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Capítulo 8Del camino de Alcalá a Segovia, y de lo que le sucedió hasta Rejas

El Buscón · Francisco de Quevedo · 10 min de lectura

Llegó el día de apartarme de la mejor vida que me parece haber pasado. Dios sabe lo que sentí al dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que tenía en secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes reuní hasta seiscientos reales. Alquilé una mula y salí de la posada, donde ya no tenía que sacar más que mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las voces del dueño de la casa por el alquiler? Uno decía: «¡Siempre me lo dijo el corazón!»; otro: «¡Bien me decían a mí que este era un tramposo!». Al fin, yo salí tan querido del pueblo que dejé con mi ausencia a la mitad de él llorando y a la otra mitad riéndose de los que lloraban.

Yo me iba entreteniendo por el camino pensando en estas cosas, cuando pasado Torote, me encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan ensimismado, que aun estando a su lado no me veía. Lo saludé y me saludó; le pregunté dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas, comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco y de las fuerzas del Rey. Comenzó a decir de qué manera se podía conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel, en los cuales discursos eché de ver que era loco de política y de gobierno.

Proseguimos en la conversación (propia de pícaros), y venimos a dar de una cosa en otra, en Flandes. Aquí fue ello, que empezó a suspirar y a decir:

—Más me cuestan a mí esos estados que al Rey, porque hace catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera todo sosegado.

—¿Qué cosa puede ser —le dije yo— que, conviniendo tanto, sea imposible y no se pueda hacer?

—¿Quién le dice a vuestra merced —dijo luego— que no se pueda hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre, le contaría a vuestra merced lo que es; pero allá se verá, que ahora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al Rey modo de ganar a Ostende por dos caminos.

Le rogué que me los dijese, y al punto, sacando de los bolsillos un gran papel, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo:

—Bien ve vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar..., pues yo doy orden de chuparlo todo con esponjas y quitarlo de allí.

Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces mirándome a la cara, me dijo:

—A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les da gran contento.

—Ese tengo yo, por cierto —le dije—, de oír cosa tan nueva y tan bien fundada, pero advierta vuestra merced que ya que chupe el agua que hubiere entonces, volverá luego la mar a echar más.

—No hará la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy comprobado —me respondió—, y no hay que tratar; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por aquella parte doce estados.

No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo. No vi en mi vida tan gran loco. Me decía que Joanelo no había hecho nada, que él trazaba ahora de subir toda el agua de Tajo a Toledo de otra manera más fácil. Y sabido lo que era, dijo que por ensalmo: ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en el mundo! Y al cabo, me dijo:

—Y no lo pienso poner en ejecución si primero el Rey no me da una encomienda, que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria muy honrada.

Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón, donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.

Yo pasé adelante muriéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato (que me paré desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y llegando cerca, me sintió, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo, se le resbaló y cayó. Lo levanté, y me dijo:

—No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir.

Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Me preguntó si iba a Madrid por línea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no lo entendí, le dije que circunflejo. Me preguntó de quién era la espada que llevaba al lado. Le respondí que mía, y mirándola, dijo:

—Esos gavilanes habían de ser más largos, para parar los tajos que se forman sobre el centro de las estocadas.

Y empezó a meter una parola tan grande que me forzó a preguntarle qué materia profesaba. Me dijo que él era diestro verdadero y que lo haría bueno en cualquier parte. Yo, movido a risa, le dije:

—Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo hace un rato, que más lo tenía por encantador, viendo los círculos.

—Eso —me dijo— era que se me ocurrió una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática.

—¿Es posible —le dije yo— que hay matemática en eso?

—No solamente matemática —dijo—, mas teología, filosofía, música y medicina.

—Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en ese arte.

—No te burles —me dijo—, que ahora aprendo yo la defensa de la brocha contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprenden en sí las espirales de la espada.

—No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.

—Pues este libro las dice —me respondió—, que se llama Grandezas de la espada, y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en Rejas que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas. Y no dudéis que cualquiera que leyere en este libro matará a todos los que quisiere.

—O ese libro enseña a ser pestes a los hombres o lo compuso algún doctor.

—¿Cómo doctor? Bien lo entiende —me dijo—: es un gran sabio y aun estoy por decir más.

En estas pláticas llegamos a Rejas. Nos apeamos en una posada y al apearnos me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular en el suelo. El dueño, que me vio reír y lo vio, me preguntó que si era indio aquel caballero, que hablaba de aquella suerte. Pensé con esto perder el juicio. Se acercó luego al dueño, y le dijo:

—Señor, déme dos asadores para dos o tres ángulos, que al momento se los devolveré.

—¡Jesús! —dijo el dueño—, déme vuestra merced acá los ángulos, que mi mujer los asará; aunque aves son que no las he oído nombrar.

—¡Que no son aves! —dijo volviéndose a mí—. Mire vuestra merced lo que es no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy que todo lo que ha ganado en su vida.

En fin, los asadores estaban ocupados y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto y decía:

—Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil. Ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural. Esta había de ser cuchillada y este tajo.

No llegaba a mí desde una legua y andaba alrededor con el cucharón, y como yo me estaba quieto, parecían tretas contra olla que se sale. Me dijo al fin:

—Esto es lo bueno y no las borracherías que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber.

No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando los dientes, con un sombrero injertado en quitasol y un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas a lo águila imperial, la cara con un per signum crucis de inimicis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano y una daga con más rejas que un locutorio de monjas. Y, mirando al suelo, dijo:

—Yo soy examinado y traigo la carta, y por el sol que calienta los panes, que haga pedazos a quien tratare mal a tanto buen hijo como profesa la destreza.

Yo que vi la ocasión, me metí en medio y dije que no hablaba con él, y que así no tenía por qué picarse.

—Meta mano a la blanca si la trae y apuremos cuál es verdadera destreza, y déjese de cucharones.

El pobre de mi compañero abrió el libro, y dijo en altas voces:

—Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.

Y sacó el compás, y empezó a decir:

—Este ángulo es obtuso.

Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:

—Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.

Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo:

—No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil.

Los metimos en paz el dueño y yo y otra gente que había, aunque de risa no me podía mover.

Metieron al buen hombre en su aposento, y a mí con él; cenamos, y nos acostamos todos los de la casa. Y a las dos de la mañana, se levanta en camisa y empieza a andar a oscuras por el aposento, dando saltos y diciendo en lengua matemática mil disparates. Me despertó a mí, y no contento con esto, bajó al dueño para que le diese luz, diciendo que había hallado objeto fijo a la estocada sagital por la cuerda. El dueño se daba a los diablos de que lo despertase, y tanto lo molestó que lo llamó loco. Y con esto se subió y me dijo que si me quería levantar vería la treta tan famosa que había hallado contra el turco y sus alfanjes. Y decía que luego se la quería ir a enseñar al Rey, por ser en favor de los católicos.

En esto amaneció, nos vestimos todos, pagamos la posada, los hicimos amigos a él y al maestro, el cual se apartó diciendo que el libro que alegaba mi compañero era bueno, pero que hacía más locos que diestros, porque los más no lo entendían.

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