Acto 6La estatua de don Gonzalo
EscenaI
DON JUAN.— Tal es mi historia, señores
pagado de mi valor,
quiso el mismo emperador
dispensarme sus favores.
Y aunque oyó mi historia entera,
dijo «Hombre de tanto brío
merece el amparo mío;
vuelva a España cuando quiera.»
Y heme aquí en Sevilla ya.
CENTELLAS.— ¡Y con qué lujo y riqueza!
DON JUAN.— Siempre vive con grandeza
quien hecho a grandeza está.
CENTELLAS.— A vuestra vuelta.
DON JUAN.— Bebamos.
CENTELLAS.— Lo que no acierto a creer
es cómo, llegando ayer,
ya establecido os hallamos.
DON JUAN.— Fue el adquirirme, señores,
tal casa con tal boato,
porque se vendió a barato
para pago de acreedores.
Y como al llegar aquí
desheredado me hallé,
tal como está la compré.
CENTELLAS.— ¿Amueblada y todo?
DON JUAN.— Sí.
Un necio que se arruinó
por una mujer vendióla.
CENTELLAS.— ¿Y vendió la hacienda sola?
DON JUAN.— Y el alma al diablo.
CENTELLAS.— ¿Murió?
DON JUAN.— De repente: y la justicia,
que iba a hacer de cualquier modo
pronto despacho de todo,
viendo que yo su codicia
saciaba, pues los dineros
ofrecía dar al punto,
cedióme el caudal por junto
y estafó a los usureros.
CENTELLAS.— Y la mujer, ¿qué fue de ella?
DON JUAN.— Un escribano la pista
la siguió, pero fue lista
y escapó.
CENTELLAS.— ¿Moza?
DON JUAN.— Y muy bella.
CENTELLAS.— Entrar hubiera debido
en los muebles de la casa.
DON JUAN.— Don Juan Tenorio no pasa
moneda que se ha perdido.
Casa y bodega he comprado,
dos cosas que, no os asombre,
pueden bien hacer a un hombre
vivir siempre acompañado;
como lo puede mostrar
vuestra agradable presencia,
que espero que con frecuencia
me hagáis ambos disfrutar.
CENTELLAS.— Y nos haréis honra inmensa.
DON JUAN.— Y a mí vos. ¡Ciutti!
CIUTTI.— ¿Señor?
DON JUAN.— Pon vino al Comendador.
(Señalando el vaso del puesto vacío.)
AVELLANEDA.— Don Juan, ¿aún en eso piensa
vuestra locura?
DON JUAN.— ¡Sí, a fe!
Que si él no puede venir,
de mí no podréis decir
que en ausencia no le honré.
CENTELLAS.— ¡Ja, ja, ja! Señor Tenorio,
creo que vuestra cabeza
va menguando en fortaleza.
DON JUAN.— Fuera en mí contradictorio,
y ajeno de mi hidalguía,
a un amigo convidar
y no guardarle el lugar
mientras que llegar podría.
Tal ha sido mi costumbre
siempre, y siempre ha de ser ésa;
y el mirar sin él la mesa
me da, en verdad, pesadumbre.
Porque si el Comendador
es, difunto, tan tenaz
como vivo, es muy capaz
de seguirnos el humor.
CENTELLAS.— Brindemos a su memoria,
y más en él no pensemos.
DON JUAN.— Sea.
CENTELLAS.— Brindemos.
AVELL. y JUAN.— Brindemos.
CENTELLAS.— A que Dios le dé su gloria.
DON JUAN.— Mas yo, que no creo que haya
más gloria que esta mortal,
no hago mucho en brindis tal;
mas por complaceros, ¡vaya!
Y brindo a Dios que te dé
la gloria Comendador.
(Mientras beben se oye lejos un aldabonazo, que se supone dado en la puerta de la calle.)
DON JUAN.— Mas ¿llamaron?
CIUTTI.— Sí, señor.
DON JUAN.— Ve quién.
(Asomando por la ventana.)
CIUTTI.— A nadie se ve.
¿Quién va allá? Nadie responde.
CENTELLAS.— Algún chusco.
AVELLANEDA.— Algún menguado
que al pasar habrá llamado
sin mirar siquiera dónde.
(A Ciutti.)
DON JUAN.— Pues cierra y sirve licor.
(Llaman otra vez más recio.)
DON JUAN.— Mas ¿llamaron otra vez?
CIUTTI.— Sí.
DON JUAN.— Vuelve a mirar.
CIUTTI.— ¡Pardiez!
A nadie veo, señor.
DON JUAN.— ¡Pues, por Dios, que del bromazo
quien es no se ha de alabar!
Ciutti, si vuelve a llamar
suéltale un pistoletazo.
(Llaman otra vez, y se oye un poco mas cerca.)
DON JUAN.— ¿Otra vez?
CIUTTI.— ¡Cielos!
CENTELLAS.— ¿Qué pasa?
CIUTTI.— Que esa aldabada postrera
ha sonado en la escalera,
no en la puerta de la casa.
CENTELLAS.— ¿Qué dices?
(Levantándose asombrados.)
CIUTTI.— Digo lo cierto
nada más: dentro han llamado
de la casa.
DON JUAN.— ¿Qué os ha dado?
¿Pensáis ya que sea el muerto?
Mis armas cargué con bala
Ciutti, sal a ver quién es.
(Vuelven a llamar más cerca.)
AVELLANEDA.— ¿Oísteis?
CIUTTI.— ¡Por San Ginés,
que eso ha sido en la antesala!
DON JUAN.— ¡Ah! Ya lo entiendo; me habéis
vosotros mismos dispuesto
esta comedia, supuesto
que lo del muerto sabéis.
AVELLANEDA.— Yo os juro, don Juan...
CENTELLAS.— Y Yo.
DON JUAN.— ¡Bah! Diera en ello el más topo,
y apuesto a que ese galopo
los medios para ello os dió.
AVELLANEDA.— Señor don Juan, escondido
algún misterio hay aquí.
(Vuelven a llamar más cerca.)
CENTELLAS.— ¡Llamaron otra vez!
CIUTTI.— Sí;
y ya en el salón ha sido.
DON JUAN.— ¡Ya! Mis llaves en manojo
habréis dado a la fantasma,
y que entre así no me pasma;
mas no saldrá a vuestro antojo,
ni me han de impedir cenar
vuestras farsas desdichadas.
(Se levanta, y corre los cerrojos de las puertas del fondo, volviendo a su lugar)
DON JUAN.— .
Ya están las puertas cerradas
ahora el coco, para entrar,
tendrá que echarlas al suelo,
y en el punto que lo intente,
que con los muertos se cuente,
y apele después al cielo.
CENTELLAS.— ¡Qué diablos! Tenéis razón.
DON JUAN.— ¿Pues no temblabais?
CENTELLAS.— Confieso
que en tanto que no di en eso,
tuve un poco de aprensión.
DON JUAN.— ¿Declaráis, pues, vuestro enredo?
AVELLANEDA.— Por mi parte, nada sé.
CENTELLAS.— Ni yo.
DON JUAN.— Pues yo volveré
contra el inventor el miedo.
Mas sigamos con la cena;
vuelva cada uno a su puesto,
que luego sabremos de esto.
AVELLANEDA.— Tenéis razón.
(Sirviendo a Centellas)
DON JUAN.— .
Cariñena
sé que os gusta, capitán.
CENTELLAS.— Como que somos paisanos.
(A Avellaneda, sirviéndole de otra botella)
DON JUAN.— .
Jerez a los sevillanos,
don Rafael.
AVELLANEDA.— Habéis, don Juan,
dado a entrambos por el gusto;
¿mas con cuál brindaréis vos?
DON JUAN.— Yo haré justicia a los dos.
CENTELLAS.— Vos siempre estáis en lo justo.
DON JUAN.— Sí, a fe; bebamos.
AVELL. y CENT.— Bebamos.
(Llaman a la misma puerta de la escena, fondo derecha.)
DON JUAN.— Pesada me es ya la broma,
mas veremos quién asoma
mientras en la mesa estamos.
(A Ciutti, que se manifiesta asombrado.)
DON JUAN.— ¿Y qué haces tú ahí, bergante?
¡Listo! Trae otro manjar:
(Vase Ciutti.)
DON JUAN.— mas me ocurre en este instante
que nos podemos mofar
de los de afuera, invitándoles
a probar su sutileza,
entrándose hasta esta pieza
y sus puertas no franqueándoles.
AVELLANEDA.— Bien dicho.
CENTELLAS.— Idea brillante.
(Llaman fuerte, fondo derecha.)
DON JUAN.— ¡Señores! ¿A qué llamar?
Los muertos se han de filtrar
por la pared; adelante.
EscenaII
CENTELLAS.— ¡Jesús!
AVELLANEDA.— ¡Dios mío!
DON JUAN.— ¡Qué es esto!
AVELLANEDA.— Yo desfallezco.
(Cae desvanecido.)
CENTELLAS.— Yo expiro.
(Cae lo mismo.)
DON JUAN.— ¡Es realidad, o deliro!
Es su figura...., su gesto.
ESTATUA.— ¿Por qué te causa pavor
quien convidado a tu mesa
viene por ti?
DON JUAN.— ¡Dios! ¿No es ésa
la voz del comendador?
ESTATUA.— Siempre supuse que aquí
no me habías de esperar.
DON JUAN.— Mientes, porque hice arrimar
esa silla para ti.
Llega, pues, para que veas
que aunque dudé en un extremo
de sorpresa, no te temo,
aunque el mismo Ulloa seas.
ESTATUA.— ¿Aún lo dudas?
DON JUAN.— No lo sé.
ESTATUA.— Pon, si quieres, hombre impío,
tu mano en el mármol frío
de mi estatua.
DON JUAN.— ¿Para qué?
Me basta oírlo de ti:
cenemos, pues; mas te advierto...
ESTATUA.— ¿Qué?
DON JUAN.— Que si no eres el muerto,
no vas a salir de aquí.
¡Eh! Alzad.
(A Centellas y Avellaneda)
DON JUAN.— .
ESTATUA.— No pienses, no,
que se levanten, don Juan;
porque en sí no volverán
hasta que me ausente yo.
Que la divina clemencia
del Señor para contigo,
no requiere más testigo
que tu juicio y tu conciencia.
Al sacrílego convite
que me has hecho en el panteón,
para alumbrar tu razón
Dios asistir me permite.
Y heme que vengo en su nombre
a enseñarte la verdad;
y es: que hay una eternidad
tras de la vida del hombre.
Que numerados están
los días que has de vivir,
y que tienes que morir
mañana mismo, don Juan.
Mas como esto que a tus ojos
está pasando, supones
ser del alma aberraciones
y de la aprensión antojos,
Dios, en su santa clemencia,
te concede todavía,
don Juan, hasta el nuevo día
para ordenar tu conciencia.
Y su justicia infinita
porque conozcas mejor,
espero de tu valor
que me pagues la visita.
¿Irás, don Juan?
DON JUAN.— Iré, sí;
mas me quiero convencer
de lo vago de tu ser
antes que salgas de aquí.
(Coge una pistola.)
ESTATUA.— Tu necio orgullo delira,
don Juan los hierros más gruesos
y los muros más espesos
se abren a mi paso mira.
EscenaIII
DON JUAN.— ¡Cielos! ¡Su esencia se trueca
el muro hasta penetrar,
cual mancha de agua que seca
el ardor canicular!
¿No me dijo «El mármol toca
de mi estatua»? ¿Cómo, pues,
se desvanece una roca?
¡Imposible! Ilusión es.
Acaso su antiguo dueño
mis cubas envenenó,
y el licor tan vano ensueño
en mi mente levantó.
¡Mas si éstas que sombras creo
espíritus reales son,
que por celestial empleo
llaman a mi corazón!,
entonces, para que iguale
su penitencia don Juan
con sus delitos, ¿qué vale
el plazo ruin que le dan?
¡Dios me da tan sólo un día...!
Si fuese Dios en verdad,
a más distancia pondría
su aviso y mi eternidad.
«Piensa bien que al lado tuyo
me tendrás...», dijo de Inés
la sombra, y si bien arguyo,
pues no la veo, sueño es.
EscenaIV
SOMBRA.— Aquí estoy.
DON JUAN.— Cielos!
SOMBRA.— Medita
lo que al buen comendador
has oído, y ten valor
para acudir a su cita.
Un punto se necesita
para morir con ventura;
elígele con cordura,
porque mañana, don Juan,
nuestros cuerpos dormirán
en la misma sepultura.
(Desaparece la sombra.)
SOMBRA.— .
EscenaV
DON JUAN.— Tente, doña Inés, espera;
y si me amas en verdad,
hazme al fin la realidad
distinguir de la quimera.
Alguna más duradera
señal dame que segura
me pruebe que no es locura
lo que imagina mi afán,
para que baje don Juan
tranquilo a la sepultura.
Mas ya me irrita, por Dios,
el verme siempre burlado,
corriendo desatentado
siempre de sombras en pos.
¡Oh! Tal vez todo esto ha sido
por estos dos preparado,
y mientras se ha ejecutado,
su privación han fingido.
Mas, por Dios, que si es así,
se han de acordar de don Juan.
¡Eh!, don Rafael, capitán.
Ya basta alzaos de ahí.
(Don Juan mueve a Centellas y a Avellaneda, que se levantan como quien vuelve de un profundo sueño)
DON JUAN.— .
CENTELLAS.— ¿Quién va?
DON JUAN.— Levantad.
AVELLANEDA.— ¿Qué pasa?
¡Hola, sois vos!
CENTELLAS.— ¿Dónde estamos?
DON JUAN.— Caballeros, claros vamos.
Yo os he traído a mi casa,
y temo que a ella al venir,
con artificio apostado
habéis, sin duda, pensado,
a costa mía reír:
mas basta ya de ficción,
y concluid de una vez.
CENTELLAS.— Yo no os entiendo.
AVELLANEDA.— ¡Pardiez!
Tampoco yo.
DON JUAN.— En conclusión,
¿nada habéis visto ni oído?
AVELLANEDA.— ¿De qué?
DON JUAN.— No finjáis ya más.
CENTELLAS.— Yo no he fingido jamás,
señor don Juan.
DON JUAN.— ¡Habrá sido
realidad! ¿Contra Tenorio
las piedras se han animado,
y su vida han acotado
con plazo tan perentorio?
Hablad, pues, por compasión.
CENTELLAS.— ¡Voto va Dios! ¡Ya comprendo
lo que pretendéis!
DON JUAN.— Pretendo
que me deis una razón
de lo que ha pasado aquí,
señores, o juro a Dios
que os haré ver a los dos
que no hay quien me burle a mí.
CENTELLAS.— Pues ya que os formalizáis,
don Juan, sabed que sospecho
que vos la burla habéis hecho
de nosotros.
DON JUAN.— ¡Me insultáis!
CENTELLAS.— No, por Dios; mas si cerrado
seguís en que aquí han venido
fantasmas, lo sucedido
oíd cómo me he explicado.
Yo he perdido aquí del todo
los sentidos, sin exceso
de ninguna especie, y eso
lo entiendo yo de este modo.
DON JUAN.— A ver, decídmelo, pues.
CENTELLAS.— Vos habéis compuesto el vino,
semejante desatino
para encajarnos después.
DON JUAN.— ¡Centellas!
CENTELLAS.— Vuestro valor
al extremo por mostrar,
convidasteis a cenar
con vos al comendador.
Y para poder decir
que a vuestro convite exótico
asistió, con un narcótico
nos habéis hecho dormir.
Si es broma, puede pasar;
mas a ese extremo llevada,
ni puede probarnos nada,
ni os la hemos de tolerar.
AVELLANEDA.— Soy de la misma opinión.
DON JUAN.— ¡Mentís!
CENTELLAS.— Vos.
DON JUAN.— Vos, capitán.
CENTELLAS.— Esa palabra, don Juan...
DON JUAN.— La he dicho de corazón.
Mentís; no son a mis bríos
menester falsos portentos,
porque tienen mis alientos
su mejor prueba en ser míos.
AVELL. y CENT.— Veamos.
(Ponen mano a las espadas)
AVELL. y CENT.— .
DON JUAN.— Poned a tasa
vuestra furia, y vamos fuera,
no piense después cualquiera
que os asesiné en mi casa.
AVELLANEDA.— Decís bien..., mas somos dos.
CENTELLAS.— Reñiremos, si os fiáis,
el uno del otro en pos.
DON JUAN.— O los dos, como queráis.
CENTELLAS.— ¡Villano fuera, por Dios!
Elegid uno, don Juan,
por primero.
DON JUAN.— Sedlo vos.
CENTELLAS.— Vamos.
DON JUAN.— Vamos, capitán.
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