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Parte 2II — La costumbre y la manzana

La metamorfosis · Franz Kafka · 35 min de lectura

Solo al anochecer despertó Gregor de su pesado sueño semejante a un desmayo. Sin duda habría despertado no mucho más tarde incluso sin que nada lo molestara, pues se sentía suficientemente descansado y recuperado, pero le pareció que lo había despertado un paso fugaz y el cierre cuidadoso de la puerta que daba al recibidor. El resplandor del tranvía eléctrico de la calle aparecía pálido aquí y allá en el techo de la habitación y en las partes más altas de los muebles, pero abajo, donde estaba Gregor, reinaba la oscuridad. Lentamente se arrastró, tanteando todavía torpemente con sus antenas, que ahora comenzaba a apreciar, hacia la puerta, para ver qué había ocurrido allí. Su costado izquierdo parecía una única cicatriz larga y desagradablemente tirante, y tenía que cojear de verdad sobre sus dos hileras de patas. Además, una de sus patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana —era casi un milagro que solo una se hubiera lesionado— y se arrastraba sin vida detrás de él.

Solo al llegar a la puerta notó qué era lo que realmente lo había atraído hasta allí; había sido el olor de algo comestible. Pues allí había un cuenco lleno de leche dulce en el que flotaban pequeños trozos de pan blanco. Casi se echó a reír de alegría, pues tenía aún más hambre que por la mañana, e inmediatamente hundió la cabeza en la leche casi hasta los ojos. Pero pronto la retiró decepcionado; no solo le resultaba difícil comer a causa de su delicado costado izquierdo —y solo podía comer si todo su cuerpo participaba jadeando—, sino que además la leche, que antes era su bebida favorita y que sin duda su hermana le había puesto allí por eso, no le gustaba nada, más bien se apartó del cuenco casi con repugnancia y se arrastró de vuelta al centro de la habitación.

En el salón, como vio Gregor a través de la rendija de la puerta, estaba encendido el gas, pero mientras que a esta hora del día el padre solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico vespertino, ahora no se oía ningún ruido. Bueno, quizá esa lectura en voz alta, de la que su hermana siempre le hablaba y escribía, había caído en desuso últimamente. Pero también alrededor todo estaba tan silencioso, a pesar de que el piso seguramente no estaba vacío. «Qué vida tan tranquila lleva la familia», se dijo Gregor y sintió, mientras miraba fijamente hacia la oscuridad, un gran orgullo de haber podido procurarles a sus padres y a su hermana una vida así en un piso tan hermoso. ¿Pero qué pasaría si ahora toda esa calma, todo ese bienestar, toda esa satisfacción llegaran a un fin terrible? Para no perderse en esos pensamientos, Gregor prefirió ponerse en movimiento y se arrastró de un lado a otro por la habitación.

Una vez durante la larga tarde se abrió una de las puertas laterales, y otra vez la otra, hasta dejar una pequeña rendija, y enseguida volvieron a cerrarse; alguien había tenido sin duda la necesidad de entrar, pero también demasiados reparos. Gregor se detuvo entonces justo junto a la puerta del salón, decidido a hacer entrar de algún modo al visitante indeciso o al menos a averiguar quién era; pero la puerta no volvió a abrirse y Gregor esperó en vano. Por la mañana temprano, cuando las puertas estaban cerradas con llave, todos habían querido entrar a verlo, ahora que él había abierto una puerta y las otras evidentemente habían sido abiertas durante el día, ya no venía nadie, y además las llaves estaban ahora puestas por fuera.

Solo ya muy entrada la noche se apagó la luz del salón, y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana habían estado despiertos hasta entonces, pues como se podía oír claramente, los tres se alejaban ahora de puntillas. Seguro que hasta la mañana ya no vendría nadie a ver a Gregor; así que tenía mucho tiempo para reflexionar sin que lo molestaran sobre cómo debía reorganizar ahora su vida. Pero la habitación alta y despejada, en la que estaba obligado a yacer tendido en el suelo, lo angustiaba sin que pudiera encontrar la causa, pues era su habitación, la que habitaba desde hacía cinco años —y con un movimiento medio inconsciente y no sin cierta vergüenza, se apresuró a meterse debajo del canapé, donde, a pesar de que su espalda quedaba un poco aplastada y de que ya no podía levantar la cabeza, se sintió enseguida muy cómodo y solo lamentó que su cuerpo fuera demasiado ancho para caber por completo debajo del canapé.

Allí permaneció toda la noche, que pasó en parte en un duermevela del que el hambre lo sobresaltaba una y otra vez, y en parte entre preocupaciones y esperanzas vagas, que sin embargo todas conducían a la conclusión de que por el momento debía mantener la calma y con paciencia y la mayor consideración hacer soportables a la familia las molestias que en su estado actual se veía forzado a causarles.

Ya muy temprano por la mañana, cuando todavía era casi de noche, Gregor tuvo ocasión de poner a prueba la fuerza de sus recién tomadas resoluciones, pues desde el recibidor la hermana, casi completamente vestida, abrió la puerta y miró con expectación hacia dentro. No lo encontró enseguida, pero cuando lo vio debajo del canapé —Dios, tenía que estar en algún sitio, no había podido salir volando— se asustó tanto que, sin poder controlarse, volvió a cerrar la puerta de un golpe desde fuera. Pero como arrepintiéndose de su comportamiento, abrió la puerta inmediatamente de nuevo y entró de puntillas, como si estuviera junto a un enfermo grave o incluso junto a un desconocido. Gregor había adelantado la cabeza hasta justo el borde del canapé y la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la leche, y desde luego no por falta de hambre, y traería otra comida que le fuera más apropiada? Si no lo hacía por sí misma, él prefería morir de hambre antes que hacérselo notar, aunque en realidad sentía un impulso enorme de salir disparado de debajo del canapé, echarse a los pies de su hermana y pedirle algo bueno de comer. Pero la hermana notó enseguida con asombro el cuenco todavía lleno, del que solo se había derramado un poco de leche alrededor, lo levantó inmediatamente, aunque no con las manos desnudas sino con un trapo, y lo sacó. Gregor sentía una enorme curiosidad por saber qué traería en su lugar, y se hizo las más diversas conjeturas al respecto. Pero jamás habría podido adivinar lo que la hermana, en su bondad, hizo realmente. Para probar su gusto, le trajo toda una selección de cosas, todo extendido sobre un periódico viejo. Había verduras viejas medio podridas; huesos de la cena recubiertos de salsa blanca endurecida; unas cuantas pasas y almendras; un queso que Gregor había declarado incomible dos días antes; un pan seco, un pan untado con mantequilla y otro pan untado con mantequilla y salado. Además colocó junto a todo esto el cuenco, probablemente destinado ya para siempre a Gregor, en el que había echado agua. Y por delicadeza, sabiendo que Gregor no comería delante de ella, se marchó apresuradamente e incluso giró la llave, para que Gregor pudiera darse cuenta de que podía ponerse tan cómodo como quisiera. Las patitas de Gregor vibraron cuando llegó el momento de comer. Sus heridas, por lo demás, debían de estar ya completamente curadas, no sentía ningún impedimento, se asombró de ello y pensó en cómo hacía más de un mes se había cortado muy levemente el dedo con el cuchillo, y cómo esa herida todavía anteayer le había dolido bastante. «¿Tendré ahora menos sensibilidad?», pensó, y ya chupaba ávidamente el queso, hacia el que se había sentido atraído de inmediato y con insistencia por encima de todos los demás alimentos. Rápidamente uno tras otro y con los ojos llorosos de satisfacción devoró el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, en cambio, no le gustaban, ni siquiera podía soportar su olor e incluso arrastró un poco más lejos las cosas que quería comer. Ya hacía tiempo que había terminado con todo y yacía perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía retirarse, giró lentamente la llave. Eso lo sobresaltó de inmediato, aunque ya estaba casi adormilado, y se apresuró a volver debajo del canapé. Pero le costó gran autodominio permanecer debajo del canapé incluso durante el poco tiempo que la hermana estuvo en la habitación, pues de la abundante comida su cuerpo se había redondeado un poco y apenas podía respirar allí en la estrechez. Entre pequeños ataques de asfixia observaba con los ojos un poco saltones cómo la hermana, sin sospechar nada, con una escoba no solo barrió las sobras, sino incluso los alimentos que Gregor no había tocado en absoluto, como si estos tampoco sirvieran ya, y cómo arrojó todo apresuradamente en un cubo que cerró con una tapa de madera, tras lo cual lo sacó todo. Apenas se había dado la vuelta, Gregor ya salió de debajo del canapé y se estiró e hinchó.

De esta manera Gregor recibía ahora su comida cada día, una vez por la mañana, cuando los padres y la criada todavía dormían, y la segunda vez después del almuerzo general, pues entonces los padres también dormían un rato y la hermana mandaba a la criada con algún recado. Seguramente tampoco ellos querían que Gregor muriera de hambre, pero quizá no habrían soportado enterarse de su comida más que de oídas, o quizá la hermana quería ahorrarles también una pena posiblemente incluso pequeña, pues de hecho ya sufrían bastante.

Con qué excusas habían conseguido que el médico y el cerrajero se marcharan del piso aquella primera mañana, Gregor no pudo averiguarlo en absoluto, pues como no lo entendían, a nadie se le ocurrió, ni siquiera a la hermana, que él pudiera entender a los demás, y así tenía que conformarse, cuando la hermana estaba en su habitación, con oír solo aquí y allá sus suspiros e invocaciones a los santos. Solo más tarde, cuando se había acostumbrado un poco a todo —naturalmente nunca podía hablarse de una costumbre completa—, Gregor captaba a veces alguna observación que estaba dicha amablemente o podía interpretarse así. «Hoy sí que le ha gustado», decía cuando Gregor había dado buena cuenta de la comida, mientras que en el caso contrario, que gradualmente se repetía cada vez con más frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Ahora otra vez ha quedado todo sin tocar».

Pero aunque Gregor no podía enterarse directamente de ninguna novedad, escuchaba muchas cosas desde las habitaciones contiguas, y en cuanto oía voces corría inmediatamente hacia la puerta correspondiente y se apretaba con todo el cuerpo contra ella. Especialmente en los primeros tiempos no hubo ninguna conversación que no tratara de él de algún modo, aunque fuera solo en secreto. Durante dos días en todas las comidas se oyeron deliberaciones sobre cómo debían comportarse ahora; pero también entre las comidas se hablaba del mismo tema, pues siempre había al menos dos miembros de la familia en casa, ya que probablemente nadie quería quedarse solo en casa y no se podía de ninguna manera abandonar el piso por completo. Además, la criada había suplicado de rodillas a la madre ya el primer día —no quedaba del todo claro qué y cuánto sabía de lo ocurrido— que la despidiera inmediatamente, y cuando se despidió un cuarto de hora después, agradeció el despido entre lágrimas, como el mayor favor que le habían hecho aquí, y sin que se lo exigieran pronunció un juramento terrible de no revelar a nadie ni lo más mínimo.

Ahora la hermana tenía que cocinar junto con la madre; aunque no daba mucho trabajo, pues casi no se comía nada. Una y otra vez oía Gregor cómo uno invitaba en vano al otro a comer y no recibía más respuesta que: «Gracias, tengo suficiente» o algo parecido. Tal vez tampoco se bebía nada. A menudo la hermana preguntaba al padre si quería cerveza, y cordialmente se ofrecía a ir a buscarla ella misma, y cuando el padre callaba, decía, para quitarle cualquier reparo, que también podía mandar a la portera, pero entonces el padre decía finalmente un gran «No», y ya no se hablaba más de ello.

Ya en el transcurso del primer día el padre expuso a la madre y también a la hermana toda la situación patrimonial y las perspectivas. De vez en cuando se levantaba de la mesa y sacaba de su pequeña caja fuerte Wertheim, que había salvado de la quiebra de su negocio ocurrida hacía cinco años, algún comprobante o algún libro de notas. Se oía cómo abría la complicada cerradura y después de sacar lo buscado volvía a cerrarla. Estas explicaciones del padre fueron en parte lo primero agradable que Gregor oía desde su cautiverio. Había creído que al padre no le había quedado absolutamente nada de aquel negocio, al menos el padre no le había dicho nada en contrario, y Gregor por su parte tampoco se lo había preguntado. La preocupación de Gregor entonces había sido únicamente hacer todo lo posible para que la familia olvidara lo más rápidamente posible la desgracia comercial que había sumido a todos en una completa desesperanza. Y así había empezado a trabajar entonces con un ardor muy especial y casi de la noche a la mañana había pasado de ser un pequeño dependiente a viajante, lo que naturalmente tenía posibilidades muy distintas de ganar dinero, y cuyos éxitos laborales se convertían enseguida en forma de comisión en dinero en efectivo, que podía depositar sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz. Habían sido tiempos hermosos, y nunca después se habían repetido, al menos con ese esplendor, a pesar de que Gregor ganaba más tarde tanto dinero que estaba en condiciones de sostener los gastos de toda la familia y así lo hacía. Simplemente se habían acostumbrado, tanto la familia como Gregor, se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo entregaba con gusto, pero ya no surgía un calor especial. Solo la hermana había seguido estando cerca de Gregor, y era su plan secreto enviarla el año próximo al conservatorio, sin consideración por los grandes gastos que eso debía ocasionar y que ya se recuperarían de otra manera, pues ella, a diferencia de Gregor, amaba mucho la música y sabía tocar el violín de manera conmovedora. A menudo durante las breves estancias de Gregor en la ciudad se mencionaba en las conversaciones con la hermana el conservatorio, pero siempre solo como un hermoso sueño en cuya realización no había que pensar, y los padres no escuchaban con agrado ni siquiera estas inocentes menciones; pero Gregor pensaba en ello muy en serio y tenía la intención de anunciarlo solemnemente la noche de Navidad.

Pensamientos así, completamente inútiles en su estado actual, le pasaban por la cabeza mientras permanecía allí erguido pegado a la puerta y escuchaba. A veces no podía seguir escuchando de puro cansancio y dejaba que la cabeza golpeara descuidadamente contra la puerta, pero enseguida la sujetaba de nuevo, pues incluso el pequeño ruido que había causado con ello se había oído en la habitación contigua y había hecho callar a todos. «Qué estará haciendo otra vez», dijo el padre al cabo de un rato, evidentemente vuelto hacia la puerta, y solo entonces se reanudaba poco a poco la conversación interrumpida.

Gregor se enteró ahora suficientemente —pues el padre solía repetirse a menudo en sus explicaciones, en parte porque él mismo hacía tiempo que no se ocupaba de estos asuntos, en parte también porque la madre no lo entendía todo a la primera— de que a pesar de toda la desgracia todavía quedaba un patrimonio muy pequeño de los viejos tiempos, que los intereses no tocados habían hecho crecer un poco mientras tanto. Pero además el dinero que Gregor había traído a casa cada mes —él mismo solo se había quedado unos pocos florines— no se había gastado por completo y se había acumulado formando un pequeño capital. Gregor, detrás de su puerta, asentía con entusiasmo, contento de esta inesperada previsión y ahorro. En realidad habría podido con ese dinero sobrante haber pagado más de la deuda del padre frente al jefe, y aquel día en que hubiera podido quitarse ese puesto de encima habría estado mucho más cerca, pero ahora sin duda era mejor así, como lo había dispuesto el padre.

Pero este dinero no bastaba en absoluto para que la familia pudiera vivir, digamos, de los intereses; bastaba quizá para mantener a la familia uno, como mucho dos años, nada más. Era pues simplemente una suma que en realidad no debía tocarse y que había que reservar para casos de emergencia; el dinero para vivir había que ganarlo. Ahora bien, el padre era un hombre sano pero viejo, que hacía ya cinco años que no trabajaba y desde luego no debía prometerse demasiado; en estos cinco años, que habían sido las primeras vacaciones de su trabajosa y sin embargo infructuosa vida, había engordado mucho y se había vuelto bastante torpe. ¿Y acaso debía ganar dinero ahora la anciana madre, que sufría de asma, para quien un paseo por el piso ya suponía un esfuerzo, y que pasaba cada dos días con dificultades respiratorias en el sofá junto a la ventana abierta? ¿Y debía ganar dinero la hermana, que todavía era una niña con sus diecisiete años, y a quien había que desearle tanto que conservara su modo de vida anterior, que consistía en vestirse bien, dormir hasta tarde, ayudar en las tareas domésticas, participar en algunas diversiones modestas y sobre todo tocar el violín? Cuando se llegaba a hablar de esta necesidad de ganar dinero, Gregor siempre soltaba primero la puerta y se arrojaba sobre el fresco sofá de cuero que había junto a ella, pues le ardía todo de vergüenza y tristeza.

A menudo permanecía allí noches enteras, sin dormir ni un momento y arañando durante horas el cuero. O no le importaba el gran esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, luego trepar hasta el alféizar y, apoyado en la silla, asomarse a la ventana, evidentemente solo por algún recuerdo de la sensación liberadora que antes había para él en mirar por la ventana. Pues de hecho veía cada día más borrosas incluso las cosas que estaban solo un poco alejadas; el hospital de enfrente, cuya visión demasiado frecuente había maldecido antes, ya no lo veía en absoluto, y si no hubiera sabido con exactitud que vivía en la silenciosa pero completamente urbana Charlottenstrasse, habría podido creer que desde su ventana miraba hacia un desierto en el que el cielo gris y la tierra gris se confundían indistinguibles. Solo dos veces había tenido que ver la atenta hermana que la silla estaba junto a la ventana, para que desde entonces, cada vez que ordenaba la habitación, volviera a colocar la silla exactamente junto a la ventana, e incluso dejara abierta desde ese momento la hoja interior de la ventana.

Si Gregor hubiera podido hablar con la hermana y agradecerle todo lo que tenía que hacer por él, habría soportado sus servicios más fácilmente; pero así sufría por ello. La hermana desde luego trataba de disimular lo penoso de todo aquello en lo posible, y cuanto más tiempo pasaba, mejor lo conseguía naturalmente, pero también Gregor con el tiempo lo percibía todo con mucha más precisión. Ya su entrada era terrible para él. Apenas había entrado, corría, sin tomarse tiempo para cerrar la puerta, por mucho que en otros casos se cuidara de ahorrar a todos la visión de la habitación de Gregor, directamente hacia la ventana y la abría de golpe, como si se asfixiara, con manos apresuradas, y se quedaba un rato junto a la ventana, incluso cuando hacía mucho frío, y respiraba profundamente. Con esta carrera y este ruido asustaba a Gregor dos veces al día; todo el tiempo temblaba bajo el canapé y sabía muy bien que ella con mucho gusto le habría ahorrado eso, si le hubiera sido posible permanecer en una habitación en la que estaba Gregor con la ventana cerrada.

Una vez, ya había pasado quizá un mes desde la transformación de Gregor, y ya no había ningún motivo especial para que la hermana se asombrara del aspecto de Gregor, vino un poco más temprano que de costumbre y encontró a Gregor todavía mirando por la ventana, inmóvil y realmente colocado de modo que daba miedo. Para Gregor no habría sido inesperado que ella no entrara, ya que con su posición le impedía abrir inmediatamente la ventana, pero ella no solo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar directamente que Gregor le había estado acechando y había querido morderla. Gregor naturalmente se escondió enseguida debajo del canapé, pero tuvo que esperar hasta el mediodía a que la hermana volviera, y ella parecía mucho más intranquila que de costumbre. Comprendió con esto que su aspecto todavía le resultaba insoportable y tendría que seguir siéndole insoportable, y que debía de dominarse mucho para no salir corriendo ante la visión de la pequeña parte de su cuerpo que sobresalía de debajo del canapé. Para ahorrarle también esta visión, un día llevó sobre su espalda —necesitó cuatro horas para este trabajo— la sábana hasta el canapé y la dispuso de tal manera que quedó completamente tapado, y que la hermana, incluso aunque se agachara, no podía verlo. Si a su juicio esta sábana no hubiera sido necesaria, entonces habría podido quitarla, pues estaba bastante claro que no podía ser un placer para Gregor encerrarse tan completa y absolutamente, pero dejó la sábana tal como estaba, y Gregor creyó incluso haber captado una mirada agradecida cuando una vez levantó con cuidado un poco la sábana con la cabeza para ver cómo acogía la hermana la nueva disposición.

Durante las dos primeras semanas los padres no fueron capaces de decidirse a entrar en su cuarto, y a menudo Gregor oía cómo reconocían plenamente el trabajo que ahora hacía su hermana, mientras que hasta entonces se habían irritado con frecuencia con ella porque les parecía una muchacha un tanto inútil. Pero ahora ambos, el padre y la madre, esperaban a menudo frente al cuarto de Gregor mientras la hermana ordenaba dentro, y apenas había salido tenía que contarles con todo detalle qué aspecto tenía el cuarto, qué había comido Gregor, cómo se había comportado esta vez y si acaso se notaba alguna pequeña mejoría. Por lo demás, la madre quiso visitar a Gregor relativamente pronto, pero el padre y la hermana la contuvieron primero con razones sensatas que Gregor escuchó con mucha atención y que aprobó completamente. Más tarde, sin embargo, tuvieron que retenerla por la fuerza, y cuando ella gritaba entonces: «Dejadme ir con Gregor, ¡es mi desgraciado hijo! ¿Es que no entendéis que tengo que ir con él?», Gregor pensaba que quizá sería bueno después de todo que la madre entrase, no todos los días desde luego, pero quizá una vez por semana; ella lo comprendía todo mucho mejor que la hermana, que a pesar de todo su valor no era más que una niña y en el fondo tal vez sólo había asumido una tarea tan pesada por ligereza infantil.

El deseo de Gregor de ver a su madre se cumplió pronto. Durante el día Gregor no quería mostrarse en la ventana ya por consideración a sus padres, pero tampoco podía arrastrarse mucho por los pocos metros cuadrados del suelo, permanecer quieto y tumbado le costaba ya trabajo durante la noche, la comida no tardó en no proporcionarle ya el menor placer, y así adquirió para distraerse la costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el techo. Le gustaba especialmente colgar de lo alto del techo; era muy distinto a estar tumbado en el suelo; se respiraba con más libertad; un ligero balanceo recorría el cuerpo, y en la distracción casi dichosa en que se hallaba Gregor allá arriba podía suceder que, para su propia sorpresa, se soltase y cayese estrepitosamente al suelo. Pero ahora, naturalmente, dominaba su cuerpo de manera muy distinta que antes y no se hacía daño ni siquiera con una caída tan grande. La hermana notó enseguida la nueva distracción que Gregor había encontrado para sí —al arrastrarse dejaba aquí y allá rastros de su sustancia pegajosa—, y entonces se le metió en la cabeza permitir a Gregor arrastrarse en la mayor medida posible y retirar los muebles que lo impedían, sobre todo el armario y el escritorio. Pero no estaba en condiciones de hacerlo sola; no se atrevía a pedir ayuda al padre; la criada sin duda no la habría ayudado, pues esta muchacha de unos dieciséis años resistía valientemente desde el despido de la antigua cocinera, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina constantemente cerrada con llave y abrirla sólo cuando se la llamase expresamente; así que a la hermana no le quedaba más remedio que aprovechar una vez la ausencia del padre para ir a buscar a la madre. Y la madre se acercó también con exclamaciones de alegría agitada, pero enmudeció ante la puerta del cuarto de Gregor. Primero la hermana comprobó, naturalmente, que todo estuviera en orden en el cuarto; sólo entonces dejó entrar a la madre. Gregor había tirado con la mayor prisa de la sábana todavía más abajo y había hecho más pliegues, el conjunto tenía realmente el aspecto de una sábana arrojada por casualidad sobre el canapé. Gregor se abstuvo también esta vez de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver a la madre ya en esta ocasión y sólo se alegró de que hubiera venido por fin. «Entra, no se le ve», dijo la hermana, y evidentemente llevaba a la madre de la mano. Gregor oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su sitio el armario, que de todos modos era pesado, y cómo la hermana se atribuía constantemente la mayor parte del trabajo sin hacer caso de las advertencias de la madre, que temía que se esforzara demasiado. Tardó mucho tiempo. Probablemente después de un cuarto de hora de trabajo ya, la madre dijo que mejor dejasen el armario donde estaba, porque en primer lugar era demasiado pesado, no terminarían antes de que llegase el padre y con el armario en medio del cuarto le cerrarían a Gregor cualquier camino, y en segundo lugar no era en absoluto seguro que a Gregor le hiciesen un favor retirando los muebles. A ella le parecía lo contrario; la vista de la pared vacía le oprimía directamente el corazón; y por qué no habría de tener Gregor también la misma sensación, ya que estaba acostumbrado desde hacía tiempo a los muebles del cuarto y por tanto se sentiría abandonado en el cuarto vacío. «¿Y acaso no es así», concluyó la madre muy bajito, como si de hecho susurrase para evitar que Gregor, cuyo paradero exacto no conocía, oyese incluso el sonido de su voz, pues de que no entendía las palabras estaba convencida, «y acaso no es así que al retirar los muebles damos a entender que renunciamos a toda esperanza de mejoría y lo abandonamos sin consideración a sí mismo? Creo que lo mejor sería que procurásemos mantener el cuarto exactamente en el estado en que estaba antes, para que Gregor, cuando vuelva con nosotros, lo encuentre todo sin cambios y pueda olvidar más fácilmente el tiempo de entremedio.»

Al oír estas palabras de la madre, Gregor reconoció que la falta de toda conversación humana directa, unida a la vida monótona en medio de la familia, tenía que haber confundido su entendimiento en el transcurso de estos dos meses, pues de otra manera no podía explicarse que hubiese podido desear seriamente que su cuarto fuese vaciado. ¿Tenía realmente ganas de que la cálida habitación, confortablemente amueblada con muebles heredados, se transformase en una cueva en la que, si bien podría arrastrarse sin obstáculos en todas direcciones, sería a costa de un olvido rápido y total de su pasado humano? Ahora ya estaba cerca de olvidar, y sólo la voz de la madre, no oída desde hacía tanto tiempo, lo había despertado. Nada debía ser retirado, todo tenía que quedarse, no podía prescindir de los buenos efectos de los muebles sobre su estado; y si los muebles le impedían practicar el arrastre absurdo, no era un daño sino una gran ventaja.

Pero la hermana era lamentablemente de otra opinión; se había acostumbrado, no del todo sin motivo por cierto, a presentarse ante los padres como especialmente entendida cuando se trataba de los asuntos de Gregor, y así también ahora el consejo de la madre fue para la hermana razón suficiente para insistir en retirar no sólo el armario y el escritorio, en los que había pensado al principio únicamente, sino todos los muebles, con excepción del imprescindible canapé. No era, naturalmente, sólo obstinación infantil y la confianza en sí misma adquirida de manera tan inesperada y trabajosa en los últimos tiempos lo que la determinaba a esta exigencia; también había observado de hecho que Gregor necesitaba mucho espacio para arrastrarse y en cambio no utilizaba los muebles, por lo que se podía ver, en lo más mínimo. Pero quizá intervenía también el espíritu soñador de las muchachas de su edad, que busca satisfacción en cualquier ocasión y por el cual Grete se dejaba ahora tentar a hacer la situación de Gregor todavía más espantosa para poder así hacer aún más por él que hasta ahora. Pues en un espacio en que Gregor dominase completamente solo las paredes vacías, seguramente ningún ser humano excepto Grete se atrevería nunca a entrar.

Y así no se dejó disuadir de su decisión por la madre, que también en este cuarto parecía insegura de pura inquietud, guardó pronto silencio y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, el armario podía prescindir de él Gregor en caso de necesidad, pero el escritorio tenía que quedarse. Y apenas las mujeres habían salido del cuarto con el armario, contra el que se apretaban jadeando, cuando Gregor asomó la cabeza por debajo del canapé para ver cómo podía intervenir con cautela y la mayor consideración posible. Pero por desgracia fue precisamente la madre la que volvió primero, mientras Grete en el cuarto contiguo tenía abrazado el armario y lo balanceaba sola de un lado a otro sin conseguir, naturalmente, moverlo de sitio. Pero la madre no estaba acostumbrada al aspecto de Gregor, podía ponerla enferma, y así Gregor retrocedió asustado hacia el otro extremo del canapé, pero no pudo impedir que la sábana se moviese un poco por delante. Eso bastó para llamar la atención de la madre. Se detuvo, permaneció un instante inmóvil y luego volvió junto a Grete.

Aunque Gregor se repetía una y otra vez que no sucedía nada extraordinario, sino que sólo se cambiaban unos pocos muebles de sitio, tuvo que reconocerse pronto que este ir y venir de las mujeres, sus pequeñas exclamaciones, el arrastrar de los muebles por el suelo actuaban sobre él como un gran tumulto alimentado desde todos los lados, y por mucho que encogiera la cabeza y las patas y apretase el cuerpo contra el suelo, tuvo que decirse irremediablemente que no soportaría todo aquello mucho tiempo. Le vaciaban su cuarto; le quitaban todo lo que le era querido; el armario en el que estaban la sierra de marquetería y otras herramientas ya se lo habían llevado; aflojaban ahora el escritorio, ya firmemente incrustado en el suelo, en el que él había hecho sus deberes cuando era alumno de la academia de comercio, alumno de bachillerato e incluso ya de la escuela primaria —entonces ya no tenía realmente tiempo para comprobar las buenas intenciones que tenían las dos mujeres, cuya existencia por lo demás casi había olvidado, pues de agotadas trabajaban ya en silencio y sólo se oía el pesado golpeteo de sus pies.

Y así irrumpió —las mujeres estaban precisamente apoyadas en el escritorio en el cuarto contiguo para recobrar un poco el aliento—, cambió cuatro veces la dirección de su carrera, realmente no sabía qué debía salvar primero, cuando vio en la pared, ya vacía por lo demás, colgado de manera llamativa el cuadro de la dama completamente vestida de pieles, trepó rápidamente hacia arriba y se apretó contra el cristal, que lo sostuvo y le sentó bien a su vientre caliente. Este cuadro al menos, que Gregor cubría ahora por completo, seguro que nadie se lo llevaría. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de estar para observar a las mujeres cuando regresasen.

No se habían concedido mucho descanso y ya volvían; Grete había pasado el brazo alrededor de la madre y casi la llevaba en peso. «Bueno, ¿qué cogemos ahora?», dijo Grete y miró alrededor. Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregor en la pared. Seguramente sólo por la presencia de la madre conservó la serenidad, inclinó el rostro hacia la madre para impedir que mirase alrededor y dijo, aunque temblorosa e irreflexiva: «Ven, ¿no preferimos volver un momento al cuarto de estar?». La intención de Grete era clara para Gregor, quería poner a salvo a la madre y después hacerlo bajar a él de la pared. ¡Bueno, podía intentarlo! Él estaba sobre su cuadro y no lo soltaría. Antes saltaría a la cara de Grete.

Pero las palabras de Grete habían intranquilizado aún más a la madre, se hizo a un lado, divisó la enorme mancha marrón en el papel pintado de flores y gritó, antes de que realmente cobrase conciencia de que lo que veía era Gregor, con voz chillona y ronca: «¡Ay Dios, ay Dios!», y cayó con los brazos extendidos, como si lo abandonase todo, sobre el canapé y no se movió. «Tú, Gregor», gritó la hermana con el puño en alto y miradas penetrantes. Eran las primeras palabras que le había dirigido directamente desde la metamorfosis. Corrió al cuarto contiguo para buscar alguna esencia con la que poder despertar a la madre de su desmayo; Gregor quería ayudar también —para salvar el cuadro todavía había tiempo—, pero estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse con violencia; luego corrió también al cuarto contiguo, como si pudiese darle a la hermana algún consejo como en tiempos anteriores; pero tuvo que quedarse inactivo detrás de ella; mientras ella revolvía varios frasquitos, todavía la asustó cuando se dio la vuelta; un frasco cayó al suelo y se rompió; una esquirla hirió a Gregor en la cara, alguna medicina corrosiva lo cubrió; Grete, sin detenerse más tiempo, cogió tantos frasquitos como pudo sostener y corrió con ellos hasta donde estaba la madre; cerró la puerta de un puntapié. Gregor quedó ahora separado de la madre, que quizá estaba cerca de la muerte por su culpa; no podía abrir la puerta si no quería ahuyentar a la hermana, que tenía que quedarse con la madre; ahora no le quedaba nada que hacer más que esperar; y acosado por los reproches a sí mismo y la preocupación, empezó a arrastrarse, lo trepó todo, paredes, muebles y techo de la habitación, y finalmente, en su desesperación, cuando todo el cuarto ya empezaba a dar vueltas a su alrededor, cayó en medio de la gran mesa.

Pasó un rato, Gregor yacía extenuado, alrededor todo estaba en silencio, quizá era buena señal. Entonces sonó el timbre. La criada estaba, naturalmente, encerrada en su cocina y Grete tuvo por tanto que ir a abrir. Había llegado el padre. «¿Qué ha pasado?», fueron sus primeras palabras; el aspecto de Grete seguramente se lo había revelado todo. Grete contestó con voz apagada, evidentemente apretaba su cara contra el pecho del padre: «Madre se ha desmayado, pero ya está mejor. Gregor se ha escapado». «Ya me lo esperaba», dijo el padre, «siempre os lo he dicho, pero vosotras las mujeres no queréis escuchar». A Gregor le quedó claro que el padre había interpretado mal el comunicado demasiado breve de Grete y suponía que Gregor se había hecho culpable de algún acto de violencia. Por eso Gregor tenía que intentar ahora calmar al padre, pues para explicárselo no tenía ni tiempo ni posibilidad. Y así se refugió en la puerta de su cuarto y se apretó contra ella para que el padre pudiera ver ya al entrar desde el recibidor que Gregor tenía la mejor intención de volver enseguida a su cuarto y que no era necesario hacerlo retroceder, sino que bastaba con abrir la puerta y desaparecería inmediatamente.

Pero el padre no estaba de humor para advertir tales sutilezas. «¡Ah!», exclamó nada más entrar en un tono como si estuviera a la vez furioso y contento. Gregor retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre. Realmente no se había imaginado así al padre tal como estaba ahora ante él; ciertamente en los últimos tiempos, con la nueva costumbre de arrastrarse, había descuidado preocuparse como antes de los acontecimientos en el resto de la vivienda y debería haber estado preparado para encontrar circunstancias cambiadas. Y sin embargo, sin embargo, ¿era todavía ése el padre? ¿El mismo hombre que yacía cansado y hundido en la cama cuando antes Gregor salía de viaje de negocios; que lo recibía en las tardes de regreso en bata en el sillón; que no era capaz siquiera de levantarse del todo, sino que en señal de alegría sólo alzaba los brazos, y que en los raros paseos en común algunos domingos al año y en las fiestas principales, entre Gregor y la madre, que ya de por sí andaban despacio, avanzaba todavía un poco más despacio, envuelto en su viejo abrigo, siempre con el bastón apoyado cuidadosamente, y que cuando quería decir algo se detenía casi siempre y reunía a su acompañamiento alrededor de él? Ahora, en cambio, estaba muy bien erguido; vestido con un uniforme azul ceñido con botones dorados, como lo llevan los ordenanzas de los institutos bancarios; sobre el alto cuello rígido de la chaqueta se desarrollaba su fuerte papada; bajo las espesas cejas la mirada de los ojos negros surgía fresca y atenta; el cabello blanco, antes revuelto, estaba peinado hacia abajo en un peinado de raya reluciente y exacto. Arrojó su gorra, en la que estaba colocado un monograma dorado, probablemente el de un banco, en un arco por encima de toda la habitación hasta el canapé, y fue, con los faldones del largo uniforme echados hacia atrás, las manos en los bolsillos del pantalón y el rostro amargo, hacia Gregor. Probablemente él mismo no sabía lo que se proponía; en todo caso levantaba los pies extraordinariamente alto, y Gregor se asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero no se detuvo en eso, sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre consideraba apropiada frente a él sólo la mayor severidad. Y así corrió delante del padre, se detuvo cuando el padre se quedaba quieto y se apresuraba ya de nuevo hacia adelante cuando el padre simplemente se movía. Así dieron varias veces la vuelta a la habitación sin que ocurriese nada decisivo e incluso sin que el conjunto, a causa de su tempo lento, tuviese el aspecto de una persecución. Por eso Gregor se quedó también de momento en el suelo, sobre todo porque temía que el padre pudiese considerar una huida suya hacia las paredes o el techo como una maldad especial. Ciertamente Gregor tuvo que decirse que ni siquiera esta carrera podría mantenerla mucho tiempo, pues mientras el padre daba un paso él tenía que ejecutar un sinfín de movimientos. Ya empezaba a notarse falta de aire, como tampoco en su época anterior había poseído un pulmón del todo fiable. Mientras se tambaleaba así para concentrar todas las fuerzas en la carrera, apenas mantenía los ojos abiertos; en su aturdimiento no pensaba en otra salvación que en correr, y casi había olvidado que las paredes estaban a su disposición, aunque aquí ciertamente obstruidas con muebles cuidadosamente tallados llenos de puntas y picos —en eso voló cerca de él, arrojado ligeramente, algo y rodó delante de él. Era una manzana; enseguida le voló una segunda detrás; Gregor se detuvo aterrado; seguir corriendo era inútil, pues el padre había decidido bombardearlo. Se había llenado los bolsillos del frutero de la credencia y ahora arrojaba manzana tras manzana, sin apuntar con precisión de momento. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban como electrizadas por el suelo y chocaban unas contra otras. Una manzana arrojada débilmente rozó la espalda de Gregor pero resbaló sin hacerle daño. Una que voló inmediatamente detrás de ella, en cambio, se incrustó literalmente en la espalda de Gregor; Gregor quiso seguir arrastrándose, como si el sorprendente e increíble dolor pudiese pasar con el cambio de lugar; pero se sintió como clavado y se estiró en completa confusión de todos los sentidos. Sólo con la última mirada vio todavía cómo se abría de golpe la puerta de su cuarto y delante de la hermana que gritaba salía la madre corriendo, en camisa, pues la hermana la había desvestido para darle libertad de respiración en el desmayo, cómo luego la madre corría hacia el padre y a su paso las faldas desatadas caían una tras otra al suelo, y cómo tropezando con las faldas se abalanzaba sobre el padre y abrazándolo, en completa unión con él —pero aquí la vista de Gregor ya falló— pedía con las manos en la nuca del padre que perdonase la vida de Gregor.

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