
Novela rusa
1809 – 1852 · Ucrania, San Petersburgo y Roma
Quemó la segunda parte de su obra maestra diez días antes de morir, después de ayunar hasta consumirse. Tenía cuarenta y dos años.
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Nació en una aldea de la actual Ucrania, hijo de un pequeño terrateniente aficionado al teatro. Llegó a San Petersburgo a los diecinueve años con la idea de ser funcionario o actor, y no fue ninguna de las dos cosas: sus cuentos ucranianos —«Veladas en un caserío cerca de Dikanka», 1831— lo hicieron célebre de golpe.
De ahí salieron los relatos de San Petersburgo, «La nariz» y «El capote» entre ellos, y la comedia «El inspector» (1836), que le trajo tantos enemigos que se marchó de Rusia. Pasó doce años fuera, casi todos en Roma, escribiendo «Almas muertas» (1842) a distancia del país que retrataba.
El final es de sus propios libros. Convencido por un confesor de que su literatura era pecado, quemó el manuscrito de la segunda parte de «Almas muertas», dejó de comer y murió diez días después, en Moscú, en febrero de 1852.
La Rusia de Nicolás I era un imperio gobernado por papeles: catorce grados de funcionarios en una Tabla de Rangos que decidía cómo te trataban, cómo te llamaban y qué abrigo podías llevar. Gógol trabajó de escribiente y lo vio desde dentro. Sus relatos no critican esa maquinaria: la cuentan como si fuera lo normal, que es lo que la vuelve insoportable.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
Se le lee como a un humorista y se termina con una desolación que no se sabe de dónde ha salido. La técnica es no avisar: el narrador cuenta la desgracia con el mismo tono con que cuenta un chisme.
Antes de Gógol, el escribiente de nueve grados era un figurante. Él lo pone en el centro y descubre que dentro cabe una vida entera, aunque quepa entera en un abrigo.
A nadie de «La nariz» le extraña lo esencial: lo que escandaliza es el protocolo. Ese desajuste entre lo enorme y lo administrativo es el hallazgo que se llevaron Kafka y todo el siglo XX.
En Gógol un objeto —un abrigo, una nariz, una lista de siervos muertos— tiene más iniciativa que las personas, y acaba decidiendo por ellas.
Empieza por «El capote». Son cuarenta páginas y explican el resto: un copista al que le roban el abrigo que le costó media vida ahorrar. De ahí sale, según la frase que se le atribuye a Dostoievski, toda la literatura rusa posterior.
Después, «La nariz», que es el mismo mundo contado como una barbaridad divertidísima: a un funcionario se le escapa la nariz y la encuentra paseando en carroza, con un rango superior al suyo.
Si te enganchan, «Almas muertas» es el paso siguiente, y es una novela cómica sobre un hombre que compra siervos difuntos.
Están aquí los dos relatos de San Petersburgo más leídos. Falta «Almas muertas», su novela; «El inspector», su comedia; y los otros cuentos petersburgueses, «El retrato», «La avenida Nevski» y «Diario de un loco».
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Nikolái Gógol, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Nació en Ucrania, escribió en ruso y sus primeros libros son de tema ucraniano. Las dos literaturas lo reclaman, y las dos tienen razones.
Por una frase atribuida a Dostoievski. Sea suya o no, describe bien lo que pasó: con Akaki Akákievich, el don nadie entra en la literatura rusa para quedarse.
No, y es deliberado. El propio narrador se encoge de hombros en el último párrafo. Pedirle sentido es caer en la trampa.
Sí, la segunda parte de «Almas muertas», en febrero de 1852. Se conservan unos pocos capítulos de una versión anterior.
Por «El inspector» o «Almas muertas». Y por Dostoievski, que empezó escribiendo a su sombra.