Libro 3El remedio contra la ira
CAPÍTULO I. 1. Lo que más has deseado, Novato, intentaré ahora llevarlo a cabo: arrancar la ira de los ánimos o al menos frenarla y contener sus impulsos. Esto debe hacerse a veces de forma abierta y franca, cuando la fuerza del mal lo permite, a veces de forma oculta, cuando arde demasiado y se exaspera y crece con cualquier obstáculo; importa qué fuerzas tiene y cuán intactas están, si hay que golpearla y hacerla retroceder o si debemos cederle mientras se desata la primera tempestad, para que no arrastre consigo los propios remedios.
2. Habrá que tomar una decisión según el carácter de cada uno; pues a algunos los vencen las súplicas, otros insultan y acosan a quienes se muestran sumisos, a algunos los calmaremos atemorizándolos; a otros los ha desviado de su propósito la reprensión, a otros la confesión, a otros la vergüenza, a otros la demora, remedio lento para un mal precipitado, al que hay que recurrir en último lugar.
3. Pues las demás pasiones admiten dilación y pueden curarse más despacio, pero la violencia de esta, que se acelera y se arrastra a sí misma, no avanza poco a poco sino que es completa desde el momento en que comienza; y no como los demás vicios, que solicitan a los ánimos, sino que los arrastra y, dejándolos sin control de sí mismos y deseosos incluso del mal común, los agita, y no solo se enfurece contra aquello a lo que se dirigía sino contra lo que encuentra en el camino.
4. Los demás vicios impulsan a los ánimos, la ira los precipita. Aunque no sea posible resistirse a las propias pasiones, al menos a las pasiones mismas les es posible detenerse: esta, no de otro modo que los rayos y las tempestades y cualquier otra cosa que sea irrevocable porque no va sino que cae, intensifica más y más su fuerza.
5. Los demás vicios se apartan de la razón, este de la cordura; los demás tienen aproximaciones suaves e incrementos engañosos: hacia la ira hay una caída de los ánimos. Así pues, nada impulsa más que ella, aturdida y propensa a sus propias fuerzas, y tanto si tiene éxito es soberbia como si se frustra es insensata; ni siquiera cuando es rechazada cae en el hastío, sino que cuando la fortuna le ha quitado al adversario, vuelve sus mordiscos contra sí misma. Y no importa cuán pequeño sea aquello de lo que surgió; pues desde lo más ligero se encamina hacia lo más grande.
CAPÍTULO II. 1. No pasa de largo ninguna época, no excluye a ningún tipo de hombres. Hay pueblos que, gracias a la pobreza, no conocen el lujo; hay otros que, por ser activos y nómadas, escapan de la pereza; aquellos que tienen costumbres primitivas y vida rural desconocen el engaño, el fraude y todo mal que nace en el foro: pero no hay pueblo al que no empuje la ira, tan poderosa entre griegos como entre bárbaros, no menos perniciosa para quienes temen las leyes que para aquellos donde el derecho lo determina la fuerza.
2. En fin, las demás pasiones atrapan a individuos aislados, pero esta es la única que a veces se genera de forma colectiva. Nunca un pueblo entero ardió de amor por una mujer ni toda una ciudad puso su esperanza en el dinero o el lucro; la ambición ocupa a los hombres uno por uno, la falta de control no es un mal público; pero muchas veces se ha ido a la ira en masa.
3. Hombres, mujeres, ancianos, niños, dirigentes y pueblo llano han actuado al unísono, y toda la multitud, agitada por muy pocas palabras, se adelantó al mismo que la agitaba; de inmediato se corrió a las armas y al fuego, se declararon guerras a los vecinos o se libraron con los conciudadanos; 4. casas enteras con toda su familia fueron quemadas, y quien hacía poco era tenido en gran honor por su elocuencia popular recibió la ira de su propia asamblea; las legiones lanzaron sus jabalinas contra su general; toda la plebe se separó de los patricios; el senado como consejo público, sin esperar levas ni nombrar general, eligió jefes improvisados para su ira y, persiguiendo por los techos de la ciudad a los hombres nobles, aplicó el castigo con sus propias manos; 5. se violaron embajadas, se rompió el derecho de gentes y una rabia abominable se apoderó del Estado, sin que se diera tiempo para que se calmara el furor público, sino que de inmediato se botaron flotas y se cargaron con tropas tumultuarias; sin norma, sin auspicios, el pueblo, guiado por su propia ira, salió y usó como armas lo que encontró y robó, y luego pagó con gran desastre la temeridad de su ira audaz.
6. Este es el resultado para los bárbaros cuando se lanzan al azar a las guerras: cuando la apariencia de una injuria golpea sus ánimos volubles, se ponen en marcha de inmediato y, hacia donde los arrastró el dolor, caen sobre las legiones como una ruina, desordenados, sin miedo, sin cuidado, buscando sus propios peligros; se alegran de ser heridos, de lanzarse contra el hierro, de empujar las lanzas con el cuerpo y de salir atravesando su propia herida.
CAPÍTULO III. 1. «No cabe duda», dices, «de que esa fuerza es grande y perniciosa: por eso muéstranos cómo debe curarse». Pero, como dije en los libros anteriores, Aristóteles se presenta como defensor de la ira y prohíbe que nos la extirpemos: dice que es el acicate de la virtud, y que si se la arranca el ánimo queda desarmado y se vuelve perezoso e inerte para los grandes empeños.
2. Es necesario, por tanto, demostrar su fealdad y ferocidad, y poner ante los ojos qué monstruosidad es un hombre enfurecido contra otro hombre, y con qué ímpetu se precipita causando daño pero sin evitar su propia ruina, hundiendo cosas que no pueden sumergirse sin que él mismo se hunda con ellas.
3. ¿Qué pasa entonces? ¿Alguien llama cuerdo a este que, como si lo hubiera arrebatado una tempestad, no camina sino que es arrastrado, y sirve a un mal furioso, y no encomienda su venganza a otro sino que él mismo la ejecuta enfureciendo con el ánimo y con la mano a la vez, verdugo de sus seres más queridos y de aquellos bienes cuya pérdida pronto va a llorar?
4. ¿Alguien pone esta pasión como auxiliar y compañera de la virtud, cuando perturba los juicios sin los cuales la virtud nada realiza? Las fuerzas que la enfermedad y el acceso febril levantan en un enfermo son frágiles y siniestras, poderosas para su propio mal.
5. No creas, pues, que pierdo el tiempo en cosas superfluas al desacreditar la ira, como si su reputación fuera dudosa entre los hombres, cuando hay alguien, y precisamente uno de los filósofos ilustres, que le asigna funciones y, como si fuera útil y suministrara aliento para las batallas, para las acciones y para todo lo que debe hacerse con cierto ardor, la invoca.
6. Para que no engañe a nadie haciéndole creer que en algún momento o lugar puede ser provechosa, hay que mostrar su rabia desenfrenada y enloquecida, y devolverle su propio ajuar: el potro de tortura y las cuerdas, las cárceles y las cruces, los fuegos dispuestos alrededor de cuerpos enterrados, y también el garfio que arrastra cadáveres, los diversos tipos de grilletes, los diversos tipos de castigos, las mutilaciones de miembros, las marcas en la frente y las jaulas de bestias feroces: que la ira sea colocada entre estos instrumentos, algo terrible y horrendo que rechina, más repugnante que todos aquellos por los que se enfurece.
CAPÍTULO IV. 1. Aunque de los demás sea dudoso, ciertamente a ningún afecto le corresponde peor rostro que el que hemos descrito en los libros anteriores: áspero y agudo, y ora pálido por haberse retirado hacia atrás la sangre en su huida, ora rojizo por haberse vuelto al rostro todo el calor y el aliento, y semejante a uno ensangrentado, con las venas hinchadas, los ojos ora inquietos y saltones, ora fijos e inmóviles en una sola mirada; 2. añade el rechinar de los dientes, que se embisten entre sí, como si desearan masticar a alguien, con un sonido no distinto al de los jabalíes que afilan sus armas con el roce; añade el crujido de las articulaciones cuando las propias manos se retuercen y el pecho golpeado repetidamente, las respiraciones frecuentes y los gemidos extraídos desde lo más profundo, el cuerpo inestable, las palabras entrecortadas por súbitas exclamaciones, los labios temblorosos y a veces apretados y silbando algo siniestro.
3. Las fieras, por Hércules, ya sea que el hambre las azuce o el hierro clavado en sus entrañas, tienen un aspecto menos repugnante, incluso cuando semiagonizantes persiguen con un último mordisco a su cazador, que el de un hombre ardiendo de ira. Vamos, si hay tiempo para escuchar las voces y las amenazas, ¡qué palabras son las de un ánimo atormentado!
4. ¿No querrá cualquiera apartarse de la ira cuando entienda que ella empieza por su propio mal? ¿No quieres entonces que advierta a quienes ejercen la ira con suma autoridad y la consideran prueba de su poder y la colocan entre los grandes bienes de la gran fortuna, la venganza al alcance de la mano, que no puede llamarse poderoso, es más, ni siquiera libre el que es cautivo de su propia ira?
5. ¿No quieres que advierta, para que cada uno sea más cuidadoso y se examine a sí mismo, que los demás males del ánimo afectan a los peores individuos, pero la irascibilidad se infiltra incluso en los hombres instruidos y cuerdos en todo lo demás? Tanto es así que algunos llaman a la irascibilidad signo de franqueza y el vulgo cree que los más bonachones son especialmente propensos a ella.
CAPÍTULO V. 1. «¿A qué viene esto?», dices. A que nadie se considere a salvo de ella, puesto que también a los de naturaleza apacible y tranquila los arrastra hacia la crueldad y la violencia. Del mismo modo que contra la peste de nada sirve la fortaleza del cuerpo y el cuidadoso mantenimiento de la salud (pues ataca por igual a débiles y robustos), así también corren peligro ante la ira tanto los temperamentos inquietos como los serenos y relajados, a quienes resulta tanto más vergonzosa y peligrosa cuanto más los transforma.
2. Pero como lo primero es no encolerizarse, lo segundo dejar de estarlo, y lo tercero curar también la ira ajena, hablaré primero de cómo no caer en la ira, después de cómo liberarnos de ella, y por último de cómo contener y calmar al que se encoleriza y devolverlo a la cordura.
3. Evitaremos encolerizarnos si nos representamos continuamente todos los defectos de la ira y la valoramos correctamente. Hay que acusarla ante nosotros, condenarla; hay que escudriñar sus males y sacarlos a la luz; para que quede claro cómo es, hay que compararla con los peores vicios.
4. La avaricia adquiere y acumula para que otro mejor lo aproveche: la ira gasta, y son pocos los que la disfrutan gratis. ¡A cuántos esclavos ha empujado a la fuga un amo iracundo, a cuántos a la muerte! ¡Cuánto más perdió al encolerizarse que aquello por lo que se encolerizaba! La ira trajo al padre el duelo, al marido el divorcio, al magistrado el odio, al candidato el rechazo.
5. Es peor que el lujo, porque este disfruta de su propio placer, aquella del dolor ajeno. Supera a la malignidad y a la envidia; pues estas quieren que otro sea desgraciado, aquella quiere hacerlo; aquellas se deleitan con las desgracias fortuitas, esta no puede esperar a la fortuna: quiere dañar a quien odia, no que sea dañado.
6. Nada hay más grave que las enemistades: la ira las provoca. Nada más funesto que la guerra: en ella estalla la ira de los poderosos; por lo demás, también aquella ira plebeya y privada es una guerra desarmada y sin fuerzas. Además la ira, dejando aparte lo que luego vendrá, pérdidas, asechanzas, perpetua inquietud por los enfrentamientos mutuos, impone castigos mientras los exige; reniega de la naturaleza humana: esta impulsa al amor, aquella al odio; esta manda ayudar, aquella dañar.
7. Añade que, como su indignación proviene de una excesiva susceptibilidad, aunque parezca valerosa, es mezquina y estrecha; pues nadie deja de ser inferior a aquel por quien se juzga menospreciado. Pero aquel espíritu grande y verdadero conocedor de sí mismo no venga la ofensa, porque no la siente.
8. Como los proyectiles rebotan contra lo duro y lo sólido se golpea con dolor del que lo golpea, así ninguna ofensa llega a herir a un espíritu grande, más frágil lo que lo ataca que él mismo. ¡Cuánto más hermoso rechazar como impenetrable a todo proyectil todas las ofensas y ultrajes! La venganza es confesión de dolor; no es grande el espíritu al que doblega la ofensa. O te ofendió alguien más poderoso o más débil: si más débil, perdónalo; si más poderoso, perdónate a ti.
CAPÍTULO VI. 1. No hay prueba más segura de grandeza que no poder ser afectado por nada que te provoque. La parte superior del mundo, la más ordenada y próxima a los astros, no se condensa en nube ni se agita en tormenta ni gira en torbellino; carece de toda turbulencia: los relámpagos caen en las zonas inferiores. Del mismo modo, un espíritu elevado, siempre sereno y situado en una posición tranquila, oprimiendo bajo sí todo aquello que provoca la ira, es moderado, venerable y equilibrado; nada de esto encontrarás en el iracundo.
2. Pues ¿quién, entregado al dolor y enloquecido, no ha rechazado primero el pudor? ¿Quién, turbulento por el impulso y lanzándose contra alguien, no ha arrojado lejos cuanto tenía en sí de venerable? ¿A quién, una vez excitado, le ha quedado en pie el número o el orden de sus deberes? ¿Quién ha refrenado la lengua? ¿Quién ha controlado alguna parte de su cuerpo? ¿Quién ha podido gobernarse a sí mismo una vez desatado?
3. Nos será útil aquel saludable precepto de Demócrito, mediante el cual se nos muestra que alcanzaremos la tranquilidad si no emprendemos muchas cosas, ni en privado ni en público, o cosas superiores a nuestras fuerzas. Nunca transcurre tan felizmente el día para quien anda disperso en muchos negocios que no nazca, o de una persona o de una circunstancia, alguna ofensa que disponga el ánimo a la ira.
4. De la misma manera que quien se apresura por los lugares concurridos de la ciudad tiene que chocar con muchos, y en un sitio es forzoso que resbale, en otro que lo retengan, en otro que lo salpiquen, así en este curso de vida disperso y errante sobrevienen muchos impedimentos, muchas quejas: uno ha defraudado nuestra esperanza, otro la ha aplazado, otro la ha interceptado; los propósitos no han fluido según lo planeado.
5. A nadie le es la fortuna tan favorable que, intentando muchas cosas, le responda en todas partes; por tanto, resulta que aquel a quien algunas cosas le han salido al contrario de lo que se había propuesto se vuelve impaciente con las personas y con las circunstancias, y se irrita por las causas más leves, ya contra una persona, ya contra un negocio, ya contra un lugar, ya contra la fortuna, ya contra sí mismo.
6. Así pues, para que el ánimo pueda estar tranquilo, no debe ser zarandeado ni, como he dicho, fatigado con la actividad de muchas cosas ni con la búsqueda de cosas grandes y superiores a las fuerzas. Es fácil ajustar cargas ligeras a los hombros y transferirlas de una parte a otra sin caída, pero lo que nos han impuesto en los hombros manos ajenas lo soportamos con dificultad, y vencidos lo volcamos sobre el más próximo; incluso mientras permanecemos bajo la carga, vacilamos, desiguales al peso.
CAPÍTULO VII. 1. Has de saber que lo mismo ocurre en los asuntos civiles y domésticos. Los negocios sencillos y manejables siguen a quien los lleva; los enormes, que superan la capacidad de quien los dirige, no se dejan manejar fácilmente y, si se han emprendido, aplastan y arrastran al que los administra, y cuando parecía que ya estaban bajo control caen junto con él: así sucede que a menudo resulta vana la voluntad de quien no acomete lo que es fácil, sino que pretende que sea fácil lo que ha acometido.
2. Siempre que intentes algo, mídete a ti mismo junto con lo que preparas y aquello para lo que te preparas; pues te volverá áspero el arrepentimiento de una obra inconclusa. Hay esta diferencia: que uno sea de temperamento ardiente o frío y apocado: al generoso, el fracaso le provocará ira; al lánguido e inerte, tristeza. Por tanto, nuestras acciones no deben ser ni insignificantes ni audaces y desmesuradas; que nuestra esperanza salga hacia lo cercano, no intentemos nada que, incluso una vez conseguido, nos asombre haberlo logrado.
CAPÍTULO VIII. 1. Esforcémonos en no recibir ofensas, porque no sabemos soportarlas. Hay que vivir con la persona más tranquila, más tratable y menos inquieta y quisquillosa; las costumbres se toman de quienes nos rodean, y así como ciertos defectos del cuerpo saltan a quienes entran en contacto con él, del mismo modo el espíritu transmite sus males a los más cercanos: el borracho arrastró a sus compañeros al amor por el vino, la compañía de los disolutos ablanda incluso al hombre fuerte y nacido de piedra, la avaricia transfirió su veneno a los allegados.
2. La razón de las virtudes es la misma pero al revés, de modo que suavizan todo lo que tienen a su lado; y no aprovechó tanto a la salud una región favorable y un clima más sano como a los espíritus poco firmes desenvolverse en una multitud mejor.
3. Comprenderás cuánto puede esto si ves que también las fieras se domestican con nuestro trato y que ninguna bestia, por salvaje que sea, conserva su fiereza si ha soportado largo tiempo la convivencia con el hombre: se embota toda aspereza y poco a poco, entre situaciones apacibles, desaprende su naturaleza. A esto se añade que no solo se vuelve mejor por el ejemplo quien vive con personas tranquilas, sino también porque no encuentra motivos para encolerizarse ni ejercita su defecto. Deberá, pues, huir de todos aquellos que sepa que provocarán su ira. «¿Quiénes son esos?», preguntas.
4. Muchos, por diversas razones, van a hacer lo mismo: te ofenderá el soberbio con su desprecio, el burlón con su afrenta, el insolente con su injuria, el envidioso con su malignidad, el pendenciero con su disputa, el fanfarrón y mentiroso con su frivolidad; no soportarás ser temido por el receloso, ser vencido por el obstinado, ser desdeñado por el delicado.
5. Elige personas sencillas, afables, moderadas, que ni provoquen tu ira ni la soporten; te aprovecharán aún más los sumisos, humanitarios y dulces, pero no hasta el punto de la adulación, pues la excesiva complacencia ofende a los iracundos: había ciertamente un amigo nuestro, hombre bueno pero de ira demasiado pronta, para quien no era más seguro adularlo que insultarlo.
6. Consta que el orador Celio fue muy iracundo. Con él, según cuentan, cenaba en su habitación un cliente de paciencia escogida, pero era difícil para él, confinado con Celio, evitar la riña de aquel a quien estaba pegado; juzgó óptimo estar de acuerdo con todo lo que dijera y hacer de secundario. Celio no soportó que aquel asintiera y exclamó: «¡Di algo en contra, para que seamos dos!». Pero también aquel, aunque estaba furioso, porque no se enojaba, pronto se calmó sin adversario.
7. Elijamos, por tanto, o mejor a estos, si somos conscientes de nuestra ira, que sigan nuestro rostro y nuestras palabras: nos harán ciertamente delicados y nos conducirán a la mala costumbre de no oír nada contrario a nuestra voluntad, pero será provechoso dar a nuestro defecto un intervalo y un descanso. También los de naturaleza difícil e indómita soportarán al que los adula: nada es áspero y huraño para quien acaricia.
8. Siempre que una discusión sea demasiado larga y combativa, resistamos al principio, antes de que cobre fuerza: la disputa se alimenta a sí misma y retiene más hondo a los que se han sumergido; es más fácil abstenerse de la pelea que retirarse de ella.
CAPÍTULO IX. 1. También los estudios más arduos deben ser dejados de lado por los iracundos, o al menos practicados sin llegar al agotamiento, y el espíritu no debe ocuparse de asuntos duros, sino entregarse a actividades placenteras: que la lectura de poemas lo distraiga y la historia lo retenga con sus relatos; que sea tratado con mayor suavidad y delicadeza.
2. Pitágoras apaciguaba las perturbaciones del ánimo con la lira; ahora bien, ¿quién ignora que las trompetas militares y las tubas son estímulos incendiarios, así como ciertos cantos son suavizantes con los que la mente se relaja? A los ojos fatigados les sientan bien los colores verdes, y en ciertos colores la vista débil descansa, mientras que el resplandor de algunos la deslumbra: así también los estudios alegres calman las mentes enfermas.
3. Debemos evitar el foro, las defensas judiciales, los tribunales y todo lo que exaspera el defecto; igualmente hay que precaverse del agotamiento físico, pues consume todo lo que hay de apacible y tranquilo en nosotros e incita lo violento.
4. Por eso quienes tienen el estómago delicado, al ir a ocuparse de asuntos de mayor responsabilidad, moderan la bilis con alimento, ya que el cansancio es lo que más la agita, sea porque concentra el calor en el interior y daña la sangre y detiene su curso en las venas fatigadas, sea porque el cuerpo debilitado y endeble pesa sobre el ánimo; desde luego, por la misma razón son más iracundos los que están agotados por enfermedad o por la edad. También el hambre y la sed deben evitarse por las mismas causas: exasperan e inflaman los ánimos.
5. Es un viejo dicho que el cansado busca pelea; pero igualmente la busca el hambriento, el sediento y cualquier hombre a quien algo le quema por dentro. Pues como las úlceras duelen al más leve contacto y luego incluso ante la sospecha de un contacto, así el ánimo afectado se ofende por las cosas más pequeñas, hasta el punto de que a algunos un saludo, una carta, una conversación o una pregunta los incitan a la disputa: nunca se toca lo enfermo sin queja.
CAPÍTULO X. 1. Lo mejor es, por tanto, aplicarse el remedio ante la primera señal del mal, conceder entonces la mínima libertad también a las propias palabras y contener el impulso.
2. Ahora bien, es fácil sorprender a nuestras pasiones cuando están naciendo: los signos preceden a las enfermedades. Del mismo modo que las señales de la tempestad y la lluvia llegan antes que ellas mismas, así también existen ciertos anuncios previos de la ira, el amor y todas esas tormentas que sacuden los ánimos.
3. Quienes suelen ser atacados por el mal comicial ya comprenden que se acerca la enfermedad si el calor abandona las extremidades y hay una luz incierta y un temblor de los nervios, si la memoria flaquea y la cabeza da vueltas; así pues, con los remedios habituales atajan la causa incipiente, y mediante el olfato y el gusto se rechaza todo lo que enajena los ánimos, o se combate con fomentos el frío y el entumecimiento; o, si el tratamiento sirvió de poco, han evitado la multitud y han caído sin testigos.
4. Conviene conocer la propia enfermedad y aplastar sus fuerzas antes de que se expandan. Veamos qué es lo que más nos excita: a uno lo conmueven las ofensas de palabra, a otro las de hecho; este quiere que se respete su nobleza, aquel su belleza; este desea ser considerado de lo más elegante, aquel de lo más docto; este es incapaz de soportar la soberbia, aquel la terquedad; aquel no cree que sus esclavos sean dignos de que se enfurezca con ellos, este es cruel dentro de casa, apacible fuera; aquel juzga una ofensa que le pidan algo, este una afrenta que no se lo pidan. No todos son heridos por el mismo lado; conviene por tanto saber qué hay de débil en ti, para que lo protejas especialmente.
CAPÍTULO XI. 1. No conviene verlo todo, oírlo todo. Muchas ofensas nos pasan de largo, y de ellas no recibe la mayoría quien las desconoce. ¿No quieres ser iracundo? No seas curioso. Quien averigua qué se ha dicho de él, quien desentierra conversaciones maliciosas aunque se hayan mantenido en secreto, se inquieta a sí mismo. Cierta interpretación lleva las cosas al punto de que parezcan ofensas; así que unas hay que aplazarlas, otras ridiculizarlas, otras perdonarlas.
2. La ira debe ser circunscrita de muchos modos; la mayoría de las cosas hay que convertirlas en diversión y broma. Cuentan que Sócrates, tras recibir una bofetada, no dijo más que era molesto que los hombres no supieran cuándo debían salir con casco.
3. No importa cómo se haya cometido la ofensa, sino cómo se haya soportado; y no veo por qué ha de ser difícil la moderación, cuando sé que incluso los tiranos, con su carácter hinchado por la fortuna y el poder, han reprimido la crueldad que les era familiar.
4. De Pisístrato, tirano de los atenienses, se recuerda que, cuando un comensal borracho dijo muchas cosas contra su crueldad y no faltaban quienes quisieran prestarle sus manos y uno por aquí y otro por allá le encendían antorchas, lo soportó con ánimo tranquilo y respondió a quienes lo incitaban que no se enfadaba con él más de lo que lo haría si alguien con los ojos vendados hubiera tropezado con él.
CAPÍTULO XII. 1. Una gran parte de las quejas la hemos fabricado nosotros mismos, ya sea sospechando lo que es falso o exagerando lo que es leve. A menudo la ira viene hacia nosotros, pero más a menudo nosotros vamos hacia ella. Nunca hay que llamarla: incluso cuando se presenta, hay que rechazarla.
2. Nadie se dice a sí mismo: «esto por lo que me enojo, o lo hice yo mismo o pude haberlo hecho»; nadie valora la intención del que actúa, sino el hecho mismo: y sin embargo hay que fijarse en él, si quiso hacerlo o fue casual, si fue obligado o engañado, si persiguió el odio o la recompensa, si se dio gusto a sí mismo o prestó su mano a otro. Algo influye la edad del que yerra, algo la circunstancia, de modo que soportarlo y tolerarlo sea o humano o provechoso.
3. Pongámonos en el lugar de aquel con quien nos enojamos: ahora nos hace iracundos una valoración injusta de nosotros mismos, y lo que querríamos hacer no queremos sufrirlo.
4. Nadie se da tiempo; y sin embargo el mayor remedio de la ira es la demora, para que su primer hervor se enfríe y la niebla que oprime la mente o se asiente o sea menos densa. Algunas de esas cosas que te arrastraban impetuosamente las suavizará una hora, no solo un día; algunas desaparecerán por completo; si la aplazamiento solicitado no sirvió de nada, quedará claro que ya es juicio, no ira. Todo lo que quieras saber cómo es, confíalo al tiempo: nada se distingue con claridad en medio del oleaje.
5. Platón no pudo conseguir de sí mismo tiempo cuando se enojó con su esclavo, sino que ordenó que se quitara la túnica inmediatamente y ofreciera las espaldas a los azotes, pues iba a golpearlo él mismo con su propia mano; después de que comprendió que estaba enojado, mantenía suspendida la mano que había levantado y se quedaba quieto como quien va a golpear; preguntado luego por un amigo que casualmente había entrado qué hacía, dijo: «exijo castigo a un hombre iracundo».
6. Como aturdido, conservaba aquel gesto deforme de quien está a punto de ensañarse, impropio de un hombre sabio, olvidado ya del esclavo porque había encontrado a otro a quien debía castigar preferentemente. Por eso se quitó a sí mismo el poder sobre los suyos y, por cierta falta algo alterado, dijo: «tú, Espeusipo, castiga a golpes a ese esclavillo; pues yo estoy enojado».
7. No lo golpeó por lo mismo por lo que otro habría golpeado. Dijo: «estoy enojado; haré más de lo que debo, lo haré con más gusto: que ese esclavo no esté en poder de quien no está en poder de sí mismo». ¿Alguien quiere que se confíe la venganza a un hombre enojado, cuando Platón se quitó a sí mismo el mando? Nada te esté permitido mientras estés enojado. ¿Por qué? Porque quieres que todo te esté permitido.
CAPÍTULO XIII. 1. Lucha contigo mismo: si quieres vencer a la ira, ella no puede vencerte a ti. Empiezas a vencer si la escondes, si no le das salida. Sepultemos sus señales y mantengámosla, en la medida de lo posible, oculta y recluida.
2. Esto se hará con gran molestia por nuestra parte (pues ella desea saltar afuera, encender los ojos y transformar el rostro), pero si le hemos permitido asomar fuera de nosotros, está por encima de nosotros. Quede recluida en lo más profundo del pecho, y que sea llevada, no que ella nos lleve. Más aún, transformemos en lo contrario todos sus indicios: que el rostro se relaje, que la voz sea más suave, que el paso sea más lento; poco a poco, con lo exterior se va moldeando lo interior.
3. En Sócrates la señal de la ira era bajar la voz, hablar menos; entonces era evidente que se enfrentaba a sí mismo. Por eso era descubierto por sus allegados y reprendido, y no le resultaba ingrata la acusación de ocultar su ira. ¿Cómo no iba a alegrarse de que muchos comprendieran su ira, pero nadie la sufriera? La habrían sufrido, sin embargo, si no hubiera concedido a sus amigos el derecho de reprenderlo, así como él mismo se había atribuido ese derecho sobre sus amigos.
4. Cuánto más debemos hacer esto nosotros. Pidamos a nuestros amigos más íntimos que precisamente entonces usen con nosotros la mayor libertad, cuando menos podamos soportarla, y que no secunden nuestra ira; mientras seamos dueños de nosotros, mientras estemos en nuestro sano juicio, convoquemos contra ese mal poderoso y que goza de favor ante nosotros.
5. Los que toleran mal el vino y temen la temeridad y petulancia de su embriaguez encargan a los suyos que los saquen del banquete; los que han sufrido su intemperancia en la enfermedad prohíben que se les obedezca cuando su salud empeora.
6. Lo mejor es preparar obstáculos para los vicios conocidos y, ante todo, disponer el ánimo de tal manera que, incluso sacudido por acontecimientos gravísimos e inesperados, o bien no sienta la ira o la contenga en lo profundo si ha surgido por la magnitud de una ofensa imprevista, y no manifieste su dolor.
7. Que esto es posible quedará claro si presento unos pocos ejemplos de una enorme multitud, a partir de los cuales se puede aprender ambas cosas: cuánto mal tiene la ira cuando dispone de todo el poder de hombres poderosísimos, y cuánto puede dominarse a sí misma cuando está contenida por un temor mayor.
CAPÍTULO XIV. 1. Prexaspes, uno de los más queridos por el rey Cambises, le advertía que era demasiado adicto al vino y le aconsejaba que bebiera con más moderación, diciéndole que la embriaguez era algo vergonzoso en un rey al que todos seguían con los ojos y los oídos. Ante esto, él respondió: «Para que sepas que nunca pierdo el control de mí mismo, voy a demostrarte ahora mismo que tanto mis ojos como mis manos cumplen su función después del vino».
2. Entonces bebió más generosamente que otras veces, con copas más grandes, y ya pesado y ebrio ordenó que el hijo de su crítico saliera más allá del umbral y permaneciera de pie con la mano izquierda levantada sobre la cabeza. Entonces tensó el arco y atravesó el propio corazón del joven (pues había dicho que apuntaría a eso), y tras abrir el pecho mostró la punta de la flecha clavada en el mismo corazón, y mirando al padre le preguntó si no tenía la mano suficientemente certera. Pero él respondió que ni siquiera Apolo habría podido disparar con mayor precisión.
3. ¡Que los dioses lo destruyan, esclavo más por su alma que por su condición! Se convirtió en elogiador de algo de lo que ya era demasiado haber sido espectador. Consideró una oportunidad para ganarse favores el pecho de su hijo partido en dos y el corazón palpitante bajo la herida: debió discutirle la gloria y pedir que repitiera el disparo, para que al rey le placiera demostrar su mano aún más certera en el propio padre.
4. ¡Oh rey sanguinario! ¡Oh digno de que todos sus súbditos volvieran sus arcos contra él! Aunque le hayamos maldecido por terminar los banquetes con suplicios y funerales, sin embargo, fue más criminal el elogio de aquel disparo que el disparo mismo. Veremos cómo debió comportarse el padre de pie junto al cadáver de su hijo y ante aquella muerte de la que había sido testigo y causa: lo que ahora nos ocupa es evidente, que la ira puede reprimirse.
5. No habló mal al rey, no pronunció ninguna palabra ni siquiera de lamento, aunque veía traspasado su propio corazón tanto como el de su hijo. Puede decirse que con razón se tragó sus palabras; pues si hubiera dicho algo como alguien airado, no habría podido hacer nada como padre.
6. Puede, digo, parecer que se comportó con más sensatez en aquella situación que cuando le daba consejos sobre la cantidad de bebida a un hombre al que más le convenía beber vino que sangre, cuyas manos mantener ocupadas con copas era garantía de paz. Pasó pues a engrosar el número de quienes con grandes desgracias demostraron cuánto cuestan a los amigos de los reyes los buenos consejos.
CAPÍTULO XV. 1. No dudo de que Hárpago también le aconsejó a su rey algo parecido a los persas, razón por la cual, ofendido, le sirvió como banquete a sus propios hijos y luego le preguntó repetidamente si le gustaba el condimento; después, cuando vio que estaba lo bastante saciado de sus propias desgracias, ordenó traer las cabezas de aquellos y le preguntó qué le había parecido el plato. Al desdichado no le faltaron palabras, no se le cerró la boca: «En presencia del rey», dijo, «todo banquete es agradable». ¿Qué consiguió con esta adulación? No ser invitado a comer las sobras.
2. No prohíbo que un padre condene el acto de su rey, no prohíbo que reclame un castigo digno de monstruosidad tan atroz, pero de momento extraigo esta conclusión: que incluso la ira que nace de males inmensos puede ocultarse y obligarse a decir palabras contrarias a lo que uno siente.
3. Esta contención del dolor es necesaria, sobre todo para quienes han recibido este tipo de vida y han sido admitidos a la mesa real: así se come entre ellos, así se bebe, así se responde; hay que sonreír ante los propios funerales. Si vale la pena vivir así, ya lo veremos: esa es otra cuestión. No vamos a consolar una prisión tan triste, no vamos a exhortar a soportar las órdenes de los verdugos: mostraremos que en toda esclavitud hay un camino abierto hacia la libertad. Está enfermo de espíritu y es desdichado por su propio defecto aquel a quien le es posible poner fin a sus desdichas junto con su vida.
4. Le diré tanto a aquel que cayó en manos de un rey que apuntaba con sus flechas a los pechos de sus amigos como a aquel cuyo amo sacia a los padres con las entrañas de sus hijos: «¿Por qué gimes, insensato? ¿Qué esperas? ¿Que algún enemigo te vengue mediante la destrucción de tu pueblo, o que un rey poderoso venga volando desde lejos? Mires donde mires, allí está el fin de tus males. ¿Ves aquel precipicio? Por allí se desciende hacia la libertad. ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? La libertad está sentada allí en el fondo. ¿Ves aquel árbol pequeño, retorcido, infeliz? De allí cuelga la libertad. ¿Ves tu garganta, tu cuello, tu corazón? Son vías de escape de la esclavitud. ¿Te muestro salidas demasiado laboriosas y que exigen demasiado ánimo y fuerza? ¿Preguntas cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo».
CAPÍTULO XVI. 1. Mientras no haya nada tan insoportable que nos empuje a abandonar la vida, apartemos la ira, sea cual sea nuestra condición. Es perniciosa para los esclavos; pues toda indignación se convierte en tormento propio y los mandos se sienten más pesados cuanto más rebeldemente se soportan. Así la fiera, al agitarse, aprieta los lazos; así las aves, mientras tratan de sacudirse el muérdago con temor, lo pegan a todas sus plumas. No hay yugo tan estrecho que lastime menos al que se resiste que al que se deja llevar: el único alivio de los grandes males es soportarlos y obedecer a las propias necesidades.
2. Pero si el dominio de las pasiones, y especialmente de esta rabiosa y desenfrenada, es útil para los esclavos, más útil es para los reyes: todo se viene abajo cuando la fortuna permite cuanto aconseja la ira, y no puede durar mucho el poder que se ejerce para daño de muchos; pues corre peligro cuando el miedo común ha unido a quienes gemían por separado. Por eso a muchos los han matado ora uno a uno, ora todos juntos, cuando el dolor público los obligó a concentrar sus iras en una sola.
3. Y sin embargo, la mayoría de los tiranos han ejercido la ira como si fuera insignia real, como Darío, que fue el primero que, tras arrebatar el poder al mago, dominó a los persas y gran parte de Oriente. Pues cuando declaró la guerra a los escitas que rodeaban el oriente, rogado por Eóbazo, un anciano noble, para que de sus tres hijos le dejara uno como consuelo del padre y se llevara a los otros dos, prometiendo más de lo que se le pedía le dijo que se los devolvería a todos, y los arrojó degollados ante la vista del padre, como si hubiera sido cruel llevárselos a todos.
4. ¡Pero cuánto más tolerante fue Jerjes! A Pitio, padre de cinco hijos, que le pedía la exención de uno, le permitió elegir al que quisiera, y después descuartizó al elegido en dos partes y lo colocó a ambos lados del camino, y con esta víctima purificó el ejército. Tuvo, pues, el final que merecía: derrotado y dispersado por todas partes, viendo su ruina tendida por doquier, caminó en medio de los cadáveres de los suyos.
CAPÍTULO XVII. 1. Esta fue la ferocidad en la ira de los reyes bárbaros, a quienes ninguna educación, ningún cultivo de las letras había formado: te daré un rey salido del regazo de Aristóteles, Alejandro, quien atravesó con su propia mano, en medio de un banquete, a Clito, queridísimo para él y educado junto a él, por adularlo poco y pasar con desgana de ser un macedonio libre a la servidumbre persa.
2. Pues a Lisímaco, igualmente íntimo suyo, lo arrojó a un león. ¿Acaso este Lisímaco, que por alguna suerte escapó de los dientes del león, fue más benévolo cuando él mismo llegó a reinar?
3. Pues a Telésforo de Rodas, amigo suyo, después de mutilarlo por todas partes, habiéndole cortado las orejas y la nariz, lo mantuvo largo tiempo en una jaula como si fuera un animal novedoso y raro, ya que la deformidad de su rostro destrozado y mutilado le había hecho perder el aspecto humano; se añadía el hambre y la inmundicia y la suciedad de un cuerpo abandonado en su propia porquería; 4. con las rodillas y las manos callosas, además, porque la estrechez del lugar las obligaba a usarlas como pies, y con los costados ulcerados por el roce, su aspecto era no menos repugnante que terrible para quienes lo veían, y convertido por su castigo en un monstruo había perdido también la compasión. Sin embargo, aunque era muy distinto a un hombre el que sufría aquello, más distinto era el que lo hacía.
CAPÍTULO XVIII. 1. Ojalá esa crueldad se hubiera quedado en ejemplos extranjeros y no hubiera pasado a las costumbres romanas, junto con otros vicios importados, también la barbarie de los suplicios y de la ira. A Marco Mario, a quien el pueblo le había levantado estatuas por todas partes y al que hacía ofrendas con incienso y vino, Lucio Sulla ordenó que le rompieran las piernas, le arrancaran los ojos, le cortaran la lengua y las manos, y, como si lo matara tantas veces cuantas lo hería, lo descuartizó poco a poco y miembro por miembro.
2. ¿Quién fue el ejecutor de esta orden? ¿Quién sino Catilina, que ya ejercitaba sus manos para todo crimen? Él lo despedazaba ante la tumba de Quinto Cátulo, pesado sobre las cenizas de un hombre muy bondadoso, sobre las cuales un hombre de mal ejemplo, aunque popular y querido no tanto sin razón como excesivamente, goteaba su sangre. Mario merecía sufrir eso, Sulla merecía ordenarlo, Catilina merecía hacerlo, pero no lo merecía la república, que recibía en su cuerpo por igual las espadas de sus enemigos y de sus vengadores.
3. ¿Para qué rebusco en lo antiguo? Hace poco Cayo César azotó y torturó en un solo día a Sexto Papinio, cuyo padre había sido cónsul, a Betilieno Baso, su cuestor, al hijo de su procurador y a otros senadores y caballeros romanos, no con fines de interrogatorio sino por placer; 4. después estuvo tan impaciente por aplazar el placer que su enorme crueldad exigía sin demora, que paseando por la galería de los jardines de su madre (que separa el pórtico de la orilla) decapitó a algunos de ellos junto con matronas y otros senadores, a la luz de las lámparas. ¿Qué urgía? ¿Qué peligro, privado o público, amenazaba esa única noche? ¡Qué poco habría sido esperar al menos la luz del día para no matar al menos en sandalias a los senadores del pueblo romano!
CAPÍTULO XIX. 1. Conviene saber cuán arrogante fue su crueldad, aunque a algunos pueda parecerles que nos desviamos y salimos del camino; pero esto mismo será una parte de la ira cuando se enfurece más allá de lo habitual. Había hecho azotar a senadores: él mismo consiguió que se pudiera decir «suele ocurrir». Los había torturado con todo lo más terrible que existe en la naturaleza: las cuerdas, el potro de tormento, el fuego, su propio rostro.
2. Y aquí se me responderá: «¡gran cosa! si despedazó a tres senadores entre azotes y llamas como si fueran esclavos inútiles, un hombre que pensaba en exterminar al senado entero, que deseaba que el pueblo romano tuviese una sola cabeza para concentrar en un solo golpe y un solo día sus crímenes repartidos en tantos lugares y tiempos». ¿Qué hay tan inaudito como un suplicio nocturno? Mientras que los robos suelen ocultarse en las tinieblas, los castigos cuanto más públicos son, más sirven de ejemplo y corrección.
3. Y también aquí se me responderá: «lo que tanto admiras es cotidiano para esta bestia; para esto vive, para esto vigila, para esto se desvela». Ciertamente no se encontrará a nadie más que haya ordenado que a todos aquellos a quienes mandaba ajusticiar se les introdujera en la boca una esponja atascada, para que no tuvieran la posibilidad de emitir su voz. ¿A quién que fuera a morir no se le dejó nunca un gemido? Temía que el dolor extremo les arrancara alguna palabra demasiado libre, que oyera algo que no quisiera; sabía, además, que había innumerables cosas que nadie se atrevería a echarle en cara salvo quien estuviera a punto de morir.
4. Cuando no se encontraron esponjas, ordenó que se rasgaran las ropas de los desdichados y se les metieran los trapos en la boca. ¿Qué clase de crueldad es esta? Permite respirar por última vez, da un espacio al alma que se marcha, permite que no salga por una herida.
5. Sería largo añadir a esto que también hizo ejecutar esa misma noche a los padres de los ajusticiados, enviando centuriones a sus casas, es decir, el hombre compasivo los liberó del duelo. Porque no es mi propósito describir la crueldad de Cayo, sino la de la ira, que no solo se enfurece contra individuos, sino que desgarra pueblos enteros, azota ciudades y ríos que están a salvo de toda sensación de dolor.
CAPÍTULO XX. 1. Así el rey de los persas cercenó las narices a todo un pueblo en Siria, de donde viene el nombre del lugar Rinocólura. ¿Crees que fue indulgente porque no les cortó la cabeza entera? Se deleitó con un nuevo tipo de castigo.
2. Algo parecido habrían sufrido también los etíopes, llamados Macrobios por su larguísima vida; contra ellos, porque no habían acogido la esclavitud con las manos extendidas y habían dado, a través de los emisarios enviados, respuestas libres que los reyes llaman insolentes, Cambises rugía de rabia y arrastraba toda la multitud útil para la guerra por lugares intransitables y áridos, sin provisiones previstas ni caminos explorados. A esta le faltaron los víveres necesarios durante la primera etapa del viaje, y nada proporcionaba aquella región estéril e inculta, desconocida para la huella humana; 3. al principio soportaban el hambre con los brotes más tiernos de las hojas y las copas de los árboles, luego con pieles ablandadas al fuego y con todo lo que la necesidad convertía en alimento; después de que entre las arenas faltaran también las raíces y las hierbas, y apareciera una soledad desprovista incluso de animales, sortearon a cada décimo hombre y lo tuvieron como alimento más cruel que el hambre.
4. Todavía la ira empujaba al rey sin freno, cuando había perdido parte del ejército y se había comido otra parte, hasta que temió que él mismo fuera también llamado al sorteo: solo entonces dio la señal de retirada. Mientras tanto se conservaban para él las aves selectas y los utensilios para los banquetes se transportaban en camellos, mientras sus soldados sorteaban quién perecería mal y quién viviría peor.
CAPÍTULO XXI. 1. Este se enfureció con un pueblo desconocido e inocente, aunque iba a sufrir las consecuencias: Ciro, con un río. Pues cuando se apresuraba para atacar Babilonia en una guerra, cuyas mayores oportunidades residen en la ocasión, intentó cruzar a pie el río Gíndes, que fluía ampliamente extendido, algo que apenas es seguro incluso cuando el río ha bajado en verano y está reducido a su mínimo nivel.
2. Allí, uno de aquellos caballos blancos que solían tirar del carro real fue arrastrado por la corriente y eso indignó profundamente al rey; juró entonces que reduciría aquel río, que le arrebataba parte del séquito real, a tal punto que incluso las mujeres pudieran atravesarlo y pisotearlo.
3. Después dedicó a esto todo el aparato de guerra y se mantuvo en la tarea hasta que, dividiendo el cauce en ciento ochenta canales, lo dispersó en trescientos sesenta arroyos y lo dejó seco al hacer fluir las aguas en distintas direcciones.
4. Así se perdió el tiempo, una gran pérdida en asuntos importantes, y el ardor de los soldados, que quebró un trabajo inútil, y la ocasión de atacar a enemigos desprevenidos, mientras él llevaba a cabo una guerra declarada al río en lugar de contra el enemigo.
5. Esta locura —pues ¿qué otra cosa podrías llamarla?— también alcanzó a los romanos. En efecto, Cayo César destruyó una bellísima villa en Herculano porque su madre había estado recluida en ella en alguna ocasión, y con esto hizo que su destino fuera memorable; pues en pie la veíamos al navegar, ahora se busca la causa de su destrucción.
CAPÍTULO XXII. 1. Y hay que tener presentes estos ejemplos que debes evitar, y aquellos contrarios que debes seguir, moderados, benignos, a los que no les faltó motivo para encolerizarse ni poder para vengarse.
2. Pues ¿qué cosa fue más fácil para Antígono que ordenar ejecutar a dos soldados rasos que, apoyados en la tienda del rey, hacían lo que los hombres hacen con mayor peligro y con mayor gusto: hablar mal de su rey? Antígono lo había oído todo, puesto que entre los que hablaban y el que escuchaba solo mediaba una tela; él la movió ligeramente y dijo: «Alejaos un poco más, no sea que el rey os oiga».
3. El mismo, cierta noche, al oír a algunos de sus soldados lanzando toda clase de maldiciones contra el rey que los había llevado a aquel camino y a un barro sin salida, se acercó a los que más sufrían y, tras ayudarles sin que supieran quién les ayudaba, les dijo: «Ahora maldecid a Antígono, por cuya culpa habéis caído en estas miserias; pero desead el bien a quien os ha sacado de este lodazal».
4. El mismo soportó con ánimo igual de apacible los insultos de sus enemigos que los de sus ciudadanos. Así, cuando unos griegos estaban sitiados en una pequeña fortaleza y, confiados en la posición del lugar, despreciaban al enemigo y se burlaban ampliamente de la fealdad de Antígono, ridiculizando ya su baja estatura, ya su nariz aplastada, él dijo: «Me alegro y espero algo bueno, si tengo en el campamento a un Sileno».
5. Cuando hubo sometido por hambre a estos burlones, trató a los prisioneros de este modo: distribuyó en cohortes a los que eran útiles para el servicio militar, puso a los demás a disposición del pregonero, y negó que hubiera hecho esto si no conviniera que tuvieran un amo quienes tenían una lengua tan mala.
CAPÍTULO XXIII. 1. Nieto suyo fue Alejandro, que arrojaba lanzas contra sus invitados, que de los dos amigos que mencioné hace poco entregó uno a una fiera y el otro a sí mismo. Sin embargo, de estos dos el que fue entregado al león vivió.
2. Aquel no tuvo este vicio de su abuelo, ni siquiera de su padre; pues si había alguna otra virtud en Filipo, fue también la paciencia ante las ofensas, enorme instrumento para la protección del reino. Demócares, llamado Parresiastes por su lengua excesiva y procaz, había venido entre otros legados de los atenienses a verlo. Escuchada benignamente la embajada, Filipo dijo: «Decidme qué puedo hacer que resulte grato a los atenienses». Demócares respondió y dijo: «Ahorcarte».
3. Había surgido la indignación de los presentes ante respuesta tan inhumana; Filipo les ordenó callar y despedir sano y salvo a aquel Tersites. «Pero vosotros», dijo, «los demás legados, anunciad a los atenienses que son mucho más soberbios los que dicen esas cosas que quienes las escuchan impunemente».
4. También el divino Augusto hizo y dijo muchas cosas dignas de recuerdo por las que resulta evidente que la ira no lo dominaba. Timágenes, escritor de historias, había dicho ciertas cosas contra él mismo, contra su esposa y contra toda su casa, y no había perdido lo dicho; pues más bien se difunde y está en boca de la gente la urbanidad temeraria.
5. A menudo César le advirtió que usara la lengua con más moderación; como persistía, le prohibió su casa. Después Timágenes envejeció bajo el techo de Asinio Polión y fue disputado por toda la ciudad: ningún umbral le quitó la clausurada casa de César.
6. Recitó las historias que había escrito después y colocó en el fuego los libros que contenían los hechos de César Augusto; mantuvo enemistad con César: nadie temió su amistad, nadie lo rehuyó como herido por un rayo, hubo quien ofreciera su regazo al que caía desde tan alto.
7. César soportó esto, como dije, pacientemente, sin conmoverse ni siquiera porque había atentado contra sus alabanzas y sus gestas; nunca se quejó con el anfitrión de su enemigo.
8. Solo esto le dijo a Asinio Polión: «Crías fieras»; y cuando este se disponía a excusarse lo interrumpió y dijo: «Disfruta, mi Polión, disfruta». Y cuando Polión dijo: «Si lo ordenas, César, le prohibiré inmediatamente mi casa», respondió: «¿Crees que voy a hacer esto yo, cuando yo os reconcilié?». Pues en algún momento Polión había estado enojado con Timágenes y no había tenido otra razón para dejar de estarlo que el hecho de que César había empezado a estarlo.
CAPÍTULO XXIV. 1. Dígase, pues, cada uno a sí mismo, siempre que sea provocado: «¿Acaso soy más poderoso que Filipo? Sin embargo, a él se le insultó impunemente. ¿Acaso tengo más poder en mi casa que el que tuvo el divino Augusto en todo el orbe? Él, sin embargo, se conformó con alejarse de quien lo injuriaba».
2. ¿Por qué razón voy yo a castigar con látigos y cadenas la respuesta demasiado atrevida de mi esclavo, su gesto desafiante o el murmullo que no llega hasta mí? ¿Quién soy yo para que ofender mis oídos sea un sacrilegio? Muchos perdonaron a sus enemigos: ¿no voy a perdonar yo a quienes son perezosos, descuidados o charlatanes?
3. Que la edad disculpe al niño, el sexo a la mujer, la independencia al extraño, la cercanía al doméstico. ¿Ofende ahora por primera vez? Pensemos cuánto tiempo nos complació; ¿ha ofendido muchas veces ya? Soportemos lo que hemos soportado durante mucho tiempo. Es un amigo: hizo lo que no quería; es un enemigo: hizo lo que debía.
4. Confiemos en quien es más prudente, perdonemos al más necio; por cualquiera de ellos respondámonos esto: que también los hombres más sabios cometen muchas faltas, que nadie es tan cuidadoso que su diligencia no le falle alguna vez a sí misma, nadie tan maduro que el azar no empuje su cordura hacia algún acto demasiado impulsivo, nadie tan temeroso de las ofensas que no caiga en ellas mientras intenta evitarlas.
CAPÍTULO XXV. 1. Del mismo modo que para un hombre humilde fue un consuelo en sus desgracias que también la fortuna de los grandes hombres tropezara, y lloró a su hijo en un rincón con ánimo más sereno quien vio que también del palacio real se sacaban amargas exequias, así soporta con mayor ecuanimidad ser herido por alguien, ser despreciado por alguien, todo aquel a quien se le ocurre que no hay poder tan grande al que no le salga al paso una injuria.
2. Y si incluso los más prudentes se equivocan, ¿de quién no tiene buenas razones el error? Recordemos cuántas veces nuestra juventud fue poco diligente en el cumplimiento del deber, poco moderada en la conversación, poco templada con el vino. Si está enfadado, démosle tiempo para que pueda reflexionar sobre lo que ha hecho: él mismo se reprenderá. En fin, puede que merezca un castigo: no hay motivo para igualarnos con él.
3. Esto no admitirá duda: que se ha apartado del vulgo y se ha situado más alto quien ha despreciado a quienes lo provocan. Propio de la verdadera grandeza es no sentirse golpeado. Así la fiera enorme mira con indiferencia el ladrido de los perros, así la ola choca en vano contra el peñasco inmenso. Quien no se irrita permanece imperturbable ante la injuria; quien se irrita ha sido conmovido.
4. Pero aquel a quien hace un momento coloqué por encima de todo contratiempo abraza firmemente el bien supremo, y no solo al hombre sino a la propia fortuna le responde: «Aunque hagas todo lo que quieras, eres demasiado pequeña para nublar mi serenidad. Me lo prohíbe la razón, a la que he confiado el gobierno de mi vida. La ira me hará más daño que la injuria. ¿Y cómo no? De aquella la medida es clara; hasta dónde me llevará esta es dudoso».
CAPÍTULO XXVI. 1. «No puedo», dices, «soportarlo; es duro aguantar una ofensa». Mientes. Porque quien puede soportar la ira, ¿cómo no va a poder soportar una ofensa? Añade ahora que lo que consigues es tener que soportar tanto la ira como la ofensa. ¿Por qué soportas el delirio de un enfermo y las palabras de un loco, las manos insolentes de los niños? Sin duda porque parecen no saber lo que hacen. ¿Qué importa por qué defecto se vuelve cada uno imprudente? La imprudencia es igual excusa para todos.
2. «¿Y qué?», dices, «¿quedará impune?» Aunque tú quisieras, no quedará: el mayor castigo de haber cometido una ofensa es haberla cometido, y nadie sufre más gravemente que quien es entregado al suplicio del arrepentimiento.
3. Después hay que considerar la condición de las cosas humanas, para ser jueces imparciales de todos los sucesos. Es injusto quien reprocha a uno solo un defecto común. El color no hace destacar a un etíope entre los suyos, ni el cabello rojizo y recogido en un moño deshonra a un varón entre los germanos: nada juzgarás notable o feo en uno solo que sea común a su pueblo. Y esos ejemplos que he mencionado los defiende la costumbre de una sola región y rincón: mira ahora cuánto más justa es la indulgencia con aquellos rasgos que están extendidos por todo el género humano.
4. Todos somos irreflexivos e imprevisores, todos indecisos, quejumbrosos, ambiciosos —¿por qué oculto con palabras más suaves una llaga pública?—, todos somos malos. Por tanto, todo lo que se reprocha en otro, cada uno lo encontrará en su propio pecho. ¿Por qué señalas la palidez de aquel, la delgadez de aquel otro? Es una peste general. Seamos, pues, más benignos entre nosotros: somos malos viviendo entre malos. Una sola cosa puede hacernos tranquilos: un acuerdo de mutua tolerancia.
5. «Aquel ya me ha perjudicado, yo a él todavía no». Pero quizá ya has dañado a alguien, o lo dañarás. No valores esta hora o este día, examina toda la disposición de tu mente: aunque no hayas hecho nada malo, puedes hacerlo.
CAPÍTULO XXVII. 1. ¡Cuánto mejor es sanar una ofensa que vengarla! La venganza consume mucho tiempo, nos expone a muchas ofensas mientras sufrimos por una sola; todos permanecemos enfadados más tiempo del que nos lastiman. ¡Cuánto mejor es tomar el camino contrario y no oponer vicios a vicios! ¿Acaso alguien parecería estar en su sano juicio si devolviera las coces a una mula y los mordiscos a un perro?
2. «Esos animales», dirás, «no saben que pecan». En primer lugar, ¡qué injusto es aquel para quien ser hombre perjudica a la hora de obtener perdón! Luego, si lo que sustrae a los demás animales de tu ira es que carecen de razón, que ocupe el mismo lugar para ti cualquiera que carezca de razón; pues ¿qué importa que tenga otras características diferentes de las de los mudos, si tiene esto que defiende a los mudos en toda falta, la oscuridad de la mente?
3. Pecó: ¿acaso es la primera vez? ¿acaso será la última? No hay por qué creerle, aunque diga «no lo volveré a hacer»: tanto este volverá a pecar como otro pecará contra este, y toda la vida transcurrirá rodando entre errores. Las cosas ásperas deben tratarse con mansedumbre.
4. Lo que suele decirse con máxima eficacia en el duelo, también se dirá en la ira: ¿alguna vez dejarás de estar así o nunca? Si alguna vez, ¡cuánto mejor es abandonar la ira que ser abandonado por la ira! ¿O acaso permanecerá siempre esta agitación? ¿Ves qué vida tan intranquila te anunciarías? Pues ¿cómo será la de quien siempre está exaltado?
5. Añade ahora que, cuando te hayas encendido bien y hayas renovado una y otra vez los motivos con que te estimulas, la ira se marchará por sí sola y el tiempo le restará fuerzas: ¡cuánto mejor es que sea vencida por ti que por sí misma!
CAPÍTULO XXVIII. 1. Te enfadas con este, después con aquel; con los esclavos, después con los libertos; con los padres, después con los hijos; con los conocidos, después con los desconocidos: por todas partes sobran motivos si no interviene un ánimo que suplique perdón. De aquí el furor te arrastrará hacia allá, de allí hacia otro lugar, y la rabia se prolongará por los nuevos estímulos que van surgiendo sin cesar: vamos, desdichado, ¿cuándo amarás alguna vez? ¡Oh, qué buen tiempo pierdes en algo malo!
2. Cuánto más valioso sería ahora procurarte amigos, apaciguar enemigos, administrar el Estado, dedicar tu esfuerzo a los asuntos domésticos, que andar mirando qué mal puedes hacerle a alguien, qué herida puedes infligir a su dignidad, a su patrimonio o a su cuerpo, cuando eso no puede sucederte sin conflicto ni peligro, aunque te enfrentes con un inferior.
3. Aunque lo recibas encadenado y expuesto por completo a tu arbitrio y a cualquier padecimiento: a menudo la fuerza excesiva del que golpea le ha dislocado una articulación o le ha clavado un tendón en los dientes que había roto; la ira ha dejado lisiados a muchos, inválidos a muchos, incluso cuando ha encontrado una víctima que se somete. Añade ahora que nada ha nacido tan débil que perezca sin peligro para quien lo aplasta: el dolor unas veces, la casualidad otras, igualan a los débiles con los más fuertes.
4. ¿Y qué decir de que la mayoría de las cosas por las que nos enfadamos nos ofenden más que nos dañan? Pero hay mucha diferencia entre que alguien se oponga a mi voluntad o simplemente no la satisfaga, me arrebate algo o no me lo dé. Sin embargo, ponemos al mismo nivel que alguien nos quite o nos niegue, que corte nuestras esperanzas o las aplace, que actúe contra nosotros o en favor de sí mismo, por amor a otro o por odio hacia nosotros.
5. Algunos, en verdad, no solo tienen motivos justos para oponerse a nosotros, sino también honorables: uno defiende a tu padre, otro a su hermano, otro a la patria, otro a un amigo; sin embargo, no los perdonamos por hacer lo que, si no lo hicieran, reprobaríamos; es más, y esto es increíble, a menudo juzgamos bien el hecho, pero mal a quien lo hace.
6. Pero, por Hércules, un hombre grande y justo admira al más valiente de sus enemigos y al más tenaz por la libertad y la salvación de la patria, y desea que le toque en suerte un ciudadano así, un soldado así.
CAPÍTULO XXIX. 1. Es vergonzoso odiar a quien alabas; pero cuánto más vergonzoso es odiar a alguien por aquello por lo que merece compasión: si un cautivo, de pronto hundido en la esclavitud, conserva restos de su libertad y no acude ágil a tareas viles y penosas; si, perezoso por el ocio, no iguala con su carrera el caballo y el carro de su amo; si el sueño ha vencido a quien está agotado entre vigilias diarias; si rechaza el trabajo del campo o no lo afronta con energía después de haber sido trasladado de una esclavitud urbana y ociosa a una labor dura.
2. Distingamos si alguien no puede o no quiere: absolveremos a muchos si empezamos a juzgar antes de encolerizarnos. Pero ahora seguimos el primer impulso, y luego, aunque nos hayan excitado cosas vanas, persistimos para no parecer que empezamos sin motivo; y, lo que es más injusto, la injusticia de la ira nos hace más obstinados; pues la mantenemos y la aumentamos, como si encolerizarse gravemente fuera prueba de que uno se encoleriza con justicia.
CAPÍTULO XXX. 1. Cuánto mejor es examinar los propios inicios de la ira para ver qué livianos son, qué inofensivos. Lo que ves que sucede en los animales mudos, lo mismo descubrirás en el hombre: nos alteramos por cosas frívolas y vacías. Al toro lo excita el color rojo, la serpiente se yergue ante una sombra, a los osos y leones los irrita un trapo: todos los seres que por naturaleza son salvajes y feroces se asustan ante cosas vanas.
2. Lo mismo les ocurre a los temperamentos inquietos y necios: se hieren por la sospecha de las cosas, hasta tal punto que a veces llaman ofensas a beneficios moderados, en los cuales está el motivo más frecuente y ciertamente más amargo de la ira. Pues nos enojamos con las personas más queridas porque nos han dado menos de lo que habíamos imaginado y de lo que han dado a otros, cuando para ambas cosas hay un remedio preparado.
3. ¿Favoreció más a otro? Que lo nuestro nos deleite sin comparación; nunca será feliz aquel a quien atormente alguien más feliz. Tengo menos de lo que esperaba: pero quizá esperé más de lo que debía. Esta parte es la que más hay que temer, de aquí nacen las iras más perniciosas y las que van a atacar hasta las cosas más sagradas.
4. Al divino Julio lo mataron más amigos que enemigos, cuyas esperanzas insaciables no había colmado. Él sí quiso hacerlo —pues nadie usó más generosamente la victoria, de la cual no reclamó nada para sí excepto el poder de repartir— pero ¿cómo podría bastar para deseos tan desmesurados, cuando todos codiciaban tanto como uno solo podía dar?
5. Vio, pues, en torno a su silla las espadas desenvainadas de sus compañeros de armas, de Cimbro Tilio, poco antes acérrimo defensor de su causa, y de otros que solo después de Pompeyo eran pompeyanos. Esta situación vuelve las armas contra los reyes y obliga hasta a los más leales a pensar en la muerte de aquellos por quienes y antes que quienes habían deseado morir.
CAPÍTULO XXXI. 1. A nadie que mira lo ajeno le gusta lo suyo: de ahí que nos enojemos incluso con los dioses porque alguien nos supera, olvidando cuánta gente queda detrás de nosotros y que al que envidia a unos pocos lo sigue por la espalda una envidia enorme. Sin embargo, tan grande es la impertinencia de los hombres que, aunque hayan recibido mucho, consideran una afrenta haber podido recibir más.
2. «Me dio la pretura, pero yo esperaba el consulado; me dio los doce fasces, pero no me hizo cónsul ordinario; quiso que el año se contara por mí, pero me falta el sacerdocio; fui cooptado en el colegio, pero ¿por qué en uno solo? Completó mi dignidad, pero no contribuyó en nada a mi patrimonio; me dio lo que debía dar a alguien, no sacó nada de lo suyo».
3. Mejor da las gracias por lo que has recibido; espera lo demás y alégrate de no estar todavía lleno: entre los placeres está que te quede algo que esperar. Has vencido a todos: alégrate de ser el primero en el corazón de tu amigo. Muchos te vencen: considera cuántos más superas que los que te superan. ¿Preguntas cuál es tu mayor defecto? Haces falsas cuentas: valoras mucho lo que das, poco lo que recibes.
CAPÍTULO XXXII. 1. Que una cosa nos disuada en un caso y otra en otro: a unos temamos enfadarnos, a otros respetemos, a otros desdeñemos. ¡Gran cosa habremos hecho, sin duda, si hemos mandado a un desdichado esclavo al calabozo! ¿Por qué nos apresuramos a azotarlo al momento, a romperle las piernas de inmediato? Ese poder no se perderá si se aplaza.
2. Deja que llegue el momento en que seamos nosotros mismos quienes lo ordenemos: ahora hablaremos bajo el mando de la ira; cuando ella se haya ido, entonces veremos en cuánto debe valorarse ese agravio. Pues en esto nos equivocamos sobre todo: llegamos a la espada, a los castigos capitales, y castigamos con cadenas, cárcel y hambre algo que debería castigarse con azotes más ligeros.
3. «¿Cómo», dices, «nos mandas considerar que todas las cosas por las que parecemos ser agraviados son pequeñas, miserables, pueriles?». Yo, en verdad, nada recomendaría más que adoptar un ánimo elevado y ver cuán humildes y despreciables son estas cosas por las que litigamos, corremos de un lado a otro y nos agitamos, indignas de atención para quien piensa en algo elevado o magnífico.
CAPÍTULO XXXIII. 1. Es en torno al dinero donde se grita más: él agota los tribunales, enfrenta a padres con hijos, prepara venenos, entrega las espadas tanto a los sicarios como a las legiones; él está manchado con nuestra sangre; por él resuenan de noche las peleas de esposas y maridos, y ante él se agolpa la multitud en los estrados de los magistrados, los reyes se vuelven crueles y saquean, y echan abajo ciudades construidas con el esfuerzo de largos siglos para rebuscar oro y plata entre las cenizas de las urbes.
2. Da gusto contemplar unas bolsas tiradas en un rincón: son éstas la causa de que a la gente le saquen los ojos a gritos, de que las basílicas resuenen con el estruendo de los juicios, de que jueces convocados desde regiones lejanas se sienten a determinar cuál de las dos codicias es más justa.
3. ¿Qué decir si no es siquiera por una bolsa sino por un puñado de bronce o por un denario que un esclavo le cargó en cuenta por lo que un anciano sin heredero, a punto de morir, revienta de rabia? ¿Qué decir si por un interés de un milésimo un prestamista enfermo, con pies y manos retorcidos y sin capacidad siquiera para hacer cuentas, no deja de reclamar y mediante fianzas exige sus ases en plenos accesos de la enfermedad?
4. Aunque me presentaras todo el dinero extraído de todas las minas que ahora mismo estamos excavando en lo más hondo, aunque arrojaras a la vista todo lo que ocultan los tesoros —que la avaricia vuelve a enterrar tras haberlos sacado desastrosamente—, no consideraría yo que toda esa montaña merece que frunza el ceño un hombre de bien. ¡Cuánta risa merecen las cosas que a nosotros nos arrancan lágrimas!
CAPÍTULO XXXIV. 1. De acuerdo, sigamos ahora con el resto: las comidas, las bebidas y el refinamiento preparado para ellas por ambición, las palabras ofensivas, los movimientos del cuerpo poco respetuosos, las bestias de carga desobedientes y los esclavos perezosos, además de las sospechas y las interpretaciones malintencionadas de las palabras ajenas, por las cuales se consigue que el habla dada al hombre se cuente entre las ofensas de la naturaleza: créeme, son cosas insignificantes aquellas por las que nos enfurecemos de modo nada insignificante, del tipo de las que incitan a los niños a la pelea y la discusión.
2. Nada de lo que hacemos con tanta seriedad es serio, nada es importante: de ahí, te digo, viene vuestra ira y vuestra locura, de que valoráis mucho cosas mínimas. Este quiso arrebatarme la herencia; este me acusó falsamente tras buscar durante mucho tiempo la última esperanza; este deseó a mi amante: lo que debería ser vínculo de amor se convierte en causa de sedición y odio, querer lo mismo.
3. Un camino estrecho provoca peleas entre quienes lo transitan; una vía espaciosa y ancha no produce choques ni siquiera entre multitudes: esas cosas que codiciáis, porque son pequeñas y no pueden pasar a uno sin ser arrebatadas a otro, suscitan peleas y disputas entre quienes las ambicionan.
CAPÍTULO XXXV. 1. Te indignas de que te responda un esclavo, un liberto, tu esposa o un cliente: luego te quejas de que se ha suprimido la libertad en el Estado, cuando tú mismo la has suprimido en tu casa. A la inversa, si interrogado se calla, lo llamas rebeldía.
2. ¡Que hable, que calle y que ría! «¿Delante del amo?», dices. Más bien delante del padre de familia. ¿Por qué gritas? ¿Por qué vociferas? ¿Por qué pides los azotes en medio de la cena porque hablan los esclavos, porque no hay el mismo silencio que en un desierto, porque no se trata de una turba de asamblea pública?
3. Para esto tienes oídos, para que no solo reciban sonidos melodiosos y suaves, sacados y compuestos de dulzura: también conviene que escuches la risa y el llanto, las caricias y las disputas, lo próspero y lo triste, las voces de los hombres y los rugidos de los animales y sus ladridos. ¿Por qué te asustas, infeliz, ante el grito de un esclavo, ante el tintineo del bronce o el golpe de una puerta? Siendo tan delicado como eres, has de escuchar los truenos.
4. Lo que se ha dicho de los oídos trasládalo a los ojos, que no sufren menos de fastidio si han sido mal educados: les molesta una mancha, la suciedad, la plata poco brillante y un estanque que no deja ver hasta el fondo.
5. Esos mismos ojos que no soportan sino mármol jaspeado y reluciente por un cuidado reciente, que no quieren una mesa sin vetas abundantes, que no quieren pisar en casa nada más valioso que el oro, ven con ánimo ecuánime fuera de casa senderos escabrosos y llenos de barro, y a la mayor parte de quienes se cruzan con ellos llenos de mugre, y las paredes de los bloques de viviendas carcomidas, agrietadas, desiguales. ¿Qué otra cosa hay, pues, que los hace no molestarse en público pero irritarse en casa, sino una actitud allí ecuánime y tolerante, en casa caprichosa y quejumbrosa?
CAPÍTULO XXXVI. 1. Todos los sentidos deben conducirse a la firmeza; por naturaleza son resistentes, si el alma no los corrompe, alma que cada día debe ser llamada a rendir cuentas. Esto hacía Sextio: al terminar el día, cuando se retiraba al descanso nocturno, interrogaba a su alma: «¿qué mal tuyo has curado hoy? ¿A qué vicio te has opuesto? ¿En qué aspecto eres mejor?»
2. La ira cesará y será más moderada si sabe que cada día debe comparecer ante el juez. ¿Hay acaso algo más hermoso que esta costumbre de examinar el día entero? ¡Qué sueño sigue después de este reconocimiento de uno mismo, qué tranquilo, qué profundo y libre, cuando el alma ha sido alabada o advertida y, como vigilante y censor secreto de sí misma, ha tomado conocimiento de sus costumbres!
3. Yo hago uso de esta facultad y cada día me proceso ante mí mismo. Cuando la luz ha sido retirada de mi vista y mi mujer, ya conocedora de mi costumbre, ha callado, examino mi día entero y mido de nuevo mis actos y mis palabras; nada me oculto a mí mismo, nada paso por alto. Pues ¿por qué habría de temer algo de mis errores, cuando puedo decir: «cuida de no volver a hacer eso, ahora te perdono»?
4. En aquella discusión hablaste con demasiada combatividad: no te enfrentes en adelante con los ignorantes; no quieren aprender quienes nunca aprendieron. A aquel lo amonestaste con más libertad de la debida, y así no lo corregiste sino que lo ofendiste: en adelante cuida no solo de si es verdad lo que dices, sino de si aquel a quien se lo dices es capaz de soportar la verdad: el bueno se alegra de ser amonestado, cualquier pésimo soporta muy mal al que lo corrige.
CAPÍTULO XXXVII. 1. En un banquete, las bromas de algunos y unas palabras lanzadas para causarte dolor te han herido: recuerda evitar las reuniones vulgares; después del vino la libertad es más desenfrenada, porque ni siquiera los sobrios tienen pudor.
2. Has visto a tu amigo enfadado con el portero de algún abogado o rico porque lo había apartado al entrar, y tú mismo te has enfadado en su nombre con ese esclavo de ínfima categoría: ¿acaso vas a enojarte entonces con un perro encadenado? También él, después de ladrar mucho, se amansa si le arrojas comida.
3. Retírate más lejos y ríete. Ahora ese se cree alguien porque custodia un umbral asediado por una multitud de litigantes; ahora aquel que está tendido dentro se considera feliz y afortunado, y juzga que la puerta difícil de franquear es señal de un hombre dichoso y poderoso: no sabe que la puerta más dura es la de la cárcel. Prepárate mentalmente para soportar muchas cosas: ¿acaso alguien se sorprende de pasar frío en invierno, de marearse en el mar, de ser zarandeado en el camino? El ánimo es fuerte cuando llega preparado a lo que le espera.
4. Colocado en un lugar menos honorable, has empezado a enfadarte con el anfitrión, con el organizador, con el mismo que fue antepuesto a ti: ¡insensato!, ¿qué importa qué parte del lecho ocupes? ¿Puede un cojín hacerte más honorable o más vil?
5. No has mirado con buenos ojos a alguien porque habló mal de tu talento: ¿aceptas esta norma? Entonces Ennio, que no te gusta, debería odiarte, y Hortensio declararía su enemistad contigo, y Cicerón, si te burlaras de sus poemas, sería tu enemigo. ¿Quieres tú soportar con ánimo sereno los votos cuando eres candidato?
CAPÍTULO XXXVIII. 1. Alguien te ha insultado: ¿acaso te ha hecho algo peor que lo que le hicieron a Diógenes, el filósofo estoico, a quien un joven insolente escupió mientras precisamente disertaba sobre la ira? Él soportó esto con serenidad y sabiduría: «Ciertamente no me enojo —dijo—, pero dudo, sin embargo, de si debería enojarme».
2. ¡Cuánto mejor lo hizo nuestro Catón! Cuando aquel Léntulo, famoso en la época de nuestros padres por ser intrigante y violento, le escupió en mitad de la frente mientras defendía una causa, acumulando toda la saliva espesa que pudo, se limpió el rostro y dijo: «Voy a asegurarles a todos, Léntulo, que se equivocan quienes dicen que no tienes boca».
CAPÍTULO XXXIX. 1. Ya hemos conseguido, Novato, ordenar bien nuestro ánimo: o no siente la ira o es más fuerte que ella. Veamos ahora cómo calmamos la ira ajena; pues no solo queremos estar sanos, sino también curar.
2. No nos atreveremos a calmar con palabras la primera ira: es sorda y está fuera de sí; le daremos un tiempo. Los remedios son eficaces cuando hay una tregua; tampoco tocamos los ojos inflamados, pues al moverlos excitaremos su rigidez, ni los demás males mientras hierven: el reposo cura los inicios de las enfermedades.
3. «¡Qué poco sirve tu remedio», dices, «si calma la ira cuando ya cesa por sí sola!» Primero, logra que cese más rápido; luego la mantiene a raya para que no vuelva; también engañará al mismo impulso que no se atreve a apaciguar: apartará todos los instrumentos de venganza, fingirá estar airado para tener, como colaborador y compañero del dolor, más autoridad en sus consejos, tejera demoras y, mientras busca un castigo mayor, aplazará el presente.
4. Con todo arte dará reposo al furor: si es muy violento, le inspirará vergüenza o miedo ante algo a lo que no pueda resistirse; si es más débil, le ofrecerá conversaciones agradables o novedosas y lo distraerá con el deseo de conocer. Cuentan que un médico, cuando debía curar a la hija del rey y no podía hacerlo sin hierro, mientras masajeaba suavemente el pecho hinchado, introdujo el bisturí cubierto con una esponja: la muchacha se habría resistido al remedio aplicado abiertamente, pero como no lo esperó, soportó el dolor. Hay cosas que solo se curan mediante el engaño.
CAPÍTULO XL. 1. A uno le dirás «cuidado, no sea que tu ira les cause placer a tus enemigos», a otro «cuidado, no sea que se venga abajo tu grandeza de ánimo y la fortaleza que la mayoría te reconoce». Yo, por Hércules, me indigno y no encuentro límite a mi dolor, pero hay que esperar el momento oportuno: pagará su castigo. Guarda eso en tu interior: cuando puedas, compensarás también la demora.
2. Pero reprender a quien está encolerizado e irritarse contra él es incitarlo más: lo abordarás con tacto y suavidad, a menos que seas una persona de tanto peso que puedas aplacar su ira, como hizo el divino Augusto cuando cenaba en casa de Vedio Polión. Uno de sus esclavos había roto un vaso de cristal; Vedio ordenó que lo arrestaran para que pereciera de una forma nada común: ordenaba que lo arrojaran a las murenas, que tenía de gran tamaño en un estanque. ¿Quién no pensaría que hacía esto por lujo? Era crueldad.
3. El muchacho escapó de las manos de sus captores y se refugió a los pies del César, sin pedir otra cosa que morir de otra manera, no convertirse en comida. Augusto se conmovió ante la novedad de aquella crueldad y ordenó que se liberara al esclavo, que se rompieran delante de él todos los vasos de cristal y que se rellenara el estanque.
4. Así debía el César reprender a su amigo; hizo buen uso de su poder: «¿Ordenas que se arrastre a los hombres desde un banquete y que se los despedace con torturas inauditas? Si se te ha roto una copa, ¿se desgarrarán las entrañas de un hombre? ¿Tanto te envaneces que ordenas llevar a alguien a la muerte allí donde está el César?».
5. Así, quien tenga tanto poder como para enfrentarse a la ira desde una posición superior, que la trate con dureza, pero solo cuando sea del tipo que acabo de referir, una fiera salvaje y sanguinaria que ya es incurable a menos que tema algo mayor.
CAPÍTULO XLI. 1. Demos paz al ánimo, esa paz que le proporcionará la meditación constante de preceptos saludables, la práctica de buenas acciones y una mente concentrada en el deseo de lo único honesto. Baste con satisfacer a la conciencia, no nos esforcemos en nada por la fama; que esta nos siga, aunque sea mala, con tal de que merezcamos el bien.
2. «Pero la gente admira a los impulsivos y los audaces gozan de honores, mientras que los tranquilos son tenidos por inútiles». A primera vista, quizá; pero en cuanto la constancia de su vida ha demostrado que aquella no es pereza del ánimo sino paz, ese mismo pueblo los venera y los respeta.
3. Por tanto, esa pasión repugnante y hostil no tiene en sí nada útil, sino todo lo contrario: males, hierro y fuego. Pisoteando el pudor manchó sus manos con asesinatos, dispersó los miembros de sus propios hijos, no dejó nada libre de crimen, sin acordarse de la gloria ni temer la infamia, incorregible cuando de la ira ha pasado a convertirse en odio endurecido.
CAPÍTULO XLII. 1. Carezcamos de este mal, purifiquemos nuestra mente y arranquemos de raíz aquello que, aunque sea tenue, dondequiera que se haya adherido renacerá, y no moderemos la ira sino apartémosla por completo —pues ¿qué moderación cabe en algo malo?—. Podremos hacerlo, con tal de que nos esforcemos.
2. Y nada nos aprovechará más que pensar en la mortalidad. Dígase cada uno a sí mismo y al otro: «¿De qué sirve, como si hubiéramos nacido para la eternidad, desatar iras y desperdiciar una vida brevísima? ¿De qué sirve trasladar al dolor y al tormento de alguien días que podemos emplear en un placer honesto? Estas cosas no admiten pérdida ni hay tiempo que valga la pena perder.
3. ¿Por qué nos precipitamos al combate? ¿Por qué nos buscamos contiendas? ¿Por qué, olvidados de nuestra debilidad, abrigamos odios inmensos y nos alzamos para destrozarnos siendo frágiles? Pronto la fiebre o algún otro mal del cuerpo impedirá que llevemos a cabo esas enemistades que sostenemos con ánimo implacable; pronto la muerte separará a la pareja más encarnizada.
4. ¿Por qué nos agitamos y perturbamos la vida como sediciosos? El destino está sobre nuestra cabeza y cuenta como perdido cada día que pasa, y se acerca más y más; ese tiempo que destinas a la muerte ajena quizá se encuentra en torno a la tuya.
CAPÍTULO XLIII. 1. ¿Por qué no recoges más bien tu breve vida y la haces tranquila para ti y para los demás? ¿Por qué no te haces amable para todos mientras vives, y digno de ser añorado cuando te vayas? ¿Por qué deseas derribar a ese que actúa contigo de manera demasiado altanera? ¿Por qué intentas aplastar con tus fuerzas a ese que te ladra, humilde y despreciable ciertamente, pero ácido y molesto para sus superiores? ¿Por qué te enfadas con tu esclavo, con tu amo, con tu rey, con tu cliente? Aguarda un poco: ahí viene la muerte, que os hará iguales.
2. Solemos ver entre los espectáculos matinales de la arena el combate de un toro y un oso atados entre sí; cuando uno ha vejado al otro, les espera su verdugo: nosotros hacemos lo mismo, provocamos a alguien atado con nosotros, cuando al vencido y al vencedor les amenaza un final, y por cierto próximo. Pasemos más bien en sosiego y paz lo poco que nos queda; que nuestro cadáver no yazga odioso para nadie.
3. A menudo la noticia de un incendio en el vecindario disuelve una pelea, y la aparición de una fiera separa al ladrón y al viajero: no hay tiempo para luchar con males menores cuando ha aparecido un miedo mayor. ¿Qué tenemos que ver con combates y emboscadas? ¿Acaso deseas para ese con quien te enfadas algo más que la muerte? Incluso sin que hagas nada, morirá. Pierdes el esfuerzo si quieres hacer lo que va a suceder.
4. «No quiero» dices «matarlo, sino afligirlo con el exilio, la ignominia o la pérdida patrimonial». Perdono más al que desea una herida para su enemigo que al que desea un grano: este último no solo tiene un ánimo malo, sino mezquino. Ya pienses en los castigos extremos, ya en los más leves, ¡qué poco tiempo es aquel en que o él sea atormentado por su pena o tú obtengas un gozo perverso del sufrimiento ajeno!
5. Pronto vamos a exhalar este aliento. Mientras tanto, mientras lo conservamos, mientras estamos entre los hombres, cultivemos la humanidad; no seamos motivo de temor ni de peligro para nadie; despreciemos las pérdidas, las injurias, los insultos, las provocaciones, y soportemos con grandeza de ánimo las breves incomodidades: mientras miramos atrás y nos volvemos, como dicen, ya estará aquí la mortalidad.
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