Libro IV
Capítulo1Sobre la libertad
Es libre quien vive como quiere, a quien no se puede forzar ni impedir ni violentar, cuyos impulsos no encuentran obstáculos, cuyos deseos alcanzan su objetivo, cuyos rechazos no tropiezan con lo que evitan. ¿Quién quiere, entonces, vivir equivocándose? —Nadie. —¿Quién quiere vivir engañado, cayendo, siendo injusto, indisciplinado, quejoso, abatido? —Nadie. —Luego ninguno de los malvados vive como quiere; por tanto, tampoco es libre. ¿Y quién quiere vivir afligido, con miedo, envidiando, compadeciéndose, deseando y fracasando, evitando y tropezando con aquello? —Ninguno. —¿Tenemos, pues, a algún malvado sin aflicción, sin miedo, que no tropiece, que no fracase? —A ninguno. —Entonces tampoco es libre.
Si un cónsul de dos veces escucha estas cosas, si añades «pero tú eres sabio, esto no va contigo», te lo perdonará. Pero si le dices la verdad: «no te diferencias en nada de quienes han sido vendidos tres veces para no ser tú mismo también un esclavo», ¿qué otra cosa sino golpes debes esperar? «Porque ¿cómo», dice, «voy a ser yo esclavo? Mi padre es libre, mi madre es libre, nadie tiene un documento de compra contra mí; pero además soy senador y amigo del César y he sido cónsul y tengo muchos esclavos». En primer lugar, excelentísimo senador, quizá también tu padre fue esclavo de esa misma esclavitud, y tu madre y tu abuelo y todos tus antepasados sucesivamente. Y aunque fueran realmente libres, ¿qué tiene eso que ver contigo? ¿Qué importa si aquellos fueron nobles de espíritu, pero tú eres vil? Si aquellos no tenían miedo, pero tú eres cobarde; si aquellos eran moderados, pero tú indisciplinado?
«¿Y qué tiene esto que ver», dice, «con ser esclavo?». —¿No te parece que es propio de la esclavitud hacer algo contra tu voluntad, ser forzado, gemir? —«Sea eso así», dice. «Pero ¿quién puede forzarme, salvo el señor de todos, el César?». —Así pues, tú mismo has reconocido que tienes un amo. Que sea común a todos, como dices, no dejes que eso te consuele, sino reconoce que eres esclavo de una gran casa. Así también los habitantes de Nicópolis suelen gritar «por la fortuna del César, somos libres».
Sin embargo, si te parece, dejemos al César por el momento, y dime esto: ¿nunca te has enamorado de alguien? ¿De ninguna jovencita, de ningún jovencito, de ningún esclavo, de ninguna persona libre? —«¿Y qué tiene esto que ver con ser esclavo o libre?». —¿Nunca te ordenó tu amante algo que no querías? ¿Nunca adulaste a tu esclavita? ¿Nunca le besaste los pies? Y sin embargo, si alguien te obligara a besar los del César, lo considerarías un ultraje y un colmo de tiranía. Entonces ¿qué otra cosa es la esclavitud? ¿Nunca saliste de noche adonde no querías? ¿Nunca gastaste lo que no querías? ¿Nunca dijiste algo entre lamentos y gemidos, soportaste ser insultado, excluido? Pero si te avergüenza reconocer lo tuyo propio, mira lo que dice y hace Trasonides, que ha hecho tantas campañas militares como quizá ni tú: primero, ha salido de noche, cuando Getas no se atreve a salir, sino que si fuera forzado por él, habría salido entre muchos gritos y lamentando su amarga esclavitud. Luego, ¿qué dice? «Me ha esclavizado una jovencita despreciable»,
a quien ninguno de los enemigos jamás. Desgraciado, que eres esclavo incluso de una jovencita y de una jovencita despreciable. ¿Por qué entonces todavía te llamas libre? ¿Por qué alardeas de tus campañas militares? Luego pide una espada y se enfada con quien por afecto no se la da y envía regalos a la que lo odia y suplica y llora, después, cuando tiene un poco de suerte, se exalta; pero incluso entonces ¿cómo? † ni desear ni temer ni libertad †.
Mira en el caso de los animales cómo empleamos el concepto de libertad. Crían leones domesticados encerrándolos y los alimentan y algunos los llevan consigo. ¿Y quién dirá que este león es libre? ¿Acaso no es cierto que cuanto más cómodamente vive, tanto más servil es? ¿Qué león, si adquiriera sensibilidad y razonamiento, querría ser uno de esos leones? Veamos, estos pájaros cuando son capturados y se los cría encerrados, ¡qué cosas sufren intentando escapar! Y algunos de ellos perecen de hambre antes que soportar esa forma de vida; los que se conservan, apenas y con dificultad y consumiéndose, y si encuentran alguna abertura, salen de un salto. Así anhelan la libertad natural y ser autónomos y sin obstáculos. «¿Y qué mal tienes aquí?». «¿Cómo qué dices? Nací para volar adonde quiero, vivir al aire libre, cantar cuando quiero; tú me privas de todo esto y dices "¿qué mal tienes?"». Por eso diremos que solo son libres aquellos que no soportan la captura, sino que en cuanto son capturados mueren y escapan así. De igual modo Diógenes dice en algún sitio que un solo método hay para la libertad: morir fácilmente, y escribe al rey de los persas que «no puedes esclavizar a la ciudad de los atenienses; no más», dice, «que a los peces». «¿Cómo? ¿Acaso no los capturaré?». «Si los capturas», dice, «enseguida te abandonarán y se marcharán, como los peces». Pues también de aquellos el que captures habrá muerto; y si estos, una vez capturados, mueren, ¿de qué te sirve tu preparativo? Esta es la voz de un hombre libre que ha examinado el asunto con seriedad y, como es natural, lo ha descubierto. Pero si lo buscas en otro lugar y no donde está, ¿qué tiene de extraño que nunca lo encuentres?
El esclavo inmediatamente ruega ser liberado. ¿Por qué? ¿Creéis que es porque desea dar dinero a los recaudadores del cinco por ciento? No; sino porque se imagina que hasta ahora, por no haber conseguido esto, está impedido y las cosas le van mal. «Si me liberan», dice, «enseguida todo irá bien, no hago caso a nadie, hablo con todos como igual y semejante, voy adonde quiero, vengo de donde quiero y adonde quiero». Luego es liberado y enseguida, al no tener dónde comer, busca a quién adular, junto a quién cenar; luego o trabaja con su cuerpo y sufre las cosas más terribles, y si consigue algún pesebre, ha caído en una esclavitud mucho más dura que la anterior, o incluso habiendo prosperado, un hombre sin sentido de lo noble se ha enamorado de una jovencita y, siendo desgraciado, se lamenta y añora la esclavitud. «Porque ¿qué mal tenía yo? Otro me vestía, otro me calzaba, otro me alimentaba, otro me cuidaba en la enfermedad; le servía en pocas cosas. Ahora, en cambio, ¡desgraciado!, ¡qué cosas sufro sirviendo a muchos en vez de a uno! Sin embargo, si consigo», dice, «los anillos, entonces viviré con mucha facilidad y muy feliz». Primero, para conseguirlos, sufre lo que se merece; luego, habiéndolos conseguido, de nuevo lo mismo. Entonces dice «si hago el servicio militar, me habré librado de todos los males». Hace el servicio militar, sufre tanto como un esclavo azotado y no obstante pide una segunda campaña y una tercera. Después, cuando pone la corona final y se hace senador, entonces se convierte en esclavo al ir a la asamblea, entonces sirve la esclavitud más hermosa y brillante.
Para que no sea necio, sino que aprenda, como decía Sócrates, qué es cada una de las cosas que existen, y no aplique al azar las nociones comunes a las realidades particulares. Pues esto es la causa de todos los males para los hombres: no ser capaces de aplicar las nociones comunes a los casos particulares. Pero nosotros suponemos cosas distintas. Uno que está enfermo. De ninguna manera, sino que no aplica las nociones comunes. Otro que es pobre, otro que tiene un padre difícil o una madre, otro que el César no le es favorable. Pero esto es una sola cosa: no saber aplicar las nociones comunes. Pues ¿quién no tiene una noción común del mal, de que es perjudicial, de que es evitable, de que por todos los medios debe rechazarse? Una noción común no se opone a otra noción común, sino cuando se trata de aplicarla. ¿Qué es, pues, este mal, perjudicial y evitable? Dice que no ser amigo del César; se ha apartado, ha errado en la aplicación, se atormenta, busca lo que no tiene nada que ver con lo propuesto; porque habiendo conseguido ser amigo del César, no por ello ha alcanzado lo que busca. Pues ¿qué es lo que busca todo hombre? Estar firme, ser feliz, hacer todo como quiere, no ser impedido, no ser forzado. Pues cuando se convierte en amigo del César, ¿ha dejado de ser impedido, ha dejado de ser forzado, está firme, prospera? ¿A quién preguntaremos? ¿A quién tenemos más digno de crédito que a este mismo que se ha hecho amigo? Sal al medio y dinos, ¿cuándo dormías más tranquilo, ahora o antes de hacerte amigo del César? Enseguida oyes que «deja ya, por los dioses te lo pido, de burlarte de mi fortuna; no sabes qué cosas sufro, desgraciado de mí; ni siquiera me viene el sueño, sino que viene uno y dice que ya está despierto, que ya sale; luego turbaciones, luego preocupaciones». Vamos, ¿cuándo cenabas con más gusto, ahora o antes? Escúchalo también sobre esto, qué dice: que si no es invitado, sufre, y si es invitado, cena como un esclavo junto a su amo, atento entretanto a no decir o hacer algo necio. ¿Y qué crees que teme? ¿Ser azotado como un esclavo? ¿De dónde le viene a él algo tan bueno? Sino, como corresponde a un hombre de tal categoría, amigo del César, perder el cuello. ¿Y cuándo te bañabas más tranquilo? ¿Cuándo te ejercitabas con más calma? En suma, ¿qué vida preferirías vivir, la de ahora o la de entonces? Puedo jurar que nadie es tan insensible o tan falso como para no lamentar sus propias desgracias cuanto más amigo sea.
Así que cuando ni los llamados reyes viven como quieren ni tampoco los amigos de los reyes, ¿quiénes son entonces libres? —Busca y lo encontrarás. Tienes recursos de la naturaleza para encontrar la verdad. Y si por ti mismo no eres capaz de avanzar solo con ellos hasta encontrar lo que sigue, escucha a quienes han investigado. ¿Qué dicen? ¿Te parece que la libertad es un bien? —El mayor. —Entonces, ¿puede alguien que posee el mayor bien ser desgraciado o pasarlo mal? —No. —Pues bien, a todos los que veas desgraciados, desdichados, lamentándose, declara con confianza que no son libres. —Lo declaro. —Así pues, ya nos hemos apartado de la compra, la venta y ese tipo de clasificación según la propiedad. Porque si has admitido correctamente esto, tanto si es un gran rey el que es desgraciado, no podría ser libre, como si es uno pequeño, o un cónsul, o un excónsul. —De acuerdo.
Respóndeme aún esto: ¿te parece que la libertad es algo grande, noble y valioso? —Pues ¿cómo no? —¿Es posible entonces que alguien que posee algo tan grande, valioso y noble sea abyecto? —No es posible. —Así que cuando veas a alguien rebajándose ante otro o adulándole en contra de lo que le parece, di también de este con confianza que no es libre; y no solo si lo hace por una cena, sino aunque sea por una provincia o un consulado. Pero a los que hacen estas cosas por alguna nimiedad llámalos pequeños esclavos, y a estos, como merecen, grandes esclavos. —De acuerdo también con esto. —¿Y te parece que la libertad es algo autónomo e independiente? —Pues ¿cómo no? —Pues bien, a quien otro puede obstaculizar y obligar, di con confianza que no es libre. Y no me mires sus abuelos y bisabuelos ni busques compra y venta, sino que si lo oyes diciendo desde dentro y por pasión «señor», aunque le precedan doce lictores, llámalo esclavo; y si lo oyes diciendo «pobre de mí, lo que sufro», llámalo esclavo; si en general lo ves lamentándose, quejándose, desdichado, llámalo esclavo con toga púrpura. Así que si no hace nada de esto, no digas todavía que es libre, sino examina sus opiniones, no sea que haya alguna sujeta a coacción, alguna obstaculizable, alguna que cause aflicción; y si encuentras una así, llámalo esclavo que tiene vacaciones en las Saturnales; di que su amo está de viaje; luego vendrá y sabrás lo que sufre. —¿Quién vendrá? —Todo aquel que tenga poder sobre alguna de las cosas que él desea, para procurarlas o quitarlas. —¿Así que tenemos muchos amos? —Así es. Pues antes que estos tenemos por amos las cosas; y estas son muchas. Por ello es necesario que también quienes tienen poder sobre alguna de ellas sean nuestros amos; puesto que nadie teme al César mismo, sino a la muerte, el destierro, la confiscación de bienes, la cárcel, la pérdida de derechos. Ni nadie ama al César, a menos que este sea muy valioso, sino que amamos la riqueza, el tribunado, la pretura, el consulado. Cuando amamos, odiamos y tememos estas cosas, es necesario que quienes tienen poder sobre ellas sean nuestros amos. Por eso incluso los veneramos como a dioses; pues pensamos que lo que tiene poder sobre el mayor beneficio es divino, y luego hacemos mal la suposición: «este tiene [el mayor beneficio; es divino. Entonces hacemos mal la suposición:] este tiene poder sobre el mayor beneficio». Es necesario que también lo que surge de ellos se deduzca incorrectamente.
¿Qué es entonces lo que hace al hombre no obstaculizable e independiente? Pues no lo hace la riqueza, ni el consulado, ni la provincia, ni el reino, sino que es preciso encontrar otra cosa. ¿Qué es lo que en la escritura hace no obstaculizable e inobstruible? —El conocimiento de la escritura. —¿Y en tocar la cítara? —El conocimiento de tocar la cítara. —Por tanto, también en el vivir, el conocimiento de vivir. Pues bien, esto lo has oído en general; examínalo también en los casos particulares. ¿Es posible que quien desea algo de lo que depende de otros sea no obstaculizable? —No. —¿Es posible que sea inobstruible? —No. —Por tanto, tampoco libre. Mira entonces: ¿no tenemos nada que dependa solo de nosotros, o todo, o algunas cosas dependen de nosotros y otras de otros? —¿Cómo dices? —Cuando quieres que el cuerpo esté íntegro, ¿depende de ti o no? —No depende de mí. —¿Y cuando quieres estar sano? —Tampoco esto. —¿Y cuando ser hermoso? —Tampoco esto. —¿Y vivir o morir? —Tampoco esto. —Así que el cuerpo es algo ajeno, sometido a cualquiera más fuerte. —De acuerdo. —¿Está en tu poder tener la tierra cuando quieras, durante cuanto quieras y como quieras? —No. —¿Y los esclavos? —No. —¿Y los vestidos? —No. —¿Y la casita? —No. —¿Y los caballos? —Ninguna de estas cosas. —¿Y si quieres de todas todas que vivan tus hijos o tu mujer o tu hermano o tus amigos, depende de ti? —Tampoco esto.
¿Así que no tienes nada independiente que dependa solo de ti, o tienes algo así? —No lo sé. —Pues míralo así y examínalo. ¿Puede alguien obligarte a asentir a lo falso? —Nadie. —Entonces en el ámbito del asentimiento eres no obstaculizable e inobstruible. —De acuerdo. —Veamos, ¿puede alguien forzarte a desear algo que no quieres? —Puede. Pues cuando me amenaza con la muerte o las cadenas, me obliga a desearlo. —¿Y si desprecias morir y ser encadenado, aún te importa? —No. —¿Así que despreciar la muerte es acción tuya o no tuya? —Mía. —¿Por tanto también es tuyo el desear o no? —Admitamos que es mío. —¿Y el no desear de quién es? También tuyo. —¿Qué pasa entonces si, cuando yo deseo caminar, él me lo impide? —¿Qué te impedirá? ¿Acaso el asentimiento? —No, sino el cuerpecito. —Sí, como a una piedra. —De acuerdo; pero ya no camino yo. —¿Y quién te dijo «caminar es acción tuya no obstaculizable»? Pues yo decía no obstaculizable solo el desear; pero donde hay necesidad de cuerpo y de su cooperación, hace tiempo que oíste que nada es tuyo. —De acuerdo también con esto. —¿Puede alguien obligarte a tender hacia lo que no quieres? —Nadie. —¿O a proponerse o proyectar algo o, en general, a usar las representaciones que se presentan? —Tampoco esto; pero cuando yo tiendo hacia algo me impedirá alcanzar aquello a lo que tiendo. —¿Y si tiendes hacia algo tuyo y no obstaculizable, cómo te impedirá? —De ningún modo. —¿Quién te dice entonces que el que tiende hacia lo ajeno es no obstaculizable?
¿Así que no debo tender hacia la salud? —En absoluto, ni hacia ninguna otra cosa ajena. Pues lo que no está en tu poder procurar o conservar cuando quieras, eso es ajeno. Mantén lejos de ello no solo las manos, sino mucho antes el deseo; si no, te has entregado como esclavo, has puesto el cuello bajo el yugo, si admiras algo de lo que no es tuyo, si te apegas a cualquiera de las cosas sometidas y mortales. —¿La mano no es mía? —Es una parte tuya, pero por naturaleza es barro, obstaculizable, coercionable, esclava de todo lo más fuerte. ¿Y por qué te hablo de la mano? Todo el cuerpo debes tenerlo así como un borriquillo ensillado, mientras sea posible, mientras te sea concedido; pero si hay requisa y un soldado lo toma, suéltalo, no te resistas ni refunfuñes. Si no, recibirás golpes y no por eso dejarás de perder el borriquillo. Y cuando así debes comportarte con el cuerpo, mira qué queda en cuanto a las demás cosas, todas las que se preparan por causa del cuerpo. Cuando aquel es un borriquillo, lo demás se convierte en correíllas del borriquillo, albardas, herraduras, cebada, forraje. Suelta también esas cosas, abandónalas más rápida y fácilmente que el borriquillo.
Y tras hacer esta preparación y haber ejercitado el ejercicio de distinguir lo ajeno de lo propio, lo obstaculizable de lo no obstaculizable, considerando estas cosas tuyas y aquellas no tuyas, poniendo aquí atentamente el deseo, y aquí la aversión, ¿a quién temerás todavía? —A nadie. —Pues ¿qué temerás? ¿Acaso por lo tuyo, donde reside para ti la esencia del bien y del mal? ¿Y quién tiene poder sobre esto? ¿Quién puede quitarlo, quién puede obstaculizarlo? Nadie más que a un dios. Pero ¿por el cuerpo y la posesión? ¿Por lo ajeno? ¿Por lo que no tiene nada que ver contigo? ¿Y qué otra cosa practicaste desde el principio sino distinguir lo tuyo y lo no tuyo, lo que depende de ti y lo que no depende de ti, lo obstaculizable y lo no obstaculizable? ¿Y para qué te acercaste a los filósofos? ¿Para que no por eso seas menos desafortunado y desgraciado? Así que de este modo estarás sin miedo y sin perturbación. ¿Y qué tiene que ver contigo la pena? Pues de aquello cuya expectativa produce miedo, también produce pena cuando está presente. ¿Y qué desearás todavía? Pues de las cosas que dependen de la elección moral, al ser bellas y estar presentes, tienes un deseo mesurado y establecido, y de las que no dependen de la elección no deseas ninguna, de modo que no tenga lugar lo irracional aquel, lo impetuoso y lo apresuradamente desmedido.
Así pues, cuando te encuentras de este modo ante las circunstancias, ¿qué hombre puede ya ser temible para ti? Pues ¿qué tiene de temible un hombre para otro hombre, ya sea al verlo, al hablar con él o, en general, al tratarlo? No más de lo que un caballo lo es para otro caballo, un perro para otro perro, o una abeja para otra abeja. Pero las circunstancias sí son temibles para cada uno; y cuando alguien puede procurarle a otro esas circunstancias o arrebatárselas, entonces él mismo se vuelve temible. ¿Cómo se derrumba entonces una ciudadela? No con hierro ni con fuego, sino con juicios. Porque si derribamos la ciudadela que está en la ciudad, ¿acaso habremos derribado también la de la fiebre, y la de las mujeres hermosas, y, en resumen, la ciudadela que llevamos dentro y los tiranos que llevamos dentro, a quienes tenemos cada día sobre cada cosa, unas veces los mismos, otras veces distintos? Pero es desde aquí de donde hay que empezar y desde aquí hay que derribar la ciudadela, expulsar a los tiranos: renunciar al cuerpecito, a sus partes, a sus capacidades, a la propiedad, a la fama, a los cargos, a los honores, a los hijos, a los hermanos, a los amigos; considerar todo esto ajeno. Y si desde aquí son expulsados los tiranos, ¿a qué viene que yo eche abajo la ciudadela por mi propio bien? Porque estando en pie, ¿qué me hace? ¿A qué viene expulsar a los guardias? Pues ¿dónde noto su presencia? Contra otros tienen sus varas, sus lanzas y sus espadas. Pero yo jamás he sido impedido cuando quería algo, ni forzado cuando no quería. ¿Y cómo es esto posible? He subordinado mi impulso a Dios. ¿Quiere él que tenga fiebre? También yo lo quiero. ¿Quiere que me lance a algo? También yo lo quiero. ¿Quiere que desee algo? También yo lo quiero. ¿Quiere que consiga algo? También yo lo quiero. ¿No lo quiere? Tampoco lo quiero yo. ¿Quiere que muera? Entonces quiero morir. ¿Quiere que sea torturado? Entonces quiero ser torturado. ¿Quién puede ya impedirme o forzarme contra lo que me parece bien a mí? No más que a Zeus.
Así hacen también los viajeros más precavidos. Ha oído que el camino está infestado de bandidos; no se atreve a lanzarse solo, sino que espera la compañía de un embajador, de un cuestor o de un procónsul, y uniéndose a ellos pasa con seguridad. Así hace también el prudente en el mundo. «Hay muchos bandidos, tiranos, tormentas, privaciones, pérdidas de lo más querido. ¿Dónde puede uno refugiarse? ¿Cómo pasar sin ser asaltado? ¿Qué compañía debe esperar para atravesar con seguridad? ¿A quién debe unirse? ¿A fulano, al rico, al consular? ¿Y de qué me sirve? Él mismo es despojado, gime, se lamenta. ¿Y qué pasa si el compañero de viaje se vuelve contra mí y él mismo se convierte en mi bandido? ¿Qué haré? Seré amigo del César; siendo su camarada nadie me hará daño. Pero en primer lugar, para llegar a serlo, ¡cuántas cosas debo soportar y sufrir!, ¡cuántas veces y por cuántos debo ser saqueado! Y luego, aunque llegue a serlo, también él es mortal. Y si él mismo por alguna circunstancia se vuelve mi enemigo, ¿no es mejor retirarse a algún lugar? ¿Al desierto? Bien, pero ¿acaso allí no llega la fiebre? ¿Qué hacer entonces? ¿No es posible encontrar una compañía segura, fiel, fuerte, libre de asechanzas?» Así reflexiona y considera que, si se une a Dios, pasará con seguridad.
¿Cómo dices unirse? — Para que, lo que él quiera, también él mismo lo quiera, y lo que él no quiera, tampoco él mismo lo quiera. — ¿Cómo puede suceder esto? — ¿De qué otro modo sino examinando los impulsos de Dios y su gobierno? ¿Qué me ha dado como mío y bajo mi potestad, qué se ha reservado para sí? Me ha dado lo que depende de mi elección, lo ha puesto en mi poder, sin trabas, sin impedimentos. ¿Cómo podía hacer sin impedimentos el cuerpo de barro? Lo sometió, pues, a la rotación del universo; la propiedad, los enseres, la casa, los hijos, la mujer. ¿Por qué entonces lucho contra Dios? ¿Por qué quiero lo que no hay que querer, tener de todas formas lo que no me ha sido dado? Pero ¿cómo entonces? Como se ha dado y mientras se pueda. Pero el que dio lo quita. ¿Por qué me resisto entonces? No digo solo que seré insensato forzando al más fuerte, sino antes aún, que seré injusto. Pues ¿de dónde vine teniéndolas? Mi padre me las dio. ¿Y a él quién? ¿Quién hizo el sol? ¿Quién los frutos? ¿Quién las estaciones? ¿Quién el vínculo y la comunión entre unos y otros?
Luego, habiéndolo recibido todo de otro, incluso a ti mismo, ¿te indignas y acusas al que te lo dio si te quita algo? ¿Quién eres tú y a qué has venido? ¿No te introdujo él? ¿No te mostró él la luz? ¿No te dio colaboradores? ¿Y no también los sentidos? ¿Y la razón? ¿Y como quién te introdujo? ¿No como mortal? ¿No como quien vivirá sobre la tierra con un poco de carne y contemplará su gobierno y marchará en procesión con él y celebrará la fiesta con él por poco tiempo? ¿No quieres entonces, mientras se te concede, habiendo contemplado la procesión y la fiesta, luego, cuando te saque, marcharte tras postrarte y dar gracias por lo que oíste y viste? «No; sino que quería seguir celebrando.» También los iniciados querían seguir siendo iniciados; quizá también los de Olimpia querían ver a otros atletas; pero la fiesta tiene un final: sal, márchate agradecido, con respeto; deja lugar a otros; es necesario que nazcan también otros, como tú naciste, y que al nacer tengan espacio y casas y lo necesario. Si los primeros no se retiran, ¿qué queda? ¿Por qué eres insaciable? ¿Por qué eres incomprensivo? ¿Por qué ahoga el mundo? — Sí; pero quiero que mis hijitos estén conmigo y mi mujer. — ¿Acaso son tuyos? ¿No son del que te los dio? ¿No son también de quien te hizo? ¿No vas a retirarte entonces de lo ajeno? ¿No cederás al que es superior? — Entonces ¿por qué me introdujo en estas condiciones? — Y si no te conviene, márchate; no tiene necesidad de un espectador quejoso. Necesita de quienes celebran con él, de quienes bailan con él, para que más bien lo aclamen, lo celebren divinamente, canten himnos a la fiesta. A los desgraciados y cobardes los verá con gusto apartados de la fiesta; porque ni aun estando presentes se comportaban como en una fiesta ni ocupaban el lugar que les correspondía, sino que se lamentaban, acusaban al destino, a la fortuna, a los que los rodeaban; insensibles tanto a lo que obtenían como a sus propias facultades, las que habían recibido para lo contrario, para la magnanimidad, la nobleza, la valentía, para esta misma libertad que ahora buscamos. — ¿Para qué entonces he recibido estas cosas? — Para usarlas. — ¿Hasta cuándo? — Hasta que el que te las prestó lo quiera. — ¿Y si me son necesarias? — No te aferres a ellas y no lo serán. No te digas a ti mismo que son necesarias y no lo son.
Este ejercicio debías practicarlo de la mañana a la noche. Empezando por las cosas más pequeñas, por las más frágiles, por una olla, por una copa, después así pasa a una túnica, a un perrito, a un caballito, a un campito; de ahí a ti mismo, al cuerpo, a las partes del cuerpo, a los hijos, a la mujer, a los hermanos. Mira en todas partes y apártalas de ti; purifica tus juicios, no sea que algo de lo que no es tuyo esté adherido a ti, no sea que algo haya crecido junto a ti, no sea que algo te duela al ser arrancado. Y di ejercitándote cada día, como allí, no que filosofas (dejemos ese nombre, que es pedante), sino que presentas tu libertad. Porque esto es la verdadera libertad. Así se liberó Diógenes por medio de Antístenes y ya no dijo que pudiera ser esclavizado por nadie. Por eso, ¿cómo fue capturado?, ¿cómo se comportó con los piratas? ¿Acaso llamó amo a alguno de ellos? Y no hablo del nombre; pues no temo la palabra, sino la pasión de la que brota la palabra. ¿Cómo los reprende porque alimentaban mal a los cautivos? ¿Cómo fue vendido? ¿Acaso buscaba un amo? Sino un esclavo. ¿Y cómo se comportaba una vez vendido con el amo? Enseguida discutía con él, diciéndole que no debía vestirse así, ni cortarse el pelo así, y sobre los hijos, cómo debían vivir. ¿Y qué tiene de asombroso? Porque si hubiera comprado un maestro de gimnasia, ¿lo habría tratado en los ejercicios de la palestra como a un sirviente o como a un amo? Del mismo modo si hubiera comprado a un médico, y del mismo modo si hubiera comprado a un arquitecto. Y así en cada materia necesariamente el experto domina al inexperto. Por tanto, quien posee en general el conocimiento sobre la vida, ¿qué otra cosa sino que debe ser este el amo? Pues ¿quién es el amo en una nave? — El piloto. — ¿Por qué? Porque el que le desobedece sufre un castigo. — Pero puede azotarme. — ¿Acaso sin castigo para él? — Así lo juzgaba yo. — Pero como no es sin castigo para él, por eso no le es posible; y a nadie le es posible hacer lo injusto sin castigo. — ¿Y cuál es el castigo para quien encadena a su propio esclavo, según crees? — El encadenar mismo; esto lo admitirás también tú, si quieres mantener que el hombre no es un animal salvaje, sino manso. Pues ¿cuándo le va mal a una vid? Cuando obra contra su propia naturaleza. ¿Cuándo a un gallo? De igual modo. Luego también al hombre. ¿Cuál es entonces su naturaleza? ¿Morder, dar coces, meter en prisión y decapitar? No; sino hacer el bien, colaborar, desear el bien. Entonces le va mal, lo quieras o no, cuando actúa de manera insensata.
¿Entonces Sócrates no le fue mal? — No, sino a los jueces y a los acusadores. — ¿Tampoco a Helvídio en Roma? — No, sino al que lo mató. — ¿Cómo dices eso? — Del mismo modo que tú no dices que le fue mal al gallo que venció y quedó despedazado, sino al que perdió sin recibir golpes; ni llamas feliz al perro que no persigue ni se fatiga, sino cuando lo ves sudando, cuando sufre, cuando revienta a causa de la carrera. ¿Qué paradoja decimos si afirmamos que el mal de cada uno es lo que va contra su naturaleza? ¿Es esto una paradoja? Pues tú mismo lo dices de todos los demás seres. ¿Por qué solo con el hombre opinas de otro modo? Pero el hecho de que digamos que la naturaleza del hombre es mansa, amigable y fiel, esto no es una paradoja. — Tampoco lo es. — ¿Cómo entonces no sufre daño aunque lo golpeen, lo encadenen o lo decapiten? ¿No es así: si lo soporta noblemente, sale ganando y beneficiándose, mientras que sufre daño aquel que padece las cosas más lamentables y vergonzosas, el que de hombre se convierte en lobo, en víbora o en avispa?
Vamos entonces a repasar lo que hemos convenido. El hombre libre es el que no tiene impedimentos, aquel para quien las cosas están a mano como quiere. Pero aquel a quien se puede impedir, forzar, obstaculizar o arrojar contra su voluntad a algo, ese es esclavo. ¿Y quién no tiene impedimentos? El que no desea nada de lo ajeno. ¿Y qué es lo ajeno? Aquello que no está en nuestro poder tener o no tener, ni tener de cierta manera o en determinadas condiciones. Así pues, el cuerpo es ajeno, sus partes son ajenas, las posesiones son ajenas. Si entonces te apegas a alguna de estas cosas como si fuera propia, pagarás el castigo que merece quien desea lo ajeno. Este es el camino que conduce a la libertad, esta es la única liberación de la esclavitud, el poder decir algún día de todo corazón: «Condúceme, oh Zeus, y tú también, Destino,
adondequiera que hayáis dispuesto para mí».
Pero ¿qué dices, filósofo? El tirano te llama para que digas algo que no te conviene. ¿Lo dices o no lo dices? Respóndeme. — Déjame reflexionar. — ¿Ahora vas a reflexionar? Pero cuando estabas en la escuela, ¿qué reflexionabas? ¿No examinabas qué cosas son buenas, cuáles malas y cuáles indiferentes? — Sí, lo examinaba. — ¿Y qué os parecía? — Que lo justo y lo honesto son bienes, lo injusto y lo vergonzoso, males. — ¿Acaso vivir es un bien? — No. — ¿Acaso morir es un mal? — No. — ¿Acaso la cárcel? — No. — ¿Y el discurso innoble, la traición, la delación de un amigo y la adulación de un tirano, qué os parecían? — Males. — ¿Qué pasa entonces? No estás reflexionando, ya reflexionaste y decidiste. Pues ¿qué reflexión es esta, si me corresponde a mí, que puedo procurarme los mayores bienes, no procurarme los mayores males? Hermosa reflexión y necesaria, que requiere mucha deliberación. ¿Por qué te burlas de nosotros, hombre? Nunca ocurre tal reflexión. Ni siquiera si verdaderamente te parecieran males las acciones vergonzosas y lo demás indiferente, habrías llegado a este dilema, ni cerca; sino que inmediatamente tendrías capacidad de discernir, como con la vista, con el pensamiento. Pues ¿cuándo reflexionas si lo negro es blanco, si lo pesado es ligero? ¿Acaso no sigues lo que evidentemente se muestra? ¿Cómo entonces dices ahora que reflexionas si las cosas indiferentes son más evitables que los males? Pero tú no tienes estas doctrinas, sino que te parecen estas cosas no indiferentes, sino los mayores males, y aquellas no males, sino nada que nos concierna. Así te has acostumbrado desde el principio: «¿Dónde estoy? En la escuela. ¿Y quiénes me escuchan? Hablo entre filósofos». Pero salí de la escuela; ¡fuera esas cosas de escolares y tontos! Así un amigo es delatado por un filósofo, así un filósofo se convierte en parásito, así se alquila a sí mismo por dinero, así alguien en el senado no dice lo que piensa; dentro su doctrina grita, no una opinión fría y miserable suspendida de razonamientos triviales como de un cabello, sino fuerte y útil e iniciada por haberse ejercitado en la práctica. Obsérvate a ti mismo, cómo escuchas —no digo que tu hijo murió, ¿de dónde te vendría eso?, sino que se derramó tu aceite, se bebió tu vino—, para que alguien acercándose mientras te exaltas te diga solo esto: «Filósofo, dices otras cosas en la escuela; ¿por qué nos engañas? ¿Por qué siendo gusano dices que eres hombre?». Quisiera asistir a uno de ellos en el acto sexual, para ver cómo se tensa y qué voces emite, si se acuerda de su nombre, de las palabras que escucha o dice o lee.
¿Y qué tiene esto que ver con la libertad? — Nada más que esto, ya sea que vosotros los ricos lo queráis o no. — ¿Y quién te atestigua esto? — ¿Quién más que vosotros mismos, los que tenéis al gran señor y vivís según sus gestos y movimientos, y si uno de vosotros lo ve solo con mirada ceñuda, os desmayáis, los que servís a las viejas y a los ancianos y decís: «no puedo hacer esto; no me está permitido»? ¿Por qué no te está permitido? ¿No discutías conmigo hace poco diciendo que eres libre? «Pero Aprula me lo ha impedido». Di entonces la verdad, esclavo, y no huyas de tus señores ni los niegues ni te atrevas a presentar garante, teniendo tantas pruebas de tu esclavitud. Y sin embargo, al que se ve forzado por amor a hacer algo contra lo que le parece, y a la vez ve lo mejor pero no tiene fuerzas para seguirlo, a ese aún más alguien podría considerarlo digno de perdón, porque está dominado por algo violento y en cierto modo divino. Pero ¿quién te soportaría a ti enamorado de las viejas y de los ancianos, limpiándoles las narices y lavándolos y sobornándolos, y a la vez sirviéndolos en sus enfermedades como esclavo, y a la vez rezando para que mueran e interrogando a los médicos sobre si ya están en estado mortal? ¿O nuevamente cuando por esas grandes y venerables magistraturas y honores besas las manos de esclavos ajenos, de modo que ni siquiera seas esclavo de hombres libres? Luego caminas orgulloso ante mí siendo pretor, cónsul, sin que yo sepa cómo fuiste pretor, de dónde obtuviste el consulado, quién te lo dio. Yo ni siquiera querría vivir si tuviera que vivir a través de Felicíon, soportando su altivez y su arrogancia servil. Pues sé qué es un esclavo que prospera según parece y está engreído.
Entonces tú, dice, ¿eres libre? — Quiero serlo, por los dioses, y lo deseo, pero todavía no puedo enfrentar a mis señores, todavía honro el cuerpecito, me importa mucho mantenerlo íntegro, aunque ni siquiera lo tengo íntegro. Pero puedo mostrarte a uno libre, para que no sigas buscando el ejemplo. Diógenes era libre. ¿De dónde viene esto? No porque fuera hijo de libres (pues no lo era), sino porque él mismo lo era, porque había desechado todas las asideras de la esclavitud y no había manera de que alguien se le acercara ni de dónde agarrarlo para esclavizarlo. Tenía todo suelto, todo apenas atado. Si te apoderabas de sus posesiones, las habría soltado antes que seguirte por ellas; si de su pierna, la pierna; si de todo el cuerpecito, todo el cuerpecito; parientes, amigos, patria, igualmente. Sabía de dónde los tenía, de quién y con qué condiciones los había recibido. A sus verdaderos ancestros, los dioses, y a la verdadera patria jamás los habría abandonado ni cedido a otro para obedecerlos y servirlos más que él, ni nadie habría muerto por la patria más fácilmente. Pues nunca buscó parecer que hacía algo por el universo, sino que recordaba que todo lo que nace viene de allí y se hace por ella y es ordenado por quien la gobierna. Por eso mira lo que él mismo dice y escribe: «Por esto te es posible, oh Diógenes, dialogar como quieres con el rey de los persas y con Arquídamo el de los lacedemonios». ¿Acaso porque era hijo de libres? Pues todos los atenienses y todos los lacedemonios y corintios, por ser hijos de esclavos, no podían dialogar con ellos como querían, sino que los temían y adulaban. ¿Por qué entonces, dice, te es posible? «Porque no considero mío el cuerpecito, porque no necesito nada, porque la ley es todo para mí y nada más». Estas eran las cosas que lo dejaban libre.
Y para que no pienses que te muestro como ejemplo a un hombre sin compromisos, que no tenía esposa ni hijos ni patria ni amigos ni parientes, por los cuales pudiera dejarse doblegar y distraer, toma a Sócrates y obsérvalo: tenía esposa e hijos, pero como si fueran ajenos; patria, en la medida en que debía y como debía; amigos, parientes, todo eso sometido a la ley y a la obediencia hacia ella. Por eso, cuando había que ir a la guerra, salía el primero y allí se exponía al peligro sin ahorrarse nada; pero cuando los tiranos lo enviaron por León, porque lo consideraba vergonzoso, ni siquiera lo pensó, sabiendo que habría de morir, si así resultaba. ¿Y qué diferencia le hacía eso a él? Porque quería salvar otra cosa: no su carnecita, sino al hombre fiel, al hombre honrado. Esas cosas son inalienables, no sometibles. Luego, cuando tuvo que defenderse para salvar su vida, ¿acaso se comportó como quien tiene hijos, acaso como quien tiene esposa? Sino como un hombre solo. Y cuando tuvo que beber el veneno, ¿cómo se comportó? Pudiendo salvarse y diciéndole Critón «sal por tus hijos», ¿qué dice? ¿Lo consideró una suerte caída del cielo? ¿De dónde? Al contrario, mira lo que es digno, y lo demás ni lo ve ni lo toma en cuenta. Porque no quería, dice, salvar el cuerpecito, sino aquello que crece y se salva con lo justo, y que mengua y perece con lo injusto. Sócrates no se salva vergonzosamente: él, que no votó cuando los atenienses lo mandaban, el que despreció a los tiranos, el que conversaba de ese modo sobre la virtud y la nobleza; a este no es posible salvarlo vergonzosamente, sino que se salva muriendo, no huyendo. Porque también el buen actor se salva terminando cuando debe, más que actuando fuera de tiempo. «Entonces, ¿qué pasará con los hijos? —Si me fuera a Tesalia, os encargaríais de ellos; ¿y cuando yo me vaya al Hades no habrá nadie que se encargue?». Observa cómo trata el tema con cariño y bromea con la muerte. Si en cambio hubiéramos sido tú y yo, enseguida habríamos filosofado largamente sobre que «hay que responder a los que actúan injustamente con iguales medios» y habríamos añadido que «seré útil a muchas personas si me salvo, pero si muero a ninguna», y si hubiera sido necesario escapar por un agujero, habríamos salido. ¿Y cómo habríamos ayudado entonces a alguien? Porque ¿dónde habrían permanecido esos hombres todavía? ¿O acaso nosotros, siendo útiles estando vivos, no habríamos sido mucho más útiles a la gente muriendo cuando se debía y como se debía? Y ahora que Sócrates ha muerto, la memoria de lo que hizo o dijo mientras vivía no es menos útil a los hombres, sino incluso más.
Medita esto, estas doctrinas, estos razonamientos, contempla estos ejemplos, si quieres ser libre, si lo deseas según la dignidad del asunto. ¿Y qué tiene de sorprendente que compres algo tan grande a cambio de cosas tantas y de tal calibre? Por esta libertad que se considera tal, unos se ahorcan, otros se despeñan, y a veces ciudades enteras han perecido; ¿y por la libertad verdadera, segura e inexpugnable, cuando dios te reclama lo que te ha dado, no vas a renunciar a ello? ¿No vas a practicar, como dice Platón, no solo a morir, sino también a ser torturado y a exiliarte y a ser azotado y, en suma, a devolver todo lo ajeno? Entonces serás esclavo entre esclavos, aunque seas cónsul diez mil veces, aunque subas al palacio, no por eso menos; y te darás cuenta de que quizá los filósofos dicen paradojas, como también decía Cleantes, pero no irracionalidades. Porque sabrás por experiencia que son verdaderas y que no hay provecho alguno en estas cosas admiradas y buscadas para quienes las alcanzan; mientras que para quienes aún no las han conseguido se crea la fantasía de que, cuando las obtengan, tendrán todos los bienes; luego, cuando las obtienen, el mismo calor, la misma agitación, el mismo descontento, el deseo de lo que no está presente. Porque la libertad no se procura mediante el cumplimiento de los deseos, sino mediante la eliminación del deseo. Y para que sepas que esto es verdad, así como te has esforzado por aquellas cosas, transfiere ahora el esfuerzo a estas; permanece despierto para adquirir una doctrina que te haga libre, sirve a un filósofo en lugar de a un viejo rico, muéstrate en la puerta de aquel; no te avergonzarás de mostrarte, no te irás vacío ni sin provecho, si te acercas como se debe. Y si no, al menos inténtalo; la prueba no es vergonzosa.
Capítulo2Sobre el trato con otros
A este tema debes prestar atención antes que a nada: que no te mezcles nunca con alguno de tus antiguos conocidos o amigos de tal modo que te rebajes con él a las mismas cosas; si no, te perderás a ti mismo. Y si se te ocurre «le pareceré antipático y no me tendrá el mismo afecto que antes», recuerda que nada se consigue gratis ni es posible que, no haciendo las mismas cosas, uno sea el mismo que fue antes. Elige, pues, qué prefieres: que te quieran igual que antes quienes te querían por ser tú igual al que eras antes, o ser mejor y no recibir el mismo trato. Porque si esto es mejor, inclínate hacia ello desde ahora y que no te distraigan otros razonamientos. Porque nadie que vacila entre dos cosas puede progresar, sino que si has preferido esto por encima de todo, si quieres estar solo en esto, si quieres trabajar en esto, abandona todo lo demás; si no, esta vacilación hará que no consigas ninguna de las dos cosas: ni progresarás como mereces ni obtendrás aquellas cosas que obtenías antes. Porque antes, entregándote sinceramente a cosas que no valen nada, eras agradable a tus compañeros. Pero no puedes destacar en ambos tipos; sino que necesariamente, en cuanto participes de uno, te quedarás atrás en el otro. No puedes, si no bebes con quienes bebías, parecerles igualmente agradable; elige, pues, si quieres ser bebedor y agradable a aquellos, o sobrio y desagradable. No puedes, si no cantas con quienes cantabas, ser igualmente querido por ellos; elige, pues, también aquí qué prefieres. Porque si es mejor ser modesto y decoroso que decir alguien «es una persona agradable», deja lo demás, reniega de ello, apártate, no tengas nada que ver con ellos. Y si esto no te agrada, inclínate del todo hacia lo contrario; hazte uno de los afeminados, uno de los adúlteros y actúa en consecuencia, y obtendrás lo que quieres. Y salta aplaudiendo al bailarín. Pero papeles tan diferentes no se mezclan: no puedes interpretar a Tersites y a Agamenón. Si quieres ser Tersites, tienes que ser jorobado, calvo; si Agamenón, alto y hermoso y amante de tus subordinados.
Capítulo3Qué debe cambiarse por qué
Ten esto a mano: cuando prescindas de algo externo, qué obtienes a cambio de ello; y si vale más, nunca digas «he sido perjudicado», ni aunque sea un caballo en lugar de un asno, ni un buey en lugar de una oveja, ni una acción noble en lugar de unas monedas, ni la paz adecuada en lugar de charlas vanas, ni respeto en lugar de palabras obscenas. Si recuerdas esto, conservarás en todas partes tu carácter tal como debes tenerlo. Si no, ten en cuenta que los tiempos se pierden en vano y que todo aquello a lo que ahora prestas atención, vas a derramarlo todo y a echarlo por tierra. Y poco se necesita para la pérdida y ruina de todo, un pequeño desvío de la razón. Para que el timonel hunda el barco, no necesita la misma preparación que para salvarlo; sino que si lo vuelve un poco hacia el viento, se perdió; e incluso aunque no lo haga voluntariamente, sino que se distraiga un momento, se perdió. Algo así sucede también aquí: si cabezceas un poco, se fue todo lo reunido hasta ahora. Presta atención, pues, a tus representaciones, permanece vigilante. Porque no es pequeño lo que se custodia, sino respeto y fidelidad y estabilidad, impasibilidad, ausencia de pena, ausencia de miedo, imperturbabilidad, en suma, libertad. ¿Por qué vas a vender esto? Mira cuánto vale. —Pero no obtendré algo tal a cambio de ello. —Mira también, si obtienes aquello, qué recibes a cambio de ello. «Yo buen orden, aquel la tribunicia; aquel el generalato, yo respeto. Pero no grito donde es impropio; pero no me levantaré donde no se debe. Porque soy libre y amigo de dios, para obedecerle voluntariamente. Y no debo reclamar ninguna otra cosa, ni el cuerpo, ni las posesiones, ni el poder, ni la fama, en suma nada; porque él tampoco quiere que yo las reclame. Pues si quisiera, las habría hecho bienes para mí. Pero ahora no lo ha hecho: por eso no puedo transgredir ninguno de sus mandatos». «Guarda tu propio bien en todo, y en cuanto a lo demás, confórmate con lo que se te da, en la medida en que puedas razonar bien sobre ello, conformándote solo con eso. Si no, serás desgraciado, fracasarás, encontrarás obstáculos, serás impedido. Estas son las leyes enviadas desde allí, estas las ordenanzas; de estas hay que hacerse intérprete, a estas hay que someterse, no a las de Masurio y Casio».
Capítulo4A los que se afanan por vivir en tranquilidad
Recuerda que no solo el deseo de poder y riqueza hace a los hombres bajos y sometidos a otros, sino también el de tranquilidad y ocio y viajes y erudición. Porque en general, sea cual sea la cosa externa, la valoración de ella somete a otro. Entonces, ¿qué diferencia hay entre desear ser senador o desear no serlo? ¿Qué diferencia hay entre desear un cargo o no tener cargo? ¿Qué diferencia hay entre decir «estoy mal, no tengo nada que hacer, sino que estoy atado a los libros como un muerto» o decir «estoy mal, no tengo tiempo para leer»? Porque así como los saludos y el cargo son cosas externas y no dependientes de la elección, así también el libro. ¿O para qué quieres leer? Dímelo. Porque si te limitas simplemente a distraerte o aprender algo, eres frívolo y desgraciado. Pero si lo refieres a aquello a lo que debes, ¿qué otra cosa es eso sino buen fluir? Y si leer no te produce buen fluir, ¿qué provecho tiene? —Pero sí lo produce, dice, y por eso me irrito al verme privado de ello. —¿Y qué es ese buen fluir que cualquiera puede impedir, no digo el César o un amigo del César, sino un cuervo, un flautista, la fiebre, otras treinta mil cosas? Y el buen fluir nada tiene tanto como continuidad y ausencia de obstáculos. Ahora se me llama para hacer algo, me voy ahora para prestar atención a las reglas que debo observar, que sea con respeto, que sea con seguridad, que sea sin apetito ni rechazo hacia las cosas externas, y además observo a los hombres, qué dicen, cómo se mueven, y esto no con mala intención ni para tener de qué criticar o reírme, sino volviendo sobre mí mismo, si yo también cometo los mismos errores. «¿Cómo cesaré, pues? Entonces también yo me equivocaba; pero ahora ya no, gracias a dios».
Vamos, ¿acaso haciendo esto y dedicándote a ello has hecho una obra peor que si hubieras leído mil versos o escrito otros tantos? Porque cuando comes, ¿te afliges por no estar leyendo? ¿No te basta con comer según lo que has leído? ¿Y cuando te bañas? ¿Y cuando haces ejercicio? ¿Por qué entonces no te comportas igual en todas las circunstancias, tanto cuando te presentas ante el César como cuando vas a ver a fulano? Si mantienes la serenidad, si no te dejas intimidar, si conservas la compostura, si observas lo que ocurre más de lo que te observan a ti, si no envidias a los que son preferidos, si las circunstancias no te deslumbran, ¿qué te falta? ¿Libros? ¿Cómo o para qué? ¿Acaso no son estos una preparación para vivir? Y el vivir, ¿no se completa con otras cosas distintas de estas? Es como si el atleta llorara al entrar en el estadio porque no está entrenándose afuera. Para esto te entrenabas, para esto las pesas, la arena, los jóvenes. ¿Y ahora buscas aquello cuando ha llegado el momento de la acción? Es como si, estando en el ámbito del asentimiento, cuando se presentan representaciones, unas comprensibles y otras incomprensibles, no quisiéramos distinguirlas sino leer lo que se ha escrito Sobre la comprensión.
¿Cuál es entonces la causa? Que nunca leímos con este propósito, nunca escribimos con este fin: para usar en las acciones, conforme a la naturaleza, las representaciones que se nos presentan, sino que nos quedamos en aprender lo que se dice y en poder explicárselo a otro, en analizar el silogismo y en examinar el argumento hipotético. Por eso, donde está nuestro empeño, allí está también el impedimento. ¿Quieres absolutamente lo que no depende de ti? Pues entonces sé estorbado, impedido, fracasa. Pero si leyéramos lo que se refiere al impulso no para ver qué se dice sobre el impulso, sino para actuar impulsivamente; lo que trata del deseo y de la aversión, para no fracasar jamás al desear ni caer en aquello que evitamos; lo que versa sobre el deber, para que recordando nuestras relaciones no hagamos nada irreflexivamente ni en contra de ellas: no nos molestaríamos por ser impedidos en nuestras lecturas, sino que nos bastaría con cumplir las acciones adecuadas, y no contaríamos estas cosas que hasta ahora estamos acostumbrados a contar «hoy leí tantos versos, escribí tantos», sino «hoy usé el impulso como lo prescriben los filósofos, no hice uso del deseo, usé la aversión únicamente para las cosas que dependen de mi elección, no me amedrenté ante fulano, no me dejé intimidar por zutano, ejercité la capacidad de soportar, la de abstenerme, la de colaborar», y así daríamos gracias al dios por aquello por lo que debemos darlas.
Pero ahora no sabemos que también nosotros, de otro modo, nos volvemos semejantes a la gente común. Otro tiene miedo de no llegar a mandar; tú, de llegar a mandar. ¡De ninguna manera, hombre! Pero así como te burlas del que teme mandar, así también búrlate de ti mismo. Porque no hay diferencia entre tener sed ardiendo de fiebre o, como un rabioso, tener hidrofobia. ¿O cómo podrás aún decir lo de Sócrates: «si esto es grato al dios, que así suceda»? ¿Crees que Sócrates, si hubiera deseado pasar el tiempo en el Liceo o en la Academia y conversar cada día con los jóvenes, habría ido a campaña tantas veces como fue de buen grado? ¿Acaso no se habría lamentado y gemido «desgraciado de mí, ahora aquí soy infeliz cuando podría estar tomando el sol en el Liceo»? Porque eso era tu cometido, ¿tomar el sol? ¿Y no más bien ser feliz, estar sin impedimentos, estar sin trabas? ¿Y cómo habría sido todavía Sócrates si se hubiera lamentado de esas cosas? ¿Cómo aún habría compuesto peanes en la cárcel?
En resumen, pues, recuerda esto: que todo lo que valores fuera de tu propia capacidad de elección, has destruido tu capacidad de elección. Y fuera de ella está no solo el poder, sino también el no tenerlo, no solo la ocupación, sino también el ocio. «¿Entonces ahora debo pasarla en este tumulto?» ¿Qué llamas tumulto? ¿Mucha gente? ¿Y qué tiene eso de difícil? Imagina que estás en Olimpia, considéralo una fiesta. También allí unos gritan una cosa y otros otra, uno hace algo y otro otra cosa, unos empujan a otros. En los baños hay aglomeración: ¿y quién de nosotros no disfruta de esa fiesta y se marcha de ella con pesar? No seas descontentadizo ni malhumorado con lo que sucede. «El vinagre es malo, porque es áspero»; «la miel es mala, porque me altera la constitución»; «no quiero verduras». Así también «no quiero el ocio, es soledad»; «no quiero el tumulto, es barullo». Pero si las circunstancias se dan de tal manera que tengas que pasarla solo o con pocos, llámalo tranquilidad y usa la situación como debes: habla contigo mismo, ejercita las representaciones, elabora los conceptos. Si caes en medio de una multitud, llámalo certamen, fiesta, celebración, intenta celebrar con la gente. Porque ¿qué espectáculo hay más agradable para quien ama a la humanidad que una multitud de personas? Miramos con gusto manadas de caballos o de bueyes, nos llenamos de gozo cuando vemos muchos barcos: ¿alguien se molesta viendo a muchas personas? «Pero me atronan». Entonces tu oído se ve impedido. ¿Y eso qué tiene que ver contigo? ¿Acaso también la facultad que usa las representaciones? ¿Y quién te impide usar el deseo y la aversión conforme a la naturaleza, el impulso y la repulsión? ¿Qué barullo es suficiente para esto?
Solo acuérdate de los principios generales: «¿qué es mío, qué no es mío? ¿Qué se me concede? ¿Qué quiere que haga el dios ahora, qué no quiere?» Hace poco quería que estuvieras en calma, que hablaras contigo mismo, que escribieras sobre estas cosas, que leyeras, que escucharas, que te prepararas: tuviste tiempo suficiente para eso. Ahora te dice «ven ya al certamen, muéstranos lo que has aprendido, cómo te has ejercitado. ¿Hasta cuándo vas a entrenarte solo? Ahora es el momento de saber si eres uno de esos atletas dignos de la victoria o de aquellos que recorren el mundo siendo vencidos». ¿Por qué entonces te molestas? Ningún certamen se realiza sin barullo. Es necesario que haya muchos entrenadores, muchos que griten, muchos supervisores, muchos espectadores. —Pero yo quería vivir en paz. —Entonces gime y llora, como bien lo mereces. Porque ¿qué otro castigo mayor existe para el ignorante y el desobediente a los mandatos divinos que el afligirse, el lamentarse, el envidiar, en resumen, el ser infeliz y desgraciado? ¿No quieres librarte de estas cosas?
—¿Y cómo me libraré? —¿No has oído muchas veces que debes suprimir el deseo por completo, dirigir la aversión solo hacia lo que depende de tu elección, que debes renunciar a todo, al cuerpo, a la posesión, a la reputación, a los libros, al barullo, a los cargos, a la falta de cargos? Porque dondequiera que te inclines, te has esclavizado, te has sometido, te has vuelto impedible, sujeto a coacción, enteramente dependiente de otros. Pero ten a mano el verso de Cleantes «condúceme, oh Zeus, y tú, Destino». ¿Queréis que vaya a Roma? A Roma. ¿A Gíaros? A Gíaros. ¿A Atenas? A Atenas. ¿A la cárcel? A la cárcel. Pero si dices una vez «¿cuándo irá uno a Atenas?», te has perdido. Es inevitable que este deseo, si no se cumple, te haga desgraciado, y si se cumple, te haga vanidoso, engreído por cosas por las que no debes estarlo; y de nuevo, si se ve impedido, te vuelva infeliz, cayendo en lo que no quieres. Renuncia entonces a todas estas cosas. «Atenas es hermosa». Pero la felicidad es mucho más hermosa, la serenidad, la imperturbabilidad, el que tus asuntos no dependan de nada. «Hay barullo en Roma y saludos». Pero la felicidad vale por todas las dificultades. Si es entonces el momento para estas cosas, ¿por qué no apartas de ellas tu aversión? ¿Qué necesidad hay de cargar como un asno apaleado? Si no, mira que tendrás que servir siempre al que pueda procurarte la salida, al que pueda impedirlo todo, y venerar a ese como a un genio maligno.
Un solo camino lleva a la felicidad (que esto esté a mano de madrugada, de día y de noche): el apartamiento de lo que no depende de la elección, el no considerar nada como propio, el entregar todo a la divinidad, a la fortuna, hacerlos administradores de esas cosas, los mismos que Zeus ha establecido, y ocuparse uno mismo de una sola cosa, de lo que es propio, de lo que no puede ser impedido, y referir a esto la lectura cuando lee, y cuando escribe y cuando escucha. Por eso no puedo llamar amante del esfuerzo a alguien solo porque oiga que lee o escribe, y aunque añada alguien que lo hace noches enteras, no lo digo todavía si no conozco su propósito. Porque tampoco tú llamas amante del esfuerzo al que pasa la noche en vela por una esclavita; así tampoco yo. Pero si lo hace por la reputación, digo que es amante de la gloria, si por el dinero, que es amante del dinero, no amante del esfuerzo. Pero si refiere el esfuerzo a su propia facultad rectora, para que esta se mantenga y viva conforme a la naturaleza, entonces solo entonces lo llamo amante del esfuerzo. Porque nunca alabéis ni censuréis a partir de las cosas comunes, sino a partir de los principios. Estos son lo propio de cada uno, los que hacen las acciones vergonzosas o nobles. Acordándote de esto, goza de lo presente y ama aquello cuyo momento ha llegado. Si ves que te salen al encuentro en las acciones algunas de las cosas que aprendiste y examinaste, alégrate por ellas. Si has dejado la malicia y la injuria, si has disminuido la precipitación, la obscenidad, la ligereza, la negligencia; si no te conmueves por lo que antes te conmovía, o no de la misma manera que antes, puedes celebrar fiesta cada día: hoy, porque te comportaste bien en tal acción, mañana, porque en tal otra. ¡Cuánto mayor motivo de sacrificio que un consulado o una prefectura! Estas cosas te llegan de ti mismo y de los dioses. Recuerda eso: quién es el que las da, a quiénes y por qué. Nutriéndote de estos razonamientos, ¿todavía te importa dónde vas a ser feliz, dónde vas a agradar al dios? ¿No equidistan de él todos los lugares? ¿No ven igualmente desde todas partes lo que sucede?
Capítulo5A los pendencieros y salvajes
El hombre bueno y noble ni combate él mismo con nadie ni deja, en la medida de lo posible, que otro combata. Y de esto, como de todo lo demás, tenemos ante nosotros como ejemplo la vida de Sócrates, que no solo evitó él mismo en todas partes el combate, sino que tampoco dejaba que otros combatieran. Mira en Jenofonte, en el Simposio, cuántas disputas resolvió, cómo soportó a Trasímaco, cómo a Polo, cómo a Calicles, cómo soportaba a su mujer, cómo a su hijo cuando este lo refutaba y sofisticaba. Porque recordaba muy firmemente que nadie es dueño de la facultad rectora ajena. Así pues, no quería otra cosa que lo propio. ¿Y qué es esto? No que este o aquel actúe conforme a la naturaleza, porque eso es ajeno; sino que, mientras aquellos hacen lo suyo como les parece, él mismo no deje por ello de mantenerse y vivir conforme a la naturaleza, haciendo solo lo suyo en orden a que también aquellos vivan conforme a la naturaleza. Porque esto es lo que siempre se propone el hombre bueno y noble. ¿Ser general? No; pero si se le concede, mantener en ese asunto su propia facultad rectora. ¿Casarse? No; pero si se le concede el matrimonio, mantenerse a sí mismo en ese asunto conforme a la naturaleza. Pero si quiere que su hijo no cometa errores o que su mujer no los cometa, quiere que lo ajeno no sea ajeno. Y educarse es esto: aprender lo que es propio y lo que es ajeno.
¿Dónde queda entonces lugar para el conflicto al que se encuentra así? ¿Acaso se asombra de algo de lo que sucede? ¿Acaso le parece algo nuevo? ¿Acaso no espera de los malvados cosas peores y más penosas de las que le ocurren? ¿Acaso no considera ganancia todo aquello en que se quedan cortos de lo extremo? «Fulano te insultó». Muchas gracias a él por no haberte golpeado. «Pero también me golpeó». Muchas gracias porque no te hirió. «Pero también me hirió». Muchas gracias porque no te mató. Pues ¿cuándo aprendió o de quién que el ser humano es un animal manso, que es amante de sus semejantes, que la injusticia misma es un gran daño para quien la comete? Pues si no ha aprendido esto ni está convencido de ello, ¿por qué no habría de seguir lo que le parece conveniente? «El vecino ha tirado piedras». ¿Acaso tú has cometido alguna falta? «Pero se han roto las cosas de casa». ¿Es que tú eres un cacharro? No, sino tu capacidad de elección. ¿Qué se te da entonces frente a esto? Como lobo, morder a tu vez y tirar más piedras. Pero si buscas actuar como ser humano, examina tu despensa, mira qué facultades has traído al venir: ¿acaso la de la bestialidad? ¿acaso la del rencor? ¿Cuándo es desgraciado un caballo? Cuando se le priva de sus facultades naturales; no cuando no puede cantar como un gallo, sino cuando no puede correr. ¿Y el perro? ¿Cuando no puede volar? No, sino cuando no puede rastrear. ¿Acaso no es también así que un ser humano es desgraciado no cuando no puede estrangular leones o abrazar estatuas (pues no ha venido de la naturaleza con facultades para esto), sino cuando ha perdido su sensatez, cuando ha perdido su lealtad? A este habría que llorarlo reuniéndose, por los males a los que ha llegado; no, por Zeus, al que nace o al que muere, sino a aquel a quien le ha ocurrido en vida perder lo suyo propio, no las propiedades del padre, el campito y la casita y la posada y los esclavos (pues ninguna de estas cosas es propia del ser humano, sino que todas son ajenas, esclavas, sujetas a rendición de cuentas, dadas en distintos momentos a distintos por los dueños), sino lo humano, las marcas que tenía en su mente al venir, las mismas que buscamos también en las monedas, y si las encontramos, las aceptamos, pero si no las encontramos, las rechazamos. «¿De quién lleva la marca este tetradracma? ¿De Trajano? Acéptalo. ¿De Nerón? Tíralo fuera, no tiene valor, está adulterado». Así también aquí. ¿Qué marcas llevan sus principios? «Manso, sociable, tolerante, amante de sus semejantes». Acéptalo, lo hago ciudadano de esta ciudad, lo acepto como vecino, como compañero de viaje. Solo mira que no lleve la marca neroniana. ¿Acaso es iracundo, acaso es rencoroso, acaso es quejumbroso? «Si se le antoja, golpea las cabezas de los que encuentra». Entonces ¿por qué decías que es un ser humano? ¿Acaso se juzga cada cosa por su mera forma? En ese caso di también que la manzana de cera es una manzana. Debe también tener olor y sabor; no basta el contorno exterior. Pues tampoco para el ser humano bastan la nariz y los ojos, sino que debe tener principios humanos. Este no escucha razones, no entiende cuando se le refuta: es un asno. El sentido de la vergüenza de este está muerto: es inútil, cualquier cosa menos un ser humano. Este busca a quién dar una coz o morder cuando se lo encuentra: así que ni siquiera es una oveja o un asno, sino alguna fiera salvaje.
«¿Y qué? ¿Quieres que me desprecien?». —¿Quiénes? ¿Los que saben? ¿Y cómo despreciarán los que saben al manso, al que tiene sentido de la vergüenza? ¿Sino los ignorantes? ¿Qué te importa? Pues a ningún otro artesano le importan los inexpertos. —«Pero se me echarán encima mucho más». —¿Qué dices con «a mí»? ¿Puede alguien dañar tu capacidad de elección o impedirte usar las representaciones que se te presentan como es natural? —No. —Entonces ¿por qué todavía te turbas y quieres mostrarte temible? ¿Por qué no te adelantas en medio de todos y proclamas que estás en paz con todos los seres humanos, hagan lo que hagan, y sobre todo te ríes de los que creen poder dañarte? «Estos esclavos no saben ni quién soy ni dónde está mi bien y mi mal; no tienen acceso a lo mío».
Así también los que habitan una ciudad fortificada se ríen de los sitiadores: «Ahora estos, ¿qué problema tienen con lo que no es nada? Nuestra muralla es segura, tenemos provisiones para muchísimo tiempo, toda la demás preparación». Esto es lo que hace a una ciudad fortificada e inexpugnable, pero para el alma del ser humano nada sino sus principios. Pues ¿qué muralla es tan fuerte, o qué cuerpo tan adamantino, o qué posesión imposible de arrebatar, o qué dignidad tan a salvo de ataques? Todo por todas partes es mortal, fácil de tomar, y el que presta atención de cualquier modo a estas cosas es absolutamente necesario que se turbe, que tenga malas esperanzas, que tema, que se lamente, que tenga deseos insatisfechos, que tenga aversiones que tropiezan. ¿Y entonces no queremos hacer segura la única protección que se nos ha dado? ¿Ni apartándonos de lo mortal y esclavo trabajar por lo inmortal y libre por naturaleza? ¿Ni recordamos que nadie daña ni beneficia a otro, sino que es el juicio sobre cada una de estas cosas lo que daña, lo que trastorna, esto es la lucha, esto es la sedición, esto es la guerra? Lo que convirtió en enemigos a Eteocles y Polinices no fue otra cosa sino esto, el juicio sobre la tiranía, el juicio sobre el destierro, que uno es lo último de los males y el otro lo mayor de los bienes. Y esta es la naturaleza de todo ser: perseguir el bien, huir del mal; considerar enemigo, conspirador, al que lo priva de uno y lo envuelve en lo contrario, aunque sea hermano, aunque sea hijo, aunque sea padre. Pues nada es más afín que el bien; por tanto, si estas cosas son bienes y males, ni el padre es amigo de los hijos ni el hermano del hermano, sino que todo por todas partes está lleno de enemigos, conspiradores, delatores. Pero si solo es bueno una capacidad de elección recta, y solo es malo una capacidad de elección no recta, ¿dónde queda ya lucha, dónde insultos? ¿Sobre qué? ¿Sobre lo que no nos concierne? ¿Contra quiénes? ¿Contra los ignorantes, contra los desgraciados, contra los engañados respecto de lo más importante?
Acordándose de esto Sócrates gobernaba su propia casa soportando a una esposa muy difícil, a un hijo insensato. Pues difícil ¿en qué sentido era? En que le echaba en la cabeza toda el agua que quería, en que pisoteaba el pastel. ¿Y qué tiene que ver conmigo, si yo considero que estas cosas no me conciernen? Esta es mi tarea y ni un tirano me impedirá hacerla si quiero, ni un amo, ni los muchos al uno, ni el más fuerte al más débil; pues esto se le ha dado a cada uno libre de impedimentos por parte de dios. Estos principios crean amistad en la casa, concordia en la ciudad, paz entre las naciones, gratitud hacia dios, confianza en todas partes con las cosas ajenas, con las que no valen nada. Pero nosotros somos capaces de escribir y leer estas cosas y de alabarlas cuando las leemos, pero de estar convencidos ni de cerca. Por eso lo que se dice de los lacedemonios «en casa leones, pero en Éfeso zorros» también nos cuadra a nosotros: en la escuela leones, pero fuera zorros.
Capítulo6A los que se angustian por ser compadecidos
«Me angustio», dice, «siendo compadecido». —¿Es entonces asunto tuyo el ser compadecido o de los que te compadecen? ¿Y qué? ¿Está en tu poder detener eso? —Está en mí, si les demuestro que yo mismo no soy digno de compasión. —Pero ¿ya se te da esto, el no ser digno de compasión, o no se te da? —Me parece que sí se me da. Pero estos no me compadecen por aquello por lo que, si acaso, sería digno de compasión, por los errores, sino por la pobreza y la falta de cargos públicos y las enfermedades y las muertes y otras cosas semejantes. —¿Estás entonces preparado para persuadir a la multitud de que ninguna de estas cosas es un mal, sino que es posible ser feliz siendo pobre y sin cargo público y sin honores, o para mostrarte a ellos rico y con cargos públicos? Pues lo segundo es propio de un charlatán, de un necio y de alguien que no vale nada. Y mira mediante qué cosas se produciría el fingimiento: necesitarás hacerte con esclavitos y poseer unos pocos objetos de plata y mostrarlos en público, si es posible, mostrando a menudo los mismos e intentando ocultar que son los mismos, y ropas llamativas y la demás ostentación, y mostrarte honrado por estos personajes conspicuos y procurar cenar en su casa o al menos aparentar que cenas allí, y respecto al cuerpo también algún artificio para parecer de aspecto más hermoso y noble de lo que eres. Esto debes maquinar si quieres seguir el segundo camino para no ser compadecido. Pero el primero es tanto irrealizable como largo, intentar hacer esto mismo que Zeus no pudo hacer, persuadir a todos los seres humanos de cuáles son los bienes y los males. ¿Acaso no se te ha dado esto? Solo se te ha dado esto: persuadirte a ti mismo. Y todavía no te has persuadido. ¿Y ahora emprendes persuadir a los demás? ¿Y quién ha estado tanto tiempo contigo como tú contigo mismo? ¿Quién es tan convincente para ti como tú para ti mismo? ¿Quién está dispuesto de manera más benevolente y familiar que tú contigo mismo? ¿Cómo entonces todavía no te has persuadido de aprender? Ahora ¿no está todo patas arriba? ¿Es esto por lo que te has esforzado? ¿No es aprender para ser impasible, imperturbable, inabatible y libre? Para esto entonces ¿no has oído que hay un solo camino que conduce: renunciar a lo que no depende de la elección, apartarse de ello y reconocer que es ajeno? Entonces que otro tenga una opinión sobre ti ¿de qué tipo es? —De lo que no depende de la elección. —¿No es entonces nada para ti? —Nada. —¿Todavía te sientes mordido por esto y turbado y crees estar convencido acerca de los bienes y los males?
¿No quieres entonces dejar a los demás y ser tú mismo para ti tanto alumno como maestro? «Que los demás vean si les conviene estar y vivir contra la naturaleza; para mí, nadie está más cerca que yo mismo. ¿A qué se debe, entonces, que he escuchado los discursos de los filósofos y les doy mi asentimiento, pero en la práctica no me he vuelto en nada más libre? ¿Acaso soy tan incapaz? Y sin embargo, en lo demás, todo lo que quise, no resultó ser muy incapaz: aprendí rápidamente a leer y escribir, a luchar, a hacer geometría y a analizar silogismos. ¿Será que el discurso no me ha convencido? Y sin embargo, no hay otras cosas que desde el principio haya aprobado tanto ni elegido como estas; ahora leo sobre esto, escucho sobre esto, escribo sobre esto; hasta hoy no hemos encontrado un discurso más sólido que este. ¿Qué es, pues, lo que me falta? ¿Acaso no han sido erradicadas las doctrinas contrarias? ¿Acaso estas mismas convicciones están sin ejercitar y no acostumbradas a aplicarse a los hechos, sino que, como unas armas guardadas, están herrumbradas y ni siquiera puedo ajustármelas? Y sin embargo, ni en la lucha ni en la escritura o lectura me basta con aprender, sino que doy vueltas una y otra vez a los ejercicios propuestos, invento otros nuevos y los practico cambiándolos de igual manera. Pero las enseñanzas necesarias, a partir de las cuales es posible, poniéndolas en práctica, estar sin pesar, sin miedo, sin pasiones, sin impedimentos, libre —estas no las ejercito ni practico en ellas el entrenamiento debido. Y luego me importa lo que dirán los demás de mí, si les pareceré digno de consideración, si les pareceré feliz».
¡Desgraciado! ¿No quieres mirar qué dices tú mismo sobre ti? ¿Qué te pareces a ti mismo? ¿Qué eres al emitir juicios, qué al desear, qué al rechazar, qué en el impulso, la preparación, la intención, en las demás funciones humanas? ¿Pero te importa si los demás sienten lástima de ti? —Sí, pero siento lástima inmerecidamente. —¿No te duele esto entonces? Y el que se duele es digno de lástima. —Sí. —¿Cómo, pues, aún sufres lástima inmerecidamente? Con esos mismos sentimientos que tienes respecto a la lástima te haces a ti mismo digno de lástima. ¿Qué dice entonces Antístenes? ¿Nunca lo oíste? «Es propio de un rey, Ciro, obrar bien y oír mal». Mi cabeza está sana y todos creen que me duele la cabeza. ¿Qué me importa? No tengo fiebre y se afligen conmigo como si tuviera fiebre: «¡Pobre de ti, tanto tiempo sin que te haya dejado la fiebre!». Y yo también digo con gesto sombrío: «Sí, en verdad hace mucho tiempo que me encuentro mal». «¿Qué sucederá entonces?» «Lo que el dios quiera». Y al mismo tiempo me río para mis adentros de los que me compadecen. ¿Qué impide, pues, hacer lo mismo también aquí? Soy pobre, pero tengo una opinión correcta sobre la pobreza. ¿Qué me importa entonces si sienten lástima de mí por mi pobreza? No ejerzo el poder, otros lo ejercen. Pero tengo la opinión que debo tener acerca de ejercer o no ejercer el poder. Que vean los que sienten lástima de mí; yo, en cambio, no paso hambre ni sed ni frío, sino que por el hecho de que ellos mismos pasan hambre o sed creen que yo también. ¿Qué haré entonces para con ellos? ¿Andar por ahí proclamando y diciendo: «No os engañéis, hombres; yo estoy bien; no me preocupo de la pobreza ni de no tener poder ni, en general, de ninguna otra cosa excepto de tener opiniones correctas; estas las tengo sin impedimentos, ya no me preocupo de nada más»? Y ¿qué palabrería es esta? ¿Cómo tengo aún opiniones correctas si no me contento con ser quien soy, sino que estoy aterrado por lo que los demás piensen de mí?
«Pero otros conseguirán más y serán preferidos». —¿Qué hay más razonable, entonces, que los que se han empeñado en algo tengan más en aquello en lo que se han empeñado? Ellos se han empeñado en los cargos, tú en las doctrinas; ellos en la riqueza, tú en el uso correcto de las representaciones. Mira si tienen más que tú en aquello en lo que tú te has empeñado y ellos han descuidado: si dan su asentimiento más conforme a las medidas naturales, si desean con menos posibilidad de fracaso, si rechazan con menos posibilidad de caer en lo rechazado, si en la intención, en el propósito, en el impulso aciertan más que tú, si guardan lo apropiado como hombres, como hijos, como padres, y luego lo mismo según los demás nombres de las relaciones. Pero si ellos ejercen el poder y tú no quieres decirte a ti mismo la verdad —que tú no haces nada por esto, mientras que ellos hacen todo—, lo más irracional es que el que se ocupa de algo obtenga menos que el que lo descuida.
«No, pero precisamente porque yo me ocupo de tener opiniones correctas, es más razonable que yo ejerza el poder». —En aquello de lo que te ocupas, en las doctrinas; pero en aquello de lo que otros se han ocupado más que tú, cédeles el paso. Es como si, por tener opiniones correctas, pretendieras acertar más con el arco que los arqueros o más en la herrería que los herreros. Deja entonces la dedicación a las doctrinas y dedícate a aquellas cosas que quieres conseguir, y entonces llora si no te sale bien; porque entonces serás digno de llorar. Pero ahora dices que estás dedicado a otras cosas, que te ocupas de otras cosas; y los muchos dicen bien aquello de que «un trabajo no tiene que ver con otro trabajo». Uno se levanta al amanecer y busca a quién saludar de su casa, a quién decir una palabra agradable, a quién enviar un regalo, cómo agradar al bailarín, cómo complacer a uno perjudicando a otro. Cuando reza, reza por estas cosas; cuando sacrifica, sacrifica por estas cosas. Aquel verso de Pitágoras «y no dejes que el sueño llegue a tus blandos ojos» lo ha aplicado a esto. «¿En qué he fallado?» De las cosas relativas a la adulación. «¿Qué he hecho? ¿Acaso algo como un hombre libre, acaso algo como un hombre noble?» Y si encuentra algo de eso, se reprocha y se acusa a sí mismo: «¿Por qué necesitabas decir esto? ¿Acaso no era posible mentir? También los filósofos dicen que nada impide decir una mentira». Tú, en cambio, si en verdad no te ocupas de ninguna otra cosa más que del uso correcto de las representaciones, apenas te levantes al alba reflexiona: «¿Qué me falta para alcanzar la imperturbabilidad? ¿Qué para la tranquilidad? ¿Qué soy? ¿Acaso un cuerpecito, o una posesión, o una reputación? Nada de esto. ¿Sino qué? Soy un ser viviente racional». ¿Cuáles son entonces las exigencias? Repasa lo realizado. «¿En qué fallé de las cosas relativas a la serenidad? ¿Qué hice que fuera poco amistoso, o poco sociable, o desconsiderado? ¿Qué de lo debido quedó sin cumplir respecto a estas cosas?».
Siendo pues tan grande la diferencia entre los deseos, las acciones, las plegarias, ¿todavía quieres tener lo mismo que aquellos en lo que tú no te has empeñado pero ellos sí se han empeñado? Y luego te extrañas si te compadecen y te indignas. Ellos, en cambio, no se indignan si tú los compadeces. ¿Por qué? Porque ellos están convencidos de que poseen bienes, tú no estás convencido. Por eso tú no te contentas con lo tuyo, sino que ambicionas lo de ellos; ellos, en cambio, se contentan con lo suyo y no ambicionan lo tuyo. Porque si en verdad estuvieras convencido de que eres tú el que da en el blanco respecto a los bienes, y ellos están extraviados, ni siquiera pensarías en qué dicen de ti.
Capítulo7Sobre la ausencia de miedo
¿Qué hace temible al tirano? —Los guardias —dice—, y sus espadas, y el guardián del dormitorio, y los que excluyen a los que entran. —¿Por qué entonces, si le llevas un niño cuando está con los guardias, no tiene miedo? ¿O es que el niño no se da cuenta de estas cosas? Entonces, si alguien se da cuenta de los guardias y de que tienen espadas, pero se acerca a él precisamente para morir por alguna circunstancia y busca sufrir eso fácilmente a manos de otro, ¿acaso tiene miedo de los guardias? —No, porque quiere precisamente aquello por lo que son temibles. —Entonces, si alguien ni quiere morir ni vivir a toda costa, sino como se le conceda, se acerca a él, ¿qué le impide acercarse sin temor? —Nada. —Entonces, si alguien también respecto a su propiedad está dispuesto del mismo modo que este respecto a su cuerpo, y respecto a los hijos y la esposa, y en general, por alguna locura y desesperación está en tal condición que no da ninguna importancia a tener o no tener estas cosas, sino que, como los niños que juegan con las tabas, se disputa por el juego pero no se preocupa de las tabas, así también este no hace caso de los bienes materiales, sino que aprecia el juego y la actividad en torno a ellos, ¿qué tirano es aún temible para este, o qué guardias, o qué espadas de ellos?
¿Y luego, por locura alguien puede estar dispuesto así respecto a estas cosas, y por costumbre los galileos, pero por razón y demostración nadie puede aprender que dios ha hecho todas las cosas en el cosmos, y el cosmos entero sin impedimentos y autosuficiente, y sus partes para el uso del conjunto? Todas las demás cosas, pues, están eximidas de poder seguir su administración; pero el ser viviente racional tiene recursos para reflexionar sobre todas estas cosas: que es una parte, y qué tipo de parte, y que es bueno que las partes cedan ante el conjunto. Además de esto, habiendo nacido noble, magnánimo y libre, ve que de las cosas que le conciernen, unas las tiene sin impedimentos y dependen de él, otras son impedibles y dependen de otros: sin impedimentos las que dependen de la libre elección, impedibles las que no dependen de la libre elección. Y por esto, si considera que su bien y su conveniencia están solo en estas cosas —en las sin impedimentos y que dependen de él—, será libre, de buen curso, feliz, sin daño, magnánimo, piadoso, agradecido por todo con el dios, en ninguna parte culpando a nadie de lo sucedido, a nadie acusando; pero si lo considera en las cosas externas y que no dependen de la libre elección, necesariamente será impedido, obstaculizado, esclavo de quienes tienen poder sobre lo que admira y teme, y necesariamente será impío por creerse dañado por el dios, e injusto, siempre procurándose más de lo que le corresponde, y necesariamente también será vil y mezquino.
¿Qué impide, comprendiendo esto, vivir despreocupadamente y con serenidad, esperando con calma todo lo que puede suceder y soportando lo que ya ha sucedido? «¿Quieres pobreza?» Sopórtala y verás qué es la pobreza cuando le toca a un buen actor. «¿Quieres cargos públicos?» Sopórtalos, y los esfuerzos también. «Pero ¿y el destierro?» Dondequiera que vaya, allí estaré bien; porque también aquí estaba bien, no por el lugar, sino por mis principios, que llevaré conmigo. Pues nadie puede arrebatármelos, sino que solo estos son míos e inamovibles, y me bastan mientras estén presentes, esté donde esté y haga lo que haga. «Pero ya es tiempo de morir.» ¿Qué dices, morir? No hagas una tragedia del asunto, sino di las cosas como son: «Ya es tiempo de que la materia de la que se formó vuelva nuevamente a aquello de lo que se reunió». ¿Y qué tiene esto de terrible? ¿Qué va a perecer entre las cosas del mundo, qué va a ocurrir que sea nuevo o absurdo? ¿Por esto resulta temible el tirano? ¿Por esto los guardias parecen tener las espadas grandes y afiladas? Que sea así para otros; pero yo he reflexionado sobre todo, y nadie tiene poder sobre mí. He sido liberado por el dios, conozco sus mandatos, ya nadie puede esclavizarme, tengo el libertador que debo tener, tengo los jueces que debo tener. «¿Acaso no soy dueño de tu cuerpo?» Y eso ¿qué tiene que ver conmigo? «¿Acaso no soy dueño de tus posesiones?» Y eso ¿qué tiene que ver conmigo? «¿Acaso no puedo enviarte al destierro o a prisión?» De nuevo, de todo esto y del cuerpecito entero, en el momento que lo desees, te lo cedo. Prueba tu poder contra mí y verás hasta dónde lo tienes.
¿A quién puedo temer todavía, entonces? ¿A los encargados de la antecámara? ¿No sea que hagan qué? ¿Que me cierren la puerta? Si me encuentran queriendo entrar, que me la cierren. — ¿Por qué entonces vas a las puertas? — Porque creo que es mi deber, mientras dura el juego, participar en él. — ¿Por qué entonces no te cierran la puerta? — Porque si nadie me recibe, no quiero entrar, sino que siempre prefiero más bien lo que sucede. Pues considero mejor lo que el dios quiere que lo que yo quiero. Me adheriré a él como servidor y seguidor, marcharé con él, desearé con él, en suma, querré con él. No hay exclusión para mí, sino para quienes fuerzan las cosas. ¿Por qué entonces no las fuerzo yo? Porque sé que dentro no se distribuye ningún bien a los que entran. Pero cuando escucho que alguien es felicitado porque es honrado por el César, digo: «¿Qué le sucede? ¿Acaso también un principio como debe tenerlo para gobernar una provincia? ¿Acaso también la capacidad de usar correctamente una procuraduría?». ¿Por qué sigo abriéndome paso a empujones? Alguien arroja higos secos y nueces: los niños los arrebatan y se pelean entre ellos; los hombres no, porque lo consideran cosa pequeña. Pero si alguien arroja trocitos de cerámica, ni siquiera los niños los arrebatan. Se reparten provincias: que los miren los niños. Plata: que la miren los niños. Pretura, consulado: que lo arrebaten los niños; que se dejen excluir, que se dejen golpear, que besen las manos del que da, las de los esclavos; pero para mí son higos secos y nueces. ¿Qué pasa entonces si casualmente, al arrojarlos él, cae un higo en mi regazo? Levántalo y cómetelo; porque hasta ese punto vale también honrar un higo. Pero agacharme y empujar a otro o ser empujado por otro, y adular a los que entran, ni un higo ni ninguna otra de las cosas que no son bienes vale tanto, esas que los filósofos me han convencido de que no debo considerar bienes.
Muéstrame las espadas de los guardias. «Mira qué grandes son y qué afiladas.» ¿Qué hacen entonces estas grandes espadas afiladas? «Matan.» Pero una fiebre ¿qué hace? «Nada más.» Pero una teja ¿qué hace? «Nada más.» ¿Quieres entonces que admire todo esto y me postre y ande como esclavo de todos? No lo permitan los dioses; sino que habiendo aprendido una vez que lo que ha nacido debe también perecer, para que el mundo no se detenga ni se obstaculice, ya no me importa si lo hará la fiebre o una teja o un soldado, pero si hay que comparar, sé que el soldado lo hará de modo más rápido e indoloro. Cuando entonces ni temo nada de lo que puede hacerme ni deseo nada de lo que puede darme, ¿por qué sigo admirándolo, por qué sigo pasmado? ¿Por qué temo a los guardias? ¿Por qué me alegro si me habla amablemente y me recibe bien, y voy contándolo a otros, cómo me habló? ¿Acaso es Sócrates, acaso es Diógenes, para que su elogio sea prueba respecto a mí? ¿Acaso he deseado emular su carácter? Pero conservando el juego voy a él y le sirvo, mientras no me ordene nada necio ni indecoroso. Pero si me dice «Ve a buscar a León de Salamina», le digo: «Busca a otro; porque yo ya no juego». «Llévenlo.» Lo sigo como parte del juego. «Pero te cortarán el cuello.» ¿Y acaso el suyo permanecerá siempre, y el vuestro, los que obedecéis? «Pero serás arrojado sin sepultura.» Si yo soy el cadáver, seré arrojado; pero si soy algo distinto del cadáver, habla con más elegancia, tal como es el asunto, y no me atemorices. Estas cosas atemorizan a los niños y a los insensatos. Pero si alguien, habiendo entrado una vez en la escuela del filósofo, no sabe qué es él mismo, merece temer y adular lo que después adulaba, si todavía no ha aprendido que no es carne ni huesos ni nervios, sino lo que usa de ellos, lo que además los gobierna y sigue las representaciones.
Sí; pero estos razonamientos vuelven a los hombres despreciadores de las leyes. — ¿Y qué razonamientos hacen más bien que los que usan de ellos obedezcan a las leyes? Pero no es ley lo que se impone a un necio. Y sin embargo mira cómo, incluso respecto a estas personas consideradas como deben ser, los preparan, quienes enseñan a no reclamar contra ellas nada de aquello en lo que puedan vencernos. Enseñan a ceder respecto al cuerpecito, a ceder respecto a la propiedad, respecto a los hijos, padres, hermanos, a retirarse de todo, a abandonarlo todo. Solo exceptúan los principios, que también Zeus quiso que fueran propiedad exclusiva de cada uno. ¿Qué ilegalidad hay aquí, qué necedad? Donde tú eres superior y más fuerte, allí me retiro yo; donde a su vez yo soy superior, tú cédeme el paso. Porque a mí me ha importado esto, pero a ti no. A ti te importa cómo habitar en lechos bien dispuestos, todavía cómo tienes esclavos y fieles servidores, cómo vistes ropa llamativa, cómo tienes muchos cazadores, cómo citaristas y actores trágicos. ¿Acaso reclamo algo de esto? ¿Acaso te han importado a ti los principios? ¿Acaso te ha importado tu propia razón? ¿Acaso sabes de qué partes se compone, cómo se articula, cuál es su estructura, qué facultades tiene y de qué tipo? ¿Por qué entonces te indignas si otro tiene ventaja sobre ti en esto, quien lo ha practicado? — Pero esto es lo más importante. — ¿Y quién te impide ocuparte de esto y cuidarlo? ¿Quién tiene mayor provisión de libros, de tiempo libre, de quienes puedan ayudar? Solo inclínate alguna vez hacia esto, dedica al menos un poco de tiempo a tu propia capacidad directriz; considera qué es esto que tienes y de dónde ha venido, esto que usa de todo lo demás, que prueba todo lo demás, que elige y rechaza. Pero mientras te ocupes de las cosas externas, las tendrás como nadie, pero esto lo tendrás tal como quiere tenerlo, sucio y descuidado.
Capítulo8A los que se lanzan precipitadamente a adoptar la apariencia de los filósofos
No elogiéis ni censuréis nunca a nadie por las cosas comunes, ni atestiguéis técnica alguna o falta de ella; y a la vez os libraréis de la precipitación y a la vez de la maledicencia. «Este se baña rápidamente.» ¿Entonces actúa mal? No necesariamente. Sino ¿qué? Se baña rápidamente. — ¿Todo se hace entonces bien? — De ningún modo; sino que lo que procede de principios correctos se hace bien, y lo que procede de principios viciosos se hace mal. Pero tú, hasta que comprendas el principio del que cada uno hace cada cosa, ni elogies la acción ni la censures. Pero el principio no se juzga fácilmente a partir de las cosas externas. «Este es carpintero.» ¿Por qué? «Porque usa un hacha.» ¿Y qué importa eso? «Este es músico, porque canta.» ¿Y qué importa eso? «Este es filósofo.» ¿Por qué? «Porque tiene un manto y melena.» ¿Pero qué tienen los charlatanes? Por esto, si alguien ve a uno de ellos actuando indecentemente, enseguida dice: «Mira lo que hace el filósofo». Pero debería más bien, por las cosas en que actuaba indecentemente, decir que no es filósofo. Pues si esta es la prenoción y profesión del filósofo, tener un manto y melena, lo dirían bien; pero si es más bien aquella, ser sin error, ¿por qué no le quitan el nombre por no cumplir su profesión? Así también en las otras técnicas. Cuando uno ve a alguien trabajando mal la madera con el hacha, no dice: «¿Qué utilidad tiene la carpintería? Mira qué males hacen los carpinteros», sino todo lo contrario dice: «Este no es carpintero, porque trabaja mal con el hacha». Del mismo modo, si oye a alguien cantar mal, no dice: «Mira cómo cantan los músicos», sino más bien: «Este no es músico». Solo en filosofía les pasa esto: cuando ven a alguien haciendo algo contrario a la profesión del filósofo, no le quitan el nombre, sino que suponiendo que es filósofo, y luego tomando de lo mismo que ocurre que actúa indecentemente, concluyen que no hay ninguna utilidad en filosofar. ¿Cuál es entonces la causa? Que respetamos la prenoción del carpintero y la del músico y del mismo modo la de los demás artesanos, pero la del filósofo no, sino que, como está confusa y no articulada, la juzgamos solo por las cosas externas. ¿Y qué otra técnica se reconoce por la apariencia y la melena, y no tiene también teoremas y materia y fin? ¿Cuál es entonces la materia del filósofo? ¿Acaso el manto? No, sino la razón. ¿Cuál el fin? ¿Acaso llevar un manto? No, sino tener recta la razón. ¿Qué teoremas? ¿Acaso los referentes a cómo se hace grande la barba o profunda la melena? Sino más bien lo que dice Zenón: conocer los elementos de la razón, qué tipo de cosa es cada uno de ellos y cómo se ajustan entre sí y cuanto se sigue de esto. ¿No quieres entonces ver primero si cumple su profesión aun actuando indecentemente, y así acusar a la práctica? Pero ahora, cuando tú mismo estás en tu sano juicio, por lo que te parece que hace mal, dices: «Mira el filósofo» —como si fuera propio llamar filósofo al que hace estas cosas—, y de nuevo: «Esto es ser filósofo». Pero «mira el carpintero» no dices cuando sepas que alguien comete adulterio o lo veas siendo glotón, ni «mira el músico». Así hasta ese punto percibes tú mismo también la profesión del filósofo, pero te deslizas y te confundes por falta de práctica.
Pero también los propios llamados filósofos abordan el asunto desde las apariencias externas: de inmediato se echan encima un manto y se dejan la barba y dicen «yo soy filósofo». Sin embargo, nadie dirá «yo soy músico» si se compra una púa y una lira, ni «yo soy herrero» si se pone un gorro y un delantal, sino que el aspecto se ajusta al oficio, pero toman el nombre del oficio, no del aspecto. Por eso decía bien Éufrates que «durante mucho tiempo intenté pasar desapercibido al filosofar, y esto», dice, «me fue provechoso. Pues en primer lugar sabía que todo lo bueno que hacía no lo hacía por los espectadores, sino por mí mismo: comía bien para mí, tenía la mirada serena, el paso firme; todo para mí y para dios. Luego, así como era yo solo quien luchaba, era yo solo también quien corría riesgo: si yo hacía algo vergonzoso o impropio, la filosofía no corría peligro, ni dañaba yo a la mayoría pecando como filósofo. Por eso quienes no conocían mi propósito se asombraban de cómo, tratando y conviviendo con todos los filósofos, yo mismo no filosofaba. Y ¿qué mal hay en que se me reconozca como filósofo por lo que hago y no por los signos externos?» Mira cómo como, cómo bebo, cómo duermo, cómo tolero, cómo me abstengo, cómo colaboro, cómo uso el deseo, cómo uso la aversión, cómo mantengo las relaciones naturales o adquiridas sin confusión y sin tropiezos; júzgame a partir de eso, si puedes. Pero si eres tan sordo y ciego como para no considerar a Hefesto un buen herrero a menos que veas el gorro puesto en su cabeza, ¿qué mal hay en no ser reconocido por un juez tan necio?
Así pasaba desapercibido Sócrates ante la mayoría, y venían a él pidiéndole que los pusiera en contacto con filósofos. ¿Acaso entonces se indignaba como nosotros y decía «¿a ti no te parezco filósofo?»? No, sino que los llevaba y los presentaba, satisfecho con ser filósofo y alegrándose también de que, al no parecerlo, no le molestara; pues recordaba su propia función. ¿Cuál es la función del hombre bueno y virtuoso? ¿Tener muchos discípulos? De ninguna manera. Eso lo verán quienes se hayan dedicado a ello. ¿Examinar teoremas difíciles? También de eso se ocuparán otros. ¿Dónde estaba él entonces y dónde quería estar realmente? Donde hay daño y provecho. «Si alguien», dice, «puede dañarme, yo no hago nada; si espero a otro para que me beneficie, yo no soy nada. Quiero algo y no sucede; soy desgraciado.» A semejante campo de batalla desafiaba a cualquiera y no creo que cedería ante nadie. ¿Qué creéis? ¿Proclamándolo y diciendo «yo soy tal»? ¡De ninguna manera!, sino siéndolo. Pues de nuevo, esto es propio de un necio y un charlatán: «yo soy imperturbable y sereno; no ignoréis, hombres, que mientras vosotros os agitáis y os inquietáis por cosas sin valor, solo yo estoy libre de toda perturbación». Así, ¿no te basta con no sufrir, si no proclamas «venid todos los que padecéis gota, los que tenéis dolor de cabeza, los que tenéis fiebre, los cojos, los ciegos, y ved que yo estoy sano de toda enfermedad»? Esto es vano y molesto, a menos que puedas, como Asclepio, mostrar al instante cómo, curándose, quedarán también ellos inmediatamente libres de enfermedad, y para ello ofreces tu propia salud como ejemplo.
Pues tal es el cínico que ha sido juzgado digno del cetro y la diadema por Zeus y dice: «Para que veáis, hombres, que buscáis la felicidad y la serenidad no donde está, sino donde no está, aquí estoy yo, enviado a vosotros por el dios como ejemplo, sin poseer ni casa ni mujer ni hijos, y ni siquiera jergón ni túnica ni vasija; y ved cómo estoy sano; probadme y si veis que estoy sereno, escuchad los remedios y los medios con que me he curado». Esto sí es humanitario y noble. Pero mirad de quién es la obra: de Zeus o de aquel a quien él juzgue digno de este servicio, para que nunca en ninguna parte exponga ante la multitud nada por lo que él mismo invalide su propio testimonio con el que da testimonio a la virtud y testimonia contra las cosas externas; sin que empalidezca su hermoso rostro ni
enjugue lágrimas de sus mejillas.
Y no solo esto, sino también sin desear ni buscar nada, ni persona ni lugar ni diversión, como los niños la vendimia o las fiestas, adornado en todas partes con pudor, como los demás con muros y puertas y porteros.
Pero ahora, apenas se han sentido atraídos por la filosofía, como los que tienen el estómago delicado por algún alimento que dentro de poco van a rechazar, enseguida van al cetro, al reinado. Se suelta el pelo, se echa encima el manto, muestra desnudo el hombro, pelea con los que encuentra y si ve a alguien con un manto fino, pelea con él. Hombre, pasa primero el invierno; mira tu impulso, no sea que venga de un estómago delicado o de una mujer embarazada. Ejercítate primero en pasar desapercibido; filosofa para ti mismo un poco de tiempo. Así es como se produce el fruto: la semilla debe ser enterrada por un tiempo, ocultarse, crecer poco a poco para llegar a madurar. Pero si echa la espiga antes de producir el tallo, está incompleta, viene de un jardín de Adonis. Así eres tú también, una plantita: has florecido más rápido de lo debido, el invierno te quemará. Mira qué dicen los agricultores sobre las semillas cuando hay calor prematuro. Temen que las semillas se desenfrenen y luego una sola helada las delate. Cuídate tú también, hombre; te has desenfrenat, te has precipitado tras un poquito de gloria prematuramente; te crees alguien, necio entre necios; te congelarás, o más bien ya te has congelado en la raíz abajo, mientras tus partes de arriba todavía florecen un poco y por eso crees todavía vivir y prosperar. Déjanos al menos madurar según la naturaleza. ¿Por qué nos desnudas, por qué nos fuerzas? Aún no podemos soportar el aire. Deja que la raíz crezca, luego que produzca el primer nudo, luego el segundo, luego el tercero; entonces así el fruto forzará a la naturaleza, incluso si yo no quiero. Pues quien, habiendo concebido y estando lleno de tales principios, ¿no es consciente de su propia preparación y no se lanza a las obras apropiadas? Pero el toro no ignora su propia naturaleza y preparación cuando aparece alguna fiera, ni espera a quien lo anime, ni el perro cuando ve algún animal salvaje; ¿y yo, si tengo la preparación del hombre virtuoso, esperaré a que tú me prepares para las obras propias? Pero ahora todavía no la tengo, créeme. ¿Por qué entonces quieres secarme antes de tiempo, como tú mismo te has secado?
Capítulo9Al que se ha transformado en desvergonzado
Cuando veas a otro ejerciendo el poder, contrapón que tú tienes el no necesitar poder; cuando veas a otro siendo rico, mira qué tienes tú en lugar de eso. Pues si no tienes nada en lugar de ello, eres desgraciado; pero si tienes el no necesitar riqueza, reconoce que tienes más y de mucho mayor valor. Otro tiene una mujer hermosa, tú tienes el no desear una mujer hermosa. ¿Te parecen poca cosa estas ventajas? ¿Y en cuánto estimarían estos mismos, los ricos y poderosos y los que conviven con mujeres hermosas, poder despreciar la riqueza y el poder y estas mismas mujeres de quienes están enamorados y que poseen? ¿Ignoras qué clase de cosa es la sed del que tiene fiebre? No tiene nada semejante a la del que está sano. Este, bebiendo, queda satisfecho; aquel, tras un breve placer, siente náuseas, lo convierte en bilis en lugar de agua, vomita, sufre retortijones, tiene más sed. Tal es tener riqueza con deseo, tener poder con deseo, dormir con una hermosa con deseo: se añaden los celos, el miedo de perderla, palabras vergonzosas, pensamientos vergonzosos, actos indecorosos.
«¿Y qué pierdo yo?», dice. Hombre, eras pudoroso y ahora ya no lo eres; ¿no has perdido nada? En lugar de Crisipo y Zenón lees a Aristides y Eveno; ¿no has perdido nada? En lugar de Sócrates y Diógenes admiras al que puede corromper y persuadir al mayor número. Quieres ser hermoso y te moldeas sin serlo, y quieres lucir ropa reluciente para atraer a las mujeres, y si encuentras algún perfume te crees dichoso. Pero antes ni siquiera pensabas en estas cosas, sino en dónde había un discurso decoroso, un hombre digno, un pensamiento noble. Por eso dormías como un hombre, salías como un hombre, llevabas ropa varonil, pronunciabas discursos propios de un hombre virtuoso; ¿y luego me dices «no he perdido nada»? Así, ¿los hombres no pierden nada más que monedas? ¿No se pierde el pudor, no se pierde la decencia? ¿O no hay daño en perder estas cosas? A ti quizá ya no te parezca que hay daño en ninguna de ellas; pero hubo un tiempo en que considerabas que este era el único daño y perjuicio, y te angustiabas por si alguien te apartaba de estos discursos y obras.
Mira, no te han hecho vacilar otros, sino tú mismo. Lucha contra ti, recondúcete hacia la decencia, hacia el pudor, hacia la libertad. Si alguien te dijera estas cosas sobre mí, que alguien me fuerza a cometer adulterio, que me obliga a vestir tal ropa, a perfumarme, ¿no irías corriendo a matarlo con tus propias manos a ese hombre que así me humilla? Ahora, entonces, ¿no quieres ayudarte a ti mismo? ¡Y cuánto más fácil es esta ayuda! No hace falta matar a nadie, ni encadenar, ni ultrajar, ni salir a la plaza pública, sino hablar contigo mismo, con quien más te hará caso, con quien nadie es más persuasivo para ti que tú. Y primero condena lo que está sucediendo, luego, tras condenarlo, no te abandones a ti mismo ni padezcas lo que sufren las personas de naturaleza vil, quienes una vez que han cedido se entregan del todo y se dejan arrastrar como por una corriente, sino aprende de los entrenadores. El niño ha caído: «Levántate», dice, «lucha de nuevo, hasta que te hagas fuerte». Pues haz tú algo semejante. Ten por seguro que nada es más dócil que el alma humana. Basta querer y ya ha sucedido, se ha corregido; al contrario, aflójate de nuevo y estás perdido. Pues desde dentro viene tanto la perdición como la ayuda. — ¿Y entonces qué bien me viene de esto? — ¿Y qué buscas mayor que esto? De desvergonzado serás pudoroso, de desordenado ordenado, de desleal leal, de disoluto moderado. Si buscas algo mayor que esto, sigue haciendo lo que haces: ni siquiera un dios puede ya salvarte.
Capítulo10De qué cosas hay que despreciar y con cuáles hay que enfrentarse
La perplejidad se produce en todos los hombres en torno a las cosas externas, la impotencia en torno a las cosas externas. «¿Qué hago? ¿Cómo sucederá? ¿Cómo resultará? ¡Que no me pase esto, que no me pase aquello!». Todas estas voces son de quienes se ocupan de lo que no depende de la libre elección. Pues ¿quién dice «¿cómo no asentir a lo falso? ¿Cómo no apartarme de lo verdadero?»? Si alguien tiene tal inclinación natural que se angustia por estas cosas, le recordaré que «¿por qué te angustias? Depende de ti. Estate tranquilo. No te precipites en el asentimiento antes de aplicar el criterio natural». De nuevo, si se angustia por su deseo, no sea que resulte fallido y frustrante, por su rechazo, no sea que caiga en lo que rechaza, primero lo besaré, porque dejando de lado aquello por lo que los demás se espantan y sus temores, se preocupa de sus propios asuntos, donde él está. Luego le diré: «Si no quieres desear de manera frustrante ni rechazar cayendo en lo rechazado, no desees nada de lo ajeno, no rechaces nada de lo que no depende de ti. Si no, necesariamente fracasarás y caerás». ¿Qué perplejidad hay en esto? ¿Dónde tiene lugar el «¿cómo sucederá?» y el «¿cómo resultará?» y el «¡que no me pase esto o aquello!»?
Ahora bien, ¿no es independiente de la libre elección lo que va a resultar? — Sí. — ¿Y la esencia del bien y del mal está en lo que depende de la libre elección? — Sí. — ¿Puedes, entonces, usar conforme a la naturaleza todo lo que resulte? ¿Puede alguien impedírtelo? — Nadie. — No me digas, pues, «¿cómo sucederá?». Porque de cualquier modo que suceda, tú lo dispondrás bien y el resultado será para ti una dicha. O ¿qué habría sido Heracles diciendo «cómo hacer que no se me aparezca un león grande ni un jabalí grande ni hombres salvajes»? Y ¿qué te importa? Si se te aparece un jabalí grande, lucharás una lucha mayor; si hombres malos, librarás al mundo de los malvados. — ¿Y si muero así? — Morirás siendo bueno, cumpliendo una acción noble. Pues dado que de todos modos hay que morir, es necesario que te encuentre haciendo algo, ya sea cultivando o cavando o comerciando o ejerciendo el consulado o con indigestión o con diarrea. ¿Qué quieres, pues, que estés haciendo cuando la muerte te encuentre? Yo por mi parte querría estar haciendo algo humano, benéfico, de provecho común, noble. Pero si no puedo ser encontrado haciendo cosas tan grandes, al menos aquello que no se me puede impedir, que me ha sido dado: corregirme a mí mismo, perfeccionando la facultad de usar las representaciones, trabajando por la impasibilidad, dando a cada relación lo que le corresponde; si soy tan afortunado, incluso rozando el tercer ámbito, el de la seguridad en los juicios.
Si la muerte me sorprende en medio de estas cosas, me basta si puedo levantar mis manos hacia el dios y decir: «Los recursos que recibí de ti para comprender tu gobierno y seguirlo, no los desatendí. No te avergoncé en lo que me toca. Mira cómo he usado los sentidos, mira cómo las nociones previas. ¿Alguna vez te reproché algo, me disgusté con algo de lo que sucede o quise que fuera de otro modo, transgredí alguna relación? Porque me engendraste estoy agradecido, por lo que me diste estoy agradecido. El tiempo que usé lo tuyo me basta. Recíbelo de vuelta y disponlo en el lugar que quieras. Pues todo era tuyo, tú me lo diste». ¿No basta salir estando así? ¿Y qué vida es mejor o más decorosa que la de quien está así? ¿Y qué final más dichoso?
Pero para que esto suceda, no es poca cosa lo que hay que aceptar ni de poca cosa lo que hay que fracasar. No puedes querer ser cónsul y querer estas cosas a la vez, ni haberte afanado por tener campos y estas cosas a la vez, ni preocuparte por tus esclavitos y por ti mismo. Sino que si quieres algo de lo ajeno, lo tuyo se ha perdido. Tal es la naturaleza del asunto: nada se consigue gratis. ¿Y qué tiene de extraño? Si quieres ser cónsul, tienes que pasar noches en vela, correr de un lado a otro, besar manos, pudrirte ante puertas ajenas, decir muchas cosas, hacer muchas cosas indignas de un hombre libre, enviar regalos a muchos, cada día presentes a algunos. ¿Y qué se consigue? Doce haces de varas y sentarse tres o cuatro veces en el tribunal y dar juegos circenses y ofrecer banquetes en cestos. O que alguien me muestre qué más hay aparte de esto. Entonces, ¿por la impasibilidad, por la imperturbabilidad, por dormir cuando duermes, estar despierto cuando estás despierto, no temer nada, no angustiarte por nada, no quieres gastar nada, no quieres esforzarte en nada? Sino que si se te pierde algo mientras te ocupas de esto o se gasta mal o alguien más obtiene lo que debías obtener tú, ¿enseguida te morderá lo sucedido? ¿No contrapesarás qué recibes a cambio de qué, cuánto a cambio de cuánto? ¿Sino que quieres recibir gratis cosas tan grandes? ¿Y cómo puedes? Un trabajo por otro. No puedes tener a la vez las cosas externas cuidadas y tu propia mente rectora. Si quieres aquellas, suelta esta; si no, no tendrás ni esto ni aquellas, distraído entre ambas. Si quieres esto, tienes que soltar aquellas. Se derramará el aceite, se perderán los cachivaches, pero yo estaré impasible. Habrá un incendio estando yo ausente y se perderán los libros, pero yo usaré las representaciones conforme a la naturaleza. Pero no tendré qué comer. Si soy tan desgraciado, la muerte es el puerto. Este es el puerto de todos, la muerte, este es el refugio. Por esto nada en la vida es difícil. Cuando quieras, sales y no hay humo. ¿Por qué, pues, te angustias, por qué pasas la noche en vela? ¿Por qué no, razonando enseguida dónde está tu bien y tu mal, dices «ambos dependen de mí; nadie puede quitarme el uno ni rodearme con el otro contra mi voluntad. ¿Por qué, pues, no me pongo a roncar? Mis cosas están seguras. Las ajenas que las vea quien las lleva, según las conceda quien tiene potestad sobre ellas. ¿Quién soy yo para querer que sean de un modo u otro? ¿Acaso no se me ha dado elección sobre ellas? ¿Acaso alguien me ha hecho administrador de ellas? Me bastan aquellas sobre las que tengo potestad. Estas debo prepararlas lo más bellamente posible, y las demás como quiera el señor de ellas»?
¿El que tiene esto ante los ojos pasa la noche en vela y se da vueltas de un lado a otro? ¿Queriendo qué o añorando qué? ¿A Patroclo o a Antíloco o a Menelao? ¿Cuándo creyó que alguno de sus amigos era inmortal? ¿Cuándo no tuvo ante los ojos que mañana o pasado tenía que morir él o aquel? «Sí», dice, «pero pensaba que aquel me sobreviviría y criaría a mi hijo». Pues eras necio y pensabas lo incierto. ¿Por qué, pues, no te acusas a ti mismo, sino que te sientas llorando como las niñas? «Pero él me servía la comida». Porque vivía, necio. Ahora no puede. Pero Automedonte te la servirá; y si también Automedonte muere, encontrarás otro. Y si se rompe la olla en que te cocía la carne, ¿tienes que morir de hambre porque no tienes la olla habitual? ¿No mandas a comprar otra nueva? «No, pues», dice, «podría sufrir desgracia peor que esta». ¿Así que esto es tu desgracia? ¿Y luego, dejando de arrancarte esto, acusas a tu madre de no habértelo predicho para que siguieras sufriendo desde entonces? ¿Qué os parece? ¿No habrá compuesto Homero esto a propósito para que veamos que los más nobles, los más fuertes, los más ricos, los más hermosos, cuando no tienen las opiniones debidas, nada les impide ser los más miserables y desgraciados?
Capítulo11Sobre la limpieza
Algunos discuten si está contenido en la naturaleza del ser humano lo social; sin embargo, ni siquiera estos mismos, me parece, discutirían que al menos lo limpio está sin duda contenido, y que si en algo más, también en esto se separa de los demás animales. Así que cuando vemos a otro animal limpiándose, solemos comentar con admiración que «es como un ser humano». Y de nuevo, si alguien acusa a algún animal, solemos decir como disculpándonos que «pues no es un ser humano». Así creemos que es algo excepcional respecto al ser humano, tomándolo primero de los dioses. Pues dado que ellos son por naturaleza puros e incorruptos, en la medida en que los seres humanos se les han acercado mediante la razón, en esa medida son también capaces de lo puro y de la limpieza. Y puesto que es imposible que su esencia esté totalmente pura mezclada de tal materia, la razón recibida intenta hacerla limpia en lo posible. La primera y suprema pureza, pues, es la que se da en el alma, e igualmente la impureza. Pero la impureza del alma no la encontrarías como la del cuerpo, sino ¿qué otra cosa encontrarías como impureza del alma sino lo que la hace sucia para sus propias funciones? Las funciones del alma son tender, desistir, desear, rechazar, prepararse, proponerse, asentir. ¿Qué, pues, es lo que en estas funciones la hace sucia e impura? Nada más que sus malos juicios. De modo que la impureza del alma son las opiniones perversas, y su purificación es la implantación de las opiniones debidas. Y pura es la que tiene las opiniones debidas, pues solo esta en sus propias funciones es inconmovible e incontaminada.
Es preciso cultivar algo semejante a esto también respecto al cuerpo, en la medida de lo posible. Era inevitable que al hombre, con la constitución que tiene, le fluyera moco de la nariz; por eso la naturaleza hizo las manos y las propias narices como canales para expulsar los líquidos. Así que si alguien se lo sorbe, digo que no hace obra de hombre. Era inevitable que los pies se llenaran de barro y en general se ensuciaran al andar por semejantes lugares; por eso preparó agua, por eso las manos. Era inevitable que quedara cierta suciedad adherida a los dientes por el comer; por eso dice: «Lávate los dientes». ¿Por qué? Para que seas hombre y no una bestia ni un cerdo. Era inevitable que del sudor y la opresión de la ropa quedara algo sucio en el cuerpo y necesitado de limpieza; por eso agua, aceite, manos, paño, estrígiles, sosa y, en ocasiones, toda la demás provisión para limpiarlo. No es así, sino que el herrero pulirá el hierro como herrero y tendrá herramientas preparadas para ello y tú lavarás el plato cuando vayas a comer, si es que no eres del todo inmundo y sucio; ¿pero el cuerpecito no lo lavarás ni lo harás limpio? —¿Por qué? —pregunta—. De nuevo te lo diré: primero para que hagas cosas propias del hombre, luego para que no molestes a quienes se encuentran contigo. Algo así haces también aquí y no te das cuenta. Crees que mereces apestar; sea, acepta que lo mereces. ¿Acaso también los que se sientan a tu lado, acaso también los que se recuestan contigo, acaso también los que te besan? Entonces márchate a algún desierto, del que eres digno, y vive solo apestándote a ti mismo. Pues es justo que solo tú goces de tu suciedad. Pero estando en la ciudad, ¿comportarte así, tan desconsiderado e insensato, de quién te parece propio? Si la naturaleza te hubiera confiado un caballo, ¿lo habrías dejado abandonado y sin cuidado? Ahora imagina que tu cuerpo te ha sido entregado como un caballo: lávalo, límpialo, haz que nadie se aparte de ti, que nadie te esquive. ¿Quién no esquiva a un hombre sucio, apestoso, de mal color, más que al que está cubierto de estiércol? Aquel olor es exterior, adherido de fuera, pero este procede de la falta de cuidado, de dentro, y como si estuvieras podrido.
«Pero Sócrates se bañaba pocas veces». —Sin embargo su cuerpo relucía, era tan agradable y dulce que se enamoraban de él los más hermosos y nobles y deseaban recostarse junto a él más que junto a los más apuestos. Le estaba permitido ni bañarse ni lavarse, si hubiera querido; y sin embargo hasta el «pocas veces» tenía su fuerza. Si no quieres agua caliente, usa la fría. —«Pero Aristófanes habla de los pálidos, me refiero a los descalzos». —Es que también dice que caminaba por el aire y que robaba ropa de la palestra. Sin embargo todos los que han escrito sobre Sócrates le rinden testimonio de todo lo contrario, de que era agradable no solo de oír, sino también de ver. De nuevo escriben lo mismo acerca de Diógenes. Pues no hay que alejar a la gente de la filosofía ni siquiera por la apariencia del cuerpo, sino que, igual que en lo demás, hay que mostrarse animoso y sereno, también desde el cuerpo. «Ved, oh hombres, que no tengo nada, de nada necesito; ved cómo, aunque esté sin casa y sin ciudad y sea exiliado, si así sucede, y sin hogar, vivo con más serenidad y con mejor ánimo que todos los nobles y ricos. Pero ved también que el cuerpecito no sufre por el modo de vida austero». Si alguien me dice esto teniendo aspecto de condenado y rostro de tal, ¿qué dios me persuadirá de acercarme a la filosofía, que produce semejantes individuos? Líbreme el cielo; ni aunque fuera a ser sabio lo querría.
Yo, por los dioses, prefiero que el joven que se mueve por primera vez venga a mí con el pelo cuidado antes que demacrado y sucio. Pues se percibe en él alguna imagen de lo bello, algún deseo de lo decoroso. Y donde se imagina que está, allí se esfuerza. Solo falta entonces mostrarle y decirle: «Jovencito, buscas lo bello y haces bien. Sabe, pues, que brota allí donde tienes la razón; búscalo allí donde están tus impulsos y tus aversiones, donde están tus deseos y tus rechazos. Pues esto es lo que tienes en ti de excepcional, mientras que el cuerpecito es por naturaleza barro. ¿Por qué te fatigas en vano con él? Si ninguna otra cosa, al menos con el tiempo conocerás que no es nada». Pero si viene a mí cubierto de estiércol, sucio, con bigote hasta las rodillas, ¿qué puedo decirle, desde qué semejanza puedo atraerlo? Pues ¿en qué se ha afanado que sea semejante a lo bello, para que yo lo cambie de opinión y le diga «no está aquí lo bello, sino allí»? ¿Quieres que le diga «lo bello no está en cubrirse de estiércol, sino en la razón»? ¿Acaso desea lo bello? ¿Tiene alguna imagen de ello? Vete y habla con un cerdo, para que no se revuelque en el fango. Por eso las palabras de Jenócrates tocaron a Polemón, como joven amante de lo bello; pues entró teniendo estímulos del afán por lo bello, aunque lo buscaba en otro lugar. Pues ni siquiera a los animales que conviven con los hombres los hizo sucios la naturaleza. ¿Acaso algún caballo se revuelca en el fango, acaso algún perro noble? Sino el cerdo y los gansos podridos y los gusanos y las arañas, que han sido expulsados lo más lejos posible de la convivencia humana. Tú entonces, siendo hombre, ¿no quieres ser ni siquiera un animal de los que conviven con los hombres, sino más bien un gusano o una araña? ¿No te bañarás alguna vez como quieres, no te limpiarás a ti mismo, no vendrás limpio, para que se alegren los que están contigo? Sino que vienes también con nosotros a los templos así, donde no está permitido escupir ni sonarse, siendo todo tú esputo y moco.
¿Qué entonces? ¿Pretende alguien embellecerse? Líbreme el cielo, salvo en aquello que somos por naturaleza: la razón, las convicciones, las acciones; pero el cuerpo solo hasta la limpieza, hasta no ofender. Pero si oyes que no hay que llevar púrpura, te vas y ensucías tu manto de estiércol o lo desgarras. —«Pero ¿de dónde consigo un manto hermoso?». —Hombre, tienes agua, lávalo. Mira, un joven digno de ser amado; mira, un anciano digno de amar y ser amado, a quien alguien confíe a su hijo para que lo eduque, al que acudirán hijas, al que acudirán jóvenes, si así sucede, para que les dé sus lecciones en un estercolero. ¡Líbreme el cielo! Toda extravagancia procede de algo humano; esta está cerca de no ser humana.
Capítulo12Sobre la atención
Cuando dejas de prestar atención aunque sea por poco tiempo, no te imagines que la retomarás cuando quieras, sino que ten presente esto: que por el error cometido hoy tus asuntos necesariamente han de estar peor en lo demás. Pues en primer lugar se engendra el hábito, lo más difícil de todo, de no prestar atención, y luego el hábito de posponer la atención; constantemente te acostumbras a diferir a otro tiempo el fluir bien, el comportarte decorosamente, el tener y llevar adelante la vida conforme a la naturaleza. Si, pues, el aplazamiento es provechoso, el abandono total de ella es más provechoso aún; pero si no es provechoso, ¿por qué no conservas la atención continua? «Hoy quiero jugar». ¿Qué te lo impide, pues, prestando atención? «Quiero cantar». ¿Qué te lo impide, pues, prestando atención? ¿Acaso hay alguna parte de la vida a la que no se extienda el prestar atención? Pues ¿la harás peor prestando atención, y mejor no prestando atención? Y ¿qué otra cosa en la vida resulta mejor por obra de quienes no prestan atención? ¿El carpintero que no presta atención trabaja mejor la madera? ¿El timonel que no presta atención gobierna con más seguridad? ¿Alguna otra de las tareas menores se cumple mejor por falta de atención? ¿No te das cuenta de que, cuando sueltas tu voluntad, ya no está en tu poder recuperarla, ni hacia lo decoroso, ni hacia lo respetuoso, ni hacia lo comedido? Sino que haces todo lo que se te ocurre, sigues tus impulsos.
¿A qué, pues, debo prestar atención? —Primero a aquellos principios generales, y tenerlos a mano, y sin ellos no dormirte, no levantarte, no beber, no comer, no tratar con los hombres: que nadie es dueño de la voluntad ajena, y que solo en ella están el bien y el mal. Nadie, pues, tiene poder ni de procurarme un bien ni de envolverme en un mal, sino que yo mismo tengo el poder sobre mí solo en esto. Cuando, pues, esto esté seguro para mí, ¿qué he de agitarme por las cosas exteriores? ¿Qué tirano es temible, qué enfermedad, qué pobreza, qué obstáculo? —«Pero no le agradé a fulano». —¿Acaso él es obra mía, acaso es mi juicio? —No. —¿Qué me importa entonces? —«Pero parece ser alguien». —Lo verá él mismo y aquellos a quienes les parece, pero yo tengo claro a quién debo agradar, a quién estoy sometido, a quién debo obedecer: a dios y, después de él, a mí mismo. Él me encomendó a mí mismo y sometió mi voluntad solo a mí, dándome reglas para el uso recto de ella; cuando las sigo, en los silogismos no hago caso a nadie que diga otra cosa, en las premisas variables no me preocupo por nadie. ¿Por qué, pues, en las cosas mayores me molestan los que me critican? ¿Cuál es la causa de esta turbación? Ninguna otra sino que estoy sin ejercitar en este terreno. Pues todo conocimiento es despreciativo de la ignorancia y de los ignorantes, y no solo los conocimientos, sino también las artes. Trae a cualquier zapatero que quieras y se ríe de la gente en lo que toca a su oficio; trae a cualquier carpintero que quieras.
Así pues, lo primero es tener estos principios a mano y no hacer nada sin ellos, sino mantener el alma tensa hacia este objetivo: no perseguir nada de lo externo, nada de lo ajeno, sino, como lo ordenó quien tiene el poder, lo que depende de la elección moral totalmente, y lo demás según se nos conceda. Además de esto, recordar quiénes somos y qué nombre tenemos, e intentar ajustar nuestros deberes a las exigencias de las relaciones: cuál es el momento oportuno para el canto, cuál para el juego, en presencia de quiénes; qué resultará de la acción; no vaya a ser que los presentes nos desprecien, o nosotros a ellos; cuándo bromear y a quiénes burlarse alguna vez y en qué ocasión dejarse llevar por la situación y con quién, y en fin, cómo mantener en el trato con los demás lo que es propio de uno. Pero donde te apartes de alguno de estos principios, enseguida hay daño, no venido de fuera, sino de la acción misma.
¿Qué entonces? ¿Es posible estar ya libre de errores? Imposible, pero sí es posible tender constantemente a no equivocarse. Pues ya es motivo de satisfacción si, al no aflojar nunca esta atención, quedamos fuera al menos de unos pocos errores. Pero ahora, cuando dices «mañana prestaré atención», sabe que estás diciendo esto: «hoy seré desvergonzado, inoportuno, ruin; estará en manos de otros el afligirme; hoy me enfadaré, tendré envidia». Mira cuántos males te permites a ti mismo. Pero si te parece bien hacerlo mañana, ¿cuánto mejor hoy? Si mañana te conviene, mucho más hoy, para que también mañana puedas y no lo pospongas de nuevo para el tercer día.
Capítulo13A quienes revelan con ligereza sus asuntos
Cuando alguien nos parece que ha hablado con sencillez sobre sus propios asuntos, ¿cómo es que también nosotros nos vemos arrastrados a revelarle nuestros secretos y creemos que esto es sencillez? Primero, porque nos parece desigual que él haya escuchado los asuntos del prójimo sin que, sin embargo, le comuniquemos a su vez los nuestros. Luego, porque creemos que si callamos nuestras cosas les daremos impresión de no ser personas sencillas. Naturalmente, suelen decir con frecuencia: «Yo te he contado todo lo mío, ¿tú no quieres decirme nada de lo tuyo? ¿Cómo puede ser esto?». Además está el creer que podemos confiar con seguridad en quien ya ha confiado lo suyo; pues se nos pasa por la cabeza que este nunca revelaría lo nuestro por temor a que nosotros revelemos también lo suyo. Así también en Roma los imprudentes son atrapados por los soldados. Un soldado se te ha sentado al lado vestido de civil y, comenzando a hablar mal del César, entonces tú, como si hubieras recibido de él una garantía de confianza por haber iniciado él mismo la injuria, dices también tú lo que piensas, y luego eres arrestado y llevado atado. Algo parecido nos sucede también en general. Pues no porque él me haya confiado con seguridad lo suyo, yo también confío en cualquiera; sino que yo, tras escuchar, callo, si es que soy de tal clase, pero él, al salir, lo cuenta a todos. Luego, si me entero de lo sucedido, si soy yo también semejante a él, queriendo vengarme revelo lo suyo y me arruino y lo arruino. Pero si recuerdo que uno no daña a otro, sino que las propias acciones de cada uno lo dañan y lo benefician, consigo esto: no hacer yo algo semejante a él, aunque de todos modos por mi propia charlatanería he sufrido lo que he sufrido.
Sí; pero es desigual que, tras escuchar los secretos del prójimo, uno no le comunique a su vez nada a él. — ¿Acaso te invité, hombre? ¿Acaso revelaste lo tuyo bajo ciertas condiciones, para que a tu vez escuches también lo mío? Si tú eres charlatán y crees que todos los que te encuentras son amigos, ¿quieres que yo me vuelva semejante a ti? ¿Y qué si tú me has confiado bien lo tuyo, pero a ti no es posible confiarte bien las cosas? ¿Quieres que yo me precipite? Como si yo tuviera una tinaja hermética y tú una agujereada, y vinieras y me depositaras tu vino para que yo lo echara en mi tinaja, y luego te indignases porque yo tampoco te confío mi vino; pues tú tienes agujereada la tinaja. ¿Cómo entonces puede haber igualdad? Tú depositaste en alguien leal, en alguien decoroso, en alguien que considera que solo sus propias acciones son dañinas y beneficiosas, y nada de lo externo; ¿quieres que yo te haga un depósito a ti, a un hombre que ha deshonrado su propia elección moral, que quiere obtener una moneda o algún cargo o un ascenso en la corte, aunque vayas a degollar a tus hijos, como Medea? ¿Dónde está aquí la igualdad? Más bien muéstrame que eres leal, decoroso, firme, muéstrame que tienes principios amistosos, muéstrame que tu recipiente no está agujereado y verás cómo no espero a que tú me confíes lo tuyo, sino que yo mismo vendré a rogarte que escuches lo mío. Pues ¿quién no quiere servirse de un buen recipiente? ¿Quién desprecia a un consejero benévolo y leal? ¿Quién no recibirá con gusto a quien va a participar en sus dificultades como de una carga y a aligerarlo por el hecho mismo de participar?
Sí; pero yo confío en ti, tú no confías en mí. — Primero, ni siquiera tú confías en mí, sino que eres charlatán y por eso no puedes retener nada. Porque si esto fuera así, confíamelo solo a mí; pero ahora, a cualquiera que veas desocupado, te sientas a su lado y le dices: «Hermano, no tengo a nadie más benévolo ni más querido que tú, te ruego que escuches mis cosas»; y esto lo haces incluso con quienes apenas conoces un poco. Y si efectivamente confías en mí, es evidente que como en alguien leal y decoroso, no porque yo te haya contado lo mío. Déjame, pues, que yo también suponga lo mismo. Muéstrame que si alguien le cuenta a otro lo suyo, aquel es leal y decoroso. Porque si esto fuera así, yo yendo de un lado a otro contaría mis cosas a todos los hombres, si por ello fuera a ser leal y decoroso. Pero no es así, sino que se necesitan principios no cualesquiera. Si ves a alguien preocupado por las cosas que no dependen de la elección moral y que ha sometido su propia elección moral a ellas, sabe que este hombre tiene miles que lo fuerzan y lo impiden. No necesita pez ni rueda de tortura para revelar lo que sabe, sino que una señal de una esclava, si así sucede, lo sacudirá, la amabilidad de un cortesano, el deseo de un cargo, de una herencia, otras treinta mil cosas semejantes a estas. Hay que recordar, pues, en general, que las conversaciones secretas necesitan confianza y principios de tal clase; pero ¿dónde es fácil encontrar estos ahora? O que alguien me muestre a quien está así dispuesto para decir: «A mí solo me importan mis cosas, las que no pueden impedirse, las que son libres por naturaleza. Esta es la sustancia que tengo del bien, lo demás que suceda como se conceda; no me inquieto».
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