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Acto 7Misericordia de Dios y apoteosis del amor

Don Juan Tenorio · José Zorrilla · 10 min de lectura

EscenaI

DON JUAN.— Culpa mía no fué; delirio insano

me enajenó la mente acalorada.

Necesitaba víctimas mi mano

que inmolar a mi fe desesperada,

y al verlos en mitad de mi camino,

presa les hice allí de mi locura.

¡No fui yo, vive Dios!, ¡fué su destino!

Sabían mi destreza y mi ventura.

¡Oh! Arrebatado el corazón me siento

por vértigo infernal.... mi alma perdida

va cruzando el desierto de la vida

cual hoja seca que arrebata el viento.

Dudo..., temo..., vacilo.... en mi cabeza

siento arder un volcán.... muevo la planta

sin voluntad, y humilla mi grandeza

un no sé qué de grande que me espanta.

(Un momento de pausa.)

DON JUAN.— ¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere

nada más que el valor...! Que se aniquila

el alma con el cuerpo cuando muere

creí..., mas hoy mi corazón vacila.

¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos!

Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento,

los pies de piedra caminando siento,

por doquiera que voy, tras de los míos.

¡Oh! Y me trae a este sitio irresistible,

misterioso poder...

(Levanta la cabeza y ve que no está en su pedestal la estatua de Don Gonzalo)

DON JUAN.— .

¡Pero qué veo!

¡Falta de allí su estatua...! Sueño horrible,

déjame de una vez... No, no te creo.

Sal, huye de mi mente fascinada,

fatídica ilusión..., estás en vano

con pueriles asombros empeñada

en agotar mi aliento sobrehumano.

Si todo es ilusión, mentido sueño,

nadie me ha de aterrar con trampantojos;

si es realidad, querer es necio empeño

aplacar de los cielos los enojos.

No: sueño o realidad, del todo anhelo

vencerle o que me venza; y si piadoso

busca tal vez mi corazón el cielo,

que le busque más franco y generoso.

La efigie de esa tumba me ha invitado

a venir a buscar prueba más cierta

de la verdad en que dudé obstinado...

Heme aquí, pues comendador, despierta.

EscenaII

ESTATUA.— Aquí me tienes, don Juan,

y he aquí que vienen conmigo

los que tu eterno castigo

De Dios reclamando están.

DON JUAN.— ¡Jesús!

ESTATUA.— ¿Y de qué te alteras,

si nada hay que a ti te asombre,

y para hacerte eres hombre

platos con sus calaveras?

DON JUAN.— ¡Ay de mí!

ESTATUA.— Qué, ¿el corazón

te desmaya?

DON JUAN.— No lo sé;

concibo que me engañé;

no son sueños..., ¡ellos son!

(Mirando a los espectros.)

DON JUAN.— Pavor jamás conocido

el alma fiera me asalta,

y aunque el valor no me falta,

me va faltando el sentido.

ESTATUA.— Eso es, don Juan, que se va

concluyendo tu existencia,

y el plazo de tu sentencia

está cumpliéndose ya.

DON JUAN.— ¡Qué dices!

ESTATUA.— Lo que hace poco

que doña Inés te avisó,

lo que te he avisado yo,

y lo que olvidaste loco.

Mas el festín que me has dado

debo volverte, y así

llega, don Juan, que yo aquí

cubierto te he preparado.

DON JUAN.— ¿Y qué es lo que ahí me das?

ESTATUA.— Aquí fuego, allí ceniza.

DON JUAN.— El cabello se me eriza.

ESTATUA.— Te doy lo que tú serás.

DON JUAN.— ¡Fuego y ceniza he de ser!

ESTATUA.— Cual los que ves en redor

en eso para el valor,

la juventud y el poder.

DON JUAN.— Ceniza, bien; ¡pero fuego!

ESTATUA.— El de la ira omnipotente,

do arderás eternamente

por tu desenfreno ciego.

DON JUAN.— ¿Conque hay otra vida más

y otro mundo que el de aquí?

¿Conque es verdad, ¡ay de mí!,

lo que no creí jamás?

¡Fatal verdad que me hiela

la sangre en el corazón!

Verdad que mi perdición

solamente me revela.

¿Y ese reló?

ESTATUA.— Es la medida

de tu tiempo.

DON JUAN.— ¡Expira ya!

ESTATUA.— Sí; en cada grano se va

un instante de tu vida.

DON JUAN.— ¿Y esos me quedan no más?

ESTATUA.— Sí.

DON JUAN.— ¡Injusto Dios! Tu poder

me haces ahora conocer,

cuando tiempo no me das

de arrepentirme.

ESTATUA.— Don Juan,

un punto de contrición

da a un alma la salvación

y ese punto aún te le dan.

DON JUAN.— ¡Imposible! ¡En un momento

borrar treinta años malditos

de crímenes y delitos!

ESTATUA.— Aprovéchale con tiento,

(Tocan a muerto.)

ESTATUA.— porque el plazo va a expirar,

y las campanas doblando

por ti están, y están cavando

la fosa en que te han de echar.

(Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.)

DON JUAN.— ¿Conque por mí doblan?

ESTATUA.— Sí.

DON JUAN.— ¿Y esos cantos funerales?

ESTATUA.— Los salmos penitenciales,

que están cantando por ti.

(Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.)

DON JUAN.— ¿Y aquel entierro que pasa?

ESTATUA.— Es el tuyo.

DON JUAN.— ¡Muerto yo!

ESTATUA.— El capitán te mató

a la puerta de tu casa.

DON JUAN.— Tarde la luz de la fe

penetra en mi corazón,

pues crímenes mi razón

a su luz tan sólo ve.

Los ve... con horrible afán

porque al ver su multitud

ve a Dios en la plenitud

de su ira contra don Juan.

¡Ah! Por doquiera que fui

la razón atropellé,

la virtud escarnecí

y a la justicia burlé,

y emponzoñé cuanto vi.

Yo a las cabañas bajé

y a los palacios subí,

y los claustros escalé;

y pues tal mi vida fue,

no, no hay perdón para mí.

¡Mas ahí estáis todavía

(A los fantasmas.)

DON JUAN.— con quietud tan pertinaz!

Dejadme morir en paz

a solas con mi agonía.

Mas con esta horrenda calma,

¿qué me auguráis, sombras fieras?

¿Qué esperan de mí?

(A la estatua de Don Gonzalo.)

ESTATUA.— Que mueras

para llevarse tu alma.

Y adiós, don Juan; ya tu vida

toca a su fin, y pues vano

todo fue, dame la mano

en señal de despedida.

DON JUAN.— ¿Muéstrasme ahora amistad?

ESTATUA.— Sí: que injusto fui contigo,

y Dios me manda tu amigo

volver a la eternidad.

DON JUAN.— Toma, pues.

ESTATUA.— Ahora, don Juan,

pues desperdicias también

el momento que te dan,

conmigo al infierno ven.

DON JUAN.— ¡Aparta, piedra fingida!

Suelta, suéltame esa mano,

que aún queda el último grano

en el reloj de mi vida.

Suéltala, que si es verdad

que un punto de contrición

da a un alma la salvación

de toda una eternidad,

yo, Santo Dios, creo en Ti:

si es mi maldad inaudita,

tu piedad es infinita...

¡Señor, ten piedad de mí!

ESTATUA.— Ya es tarde.

EscenaIII

DOÑA INÉS.— ¡No! Heme ya aquí,

don Juan mi mano asegura

esta mano que a la altura

tendió tu contrito afán,

y Dios perdona a don Juan

al pie de la sepultura.

DON JUAN.— ¡Dios clemente! ¡Doña Inés!

DOÑA INÉS.— Fantasmas, desvaneceos:

su fe nos salva..., volveos

a vuestros sepulcros, pues.

La voluntad de Dios es:

de mi alma con la amargura

purifiqué su alma impura,

y Dios concedió a mi afán

la salvación de don Juan

al pie de la sepultura.

DON JUAN.— ¡Inés de mi corazón!

DOÑA INÉS.— Yo mi alma he dado por ti,

y Dios te otorga por mí

tu dudosa salvación.

Misterio es que en comprensi6n

no cabe de criatura:

y sólo en vida más pura

los justos comprenderán

que el amor salvó a don Juan

al pie de la sepultura.

Cesad, cantos funerales

(Cesa la música y salmodia.)

DOÑA INÉS.— callad, mortuorias campanas

(Dejan de tocar a muerto.)

DOÑA INÉS.— ocupad, sombras livianas,

vuestras urnas sepulcrales

(Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran)

DOÑA INÉS.— .

volved a los pedestales,

animadas esculturas;

(Vuelven las estatuas a sus lugares)

DOÑA INÉS.— .

y las celestes venturas

en que los justos están,

empiecen para don Juan

en las mismas sepulturas.

Escenaúltima

DON JUAN.— ¡Clemente Dios, gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo: quede aquí

al universo notorio

que, pues me abre el purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de DON JUAN TENORIO.

(Cae Don Juan a los pies de Doña Inés y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón)

DON JUAN.— .

FIN.

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