Libro segundo
Proemio0
Los hombres alaban siempre, aunque no siempre razonablemente, los tiempos antiguos y acusan a los presentes; y de tal modo son partidarios de las cosas pasadas, que no solo celebran aquellas épocas que han conocido por la memoria que dejaron de ellas los escritores, sino también aquellas que, siendo ya viejos, recuerdan haber visto en su juventud. Y cuando esta opinión suya es falsa, como lo es la mayoría de las veces, me convenzo de que son varias las causas que los conducen a este engaño. Y la primera, creo, es que de las cosas antiguas no se conoce del todo la verdad, y que de ellas se ocultan la mayoría de las veces aquellas cosas que traerían infamia a aquellos tiempos, mientras que aquellas otras que pueden darles gloria se vuelven magníficas y amplísimas. Porque la mayoría de los escritores obedecen de tal modo a la fortuna de los vencedores, que, para hacer gloriosas sus victorias, no solo exageran lo que estos obraron virtuosamente, sino que también ilustran de tal manera las acciones de los enemigos, que cualquiera que nazca después en cualquiera de las dos provincias, ya en la victoriosa o en la vencida, tiene motivo para maravillarse de aquellos hombres y de aquellos tiempos, y se ve forzado a alabarlos y amarlos en sumo grado. Además de esto, odiando los hombres las cosas ya por temor o por envidia, vienen a extinguirse dos poderosísimas causas del odio en las cosas pasadas, al no poder estas ofenderte ni darte motivo para envidiarlas. Pero al contrario ocurre con aquellas cosas que se manejan y se ven; las cuales, por el conocimiento completo que tienes de ellas, no estándote ocultas en ninguna parte, y reconociendo en ellas junto con el bien muchas otras cosas que te desagradan, te ves forzado a juzgarlas muy inferiores a las antiguas, aunque en verdad las presentes merecieran mucho más que aquellas gloria y fama: hablando, no de las cosas pertenecientes a las artes, que tienen tanta claridad en sí que los tiempos pueden quitarles o darles poca más gloria de la que por sí mismas merecen, sino refiriéndome a aquellas pertenecientes a la vida y costumbres de los hombres, de las cuales no se ven testimonios tan claros.
Repito, por tanto, que es verdadera aquella costumbre de alabar y censurar arriba descrita, pero no es siempre verdad que se yerre al hacerlo. Porque a veces es necesario que juzguen la verdad; ya que, estando las cosas humanas siempre en movimiento, o suben o bajan. Y se ve una ciudad o una provincia ser ordenada para la vida política por algún hombre excelente y, durante un tiempo, por la virtud de aquel ordenador, ir siempre en aumento hacia lo mejor. Quien nace entonces en tal Estado y alaba más los tiempos antiguos que los modernos, se engaña; y su engaño es causado por aquellas cosas que arriba se han dicho. Pero aquellos que nacen después, en aquella ciudad o provincia a la que le ha llegado el tiempo en que desciende hacia la parte más mala, entonces no se engañan. Y pensando yo en cómo proceden estas cosas, juzgo que el mundo siempre ha sido de un mismo modo, y en él ha habido tanto de bueno como de malo; pero que este malo y este bueno varían de provincia en provincia: como se ve por lo que se tiene noticia de aquellos reinos antiguos, que variaban de uno a otro por la variación de las costumbres; pero el mundo permanecía el mismo. Solo había esta diferencia, que donde aquel había alojado primero su virtud en Asiria, la colocó en Media, luego en Persia, hasta que vino a Italia y a Roma; y si después del Imperio romano no ha seguido imperio que haya durado, ni donde el mundo haya retenido su virtud junta, se ve sin embargo estar dispersa en muchas naciones donde se vivía virtuosamente; como era el reino de los francos, el reino de los turcos, el del Soldán; y hoy los pueblos de Germania; y antes aquella secta sarracena que hizo tantas grandes cosas y ocupó tanto mundo, luego que destruyó el Imperio romano oriental. En todas estas provincias, pues, después que los romanos cayeron, y en todas estas sectas ha estado aquella virtud, y está aún en alguna parte de ellas, que se desea y que con verdadera alabanza se alaba. Y quien nace en aquellas y alaba los tiempos pasados más que los presentes, podría engañarse; pero quien nace en Italia y en Grecia, y no se ha vuelto en Italia ultramontano o en Grecia turco, tiene razón de censurar sus tiempos y alabar los otros: porque en aquellos hay bastantes cosas que los hacen maravillosos; en estos no hay cosa alguna que los compense de toda extrema miseria, infamia y oprobio: donde no hay observancia de religión, ni de leyes, ni de milicia; sino que están manchados de toda clase de inmundicia. Y tanto más detestables son estos vicios, cuanto más lo son en aquellos que se sientan en los tribunales, mandan a todos y quieren ser adorados.
Pero volviendo a nuestro razonamiento, digo que si el juicio de los hombres está corrompido al juzgar cuál sea mejor, si el siglo presente o el antiguo, en aquellas cosas de las que por la antigüedad no ha podido tener perfecto conocimiento como lo tiene de sus tiempos, no debería corromperse en los viejos al juzgar los tiempos de su juventud y de su vejez, habiendo conocido y visto ambos igualmente. Lo cual sería verdad si los hombres durante todos los tiempos de su vida tuvieran el mismo juicio y tuvieran los mismos apetitos: pero variando aquellos aunque los tiempos no varíen, no pueden parecer a los hombres los mismos, teniendo otros apetitos, otros placeres, otras consideraciones en la vejez que en la juventud. Porque, faltándoles a los hombres las fuerzas cuando envejecen, y creciendo en juicio y prudencia, es necesario que aquellas cosas que en la juventud les parecían soportables y buenas, resulten luego, al envejecer, insoportables y malas; y donde deberían acusar a su juicio, acusan a los tiempos. Siendo, además de esto, los apetitos humanos insaciables, porque, teniendo por naturaleza poder y voluntad de desear cada cosa, y por la fortuna poder conseguir pocas, resulta continuamente un mal contentamiento en las mentes humanas y un fastidio de las cosas que se poseen: lo cual hace censurar los tiempos presentes, alabar los pasados y desear los futuros, aunque para hacer esto no fueran movidos por ninguna causa razonable. No sé, pues, si mereceré ser contado entre aquellos que se engañan, si en estos mis discursos alabo demasiado los tiempos de los antiguos romanos y censuro los nuestros. Y en verdad, si la virtud que entonces reinaba y el vicio que ahora reina no fueran más claros que el sol, iría en el hablar más retenido, temiendo no incurrir en este engaño del que acuso a algunos. Pero siendo la cosa tan manifiesta que cualquiera la ve, seré animoso en decir manifiestamente lo que yo entenderé de aquellos y de estos tiempos; a fin de que los ánimos de los jóvenes que estos mis escritos lean, puedan huir de estos y prepararse a imitar aquellos, siempre que la fortuna les dé ocasión. Porque es oficio de hombre bueno, aquel bien que por la malignidad de los tiempos y de la fortuna tú no has podido obrar, enseñarlo a otros, a fin de que, siendo muchos capaces de ello, alguno de aquellos, más amado por el Cielo, pueda obrarlo. Y habiendo en los discursos del libro superior hablado de las deliberaciones hechas por los romanos pertenecientes al interior de la ciudad, en este hablaremos de aquellas que el pueblo romano hizo pertenecientes al aumento de su imperio.
Capítulo1Qué fue más causa del imperio que adquirieron los romanos, si la virtud o la fortuna
Muchos han tenido la opinión, y entre ellos Plutarco, gravísimo escritor, que el pueblo romano al adquirir el imperio fue más favorecido por la fortuna que por la virtud. Y entre las otras razones que aduce, dice que por confesión de aquel pueblo se demuestra que reconoció de la fortuna todas sus victorias, habiendo edificado más templos a la Fortuna que a ningún otro dios. Y parece que a esta opinión se acerca Livio; porque raras veces hace hablar a algún romano, donde relata la virtud, sin que añada la fortuna. Lo cual yo no quiero confesar de ningún modo, ni creo tampoco que se pueda sostener. Porque si nunca se ha encontrado república que haya conseguido los provechos que Roma, es porque nunca se ha encontrado república que haya estado ordenada para poder adquirir como Roma. Porque la virtud de los ejércitos le hizo adquirir el imperio; y el orden del proceder, y su modo propio, hallado por su primer dador de leyes, le hizo mantener lo adquirido: como abajo largamente en varios discursos se narrará. Dicen estos que el no haber afrontado nunca dos poderosísimas guerras al mismo tiempo fue fortuna y no virtud del pueblo romano; porque no tuvieron guerra con los latinos sino cuando habían golpeado a los samnitas, hasta el punto de que la guerra fue hecha por los romanos en defensa de aquellos; no combatieron con los toscanos si primero no hubieron subyugado a los latinos y enervado casi del todo a los samnitas con las frecuentes derrotas: que si dos de estas potencias íntegras se hubieran encontrado juntas cuando estaban frescas, sin duda se puede fácilmente conjeturar que habría seguido la ruina de la República romana. Pero, como quiera que esta cosa naciera, jamás sucedió que tuvieran dos poderosísimas guerras al mismo tiempo: antes pareció siempre que, o al nacer una se apagaba la otra, o al apagarse una nacía la otra. Lo cual se puede fácilmente ver por el orden de las guerras hechas por ellos: porque, dejando aparte aquellas que hicieron antes de que Roma fuera tomada por los franceses, se ve que, mientras combatieron con los ecuos y con los volscos, jamás, mientras estos pueblos fueron potentes, descendieron contra ellos otras gentes. Domados estos, nació la guerra contra los samnitas; y aunque, antes de que terminara tal guerra, los pueblos latinos se rebelaran contra los romanos, no obstante, cuando tal rebelión sucedió, los samnitas estaban en liga con Roma, y con sus ejércitos ayudaron a los romanos a domar la insolencia latina. Los cuales domados, resurgió la guerra de Samnio. Batidas por muchas derrotas dadas a los samnitas sus fuerzas, nació la guerra de los toscanos; la cual compuesta, se levantaron de nuevo los samnitas por el paso de Pirro a Italia. El cual como fue rechazado y remitido a Grecia, iniciaron la primera guerra con los cartagineses: ni apenas fue terminada tal guerra, que todos los franceses, de acá y de allá de los Alpes, conspiraron contra los romanos; hasta que entre Populonia y Pisa, donde está hoy la torre de San Vicente, fueron superados con máxima matanza. Terminada esta guerra, por espacio de veinte años tuvieron guerras de no mucha importancia; porque no combatieron con otros que con los ligures y con aquel resto de franceses que estaba en Lombardía. Y así estuvieron hasta que nació la segunda guerra cartaginesa, que por dieciséis años tuvo ocupada Italia. Terminada esta con máxima gloria, nació la guerra macedónica; la cual terminada, vino la de Antíoco y de Asia. Después de aquella victoria, no quedó en todo el mundo ni príncipe ni república que, de por sí o todos juntos, pudieran oponerse a las fuerzas romanas.
Pero antes de aquella última victoria, quien considere bien el orden de esas guerras y el modo de proceder en ellas, verá dentro mezcladas con la fortuna una virtud y prudencia grandísimas. De manera que, quien examinase la causa de tal fortuna, la encontraría fácilmente: porque es cosa certísima que, cuando un príncipe y un pueblo llegan a tanta reputación que cada príncipe y pueblo vecino tiene miedo por sí mismo de atacarlo y le teme, siempre ocurrirá que cada uno de ellos jamás lo atacará, salvo si se ve obligado; de modo que estará casi en la elección de ese poderoso hacer guerra con el vecino que le parezca, y a los otros aquietarlos con su industria. Estos, en parte por respeto a su potencia, en parte engañados por aquellos modos que tendrá para adormecerlos, se aquietan fácilmente; aquellos otros potentes que están lejos y que no tienen comercio con él, cuidan el asunto como cosa lejana, y que no les atañe. En este error están hasta que ese incendio llega cerca de ellos: el cual llegado, no tienen remedio para apagarlo si no es con las fuerzas propias que luego no bastan, siendo aquel ya potentísimo. Quiero dejar ir cómo los samnitas se quedaron mirando cómo el pueblo romano vencía a los volscos y a los ecuos; y para no ser demasiado prolijo, me centraré en los cartagineses: los cuales eran de gran potencia y de gran estimación, cuando los romanos combatían con los samnitas y con los toscanos; porque ya tenían toda África, tenían Cerdeña y Sicilia, tenían dominio en parte de España. Esta potencia suya, junto con el estar lejos en los confines del pueblo romano, hizo que nunca pensaran en atacarlo ni en socorrer a los samnitas y a los toscanos: antes bien, hicieron como se hace en las cosas que crecen más bien en su favor, aliándose con ellos y buscando su amistad. Y no se dieron cuenta del error cometido, hasta que los romanos, dominados todos los pueblos que estaban en medio entre ellos y los cartagineses, empezaron a combatir juntos por el imperio de Sicilia y de España. Esto mismo les ocurrió a los franceses que a los cartagineses, y así a Filipo rey de los macedonios, y a Antíoco; y cada uno de ellos creyó, mientras el pueblo romano estaba ocupado con el otro, que ese otro lo superaría, y estar a tiempo, con paz o con guerra, de defenderse de él. De modo que creo que la fortuna que tuvieron en esta parte los romanos, la tendrían todos aquellos príncipes que procedieran como los romanos, y fueran de la misma virtud que ellos.
Habría que mostrar a este propósito el modo usado por el pueblo romano al entrar en las provincias ajenas, si en nuestro tratado de Los Príncipes no hubiéramos hablado de ello largamente: porque, en aquel, esta materia está difusamente discutida. Diré solo esto brevemente, cómo siempre se esforzaron en tener en las provincias nuevas algún amigo que fuese escalera o puerta para subir o entrar, o medio para tenerla: como se ve que por medio de los capuanos entraron en Samnio, de los camertinos en Toscana, de los mamertinos en Sicilia, de los saguntinos en España, de Masinisa en África, de los etolios en Grecia, de Eumenes y otros príncipes en Asia, de los masilios y de los eduos en Francia. Y así nunca les faltaron apoyos semejantes, para poder facilitar sus empresas y en el adquirir las provincias y en el tenerlas. Los pueblos que observen esto, verán tener menos necesidad de la fortuna, que aquellos que no sean buenos observadores de ello. Y para que cada uno pueda conocer mejor, cuánto puede más la virtud que la fortuna de ellos en adquirir aquel imperio, discurriremos, en el siguiente capítulo, de qué calidad fueron aquellos pueblos con los que tuvieron que combatir, y cuán obstinados eran en defender su libertad.
Capítulo2Con qué pueblos tuvieron que combatir los romanos, y cómo obstinadamente aquellos defendían su libertad
Ninguna cosa hizo más fatigoso a los romanos superar a los pueblos de alrededor y parte de las provincias lejanas, que el amor que en aquellos tiempos muchos pueblos tenían a la libertad, la cual tan obstinadamente defendían, que nunca habrían sido subyugados sino por una virtud excesiva. Porque, por muchos ejemplos se conoce a qué peligros se exponían para mantener o recuperar aquella; qué venganzas hacían contra aquellos que se la hubieran ocupado. Se conoce también en la lectura de las historias, qué daños reciben los pueblos y las ciudades por la servidumbre. Y donde en estos tiempos hay solo una provincia, que se pueda decir que tenga en sí ciudades libres, en los tiempos antiguos en todas las provincias había bastantes pueblos muy libres. Se ve cómo en aquellos tiempos de los cuales hablamos al presente, en Italia, desde los Alpes que dividen ahora la Toscana de Lombardía, hasta la punta de Italia, había todos pueblos libres; como eran los toscanos, los romanos, los samnitas, y muchos otros pueblos que habitaban en aquel resto de Italia. Y nunca se habla de que hubiera algún rey, fuera de aquellos que reinaron en Roma, y Porsena rey de Toscana; de cuya estirpe cómo se extinguió, no lo dice la historia. Pero se ve bien, cómo en aquellos tiempos en que los romanos pusieron sitio a Veyes, Toscana era libre: y tanto gozaba de su libertad, y tanto odiaba el nombre de príncipe, que, habiendo hecho los veyentinos para su defensa un rey en Veyes, y pidiendo ayuda a los toscanos contra los romanos, aquellos, después de muchas consultas hechas, deliberaron no dar ayuda a los veyentinos, en tanto que vivieran bajo el rey; juzgando no ser correcto defender la patria de aquellos que ya la habían sometido a otro. Y es cosa fácil conocer de dónde nace en los pueblos esta afección al vivir libre; porque se ve por experiencia que las ciudades nunca han ampliado ni de dominio ni de riqueza, si no es mientras han estado en libertad. Y verdaderamente es cosa maravillosa considerar, a qué grandeza llegó Atenas por espacio de cien años, después de que se liberó de la tiranía de Pisístrato. Pero sobre todo es muy maravilloso considerar a qué grandeza llegó Roma, después de que se liberó de sus reyes. La razón es fácil de entender; porque no el bien particular, sino el bien común es lo que hace grandes a las ciudades. Y sin duda, este bien común no es observado sino en las repúblicas; porque todo aquello que hace a propósito suyo, se ejecuta; y aunque redunde en daño de este o de aquel privado, son tantos aquellos a quienes dicho bien beneficia, que lo pueden llevar adelante contra la disposición de aquellos pocos que fueran oprimidos por él. Al contrario ocurre cuando hay un príncipe; donde la mayor parte de las veces lo que hace por él, ofende a la ciudad; y lo que hace por la ciudad, lo ofende a él. De modo que, en cuanto nace una tiranía sobre un vivir libre, el menor mal que resulta a esas ciudades es no ir más adelante, ni crecer más en potencia o en riquezas; pero la mayor parte de las veces, antes bien siempre, les ocurre que retroceden. Y si la suerte hiciera que surgiera un tirano virtuoso que por ánimo y por virtud de armas ampliase su dominio, no resultaría de ello ninguna utilidad a aquella república, sino a él mismo: porque él no puede honrar a ninguno de aquellos ciudadanos que sean valientes y buenos, que él tiraniza, no queriendo tener que tener sospecha de ellos. Tampoco puede someter las ciudades que él adquiere, o hacerlas tributarias a aquella ciudad de la que él es tirano: porque el hacerla potente no es a su favor; sino que es a su favor mantener el estado desunido, y que cada tierra y cada provincia lo reconozca a él. De manera que, de sus adquisiciones, solo él se aprovecha, y no su patria. Y quien quisiera confirmar esta opinión con infinitas otras razones, lea a Jenofonte en su tratado que hace Sobre la Tiranía. No es maravilla, pues, que los antiguos pueblos persiguieran con tanto odio a los tiranos y amasen el vivir libre, y que el nombre de la libertad fuese tan estimado por ellos: como ocurrió cuando Jerónimo, nieto de Hierón siracusano, fue muerto en Siracusa, que, llegando las nuevas de su muerte a su ejército, que no estaba muy lejos de Siracusa, empezó primero a tumultuarse, y a tomar las armas contra los matadores de aquel; pero cuando oyó que en Siracusa se gritaba libertad, atraído por ese nombre, se calmó del todo, depuso la ira contra los tiranicidas, y pensó cómo en aquella ciudad se podría ordenar un vivir libre. No es maravilla tampoco que los pueblos hagan venganzas extraordinarias contra aquellos que les han ocupado la libertad. De lo cual ha habido bastantes ejemplos, de los cuales entiendo referir solo uno, sucedido en Corcira, ciudad de Grecia, en los tiempos de la guerra del Peloponeso; donde, estando dividida aquella provincia en dos partes, de las cuales una seguía a los atenienses y la otra a los espartanos, nacía que de muchas ciudades, que estaban entre ellas divididas, una parte seguía la amistad de Esparta, la otra la de Atenas: y habiendo ocurrido que en dicha ciudad prevalecieron los nobles, y quitaron la libertad al pueblo, los populares por medio de los atenienses recobraron las fuerzas, y, echando mano a toda la nobleza, los encerraron en una prisión capaz de todos ellos; de donde los sacaban de ocho en ocho o de diez en diez, bajo título de mandarlos al exilio en diversas partes, y a aquellos con muchos crueles ejemplos los hacían morir. De lo cual habiéndose dado cuenta, los que quedaban, deliberaron en cuanto les era posible, huir de aquella muerte ignominiosa: y armados de lo que podían, combatiendo con aquellos que querían entrar, defendían la entrada de la prisión; de modo que el pueblo, hecho un concurso por aquel estruendo, descubrió la parte superior de aquel lugar, y a aquellos con aquellas ruinas los sofocó. Siguieron también en dicha provincia muchos otros casos semejantes horribles y notables; de manera que se ve ser verdad que con mayor ímpetu se venga una libertad que te ha sido quitada, que aquella que te quieren quitar.
Pensando entonces de dónde puede nacer que en aquellos tiempos antiguos los pueblos fueran más amantes de la libertad que en estos, creo que nace de la misma causa que hace ahora a los hombres menos fuertes: la cual creo que es la diversidad de nuestra educación respecto a la antigua. Porque, al habernos mostrado nuestra religión la verdad y el verdadero camino, nos hace estimar menos el honor del mundo: mientras que los gentiles, estimándolo mucho y habiendo puesto en él el sumo bien, eran en sus acciones más feroces. Lo cual puede considerarse a partir de muchas de sus instituciones, comenzando por la magnificencia de sus sacrificios frente a la humildad de los nuestros; donde hay alguna pompa más delicada que magnífica, pero ninguna acción feroz o vigorosa. Allí no faltaba la pompa ni la magnificencia de las ceremonias, pero se añadía la acción del sacrificio lleno de sangre y de ferocidad, matándose en él multitud de animales; aquel aspecto, siendo terrible, hacía a los hombres semejantes a él. La religión antigua, además de esto, no beatificaba sino a hombres llenos de gloria mundana, como eran capitanes de ejércitos y príncipes de repúblicas. Nuestra religión ha glorificado más a los hombres humildes y contemplativos que a los activos. Ha puesto después el sumo bien en la humildad, el abatimiento y el desprecio de las cosas humanas: aquella otra lo ponía en la grandeza del ánimo, en la fortaleza del cuerpo y en todas las demás cosas aptas para hacer a los hombres fortísimos. Y si nuestra religión requiere que tengas en ti fortaleza, quiere que seas apto para padecer más que para hacer una cosa fuerte. Este modo de vivir, pues, parece que ha vuelto débil al mundo y lo ha entregado en presa a los hombres malvados, los cuales pueden manejarlo con seguridad, viendo cómo la universalidad de los hombres, para irse al Paraíso, piensa más en soportar sus golpes que en vengarlos. Y aunque parezca que se ha afeminado el mundo y desarmado el Cielo, nace más sin duda de la vileza de los hombres, que han interpretado nuestra religión según el ocio y no según la virtud. Porque, si considerasen cómo ella nos permite la exaltación y la defensa de la patria, verían cómo quiere que la amemos y honremos, y nos preparemos para ser tales que podamos defenderla. Hacen pues estas educaciones, y tan falsas interpretaciones, que en el mundo no se ven tantas repúblicas cuantas se veían antiguamente; ni, por consiguiente, se ve en los pueblos tanto amor a la libertad como entonces: aunque yo creo más bien que es causa de esto que el Imperio romano con sus armas y su grandeza extinguió todas las repúblicas y todos los modos de vivir civiles. Y aunque después tal Imperio se haya disuelto, no han podido las ciudades todavía reconstituirse ni reordenarse para la vida civil, sino en muy pocos lugares de aquel Imperio. Con todo, como quiera que fuese, los romanos en cada mínima parte del mundo encontraron una conjunción de repúblicas armadísimas y obstinadas en la defensa de su libertad. Lo que muestra que el pueblo romano sin una rara y extrema virtud nunca las habría podido superar.
Y para dar ejemplo de algún miembro, quiero que me baste el ejemplo de los samnitas: lo cual parece cosa admirable, y Tito Livio lo reconoce, que fuesen tan potentes y sus armas tan válidas que pudiesen hasta el tiempo de Papirio Cursor cónsul, hijo del primer Papirio, resistir a los romanos (que fue un espacio de cuarenta y seis años), después de tantas derrotas, ruinas de tierras y tantas matanzas sufridas en su país; sobre todo viendo ahora aquel país, donde había tantas ciudades y tantos hombres, estar casi deshabitado; y entonces había allí tanto orden y tanta fuerza que era insuperable, si no hubiese sido asaltado por una virtud romana. Y es cosa fácil considerar de dónde nacía aquel orden y de dónde procede este desorden; porque todo viene del vivir libre entonces y ahora del vivir siervo. Porque todas las tierras y las provincias que viven libres en cada parte, como dije arriba, obtienen provechos grandísimos. Porque allí se ven mayores pueblos, por ser los matrimonios más libres, más deseables para los hombres: porque cada uno procrea voluntariamente aquellos hijos que cree poder nutrir, no dudando que el patrimonio le sea quitado; y porque sabe no solamente que nacen libres y no esclavos, sino que pueden mediante su virtud convertirse en príncipes. Se ven allí las riquezas multiplicarse en mayor número, tanto las que vienen del cultivo como las que vienen de las artes. Porque cada uno voluntariamente multiplica en aquella cosa y busca adquirir aquellos bienes que cree, una vez adquiridos, poder gozar. De donde nace que los hombres a porfía piensan en los beneficios privados y públicos; y uno y otro vienen maravillosamente a crecer. Lo contrario de todas estas cosas sucede en aquellos países que viven siervos; y tanto más disminuyen del bien acostumbrado cuanto más dura es la servidumbre. Y de todas las servidumbres duras, aquella es durísima que te somete a una república: una, porque es más duradera y menos se puede esperar salir de ella; la otra, porque el fin de la república es enervar y debilitar, para acrecentar su cuerpo, todos los demás cuerpos. Lo cual no hace un príncipe que te someta, cuando aquel príncipe no sea algún príncipe bárbaro, destructor de los países y disipador de toda la civilización de los hombres, como son los príncipes orientales. Pero si tiene en sí órdenes humanos y ordinarios, las más de las veces ama a sus ciudades sometidas igualmente, y a ellas deja todas las artes y casi todos los órdenes antiguos. De modo que, si no pueden crecer como libres, tampoco se arruinan como esclavas; entendiéndose de la servidumbre en la cual caen las ciudades sirviendo a un extranjero, porque de las de algún ciudadano suyo hablé más arriba. Quien considere, pues, todo lo que se ha dicho, no se maravillará del poder que tenían los samnitas siendo libres y de la debilidad en que vinieron después, sirviendo: y Tito Livio da fe de ello en varios lugares, y sobre todo en la guerra de Aníbal, donde muestra que, estando los samnitas oprimidos por una legión de hombres que estaba en Nola, mandaron oradores a Aníbal para rogarle que los socorriese; los cuales, en su parlamento, dijeron que habían por cien años combatido contra los romanos con sus propios soldados y sus propios capitanes, y muchas veces habían resistido a dos ejércitos consulares y dos cónsules, y que entonces a tanta bajeza habían llegado que no podían apenas defenderse de una pequeña legión romana que estaba en Nola.
Capítulo3Roma se convirtió en gran ciudad arruinando las ciudades circunvecinas y recibiendo a los extranjeros fácilmente en sus honores
«Crescit interea Roma Albae ruinis». Aquellos que proyectan que una ciudad haga grande imperio deben con toda industria ingeniarse para hacerla llena de habitantes; porque, sin esta abundancia de hombres, nunca logrará hacer grande una ciudad. Esto se hace de dos modos: por amor y por fuerza. Por amor, manteniendo las vías abiertas y seguras para los extranjeros que proyecten venir a habitar en ella, para que cada uno habite allí voluntariamente: por fuerza, deshaciendo las ciudades vecinas y mandando a los habitantes de aquellas a habitar en tu ciudad. Lo que fue en tanto observado por Roma que, en el tiempo del sexto rey, en Roma habitaban ochenta mil hombres capaces de portar armas. Porque los romanos quisieron hacer al uso del buen cultivador, el cual, para que una planta engrose y pueda producir y madurar sus frutos, le corta las primeras ramas que echa, para que, quedando aquella virtud en el pie de aquella planta, puedan con el tiempo nacer más verdes y más fructíferas. Y que este modo, seguido para ampliar y hacer imperio, fuese necesario y bueno lo demuestra el ejemplo de Esparta y de Atenas: las cuales siendo dos repúblicas armadísimas y ordenadas con óptimas leyes, sin embargo no llegaron a la grandeza del Imperio romano; y Roma parecía más tumultuaria y no tan bien ordenada como aquellas. De lo cual no se puede aducir otra causa que la antes alegada: porque Roma, por haber engrosado por aquellas dos vías el cuerpo de su ciudad, pudo ya poner en armas doscientos ochenta mil hombres; y Esparta y Atenas no pasaron nunca de veinte mil por cada una. Lo cual nació, no de ser el sitio de Roma más benigno que el de aquellas, sino solamente de diverso modo de proceder. Porque Licurgo, fundador de la república espartana, considerando que ninguna cosa podía más fácilmente disolver sus leyes que la mezcla de nuevos habitantes, hizo todo para que los extranjeros no tuviesen que conversar allí: y además de no recibirlos en los matrimonios, en la civilidad y en las demás conversaciones que hacen convenir a los hombres juntos, ordenó que en aquella su república se gastase moneda de cuero, para quitar a cada uno el deseo de venir allí para llevar mercancías o llevar algún arte; de manera que aquella ciudad no pudo nunca engrosar de habitantes. Y porque todas nuestras acciones imitan a la naturaleza, no es posible ni natural que un pie delgado sostenga una rama gruesa. Por eso una república pequeña no puede ocupar ciudades ni reinos que sean más válidos ni más gruesos que ella; y, si acaso los ocupa, le sucede como a aquel árbol que tuviese más gruesa la rama que el pie, que, sosteniéndola con esfuerzo, cualquier pequeño viento la quiebra: como se vio que sucedió a Esparta, la cual habiendo ocupado todas las ciudades de Grecia, no bien se le rebeló Tebas, todas las demás ciudades se le rebelaron, y quedó el pie solo sin ramas. Lo que no pudo suceder a Roma, teniendo el pie tan grueso que cualquier rama podía fácilmente sostener. Este modo pues de proceder, junto con los otros que se dirán más abajo, hizo a Roma grande y potentísima. Lo que demuestra Tito Livio en dos palabras, cuando dijo: «Crescit interea Roma Albae ruinis».
Capítulo4Las repúblicas han mantenido tres modos en cuanto a expandirse
Quien ha observado las historias antiguas encuentra que las repúblicas han mantenido tres modos en cuanto a expandirse. Uno ha sido el que observaron los antiguos toscanos, de ser una liga de varias repúblicas juntas, donde ninguna aventaja a la otra ni en autoridad ni en rango; y, al conquistar, hacer a las demás ciudades compañeras, del mismo modo como en este tiempo hacen los suizos, y como en los tiempos antiguos hicieron en Grecia los aqueos y los etolios. Y como los romanos hicieron mucha guerra con los toscanos, para mostrar mejor las cualidades de este primer modo, me extenderé en dar noticia de ellos particularmente. En Italia, antes del Imperio romano, fueron los toscanos poderosísimos por mar y por tierra: y aunque de sus cosas no exista historia particular, sí hay algo de memoria y alguna señal de su grandeza; y se sabe cómo enviaron una colonia al mar de arriba, que llamaron Adria, que fue tan noble que dio nombre a aquel mar que todavía los latinos llaman Adriático. Se entiende también cómo sus armas fueron obedecidas desde el Tíber hasta el pie de los Alpes que ahora ciñen el grueso de Italia; sin que importe que, doscientos años antes de que los romanos crecieran mucho en fuerzas, dichos toscanos perdieran el imperio de aquel país que hoy se llama Lombardía; provincia que fue ocupada por los franceses, que, movidos por la necesidad o por la dulzura de los frutos, y sobre todo del vino, vinieron a Italia bajo Beloveso su jefe; y rotos y expulsados los provinciales, se instalaron en aquel lugar, donde edificaron muchas ciudades, y llamaron a aquella provincia Galia, por el nombre que entonces tenían; y la conservaron hasta que fueron dominados por los romanos. Vivían, pues, los toscanos con aquella igualdad, y procedían en la expansión según aquel primer modo que se ha dicho arriba: y fueron doce ciudades, entre las cuales estaban Chiusi, Veyes, Arezzo, Fiesole, Volterra, y semejantes; y mediante la liga gobernaban su imperio; ni pudieron salir de Italia con las conquistas; y de Italia misma quedó intacta gran parte, por las razones que se dirán más adelante. El otro modo es hacerse compañeros: no tanto, sin embargo, que no te quede el rango de mandar, la sede del imperio y el título de las empresas: modo que fue observado por los romanos. El tercer modo es hacerse inmediatos súbditos, y no compañeros; como hicieron los espartanos y los atenienses. De estos tres modos, este último es del todo inútil; como se vio que fue en las dos repúblicas mencionadas arriba: que no se arruinaron por otra cosa sino por haber adquirido aquel dominio que no podían mantener. Porque, tomar a su cargo gobernar ciudades con violencia, sobre todo aquellas que estuvieran acostumbradas a vivir libres, es cosa difícil y fatigosa. Y si no estás armado, y abundante en armas, no las puedes ni mandar ni regir. Y para ser así hecho, es necesario hacerse compañeros que te ayuden, y engrosar tu ciudad de población. Y como estas dos ciudades no hicieron ni lo uno ni lo otro, el modo de proceder suyo fue inútil. Y como Roma, que es el ejemplo del segundo modo, hizo lo uno y lo otro, por eso subió a tan excesiva potencia. Y como ha sido la única en vivir así, ha sido también la única en volverse tan potente: porque, habiéndose hecho de muchos compañeros por toda Italia, los cuales en muchas cosas con leyes iguales vivían con ella; y, por otro lado, como se ha dicho arriba, habiéndose reservado siempre la sede del imperio y el título del mando, estos compañeros suyos llegaban a que, sin darse cuenta, con las fatigas y con su sangre se sometían a sí mismos. Porque, cuando comenzaron a salir con los ejércitos de Italia, y reducir los reinos a provincias, y hacerse súbditos a aquellos que, por estar acostumbrados a vivir bajo reyes, no se preocupaban de ser súbditos, y teniendo gobernadores romanos, y habiendo sido vencidos por ejércitos con el título romano, no reconocían por superior a nadie más que a Roma. De modo que aquellos compañeros de Roma que estaban en Italia se encontraron de pronto rodeados por súbditos romanos, y oprimidos por una grandísima ciudad como era Roma; y cuando se dieron cuenta del engaño bajo el cual habían vivido, no estuvieron a tiempo de remediarlo; tanta autoridad había tomado Roma con las provincias externas, y tanta fuerza se encontraba en su seno, teniendo su ciudad grandísima y arma dísima. Y aunque aquellos compañeros suyos, para vengarse de las injurias, conspiraron contra ella, fueron en poco tiempo perdedores de la guerra, empeorando sus condiciones; porque, de compañeros, se volvieron también ellos súbditos. Este modo de proceder, como se ha dicho, ha sido observado solo por los romanos; ni puede seguir otro modo una república que quiera expandirse; porque la experiencia no nos ha mostrado ninguno más cierto o más verdadero.
El modo antes mencionado de las ligas, como vivieron los toscanos, los aqueos y los etolios, y como hoy viven los suizos, es, después del de los romanos, el mejor modo; porque, al no poder con él expandirse mucho, se siguen dos beneficios: uno, que no te atraes fácilmente una guerra encima; otro, que aquello que tomas, lo conservas fácilmente. La razón de no poder expandirse es el ser una república disgregada y situada en varias sedes: lo cual hace que difícilmente puedan consultar y deliberar. Hace, además, que no sean deseosos de dominar: porque, siendo muchas comunidades las que participan de aquel dominio, no estiman tanto tal conquista como hace una república sola, que espera gozarlo todo. Se gobiernan, además de esto, por consejo, y conviene que sean más lentos en toda deliberación que aquellos que habitan dentro de un mismo recinto. Se ve también por experiencia que semejante modo de proceder tiene un término fijo, del cual no hay ejemplo que muestre que se haya sobrepasado: y este es llegar a sumar doce o catorce comunidades; después, no buscar ir más allá; porque, habiendo llegado a un grado en que les parece poder defenderse de cualquiera, no buscan mayor dominio; tanto porque la necesidad no los empuja a tener más potencia, como porque no reconocen utilidad en las conquistas, por las razones dichas arriba. Porque tendrían que hacer una de dos cosas: o seguir haciéndose compañeros, y esta multitud causaría confusión; o tendrían que hacerse súbditos, y porque ven en esto dificultad y no mucha utilidad en mantenerlos, no lo estiman. Por tanto, cuando han llegado a tal número que les parece vivir seguros, se vuelcan en dos cosas: una, recibir encomendados y tomar protecciones; y por estos medios sacar dineros de todas partes, que fácilmente entre ellos se pueden distribuir; la otra es militar para otros y tomar sueldo de este o aquel príncipe que por sus empresas los asalaria; como se ve que hacen hoy los suizos, y como se lee que hacían los antes mencionados. De lo cual es testimonio Tito Livio, donde dice que, viniendo a parlamento Filipo rey de Macedonia con Tito Quincio Flaminio, y razonando de acuerdo en presencia de un pretor de los etolios, y viniendo a palabras dicho pretor con Filipo, le fue por aquel reprochada la avaricia y la infidelidad, diciendo que los etolios no se avergonzaban de militar con uno y luego mandar también a sus hombres al servicio del enemigo; de modo que muchas veces entre dos ejércitos contrarios se veían las enseñas de Etolia. Se reconoce, por tanto, cómo este modo de proceder por ligas ha sido siempre similar y ha hecho similares efectos. Se ve también que aquel modo de hacer súbditos ha sido siempre débil y ha dado pequeños provechos; y cuando han sobrepasado la medida, arruinarse pronto. Y si este modo de hacer súbditos es inútil en las repúblicas armadas, en aquellas que están desarmadas es inutilísimo: como han sido en nuestros tiempos las repúblicas de Italia. Se reconoce, por tanto, ser el verdadero modo aquel que tuvieron los romanos, el cual es tanto más admirable cuanto no hubo antes de Roma ejemplo de él, y después de Roma no ha habido ninguno que lo haya imitado. Y en cuanto a las ligas, se encuentran solo los suizos y la liga de Suabia que lo imita. Y, como al final de esta materia se dirá, tantos ordenamientos observados por Roma, tanto pertenecientes a las cosas de dentro como a las de fuera, no son en nuestros tiempos presentes no solamente imitados, sino que no se les tiene cuenta alguna: juzgándolos algunos no verdaderos, algunos imposibles, algunos inoportunos e inútiles; tanto que, estando con esta ignorancia, somos presa de cualquiera que ha querido recorrer esta provincia. Y cuando la imitación de los romanos pareciese difícil, no debería parecer así la de los antiguos toscanos, máxime a los presentes toscanos. Porque, si aquellos no pudieron, por las razones dichas, hacer un imperio similar al de Roma, pudieron adquirir en Italia aquella potencia que aquel modo de proceder les concedió. Lo cual fue, por largo tiempo, seguro, con suma gloria de imperio y de armas, y máxima alabanza de costumbres y de religión. Cuya potencia y gloria fue primero disminuida por los franceses, después extinguida por los romanos: y fue tan extinguida que, aunque hace dos mil años la potencia de los toscanos fuese grande, al presente no queda casi memoria de ella. Lo cual me ha hecho pensar de dónde nace este olvido de las cosas: como en el siguiente capítulo se discurrirá.
Capítulo5Que la variación de las sectas y de las lenguas, junto con el accidente de los diluvios o de la peste, extingue las memorias de las cosas
A aquellos filósofos que han querido que el mundo haya sido eterno, creo que se les podría replicar que, si tanta antigüedad fuese verdadera, sería razonable que hubiera memoria de más de cinco mil años; cuando no se viese cómo estas memorias de los tiempos por diversas causas se extinguen: de las cuales, parte vienen de los hombres, parte del cielo. Aquellas que vienen de los hombres son las variaciones de las sectas y de las lenguas. Porque, cuando surge una secta nueva, es decir una religión nueva, su primer estudio es, para darse reputación, extinguir la vieja; y cuando ocurre que los ordenadores de la nueva secta son de lengua diversa, la extinguen fácilmente. Lo cual se reconoce considerando los modos que ha tenido la secta cristiana contra la gentil; la cual ha cancelado todos los ordenamientos, todas las ceremonias de aquella, y extinguido toda memoria de aquella antigua teología. Verdad es que no le ha resultado extinguir del todo la noticia de las cosas hechas por los hombres excelentes de aquella: lo cual ha nacido por haber mantenido aquella la lengua latina; lo cual hicieron forzadamente, al tener que escribir esta ley nueva con ella. Porque, si la hubiesen podido escribir con nueva lengua, consideradas las otras persecuciones que les hicieron, no habría recuerdo alguno de las cosas pasadas. Y quien lea los modos tenidos por san Gregorio y por los otros jefes de la religión cristiana, verá con cuánta obstinación persiguieron todas las memorias antiguas, quemando las obras de los poetas y de los historiadores, arruinando las imágenes y destruyendo cualquier otra cosa que rindiese alguna señal de la antigüedad. De modo que, si a esta persecución hubiesen añadido una nueva lengua, se habría visto en brevísimo tiempo toda cosa olvidada. Es de creer, por tanto, que lo que ha querido hacer la secta cristiana contra la secta gentil, la gentil lo haya hecho contra aquella que estaba antes de ella. Y porque estas sectas en cinco o seis mil años varían dos o tres veces, se pierde la memoria de las cosas hechas antes de aquel tiempo; y si queda alguna señal, se considera como cosa fabulosa, y no se les presta fe: como sucede con la historia de Diodoro Sículo, que, aunque da razón de cuarenta o cincuenta mil años, sin embargo es reputado, como yo creo, que sea cosa mendaz.
En cuanto a las causas que vienen del cielo, son aquellas que extinguen la generación humana y reducen a pocos los habitantes de parte del mundo. Y esto viene o por peste o por hambre o por una inundación de aguas; y la más importante es esta última, tanto porque es más universal, como porque quienes se salvan son todos hombres montañeses y toscos, los cuales, al no tener noticia de ninguna antigüedad, no la pueden dejar a los descendientes. Y si entre ellos se salvase alguno que tuviese noticia de ella, para ganarse reputación y nombre la oculta y la pervierte a su modo; de manera que solo queda a los sucesores lo que él ha querido escribir, y nada más. Y que estas inundaciones, pestes y hambres vengan, no creo que sea de dudar; tanto porque todas las historias están llenas de ellas, como porque se ve este efecto del olvido de las cosas, como porque parece razonable que sea así: porque la naturaleza, como en los cuerpos simples, cuando se ha acumulado mucha materia superflua, se mueve por sí misma muchas veces y hace una purga, la cual es salud de ese cuerpo; así sucede en este cuerpo mixto de la generación humana, que, cuando todas las provincias están llenas de habitantes, de modo que no pueden vivir en ellas ni pueden ir a otra parte, por estar ocupados y llenos todos los lugares; y cuando la astucia y la malignidad humana ha llegado hasta donde puede llegar, conviene necesariamente que el mundo se purgue por uno de los tres modos; de manera que los hombres, habiéndose vuelto pocos y abatidos, vivan más cómodamente y se vuelvan mejores. Era pues, como se ha dicho más arriba, la Toscana ya potente, llena de religión y de virtud, tenía sus costumbres y su lengua patria: todo lo cual ha sido extinguido por el poder romano. De tal manera que, como se ha dicho, de ella solo queda la memoria del nombre.
Capítulo6Cómo los romanos procedían al hacer la guerra
Habiendo discurrido sobre cómo los romanos procedían al expandirse, discurriremos ahora cómo procedían al hacer la guerra; y en todas sus acciones se verá con cuánta prudencia se desviaron del modo universal de los demás, para facilitarse el camino hacia una suprema grandeza. La intención de quien hace la guerra por elección, o bien por ambición, es adquirir y mantener lo adquirido; y proceder de modo que con ella enriquezca y no empobrezca el país y la patria suya. Es necesario pues, tanto al adquirir como al mantener, pensar en no gastar; antes bien hacer cada cosa con utilidad de su propio bien público. Quien quiere hacer todas estas cosas, conviene que siga el estilo y modo romano: que fue en primer lugar hacer las guerras, como dicen los franceses, cortas y gruesas; porque, saliendo a campaña con ejércitos grandes, todas las guerras que tuvieron con los latinos, samnitas y toscanos, las despacharon en brevísimo tiempo. Y si se examinan todas las que hicieron desde el principio de Roma hasta el asedio de Veyes, todas se ven despachadas, cuál en seis, cuál en diez, cuál en veinte días. Porque su costumbre era esta: apenas se declaraba la guerra, salían fuera con los ejércitos al encuentro del enemigo, y enseguida daban la batalla. La cual, ganada, los enemigos, para que no les fuera devastado del todo su contado, venían a las condiciones y los romanos los condenaban en tierras: esas tierras las convertían en provechos privados o las entregaban a una colonia; la cual puesta en las fronteras de aquellos venía a ser guardia de los confines romanos, con utilidad de esos colonos que tenían aquellos campos, y con utilidad del bien público de Roma, que sin gasto mantenía aquella guardia. Ni podía este modo ser más seguro, o más fuerte, o más útil: porque mientras los enemigos no estaban en los campos, aquella guardia bastaba: cuando salían fuera en gran número para oprimir aquella colonia, también los romanos salían fuera en gran número, y venían a batalla con aquellos, y hecha y ganada la batalla, imponiéndoles condición más grave, se volvían a casa. Así venían a adquirir poco a poco reputación sobre ellos, y fuerzas en sí mismos. Y este modo vinieron siguiendo hasta que cambiaron modo de proceder en la guerra: lo que fue después del asedio de Veyes; donde, para poder hacer guerra largamente, ordenaron pagar a los soldados, que antes, por no ser necesario, siendo las guerras breves, no los pagaban. Y aunque los romanos dieran el sueldo, y por virtud de esto pudieran hacer las guerras más largas, y al hacerlas más lejos la necesidad los tuviera más tiempo en los campos; sin embargo nunca variaron del primer orden de finalizarlas pronto, según el lugar y el tiempo; ni variaron nunca del envío de las colonias. Porque en el primer orden los mantuvo, respecto a hacer las guerras breves además de su uso natural, la ambición de los cónsules; los cuales teniendo que estar un año y de ese año seis meses en los campamentos, querían finalizar la guerra para triunfar. En el envío de las colonias los mantuvo la utilidad y la gran comodidad que resultaba de ello. Variaron sí algo respecto al botín, del cual no eran tan liberales como habían sido antes; tanto porque no les parecía tan necesario, teniendo los soldados el estipendio; como porque, siendo el botín mayor, planeaban engordar de tal modo con él el bien público que no se vieran obligados a hacer las empresas con tributos de la ciudad. Ese orden en poco tiempo hizo su erario riquísimo. Estos dos modos, pues, tanto respecto a la distribución del botín como respecto al envío de las colonias, hicieron que Roma se enriqueciera con la guerra; mientras que los otros príncipes y repúblicas no sabias se empobrecen de ella. Y se redujo la cosa a tal punto que a un cónsul no le parecía poder triunfar si no llevaba con su triunfo mucho oro y plata, y de toda otra clase de botín, al erario. Así los romanos, con los términos arriba escritos, y con el finalizar las guerras pronto, siendo valientes con largueza para cansar a los enemigos, y con las derrotas y con las correrías y con acuerdos ventajosos para ellos, se volvieron siempre más ricos y más potentes.
Capítulo7Cuánta tierra daban los romanos por colono
Cuánta tierra distribuían los romanos por colono, creo que es difícil encontrar la verdad. Porque creo que daban más o menos, según los lugares donde enviaban las colonias. Se juzga que de todos modos y en todo lugar la distribución era parca: primero, para poder enviar más hombres, siendo aquellos diputados para guardia de ese país; luego porque, viviendo ellos pobres en casa, no era razonable que quisieran que sus hombres abundaran demasiado fuera. Y Tito Livio dice que, tomada Veyes, enviaron allí una colonia y distribuyeron a cada uno tres yugadas y siete onzas de tierra; que son, a nuestra medida... Porque, además de las cosas arriba escritas, juzgaban que no la mucha tierra, sino la bien cultivada, bastaba. Es necesario sí que toda la colonia tenga campos públicos donde cada uno pueda apacentar su ganado, y selvas donde tomar leña para quemar; sin las cuales cosas no puede una colonia ordenarse.
Capítulo8La causa por la que los pueblos se marchan de los lugares patrios e inundan el país ajeno
Puesto que arriba se ha razonado sobre el modo de proceder en la guerra observado por los romanos, y cómo los toscanos fueron asaltados por los franceses, no me parece ajeno a la materia discurrir sobre cómo se hacen dos generaciones de guerras. Una es hecha por ambición de los príncipes o de las repúblicas, que buscan propagar el imperio; como fueron las guerras que hizo Alejandro Magno, y las que hicieron los romanos, y las que hacen, cada día, una potencia con otra. Estas guerras son peligrosas, pero no echan del todo a los habitantes de una provincia; porque basta al vencedor solo la obediencia de los pueblos, y la mayor parte de las veces los deja vivir con sus leyes, y siempre con sus casas y en sus bienes. La otra generación de guerra es cuando un pueblo entero con todas sus familias se levanta de un lugar, obligado por el hambre o por la guerra, y va a buscar nueva sede y nueva provincia; no para mandarla, como aquellos de arriba, sino para poseerla toda particularmente, y echar o matar a los habitantes antiguos de ella. Esta guerra es crudelísima y pavorosísima. Y de estas guerras razona Salustio al final del Yugurta, cuando dice que, vencido Yugurta, se sintió el movimiento de los franceses que venían a Italia: donde dice que el pueblo romano con todas las demás gentes combatió solamente por quién debía mandar, pero con los franceses combatió siempre por la salvación de cada uno. Porque a un príncipe o a una república que asalta una provincia le basta extinguir solo a quienes mandan; pero a estas poblaciones conviene extinguir a cada uno, porque quieren vivir de aquello de lo que otros vivían. Los romanos tuvieron tres de estas guerras peligrosísimas. La primera fue aquella cuando Roma fue tomada, la cual fue ocupada por aquellos franceses que habían quitado, como arriba se dijo, la Lombardía a los toscanos, y hecho de ella su sede; de la cual Tito Livio alega dos causas: la primera, como arriba se dijo, que fueron atraídos por la dulzura de las frutas y del vino de Italia, de las cuales carecían en Francia; la segunda que, habiendo aquel reino francés multiplicado tanto en hombres que no podían ya nutrirse allí, juzgaron los príncipes de aquellos lugares que era necesario que una parte de ellos fuera a buscar nueva tierra, y, hecha tal deliberación, eligieron, como capitanes de quienes habían de partir, a Beloveso y Sicoveso, dos reyes de los franceses: de los cuales Beloveso vino a Italia, y Sicoveso pasó a España. De la venida de ese Beloveso nació la ocupación de Lombardía, y de ahí la guerra que primero los franceses hicieron a Roma. Después de esta, fue la que hicieron después de la primera guerra cartaginesa, cuando entre Piombino y Pisa mataron más de doscientos mil franceses. La tercera fue cuando los tedescos y los cimbrios vinieron a Italia: los cuales, habiendo vencido más ejércitos romanos, fueron vencidos por Mario. Ganaron pues los romanos estas tres guerras peligrosísimas. Ni era necesaria menor virtud para vencerlas, porque se vio después, cuando la virtud romana decayó y aquellas armas perdieron su antiguo valor, que fue destruido ese imperio por pueblos semejantes: los cuales fueron godos, vándalos y similares, que ocuparon todo el Imperio occidental.
Estos pueblos salen de sus países, como se dijo arriba, expulsados por la necesidad: y la necesidad nace o del hambre, o de una guerra y opresión que se les hace en sus propios países, de modo que se ven obligados a buscar nuevas tierras. Y estos tales, o son gran número, y entonces entran con violencia en los países ajenos, matan a los habitantes, se apoderan de sus bienes, fundan un nuevo reino, cambian el nombre de la provincia: como hizo Moisés, y aquellos pueblos que ocuparon el Imperio romano. Porque estos nombres nuevos que hay en Italia y en las otras provincias no nacen de otra cosa sino de haber sido nombradas así por los nuevos ocupadores: como es Lombardía, que se llamaba Galia Cisalpina; Francia se llamaba Galia Transalpina, y ahora se nombra por los francos, que así se llamaban aquellos pueblos que la ocuparon; Eslavonia se llamaba Iliria; Hungría, Panonia; Inglaterra, Britania; y muchas otras provincias que han cambiado de nombre, que sería tedioso enumerar. Moisés también llamó Judea a aquella parte de Siria ocupada por él. Y porque he dicho arriba que algunas veces tales pueblos son expulsados de su propia sede por la guerra, de donde se ven obligados a buscar nuevas tierras, quiero aducir el ejemplo de los maurusios, pueblo antiguamente en Siria: los cuales, al sentir que venían los pueblos hebreos, y juzgando que no podían resistirles, pensaron que era mejor salvarse ellos mismos y abandonar el país propio, que, por querer salvar aquél, perderse también ellos; y levantándose con sus familias, se fueron a África, donde establecieron su sede, expulsando a aquellos habitantes que encontraron en aquellos lugares. Y así aquellos que no habían podido defender su país pudieron ocupar el de otros. Y Procopio, que escribe la guerra que hizo Belisario con los vándalos, ocupadores de África, refiere haber leído letras escritas en ciertas columnas, en los lugares donde habitaban estos maurusios, que decían: «Nos Maurusii, qui fugimus a facie Jesu latronis filii Navae». Donde aparece la causa de su partida de Siria. Son, por tanto, estos pueblos muy temibles, siendo expulsados por una necesidad extrema; y si no encuentran buenas armas, nunca serán detenidos. Pero cuando aquellos que se ven obligados a abandonar su patria no son muchos, no son tan peligrosos como aquellos pueblos de los que se ha hablado; porque no pueden usar tanta violencia, sino que les conviene ocupar con astucia algún lugar, y, ocupado, mantenerse mediante amigos y confederados: como se ve que hicieron Eneas, Dido, los de Marsella y semejantes; los cuales todos, con el consentimiento de los vecinos, donde se establecieron, pudieron mantenerse. Los pueblos numerosos que salen, y han salido casi todos, de los países de Escitia, son lugares fríos y pobres: donde, por haber muchos hombres y ser el país de tal calidad que no puede nutrirlos, se ven forzados a salir, teniendo muchas cosas que los expulsan y ninguna que los retenga. Y si desde hace quinientos años no ha ocurrido que algunos de estos pueblos hayan inundado algún país, ha sido por varias causas. La primera, la gran evacuación que hizo aquel país en la declinación del Imperio, de donde salieron más de treinta pueblos. La segunda es que Germania y Hungría, de donde también salían estas gentes, tienen ahora su país mejorado de modo que pueden vivir cómodamente en él, de manera que no se ven obligados a cambiar de lugar. Por otra parte, siendo ellos hombres muy belicosos, son como un baluarte para impedir que los escitas, que limitan con ellos, no presuman poder vencerlos o atravesarlos. Y a menudo ocurren movimientos muy grandes de los tártaros que son luego detenidos por los húngaros y por los de Polonia; y a menudo se glorían de que, si no fuera por sus armas, Italia y la Iglesia habrían sentido muchas veces el peso de los ejércitos tártaros. Y esto quiero que baste respecto a los pueblos mencionados.
Capítulo9Qué causas comúnmente hacen nacer las guerras entre los poderosos
La causa que hizo nacer la guerra entre los romanos y los samnitas, que habían estado aliados largo tiempo, es una causa común que nace entre todos los principados poderosos. Esta causa o viene por azar o la hace nacer quien desea mover la guerra. La que nació entre los romanos y los samnitas fue por azar; porque la intención de los samnitas no fue, al mover guerra a los sidicinos, y después a los campanos, moverla a los romanos. Pero, siendo los campanos oprimidos, y recurriendo a Roma fuera de la opinión de los romanos y de los samnitas, se vieron forzados, al entregarse los campanos a los romanos, a defenderlos como cosa suya, y emprender aquella guerra que les pareció no poder eludir con su honor. Porque les parecía bien a los romanos que razonablemente no podían defender a los campanos como amigos, contra los samnitas amigos, pero les parecía vergonzoso no defenderlos como súbditos o encomendados; juzgando que, cuando no hubieran asumido tal defensa, cortarían el camino a todos aquellos que pensaran ponerse bajo su poder. Porque, teniendo Roma por fin el imperio y la gloria, y no la quietud, no podía rechazar esta empresa. Esta misma causa dio principio a la primera guerra contra los cartagineses, por la defensa que los romanos asumieron de los mesineses en Sicilia: la cual fue también por azar. Pero no fue ya por azar, después, la segunda guerra que nació entre ellos; porque Aníbal, capitán cartaginés, asaltó a los saguntinos, amigos de los romanos, en España, no para ofenderlos a ellos, sino para mover las armas romanas y tener ocasión de combatirlos y pasar a Italia. Este modo de iniciar nuevas guerras ha sido siempre acostumbrado entre los poderosos, y que tienen, de la fe y de otras cosas, algún respeto. Porque, si yo quiero hacer la guerra a un príncipe, y entre nosotros hay capitulaciones firmes observadas durante mucho tiempo, con otra justificación y con otro pretexto asaltaré a un amigo suyo que a él mismo; sabiendo, sobre todo, que, al asaltar al amigo, o él reaccionará, y habré logrado mi intento de hacerle la guerra, o, al no reaccionar, se descubrirá la debilidad o la infidelidad suya, al no defender a un encomendado suyo. Y una y otra de estas dos cosas sirven para quitarle reputación y para hacer más fáciles mis designios. Debe notarse, pues, respecto a la entrega de los campanos, acerca de mover la guerra, lo que se ha dicho arriba; y además, qué remedio tiene una ciudad que no puede defenderse por sí misma, y quiere defenderse de todos modos de quien la asalta: el cual es entregarse libremente a quien proyectas que te defienda, como hicieron los de Capua a los romanos, y los florentinos al rey Roberto de Nápoles: el cual, no queriendo defenderlos como amigos, los defendió luego como súbditos contra las fuerzas de Castruccio de Lucca, que los oprimía.
Capítulo10El dinero no es el nervio de la guerra, según es la opinión común
Porque cualquiera puede comenzar una guerra a su gusto, pero no terminarla, debe un príncipe, antes de emprender una empresa, medir sus fuerzas, y según aquellas gobernarse. Pero debe tener tanta prudencia que de sus fuerzas no se engañe; y cada vez se engañará cuando las mida por el dinero, o por el lugar, o por la benevolencia de los hombres, faltándole, por otra parte, armas propias. Porque las cosas predichas te aumentan bien las fuerzas, pero bien no te las dan; y por sí mismas no son nada, y no sirven de nada sin las armas fieles. Porque el dinero abundante no te basta sin ellas; no te sirve la fortaleza del país y la fe y benevolencia de los hombres no dura, porque estos no pueden serte fieles, no pudiendo tú defenderlos. Todo monte, todo lago, todo lugar inaccesible se vuelve llano cuando faltan los fuertes defensores. El dinero tampoco no solo no te defiende, sino que te hace saquear más pronto. Ni puede ser más falsa aquella opinión común que dice que el dinero es el nervio de la guerra. Esta sentencia es dicha por Quinto Curcio en la guerra que fue entre Antípatro macedonio y el rey espartano: donde narra que, por falta de dinero, el rey de Esparta se vio obligado a luchar, y fue derrotado; porque si hubiera diferido la lucha pocos días, llegaba la noticia a Grecia de la muerte de Alejandro, de donde habría quedado vencedor sin combatir: pero, faltándole el dinero, y temiendo que su ejército por falta de este lo abandonase, se vio obligado a tentar la fortuna de la lucha: de manera que Quinto Curcio por esta causa afirma que el dinero es el nervio de la guerra. Esta sentencia es alegada cada día, y por príncipes no tan prudentes como bastaría, seguida. Porque, fundándose sobre ella, creen que les basta, para defenderse, tener tesoro abundante, y no piensan que si el tesoro bastara para vencer, Darío habría vencido a Alejandro; los griegos habrían vencido a los romanos; en nuestros tiempos el duque Carlos habría vencido a los suizos; y hace pocos días, el Papa y los florentinos juntos no habrían tenido dificultad en vencer a Francisco María, sobrino del papa Julio II, en la guerra de Urbino. Pero todos los sobredichos fueron vencidos por aquellos que no el dinero sino los buenos soldados estiman ser el nervio de la guerra. Entre las otras cosas que Creso rey de los lidios mostró a Solón ateniense, hubo un tesoro innumerable, y preguntándole qué le parecía de su potencia, le respondió Solón que por aquello no lo juzgaba más potente; porque la guerra se hacía con el hierro y no con el oro, y que podía venir uno que tuviera más hierro que él, y quitárselo. Además de esto, cuando, después de la muerte de Alejandro Magno, una multitud de franceses pasó a Grecia, y luego a Asia, y, enviando los franceses embajadores al rey de Macedonia para tratar cierto acuerdo, aquel rey, para mostrar su potencia y para atemorizarlos, les mostró oro y plata en abundancia: de donde aquellos franceses, que ya habían dado por firme la paz, la rompieron; tanto deseo nació en ellos de quitarle aquel oro: y así fue aquel rey despojado por aquello que había acumulado para su defensa. Los venecianos, hace pocos años, teniendo también su erario lleno de tesoro, perdieron todo el estado, sin poder ser defendidos por él.
Digo, por tanto, que no el oro, como grita la opinión común, es el nervio de la guerra, sino los buenos soldados: porque el oro no es suficiente para encontrar buenos soldados, pero los buenos soldados son bien suficientes para encontrar el oro. A los romanos, si hubieran querido hacer la guerra más con el dinero que con el hierro, no les habría bastado tener todo el tesoro del mundo, consideradas las grandes empresas que hicieron y las dificultades que hallaron en ellas. Pero, haciendo sus guerras con el hierro, nunca padecieron escasez de oro, porque aquellos que les temían se lo llevaban hasta sus campamentos. Y si aquel rey espartano por escasez de dinero tuvo que tentar la fortuna del combate, le sucedió a él lo que, respecto al dinero, muchas veces ha sucedido por otras causas: pues se ha visto que, faltándole a un ejército los víveres y siendo necesario o morir de hambre o combatir, se toma siempre el partido de combatir, por ser más honorable, y donde la fortuna puede de algún modo favorecerte. También ha sucedido muchas veces que, viendo un capitán que a su ejército enemigo le viene socorro, le conviene o combatir con él y tentar la fortuna del choque; o, esperando que él engrose, tener que combatir de todos modos, con mil desventajas suyas. También se ha visto (como sucedió a Asdrúbal, cuando en la Marca fue asaltado por Claudio Nerón, junto con el otro cónsul romano) que un capitán, obligado o a huir o a combatir, siempre elige combatir; pareciéndole que en este partido, aunque muy dudoso, puede vencer; y en el otro tendría que perder de todos modos. Son, pues, muchas las necesidades que hacen que un capitán, fuera de su intención, tome el partido de combatir, entre las cuales alguna vez puede estar la escasez de dinero; ni por esto se debe juzgar que el dinero es el nervio de la guerra, más que las otras cosas que inducen a los hombres a semejante necesidad. No es, pues, repitiéndolo de nuevo, el oro el nervio de la guerra, sino los buenos soldados. Es bien necesario el dinero en segundo lugar, pero es una necesidad que los buenos soldados por sí mismos la vencen; porque es imposible que a los buenos soldados les falte el dinero, como que el dinero por sí mismo encuentre buenos soldados. Muestra que esto que decimos es verdad cada historia en mil lugares; no obstante que Pericles aconsejó a los atenienses hacer guerra contra todo el Peloponeso, mostrando que podían vencer aquella guerra con la industria y con la fuerza del dinero. Y aunque en tal guerra los atenienses prosperaron alguna vez, al final la perdieron; y valieron más el consejo y los buenos soldados de Esparta, que la industria y el dinero de Atenas. Pero Tito Livio es de esta opinión más verdadero testigo que cualquier otro, donde, discurriendo si Alejandro Magno hubiera venido a Italia, si él habría vencido a los romanos, muestra que son tres cosas necesarias en la guerra: muchos soldados y buenos, capitanes prudentes, y buena fortuna: donde, examinando en cuáles de estas cosas o los romanos o Alejandro prevalecían, hace después su conclusión sin recordar nunca el dinero. Debieron los campanos, cuando fueron requeridos por los sidicinos para que tomaran las armas por ellos contra los samnitas, medir su potencia por el dinero, y no por los soldados: porque, tomado que hubieron el partido de ayudarlos, después de dos derrotas fueron obligados a hacerse tributarios de los romanos, si querían salvarse.
Capítulo11No es partido prudente hacer amistad con un príncipe que tenga más opinión que fuerzas
Queriendo Tito Livio mostrar el error de los sidicinos al fiarse de la ayuda de los campanos, y el error de los campanos al creer poder defenderlos, no lo podría decir con palabras más vivas, diciendo: «Campani magis nomen in auxilium Sidicinorum, quam vires ad praesidium attulerunt». Donde se debe notar que las alianzas que se hacen con los príncipes que no tienen o comodidad de ayudarte por la distancia del sitio, o fuerzas para hacerlo por su desorden o por otra causa suya, aportan más fama que ayuda a quienes se fían de ellas: como sucedió, en nuestros días, a los florentinos, cuando, en 1479, el Papa y el rey de Nápoles los asaltaron: que, siendo amigos del rey de Francia, sacaron de aquella amistad «magis nomen, quam praesidium», como sucedería también a aquel príncipe que, confiándose de Maximiliano emperador, hiciera alguna empresa; porque esta es una de aquellas amistades que aportaría a quien la hiciera «magis nomen, quam praesidium», como se dice, en este texto, que aportó la de los campanos a los sidicinos. Erraron, pues, en esta parte los campanos, por parecerles tener más fuerzas de las que tenían. Y así hace la poca prudencia de los hombres, alguna vez, que, no sabiendo ni pudiendo defenderse a sí mismos, quieren tomar empresa de defender a otros: como hicieron también los tarentinos, quienes, estando los ejércitos romanos frente al ejército samnita, mandaron embajadores al cónsul romano, para hacerle entender que querían paz entre aquellos dos pueblos, y que estaban dispuestos a hacer guerra contra el que de la paz se apartase; de modo que el cónsul, riéndose de esta propuesta, en presencia de dichos embajadores hizo tocar a batalla, y a su ejército mandó que fuera a encontrar al enemigo, mostrando a los tarentinos, con la obra y no con las palabras, de qué respuesta eran dignos. Y habiendo en el presente capítulo razonado de los partidos que toman los príncipes, al contrario, para la defensa de otros, quiero, en el siguiente, hablar de aquellos que se toman para la defensa propia.
Capítulo12Si es mejor, temiendo ser asaltado, inferir o esperar la guerra
He oído de hombres, bastante prácticos en las cosas de la guerra, alguna vez disputar, si son dos príncipes casi de iguales fuerzas, y el más fuerte ha declarado la guerra contra el otro, cuál sea mejor partido para el otro, o esperar al enemigo dentro de sus confines, o ir a encontrarlo en casa y asaltarlo él: y he oído aducir razones por cada parte. Y quien defiende el ir a asaltar a otros, alega el consejo que Creso dio a Ciro, cuando, llegado a los confines de los masagetas para hacerles guerra, su reina Tamiris le mandó a decir que eligiera cuál de los dos partidos quería; o entrar en su reino, donde ella lo esperaría; o quería que ella viniera a encontrarlo. Y venida la cosa a discusión, Creso, contra la opinión de los otros, dijo que se fuera a encontrarla a ella; alegando que, si la vencía lejos de su reino, no le quitaría el reino, porque ella tendría tiempo de rehacerse, pero si la vencía dentro de sus confines, podría seguirla en su fuga, y, no dándole espacio a rehacerse, quitarle el estado. Alega también el consejo que dio Aníbal a Antíoco, cuando aquel rey proyectaba hacer guerra a los romanos: donde él muestra cómo los romanos no se podían vencer sino en Italia, porque allí uno podía valerse de las armas y de las riquezas y de los amigos de ellos; pero quien los combatía fuera de Italia, y les dejaba Italia libre, les dejaba aquella fuente a la que nunca le falta vida para suministrar fuerzas donde es necesario; y concluyó que a los romanos se podía primero quitar Roma que el imperio, y primero Italia que las otras provincias. Alega también a Agatocles que, no pudiendo sostener la guerra en casa, asaltó a los cartagineses que se la hacían, y los redujo a pedir paz. Alega a Escipión que, para quitar la guerra de Italia, asaltó África.
Quien dice lo contrario, afirma que quien quiere hacer que le vaya mal a un enemigo, debe alejarlo de su casa. Alega como ejemplo a los atenienses, que, mientras hicieron la guerra cerca de su territorio, fueron superiores; y cuando se alejaron, y fueron con sus ejércitos a Sicilia, perdieron la libertad. Alega las fábulas poéticas, donde se muestra que Anteo, rey de Libia, atacado por Hércules egipcio, fue insuperable mientras lo esperó dentro de los confines de su reino; pero cuando se alejó de ellos por la astucia de Hércules, perdió el estado y la vida. De ahí ha surgido la fábula de que Anteo, estando en tierra, recobraba las fuerzas de su madre, que era la Tierra, y que Hércules, dándose cuenta de esto, lo levantó en alto y lo alejó de la tierra. Alega también los juicios modernos. Todo el mundo sabe que Fernando, rey de Nápoles, fue en su tiempo considerado un príncipe sapientísimo: y cuando corrió la noticia, dos años antes de su muerte, de que el rey de Francia Carlos VIII quería venir a atacarlo, habiendo hecho muchos preparativos, enfermó; y, llegando a morir, entre los otros consejos que dejó a Alfonso su hijo, estuvo el de que esperase al enemigo dentro del reino; y que por nada del mundo sacase sus fuerzas fuera del estado, sino que lo esperase dentro de sus confines con todas ellas intactas: lo cual no fue observado por aquel; sino que, habiendo mandado un ejército a Romaña, sin combatir perdió aquel y el estado.
Las razones que, además de las cosas dichas, se aducen por esta parte, son: que quien ataca viene con mayor ánimo que quien espera, lo que hace más confiado al ejército: quita, además de esto, muchas comodidades al enemigo de poder valerse de sus cosas, al no poder valerse de aquellos súbditos que sean saqueados; y, por tener al enemigo en casa, está obligado el señor a tener más respeto en sacarles dinero y agobiarlos: de modo que viene a secar aquella fuente, como dijo Aníbal, que hace que aquel pueda sostener la guerra. Además de esto, sus soldados, por encontrarse en el país ajeno, están más obligados a combatir; y aquella necesidad hace virtud, como muchas veces hemos dicho. Por otra parte se dice: que, esperando al enemigo, se espera con bastante ventaja, porque, sin incomodidad alguna, tú puedes darle a aquel muchas incomodidades de víveres, y de toda otra cosa que necesite un ejército: puedes mejor impedirle sus designios, por el conocimiento del país que tú tienes más que él: puedes con más fuerzas enfrentarlo, por poderlas fácilmente todas unir, pero no pudiendo ya todas alejarlas de casa: puedes, siendo derrotado, rehacerte fácilmente; tanto porque de tu ejército se salvarán muchos, por tener los refugios cercanos; como porque el refuerzo no tiene que venir de lejos: tanto que vienes a arriesgar todas las fuerzas, y no toda la fortuna; y, alejándote, arriesgas toda la fortuna, y no todas las fuerzas. Y algunos han sido los que, para debilitar mejor a su enemigo, lo dejaron entrar varias jornadas en su país, y tomar bastantes tierras; para que, dejando guarniciones en todas, debilite su ejército, y puedan luego combatirlo más fácilmente.
Pero, para decir ahora yo lo que entiendo de ello, creo que se debe hacer esta distinción: o yo tengo mi país armado, como los romanos, o como tienen los suizos, o yo lo tengo desarmado, como lo tenían los cartagineses, o como lo tienen el rey de Francia y los italianos. En este caso, se debe mantener al enemigo alejado de casa; porque, siendo tu virtud el dinero y no los hombres, cada vez que te es impedida la vía de aquel, estás perdido; ni cosa alguna te lo impide tanto como la guerra en casa. Como ejemplos están los cartagineses; los cuales, mientras tuvieron su territorio libre, pudieron con las rentas hacer guerra con los romanos; y cuando lo tuvieron atacado, no pudieron resistir a Agatocles. Los florentinos no tuvieron remedio alguno con Castruccio, señor de Luca, porque él les hacía la guerra en casa; tanto que tuvieron que entregarse, para ser defendidos, al rey Roberto de Nápoles. Pero, muerto Castruccio, aquellos mismos florentinos tuvieron ánimo de atacar al duque de Milán en su casa, y obrar para quitarle el reino: tanta virtud mostraron en las guerras lejanas, y tanta vileza en las cercanas. Pero cuando los reinos están armados, como estaba armada Roma y como están los suizos, son más difíciles de vencer cuanto más te acercas a ellos: porque estos cuerpos pueden unir más fuerzas para resistir un ataque, que las que pueden para atacar a otros. Ni me mueve en este caso la autoridad de Aníbal, porque la pasión y su interés le hacían decir así a Antíoco. Porque, si los romanos hubieran tenido en tanto espacio de tiempo aquellas tres derrotas en Francia que tuvieron en Italia de parte de Aníbal, sin duda estaban perdidos: porque no se habrían valido de los restos de los ejércitos, como se valieron en Italia; no habrían tenido, para rehacerse, aquellas comodidades; ni habrían podido con aquellas fuerzas resistir al enemigo, como pudieron. No se encuentra, para atacar una provincia, que ellos mandasen nunca fuera ejércitos que pasasen de cincuenta mil personas; pero para defender la casa pusieron en armas contra a los franceses, después de la primera guerra púnica, ciento ochenta mil. Ni habrían podido luego derrotar a aquellos en Lombardía, como los derrotaron en Toscana; porque contra tan gran número de enemigos no habrían podido conducir tantas fuerzas tan lejos, ni combatirlos con aquella comodidad. Los cimbrios derrotaron un ejército romano en Germania, ni tuvieron los romanos remedio. Pero cuando llegaron a Italia, y ellos pudieron poner todas sus fuerzas juntas, los derrotaron. Los suizos es fácil vencerlos fuera de casa, donde ellos no pueden mandar más de treinta o cuarenta mil hombres; pero vencerlos en casa, donde ellos pueden reunir cien mil, es dificilísimo. Concluyo, pues, de nuevo, que aquel príncipe que tiene sus pueblos armados y ordenados para la guerra, espere siempre en casa una guerra potente y peligrosa, y no vaya a su encuentro: pero aquel que tiene sus súbditos desarmados, y el país poco acostumbrado a la guerra, debe alejarla de casa todo lo que pueda. Y así el uno y el otro, cada uno en su grado se defenderá mejor.
Capítulo13Que se viene de baja a gran fortuna más con el fraude que con la fuerza
Estimo ser cosa muy verdadera que rara vez, o nunca, suceda que los hombres de pequeña fortuna vengan a grados grandes, sin la fuerza y sin el fraude; con tal de que aquel grado al cual alguno ha llegado no le sea o donado o dejado por herencia. Ni creo se encuentre nunca que la fuerza sola baste, pero sí se encontrará bien que el fraude solo bastará: como claramente verá quien lea la vida de Filipo de Macedonia, la de Agatocles siciliano, y de muchos otros similares, que de ínfima o de baja fortuna, han llegado o a reino o a imperios grandísimos. Muestra Jenofonte, en su vida de Ciro, esta necesidad de engañar, considerado que la primera expedición que hizo hacer a Ciro contra el rey de Armenia está llena de fraude, y cómo con engaño, y no con fuerza, le hizo ocupar su reino; y no concluye otra cosa, por tal acción, sino que a un príncipe que quiera hacer grandes cosas, es necesario aprender a engañar. Le hizo engañar, además de esto, a Ciaxares, rey de los medos, su tío materno, de múltiples modos; sin el cual fraude muestra que Ciro no habría podido llegar a aquella grandeza a que llegó. Ni creo que se encuentre jamás alguno, situado en baja fortuna, que haya llegado a grande imperio solo con la fuerza abierta e ingenuamente, pero sí bien solo con el fraude: como hizo Juan Galeazzo para quitar el estado y el imperio de Lombardía a messer Bernabó su tío. Y lo que están obligados a hacer los príncipes en los principios de sus aumentos, están también obligadas a hacer las repúblicas, hasta que se hayan vuelto potentes, y que baste la fuerza sola. Y porque Roma tuvo en cada parte, o por suerte o por elección, todos los modos necesarios para venir a grandeza, no faltó tampoco a este. Ni pudo usar, en el principio, el mayor engaño, que tomar el modo, discurrido arriba por nosotros, de hacerse compañeros; porque bajo este nombre se los hizo siervos: como fueron los latinos, y otros pueblos alrededor. Porque primero se valió de las armas de ellos para domar a los pueblos vecinos, y tomar la reputación del estado; luego, domados aquellos, llegó a tanto aumento, que pudo golpear a cada uno. Y los latinos nunca se dieron cuenta, de estar del todo siervos, sino después de que vieron dar dos derrotas a los samnitas, y obligarlos a acuerdo. Esta victoria, así como acrecentó gran reputación a los romanos con los príncipes lejanos, que mediante aquella sintieron el nombre romano, y no las armas, así generó envidia y sospecha en aquellos que veían y sentían las armas, entre los cuales estuvieron los latinos. Y tanto pudo esta envidia y este temor, que no solo los latinos sino las colonias que ellos tenían en el Lacio, junto con los campanos, defendidos poco antes, conspiraron contra el nombre romano. Y movieron esta guerra los latinos del modo que se dice arriba que se mueven la mayor parte de las guerras, atacando no a los romanos, sino defendiendo a los sidicinos contra los samnitas; a los cuales los samnitas hacían guerra con licencia de los romanos. Y que sea verdad que los latinos se movieron por haber conocido este engaño, lo demuestra Tito Livio en la boca de Annio Setino, pretor latino, el cual en su concilio dijo estas palabras: «Nam si etiam nunc sub umbra foederis aequi servitutem pati possumus etc.». Se ve por tanto que los romanos en sus primeros aumentos no faltaron tampoco al fraude; el cual fue siempre necesario usarlo a aquellos que de pequeños principios quieren a sublimes grados subir: el cual es menos vituperable cuanto más está cubierto, como fue este de los romanos.
Capítulo14Se engañan muchas veces los hombres, creyendo vencer con la humildad la soberbia
Se ve muchas veces cómo la humildad no solo no sirve de nada, sino que perjudica, sobre todo cuando se usa con los hombres insolentes que, sea por envidia o por otra razón, han concebido odio contra ti. De esto da testimonio nuestro historiador en esta causa de guerra entre los romanos y los latinos. Porque, quejándose los samnitas ante los romanos de que los latinos los habían atacado, los romanos no quisieron prohibir a los latinos tal guerra, deseando no irritarlos: lo cual no solo no los irritó, sino que los hizo volverse más animosos contra ellos, y se descubrieron más pronto enemigos. De esto dan testimonio las palabras usadas por el mencionado Anio, pretor latino, en el mismo consejo, donde dice: «Pusisteis a prueba su paciencia negándoles soldados: ¿quién duda de que se hayan encendido? Sin embargo, soportaron este dolor. Oyeron que preparábamos un ejército contra los samnitas, sus aliados, y no se movieron de la ciudad. ¿De dónde les viene a ellos tanta moderación, sino de la conciencia de las fuerzas, las suyas y las nuestras?». Se conoce, por tanto, muy claramente por este texto, cuánto la paciencia de los romanos aumentó la arrogancia de los latinos. Y por eso, nunca un príncipe debe querer abandonar su rango, y nunca debe dejar cosa alguna de acuerdo, queriendo dejarla honorablemente, si no es cuando puede, o cree que puede conservarla: porque es mejor, casi siempre, habiéndose llegado la cosa a término de que no puedas dejarla del modo dicho, dejársela quitar por la fuerza, que por miedo a la fuerza. Porque, si la dejas por miedo, lo haces para evitar la guerra, y las más de las veces no la evitas: porque aquel a quien habrás concedido aquello con una vileza descubierta, no se detendrá, sino que querrá quitarte otras cosas, y se encenderá más contra ti, estimándote menos; y, por otra parte, en tu favor encontrarás a los defensores más fríos, pareciéndoles que eres débil o vil: pero si tú, apenas descubierta la voluntad del adversario, preparas las fuerzas, aunque sean inferiores a las suyas, aquel comenzará a estimarte; te estiman más los otros príncipes de alrededor; y a tal le vienen ganas de ayudarte, estando en armas, que, abandonándote, nunca te ayudaría. Esto se entiende cuando tienes un enemigo; pero cuando tuvieses más, rendir de las cosas que posees a alguno de ellos para reconquistarlo, aunque ya estuviese descubierta la guerra, y para separarlo de los otros confederados tuyos enemigos, será siempre decisión prudente.
Capítulo15Los estados débiles siempre serán ambiguos al resolverse: y siempre las deliberaciones lentas son perjudiciales
En esta misma materia, y en estos mismos principios de guerra entre los latinos y los romanos, se puede notar cómo en toda consulta es bueno llegar a lo concreto de aquello que se ha de deliberar, y no estar siempre en lo ambiguo ni en lo incierto de la cosa. Lo cual se ve manifiesto en la consulta que hicieron los latinos, cuando pensaban separarse de los romanos. Porque, habiendo los romanos presentido este mal humor que había entrado en los pueblos latinos, para cerciorarse del asunto, y para ver si podían sin echar mano a las armas reconquistar a aquellos pueblos, les hicieron saber que enviasen a Roma ocho ciudadanos porque tenían que consultar con ellos. Los latinos, entendido esto, y teniendo conciencia de muchas cosas hechas contra la voluntad de los romanos, hicieron consejo para ordenar quién debería ir a Roma y darle instrucciones de lo que debería decir. Y estando en el consejo en esta disputa, Anio su pretor dijo estas palabras: «Creo que para el máximo de nuestros asuntos importa que penséis más en qué debemos hacer, que en qué debemos decir. Será fácil, explicados los propósitos, acomodar las palabras a los hechos». Son, sin duda, estas palabras muy verdaderas y deben ser saboreadas por todo príncipe y toda república: porque, en la ambigüedad y en la incertidumbre de lo que uno quiere hacer, no se saben acomodar las palabras, pero, fijado una vez el ánimo, y deliberado lo que se ha de ejecutar, es fácil encontrar las palabras. He notado esta parte más de buena gana, cuanto yo he conocido muchas veces que tal ambigüedad ha perjudicado a las acciones públicas, con daño y con vergüenza de nuestra república. Y siempre sucederá mal que en las decisiones dudosas y donde hace falta ánimo para deliberarlas, habrá esta ambigüedad, cuando deban ser aconsejadas y deliberadas por hombres débiles.
No son menos perjudiciales todavía las deliberaciones lentas y tardías, que las ambiguas; sobre todo aquellas que se han de deliberar en favor de algún amigo; porque con su lentitud no se ayuda a nadie, y se perjudica a sí mismo. Estas deliberaciones así hechas proceden o de debilidad de ánimo y de fuerzas, o de malignidad de aquellos que han de deliberar los cuales, movidos por la pasión propia de querer arruinar el estado o cumplir algún otro deseo suyo, no dejan seguir la deliberación, sino que la impiden y la atraviesan. Porque los buenos ciudadanos, aunque vean una furia popular volverse hacia la parte perniciosa, nunca impedirán el deliberar, sobre todo en aquellas cosas que no esperan tiempo. Muerto que fue Jerónimo tirano en Siracusa, estando la guerra grande entre los cartagineses y los romanos, vinieron los siracusanos en disputa de si debían seguir la amistad romana o la cartaginesa. Y tanto era el ardor de las partes, que la cosa estaba ambigua, ni se tomaba decisión alguna: hasta tanto que Apolónides, uno de los primeros en Siracusa, con una oración suya llena de prudencia, mostró cómo no era de culpar quien tenía la opinión de adherirse a los romanos, ni aquellos que querían seguir la parte cartaginesa; pero era bien de detestar aquella ambigüedad y tardanza de tomar la decisión, porque veía del todo en tal ambigüedad la ruina de la república; pero tomada que fuese la decisión, cualquiera que fuese, se podía esperar algún bien. Ni podría mostrar más Tito Livio, que lo que hace en esta parte, el daño que se atrae el estar en suspenso. Lo demuestra también en este caso de los latinos: pues, siendo los lavinios requeridos por ellos de ayuda contra los romanos, difirieron tanto el deliberarlo, que, cuando habían salido justo fuera de la puerta con las tropas para darles socorro, llegó la noticia de que los latinos estaban derrotados. De donde Milonio su pretor dijo: «Este poco del camino nos costará mucho con el pueblo romano». Porque, si deliberaban antes, de ayudar o de no ayudar a los latinos, no ayudándolos, no irritaban a los romanos; ayudándolos, estando la ayuda a tiempo, podían con el aumento de sus fuerzas hacerlos vencer; pero difiriendo, venían a perder de cualquier modo, como les sucedió. Y si los florentinos hubiesen notado este texto, no habrían tenido con los franceses ni tantos daños ni tantas molestias cuantas tuvieron en la pasada que el rey Luis de Francia XII hizo a Italia contra Ludovico duque de Milán. Porque, tratando el rey tal pasada, requirió a los florentinos de acuerdo: y los embajadores, que estaban junto al rey, acordaron con él que se mantuvieran neutrales, y que el rey viniendo a Italia les mantuviese en el estado y recibiese en protección: y dio un mes de plazo a la ciudad para ratificarlo. Fue diferida tal ratificación por quien por poca prudencia favorecía las cosas de Ludovico: entretanto que, estando el rey ya en la victoria, y queriendo luego los florentinos ratificar, no fue aceptada la ratificación; como aquel que conoció que los florentinos habían venido forzados y no voluntarios a su amistad. Lo que costó a la ciudad de Florencia mucho dinero, y estuvo por perder el estado: como luego otra vez por similar causa le sucedió. Y tanto más fue culpable aquella decisión, porque no sirvió tampoco al duque Ludovico; el cual, si hubiese vencido, habría mostrado muchas más señales de enemistad contra los florentinos, que no hizo el rey. Y aunque del mal que nace, a las repúblicas, de esta debilidad, se haya discurrido arriba en otro capítulo, sin embargo, teniendo de nuevo ocasión por un nuevo accidente, he querido replicarlo pareciéndome, sobre todo, materia que debe ser por las repúblicas, similares a la nuestra, notada.
Capítulo16Cuánto los soldados de nuestros tiempos se apartan de los antiguos órdenes
La más importante jornada que fue jamás hecha en guerra alguna con nación alguna por el pueblo romano, fue esta que hizo con los pueblos latinos, en el consulado de Torcuato y de Decio. Porque toda razón quiere que, así como los latinos por haberla perdido se volvieron siervos, así habrían sido siervos los romanos, cuando no la hubiesen vencido. Y de esta opinión es Tito Livio; porque en toda parte hace los ejércitos iguales de orden, de virtud, de obstinación y de número: solo hace diferencia en que los jefes del ejército romano fueron más virtuosos que los del ejército latino. Se ve también cómo en el manejo de esta jornada nacieron dos accidentes, no nacidos antes, y que después tienen raros ejemplos: que, de dos cónsules, para tener firmes los ánimos de los soldados, y obedientes a sus mandamientos, y decididos a combatir, el uno se mató a sí mismo, y el otro al hijo. La igualdad, que Tito Livio dice ser en estos ejércitos, era que, por haber militado gran tiempo juntos, eran iguales de lengua, de orden y de armas: porque al ordenar la batalla tenían un modo mismo; y los órdenes y los jefes de los órdenes tenían los mismos nombres. Era pues necesario, siendo de iguales fuerzas y de igual virtud, que naciese algo extraordinario, que firmase e hiciese más obstinados los ánimos del uno que del otro: en cuya obstinación consiste, como otras veces se ha dicho, la victoria; porque, mientras que dura en los pechos de quienes combaten, nunca dan la vuelta los ejércitos. Y porque durase más en los pechos de los romanos que de los latinos, en parte la suerte, en parte la virtud de los cónsules hizo nacer que Torcuato tuvo que matar al hijo, y Decio a sí mismo. Muestra Tito Livio, al mostrar esta igualdad de fuerzas, todo el orden que tenían los romanos en los ejércitos y en las batallas. El cual explicando él largamente, no replicaré de ningún modo; sino solo discurriré aquello que yo juzgo notable, y aquello que, por ser descuidado por todos los capitanes de estos tiempos, ha hecho, en los ejércitos y en las batallas, muchos desórdenes. Digo, pues, que por el texto de Livio se recoge cómo el ejército romano tenía tres divisiones principales, las cuales toscanamente se pueden llamar tres formaciones; y nombraban la primera astados, la segunda príncipes, la tercera triarios: y cada una de estas tenía sus caballos. Al ordenar una batalla, ponían los astados delante; en el segundo lugar, por recto, detrás de las espaldas de aquellos, ponían los príncipes; en el tercero, puro en la misma fila, colocaban los triarios. Los caballos de todos estos órdenes los ponían a derecha y a izquierda de estas tres batallas; las filas de estos caballos, por su forma, y por el lugar, se llamaban «alas» porque parecían como dos alas de aquel cuerpo. Ordenaban la primera fila, de los astados, que estaba en el frente, cerrada de modo junto, que pudiera empujar y sostener al enemigo. La segunda fila, de los príncipes, porque no era la primera en combatir, sino que bien le convenía socorrer a la primera cuando fuese golpeada o empujada, no la hacían apretada, sino que mantenían sus órdenes ralos, y de calidad que pudiera recibir en sí, sin desordenarse, la primera, cualquier vez que, empujada por el enemigo, fuese necesitado retirarse. La tercera fila, de los triarios, tenía todavía los órdenes más ralos que la segunda, para poder recibir en sí, siendo necesario, las dos primeras filas, de los príncipes y de los astados. Colocadas, pues, estas filas en esta forma, trababan la batalla: y, si los astados eran forzados o vencidos, se retiraban en la rareza de los órdenes de los príncipes; y, todos unidos juntos, hecho de dos filas un cuerpo, retrababan la batalla: si estos también eran rechazados, forzados se retiraban todos en la rareza de los órdenes de los triarios; y las tres filas, convertidas en un cuerpo, renovaban la batalla: donde siendo superados, por no tener más de qué rehacerse, perdían la jornada. Y porque cada vez que esta última fila de los triarios se empleaba, el ejército estaba en peligro, nació aquel proverbio: «Res redacta est ad triarios», que, a uso toscano, quiere decir: «Hemos puesto la última apuesta». Los capitanes de nuestros tiempos, como han abandonado todos los otros órdenes, y de la antigua disciplina no observan parte alguna, así han abandonado esta parte, la cual no es de poca importancia: porque quien se ordena de poder rehacerse en las jornadas tres veces, ha de tener tres veces enemiga la fortuna para perder, y ha de tener por contrincante una virtud que sea apta tres veces a vencerlo. Pero quien no está sino en el primer embate, como están hoy todos los ejércitos cristianos, puede fácilmente perder; porque cualquier desorden, cualquier mediana virtud puede quitarle la victoria. Aquello que hace a los ejércitos nuestros carecer de poder rehacerse tres veces, es haber perdido el modo de recibir una fila en la otra. Lo que nace porque al presente ordenan las jornadas con uno de estos dos desórdenes: o ponen sus filas a espaldas una de otra, y hacen su batalla, ancha por atravesado, y delgada por derecho; lo que la hace más débil, por tener poco del pecho a las espaldas. Y cuando todavía, para hacerla más fuerte, reducen las filas por el modo de los romanos, si el primer frente es roto, no teniendo orden de ser recibida por la segunda, se embrollan juntas todas, y se rompen a sí mismas: porque, si aquella de delante es empujada, empuja a la segunda; si la segunda se quiere hacer adelante, es impedida por la primera: de donde que, empujando la primera a la segunda, y la segunda a la tercera, nace tanta confusión, que a menudo un mínimo accidente arruina un ejército. Los ejércitos españoles y franceses en la batalla de Rávena, donde murió monseñor de Foix capitán de las tropas de Francia (la cual fue, según nuestros tiempos, jornada bastante bien combatida), se ordenaron con uno de los modos sobreescritos: es decir que uno y otro ejército vinieron con todas sus gentes ordenadas a espaldas: de modo que no venían a tener ni uno ni otro sino un frente, y eran bastante más por el atravesado que por el derecho. Y esto les sucede siempre, donde tienen la campiña grande, como tenían en Rávena: porque, conociendo el desorden que hacen al retirarse, metiéndose por una fila, lo evitan, cuando pueden, con hacer el frente ancho, como está dicho; pero cuando el país los constriñe, se quedan en el desorden sobreescrito, sin pensar en el remedio. Con este mismo desorden cabalgan por el país enemigo, o si saquean, o si hacen otro manejo de guerra. Y en Santo Regolo en aquel de Pisa, y en otros lugares, donde los florentinos fueron derrotados por los pisanos en los tiempos de la guerra que fue entre los florentinos y aquella ciudad, por su rebelión después de la pasada de Carlos rey de Francia a Italia, no nació tal ruina de otro sitio que de la caballería amiga; la cual, estando delante y rechazada por los enemigos, golpeó en la infantería florentina, y aquella rompió: de donde todo el resto de las tropas dieron la vuelta: y señor Ciriaco del Borgo, jefe antiguo de las infanterías florentinas, ha afirmado en mi presencia muchas veces, no haber sido nunca derrotado sino por la caballería de los amigos. Los suizos, que son los maestros de las modernas guerras, cuando militan con los franceses, sobre todas las cosas tienen cuidado de ponerse a un lado, para que la caballería amiga, si fuese rechazada, no los empuje. Y aunque estas cosas parezcan fáciles de entender, y facilísimas de hacer, sin embargo no se ha encontrado todavía alguno de los contemporáneos nuestros capitanes, que los antiguos órdenes imite, y los modernos corrija. Y aunque tengan también ellos tripartido el ejército, llamando a una parte vanguardia, a la otra batalla, y a la otra retaguardia; no se sirven de esto para otra cosa que para mandarlos en los alojamientos, pero al emplearlos, raras veces es, como arriba está dicho, que a todos estos cuerpos no hagan correr una misma fortuna.
Y dado que muchos, para excusar su ignorancia, alegan que la violencia de las artillerías no permite que en estos tiempos se usen muchos de los sistemas de los antiguos, quiero debatir en el siguiente capítulo esta materia, y voy a examinar si las artillerías impiden que se pueda usar la antigua virtud.
Capítulo17Cuánto deben estimarse en los ejércitos de los tiempos presentes las artillerías; y si esa opinión que se tiene de ellas de forma general es verdadera
Considerando yo, además de las cosas arriba escritas, cuántos combates campales (llamados en nuestros tiempos, con vocablo francés, jornadas, y por los italianos, hechos de armas) libraron los romanos en diversos tiempos, me ha venido a la consideración la opinión universal de muchos, que quiere que, si en aquellos tiempos hubieran existido las artillerías, no habría sido lícito a los romanos, ni tan fácil, tomar las provincias, hacerse tributarios a los pueblos, como lo hicieron; ni habrían hecho de ningún modo conquistas tan poderosas. Dicen también que, mediante estos instrumentos de fuego, los hombres no pueden usar ni mostrar su virtud, como podían antiguamente. Y añaden una tercera cosa: que se llega con más dificultad a las jornadas que no se llegaba entonces, ni se pueden mantener dentro de ellas aquellas formaciones de aquellos tiempos; de manera que la guerra se reducirá con el tiempo a las artillerías. Y juzgando no fuera de propósito debatir si tales opiniones son verdaderas, y cuánto las artillerías hayan aumentado o disminuido las fuerzas de los ejércitos, y si quitan o dan ocasión a los buenos capitanes de obrar virtuosamente, comenzaré a hablar en cuanto a la primera de sus opiniones: que los antiguos ejércitos romanos no habrían hecho las conquistas que hicieron, si las artillerías hubieran existido. Sobre esto, respondiendo, digo que se hace guerra o para defenderse o para ofender; de donde se ha de examinar primero a cuál de estos dos modos de guerra les hacen más útil o más daño. Y aunque hay que decir por ambas partes, sin embargo creo que sin comparación hacen más daño al que se defiende, que al que ofende. La razón que doy de esto es que el que se defiende, o está dentro de una ciudad, o está en los campos dentro de una empalizada. Si está dentro de una ciudad, o esta ciudad es pequeña, como lo son la mayor parte de las fortalezas, o es grande: en el primer caso, quien se defiende está del todo perdido, porque el ímpetu de las artillerías es tal que no encuentra muro, aunque sea muy grueso, que en pocos días no derribe; y si quien está dentro no tiene buenos espacios para retirarse y con fosos y con parapetos, se pierde; ni puede sostener el ímpetu del enemigo que quisiera después entrar por la brecha del muro, ni a esto le sirve la artillería que tuviese: porque esta es una máxima, que donde los hombres en masa y con ímpetu pueden ir, las artillerías no los detienen. Por eso los furores ultramontanos en la defensa de las ciudades no son detenidos: sí son detenidos los asaltos italianos, los cuales, no en masa sino dispersos, se conducen a las batallas, a las que ellos, con nombre muy propio, llaman escaramuzas. Y estos que van con este desorden y esta frialdad a una brecha de un muro donde haya artillerías, van a una muerte manifiesta, y contra ellos las artillerías valen: pero aquellos que en masa compacta, y que uno empuja al otro, llegan a una brecha, si no son detenidos o por fosos o por parapetos, entran en todo lugar, y las artillerías no los detienen; y, aunque muera alguno, no pueden ser tantos que les impidan la victoria.
Que esto es verdad se ha comprobado en muchas conquistas realizadas por los ultramontanos en Italia, y sobre todo en la de Brescia: porque, habiéndose rebelado aquella ciudad contra los franceses, y manteniéndose todavía la fortaleza en manos del rey de Francia, los venecianos, para resistir el ataque que desde allí pudiera lanzarse contra la ciudad, habían fortificado todo el camino de artillería que descendía de la fortaleza a la ciudad, y colocado piezas de frente y en los flancos, y en cualquier otro lugar oportuno. De todas ellas monseñor de Foix no hizo caso alguno; antes bien, él con su escuadrón, bajando a pie, pasando por en medio de aquellas, ocupó la ciudad, sin que se supiera que hubiera recibido daño memorable alguno. De modo que quien se defiende en una ciudad pequeña, como se ha dicho, y se encuentra con las murallas en tierra, y no tiene espacio para retirarse con parapetos y fosos y ha de confiar en las artillerías, se pierde enseguida. Si tú defiendes una ciudad grande, y tienes posibilidad de retirarte, son no obstante sin comparación más útiles las artillerías para quien está fuera que para quien está dentro. Primero, porque, para que una artillería dañe a quienes están fuera, te ves obligado a alzarte con ella del plano de la ciudad; porque, estando en el plano, cualquier pequeño terraplén o parapeto que el enemigo haga lo protege, y tú no puedes dañarlo. De modo que, teniendo que alzarte, y subir al corredor de las murallas, o de cualquier modo elevarte del suelo, arrastras dos dificultades: la primera, que no puedes llevar allí artillerías de la magnitud y la potencia de las que puede disparar el de fuera, no pudiendo manejarse en los espacios pequeños las cosas grandes: la otra es que, aunque pudieras llevarlas, no puedes hacer aquellos parapetos fieles y seguros, para proteger dicha artillería, que pueden hacer los de fuera, estando en el terreno, y teniendo aquellas comodidades y aquel espacio que ellos mismos quieren: tanto que es imposible, para quien defiende una ciudad, mantener las artillerías en los lugares altos, cuando los que están fuera tienen mucha y potente artillería; y si han de bajar con ella a los lugares bajos, se vuelve en buena parte inútil, como se ha dicho. De modo que la defensa de la ciudad ha de reducirse a defenderla con las armas, como antiguamente se hacía, y con la artillería ligera: de la cual si se saca un poco de utilidad, respecto a esta artillería ligera, se obtiene incomodidad que contrarresta la comodidad de la artillería; porque, debido a ella, se reducen las murallas de las ciudades, bajas y casi enterradas en los fosos: de modo que, cuando se llega a la batalla cuerpo a cuerpo, ya sea por estar derribadas las murallas o por estar rellenados los fosos, tiene quien está dentro muchas más desventajas que las que tenía entonces. Y por eso, como se dijo arriba, aprovechan estos instrumentos mucho más a quien asedia las ciudades que a quien es asediado. En cuanto a la tercera cosa, de refugiarse en un campo dentro de una empalizada, para no dar batalla sino a tu conveniencia o ventaja, digo que en esta parte no tienes más remedio, ordinariamente, para defenderte de no combatir, del que tenían los antiguos; y a veces, por causa de las artillerías, tienes mayor desventaja. Porque, si el enemigo te alcanza, y tiene un poco de ventaja del terreno, como puede fácilmente ocurrir, y se encuentra más alto que tú; o que al llegar él tú no hayas hecho todavía tus terraplenes, y te hayas cubierto bien con ellos; enseguida, y sin que tengas remedio alguno, te desaloja, y te ves forzado a salir de tus fortificaciones, y llegar al enfrentamiento. Lo cual ocurrió a los españoles en la jornada de Rávena; los cuales, habiéndose fortificado entre el río Ronco y un terraplén, por no haberlo levantado tan alto como era necesario, y por tener los franceses un poco la ventaja del terreno, fueron obligados por las artillerías a salir de sus fortificaciones, y llegar al enfrentamiento. Pero dado, como la mayoría de las veces debe ser, que el lugar que hubieras tomado con el ejército fuera más elevado que los otros de enfrente, y que los terraplenes fueran buenos y seguros, de modo que, mediante el sitio y tus otras preparaciones el enemigo no se atreviera a asaltarte; se llegará en este caso a aquellos métodos a que antiguamente se llegaba, cuando uno estaba con su ejército en lugar desde donde no podía ser ofendido: los cuales son, recorrer el país, tomar o asediar tus ciudades amigas, impedirte los víveres, tanto que te verás forzado por alguna necesidad a desalojar, y llegar a batalla; donde las artillerías, como más abajo se dirá, no operan mucho. Considerando, pues, de qué tipos de guerras hicieron los romanos, y viendo cómo hicieron casi todas sus guerras para ofender a otros y no para defenderse ellos, se verá, si son verdaderas las cosas dichas arriba, que aquellos habrían tenido más ventaja, y más pronto habrían hecho sus conquistas, si las hubiera habido en aquellos tiempos.
En cuanto a la segunda cosa, que los hombres no pueden mostrar su virtud, como podían antiguamente, debido a la artillería; digo que es verdad que, donde los hombres aislados han de mostrarse, que corren más peligros que entonces, cuando hubieran tenido que escalar una ciudad, o hacer asaltos semejantes, donde los hombres no agrupados sino separados el uno del otro hubieran tenido que aparecer. Es verdad también que los capitanes y jefes de los ejércitos están sometidos más al peligro de la muerte que entonces, pudiendo ser alcanzados con las artillerías en cualquier lugar; ni les sirve estar en las últimas escuadras, y protegidos por hombres fortísimos. No obstante se ve que uno y otro de estos dos peligros causan raras veces daños extraordinarios: porque las ciudades bien fortificadas no se escalan, ni se va con asaltos débiles a asaltarlas; sino que, para conquistarlas, se reduce la cosa a un asedio, como antiguamente se hacía. Y en aquellas que sí se conquistan por asalto, no son mucho mayores los peligros que entonces: porque no faltaban tampoco en aquel tiempo, a quien defendía las ciudades, cosas para lanzar; las cuales, si no eran tan furiosas, hacían, en cuanto a matar hombres, el mismo efecto. En cuanto a la muerte de los capitanes y conductores, ha habido, en veinticuatro años que han sido las guerras en los tiempos recientes en Italia, menos ejemplos que los que había en diez años de tiempo entre los antiguos. Porque, aparte del conde Ludovico de la Mirandola, que murió en Ferrara cuando los venecianos, hace pocos años, asaltaron aquel estado, y el Duque de Nemours, que murió en Ceriñola, no ha ocurrido que de artillerías haya muerto ninguno; porque monseñor de Foix en Rávena murió de hierro, y no de fuego. De modo que, si los hombres no demuestran particularmente su virtud, nace, no de las artillerías, sino de los malos órdenes y de la debilidad de los ejércitos; los cuales, careciendo de virtud en el todo, no la pueden mostrar en la parte.
Respecto a la tercera cosa dicha por estos, que no se puede llegar al cuerpo a cuerpo y que la guerra se desarrollará toda con artillería, digo que esta opinión es del todo falsa; y así será siempre considerada por aquellos que según la antigua virtud quieran emplear sus ejércitos. Porque quien quiere hacer un ejército bueno, le conviene, con ejercicios fingidos o reales, acostumbrar a sus hombres a aproximarse al enemigo y llegar con él al choque de espadas y trabarse pecho a pecho; y debe fundarse más en las infanterías que en los caballos, por las razones que se dirán más abajo. Y cuando se funde en los infantes y en los modos dichos, las artillerías se vuelven del todo inútiles; porque con más facilidad las infanterías, al aproximarse al enemigo, pueden esquivar el golpe de las artillerías, de lo que podían antiguamente huir del ímpetu de los elefantes, de los carros armados de hoces y de otros encuentros inusuales que las infanterías romanas enfrentaron; contra los cuales siempre encontraron el remedio: y tanto más fácilmente lo habrían encontrado contra estas, cuanto es más breve el tiempo en el cual las artillerías te pueden dañar, que no era aquel en el cual podían dañar los elefantes y los carros. Porque aquellos en medio de la batalla te desorganizaban, estas, solo antes de la batalla, te estorban: cuyo estorbo fácilmente las infanterías esquivan, o yendo cubiertas por la naturaleza del terreno, o agachándose sobre la tierra cuando disparan. Lo que incluso, por experiencia, se ha visto no ser necesario, especialmente para defenderse de las artillerías gruesas; las cuales no se pueden equilibrar de modo que, si van altas, no te encuentren, o que, si van bajas, no te alcancen. Llegados luego los ejércitos al cuerpo a cuerpo, esto es más claro que la luz, que ni las gruesas ni las pequeñas te pueden ofender: porque, si el que tiene la artillería está delante, se vuelve tu prisionero; si está detrás, ofende primero al amigo que a ti; de costado tampoco te puede herir de modo que tú no lo puedas ir a encontrar, y viene a seguirse el efecto dicho. Ni esto tiene mucha discusión; porque se ha visto el ejemplo de los suizos, que en Novara en 1513, sin artillería y sin caballos, fueron a encontrar el ejército francés, provisto de artillería, dentro de sus fortificaciones, y lo destrozaron sin tener ningún impedimento de aquellas. Y la razón es, además de las cosas dichas arriba, que la artillería necesita ser guardada, para que opere, o por muros o por fosos o por terraplenes; y cuando le falte una de estas guardias, es prisionera, o se vuelve inútil: como le sucede cuando se ha de defender con los hombres; lo cual le sucede en las jornadas y batallas campales. De flanco no se pueden emplear, si no es en aquel modo que empleaban los antiguos los instrumentos de lanzar; que los ponían fuera de las escuadras, para que combatiesen fuera de los órdenes; y cada vez que o por caballería o por otros eran empujados, su refugio estaba detrás de las legiones. Quien de otro modo las estima, no las entiende bien, y se fía sobre una cosa que fácilmente lo puede engañar. Y si el Turco, mediante la artillería, contra el Sofi y el Soldán ha tenido victoria, ha nacido no por otra virtud de aquella que por el espanto que el inusual estruendo puso en la caballería de ellos.
Concluyo por tanto, llegando al final de este discurso, que la artillería es útil en un ejército cuando va mezclada la antigua virtud; pero, sin aquella, contra un ejército virtuoso es inutilísima.
Capítulo18Cómo por la autoridad de los romanos, y por el ejemplo de la antigua milicia, se debe estimar más las infanterías que los caballos
Se puede por muchas razones y por muchos ejemplos demostrar claramente, cuánto los romanos en todas las acciones militares estimaron más la milicia a pie que a caballo, y sobre aquella fundaron todos los designios de sus fuerzas: como se ve por muchos ejemplos, y entre otros, cuando se enfrentaron con los latinos junto al lago Regilo; donde estando ya inclinado el ejército romano, para socorrer a los suyos, hicieron descender, de los hombres a caballo, a pie, y por aquella vía, renovada la batalla, tuvieron la victoria. Donde se ve manifiestamente que los romanos confiaron más en ellos estando a pie, que manteniéndolos a caballo. Este mismo recurso usaron en muchas otras batallas, y siempre lo encontraron óptimo remedio a sus peligros.
Ni se oponga a esto la opinión de Aníbal, el cual, viendo en la jornada de Cannas que los cónsules habían hecho descender a pie a sus caballeros, burlándose de semejante decisión, dijo: «Quam mallem vinctos mihi traderent equites!», es decir: Yo preferiría que me los entregasen atados. Cuya opinión, aunque haya estado en boca de un hombre excelentísimo, no obstante, si se ha de seguir la autoridad, se debe creer más a una República romana, y a tantos capitanes excelentísimos que hubo en ella, que a un solo Aníbal. Aunque, sin las autoridades, haya razones manifiestas: porque el hombre a pie puede ir a muchos lugares, donde no puede ir el caballo; se le puede enseñar a guardar el orden, y, turbado que fuese, cómo lo ha de retomar: a los caballos es difícil hacer guardar el orden, e imposible, turbados que son, reordenarlos. Además de esto, se encuentra, como en los hombres, caballos que tienen poco ánimo, y de aquellos que tienen mucho: y muchas veces sucede que un caballo animoso es montado por un hombre vil, y un caballo vil por uno animoso; y de cualquier modo que suceda esta disparidad, nace inutilidad y desorden. Pueden las infanterías, ordenadas, fácilmente romper los caballos, y difícilmente ser rotas por aquellos. Cuya opinión es corroborada, además de por muchos ejemplos antiguos y modernos, por la autoridad de quienes dan de las cosas civiles regla: donde muestran cómo en un principio las guerras se comenzaron a hacer con los caballos, porque no estaba aún el orden de las infanterías; pero cuando estas se ordenaron, se reconoció enseguida cuánto eran más útiles que aquellos. No es por esto sin embargo que los caballos no sean necesarios en los ejércitos, y para hacer descubiertas, para recorrer y saquear los países, para perseguir a los enemigos cuando están en fuga, y para ser también en parte una oposición a los caballos de los adversarios: pero el fundamento y el nervio del ejército, y lo que se debe más estimar, deben ser las infanterías.
Y entre los pecados de los príncipes italianos que han hecho a Italia esclava de los extranjeros, no hay mayor que haber tenido en poca consideración este sistema, y haber volcado todo su cuidado en la milicia a caballo. Este desorden ha nacido de la malignidad de los jefes y de la ignorancia de quienes tenían el estado. Porque, habiéndose reducido la milicia italiana desde veinticinco años atrás a hombres que no tenían estado, sino que eran como capitanes de fortuna, pensaron enseguida cómo podrían mantener su reputación estando ellos armados y desarmados los príncipes. Y como un número grande de infantes no podía serles pagado continuamente, y no teniendo súbditos de los que valerse, y un pequeño número no les daba reputación, se volcaron a tener caballos: porque doscientos o trescientos caballos que se pagaban a un condottiero lo mantenían reputado, y el pago no era tal que no pudiera ser cumplido por los hombres que tenían estado. Y para que esto se siguiera más fácilmente, y para mantenerse más en reputación, quitaron toda la estima y la reputación a los infantes, y la trasladaron a sus caballos: y tanto creció este desorden, que en cualquier ejército grandísimo había una mínima parte de infantería. Esta costumbre hizo tan débil, junto con muchos otros desórdenes que se mezclaron con ella, a esta milicia italiana, que esta provincia ha sido fácilmente pisoteada por todos los ultramontanos. Se muestra más abiertamente este error, de estimar más los caballos que las infanterías, por otro ejemplo romano. Estaban los romanos en el asedio de Sora, y habiendo salido de la ciudad una tropa de caballos para asaltar el campamento, les salió al encuentro el Maestro de caballos romano con su caballería; y dándose de pecho, la suerte quiso que en el primer encuentro murieran los jefes de uno y otro ejército; y quedando los demás sin gobierno, y durando no obstante la lucha, los romanos, para superar más fácilmente al enemigo, descendieron a pie, y obligaron a los caballeros enemigos, si querían defenderse, a hacer lo mismo: y, con todo esto, los romanos obtuvieron la victoria. No puede haber ejemplo mayor para demostrar cuánta más virtud hay en las infanterías que en los caballos: porque, si en las otras acciones los cónsules hacían descender a los caballeros romanos, era para socorrer a las infanterías que sufrían y que tenían necesidad de ayuda; pero en este lugar descendieron, no para socorrer a las infanterías ni para combatir con hombres a pie de los enemigos, sino combatiendo a caballo, con caballos, juzgaron que, no pudiendo superarlos a caballo, podrían, descendiendo, vencerlos más fácilmente. Quiero, pues, concluir que una infantería ordenada no puede ser superada sin grandísima dificultad sino por otra infantería. Craso y Marco Antonio romanos recorrieron por el dominio de los partos muchas jornadas con poquísimos caballos y muchos infantes, y en cambio tenían innumerables caballos de los partos. Craso quedó allí muerto, con parte del ejército; Marco Antonio virtuosamente se salvó. No obstante, en estas acciones romanas se vio cuánto prevalecían las infanterías sobre los caballos: porque, estando en un país amplio, donde los montes son escasos, los ríos escasísimos, los mares lejanos, y alejado de toda comodidad, no obstante Marco Antonio, a juicio de los propios partos, virtuosísimamente se salvó; ni nunca tuvo atrevimiento toda la caballería parta para tentar los órdenes de su ejército. Si Craso quedó allí, quien lea bien sus acciones verá que fue más bien engañado que forzado: ni nunca, en todos sus desórdenes, se atrevieron los partos a atacarlo; antes bien, siempre yendo bordeándolo, impidiéndole las vituallas, y prometiéndole y no cumpliéndole, lo condujeron a una extrema miseria.
Yo creería tener que esforzarme más en persuadir de cuánto la virtud de las infanterías es más potente que la de los caballos si no hubiera muchos ejemplos modernos que den testimonio plenísimo de ello. Se ha visto a nueve mil suizos en Novara, citada por nosotros más arriba, ir a enfrentar diez mil caballos y otros tantos infantes, y vencerlos: porque los caballos no podían ofenderlos: los infantes, por ser gente en buena parte gascona y mal ordenada, la estimaban poco. Se vio después a veintiséis mil suizos ir a encontrar cerca de Milán a Francisco rey de Francia, que tenía consigo veinte mil caballos, cuarenta mil infantes y cien carros de artillería; y si no ganaron la jornada como en Novara, la combatieron dos días virtuosamente y después, rotos que fueron, la mitad de ellos se salvaron. Presumió Marco Régulo Atilio, no solo con su infantería sostener los caballos, sino los elefantes; y si el designio no le salió bien, no fue porque la virtud de su infantería no fuera tanta que él no confiara tanto en ella que creyera superar aquella dificultad. Replico, por tanto, que, para querer superar los infantes ordenados, es necesario oponerles infantes mejor ordenados que aquellos: de otro modo, se va a una pérdida manifiesta. En tiempos de Felipe Visconti, duque de Milán, descendieron a Lombardía cerca de dieciséis mil suizos: de donde aquel duque, teniendo por su capitán entonces a Carmañola, lo mandó con cerca de mil caballos y pocos infantes a su encuentro. Este, no sabiendo el orden del combatir de ellos, fue a encontrarlos con sus caballos, presumiendo poder romperlos enseguida. Pero hallándolos inmóviles, habiendo perdido muchos de sus hombres, se retiró: y siendo valentísimo hombre, y sabiendo en los accidentes nuevos tomar nuevos partidos, rehecho de gente fue a encontrarlos; y, yendo a su encuentro, hizo desmontar a pie a todas sus gentes de armas, e, hizo cabeza de ellas a sus infanterías, fue a investir a los suizos. Los cuales no tuvieron ningún remedio: porque, siendo las gentes de armas de Carmañola a pie y bien armadas, pudieron fácilmente entrar entre los órdenes de los suizos, sin sufrir ninguna lesión y, entrados entre aquellos, pudieron fácilmente ofenderlos: de tal modo que de todo el número de aquellos, quedó viva aquella parte que por humanidad de Carmañola fue conservada.
Yo creo que muchos conocen esta diferencia de virtud que hay entre uno y otro de estos órdenes: pero es tanta la infelicidad de estos tiempos, que ni los ejemplos antiguos ni los modernos ni la confesión del error es suficiente para hacer que los modernos príncipes se aviven; y piensen que, para querer devolver reputación a la milicia de una provincia o de un estado, sea necesario resucitar estos órdenes, tenerlos cerca, darles reputación, darles vida, para que a él vida y reputación le devuelvan. Y como se desvían de estos modos, así se desvían de los otros modos, dichos más arriba: de donde nace que las adquisiciones son en daño, no en grandeza, de un estado; como más abajo se dirá.
Capítulo19Que las adquisiciones en las repúblicas no bien ordenadas, y que según la virtud romana no procedan, son para ruina, no para exaltación de ellas
Estas opiniones contrarias a la verdad fundadas sobre los malos ejemplos que de estos nuestros siglos corruptos han sido introducidos, hacen que los hombres no piensen en desviarse de los modos acostumbrados. ¿Cuándo se habría podido persuadir a un italiano, desde treinta años atrás, de que diez mil infantes pudieran asaltar en un llano diez mil caballos y otros tantos infantes, y con aquellos no solo combatir sino vencerlos, como se vio por el ejemplo por nosotros muchas veces citado, en Novara? Y aunque las historias estén llenas de ello, sin embargo no nos habrían prestado fe; y si nos hubieran prestado fe, habrían dicho que en estos tiempos se arma mejor, y que un escuadrón de hombres de armas sería apto para atacar un escollo, no que una infantería: y así con estas falsas excusas corrompían su juicio; ni habrían considerado que Lúculo con pocos infantes rompió ciento cincuenta mil caballos de Tigranes, y que entre aquellos caballeros había una suerte de caballería semejante del todo a los hombres de armas nuestros: y así, como esta falacia ha sido descubierta por el ejemplo de las gentes ultramontanas. Y como se ve, por eso, ser verdadero, en cuanto a la infantería, lo que en las historias se narra, así deberían creer ser verdaderos y útiles todos los otros órdenes antiguos. Y cuando esto fuera creído, las repúblicas y los príncipes errarían menos; serían más fuertes para oponerse a un ímpetu que les viniera encima; no esperarían en la fuga; y aquellos que tuvieran en sus manos un vivir civil, lo sabrían mejor dirigir, o por la vía del ampliar, o por la vía del mantener; y creerían que el acrecentar su ciudad de habitantes, hacerse compañeros y no súbditos, mandar colonias a guardar los países adquiridos, hacer capital de las presas, domar al enemigo con las correrías y con las jornadas y no con los asedios, tener rico lo público, pobre lo privado, mantener con sumo estudio los ejercicios militares, fuera la verdadera vía para hacer grande una república, y adquirir imperio. Y cuando este modo del ampliar no les agradara, pensarían que las adquisiciones por cualquier otra vía son la ruina de las repúblicas, y pondrían freno a toda ambición; regulando bien su ciudad dentro con las leyes y con las costumbres, prohibiéndole el adquirir, y solo pensando en defenderse, y las defensas tener ordenadas bien: como hacen las repúblicas de Alemania, las cuales en estos modos viven y han vivido libres un tiempo.
Sin embargo, como dije en otra ocasión cuando traté la diferencia que existe entre organizarse para conquistar y organizarse para conservar: es imposible que una república consiga mantenerse tranquila y disfrutar de su libertad y de sus escasos confines; porque, si ella no molesta a otros, será molestada; y del hecho de ser molestada le nacerá el deseo y la necesidad de conquistar; y aunque no tuviera enemigos fuera, los encontraría dentro de casa, como parece que necesariamente ocurre en todas las grandes ciudades. Y si las repúblicas de Alemania pueden vivir de ese modo y han podido durar tanto tiempo, nace de ciertas condiciones que existen en aquel país, que no se dan en otros lugares, sin las cuales no podrían mantener semejante modo de vida.
Aquella parte de Alemania de la que hablo estaba sometida al Imperio romano, igual que Francia y España; pero viniendo luego en decadencia y reduciéndose el título de tal Imperio a aquella provincia, empezaron aquellas ciudades más poderosas, según la vileza o necesidad de los emperadores, a hacerse libres, redimiendo su condición del Imperio mediante el pago de un pequeño tributo anual; tanto que, poco a poco, todas aquellas ciudades que dependían directamente del emperador y no estaban sujetas a ningún príncipe se han redimido de modo similar. Ocurrió, en estos mismos tiempos en que estas ciudades se redimían, que ciertas comunidades sometidas al duque de Austria se rebelaron contra él; entre ellas estaban Friburgo y los suizos, y similares; las cuales, prosperando al principio, fueron tomando poco a poco tanto incremento que, lejos de haber vuelto bajo el yugo de Austria, son un temor para todos sus vecinos: y estos son los que se llaman los suizos. Está, pues, esta provincia dividida entre suizos, repúblicas que llaman tierras francas, príncipes y emperador. Y la razón de que, entre tantas diversidades de gobierno, no nazcan guerras, o, si nacen, no duren mucho, es aquel signo del emperador; el cual, aunque no tenga fuerzas, tiene sin embargo entre ellos tanta reputación que es un conciliador para ellos, y con su autoridad, interponiéndose como mediador, apaga enseguida cualquier escándalo. Y las mayores y más largas guerras que allí ha habido son las que se han producido entre los suizos y el duque de Austria; y aunque desde hace muchos años el emperador y el duque de Austria sean una misma cosa, sin embargo nunca ha podido superar la audacia de los suizos; donde nunca ha habido modo de acuerdo, salvo por la fuerza. Ni el resto de Alemania le ha prestado muchas ayudas; tanto porque las comunidades no saben ofender a quien quiere vivir libre como ellas, como porque aquellos príncipes, en parte no pueden, por ser pobres, en parte no quieren, por tener envidia de su poder. Pueden vivir, pues, aquellas comunidades contentas con su pequeño dominio, por no tener razón, respecto a la autoridad imperial, para desearlo mayor; pueden vivir unidas dentro de sus murallas, por tener al enemigo cerca, que aprovecharía las ocasiones de ocuparlas cada vez que discordaran. Pues, si aquella provincia estuviera constituida de otro modo, les convendría tratar de ampliar y romper aquella tranquilidad suya. Y porque en otros lugares no existen tales condiciones, no se puede adoptar este modo de vivir; y es necesario o ampliar mediante ligas, o ampliar como los romanos. Y quien se gobierna de otro modo, busca no su vida, sino su muerte y ruina; porque de mil maneras y por muchas razones las conquistas son dañosas; porque sienta muy bien conquistar imperio y no fuerzas a la vez; y quien conquista imperio y no fuerzas a la vez, es inevitable que se arruine. No puede adquirir fuerzas quien se empobrece en las guerras, aunque sea victorioso, porque gasta más de lo que obtiene de las conquistas: como han hecho los venecianos y los florentinos, que han estado mucho más débiles cuando uno poseía la Lombardía y el otro la Toscana, que cuando uno se contentaba con el mar y el otro con seis millas de confines.
Porque todo ha nacido de haber querido conquistar y no haber sabido adoptar el modo adecuado: y tanto más merecen reproche cuanto que tienen menos excusa, habiendo visto el modo que siguieron los romanos, y habiendo podido seguir su ejemplo, cuando los romanos, sin ningún ejemplo, por su prudencia, supieron encontrarlo por sí mismos. Causan, además de esto, las conquistas a veces no mediocre daño a cualquier república bien ordenada, cuando se conquista una ciudad o una provincia llena de delicias, donde se pueden adoptar aquellas costumbres por el trato que se tiene con aquellos: como sucedió a Roma, primero, con la conquista de Capua, y después, con Aníbal. Y si Capua hubiera estado más lejos de la ciudad, de modo que el error de los soldados no hubiera tenido el remedio cercano, o si Roma hubiera estado ya en alguna medida corrompida, era, sin duda, aquella conquista la ruina de la República romana. Y Tito Livio da fe de esto con estas palabras: «Ya entonces Capua, en modo alguno saludable para la disciplina militar, instrumento de toda clase de placeres, apartó las almas debilitadas de los soldados del recuerdo de la patria». Y verdaderamente, semejantes ciudades o provincias se vengan contra el vencedor sin combate y sin sangre; porque, llenándolos de sus malas costumbres, los exponen a ser vencidos por cualquiera que los asalte. Y Juvenal no podría haber considerado mejor esta cuestión en sus sátiras, diciendo que en los pechos romanos por las conquistas de tierras extranjeras habían entrado las costumbres extranjeras; y en lugar de parsimonia y de otras excelentísimas virtudes, «la gula y la lujuria se apoderaron de ellos, y el mundo vencido se venga». Si, pues, el conquistar fue pernicioso para los romanos en los tiempos en que aquellos procedían con tanta prudencia y tanta virtud, ¿qué será entonces para aquellos que proceden lejos de sus modos? y que, además de los otros errores que cometen, de los que se ha discurrido bastante arriba, se valen de soldados mercenarios o auxiliares. De donde les resultan a menudo aquellos daños de los que en el siguiente capítulo se hará mención.
Capítulo20Qué peligro acarrea aquel príncipe o aquella república que se vale de la milicia auxiliar o mercenaria
Si no hubiera tratado largamente, en otra obra mía, cuán inútil es la milicia mercenaria y auxiliar, y cuán útil la propia, me extendería en este discurso mucho más de lo que haré; pero habiéndolo tratado extensamente en otro lugar, seré, en esta parte, breve. Ni me ha parecido del todo apropiado pasarlo por alto, habiendo encontrado en Tito Livio, en cuanto a los soldados auxiliares, tan amplio ejemplo; porque los soldados auxiliares son aquellos que un príncipe o una república envía, capitaneados y pagados por ella, en tu ayuda. Y viniendo al texto de Livio, digo que, habiendo los romanos, en dos lugares distintos, derrotado dos ejércitos de los samnitas con los ejércitos suyos que habían enviado en socorro de los capuanos; y por ello liberado a los capuanos de aquella guerra que los samnitas les hacían; y queriendo volver hacia Roma, y para que los capuanos, despojados de guarnición, no se convirtieran de nuevo en presa de los samnitas; dejaron dos legiones en el territorio de Capua, que los defendiera. Las cuales legiones, corrompiéndose en la ociosidad, comenzaron a deleitarse en ella; tanto que, olvidada la patria y la reverencia del Senado, pensaron en tomar las armas y apoderarse de aquel territorio que ellos con su virtud habían defendido; pareciéndoles que los habitantes no eran dignos de poseer aquellos bienes que no sabían defender. Esta cosa, presentida, fue reprimida y corregida por los romanos: como, donde hablaremos de las conjuras, se mostrará ampliamente. Digo por tanto, de nuevo, que de todas las otras clases de soldados, los auxiliares son los más dañosos; porque en ellos aquel príncipe o aquella república que los emplea en su ayuda no tiene autoridad alguna, sino que la tiene solo aquel que los envía. Porque los soldados auxiliares son aquellos que te son enviados por un príncipe, como he dicho, bajo sus capitanes, bajo sus insignias y pagados por él: como fue este ejército que los romanos enviaron a Capua. Estos tales soldados, después de vencer, la mayoría de las veces saquean tanto a aquel que los ha conducido como a aquel contra quien son conducidos; y lo hacen o por malignidad del príncipe que los envía, o por ambición suya. Y aunque la intención de los romanos no fuera romper el acuerdo y las convenciones que habían hecho con los capuanos; sin embargo, la facilidad que parecía a aquellos soldados de oprimirlos fue tanta, que pudo persuadirlos a pensar en quitar a los capuanos la tierra y el estado. Podrían darse de esto muchos ejemplos, pero quiero que me baste este, y el de los reginos, a quienes les fue quitada la vida y la tierra por una legión que los romanos habían puesto allí de guardia. Debe, pues, un príncipe o una república adoptar cualquier otro recurso antes que recurrir a conducir a su estado para su defensa gente auxiliar, cuando tenga que fiarse del todo de ellas; porque cualquier pacto, cualquier convenio, aunque duro, que tenga con el enemigo le será más ligero que tal recurso. Y si se leen bien las cosas pasadas, y se discurren las presentes, se encontrará que, por uno que haya tenido buen fin, infinitos han quedado engañados.
Y un príncipe o una república ambiciosa no puede tener mayor ocasión de ocupar una ciudad o una provincia que ser requerido para que envíe sus ejércitos a su defensa. Por tanto, quien es tan ambicioso que, no solo para defenderse sino para ofender a otros, llama a semejantes auxilios, busca adquirir aquello que no puede conservar, y que quien se lo procura puede fácilmente quitárselo. Pero la ambición del hombre es tan grande que, para satisfacer un deseo presente, no piensa en el mal que en breve tiempo ha de resultarle. Ni lo mueven los ejemplos antiguos, tanto en esto como en las demás cosas tratadas; porque, si se movieran por aquellos, verían que cuanto más se muestra liberalidad con los vecinos, y de estar más alejado de ocuparlos, tanto más se te echan en brazos: como más abajo se dirá, por el ejemplo de los campanos.
Capítulo21El primer pretor que los romanos mandaron a lugar alguno fue a Capua, después de cuatrocientos años que empezaron a hacer la guerra
Cuánto diferían los romanos, en su modo de proceder en cuanto a conquistar, de quienes en los tiempos presentes amplían su jurisdicción, ya se ha discutido bastante más arriba; y cómo dejaban vivir con sus propias leyes aquellas tierras que no destruían, incluso las que se rendían a ellos no como compañeras, sino como súbditas; y en ellas no dejaban signo alguno del imperio del pueblo romano, sino que las obligaban a ciertas condiciones, las cuales observando las mantenían en su estado y dignidad. Y se sabe que estos modos fueron observados hasta que salieron de Italia, y que empezaron a convertir los reinos y los estados en provincias.
De esto hay un clarísimo ejemplo: que el primer pretor que fue mandado por ellos a lugar alguno fue a Capua; al cual mandaron allí, no por su ambición, sino porque fueron requeridos por los campanos, quienes, estando entre ellos en discordia, juzgaron necesario tener dentro de la ciudad un ciudadano romano que los reordenara y reuniera. Movidos por este ejemplo los anciates, y forzados por la misma necesidad, pidieron, también ellos, un prefecto; y Tito Livio dice, sobre este suceso, y sobre este nuevo modo de mandar: «quod jam non solum arma, sed iura romana pollebant». Se ve, por tanto, cuánto facilitó este modo el aumento romano. Porque aquellas ciudades, sobre todo las que están acostumbradas a vivir libres, o que acostumbran gobernarse por sus provinciales, con mayor quietud están contentas bajo un dominio que no ven, aunque tuviera en sí alguna gravedad, que bajo aquel que viendo cada día, les parece que cada día se les reprocha la servidumbre. Además, se sigue otro bien para el príncipe: que, no teniendo sus ministros en mano los juicios y los magistrados que administran justicia civil o criminalmente en aquellas ciudades, no puede nacer jamás sentencia con cargo o infamia del príncipe: y vienen por esta vía a faltar muchas causas de calumnia y de odio hacia él. Y que esto sea verdad, además de los ejemplos antiguos que se podrían aducir, hay uno fresco en Italia. Porque, como todos saben, habiendo sido Génova ocupada varias veces por los franceses, siempre aquel rey, excepto en los tiempos presentes, ha mandado allí un gobernador francés que la gobierne en su nombre. Únicamente en el presente, no por elección del rey, sino porque así lo ha ordenado la necesidad, ha dejado que aquella ciudad se gobierne por sí misma, y por un gobernador genovés. Y sin duda, quien averiguara cuál de estos dos modos proporciona más seguridad al rey, del dominio de ella, y más contento a aquellos pueblos, sin duda aprobaría este último modo. Además de esto, los hombres tanto más se te echan en brazos cuanto más pareces alejado de ocuparlos; y tanto menos te temen por cuenta de su libertad cuanto más eres humano y familiar con ellos. Esta familiaridad y liberalidad hizo a los campanos correr a pedir el pretor a los romanos: que si los romanos hubieran mostrado un mínimo deseo de mandarlo allí, inmediatamente se habrían puesto celosos, y se habrían apartado de ellos.
Pero ¿para qué ir por los ejemplos a Capua y a Roma, teniéndolos en Florencia y en Toscana? Todos saben cuánto tiempo hace que la ciudad de Pistoya vino voluntariamente bajo el dominio florentino. Todos saben también cuánta enemistad ha habido entre los florentinos, y los pisanos, luccheses y sieneses: y esta diversidad de ánimo no ha nacido porque los pistoyeses no aprecien su libertad como los otros, y no se juzguen de tanto valor como los otros; sino por haberse portado los florentinos con ellos siempre como hermanos, y con los otros como enemigos. Esto ha hecho que los pistoyeses hayan acudido voluntariamente bajo su dominio; los otros han hecho y hacen toda fuerza por no llegar a él. Y sin duda, si los florentinos, o por vías de alianzas o de auxilios, hubieran familiarizado y no ensoberbecido a sus vecinos, a esta hora, sin duda, serían señores de Toscana. No es por esto que yo juzgue que no se deban emplear las armas y las fuerzas; pero se deben reservar en último lugar, donde y cuando los otros modos no basten.
Capítulo22Cuán falsas son muchas veces las opiniones de los hombres al juzgar las cosas grandes
Cuán falsas son muchas veces las opiniones de los hombres lo han visto y ven quienes se encuentran testigos de sus deliberaciones: las cuales, muchas veces, si no son deliberadas por hombres excelentes, son contrarias a toda verdad. Y porque los hombres excelentes en las repúblicas corrompidas, en los tiempos tranquilos sobre todo, y por envidia y por otras causas ambiciosas, son enemistados, se sigue aquello que o, por un común engaño es juzgado bueno, o, por hombres que prefieren más los favores que el bien del conjunto, es puesto delante. Este engaño después se descubre en los tiempos adversos, y por necesidad se recurre a aquellos que en los tiempos tranquilos eran como olvidados: como en su lugar en esta parte ampliamente se discurrirá. Nacen además ciertos accidentes donde fácilmente son engañados los hombres que no tienen gran experiencia de las cosas, teniendo en sí, aquel accidente que nace, muchas apariencias de verdad, aptas para hacer creer aquello que los hombres sobre tal caso se persuaden. Estas cosas se han dicho por lo que Numicio pretor, después de que los latinos fueron derrotados por los romanos, les persuadió, y por lo que, pocos años atrás creyeron muchos, cuando Francisco I rey de Francia vino a la conquista de Milán, que era defendido por los suizos. Digo por tanto que, habiendo muerto Luis XII, y sucediéndole en el reino de Francia Francisco de Angulema, y deseando restituir al reino el ducado de Milán, estado, pocos años antes, ocupado por los suizos mediante los esfuerzos del Papa Julio II, deseaba tener auxilios en Italia que le facilitaran la empresa; y además de los venecianos, que Luis se había vuelto a ganar, tentaba a los florentinos y al papa León X; pareciéndole su empresa más fácil, siempre que se hubiera vuelto a ganar a estos, por haber gentes del rey de España en Lombardía, y otras fuerzas del emperador en Verona. No cedió el Papa León a los deseos del rey, sino que fue persuadido por quienes lo aconsejaban (según se dijo) a mantenerse neutral, mostrándole que en este partido consistía la victoria cierta: porque para la Iglesia no convenía tener poderosos en Italia ni al rey ni a los suizos sino que, queriendo reducirla a la antigua libertad, era necesario liberarla de la servidumbre del uno y del otro. Y porque vencer al uno y al otro, o de por sí o a los dos juntos, no era posible, convenía que se superaran el uno al otro, y que la Iglesia con sus amigos embistiera a aquel, luego, que quedase vencedor. Y era imposible encontrar mejor ocasión que la presente, estando el uno y el otro en los campos, y teniendo el Papa sus fuerzas a punto para poder presentarse en las fronteras de Lombardía, y próximo al uno y al otro ejército, con el pretexto de querer guardar sus cosas, y allí estar hasta que vinieran a la jornada, la cual razonablemente, siendo el uno y el otro ejército virtuoso, debería ser sangrienta para ambas partes, y dejar de tal modo debilitado al vencedor que fuera fácil al Papa asaltarlo y romperlo: y así vendría con su gloria a quedar señor de Lombardía, y árbitro de toda Italia. Y cuán falsa fue esta opinión se vio por el resultado de la cosa: porque, habiendo sido después de una larga refriega superados los suizos, no que las gentes del Papa y de España presumieran asaltar a los vencedores, sino que se prepararon para la fuga; la cual tampoco les habría valido, si no hubiera sido por la humanidad o la frialdad del rey, que no buscó la segunda victoria, sino que le bastó hacer acuerdo con la Iglesia.
A esta opinión hay ciertas razones que de lejos parecen verdaderas, pero están del todo alejadas de la verdad. Porque rara vez ocurre que el vencedor pierda muchos de sus soldados: porque de los vencedores mueren en la batalla, no en la fuga; y en el ardor del combate, cuando los hombres tienen vuelto el rostro uno hacia el otro, caen pocos, sobre todo porque dura poco tiempo; y cuando aun durase mucho tiempo y muriesen muchos de los vencedores, es tanta la reputación que arrastra la victoria, y el terror que lleva consigo, que de lejos supera el daño que hubiese soportado por la muerte de sus soldados. De modo que si un ejército que, creyendo que estaba debilitado, fuese a enfrentarlo, se encontraría engañado; salvo que fuese un ejército tal que en cualquier momento, tanto antes de la victoria como después, pudiese combatirlo. En este caso podría, según su fortuna y virtud, vencer o perder; pero aquel que se hubiese batido primero, y hubiese vencido, tendría más bien ventaja sobre el otro. Lo cual se conoce ciertamente por la experiencia de los latinos, y por el engaño en que cayó Numicio el pretor, y por el daño que sufrieron aquellos pueblos que le creyeron: el cual, después de que los romanos vencieron a los latinos, gritaba por todo el país del Lacio que entonces era tiempo de asaltar a los romanos debilitados por la batalla que habían librado con ellos; y que solo había quedado entre los romanos el nombre de la victoria, pero todos los demás daños los habían soportado como si hubiesen sido vencidos; y que cualquier pequeña fuerza que de nuevo los asaltase iba a acabar con ellos. De donde aquellos pueblos que le creyeron hicieron un nuevo ejército, y enseguida fueron derrotados, y sufrieron aquel daño que sufrirán siempre los que tengan semejante opinión.
Capítulo23Cuánto los romanos al juzgar a los súbditos por algún suceso que necesitase tal juicio huían de la vía del medio
«Iam Latio is status erat rerum, ut neque pacem neque bellum pati possent». De todos los estados infelices, es infelicísimo el de un príncipe o de una república que está reducido a términos tales que no puede recibir la paz ni sostener la guerra: a lo que se reducen aquellos que están demasiado perjudicados por las condiciones de la paz; y por otro lado, queriendo hacer la guerra, les conviene o echarse en brazos de quien los ayude o quedar en brazos del enemigo. Y a todos estos términos se llega por los malos consejos y malas decisiones, por no haber medido bien las propias fuerzas, como arriba se dijo. Porque aquella república o aquel príncipe que bien las midiese difícilmente se conduciría a los términos en que se condujeron los latinos: los cuales, cuando no debían pactar con los romanos, pactaron; y cuando no debían romperles la guerra, la rompieron: y así supieron hacer de modo que la enemistad y la amistad de los romanos les fueron igualmente dañosas. Estaban, pues, vencidos los latinos y del todo afligidos, primero por Manlio Torcuato, y después por Camilo: el cual, habiéndolos obligado a entregarse y ponerse en brazos de los romanos, y habiendo puesto guarnición en todas las tierras del Lacio, y tomado de todas los rehenes; vuelto a Roma, refirió al Senado cómo todo el Lacio estaba en manos del pueblo romano. Y porque este juicio es notable y merece ser observado para poderlo imitar cuando ocasiones semejantes se den a los príncipes, quiero aducir las palabras de Livio puestas en boca de Camilo; las cuales dan fe del modo que tuvieron los romanos en ampliar, y cómo en los juicios de Estado siempre huyeron de la vía del medio y se volvieron hacia los extremos. Porque un gobierno no es otra cosa que mantener a los súbditos de modo que no te puedan ni deban ofender: esto se hace o asegurándose del todo, quitándoles toda vía de dañarte, o beneficiándolos de modo que no sea razonable que ellos tengan que desear cambiar de fortuna. Lo cual todo se comprende, y primero por la propuesta de Camilo, y luego por el juicio dado por el Senado sobre aquella. Sus palabras fueron estas: «Dii immortales ita vos potentes huius consilii fecerunt, ut, sit Latium an non sit, in vestra manu posuerint. Itaque pacem vobis, quod ad Latinos attinet, parare in perpetuum, vel saeviendo vel ignoscendo potestis. Vultis crudelius consulere in dedititios victosque? licet delere omne Latium. Vultis, exemplo maiorum, augere rem romanam, victos in civitatem accipiendo? materia crescendi per summam gloriam suppeditat. Certe id firmissimum imperium est, quo obedientes gaudent. Illorum igitur animos, dum expectatione stupent, seu poena seu beneficio praeoccupari oportet». A esta propuesta sucedió la deliberación del Senado: la cual fue según las palabras del cónsul, que, compareciendo, tierra por tierra, todos aquellos que eran de importancia, o los beneficiaron o los extinguieron, haciendo a los beneficiados exenciones, privilegios, dándoles la ciudadanía, y por todas partes asegurándolos; a los otros les destruyeron las tierras, enviaron allí colonias, los redujeron a Roma, los dispersaron de tal manera que con las armas y con el consejo no pudiesen ya dañar. Ni usaron jamás la vía neutral en aquellos, como he dicho, de importancia. Este juicio deben imitar los príncipes. A esto debían haberse ajustado los florentinos cuando en 1502 se rebeló Arezzo, y todo el Val di Chiana: lo que si hubiesen hecho, habrían asegurado su imperio, y hecho grandísima la ciudad de Florencia, y dádole aquellos campos que para vivir le faltan. Pero ellos usaron aquella vía del medio, que es dañosísima en el juzgar a los hombres; y a parte de los aretinos confinaron, a parte los condenaron; a todos les quitaron los honores y sus antiguos grados en la ciudad; y dejaron la ciudad entera. Y si algún ciudadano en las deliberaciones aconsejaba que Arezzo se destruyese; a los que parecía ser más sabios, decían que sería poco honor para la república destruirla, porque parecería que Florencia carecía de fuerzas para mantenerla. Las cuales razones son de aquellas que parecen y no son verdaderas; porque con esta misma razón no se habría de matar a un parricida, a un criminal y escandaloso, siendo vergüenza de aquel príncipe mostrar no tener fuerzas para poder frenar a un solo hombre. Y no ven, estos tales que tienen semejantes opiniones, que los hombres particularmente y una ciudad toda junta pecan a veces de tal modo contra un Estado que, por ejemplo para los otros, por seguridad de sí, no tiene otro remedio un príncipe que extinguirla. Y el honor consiste en poder y saber castigarla, no en poder con mil peligros mantenerla: porque aquel príncipe que no castiga a quien yerra, de modo que no pueda ya errar, es tenido por ignorante o vil. Este juicio que dieron los romanos, cuán necesario sea se confirma también por la sentencia que dieron sobre los privernates. Donde se debe, por el texto de Livio, notar dos cosas: la una, lo que arriba se dice, que los súbditos se deben o beneficiar o extinguir: la otra, cuánto vale la generosidad de ánimo, cuánto el decir la verdad, cuando es dicho ante hombres prudentes. Estaba reunido el Senado romano para juzgar a los privernates, los cuales, habiéndose rebelado, habían luego por la fuerza vuelto bajo la obediencia romana. Eran enviados por el pueblo de Priverno muchos ciudadanos para implorar perdón del Senado; y habiendo venido ante él, fue dicho a uno de ellos por uno de los senadores: «quam poenam meritos Privernates censeret». Al cual el privernate respondió: «Eam, quam merentur qui se libertate dignos censent». Al cual el cónsul replicó: «Quid si poenam remittimus vobis, qualem nos pacem vobiscum habituros speremus?». A lo que aquel respondió: «Si bonam dederitis, et fidelem et perpetuam, si malam, haud diuturnam». De donde la parte más sabia del Senado, aunque muchos se alteraran, dijo: «se audivisse vocem et liberi et viri; nec credi posse ullum populum, aut hominem, denique in ea conditione cuius eum poeniteat diutius quam necesse sit, mansurum. Ibi pacem esse fidam, ubi voluntarii pacati sint, neque eo loco ubi servitutem esse velint, fidem sperandam esse». Y sobre estas palabras, deliberaron que los privernates fuesen ciudadanos romanos, y de los privilegios de la civilidad los honraron, diciendo: «eos demum qui nihil praeterquam de libertate cogitant, dignos esse, qui Romani fiant». Tanto plugo a los ánimos generosos esta respuesta verdadera y generosa; porque cualquier otra respuesta habría sido mentirosa y vil. Y quienes creen de los hombres de otro modo, sobre todo de aquellos que están acostumbrados o a ser o a parecerles que son libres, se engañan; y bajo este engaño toman decisiones no buenas para sí, y que no los satisfacen. De lo que nacen las frecuentes rebeliones, y las ruinas de los Estados. Pero para volver a nuestro discurso, concluyo, y por este y por aquel juicio dado sobre los latinos: cuando se ha de juzgar ciudades poderosas y que están acostumbradas a vivir libres, conviene o extinguirlas o acariciarlas; de otro modo, cualquier juicio es vano. Y se debe huir del todo de la vía del medio, la cual es dañosa, como lo fue para los samnitas cuando habían encerrado a los romanos en las Horcas Caudinas; cuando no quisieron seguir el parecer de aquel viejo que aconsejó que a los romanos se los dejase ir honrados, o que se los matase a todos; sino que tomando una vía de medio, desarmándolos y metiéndolos bajo el yugo, los dejaron ir llenos de ignominia y de desdén. De modo que poco después conocieron con su daño que la sentencia de aquel viejo había sido útil, y su deliberación dañosa: como en su lugar más ampliamente se discurrirá.
Capítulo24Las fortalezas en general son mucho más dañinas que útiles
A estos sabios de nuestro tiempo quizá les parezca algo mal considerado que los romanos, al querer asegurarse de los pueblos del Lacio y de la ciudad de Priverno, no pensaran en edificar allí alguna fortaleza que fuera un freno para mantenerlos leales; sobre todo siendo que en Florencia hay un dicho, alegado por nuestros sabios, de que Pisa y otras ciudades semejantes se deben retener con fortalezas. Y verdaderamente, si los romanos hubieran sido como ellos, habrían pensado en edificarlas; pero como eran de otra virtud, de otro juicio y de otra potencia, no las edificaron. Y mientras Roma vivió libre y siguió sus ordenamientos y sus virtuosas constituciones, jamás edificó ninguna para retener ciudades o provincias, aunque sí conservó algunas de las ya edificadas. De donde, visto el modo de proceder de los romanos en esta materia y el de los príncipes de nuestro tiempo, me parece que hay que considerar si es bueno edificar fortalezas, o si hacen daño o beneficio a quien las edifica. Debe considerarse, por tanto, que las fortalezas se construyen o para defenderse de los enemigos o para defenderse de los súbditos. En el primer caso no son necesarias; en el segundo, dañinas. Y comenzando a explicar por qué en el segundo caso son dañinas, digo que aquel príncipe o aquella república que tiene miedo de sus súbditos y de su rebelión, primero conviene que tal miedo nazca del odio que tengan sus súbditos hacia él; el odio, de sus malos comportamientos; los malos comportamientos nacen o de creer poder retenerlos por la fuerza, o de poca prudencia de quien los gobierna: y una de las cosas que hace creer poder forzarlos es tener fortalezas sobre ellos; porque los malos tratos, que son causa del odio, nacen en buena parte de que aquel príncipe o aquella república tenga fortalezas: las cuales, cuando esto sea verdad, son con mucho más nocivas que útiles. Porque en primer lugar, como se ha dicho, te hacen ser más audaz y más violento con los súbditos; luego, no hay dentro aquella seguridad que tú te persuades: porque todas las fuerzas, todas las violencias que se usan para retener a un pueblo, son nada, excepto dos; o que tengas que poner siempre en campaña un buen ejército, como tenían los romanos, o que lo disperses, extermines, desordenes y desunjas, de modo que no puedan juntarse para ofenderte. Porque si los empobreces, «a los despojados les quedan las armas»; si los desarmas, «el furor les proporciona las armas»; si matas a los jefes y sigues injuriando a los demás, renacen los jefes, como los de la Hidra. Si haces fortalezas, son útiles en tiempos de paz, porque te dan más ánimo para hacerles mal, pero en tiempos de guerra son inutilísimas, porque son asaltadas por el enemigo y por los súbditos, y no es posible que resistan a uno y otro. Y si alguna vez fueron inútiles, lo son en nuestros tiempos, por causa de la artillería; por cuya furia los lugares pequeños y donde no se puede uno retirar con reparos, es imposible defenderlos, como discutimos más arriba.
Quiero debatir esta materia más a fondo. O tú, príncipe, quieres con estas fortalezas mantener a raya al pueblo de tu ciudad; o tú, príncipe, o república, quieres contener una ciudad ocupada por la guerra. Yo quiero dirigirme al príncipe, y le digo: que tal fortaleza, para mantener a raya a sus ciudadanos, no puede ser más inútil por las razones dichas anteriormente; porque te hace más pronto y menos respetuoso a oprimirlos; y esa opresión los hace tan dispuestos a tu ruina, y los enciende de tal modo, que aquella fortaleza, que es la causa, no puede luego defenderte. Así que un príncipe sabio y bueno, para mantenerse bueno, para no dar motivo ni osadía a los hijos de volverse malos, nunca hará fortalezas, para que aquellos se funden, no en las fortalezas, sino en la benevolencia de los hombres. Y si el conde Francesco Sforza, convertido en duque de Milán, fue considerado sabio, y sin embargo hizo en Milán una fortaleza, digo que en esto él no fue sabio, y el resultado ha demostrado cómo tal fortaleza fue un daño, y no una seguridad para sus herederos. Porque juzgando que mediante aquella vivían seguros, y podían ofender a los ciudadanos y súbditos suyos, no perdonaron ninguna clase de violencia; de modo que, habiéndose vuelto sobremanera odiosos, perdieron aquel estado apenas el enemigo los asaltó: ni aquella fortaleza los defendió, ni les hizo en la guerra utilidad alguna, y en la paz les había hecho bastante daño. Porque si no hubieran tenido aquella, y si por poca prudencia hubieran manejado duramente a sus ciudadanos, habrían descubierto el peligro más pronto, y se habrían retirado; y habrían podido después resistir más animosamente el ímpetu francés, con los súbditos amigos sin fortaleza, que, con aquellos enemigos, con la fortaleza: las cuales no te sirven en ninguna parte; porque, o se pierden por fraude de quien las guarda, o por violencia de quien las asalta, o por hambre. Y si tú quieres que te sirvan, y te ayuden a recuperar un estado perdido, donde te haya quedado solo la fortaleza; te conviene tener un ejército, con el cual tú puedas asaltar a quien te ha echado: y cuando tú tengas este ejército, tú recuperarías el estado de todos modos, aunque la fortaleza no estuviera; y tanto más fácilmente, cuanto los hombres te fueran más amigos que no te eran habiéndolos maltratado por la soberbia de la fortaleza. Y por experiencia se ha visto, cómo esta fortaleza de Milán, ni a los Sforza ni a los franceses, en los tiempos adversos de unos y otros, no ha hecho a ninguno de ellos utilidad alguna, sino que a todos ha traído daño y ruinas muchas, no habiendo pensado, mediante aquella, en un modo más honesto de mantener aquel estado. Guidubaldo duque de Urbino, hijo de Federigo, que fue en sus tiempos tan estimado capitán, siendo echado por Cesare Borgia, hijo del papa Alejandro VI, del estado; cuando después, por un accidente ocurrido, volvió allí, hizo arruinar todas las fortalezas que había en aquella provincia, juzgándolas dañinas. Porque, siendo aquel amado por los hombres, por respeto a ellos no las quería; y, en cuanto a los enemigos, veía que no las podía defender, teniendo aquellas necesidad de un ejército en el campo, que las defendiera: de modo que se decidió a arruinarlas. El papa Julio, echados los Bentivoglio de Bolonia, hizo en aquella ciudad una fortaleza; y después hacía asesinar a aquel pueblo por un gobernador suyo: de modo que aquel pueblo se rebeló; e inmediatamente perdió la fortaleza; y así no le sirvió la fortaleza; y lo perjudicó, mientras que, portándose de otro modo, le habría servido. Niccolò da Castello, padre de los Vitelli, vuelto a su patria de donde era exiliado, inmediatamente deshizo dos fortalezas que había edificado allí el papa Sixto IV, juzgando que, no la fortaleza, sino la benevolencia del pueblo lo había de mantener en aquel estado. Pero de todos los otros ejemplos el más reciente y el más notable en cada aspecto y apto para mostrar la inutilidad de edificarlas y la utilidad de deshacerlas, es el de Génova, ocurrido en los tiempos próximos. Todos saben cómo, en 1507, Génova se rebeló contra Luis XII rey de Francia, el cual vino personalmente y con todas sus fuerzas a reconquistarla; y recuperada que la hubo, hizo una fortaleza, fortísima de todas las otras de las cuales al presente se tuviera noticia: porque era, por ubicación y por cualquier otra circunstancia, inexpugnable, puesta sobre una punta de colina que se extiende en el mar, llamado por los genoveses Codefà; y, por esto, batía todo el puerto y gran parte de la ciudad de Génova. Ocurrió después, en 1512, que, siendo echadas las gentes francesas de Italia, Génova, no obstante la fortaleza, se rebeló, y tomó el estado de aquella Ottaviano Fregoso; el cual con toda industria, en término de dieciséis meses, por hambre la expugnó. Y todos creían, y por muchos era aconsejado, que la conservase para su refugio en cualquier accidente; pero él, como prudentísimo, conociendo que no las fortalezas, sino la voluntad de los hombres mantenían a los príncipes en el estado, la arruinó. Y así, sin fundar su estado en la fortaleza, sino en la virtud y prudencia suya, lo ha mantenido y mantiene. Y donde para variar el estado de Génova solían bastar mil infantes, los adversarios suyos lo han asaltado con diez mil, y no lo han podido ofender. Se ve pues por esto, cómo el deshacer la fortaleza no ha perjudicado a Ottaviano, y el hacerla no defendió al rey. Porque, cuando él pudo venir a Italia con el ejército, él pudo recuperar Génova, no habiendo allí fortaleza; pero cuando él no pudo venir a Italia con el ejército, él no pudo mantener Génova, habiendo allí la fortaleza. Fue, pues, de gasto para el rey el hacerla, y vergonzoso el perderla; para Ottaviano, glorioso el recuperarla, y útil el arruinarla.
Pero vengamos a las repúblicas que construyen fortalezas no en la patria, sino en las tierras que conquistan. Y para mostrar esta falacia, cuando no bastase el ejemplo citado de Francia y de Génova, quiero que me baste Florencia y Pisa: donde los florentinos hicieron las fortalezas para mantener aquella ciudad; y no comprendieron que una ciudad que había sido siempre enemiga del nombre florentino, que había vivido libre, y que tenía a la rebelión por refugio la libertad, era necesario, para mantenerla, observar el modo romano; o hacerla compañera, o destruirla. Porque la virtud de las fortalezas se vio en la venida del rey Carlos; al cual se entregaron o por poca fe de quien las guardaba o por temor de un mal mayor: donde, si no hubieran estado, los florentinos no habrían fundado el poder de tener Pisa sobre aquellas, y aquel rey no habría podido de esa manera privar a los florentinos de aquella ciudad; y los modos con los cuales se había mantenido hasta aquel tiempo, habrían sido tal vez suficientes para conservarla, y sin duda no habrían dado peor resultado que las fortalezas. Concluyo pues que, para mantener la patria propia, la fortaleza es dañosa; para mantener las tierras que se conquistan, las fortalezas son inútiles: y quiero que me baste la autoridad de los romanos, los cuales, en las tierras que querían mantener con violencia, derribaban las murallas, y no las levantaban. Y quien contra esta opinión me alegase en los tiempos antiguos Tarento, y en los modernos Brescia, los cuales lugares mediante las fortalezas fueron recuperados de la rebelión de los súbditos, respondo que para la recuperación de Tarento, al cabo de un año, fue enviado Fabio Máximo con todo el ejército, el cual habría sido apto para recuperarlo aunque no hubiese estado la fortaleza, y si Fabio usó aquella vía, cuando no hubiese estado, habría usado otra que habría logrado el mismo efecto. Y yo no sé de qué utilidad es una fortaleza que, para devolverte la tierra, tenga necesidad, para la recuperación de ella, de un ejército consular y de un Fabio Máximo por capitán. Y que los romanos la habrían retomado de todos modos, se ve por el ejemplo de Capua; donde no había fortaleza, y por virtud del ejército la reconquistaron. Pero vengamos a Brescia. Digo que raras veces ocurre lo que ocurrió en aquella rebelión, que la fortaleza que permanece en tus fuerzas, habiendo la tierra se rebelado, tenga un ejército grande y cercano, como era el de los franceses: porque, estando monseñor de Fois, capitán del rey, con el ejército en Bolonia, supo de la pérdida de Brescia, sin diferir se dirigió hacia allá, y en tres días llegado a Brescia, por la fortaleza recuperó la tierra. Tuvo, por tanto, también la fortaleza de Brescia, para que sirviera, necesidad de un monseñor de Fois, y de un ejército francés que en tres días la socorriera. Así que el ejemplo de esto, frente a los ejemplos contrarios, no basta; porque muchas fortalezas han sido, en las guerras de nuestros tiempos, tomadas y retomadas con la misma fortuna con que se ha retomado y tomado la campaña, no solamente en Lombardía, sino en Romaña, en el reino de Nápoles, y por todas las partes de Italia. Pero, en cuanto a edificar fortalezas para defenderse de los enemigos de fuera, digo que no son necesarias para aquellos pueblos y aquellos reinos que tienen buenos ejércitos; y para aquellos que no tienen buenos ejércitos, son inútiles: porque los buenos ejércitos sin las fortalezas son suficientes para defenderse; las fortalezas sin los buenos ejércitos no te pueden defender. Y esto se ve por la experiencia de aquellos que han sido y en los gobiernos y en las otras cosas tenidos por excelentes; como se ve de los romanos y de los espartanos: que, si los romanos no edificaban fortalezas, los espartanos, no solamente se abstenían de ellas, sino que no permitían tener murallas a sus ciudades; porque querían que la virtud del hombre particular, no otra defensa, los defendiera. De donde es que, siendo preguntado un espartano por un ateniense, si las murallas de Atenas le parecían hermosas, le respondió: «Sí, si estuvieran habitadas por mujeres». Aquel príncipe, pues, que tenga buenos ejércitos, cuando en las costas y al frente de su estado tenga alguna fortaleza que pueda algún día sostener al enemigo hasta que esté a punto, sería cosa útil, alguna vez, pero no es necesaria. Pero cuando el príncipe no tiene buen ejército, tener las fortalezas por su estado, o en las fronteras, le son o dañosas o inútiles: dañosas, porque fácilmente las pierde, y perdidas le hacen guerra; o, si acaso fueran tan fuertes que el enemigo no las pudiera ocupar, son dejadas atrás por el ejército enemigo, y vienen a ser de ningún fruto; porque los buenos ejércitos, cuando no tienen resistencia muy vigorosa, entran en los países enemigos sin respeto de ciudades o de fortalezas que se dejen atrás; como se ve en las historias antiguas, y como se ve que hizo Francisco María, el cual, en los tiempos recientes, para asaltar Urbino se dejó atrás diez ciudades enemigas, sin ningún respeto. Aquel príncipe, pues, que puede hacer buen ejército, puede prescindir de edificar fortalezas; aquel que no tiene el ejército bueno, no debe edificarlas. Debe bien fortificar la ciudad donde habita, y tenerla munida, y bien dispuestos los ciudadanos de ella, para poder sostener tanto un ímpetu enemigo, o que acuerdo o que ayuda externa lo libere. Todos los otros designios son de gasto en los tiempos de paz, e inútiles en los tiempos de guerra. Y así, quien considere todo lo que he dicho, conocerá que los romanos, como sabios en todos sus otros órdenes, así fueron prudentes en este juicio de los latinos y de los privernates; donde, no pensando en fortalezas, con modos más virtuosos y más sabios se aseguraron.
Capítulo25Que el asaltar una ciudad desunida, para ocuparla mediante su desunión, es partido contrario
Era tanta la desunión en la República romana entre la plebe y la nobleza, que los veyentes, junto con los etruscos, mediante tal desunión, pensaron poder extinguir el nombre romano. Y habiendo hecho ejército, y corrido sobre los campos de Roma, mandó el Senado, contra ellos, a Gayo Manilio y Marco Fabio; los cuales habiendo conducido su ejército cerca del ejército de los veyentes, no cesaban los veyentes, y con asaltos y con oprobios, de ofender y vituperar el nombre romano: y fue tanta su temeridad e insolencia, que los romanos, de desunidos se volvieron unidos; y viniendo a la batalla, los rompieron y vencieron. Se ve por tanto, cuánto se engañan los hombres, como arriba discurrimos, al tomar decisiones; y cómo muchas veces creen ganar una cosa, y la pierden. Creyeron los veyentes, asaltando a los romanos desunidos, vencerlos; y aquel asalto fue causa de la unión de aquellos, y de la ruina suya. Porque la causa de la desunión de las repúblicas la mayor parte de las veces es el ocio y la paz; la causa de la unión es el miedo y la guerra. Y por ello, si los veyentes hubieran sido sabios, ellos habrían, cuanto más desunida veían a Roma, tanto más mantenido de ellos la guerra alejada, y con las artes de la paz procurado oprimirlos. El modo es procurar convertirse en confidente de aquella ciudad que está desunida; y hasta que no lleguen a las armas, como árbitro manejarse entre las partes. Llegando a las armas, dar lentos favores a la parte más débil; tanto para tenerlos más en la guerra, y hacerlos consumirse; como porque las abundantes fuerzas no los hicieran dudar a todos, que tú quisieras oprimirlos y convertirte en su príncipe. Y cuando esta parte es gobernada bien, sucederá, casi siempre, que tendrá aquel fin que tú te has propuesto. La ciudad de Pistoia, como en otro discurso y a otro propósito dije, no vino bajo la República de Florencia con otra arte que con esta: porque estando aquella dividida, y favoreciendo los florentinos ora a una parte ora a la otra, sin cargo de la una y de la otra la condujeron a término, que, cansada en aquel su vivir tumultuoso, vino espontáneamente a arrojarse en los brazos de Florencia. La ciudad de Siena no ha cambiado nunca de estado, con el favor de los florentinos, si no cuando los favores han sido débiles y pocos. Porque, cuando han sido abundantes y vigorosos, han hecho aquella ciudad unida a la defensa de aquel estado que la rige. Yo quiero agregar a los antes escritos otro ejemplo. Felipe Visconti, duque de Milán, varias veces movió guerra a los florentinos, fundándose sobre las desuniones de ellos, y siempre resultó perdedor; tanto que llegó a decir, doliéndose de sus empresas, que las locuras de los florentinos le habían hecho gastar inútilmente dos millones de oro. Quedaron pues, como arriba se dice, engañados los veyentes y los toscanos de esta opinión, y fueron al final en una jornada superados por los romanos. Y así en el futuro quedará engañado cualquiera que por similar vía y por similar causa creyere oprimir a un pueblo.
Capítulo26El vilipendio y el improperio generan odio contra quienes los usan, sin ninguna utilidad para ellos
Creo que es una de las grandes prudencias que practican los hombres abstenerse de amenazar o de injuriar a alguien con palabras: porque ninguna de las dos cosas quita fuerzas al enemigo; más bien una lo hace más cauto, la otra le hace sentir mayor odio contra ti y pensar con mayor empeño en ofenderte. Esto se ve por el ejemplo de los veyentes, de los cuales se ha discutido en el capítulo anterior; ellos, a la injuria de la guerra, añadieron contra los romanos el oprobio de las palabras; del cual todo capitán prudente debe hacer que se abstengan sus soldados; porque son cosas que inflaman e incitan al enemigo a la venganza, y en ningún modo lo impiden, como se ha dicho, para la ofensa; de manera que son todas armas que vienen contra ti. De lo cual siguió ya un ejemplo notable en Asia: donde Gabade, capitán de los persas, habiendo estado sitiando Amida mucho tiempo, y habiendo decidido, cansado del tedio del asedio, marcharse; levantándose ya con el campamento, los de la ciudad, subidos todos a las murallas, ensoberbecidos por la victoria, no perdonaron ninguna clase de injuria, vilipendiando, acusando y reprochando la vileza y la cobardía del enemigo. De lo cual Gabade, irritado, cambió de parecer; y vuelto al asedio, tanta fue la indignación por la injuria, que en pocos días la tomó y saqueó. Y esto mismo les ocurrió a los veyentes: a los cuales, como se ha dicho, no les bastó hacer la guerra a los romanos, sino que además los vilipendiaron con palabras, y yendo hasta la empalizada del campamento a decirles injurias, los irritaron mucho más con las palabras que con las armas: y aquellos soldados que antes combatían de mala gana, obligaron a los cónsules a trabar la batalla, de modo que los veyentes pagaron la pena, como los anteriores, de su contumacia. Tienen pues los buenos jefes de ejércitos, y los buenos gobernantes de repúblicas, que poner todo remedio oportuno, para que estas injurias y reproches no se usen ni en la ciudad ni en su ejército, ni entre ellos, ni contra el enemigo: porque, usados contra el enemigo, resultan los inconvenientes arriba escritos; entre ellos, harían peor, si no se le pone remedio, como siempre han puesto remedio los hombres prudentes. Habiendo las legiones romanas, dejadas en Capua, conspirado contra los campanos, como se narrará en su lugar; y habiendo nacido de esta conspiración una sedición, que fue luego apaciguada por Valerio Corvino, entre las otras disposiciones que en el acuerdo se hizo, ordenaron penas gravísimas a quienes reprocharan jamás a alguno de aquellos soldados tal sedición. Tiberio Graco, hecho, en la guerra de Aníbal, capitán de cierto número de siervos que los romanos, por escasez de hombres, habían armado, ordenó, entre las primeras cosas, pena capital a cualquiera que reprochara la servidumbre a alguno de ellos. Tanto estimaron los romanos, como arriba se ha dicho, cosa dañosa vilipendiar a los hombres y reprocharles alguna vergüenza; porque no hay cosa que encienda tanto sus ánimos, ni genere mayor indignación, ya se diga en serio o en broma: «Pues las bromas ásperas, cuando extraen demasiado de lo verdadero, dejan agudo recuerdo de sí».
Capítulo27A los príncipes y repúblicas prudentes debe bastarles vencer; porque, la mayoría de las veces, cuando no basta, se pierde
El usar palabras poco honorables contra el enemigo nace la mayoría de las veces de una insolencia que te da o la victoria o la falsa esperanza de la victoria; la cual falsa esperanza hace a los hombres no solamente errar en el decir, sino también en el obrar. Porque esta esperanza, cuando entra en los pechos de los hombres, les hace pasarse de la raya; y perder, la mayoría de las veces, aquella ocasión de tener un bien cierto, esperando tener uno mejor incierto. Y porque este es un asunto que merece consideración, engañándose dentro de él los hombres muy a menudo, y con daño de su estado, me parece oportuno demostrarlo particularmente con ejemplos antiguos y modernos, no pudiéndose con razones demostrarlo tan claramente. Aníbal, después de que hubo derrotado a los romanos en Cannas, mandó a sus oradores a Cartago a anunciar la victoria, y pedir auxilios. Se discutió en el Senado sobre qué se debía hacer. Aconsejaba Hannón, un viejo y prudente ciudadano cartaginés, que se usara esta victoria sabiamente haciendo la paz con los romanos, pudiendo tenerla con condiciones honestas, habiendo vencido; y no se esperara tener que hacerla tras la pérdida: porque la intención de los cartagineses debía ser mostrar a los romanos cómo bastaban para combatirlos; y habiéndose tenido victoria de ellos, no se buscase perderla por la esperanza de una mayor. No fue tomado este partido; pero sí fue luego, por el Senado cartaginés, reconocido sabio, cuando la ocasión fue perdida. Habiendo Alejandro Magno ya conquistado todo el oriente, la república de Tiro, noble en aquellos tiempos, y potente por tener su ciudad en el agua como los venecianos, vista la grandeza de Alejandro, le mandó oradores a decirle que querían ser sus buenos servidores y darle la obediencia que quisiera, pero que no iban ya a aceptar ni a él ni a sus gentes en la ciudad; de donde Alejandro, indignado de que una ciudad quisiera cerrarle aquellas puertas que todo el mundo le había abierto, los rechazó, y, no aceptadas sus condiciones, fue a asediarla. Estaba la ciudad en el agua, y muy bien, de víveres y de otras municiones necesarias para la defensa, provista: tanto que Alejandro, tras cuatro meses, se dio cuenta de que una ciudad le quitaba aquel tiempo a su gloria que no le habían quitado muchas otras conquistas; y decidió intentar el acuerdo, y concederles lo que por sí mismos habían pedido. Pero los de Tiro, ensoberbecidos, no solamente no quisieron aceptar el acuerdo, sino que mataron a quien vino a proponerlo. De lo cual Alejandro, indignado, con tanta fuerza se puso a la expugnación, que la tomó, destruyó, y mató e hizo esclavos a los hombres.
Llegó en 1512 un ejército español al territorio florentino para restablecer a los Médici en Florencia y saquear la ciudad, conducido por ciudadanos de dentro que les habían dado esperanzas de que, apenas entraran en el territorio florentino, tomarían las armas en su favor; y habiendo entrado en el llano sin que nadie se manifestara, y teniendo escasez de víveres, intentaron llegar a un acuerdo; de lo cual, ensoberbecido el pueblo de Florencia, no lo aceptó: de donde surgió la pérdida de Prato y la ruina de aquel estado. No pueden, por tanto, los príncipes que son asaltados cometer mayor error, cuando el asalto lo hacen hombres mucho más poderosos que ellos, que rechazar todo acuerdo, sobre todo cuando se les ofrece: porque nunca será ofrecido tan bajo que no contenga en alguna parte el bienestar de quien lo acepta, y habrá en él parte de su victoria. Porque debía bastarle al pueblo de Tiro que Alejandro aceptase aquellas condiciones que antes había rechazado, y era ya bastante victoria la suya cuando con las armas en la mano habían hecho condescender a un hombre tan grande a su voluntad. Debía bastarle también al pueblo florentino, pues era ya bastante victoria si el ejército español cedía a alguno de sus deseos y no cumplía todos los suyos: porque la intención de aquel ejército era cambiar el estado en Florencia, apartarlo de la devoción a Francia y sacarle dinero. Cuando de tres cosas hubiera obtenido dos, que son las últimas, y al pueblo le hubiera quedado una, que era la conservación de su estado, había en ello para cada uno algún honor y alguna satisfacción: ni debía el pueblo preocuparse por las dos cosas, permaneciendo vivo; ni debía querer, aunque hubiera visto una victoria mayor y casi cierta, poner aquella en alguna parte a discreción de la fortuna, estando en juego su última apuesta: la cual ningún prudente arriesgará nunca si no es por necesidad. Aníbal, partido de Italia donde había estado dieciséis años glorioso, llamado por sus cartagineses para socorrer la patria, encontró derrotado a Asdrúbal y a Sífax; encontró perdido el reino de Numidia y reducida Cartago dentro de los límites de sus murallas, a la cual no le quedaba otro refugio que él y su ejército. Conociendo que aquella era la última apuesta de su patria, no quiso ponerla antes en riesgo sin haber intentado todo otro remedio; y no se avergonzó de pedir la paz, juzgando que, si algún remedio tenía su patria, estaba en aquella y no en la guerra: la cual, siéndole luego negada, no quiso faltar, debiendo perder, a combatir; juzgando que podía aún vencer, o, perdiendo, perder gloriosamente. Y si Aníbal, que era tan virtuoso y tenía su ejército íntegro, buscó primero la paz que la batalla cuando vio que, perdiendo aquella, su patria se volvería esclava, ¿qué debe hacer otro de menos virtud y de menos experiencia que él? Pero los hombres cometen este error, que no saben poner límites a sus esperanzas; y fundándose en ellas, sin medirse de otra manera, se arruinan.
Capítulo28Cuán peligroso es para una república o un príncipe no vengar una injuria hecha contra lo público o contra lo privado
Lo que el rencor hace hacer a los hombres se conoce fácilmente por lo que sucedió a los romanos cuando enviaron a los tres Fabios como oradores a los franceses, que habían venido a asaltar la Toscana y en particular Chiusi. Porque, habiendo enviado el pueblo de Chiusi por ayuda a Roma contra los franceses, los romanos mandaron embajadores a los franceses, los cuales, en nombre del pueblo romano, les significaran que se abstuvieran de hacer guerra a los toscanos. Estos oradores, estando en el lugar, y más aptos para hacer que para decir, viniendo los franceses y los toscanos a la batalla, se metieron entre los primeros a combatir contra aquellos: de donde resultó que, siendo conocidos por ellos, todo el rencor que tenían contra los toscanos lo volvieron contra los romanos. Este rencor se hizo mayor porque, habiendo los franceses por medio de sus embajadores presentado queja ante el senado romano de tal injuria y pedido que en satisfacción del daño les fueran entregados los susodichos Fabios, no solamente no les fueron entregados ni castigados de otro modo, sino que, llegando los comicios, fueron hechos tribunos con potestad consular. De modo que, viendo los franceses honrados a aquellos que debían ser castigados, tomaron todo como hecho en su desprecio e ignominia; y encendidos de rencor e ira, vinieron a asaltar Roma y la tomaron, excepto el Capitolio. Esta ruina les nació a los romanos solo por la inobservancia de la justicia; porque, habiendo pecado sus embajadores «contra ius gentium» y debiendo ser castigados, fueron honrados. Por ello es de considerar cuánto debe tener cuidado toda república y todo príncipe de no hacer semejante injuria, no solamente contra una colectividad, sino aun contra un particular. Porque si un hombre es ofendido grandemente, ya sea por lo público o por lo privado, y no es vengado según su satisfacción, si vive en una república busca, aun a costa de la ruina de aquella, vengarse; si vive bajo un príncipe y tiene en sí alguna generosidad, no se aquieta jamás hasta que de cualquier modo se vengue contra aquel, aunque vea en ello su propio mal.
Para verificar esto, no hay ejemplo más bello ni más verdadero que el de Filipo, rey de Macedonia, padre de Alejandro. Tenía este en su corte a Pausanias, joven bello y noble, del cual estaba enamorado Átalo, uno de los primeros hombres que había junto a Filipo; y habiéndolo requerido muchas veces para que consintiera, y encontrándolo ajeno a tales cosas, deliberó obtener con engaño y por fuerza lo que por otra vía veía que no podía tener. E hizo un solemne convite, al cual acudieron Pausanias y muchos otros nobles varones; y después de que cada uno estuvo lleno de viandas y de vino, hizo prender a Pausanias y, conducido al estrecho, no solamente por fuerza desahogó su lujuria, sino que aún, para mayor ignominia, lo hizo vituperar de modo semejante por muchos otros. De esta injuria se quejó Pausanias muchas veces a Filipo; el cual, habiéndolo tenido un tiempo en esperanza de vengarlo, no solamente no lo vengó, sino que puso a Átalo al frente del gobierno de una provincia de Grecia: de donde Pausanias, viendo a su enemigo honrado y no castigado, volvió todo su rencor no contra aquel que le había hecho la injuria, sino contra Filipo que no lo había vengado. Y una mañana solemne, en las bodas de la hija de Filipo que había casado con Alejandro de Epiro, yendo Filipo al templo a celebrarlas, en medio de los dos Alejandros, yerno e hijo, lo mató. Este ejemplo es muy semejante al de los romanos, y notable para cualquiera que gobierne: que nunca debe estimar tan poco a un hombre que crea, añadiendo injuria sobre injuria, que aquel que es injuriado no pensará en vengarse con todo su peligro y particular daño.
Capítulo29La fortuna ciega los ánimos de los hombres cuando no quiere que se opongan a sus designios
Si se considera bien cómo proceden las cosas humanas, se verá muchas veces nacer cosas y venir accidentes a los cuales los cielos no han querido en absoluto que se provea. Y cuando esto que digo sucedió en Roma, donde había tanta virtud, tanta religión y tanto orden, no es maravilla que suceda mucho más a menudo en una ciudad o en una provincia que carezca de las cosas susodichas. Y porque este pasaje es bastante notable para demostrar el poder del cielo sobre las cosas humanas, Tito Livio lo demuestra largamente y con palabras muy eficaces: diciendo cómo, queriendo el cielo para algún fin que los romanos conocieran su poder, hizo primero errar a aquellos Fabios que fueron oradores a los franceses y, mediante su obra, los incitó a hacer guerra a Roma; después ordenó que, para reprimir aquella guerra, no se hiciera en Roma cosa alguna digna del pueblo romano; habiendo primero ordenado que Camilo, el cual podía ser el único remedio para tanto mal, fuera enviado al exilio en Ardea; luego, viniendo los franceses hacia Roma, aquellos que, para remediar el ímpetu de los volscos y otros enemigos vecinos, habían creado muchas veces un dictador, viniendo los franceses, no lo crearon. Aún más, al hacer la elección de los soldados, la hicieron débil y sin ninguna diligencia extraordinaria; y fueron tan perezosos al tomar las armas que a duras penas llegaron a tiempo de encontrar a los franceses sobre el río Alia, distante de Roma diez millas. Allí los tribunos pusieron su campamento sin ninguna diligencia acostumbrada: no reconociendo primero el lugar ni rodeándose con foso y empalizada, no usando ningún remedio humano ni divino; y al ordenar la batalla hicieron las filas ralas y débiles: de modo que ni los soldados ni los capitanes hicieron cosa digna de la disciplina romana. Se combatió luego sin derramar sangre; porque huyeron antes de ser asaltados, y la mayor parte se fue a Veyes, la otra se retiró a Roma; los cuales, sin entrar de ningún modo en sus casas, se metieron en el Capitolio: de modo que el senado, sin pensar en defender Roma, no cerró, y menos aún otra cosa, las puertas; y parte huyó, parte con los otros se metió en el Capitolio. Sin embargo, al defender aquel, usaron algún orden no tumultuario; porque no lo cargaron de gente inútil; metieron en él todos los granos que pudieron, para poder soportar el asedio; y de la turba inútil de viejos, mujeres y niños, la mayor parte huyó a las tierras circunvecinas, el resto quedó en Roma en presa de los franceses. De modo que quien hubiera leído las cosas hechas por aquel pueblo tantos años antes y leyera luego aquellos tiempos, no podría de ningún modo creer que hubiera sido un mismo pueblo. Y dicho que Tito Livio ha expuesto todos los susodichos desórdenes, concluye diciendo: «Adeo obcaecat animos fortuna, cum vim suam ingruentem refringi non vult». Ni puede ser más verdadera esta conclusión: de donde los hombres que viven ordinariamente en grandes adversidades o prosperidades merecen menos alabanza o menos reproche. Porque la mayoría de las veces se verá que han sido llevados a una ruina o a una grandeza por una gran comodidad que les han hecho los cielos, dándoles ocasión, o quitándosela, de poder obrar virtuosamente.
La fortuna hace bien esto: que cuando quiere llevar a cabo grandes empresas, elige un hombre que tenga tanto espíritu y tanta virtud que reconozca las ocasiones que ella le ofrece. Del mismo modo, cuando quiere llevar a cabo grandes ruinas, pone al frente hombres que ayuden a esa ruina. Y si alguien pudiese oponerse, o lo mata o lo priva de todas las facultades para obrar algún bien. Esto se conoce muy bien por este pasaje, ya que la fortuna, para hacer más grande a Roma y conducirla a esa grandeza que alcanzó, juzgó que era necesario golpearla (como discurriremos ampliamente al principio del siguiente libro), pero no quiso del todo arruinarla. Y por eso se ve que hizo exilar a Camilo, y no morir; hizo tomar Roma, pero no el Capitolio; dispuso que los romanos, para reparar Roma, no pensasen en nada bueno; pero para defender después el Capitolio, no les faltó ninguna buena disposición. Hizo que, porque Roma fuese tomada, la mayor parte de los soldados que fueron derrotados en Alia, se fuesen a Veyes; y así, para la defensa de la ciudad de Roma, cortó todas las vías. Y al ordenar esto, preparó todo para su recuperación; habiendo conducido un ejército romano entero a Veyes, y a Camilo a Ardea, de modo que pudiesen hacer una fuerza considerable, bajo un capitán no maculado por ignominia alguna a causa de la derrota, y entero en su reputación para la recuperación de su patria.
Habría que aducir, en confirmación de lo dicho, algún ejemplo moderno; pero, por no juzgarlos necesarios, dado que este puede satisfacer a cualquiera, los dejaremos atrás. Afirmo, pues, de nuevo, que esto es muy verdadero, según se ve por todas las historias: que los hombres pueden secundar la fortuna y no oponerse a ella; pueden tejer sus tramas, pero no romperlas. Deben, eso sí, no abandonarse nunca; porque, no sabiendo su fin, y yendo ella por caminos tortuosos y desconocidos, deben siempre esperar, y esperando no abandonarse, en cualquier fortuna y en cualquier trabajo en que se encuentren.
Capítulo30Las repúblicas y los príncipes verdaderamente poderosos no compran las amistades con dinero, sino con la virtud y con la reputación de las fuerzas
Los romanos estaban sitiados en el Capitolio, y aunque esperaban el socorro de Veyes y de Camilo, empujados por el hambre, llegaron a un acuerdo con los franceses de rescatarse a cambio de cierta cantidad de oro; y ya se estaba pesando el oro según tal convenio, cuando sobrevino Camilo con su ejército: lo cual hizo, dice el historiador, la fortuna, «para que los romanos no viviesen redimidos con oro». Esta cosa no solo es notable en este aspecto, sino también en el desarrollo de las acciones de esta república; donde se ve que nunca adquirieron tierras con dinero, nunca hicieron la paz con dinero, sino siempre con la virtud de las armas: lo que no creo que haya sucedido jamás a ninguna otra república. Y entre las otras señales por las cuales se conoce la potencia de un estado fuerte, está ver cómo vive con sus vecinos. Y cuando se gobierna de modo que los vecinos, para tenerlo como amigo, sean sus pensionarios, entonces es señal cierta de que ese estado es poderoso: pero cuando dichos vecinos, aunque inferiores a él, sacan de él dinero, entonces es gran señal de la debilidad de aquel.
Léanse todas las historias romanas, y se verá cómo los masilienses, los eduos, los rodios, Hierón de Siracusa, Eumenes y Masinisa reyes, que todos estaban vecinos a los confines del imperio romano, por tener la amistad de aquel concurrían a gastos y a tributos en sus necesidades, no buscando de él otro premio que ser defendidos. Al contrario se verá en los estados débiles: y empezando por el nuestro de Florencia, en tiempos pasados, en su mayor reputación, no había señorito en Romaña que no tuviese de ella provisión; y además la daba a los perusinos, a los castellanos, y a todos sus otros vecinos. Que si esta ciudad hubiese estado armada y valerosa, todo habría ido por el contrario; porque muchos, por tener la protección de ella, le habrían dado dinero; y buscarían, no vender su amistad, sino comprar la suya. Ni han vivido en esta vileza solos los florentinos, sino los venecianos, y el rey de Francia, el cual, con un reino tan grande, vive tributario de los suizos y del rey de Inglaterra. Lo que todo nace de haber desarmado a sus pueblos, y haber preferido, ese rey y los otros prenombrados, gozar de una utilidad presente, de poder saquear a los pueblos, y evitar un peligro imaginado más que verdadero, antes que hacer cosas que los aseguren, y hagan a sus estados felices perpetuamente. Este desorden, si produce algún tiempo alguna quietud, es causa con el tiempo de necesidades, de daños y ruinas irremediables. Y sería largo contar cuántas veces los florentinos, venecianos, y este reino, se han rescatado en las guerras, y cuántas veces se han sometido a una ignominia; a la que los romanos estuvieron a punto de someterse una sola vez. Sería largo contar cuántas tierras los florentinos y los venecianos han comprado: de lo cual se ha visto luego el desorden, y cómo las cosas que se adquieren con el oro, no se saben defender con el hierro. Los romanos observaron esta generosidad y este modo de vivir, mientras vivieron libres; pero después que entraron bajo los emperadores, y que los emperadores comenzaron a ser malvados, y a amar más la sombra que el sol, comenzaron también ellos a rescatarse, ora de los partos, ora de los germanos, ora de otros pueblos vecinos: lo cual fue principio de la ruina de tan grande imperio.
Proceden, por tanto, semejantes inconvenientes de haber desarmado a tus pueblos: de lo cual resulta otro, mayor, que cuanto más el enemigo se te acerca, tanto más débil te encuentra. Porque quien vive de los modos dichos arriba, trata mal a aquellos súbditos que están dentro del imperio suyo, y bien a aquellos que están en los confines del imperio suyo, por tener hombres bien dispuestos a mantener al enemigo alejado. De esto nace que, para mantenerlo más alejado, da provisión a aquellos señores y pueblos que están próximos a sus confines. De donde nace que estos estados así hechos hacen un poco de resistencia en los confines, pero, cuando el enemigo los ha pasado, no tienen remedio alguno. Y no se percatan de cómo este modo de proceder suyo está contra todo buen orden. Porque el corazón y las partes vitales de un cuerpo se deben mantener armadas, y no las extremidades de este; porque sin aquellas se vive, y, ofendido este, se muere: y estos estados tienen el corazón desarmado, y las manos y los pies armados.
Lo que este desorden ha hecho a Florencia, se ha visto y se ve cada día: y tan pronto como un ejército pasa los confines y entra dentro próximo al corazón, no encuentra ya remedio alguno. De los venecianos se vio, pocos años atrás, la misma prueba; y si su ciudad no estuviera rodeada por las aguas, se habría visto su fin. Esta experiencia no se ha visto tan a menudo en Francia, por ser aquel reino tan grande que tiene pocos enemigos superiores: no obstante, cuando los ingleses, en 1513, asaltaron aquel reino, tembló toda aquella provincia: y el rey mismo, y cualquier otro, juzgaba que una sola derrota podía quitarle el reino y el estado. A los romanos sucedía lo contrario; porque, cuanto más el enemigo se acercaba a Roma, tanto más poderosa encontraba aquella ciudad para resistirle. Y se vio en la venida de Aníbal a Italia, que, después de tres derrotas y después de tantas muertes de capitanes y de soldados, pudieron, no solo sostener al enemigo, sino vencer la guerra. Todo nació de tener bien armado el corazón, y de las extremidades tener menos cuenta. Porque el fundamento de su estado era el pueblo de Roma, el nombre latino, las otras tierras compañeras en Italia, y sus colonias; de donde sacaban tantos soldados, que fueron suficientes con ellos para combatir y dominar el mundo. Y que sea verdad, se ve por la pregunta que hizo Hanón cartaginés a aquellos embajadores de Aníbal después de la derrota de Cannas, los cuales habiendo magnificado las cosas hechas por Aníbal, fueron preguntados por Hanón, si del pueblo romano alguno había venido a pedir paz, y si del nombre latino y de las colonias alguna tierra se había rebelado de los romanos; y negando aquellos una y otra cosa, replicó Hanón: - Esta guerra está todavía entera como antes -.
Se ve, por tanto, tanto por este discurso como por lo que muchas veces hemos dicho en otros lugares, cuánta diversidad hay entre el modo de proceder de las repúblicas actuales y el de las antiguas. Se ve también, por esto, cada día, pérdidas milagrosas y adquisiciones milagrosas. Porque, donde los hombres tienen poca virtud, la fortuna muestra mucho su potencia; y, porque ella es variable, varían las repúblicas y los estados a menudo; y variarán siempre, hasta que no surja alguien que sea tan amante de la antigüedad que la regule de modo que no tenga motivo para mostrar, cada vez que gira el sol, cuánto puede.
Capítulo31Cuán peligroso es creer a los desterrados
No me parece fuera de propósito razonar, entre estos otros discursos, cuán peligroso es creer a quienes han sido expulsados de su patria, siendo cosas que cada día han de tratar quienes tienen estados; pudiendo, sobre todo, demostrarlo con un ejemplo memorable aducido por Tito Livio en sus historias, aunque esté fuera de su propósito. Cuando Alejandro Magno pasó con su ejército a Asia, Alejandro de Epiro, cuñado y tío suyo, vino con gente a Italia, llamado por los desterrados lucanos, quienes le dieron esperanza de que podría, mediante ellos, ocupar toda aquella provincia. Entonces él, habiendo venido a Italia bajo la fe y esperanza de ellos, fue muerto por los mismos, habiéndoles prometido sus ciudadanos el regreso a la patria si lo mataban. Debe considerarse, por tanto, cuán vanas son la fe y las promesas de quienes se encuentran privados de su patria. Porque, en cuanto a la fe, hay que estimar que, siempre que puedan regresar a su patria por otros medios que no sean los tuyos, te dejarán y se acercarán a otros, a pesar de cualesquiera promesas que te hubieran hecho. Y en cuanto a las vanas promesas y esperanzas, es tan grande el deseo extremo que hay en ellos de volver a casa, que creen naturalmente muchas cosas que son falsas y muchas añaden a propósito: de modo que, entre lo que creen y lo que dicen creer, te llenan de esperanza de tal manera que, confiándote en ella, o haces un gasto en vano o emprendes algo en lo que te arruinas.
Quiero que me basten como ejemplo el citado Alejandro y, además, Temístocles ateniense; el cual, habiéndose convertido en rebelde, huyó a Asia donde Darío; allí le prometió tanto, si quisiera asaltar Grecia, que Darío se dispuso a la empresa. Como luego Temístocles no pudiera cumplir tales promesas, ya fuera por vergüenza o por temor al suplicio, se envenenó a sí mismo. Y si este error fue cometido por Temístocles, hombre muy excelente, debe estimarse que tanto más errarán en esto quienes, por tener menor virtud, se dejen arrastrar más por su deseo y su pasión. Debe, pues, un príncipe ir con calma al emprender empresas sobre el relato de un desterrado, porque la mayoría de las veces se queda o con vergüenza o con gravísimo daño. Y porque también rara vez resulta tomar las tierras por sorpresa, y por inteligencia que se tenga en ellas, no me parece fuera de propósito discurrir sobre ello en el siguiente capítulo; añadiendo de qué modos las adquirían los romanos.
Capítulo32De cuántos modos los romanos ocupaban las tierras
Estando los romanos totalmente volcados en la guerra, hicieron siempre esta con toda ventaja, tanto en cuanto al gasto como en cuanto a cualquier otra cosa que en ella se requiere. De esto nació que se guardaron de tomar las tierras por asedio; porque juzgaban que este modo era tan costoso y tan incómodo, que superaba con mucho la utilidad que del dominio pudiera obtenerse: y por ello pensaron que era mejor y más útil sojuzgar las tierras por cualquier otro modo que asediándolas, por lo que en tantas guerras y en tantos años hay muy pocos ejemplos de asedios hechos por ellos. Los modos, pues, con los cuales adquirían las ciudades, eran o por expugnación o por rendición. La expugnación era o por fuerza y violencia abierta, o por fuerza mezclada con fraude. La violencia abierta era o con asalto, sin golpear los muros (lo que ellos llamaban «aggredi urbem corona» porque con todo el ejército circundaban la ciudad, y por todas partes la combatían); y muchas veces les resultó que en un asalto tomaron una ciudad, aunque fuera muy grande, como cuando Escipión tomó Cartago Nova en Hispania; o, cuando este asalto no bastaba, se disponían a romper los muros con arietes, o con otras de sus máquinas bélicas: o hacían una mina, y por ella entraban en la ciudad (de este modo tomaron la ciudad de los veyentinos); o, para estar a la altura de quienes defendían los muros, hacían torres de madera, o hacían terraplenes de tierra apoyados en los muros de fuera, para llegar a la altura de estos sobre aquellos. Contra estos asaltos, quien defendía la tierra, en el primer caso, en cuanto a ser asaltado por todas partes, corría más inmediato peligro, y tenía remedios más inciertos: porque, necesitando en cada lugar tener muchos defensores, o los que tenía no eran tantos que pudieran suplir en todas partes o relevarse; o, si podían, no todos tenían igual ánimo para resistir, y por una parte en que se inclinara la lucha, se perdían todos. Así ocurrió, como he dicho, que muchas veces este modo tuvo feliz éxito. Pero cuando no resultaba a la primera, no lo intentaban mucho, por ser modo peligroso para el ejército; porque, extendiéndose en tanto espacio, quedaba en todas partes débil para poder resistir una salida que los de dentro hubieran hecho; y también se desordenaban y fatigaban los soldados; pero por una vez y de improviso intentaban tal modo. En cuanto a la rotura de los muros, se oponían, como en los tiempos presentes, con reparos. Y para resistir las minas, hacían una contramina, y por ella se oponían al enemigo, o con las armas o con otros ingenios: entre los cuales estaba este, que llenaban toneles de plumas, a las que prendían fuego, y encendidos los metían en la mina, los cuales con el humo y con el hedor impedían la entrada a los enemigos. Y si con las torres los asaltaban, se ingeniaban para arruinarlas con el fuego. Y en cuanto a los terraplenes de tierra, rompían el muro por abajo, donde el terraplén se apoyaba, tirando dentro la tierra que los de fuera allí amontonaban; de modo que, poniéndose la tierra por fuera, y quitándose por dentro, el terraplén no llegaba a crecer. Estos modos de expugnar no se pueden intentar largamente: sino que es necesario o levantar el campo o buscar vencer la guerra por otros modos; como hizo Escipión, cuando, habiendo entrado en África, tras haber asaltado Útica y no conseguir tomarla, levantó el campo, y buscó derrotar a los ejércitos cartagineses: o bien volverse al asedio, como hicieron en Veyes, Capua, Cartago y Jerusalén y tierras semejantes, que ocuparon por asedio. En cuanto a adquirir las tierras por violencia furtiva, ocurre como sucedió con Palépolis, que por trato de quienes estaban dentro los romanos la ocuparon. De esta clase de expugnaciones, por los romanos y por otros se han intentado muchas, y pocas han resultado: la razón es que cualquier mínimo impedimento rompe el designio, y los impedimentos vienen fácilmente. Porque, o la conjura se descubre antes de que se llegue al acto, y se descubre no con mucha dificultad, tanto por la infidelidad de aquellos con quienes se ha comunicado, como por la dificultad de practicarla, teniendo que tratar con los enemigos, y con quien no te es lícito, sino bajo algún pretexto, hablar. Pero cuando la conjura no se descubriera en el manejo de ella, surgen luego, al ejecutarla, mil dificultades. Porque, o si vienes antes del tiempo fijado, o si vienes después, se estropea todo: si se levanta un rumor fortuito, como las ocas del Capitolio, si se rompe un orden acostumbrado; cualquier mínimo error, cualquier mínima equivocación que se cometa, arruina la empresa. Se añade a esto las tinieblas de la noche, las cuales infunden más pavor a quien trabaja en esas cosas peligrosas. Y siendo la mayor parte de los hombres que se conducen a tales empresas inexpertos del sitio del país, y de los lugares adonde son llevados, se confunden, se acobardan y se enredan por cualquier mínimo y fortuito accidente, y cualquier imagen falsa es capaz de hacerles volver atrás. Ni se halló nunca nadie que fuera más feliz en estas expediciones fraudulentas y nocturnas, que Arato Sicionio; el cual, cuanto valía en estas, tanto en las acciones diurnas y abiertas era pusilánime: lo que se puede juzgar que fue más bien por una oculta virtud que había en él, que porque en aquellas naturalmente debiera haber más felicidad. De estos modos, pues, se practican muchos, pocos se llevan a la prueba, y muy pocos resultan.
En cuanto a adquirir las tierras por rendición, o se entregan voluntariamente o forzadas. La voluntad nace, o por alguna necesidad extrínseca que las obliga a refugiarse bajo tu protección, como hizo Capua con los romanos, o por deseo de ser gobernadas bien, siendo atraídas por el buen gobierno que aquel príncipe mantiene sobre quienes se le han entregado voluntariamente, como hicieron los rodios, los marselleses y otras ciudades similares, que se entregaron al pueblo romano. En cuanto a la rendición forzada, o tal fuerza nace de un largo asedio, como se ha dicho antes; o nace de una continua opresión de incursiones, saqueos y otros malos tratos; queriendo huir de los cuales, una ciudad se rinde. De todos los modos mencionados, los romanos usaron más este último que ningún otro; y se dedicaron durante más de cuatrocientos cincuenta años a agotar a los vecinos con derrotas y con incursiones, y a adquirir, mediante los acuerdos, reputación sobre ellos, como hemos tratado en otras ocasiones. Y sobre tal modo se fundaron siempre, aunque los intentaron todos; pero en los otros encontraron cosas o peligrosas o inútiles. Porque en el asedio está la duración y el gasto; en la conquista, duda y peligro; en las conjuras, la incertidumbre. Y vieron que con una derrota del ejército enemigo adquirían un reino en un día; y, al tomar por asedio una ciudad obstinada, consumían muchos años.
Capítulo33Libro tercero Cómo los romanos daban a sus capitanes de los ejércitos las comisiones libres
Estimo que hay que considerar, al leer esta historia de Livio, queriendo sacar provecho de ella, todos los modos de proceder del pueblo y senado romano. Y entre las otras cosas que merecen consideración, están: ver con qué autoridad ellos enviaban fuera a sus cónsules, dictadores y otros capitanes de los ejércitos; de los cuales se ve que la autoridad fue grandísima, y el senado no se reservaba otra cosa que la autoridad de declarar nuevas guerras y de confirmar las paces; y todas las otras cosas las dejaba en el arbitrio y potestad del cónsul. Porque, una vez deliberada por el pueblo y por el senado una guerra, por ejemplo contra los latinos, todo el resto lo dejaban en el arbitrio del cónsul, el cual podía o presentar batalla o no presentarla, y sitiar esta u otra ciudad, como le pareciera. Estas cosas se verifican por muchos ejemplos, y sobre todo por el que ocurrió en una expedición contra los toscanos. Porque, habiendo el cónsul Fabio vencido a aquellos cerca de Sutri, y proyectando con el ejército después pasar el bosque Cimino e ir a Toscana, no solamente no se aconsejó con el senado, sino que no le dio ninguna noticia, aunque la guerra iba a tener lugar en un país nuevo, dudoso y peligroso. Lo cual se confirma también por las deliberaciones que en respuesta a esto fueron tomadas por el senado: el cual habiendo sabido de la victoria que Fabio había obtenido, y temiendo que aquel tomase la decisión de pasar por dichos bosques a Toscana, juzgando que era bueno no intentar aquella guerra y correr aquel peligro, mandó a Fabio dos legados para hacerle saber que no pasase a Toscana; los cuales llegaron cuando él ya había pasado, y había obtenido la victoria, y en lugar de impedidores de la guerra volvieron embajadores de la conquista y de la gloria obtenida. Y quien considere bien este procedimiento, lo verá prudentísimamente usado; porque, si el senado hubiera querido que un cónsul procediese en la guerra paso a paso, según lo que aquel le indicaba, lo hacía menos circunspecto y más lento: porque no le habría parecido que la gloria de la victoria fuese toda suya, sino que participase el senado, con el consejo del cual él se hubiese gobernado. Además de esto, el senado se obligaba a querer aconsejar una cosa de la que no podía entender; porque, a pesar de que en aquel había todos hombres ejercitadísimos en la guerra, no obstante, no estando en el lugar y no sabiendo infinitos detalles que es necesario saber para aconsejar bien, habrían cometido, aconsejando, infinitos errores. Y por esto ellos querían que el cónsul actuase por sí mismo, y que la gloria fuese toda suya; cuyo amor juzgaban que sería freno y regla para hacerlo obrar bien. Esta parte la he señalado más voluntariamente, porque veo que las repúblicas de los tiempos presentes, como la veneciana y la florentina, lo entienden de otro modo; y si sus capitanes, proveedores o comisarios tienen que plantar una artillería, lo quieren saber y aconsejar. Modo que merece aquella alabanza que merecen los otros, los cuales todos juntos las han conducido a los términos en que al presente se encuentran.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
