Capítulo 2De cómo fue a la escuela y lo que en ella le sucedió
Al otro día ya estaba comprada la cartilla y hablado con el maestro. Fui, señora, a la escuela; me recibió muy alegre diciendo que tenía cara de hombre agudo y de buen entendimiento. Yo, con esto, por no desmentirle, di muy bien la lección aquella mañana. Me sentaba el maestro junto a sí, ganaba la palmatoria los más días por venir antes y me iba el último por hacer algunos recados a la señora, que así llamábamos a la mujer del maestro. Los tenía a todos con semejantes caricias obligados; me favorecían demasiado, y con esto creció la envidia en los demás niños. Me allegaba de todos, a los hijos de caballeros y personas principales, y particularmente a un hijo de don Alonso Coronel de Zúñiga, con el cual juntaba meriendas. Me iba a su casa a jugar los días de fiesta y lo acompañaba cada día. Los otros, o porque no les hablaba o porque les parecía demasiado punto el mío, siempre andaban poniéndome nombres tocantes al oficio de mi padre. Unos me llamaban don Navaja, otros don Ventosa; cuál decía, por disculpar la envidia, que me quería mal porque mi madre le había chupado dos hermanitas pequeñas de noche; otro decía que a mi padre lo habían llevado a su casa para que la limpiase de ratones (por llamarlo gato). Unos me decían «zape» cuando pasaba y otros «miz». Cuál decía:
—Yo le tiré dos berenjenas a su madre cuando fue obispa.
Al fin, con todo cuanto andaban royéndome los zancajos, nunca me faltaron, gloria a Dios. Y aunque yo me corría disimulaba; todo lo sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro (que aun si lo dijera turbio no me hubiera dado por entendido) agarré una piedra y lo descalabré. Me fui a mi madre corriendo para que me escondiese; le conté el caso; me dijo:
—Muy bien hiciste; bien muestras quién eres; solo anduviste errado en no preguntarle quién se lo dijo.
Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, me volví a ella y le rogué me declarase si le podía desmentir con verdad o que me dijese si me había concebido a escote entre muchos o si era hijo de mi padre. Se rió y dijo:
—¡Ah, noramaza! ¿Eso sabes decir? No serás bobo; gracia tienes. Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir.
Yo con esto quedé como muerto y me di por novillo de legítimo matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza. Disimulé, fue mi padre, curó al muchacho, lo apaciguó y me volvió a la escuela, donde el maestro me recibió con ira hasta que, oyendo la causa de la riña, se le aplacó el enojo considerando la razón que había tenido.
En todo esto, siempre me visitaba aquel hijo de don Alonso de Zúñiga, que se llamaba don Diego, porque me quería bien naturalmente, que yo trocaba con él los peones si eran mejores los míos, le daba de lo que almorzaba y no le pedía de lo que él comía, le compraba estampas, le enseñaba a luchar, jugaba con él al toro, y lo entretenía siempre. Así que los más días, sus padres del caballerito, viendo cuánto le alegraba mi compañía, rogaban a los míos que me dejasen con él a comer y cenar y aun a dormir los más días.
Sucedió, pues, uno de los primeros que hubo escuela por Navidad, que viniendo por la calle un hombre que se llamaba Poncio de Aguirre, el cual tenía fama de confeso, que el don Dieguito me dijo:
—Hola, llámale Poncio Pilato y echa a correr.
Yo, por darle gusto a mi amigo, lo llamé Poncio Pilato. Se corrió tanto el hombre que dio a correr tras mí con un cuchillo desnudo para matarme, de suerte que fue forzoso meterme huyendo en casa de mi maestro dando gritos. Entró el hombre tras mí y me defendió el maestro de que no me matase, asegurándole de castigarme. Y así luego (aunque señora le rogó por mí, movida de lo que yo la servía, no aprovechó), mandó que me desatacara y azotándome, decía tras cada azote:
—¿Diréis más Poncio Pilato?
Yo respondía:
—No, señor.
Y lo respondí veinte veces a otros tantos azotes que me dio. Quedé tan escarmentado de decir Poncio Pilato y con tal miedo, que mandándome al día siguiente decir, como solía, las oraciones a los otros, llegando al Credo (advierta vuestra merced la inocente malicia), al tiempo de decir «padeció so el poder de Poncio Pilato», acordándome que no había de decir más Pilatos, dije: «padeció so el poder de Poncio de Aguirre». Le dio al maestro tanta risa de oír mi simplicidad y de ver el miedo que le había tenido, que me abrazó y dio una firma en que me perdonaba de azotes las dos primeras veces que los mereciese. Con esto fui yo muy contento.
En estas niñerías pasé algún tiempo aprendiendo a leer y escribir. Llegó (por no enfadar) el de unas Carnestolendas, y trazando el maestro de que se holgasen sus muchachos, ordenó que hubiese rey de gallos. Echamos suertes entre doce señalados por él y me cupo a mí. Avisé a mis padres que me buscasen galas.
Llegó el día y salí en uno como caballo, mejor dijera en un cofre vivo, que no anduvo en peores pasos Roberto el diablo, según andaba él. Era rucio, y rodado el que iba encima por lo que caía en todo. La edad no hay que tratar, biznietos tenía en tahonas. De su raza no sé más de que sospecho era de judío según era medroso y desdichado. Iban tras mí los demás niños todos aderezados.
Pasamos por la plaza (aun de acordarme tengo miedo), y llegando cerca de las mesas de las verduras (Dios nos libre), agarró mi caballo un repollo a una, y ni fue visto ni oído cuando lo despachó a las tripas, a las cuales, como iba rodando por el gaznate, no llegó en mucho tiempo. La verdulera (que siempre son desvergonzadas) empezó a dar voces; se llegaron otras y con ellas pícaros, y alzando zanahorias, garrofales, nabos frisones, tronchos y otras legumbres, empiezan a dar tras el pobre rey. Yo, viendo que era batalla naval y que no se había de hacer a caballo, comencé a apearme; mas tal golpe le dieron al caballo en la cara que, yendo a empinarse, cayó conmigo en una (hablando con perdón) letrina. Me puse cual vuestra merced puede imaginar. Ya mis muchachos se habían armado de piedras y daban tras las revendedoras y descalabraron dos.
Yo, a todo esto, después que caí en la letrina, era la persona más necesaria de la riña. Vino la justicia, comenzó a hacer información, prendió a verduleras y muchachos mirando a todos qué armas tenían y quitándoselas, porque habían sacado algunos dagas de las que traían por gala y otros espadas pequeñas. Llegó a mí, y viendo que no tenía ningunas, porque me las habían quitado y metídolas en una casa a secar con la capa y sombrero, me pidió, como digo, las armas, al cual respondí, todo sucio, que si no eran ofensivas contra las narices, que yo no tenía otras. Quiero confesar a vuestra merced que cuando me empezaron a tirar los tronchos, nabos, etcétera, que, como yo llevaba plumas en el sombrero, entendiendo que me habían tenido por mi madre y que la tiraban, como habían hecho otras veces, como necio y muchacho, empecé a decir: «Hermanas, aunque llevo plumas, no soy Aldonza de San Pedro, mi madre» (como si ellas no lo echaran de ver por el talle y rostro). El miedo me disculpó la ignorancia, y el sucederme la desgracia tan de repente.
Pero, volviendo al alguacil, quiso llevarme a la cárcel, y no me llevó porque no hallaba por donde asirme (tal me había puesto del lodo). Unos se fueron por una parte y otros por otra, y yo me vine a mi casa desde la plaza martirizando cuantas narices topaba en el camino. Entré en ella, conté a mis padres el suceso, y se corrieron tanto de verme de la manera que venía que me quisieron maltratar. Yo echaba la culpa a las dos leguas de rocín exprimido que me dieron. Procuraba satisfacerlos, y, viendo que no bastaba, me salí de su casa y me fui a ver a mi amigo don Diego, al cual hallé en la suya descalabrado, y a sus padres resueltos por ello de no enviarlo más a la escuela. Allí tuve nuevas de cómo mi rocín, viéndose en aprieto, se esforzó a tirar dos coces, y de puro flaco se le desgajaron las dos piernas y se quedó sembrado para otro año en el lodo, bien cerca de expirar.
Viéndome, pues, con una fiesta revuelta, un pueblo escandalizado, los padres corridos, mi amigo descalabrado y el caballo muerto, me determiné de no volver más a la escuela ni a casa de mis padres, sino de quedarme a servir a don Diego o, por mejor decir, en su compañía, y esto con gran gusto de los suyos, por el que daba mi amistad al niño. Escribí a mi casa que yo no había menester más ir a la escuela porque, aunque no sabía bien escribir, para mi intento de ser caballero lo que se requería era escribir mal, y que así, desde luego renunciaba a la escuela por no darles gasto y a su casa para ahorrarlos de pesadumbre. Avisé de dónde y cómo quedaba y que hasta que me diesen licencia no los vería.
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