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Libro 2El origen de la ira

De la ira · Séneca · 59 min de lectura

CAPÍTULO I. 1. El primer libro, Novato, tuvo una materia más amable; en efecto, es fácil el descenso por la pendiente de los vicios. Ahora hemos de pasar a cuestiones más sutiles; investigamos si la ira comienza por un juicio o por un impulso, es decir, si se mueve por iniciativa propia o como la mayoría de las cosas que surgen dentro de nosotros sin que nos demos cuenta.

2. Ahora bien, la discusión debe descender a estos asuntos para poder elevarse también a aquellos más profundos; pues también en nuestro cuerpo los huesos, los nervios y las articulaciones, los cimientos del conjunto y los órganos vitales, poco agradables a la vista, se ordenan primero, luego aquellas partes de las que proviene toda la belleza del rostro y el aspecto; después de todo esto, lo que más cautiva los ojos, el color, se extiende en último lugar sobre el cuerpo ya completo.

3. No hay duda de que la ira es provocada por la imagen de una injuria que se nos presenta; pero investigamos si sigue inmediatamente a la imagen misma y se desata sin intervención del ánimo, o si se mueve con el asentimiento de este.

4. Nuestra opinión es que ella no se atreve a nada por sí misma, sino con la aprobación del ánimo; pues captar la imagen de una injuria recibida y desear venganza de ella y unir ambas cosas, tanto que no se debió sufrir daño como que se debe tomar venganza, no pertenece a ese impulso que se desencadena sin nuestra voluntad. Aquel es simple, este es compuesto y contiene varios elementos: percibió algo, se indignó, condenó, se venga: estas cosas no pueden ocurrir a menos que el ánimo haya dado su asentimiento a aquello por lo que era afectado.

CAPÍTULO II. 1. «¿Adónde apunta», dices, «esta investigación?» A que sepamos qué es la ira; pues si nace en nosotros sin nuestra voluntad, nunca se someterá a la razón. En efecto, todos los movimientos que no se producen por nuestra voluntad son invencibles e inevitables, como el escalofrío en quienes se les rocia con agua fría, la repugnancia ante ciertos contactos; ante malas noticias se nos erizan los cabellos y ante palabras vergonzosas nos invade el rubor, y sigue el vértigo al contemplar precipicios: como nada de esto está en nuestro poder, ninguna razón persuade para que no ocurra.

2. La ira se aleja con enseñanzas; es un vicio voluntario del ánimo, no de esas cosas que ocurren por cierta condición del destino humano y que por ello le suceden incluso a los más sabios, entre las cuales debe colocarse aquel primer impulso del ánimo que nos conmueve tras la idea de una injuria.

3. Este impulso sobreviene también durante los entretenimientos de los espectáculos teatrales y la lectura de acontecimientos antiguos. A menudo nos parece enojarnos con Clodio expulsando a Cicerón y con Antonio dándole muerte. ¿Quién no se exalta contra las armas de Mario, contra la proscripción de Sila? ¿Quién no se muestra hostil contra Teódoto y Aquilas y contra el mismo muchacho que se atrevió a un crimen impropio de un muchacho?

4. A veces nos incita el canto y una melodía acelerada y aquel marcial sonido de las trompetas; conmueve las mentes tanto una pintura atroz como el triste aspecto de los más justos suplicios; 5. de ahí viene que sonriamos con los que ríen y nos entristezca una multitud de afligidos y nos exaltemos ante combates ajenos. Estas cosas no son ira, no más de lo que es tristeza lo que frunce el ceño ante la vista de un naufragio teatral, no más que temor lo que recorre los ánimos de los lectores cuando Aníbal sitia las murallas después de Cannas, sino que todo eso son movimientos de ánimos que no quieren ser movidos, y no afectos sino principios que preludian los afectos.

6. Así pues, al hombre militar en plena paz y ya vestido con la toga lo despierta el sonido de la trompeta, y el estrépito de las armas excita a los caballos de campaña. Cuentan que Alejandro, al cantar Jenofanto, llevó la mano a las armas.

CAPÍTULO III. 1. Nada de lo que empuja al ánimo de manera fortuita debe llamarse pasión: en esas cosas, por así decirlo, el ánimo las padece más que las produce. Por tanto, pasión es no conmoverse ante las apariencias de las cosas que se presentan, sino entregarse a ellas y seguir ese movimiento fortuito.

2. Pues si alguien considera que la palidez y las lágrimas que brotan y la irritación de un fluido vergonzoso y el suspiro profundo y los ojos súbitamente más agudos, o algo semejante a esto, son indicio de una pasión y signo del ánimo, se equivoca y no entiende que estos son impulsos del cuerpo.

3. Por eso también el varón muy valiente generalmente palidece mientras se arma, y al darse la señal de combate al soldado más feroz le temblaron un poco las rodillas, y al gran general, antes de que chocaran entre sí las líneas de batalla, le saltó el corazón, y al orador muy elocuente, mientras se prepara para hablar, se le entumecieron las extremidades.

4. La ira no solo debe conmoverse, sino lanzarse; pues es un impulso; pero nunca hay impulso sin el asentimiento de la mente, ya que no puede ocurrir que se trate de la venganza y el castigo sin que el ánimo lo sepa. Alguien creyó haber sido ofendido, quiso vengarse, pero al disuadirlo alguna razón se calmó enseguida: a esto no lo llamo ira, sino movimiento del ánimo obediente a la razón; aquella es la ira que salta por encima de la razón, que la arrastra consigo.

5. Por tanto, aquella primera agitación del ánimo que provocó la apariencia de la ofensa no es más ira que la apariencia misma de la ofensa; aquel impulso siguiente, que no solo recibió la apariencia de la ofensa sino que la aprobó, eso es la ira, excitación del ánimo que avanza hacia la venganza con voluntad y juicio. Nunca hay duda de que el miedo tiene la huida, la ira el ataque; mira entonces si crees que algo puede ser buscado o evitado sin el asentimiento de la mente.

CAPÍTULO IV. 1. Y para que sepas cómo empiezan las pasiones, o cómo crecen, o cómo se desbocan, existe un primer movimiento involuntario, como una preparación de la pasión y una especie de amenaza; un segundo con voluntad no obstinada, como si pensara «debo vengarme cuando me han ofendido» o «este debe pagar su castigo cuando ha cometido un crimen»; el tercer movimiento ya es incontrolable, que no quiere vengarse si corresponde, sino en cualquier caso, y que ha vencido a la razón.

2. Aquel primer golpe del ánimo no podemos evitarlo con la razón, como tampoco aquellas cosas que dijimos que le ocurren al cuerpo: que nos contagie el bostezo ajeno, que los ojos se cierren ante el movimiento repentino de los dedos; la razón no puede vencer esto, quizá la costumbre y la observación continua lo atenúen. Aquel segundo movimiento, que nace del juicio, se elimina con el juicio.

CAPÍTULO V. 1. Aún debemos preguntarnos si aquellos que habitualmente se ensañan y disfrutan con la sangre humana sienten ira cuando matan a quienes no les han causado injuria alguna ni ellos creen haberla recibido: como fueron Apolodoro o Fálaris.

2. Esto no es ira, es ferocidad; pues no hace daño porque haya recibido una injuria, sino que está dispuesta a recibirla con tal de hacer daño, y no busca los azotes y los desgarramientos como venganza sino como placer.

3. ¿Qué ocurre entonces? El origen de este mal está en la ira, que cuando por su ejercicio frecuente y su saciedad llega al olvido de la clemencia y ha expulsado del alma todo pacto humano, finalmente se transforma en crueldad; así pues ríen y se alegran y disfrutan de gran placer, y están muy lejos del semblante de los airados, crueles en su tranquilidad.

4. Cuentan que Aníbal, al ver una fosa llena de sangre humana, dijo: «¡Qué hermoso espectáculo!». ¡Cuánto más hermoso le habría parecido si hubiera llenado algún río o lago! ¿Qué tiene de extraño que te cautive sobre todo este espectáculo, tú que naciste para la sangre y desde niño fuiste expuesto a las matanzas? La fortuna acompañará favorable tu crueldad durante veinte años y ofrecerá a tus ojos por todas partes un espectáculo grato; verás eso junto al Trasimeno y junto a Cannas y finalmente junto a tu propia Cartago.

5. Volesio, hace poco, procónsul de Asia bajo el divino Augusto, después de haber decapitado a trescientos hombres en un solo día, caminando entre los cadáveres con rostro soberbio, como si hubiera hecho algo magnífico y digno de contemplarse, exclamó en griego: «¡Qué acción tan regia!». ¿Qué habría hecho este hombre de haber sido rey? Esto no fue ira, sino un mal mayor e incurable.

CAPÍTULO VI. 1. «La virtud», dice, «así como se muestra favorable a las acciones honorables, debe estar airada con las vergonzosas». ¿Qué pasaría si dijera que la virtud debe ser a la vez humilde y grande? Y sin embargo, esto es lo que dice quien quiere que ella se encumbre y se rebaje al mismo tiempo, puesto que la alegría por una buena acción es clara y magnífica, mientras que la ira por el error ajeno es sórdida y propia de un pecho estrecho.

2. Y nunca la virtud se permitirá imitar los vicios mientras los reprime; debe castigar a la ira misma, que no es en nada mejor, y a menudo incluso peor que las faltas por las que se encoleriza. Gozar y alegrarse es propio y natural de la virtud: airarse no está a la altura de su dignidad, no más que entristecerse; y sin embargo, la ira va acompañada de tristeza, y hacia ella regresa toda ira, ya sea tras el arrepentimiento o tras el fracaso.

3. Y si es propio del sabio airarse ante las faltas, se airará más ante las mayores y se airará con frecuencia: de ahí se sigue que el sabio no solo estaría airado, sino que sería irascible. Pero si creemos que ni la ira grande ni la frecuente tienen lugar en el ánimo del sabio, ¿qué razón hay para no liberarlo por completo de esta pasión?

4. Pues no puede haber medida si hay que airarse según la falta de cada uno; porque o será injusto, si se aira por igual ante faltas desiguales, o será sumamente irascible, si se enciende tantas veces como los crímenes merecen la ira.

CAPÍTULO VII. 1. Y ¿qué hay más indigno que el estado de ánimo del sabio dependa de la maldad ajena? ¿Dejará acaso Sócrates de poder llevar de vuelta a casa el mismo semblante que sacó de ella? Sin embargo, si el sabio debe encolerizarse ante las acciones vergonzosas y agitarse y entristecerse ante los crímenes, no hay nadie más desdichado que el sabio: toda su vida transcurrirá entre la ira y la aflicción.

2. Pues ¿qué momento habrá en que no vea cosas que deba reprobar? Cada vez que salga de casa, tendrá que caminar entre criminales, avaros, derrochadores y desvergonzados, y encima felices por todo eso; a ninguna parte dirigirá sus ojos sin que encuentren motivo de indignación: se agotará si cada vez que haya causa para ello se exige a sí mismo la ira.

3. Estos miles de personas que se apresuran al foro al alba, ¡qué pleitos tan vergonzosos tienen, qué abogados aún más vergonzosos! Uno impugna los testamentos de su padre, que habría sido mejor merecer; otro se enfrenta con su madre; otro viene como delator de un crimen del que él es reo más evidente; y se elige como juez a quien condenará lo que él mismo ha hecho, y el público se pone de parte de la mala causa porque la ha corrompido la voz elocuente del abogado.

CAPÍTULO VIII. 1. ¿Para qué voy a perseguir cada cosa por separado? Cuando veas el foro lleno de multitud y los recintos atestados por el concurso de toda la gente, y aquel circo en el que el pueblo muestra la mayor parte de sí mismo, has de saber que allí hay tantos vicios como hombres.

2. Entre esos que ves vestidos con toga no hay paz alguna: uno es arrastrado a la destrucción del otro por una pequeña ganancia; para ninguno hay beneficio salvo por el daño ajeno; odian al feliz, desprecian al desgraciado; se sienten abrumados por el superior, resultan gravosos para el inferior; los estimulan deseos distintos; quieren perderlo todo a cambio de un placer o un botín insignificante. La vida con ellos no es distinta que en una escuela de gladiadores, viviendo y luchando con los mismos.

3. Esa es una reunión de fieras, salvo que aquellas son pacíficas entre sí y se abstienen de morder a sus semejantes, mientras que estos se sacian con el mutuo descuartizamiento. En esto solo se diferencian de los animales mudos: aquellos se domestican con quienes los alimentan, la rabia de estos devora a aquellos mismos por los que ha sido nutrida.

CAPÍTULO IX. 1. El sabio nunca dejará de irritarse si empieza a hacerlo una sola vez: todo está lleno de crímenes y vicios; se cometen más delitos de los que pueden curarse mediante el castigo; hay una lucha tremenda, una competición inmensa de maldad. Cada día es mayor el deseo de pecar, menor el pudor; expulsado todo respeto por lo mejor y más justo, el deseo se lanza hacia donde le apetece, y ya los crímenes no son furtivos: suceden ante nuestros ojos, y hasta tal punto la maldad se ha hecho pública y ha arraigado en el corazón de todos que la inocencia no es rara, sino inexistente.

2. ¿Acaso uno o unos pocos han violado la ley? Por todas partes, como si hubieran recibido una señal, se han lanzado a confundir lo lícito y lo ilícito: el huésped no está seguro del huésped, ni el suegro del yerno; raro es también el afecto entre hermanos; el marido acecha para matar a su esposa, ella al suyo; «las terribles madrastras mezclan lívidos venenos, el hijo averigua los años del padre antes de tiempo».

3. ¿Y qué parte de los crímenes es esta? No ha descrito los campamentos enfrentados en bandos contrarios, ni los juramentos opuestos de padres e hijos, ni al ciudadano que prende fuego a la patria con su propia mano, ni las bandas de jinetes hostiles que revolotean buscando los escondrijos de los proscritos, ni las fuentes contaminadas con venenos, ni la peste fabricada por el hombre, ni la trinchera cavada ante los padres asediados, ni las cárceles repletas, ni los incendios que consumen ciudades enteras, ni las tiranías funestas, ni las conspiraciones clandestinas para acabar con reinos y estados, ni lo que se tiene por gloria aunque sean crímenes mientras puedan reprimirse, ni los raptos y estupros, ni siquiera el rostro respetado por la lujuria.

4. Añade ahora los perjurios públicos de los pueblos y los tratados rotos, y todo lo que no oponía resistencia arrastrado como botín del más fuerte, las estafas, los robos, los fraudes, las negaciones de deudas para las que no bastan tres tribunales. Si quieres que el sabio se irrite en proporción a lo que exige la indignidad de los crímenes, no debe irritarse sino enloquecer.

CAPÍTULO X. 1. Mejor pensarás esto: que no hay que enojarse con los errores. ¿Qué sentido tiene que alguien se enoje con quienes en las tinieblas no ponen los pies con suficiente seguridad? ¿Qué sentido tiene con los sordos que no oyen las órdenes? ¿Qué con los niños, porque descuidando el cuidado de sus obligaciones se dedican a los juegos y las bromas tontas de sus iguales? ¿Qué, si quieres enojarte con quienes enferman, envejecen o se cansan? Entre los demás inconvenientes de la mortalidad está también este: la oscuridad de las mentes, y no solo la necesidad de equivocarse sino el amor a los errores.

2. Para no enojarte con cada uno, hay que perdonar a todos, hay que conceder el perdón al género humano. Si te enojas con jóvenes y ancianos porque se equivocan, enójate con los niños pequeños: están a punto de equivocarse. ¿Acaso alguien se enoja con los niños, cuya edad todavía no conoce las diferencias entre las cosas? Mayor y más justa es la excusa de ser humano que de ser niño.

3. Hemos nacido bajo esta condición: seres vivos expuestos a no menos enfermedades del alma que del cuerpo, no torpes ni lentos ciertamente, pero usando mal nuestra inteligencia, unos para otros modelos de vicios: quien sigue a los que van delante y han emprendido mal el camino, ¿por qué no va a tener excusa, cuando ha errado por el camino público?

4. El rigor del general se dirige contra individuos, pero es necesario el perdón cuando todo el ejército ha desertado. ¿Qué elimina la ira del sabio? La multitud de los que se equivocan. Entiende cuán injusto y peligroso es enojarse con un vicio público.

5. Heráclito, cada vez que salía y veía a su alrededor a tantos que vivían mal, o más bien que morían mal, lloraba, sentía lástima de todos los que se le presentaban alegres y felices, con ánimo suave, pero demasiado débil: él mismo estaba entre los dignos de lamentarse. De Demócrito, por el contrario, cuentan que nunca estuvo en público sin reírse; hasta tal punto nada le parecía serio de lo que se hacía en serio. ¿Dónde hay lugar aquí para la ira? O hay que reírse de todo o hay que llorar por todo.

6. El sabio no se enojará con los que se equivocan. ¿Por qué? Porque sabe que nadie nace sabio sino que se hace, sabe que muy pocos en cualquier época llegan a ser sabios, porque tiene clara la condición de la vida humana; y nadie que esté en su sano juicio se enoja con la naturaleza. ¿Qué sentido tiene que quiera asombrarse de que no cuelguen frutos en los arbustos silvestres? ¿Qué sentido tiene que se asombre de que los espinos y zarzas no se llenen de algún fruto útil? Nadie se enoja donde la naturaleza defiende el defecto.

7. Así pues, el sabio, apacible y ecuánime ante los errores, no enemigo sino corrector de los que se equivocan, sale cada día con este ánimo: «Me encontraré con muchos entregados al vino, muchos lujuriosos, muchos ingratos, muchos avaros, muchos agitados por las furias de la ambición». Mirará todas estas cosas con tanta benevolencia como un médico a sus enfermos.

8. ¿Acaso aquel cuyo barco, con las junturas abiertas por todas partes, traga mucha agua, se enoja con los marineros y con el barco mismo? Al contrario, acude y excluye una ola, echa fuera otra, cierra las grietas visibles, resiste con trabajo continuo las ocultas que desde lo escondido llenan la sentina, y no por ello deja de hacerlo porque vuelve a surgir lo que se ha sacado. Se necesita un remedio constante contra males continuos y fecundos, no para que cesen, sino para que no venzan.

CAPÍTULO XI. 1. «La ira es útil», se dice, «porque evita el desprecio y porque aterra a los malvados». En primer lugar, si la ira es tan poderosa como amenazante, precisamente por eso mismo es temible y odiada; pero es más peligroso ser temido que despreciado. Si en cambio carece de fuerza, está más expuesta al desprecio y no escapa a la burla; pues ¿qué hay más patético que la irritabilidad agitándose en vano?

2. Además, no por ser ciertas cosas más terribles son mejores, ni quisiera que se le dijera al sabio: «El miedo es arma de las fieras, y también del sabio». ¿Qué? ¿Acaso no se teme a la fiebre, a la gota, a una úlcera maligna? ¿Hay por eso algo bueno en ellas? Al contrario, todas las cosas despreciables, repugnantes y vergonzosas son temidas precisamente por lo que son. Así la ira es en sí misma repulsiva y nada temible, pero es temida por muchos como una máscara deforme lo es por los niños.

3. Y además, el miedo siempre recae sobre quienes lo causan, y nadie es temido sin estar él mismo inseguro. Venga aquí a tu memoria aquel verso de Laberio que, pronunciado en el teatro en plena guerra civil, hizo que todo el pueblo se volviera hacia él como si fuera la voz del sentimiento público: «Necesariamente ha de temer a muchos quien es temido por muchos».

4. Así lo dispuso la naturaleza: todo lo que es grande por el miedo ajeno no está libre del propio. ¡Cuán cobardes son los corazones de los leones ante los ruidos más leves! A las fieras más feroces las perturban una sombra, un sonido o un olor desacostumbrado: todo lo que aterra también tiembla. No hay razón, pues, para que el sabio desee ser temido, ni para que considere grande a la ira porque infunde miedo, puesto que también se teme a cosas muy despreciables, como los venenos, los huesos pestilentes y las mordeduras.

5. Y no es extraño que una simple cuerda marcada con plumas contenga y conduzca a la trampa a enormes manadas de fieras, llamada «espantajo» por el mismo sentimiento que provoca; pues las cosas vanas aterran a los vanos. El movimiento de un carrito y el giro de unas ruedas devuelven a los leones a su jaula, y a los elefantes los asusta el chillido de un cerdo.

6. Así pues, se teme a la ira del mismo modo que los niños temen a una sombra y las fieras a una pluma roja. No tiene en sí misma nada firme ni fuerte, sino que conmueve a los ánimos débiles.

CAPÍTULO XII. 1. «Si quieres eliminar la ira», dice, «hay que suprimir la maldad de la naturaleza de las cosas; pero ninguna de las dos cosas puede hacerse». En primer lugar, uno puede no pasar frío aunque sea invierno, y no pasar calor aunque sean los meses de verano: o bien está protegido de la inclemencia del año gracias al lugar, o bien ha vencido con la resistencia de su cuerpo la sensación de ambas cosas.

2. Además, dale la vuelta a ese argumento: es necesario que antes elimines la virtud del ánimo que acoger la ira, puesto que los vicios no conviven con las virtudes, y nadie puede al mismo tiempo estar airado y ser un hombre bueno, como tampoco estar enfermo y sano.

3. «No puede», dice, «eliminarse toda ira del ánimo, ni la naturaleza humana lo permite». Pues bien, nada hay tan difícil y arduo que la mente humana no pueda vencer y hacer familiar mediante la meditación constante, y no hay pasiones tan salvajes e independientes que no puedan ser completamente domadas por la disciplina.

4. La mente ha logrado todo lo que se ha propuesto: algunos han conseguido no reír nunca; otros se han prohibido el vino, otros el placer sexual, otros han privado a sus cuerpos de toda bebida; otro, satisfecho con un sueño breve, ha prolongado una vigilia infatigable; han aprendido a correr sobre cuerdas muy delgadas y tendidas en el vacío y a llevar cargas enormes y apenas soportables con fuerzas humanas y a sumergirse en una profundidad inmensa y soportar los mares sin tomar ningún respiro. Hay mil cosas más en las que la perseverancia ha superado todo impedimento y ha mostrado que nada es difícil cuando la mente se ha impuesto a sí misma la resistencia.

5. Para esos que hace poco mencioné no hubo recompensa, o ninguna digna de un empeño tan tenaz —pues ¿qué logro magnífico alcanza aquel que se ha ejercitado en caminar por cuerdas tensas, en poner su cuello bajo una carga enorme, en no rendir sus ojos al sueño, en penetrar hasta el fondo del mar?—, y sin embargo con una paga no muy grande el esfuerzo llegó al final de la tarea; 6. ¿no vamos a apelar nosotros a la resistencia, a quienes espera tan gran premio, la tranquilidad inconmovible de un ánimo feliz? ¡Qué grande es escapar del mal mayor, la ira, y con ella de la rabia, la brutalidad, la crueldad, la locura y las demás pasiones que la acompañan!

CAPÍTULO XIII. 1. No hay razón para que busquemos excusas y justifiquemos nuestra libertad de dejarnos llevar, diciendo que eso es útil o inevitable; pues ¿qué vicio, al fin y al cabo, ha carecido de abogado defensor? No hay razón para que digas que no puede erradicarse: sufrimos males curables, y la naturaleza misma, que nos engendró orientados hacia el bien, nos ayuda si queremos enmendarnos. Y no es, como ha parecido a algunos, arduo y áspero el camino hacia las virtudes: se accede a ellas por terreno llano.

2. No vengo a vosotros como promotor de algo irreal. Fácil es el camino hacia la vida feliz: emprendedlo solo con buenos auspicios y con el favor de los propios dioses. Mucho más difícil es hacer lo que hacéis. ¿Qué hay más tranquilo que la paz del alma, qué más fatigoso que la ira? ¿Qué más reposado que la clemencia, qué más trabajoso que la crueldad? El pudor está desocupado, la lujuria está ocupadísima. En fin, la protección de todas las virtudes es fácil, los vicios se cultivan a gran costo.

3. La ira debe ser apartada —esto lo admiten en parte incluso quienes dicen que debe ser reducida—: que sea eliminada por completo, pues nada va a aprovechar. Sin ella los crímenes se eliminarán más fácil y correctamente, los malvados serán castigados y conducidos hacia lo mejor. Todo lo que el sabio debe hacer lo realizará sin el concurso de ninguna cosa mala, y no mezclará nada cuya medida deba observar con excesiva preocupación.

CAPÍTULO XIV. 1. Por tanto, nunca hay que dejarse llevar por la ira, aunque a veces conviene fingirla, si es necesario sacudir los ánimos perezosos de quienes nos escuchan, igual que excitamos con aguijones y antorchas encendidas a los caballos que se levantan con lentitud para la carrera. A veces hay que infundir miedo en aquellos en quienes la razón no surte efecto: pero airarse no es más útil que entristecerse o temer.

2. «¿Qué pasa entonces? ¿No se dan motivos que provoquen la ira?» Precisamente entonces hay que oponérsele con más fuerza. Y no es difícil dominar el ánimo, cuando hasta los atletas, ocupados en la parte más vil de sí mismos, soportan sin embargo golpes y dolores para agotar las fuerzas del que los golpea, y no golpean cuando la ira se lo aconseja, sino cuando se presenta la ocasión.

3. Dicen que Pirro, el mejor maestro de lucha gimnástica, solía recomendar a quienes entrenaba que no se airasen; en efecto, la ira desbarata la técnica y solo mira dónde hacer daño. Así pues, muchas veces la razón aconseja la paciencia y la ira la venganza, y nosotros, que pudimos librarnos de los primeros males, caemos en otros mayores.

4. A algunos, la ofensa de una sola palabra que no soportaron con ecuanimidad los arrojó al exilio, y quienes no quisieron sufrir en silencio una injuria leve quedaron abrumados por males gravísimos, e indignados porque se les recortaba algo de su libertad plena, atrajeron sobre sí el yugo de la esclavitud.

CAPÍTULO XV. 1. «Para que sepas —dice— que la ira tiene en sí algo de noble, verás que los pueblos libres son los más iracundos, como los germanos y los escitas.» Esto ocurre porque los caracteres fuertes y sólidos, antes de que la educación los ablande, son propensos a la ira. Pues ciertas cosas solo nacen en los caracteres superiores, como un terreno descuidado produce arbustos vigorosos y frondosos, y un bosque espeso es propio de un suelo fértil; 2. así también los caracteres naturalmente fuertes producen ira y no acogen nada débil o raquítico, siendo de fuego y ardientes, pero su vigor es imperfecto, como sucede con todo lo que surge solo por el bien de la naturaleza misma, sin arte; pero si no son domados pronto, lo que era apto para la fortaleza se habitúa a la audacia y a la temeridad.

3. ¿Qué? ¿Acaso no van unidos a los ánimos más suaves vicios más leves, como la compasión, el amor y la vergüenza? Por eso a menudo te mostraré una buena disposición natural incluso por sus propios defectos; pero no por ello dejan de ser vicios si son indicios de una naturaleza mejor.

4. Además, todos esos pueblos libres por su ferocidad, a la manera de los leones y los lobos, así como no pueden ser esclavos, tampoco pueden mandar; pues no tienen la fuerza de un carácter humano, sino feroz e intratable; y nadie puede gobernar si no es capaz también de ser gobernado.

5. Así pues, los imperios estuvieron casi siempre en manos de los pueblos que disfrutan de un clima más suave: en las regiones que se inclinan hacia el frío y el norte hay «caracteres indomables», como dice el poeta, y muy semejantes a su clima.

CAPÍTULO XVI. 1. «Se considera que los animales más nobles son los que tienen mucha ira». Se equivoca quien los pone como ejemplo para el hombre, ya que ellos tienen el impulso en lugar de la razón: el hombre tiene la razón en lugar del impulso. Pero ni siquiera a todos ellos les conviene lo mismo: la irascibilidad ayuda a los leones, el miedo a los ciervos, el impulso al halcón, la huida a la paloma.

2. ¿Y qué decir de que ni siquiera es verdad que los mejores animales sean los más irascibles? Yo pensaría que las fieras, cuyo alimento proviene del robo, son mejores cuanto más iracundas; en cambio, alabaría la paciencia de los bueyes y de los caballos que obedecen las riendas. Pero, además, ¿por qué razón remites al hombre a ejemplos tan desdichados, cuando tienes el mundo y a dios, al que él solo comprende entre todos los animales para imitarlo él solo?

3. «Se considera que los iracundos son los más sencillos de todos». Es que se les compara con los fraudulentos y astutos, y parecen sencillos porque están expuestos. A estos yo no los llamaría sencillos, sino imprudentes: aplicamos ese nombre a los necios, a los disolutos, a los derrochadores y a todos los vicios poco hábiles.

CAPÍTULO XVII. 1. «El orador», se dice, «a veces es mejor cuando está airado». No, es mejor cuando imita al airado; pues también los actores en el escenario no conmueven al público estando airados, sino representando bien al airado. Y ante los jueces, en la asamblea y dondequiera que haya que manejar los ánimos ajenos según nuestra voluntad, simularemos nosotros mismos ora la ira, ora el miedo, ora la compasión, para infundirlos en otros, y a menudo la imitación de los sentimientos ha logrado lo que los sentimientos verdaderos no habrían logrado.

2. «El ánimo que carece de ira», se dice, «es lánguido». Es cierto, si no tiene nada más poderoso que la ira. Pero no conviene ser ni ladrón ni presa, ni compasivo ni cruel: el ánimo del uno es demasiado blando, el del otro demasiado duro; que el sabio sea equilibrado y para actuar con mayor energía aplique no la ira sino la fuerza.

CAPÍTULO XVIII. 1. Puesto que hemos tratado las cuestiones que se plantean sobre la ira, pasemos a sus remedios. Ahora bien, son dos, según creo: no caer en la ira y no cometer faltas estando airados. Del mismo modo que en el cuidado del cuerpo hay unos preceptos para mantener la salud y otros para restablecerla, así debemos de una manera rechazar la ira y de otra dominarla. Para evitarla se darán ciertos preceptos que atañen a toda la vida: estos se dividirán entre la educación y las etapas siguientes.

2. La educación requiere el máximo cuidado y será de gran provecho; pues es fácil moldear los espíritus todavía tiernos, pero difícilmente se extirpan los vicios que han crecido con nosotros.

CAPÍTULO XIX. 1. La naturaleza de un temperamento ardiente es la más propensa a la irascibilidad. Pues como hay cuatro elementos, fuego, agua, aire y tierra, existen cualidades equivalentes a ellos: lo ardiente, lo frío, lo seco y lo húmedo; y así, la variedad de lugares, animales, cuerpos y caracteres la produce la mezcla de elementos, y por tanto los temperamentos se inclinan más hacia un lado según qué elemento haya abundado con mayor fuerza. De ahí que llamemos a ciertas regiones húmedas y secas, y cálidas y frías.

2. Las mismas diferencias existen entre los animales y los hombres: importa cuánto de húmedo y de cálido contenga cada uno en sí; según qué porción de elemento predomine en él, de ahí vendrá su carácter. Una naturaleza ardiente de ánimo producirá hombres iracundos; pues el fuego es activo y tenaz: la mezcla de frío produce tímidos; pues el frío es perezoso y contraído.

3. Por eso algunos de los nuestros sostienen que la ira se despierta en el pecho cuando la sangre hierve alrededor del corazón; la razón por la que se asigna este lugar especialmente a la ira no es otra sino que el pecho es la parte más cálida de todo el cuerpo.

4. Aquellos en quienes hay más de lo húmedo, su ira crece poco a poco, porque no tienen el calor preparado sino que lo adquieren con el movimiento; así las iras de los niños y las mujeres son más agudas que graves y más ligeras cuando comienzan. En las edades secas la ira es vehemente y robusta, pero sin crecimiento, sin añadirse mucho a sí misma, porque al calor que va a declinar lo sigue el frío: los ancianos son difíciles y quejumbrosos, como los enfermos y convalecientes y aquellos cuyo calor ha sido agotado por el cansancio o por la extracción de sangre; 5. en la misma situación están los consumidos por la sed y el hambre y aquellos cuyo cuerpo está exangüe y se alimenta pobremente y desfallece. El vino enciende las iras porque aumenta el calor; según la naturaleza de cada cual, unos hierven al emborracharse, otros se hieren. Y no hay otra razón por la que sean muy iracundos los rubios y pelirrojos, cuyo color natural es tal como suele aparecer en los demás durante la ira; pues su sangre es móvil y agitada.

CAPÍTULO XX. 1. Pero así como la naturaleza hace a algunos propensos a la ira, del mismo modo se presentan muchas causas que pueden lograr lo mismo que la naturaleza: a unos los llevó a esto la enfermedad o el daño de sus cuerpos, a otros el esfuerzo o los desvelos continuos y las noches inquietas y los deseos y los amores; cualquier otra cosa que haya perjudicado al cuerpo o al ánimo predispone a la mente enferma a las quejas.

2. Pero todas esas son inicios y causas: la costumbre tiene el mayor poder, y si es arraigada alimenta el vicio. Cambiar la naturaleza es desde luego difícil, y no es posible transformar los elementos que se mezclaron una vez al nacer; pero en esto será útil saberlo, para que a los temperamentos ardientes les quites el vino, que Platón piensa que hay que negar a los niños, y prohíbe avivar el fuego con fuego. Tampoco deben llenarse de comidas; pues se hincharán sus cuerpos y los ánimos se inflarán con el cuerpo.

3. Que el esfuerzo los ejercite sin llegar a la extenuación, para que se reduzca el calor, no para que se consuma, y que aquel hervor excesivo se desborde. También los juegos serán provechosos; pues un placer moderado relaja los ánimos y los equilibra.

4. Los de temperamento más húmedo, más seco y frío no corren peligro de ira, pero hay que temer vicios más inertes, el miedo y la dificultad y la desesperación y las sospechas; por tanto hay que ablandar y calentar tales temperamentos y llamarlos a la alegría. Y puesto que contra la ira hay que usar unos remedios y contra la tristeza otros, y estas cosas deben curarse no solo con medios distintos sino contrarios, siempre combatiremos aquello que haya crecido.

CAPÍTULO XXI. 1. Digo que será muy provechoso educar a los niños desde el principio de forma saludable; pero el control es difícil, porque debemos procurar no alimentar en ellos la ira ni embotar su carácter.

2. El asunto requiere observación cuidadosa; en efecto, ambas cosas, tanto lo que debe estimularse como lo que debe reprimirse, se alimentan de cosas semejantes, pero las cosas semejantes engañan fácilmente incluso a quien presta atención.

3. El ánimo crece con la libertad, se debilita con la servidumbre; se eleva si se le alaba y se le hace concebir buenas esperanzas sobre sí mismo, pero esas mismas cosas generan insolencia e iracundia: por tanto, debe guiársele entre ambos extremos de modo que unas veces usemos el freno y otras el acicate.

4. Que no soporte nada humillante, nada servil; que nunca tenga necesidad de rogar humildemente ni le sea útil haber rogado, sino que se le conceda más bien por la causa misma y por sus acciones pasadas y por sus buenas promesas para el futuro.

5. En las competiciones con sus iguales no permitamos que sea vencido ni que se enfade; procuremos que sea amigo de aquellos con quienes suele competir, para que en la competición se acostumbre a querer no dañar sino vencer; siempre que triunfe y haga algo digno de alabanza, permitámosle que se alegre pero no que se exalte; pues al gozo sigue la exaltación, a la exaltación la arrogancia y una excesiva estimación de sí mismo.

6. Le concederemos algún descanso, pero no lo dejaremos caer en la pereza y la ociosidad, y lo mantendremos lejos del contacto con las delicias; nada, en efecto, hace más iracundos que una educación blanda y mimada. Por eso tienen el ánimo más corrompido los hijos únicos, cuanto más se les consiente, y los huérfanos, cuanto más se les permite. No resistirá las ofensas aquel a quien nunca se le negó nada, cuyas lágrimas siempre enjugó su madre solícita, a quien se le dio satisfacción a costa del pedagogo.

7. ¿No ves cómo a cada fortuna mayor la acompaña una ira mayor? En los ricos y nobles y magistrados se hace especialmente patente, cuando todo lo ligero y vacío que había en el ánimo lo levantó el viento favorable. La felicidad alimenta la iracundia, cuando una turba de aduladores rodea los oídos soberbios: «¿Que ése te responda a ti? No te mides según tu altura; tú mismo te rebajas», y otras cosas a las que apenas resistieron mentes sanas y bien cimentadas desde el principio.

8. Por tanto, hay que alejar mucho la adulación de la infancia: que oiga la verdad. Y que tema entretanto, que respete siempre, que se levante ante los mayores. Que nada consiga por la ira: lo que se le negó cuando lloraba, ofrézcasele cuando esté tranquilo. Y que tenga a la vista las riquezas de sus padres, no a su disposición.

9. Que se le echen en cara sus malas acciones. Será importante dar a los niños preceptores y pedagogos apacibles: todo lo que es tierno se adhiere a lo más próximo y crece a semejanza de ello; las costumbres de las nodrizas y pedagogos se reflejaron luego en los jóvenes.

10. Un niño educado en casa de Platón, cuando volvió con sus padres y vio a su padre vociferando, dijo: «Nunca vi esto en casa de Platón». No dudo de que imitó antes a su padre que a Platón.

11. Ante todo, que su alimentación sea frugal y su vestido no costoso y su apariencia semejante a la de sus iguales: no se enfadará porque se compare a alguien con él a quien desde el principio hiciste igual a muchos.

CAPÍTULO XXII. 1. Pero esto se refiere a nuestros hijos; en nosotros, desde luego, la suerte del nacimiento y la educación ya no tienen lugar para el vicio ni tampoco para la enseñanza: hay que ordenar lo que sigue.

2. Así pues, debemos luchar contra las primeras causas; ahora bien, la causa de la ira es la convicción de haber sufrido una injuria, y no hay que creer fácilmente en ella. No hay que ceder de inmediato ni siquiera ante las cosas manifiestas y evidentes; en efecto, algunas cosas falsas tienen apariencia de verdaderas. Siempre hay que conceder tiempo: el tiempo revela la verdad.

3. No prestemos oídos fáciles a los acusadores; conozcamos y tengamos por sospechoso este vicio de la naturaleza humana: que creemos con gusto lo que oímos con disgusto, y nos irritamos antes de juzgar.

4. ¿Qué decir del hecho de que no solo nos dejamos arrastrar por acusaciones, sino también por sospechas, y, habiendo interpretado mal el gesto o la risa de otro, nos enfurecemos contra inocentes? Así pues, hay que defender la causa del ausente contra uno mismo y mantener la ira en suspenso; el castigo, en efecto, puede exigirse tras haber sido aplazado, pero no puede revocarse una vez ejecutado.

CAPÍTULO XXIII. 1. Es conocido aquel tiranicida que, capturado cuando la empresa quedó inconclusa y torturado por Hipias para que delatara a sus cómplices, nombró a los amigos del tirano que estaban presentes en torno a él, precisamente a aquellos de quienes sabía que más apreciaban su seguridad. Y cuando aquel ordenó matar uno por uno a los que iban siendo nombrados, le preguntó si quedaba alguno más: «Solo tú», respondió, «pues no he dejado a nadie más a quien le importaras». La ira hizo que el tirano pusiera sus manos al servicio del tiranicida y que degollara con su propia espada a sus propios guardianes.

2. ¡Cuánto más animoso fue Alejandro! Cuando leyó la carta de su madre en la que le advertía que se cuidara del veneno del médico Filipo, bebió la poción que le ofrecían sin dejarse amedrentar: confió más en su amigo. Se mereció tener a un inocente, se mereció hacerlo inocente.

3. Esto lo alabo en Alejandro tanto más cuanto que nadie estuvo tan sometido a la ira como él; pero cuanto más rara es la moderación en los reyes, tanto más debe alabarse.

4. Esto también lo hizo Cayo César, aquel que usó la victoria civil con la máxima clemencia: cuando encontró los archivos de cartas enviadas a Cneo Pompeyo por personas que parecían haber estado en el bando contrario o en ninguno de los dos, las quemó. Aunque solía enojarse con moderación, prefirió sin embargo no poder hacerlo; consideró que el tipo de perdón más grato era no saber qué había hecho mal cada cual.

CAPÍTULO XXIV. 1. La credulidad causa muchísimo daño. A menudo ni siquiera hay que prestar oídos, puesto que en ciertos asuntos es mejor dejarse engañar que desconfiar. Hay que arrancar del ánimo la sospecha y la conjetura, estímulos sumamente engañosos: «ese me ha saludado con poca cordialidad; ese no se pegó a mi beso; ese cortó bruscamente una conversación empezada; ese no me invitó a cenar; la cara de ese me pareció bastante esquiva».

2. No le faltarán argumentos a la sospecha: hacen falta sencillez y una valoración benévola de las cosas. No creamos más que lo que salte a la vista y sea evidente, y cada vez que nuestra sospecha resulte infundada, reprendamos la credulidad; este reproche, en efecto, conseguirá la costumbre de no creer con facilidad.

CAPÍTULO XXV. 1. De ahí se sigue también que no debemos exasperarnos por las cosas más pequeñas y ruines. El muchacho es poco diligente, o el agua está tibia para el que va a beber, o el lecho está revuelto, o la mesa puesta con descuido: irritarse por eso es una locura. Está enfermo y tiene mala salud quien se resfría con una leve brisa, tiene los ojos enfermos quien se molesta con una ropa blanca, está debilitado por las delicias aquel a quien le duele el costado por el trabajo ajeno.

2. Dicen que existió un tal Mindíredes, de la ciudad de los sibaritas, que al ver a uno cavando y levantando el rastrillo demasiado alto, se quejó de que se sentía cansado y le prohibió hacer ese trabajo a su vista; el mismo se quejó de haber dormido peor porque se había acostado sobre pétalos de rosa doblados.

3. Cuando los placeres han corrompido el alma y el cuerpo al mismo tiempo, nada parece tolerable, no porque sea duro, sino porque lo sufre quien es blando. Pues ¿qué razón hay para que la tos de alguien, o un estornudo, o una mosca espantada con poco cuidado, o un perro que se cruza en el camino, o una llave que se le cae de las manos a un esclavo descuidado, nos empujen a la rabia?

4. ¿Soportará ese con ánimo sereno el insulto público y las injurias lanzadas en la asamblea o en el senado aquel a quien ofende el chirrido de un banco arrastrado? ¿Aguantará este el hambre y la sed de una campaña de verano quien se enfurece con un muchacho que diluye mal la nieve? Por tanto, ninguna cosa alimenta más la ira que el lujo desmesurado e impaciente: hay que tratar duramente el ánimo para que no sienta sino el golpe grave.

CAPÍTULO XXVI. 1. Nos enfadamos o bien con aquellos de quienes ni siquiera pudimos recibir una ofensa, o bien con aquellos de quienes sí pudimos recibirla.

2. Entre los primeros, algunos carecen de capacidad de sentir, como un libro que a menudo hemos arrojado por estar escrito con letras demasiado pequeñas y hemos desgarrado por estar lleno de errores, o como la ropa que hemos rasgado porque nos desagradaba: ¡qué estúpido es enfadarse con estas cosas, que ni merecen nuestra ira ni la sienten!

3. «Pero es evidente que nos ofenden quienes las hicieron». En primer lugar, a menudo nos enfadamos antes de que hayamos hecho esta distinción. Luego, quizá también los propios artesanos podrán presentar justificaciones válidas: uno no pudo hacer mejor lo que hizo, y no fue por insultarte por lo que aprendió poco; otro no lo hizo con la intención de ofenderte. En definitiva, ¿qué hay más demente que descargar contra las cosas la cólera acumulada contra los hombres?

4. Pero así como es propio de un demente enfadarse con lo que carece de alma, también lo es con los animales irracionales, que no nos causan ninguna ofensa porque no pueden quererla; pues no hay ofensa si no procede de una intención. Pueden, por tanto, dañarnos como el hierro o una piedra, pero no pueden ciertamente causarnos ofensa.

5. Y sin embargo, algunos creen ser despreciados cuando los mismos caballos son dóciles con un jinete y reacios con otro, como si fuera por un juicio, y no por la costumbre y la técnica de manejo, por lo que algunos animales están más sometidos a unos que a otros.

6. Pero así como es estúpido enfadarse con estos, también lo es con los niños y con quienes no se diferencian mucho de la prudencia de los niños; pues todas esas faltas, ante un juez equitativo, valen tanto como la inocencia por su imprudencia.

CAPÍTULO XXVII. 1. Hay algunas cosas que no pueden dañar y que no tienen ninguna fuerza salvo beneficiosa y saludable, como los dioses inmortales, que ni quieren ni pueden perjudicar; su naturaleza es suave y apacible, tan alejada de hacer daño a otros como de hacérselo a sí misma.

2. Así pues, los insensatos e ignorantes de la verdad les achacan la ferocidad del mar, las lluvias excesivas, la persistencia del invierno, cuando en realidad nada de esto que nos daña o beneficia se dirige propiamente hacia nosotros. Pues no somos la razón de que el mundo traiga de vuelta el invierno y el verano: estos fenómenos tienen sus propias leyes, según las cuales se desarrollan los acontecimientos divinos; nos valoramos demasiado si nos parece que somos dignos de que por nosotros se muevan cosas tan grandes. Nada de esto se hace, pues, para perjudicarnos, sino al contrario, todo se hace para nuestra salvación.

3. Hemos dicho que hay cosas que no pueden dañar, y otras que no quieren hacerlo. Entre estas últimas estarán los buenos magistrados, los padres, los maestros y los jueces, cuyo castigo debe aceptarse del mismo modo que el bisturí, la dieta y otras cosas que nos atormentan aunque van a beneficiarnos.

4. Hemos sido castigados: que se nos ocurra pensar no solo en lo que sufrimos sino en lo que hicimos, examinemos nuestra vida; si al menos queremos decirnos la verdad a nosotros mismos, estimaremos nuestro caso en mucho más.

CAPÍTULO XXVIII. 1. Si queremos ser jueces ecuánimes de todas las cosas, debemos convencernos primero de esto: ninguno de nosotros está libre de culpa; pues de ahí nace la mayor indignación: «No he cometido ninguna falta» y «No he hecho nada». Pero no: lo que pasa es que no reconoces nada. Nos indignamos cuando se nos castiga con alguna advertencia o corrección, cuando en ese mismo momento estamos cometiendo una falta al añadir a nuestras malas acciones arrogancia y terquedad.

2. ¿Quién es ese que se declara inocente ante todas las leyes? Y aun suponiendo que sea así, ¡qué estrecha inocencia es ser bueno según la ley! ¡Cuánto más amplio es el ámbito de los deberes que la norma del derecho! ¡Cuántas cosas exigen la piedad, la humanidad, la generosidad, la justicia, la lealtad, que están todas fuera de las tablas públicas!

3. Pero ni siquiera podemos cumplir esa fórmula estrechísima de la inocencia: unas cosas hemos hecho, otras hemos pensado, otras hemos deseado, otras hemos favorecido; en algunas somos inocentes porque no tuvieron éxito.

4. Pensando en esto, seamos más ecuánimes con los que cometen faltas, creamos a los que nos reprochan; sobre todo no nos enojemos con los buenos (pues si también con los buenos, ¿con quién no?), y mucho menos con los dioses; ya que no padecemos por culpa de ellos, sino por la ley de la mortalidad, cualquier incomodidad que nos suceda. «Pero nos atacan enfermedades y dolores». Desde luego que hay que morir de alguna manera los que recibimos en suerte una morada perecedera.

5. Se dirá que alguien habló mal de ti: piensa si tú lo hiciste primero, piensa de cuántos hablas tú. Pensemos, digo, que unos no cometen una injusticia sino que la devuelven, otros la hacen por nuestro bien, otros obligados, otros por ignorancia, e incluso los que la hacen voluntaria y conscientemente no buscan con nuestra injuria la injuria misma: o se dejó llevar por el encanto de la agudeza, o hizo algo no para perjudicarnos, sino porque él mismo no podía conseguirlo si no nos apartaba; a menudo la adulación ofende mientras halaga.

6. Quien recuerde para sí cuántas veces él mismo incurrió en una sospecha falsa, a cuántos de sus servicios la fortuna revistió con apariencia de injuria, a cuántos empezó a amar después de odiarlos, podrá no enojarse de inmediato, sobre todo si ante cada cosa que le ofende se dice en silencio: «Yo también he hecho esto».

7. Pero ¿dónde encontrarás un juez tan ecuánime? Ese que codicia la mujer de cualquiera y considera razones bastante justas para amarla el que sea de otro, ese mismo no quiere que se mire a su mujer; y el más riguroso exigente de la lealtad es infiel, y persigue las mentiras siendo él mismo perjuro, y el calumniador soporta de muy mala gana que se le ponga un pleito; no quiere que se atente contra el pudor de sus esclavos el que no respetó el suyo.

8. Los defectos ajenos los tenemos ante los ojos, los nuestros a nuestras espaldas: de ahí viene que un padre, peor que su hijo, castigue los inoportunos banquetes del hijo, y nada perdone a la lujuria ajena quien nada negó a la suya, y que el asesino se enoje con el tirano, y el sacrílego castigue los robos. Gran parte de los hombres no se enoja con los pecados sino con los pecadores. Nos hará más moderados mirarnos a nosotros mismos, si nos preguntamos: «¿Acaso también nosotros hemos cometido algo semejante? ¿Acaso nos equivocamos así? ¿Nos conviene condenar esas cosas?»

CAPÍTULO XXIX. 1. El mayor remedio de la ira es la demora. Pídele esto desde el principio, no que perdone sino que juzgue: violentos son sus primeros impulsos; cesará si espera. Y no intentes eliminarla toda de una vez: será vencida por completo mientras se la destruye por partes.

2. De las cosas que nos ofenden, unas nos son comunicadas, otras las oímos o vemos nosotros mismos. Acerca de las que nos son contadas no debemos creer con precipitación: muchos mienten para engañar, muchos porque han sido engañados; hay quien busca favor mediante la acusación y finge una injuria para parecer dolido por la cometida; hay quien es malicioso y desea separar amistades unidas; hay quien es desconfiado y desea contemplar el espectáculo, y desde lejos y a salvo observa a quienes ha enfrentado.

3. Si fueras a juzgar sobre una suma insignificante, el asunto no te sería probado sin testigo, el testigo no valdría sin juramento, darías a cada parte el derecho de actuar, darías tiempo, no escucharías una sola vez; pues la verdad se esclarece más cuanto más frecuentemente se la examina: ¿condenas a un amigo estando presente? ¿Antes de escucharlo, antes de interrogarlo, antes de que pueda conocer a su acusador o la acusación, te enojas? ¿Ya, ya has oído lo que se diría por ambas partes?

4. Este mismo que te lo denunció dejará de hablar si debe probarlo: «No hay razón» dice «para que me saques a la luz; yo, presentado en público, lo negaré; de lo contrario nunca te diré nada». Al mismo tiempo te incita y él mismo se sustrae al enfrentamiento y a la disputa. Quien no quiere decirte algo sino en secreto, casi no te lo dice: ¿qué hay más injusto que creer en secreto e irritarse en público?

CAPÍTULO XXX. 1. De algunos somos testigos nosotros mismos: en estos casos examinaremos la naturaleza y la voluntad de quienes actúan. Es un niño: que se le conceda por su edad, no sabe si peca. Es tu padre: o bien ha hecho tanto por ti que tiene incluso derecho a ofenderte, o quizá precisamente eso por lo que te ofende es un mérito suyo. Es una mujer: se equivoca. Ha sido obligado: ¿quién, salvo un injusto, se irrita contra la necesidad? Ha sido dañado: no es una injusticia sufrir lo que antes hiciste tú. Es un juez: confía más en su sentencia que en la tuya. Es un rey: si castiga al culpable, cede ante la justicia; si castiga al inocente, cede ante la fortuna.

2. Es un animal mudo o parecido a uno mudo: lo imitas si te enojas. Es una enfermedad o una desgracia: pasará más ligera si la soportas. Es un dios: tanto pierdes el tiempo cuando te irritas con él como cuando le pides que se irrite con otro. Es un hombre bueno el que te hizo la ofensa: no lo creas. Es un hombre malo: no te sorprendas; pagará a otro las penas que te debe a ti, y ya se las ha pagado a sí mismo quien ha pecado.

CAPÍTULO XXXI. 1. Hay dos cosas, como he dicho, que despiertan la ira: primero, si nos parece que hemos recibido una ofensa —sobre esto ya se ha dicho suficiente—; segundo, si nos parece que la hemos recibido injustamente —sobre esto hay que hablar ahora.

2. Los hombres juzgan injustas ciertas cosas porque no debían haberlas sufrido, otras porque no las esperaban. Consideramos indigno lo que es inesperado; por eso nos conmueven sobre todo las cosas que han sucedido contra nuestra esperanza y expectativa, y no hay otra razón de que en casa nos ofendan las cosas más pequeñas y en los amigos llamemos ofensa a la negligencia.

3. «¿Cómo es entonces —dice alguien— que nos conmueven las ofensas de los enemigos?» Porque no las esperábamos, o al menos no tan grandes. Esto lo produce nuestro amor excesivo hacia nosotros mismos: juzgamos que debemos ser inviolables incluso para los enemigos; cada uno lleva dentro de sí ánimo de rey, de modo que quiere que se le conceda libertad a él, pero no quiere que se conceda sobre él.

4. Así pues, nos vuelve irascibles la ignorancia o la arrogancia. ¿Qué tiene de extraño que los malos realicen malas acciones? ¿Qué tiene de nuevo que el enemigo dañe, el amigo ofenda, el hijo se equivoque, el esclavo cometa una falta? Decía Fabio que la excusa más vergonzosa para un general era «no lo pensé»; yo creo que es la más vergonzosa para un hombre. Piensa en todo, espera todo: incluso en los buenos caracteres surgirá algo más áspero.

5. La naturaleza humana produce espíritus traicioneros, produce ingratos, produce codiciosos, produce impíos. Cuando vayas a juzgar el carácter de uno solo, piensa en los de todos. Donde más te alegres, más temerás; donde te parezca que todo está tranquilo, allí no faltan cosas que van a dañarte, sino que están en reposo. Piensa siempre que va a haber algo que te ofenda: el timonel nunca desplegó tan confiado todas las velas que no dispusiera los aparejos listos para recogerlas.

6. Piensa ante todo esto: que es fea y execrable la capacidad de dañar, y muy ajena al hombre, gracias al cual incluso las fieras se domestican. Mira los cuellos de los elefantes sometidos al yugo y los lomos de los toros pisados impunemente por niños y mujeres que saltan sobre ellos, y las serpientes que se deslizan entre las copas y los vestidos con un deslizamiento inofensivo, y dentro de casa las fauces plácidas de osos y leones que sus dueños acarician, y las fieras que adulan a su amo: te dará vergüenza haber intercambiado las costumbres con los animales.

7. Es un crimen dañar a la patria; luego también al ciudadano, pues este es parte de la patria —las partes son sagradas si el conjunto es venerable—; luego también al hombre, pues este es ciudadano contigo en una ciudad mayor. ¿Qué pasaría si las manos quisieran dañar a los pies, los ojos a las manos? Como todos los miembros se ponen de acuerdo entre sí porque conviene al todo que cada uno se conserve, así los hombres perdonarán a los individuos porque han nacido para vivir en comunidad, pero la sociedad no puede estar a salvo sin la protección y el amor de sus partes.

8. Ni siquiera aplastaríamos a las víboras y a las culebras y a los animales que dañan con la mordedura o el aguijonazo, si pudiéramos domesticarlos en adelante o conseguir que no fueran un peligro para nosotros o para otros; luego tampoco dañaremos al hombre porque ha pecado, sino para que no peque, y el castigo nunca se referirá al pasado sino al futuro; pues no se trata de encolerizarse, sino de prevenir. Porque si debe ser castigado todo el que tiene un temperamento depravado y malvado, el castigo no eximirá a nadie.

CAPÍTULO XXXII. 1. «Pero es que la ira tiene cierto placer y es dulce devolver el dolor». En absoluto; pues no es lo mismo que en los beneficios, donde es honroso corresponder a los méritos con méritos, devolver las injurias con injurias. En aquello es vergonzoso ser vencido, en esto lo es vencer. La venganza es una palabra inhumana, aunque aceptada como justa [y el talión también]. No difiere mucho, salvo en el orden, el que devuelve el dolor: solo peca con más excusa.

2. Alguien, sin saberlo, golpeó a Marco Catón en los baños por descuido; pues ¿quién lo habría hecho conscientemente? Después, cuando el individuo intentaba darle satisfacción, Catón le dijo: «No recuerdo haber sido golpeado». Consideró mejor no reconocerlo que vengarse.

3. «¿Entonces —dices— no le pasó nada malo después de semejante insolencia?». Al contrario, algo muy bueno: empezó a conocer a Catón. Es propio de un alma grande despreciar las injurias; el género más humillante de venganza es no haber parecido digno de que se busque venganza contra él. Muchos han clavado más hondamente en sí mismos las injurias leves al vengarse: aquel es grande y noble quien, a la manera de una gran fiera, escucha sin inmutarse los ladridos de los perrillos.

CAPÍTULO XXXIII. 1. «Nos despreciarán menos», dice, «si vengamos la ofensa». Si acudimos a esto como a un remedio, vayamos sin ira, no porque sea dulce vengarse, sino porque sea útil; pero a menudo ha sido mejor disimular que castigar. Las ofensas de los más poderosos hay que soportarlas con rostro alegre, no solo con paciencia: las repetirán si creen que nos han hecho daño. Esto es lo peor que tienen los espíritus ensoberbecidos por la gran fortuna: odian a quienes han dañado.

2. Es muy conocida la frase de aquel que había envejecido en la corte de los reyes: cuando alguien le preguntó cómo había conseguido algo rarísimo en palacio, la vejez, respondió: «Recibiendo ofensas y dando las gracias». Con frecuencia no solo no conviene vengar una ofensa, sino que ni siquiera conviene reconocerla.

3. Cayo César, habiendo tenido bajo custodia al hijo del distinguido caballero romano Pastor, molesto por su elegancia y su cabello demasiado cuidado, cuando el padre le rogó que le concediera la vida de su hijo, como si le recordaran el suplicio ordenó que lo ejecutaran de inmediato; pero para no actuar de forma completamente inhumana con el padre, lo invitó ese mismo día a cenar.

4. Acudió Pastor con el rostro sin el menor reproche. César le ofreció una copa de vino y le puso un vigilante: aguantó el desgraciado, como si bebiera la sangre de su hijo. Le envió perfume y coronas y ordenó observar si las aceptaba: las aceptó. El día en que había enterrado a su hijo, o mejor dicho, en que no lo había enterrado, yacía como comensal número cien y aquel anciano gotoso bebía tragos apenas dignos del cumpleaños de sus hijos, y mientras tanto no derramó una lágrima, no permitió que el dolor brotara con señal alguna; cenó como si hubiera conseguido el perdón para su hijo.

5. ¿Preguntas por qué? Tenía otro. ¿Qué hizo aquel Príamo? ¿Disimuló su ira? Abrazó las rodillas del rey, llevó a su boca la mano funesta y empapada en la sangre de su hijo, ¿y cenó? Pero al menos sin perfume, sin coronas, y su cruel enemigo lo animó con muchos consuelos a que tomara alimento, no a que vaciara copas enormes con un vigilante apostado sobre su cabeza.

6. Habría despreciado a aquel padre romano si hubiera temido por sí mismo: en este caso fue el afecto paterno lo que contuvo su ira. Merecía que le permitieran retirarse del banquete para recoger los huesos de su hijo; ni siquiera eso le permitió aquel joven, por lo demás benévolo y cortés: lo hostigaba con frecuentes brindis, advirtiéndole que aliviara su pesar. Por el contrario, él se mostró alegre y como olvidado de lo que se había hecho aquel día; habría perecido su otro hijo si el comensal no hubiera complacido al verdugo.

CAPÍTULO XXXIV. 1. Por tanto, hay que abstenerse de la ira, ya sea que aquel a quien vamos a provocar sea nuestro igual, nuestro superior o nuestro inferior. Enfrentarse con un igual es arriesgado, con un superior es una locura, con un inferior es mezquino. Propio de un hombre insignificante y miserable es devolver el ataque a quien muerde: los ratones y las hormigas, si les acercas la mano, vuelven la boca; los seres débiles creen que se les hiere si se les toca.

2. Nos hará más clementes pensar en lo que alguna vez nos benefició aquel con quien estamos enojados, y los méritos redimirán la ofensa. Consideremos también esto: cuánto prestigio nos traerá la fama de clemencia, a cuántos la indulgencia los convirtió en amigos útiles.

3. No nos irritemos con los hijos de nuestros enemigos y adversarios: entre los ejemplos de la crueldad de Sila está el haber apartado de la vida pública a los hijos de los proscritos; nada hay más injusto que alguien se convierta en heredero del odio paterno.

4. Pensemos, cada vez que nos cueste perdonar, si nos conviene que todos sean inexorables. ¡Cuántas veces quien negó el perdón lo pide! ¡Cuántas veces se arrojó a los pies de aquel a quien rechazó de los suyos! ¿Qué hay más glorioso que cambiar la ira por amistad? ¿Qué aliados tiene el pueblo romano más fieles que aquellos que fueron sus enemigos más tenaces? ¿Qué sería hoy del imperio si una saludable previsión no hubiera mezclado a los vencidos con los vencedores?

5. Alguien se enojará contigo: tú, en cambio, provócalo con beneficios; la enemistad cae de inmediato cuando es abandonada por una de las partes; no combaten si no son parejas. Pero si la ira lucha por ambos lados, se produce el choque: es mejor aquel que retira el pie primero, el vencido es el que venció. Te golpeó: retírate; porque devolviendo el golpe le darás tanto la ocasión de golpearte más veces como la excusa; no podrás separarte cuando quieras.

CAPÍTULO XXXV. 1. ¿Acaso alguien querría herir al enemigo tan violentamente que dejara la mano en la herida y no pudiera retirarla del golpe? Pues bien, tal es el arma de la ira: apenas se logra retirarla. Nos procuramos armas manejables, una espada cómoda y práctica: ¿no evitaremos los impulsos del alma pesados, agobiantes e irrevocables?

2. Solo nos agrada aquella velocidad que se detiene en seco cuando se le ordena y no se precipita más allá de lo previsto, que puede frenarse y reducirse de la carrera al paso; sabemos que los nervios están enfermos cuando se mueven contra nuestra voluntad; es propio de un anciano o de un cuerpo débil correr cuando quiere caminar: consideremos más sanos y fuertes aquellos movimientos del alma que vayan según nuestro criterio, no los que se dejen arrastrar por el suyo propio.

3. Sin embargo, nada nos ayudará tanto como observar primero la fealdad de esta pasión y luego su peligro. No hay aspecto de pasión alguna más perturbador: ha desfigurado los rostros más hermosos, convierte en torvo el semblante más tranquilo; todo decoro abandona a los airados, y aunque su vestimenta esté arreglada con esmero, arrastrarán la ropa y descuidarán por completo su aspecto; aunque el peinado de sus cabellos, naturales o peinados con arte, no resulte deforme, se eriza con el estado de ánimo; se hinchan las venas; el pecho se agita con una respiración acelerada, el estallido rabioso de la voz hinchará el cuello; entonces los miembros temblorosos, las manos inquietas, la agitación de todo el cuerpo.

4. ¿Cómo crees que está por dentro el alma cuya imagen exterior es tan repugnante? ¡Cuánto más terrible es su expresión dentro del pecho, más violenta su respiración, más impetuoso su arrebato, que la reventará si no sale!

5. ¿Cómo es el aspecto de los enemigos o de las fieras que chorrean sangre de la matanza o que van hacia ella, cómo son los monstruos infernales que los poetas imaginaron ceñidos de serpientes y de aliento ígneo, cómo son las diosas más horrendas que salen del infierno para incitar a las guerras, dividir a los pueblos en discordia y destrozar la paz? Imaginemos así la ira, con los ojos ardiendo en llamas, resonando con silbidos, rugidos, gemidos y chirridos y si hay alguna voz más odiosa que estas, agitando armas con ambas manos (pues no le importa protegerse), torva y sanguinaria y llena de cicatrices y amoratada por sus propios golpes, con paso de loca, envuelta en espesa niebla, arremetiendo, devastando y ahuyentando, y esforzándose por el odio de todos, especialmente el suyo propio, deseando derribar tierras, mares y cielo si no puede dañar de otro modo, igualmente hostil y odiada.

6. O, si se prefiere, que sea como está en nuestros poetas: Belona agitando con la diestra un látigo ensangrentado, o Discordia que marcha gozosa con su manto desgarrado, o si puede imaginarse algún aspecto más espantoso de tan espantosa pasión.

CAPÍTULO XXXVI. 1. A algunos, como dice Sextio, les sirvió mirarse al espejo cuando estaban airados. Les perturbó tanto su propia transformación; como conducidos a una realidad presente, no se reconocieron: ¡y qué pequeña parte de la verdadera deformidad devolvía aquella imagen reflejada en el espejo!

2. Si el alma pudiera mostrarse y brillar a través de algún material, confundiría al observador, negra y manchada, ardiente, retorcida e hinchada. Si ahora mismo es tanta su deformidad cuando se manifiesta a través de huesos, carne y tantos obstáculos, ¿qué pasaría si se mostrara desnuda?

3. Sin duda, creerás que nadie se ha dejado disuadir de la ira por un espejo. ¿Entonces qué? El que había venido al espejo para cambiar, ya había cambiado: para los airados no hay imagen más hermosa que la terrible y horrorosa, tal como quieren ser incluso para ser vistos.

4. Más bien hay que ver esto: a cuántos ha dañado la ira por sí misma. Unos, por el excesivo ardor, se reventaron las venas, y un grito lanzado con fuerza superior a sus capacidades les hizo expulsar sangre y ofuscó la agudeza de sus ojos cuando el líquido salió expulsado con demasiada violencia hacia ellos, y los enfermos recayeron en sus dolencias. No hay camino más rápido hacia la locura.

5. Así pues, muchos prolongaron el furor de la ira y nunca recuperaron la razón que habían expulsado: el furor llevó a Áyax a la muerte, la ira al furor. Se maldicen a sí mismos con la muerte de sus hijos, la pobreza para ellos, la ruina de su casa, y niegan estar airados no menos que los locos niegan estar locos. Se vuelven enemigos de sus mejores amigos, evitan a sus seres más queridos, olvidan las leyes salvo cuando les hacen daño, se agitan por las cosas más pequeñas, no se les puede abordar ni con palabras ni con favores, hacen todo por la fuerza, preparados para luchar con espadas y para abalanzarse.

6. Pues se ha apoderado de ellos el mayor de los males, que supera a todos los vicios. Los demás entran poco a poco; la fuerza de este es repentina y total. En fin, somete a todos los demás afectos: vence al amor más ardiente, por eso atravesaron los cuerpos amados y yacieron en el abrazo de quienes habían matado; la ira pisoteó a la avaricia, mal durísimo e inflexible, obligándola a dispersar sus riquezas y prender fuego a la casa y a los bienes reunidos en un solo lugar. ¿Qué más? ¿Acaso el ambicioso no arrojó las insignias que tenía en gran estima y rechazó el honor que se le ofrecía? No hay afecto sobre el que la ira no domine.

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