Parte 2I. Burgueses y proletarios
I. Burgueses y proletarios
La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.
Hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, señor feudal y siervo, maestro de gremio y oficial, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta, una lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento común de las clases en pugna.
En las épocas anteriores de la historia encontramos casi por todas partes una completa articulación de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple gradación de posiciones sociales. En la antigua Roma tenemos patricios, caballeros, plebeyos, esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros de gremio, oficiales, siervos, y además, en casi todas estas clases, nuevas gradaciones particulares.
La moderna sociedad burguesa, surgida del hundimiento de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Solo ha establecido nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en lugar de las antiguas.
Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad se va dividiendo cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: burguesía y proletariado.
De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos de las primeras ciudades; de este estamento urbano se desarrollaron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron un nuevo campo de acción a la burguesía emergente. Los mercados de las Indias Orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación, a la industria un impulso nunca conocido, y con ello dieron un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.
El sistema feudal o gremial de producción industrial ya no bastaba para cubrir las necesidades que crecían con los nuevos mercados. La manufactura ocupó su lugar. Los maestros de los gremios fueron desplazados por la clase media industrial; la división del trabajo entre las distintas corporaciones dejó paso a la división del trabajo en el interior del taller mismo.
Pero los mercados seguían creciendo, las necesidades seguían aumentando. Tampoco la manufactura era ya suficiente. Entonces el vapor y la maquinaria revolucionaron la producción industrial. La gran industria moderna desplazó a la manufactura, la clase media industrial cedió su puesto a los millonarios de la industria, a los jefes de ejércitos industriales enteros, a los burgueses modernos.
La gran industria ha creado el mercado mundial, preparado ya por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación, de las comunicaciones por tierra. Este desarrollo reaccionó a su vez sobre la extensión de la industria, y en la misma medida en que se extendían la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, multiplicaba sus capitales y relegaba a segundo plano a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Vemos, pues, cómo la burguesía moderna es ella misma producto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de intercambio.
Cada una de estas fases de desarrollo de la burguesía fue acompañada de un correspondiente progreso político. Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales, asociación armada y autónoma en la comuna, aquí república urbana independiente, allá tercer estado tributario de la monarquía, después, en la época de la manufactura, contrapeso de la nobleza en la monarquía estamental o en la absoluta y fundamento principal de las grandes monarquías en general, finalmente, desde el establecimiento de la gran industria y del mercado mundial, la burguesía conquistó para sí el poder político exclusivo en el Estado representativo moderno. El poder estatal moderno no es más que un comité que administra los asuntos comunes de toda la clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.
La burguesía, dondequiera que ha llegado al poder, ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Ha roto sin piedad los abigarrados lazos feudales que unían al ser humano con sus superiores naturales, y no ha dejado entre persona y persona otro vínculo que el desnudo interés, el insensible «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco, el sentimentalismo del pequeñoburgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio, y en lugar de las innumerables libertades bien adquiridas y consagradas por escrito, ha establecido la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, ha sustituido la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas por la explotación abierta, descarada, directa y brutal.
La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades que hasta entonces se consideraban venerables y se miraban con piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al sacerdote, al poeta, al científico en trabajadores asalariados a su servicio.
La burguesía ha desgarrado el velo emotivo y sentimental que encubría las relaciones familiares y las ha reducido a puras relaciones de dinero.
La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza que la reacción tanto admira en la Edad Media tenía su complemento natural en la más perezosa holgazanería. Ella fue la primera en demostrar lo que puede lograr la actividad humana. Ha realizado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas, ha llevado a cabo expediciones muy diferentes a las migraciones de pueblos y las cruzadas.
La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción, y con ello todas las relaciones de producción, y por tanto todas las relaciones sociales. La conservación inalterada del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. La continua revolución de la producción, la ininterrumpida conmoción de todas las relaciones sociales, la incertidumbre y el movimiento perpetuos distinguen la época de la burguesía de todas las anteriores. Todas las relaciones fijas y estancadas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas por el tiempo, quedan rotas; las recién formadas envejecen antes de poder osificarse. Todo lo estamental y estancado se evapora, todo lo sagrado es profanado, y los seres humanos se ven finalmente obligados a contemplar con mirada sobria su posición en la vida, sus relaciones mutuas.
La necesidad de encontrar mercados cada vez más extensos para sus productos impulsa a la burguesía a recorrer todo el globo terráqueo. Por todas partes tiene que anidar, por todas partes establecerse, por todas partes crear vínculos.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Para desesperación de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiquísimas industrias nacionales han sido destruidas y siguen destruyéndose cada día. Son desplazadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, industrias que ya no transforman materias primas del país, sino materias primas procedentes de las zonas más lejanas, y cuyos productos no solo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del mundo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más lejanos y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento local y nacional y de la autosuficiencia, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y lo mismo en la producción material que en la intelectual. Las creaciones intelectuales de cada nación se convierten en patrimonio común. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan cada vez más imposibles, y de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.
Mediante el rápido perfeccionamiento de todos los instrumentos de producción, mediante las comunicaciones infinitamente facilitadas, la burguesía arrastra a todas las naciones, incluso a las más bárbaras, a la civilización. Los bajos precios de sus mercancías son la artillería pesada con la que derriba todas las murallas de China, con la que obliga a capitular a la más obstinada xenofobia de los bárbaros. Obliga a todas las naciones a adoptar el modo de producción de la burguesía si no quieren perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra, crea un mundo a su imagen y semejanza.
La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas, ha aumentado enormemente la población urbana en comparación con la rural, y así ha arrancado a una parte considerable de la población del idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha hecho depender al campo de la ciudad, ha hecho depender a los países bárbaros y semibárbaros de los civilizados, los pueblos campesinos de los pueblos burgueses, el Oriente de Occidente.
La burguesía suprime cada vez más la dispersión de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, ha centralizado los medios de producción y ha concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de ello fue la centralización política. Provincias independientes, apenas ligadas entre sí, con intereses, leyes, gobiernos y aranceles diferentes, fueron unidas en una sola nación, bajo un solo gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase, una sola línea aduanera.
La burguesía, a lo largo de su dominio de clase de apenas cien años, ha creado fuerzas productivas más abundantes y colosales que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico, la roturación de continentes enteros, la canalización de ríos, poblaciones enteras surgidas como por arte de magia: ¿qué siglo anterior pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitaban en el seno del trabajo social?
Pero hemos visto que los medios de producción y de intercambio sobre cuya base se formó la burguesía fueron generados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo de esos medios de producción y de intercambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía e intercambiaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad no correspondían ya a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaron en otras tantas trabas. Había que hacerlas saltar, y saltaron.
En su lugar apareció la libre competencia, con la constitución social y política adecuada a ella, con la dominación económica y política de la clase burguesa.
Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo. Las relaciones burguesas de producción y de intercambio, las relaciones burguesas de propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha hecho surgir como por encanto tan portentosos medios de producción y de intercambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado.
Desde hace décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, ponen cada vez más en peligro la existencia de toda la sociedad burguesa. En las crisis comerciales se destruye regularmente no solo una gran parte de los productos elaborados, sino incluso de las fuerzas productivas ya creadas. En las crisis estalla una epidemia social que en épocas anteriores habría parecido un absurdo: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea; diríase que el hambre, una guerra devastadora universal le han cortado todos los medios de subsistencia; la industria, el comercio parecen aniquilados. ¿Y por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el desarrollo de las relaciones de propiedad burguesa; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que se convierten en un obstáculo para su desarrollo; y cuando las fuerzas productivas logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en toda la sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo vence la burguesía las crisis? De dos maneras: mediante la destrucción forzada de una masa de fuerzas productivas, y mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿Cómo, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios para prevenirlas.
Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía.
Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que han de darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.
En la misma medida en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla también el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y que solo encuentran trabajo en la medida en que su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, y están, por tanto, expuestos por igual a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.
El trabajo de los proletarios ha perdido todo carácter independiente y con ello todo atractivo para el trabajador a causa de la expansión de la maquinaria y de la división del trabajo. Se convierte en un simple accesorio de la máquina, del que solo se exige el movimiento más simple, más monótono, más fácil de aprender. Los costes que ocasiona el trabajador se limitan por tanto casi exclusivamente a los medios de vida que necesita para su sustento y para la reproducción de su raza. Pero el precio de una mercancía, y por tanto también del trabajo, es igual a sus costes de producción. En la misma medida en que aumenta lo repugnante del trabajo, disminuye por tanto el salario. Más aún, en la misma medida en que aumentan la maquinaria y la división del trabajo, aumenta también la masa de trabajo, ya sea por el incremento de las horas de labor, ya sea por el incremento del trabajo exigido en un tiempo dado, por el funcionamiento acelerado de las máquinas, etc.
La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de trabajadores, hacinados en la fábrica, son organizados militarmente. Se les coloca como simples soldados de la industria bajo la vigilancia de una jerarquía completa de suboficiales y oficiales. No son solo esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino que están esclavizados diaria y horariamente por la máquina, por el capataz y, sobre todo, por el burgués fabricante individual. Este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante cuanto más abiertamente proclama el lucro como su único fin.
Cuanto menos habilidad y esfuerzo físico requiere el trabajo manual, es decir, cuanto más se desarrolla la industria moderna, tanto más es desplazado el trabajo de los hombres por el de las mujeres y los niños. Las diferencias de sexo y edad ya no tienen validez social para la clase trabajadora. Solo hay instrumentos de trabajo que ocasionan costes diversos según la edad y el sexo.
Una vez que la explotación del trabajador por el fabricante ha terminado hasta el punto de que recibe su salario en efectivo, caen sobre él las demás partes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.
Las antiguas clases medias bajas, los pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y campesinos, todas estas clases caen al proletariado, en parte porque su pequeño capital no alcanza para el funcionamiento de la gran industria y sucumbe ante la competencia con los capitalistas mayores, en parte porque su habilidad queda desvalorizada por los nuevos modos de producción. Así se recluta el proletariado de todas las clases de la población.
El proletariado atraviesa diversas etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su existencia.
Al principio luchan los trabajadores individuales, luego los trabajadores de una fábrica, luego los trabajadores de una rama del trabajo en un lugar contra el burgués individual que los explota directamente. No dirigen sus ataques solo contra las relaciones burguesas de producción, los dirigen contra los instrumentos de producción mismos; destruyen las mercancías extranjeras competidoras, rompen las máquinas, incendian las fábricas, buscan reconquistar la posición perdida del trabajador medieval.
En esta etapa los trabajadores forman una masa dispersa por todo el país y fragmentada por la competencia. La unión masiva de los trabajadores no es todavía consecuencia de su propia asociación, sino consecuencia de la asociación de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos debe poner en movimiento a todo el proletariado y todavía puede hacerlo por ahora. En esta etapa los proletarios no combaten, pues, a sus enemigos, sino a los enemigos de sus enemigos: los restos de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no industriales, los pequeñoburgueses. Todo el movimiento histórico está así concentrado en manos de la burguesía; cada victoria que se alcanza de este modo es una victoria de la burguesía.
Pero con el desarrollo de la industria no solo se multiplica el proletariado; queda hacinado en masas mayores, su fuerza crece y la siente más. Los intereses, las condiciones de vida dentro del proletariado se igualan cada vez más, en la medida en que la maquinaria borra cada vez más las diferencias del trabajo y reduce el salario casi en todas partes a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales que de ella resultan hacen el salario de los trabajadores cada vez más fluctuante; el perfeccionamiento cada vez más rápido e incesante de la maquinaria hace su situación vital cada vez más insegura; cada vez más toman las colisiones entre el trabajador individual y el burgués individual el carácter de colisiones de dos clases. Los trabajadores comienzan formando coaliciones contra los burgueses; se unen para defender su salario. Fundan ellos mismos asociaciones duraderas para aprovisionarse para estas insurrecciones ocasionales. Aquí y allá la lucha estalla en revueltas.
De vez en cuando vencen los trabajadores, pero solo de forma pasajera. El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la unión de los trabajadores que se extiende cada vez más. La favorecen los crecientes medios de comunicación que son creados por la gran industria y que ponen en contacto a los trabajadores de las distintas localidades. Pero basta con ese contacto para centralizar las muchas luchas locales de carácter idéntico en todas partes en una lucha nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión para la que los burgueses de la Edad Media con sus caminos vecinales necesitaron siglos, los proletarios modernos la logran con los ferrocarriles en pocos años.
Esta organización de los proletarios en clase, y con ello en partido político, es destruida a cada momento de nuevo por la competencia entre los trabajadores mismos. Pero resurge siempre de nuevo, más fuerte, más firme, más poderosa. Impone el reconocimiento de intereses particulares de los trabajadores en forma de ley, aprovechando las divisiones de la burguesía entre sí. Así la ley de las diez horas en Inglaterra.
Las colisiones de la vieja sociedad en general favorecen de muchos modos el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía se encuentra en lucha permanente; al principio contra la aristocracia; más tarde contra aquellas partes de la burguesía misma cuyos intereses entran en contradicción con el progreso de la industria; siempre contra la burguesía de todos los países extranjeros. En todas estas luchas se ve obligada a apelar al proletariado, a reclamar su ayuda y arrastrarlo así al movimiento político. Ella misma aporta, pues, al proletariado sus propios elementos de formación, es decir, armas contra sí misma.
Además, como vimos, el progreso de la industria arroja al proletariado a sectores enteros de la clase dominante o al menos amenaza sus condiciones de vida. También ellos aportan al proletariado una masa de elementos de formación.
Finalmente, en épocas en que la lucha de clases se acerca a la decisión, el proceso de disolución dentro de la clase dominante, dentro de toda la vieja sociedad, adopta un carácter tan violento, tan patente, que una pequeña parte de la clase dominante se separa de ella y se une a la clase revolucionaria, a la clase que lleva el futuro en sus manos. Así como antes una parte de la nobleza pasó a la burguesía, ahora una parte de la burguesía pasa al proletariado, y especialmente una parte de los ideólogos burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica del conjunto del movimiento histórico.
De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases decaen y perecen con la gran industria; el proletariado es su producto más propio.
Las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino, todos ellos combaten a la burguesía para asegurar su existencia como clases medias frente a la ruina. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más aún, son reaccionarios, pues buscan hacer retroceder la rueda de la historia. Si son revolucionarios, lo son en vista de su inminente paso al proletariado, entonces defienden no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, entonces abandonan su propio punto de vista para situarse en el del proletariado.
El lumpenproletariado, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, es lanzado aquí y allá al movimiento por una revolución proletaria, pero por toda su situación vital estará más dispuesto a dejarse comprar para maniobras reaccionarias.
Las condiciones de vida de la vieja sociedad están ya aniquiladas en las condiciones de vida del proletariado. El proletario carece de propiedad; su relación con la mujer y los hijos no tiene ya nada en común con la relación familiar burguesa; el trabajo industrial moderno, la moderna sujeción al capital, la misma en Inglaterra que en Francia, en América que en Alemania, le ha despojado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión son para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan otros tantos intereses burgueses.
Todas las clases anteriores que conquistaron el poder buscaron asegurar su posición vital ya adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su apropiación. Los proletarios solo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales aboliendo su propio modo de apropiación vigente hasta ahora y con ello todo el modo de apropiación vigente hasta ahora. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, tienen que destruir toda seguridad privada y todo seguro privado existente hasta ahora.
Todos los movimientos anteriores fueron movimientos de minorías o en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento independiente de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede enderezarse, sin que toda la superestructura de capas que forman la sociedad oficial salte por los aires.
Aunque no en el contenido, sí en la forma la lucha del proletariado contra la burguesía es en primer lugar nacional. El proletariado de cada país tiene que acabar, naturalmente, ante todo con su propia burguesía.
Al esbozar las fases más generales del desarrollo del proletariado, seguimos la guerra civil más o menos oculta dentro de la sociedad existente hasta el punto en que estalla en revolución abierta y el proletariado funda su dominación mediante el derrocamiento violento de la burguesía.
Toda sociedad anterior se basó, como hemos visto, en el antagonismo de clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase tienen que estarle aseguradas condiciones dentro de las cuales pueda al menos prolongar su existencia de esclavitud. El siervo se elevó a miembro del municipio en la servidumbre, como el pequeñoburgués a burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El trabajador moderno, en cambio, en lugar de elevarse con el progreso de la industria, se hunde cada vez más bajo las condiciones de su propia clase. El trabajador se convierte en pobre, y el pauperismo se desarrolla aún más rápidamente que la población y la riqueza. Con esto se manifiesta abiertamente que la burguesía es incapaz de seguir siendo la clase dominante de la sociedad y de imponer a la sociedad como ley reguladora las condiciones de vida de su clase. Es incapaz de dominar porque es incapaz de asegurar a su esclavo la existencia ni siquiera dentro de su esclavitud, porque se ve obligada a dejarlo hundirse en una situación en la que tiene que alimentarlo en lugar de ser alimentada por él. La sociedad no puede vivir ya bajo ella, es decir, su vida ya no es compatible con la sociedad.
La condición esencial para la existencia y para la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y multiplicación del capital. La condición del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente en la competencia de los trabajadores entre sí. El progreso de la industria, cuyo portador involuntario e indefenso es la burguesía, sustituye el aislamiento de los trabajadores por la competencia mediante su unión revolucionaria por la asociación. Con el desarrollo de la gran industria, pues, se le retira bajo los pies a la burguesía el fundamento mismo sobre el que produce y se apropia los productos. Produce ante todo sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
