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Parte 3II. Proletarios y comunistas

El manifiesto comunista · Marx y Engels · 15 min de lectura

II. Proletarios y comunistas

¿En qué relación están los comunistas con los proletarios en general?

Los comunistas no son un partido especial frente a los otros partidos obreros.

No tienen intereses separados de los intereses del proletariado en su conjunto.

No establecen principios particulares según los cuales quieran modelar el movimiento proletario.

Los comunistas solo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por un lado, en las diversas luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de la nacionalidad, y por otro lado, en que en las diversas etapas de desarrollo que atraviesa la lucha entre proletariado y burguesía representan siempre el interés del movimiento en su conjunto.

Los comunistas son, pues, prácticamente la parte más decidida de los partidos obreros de todos los países, la parte que impulsa siempre adelante; teóricamente tienen sobre la restante masa del proletariado la ventaja de su comprensión de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario.

El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: formación del proletariado en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por el proletariado.

Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas, en principios que hayan sido inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo.

Son solo expresiones generales de relaciones de hecho de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se desarrolla ante nuestros ojos. La abolición de las relaciones de propiedad existentes hasta ahora no es nada que caracterice de modo peculiar al comunismo.

Todas las relaciones de propiedad han estado sometidas a un cambio histórico constante, a una transformación histórica constante.

La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en beneficio de la burguesa.

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa.

Pero la propiedad privada burguesa moderna es la expresión última y más acabada de la producción y apropiación de los productos que descansa sobre antagonismos de clase, sobre la explotación de unos por otros.

En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en esta única fórmula: supresión de la propiedad privada.

[ 12 ] Se nos ha reprochado a los comunistas que queremos abolir la propiedad adquirida personalmente, obtenida con el propio trabajo; la propiedad que constituye la base de toda libertad, actividad e independencia personal.

¡Propiedad lograda con el trabajo, adquirida, ganada por uno mismo! ¿Habláis de la propiedad del pequeño burgués, del pequeño campesino, que precedió a la propiedad burguesa? No necesitamos abolirla, el desarrollo de la industria la ha abolido y la va aboliendo cada día.

¿O habláis de la propiedad privada burguesa moderna?

Pero ¿acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, le crea propiedad? De ningún modo. Crea el capital, es decir, la propiedad que explota el trabajo asalariado, que solo puede aumentar con la condición de producir nuevo trabajo asalariado para explotarlo de nuevo. La propiedad en su forma actual se mueve en el antagonismo entre capital y trabajo asalariado. Examinemos los dos lados de este antagonismo. Ser capitalista no significa ocupar solamente una posición personal, sino una posición social en la producción.

El capital es un producto colectivo y solo puede ponerse en movimiento mediante la actividad común de muchos miembros, y en última instancia solo mediante la actividad común de todos los miembros de la sociedad.

El capital no es, por tanto, un poder personal, sino un poder social.

Si, pues, el capital se transforma en propiedad colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la propiedad personal la que se transforma en social. Solo se transforma el carácter social de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase.

Pasemos al trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de vida necesarios para mantener al obrero como obrero. Lo que el obrero asalariado se apropia con su actividad basta estrictamente para reproducir su mera vida. No queremos abolir en modo alguno esta apropiación personal de los productos del trabajo para la reproducción de la vida inmediata, una apropiación que no deja ningún excedente que pueda dar poder sobre el trabajo ajeno. Solo queremos suprimir el carácter miserable de esta apropiación, en la que el obrero vive únicamente para aumentar el capital, vive solo en la medida en que lo exige el interés de la clase dominante.

En la sociedad burguesa el trabajo vivo es solo un medio para aumentar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista el trabajo acumulado es solo un medio para ampliar, enriquecer y hacer avanzar el proceso de vida de los trabajadores.

En la sociedad burguesa, pues, el pasado domina sobre el presente; en la comunista, el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa el capital es independiente y personal, mientras que el individuo activo es dependiente e impersonal.

¡Y la supresión de esta situación la burguesía la llama supresión de la personalidad y la libertad! Y con razón. Se trata, en efecto, de la supresión de la personalidad, la independencia y la libertad del burgués.

Por libertad se entiende, dentro de las actuales relaciones de producción burguesas, el libre comercio, la libre compra y venta.

Pero si desaparece el tráfico, desaparece también el libre tráfico. Las frases sobre el libre tráfico, como todas las demás bravatas sobre la libertad de nuestra burguesía, solo tienen sentido frente al tráfico vinculado, frente al burgués sometido de la Edad Media, pero no frente a la supresión

[ 13 ] comunista del tráfico, de las relaciones de producción burguesas y de la propia burguesía.

Os horrorizáis de que queramos suprimir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad actual la propiedad privada está suprimida para nueve décimas partes de sus miembros; existe precisamente porque no existe para nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, que queremos suprimir una propiedad que presupone como condición necesaria la carencia de propiedad de la inmensa mayoría de la sociedad.

En una palabra, nos reprocháis que queremos abolir vuestra propiedad. En efecto, eso es lo que queremos.

Desde el momento en que el trabajo no pueda transformarse ya en capital, en dinero, en renta de la tierra, en resumen, en un poder social monopolizable, es decir, desde el momento en que la propiedad personal no pueda convertirse ya en propiedad burguesa, desde ese momento declaráis que la persona queda suprimida.

Confesáis, pues, que por persona no entendéis a nadie más que al burgués, al propietario burgués. Y esta persona debe, en efecto, ser suprimida.

El comunismo no quita a nadie el poder de apropiarse productos sociales, solo quita el poder de someter mediante esta apropiación el trabajo ajeno.

Se ha objetado que con la supresión de la propiedad privada cesaría toda actividad y se instalaría una pereza general.

Según esto, la sociedad burguesa debería haber sucumbido hace tiempo a la holgazanería; pues en ella los que trabajan no adquieren y los que adquieren no trabajan. Todo este reparo se reduce a la tautología de que no hay trabajo asalariado cuando no hay capital.

Todas las objeciones dirigidas contra el modo comunista de apropiación y de producción de los productos materiales se han extendido también a la apropiación y producción de los productos intelectuales. Igual que para el burgués el cese de la propiedad de clase es el cese de la producción misma, para él el cese de la cultura de clase es idéntico al cese de la cultura en general.

La cultura cuya pérdida lamenta es para la inmensa mayoría la formación para convertirse en máquina.

Pero no discutáis con nosotros midiendo la abolición de la propiedad burguesa con vuestras nociones burguesas de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras ideas mismas son productos de las relaciones de producción y de propiedad burguesas, como vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley, una voluntad cuyo contenido está dado en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.

La concepción interesada mediante la cual transformáis vuestras relaciones de producción y de propiedad, de relaciones históricas transitorias en el curso de la producción, en leyes eternas de la naturaleza y de la razón, la compartís con todas las clases dominantes ya desaparecidas. Lo que comprendéis para la propiedad antigua, lo que comprendéis para la propiedad feudal, ya no os atrevéis a comprenderlo para la propiedad burguesa.

¡Supresión de la familia! Hasta los más radicales se indignan por esta vergonzosa intención de los comunistas.

¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Completamente desarrollada solo existe para la burguesía; pero encuentra su complemento en la carencia forzosa de familia de los proletarios y en la prostitución pública.

[ 14 ] La familia del burgués desaparece naturalmente al desaparecer este su complemento, y ambas desaparecen con la desaparición del capital.

¿Nos reprocháis que queremos suprimir la explotación de los hijos por sus padres? Confesamos este crimen. Pero decís que suprimimos las relaciones más íntimas al sustituir la educación doméstica por la social.

¿Y acaso vuestra educación no está también determinada por la sociedad? ¿Por las relaciones sociales dentro de las cuales educáis, por la intervención más directa o indirecta de la sociedad a través de la escuela, etc.? Los comunistas no inventan la influencia de la sociedad sobre la educación; solo cambian su carácter, arrancan la educación de la influencia de una clase dominante.

Las frases burguesas sobre la familia y la educación, sobre la relación íntima entre padres e hijos, resultan tanto más repugnantes cuanto más, como consecuencia de la gran industria, se desgarran todos los lazos familiares de los proletarios y los hijos se transforman en simples artículos de comercio e instrumentos de trabajo.

¡Pero vosotros, los comunistas, queréis introducir la comunidad de mujeres!, nos grita a coro toda la burguesía.

El burgués ve en su mujer un mero instrumento de producción. Oye que los instrumentos de producción deben ser explotados colectivamente y, naturalmente, no puede pensar otra cosa sino que la suerte de la colectividad alcanzará igualmente a las mujeres.

No sospecha que se trata precisamente de suprimir la posición de las mujeres como meros instrumentos de producción.

Por lo demás, nada más ridículo que el horror altamente moral de nuestros burgueses ante la supuesta comunidad oficial de mujeres de los comunistas. Los comunistas no tienen necesidad de introducir la comunidad de mujeres; ha existido casi siempre.

Nuestros burgueses, no contentos con tener a su disposición a las mujeres e hijas de sus proletarios, sin hablar siquiera de la prostitución oficial, encuentran un placer especial en seducirse mutuamente sus esposas.

El matrimonio burgués es en realidad la comunidad de las esposas. A lo sumo podría reprocharse a los comunistas que quisieran introducir, en lugar de una comunidad de mujeres hipócritamente disimulada, una comunidad oficial y franca. Por lo demás, es evidente que con la supresión de las actuales relaciones de producción desaparece también la comunidad de mujeres que surge de ellas, es decir, la prostitución oficial y no oficial.

Se ha reprochado además a los comunistas que quieren abolir la patria, la nacionalidad.

Los trabajadores no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen. Dado que el proletariado debe en primer lugar conquistarse el poder político, erigirse en clase nacional, constituirse él mismo como nación, todavía es nacional, aunque de ningún modo en el sentido de la burguesía.

Las separaciones y antagonismos nacionales entre los pueblos desaparecen cada vez más ya con el desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial, la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de vida que le corresponden.

El dominio del proletariado los hará desaparecer aún más. La acción unida al menos de los países civilizados es una de las primeras condiciones de su liberación.

En la medida en que sea suprimida la explotación de un individuo por otro será suprimida la explotación de una nación por otra.

[ 15 ] Con el antagonismo de las clases en el interior de la nación desaparece la posición hostil de las naciones entre sí.

Las acusaciones contra el comunismo formuladas desde puntos de vista religiosos, filosóficos e ideológicos en general no merecen un examen más detallado.

¿Hace falta una profunda comprensión para entender que con las condiciones de vida de los hombres, con sus relaciones sociales, con su existencia social, cambian también sus representaciones, opiniones y conceptos, en una palabra, también su conciencia?

¿Qué demuestra la historia de las ideas sino que la producción intelectual se transforma con la material? Las ideas dominantes de una época siempre han sido únicamente las ideas de la clase dominante.

Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello solo se expresa el hecho de que dentro de la vieja sociedad se han formado los elementos de una nueva, que la disolución de las viejas ideas avanza al mismo paso que la disolución de las viejas condiciones de vida.

Cuando el mundo antiguo estaba en decadencia, las antiguas religiones fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando las ideas cristianas sucumbieron en el siglo XVIII ante las ideas ilustradas, la sociedad feudal libraba su combate mortal con la burguesía entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de religión no hacían sino expresar el dominio de la libre competencia en el terreno de la conciencia.

Pero —se dirá— las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., se han modificado, ciertamente, en el curso del desarrollo histórico. La religión, la moral, la filosofía, la política, el derecho se han mantenido siempre en este cambio.

Además hay verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., que son comunes a todos los estados sociales. Pero el comunismo suprime las verdades eternas, suprime la religión, la moral, en vez de renovarlas, contradice, pues, todos los desarrollos históricos anteriores.

¿A qué se reduce esta acusación? La historia de toda la sociedad hasta ahora existente se ha movido en antagonismos de clase que en las distintas épocas han adoptado formas diversas.

Pero cualquiera que haya sido la forma que adoptaron, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todos los siglos pasados. No es de extrañar, pues, que la conciencia social de todos los siglos, a pesar de toda su variedad y diversidad, se mueva en ciertas formas comunes, formas de conciencia que solo se disolverán completamente con la desaparición total del antagonismo de clases.

La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones de propiedad heredadas; no es de extrañar que en su curso de desarrollo se rompa del modo más radical con las ideas heredadas.

Pero dejemos las objeciones de la burguesía contra el comunismo.

Ya vimos más arriba que el primer paso en la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.

El proletariado utilizará su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la masa de las fuerzas productivas.

[ 16 ] Esto, naturalmente, solo podrá realizarse al principio mediante intervenciones despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones de producción burguesas, es decir, mediante medidas que parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se superan a sí mismas y son inevitables como medios para transformar todo el modo de producción.

Estas medidas, naturalmente, serán distintas según los diferentes países.

Sin embargo, para los países más avanzados podrán aplicarse con bastante generalidad las siguientes:

1) Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado.

2) Impuesto fuertemente progresivo.

3) Abolición del derecho de herencia.

4) Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y rebeldes.

5) Centralización del crédito en manos del Estado mediante un banco nacional con capital estatal y monopolio exclusivo.

6) Centralización de todos los medios de transporte en manos del Estado.

7) Multiplicación de las fábricas nacionales, de los medios de producción, roturación y mejora de los terrenos según un plan común.

8) Obligación de trabajar para todos por igual, creación de ejércitos industriales especialmente para la agricultura.

9) Unificación de la explotación agrícola y la industria, esfuerzos por suprimir gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo.

10) Educación pública y gratuita de todos los niños. Abolición del trabajo de los niños en las fábricas tal como se practica hoy. Unificación de la educación con la producción material, etcétera, etcétera.

Cuando en el curso de la evolución hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción se concentre en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político propiamente dicho es el poder organizado de una clase para oprimir a otra. Si el proletariado se une necesariamente como clase en su lucha contra la burguesía, se convierte por medio de una revolución en clase dominante y, como clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime con esas relaciones de producción las condiciones de existencia del antagonismo de clase, de las clases en general, y con ello su propia dominación como clase.

En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surge una asociación en que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos.

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