Libro 0Dedicatoria
Proemio0
a Zanobi Buondelmonti y Cosimo Rucellai, salud.
Os envío un regalo que, aunque no corresponde a las obligaciones que tengo con vosotros, es, sin duda, el mayor que Nicolás Maquiavelo ha podido enviaros. Porque en él he expresado cuanto sé y cuanto he aprendido mediante una larga práctica y continua lectura de las cosas del mundo. Y como ni vosotros ni otros podéis esperar de mí más, no podéis quejaros si no os he dado más. Ciertamente puede disgustaros la pobreza de mi ingenio, si estas narraciones mías son pobres; y la falacia de mi juicio, si en muchas partes, al razonar, me equivoco. Siendo así, no sé cuál de nosotros ha de estar menos obligado al otro: si yo a vosotros, que me habéis forzado a escribir lo que nunca por mí mismo habría escrito; o vosotros a mí, si al escribir no os he satisfecho. Tomad, pues, esto del modo en que se toman todas las cosas de los amigos; donde se considera siempre más la intención de quien envía, que las cualidades de la cosa enviada. Y creed que en esto tengo una sola satisfacción, cuando pienso que, aunque me haya equivocado en muchas de sus circunstancias, en esta sola sé que no he cometido error: haber elegido a vosotros, a quienes, por encima de todos los demás, dirijo estos Discursos míos; tanto porque, haciendo esto, me parece haber mostrado algo de gratitud por los beneficios recibidos; como porque me parece haber salido fuera del uso común de quienes escriben, que suelen siempre dirigir sus obras a algún príncipe; y, cegados por la ambición y la avaricia, alaban en él todas las cualidades virtuosas, cuando deberían censurarlo por todas sus partes vituperables. Por eso yo, para no incurrir en este error, he elegido no a quienes son príncipes, sino a quienes, por sus infinitas buenas cualidades, merecerían serlo; no a quienes podrían colmarme de dignidades, honores y riquezas, sino a quienes, no pudiendo, querrían hacerlo. Porque los hombres, para juzgar rectamente, han de estimar a quienes son, no a quienes pueden ser liberales, y así a quienes saben, no a quienes, sin saber, pueden gobernar un reino. Y los escritores alaban más a Hierón de Siracusa cuando era particular, que a Perseo de Macedonia cuando era rey: porque a Hierón para ser príncipe no le faltaba otra cosa que el principado; aquel otro no tenía parte alguna de rey, sino el reino. Disfrutad, por tanto, del bien o del mal que vosotros mismos habéis querido: y si persistís en este error, de que estas opiniones mías os sean gratas, no dejaré de continuar el resto de la historia, según os prometí al principio. Adiós.
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