Libro II
Capítulo1Que la confianza no está reñida con la cautela
Quizá parezca paradójico a algunos lo que exigen los filósofos, pero examinemos en la medida de lo posible si es verdad que hay que actuar al mismo tiempo con cautela y con confianza en todo. Pues lo cauto parece de algún modo contrario a lo confiado, y los contrarios de ninguna manera coexisten. Lo que a muchos les parece paradójico en este asunto creo que se debe a algo así: si exigiéramos aplicar la cautela y la confianza a las mismas cosas, con razón nos acusarían de reunir lo que no se puede reunir. Pero ahora, ¿qué tiene de terrible lo que se dice? Si es cierto lo que se ha dicho muchas veces y se ha demostrado muchas veces, que la esencia del bien está en el uso de las representaciones y la del mal igualmente, y que las cosas que no dependen de la elección moral no admiten ni la naturaleza del mal ni la del bien, ¿qué paradoja exigen los filósofos si dicen «donde están las cosas que no dependen de la elección moral, ahí esté tu confianza, donde están las cosas que dependen de la elección moral, ahí la cautela»? Pues si el mal está en la elección moral mala, solo ante eso vale la pena usar la cautela; si las cosas que no dependen de la elección moral y no están en nuestro poder no nos conciernen, ante eso hay que usar la confianza. Y así seremos al mismo tiempo cautos y confiados y, por Zeus, confiados precisamente gracias a la cautela. Porque por ser cautos ante los males verdaderos sucederá que tendremos confianza ante lo que no es así.
En cambio nosotros sufrimos lo que los ciervos: cuando los ciervos temen y huyen de las plumas, ¿hacia dónde se dirigen y hacia dónde se retiran como a lugar seguro? Hacia las redes; y así perecen cambiando lo temible por lo que les da confianza. Así también nosotros, ¿dónde empleamos el temor? Ante las cosas que no dependen de la elección moral. ¿En qué, por el contrario, nos conducimos con confianza como si nada fuera terrible? En las cosas que dependen de la elección moral. Ser engañados o precipitarse o hacer algo desvergonzado o desear algo con deseo vergonzoso no nos importa nada, con tal de acertar en las cosas que no dependen de la elección moral. Pero donde hay muerte o destierro o dolor o mala fama, allí está la huida, allí está la agitación. Por tanto, como es natural, en quienes yerran en lo más importante, convertimos lo que por naturaleza es confiado en temerario, desesperado, insolente, desvergonzado, y lo que por naturaleza es cauto y respetuoso en cobarde y vil, lleno de miedos y perturbaciones. Pues si alguien traslada la cautela allí donde están la elección moral y las obras de la elección moral, en seguida, al querer ser cauto, tendrá también en su poder la aversión; pero si la traslada donde están las cosas que no están en nuestro poder y no dependen de la elección moral, dirigiendo su aversión hacia lo que está en manos de otros necesariamente temerá, se volverá inestable, se perturbará. Pues no es la muerte o el dolor lo temible, sino el temer al dolor o a la muerte. Por eso alabamos al que dijo «pues no es terrible morir, sino morir vergonzosamente».
Por tanto la confianza debía dirigirse hacia la muerte, y la cautela hacia el temor a la muerte; pero ahora es al revés, hacia la muerte la huida, y hacia la opinión acerca de ella la desatención y el descuido y la indiferencia. A estas cosas Sócrates, con razón, las llamaba espantajos. Pues como a los niños las máscaras les parecen terribles y temibles por inexperiencia, algo así sufrimos también nosotros ante los hechos por ninguna otra razón sino como también los niños ante los espantajos. Pues ¿qué es un niño? Ignorancia. ¿Qué es un niño? Falta de conocimiento. Porque donde sabe, en nada es inferior a nosotros. ¿Qué es la muerte? Un espantajo. Dale la vuelta y obsérvalo: mira, cómo no muerde. El cuerpecito debe separarse del soplo de vida, como antes estaba separado, ya sea ahora o más tarde. ¿Por qué entonces te indignas si es ahora? Pues si no es ahora, será más tarde. ¿Por qué? Para que se cumpla el ciclo del mundo; pues tiene necesidad de lo que está presente, de lo que está por venir y de lo que se ha cumplido. ¿Qué es el dolor? Un espantajo. Dale la vuelta y obsérvalo. La carnecita se mueve bruscamente, luego otra vez suavemente. Si no te conviene, la puerta está abierta; si te conviene, sopórtalo. Pues ante todo debe estar abierta la puerta; y no tenemos problema.
¿Cuál es entonces el fruto de estas doctrinas? El que debe ser el más bello y el más apropiado para los que se educan de verdad: la imperturbabilidad, la ausencia de miedo, la libertad. Pues no hay que creer a la multitud acerca de esto, que dicen que solo a los hombres libres les está permitido educarse, sino más bien a los filósofos, que dicen que solo los educados son libres. —¿Cómo es eso? —Así: ahora, ¿es la libertad otra cosa que la posibilidad de conducir la vida como queremos? «Nada más.» Decidme entonces, hombres, ¿queréis vivir errando? «No queremos.» Luego nadie que yerra es libre. ¿Queréis vivir temiendo, queréis vivir afligiéndoos, queréis vivir perturbados? «De ninguna manera.» Luego nadie que teme, ni que se aflige, ni que se perturba es libre, pero quien se ha liberado de las aflicciones y de los miedos y de las perturbaciones, ese por el mismo camino también se ha liberado de la esclavitud. ¿Cómo entonces seguiremos creyéndoos, queridísimos legisladores? ¿No permitimos educarse sino a los libres? Los filósofos dicen que no permitimos ser libres sino a los educados, es decir, el dios no lo permite. —Entonces cuando alguien hace girar a su esclavo ante el pretor, ¿no ha hecho nada? —Ha hecho algo. —¿Qué? —Ha hecho girar a su esclavo ante el pretor. —¿Nada más? —Sí; también debe pagar la vigésima parte de su valor. —¿Qué entonces? El que ha sufrido esto, ¿no se ha vuelto libre? —No más que imperturbable. Porque tú que puedes hacer girar a otros, ¿no tienes ningún amo? ¿No tienes por amo el dinero, ni una jovencita, ni un jovencito, ni al tirano, ni a algún amigo del tirano? ¿Por qué entonces tiemblas al ir a alguna circunstancia tal?
Por eso digo muchas veces: «practicad esto y tened esto a mano, ante qué hay que tener confianza y ante qué hay que estar cautelosamente dispuestos, que ante las cosas que no dependen de la elección moral tener confianza, y ser cautos ante las que dependen de la elección moral». —Pero ¿no te he leído o no sabes lo que hago? —¿En qué? En pequeños discursos. Quédate con tus pequeños discursos; muestra cómo te comportas respecto al deseo y la aversión, si no fracasas en lo que quieres, si no caes en lo que no quieres. Pero aquellos períodos, si tienes sentido, llévatelos a alguna parte y bórralos. —¿Qué entonces? ¿Sócrates no escribía? —¿Y quién tanto? Pero ¿cómo? Puesto que no podía tener siempre a alguien que examinara sus doctrinas o que fuera examinado a su vez, él mismo se examinaba y se ponía a prueba y siempre ejercitaba prácticamente al menos una noción. Esto escribe un filósofo; pero los pequeños discursos y el modo que digo los deja a otros, a los insensibles o a los dichosos, a los que tienen ocio por su imperturbabilidad, o a los que no calculan nada de las consecuencias por estupidez.
¿Y ahora cuando la ocasión llama irás a mostrar aquello y a leerlo y a jactarte? «¡Mira cómo compongo diálogos!» No, hombre, sino más bien aquello: «¡Mira cómo deseando no fracaso! ¡Mira cómo teniendo aversión no caigo! Trae la muerte y lo sabrás; trae dolores, trae la prisión, trae el deshonor, trae la condena.» Esta es la exhibición de un joven que ha salido de la escuela. Lo demás déjaselo a otros, y que nadie te oiga nunca una palabra sobre eso ni, si alguien te alaba por eso, lo toleres, sino parece que no eres nadie y que no sabes nada. Solo muéstrate sabiendo esto: cómo no fracasar nunca ni caer. Que otros practiquen discursos judiciales, otros problemas, otros silogismos; tú practica morir, tú estar encadenado, tú ser torturado, tú ser desterrado. Todo esto con confianza, confiando en quien te ha llamado a ello, en quien te ha juzgado digno de este puesto, en el que colocado demostrarás qué puede un principio rector racional enfrentado a las fuerzas que no dependen de la elección moral. Y así aquella paradoja ya no parecerá ni imposible ni paradójica, que hay que al mismo tiempo ser cauto y tener confianza, tener confianza ante las cosas que no dependen de la elección moral, y ser cauto en las que dependen de la elección moral.
Capítulo2Sobre la imperturbabilidad
Mira tú que vas al juicio qué quieres conservar y dónde quieres tener éxito. Pues si quieres conservar la elección moral conforme a la naturaleza, tienes total seguridad, total facilidad, no tienes problema. Pues queriendo conservar lo que está en tu poder, que es autónomo y libre por naturaleza, y conformándote con esto, ¿de qué más te preocupas? Pues ¿quién es dueño de eso, quién puede arrebatártelo? Si quieres ser respetuoso y fiel, ¿quién no te dejará? Si quieres no ser impedido ni forzado, ¿quién te forzará a desear lo que no te parece, quién a tener aversión a lo que no te parece? Pero ¿qué? Te hará ciertas cosas que te parecen temibles; pero para que también teniéndoles aversión las padezcas, ¿cómo puede hacerlo? Cuando está en tu poder desear y tener aversión, ¿de qué más te preocupas? Que esto sea tu exordio, esto tu narración, esto tu prueba, esto tu victoria, esto tu epílogo, esto tu gloria.
Por eso Sócrates, a quien le recordaba que debía prepararse para el juicio, dijo: «¿No te parece que me he estado preparando para esto con toda mi vida?». — «¿Qué preparación?». — «He mantenido», dijo, «lo que está en mi poder». — «¿Cómo?». — «Nunca, jamás, cometí ninguna injusticia ni en lo privado ni en lo público». Pero si quieres conservar también las cosas externas, el cuerpecito, los bienecitos y la reputacioncita, te lo digo ya: desde ahora mismo dispón toda la preparación que puedas, y de ahí en adelante examina también la naturaleza del juez y la del adversario. Si hay que agarrarse a las rodillas, agárrate a las rodillas; si hay que llorar, llora; si hay que gemir, gime. Pues cuando sometes lo tuyo a las cosas externas, de ahí en adelante sé esclavo y no te resistas, y no quieras unas veces ser esclavo y otras no quieras, sino simple y llanamente y con toda tu mente o esto o aquello: o libre o esclavo, o educado o sin educación, o gallo de raza o sin raza, o aguanta los golpes hasta que mueras o ríndete de inmediato. No te pase lo de recibir muchos golpes y luego rendirte. Pero si esto es vergonzoso, determina ya mismo: «¿Dónde está la naturaleza de los males y de los bienes? Donde también está la verdad. Donde está la verdad y donde está la naturaleza, allí está la prudencia; donde está la verdad, allí está el valor, donde está la naturaleza».
Porque, ¿acaso crees que Sócrates, queriendo conservar las cosas externas, se habría presentado y habría dicho «Ánito y Meleto pueden matarme, pero dañarme no»? ¿Era tan estúpido como para no ver que ese camino no conduce allí, sino a otro sitio? ¿Por qué entonces no se preocupa de eso y provoca? Como mi amigo Heráclito, que tenía un asunto en Rodas por un terrenito, y tras demostrar a los jueces que hablaba con justicia, cuando llegó al epílogo dijo: «Pero ni os suplicaré ni me importa qué vayáis a juzgar; vosotros sois más bien los juzgados que yo». Y así echó a perder el asunto. ¿Para qué? Basta con no suplicar, pero no añadas también «y no suplico». A menos que sea el momento oportuno para provocar a propósito a los jueces, como hacía Sócrates. Y tú, si preparas semejante epílogo, ¿por qué te presentas, por qué compareces? Porque si quieres ser crucificado, espera y vendrá la cruz; pero si la razón te mueve a comparecer y a convencer en la medida de lo posible, debes hacer lo que se sigue de eso, conservando sin embargo lo propio.
Por eso resulta ridículo decir: «Aconséjame». ¿Qué te voy a aconsejar? Más bien: «Haz que mi mente se adapte a lo que sea que suceda». Porque aquello es como si un analfabeto dijera: «Dime qué escribir cuando me propongan un nombre cualquiera». Pues si yo digo «Dión», y luego cuando se presente alguien le propone no el nombre de Dión, sino el de Teón, ¿qué pasará? ¿Qué escribirá? Pero si has practicado la escritura, también sabes prepararte para cualquier cosa que te dicten; si no, ¿qué te voy a aconsejar yo ahora? Porque si las circunstancias te dictan otra cosa, ¿qué dirás o qué harás? Acuérdate entonces de este principio universal y no te faltarán consejos. Pero si andas con la boca abierta por las cosas externas, necesariamente has de rodar de arriba abajo según la voluntad del amo. ¿Y quién es el amo? El que tiene poder sobre aquello que tú afanosamente buscas o evitas.
Capítulo3Contra los que recomiendan a algunos ante los filósofos
Bien le dijo Diógenes a quien le pedía que le diera cartas de recomendación: «Que eres un hombre», dijo, «lo verá con solo mirarte; si eres bueno o malo, lo sabrá si es experto en distinguir a los buenos de los malos, y si no tiene experiencia, no lo sabrá aunque le escriba mil veces». Porque es como si una dracma pidiera que alguien la recomendara para ser autenticada. Si es experto en evaluar monedas, tú misma te recomendarás. Deberíamos tener entonces en la vida algo semejante a lo que hay con la plata, para poder decir como dice el perito en monedas: «Trae la dracma que quieras y te la autenticaré». Pero con los silogismos: «Trae el que quieras y distinguiré para ti el analítico del que no lo es». ¿Por qué? Porque sé analizar silogismos; tengo la capacidad que debe tener quien es capaz de reconocer a los que tienen éxito con los silogismos. Pero en la vida, ¿qué hago? Ahora digo «bueno», ahora «malo». ¿Cuál es la causa? La contraria que en los silogismos: ignorancia e inexperiencia.
Capítulo4Contra el que una vez fue sorprendido en adulterio
Cuando él decía que el hombre ha nacido para la fidelidad y que quien destruye esto destruye lo propio del hombre, entró uno de los que parecen eruditos, que una vez había sido sorprendido adúltero en la ciudad. Y dijo: «Pero si, dejando de lado esta fidelidad para la que hemos nacido, tramamos contra la mujer del vecino, ¿qué hacemos? ¿Qué otra cosa sino destruir y aniquilar? ¿A quién? Al fiel, al respetuoso, al piadoso. ¿Solo eso? ¿No destruimos acaso la buena vecindad, y la amistad, y la ciudad? ¿En qué lugar nos colocamos a nosotros mismos? ¿Cómo debo tratarte, hombre? ¿Como vecino, como amigo? ¿De qué tipo? ¿Como ciudadano? ¿Qué te puedo confiar? Entonces, si fueras un cacharro tan podrido que no se pudiera usar para nada, habrías sido arrojado fuera, al basurero, y ni siquiera de allí te recogería nadie; pero si siendo hombre no puedes ocupar ningún lugar humano, ¿qué haremos contigo? Porque supongamos que no puedes ocupar el lugar de amigo: ¿puedes ocupar el de esclavo? ¿Y quién confiará en ti? ¿No quieres entonces ser arrojado tú también a algún basurero como utensilio inservible, como estiércol? Y luego dirás: "Nadie se preocupa por mí, que soy un hombre erudito". Porque eres malo e inútil. Como si las avispas se indignaran de que nadie se preocupa por ellas, sino que todos huyen y si alguien puede, las golpea y las abate. Tú tienes un aguijón tal que a quien piques lo metes en problemas y dolores. ¿Qué quieres que hagamos contigo? No tienes dónde ponerte».
«Pero ¿no son acaso las mujeres comunes por naturaleza?». También yo lo digo. Pues también el cochinillo es común para los invitados; pero cuando se reparten las porciones, si te parece, vete y arrebata la porción del que está recostado al lado, róbala a escondidas o, poniendo la mano al lado, chupetea, y si no puedes arrancar un pedazo de carne, unta tus dedos con la grasa y lámetelos. ¡Hermoso comensal y compañero de banquete socrático! Vamos, ¿acaso el teatro no es común para los ciudadanos? Entonces cuando se sienten, si te parece, ve y echa a alguno de ellos. Así también las mujeres son comunes por naturaleza. Pero cuando el legislador, como anfitrión, las ha repartido, ¿no quieres tú también buscar tu propia porción, sino que arrebatas la ajena y chupeteas? «Pero soy erudito y entiendo a Arquedemo». Pues entendiendo a Arquedemo sé adúltero y desleal, y en lugar de hombre sé lobo o mono. ¿Qué lo impide?
Capítulo5Cómo coexisten la grandeza de espíritu y el cuidado
Las materias son indiferentes, pero el uso de ellas no es indiferente. ¿Cómo conservará uno al mismo tiempo la estabilidad y la imperturbabilidad, y al mismo tiempo el cuidado, y no ser descuidado ni negligente? Si imita a los jugadores de dados. Las fichas son indiferentes, los dados son indiferentes; ¿cómo sé yo qué va a salir? Pero usar cuidadosa y hábilmente lo que sale, eso es ya obra mía. Así pues, también en la vida esta es la tarea principal: distingue las cosas y sepáralas, y di: «Las cosas externas no están en mi poder; la elección moral está en mi poder. ¿Dónde buscaré lo bueno y lo malo? Dentro, en lo mío». Pero en lo ajeno nunca llames bueno ni malo, ni provecho ni daño, ni nada de ese tipo.
«Entonces, ¿hay que usar estas cosas descuidadamente?». De ninguna manera. Porque esto a su vez es un mal para la elección moral y así va contra la naturaleza. Sino que al mismo tiempo con cuidado, porque el uso no es indiferente, y al mismo tiempo con estabilidad e imperturbabilidad, porque la materia no tiene importancia. Pues donde está lo importante, allí nadie puede impedirme ni obligarme. Donde puedo ser impedido y obligado, la obtención de aquellas cosas no está en mi poder ni es buena o mala, pero el uso sí es malo o bueno, y está en mi poder. Es difícil mezclar y reunir estas dos cosas, el cuidado de lo que es afectado por las materias y la estabilidad de quien no les presta atención, pero no es imposible. Si no, sería imposible ser feliz. Sino que es algo como lo que hacemos al navegar. ¿Qué puedo hacer yo? Elegir al piloto, a los marineros, el día, el momento. Luego sobreviene una tormenta. ¿Qué me importa ya entonces? Porque lo mío está cumplido. El problema es de otro, del piloto. Pero además el barco se hunde. ¿Qué puedo hacer entonces? Hago solo lo que puedo: me ahogo sin temer, sin gritar, sin reprochar al dios, sino sabiendo que lo que ha nacido también debe perecer. Porque no soy la eternidad, sino un hombre, una parte del universo como la hora del día. Debo presentarme como la hora y pasar como la hora. Entonces, ¿qué me importa cómo paso, si ahogado o con fiebre? Porque he de pasar por algo de este tipo.
Verás que hacen esto también los que juegan a la pelota con destreza. Ninguno de ellos se preocupa por la pelota como si fuera buena o mala, sino por lanzarla y recibirla. De ahí en adelante en esto está la armonía, en esto el arte, la rapidez, la habilidad, de modo que yo, aunque no extienda el regazo, pueda cogerla, y el otro, si la lanzo, la coja. Pero si la recibimos o la lanzamos con perturbación y miedo, ¿qué juego hay ya, dónde se mantendrá estable alguien, dónde verá alguien lo que sigue en el juego? Sino que uno dirá «lanza», otro «no lances», otro «¡no la lanzaste!». Esto ya es pelea y no juego.
Pues bien, Sócrates sabía jugar a la pelota. ¿Cómo? Jugando en el tribunal. «Dime», dice, «Ánito, ¿cómo afirmas que yo no creo en los dioses? Los démones, ¿quiénes te parecen que son? ¿No son acaso hijos de dioses o una mezcla de hombres y dioses?». Y cuando el otro lo admitió: «Entonces, ¿quién crees tú que puede pensar que existen mulas pero no asnos?». Como si jugara al harpasto. ¿Y qué pelota había en juego allí en ese momento? Ser encadenado, ser desterrado, beber la cicuta, quedarse sin esposa, dejar huérfanos a los hijos. Estas cosas estaban en juego con las que jugaba, pero no por eso dejó de jugar y de lanzar la pelota con elegancia. Así también nosotros: el cuidado, como si fuera lo más digno de un buen jugador; la indiferencia, como si se tratara del harpasto. Pues es necesario sin duda ejercitar la destreza con alguna de las materias externas, pero no apreciando esa materia en sí, sino demostrando, sea cual sea esa materia, la destreza con respecto a ella. Así también el tejedor no hace la lana, sino que, cualquiera que reciba, ejerce su destreza con ella. Otro te da el alimento y las posesiones, y esas mismas cosas puede quitártelas, e incluso tu cuerpecillo. Tú entonces, recibiendo la materia, trabájala. Luego, si sales sin sufrir nada, los demás al encontrarte se alegrarán contigo de que te has salvado; pero el que sabe mirar tales cosas, si ve que te comportaste de manera decorosa en ello, te elogiará y se alegrará contigo; pero si te has salvado mediante alguna conducta indecorosa, lo contrario. Pues donde hay razón para alegrarse, allí también la hay para compartir la alegría.
¿Cómo se dice entonces que algunas de las cosas externas son conformes a la naturaleza y otras contrarias a la naturaleza? Como si fuéramos seres aislados. Pues al pie le diré que es conforme a la naturaleza estar limpio, pero si lo tomas como pie y no como algo aislado, le corresponderá también pisar el barro y hollar espinas y a veces ser amputado por el bien del todo; de otro modo, ya no será pie. Algo así debemos suponer también en nuestro caso. ¿Qué eres? Un ser humano. Si te consideras como algo aislado, es conforme a la naturaleza vivir hasta la vejez, ser rico, estar sano. Pero si te consideras como ser humano y parte de un cierto todo, por causa de ese todo te corresponde ahora enfermar, ahora navegar y correr peligro, ahora pasar necesidades, y a veces morir antes de tiempo. ¿Por qué entonces te indignas? ¿No sabes que, como aquel ya no será pie, así tampoco tú serás ser humano? Pues ¿qué es un ser humano? Parte de una ciudad, primero de la formada por dioses y hombres, después de la que se llama más próxima, que es una pequeña imitación de la universal. «¿Así que ahora me toca ser juzgado?». Pues ahora a otro le toca tener fiebre, a otro navegar, a otro morir, a otro ser condenado. Porque es imposible, en un cuerpo como este, en este mundo que nos rodea, entre estos con quienes convivimos, que no le sucedan a cada uno cosas distintas de este tipo. Tu tarea, entonces, es presentarte y decir lo que debes, disponer estas cosas como corresponde. Luego aquel dice: «Te juzgo culpable». «Que te vaya bien. Yo hice lo mío; si tú también has hecho lo tuyo, tú lo verás». Pues también para él hay un cierto peligro; que no se te escape esto.
Capítulo6Sobre la indiferencia
La proposición condicional es indiferente; el juicio sobre ella no es indiferente, sino que es o conocimiento o opinión o error. Así, el vivir es indiferente, el uso no es indiferente. Así que no os volváis descuidados cuando alguien os diga que estas cosas también son indiferentes, ni tampoco os volváis pusilánimes y admiradores de las materias cuando alguien os exhorte al cuidado. Es bueno también conocer la propia preparación y capacidad, para que en aquello en que no estás preparado guardes tranquilidad y no te indignes si algunos tienen más que tú en eso. Pues tú también en silogismos te considerarás con más que ellos, y si se indignan por ello, los consolarás: «Yo aprendí, vosotros no». Así también, donde se necesita cierta práctica, no busques la ventaja que viene de la necesidad, sino cede en eso a quienes están muy ejercitados, y a ti te baste mantenerte firme.
«Ve y saluda a fulano». «Lo saludo». «¿Cómo?». «No servilmente». «Pero te cerraron la puerta». «Pues no aprendí a entrar por la ventana. Y cuando encuentro la puerta cerrada, necesariamente o me retiro o entro por la ventana». «Pero también háblale». «Le hablo». «¿De qué manera?». «No servilmente». «Pero no lograste tu objetivo». ¿Acaso esta tarea era tuya? Sino de aquel. ¿Por qué entonces reclamas lo ajeno? Recordando siempre qué es tuyo y qué ajeno, no te turbarás. Por eso dice bien Crisipo que «mientras me sean oscuras las cosas futuras, siempre me atengo a las más aptas por naturaleza para conseguir lo conforme a la naturaleza; pues el dios mismo me hizo capaz de elegir estas cosas. Pero si supiera que me está destinado enfermar ahora, incluso me lanzaría a ello; pues también el pie, si tuviera inteligencia, se lanzaría a embarrarse».
Ya que, ¿con qué fin nacen las espigas? ¿No es para que también se sequen? Pero se secan, ¿no es para que también sean segadas? Pues no nacen aisladas. Si tuvieran sensación, ¿deberían rogar que nunca fueran segadas? Pero esto sería una maldición para las espigas, el no ser nunca segadas. Así sabed que también para los seres humanos es una maldición no morir; es como no madurar, no ser segados. Pero nosotros, dado que somos al mismo tiempo los que deben ser segados y al mismo tiempo conscientes de esto mismo, de que somos segados, por eso nos indignamos. Pues ni sabemos quiénes somos ni hemos practicado las cosas humanas como los jinetes las hípicas. Pero Crisantas, cuando estaba a punto de golpear al enemigo, al oír la trompeta que lo llamaba de vuelta, se detuvo; tan preferible le pareció cumplir la orden del general que hacer lo suyo. Pero ninguno de nosotros quiere, ni siquiera cuando la necesidad lo llama, obedecerla fácilmente, sino que llorando y gimiendo sufrimos lo que sufrimos, llamándolo «circunstancias». ¿Qué circunstancias, hombre? Si llamas circunstancias a lo que está alrededor, todas las cosas son circunstancias; pero si las llamas dificultades, ¿qué dificultad tiene que lo que ha nacido perezca? Lo que destruye es o una espada o una rueda o el mar o una teja o un tirano. ¿Qué te importa por qué camino bajes al Hades? Todos son iguales. Pero si quieres oír la verdad, más corto es el que envía el tirano. Nunca ningún tirano degolló a nadie en seis meses, pero la fiebre muchas veces en un año. Todo esto es ruido y jactancia de palabras vacías.
«Corro peligro de perder la cabeza a causa del César». ¿Y yo no corro peligro, que habito en Nicópolis, donde hay tantos terremotos? Y tú mismo, cuando cruzas el Adriático, ¿qué peligro corres? ¿No es el de la cabeza? «Pero también peligra mi opinión». ¿La tuya? ¿Cómo? Pues ¿quién puede obligarte a opinar algo de lo que no quieres? ¿Sino la ajena? ¿Y qué peligro hay para ti en que otros opinen falsedades? «Pero corro peligro de ser desterrado». ¿Qué es ser desterrado? Estar en otro lugar que Roma. «Sí. ¿Y qué entonces? ¿Y si me envían a Gyaros?». Si te conviene, irás; si no, tienes adónde ir en vez de a Gyaros, adonde también irá, quiera o no, quien te envía a Gyaros. ¿Por qué entonces subes a grandes cosas? Son menores que tu preparación, para que diga un joven bien dotado que «no valía la pena tanto escuchar tanto, escribir tanto, sentarse tanto tiempo junto a un viejecillo de poco valor». Solo recuerda aquella distinción por la cual se delimitan las cosas tuyas y las no tuyas. Nunca reclames nada de lo ajeno. Tribuna y prisión son cada uno un lugar, uno alto, otro bajo; pero la capacidad de elección es igual, si quieres mantenerla igual en cada uno, puede mantenerse. Y entonces seremos émulos de Sócrates, cuando podamos escribir peanes en la prisión. Pero hasta ahora, tal como estamos, mira si habríamos soportado en la prisión que algún otro nos dijera: «¿Quieres que te lea unos peanes?». «¿Por qué me das problemas? ¿No sabes los males que tengo? En estos estoy, pues...». ¿En cuáles entonces? «Voy a morir». ¿Pero los demás hombres serán inmortales?
Capítulo7Cómo debe consultarse al oráculo
Por consultar el oráculo inoportunamente, muchos descuidamos muchos deberes. Pues ¿qué más puede ver el adivino que muerte o peligro o enfermedad o, en general, cosas de ese tipo? Si debo entonces arriesgarme por un amigo, y si me corresponde incluso morir por él, ¿dónde hay lugar ya para consultar el oráculo? ¿No tengo dentro al adivino que me ha dicho la esencia del bien y del mal, el que me ha explicado los signos de ambos? ¿Qué necesidad tengo ya de las entrañas o de las aves? ¿Pero soporto que aquel me diga «te conviene»? ¿Qué sabe él qué conviene? ¿Qué sabe qué es bueno? ¿Ha aprendido, como los signos de las entrañas, así también signos de bienes y males? Pues si conoce signos de estos, también conoce los de lo bello y lo vergonzoso, y de lo justo y lo injusto. Hombre, tú dime qué se indica, vida o muerte, pobreza o riqueza; pero si estas cosas convienen o no convienen, ¿voy a preguntártelo a ti? ¿Por qué no opinas sobre cuestiones gramaticales? ¿Entonces aquí, donde todos los hombres andamos errantes y en conflicto unos con otros? Por eso habló bien la mujer que quería enviar a Gratila en el exilio el barco de la paga mensual cuando el que dijo que «Domiciano se lo quitará»: «Prefiero», dice, «que él se lo quite a que yo no lo envíe».
¿Qué es entonces lo que nos lleva a consultar tan continuamente los oráculos? La cobardía, el miedo a los resultados. Por eso adulamos a los adivinos: «Señor, ¿heredaré de mi padre?». «Veamos, hagamos el sacrificio». «Sí, señor, como la fortuna quiera». Luego, si dice «heredarás», le damos las gracias como si de él hubiéramos recibido la herencia. Por eso también ellos acaban burlándose de nosotros. ¿Qué hacer entonces? Hay que acudir sin deseo ni aversión, como el viajero pregunta al que encuentra en el camino cuál de los dos caminos conduce a su destino, sin tener deseo de que sea más bien el de la derecha que el de la izquierda; pues no quiere ir por uno de estos en particular, sino por el que lleva a su destino. Del mismo modo debemos acudir a dios como a un guía, como usamos nuestros ojos, sin pedirles que nos muestren unas cosas más bien que otras, sino recibiendo las impresiones de aquellas que nos muestran. Pero ahora, temblando, sujetamos al pajarillo e invocamos a dios y le suplicamos: «Señor, apiádate; permite que salga bien librado». Esclavo, ¿es que quieres algo distinto de lo mejor? ¿Y hay algo mejor que lo que le parece a dios? ¿Por qué, en cuanto depende de ti, corrompes al juez y extravías al consejero?
Capítulo8Cuál es la esencia del bien
Dios es beneficioso; pero también el bien es beneficioso. Es razonable, por tanto, que donde está la esencia de dios, allí esté también la del bien. ¿Cuál es, pues, la esencia de dios? ¿La carne? De ningún modo. ¿Un campo? De ningún modo. ¿La fama? De ningún modo. La inteligencia, el conocimiento, la razón recta. Aquí, pues, busca simplemente la esencia del bien. ¿Acaso la buscas en una planta? No. ¿Acaso en un ser irracional? No. Entonces, si la buscas en un ser racional, ¿por qué sigues buscándola en otro sitio que no sea en lo que lo diferencia de los seres irracionales? Las plantas ni siquiera hacen uso de representaciones; por eso no hablas de bien en ellas. El bien, pues, requiere el uso de representaciones. ¿Acaso solo eso? Porque si solo eso, di también que en los demás animales hay bienes, felicidad e infelicidad. Pero ahora no lo dices, y haces bien; pues aunque tengan en el más alto grado el uso de representaciones, no tienen en cambio comprensión del uso de las representaciones. Y con razón. Pues han sido hechos para servir a otros, no para tener ellos mismos el primer puesto. El asno, ¿acaso ha sido hecho para ocupar el primer puesto? No, sino porque necesitábamos un lomo capaz de llevar cargas. Pero, por Zeus, también necesitábamos que caminara; por eso recibió además el uso de representaciones, pues de otro modo no podría caminar. Y aquí terminó todo para él. Pero si él hubiera recibido también la comprensión del uso de las representaciones, es evidente que, según la razón, ya no nos estaría sometido ni nos prestaría estos servicios, sino que sería igual y semejante a nosotros.
¿No quieres entonces buscar la esencia del bien allí donde, si no está presente, no estás dispuesto a hablar de bien en ningún otro ser? «¿Qué pasa? ¿No son también aquellos obra de los dioses?». Lo son, pero no tienen el primer puesto ni son partes de los dioses. Tú, en cambio, tienes el primer puesto, tú eres un fragmento de dios; tienes en ti mismo una parte de él. ¿Por qué entonces ignoras tu parentesco? ¿Por qué no sabes de dónde has venido? ¿No quieres recordar, cuando comes, quién eres tú que comes y a quién alimentas? Cuando practicas el sexo, ¿quién eres tú que lo practicas? Cuando conversas, cuando te ejercitas, cuando discutes, ¿no sabes que alimentas a un dios, que ejercitas a un dios? Llevas a un dios contigo, desdichado, y lo ignoras. ¿Crees que hablo de algún dios de plata o de oro que esté fuera? Lo llevas dentro de ti mismo y no te das cuenta de que lo contaminas con pensamientos impuros y con acciones sucias. Y ni siquiera en presencia de una estatua del dios te atreverías a hacer nada de lo que haces. Pero cuando el dios mismo está presente dentro de ti, viéndolo todo y oyéndolo todo, ¿no te avergüenzas de pensar y hacer estas cosas, insensible a tu propia naturaleza y objeto de la cólera divina?
Entonces, ¿por qué tenemos miedo cuando enviamos a un joven desde la escuela a alguna actividad práctica, de que haga algo indebidamente, de que coma indebidamente, de que tenga relaciones sexuales indebidamente, de que se rebaje al ponerse harapos, de que se envanezca con vestidos elegantes? Este no conoce a su propio dios, este no sabe con quién se marcha. ¿Pero soportamos que diga «ojalá te tuviera conmigo»? ¿Acaso no tienes allí a dios? ¿Y buscas a otro teniéndolo a él? ¿O acaso él te dirá otras cosas distintas de estas? Pero si fueras la estatua de Fidias, Atenea o Zeus, te acordarías tanto de ti mismo como del artista, y si tuvieras alguna percepción, intentarías no hacer nada indigno del que te hizo ni de ti mismo, ni aparecer ante los que te miran en una actitud indecorosa. Pero ahora, porque Zeus te ha hecho, ¿por eso descuidas qué clase de persona te mostrarás? ¿Y qué parecido hay entre el artista y el artista, o entre la obra y la obra? ¿Y qué obra de artista tiene en sí misma las capacidades que muestra mediante su manufactura? ¿No es piedra o bronce u oro o marfil? Y la Atenea de Fidias, una vez que extendió la mano y recibió sobre ella la Victoria, permanece así por toda la eternidad; pero las obras de dios se mueven, respiran, hacen uso de representaciones, juzgan. Siendo obra de este artífice, ¿lo deshonras? Más aún: no solo te hizo, sino que te confió y te depositó solo a ti, ¿ni siquiera te acordarás de esto, sino que además deshonrarás el encargo? Si dios te hubiera confiado un huérfano, ¿lo habrías descuidado así? Te ha entregado a ti mismo y te dice: «No tenía a nadie más digno de confianza que tú; consérvamelo tal como es por naturaleza, pudoroso, fiel, magnánimo, imperturbable, impasible, sereno». ¿Y tú no lo conservas?
«Pero dirán: "¿de dónde nos ha salido este con esas cejas levantadas y ese rostro solemne?"». Todavía no es a la altura. Pues aún no confío en lo que he aprendido y aceptado; todavía temo mi propia debilidad. Pero dejadme que adquiera confianza y entonces veréis la mirada que debe ser y la actitud que debe ser; entonces os mostraré la estatua, cuando esté terminada, cuando esté pulida. ¿Qué creéis? ¿Cejas levantadas? De ningún modo. ¿Acaso el Zeus de Olimpia no ha levantado las cejas? No, sino que su mirada está fija, como debe ser la de quien va a decir «mi palabra no es retractable ni engañosa». Tal me mostraré a vosotros: fiel, pudoroso, noble, sereno. «¿Acaso entonces inmortal, sin vejez, sin enfermedad?». No, sino muriendo divinamente, enfermando divinamente. Esto tengo, esto puedo; lo demás ni lo tengo ni lo puedo. Os mostraré los nervios de un filósofo. ¿Qué nervios? Un deseo que no fracasa, una aversión que no cae en lo que quiere evitar, un impulso apropiado, una intención cuidadosa, un asentimiento no precipitado. Esto veréis.
Capítulo9Que al no poder cumplir la misión del hombre asumimos la del filósofo
No es poca cosa cumplir solo la misión del hombre. Pues ¿qué es el hombre? Un animal racional mortal, dice. Inmediatamente, ¿de quiénes nos separamos por lo racional? De las fieras. ¿Y de qué otros? De las ovejas y semejantes. Mira entonces que de ningún modo obres como una fiera; si no, has destruido al hombre, no has cumplido su misión. Mira que no obres como una oveja; si no, también así ha perecido el hombre. ¿Cuándo obramos como ovejas? Cuando actuamos por el vientre, cuando por los genitales, cuando al azar, cuando suciamente, cuando sin reflexión, ¿a dónde hemos descendido? A las ovejas. ¿Qué hemos destruido? Lo racional. Cuando actuamos combativamente y con daño y con ira y violentamente, ¿a dónde hemos descendido? A las fieras. Por lo demás, unos de nosotros somos grandes fieras, otros bestezuelas malvadas y pequeñas, de donde puede decirse «que al menos me devore un león». Mediante todas estas cosas se destruye la misión del hombre. Pues ¿cuándo se preserva un enunciado complejo? Cuando cumple su misión, de modo que la preservación del enunciado complejo consiste en estar compuesto de elementos verdaderos. ¿Cuándo el disyuntivo? Cuando cumple su misión. ¿Cuándo las flautas, cuándo la lira, cuándo el caballo, cuándo el perro? ¿Qué tiene de extraño, pues, si el hombre se preserva del mismo modo y del mismo modo se destruye? Cada uno se acrecienta y preserva mediante las obras apropiadas: el carpintero mediante las obras de carpintería, el gramático mediante las de gramática. Pero si se acostumbra a escribir sin corrección gramatical, necesariamente su arte se corrompe y se destruye. Así, al pudoroso lo preservan las obras pudorosas, y lo destruyen las desvergonzadas; al fiel lo preservan las obras fieles, y las contrarias lo destruyen. Y a los contrarios, a su vez, los acrecientan las obras contrarias: al desvergonzado la desvergüenza, al desleal la deslealtad, al insultador el insulto, al iracundo la ira, al avaro las ganancias y gastos desproporcionados.
Por eso los filósofos nos ordenan no contentarnos solo con aprender, sino también aplicar el ejercicio, y después la práctica. Pues durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a hacer lo contrario y tenemos opiniones contrarias a las correctas disponibles para usar. Si, pues, no hacemos que las correctas también estén disponibles para usar, no seremos más que intérpretes de doctrinas ajenas. Porque ahora mismo, ¿quién de nosotros no puede disertar técnicamente sobre los bienes y los males? Que de las cosas que existen, unas son buenas, otras malas y otras indiferentes; buenas son, pues, las virtudes y lo que participa de las virtudes; malas, lo contrario; indiferentes, en cambio, la riqueza, la salud, la reputación. Luego, si mientras hablamos se produce un ruido mayor o alguno de los presentes se ríe de nosotros, nos desconcertamos. ¿Dónde están, filósofo, aquellas cosas que decías? ¿De dónde las sacabas al decirlas? De los labios, justo de ahí. ¿Por qué, entonces, contaminas recursos ajenos? ¿Por qué juegas a los dados en las cosas más importantes? Pues una cosa es almacenar panes y vino como en una despensa, y otra es comer. Lo comido se ha digerido, se ha distribuido, se ha convertido en nervios, carnes, huesos, sangre, buen color, buena respiración. Lo almacenado, cuando quieras, puedes tomarlo fácilmente y mostrarlo, pero de ello no te viene ningún provecho salvo el de parecer que lo tienes. Pues ¿en qué se diferencia exponer estas doctrinas de las de otras escuelas? Siéntate ahora y diserta técnicamente sobre las doctrinas de Epicuro y quizá disertes de modo más útil que él mismo. ¿Por qué, entonces, te llamas estoico, por qué engañas a las masas, por qué, siendo judío, finges ser griego? ¿No ves cómo se llama a cada uno judío, cómo sirio, cómo egipcio? Y cuando vemos a alguien que vacila entre dos identidades, solemos decir: «No es judío, sino que finge serlo». Pero cuando asume la disposición del que ha sido teñido y elegido, entonces tanto es de verdad como se le llama judío. Así también nosotros somos falsamente bautizados, judíos de palabra, pero en la práctica otra cosa, sin sentir con el razonamiento, lejos de usar aquellas cosas que decimos, de las cuales nos enorgullecemos como si las supiéramos. Así, sin poder cumplir ni siquiera la profesión de ser humanos, asumimos la del filósofo, carga tan grande como si alguien que no puede levantar diez libras quisiera cargar la piedra de Áyax.
Capítulo10Cómo a partir de los nombres se pueden encontrar los deberes
Examina quién eres. En primer lugar, un ser humano, y esto significa alguien que no tiene nada más soberano que la capacidad de elección, sino que tiene todo lo demás subordinado a ella, y ella misma libre de esclavitud y sin sometimiento. Observa, pues, de qué te has separado por razón. Te has separado de las bestias, te has separado de las ovejas. Además de esto, eres ciudadano del universo y parte de él, no una de las partes subalternas, sino de las principales; pues eres capaz de comprender el gobierno divino y de razonar sobre lo que viene después. ¿Cuál es, entonces, la profesión del ciudadano? No tener ningún interés privado, no deliberar sobre nada como si fuera independiente, sino tal como si la mano o el pie tuvieran razón y siguieran la constitución natural, nunca se lanzarían ni desearían sino refiriéndose al conjunto. Por eso dicen bien los filósofos que si el hombre bueno y honrado conociera de antemano lo que va a suceder, cooperaría incluso con el enfermar, con el morir y con el quedar mutilado, dándose cuenta de que esto le corresponde por el ordenamiento del universo, y de que el todo es más soberano que la parte y la ciudad más que el ciudadano. Pero ahora, puesto que no conocemos de antemano, nos corresponde aferrarnos a lo que es más apto por naturaleza para ser elegido, porque también para esto hemos nacido.
Después de esto recuerda que eres hijo. ¿Cuál es la profesión de este papel? Considerar todo lo suyo como del padre, obedecerle en todo, nunca criticarlo ante nadie ni decir ni hacer nada que le dañe, cederle en todo y darle paso, cooperando según la propia capacidad. Después de esto, has de saber que también eres hermano. Y para este papel también se debe el dar paso, la obediencia, el buen hablar, nunca reclamar para sí ninguna de las cosas que no dependen de la elección, sino renunciar a ellas con gusto, para tener ventaja en las que sí dependen de la elección. Mira, pues, qué gran cosa es, a cambio de una lechuga, si así sucede, y de un asiento, adquirir para sí la benevolencia, ¡qué gran ganancia! Después de esto, si eres consejero de alguna ciudad, que eres consejero; si joven, que eres joven; si anciano, que eres anciano; si padre, que eres padre. Pues cada uno de estos nombres, cuando se somete a reflexión, sugiere las acciones propias. Pero si te vas y criticas a tu hermano, te digo: «Has olvidado quién eres y cuál es tu nombre». Luego, si siendo herrero usaras mal el martillo, habrías olvidado al herrero; pero si has olvidado al hermano y te has convertido en enemigo en lugar de hermano, ¿te parecerá que no has cambiado nada por nada? Y si en lugar de ser humano, animal manso y social, te has convertido en una bestia dañina, traidora, mordaz, ¿no has perdido nada? Pero ¿acaso tienes que perder dinero para sufrir un perjuicio, y ninguna otra pérdida daña al ser humano? Luego, si perdieras la gramática o la música, considerarías su pérdida un perjuicio; pero si pierdes el pudor, la mesura y la mansedumbre, ¿consideras que el asunto no es nada? Y sin embargo, aquellas cosas se pierden por alguna causa externa e independiente de la elección, estas por nosotros mismos; y aquellas, ni es hermoso tenerlas ni vergonzoso perderlas, pero estas, tanto no tenerlas como perderlas es vergonzoso y reprochable y una desgracia. ¿Qué pierde el que sufre lo del afeminado? Su virilidad. ¿Y el que lo hace? Muchas otras cosas y, no menos, él también su virilidad. ¿Qué pierde el adúltero? Al hombre pudoroso, al continente, al decoroso, al ciudadano, al vecino. ¿Qué pierde el que se encoleriza? Algo distinto. ¿El que tiene miedo? Algo distinto. Nadie es malo sin pérdida y perjuicio. Por otra parte, si buscas el perjuicio en el dinero, todos estos están ilesos, sin perjuicio, y si así sucede, incluso beneficiándose y ganando, cuando por alguna de estas acciones les viene dinero. Pero mira si refieres todo al dinero, que ni siquiera el que te hace perder la nariz estará perjudicado. —Sí, dice, pues tiene el cuerpo mutilado. —¿Y qué?, ¿el que ha perdido el olfato mismo no pierde nada? ¿Acaso no hay ninguna capacidad del alma que quien la adquiere se beneficia y quien la pierde se perjudica? —¿De qué hablas? —¿No tenemos por naturaleza el pudor? —Lo tenemos. —¿El que lo pierde no sufre perjuicio, no se ve privado de nada, no pierde nada de lo que le es propio? ¿No tenemos por naturaleza algo fiel, por naturaleza algo afectuoso, por naturaleza algo útil, por naturaleza algo tolerante entre nosotros? El que, pues, se permite a sí mismo ser dañado en estas cosas, ¿ese permanecerá ileso y sin perjuicio?
¿Qué entonces? ¿No dañaré al que me ha dañado? —Primero, mira qué es el daño y recuerda lo que has oído de los filósofos. Pues si el bien está en la elección y el mal igualmente en la elección, mira no sea que lo que dices es esto: «¿Qué entonces? Puesto que aquel se dañó a sí mismo al hacerme algo injusto, ¿no he de dañarme yo a mí mismo al hacerle algo injusto a él?». ¿Por qué no nos representamos algo así, sino que donde hay algún menoscabo corporal o en la posesión, ahí está el daño, pero donde está en la elección, no hay ningún daño? Pues ni le duele la cabeza al engañado o al que comete injusticia, ni el ojo, ni la cadera, ni pierde el campo. Pero nosotros no queremos nada más que esas cosas; si la elección será primero pudorosa y fiel o desvergonzada e infiel, ni de cerca nos preocupa, excepto solo en la escuela hasta donde llegan las palabritas. Por eso hasta donde llegan las palabritas progresamos, pero fuera de ellas ni en lo más mínimo.
Capítulo11Cuál es el principio de la filosofía
El principio de la filosofía, al menos para quienes se acercan a ella como es debido y por la puerta, es la conciencia de la propia debilidad e incapacidad respecto a lo necesario. Pues del triángulo rectángulo o del semitono no hemos venido teniendo por naturaleza ninguna noción, sino que aprendemos cada una de estas cosas mediante alguna transmisión técnica, y por eso quienes no las conocen tampoco creen conocerlas. Pero del bien y del mal, de lo bello y lo feo, de lo apropiado y lo inapropiado, de la felicidad, de lo que corresponde y lo que incumbe, de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, ¿quién no ha venido teniendo una noción innata? Por eso todos usamos los nombres e intentamos ajustar las preconcepciones a las realidades particulares. «Hizo bien, actuó como debía, no como debía; fue desafortunado, fue afortunado; es injusto, es justo». ¿Quién de nosotros se abstiene de estos nombres? ¿Quién de nosotros pospone el uso de ellos hasta que aprenda, como los que no conocen las cuestiones sobre las líneas o los sonidos? La causa de esto es haber llegado ya, en cierto modo, enseñados por la naturaleza en este ámbito, y a partir de esto hemos añadido también la presunción. —«Pues ¿qué?», dice, «¿acaso yo no conozco lo bello y lo feo? ¿No tengo noción de ello?». —La tienes. —«¿No la ajusto a los casos particulares?». —La ajustas. —«¿No la ajusto bien, entonces?». —Aquí está todo el problema y aquí se añade la presunción. Pues partiendo de estos puntos de acuerdo, avanzan hacia lo discutido mediante el ajuste inadecuado. Pues si además de aquello también poseyeran esto, ¿qué les impediría ser perfectos? Pero ahora, puesto que crees que también ajustas adecuadamente las preconcepciones a los casos particulares, dime: ¿de dónde sacas esto? —«Porque me lo parece». —Pero esto a otro no le parece, y también cree él que ajusta bien. ¿O no lo cree? —«Lo cree». —¿Podéis, entonces, los dos ajustar adecuadamente las preconcepciones respecto a aquello sobre lo que tenéis opiniones opuestas? —«No podemos». —¿Tienes, pues, algo que mostrarnos para ajustarlas mejor, más allá del parecerte a ti? Pero el loco, ¿hace otras cosas que las que le parecen buenas? ¿Le basta a él, entonces, este criterio? —«No le basta». —Ven, pues, a algo más allá del parecer. ¿Qué es esto?
Mira el origen de la filosofía: la percepción del conflicto entre los seres humanos, la búsqueda de aquello por lo que surge el conflicto, la condena y desconfianza hacia lo que simplemente parece, cierta investigación sobre lo que parece para ver si parece correctamente, y el descubrimiento de algún criterio, como cuando encontramos la balanza para pesos, o como la plomada para líneas rectas y curvas. — ¿Es esto el origen de la filosofía? ¿Están bien todas las opiniones de todos? — ¿Y cómo es posible que estén bien las que se contradicen? Luego no todas, sino las que nos parecen a nosotros. ¿Por qué las nuestras y no las de los sirios? ¿Por qué las nuestras y no las de los egipcios? ¿Por qué las que me parecen a mí y no las que le parecen a fulano? — De ninguna manera más. — Entonces no basta la opinión de cada uno para que algo sea; pues tampoco en pesos o medidas nos contentamos con la mera apariencia, sino que hemos encontrado un criterio para cada cosa. ¿Aquí no hay ningún criterio superior a la opinión? ¿Y cómo es posible que sean imposibles de determinar y de encontrar las cosas más necesarias entre los seres humanos? — Existe. — ¿Y por qué no lo buscamos, lo encontramos y después de encontrarlo lo usamos de forma invariable, sin mover ni un dedo sin él? Porque esto, creo, es lo que, una vez encontrado, libra de la locura a quienes usan como única medida de todo la mera opinión, para que en adelante, partiendo de ciertos principios conocidos y bien definidos, usemos en los casos particulares las nociones bien articuladas.
¿Qué asunto se nos ha presentado sobre el que investigamos? — El placer. — Llévalo al criterio, ponlo en la balanza. El bien debe ser tal que merezca la pena confiar en él y fiarse de él. — Debe. — ¿Entonces merece la pena confiar en algo inestable? — No. — ¿Acaso el placer es estable? — No. — Entonces retíralo y sácalo de la balanza y expúlsalo lejos del terreno de los bienes. Pero si no ves con claridad y una balanza no te basta, trae otra. ¿Por el bien merece la pena enorgullecerse? — Sí. — ¿Entonces por un placer presente merece la pena enorgullecerse? Cuidado con decir que sí; si no, ya no te consideraré ni siquiera digno de la balanza. Así se juzgan los asuntos y se determinan cuando los criterios están preparados; y filosofar consiste en esto: examinar y establecer firmemente los criterios; pero usar ya los criterios conocidos es obra del hombre bueno y noble.
Capítulo12Sobre el diálogo
Lo que hay que saber tras haberlo aprendido para usar el razonamiento, ha sido determinado con precisión por los nuestros. Pero en cuanto al uso adecuado de ello estamos completamente sin práctica. Dale a cualquiera de nosotros que quieras un profano como interlocutor: y no encuentra cómo tratar con él, sino que tras mover un poco al hombre, si este responde fuera de lugar, ya no puede manejarse con él, sino que después o lo insulta o se burla y dice: «Es un ignorante; no se puede tratar con él». Pero un guía, cuando encuentra a alguien extraviado, lo conduce al camino debido, no se marcha tras burlarse o insultarlo. Tú también muéstrale la verdad y verás que la sigue. Pero mientras no se la muestres, no te burles de él, sino más bien reconoce tu propia incapacidad.
¿Cómo actuaba entonces Sócrates? Obligaba al que dialogaba con él a dar testimonio, y no necesitaba ningún otro testigo. Por eso podía decir: «Me desentiendo de todos los demás, siempre me basta con mi interlocutor como testigo; y no pido el voto de los demás, solo del que dialoga conmigo». Pues presentaba con tal evidencia lo que se deduce de las nociones, que cualquiera que percibiera la contradicción se apartaba de ella. «¿Acaso el que envidia disfruta?» — «De ninguna manera, sino más bien se aflige». Movió al vecino partiendo de lo contrario. «¿Y qué? ¿Te parece que la envidia es aflicción por males? ¿Y qué es la envidia de males?» Entonces lo hizo decir que la envidia es aflicción por bienes. «¿Y qué? ¿Envidiaría uno las cosas que no le conciernen?» — «De ninguna manera». Y así, tras llenar completamente la noción y articularla, se marchaba, sin decir: «Defíneme la envidia», y luego, una vez definida: «Has definido mal, pues la definición no concuerda con el concepto general»; términos técnicos y por eso pesados para los profanos e imposibles de seguir, de los que nosotros no podemos apartarnos. Pero aquello a través de lo cual el mismo profano, siguiendo sus propias representaciones, podría conceder o rechazar algo, de ninguna manera podemos moverlo a través de eso. Y así, con razón, conscientes de esta incapacidad nuestra, nos apartamos del asunto, al menos los que tenemos algo de cautela. Pero la mayoría, temerarios, al meterse en algo así, se embrollan y embrollan a otros, y al final, tras insultar y ser insultados, se marchan.
Pero esto fue lo primero y más característico de Sócrates: jamás irritarse en una discusión, jamás proferir nada insultante, jamás nada ofensivo, sino soportar a los que insultaban y poner fin al conflicto. Si queréis saber cuánta fuerza tenía en esto, leed el Simposio de Jenofonte y veréis cuántas disputas ha resuelto. Por eso también entre los poetas, con razón, se ha dicho como máximo elogio: «Rápida y sabiamente apaciguó la gran disputa».
¿Y qué entonces? ¿No es ahora algo bastante peligroso, sobre todo en Roma? Pues el que lo hace evidentemente no deberá hacerlo en un rincón, sino que deberá acercarse a algún consular, si así sucede, a un rico, y preguntarle: «Puedes decirme, tú, ¿a quién has confiado tus caballos?» «Desde luego». «¿Acaso al primero que pasa y sin experiencia ecuestre?» «De ninguna manera». «¿Y qué? ¿A quién tu oro o tu plata o tu ropa?» «Tampoco a cualquiera». «¿Y tu cuerpo ya has considerado a quién confiar para su cuidado?» «¿Cómo no?» «Evidentemente a alguien experto en esto, en gimnasia o medicina». «Desde luego». «¿Son estas tus cosas más valiosas o posees también algo mejor que todas ellas?» «¿Qué dices?» «Por Zeus, lo que usa precisamente estas cosas, examina cada una y delibera». «¿Te refieres al alma?» «Has entendido correctamente; pues precisamente me refiero a ella». «Por Zeus, me parece que poseo esto mucho mejor que lo demás». «¿Puedes entonces decir de qué manera te has ocupado del alma? Pues no es verosímil que tú, siendo tan sabio y reputado en la ciudad, descuides con indiferencia lo más valioso de lo tuyo y dejes que se pierda». «De ninguna manera». «¿Pero te has ocupado de ello tú mismo? ¿Lo aprendiste de alguien o lo descubriste por ti mismo?» Aquí ya está el peligro, no sea que primero diga: «¿Y a ti qué te importa, amigo? ¿Eres mi dueño?». Y luego, si insistes molestándolo, levante el puño para darte. De este asunto fui yo mismo admirador en otro tiempo, antes de caer en estas circunstancias.
Capítulo13Sobre la angustia
Cuando veo a un hombre angustiado, digo: ¿Qué quiere este? Si no quisiera algo que no depende de él, ¿cómo podría aún angustiarse? Por eso también el citarista cuando canta solo no se angustia, pero al entrar en el teatro, aunque tenga muy buena voz y toque bien la cítara: pues no solo quiere cantar bien, sino también obtener el éxito, y esto ya no depende de él. Así que donde tiene el conocimiento, allí está la confianza; trae al ignorante que quieras y no se preocupa; pero donde no sabe ni ha practicado, allí se angustia. ¿Y qué es esto? No sabe qué es la multitud ni qué es el aplauso de la multitud; pero pulsar la nota más aguda ha aprendido y la más grave, pero qué es el elogio de muchos y qué poder tiene en la vida, ni lo sabe ni lo ha practicado. Por tanto es forzoso temblar y palidecer. No puedo decir entonces que no sea citarista cuando veo a alguien con miedo, pero puedo decir otra cosa, y no una sola, sino muchas. Y antes que nada lo llamo extranjero y digo: este hombre no sabe dónde está en la tierra, sino que tras tanto tiempo de residencia ignora las leyes de la ciudad y las costumbres, qué está permitido y qué no está permitido. Pero ni siquiera ha tomado nunca un jurista que le dijera y le explicara las normas; pero un testamento no lo escribe sin saber cómo hay que escribirlo, o tomando al que lo sabe, ni firma una fianza de otro modo, ni redacta una garantía, pero usa el deseo sin jurista, y la aversión y el impulso y la intención y el propósito. ¿Cómo sin jurista? No sabe que desea lo no otorgado y no desea lo necesario, y no conoce ni lo suyo ni lo ajeno. Si lo conociera, nunca se vería impedido, nunca obstaculizado, no se angustiaría. ¿Cómo no? ¿Se asusta uno entonces por lo que no es malo? — No. — ¿Y qué? ¿Por males, pero que dependen de él de manera que no sucedan? — De ninguna manera. — Si entonces las cosas no propiamente morales ni son buenas ni malas, y las propiamente morales todas dependen de nosotros y ni arrebatárnoslas puede nadie ni procurárnoslas si no las queremos, ¿dónde queda aún lugar para la angustia? Pero nos angustiamos por el cuerpecito, por la propiedad, por lo que opine el César, por las cosas de fuera, pero no por ninguna de las de dentro. ¿Acaso por no concebir una falsedad? — No, pues depende de mí. — ¿Acaso por lanzarme contra naturaleza? — Tampoco por esto. — Cuando entonces veas a alguien palideciendo, como el médico dice a partir del color «a este le duele el bazo, a este el hígado», así también tú di: «a este le duelen el deseo y la aversión, no tiene buen curso, está inflamado». Pues ninguna otra cosa cambia el color ni produce temblor ni castañeteo de dientes, ni hace que se encoja y se asiente sobre ambos pies. Por eso Zenón, cuando iba a encontrarse con Antígono, no se angustiaba; pues de las cosas que este admiraba ninguna tenía aquel poder, y las que tenía aquel no interesaban a este; pero Antígono, cuando iba a encontrarse con Zenón, se angustiaba, y con razón; pues quería agradarle, y esto estaba fuera de su alcance; este, en cambio, no quería agradar a aquel, pues ningún artista quiere agradar al que no es artista.
¿Quiero agradarte? ¿A cambio de qué? ¿Acaso conoces las medidas según las cuales un hombre es juzgado por otro hombre? ¿Te has ejercitado en conocer qué es un hombre bueno y qué es uno malo, y cómo se convierte en cada uno de ellos? Entonces, ¿por qué tú mismo no eres bueno? — ¿Cómo —dice— no lo soy? — Porque ningún hombre bueno se lamenta ni gime, ninguno se queja, ninguno palidece y tiembla ni dice: «¿cómo me recibirá, cómo me escuchará?». ¡Esclavo!, como le parezca a él. ¿Por qué te preocupas, entonces, de lo ajeno? ¿Acaso no es ahora falta suya recibir mal lo que viene de ti? — ¿Cómo no? — Pero ¿puede la falta ser de uno y el mal de otro? — No. — Entonces, ¿por qué te angustias por lo ajeno? — Sí; pero me angustio por cómo hablarle yo. — ¿Acaso no te está permitido hablarle como quieras? — Pero temo ser rechazado. — ¿Acaso cuando vas a escribir el nombre de Dión temes ser rechazado? — En absoluto. — ¿Cuál es la causa? ¿No es que te has ejercitado en escribir? — ¿Cómo no? — ¿Y qué? Si fueras a leer, ¿no estarías igual de confiado? — Igual. — ¿Cuál es la causa? Porque toda técnica tiene algo de fuerza y confianza en lo que le es propio. Entonces, ¿no te has ejercitado en hablar? ¿Y qué otra cosa practicabas en la escuela? — Silogismos y argumentos cambiantes. — ¿Para qué? ¿No es para conversar con destreza? Y conversar con destreza, ¿no es hacerlo con oportunidad, seguridad e inteligencia, y además sin tropiezos y sin ser desviado, y sobre todo esto con confianza? — Sí. — Entonces, siendo jinete y habiendo llegado a una llanura, ¿te angustias frente a un hombre de a pie, allí donde tú te has ejercitado y él no tiene práctica? — Sí; pero tiene poder para matarme. — Di, pues, la verdad, desgraciado, y no presumas ni reclames ser filósofo ni ignores quiénes son tus dueños, sino que mientras tengas este punto vulnerable que viene del cuerpo, sigue a todo el más fuerte. Sócrates se ejercitaba en hablar, él que conversó así con los tiranos, con los jueces, en la prisión. Diógenes se había ejercitado en hablar, él que hablaba así con Alejandro, con Filipo, con los piratas, con el que lo compró. Eso es propio de quienes se han ejercitado, de quienes tienen confianza. Tú, en cambio, márchate a lo tuyo y no te apartes nunca de ello: vete a tu rincón, siéntate y teje silogismos, y propónselos a otro; pero no hay en ti un hombre que pueda gobernar una ciudad.
Capítulo14A Nasón
Cuando entró uno de los romanos con su hijo y escuchó una lección, Epicteto dijo: «Este es el modo de la enseñanza», y calló. Como aquel le pidiera que continuara, dijo: «Toda técnica resulta laboriosa para el profano e inexperto en ella cuando se le transmite. Y las obras que resultan de las técnicas muestran de inmediato la utilidad para la que han sido hechas, y la mayoría de ellas tiene algo de atractivo y agradable. Pues estar presente y seguir cómo alguien aprende de un zapatero es desagradable, pero el calzado es útil y, por lo demás, verlo no es desagradable. Y el aprendizaje del carpintero es sumamente molesto para el profano que lo presencia, pero la obra muestra la utilidad de la técnica. Mucho más lo verás en la música: si estás presente cuando alguien aprende, te parecerá la más desagradable de todas las lecciones; sin embargo, las obras de la música son placenteras y deleitables de oír para los profanos. Y aquí concebimos la obra del que filosofa como algo así: que debe armonizar su voluntad con lo que ocurre, de modo que ni ocurra nada de lo que ocurre contra nuestra voluntad ni deje de ocurrir lo que no ocurre a pesar de que lo queremos. De esto resulta para quienes lo han establecido no fracasar en el deseo, no caer en la aversión, vivir sin pena, sin miedo, sin perturbación consigo mismo, manteniendo con los demás las relaciones, tanto las naturales como las adquiridas: hijo, padre, hermano, ciudadano, marido, mujer, vecino, compañero de viaje, gobernante, gobernado.
Concebimos la obra del que filosofa como algo así. Después de esto, buscamos cómo se conseguirá. Vemos, pues, que el carpintero, habiendo aprendido ciertas cosas, se hace carpintero; el piloto, habiendo aprendido ciertas cosas, se hace piloto. ¿Acaso entonces también aquí no basta con querer hacerse bueno y honrado, sino que hay necesidad también de aprender ciertas cosas? Buscamos, pues, cuáles son. Los filósofos dicen que hay que aprender primero esto: que existe un dios y que se ocupa de todo y que no es posible ocultársele nada, no solo haciendo, sino ni siquiera pensando o reflexionando; después, cuál es su naturaleza. Pues de la manera que se descubra que es, es necesario que quien ha de agradarle y obedecerle intente asemejársele en la medida de lo posible: si lo divino es digno de confianza, también este debe ser digno de confianza; si es libre, también este debe ser libre; si es benefactor, también este debe ser benefactor; si es magnánimo, también este debe ser magnánimo; de modo que, como imitador de dios, debe hacer y decir todo lo que sigue.
¿De dónde, entonces, hay que empezar? — Si te sientas, te diré que primero debes comprender los nombres. — ¿De modo que ahora yo no comprendo los nombres? — No los comprendes. — ¿Cómo es que los uso, entonces? — Del mismo modo que los iletrados usan las voces escritas, como los animales usan las representaciones; pues una cosa es el uso, otra la comprensión. Pero si crees que comprendes, trae el nombre que quieras y pongámonos a prueba a ver si comprendemos. — Pero es penoso ser refutado siendo ya un hombre mayor y, si resulta así, habiendo cumplido las tres campañas militares. — Yo también lo sé. Pues ahora has venido a mí como quien no necesita nada. ¿Y de qué podrías imaginarte que careces? Eres rico, tienes hijos quizá y mujer y muchos esclavos, el César te conoce, en Roma te has granjeado muchos amigos, cumples tus deberes, sabes devolver bien al que te hace bien y mal al que te hace mal. ¿Qué te falta? Si, pues, te demuestro que te faltan las cosas más necesarias y grandes para la felicidad y que hasta ahora te has ocupado de todo menos de lo que te correspondía, y, para colmo, que no sabes ni qué es dios ni qué es el hombre ni qué es el bien ni qué es el mal, y lo de las demás cosas quizá sea tolerable, pero que ignoras a ti mismo, ¿cómo puedes soportarme y aguantar la refutación y quedarte? De ningún modo, sino que te marchas enseguida molesto. Y sin embargo, ¿qué mal te he hecho yo? A no ser que también el espejo ofende al feo porque le muestra cómo es; a no ser que también el médico ultraja al enfermo cuando le dice: «Hombre, crees que no tienes nada, pero tienes fiebre; ayuna hoy, bebe agua»; y nadie dice: «¡Qué ultraje terrible!». Pero si le dices a alguien: «Tus deseos están inflamados, tus aversiones son mezquinas, tus propósitos contradictorios, tus impulsos no concuerdan con la naturaleza, tus opiniones son vanas y falsas», enseguida sale y dice: «Me ha ultrajado».
Tales son nuestras cosas, como en una feria. Los animales son llevados para ser sacrificados, y los bueyes; la mayoría de los hombres, unos para comprar, otros para vender; pero hay algunos pocos que van a contemplar la feria, cómo sucede esto y por qué y quiénes organizan la feria y con qué fin. Así también aquí, en esta feria: algunos, como animales, no se ocupan de nada más que del forraje; pues todos vosotros que andáis entre posesiones y campos y esclavos y cargos públicos, estas cosas no son otra cosa que forraje; pero pocos son los hombres que acuden a la feria como amantes de la contemplación. «¿Qué es, pues, el mundo? ¿Quién lo gobierna? ¿Nadie? ¿Y cómo es posible que una ciudad o una casa no puedan mantenerse ni siquiera poco tiempo sin quien las gobierne y cuide, y que esta construcción tan grande y hermosa se administre tan ordenadamente al azar y como sea? Existe, pues, quien la gobierna. ¿Qué clase de ser es y cómo gobierna? Y nosotros, ¿quiénes somos y para qué obra hemos sido creados por él? ¿Acaso tenemos algún vínculo con él y relación, o ninguna?». Esto es lo que experimentan estos pocos; y en adelante se dedican solo a esto: investigar la feria antes de marcharse. ¿Qué ocurre, entonces? Son objeto de burla por parte de los muchos; también allí los espectadores por parte de los comerciantes; y si los animales tuvieran alguna consciencia, se reirían de los que admiraran otra cosa que el forraje.
Capítulo15A los que se aferran obstinadamente a algunas de sus decisiones
Cuando algunos oyen estos razonamientos, que hay que ser firmes y que la facultad de elección es por naturaleza libre y no sujeta a coacción, mientras que las demás cosas son impedibles, necesarias, esclavas, ajenas, se imaginan que deben atenerse inflexiblemente a todo lo que han decidido. Pero primero debe ser sana la decisión tomada. Pues quiero que haya tensión en el cuerpo, pero como en uno sano, como en un atleta; si me exhibes la tensión de un loco y presumes de ella, te diré: «Hombre, busca a quien te cure. Esto no es tensión, sino debilidad». De otra manera algo así les pasa también en el alma a quienes malinterpretan estos razonamientos. Por ejemplo, un amigo mío decidió, sin ninguna razón, dejarse morir de hambre. Me enteré cuando ya llevaba tres días de ayuno, y fui a preguntarle qué había pasado. — He decidido —dice. — Pero aun así, ¿qué te persuadió? Pues si decidiste correctamente, aquí estamos sentados a tu lado y te ayudamos a salir de aquí; pero si decidiste irrazonablemente, cámbialo. — Hay que atenerse a las decisiones tomadas. — ¿Qué haces, hombre? No a todas, sino a las correctas. Pues si ahora te parece que es de noche, si te conviene, no lo cambies, sino manténte y di que hay que atenerse a las decisiones tomadas. ¿No quieres establecer primero el fundamento, examinar si la decisión es sana o no, y luego, sobre ella, edificar la firmeza, la seguridad? Pero si pones un cimiento podrido y que se hunde, no... cuanto más y más fuerte construyas encima, tanto más rápido se derrumbará. Nos sacas de la vida, sin ninguna razón, a un hombre amigo y conocido, ciudadano de la misma ciudad, tanto de la grande como de la pequeña; luego, cometiendo un homicidio y destruyendo a un hombre que no ha hecho nada malo, dices que hay que atenerse a las decisiones tomadas. Y si se te ocurriera de algún modo matarme, ¿deberías atenerte a las decisiones tomadas?
Aquel hombre, pues, a duras penas se dejó convencer. Pero a algunos de los de ahora no es posible hacerlos cambiar. De modo que me parece que ahora sé lo que antes ignoraba: qué significa el dicho común: «al necio no es posible convencerlo ni romperlo». Que no me toque tener un necio como amigo sabio. No hay nada más difícil de manejar. «He decidido». También los locos dicen eso; pero cuanto más firmemente juzgan lo que no es, tanto más eléboro necesitan. ¿No quieres hacer lo propio del enfermo y llamar al médico? «Estoy enfermo, señor; ayúdame. Examina qué debo hacer: mi parte es obedecerte». Así también aquí. «No sé qué debo hacer, pero he venido a aprenderlo». No, sino: «Háblame de las demás cosas. Esto lo he decidido». ¿De qué otras cosas? Pues ¿qué hay más importante o más urgente que convencerte de que no basta haber decidido y no cambiar? Esos son tonos de loco, no de persona sana. «Quiero morir si me obligas a esto». ¿Por qué, hombre? ¿Qué ha pasado? «Lo he decidido». Me salvé de que no hayas decidido matarme. «No acepto dinero». ¿Por qué? «Lo he decidido». Ten por seguro que con la misma obstinación que ahora usas para no aceptarlo, nada te impide en algún momento inclinarte irracionalmente a aceptar y decir de nuevo: «Lo he decidido», como en un cuerpo enfermo y lleno de flujos el flujo se inclina a veces hacia una parte y a veces hacia otra. Así también un alma débil tiene incierto hacia dónde se inclina; pero cuando además se añade obstinación a esa inclinación y a ese impulso, entonces el mal se vuelve sin ayuda posible e incurable.
Capítulo16Que no practicamos el uso de los principios sobre bienes y males
¿Dónde está el bien? —En la elección moral. —¿Dónde el mal? —En la elección moral. —¿Dónde lo indiferente? —En lo que no depende de la elección moral. —Entonces ¿qué? ¿Alguno de nosotros recuerda esto fuera de estos razonamientos? ¿Practica alguien por sí mismo responder de este modo a las cosas, como se hace con las preguntas? «¿Es de día?» «Sí». «¿Qué pues? ¿Es de noche?» «No». «¿Pues qué? ¿Las estrellas son pares?» «No puedo decirlo». Cuando se te presenta dinero, ¿has practicado dar la respuesta debida, que «no es un bien»? ¿Te has ejercitado en estas respuestas o solo frente a los sofismas? ¿Por qué entonces te asombras si en lo que has practicado te vuelves mejor que tú mismo, pero donde no has practicado sigues siendo el mismo? Pues ¿por qué el orador, sabiendo que ha escrito bien, que ha aprendido de memoria lo escrito, que aporta una voz agradable, aun así siente angustia? Porque no se contenta con haber practicado. ¿Qué quiere entonces? Ser elogiado por los presentes. Se ha ejercitado, pues, para poder practicar la declamación, pero no se ha ejercitado respecto al elogio y la censura. Pues ¿cuándo oyó de alguien qué es el elogio, qué es la censura, cuál es la naturaleza de cada uno? ¿Cuáles elogios debe perseguir o cuáles censuras evitar? ¿Y cuándo practicó este ejercicio conforme a estos principios? ¿Por qué entonces te asombras todavía si, donde aprendió, allí se distingue de los demás, pero donde no ha practicado, allí es igual que la mayoría? Como el citarista sabe tocar la cítara, canta bien, tiene bella vestimenta, y sin embargo tiembla al entrar; pues estas cosas las sabe, pero no sabe qué es el público ni el griterío del público ni la burla. Pero ni siquiera sabe qué es la angustia misma, si es obra nuestra o ajena, si es posible detenerla o no es posible. Por esto, si es elogiado, salió hinchado; si fue objeto de burla, esa burbujita se pinchó y se desinfló.
Algo semejante nos pasa también a nosotros. ¿Qué admiramos? Las cosas externas. ¿En qué nos afanamos? En las cosas externas. Y luego nos preguntamos cómo es que tenemos miedo o cómo sentimos angustia. ¿Qué otra cosa puede suceder cuando consideramos males las cosas que se nos vienen encima? No podemos no tener miedo, no podemos no sentir angustia. Y luego decimos: «Señor Dios, ¿cómo no sentir angustia?» Necio, ¿no tienes manos? ¿No te las hizo Dios? Siéntate ahora a rezar para que no te moquee la nariz; mejor suénate y no acuses. ¿Qué pues? ¿Aquí no te ha dado nada? ¿No te ha dado paciencia, no te ha dado grandeza de alma, no te ha dado valor? Teniendo tales manos, ¿todavía buscas quien te suene la nariz? Pero ni siquiera practicamos estas cosas ni les prestamos atención. Pues dadme uno solo a quien le importe cómo hace algo, que presta atención no a conseguir algo, sino a su propia actividad; ¿quién al pasear presta atención a su propia actividad? ¿Quién al deliberar, a la deliberación misma, y no a conseguir aquello sobre lo que delibera? Y si lo consigue, se enorgullece y dice: «¿No deliberamos bien? ¿No te decía, hermano, que es imposible que, una vez que hemos reflexionado sobre algo, no salga así?» Pero si resulta de otro modo, el desgraciado está abatido, no encuentra ni qué decir sobre lo sucedido. ¿Quién de nosotros acudió a un adivino por esto? ¿Quién de nosotros no durmió con vistas a la actividad? ¿Quién? Dadme uno solo, para que vea a ese que desde hace mucho tiempo busco, al verdaderamente noble y bien dotado; sea joven o mayor, dadlo.
¿Por qué entonces nos asombramos todavía si en las materias estamos bien entrenados, pero en las actividades somos bajos, indecorosos, de ningún valor, cobardes, incapaces de soportar nada, enteramente desgraciados? Pues no nos ha importado ni practicamos. Si no temiéramos a la muerte o al exilio, sino al miedo mismo, practicaríamos no caer en lo que nos parece malo. Pero ahora en la escuela somos vehementes y habladores, y si surge alguna cuestión sobre alguna de estas cosas, capaces de recorrer lo que sigue; pero arrástranos a la práctica y nos encontrarás miserables náufragos. Que aparezca una representación perturbadora y sabrás qué practicamos y para qué nos ejercitamos. Luego, por la falta de práctica, siempre vamos acumulando algo y formando cosas mayores que las establecidas. En seguida yo, cuando navego, tras mirar hacia el abismo o contemplar alrededor el mar y no ver tierra, me trastorno e imagino que, si naufragamos, debo beberme todo ese mar, y no se me ocurre que me bastan tres sextarios. ¿Qué me perturba entonces? ¿El mar? No, sino la opinión. De nuevo, cuando hay un terremoto, imagino que la ciudad va a caerme encima; pues ¿no basta una piedrecita para que me saque el cerebro?
¿Cuáles son, pues, las cosas que nos abruman y nos trastornan? ¿Cuáles otras sino las opiniones? Pues al que sale y se aparta de las costumbres, compañeros, lugares y relaciones habituales, ¿qué otra cosa lo abruma sino la opinión? Al menos los niños, en cuanto lloran un poco al irse la nodriza, cuando reciben una torta lo olvidan. ¿Quieres entonces que también nosotros nos asemejemos a los niños? No, por Zeus. Pues no considero digno padecer esto por una torta, sino por opiniones correctas. ¿Cuáles son estas? Las que el hombre debe practicar todo el día para no apegarse a nada de lo ajeno, ni a compañero ni a lugar ni a gimnasios, ni siquiera al propio cuerpo, sino recordar la ley y tenerla ante los ojos. ¿Cuál es la ley divina? Guardar lo propio, no reclamar lo ajeno, sino usar lo que se da, no desear lo que no se da, y cuando alguien te quita algo, devolverlo fácilmente y al punto, sabiendo agradecer el tiempo que lo usaste, si quieres no llorar por la nodriza y la mamá. Pues ¿qué diferencia hay de qué cosa depende y de qué cuelga? ¿En qué eres mejor que el que llora por una muchacha, si estás de luto por un gimnasio, un pórtico, unos jovencitos y semejante actividad? Otro viene porque ya no va a beber el agua de Dirce. ¿Pues el agua Marcia es peor que la de Dirce? «Pero aquella me era familiar». Y esta a su vez te será familiar. Luego, si te apegas a tal cosa, llora también por esta y busca hacer un verso semejante al de Eurípides: «Las calientes de Nerón y el agua Marcia». Mira cómo se produce la tragedia, cuando sucesos ordinarios caen sobre hombres necios.
«¿Cuándo entonces volveré a ver Atenas y la Acrópolis?» Desgraciado, ¿no te bastan las cosas que ves cada día? ¿Tienes algo mejor o más grande que ver que el sol, la luna, las estrellas, la tierra entera, el mar? Si en verdad comprendes al que gobierna el universo y lo llevas en ti mismo, ¿todavía añoras piedrecitas y una roca bonita? Cuando vayas a dejar al sol mismo y a la luna, ¿qué harás? ¿Te sentarás a llorar como los niños? ¿Qué hacías entonces en la escuela, qué oías, qué aprendías? ¿Por qué te inscribiste como filósofo cuando era posible inscribir la verdad? ¿Que «estudié algunas introducciones y leí a Crisipo, pero ni siquiera pasé la puerta del filósofo. Pues ¿dónde participo yo de ese asunto del que participó Sócrates, que vivió y murió así? ¿Del que participó Diógenes?» ¿Imaginas a alguno de estos llorando o indignándose porque no va a ver a fulano ni a fulana, ni va a estar en Atenas o en Corinto, sino, si así resulta, en Susa o en Ecbatana? Pues ¿quien puede salir del banquete cuando quiera y ya no jugar, acaso este se angustia permaneciendo? ¿No permanece como quien juega, mientras se divierta? Tal persona soportaría fácilmente ser condenado a exilio en cualquier parte o a muerte.
¿No querrás ya de una vez ser destetado como los niños y tomar alimento más sólido, y no llorar por las nodrizas y las mamás, que son llantos de viejas? «Pero las dejaré afligidas al irme yo». Tú las dejarás afligidas. No, ellas mismas son la causa de su aflicción, como tú de la tuya. ¿Qué hacer entonces? Elimina la causa. Pero si tú logras persuadirlas, no te aflijes; si no, no te aflijas por quienes se afligen sin razón. «Pero voy hacia un largo exilio». ¿Acaso te impide alguien ir con buen ánimo, alegre, tranquilo? «Pero quieren quitarme mis bienes». ¿Y si se acercan a ti, no los entregas? «Pero me desterrarán». ¿Alguien puede desterrarte del mundo? «Me arrojarán a la cárcel». El cuerpo, querrás decir; te quitarán los bienes pequeños. «¿Y quién te dijo que solo estas cosas son enteramente indesterrables?» ¿Para qué entonces te acercaste al filósofo? ¿Para que tu cuerpo y tus bienes pequeños estén seguros? ¿No fue para aprender qué es tuyo y qué ajeno? «Sí». ¿Qué pues? ¿No lo aprendiste? «Lo aprendí». ¿Por qué entonces estás perturbado? Muestra tus escritos sobre el impulso, lee lo que has escrito sobre el deseo y la aversión. Y luego lee lo que has escrito sobre la preparación y el propósito y la inclinación. ¿Qué son esas cosas? «Escritos bonitos». ¿Bonitos ahora? Salid ahora del teatrito y juzgadlos en los hechos, probadlos. Y luego ¿por qué te sorprendes si en las cosas que estudiaste eres más desgraciado que los no educados? Como si un carpintero, cuando se le presente madera, dijera: «No sé hacer nada. He olvidado mi arte». Así tú, cuando se te presentan las cosas mismas: «No sé qué hacer. He olvidado los razonamientos». Pero ¿por qué? Porque nunca te ocupaste seriamente de ellos ni leíste ni escribiste de manera útil.
¿No quieres ya destetarte de una vez como los niños y probar un alimento más sólido, y no andar llorando por las nodrizas y las tetas, lamentos de viejas? «Pero es que las voy a entristecer al marcharme». ¿Tú las vas a entristecer? De ningún modo, sino lo mismo que a ti: su opinión. Entonces, ¿qué puedes hacer tú? Elimínala; y la suya, si hacen bien, ellas la eliminarán. Si no, gemirán por su propia cuenta. Hombre, atrévete de una vez, como se dice, por tu buen fluir, por tu libertad, por tu grandeza de ánimo. Levanta alguna vez el cuello como quien se ha librado de la esclavitud, atrévete a mirar al dios y decirle: «Usa de mí en adelante para lo que quieras; estoy de acuerdo contigo, soy igual a ti: no rehúso nada de lo que a ti te parezca; llévame adonde quieras; vísteme con el ropaje que quieras. ¿Quieres que mande, que viva como particular, que permanezca, que me exile, que sea pobre, que sea rico? Yo te defenderé ante los hombres por todos estos casos; mostraré la naturaleza de cada uno tal como es». No: tú prefieres quedarte sentado en el vientre del buey esperando a tu nodriza hasta que te harte. Si Heracles se hubiera quedado en casa sentado, ¿quién habría sido? Euristeo, y no Heracles. Veamos, recorriendo el mundo entero, ¿cuántos conocidos tuvo, cuántos amigos? Pero ninguno más querido que el dios; por eso se creyó que era hijo de Zeus, y lo era. Así pues, obedeciéndole, iba por ahí limpiando la injusticia y la ilegalidad. Pero tú no eres Heracles y no puedes limpiar los males ajenos, ni siquiera eres Teseo para limpiar los del Ática: limpia los tuyos. Desde ahí, desde tu mente, expulsa en lugar de Procrustes y de Escirón: la pena, el miedo, el deseo, la envidia, el regocijo por el mal ajeno, la avaricia, la molicie, la intemperancia. Y esto no es posible expulsarlo de otro modo sino mirando solo al dios, consagrado solo a él, dedicado a sus mandamientos. Pero si quieres otra cosa, gimiendo y lamentándote seguirás al más fuerte, buscando siempre el buen fluir fuera de ti y nunca pudiendo fluir bien. Porque lo buscas allí donde no está, dejando de buscarlo donde está.
Capítulo17Cómo aplicar las preconcepciones a los casos particulares
¿Cuál es la primera tarea del que filosofa? Desechar la presunción; porque es imposible que uno empiece a aprender aquello que cree saber. Así pues, sobre lo que hay que hacer y no hacer, sobre lo bueno y lo malo, sobre lo bello y lo vergonzoso, todos andamos parloteando sin cesar cuando vamos a ver a los filósofos, alabando y censurando por estas cosas, acusando y reprochando, juzgando y distinguiendo sobre prácticas bellas y vergonzosas. Pero ¿para qué vamos a ver a los filósofos? † Lo que no creemos saber. ¿Y qué es esto? Los conocimientos teóricos. Pues lo que dicen los filósofos queremos aprenderlo por ingeniosos y agudos, unos para lucirse con ello. Es ridículo, entonces, creer que uno va a aprender una cosa y aprenderá otra, o que va a progresar en aquello en lo que no aprende. Lo que engaña a la mayoría es esto mismo que también engañaba al orador Teopompo, cuando incluso reprochaba a Platón por querer definir cada cosa. Pues ¿qué dice? «¿Acaso ninguno de nosotros antes de ti decía "bueno" o "justo"? ¿O los pronunciábamos sin comprenderlos, de manera vaga y vacía, sin saber qué es cada uno de ellos?». ¿Quién te dice, Teopompo, que no teníamos concepciones naturales y preconcepciones de cada uno de estos términos? Pero no es posible aplicar las preconcepciones a las sustancias correspondientes sin haberlas articulado y sin haber examinado esto mismo: bajo qué sustancia debe ordenarse cada una de ellas. Pues entonces di lo mismo también a los médicos: «¿Quién de nosotros no decía "sano" y "enfermo" antes de que naciera Hipócrates? ¿O acaso pronunciábamos estos términos vacíamente?». Pues tenemos alguna preconcepción de lo sano, pero no podemos aplicarla. Por eso uno dice «ayuna», otro dice «dale de comer»; y uno dice «sangra», otro dice «aplica ventosas». ¿Cuál es la causa? ¿Acaso otra que no poder aplicar bien la preconcepción de lo sano a los casos particulares?
Lo mismo sucede aquí en las cosas de la vida. ¿Quién de nosotros no habla de bueno y malo, conveniente e inconveniente? ¿Quién de nosotros no tiene una preconcepción de cada uno de estos términos? ¿Está entonces articulada y completa? Demuéstralo. «¿Cómo lo demuestro?». Aplícala bien a las sustancias particulares. Uno, por ejemplo, ordena las definiciones bajo la preconcepción de lo útil, como Platón, y tú bajo la de lo inútil. ¿Es posible entonces que ambos acertéis? ¿Cómo es posible? ¿Y a la sustancia de la riqueza no aplica uno la preconcepción del bien y otro no? ¿Y a la del placer, y a la de la salud? En general, si todos los que pronunciamos estos nombres los conociéramos sin vacilación y no necesitáramos ningún cuidado para articular las preconcepciones, ¿por qué discrepamos, por qué hacemos la guerra, por qué nos censuramos unos a otros?
¿Y para qué voy a traer ahora a colación la lucha de unos contra otros y a recordar eso? Tú mismo, si aplicas bien tus preconcepciones, ¿por qué tienes mal fluir, por qué encuentras impedimentos? Dejemos de momento el segundo tema, el que trata sobre los impulsos y la técnica relativa al deber en relación con ellos. Dejemos también el tercero, el que trata sobre los asentimientos. Te regalo todo esto. Quedémonos en el primero, que casi proporciona una demostración sensible de que no aplicas bien las preconcepciones. ¿Ahora quieres lo posible y lo posible para ti? Entonces, ¿por qué encuentras impedimentos? ¿Por qué tienes mal fluir? ¿Ahora no evitas lo necesario? ¿Por qué entonces tropiezas con algo, por qué eres desgraciado? ¿Por qué algo que quieres no sucede y algo que no quieres sí sucede? Pues esta es la mayor demostración de mal fluir y desgracia. Quiero algo y no sucede: ¿y qué hay más miserable que yo? No quiero algo y sucede: ¿y qué hay más miserable que yo?
Esto es lo que Medea no soportó y llegó a matar a sus hijos. En esto al menos fue magnánima. Pues tenía la representación correcta de lo que es que no salgan bien las cosas que uno quiere. «Entonces así me vengaré del que me ha ofendido y ultrajado. ¿Y qué provecho hay en estar tan mal? ¿Cómo se hará entonces? Mataré a mis hijos. Pero también me castigaré a mí misma. ¿Y qué me importa?». Esto es el extravío de un alma que tiene grandes fuerzas. Pues no sabía dónde reside el hacer lo que queremos: que esto no hay que tomarlo de fuera ni cambiando y reajustando las circunstancias. No quieras al marido, y nada de lo que quieres dejará de suceder. No quieras a toda costa vivir con él, no quieras permanecer en Corinto y, en pocas palabras, no quieras nada más que lo que el dios quiere. ¿Y quién te impedirá, quién te forzará? Nadie más que a Zeus.
Cuando tengas tal guía y quieras lo mismo que él y desees lo mismo, ¿qué temes todavía, que no lo consigas? Entrega tu deseo y tu aversión a la pobreza y a la riqueza: fracasarás, tropezarás. Pero a la salud: serás desgraciado; a los cargos, honores, patria, amigos, hijos, en resumen, a cualquiera de las cosas no propiamente nuestras. Pero entrégalos a Zeus, a los demás dioses; confíaselos a ellos, que ellos los gobiernen, que queden ordenados con ellos: ¿y dónde tendrás ya mal fluir? Pero si eres envidioso, desgraciado, y compadeces y tienes celos y tiemblas, y no pasa un solo día en que no te lamentes por ti mismo y por los dioses, ¿por qué sigues diciendo que te has educado? ¿Qué educación, hombre? ¿Porque has trabajado silogismos, los condicionales? ¿No quieres desaprender, si es posible, todo esto y empezar de nuevo desde el principio, reconociendo que hasta ahora ni siquiera has tocado el asunto, y a partir de ahí, comenzando desde allí, construir lo siguiente, de modo que nada exista sin que tú quieras, y nada que quieras deje de existir?
Dadme un solo joven que haya venido a la escuela con esta intención, que se haya hecho atleta de este asunto y diga: «Para mí todo lo demás adiós, me basta con que pueda alguna vez vivir sin impedimentos y sin penas, levantar el cuello ante las circunstancias como libre, y mirar al cielo como amigo del dios sin temer nada de lo que pueda suceder». Que alguien de vosotros me muestre uno así, para que yo le diga: «Ven, joven, a lo tuyo; pues a ti te ha sido destinado adornar la filosofía, tuyos son estos bienes, tuyos los libros, tuyos los discursos». Luego, cuando haya trabajado y dominado este primer campo, que vuelva a mí y me diga: «Yo quiero estar sin pasiones y sin perturbaciones, pero quiero también, como piadoso y filósofo y diligente, saber qué deber tengo respecto a los dioses, respecto a mis padres, respecto a mis hermanos, respecto a mi patria, respecto a los extranjeros». Pasa también al segundo tema: este también es tuyo. «Pero ya he practicado también el segundo tema. Querría mantenerme firme e inconmovible y no solo despierto, sino también durmiendo, ebrio y en la melancolía». ¡Tú eres un dios, hombre, tienes grandes proyectos!
No: «Yo quiero saber qué dice Crisipo en el tratado Sobre el Mentiroso». ¿No quieres ahorcarte con ese proyecto tuyo, desgraciado? ¿Y qué provecho te traerá? Lo leerás todo lamentándote y tembloroso hablarás a otros. Así hacéis también vosotros. «¿Quieres que te lea algo, hermano?». «Y tú a mí». «Escribes admirablemente, hombre»; y «tú magníficamente al estilo de Jenofonte», «tú al de Platón», «tú al de Antístenes». Luego, después de contaros los sueños unos a otros, volvéis a lo mismo: deseáis lo mismo, evitáis lo mismo, os impulsáis de igual modo, os proponéis lo mismo, os dedicáis a lo mismo, pedís lo mismo, os afanáis por lo mismo. Y luego ni siquiera buscáis a quien os recuerde esto, sino que os molesta si lo oís. Y luego decís: «Viejo sin afecto; cuando me marchaba no lloró ni me dijo "¿a qué situación te vas, hijo mío? Si te salvas, encenderé lámparas"». ¿Esto es propio de quien tiene afecto? Gran bien será para ti salvarte siendo así y digno de lámparas. Pues deberías ser inmortal e inmune a la enfermedad.
Así pues, como digo, hay que dejar atrás esa presunción de creer que sabemos algo de lo útil, y hay que acercarse a la filosofía como nos acercamos a la geometría, como nos acercamos a la música. Si no, no estaremos ni cerca de progresar, aunque repasemos todas las introducciones y tratados de Crisipo junto con los de Antípatro y Arquedemo.
Capítulo18Cómo hay que luchar contra las representaciones
Todo hábito y toda capacidad se mantienen y se incrementan mediante las actividades correspondientes: la capacidad de caminar mediante el caminar, la de correr mediante el correr. Si quieres ser lector, lee; si escritor, escribe. Cuando lleves treinta días seguidos sin leer, sino haciendo otra cosa, conocerás lo que sucede. Del mismo modo, si te tumbas durante diez días, luego levántate e intenta hacer una caminata más larga y verás cómo se te paralizan las piernas. Así pues, en general, si quieres hacer algo, conviértelo en hábito; si no quieres hacerlo, no lo hagas, y más bien acostúmbrate a practicar algo distinto en su lugar. Lo mismo sucede con las cosas del alma: cuando te enfadas, date cuenta de que no solo te ha sucedido algo malo, sino que también has reforzado el hábito y has echado leña al fuego. Cuando cedes ante alguien en el acto sexual, no consideres solo esa derrota particular, sino que también has alimentado tu incontinencia, la has acrecentado. Porque es imposible que, a partir de las actividades correspondientes, los hábitos y capacidades no se implanten cuando no existían antes, o que se intensifiquen y se fortalezcan.
Así, sin duda, dicen también los filósofos que surgen las enfermedades. Porque cuando deseas dinero una vez, si se aplica el razonamiento para que tomes conciencia del mal, el deseo cesa y nuestra parte rectora vuelve a su estado original; pero si no aplicas ninguna terapia, ya no vuelve al mismo punto, sino que, de nuevo excitada por la representación correspondiente, se inflama hacia el deseo más rápidamente que antes. Y cuando esto sucede continuamente, termina por endurecerse y la enfermedad consolida la avaricia. Pues quien ha tenido fiebre y luego se le pasa no está igual que antes de tener fiebre, a menos que se cure del todo. Algo parecido ocurre también con las pasiones del alma. Quedan en ella ciertas huellas y moretones que, si uno no los borra bien, cuando vuelva a ser azotado en los mismos lugares, ya no producirá moretones sino llagas. Por tanto, si no quieres ser irascible, no alimentes el hábito, no le eches nada que lo aumente. Para empezar, mantente tranquilo y cuenta los días en que no te has enojado. «Solía enfadarme cada día, ahora día por medio, luego cada dos días, luego cada tres». Si llegas a treinta días, ofrece un sacrificio al dios. Porque el hábito se debilita al principio y luego se elimina por completo. «Hoy no me he afligido, ni mañana, ni luego durante dos meses y tres meses; sino que me he controlado cuando surgieron situaciones provocadoras». Sabe que te va estupendamente. «Hoy, al ver a un hombre hermoso o una mujer hermosa, no me dije a mí mismo: "ojalá alguien se acostara con ella" y "dichoso su marido"; porque quien dice esto también dice "dichoso el adúltero"; tampoco recreo en mi mente lo que sigue: que ella está presente, que se desnuda, que se recuesta a mi lado. Me acaricio la cabeza y me digo: Bien, Epicteto, has resuelto un sofisma muy ingenioso, mucho más ingenioso que el del Dominante. Y si, aunque la mujercilla lo desee y me haga señas y me envíe recados, y aun si me toca y se acerca, yo me abstengo y venzo, esto ya es un sofisma superior al del Mentiroso, superior al del Silencioso. De esto sí vale la pena enorgullecerse, no de plantear el Dominante».
¿Cómo se consigue entonces esto? Quiere agradarte a ti mismo alguna vez, quiere parecer hermoso al dios; desea volverte puro junto a tu ser puro y junto al dios. Luego, cuando te asalte una representación así, Platón dice: «Ve a los ritos expiatorios, ve como suplicante a los santuarios de los dioses protectores». Basta incluso con que te retires a la compañía de hombres nobles y buenos para compararte con ellos, ya tengas a alguno de los vivos o de los muertos. Ve junto a Sócrates y míralo recostado junto a Alcibíades, burlándose de su belleza. Piensa qué victoria se consideró entonces que había conseguido al vencerse a sí mismo, qué clase de Olimpiada, en qué lugar después de Heracles se colocó; de modo que, por los dioses, uno justamente podría saludarlo: «Salve, admirable hombre», y no a esos púgiles y pancratiastas podridos, ni a los que se les parecen, los gladiadores. Oponiendo estas cosas vencerás la representación, no serás arrastrado por ella. Pero en primer lugar no te dejes arrebatar por su vehemencia, sino di: «Espérame un poco, representación; déjame ver quién eres y sobre qué tratas, déjame ponerte a prueba». Y en adelante no permitas que avance recreando las cosas que siguen. Si no, se marchará contigo adonde quiera. Más bien introduce otra representación, noble y hermosa, y expulsa a esta sucia. Y si te acostumbras a ejercitarte así, verás qué hombros se forman, qué nervios, qué tensión muscular; pero ahora solo hay palabras y nada más.
Este es el verdadero atleta, el que se ejercita contra representaciones como estas. Detente, desgraciado, no te dejes arrastrar. Grande es el combate, divina la obra: se trata del reino, de la libertad, de la prosperidad, de la imperturbabilidad. Acuérdate del dios, invócalo como auxiliador y asistente, como los navegantes invocan a los Dioscuros en la tempestad. Porque ¿qué tempestad es mayor que la que surge de representaciones poderosas y capaces de expulsar la razón? Porque ¿qué es la tempestad misma sino una representación? Pues quita el miedo a la muerte y trae todos los truenos y rayos que quieras, y conocerás qué calma y qué serenidad hay en la parte rectora. Pero si una vez vencido dices que vencerás después, y luego otra vez lo mismo, date cuenta de que llegarás a estar tan mal y débil que ni siquiera notarás después que te equivocas, sino que comenzarás a buscar justificaciones para tu acción; y entonces confirmarás que es verdad lo de Hesíodo: «el hombre que siempre posterga lucha con desgracias».
Capítulo19Contra los que asumen las doctrinas de los filósofos solo verbalmente
El argumento dominante se ve que fue planteado a partir de premisas como estas: dado que hay conflicto entre estas tres proposiciones —que toda proposición pasada verdadera es necesaria, que a lo posible no sigue lo imposible, y que es posible lo que ni es verdadero ni lo será—, al advertir este conflicto, Diodoro utilizó la plausibilidad de las dos primeras para establecer que nada es posible que no sea verdadero ni vaya a serlo. A su vez, alguien mantendrá estas dos de las tres: que es posible algo que ni es verdadero ni lo será, y que a lo posible no sigue lo imposible; pero no toda proposición pasada verdadera es necesaria, tal como parecen sostener los seguidores de Cleantes, a quienes defendió ampliamente Antípatro. Otros mantienen las otras dos: que es posible lo que ni es verdadero ni lo será, y que toda proposición pasada verdadera es necesaria; pero que a lo posible sigue lo imposible. Mantener las tres es imposible debido a su mutuo conflicto.
Así pues, si alguien me pregunta: «Y tú ¿cuáles de ellas mantienes?», le responderé que no lo sé; pero he recibido la siguiente información: que Diodoro mantenía aquellas, que los seguidores de Pantoide y de Cleantes, creo, mantenían las otras, y que los seguidores de Crisipo mantenían las otras. «¿Y tú entonces qué?». No he sido creado para esto, para examinar mi propia representación y comparar las doctrinas expuestas y formarme una opinión propia sobre el tema. Por eso no me diferencio en nada del gramático. «¿Quién fue el padre de Héctor?». «Príamo». «¿Quiénes fueron sus hermanos?». «Alejandro y Deífobo». «¿Y su madre?». «Hécuba. He recibido esta información». «¿De quién?». «De Homero. Y creo que también escribe sobre lo mismo Helánico y algún otro por el estilo». ¿Y yo sobre el Dominante qué otra cosa tengo más que esto? Pero si soy vanidoso, especialmente en un banquete, impresiono a los presentes enumerando a los que han escrito sobre el tema. «También Crisipo ha escrito maravillosamente en el primer libro Sobre lo posible. Y Cleantes también ha escrito sobre esto separadamente, y Arquedemo. También ha escrito Antípatro, no solo en sus libros Sobre lo posible, sino también en particular en los Sobre el dominante. ¿No has leído el tratado?». «No lo he leído». «Léelo». ¿Y de qué se beneficiará? Será más parlanchín y más importuno de lo que es ahora. Porque a ti ¿qué otra cosa te ha venido de leerlo? ¿Qué opinión te has formado sobre el tema? Más bien nos contarás sobre Helena y Príamo y la isla de Calipso, que ni existió ni existirá.
Y en esto no es gran cosa dominar la información histórica, sin haberse formado ninguna opinión propia. Pero en cuestiones éticas nos pasa esto mucho más que en aquellas. «Háblame de los bienes y los males». «Escucha: El viento que me traía de Ilión me arrastró hasta los cícones. De las cosas que existen, unas son buenas, otras malas y otras indiferentes. Así pues, son bienes las virtudes y lo que participa de ellas, males los vicios y lo que participa de los vicios, e indiferentes lo que está entre medio de estos: riqueza, salud, vida, muerte, placer, dolor». «¿De dónde lo sabes?» «Lo dice Helánico en sus Relatos egipcios». Pues ¿qué diferencia hay entre decir esto y decir que lo dice Diógenes en su Ética, o Crisipo, o Cleantes? ¿Has examinado entonces algo de ello y te has formado una opinión propia? Muéstrame cómo sueles comportarte cuando hay tormenta en el barco. ¿Te acuerdas de esta división cuando cruje la vela y alguien, plantándose junto a ti mientras gritas, te dice inoportunamente: «Dime, por los dioses, lo que me decías el otro día: ¿acaso naufragar es un vicio, acaso participa del vicio?»? ¿No vas a agarrar un madero y amenazarlo? «¡Qué tienes tú que ver con nosotros, hombre! ¡Nos estamos hundiendo y tú vienes a burlarte!» Y si César te manda llamar bajo acusación, ¿te acuerdas de la división? Si alguien se te acerca cuando entras, pálido y tembloroso, y te dice: «¿Por qué tiemblas, hombre? ¿De qué se trata tu asunto? ¿Acaso César está dentro repartiendo virtud y vicio a los que entran?», «¿Por qué te burlas tú también de mis males?» «Sin embargo, filósofo, dime, ¿por qué tiemblas? ¿No es la muerte lo que está en juego, o la cárcel, o el sufrimiento del cuerpo, o el destierro, o la mala fama? ¿Qué otra cosa? ¿Acaso es un vicio, acaso participa del vicio? Entonces, ¿a quién aplicabas tú esas cosas?» «¡Qué tienes tú que ver conmigo, hombre! Bastante tengo con mis propios males». Y hablas bien. Pues bastante tienes con tus males: la vileza, la cobardía, la jactancia con que te pavoneabas sentado en la escuela. ¿Por qué te engalanabas con lo ajeno? ¿Por qué te llamabas estoico?
Observaos así a vosotros mismos en lo que hacéis y descubriréis a qué escuela pertenecéis. Encontraréis que la mayoría de vosotros sois epicúreos, unos pocos peripatéticos, y estos ya relajados. Pues ¿dónde está el que vosotros consideréis en la práctica que la virtud es igual o superior a todo lo demás? Mostradme un estoico, si tenéis alguno. ¿Dónde o cómo? Pero a gente que recita fórmulas estoicas me mostraréis por miles. ¿Acaso estos mismos recitan peor las fórmulas epicúreas? ¿Y las peripatéticas, no las dominan igualmente bien? Entonces, ¿quién es estoico? Como llamamos estatua de Fidias a la que está modelada según el arte de Fidias, así mostradme a alguien modelado según las doctrinas que pronuncia. Mostradme a alguien que esté enfermo y sea feliz, en peligro y sea feliz, muriendo y sea feliz, desterrado y sea feliz, desprestigiado y sea feliz. ¡Mostradlo! Deseo, por los dioses, ver a un estoico. Pero no tenéis a uno ya modelado para mostrar; pues mostrad al que se está modelando, al que se ha inclinado hacia esto. Hacedme ese favor; no le neguéis a un hombre viejo ver un espectáculo que hasta ahora no he visto. ¿Pensáis que vais a mostrarme el Zeus de Fidias o la Atenea, obra de marfil y oro? Que me muestre alguno de vosotros un alma de hombre que quiera estar de acuerdo con Dios y ya no culpar ni a dios ni a hombre, no fracasar en nada, no caer en nada, no irritarse, no envidiar, no sentir celos (¿para qué andarse con rodeos?), que desee convertirse de hombre en dios, y en este cuerpecillo mortal delibere sobre la comunión con Zeus. ¡Mostradlo! Pero no lo tenéis. Entonces, ¿por qué os burláis de vosotros mismos y engañáis a los demás? ¿Y por qué os paseáis llevando un disfraz ajeno, ladrones y saqueadores de estos nombres y realidades que no os pertenecen en nada?
Y ahora yo soy vuestro maestro, y vosotros os educáis conmigo. Y yo tengo este propósito: haceros libres de impedimentos, de coacciones, de obstáculos, libres, prósperos, felices, mirando a Dios en todo, lo pequeño y lo grande; y vosotros estáis aquí para aprender esto y practicarlo. Entonces, ¿por qué no completáis la obra, si también vosotros tenéis el propósito que debéis y yo, además del propósito, tengo la preparación que debo? ¿Qué falta? Cuando veo a un carpintero que tiene madera preparada a mano, espero la obra. Y aquí, pues, está el carpintero, está la madera: ¿qué nos falta? ¿Acaso no es enseñable el asunto? Es enseñable. ¿Entonces no depende de nosotros? Es lo único, desde luego, entre todas las cosas, que sí depende de nosotros. Ni la riqueza depende de nosotros, ni la salud, ni la reputación, ni en general ninguna otra cosa excepto el uso correcto de las representaciones. Solo esto es por naturaleza libre de impedimentos, solo esto libre de obstáculos. Entonces, ¿por qué no completáis la obra? Decidme la causa. Pues o viene de mi parte, o de la vuestra, o de la naturaleza del asunto. El asunto mismo es posible y solo depende de nosotros. Luego o es por mi culpa, o por la vuestra, o, lo que es más cierto, por ambos. ¿Qué entonces? ¿Queréis que empecemos de una vez a traer aquí tal propósito? Dejemos lo de hasta ahora. Empecemos solamente, creedme, y veréis.
Capítulo20Contra epicúreos y académicos
Las proposiciones sanas y evidentes son necesariamente utilizadas incluso por quienes las contradicen. Y casi se podría considerar esta la mayor prueba de que algo es evidente: que necesariamente se descubre que incluso quien lo contradice debe servirse de ello. Por ejemplo, si alguien contradijera que existe algo universalmente verdadero, es claro que este debe hacer la afirmación contraria: nada es universalmente verdadero. Esclavo, ¿ni siquiera esto? Pues ¿qué otra cosa es esto sino algo como: si algo es universal, es falso? De nuevo, si alguien se presenta diciendo: «Entiende que nada es cognoscible, sino que todo es incierto», u otro que: «Créeme y te beneficiarás: no hay que creer a nadie», o de nuevo otro: «Aprende de mí, hombre, que nada es posible aprender; yo te digo esto y te lo enseñaré, si quieres»; entonces, ¿en qué se diferencian de estos —¿quiénes?— los que se llaman a sí mismos académicos? «¡Oh hombres, asentid a que nadie asiente! ¡Creednos que nadie cree en nadie!»
Así también Epicuro, cuando quiere suprimir la comunidad natural de los hombres entre sí, se sirve de aquello mismo que suprime. Pues ¿qué dice? «No os dejéis engañar, hombres, ni seducir ni equivocar: no existe comunidad natural entre los seres racionales. ¡Creedme! Los que dicen lo contrario os engañan y os embaucan». ¿Y a ti qué te importa? Déjanos ser engañados. ¿Acaso saldrás peor si todos los demás nos convencemos de que tenemos comunidad natural entre nosotros y de que hay que preservarla a toda costa? Será mucho mejor y más seguro. Hombre, ¿por qué te preocupas por nosotros, por qué pasas la noche en vela por nosotros, por qué enciendes la lámpara, por qué te levantas, por qué escribes libros tan grandes? ¿Para que ninguno de nosotros sea engañado respecto a los dioses, creyendo que cuidan de los hombres, o para que nadie suponga otra esencia del bien que el placer? Pues si las cosas son así, tírate a dormir y haz lo propio del gusano, del que te juzgaste digno: come y bebe y copula y defeca y ronca. ¿Y qué te importa a ti cómo opinen los demás sobre estas cosas, si sanamente o no sanamente? Pues ¿qué tenemos que ver contigo? ¿Acaso te importan las ovejas porque se nos ofrecen a sí mismas para ser esquiladas y ordeñadas y, finalmente, degolladas? ¿No sería deseable, si los hombres pudieran ser hechizados y encantados por los estoicos, dormirse y ofrecerse a sí mismos para que tú y los de tu clase los esquiléis y ordeñéis? Pues esto debías decirlo a los compañeros epicúreos, no a aquellos † ocultarse, sino persuadir a aquellos ante todo por encima de todos, de que por naturaleza hemos nacido sociables, de que la continencia es un bien, para que todo se te conserve? ¿O hay que preservar esta comunidad con unos sí y con otros no? ¿Con quiénes hay que preservarla entonces? ¿Con los que la preservan recíprocamente o con los que la transgreden? ¿Y quiénes la transgreden más que vosotros, los que habéis establecido estas doctrinas?
¿Qué era, entonces, lo que lo despertaba de los sueños y lo obligaba a escribir lo que escribía? ¿Qué otra cosa sino lo más poderoso de todo lo que hay en los hombres, la naturaleza, arrastrándolo hacia su voluntad aunque él se resistía y gemía? «Porque como te parece que estas cosas son antisociales, escríbelas y déjalas a otros y pasa la noche en vela por ellas, y conviértete tú mismo en acusador por obra de tus propias doctrinas». Luego decimos que Orestes era despertado de los sueños perseguido por las Erinias; pero ¿no tenía este Erinias y Castigos más terribles que lo despertaban mientras dormía y no le permitían descansar, sino que lo obligaban a proclamar sus propios males como la locura y el delirio a los galos? Así de poderosa e invencible es la naturaleza humana. Pues ¿cómo puede una vid moverse no como vid, sino como olivo, o un olivo a su vez no como olivo, sino como vid? Es imposible, inconcebible. Tampoco, pues, es posible destruir completamente en un hombre los movimientos humanos, y ni siquiera los castrados pueden cortar los impulsos propios de los varones. Así también Epicuro cortó todo lo propio del hombre, lo del padre de familia, lo del ciudadano y lo del amigo, pero no cortó los impulsos humanos: no podía, no más de lo que los académicos perezosos pueden desechar o cegar sus propios sentidos, aunque esto es precisamente lo que más se han empeñado en hacer.
¿O de desgracia? Alguien que ha recibido de la naturaleza medidas y normas para conocer la verdad, en lugar de esforzarse en completarlas y perfeccionar lo que les falta, hace todo lo contrario: si tiene algún medio de reconocer la verdad, intenta arrancarlo y destruirlo. ¿Qué dices, filósofo? La piedad y lo sagrado, ¿qué te parecen? «Si quieres, demostraré que son un bien.» Sí, demuéstralo, para que nuestros conciudadanos se vuelvan hacia lo divino y lo honren, y dejen de una vez de ser negligentes en las cosas más importantes. «¿Tienes las demostraciones?» Las tengo, y estoy agradecido. «Pues ya que eso te agrada tanto, toma lo contrario: que los dioses no existen, o si existen, no se ocupan de los hombres ni tenemos nada en común con ellos, y esa piedad y devoción de que hablan la mayoría de los hombres es una mentira de charlatanes y sofistas o, por Zeus, de legisladores para infundir miedo y contener a los malhechores.» ¡Bien, filósofo! Has beneficiado a nuestros conciudadanos, has recuperado a los jóvenes que ya se inclinaban al desprecio de lo divino. «¿Qué pasa? ¿No te gusta esto? Toma ahora cómo la justicia no es nada, cómo el pudor es necedad, cómo un padre no es nada, cómo un hijo no es nada.» ¡Bien, filósofo! Continúa, convence a los jóvenes, para que tengamos más que piensen y hablen como tú. Gracias a estos discursos crecieron entre nosotros las ciudades bien gobernadas, Esparta nació gracias a estos discursos, Licurgo les infundió estas convicciones mediante sus leyes y su educación: que ser esclavo no es más vergonzoso que honorable ni ser libre más honorable que vergonzoso, los que murieron en las Termópilas murieron por estas doctrinas, y los atenienses ¿por qué otros discursos abandonaron su ciudad? Y luego los que dicen estas cosas se casan, tienen hijos, participan en política y se nombran a sí mismos sacerdotes y profetas. ¿De quiénes? ¿De los que no existen? Y ellos mismos consultan a la Pitia para recibir respuestas falsas y explican los oráculos a otros. ¡Qué gran desvergüenza y charlatanería!
Hombre, ¿qué haces? Te refutas a ti mismo cada día y no quieres abandonar estos argumentos tan fríos. Cuando comes, ¿adónde llevas la mano? ¿A la boca o al ojo? Cuando te bañas, ¿dónde entras? ¿Cuándo llamaste al caldero «lámpara» o al cucharón «espetón»? Si yo fuera esclavo de uno de ellos, aunque tuviera que recibir de él una paliza diaria, yo lo torturaría. «Muchacho, echa aceite en el baño.» Yo habría echado salmuera y al llegar se la habría derramado sobre la cabeza. «¿Qué es esto?» «Tuve una impresión sensorial de aceite indistinguible, muy parecida, por tu fortuna.» «Trae aquí la papilla.» Le habría llevado un plato lleno de vinagre con salmuera. «¿No pedí la papilla?» «Sí, señor; esto es papilla.» «¿Esto no es vinagre con salmuera?» «¿Por qué más que papilla?» «Tómalo y huélelo, tómalo y pruébalo.» «¿Cómo sabes si nuestros sentidos nos engañan?» Si hubiera tenido tres o cuatro compañeros esclavos de acuerdo conmigo, habría hecho que se ahorcara reventando o que cambiara de opinión. Pero ahora se burlan de nosotros usando todo lo que nos da la naturaleza, mientras con palabras lo destruyen.
¡Qué hombres tan agradecidos y respetuosos! Si nada más, comiendo pan cada día se atreven a decir que «no sabemos si existe Deméter o Core o Plutón»; por no mencionar que disfrutando de la noche y el día y de las estaciones del año y de los astros y del mar y de la tierra y de la cooperación de los hombres, no se sienten conmovidos en absoluto por nada de esto, sino que solo buscan vomitar el problemita y, tras ejercitar el estómago, irse al baño. Qué dirán y sobre qué o ante quiénes, y qué resultará de estos discursos para ellos, ni siquiera lo han pensado un poco: no sea que algún joven noble, al oír estos discursos, sufra algo por culpa de ellos o, habiéndolo sufrido, pierda todas las semillas de su nobleza; no sea que proporcionemos a algún adúltero motivos para desvergonzarse en sus actos; no sea que alguno de los que malversan fondos públicos se apropie de alguna sutileza de estos discursos; no sea que alguno que descuida a sus padres saque además de estos algún atrevimiento. ¿Qué es entonces para ti bueno o malo, vergonzoso u honorable? ¿Esto o esto? ¿Y qué? ¿Todavía alguien contradice esto o da o recibe argumentos o intenta hacer cambiar de opinión? Por Zeus, más podría uno esperar hacer cambiar de opinión a los invertidos que a los que están tan ensordecidos y cegados.
Capítulo21Sobre la incoherencia
De los males que tienen, algunas cosas las reconocen fácilmente los hombres, otras no tan fácilmente. Nadie, pues, admitirá que es necio o insensato, sino todo lo contrario, oirás a todos decir: «Ojalá tuviera tanta suerte como tengo juicio». Pero reconocen fácilmente que son cobardes y dicen: «Soy algo cobarde, lo admito; pero en lo demás no me encontrarás necio». Incontinente no lo reconocerá fácilmente nadie, injusto en absoluto, envidioso no mucho, o entrometido, compasivo la mayoría. ¿Cuál es entonces la causa? La principal es la incoherencia y la confusión en lo relativo a los bienes y males, pero también hay otras causas según las personas, y en general no admiten del todo aquellas cosas que les parecen vergonzosas; la cobardía se la imaginan propia de un carácter benévolo, y la compasión también, pero la necedad completamente propia de un esclavo; y tampoco admiten del todo las faltas relacionadas con la comunidad. Pero en la mayoría de las faltas se inclinan principalmente a reconocerlas en esto: porque se imaginan que hay en ellas algo de involuntario, como en lo cobarde y lo compasivo. Y si alguien admite en algún momento que es incontinente, añade el amor, para ser perdonado como por algo involuntario. Lo injusto, en cambio, de ningún modo se lo imaginan involuntario. También en los celos hay algo, según creen, de involuntario; por eso también lo admiten.
Viviendo, pues, entre tales hombres, tan confundidos, que no saben ni lo que dicen ni qué mal tienen ni si lo tienen ni por qué lo tienen ni cómo dejarán de tenerlo, creo que vale la pena que uno mismo se pregunte continuamente: «¿No seré yo también uno de ellos? ¿Qué opinión tengo sobre mí mismo? ¿Cómo me trato? ¿Acaso como a un sabio? ¿Acaso como a un hombre dueño de sí? ¿Digo yo también alguna vez esto: que estoy preparado para lo que venga? ¿Tengo la conciencia que debe tener el que no sabe nada, de que no sé nada? ¿Voy al maestro como quien va a los oráculos, preparado para obedecer? ¿O también yo entro en la escuela lleno de mocos solo para aprender la teoría y entender los libros que antes no entendía y, si se da el caso, para explicárselos a otros?» Hombre, has peleado en casa con tu esclavito, has puesto la casa patas arriba, has alborotado a los vecinos; ¿y vienes con aires de sabio y te sientas a juzgar cómo he explicado el pasaje, cómo he parloteado sin sentido lo que se me ocurrió? Has venido lleno de envidia, humillado porque no te llega nada de casa, y te sientas mientras se dicen los discursos sin pensar en otra cosa que en cómo se comporta tu padre contigo o tu hermano. «¿Qué dice esa gente allí sobre mí? Ahora pensarán que progreso y dirán: "Volverá sabiéndolo todo". Quisiera de algún modo volver tras haberlo aprendido todo, pero hace falta mucho esfuerzo y nadie me envía nada y en Nicópolis los baños son miserables y en casa mal y aquí mal.»
Y luego dicen: «Nadie se beneficia de la escuela». Pues ¿quién viene a la escuela, quién viene como quien va a curarse? ¿Quién como quien va a presentar sus opiniones para que sean purificadas? ¿Quién a darse cuenta de qué necesita? ¿Entonces por qué os asombráis si os lleváis de la escuela precisamente lo mismo que traéis? Pues no venís para dejarlo o corregirlo o recibir otra cosa en su lugar. ¿De dónde? Ni de cerca. Mirad al menos esto: si conseguís aquello por lo que venís. Queréis hablar sobre las doctrinas. ¿Qué entonces? ¿No os volvéis más parlanchines? ¿No os proporcionan materia para luciros esas doctrinitas? ¿No analizáis silogismos, proposiciones variables? ¿No examinais las premisas del Mentiroso, las proposiciones hipotéticas? ¿Por qué entonces seguís indignándoos si obtenéis aquello por lo que venís? «Sí, pero si muere mi hijo o mi hermano, o tengo que morir yo o ser torturado, ¿de qué me servirán esas cosas?» ¿Acaso viniste para eso? ¿Acaso por eso te has sentado junto a mí? ¿Acaso por eso alguna vez encendiste una lámpara o pasaste la noche en vela? ¿O al salir al paseo te propusiste alguna vez a ti mismo alguna representación mental en vez de un silogismo y la examinaste en común? ¿Dónde jamás? Y luego decís: «Las doctrinas son inútiles». ¿Para quiénes? Para los que no las usan como se debe. Pues los colirios no son inútiles para los que se untan cuándo y cómo se debe, los emplastos no son inútiles, las pesas no son inútiles, pero son inútiles para unos, en cambio útiles para otros. Si me preguntas ahora: «¿Son útiles los silogismos?», te diré que son útiles, y si quieres, te demostraré cómo. «¿Entonces me han sido útiles a mí?» Hombre, ¿acaso no preguntaste si eran útiles para ti, sino en general? Que me pregunte también el disentérico si es útil el vinagre; diré que es útil. «¿Entonces es útil para mí?» Diré que no. Busca primero que se detenga tu flujo, que se cierren tus úlceras. También vosotros, hombres, curad primero las úlceras, detened los flujos, aquietad la mente, traedla a la escuela sin distracciones; y sabréis qué poder tiene la razón.
Capítulo22Sobre la amistad
Es natural que uno ame aquello en lo que ha puesto su empeño. ¿Acaso los hombres han puesto su empeño en las cosas malas? De ningún modo. ¿Pero quizá en las que no les conciernen? Tampoco en estas. Queda, pues, que solo han puesto su empeño en las cosas buenas; y si han puesto su empeño, también las aman. Quien, por tanto, tiene conocimiento de los bienes, ese también sabría amar; pero el que no puede distinguir los bienes de los males y las cosas indiferentes de ambos, ¿cómo podría aún amar? Solo del sabio, por tanto, es propio el amar.
«¿Y cómo?», dice alguien. «Yo, aunque soy un insensato, amo a mi hijo».
Me sorprende, por los dioses, que primero hayas admitido que eres un insensato. ¿Pues qué te falta? ¿Acaso no usas tus sentidos, no distingues las impresiones, no le proporcionas a tu cuerpo el alimento adecuado, abrigo, vivienda? Entonces, ¿por qué admites que eres un insensato? Porque, por Zeus, muchas veces te trastornan las impresiones, te alteran y te vencen sus apariencias persuasivas; y unas veces consideras que estas cosas son buenas, luego que esas mismas son malas, después que ninguna de las dos; y en general te afliges, temes, envidias, te alteras, cambias; por eso admites que eres un insensato. Pero ¿acaso no cambias en el amar? ¿No es cierto que a las riquezas, al placer y en general a las cosas mismas unas veces las consideras buenas, otras malas? Pero a las mismas personas, ¿no las consideras a veces buenas, a veces malas? ¿Y no te comportas con ellas a veces amigablemente, a veces con hostilidad, y a veces las elogias, a veces las criticas?
«Sí, también padezco esto».
¿Y qué? El que está engañado respecto a alguien, ¿te parece que es su amigo?
«De ninguna manera».
¿Ni el que lo ha escogido con disposición cambiante es benévolo con él?
«Tampoco éste».
¿Y el que ahora insulta a alguien pero luego lo admira?
«Tampoco éste».
¿Qué, entonces? ¿Nunca has visto perritos que se halagan y juegan entre sí, de modo que dirías «nada hay más amistoso»? Pero para ver qué es la amistad, arroja carne en medio de ellos y lo sabrás. Arroja también entre ti y tu hijo un pedazo de tierra y sabrás cómo tu hijo quiere enterrarte rápidamente y tú rezas porque el hijo muera. Luego dirás de nuevo: «¡Qué hijo crié! Hace tiempo que espera sacarme en procesión». Echa en medio una muchacha atractiva y tanto el viejo como el joven la amarán; o si prefieres, un poco de gloria. Y si hay que correr peligro, dirás las palabras del padre de Admeto: «[¿Te alegras de ver la luz, pero no crees que se alegre tu padre?]».
«Quieres ver la luz, ¿pero no crees que tu padre quiera verla?». ¿Crees que aquél no amaba a su propio hijo cuando era pequeño, que no se angustiaba cuando tenía fiebre ni decía muchas veces «ojalá yo tuviera la fiebre en su lugar»? Pero luego, cuando llega el momento y se acerca, mira qué palabras pronuncian. Eteocles y Polinices, ¿no eran de la misma madre y del mismo padre? ¿No se habían criado juntos, convivido, bebido juntos, dormido juntos, se habían besado muchas veces? De modo que si alguien los hubiera visto, creo que se habría reído de los filósofos por las paradojas que dicen sobre la amistad. Pero cuando cae en medio, como carne, la tiranía, mira qué dicen: «¿Dónde te situarás frente a las torres?». «¿Por qué me preguntas esto?». «Me opondré matándote». «Y a mí me posee el mismo deseo». Y hacen tales plegarias.
Pues en general —no os engañéis— ningún ser vivo está tan unido a nada como a su propio interés. Así que cualquier cosa que le parezca que obstaculiza esto, ya sea hermano, padre, hijo, amado o amante, lo odia, rechaza, maldice. Pues nada está hecho por naturaleza para amar como a su propio interés: esto es padre, hermano, parientes, patria y dios. Por lo menos cuando los dioses nos parecen obstaculizar esto, los injuriamos, derribamos sus estatuas y prendemos fuego a sus templos, como Alejandro ordenó quemar los santuarios de Asclepio cuando murió su amado. Por eso, si alguien sitúa en el mismo lugar el interés, lo piadoso, lo bello, la patria, los padres y los amigos, todo esto se salva; pero si pone el interés en un lugar y a los amigos, la patria, los parientes y la justicia misma en otro, todo esto desaparece aplastado por el interés. Pues donde estén el «yo» y lo «mío», allí necesariamente se inclina el ser vivo: si está en la carne, allí está lo que gobierna; si en la capacidad de elección, allí; si en las cosas externas, allí. Por tanto, si yo estoy allí donde está mi capacidad de elección, sólo así seré también amigo como es debido, hijo y padre. Pues me convendrá conservar la lealtad, el pudor, la paciencia, la abstención y la colaboración, mantener las relaciones. Pero si me sitúo en un lugar y lo bello en otro, entonces se fortalece el argumento de Epicuro que afirma que o lo bello no existe o, si acaso, es sólo lo que tiene buena reputación.
Por esta ignorancia se enemistaron los atenienses y los lacedemonios, los tebanos con ambos, el Gran Rey con Grecia, los macedonios con ambos, y ahora los romanos con los getas, y aún antes sucedió por esto lo de Troya. Alejandro era huésped de Menelao, y si alguien los hubiera visto agasajándose mutuamente, habría desconfiado del que dijera que no eran amigos. Pero se arrojó en medio un pedacito, una mujercita atractiva, y por ella hubo guerra. Y ahora cuando veas amigos o hermanos que parecen estar en concordia, no te pronuncies inmediatamente sobre su amistad, aunque juren, aunque digan que les es imposible separarse el uno del otro. No es digna de confianza la facultad rectora del hombre malo; es inestable, incapaz de juzgar, vencida ora por una impresión, ora por otra. Sino examina no lo que examinan los demás, si son de los mismos padres, criados juntos y bajo el mismo pedagogo, sino sólo esto: dónde sitúan su interés, si en lo externo o en la capacidad de elección. Si en lo externo, no los llames amigos, no más que leales o firmes o confiados o libres, sino ni siquiera hombres, si tienes sensatez. Pues no es un principio humano el que los hace morderse y difamarse mutuamente, ocupar lugares desiertos o las plazas como las montañas, y comportarse en los tribunales como bandidos; ni el que los vuelve intemperantes, adúlteros y corruptores, ni cuantas otras cosas faltan los hombres entre sí por una sola creencia, la de situarse a sí mismos y lo suyo en las cosas que no dependen de la capacidad de elección. Pero si oyes que en verdad estos hombres creen que el bien está sólo donde hay capacidad de elección, donde hay uso correcto de las impresiones, ya no investigues más ni si es hijo y padre, ni si son hermanos, ni si han frecuentado juntos largo tiempo como compañeros, sino que conociendo sólo esto, declara con confianza que son amigos, así como que son leales, que son justos. Pues ¿dónde más hay amistad sino donde hay lealtad, donde hay pudor, donde hay entrega a lo bello y a nada más?
«Pero me ha atendido durante tanto tiempo, ¿y no me amaba?». ¿De dónde sabes, esclavo, si te ha atendido como limpia sus propios zapatos, como cuida a su bestia? ¿De dónde sabes si, cuando pierdas tu utilidad como vasija, no te arrojará como un plato roto? «Pero es mi esposa y hemos convivido tanto tiempo». ¿Y cuánto convivió Erifile con Anfiarao, y era madre de hijos, y de muchos? Pero llegó en medio un collar. ¿Y qué es un collar? La creencia sobre tales cosas. Eso era lo bestial, eso era lo que rompía la amistad, lo que no permitía que la esposa fuera esposa, que la madre fuera madre. Y cada uno de vosotros que se haya esforzado o por ser él mismo amigo de alguien o por conseguir otro amigo, que arranque estas creencias, que las odie, que las expulse de su propia alma. Y así en primer lugar él mismo no se injuriará a sí mismo, no luchará contra sí, no se arrepentirá, no se atormentará; luego también respecto a otro, será sencillamente y en todo caso amigo del semejante, y del desemejante será tolerante, suave con él, manso, indulgente, como con uno que yerra, como con uno que se equivoca en las cuestiones más importantes; con nadie será áspero, puesto que sabe con precisión la sentencia de Platón: que toda alma se ve privada de la verdad involuntariamente. Si no es así, haréis todas las demás cosas que hacen los amigos: beberéis juntos, habitaréis juntos, navegaréis juntos y seréis del mismo origen; y también las serpientes lo son; pero ni ellas ni vosotros seréis amigos, mientras tengáis estas creencias bestiales y detestables.
Capítulo23Sobre la facultad de hablar
Todo el mundo leería un libro con más gusto y más fácilmente si estuviera escrito con letras más claras. Así pues, ¿no escucharía también todo el mundo más fácilmente discursos que estuvieran expresados con palabras al mismo tiempo elegantes y apropiadas? No hay que decir, entonces, que no existe ninguna facultad expresiva; pues esto es propio a la vez de un hombre impío y de un cobarde. De un impío, porque desprecia los dones de dios, como si suprimiera la utilidad de la facultad visual, o de la auditiva, o de la misma facultad vocal. ¿Acaso en vano te dio dios los ojos, en vano mezcló en ellos un espíritu tan poderoso y hábil que, alcanzando a gran distancia, modela las formas de las cosas vistas? ¿Y qué mensajero es tan veloz y diligente? ¿Y en vano hizo también el aire intermedio tan activo y tenso que, al extenderse de algún modo a través de él, penetra la visión? ¿Y en vano hizo la luz, sin cuya presencia nada de lo demás sería útil?
Hombre, no seas desagradecido ni tampoco olvides lo que es superior, sino da gracias a dios por el ver y el oír y, por Zeus, por la vida misma y por lo que colabora con ella: por los frutos secos, por el vino, por el aceite. Pero recuerda que te ha dado algo superior a todo esto: la facultad que los usa, la que los examina, la que calcula el valor de cada uno. Pues ¿qué es lo que se pronuncia acerca de cada una de estas facultades, cuánto vale cada una de ellas? ¿Acaso cada facultad por sí misma? ¿Has oído alguna vez a la facultad de la vista hablar algo sobre sí misma? ¿O a la del oído? [¿O al trigo? ¿O a la cebada? ¿O al caballo? ¿O al perro?] No, sino que están organizadas como sirvientas y esclavas para servir a la facultad que usa las representaciones. Y si preguntas cuánto vale cada cosa, ¿a quién preguntas? ¿Quién te responde? ¿Cómo, entonces, puede ser otra facultad superior a esta, que utiliza a las demás como sirvientas y examina ella misma cada una y se pronuncia? Pues ¿cuál de aquellas sabe qué es ella misma y cuánto vale? ¿Cuál de aquellas sabe cuándo debe usarse y cuándo no? ¿Cuál es la que abre y cierra los ojos y los aparta de lo que deben evitar y los dirige hacia lo demás? ¿La facultad de la vista? No, sino la de la elección moral. ¿Cuál es la que cierra y abre los oídos? ¿Mediante la cual somos curiosos e indiscretos o, por el contrario, permanecemos inmóviles ante el argumento? ¿La auditiva? Ninguna otra sino la facultad de la elección moral. Así que esta, viendo que se encuentra entre todas las demás facultades ciegas y sordas, incapaces de ver nada más que aquellas tareas para las que están asignadas a servirla y ayudarla, mientras que ella sola ve agudamente y contempla tanto a las demás, cuánto vale cada una, como a sí misma, ¿nos va a declarar que algo distinto de ella misma es lo más excelente? Y cuando un ojo se abre, ¿qué hace sino ver? Pero si debe mirarse a la mujer de alguien y cómo, ¿quién lo dice? La elección moral. Y si debe confiarse en lo que se ha dicho o desconfiar, y si al confiar debe uno irritarse o no, ¿quién lo dice? ¿No es la elección moral? Y esta facultad de la expresión y del embellecimiento de las palabras, si es que acaso existe como facultad propia, ¿qué hace sino, cuando surge un discurso sobre algo, embellecer las palabras y componerlas como los peluqueros con el cabello? Pero si es mejor hablar o callar, y mejor así o de otro modo, y si esto es apropiado o no, y la ocasión de cada cosa y su utilidad, ¿quién más lo dice sino la elección moral? ¿Quieres, entonces, que ella se presente y vote en contra de sí misma?
«¿Qué pasa entonces?», dice, «si las cosas son así, ¿puede lo que sirve ser superior a aquello a lo que sirve, el caballo al jinete o el perro al cazador o el instrumento al citarista o los sirvientes al rey?». ¿Qué es lo que usa? La elección moral. ¿Qué se ocupa de todo? La elección moral. ¿Qué destruye al hombre entero, a veces por hambre, a veces por ahorcamiento, a veces despeñándolo? La elección moral. ¿Hay entonces algo más fuerte que esto entre los hombres? ¿Y cómo es posible que las cosas impedibles sean más fuertes que lo inimpedible? ¿Qué puede por naturaleza obstaculizar la facultad de la vista? Tanto la elección moral como las cosas que no dependen de la elección moral. Lo mismo a la auditiva, e igualmente a la de la expresión. Pero a la elección moral, ¿qué puede por naturaleza obstaculizarla? Ninguna cosa que no dependa de ella, sino ella misma cuando se pervierte. Por eso el vicio y la virtud solo se dan en ella.
Siendo, pues, una facultad tan grande y puesta al frente de todas las demás, que se presente ante nosotros y nos diga que lo más excelente de lo que existe es la carne. Ni siquiera si la carne misma dijera que ella es lo más excelente lo aguantaría uno. Pero ahora, ¿qué es, Epicuro, lo que hace estas declaraciones? ¿Lo que escribió Sobre el fin, lo que escribió las Físicas, lo que escribió Sobre el criterio? ¿Lo que se dejó crecer la barba? ¿Lo que escribió al morir: «Pasamos el último y feliz día»? ¿La carne o la elección moral? ¿Entonces admites que tienes algo superior a esto y no estás loco? ¿Así de ciego a las verdades y sordo eres?
¿Qué entonces? ¿Deshonra alguien las demás facultades? No lo permitan los dioses. ¿Dice alguien que no hay utilidad ni provecho... de la facultad de la elección moral? No lo permitan los dioses. Eso sería insensato, impío, desagradecido con dios. Más bien le da a cada una su valor. Pues hay una utilidad también del asno, pero no tanta como la del buey; hay también la del perro, pero no tanta como la del esclavo; hay también la del esclavo, pero no tanta como la de los ciudadanos; hay también la de estos, pero no tanta como la de los gobernantes. Sin embargo, no porque haya otras superiores hay que despreciar la utilidad que brindan las demás. Hay un valor también de la facultad de la expresión, pero no tanto como el de la elección moral. Cuando digo esto, que nadie piense que os pido descuidar la expresión; pues tampoco os pido descuidar los ojos ni los oídos ni las manos ni los pies ni el vestido ni el calzado. Pero si me preguntas «¿qué es entonces lo más excelente de lo que existe?», ¿qué debo decir? ¿La facultad de la expresión? No puedo; sino la de la elección moral, cuando se hace recta. Pues esta es la que usa también aquella y todas las demás facultades pequeñas y grandes. Cuando esta se endereza, el hombre se vuelve bueno; cuando falla, el hombre se vuelve malo. Por ella somos desafortunados, afortunados, nos reprochamos unos a otros, quedamos satisfechos; en suma, lo que si pasa inadvertido produce desdicha, pero si recibe atención produce felicidad.
Pero eliminar la facultad de la expresión y decir que no es nada para las verdades no solo es propio de un desagradecido con los que la dieron, sino también de un cobarde. Pues el que hace tal cosa me parece temer que, si existe alguna facultad en ese ámbito, no podamos despreciarla. De ese tipo son también los que dicen que no hay diferencia entre belleza y fealdad. ¿Entonces era lo mismo conmoverse al ver a Tersites que a Aquiles? ¿Lo mismo a Helena que a cualquier mujer? Y estas son necedades groseras de quienes no conocen la naturaleza de cada cosa, sino que temen que si alguien percibe la diferencia, de inmediato sea arrastrado, vencido y se marche. Pero lo importante es esto: dejar a cada cual la facultad que tiene y, dejándola, ver el valor de la facultad y conocer lo más excelente de lo que existe, y perseguir esto en todo, dedicarse a esto, hacer todo lo demás secundario en relación con esto, sin descuidar tampoco aquello en la medida de lo posible. Pues hay que ocuparse también de los ojos, pero no como si fueran lo más excelente, sino también de estos a causa de lo más excelente; porque aquello no estará conforme a la naturaleza a menos que razone bien en estas cosas y elija unas sobre otras.
¿Qué es entonces lo que sucede? Es como si alguien que vuelve a su propia patria y que pasa por una posada hermosa, complacido por la posada, se quedara en ella. Hombre, ¿has olvidado tu propósito? No ibas hacia este lugar, sino a través de él. «Pero este es agradable». ¿Cuántas otras posadas agradables hay, cuántos prados? Pero solo como lugar de paso. Lo que estaba propuesto era aquello: volver a la patria, liberar a los tuyos del temor, cumplir tú mismo los deberes del ciudadano, casarte, tener hijos, ocupar los cargos acostumbrados. Pues no has venido a elegir los lugares más agradables, sino a vivir en aquellos donde naciste y de los que fuiste constituido ciudadano. Algo parecido sucede también aquí. Puesto que es necesario llegar a la perfección mediante el razonamiento y tal transmisión, y purificar la propia elección moral y preparar correctamente la facultad que usa las representaciones, y puesto que la transmisión debe hacerse mediante ciertos teoremas y mediante una expresión determinada y con cierta variedad y agudeza de los teoremas, algunos, capturados por estas mismas cosas, se quedan allí, uno por la expresión, otro por los silogismos, otro por los argumentos cambiantes, otro por alguna otra posada de ese tipo, y permaneciendo allí se pudren como junto a las Sirenas.
Hombre, lo que estaba propuesto era que te prepararas para usar las representaciones que se presentan conforme a la naturaleza, en el deseo infalible, en la aversión sin caídas, que nunca seas desafortunado, nunca seas desdichado, libre, sin impedimentos, sin coacciones, armonizando con la administración de Zeus, obedeciéndola, satisfecho con ella, sin reprochar a nadie, sin acusar a nadie, capaz de decir estos versos con toda el alma: «Condúceme, oh Zeus, y tú, Destino». Entonces, teniendo este propósito, porque te ha complacido una expresión, porque te han complacido ciertos teoremas, te quedas allí y eliges habitar olvidando a los que tienes en casa y dices «Estas cosas son agradables». ¿Pues quién dice que no son agradables? Pero como lugar de paso, como posada. Pues ¿qué impide que quien habla como Demóstenes sea desafortunado? ¿Qué impide que quien analiza silogismos como Crisipo sea miserable, esté de luto, tenga envidia, en suma, esté perturbado, sea desdichado? Nada. ¿Ves entonces que estas eran posadas sin valor alguno, y que lo propuesto era otra cosa? Cuando digo esto a algunos, creen que rechazo el cuidado de la expresión o el de los teoremas. Pero yo no rechazo esto, sino el estar ocupado en estas cosas indefinidamente y poner en ellas las esperanzas propias. Si alguien que presenta esto daña a los oyentes, ponedme también a mí entre los que dañan. Pero no puedo, viendo que lo más excelente y lo más importante es algo, decir que es otra cosa para complaceros.
Capítulo24A cierto hombre que no fue atendido por él
Habiéndole dicho alguien: «Muchas veces, deseando escucharte, vine a ti y nunca me respondiste; y ahora, si es posible, te ruego que me digas algo», dijo: «¿Te parece que, así como hay un arte para cualquier otra cosa, también hay uno para hablar, que quien lo posee hablará con pericia, y quien no lo posee sin pericia?». «Me parece». «¿Entonces el que por medio del hablar se beneficia él mismo y es capaz de beneficiar a otros, este hablaría con pericia, mientras que el que más bien se daña y daña sería inexperto en este arte del hablar? Encontrarías a unos que se dañan y a otros que se benefician. Y los que escuchan, ¿todos se benefician de lo que escuchan o también de estos encontrarías a unos que se benefician y a otros que se dañan?». «También de estos», dijo. «¿Entonces también aquí, cuantos escuchan con pericia se benefician, mientras cuantos lo hacen sin pericia se dañan?». Lo admitió. «¿Hay entonces cierta pericia, así como para hablar, también para escuchar?». «Parece». «Si quieres, examínalo también de este modo. Lo de tocar musicalmente, ¿de quién te parece que es?». «Del músico». «¿Qué entonces? Construir una estatua como se debe, ¿de quién te parece?». «Del escultor». «¿El ver con pericia no te parece que necesita arte alguno?». «También esto lo necesita». «¿Entonces, si también el hablar como se debe es propio del experto, ves que también el escuchar provechosamente es propio del experto? Y lo de perfectamente y provechosamente, si quieres, dejémoslo por el momento, puesto que ambos estamos lejos de todo eso. Pero esto creo que todos me lo concederían: que el que va a escuchar a los filósofos necesita cierto entrenamiento en el escuchar. ¿O no?».
¿Sobre qué, entonces, te hablo? Dímelo. ¿Sobre qué puedes escuchar? ¿Sobre bienes y males? ¿De quién? ¿Acaso de un caballo? —No. —¿Sino de un buey? —No. —¿Qué, entonces? ¿Del ser humano? —Sí. —¿Sabemos, entonces, qué es el ser humano, cuál es su naturaleza, cuál es su concepto? ¿Tenemos los oídos al menos algo abiertos a este asunto? ¿Comprendes qué es la naturaleza, o puedes al menos seguirme un poco cuando hablo? ¿Pero es que voy a usar demostraciones contigo? ¿Cómo? ¿Acaso comprendes esto mismo, qué es una demostración o cómo se demuestra algo o mediante qué? ¿O qué cosas son semejantes a una demostración pero no son una demostración? ¿Qué es verdadero sabes, o qué es falso? ¿Qué se sigue de qué, qué se opone a qué, o qué es contradictorio o incompatible? ¿Pero es que te impulso hacia la filosofía? ¿Cómo te muestro el conflicto de la mayoría de los seres humanos, por el cual discrepan sobre bienes y males y sobre lo conveniente y lo inconveniente, cuando no sabes qué es siquiera el conflicto mismo? Muéstrame, pues, qué voy a conseguir dialogando contigo. Despierta en mí el deseo. Así como la hierba apropiada, al aparecer ante una oveja, le despierta el deseo de comer, pero si le pones una piedra o pan, no se moverá, así también nosotros tenemos ciertos deseos naturales incluso de hablar, cuando aparece alguien que vaya a escucharnos, cuando él mismo nos estimula. Pero si está ahí sentado como una piedra o como hierba, ¿cómo puede despertar el apetito en un ser humano? ¿Acaso la vid le dice al agricultor «cuídame»? No, sino que ella, por sí misma, mostrando que le será provechoso si la cuida, lo invita al cuidado. Los niños simpáticos y vivaces, ¿a quién no invitan a jugar con ellos, a gatear con ellos y a balbucear con ellos? Pero ¿quién tiene ganas de jugar con un burro o de rebuznar con él? Porque aunque sea pequeño, sigue siendo un burrito.
¿Así que no me dices nada? —Solo puedo decirte esto: el que ignora quién es y para qué ha nacido y en qué mundo está y con quiénes lo comparte, y qué son los bienes y los males y lo bello y lo vergonzoso, y no sigue ni el razonamiento ni la demostración, ni qué es verdadero o qué es falso, ni puede distinguir estas cosas, ni deseará según naturaleza ni evitará ni actuará ni se propondrá nada, ni asentirá, ni negará, ni suspenderá el juicio; en una palabra, andará sordo y ciego, creyendo ser alguien cuando no es nadie. ¿Acaso esto es así solo ahora? ¿No es verdad que desde que existe el género humano, desde entonces todos los errores y todas las desgracias han ocurrido por esta ignorancia? Agamenón y Aquiles, ¿por qué se enfrentaban? ¿No fue por no saber qué es conveniente y qué es inconveniente? ¿No dice uno que conviene devolver Criseida a su padre, y el otro dice que no conviene? ¿No dice uno que debe recibir el botín del otro, y el otro que no debe? ¿No fue por esto que olvidaron quiénes eran y por qué habían venido? Vamos, hombre, ¿para qué has venido? ¿A conseguir amantes o a combatir? «A combatir». ¿Contra quiénes? ¿Contra los troyanos o contra los griegos? «Contra los troyanos». ¿Entonces, dejando a Héctor, desenvainás la espada contra tu propio rey? Y tú, excelente, dejando los asuntos del rey, «a quien los pueblos le han sido confiados y tanto le preocupa», ¿te peleas por una jovencita con el más valiente de los aliados, a quien hay que honrar y proteger de todas las maneras? Y te vuelves peor que un elegante sacerdote que cuida con toda atención a los buenos gladiadores. ¿Ves qué cosas produce la ignorancia sobre lo conveniente?
«Pero yo también soy rico». ¿Acaso más rico que Agamenón? «Pero también soy hermoso». ¿Acaso más hermoso que Aquiles? «Pero también tengo un hermoso cabello». ¿Y Aquiles no tenía uno más hermoso y rubio? ¿Y no lo peinaba con cuidado ni lo arreglaba? «Pero también soy fuerte». ¿Acaso puedes levantar una piedra tan grande como Héctor o Áyax? «Pero también soy noble». ¿Acaso de madre diosa, acaso de un padre descendiente de Zeus? ¿De qué le sirven a aquél estas cosas cuando se sienta a llorar por la jovencita? «Pero yo soy orador». ¿Y aquél no lo era? ¿No ves cómo trató a los más hábiles de los griegos en discursos, Odiseo y Fénix, cómo los dejó sin palabras?
Esto es lo único que puedo decirte, y ni siquiera esto con entusiasmo. —¿Por qué? —Porque no me has estimulado. ¿Pues mirando hacia qué me estimularía, como los que aman los caballos se estimulan ante los caballos bien dotados? ¿Hacia tu cuerpecito? Lo adornas de manera vergonzosa. ¿Hacia tu ropa? También la llevas afeminada. ¿Hacia tu postura, hacia tu mirada? Hacia nada. Cuando quieras escuchar a un filósofo, no le digas «¡no me dices nada!», sino solo muéstrate digno de escuchar y verás cómo mueves al que habla.
Capítulo25Por qué son necesarios los estudios de lógica
Como uno de los presentes dijera «convénceme de que los estudios de lógica son útiles», dijo: ¿Quieres que te demuestre esto? —Sí. —¿No es necesario, entonces, que yo utilice un argumento demostrativo? —Cuando asintió: ¿De dónde sabrás, entonces, si te engaño con sofismas? —Como el hombre callara: ¿Ves, dijo, cómo tú mismo reconoces que estas cosas son necesarias, si sin ellas ni siquiera esto mismo puedes aprender: si son necesarias o no lo son?
Capítulo26Qué es propio del error
Todo error contiene una contradicción. Puesto que el que yerra no quiere errar sino acertar, es evidente que no hace lo que quiere. Pues ¿qué quiere hacer el ladrón? Lo que le conviene. Si robar le es inconveniente, entonces no hace lo que quiere. Toda alma racional está naturalmente predispuesta contra la contradicción; y mientras no se dé cuenta de que está en contradicción, nada le impide hacer cosas contradictorias; pero una vez que se da cuenta, hay gran necesidad de que abandone la contradicción y la evite, así como hay amarga necesidad de que niegue lo falso quien percibe que es falso; pero mientras esto no le parezca, asiente a ello como a algo verdadero. Es hábil en el razonamiento, pues, y a la vez exhortador y refutador, aquel que puede mostrar a cada uno la contradicción por la cual yerra, y dejarle claro cómo no hace lo que quiere y hace lo que no quiere. Pues si alguien le muestra esto, él mismo se retractará por sí solo. Pero mientras no se lo muestres, no te sorprendas si persiste; pues lo hace creyendo que acierta. Por eso también Sócrates, confiando en esta capacidad, decía: «Yo no suelo presentar ningún otro testigo de lo que digo, sino que me basta siempre con mi interlocutor, y a él hago votar y lo llamo como testigo, y este solo me basta en lugar de todos». Pues sabía por qué es movida el alma racional: se inclinará como una balanza, quieras o no. Muestra a un principio rector racional la contradicción y se apartará; pero si no se la muestras, acúsate más bien a ti mismo que al que no se deja persuadir.
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