuó con pocos intervalos su consulado, que pudo por sí mismo hacerse cónsul tres veces más. Contra esta peste no teniendo la nobleza ningún remedio, se volvió a favorecer a Sila; y hecho, aquel, jefe de su parte, llegaron a las guerras civiles; y, después de mucha sangre y vaivenes de fortuna, quedó superior la nobleza. Resucitaron después estos fervoRes en tiempos de César y de Pompeyo; porque, habiéndose hecho César jefe de la parte de Mario, y Pompeyo de la de Sila, llegando a las manos, quedó superior César: el cual fue el primer tirano en Roma; de modo que nunca fue después libre aquella ciudad.
Tal, pues, principio y fin tuvo la ley agraria. Y aunque nosotros mostramos en otro lugar, cómo las enemistades de Roma entre el Senado y la plebe mantuvieron libre a Roma, por nacer, de aquellas, leyes en favor de la libertad, y por esto parezca disconforme a tal conclusión el fin de esta ley agraria; digo que, por esto, yo no me aparto de tal opinión: porque es tanta la ambición de los grandes, que, si por varias vías y de varias maneras ella no es reprimida en una ciudad, pronto reduce a aquella ciudad a su ruina. De modo que, si la contienda sobre la ley agraria tardó trescientos años en hacer esclava a Roma, se habría conducido, quizás, mucho más pronto a la esclavitud cuando la plebe, y con esta ley y con otros de sus apetitos, no hubiera siempre frenado la ambición de los nobles. Se ve por esto también, cuánto los hombres estiman más la riqueza que los honores. Porque la nobleza romana siempre cedió en los honores sin escándalos extraordinarios a la plebe; pero cuando se llegó a la riqueza fue tanta su obstinación en defenderla, que la plebe recurrió, para desfogar su apetito, a aquellas medidas extraordinarias que arriba se discurren. Del cual desorden fueron motores los Gracos, de los cuales se debe alabar más la intención que la prudencia. Porque, querer eliminar un desorden crecido en una república, y por esto hacer una ley que mire muy hacia atrás, es decisión mal considerada; y, como arriba se discurrió largamente, no se hace otra cosa que acelerar aquel mal, al que aquel desorden te conduce: pero, demorándolo, o el mal viene más tarde, o por sí mismo con el tiempo antes de que llegue a su fin, se extingue.
Capítulo38Las repúblicas débiles son mal resueltas y no saben deliberar; y si toman alguna decisión, nace más de necesidad que de elección
Habiendo en Roma una gravísima pestilencia, y pareciendo por esto a los volscos y a los ecuos que había llegado el tiempo de poder oprimir a Roma, hechos estos dos pueblos un grandísimo ejército, asaltaron a los latinos y a los hernicos; y asolando su país, fueron obligados los latinos y los hernicos a hacerlo saber a Roma, y rogar que fueran defendidos por los romanos: a los cuales, estando los romanos agobiados por la peste, respondieron que tomaran la decisión de defenderse por sí mismos y con sus propias armas, porque ellos no los podían defender. Donde se conoce la generosidad y prudencia de aquel Senado, y cómo siempre en toda fortuna quiso ser aquel el que fuera príncipe de las deliberaciones que tuvieran que tomar sus súbditos; ni se avergonzó jamás de deliberar una cosa que fuera contraria a su modo de vivir o a otras deliberaciones hechas por él, cuando la necesidad se lo mandaba.
Esto digo, porque otras veces el mismo Senado había prohibido a dichos pueblos armarse y defenderse; de modo que a un Senado menos prudente que este le habría parecido caer de su rango al concederles tal defensa. Pero aquel siempre juzgó las cosas como se deben juzgar, y siempre tomó la decisión menos mala por mejor: porque mal le sabía no poder defender a sus súbditos, mal le sabía que se armaran sin ellos, por las razones dichas y por muchas otras que se entienden: no obstante, conociendo que se habrían armado, por necesidad, de todos modos, teniendo al enemigo encima; tomó la parte honorable, y quiso que lo que tenían que hacer, lo hicieran con su licencia, para que, habiendo desobedecido por necesidad, no se acostumbraran a desobedecer por elección. Y aunque esta parezca decisión que debería ser tomada por cualquier república, sin embargo las repúblicas débiles y mal aconsejadas no la saben tomar, ni se saben honrar de semejantes necesidades. Había el duque Valentino tomado Faenza, y hecho rendir a Bolonia a sus acuerdos. Después, queriendo volver a Roma por la Toscana, envió a Florencia a un hombre suyo a pedir paso para sí y para su ejército. Se consultó en Florencia cómo se debía gobernar esta cosa, y nunca fue aconsejado por nadie concedérselo. En lo que no se siguió el modo romano: porque, estando el duque muy armado, y los florentinos de modo tan desarmados que no le podían impedir el pasar, era mucho más honroso para ellos, que pareciera que pasaba con voluntad de aquellos, que a la fuerza; porque, donde hubo del todo su vituperio, habría sido en parte menor si lo hubieran gobernado de otra manera. Pero la peor parte que tienen las repúblicas débiles, es ser irresolútas; de modo que todas las decisiones que toman, las toman por fuerza; y si les resulta algún bien, lo hacen forzadas, y no por prudencia suya.
Quiero dar de esto otros dos ejemplos, ocurridos en nuestros tiempos, en el estado de nuestra ciudad.
En 1500, tras haber recuperado el rey Luis XII de Francia la ciudad de Milán, deseoso de devolveros Pisa para obtener los cincuenta mil ducados que los florentinos le habían prometido después de tal restitución, envió sus ejércitos hacia Pisa, capitaneados por monseñor de Beaumont; aunque francés, era no obstante un hombre en quien los florentinos confiaban bastante. Este ejército y este capitán se situaron entre Cascina y Pisa, para ir a combatir las murallas; donde permanecieron algunos días para prepararse para el asalto, llegaron emisarios pisanos a Beaumont, y le ofrecieron entregar la ciudad al ejército francés con estas condiciones: que, bajo la palabra del rey, prometiese no ponerla en manos de los florentinos antes de cuatro meses. Esta propuesta fue rechazada por completo por los florentinos, de modo que siguieron con el asedio y se retiraron con vergüenza. Y no fue rechazada la propuesta por otra razón que por desconfiar de la palabra del rey; como quienes por debilidad de consejo se habían puesto por la fuerza en sus manos, y, por otra parte, no se fiaban de él, ni veían cuánto mejor era que el rey pudiese devolverles Pisa estando dentro de ella, y, no devolviéndola, descubrir su ánimo, que, no teniéndola, podérsela prometer, y ellos verse obligados a comprar aquellas promesas. De modo que, mucho más útilmente habrían hecho en consentir que Beaumont la hubiese tomado, bajo cualquier promesa: como se vio por experiencia después en 1502, cuando, habiéndose rebelado Arezzo, llegó en socorro de los florentinos enviado por el rey de Francia monseñor Imbault con gente francesa; el cual, llegado cerca de Arezzo, después de poco tiempo comenzó a negociar un acuerdo con los aretinos, que bajo cierta garantía querían entregar la ciudad, a semejanza de los pisanos. Fue rechazada en Florencia tal propuesta; lo cual viendo monseñor Imbault, y pareciéndole que los florentinos entendían poco, comenzó a llevar las negociaciones del acuerdo por su cuenta, sin participación de los comisarios: tanto que lo concluyó a su modo, y, bajo aquello, con sus tropas entró en Arezzo, haciendo entender a los florentinos que eran unos locos, y no entendían las cosas del mundo: que, si querían Arezzo, lo hiciesen saber al rey, el cual podía dársela mucho mejor, teniendo su gente en aquella ciudad, que fuera de ella. No se dejaba en Florencia de despedazar y censurar a dicho Imbault; ni se dejó nunca hasta que se comprendió que, si Beaumont hubiese sido semejante a Imbault, se habría obtenido Pisa como Arezzo.
Y así, para volver al tema, las repúblicas indecisas no toman nunca decisiones buenas, si no es por la fuerza, porque la debilidad no les deja nunca decidir donde hay alguna duda; y si esa duda no es cancelada por una violencia que las empuje, permanecen siempre suspensas.
Capítulo39En pueblos diversos se ven a menudo los mismos sucesos
Se conoce fácilmente, por quien considera las cosas presentes y las antiguas, cómo en todas las ciudades y en todos los pueblos existen aquellos mismos deseos y aquellos mismos humores, y cómo existieron siempre. De modo que es fácil cosa, para quien examina con diligencia las cosas pasadas, prever en cada república las futuras, y aplicar aquellos remedios que por los antiguos fueron usados; o, no encontrando de los usados, pensar en otros nuevos, por la semejanza de los sucesos. Pero porque estas consideraciones son desatendidas, o no entendidas por quien lee, o, si son entendidas, no son conocidas por quien gobierna; se sigue que siempre existen los mismos escándalos en todo tiempo.
Habiendo la ciudad de Florencia, después del 94, perdido parte de su dominio, como Pisa y otras tierras, fue necesitada a hacer guerra a quienes las ocupaban. Y porque quien las ocupaba era poderoso, se seguía que se gastaba mucho en la guerra, sin ningún fruto; del gastar mucho, resultaban muchos impuestos; de los impuestos, infinitas quejas del pueblo: y porque esta guerra era administrada por un magistrado de diez ciudadanos que se llamaban los Diez de la guerra, el pueblo comenzó a tomarlo en desprecio, como si fuese causa de la guerra y de los gastos de ella; y comenzó a persuadirse de que, quitado de en medio dicho magistrado, quedaría quitada la guerra, tanto que, al tener que renovarlo, no se le hicieron las sustituciones; y dejándolo expirar, se traspasaron sus funciones a la Señoría. Esta deliberación fue tan perniciosa, que, no solamente no quitó la guerra, como el pueblo se persuadía, sino que, quitados aquellos hombres que con prudencia la administraban, siguió tanto desorden, que, además de Pisa, se perdió Arezzo y muchos otros lugares: de modo que, dándose cuenta el pueblo de su error, y de que la causa del mal era la fiebre y no el médico, rehízo el magistrado de los Diez. Este mismo humor se levantó en Roma contra el nombre de los Cónsules: porque viendo aquel pueblo nacer una guerra de otra, y no poder nunca reposar; donde debían pensar que nacía de la ambición de los vecinos que los querían oprimir, pensaban que nacía de la ambición de los nobles, que, no pudiendo dentro de Roma castigar a la plebe defendida por la potestad tribunicia, la querían conducir fuera de Roma bajo los Cónsules, para oprimirla donde no tenía ayuda alguna. Y pensaron, por esto, que era necesario o quitar de en medio a los Cónsules, o regular de modo su potestad, que no tuviesen autoridad sobre el pueblo ni fuera ni en casa. El primero que intentó esta ley, fue un Terentilo tribuno; el cual proponía que debían crearse cinco hombres que debiesen considerar la potencia de los Cónsules, y limitarla. Lo cual alteró mucho a la Nobleza, pareciéndole que la majestad del imperio quedaba del todo disminuida, de modo que a la Nobleza no le quedaba ya ningún rango en aquella República. Fue no obstante tanta la obstinación de los Tribunos, que el nombre consular se suprimió; y estuvieron al final contentos, después de algún otro ordenamiento, más bien con crear Tribunos con potestad consular, que Cónsules: tanto tenían más en odio el nombre que la autoridad de aquellos. Y así continuaron largo tiempo, hasta que, reconocido su error, como los florentinos volvieron a los Diez, así ellos recrearon a los Cónsules.
Capítulo40La creación del Decemvirato en Roma, y lo que en ella es de notar: donde se considera, entre muchas otras cosas, cómo se puede o salvar, por semejante suceso, u oprimir una república
Queriendo discurrir particularmente sobre los sucesos que nacieron en Roma por la creación del Decemvirato, no me parece superfluo narrar, primero, todo lo que siguió por semejante creación, y después discutir aquellas partes que son, en esas acciones, notables: las cuales son muchas y de gran consideración, tanto para quienes quieren mantener una república libre, como para aquellos que proyectasen someterla. Porque en tal discurso se verá, muchos errores cometidos por el Senado y por la plebe en desfavor de la libertad; y muchos errores cometidos por Apio, jefe del Decemvirato, en desfavor de aquella tiranía que él se había propuesto establecer en Roma. Después de muchas disputas y contiendas seguidas entre el Pueblo y la Nobleza para establecer nuevas leyes en Roma, por las cuales se estabilizase más la libertad de aquel estado, enviaron, de acuerdo, a Espurio Postumio, con dos otros Ciudadanos, a Atenas, por los ejemplos de aquellas leyes que Solón dio a aquella ciudad, para que sobre aquellas pudiesen fundar las leyes romanas. Idos y vueltos estos, se llegó a la creación de los hombres que debían examinar y establecer dichas leyes; y crearon diez ciudadanos por un año, entre los cuales fue creado Apio Claudio, hombre sagaz e inquieto. Y para que pudiesen, sin ningún respeto, crear tales leyes, se quitaron de Roma todos los otros magistrados, y en particular los Tribunos y los Cónsules, y se suprimió la apelación al Pueblo; de modo que tal magistrado venía a ser del todo príncipe de Roma. Junto a Apio se concentró toda la autoridad de los otros sus compañeros, por los favores que hacía a la Plebe; porque él se había hecho de modo tan popular con las demostraciones, que parecía maravilla que hubiese tomado tan pronto una nueva naturaleza y un nuevo ingenio, habiendo sido tenido, antes de este tiempo, un cruel perseguidor de la plebe.
Estos Diez se gobernaron con bastante civilidad, sin tener más que doce lictores, que iban delante de aquel que entre ellos era el propuesto. Y aunque tenían la autoridad absoluta, sin embargo, al tener que castigar a un ciudadano romano por homicidio, lo citaron ante el pueblo, y dejaron que este lo juzgara. Escribieron sus leyes en diez tablas; y antes de confirmarlas, las expusieron en público, para que cada uno pudiera leerlas y debatirlas; para que se conociera si había algún defecto, a fin de poder enmendarlas antes de su confirmación. Con motivo de esto, Apio hizo correr el rumor por Roma de que, si a estas diez tablas se les añadieran otras dos, se les daría su perfección; de manera que esta opinión dio ocasión al pueblo de renovar a los Diez por otro año: a lo que el pueblo accedió con gusto, tanto porque los cónsules no fueran renovados, como porque les parecía poder estar sin tribunos, siendo ellos jueces de las causas, como arriba se dijo. Tomada, pues, la decisión de renovarlos, toda la nobleza se movió para buscar estos honores; y entre los primeros estaba Apio; y usaba tanta amabilidad con la plebe al solicitarlo, que esta empezó a resultarles sospechosa a sus compañeros: «creían, en efecto, que no era gratuita tanta afabilidad en tan grande soberbia». Y dudando de oponérsele abiertamente, decidieron hacerlo con arte, y aunque era el más joven de todos en tiempo, le dieron la autoridad de proponer a los futuros Diez al pueblo, creyendo que observaría los límites de los demás de no proponerse a sí mismo, siendo cosa inusitada e ignominiosa en Roma. «Pero él tomó el impedimento como oportunidad» y se nombró a sí mismo entre los primeros, con asombro y disgusto de todos los nobles; nombró después a otros nueve, según su propósito. Esta nueva elección, hecha por otro año, empezó a mostrar al pueblo y a la nobleza su error. Porque enseguida «Apio dejó de fingir una personalidad ajena»; y empezó a mostrar su innata soberbia, y en pocos días llenó de sus costumbres a sus compañeros. Y para atemorizar al pueblo y al Senado, en lugar de doce lictores, hicieron ciento veinte.
El miedo se mantuvo igual algunos días; pero luego empezaron a entretener al Senado y golpear a la plebe: y si alguno golpeado por uno apelaba al otro, era peor tratado en la apelación que en la primera sentencia. De modo que la plebe, reconocido su error, empezó llena de aflicción a mirar a la cara a los nobles, «y de allí intentó captar el aire de la libertad, de donde, temiendo la servidumbre, habían llevado la república a ese estado». Y a la nobleza le era grata su aflicción, «para que ellos mismos, por el hastío de lo presente, desearan a los cónsules». Llegaron los días que terminaban el año: las dos tablas de las leyes estaban hechas, pero no publicadas. De esto los Diez tomaron ocasión para continuar en el magistrado; y empezaron a mantener con violencia el estado, y a hacerse satélites de la juventud noble, a la que daban los bienes de aquellos que condenaban. «Con estos dones la juventud se corrompía y prefería su licencia a la libertad de todos». Sucedió en este tiempo que los sabinos y los volscos movieron guerra contra los romanos; ante cuyo miedo los Diez empezaron a ver la debilidad de su estado, porque sin el Senado no podían ordenar la guerra, y, reuniendo al Senado, les parecía perder el estado. Sin embargo, obligados, tomaron este último partido; y reunidos los senadores juntos, muchos de los senadores hablaron contra la soberbia de los Diez, y en particular Valerio y Horacio: y su autoridad se habría extinguido del todo, si no fuera porque el Senado, por envidia de la plebe, no quiso mostrar su autoridad pensando que, si los Diez dejaban el magistrado voluntariamente, podría ser que los tribunos de la plebe no fueran renovados. Se decidió pues que la guerra saliera fuera con dos ejércitos guiados por parte de dichos Diez; Apio quedó para gobernar la ciudad. De donde nació que se enamoró de Virginia, y que, queriendo tomarla por fuerza, el padre Virginio, para liberarla, la mató: de donde siguieron los tumultos de Roma y de los ejércitos: los cuales reunidos juntos con el resto de la plebe romana, se fueron al Monte Sacro, donde permanecieron hasta que los Diez depusieron el magistrado, y fueron creados los tribunos y los cónsules, y Roma fue devuelta a la forma de su antigua libertad.
De donde nace que aquellos tiranos que tienen amigo al pueblo e enemigos a los grandes, son más seguros, por estar su violencia sostenida por mayores fuerzas, que la de aquellos que tienen por enemigo al pueblo y amiga a la nobleza. Porque con aquel favor bastan las fuerzas intrínsecas para conservarse: como bastaron a Nábide, tirano de Esparta, cuando toda Grecia y el pueblo romano lo asaltaron: el cual, asegurado por pocos nobles, teniendo amigo al pueblo, con este se defendió; lo que no habría podido hacer teniéndolo enemigo. En aquel otro grado, por tener pocos amigos dentro, no bastan las fuerzas intrínsecas, sino que conviene buscarlas fuera. Y han de ser de tres clases: una, satélites extranjeros que te guarden la persona, la otra armar el campo, que haga el oficio que habría de hacer la plebe, la tercera acercarse a vecinos poderosos que te defiendan. Quien mantiene estos modos y los observa bien, aunque tuviera por enemigo al pueblo, podría de algún modo salvarse. Pero Apio no podía hacer esto, de ganarse el campo, siendo una misma cosa el campo y Roma: y lo que podía hacer, no supo: de manera que arruinó en sus primeros principios. Cometieron el Senado y el pueblo en esta creación del decenvirato errores grandísimos: porque, aunque arriba se diga, en aquel discurso que se hace sobre el dictador, que aquellos magistrados que se hacen por sí mismos, no los que hace el pueblo, son nocivos para la libertad; sin embargo el pueblo debe, cuando ordena los magistrados, hacerlos de modo que tengan que tener algún respeto para volverse malvados. Y donde se debe poner guardia para mantenerlos buenos, los romanos la quitaron, haciéndolo solo magistrado en Roma, y anulando todos los demás, por el excesivo deseo (como arriba dijimos) que el Senado tenía de extinguir a los tribunos, y la plebe de extinguir a los cónsules; lo cual los cegó de modo que concurrieron en tal desorden. Porque los hombres, como decía el rey Fernando, a menudo hacen como ciertas aves menores de rapiña; en las que es tan grande el deseo de conseguir su presa, a lo que la naturaleza las incita, que no sienten a otra ave mayor que está sobre ellas para matarlas. Se conoce, pues, por este discurso, como al principio propuse, el error del pueblo romano, queriendo salvar la libertad, y los errores de Apio, queriendo ocupar la tiranía.
Capítulo41Saltar de la humildad a la soberbia, de la piedad a la crueldad, sin los debidos medios, es cosa imprudente e inútil
Además de los otros métodos mal usados por Apio para mantener la tiranía, no fue de poca importancia saltar demasiado pronto de una cualidad a otra. Porque su astucia al engañar a la plebe simulando ser un hombre popular, fue bien usada; fueron también bien usados los métodos que mantuvo para que los Diez fueran renovados; fue también bien usada aquella audacia de crearse a sí mismo contra la opinión de la nobleza; fue bien usado crear compañeros según su propósito: pero no fue ya bien usado, como había hecho esto, según digo arriba, mudar, en un momento, de naturaleza; y, de amigo, mostrarse enemigo de la plebe; de humano, soberbio; de fácil, difícil; y hacerlo tan pronto que, sin excusa ninguna, cada uno tuviera que conocer la falsedad de su ánimo. Porque quien ha parecido bueno un tiempo, y quiere según su propósito volverse malo, debe hacerlo por los debidos medios; y de tal modo conducirse con las ocasiones, que, antes de que la distinta naturaleza te quite los favores viejos, te haya dado tantos de los nuevos, que no llegues a disminuir tu autoridad: de otro modo, encontrándote descubierto y sin amigos, arruinas.
Capítulo42Cuánto los hombres fácilmente se pueden corromper
Capítulo43Aquellos que combaten por la gloria propia, son buenos y fieles soldados
Se considera también, por el tratado arriba escrito, cuánta diferencia hay entre un ejército contento y que combate por su gloria, y aquel que está mal dispuesto y que combate por la ambición de otro. Porque, mientras los ejércitos romanos solían ser siempre victoriosos bajo los cónsules, bajo los decenviros siempre perdieron. De este ejemplo se puede conocer, en parte, de las causas de la inutilidad de los soldados mercenarios; los cuales no tienen otra causa que los mantenga firmes, que un poco de estipendio que tú les das. Causa que no es ni puede ser bastante para hacerlos fieles, ni tan amigos tuyos que quieran morir por ti. Porque en aquellos ejércitos que no hay una afección hacia aquel por quien combaten, que los haga convertirse en sus partidarios, nunca podrá haber tanta virtud que baste para resistir a un enemigo un poco virtuoso. Y porque este amor no puede nacer, ni esta rivalidad, de otro que de tus súbditos; es necesario, para mantener un estado, para mantener una república o un reino, armarse de los súbditos propios: como se ve que han hecho todos aquellos que con los ejércitos han conseguido grandes provechos. Tenían los ejércitos romanos bajo los Diez aquella misma virtud; pero porque en ellos no había aquella misma disposición, no producían sus acostumbrados efectos. Pero tan pronto como el magistrado de los Diez fue extinguido, y como libres empezaron a militar, retornó en ellos el mismo ánimo; y por consiguiente, sus empresas tenían su fin feliz, según su antigua costumbre.
Capítulo44Una multitud sin jefe es inútil; y cómo no se debe amenazar primero y luego pedir la autoridad
La plebe romana, a causa del incidente de Virginia, se había retirado armada al Monte Sacro. El Senado envió sus embajadores a preguntar con qué autoridad habían abandonado a sus capitanes y se habían retirado al Monte. Y era tan estimada la autoridad del Senado, que, al no tener la plebe jefes entre ellos, nadie se atrevía a responder. Y Tito Livio dice que no les faltaba materia para responder, sino que les faltaba quien diera la respuesta. Lo cual demuestra exactamente la inutilidad de una multitud sin jefe. Este desorden fue advertido por Virginio, y por orden suya se eligieron veinte tribunos militares, que fueran sus jefes, para responder y tratar con el Senado. Y habiendo pedido que se les mandara a Valerio y a Horacio, a quienes ellos dirían su voluntad, estos no quisieron ir si primero los Diez no dejaban la magistratura: y llegados a lo alto del Monte donde estaba la plebe, fueron interrogados por ella sobre qué querían que se crearan los tribunos de la plebe, que se pudiera apelar al pueblo contra cualquier magistrado, y que se les entregaran a todos los Diez, pues querían quemarlos vivos. Valerio y Horacio elogiaron las primeras demandas; censuraron la última como impía, diciendo: «Condenáis la crueldad y os precipitáis en la crueldad»; y les aconsejaron que dejaran de hacer mención de los Diez, y que se ocuparan de recuperar su autoridad y potestad: después no les faltaría modo de satisfacerse. Donde abiertamente se conoce cuánta estupidez y poca prudencia es pedir una cosa y decir antes: quiero hacer tal mal con ella; porque no se debe mostrar el ánimo propio, sino que se debe procurar obtener ese deseo por cualquier medio. Porque basta con pedir a uno las armas, sin decir: quiero matarte con ellas; pudiendo, una vez que tienes las armas en la mano, satisfacer tu apetito.
Capítulo45Es cosa de mal ejemplo no observar una ley hecha, y sobre todo por el autor de ella; y refrescar cada día nuevas injurias en una ciudad es, para quien la gobierna, muy dañoso
Hecho el acuerdo y devuelta Roma a su antigua forma, Virginio citó a Apio ante el pueblo para defender su causa. Aquel compareció acompañado de muchos nobles: Virginio ordenó que fuera puesto en prisión. Comenzó Apio a gritar y a apelar al pueblo. Virginio decía que no era digno de tener aquella apelación que él había destruido, y tener por defensor a aquel pueblo que él había ofendido: Apio replicaba que no debían violar aquella apelación que habían ordenado con tanto deseo. Por tanto fue encarcelado, y antes del día del juicio se suicidó. Y aunque la vida criminal de Apio merecía cualquier suplicio, sin embargo fue cosa poco civil violar las leyes, y tanto más aquella que había sido hecha entonces. Porque no creo que haya cosa de peor ejemplo en una república que hacer una ley y no observarla; y tanto más cuando no es observada por quien la ha hecho. Habiendo sido Florencia, después del 94, reordenada en su estado con ayuda del fraile Girolamo Savonarola, cuyos escritos muestran la doctrina, la prudencia y la virtud de su ánimo; y habiendo, entre otras constituciones para asegurar a los ciudadanos, hecho hacer una ley que se pudiera apelar al pueblo de las sentencias que, por casos de Estado, dieran los Ocho y la Señoría; ley que persuadió mucho tiempo y que obtuvo con dificultad grandísima; ocurrió que, poco después de la confirmación de ella, fueron condenados a muerte por la Señoría, por asunto de Estado, cinco ciudadanos; y queriendo aquellos apelar, no fueron dejados, y no fue observada la ley. Lo cual quitó más reputación a aquel fraile que cualquier otro suceso: porque, si aquella apelación era útil, debía hacer que se observara; si no era útil, no debía haberla hecho aprobar. Y tanto más fue notado este suceso cuanto que el fraile, en tantas predicaciones que hizo después de que fue quebrantada esta ley, nunca condenó a quien la había quebrantado ni lo excusó; como aquel que condenar no quería, por ser cosa que le venía a propósito, y excusar no podía. Lo cual, habiendo descubierto su ánimo ambicioso y partidista, le quitó reputación y le dio mucho cargo.
Ofende también mucho a un Estado refrescar cada día en el ánimo de tus ciudadanos nuevos humores por nuevas injurias que a este y aquel se hagan: como ocurrió a Roma después del Decenvirato. Porque todos los Diez, y otros ciudadanos en diversos tiempos, fueron acusados y condenados; de modo que había un espanto grandísimo en toda la nobleza, juzgando que nunca se pondría fin a semejantes condenas hasta que toda la nobleza fuera destruida. Y habría generado en aquella ciudad un gran inconveniente, si Marco Duelio, tribuno, no hubiera provisto a ello; el cual hizo un edicto de que por un año no fuera lícito a nadie citar o acusar a ningún ciudadano romano: lo que aseguró a toda la nobleza. Donde se ve cuán dañoso es para una república o para un príncipe mantener con continuas penas y ofensas los ánimos de los súbditos suspensos y temerosos. Y sin duda no se puede tener orden más pernicioso: porque los hombres que empiezan a dudar de que han de acabar mal, de cualquier modo se aseguran en los peligros, y se vuelven más audaces y menos respetuosos al intentar cosas nuevas. Por eso es necesario o no ofender nunca a nadie, o hacer las ofensas de una vez: y después asegurar a los hombres, y darles causa de aquietar y calmar el ánimo.
Capítulo46Los hombres ascienden de una ambición a otra; y primero se procura no ser ofendido, después se ofende a otros
Habiendo el pueblo romano recuperado la libertad y vuelto a su prístino grado, y en tanto mayor cuanto se habían hecho muchas leyes nuevas en confirmación de su potencia; parecía razonable que Roma alguna vez se aquietara. Sin embargo, por experiencia se vio lo contrario; porque cada día surgían nuevos tumultos y nuevas discordias. Y como Tito Livio prudentísimamente da la razón de dónde nacía esto, no me parece sino a propósito referir exactamente sus palabras, donde dice que siempre o el pueblo o la nobleza se ensoberbecía cuando el otro se humillaba; y estando la plebe quieta dentro de sus términos, comenzaron los jóvenes nobles a injuriarla; y los tribunos podían hacer poco remedio, porque ellos también eran violados. La nobleza, por otra parte, aunque le parecía que su juventud era demasiado feroz, sin embargo le complacía que, si se debía traspasar la medida, la traspasaran los suyos y no la plebe. Y así el deseo de defender la libertad hacía que cada uno tanto se prevalía que oprimía al otro. Y el orden de estos sucesos es que, mientras los hombres procuran no temer, empiezan a hacer temer a otros; y aquella injuria que arrojan de sí, la ponen sobre otro; como si fuera necesario ofender o ser ofendido. Se ve por esto de qué modo, entre otros, las repúblicas se disuelven, y cómo los hombres ascienden de una ambición a otra, y cómo aquella sentencia de Salustio, puesta en boca de César, es muy verdadera: «que todos los malos ejemplos nacen de buenos principios». Procuran, como se ha dicho arriba, aquellos ciudadanos que viven ambiciosamente en una república, lo primero, no poder ser ofendidos, no solo por los privados, sino también por los magistrados: procuran, para poder hacer esto, amistades; y las adquieren por vías en apariencia honestas, ya sea socorriendo con dineros, ya sea defendiéndolos de los poderosos: y como esto parece virtuoso, engaña fácilmente a cada uno, y por esto no se ponen remedios; hasta que él, perseverando sin obstáculo, llega a ser de tal calidad que los ciudadanos privados le tienen miedo y los magistrados le tienen respeto. Y cuando ha subido a este grado y no se ha obstruido antes su grandeza, llega a estar en término de que quererlo empujar es peligrosísimo, por las razones que dije arriba del peligro que hay en empujar un inconveniente que ya haya hecho mucho aumento en una ciudad: tanto que la cosa se reduce a término de que es necesario, o procurar extinguirlo con peligro de una súbita ruina, o, dejándolo hacer, entrar en una servidumbre manifiesta, si la muerte o algún accidente no te libera. Porque, llegado a los susodichos términos de que los ciudadanos y magistrados tengan miedo de ofenderlo a él y a sus amigos, no cuesta después mucha fatiga hacer que juzguen y ofendan a su modo. Por eso una república entre sus órdenes debe tener este: velar para que sus ciudadanos, bajo sombra de bien, no puedan hacer mal; y que tengan aquella reputación que beneficie y no dañe a la libertad, como en su lugar por nosotros será discutido.
Capítulo47Los hombres, aunque se engañan en lo general, en lo particular no se engañan
Habiéndose fastidiado el pueblo romano, como dijimos antes, del nombre consular y queriendo que pudieran ser elegidos cónsules hombres plebeyos, o que se disminuyera su autoridad, la nobleza, para no manchar la autoridad consular ni con una cosa ni con la otra, tomó un camino intermedio, y estuvo dispuesta a que se crearan cuatro tribunos con potestad consular, que pudieran ser tanto plebeyos como nobles. La plebe se conformó con esto, pareciéndole que eliminaba el consulado y que tenía su parte en este grado supremo. De esto surgió un caso notable: cuando se llegó a la elección de estos tribunos, y pudiendo elegir a todos plebeyos, el pueblo romano eligió a todos nobles. Por lo cual Tito Livio dice estas palabras: «El resultado de estos comicios enseñó que unos son los ánimos en la disputa por la libertad y el honor, y otros después de depuestas las contiendas en un juicio incorrupto». Y examinando de dónde puede proceder esto, creo que procede de que los hombres en las cosas generales se engañan mucho, en las particulares no tanto. Parecía generalmente a la plebe romana que merecía el consulado, por tener mayor parte en la ciudad, por correr más peligro en las guerras, por ser la que con sus brazos mantenía a Roma libre y la hacía poderosa. Y pareciéndole, como está dicho, razonable este deseo suyo, quiso obtener esta autoridad a toda costa. Pero cuando tuvo que juzgar a sus hombres particularmente, reconoció la debilidad de aquellos, y juzgó que ninguno de ellos merecía lo que en conjunto les parecía merecer. De modo que, avergonzándose de ellos, recurrió a quienes lo merecían. De esta decisión maravillándose merecidamente Tito Livio, dice estas palabras: «Esta moderación, equidad y grandeza de ánimo, ¿dónde la encontrarías ahora en uno solo, que entonces fue de todo el pueblo?».
Para confirmación de esto, se puede aducir otro ejemplo notable, ocurrido en Capua después de que Aníbal hubo derrotado a los romanos en Cannas. Por esta derrota, estando toda Italia sublevada, Capua también estaba a punto de amotinarse, por el odio que había entre el pueblo y el senado, y encontrándose en aquel tiempo en la suprema magistratura Pacuvio Calano, y conociendo el peligro que corría aquella ciudad de amotinarse, decidió con su grado reconciliar a la plebe con la nobleza; y hecho este pensamiento, hizo reunir al senado, y les narró el odio que el pueblo tenía contra ellos, y los peligros que corrían de ser asesinados por aquel, y de que la ciudad fuera entregada a Aníbal, estando las cosas de los romanos afligidas: luego añadió que, si querían dejarle gobernar este asunto a él, haría de modo que se unirían; pero quería encerrarlos dentro del palacio, y, dando potestad al pueblo de poder castigarlos, salvarlos. Cedieron a esta opinión suya los senadores; y aquel convocó al pueblo en asamblea, habiendo encerrado en el palacio al senado; y dijo que había llegado el tiempo en que podían domar la soberbia de la nobleza, y vengarse de las injurias recibidas de aquella, teniéndolos a todos encerrados bajo su custodia: pero porque creía que ellos no querían que su ciudad quedara sin gobierno, era necesario, si querían matar a los senadores viejos, crear otros nuevos: y por tanto había puesto todos los nombres de los senadores en una bolsa, y comenzaría a sacarlos en su presencia; y haría morir a los sacados, uno tras otro, apenas ellos hubieran encontrado su sucesor. Y comenzando a sacar uno, se levantó al nombre de aquel un clamor grandísimo, llamándolo hombre soberbio, cruel y arrogante: y preguntando Pacuvio que hicieran el reemplazo, se aquietó toda la asamblea; y después de algún espacio, fue nombrado uno de la plebe; al nombre del cual unos comenzaron a silbar, otros a reír, otros a hablar mal de él de un modo u otro. Y así siguiendo uno tras otro, a todos los que fueron nombrados, los juzgaban indignos del grado senatorial. De modo que Pacuvio, tomando ocasión de esto, dijo: Puesto que juzgáis que esta ciudad está mal sin el senado, y para hacer los reemplazos de los senadores viejos no os ponéis de acuerdo, yo pienso que es mejor que os reconciliéis; porque este miedo en el que los senadores han estado, los habrá humillado de tal modo que aquella humanidad que vosotros buscabais en otra parte, la encontraréis en ellos. Y acordando esto, siguió la unión de este orden; y aquel engaño en el que estaban se descubrió, cuando fueron forzados a descender a lo particular. Se engañan, además de esto, los pueblos generalmente al juzgar las cosas y los sucesos de ellas; los cuales, luego que se conocen particularmente, dejan de causar tal engaño.
Después de 1494, habiendo sido expulsados de Florencia los príncipes de la ciudad, y no habiendo ningún gobierno ordenado, sino más bien cierta licencia ambiciosa, y yendo las cosas públicas de mal en peor; muchos ciudadanos del pueblo, viendo la ruina de la ciudad, y no entendiendo otra causa de ella, acusaban de ello a la ambición de algún poderoso que alimentaba los desórdenes, para poder hacer un estado a su propósito, y quitarles la libertad; y estaban estos tales por las logias y por las plazas, hablando mal de muchos ciudadanos, amenazándolos con que, si alguna vez se encontraran entre los Señores, descubrirían este engaño suyo, y los castigarían. Ocurría a menudo que alguno de estos ascendía a la suprema magistratura; y cuando había subido a aquel lugar, y veía las cosas más de cerca, conocía los desórdenes de dónde nacían, y los peligros que se cernían, y la dificultad de remediarlos. Y viendo que los tiempos, y no los hombres, causaban el desorden, se volvía enseguida de otro ánimo, y de otra índole; porque el conocimiento de las cosas particulares le quitaba aquel engaño que al considerarlas generalmente se había presupuesto. De modo que, aquellos que lo habían oído hablar antes, cuando era ciudadano privado, y lo habían visto luego en la suprema magistratura estar quieto, creían que nacía, no de un más verdadero conocimiento de las cosas, sino porque había sido seducido y corrompido por los grandes. Y ocurriendo esto a muchos hombres, y muchas veces, nació entre ellos un proverbio que decía: Estos tienen un ánimo en la plaza, y otro en el palacio. Considerando, pues, todo lo que se ha discurrido, se ve cómo se puede hacer que rápidamente se abran los ojos a los pueblos, encontrando el modo, viendo que un juicio general los engaña, de que tengan que descender a lo particular; como hizo Pacuvio en Capua, y el senado en Roma. Creo también que se puede concluir que nunca un hombre prudente debe huir del juicio popular en las cosas particulares, acerca de las distribuciones de los grados y de las dignidades: porque solo en esto el pueblo no se engaña; y si se engaña alguna vez, será tan raro, que se engañarán más veces los pocos hombres que tuvieran que hacer tales distribuciones. Ni me parece superfluo mostrar, en el siguiente capítulo, el orden que tenía el senado para engañar al pueblo en sus distribuciones.
Capítulo48Quien quiere que una magistratura no sea dada a uno vil o a uno malo, la haga solicitar o a uno demasiado vil y demasiado malo o a uno demasiado noble y demasiado bueno
Cuando el senado dudaba de que los tribunos con potestad consular fueran elegidos entre hombres plebeyos, tenía uno de dos modos: o hacía que la solicitaran los hombres más reputados de Roma; o verdaderamente, por los medios debidos, corrompía a algún plebeyo vil e ignobilísimo, para que, mezclados con los plebeyos que, de mejor calidad, la solicitaban ordinariamente, también ellos la solicitaran. Este último modo hacía que la plebe se avergonzara de dársela; el primero hacía que se avergonzara de quitársela. Todo lo cual viene a propósito del precedente discurso, donde se muestra que el pueblo, si se engaña en lo general, en lo particular no se engaña.
Capítulo49Si aquellas ciudades que han tenido principio libre, como Roma, tienen dificultad para encontrar leyes que las mantengan: aquellas que lo han tenido inmediatamente siervo, tienen casi una imposibilidad
Cuán difícil es, al ordenar una república, prever todas aquellas leyes que la mantengan libre, lo demuestra muy bien el proceso de la república romana: donde, no obstante que fueron ordenadas muchas leyes primero por Rómulo, luego por Numa, por Tulo Hostilio y Servio, y últimamente por los diez ciudadanos creados para tal obra; sin embargo siempre en el manejo de aquella ciudad se descubrían nuevas necesidades, y era necesario crear nuevos órdenes: como ocurrió cuando crearon los censores, que fueron uno de aquellos recursos que ayudaron a mantener a Roma libre, el tiempo que vivió en libertad. Porque, habiéndose convertido en árbitros de las costumbres de Roma, fueron causa potísima de que los romanos tardaran más en corromperse. Cometieron ciertamente al principio de la creación de tal magistratura un error, creándola por cinco años; pero, después de no mucho tiempo, fue corregido por la prudencia del dictador Mamerco, que por nueva ley redujo dicha magistratura a dieciocho meses. Lo cual los censores, que estaban vigilantes, lo tuvieron tan a mal, que privaron a Mamerco del senado: cuya cosa fue muy censurada tanto por la plebe como por los padres. Y porque la historia no muestra que Mamerco se pudiera defender de ello, conviene o que el historiador sea defectuoso, o que los órdenes de Roma en esta parte no fueran buenos: porque no es bueno que una república esté de tal modo ordenada, que un ciudadano por promulgar una ley conforme al vivir libre, pueda ser, sin ningún remedio, ofendido. Pero volviendo al principio de este discurso, digo que se debe, por la creación de esta nueva magistratura, considerar que, si aquellas ciudades que han tenido su principio libre, y que por sí misma se ha regido, como Roma, tienen gran dificultad para encontrar buenas leyes para mantenerse libres; no es maravilla que aquellas ciudades que han tenido su principio inmediatamente siervo, tengan, no ya dificultad, sino imposibilidad de ordenarse nunca de modo que puedan vivir civilmente y quietamente. Como se ve que ha ocurrido a la ciudad de Florencia; la cual, por haber tenido su principio sometido al imperio romano, y haber vivido siempre bajo el gobierno de otros, estuvo un tiempo abatida, y sin pensar en sí misma: luego, venida la ocasión de respirar, comenzó a hacer sus órdenes; los cuales, estando mezclados con los antiguos, que eran malos, no pudieron ser buenos; y así ha ido manejándose, por doscientos años de los que se tiene verdadera memoria, sin haber tenido nunca estado, por el cual verdaderamente pueda ser llamada república. Y estas dificultades, que han estado en ella, han estado siempre en todas aquellas ciudades que han tenido principios similares al suyo. Y, aunque muchas veces, por sufragios públicos y libres, se ha dado amplia autoridad a pocos ciudadanos de poder reformarla; sin embargo nunca la han ordenado para común utilidad, sino siempre según el propósito de su parte: lo cual ha hecho, no orden, sino mayor desorden en aquella ciudad. Y para venir a algún ejemplo particular, digo que, entre las otras cosas que se han de considerar por un ordenador de una república, está examinar en manos de qué hombres pone la autoridad de la sangre contra sus ciudadanos. Esto estaba bien ordenado en Roma, porque se podía apelar al pueblo ordinariamente: y si acaso ocurría cosa importante, donde el diferir la ejecución mediante la apelación fuera peligroso, tenían el recurso del dictador, que ejecutaba inmediatamente; a cuyo remedio no recurrían nunca sino por necesidad. Pero Florencia, y las otras ciudades nacidas del modo de ella, siendo siervas, tenían esta autoridad colocada en un forastero, que, enviado por el príncipe, hacía tal oficio. Cuando luego vinieron en libertad, mantuvieron esta autoridad en un forastero, al cual llamaban capitán: lo cual, por poder ser fácilmente corrompido por los ciudadanos poderosos, era cosa perniciosísima. Pero luego, cambiándose por la mutación de los estados este orden, crearon ocho ciudadanos que hicieran el oficio de aquel capitán. El cual orden, de malo, se volvió pésimo, por las razones que otras veces se han dicho; que los pocos fueron siempre ministros de los pocos, y de los más poderosos. De lo cual se ha guardado la ciudad de Venecia; la cual tiene diez ciudadanos, que, sin apelación, pueden castigar a cualquier ciudadano. Y porque estos no bastarían para castigar a los poderosos, aunque tuvieran autoridad, han constituido allí la Cuarentena: y además, han querido que el Consejo de los Pregadi, que es el consejo mayor, pueda castigarlos; de modo que, no faltando allí el acusador, no falta el juez para mantener a raya a los hombres poderosos. No es pues maravilla, viendo cómo en Roma, ordenada por sí misma y por tantos hombres prudentes, surgían cada día nuevas causas por las cuales se tenía que hacer nuevos órdenes en favor del vivir libre; si en las otras ciudades, que tienen principio más desordenado, surgen tantas dificultades, que no se pueden reordenar nunca.
Capítulo50Ningún consejo ni magistrado debe poder paralizar las acciones de la ciudad
Eran cónsules en Roma Tito Quincio Cincinato y Gneo Julio Mento, los cuales, estando enemistados, habían paralizado todas las acciones de aquella República. Viendo esto el Senado, los exhortaba a crear un dictador, para hacer aquello que por sus discordias no podían hacer. Pero los cónsules, discrepando en cualquier otra cosa, solo en esto estaban de acuerdo: en no querer crear al dictador. Tanto que el Senado, no teniendo otro remedio, recurrió a la ayuda de los tribunos; los cuales, con la autoridad del Senado, forzaron a los cónsules a obedecer. Donde hay que notar, en primer lugar, la utilidad del tribunado; el cual no solo era útil para frenar la ambición que los poderosos usaban contra la plebe, sino también la que usaban entre ellos mismos: lo otro, que nunca se debe ordenar en una ciudad que unos pocos puedan detener alguna deliberación de aquellas que ordinariamente son necesarias para mantener la república. Por ejemplo, si tú das una autoridad a un consejo de hacer una distribución de honores y de beneficios, o a un magistrado de administrar un asunto, conviene o imponerle una necesidad para que tenga que hacerlo de cualquier modo, u ordenar, cuando no lo quiera hacer él, que lo pueda y deba hacer otro: de lo contrario, este ordenamiento sería defectuoso y peligroso; como se veía que era en Roma, si a la obstinación de aquellos cónsules no se podía oponer la autoridad de los tribunos. En la República veneciana el Consejo Grande distribuye los honores y los beneficios: ocurría a veces que la asamblea, por indignación o por alguna falsa persuasión, no creaba a los sucesores de los magistrados de la ciudad, y a aquellos que fuera administraban su imperio. Lo cual era desorden gravísimo; porque de golpe, tanto las tierras súbditas como la ciudad propia se quedaban sin sus jueces legítimos, ni se podía obtener cosa alguna, si aquella asamblea de aquel Consejo o no se satisfacía o no se desengañaba. Y habría reducido este inconveniente a aquella ciudad a mal término, si por los ciudadanos prudentes no se hubiese provisto: los cuales, tomada ocasión conveniente, hicieron una ley, que todos los magistrados que están o estuviesen dentro y fuera de la ciudad, nunca quedasen vacantes, hasta que no fuesen hechos los relevos y sus sucesores. Y así se quitó la posibilidad a aquel Consejo de poder, con peligro de la república, paralizar las acciones públicas.
Capítulo51Una república o un príncipe debe mostrar que hace por liberalidad aquello a que la necesidad lo obliga
Los hombres prudentes se atribuyen el mérito de las cosas siempre y en cada una de sus acciones, aunque la necesidad los obligase a hacerlas de cualquier modo. Esta prudencia fue usada bien por el Senado romano, cuando deliberó que se diese el sueldo del erario público a los hombres que militaban, habiendo acostumbrado a militar con sus propios recursos. Pero viendo el Senado como de aquel modo no se podía hacer largamente la guerra, y por esto no pudiendo ni asediar tierras ni conducir los ejércitos a lo lejos; y juzgando ser necesario poder hacer lo uno y lo otro, deliberó que se diesen dichos estipendios: pero lo hicieron de modo que se atribuyeron el mérito de aquello a que la necesidad los obligaba. Y fue tan bien recibido por la plebe este regalo, que Roma se puso patas arriba por la alegría, pareciéndole un beneficio grande, que nunca habían esperado tener, y que nunca por sí mismos habrían buscado. Y aunque los tribunos se esforzaban en cancelar este mérito, mostrando cómo era cosa que gravaba, no aligeraba, a la plebe, siendo necesario poner tributos para pagar este sueldo: sin embargo no podían hacer tanto que la plebe no lo hubiese aceptado: lo cual fue aún aumentado por el Senado por el modo en que distribuyeron los tributos, porque los más graves y los mayores fueron aquellos que impusieron a la nobleza, y los primeros que fueron pagados.
Capítulo52Para reprimir la insolencia de uno que surja en una república poderoso, no hay modo más seguro y menos escandaloso que anticiparse en aquellas vías por las cuales viene a aquella potencia
Se ve, por el discurso arriba escrito, cuánto crédito adquirió la nobleza con la plebe, por las demostraciones hechas en beneficio suyo, tanto del sueldo ordenado, como también del modo de imponer los tributos. Si la nobleza se hubiese mantenido en este orden, se habría eliminado todo tumulto en aquella ciudad, y se habría quitado a los tribunos aquel crédito que tenían con la plebe, y, por consiguiente, aquella autoridad. Y verdaderamente, no se puede en una república, y mayormente en aquellas que están corruptas, con mejor modo, menos escandaloso y más fácil, oponerse a la ambición de algún ciudadano, que anticipándose en aquellas vías, por las cuales se ve que él camina para llegar al grado que planea. El cual modo si hubiese sido usado contra Cosme de Médici, habría sido mucho mejor partido para sus adversarios, que echarlo de Florencia; porque, si aquellos ciudadanos que rivalizaban con él hubiesen tomado su estilo, de favorecer al pueblo, le venían, sin tumulto y sin violencia, a quitar de las manos aquellas armas de que él se valía más. Piero Soderini se había hecho reputación en la ciudad de Florencia con esto solo, de favorecer a la asamblea; lo cual en la asamblea le daba reputación, como amador de la libertad de la ciudad. Y verdaderamente, a aquellos ciudadanos que llevaban envidia a su grandeza, era mucho más fácil, y era cosa mucho más honesta, menos peligrosa, y menos dañosa para la república, anticiparse en aquellas vías con las cuales se hacía grande, que querer contraponérsele, a fin de que con la ruina suya se arruinase todo el resto de la república. Porque, si le hubiesen quitado de las manos aquellas armas con las cuales se hacía fuerte (lo cual podían hacer fácilmente), habrían podido en todos los consejos y en todas las deliberaciones públicas oponérsele sin sospecha y sin respeto alguno. Y si alguno replicase que, si los ciudadanos que odiaban a Piero, cometieron error al no anticiparse en las vías con las cuales él se ganaba reputación en el pueblo, Piero también vino a cometer error, al no anticiparse en aquellas vías por las cuales aquellos sus adversarios lo hacían temible. De lo que Piero merece excusa, tanto porque le era difícil hacerlo, como porque no eran honestas para él; porque las vías con las cuales era atacado, eran el favorecer a los Médici; con cuyos favores ellos lo golpeaban, y al final lo arruinaron. No podía, por tanto, Piero honestamente tomar esta parte, por no poder destruir con buena fama aquella libertad, de la cual él había sido puesto como guardián: además, no pudiendo estos favores hacerse secretos y de golpe, eran para Piero peligrosísimos; porque apenas se hubiese descubierto amigo de los Médici, habría devenido sospechoso y odioso al pueblo: de donde a sus enemigos nacía mucha más posibilidad de oprimirlo, que la que tenían antes.
Deben, por tanto, los hombres en cada decisión considerar los defectos y los peligros de aquella, y no tomarla, cuando haya más de peligroso que de útil; no obstante que hubiese sido dada sentencia conforme a la deliberación suya. Porque, haciendo de otra manera, en este caso ocurriría a aquellos como ocurrió a Tulio; el cual, queriendo quitar los favores a Marco Antonio, se los aumentó. Porque, siendo Marco Antonio sido juzgado enemigo del Senado, y teniendo aquel gran ejército reunido junto, en buena parte, de soldados que habían seguido las partes de César; Tulio, para quitarle estos soldados, exhortó al Senado a dar reputación a Octaviano, y mandarlo con Hircio y Pansa cónsules contra Marco Antonio: alegando, que, apenas los soldados que seguían a Marco Antonio, sintiesen el nombre de Octaviano sobrino de César, y que se hacía llamar César, dejarían a aquel, y se acercarían a este; y así quedado Marco Antonio desnudo de favores, sería fácil oprimirlo. Lo cual resultó todo al contrario; porque Marco Antonio se ganó a Octaviano; y, dejado Tulio y el Senado, se acercó a él. Lo cual fue del todo la destrucción de la parte de los optimates. Lo que era fácil de conjeturar: ni se debía creer lo que se persuadió Tulio, sino tener siempre en cuenta aquel nombre que con tanta gloria había extinguido a sus enemigos, y adquirídose el principado en Roma; ni se debía creer nunca poder, o de sus herederos o de sus seguidores, tener cosa que fuese conforme al nombre libre.
Capítulo53El pueblo muchas veces desea la ruina suya, engañado por una falsa apariencia de bien: y cómo las grandes esperanzas y fuertes promesas fácilmente lo mueven
Expugnada que fue la ciudad de los Veyentes, entró en el pueblo romano una opinión, que fuese cosa útil para la ciudad de Roma, que la mitad de los romanos fuese a habitar en Veyes; argumentando que, por ser aquella ciudad rica de campo, llena de edificios y próxima a Roma, se podía enriquecer a la mitad de los ciudadanos romanos, y no turbar por la proximidad del sitio ninguna acción civil. Lo cual pareció al Senado y a los más sabios romanos tan inútil y tan dañoso, que libremente decían, estar más bien dispuestos a padecer la muerte que consentir a una tal deliberación. De modo que, viniendo esta cosa en disputa, se encendió tanto la plebe contra el Senado, que se habría venido a las armas y a la sangre, si el Senado no se hubiese hecho escudo de algunos viejos y estimados ciudadanos, la reverencia de los cuales frenó a la plebe, para que no procediese más adelante con su insolencia. Aquí se tienen que notar dos cosas. La primera que el pueblo muchas veces, engañado por una falsa imagen de bien, desea la ruina suya; y si no se le hace capaz, cómo aquello sea malo, y cuál sea el bien, por alguien en quien él tenga fe, se llevan en las repúblicas infinitos peligros y daños. Y cuando la suerte hace que el pueblo no tenga fe en nadie, como alguna vez ocurre, habiendo sido engañado por el pasado o por las cosas o por los hombres, se viene a la ruina, necesariamente. Y Dante dice a este propósito, en el discurso suyo que hace sobre la monarquía, que el pueblo muchas veces grita «¡Viva su muerte!» y «¡Muera su vida!». De esta incredulidad nace que alguna vez en las repúblicas los buenos partidos no se toman: como arriba se dijo de los venecianos, cuando, asaltados por tantos enemigos, no pudieron tomar partido de ganarse a alguno con la restitución de las cosas quitadas a otros (por las cuales les era movida la guerra, y hecha la conjura de los príncipes contra ellos), antes de que viniese la ruina.
Por tanto, considerando lo que es fácil o lo que es difícil persuadir a un pueblo, se puede hacer esta distinción: o aquello que has de persuadir representa a primera vista ganancia, o pérdida; o realmente parece decisión animosa, o cobarde. Y cuando en las cosas que se presentan al pueblo se ve ganancia, aunque haya escondida debajo una pérdida; y cuando parece animoso, aunque haya escondida debajo la ruina de la república, siempre será fácil persuadir a la multitud: y así será siempre difícil persuadir aquellas decisiones donde aparezca cobardía o pérdida, aunque haya escondida debajo salvación y ganancia. Esto que he dicho se confirma con infinitos ejemplos, romanos y extranjeros, modernos y antiguos. Porque de esto nació la mala opinión que surgió, en Roma, de Fabio Máximo, el cual no podía persuadir al pueblo romano de que fuese útil a aquella república proceder lentamente en aquella guerra, y sostener sin combatir el ímpetu de Aníbal; porque aquel pueblo juzgaba esta decisión cobarde, y no veía dentro aquella utilidad que había; ni Fabio tenía razones bastantes para demostrársela: y tanto están los pueblos cegados en estas opiniones impetuosas, que, aunque el pueblo romano hubiese cometido aquel error de dar autoridad al maestro de caballería de Fabio, para poder combatir, aunque Fabio no quisiera; y que por tal autoridad el campo romano hubiera sido derrotado, si Fabio con su prudencia no lo hubiera remediado, no le bastó esta experiencia, que hizo después cónsul a Varrón, no por otros méritos suyos que por haber, por todas las plazas y todos los lugares públicos de Roma, prometido derrotar a Aníbal, en cuanto le fuera dada autoridad. De lo cual nació el combate y la derrota de Cannas, y casi la ruina de Roma. Quiero aducir, a este propósito, aún otro ejemplo romano. Había estado Aníbal en Italia ocho o diez años, había llenado de matanza de romanos toda aquella provincia, cuando vino al Senado Marco Centenio Pénula, hombre vilísimo (no obstante había tenido algún grado en la milicia), y se ofreció a que, si le daban autoridad de poder hacer ejército de hombres voluntarios en cualquier lugar que quisiera en Italia, él les daría, en brevísimo tiempo, preso o muerto a Aníbal. Al Senado le pareció temeraria la demanda de este; no obstante, pensando que, si se le negaba y en el pueblo se supiera después su petición, podría nacer algún tumulto, envidia y descontento contra el orden senatorial, se la concedieron: queriendo más bien poner en peligro a todos los que lo siguieran, que hacer surgir nuevos resentimientos en el pueblo; sabiendo cuánto iba a ser aceptada semejante decisión, y cuán difícil era disuadirla. Fue, pues, este con una multitud desordenada e incompetente a encontrar a Aníbal; y no le hubo llegado antes al encuentro, que fue, con todos los que lo siguieron, derrotado y muerto.
En Grecia, en la ciudad de Atenas, nunca pudo Nicias, hombre gravísimo y prudentísimo, persuadir a aquel pueblo de que no fuera bueno ir a asaltar Sicilia; de modo que, tomada aquella deliberación contra la voluntad de los sabios, siguió del todo la ruina de Atenas. Escipión, cuando fue hecho cónsul, y deseaba la provincia de África, prometiendo del todo la ruina de Cartago, a lo que no se acordaba el Senado por el juicio de Fabio Máximo, amenazó con proponerla en el pueblo, como aquel que conocía muy bien cuánto gustan semejantes deliberaciones a los pueblos.
Podrían darse a este propósito ejemplos de nuestra ciudad; como fue cuando señor Hércules Bentivogli, gobernador de las gentes florentinas, junto con Antonio Giacomini, después de haber derrotado a Bartolomé de Alviano en San Vicente, fueron a sitiar Pisa, empresa que fue deliberada por el pueblo sobre las impetuosas promesas de señor Hércules, aunque muchos sabios ciudadanos la censuraran: no obstante no tuvieron remedio, empujados por aquella voluntad universal, que estaba fundada en las impetuosas promesas del gobernador. Digo, pues, que no hay vía más fácil para hacer arruinar una república donde el pueblo tenga autoridad, que meterla en empresas impetuosas; porque, donde el pueblo sea de algún peso, siempre serán aceptadas, ni tendrá, quien sea de otra opinión, ningún remedio. Pero si de esto nace la ruina de la ciudad, nace también, y más a menudo, la ruina particular de los ciudadanos que están al frente de semejantes empresas: porque, habiéndose el pueblo presupuesto la victoria, cuando viene la derrota, no acusa ni a la fortuna ni a la impotencia de quien ha gobernado, sino a su maldad e ignorancia; y aquel, la mayor parte de las veces, o lo mata o lo encarcela o lo destierra: como sucedió a infinitos capitanes cartagineses y a muchos atenienses. Ni les sirve ninguna victoria que hubieran tenido antes, porque toda la presente derrota la cancela: como sucedió a Antonio Giacomini nuestro, el cual, no habiendo conquistado Pisa, como el pueblo se había presupuesto y él prometido, cayó en tanta desgracia popular, que, no obstante infinitas buenas obras pasadas suyas, vivió más por humanidad de quienes tenían autoridad, que por ninguna otra razón que en el pueblo lo defendiera.
Capítulo54Cuánta autoridad tenga un hombre grave para frenar una multitud excitada
Lo segundo notable sobre el texto en el capítulo superior alegado, es que ninguna cosa es tan apta para frenar una multitud excitada, como es la reverencia de algún hombre grave y de autoridad, que se le ponga enfrente; ni sin razón dice Virgilio: «Entonces si acaso ven a un varón grave por piedad y méritos, callan y permanecen con los oídos atentos». Por tanto, aquel que está al frente de un ejército, o aquel que se encuentra en una ciudad donde nazca tumulto, debe presentarse en aquello con la mayor gracia y más honorablemente que pueda, poniéndose alrededor las insignias del grado que tiene, para hacerse más reverendo. Estaba, hace pocos años, Florencia dividida en dos facciones, Piagnoni y Arrabbiati, que así se llamaban; y viniendo a las armas, y siendo superados los Piagnoni, entre los cuales estaba Paolantonio Soderini, bastante reputado ciudadano en aquellos tiempos, y yéndole en aquellos tumultos el pueblo armado a casa para saquearla; señor Francisco su hermano, entonces obispo de Volterra, y hoy cardenal, se encontraba por azar en casa; el cual, apenas oído el rumor y vista la turba, poniéndose las más honorables ropas encima, y sobre ellas el roquete episcopal, se puso enfrente de aquellos armados, y con la presencia y con las palabras los detuvo; lo cual fue por toda la ciudad durante muchos días notado y celebrado. Concluyo, pues, que no hay más firme ni más necesario remedio para frenar una multitud excitada, que la presencia de un hombre que por presencia parezca y sea reverendo. Se ve, pues, por volver al texto antes alegado, con cuánta obstinación la plebe romana aceptaba aquella decisión de ir a Veyes, porque la juzgaba útil, ni reconocía, debajo, el daño que había; y cómo, naciendo de ello bastantes tumultos, habrían nacido escándalos, si el Senado con hombres graves y llenos de reverencia no hubiera frenado su furor.
Capítulo55Cuán fácilmente se conducen las cosas en aquella ciudad donde la multitud no está corrupta: y que, donde hay igualdad, no se puede hacer principado; y donde no la hay, no se puede hacer república
Aunque arriba se haya discutido bastante lo que hay que temer o esperar de las ciudades corruptas, no obstante no me parece fuera de propósito considerar una deliberación del Senado acerca del voto que Camilo había hecho de dar la décima parte a Apolo del botín de los veyentinos: botín que habiendo venido a manos de la plebe romana, ni pudiendo de otro modo rendirse cuentas, hizo el Senado un edicto, de que cada uno debiera presentar en público la décima parte de lo que había saqueado. Y aunque tal deliberación no tuviera lugar, habiendo después el Senado tomado otro modo, y por otra vía satisfecho a Apolo, en satisfacción de la plebe; no obstante se ve por tal deliberación cuánto confiaba aquel Senado en la bondad de aquella, y cómo juzgaba que nadie iba a dejar de presentar exactamente todo aquello que por tal edicto le era mandado. Y por otra parte se ve cómo la plebe no pensó defraudar en ninguna parte el edicto dando menos de lo que debía, sino liberarse de aquel mostrando abiertas indignaciones. Este ejemplo, con muchos otros que arriba se han aducido, muestran cuánta bondad y cuánta religión había en aquel pueblo, y cuánto bien había que esperar de él. Y verdaderamente, donde no está esta bondad, no se puede esperar nada bueno; como no se puede esperar en las provincias que en estos tiempos se ven corruptas: como es Italia sobre todas las demás, y también Francia y España retienen parte de tal corrupción. Y si en aquellas provincias no se ven tantos desórdenes cuantos nacen en Italia cada día, deriva no tanto de la bondad de los pueblos, la cual en buena parte ha faltado, cuanto de tener un rey que los mantiene unidos, no solamente por la virtud suya, sino por el orden de aquellos reinos, que aún no están arruinados. Se ve bien, en la provincia de Alemania, esta bondad y esta religión todavía en aquellos pueblos ser grande; lo cual hace que muchas repúblicas vivan allí libres, y de tal modo observen sus leyes que nadie de fuera ni de dentro se atreve a ocuparlas. Y que sea verdad que, en ellas, reina buena parte de aquella antigua bondad, quiero dar un ejemplo similar a este, dicho arriba, del Senado y de la plebe romana. Usan aquellas repúblicas, cuando les ocurre necesidad de tener que gastar alguna cantidad de dinero por cuenta pública, que aquellos magistrados o consejos que tienen autoridad para ello, pongan a todos los habitantes de la ciudad un uno o dos por ciento de lo que cada uno tiene de patrimonio. Y hecha tal deliberación, según el orden de la tierra se presenta cada uno delante de los recaudadores de tal impuesto; y, tomado primero el juramento de pagar la conveniente suma, echa en una caja destinada a ello lo que según su conciencia le parece deber pagar: de cuyo pago no es testigo ninguno, salvo el que paga. De donde se puede conjeturar cuánta bondad y cuánta religión hay todavía en aquellos hombres. Y debe estimarse que cada uno paga la verdadera suma: porque, si no se pagara, no arrojaría aquella imposición aquella cantidad que ellos calcularan según las antiguas que solían recaudarse, y no arrojándola, se conocería el fraude: y conociéndolo se habría tomado otro modo que este. Cuya bondad es tanto más de admirar en estos tiempos, cuanto ella es más rara: más bien se ve haber quedado solo en aquella provincia.
Esto nace de dos cosas: una, no haber tenido grandes relaciones con los vecinos; porque ni aquellos han ido a su casa, ni ellos han ido a casa ajena, porque se han contentado con aquellos bienes, vivir de aquellos alimentos, vestir de aquellas lanas, que da el país; de donde se ha eliminado la causa de toda relación y el principio de toda corrupción; porque no han podido adoptar las costumbres ni francesas, ni españolas, ni italianas; las cuales naciones todas juntas son la corrupción del mundo. La otra causa es que aquellas repúblicas donde se ha mantenido el vivir político e incorrupto, no soportan que alguno de sus ciudadanos sea o viva a uso de gentilhombre: más bien mantienen entre ellos una pareja igualdad, y a aquellos señores y gentilhombres, que están en aquella provincia, son enemicísimos; y si por casualidad algunos llegan a sus manos, como principios de corrupciones y causa de todo escándalo, los matan. Y para aclarar este nombre de gentilhombres cuál es, digo que gentilhombres son llamados aquellos que ociosos viven de las rentas de sus posesiones abundantemente, sin tener cuidado alguno ni de cultivo ni de otra faena necesaria para vivir. Estos tales son perniciosos en toda república y en toda provincia, pero más perniciosos son aquellos que, además de las dichas fortunas, mandan a castillos, y tienen súbditos que les obedecen. De estas dos especies de hombres están llenos el reino de Nápoles, Tierra de Roma, la Romaña y la Lombardía. De aquí nace que en aquellas provincias no haya surgido nunca ninguna república ni ningún vivir político; porque tales generaciones de hombres son del todo enemigos de toda civilidad. Y al querer en provincias hechas de semejante modo introducir una república, no sería posible: pero al quererlas reordenar, si alguno fuese árbitro, no tendría otro camino que hacer allí un reino. La razón es esta: que donde es tanta la materia corrupta que las leyes no bastan para frenarla, hace falta ordenar junto con aquellas mayor fuerza; la cual es una mano regia, que con la potencia absoluta y excesiva ponga freno a la excesiva ambición y corrupción de los poderosos. Se verifica esta razón con el ejemplo de Toscana: donde se ve en poco espacio de tierra haber estado largamente tres repúblicas, Florencia, Siena y Luca; y las otras ciudades de aquella provincia estar de modo siervas, que, con el ánimo y con el orden, se ve o que mantienen o que querrían mantener su libertad. Todo ha nacido por no haber en aquella provincia ningún señor de castillos, y ninguno o poquísimos gentilhombres; sino haber allí tanta igualdad, que fácilmente por un hombre prudente, y que de las antiguas civilidades tuviera conocimiento, se introduciría un vivir civil. Pero su infortunio ha sido tan grande, que hasta estos tiempos no se ha topado con ningún hombre que lo haya podido o sabido hacer.
Saqué pues de este discurso esta conclusión: que aquel que quiere hacer donde hay muchos gentilhombres una república, no la puede hacer si primero no los extingue a todos: y que aquel que, donde hay mucha igualdad, quiere hacer un reino o un principado, no lo podrá hacer nunca si no saca de aquella igualdad a muchos de ánimo ambicioso e inquieto, y aquellos hace gentilhombres en hecho, y no en nombre, donándoles castillos y posesiones, y dándoles favor de bienes y de hombres; a fin de que, puesto en medio de ellos, mediante aquellos mantenga su potencia; y ellos, mediante aquel, su ambición; y los otros sean constreñidos a soportar aquel yugo que la fuerza, y no otra cosa nunca, puede hacer soportar a ellos. Y siendo por este camino proporción entre quien fuerza y quien es forzado, se mantienen firmes los hombres cada uno en sus órdenes. Y porque el hacer de una provincia apta para ser reino una república, y de una apta para ser república hacerla un reino, es materia de un hombre que por cerebro y por autoridad sea raro: han sido muchos los que lo han querido hacer y pocos los que lo han sabido llevar a cabo. Porque la grandeza de la cosa, parte aterra a los hombres, parte de modo los estorba, que en los primeros principios fallan.
Creo que a esta mi opinión, que donde hay gentilhombres no se puede ordenar república, parecerá contraria la experiencia de la República veneciana, en la cual no pueden tener ningún grado sino aquellos que son gentilhombres. A lo que se responde, que este ejemplo no nos hace ninguna objeción, porque los gentilhombres en aquella República son más en nombre que en hecho; porque ellos no tienen grandes rentas de posesiones, siendo sus riquezas grandes fundadas en el comercio y cosas muebles, y además, ninguno de ellos tiene castillos, o tiene alguna jurisdicción sobre los hombres: sino que aquel nombre de gentilhombre en ellos es nombre de dignidad y de reputación, sin estar fundado sobre ninguna de aquellas cosas que hace que en las otras ciudades se llamen los gentilhombres. Y como las otras repúblicas tienen todas sus divisiones bajo varios nombres, así Venecia se divide en gentilhombres y populares: y quieren que aquellos tengan, o puedan tener, todos los honores; aquellos otros estén del todo excluidos. Lo que no hace desorden en aquella tierra, por las razones otras veces dichas. Constituya, pues, una república aquel donde hay, o se ha hecho, una grande igualdad; y al contrario ordene un principado donde hay grande desigualdad: de otro modo hará cosa sin proporción y poco durable.
Capítulo56Antes de que sigan los grandes accidentes en una ciudad o en una provincia, vienen señales que los pronostican, u hombres que los predican
De dónde nace esto no lo sé, pero se ve por los antiguos y por los modernos ejemplos, que nunca vino ningún grave accidente en una ciudad o en una provincia, que no haya sido, o por adivinos o por revelaciones o por prodigios o por otras señales celestes, predicho. Y para no alejarme de casa al probar esto, sabe cualquiera cuánto fue predicha por fray Jerónimo Savonarola antes de la venida del rey Carlos VIII de Francia a Italia; y cómo, además de esto, por toda Toscana se dijo haberse sentido en el aire y visto gente de armas, sobre Arezzo, que se enfrentaban entre sí. Sabe cualquiera, además de esto, cómo, antes de la muerte de Lorenzo de Médici el viejo, fue golpeada la catedral en su parte más alta con una saeta celeste, con ruina grandísima de aquel edificio. Sabe cualquiera aún, cómo, poco antes de que Piero Soderini, quien había sido hecho gonfaloniero a vita por el pueblo florentino, fuese expulsado y privado de su grado, fue el palacio igualmente por un rayo golpeado. Podrían, además de esto, aducirse más ejemplos los cuales, por huir del tedio, dejaré. Narraré solo aquel que Tito Livio dice, antes de la venida de los franceses a Roma: es decir, cómo un Marco Cedicio plebeyo refirió al Senado haber oído a medianoche, pasando por la Vía nueva, una voz, mayor que humana, la cual le advertía que refiriese a los magistrados que los franceses venían a Roma. La causa de esto creo que deba ser discutida e interpretada por hombre que tenga noticia de las cosas naturales y sobrenaturales: lo que no tenemos nosotros. Sin embargo, podría ser que, siendo este aire, como quiere algún filósofo, lleno de inteligencias, las cuales por naturales virtudes previendo las cosas futuras, y teniendo compasión a los hombres, a fin de que puedan prepararse a las defensas, los advierten con semejantes señales. Sin embargo, sea como sea, se ve así ser la verdad; y que siempre después de tales accidentes sobrevienen cosas extraordinarias y nuevas a las provincias.
Capítulo57La Plebe junta es fuerte, por sí es débil
Eran muchos romanos, habiendo seguido por el paso de los franceses la ruina de su patria, ido a habitar a Veyes, contra la constitución y orden del Senado: el cual, para remediar este desorden, mandó por sus edictos públicos que cada uno, dentro de cierto tiempo, y bajo ciertas penas, volviese a habitar a Roma. De los cuales edictos, al principio por aquellos contra quienes venían, se hizo burla; después, cuando se acercó el tiempo de obedecer, todos obedecieron. Y Tito Livio dice estas palabras «De feroces todos, uno a uno por su miedo obedientes fueron». Y verdaderamente, no se puede mostrar mejor la naturaleza de una multitud en esta parte, que se demuestra en este texto. Porque la multitud es audaz en el hablar, muchas veces contra las deliberaciones de su príncipe; después, cuando ven la pena de cara, no fiándose el uno del otro, corren a obedecer. De manera que se ve cierto que, de lo que diga un pueblo acerca de la buena o mala disposición suya, se debe tener no gran cuenta, cuando tú estés ordenado de modo para poderlo mantener, si está bien dispuesto; si está mal dispuesto, para poder proveer que no te ofenda. Esto se entiende por aquellas malas disposiciones que tienen los pueblos, nacidas de cualquier otra causa que o por haber perdido la libertad o su príncipe amado por ellos y que aún esté vivo: porque las malas disposiciones que nacen de estas causas son sobre toda cosa formidables, y que tienen necesidad de grandes remedios para frenarlas: las otras sus indisposiciones serán fáciles, cuando no tenga jefes a quienes refugiarse. Porque no hay cosa, por un lado, más formidable que una multitud suelta y sin jefe; y, por otra parte, no hay cosa más débil: porque, aunque tenga las armas en la mano, será fácil reducirla, con tal de que tengas refugio para huir del primer ímpetu; porque cuando los ánimos están un poco enfriados, y cada uno ve que tiene que volver a su casa, comienzan a dudar de sí mismos, y pensar en su salvación o con huirse o con acordarse. Por eso una multitud así agitada, queriendo huir estos peligros, tiene que hacer enseguida entre sí misma un jefe que la corrija, la mantenga unida y piense en su defensa; como hizo la plebe romana, cuando, después de la muerte de Virginia, se partió de Roma, y para salvarse hicieron entre ellos veinte Tribunos: y no haciendo esto, les sucede siempre aquello que dice Tito Livio en las sobreescritas palabras que todos juntos son fuertes, y, cuando cada uno luego comienza a pensar en el propio peligro, se vuelve vil y débil.
Capítulo58La multitud es más sabia y más constante que un príncipe
Que no hay nada más vano ni más inconstante que la multitud, así lo afirma Tito Livio nuestro, como todos los demás historiadores. Porque a menudo ocurre, al narrar las acciones de los hombres, ver que la multitud ha condenado a alguien a muerte, y ese mismo después lo ha llorado y deseado enormemente: como se ve que hizo el pueblo romano con Manlio Capitolino, el cual habiendo condenado a muerte, después lo deseaba enormemente. Y las palabras del autor son estas: «Al pueblo, poco después de que ya no había peligro alguno de su parte, lo tomó el deseo de él». Y en otro lugar, cuando muestra los acontecimientos que nacieron en Siracusa tras la muerte de Jerónimo nieto de Hierón, dice: «Esta es la naturaleza de la multitud: o sirve humildemente, o domina con soberbia». No sé si voy a tomar una tarea dura y llena de tanta dificultad, que me convenga o abandonarla con vergüenza, o seguirla con carga; queriendo defender una cosa que, como he dicho, es acusada por todos los escritores. Pero, como sea, no juzgo ni juzgaré jamás que sea defecto defender alguna opinión con razones, sin querer usar en ello ni la autoridad ni la fuerza. Digo, pues, que de ese defecto del que acusan los escritores a la multitud, se pueden acusar a todos los hombres particularmente, y sobre todo a los príncipes; porque cualquiera que no esté regulado por las leyes haría esos mismos errores que la multitud sin freno. Y esto se puede conocer fácilmente, porque hay y ha habido muchos príncipes, y de los buenos y sabios han sido pocos: me refiero a los príncipes que han podido romper ese freno que los puede corregir; entre los cuales no están aquellos reyes que nacían en Egipto, cuando, en aquella antiquísima antigüedad, se gobernaba aquella provincia con las leyes; ni aquellos que nacían en Esparta; ni aquellos que en nuestros tiempos nacen en Francia; reino que está moderado más por las leyes que cualquier otro reino de los que en nuestros tiempos se tiene noticia. Y estos reyes que nacen bajo tales constituciones no son de poner en ese número del que se haya de considerar la naturaleza de cada hombre por sí, y ver si es semejante a la multitud; porque en comparación se debe poner una multitud igualmente regulada por las leyes como lo son ellos; y se encontrará en ella ser esa misma bondad que vemos ser en aquellos, y se verá que esa ni domina con soberbia ni sirve humildemente: como era el pueblo romano, el cual, mientras duró la República incorrupta, no sirvió jamás humildemente ni jamás dominó con soberbia; sino que con sus órdenes y magistrados mantuvo su grado honorablemente. Y cuando era necesario moverse contra un poderoso, lo hacía; como se vio en Manlio, en los Diez y en otros que buscaron oprimirla: y cuando era necesario obedecer a los Dictadores y a los Cónsules para la salvación pública, lo hacía. Y si el pueblo romano deseaba a Manlio Capitolino muerto, no es maravilla, porque deseaba sus virtudes, las cuales habían sido tales, que la memoria de ellas traía compasión a cualquiera, y habrían tenido fuerza de hacer ese mismo efecto en un príncipe, porque es sentencia de todos los escritores que la virtud se alaba y se admira aún en los enemigos suyos: y si Manlio, en medio de tanto deseo, hubiera resucitado, el pueblo de Roma habría dado de él el mismo juicio que hizo, sacado que lo hubo de prisión, que poco después lo condenó a muerte; no obstante que se vea de los príncipes, tenidos por sabios, los cuales han hecho morir a alguna persona, y después enormemente la han deseado: como Alejandro, a Clito y otros amigos suyos; y Herodes, a Mariamne. Pero lo que el historiador nuestro dice de la naturaleza de la multitud, no lo dice de la que está regulada por las leyes, como era la romana; sino de la sin freno, como era la siracusana: la cual hizo aquellos errores que hacen los hombres enfurecidos y sin freno, como hizo Alejandro Magno, y Herodes, en los casos dichos. Por eso no es más de inculpar la naturaleza de la multitud que de los príncipes, porque todos igualmente yerran, cuando todos sin respeto pueden errar. De lo cual, además de lo que he dicho, hay muchos ejemplos, y entre los emperadores romanos, y entre los otros tiranos y príncipes; donde se ve tanta inconstancia y tanta variación de vida, cuanta jamás se encontró en ninguna multitud.
Concluyo pues, contra la opinión común; la cual dice que los pueblos, cuando son príncipes, son varios, mudables e ingratos; afirmando que en ellos no están de otra manera estos pecados que en los príncipes particulares. Y acusando alguien a los pueblos y a los príncipes juntos, podría decir la verdad; pero excluyendo a los príncipes, se engaña: porque un pueblo que mande y esté bien ordenado, será estable, prudente y grato no de otra manera que un príncipe, o mejor que un príncipe, aun siendo estimado sabio: y por otra parte, un príncipe, suelto de las leyes, será ingrato, vario e imprudente más que un pueblo. Y que la variación del proceder de ellos nace no de la naturaleza diversa, porque en todos es de un modo, y, si hay ventaja de bien, está en el pueblo; sino del tener más o menos respeto a las leyes, dentro de las cuales uno y otro vive. Y quien considere al pueblo romano, lo verá haber sido durante cuatrocientos años enemigo del nombre regio, y amante de la gloria y del bien común de su patria; verá tantos ejemplos usados por él, que testimonian una cosa y la otra. Y si alguien me alegara la ingratitud que usó contra Escipión, respondo lo que arriba largamente se discurrió en esta materia, donde se mostró que los pueblos son menos ingratos que los príncipes. Pero en cuanto a la prudencia y a la estabilidad, digo que un pueblo es más prudente, más estable y de mejor juicio que un príncipe. Y no sin razón se asemeja la voz de un pueblo a la de Dios: porque se ve que una opinión universal hace efectos maravillosos en sus pronósticos; de modo que parece que por oculta virtud prevé su mal y su bien. En cuanto a juzgar las cosas, se ve rarísimas veces, cuando oye a dos oradores que tienden a partes diversas, cuando son de igual virtud, que no tome la opinión mejor, y que no sea capaz de aquella verdad que oye. Y si en las cosas valientes, o que parecen útiles, como arriba se dice, él yerra; muchas veces yerra también un príncipe en sus propias pasiones, las cuales son muchas más que las de los pueblos. Se ve además, en sus elecciones a los magistrados, hacer, de lejos, mejor elección que un príncipe, ni jamás se persuadirá a un pueblo que sea bien llevar a las dignidades a un hombre infame y de costumbres corruptas: lo que fácilmente y por mil vías se persuade a un príncipe. Se ve a un pueblo comenzar a tener en horror una cosa, y muchos siglos estar en esa opinión: lo que no se ve en un príncipe. Y de una y otra de estas dos cosas quiero que me baste por testimonio el pueblo romano: el cual en tantas centenas de años, en tantas elecciones de Cónsules y de Tribunos, no hizo cuatro elecciones de las que tuviera que arrepentirse. Y tuvo, como he dicho, tanto en odio el nombre regio, que ninguna obligación de algún ciudadano suyo, que intentara ese nombre, pudo hacerle huir las debidas penas. Se ve, además de esto, que las ciudades donde los pueblos son príncipes hacen en brevísimo tiempo aumentos excesivos, y mucho mayores que aquellas que siempre han estado bajo un príncipe: como hizo Roma después de la expulsión de los reyes, y Atenas después de que se liberó de Pisístrato. Lo cual no puede nacer de otra cosa, sino que son mejores gobiernos los de los pueblos que los de los príncipes. Ni quiero que se oponga a esta opinión mía todo lo que el historiador nuestro dice en el texto antes alegado, y en cualquier otro; porque, si se discurren todos los desórdenes de los pueblos, todos los desórdenes de los príncipes, todas las glorias de los pueblos y todas las de los príncipes, se verá que el pueblo en bondad y en gloria es, de lejos, superior. Y si los príncipes son superiores a los pueblos en ordenar leyes, formar vidas civiles, ordenar estatutos y órdenes nuevas; los pueblos son tanto superiores en mantener las cosas ordenadas, que añaden sin duda a la gloria de aquellos que las ordenan.
Y en resumen, para concluir esta materia, digo que han durado mucho los estados de los príncipes, han durado mucho los estados de las repúblicas, y tanto unos como otros han necesitado ser regulados por las leyes: porque un príncipe que puede hacer lo que quiere está loco; un pueblo que puede hacer lo que quiere no es sabio. Si, entonces, se razona sobre un príncipe obligado por las leyes y sobre un pueblo encadenado por ellas, se verá más virtud en el pueblo que en el príncipe: si se razona sobre uno y otro libres de ataduras, se verán menos errores en el pueblo que en el príncipe, y aquellos serán menores y tendrán mayores remedios. Pues a un pueblo licencioso y tumultuoso le puede hablar un hombre bueno, y fácilmente puede ser devuelto al buen camino: a un príncipe malvado no hay nadie que pueda hablarle ni hay otro remedio que el hierro. De lo cual se puede hacer conjetura sobre la importancia de la enfermedad de uno y otro: que si para curar la enfermedad del pueblo bastan las palabras, y para la del príncipe es necesario el hierro, nunca habrá nadie que no juzgue que, donde se necesita mayor cura, son mayores los errores. Cuando un pueblo está verdaderamente desatado, no se temen las locuras que comete, ni se tiene miedo del mal presente, sino de aquel que puede nacer, pudiendo nacer, en medio de tanta confusión, un tirano. Pero con los príncipes malvados sucede lo contrario: que se teme el mal presente, y en el futuro se espera; persuadiéndose los hombres de que su mala vida puede hacer surgir una libertad. Así que ves la diferencia entre uno y otro, que es como la que hay entre las cosas que son y las que tienen que ser. Las crueldades de la multitud son contra quien temen que ocupe el bien común: las de un príncipe son contra quien temen que ocupe su bien propio. Pero la opinión contra los pueblos nace porque de los pueblos cada uno habla mal sin miedo y libremente, incluso mientras reinan: de los príncipes se habla siempre con mil miedos y mil respetos. Ni me parece fuera de propósito, puesto que esta materia me lleva a ello, disputar, en el siguiente capítulo, de qué confederaciones puede uno fiarse más: si de las hechas con una república, o de las hechas con un príncipe.
Capítulo59De qué confederación o liga puede uno fiarse más; si de la hecha con una república, o de la hecha con un príncipe
Porque, cada día, ocurre que un príncipe con otro, o una república con otra, hacen liga y amistad entre sí; y también de manera similar se contrae confederación y acuerdo entre una república y un príncipe; me parece conveniente examinar qué fe es más estable, y de cuál se debe tener más en cuenta, si de la de una república, o de la de un príncipe. Yo, examinándolo todo, creo que en muchos casos son similares y en algunos hay alguna diferencia. Creo, por tanto, que los acuerdos hechos por la fuerza no te serán observados ni por un príncipe ni por una república; creo que, cuando venga el miedo por el estado, uno y otro, para no perderlo, te romperá la fe, y usará contigo la ingratitud. Demetrio, el que fue llamado conquistador de ciudades, había hecho a los atenienses infinitos beneficios: sucedió después que, siendo derrotado por sus enemigos, y refugiándose en Atenas como en ciudad amiga y obligada hacia él, no fue recibido por ella: lo cual le dolió mucho más que la pérdida de sus hombres y de su ejército. Pompeyo, derrotado por César en Tesalia, se refugió en Egipto con Tolomeo, a quien él anteriormente había restablecido en el reino; y fue muerto por él. Se ve que estas cosas tuvieron las mismas causas: sin embargo, fue usada más humanidad y menos injuria por la república que por el príncipe. Donde hay, por tanto, miedo, se encontrará de hecho la misma fe. Y si se encontrara una república o un príncipe que, por mantenerte la fe, espera arruinarse, puede nacer esto también de causas similares. Y en cuanto al príncipe, puede muy bien ocurrir que sea amigo de un príncipe poderoso que, aunque no tenga ocasión entonces de defenderlo, puede esperar que con el tiempo lo restituya en su principado; o verdaderamente que, habiéndolo seguido como partidario, no crea encontrar ni fe ni acuerdos con el enemigo de aquel. De esta clase han sido aquellos príncipes del reino de Nápoles que han seguido el partido francés. Y en cuanto a las repúblicas, fue de esta clase Sagunto en España, que esperó la ruina por seguir el partido romano; y de esta Florencia, por seguir en 1512 el partido francés. Y creo, computado todo, que en estos casos, donde hay el peligro urgente, se encontrará alguna mayor estabilidad en las repúblicas que en los príncipes. Porque, aunque las repúblicas tuvieran aquel mismo ánimo y aquella misma voluntad que un príncipe, el tener su movimiento lento hará que tardarán siempre más en resolverse que el príncipe, y por esto tardarán más en romper la fe que él. Se rompen las confederaciones por el beneficio. En esto las repúblicas son, de largo, más observantes de los acuerdos que los príncipes. Y se podrían aducir ejemplos, donde un mínimo beneficio ha hecho romper la fe a un príncipe, y donde una gran utilidad no ha hecho romper la fe a una república: como fue aquella propuesta que hizo Temístocles a los atenienses, a quienes en la asamblea dijo que tenía un consejo que hacer a su patria de gran utilidad, pero no podía decirlo para no descubrirlo, porque, descubriéndolo, se quitaba la ocasión de hacerlo. De modo que el pueblo de Atenas eligió a Arístides, con quien se comunicara la cosa, y según después le pareciera a él se deliberara: al cual Temístocles mostró cómo la armada de toda Grecia, aunque estuviera bajo su fe, estaba en lugar donde fácilmente se podía capturar o destruir; lo cual hacía a los atenienses del todo árbitros de aquella provincia. Entonces Arístides refirió al pueblo que la propuesta de Temístocles era utilísima pero deshonestísima: por lo cual el pueblo del todo la rechazó. Lo cual no habría hecho Filipo de Macedonia, y los otros príncipes que más beneficio han buscado y ganado con el romper la fe, que con cualquier otro modo. En cuanto a romper los pactos por alguna causa de incumplimiento, de esto no hablo, como de cosa ordinaria; pero hablo de aquellos que se rompen por causas extraordinarias: donde yo creo, por las cosas dichas, que el pueblo comete menores errores que el príncipe, y por esto se puede confiar más en él que en el príncipe.
Capítulo60Libro segundo Cómo el Consulado y cualquier otro magistrado en Roma se daba sin respeto de edad
Se ve por el orden de la historia, cómo la República romana, después de que el Consulado llegó a la Plebe, lo concedió a sus ciudadanos sin respeto de edad o de sangre; aunque el respeto de la edad nunca existió en Roma, sino que siempre se fue a buscar la virtud, o en joven o en viejo que fuera. Lo cual se ve por el testimonio de Valerio Corvino, que fue hecho Cónsul a los veintitrés años: y Valerio dicho, hablando a sus soldados, dijo que el Consulado era «praemium virtutis, non sanguinis». Si esta cosa fue bien considerada o no, sería de disputar mucho. Y en cuanto a la sangre, fue concedido esto por necesidad; y aquella necesidad que hubo en Roma, habría en cada ciudad que quisiera hacer los efectos que hizo Roma, como otra vez se ha dicho: porque no se puede dar a los hombres trabajo sin premio, ni se les puede quitar la esperanza de conseguir el premio sin peligro. Y por eso a buena hora convino que la Plebe tuviera esperanza de obtener el Consulado: y de esta esperanza se nutrió un tiempo sin tenerlo; después no bastó la esperanza, y convino que se viniera al hecho. Pero la ciudad que no emplea a su plebe en alguna cosa gloriosa, la puede tratar a su modo como en otro lugar se disputó: pero la que quiere hacer lo que hizo Roma, no tiene que hacer esta distinción. Y dado que así sea, la del tiempo no tiene réplica, antes es necesaria: porque al elegir a un joven en un grado que tiene necesidad de una prudencia de viejo, conviene, teniéndolo que elegir la multitud, que a aquel grado lo haga llegar alguna acción suya muy notable. Y cuando un joven es de tanta virtud, que se ha hecho conocer de manera notable en alguna cosa, sería cosa muy dañosa que la ciudad no se pudiera valer de él entonces, y que tuviera que esperar a que hubiera envejecido con él aquel vigor del ánimo y aquella prontitud, de la cual en esa edad su patria se podía valer: como se valió Roma de Valerio Corvino, de Escipión y de Pompeyo, y de muchos otros, que triunfaron muy jóvenes.
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