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Parte 3III — La liberación

La metamorfosis · Franz Kafka · 34 min de lectura

La grave herida de Gregor, que le hizo sufrir durante más de un mes —la manzana quedó clavada en la carne como recuerdo visible, pues nadie se atrevía a quitarla—, pareció recordar incluso al padre que Gregor, a pesar de su actual figura triste y repugnante, era un miembro de la familia al que no se debía tratar como a un enemigo, sino ante el cual era obligación familiar tragar la repugnancia y soportarlo, nada más que soportarlo.

Y aunque ahora Gregor, a causa de su herida, había perdido probablemente para siempre movilidad y por el momento necesitaba largos, largos minutos para cruzar su habitación como un viejo inválido —ni pensar en trepar por las alturas—, obtuvo a cambio de este empeoramiento de su estado una compensación que en su opinión era completamente suficiente: hacia el atardecer se abría la puerta del salón, que él solía observar atentamente ya una o dos horas antes, de modo que, tumbado en la oscuridad de su cuarto e invisible desde el salón, podía ver a toda la familia en la mesa iluminada y escuchar sus conversaciones, en cierto modo con permiso general, es decir, de un modo completamente distinto a como había sido antes.

Desde luego ya no eran las animadas conversaciones de tiempos pasados, en las que Gregor siempre había pensado con cierta añoranza cuando, cansado, tenía que dejarse caer en la ropa de cama húmeda de las pequeñas habitaciones de hotel. Ahora todo transcurría casi siempre en silencio. El padre se dormía poco después de la cena en su sillón; la madre y la hermana se exhortaban mutuamente al silencio; la madre, muy inclinada sobre la luz, cosía lencería fina para una tienda de modas; la hermana, que había aceptado un puesto de dependienta, estudiaba por las noches taquigrafía y francés para alcanzar quizá más adelante un empleo mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había dormido, le decía a la madre: «Cuánto tiempo llevas ya otra vez cosiendo», y volvía a dormirse enseguida, mientras madre e hermana se sonreían mutuamente con cansancio.

Con una especie de terquedad el padre se negaba a quitarse el uniforme de ordenanza incluso en casa; y mientras el batín colgaba inútil de la percha, el padre dormitaba completamente vestido en su sitio, como si estuviera siempre dispuesto para el servicio y esperara también allí la voz del superior. Como consecuencia, el uniforme, que ya no era nuevo desde el principio, perdía limpieza a pesar de todos los cuidados de la madre y la hermana, y Gregor miraba a menudo noches enteras aquella prenda llena de manchas por todas partes, que relucía con sus botones dorados siempre pulidos, en la que el viejo dormía de la forma más incómoda y sin embargo tranquilo.

En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre con suaves palabras y luego persuadirlo de que se fuera a la cama, pues aquello no era un sueño verdadero y este era algo que el padre, que tenía que entrar de servicio a las seis, necesitaba con urgencia. Pero con la terquedad que se había apoderado de él desde que era ordenanza, insistía siempre en quedarse más tiempo junto a la mesa, aunque se dormía regularmente, y además solo se le podía convencer con el mayor esfuerzo de cambiar el sillón por la cama. Por mucho que madre e hermana insistieran con pequeñas exhortaciones, durante un cuarto de hora movía lentamente la cabeza, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba de la manga, le decía palabras cariñosas al oído, la hermana abandonaba su tarea para ayudar a la madre, pero en el padre aquello no surtía efecto. Se hundía aún más en su sillón. Solo cuando las mujeres lo agarraban por las axilas abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana y solía decir: «Esto es vida. Este es el descanso de mis viejos días». Y apoyándose en las dos mujeres se levantaba, aparatosamente, como si fuera para sí mismo la carga más pesada, se dejaba llevar por las mujeres hasta la puerta, allí las despedía con un gesto y seguía solo, mientras la madre arrojaba rápidamente su costura y la hermana su pluma para correr detrás del padre y seguir ayudándolo.

¿Quién tenía tiempo en esta familia agotada y extenuada de ocuparse de Gregor más de lo estrictamente necesario? La economía doméstica se redujo cada vez más; finalmente despidieron a la criada; una enorme asistenta huesuda con pelo blanco que revoloteaba alrededor de su cabeza venía por las mañanas y por las tardes para hacer el trabajo más pesado; todo lo demás lo hacía la madre además de su mucha labor de costura. Incluso ocurrió que vendieron varias joyas de familia que antes la madre y la hermana habían llevado felices en reuniones y celebraciones, como se enteró Gregor por la noche en la discusión general sobre los precios obtenidos. Pero la mayor queja era siempre que no se podía dejar este piso demasiado grande para las circunstancias actuales, ya que no era imaginable cómo se podría trasladar a Gregor. Pero Gregor comprendía bien que no era solo la consideración hacia él lo que impedía la mudanza, pues a él lo habrían podido transportar fácilmente en una caja apropiada con un par de agujeros de ventilación; lo que principalmente impedía a la familia el cambio de vivienda era más bien la total desesperanza y la idea de que habían sido golpeados por una desgracia como nadie más en todo el círculo de parientes y conocidos. Lo que el mundo exige a la gente pobre lo cumplían hasta el extremo: el padre traía el desayuno a los pequeños empleados del banco, la madre se sacrificaba lavando ropa ajena, la hermana corría de un lado a otro del mostrador según las órdenes de los clientes, pero más allá de esto las fuerzas de la familia ya no alcanzaban. Y la herida en la espalda empezaba a dolerle a Gregor como si fuera nueva cuando madre e hermana, después de haber acostado al padre, regresaban ahora, dejaban el trabajo, se acercaban la una a la otra, ya sentadas mejilla con mejilla; cuando ahora la madre, señalando el cuarto de Gregor, decía: «Cierra ahí la puerta, Grete», y cuando luego Gregor volvía a estar en la oscuridad, mientras al lado las mujeres mezclaban sus lágrimas o incluso miraban la mesa sin lágrimas.

Las noches y los días los pasaba Gregor casi sin dormir en absoluto. A veces pensaba en volver a tomar en sus manos los asuntos de la familia exactamente como antes la próxima vez que se abriera la puerta; en sus pensamientos aparecían de nuevo después de mucho tiempo el jefe y el gerente, los dependientes y los aprendices, el botones tan corto de entendederas, dos o tres amigos de otros negocios, una camarera de un hotel de provincias, un recuerdo querido y fugaz, una cajera de una sombrerería a la que había cortejado seriamente pero demasiado despacio —todos aparecían mezclados con extraños o con gente ya olvidada, pero en lugar de ayudarlo a él y a su familia, todos eran inaccesibles, y se alegraba cuando desaparecían. Pero después ya no estaba de ningún modo de humor para preocuparse por su familia, solo lo llenaba rabia por el mal cuidado, y aunque no podía imaginar nada que le despertara apetito, hacía sin embargo planes de cómo podría llegar a la despensa para tomar allí lo que de todos modos le correspondía, aunque no tuviera hambre. Sin pensar ya más en qué se le podría hacer a Gregor un favor especial, la hermana empujaba apresuradamente con el pie, antes de irse por las mañanas y al mediodía al negocio, cualquier comida en el cuarto de Gregor, para por la tarde, indiferente a si la comida quizá solo había sido probada o —el caso más frecuente— había quedado completamente intacta, barrerla de un escobazo. El arreglo del cuarto, que ahora hacía siempre por las tardes, no podía hacerse con más rapidez. Rayas de suciedad se extendían por las paredes, aquí y allá había ovillos de polvo y basura. Al principio Gregor se colocaba cuando llegaba la hermana en rincones especialmente significativos en ese sentido, para hacerle de algún modo un reproche con esa posición. Pero habría podido quedarse allí semanas enteras sin que la hermana mejorara; ella veía la suciedad exactamente igual que él, pero había decidido simplemente dejarla. Al mismo tiempo vigilaba con una susceptibilidad completamente nueva en ella, que por lo demás se había apoderado de toda la familia, que la limpieza del cuarto de Gregor le quedara reservada a ella. Una vez la madre había sometido el cuarto de Gregor a una gran limpieza que solo había logrado después de consumir varios cubos de agua —la mucha humedad molestó desde luego también a Gregor y él yacía ancho, amargado e inmóvil sobre el canapé—, pero el castigo no faltó para la madre. Pues apenas la hermana notó por la tarde el cambio en el cuarto de Gregor cuando, sumamente ofendida, corrió al salón y, a pesar de las manos implorantes de la madre, estalló en un ataque de llanto al que los padres —el padre había sido naturalmente sobresaltado de su sillón— primero miraron asombrados e impotentes; hasta que también ellos empezaron a agitarse; el padre le hacía reproches a la derecha a la madre por no dejar la limpieza del cuarto de Gregor a la hermana; a la izquierda en cambio le gritaba a la hermana que nunca más volvería a limpiar el cuarto de Gregor; mientras la madre intentaba arrastrar al dormitorio al padre, que ya no se conocía de la excitación; la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños; y Gregor siseaba fuerte de rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta y ahorrarle este espectáculo y este ruido.

Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo profesional, se había cansado de cuidar de Gregor como antes, no por eso habría tenido que intervenir la madre y Gregor no habría tenido que ser descuidado. Pues ahora estaba la asistenta. Esta vieja viuda, que en su larga vida debía de haber superado lo peor con ayuda de su fuerte osamenta, no sentía verdadera repugnancia hacia Gregor. Sin ser en absoluto curiosa, había abierto por casualidad una vez la puerta del cuarto de Gregor y ante la visión de Gregor, que, completamente sorprendido aunque nadie lo perseguía, empezó a correr de un lado a otro, se había quedado quieta admirada con las manos cruzadas en el regazo. Desde entonces no dejaba de abrir siempre fugazmente por las mañanas y por las tardes la puerta un poco y mirar dentro hacia Gregor. Al principio también lo llamaba con palabras que probablemente consideraba amistosas, como «Ven aquí, viejo escarabajo pelotero» o «Mirad al viejo escarabajo pelotero». A tales interpelaciones Gregor no respondía nada, sino que permanecía inmóvil en su sitio, como si la puerta no se hubiera abierto. ¡Si le hubieran dado a esta asistenta la orden de limpiar su cuarto diariamente, en lugar de dejar que lo molestara inútilmente según su capricho! Una vez por la mañana temprano —una lluvia violenta, quizá ya señal de la primavera que se acercaba, golpeaba los cristales— Gregor estaba tan irritado cuando la asistenta empezó de nuevo con sus frases, que se volvió hacia ella como para atacar, aunque lento y decrépito. Pero la asistenta, en lugar de asustarse, simplemente levantó en alto una silla que estaba cerca de la puerta, y como se quedó allí con la boca muy abierta, su intención estaba clara: solo cerraría la boca cuando la silla en su mano cayera sobre la espalda de Gregor. «¿Así que no seguimos?», preguntó cuando Gregor se dio vuelta otra vez, y volvió a colocar tranquilamente la silla en el rincón.

Gregor ahora casi ya no comía nada. Solo cuando pasaba casualmente junto a la comida preparada tomaba por juego un bocado en la boca, lo mantenía allí durante horas y después casi siempre lo escupía otra vez. Al principio pensó que era la tristeza por el estado de su cuarto lo que lo apartaba de la comida, pero precisamente con los cambios del cuarto se reconcilió muy pronto. Se habían acostumbrado a meter en este cuarto cosas que no se podían ubicar en otra parte, y ahora había muchas de esas cosas, pues habían alquilado una habitación del piso a tres huéspedes. Estos señores serios —los tres tenían barba completa, como Gregor comprobó una vez por una rendija de la puerta— estaban meticulosamente preocupados por el orden, no solo en su habitación, sino, ya que se habían instalado aquí, en toda la casa, por lo tanto especialmente en la cocina. No soportaban trastos inútiles y mucho menos sucios. Además habían traído en su mayor parte sus propios muebles. Por esa razón muchas cosas se habían vuelto superfluas, que ciertamente no eran vendibles pero que tampoco se querían tirar. Todas estas emigraron al cuarto de Gregor. También el cajón de las cenizas y el cubo de la basura de la cocina. Lo que solo en el momento era inservible, la asistenta, que siempre tenía mucha prisa, simplemente lo arrojaba al cuarto de Gregor; Gregor afortunadamente veía casi siempre solo el objeto en cuestión y la mano que lo sujetaba. Quizá la asistenta tenía la intención de recoger las cosas cuando hubiera tiempo y ocasión o de tirar todas juntas de una vez, pero de hecho quedaban allí tiradas donde habían caído con el primer lanzamiento, salvo que Gregor se retorciera entre los trastos y los pusiera en movimiento, al principio obligado porque no quedaba otro sitio libre para arrastrarse, pero más tarde con creciente placer, aunque después de tales excursiones, muerto de cansancio y triste, volvía a no moverse durante horas.

Como los huéspedes a veces también tomaban su cena en casa en el salón común, la puerta del salón permanecía cerrada algunas tardes, pero Gregor renunciaba con toda facilidad a que se abriera la puerta, pues ya en muchas tardes en que había estado abierta no la había aprovechado, sino que, sin que la familia se diera cuenta, había estado tumbado en el rincón más oscuro de su cuarto. Pero una vez la asistenta había dejado la puerta del salón un poco abierta, y así quedó abierta, incluso cuando los huéspedes entraron por la tarde y se encendió la luz. Se sentaron arriba a la mesa, donde en tiempos anteriores se habían sentado el padre, la madre y Gregor, desplegaron las servilletas y tomaron el cuchillo y el tenedor en la mano. Inmediatamente apareció en la puerta la madre con una fuente de carne y justo detrás de ella la hermana con una fuente de patatas apiladas. La comida humeaba con fuerte vapor. Los huéspedes se inclinaron sobre las fuentes colocadas delante de ellos, como si quisieran examinarlas antes de comer, y de hecho el que estaba sentado en el medio y que parecía valer como autoridad para los otros dos, cortó un trozo de carne todavía en la fuente, evidentemente para comprobar si estaba suficientemente tierna y si no debía ser devuelta a la cocina. Quedó satisfecho, y madre e hermana, que habían mirado tensas, empezaron a sonreír aliviadas.

La familia misma comía en la cocina. A pesar de eso el padre, antes de ir a la cocina, entraba en este cuarto y con una sola reverencia, la gorra en la mano, daba una vuelta alrededor de la mesa. Los huéspedes se levantaban todos y murmuraban algo en sus barbas. Cuando luego quedaban solos, comían casi en completo silencio. A Gregor le parecía extraño que entre todos los variados ruidos de la comida se escucharan siempre de nuevo sus dientes masticando, como si con ello se le quisiera mostrar a Gregor que se necesitan dientes para comer y que tampoco con las más hermosas mandíbulas sin dientes se puede conseguir nada. «Tengo apetito», se decía Gregor preocupado, «pero no de estas cosas. Cómo se alimentan estos huéspedes, ¡y yo me muero de hambre!».

Precisamente esa tarde —Gregor no recordaba haber oído el violín durante todo ese tiempo— sonó desde la cocina. Los huéspedes ya habían terminado su cena, el del medio había sacado un periódico, había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y ahora leían recostados y fumaban. Cuando el violín empezó a tocar se pusieron atentos, se levantaron y fueron de puntillas a la puerta del recibidor, donde se quedaron apretados unos contra otros. Debieron de oírlos desde la cocina, pues el padre gritó: «¿Acaso les molesta la música a los señores? Se puede interrumpir inmediatamente». «Al contrario», dijo el señor del medio, «¿no querría la señorita venir aquí con nosotros y tocar aquí en la habitación, donde es mucho más cómodo y agradable?». «Oh, por favor», exclamó el padre, como si él fuera el violinista. Los señores entraron de nuevo en la habitación y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril, la madre con las partituras y la hermana con el violín. La hermana preparó todo tranquilamente para tocar; los padres, que nunca antes habían alquilado habitaciones y por eso exageraban la cortesía con los huéspedes, no se atrevían ni siquiera a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyaba en la puerta, la mano derecha metida entre dos botones de la levita cerrada; pero la madre recibió de uno de los señores una silla ofrecida y se sentó, como dejó la silla donde el señor la había colocado casualmente, apartada en un rincón.

La hermana empezó a tocar; padre y madre seguían, cada uno desde su lado, atentos los movimientos de sus manos. Gregor, atraído por la música, se había aventurado un poco más adelante y tenía ya la cabeza en el salón. Apenas se sorprendía de que últimamente tuviera tan poca consideración con los demás; antes esa consideración había sido su orgullo. Y sin embargo precisamente ahora habría tenido más motivo para esconderse, pues a causa del polvo que en su cuarto yacía por todas partes y volaba al menor movimiento, también él estaba completamente cubierto de polvo; hilos, pelos, restos de comida arrastraba sobre su espalda y por los costados; su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para que se hubiera tumbado de espaldas y restregado contra la alfombra, como antes varias veces al día. Y a pesar de este estado no tenía vergüenza de avanzar un trecho sobre el impecable suelo del salón.

Sin embargo nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta en el violín; los huéspedes en cambio, que al principio, con las manos en los bolsillos del pantalón, se habían colocado demasiado cerca detrás del atril de la hermana, de modo que todos habrían podido ver las notas, lo que seguramente debía molestar a la hermana, pronto se retiraron hacia la ventana con conversaciones a media voz y cabezas inclinadas, donde permanecieron, observados con preocupación por el padre. Realmente tenía ahora la apariencia más que evidente de que, en su suposición de escuchar un violín hermoso o entretenido, habían quedado decepcionados, estaban hartos de toda la representación y solo por cortesía se dejaban molestar aún en su tranquilidad. Especialmente la manera en que todos expulsaban el humo de sus cigarros hacia arriba por la nariz y la boca permitía deducir gran nerviosismo. Y sin embargo la hermana tocaba tan hermosamente. Su rostro estaba inclinado hacia un lado, escrutadores y tristes sus ojos seguían las líneas de las notas. Gregor se arrastró aún un trecho más adelante y mantuvo la cabeza pegada al suelo para poder encontrarse posiblemente con sus miradas. ¿Era un animal, si la música lo conmovía así? Le parecía como si se le mostrara el camino hacia el alimento ansiado desconocido. Estaba decidido a avanzar hasta la hermana, tirarle de la falda y con eso indicarle que viniera por favor con su violín a su cuarto, pues nadie aquí recompensaba la música como él quería recompensarla. No quería dejarla salir más de su cuarto, al menos mientras viviera; su figura espantosa le sería útil por primera vez; quería estar simultáneamente en todas las puertas de su cuarto y bufar contra los atacantes; pero la hermana no debía quedarse forzada, sino voluntariamente; debía sentarse junto a él en el canapé, inclinar la oreja hacia él, y entonces él le confiaría que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio, y que esto, si la desgracia no se hubiera interpuesto, lo habría dicho a todos las pasadas Navidades —¿acaso no habían pasado ya las Navidades?— sin preocuparse de objeciones de ninguna clase. Después de esta explicación la hermana estallaría en lágrimas de emoción, y Gregor se alzaría hasta su hombro y le besaría el cuello, que, desde que iba al negocio, llevaba libre sin cinta ni cuello.

«¡Señor Samsa!», gritó el huésped del medio dirigiéndose al padre y, sin perder más palabras, señaló con el dedo índice a Gregor, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció, el huésped del medio primero sonrió a sus amigos moviendo la cabeza y luego volvió a mirar a Gregor. Al padre le pareció más necesario calmar a los huéspedes en lugar de ahuyentar a Gregor, a pesar de que ellos no estaban nada alterados y Gregor parecía entretenerlos más que la música del violín. Se apresuró hacia ellos e intentó empujarlos con los brazos extendidos hacia su habitación y al mismo tiempo taparles con su cuerpo la vista de Gregor. Entonces se enfadaron un poco de verdad, ya no se sabía si por el comportamiento del padre o por darse cuenta ahora de que, sin saberlo, habían tenido un vecino de habitación como Gregor. Exigieron explicaciones al padre, levantaron los brazos a su vez, se tironearon nerviosamente las barbas y retrocedieron hacia su habitación solo con lentitud. Mientras tanto la hermana había superado el desconcierto en el que había caído tras interrumpirse bruscamente la música; después de sostener durante un rato el violín y el arco en las manos colgando con desidia y de seguir mirando la partitura como si aún estuviera tocando, de pronto se rehízo, dejó el instrumento sobre el regazo de la madre, que seguía sentada en su silla con dificultades para respirar y los pulmones trabajando violentamente, y corrió a la habitación contigua, a la que los huéspedes se acercaban ya más rápido bajo la presión del padre. Se vio cómo bajo las manos expertas de la hermana las mantas y almohadones de las camas volaban por el aire y se ordenaban. Antes de que los señores hubieran alcanzado la habitación, ella había terminado de hacer las camas y se escabulló afuera. El padre parecía de nuevo tan poseído por su obstinación que olvidaba todo el respeto que en definitiva debía a sus inquilinos. Solo empujaba y empujaba, hasta que ya en la puerta de la habitación el huésped del medio dio una patada en el suelo con estruendo y así hizo que el padre se detuviera. «Declaro por la presente», dijo levantando la mano y buscando con la mirada también a la madre y a la hermana, «que en consideración a las repugnantes condiciones imperantes en esta vivienda y en esta familia» —aquí escupió con decisión en el suelo— «cancelo mi habitación de inmediato. Naturalmente tampoco pagaré lo más mínimo por los días que he vivido aquí; en cambio me lo pensaré si presento contra ustedes alguna reclamación —créanme— muy fácil de fundamentar». Calló y miró fijamente al frente, como si esperara algo. En efecto, sus dos amigos intervinieron enseguida con las palabras: «Nosotros también cancelamos de inmediato». Entonces él agarró el picaporte y cerró la puerta de un golpe.

El padre se tambaleó con las manos tanteando hacia su sillón y se dejó caer en él; parecía como si se estirara para su acostumbrada siesta vespertina, pero el fuerte cabeceo de su cabeza como sin sostén mostraba que no dormía en absoluto. Gregor había permanecido todo el tiempo quieto en el lugar donde los huéspedes lo habían sorprendido. La decepción por el fracaso de su plan, pero quizá también la debilidad causada por tanta hambre le hacían imposible moverse. Temía con cierta seguridad que al momento siguiente se desencadenaría sobre él un derrumbe general y esperaba. Ni siquiera el violín lo sobresaltó cuando, de entre los dedos temblorosos de la madre, cayó de su regazo y emitió un tono resonante.

«Queridos padres», dijo la hermana golpeando con la mano sobre la mesa a modo de introducción, «esto no puede seguir así. Si vosotros quizá no lo entendéis, yo sí lo entiendo. No quiero pronunciar el nombre de mi hermano ante este bicho y por eso solo digo: tenemos que intentar deshacernos de él. Hemos intentado lo humanamente posible para cuidarlo y soportarlo, creo que nadie puede hacernos el menor reproche».

«Tiene toda la razón», dijo el padre para sí. La madre, que aún no conseguía recuperar el aliento, empezó a toser sordamente con una expresión enloquecida en los ojos, llevándose la mano delante.

La hermana corrió hacia la madre y le sostuvo la frente. El padre parecía haber llegado a pensamientos más definidos gracias a las palabras de la hermana; se había incorporado, jugaba con su gorra de ordenanza entre los platos que aún quedaban sobre la mesa de la cena de los huéspedes y miraba de vez en cuando al silencioso Gregor.

«Tenemos que intentar deshacernos de él», dijo la hermana ahora dirigiéndose exclusivamente al padre, pues la madre no oía nada con su tos, «os va a matar a los dos, lo veo venir. Cuando ya se tiene que trabajar tan duro como todos nosotros, no se puede soportar además en casa este tormento eterno. Yo tampoco puedo más». Y rompió a llorar con tal violencia que sus lágrimas cayeron sobre el rostro de la madre, de donde ella las limpiaba con movimientos mecánicos de las manos.

«Hija», dijo el padre con compasión y notable comprensión, «pero ¿qué podemos hacer?»

La hermana solo se encogió de hombros en señal de la perplejidad que ahora, durante el llanto, se había apoderado de ella en contraste con su seguridad anterior.

«Si él nos entendiera», dijo el padre medio preguntando; la hermana sacudió violentamente la mano desde el llanto en señal de que eso era impensable.

«Si él nos entendiera», repitió el padre y cerró los ojos para asumir la convicción de la hermana sobre la imposibilidad de ello, «entonces quizá sería posible un acuerdo con él. Pero así...»

«Tiene que irse», gritó la hermana, «ese es el único medio, padre. Solo tienes que intentar deshacerte de la idea de que es Gregor. Que lo hayamos creído durante tanto tiempo, esa es justamente nuestra verdadera desgracia. ¿Pero cómo puede ser Gregor? Si fuera Gregor, hace tiempo habría comprendido que no es posible la convivencia de personas con un animal semejante, y se habría marchado voluntariamente. Entonces no tendríamos hermano, pero podríamos seguir viviendo y honrar su recuerdo. Pero así este bicho nos persigue, expulsa a los huéspedes, evidentemente quiere ocupar toda la vivienda y dejarnos pasar la noche en la calle. Mira solo, padre», gritó de pronto, «¡ya empieza otra vez!» Y con un terror totalmente incomprensible para Gregor, la hermana abandonó incluso a la madre, se apartó literalmente de su sillón, como si prefiriera sacrificar a la madre antes que permanecer cerca de Gregor, y corrió detrás del padre, que, excitado únicamente por su comportamiento, también se levantó y alzó a medias los brazos como para proteger a la hermana delante de ella.

Pero a Gregor no se le ocurría en absoluto querer asustar a nadie y menos aún a su hermana. Solo había empezado a darse la vuelta para regresar a su habitación, y eso sin duda tenía un aspecto llamativo, ya que a causa de su estado enfermizo tenía que ayudarse con la cabeza en los difíciles giros, para lo cual la levantaba muchas veces y la golpeaba contra el suelo. Se detuvo y miró alrededor. Su buena intención parecía haber sido reconocida; solo había sido un susto momentáneo. Ahora todos lo miraban en silencio y con tristeza. La madre yacía en su sillón con las piernas estiradas y juntas, los ojos se le cerraban casi de agotamiento; el padre y la hermana estaban sentados uno al lado del otro, la hermana había puesto su mano alrededor del cuello del padre.

«Ahora quizá ya pueda darme la vuelta», pensó Gregor y reanudó su trabajo. No podía reprimir el jadeo del esfuerzo y tenía que descansar de vez en cuando. Por lo demás tampoco nadie lo apuraba, todo quedaba librado a él mismo. Cuando hubo completado el giro, empezó enseguida a caminar de vuelta en línea recta. Se asombró de la gran distancia que lo separaba de su habitación, y no comprendía en absoluto cómo con su debilidad poco antes había recorrido el mismo camino casi sin darse cuenta. Concentrado únicamente en arrastrarse rápido, apenas notaba que ninguna palabra, ningún grito de su familia lo molestaba. Solo cuando ya estaba en la puerta giró la cabeza, no del todo, pues sentía el cuello ponerse rígido, pero aun así vio que detrás de él nada había cambiado, solo la hermana se había levantado. Su última mirada rozó a la madre, que ahora estaba completamente dormida.

Apenas estuvo dentro de su habitación, la puerta fue cerrada apresuradamente, atrancada y cerrada con llave. Por el ruido repentino a sus espaldas Gregor se asustó tanto que las patitas se le doblaron. Era la hermana la que se había apresurado tanto. Ya estaba de pie esperando, luego había saltado ágilmente hacia adelante, Gregor ni siquiera la había oído venir, y un «¡Por fin!» gritó ella a los padres mientras giraba la llave en la cerradura.

«¿Y ahora?», se preguntó Gregor y miró a su alrededor en la oscuridad. Pronto hizo el descubrimiento de que ya no podía moverse en absoluto. No se extrañó de ello, más bien le pareció antinatural haber podido desplazarse hasta ahora realmente con esas patitas delgadas. Por lo demás se sentía relativamente a gusto. Tenía dolores en todo el cuerpo, pero le parecía como si se fueran volviendo poco a poco más débiles y fueran a desaparecer finalmente por completo. La manzana podrida en su espalda y la zona inflamada alrededor, cubiertas del todo de polvo blando, casi ya no las sentía. Pensaba en su familia con ternura y amor. Su opinión de que debía desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de reflexión vacía y apacible permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Todavía vivió el comienzo del amanecer general fuera, ante la ventana. Luego su cabeza se hundió del todo sin su voluntad, y de sus orificios nasales brotó débilmente su último aliento.

Cuando a primera hora de la mañana vino la asistenta —por pura fuerza y prisa golpeaba todas las puertas de tal modo, aunque ya se le había pedido muchas veces que lo evitara, que en toda la vivienda desde su llegada ya no era posible dormir tranquilo—, en su habitual breve visita a Gregor no encontró al principio nada especial. Pensó que él yacía tan inmóvil a propósito y se hacía el ofendido; le atribuía todo tipo de inteligencia. Como por casualidad tenía el cepillo largo en la mano, intentó hacerle cosquillas a Gregor con él desde la puerta. Como tampoco así se obtuvo resultado, se irritó y lo pinchó un poco, y solo cuando lo hubo empujado de su sitio sin ninguna resistencia se volvió atenta. Al reconocer pronto el verdadero estado de las cosas, abrió mucho los ojos, silbó para sí, pero no se entretuvo mucho, sino que abrió de golpe la puerta del dormitorio y gritó con voz fuerte en la oscuridad: «Vengan a ver, está reventado; ahí está, completamente reventado».

El matrimonio Samsa estaba sentado erguido en la cama matrimonial y tuvo que hacer un esfuerzo para superar el susto causado por la asistenta antes de poder comprender su anuncio. Pero luego el señor y la señora Samsa salieron de la cama apresuradamente, cada uno por su lado; el señor Samsa se echó la manta sobre los hombros, la señora Samsa salió solo en camisón; así entraron en la habitación de Gregor. Mientras tanto también se había abierto la puerta del salón, en el que Grete dormía desde la llegada de los huéspedes; estaba completamente vestida, como si no hubiera dormido, también su rostro pálido parecía demostrarlo. «¿Muerto?», dijo la señora Samsa y miró interrogativamente a la asistenta, aunque podía comprobarlo todo ella misma e incluso reconocerlo sin comprobación. «Eso creo yo», dijo la asistenta y empujó con el cepillo el cadáver de Gregor un buen trecho de lado como prueba. La señora Samsa hizo un movimiento como si quisiera retener el cepillo, pero no lo hizo. «Bueno», dijo el señor Samsa, «ahora podemos dar gracias a Dios». Se santiguó, y las tres mujeres siguieron su ejemplo. Grete, que no apartaba la vista del cadáver, dijo: «Mirad qué delgado estaba. Hacía ya tanto tiempo que no comía nada. Tal como entraba la comida, volvía a salir». En efecto, el cuerpo de Gregor estaba completamente plano y seco; solo ahora se reconocía realmente, ya que no lo levantaban las patitas y tampoco nada más distraía la mirada.

«Ven, Grete, un ratito con nosotros», dijo la señora Samsa con una sonrisa melancólica, y Grete entró en el dormitorio detrás de los padres, no sin volver a mirar el cadáver. La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la ventana. A pesar de ser temprano por la mañana, al aire fresco ya se le mezclaba algo de tibieza. Ya era finales de marzo.

De su habitación salieron los tres huéspedes y buscaron asombrados su desayuno; se habían olvidado de ellos. «¿Dónde está el desayuno?», preguntó malhumorado el huésped del medio a la asistenta. Pero esta se llevó el dedo a los labios y luego les hizo señas apresuradas y en silencio para que vinieran a la habitación de Gregor. Vinieron también y entonces se quedaron de pie, con las manos en los bolsillos de sus chaquetas algo gastadas, alrededor del cadáver de Gregor en la habitación que ya estaba del todo iluminada.

Entonces se abrió la puerta del dormitorio y apareció el señor Samsa con su librea, del un brazo su mujer, del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; Grete apretaba de vez en cuando el rostro contra el brazo del padre.

«Abandonen mi vivienda inmediatamente», dijo el señor Samsa y señaló la puerta sin soltar a las mujeres. «¿Cómo dice?», dijo el huésped del medio algo desconcertado y sonrió con dulzura. Los otros dos mantenían las manos a la espalda y se las frotaban sin cesar, como en alegre expectativa de una gran disputa que sin embargo debía resultar favorable para ellos. «Lo digo exactamente como lo digo», respondió el señor Samsa y avanzó en línea con sus dos acompañantes hacia el huésped. Este primero se quedó quieto mirando al suelo, como si las cosas se reordenaran en su cabeza. «Entonces nos vamos», dijo luego y miró al señor Samsa, como si en una humildad que de pronto se había apoderado de él necesitara una nueva aprobación incluso para esta decisión. El señor Samsa solo le asintió brevemente varias veces con ojos muy abiertos. Tras esto el señor se dirigió efectivamente enseguida con pasos largos al recibidor; sus dos amigos habían escuchado un ratito con las manos del todo quietas y ahora saltaron directamente tras él, como con miedo de que el señor Samsa pudiera entrar antes que ellos en el recibidor y perturbar la conexión con su líder. En el recibidor los tres tomaron sus sombreros del perchero, sacaron sus bastones del bastoncero, se inclinaron en silencio y abandonaron la vivienda. Con una desconfianza que, como se demostró, era del todo infundada, el señor Samsa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados en la barandilla, observaron cómo los tres señores bajaban la larga escalera lentamente pero sin pausa, desaparecían en cada piso en un determinado recodo de la escalera y al cabo de unos instantes volvían a aparecer; cuanto más abajo llegaban, más perdía la familia Samsa el interés en ellos, y cuando les salió al encuentro y luego subió muy por encima de ellos un mozo de carnicería con su bandeja sobre la cabeza en porte orgulloso, el señor Samsa abandonó pronto con las mujeres la barandilla y todos regresaron, como aliviados, a su vivienda.

Decidieron dedicar el día de hoy a descansar y pasear; no solo se habían ganado esta interrupción del trabajo, incluso la necesitaban absolutamente. Y así se sentaron a la mesa y escribieron tres cartas de disculpa, el señor Samsa a su dirección, la señora Samsa a su cliente, y Grete a su jefe. Mientras escribían entró la asistenta para decir que se marchaba, pues su trabajo matutino había terminado. Los tres que escribían primero solo asintieron sin levantar la vista; solo cuando la asistenta seguía sin querer marcharse se la miró con irritación. «¿Y bien?», preguntó el señor Samsa. La asistenta estaba sonriente en la puerta, como si tuviera que comunicar a la familia una gran felicidad, pero solo lo haría si la interrogaban a fondo. La pequeña pluma de avestruz casi vertical de su sombrero, que había irritado al señor Samsa durante todo su tiempo de servicio, se balanceaba ligeramente en todas direcciones. «Bueno, ¿qué quiere en realidad?», preguntó la señora Samsa, ante quien la asistenta todavía tenía más respeto. «Sí», respondió la asistenta y no pudo seguir hablando enseguida de risa amistosa, «bueno, sobre cómo hay que deshacerse de la cosa de al lado, no tienen que preocuparse. Ya está arreglado». La señora Samsa y Grete se inclinaron sobre sus cartas como si quisieran seguir escribiendo; el señor Samsa, que notó que la asistenta ahora quería empezar a describirlo todo con detalle, rechazó esto decididamente con la mano extendida. Pero como no se le permitía contar, se acordó de la gran prisa que tenía, gritó evidentemente ofendida: «Adiós a todos», se giró bruscamente y abandonó la vivienda con un portazo terrible.

«Esta tarde será despedida», dijo el señor Samsa, pero no obtuvo respuesta ni de su mujer ni de su hija, pues la asistenta parecía haber perturbado de nuevo su paz recién ganada. Se levantaron, fueron a la ventana y se quedaron allí abrazadas. El señor Samsa se giró en su sillón hacia ellas y las observó en silencio un ratito. Luego gritó: «Bueno, venid ya. Dejad de una vez las cosas viejas. Y tened también un poco de consideración conmigo». Las mujeres le obedecieron enseguida, se apresuraron hacia él, lo acariciaron y terminaron rápidamente sus cartas.

Luego los tres abandonaron juntos la vivienda, cosa que no habían hecho en meses, y tomaron el tranvía eléctrico al campo a las afueras de la ciudad. El vagón, en el que iban solos, estaba todo bañado de sol cálido. Comentaron, reclinados cómodamente en sus asientos, las perspectivas para el futuro, y resultó que estas, miradas más de cerca, no eran nada malas, pues los tres empleos eran, cosa sobre la que en realidad aún no se habían preguntado mutuamente, sumamente favorables y sobre todo muy prometedores para más adelante. La mayor mejora inmediata de la situación debía producirse naturalmente con facilidad mediante un cambio de vivienda; ahora querían tomar un piso más pequeño y barato, pero mejor situado y en general más práctico que el actual, que había sido elegido todavía por Gregor. Mientras conversaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al contemplar a su hija cada vez más animada, cómo en el último tiempo, a pesar de todos los cuidados que habían palidecido sus mejillas, había florecido convirtiéndose en una muchacha hermosa y exuberante. Volviéndose más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaron que ya sería hora de buscarle también un buen marido. Y fue para ellos como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando al final del trayecto la hija fue la primera en levantarse y estiró su joven cuerpo.

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