Capítulo 14De lo que le sucedió en la Corte desde que llegó hasta que amaneció
Entramos en la Corte a las diez de la mañana; fuimos a caer, de acuerdo, en casa de los amigos de don Toribio. Llegó a la puerta; llamó; le abrió una vejezuela muy pobremente abrigada, rostro cáscara de nuez, mordiscada de facciones, cargada de espaldas y de años. Preguntó por los amigos, y respondió, con un chillido estridente, que habían ido a buscar. Estuvimos solos hasta que dieron las doce, pasando el tiempo él en animarme a la profesión de la vida barata, y yo en atender a todo.
A las doce y media entró por la puerta un espantajo vestido de bayeta hasta los pies, como Arias Gonzalo, que al mismo Portugal empalagara de bayetas. Se hablaron los dos en jerga, de lo cual resultó darme un abrazo y ofrecérseme. Hablamos un rato, y sacó un guante con dieciséis reales, y una carta, con la cual, diciendo que era licencia para pedir para una pobre, los había juntado. Vació el guante y sacó otro y los dobló a usanza de médico. Yo le pregunté que por qué no se los ponía y dijo que por ser ambos de una mano, que era treta para tener guantes.
A todo esto, noté que no se desembozaba, y pregunté como nuevo para saber la causa de estar siempre envuelto en la capa, a lo cual respondió:
—Hijo, tengo en las espaldas un agujero, acompañado de un remiendo de lanilla y de una mancha de aceite; que en mi hato, aunque caminéis a cualquier parte, nunca saldréis de la Mancha, que parece que hago reverencias para lechuza o que retozo con algunos candiles. Este pedazo de embozo lo disimula todo.
Se desembozó y hallé que debajo de la sotana traía gran bulto. Yo pensé que eran calzas, porque eran a modo de ellas, cuando él, para entrar a espulgarse, se arremangó, y vi que eran dos rodajas de cartón que traía atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de suerte que hacían apariencia debajo del luto, porque el tal no traía camisa ni calzones, que apenas tenía qué espulgarse según andaba desnudo. Entró al espulgadero y dio vuelta a una tablilla como las que ponen en las sacristías, que decía: «Espulgador hay», porque no entrase otro. Grandes gracias di a Dios viendo cuánto dio a los hombres en darles industria, ya que les quitase riquezas.
—Yo —dijo mi buen amigo— vengo del camino con mal de calzas, y así me habré menester recoger a remendar.
Preguntó si había algunos retazos, que la vieja recogía trapos dos días en la semana por las calles, como las que tratan en papel, para acomodar jubones incurables, ropillas tísicas y con dolor de costado de los caballeros. Dijo que no y que por falta de harapos estaba, quince días había, en la cama, de mal de calzoncillos, don Lorenzo Íñiguez del Pedroso.
En esto estábamos, cuando vino uno con sus botas de camino y su vestido pardo, con un sombrero con las faldas prendidas por los dos lados. Supo mi venida de los demás y me habló con mucho afecto. Se quitó la capa, y traía (¡mire vuestra merced quién tal pensara!) la ropilla de pardo paño por delante, y la trasera de lienzo blanco, con sus parches de sudor. No pude contener la risa, y él, con gran disimulación, dijo:
—Se hará a las armas, y no se reirá. Yo apostaré que no sabe por qué traigo este sombrero con la falda prendida arriba.
Yo dije que por galantería y por dar lugar a la vista.
—Antes por estorbarla —dijo—; sepa que es porque no tiene cinta, y que así no lo echan de ver.
Y, diciendo esto, sacó más de veinte cartas y otros tantos reales, diciendo que no había podido dar aquellas. Traía cada una un real de porte, y eran hechas por él mismo. Ponía la firma de quien le parecía, escribía nuevas que inventaba a las personas más honradas y las daba en aquel traje cobrando los portes. Y esto hacía cada mes, cosa que me espantó ver la novedad de la vida.
Entraron luego otros dos, el uno con una ropilla de paño, larga hasta medio muslo y su capa de lo mismo, levantando el cuello porque no se viese el lienzo basto, que estaba roto. Los calzones eran de chamelote, mas no era más de lo que se descubría, y lo demás de bayeta colorada. Este venía dando voces con el otro, que traía valona por no tener cuello, y unos frascos por no tener capa, y una muleta con una pierna liada en trapajos y pellejos por no tener más de una calza. Se hacía soldado, y lo había sido en los alojamientos y hasta la mar. Contaba extraños servicios suyos, y a título de soldado entraba en cualquier parte. Decía el de la ropilla y casi calzones:
—La mitad me debéis, o por lo menos mucha parte, y si no me la dais, ¡juro a Dios...!
—No jure a Dios —dijo el otro—, que en llegando a casa no soy cojo, y os daré con esta muleta mil palos.
Sí daréis, no daréis, y entre los mentiras acostumbrados, arremetió el uno al otro y asiéndose salieron con los pedazos de los vestidos en las manos a los primeros estirones y no fue mucho. Los metimos en paz, y preguntamos la causa de la pendencia. Dijo el soldado:
—¿A mí bromas? ¡No llevaréis ni medio! Han de saber vuestras mercedes que estando hoy en San Salvador, llegó un niño a este pobrete, y le dijo que si era yo el alférez Joan de Lorenzana, y dijo que sí, atento a que le vio no sé qué cosa que traía en las manos. Lo llevó con él, y dijo, nombrándome alférez: «Mire vuestra merced qué le quiere este niño». Yo que luego entendí la flor, acepté. Recibí el recado y con él doce pañuelos, y respondí a su madre, que los enviaba a algún hombre de aquel nombre. Me pide ahora la mitad. Yo antes me haré pedazos otra vez que tal dé. Todos los han de romper mis narices.
Se juzgó la causa en su favor. Solo se le contradijo lo del sonarse con ellos, mandándole que los entregase a la vieja, para honrar la comunidad haciendo de ellos unos cuellos y unos remates de mangas que se viesen y representasen camisas, que el sonarse estaba vedado en la orden, si no era en el aire, o de refilón con un dedo.
Era de ver llegada la noche cómo nos acostamos en dos camas, tan juntos que parecíamos herramienta en estuche. Se pasó la cena de claro en claro. No se desnudaron los más, que con acostarse como andaban de día, cumplieron con el precepto de dormir en cueros.
===TEXTO===
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