
Teatro isabelino
1564 – 1616 · Stratford-upon-Avon
Actor, socio de su compañía y autor de treinta y ocho obras. No se conserva ni un manuscrito suyo de teatro.
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Hijo de un guantero de un pueblo del centro de Inglaterra, se casó a los dieciocho con Anne Hathaway y en algún momento apareció en Londres como actor y autor. No fue a la universidad, y eso alimentó durante siglos la sospecha absurda de que sus obras las escribió otro.
Fue socio de su compañía —los Lord Chamberlain's Men, luego King's Men— y copropietario del Globe, lo que significa que escribía para actores concretos y para un teatro que conocía palmo a palmo. Ganó dinero, compró la mejor casa de su pueblo y se retiró allí. Sus obras se publicaron reunidas siete años después de su muerte, en el llamado Primer Folio, gracias a dos compañeros de compañía.
Lo que lo separa de todos los demás es el interior de los personajes: antes de él, un personaje de teatro era una función; después, alguien que cambia mientras habla. Hamlet piensa en voz alta y al final del monólogo no piensa lo mismo que al principio.
El teatro isabelino era popular y masivo: se representaba de día, al aire libre, ante un público de pie que pagaba un penique. Escribía para esa mezcla —nobles y aprendices en la misma función— y de ahí que en la misma obra convivan la filosofía y el chiste grueso.
De la más accesible a la más ambiciosa. Las tres son tragedias, que es donde está su cima, aunque escribiera igual de bien comedias e historias.
Antes de él, un personaje de teatro era una función. Hamlet empieza un monólogo pensando una cosa y lo termina pensando otra: eso es nuevo.
El verso marca lo elevado y el rango; la prosa, lo cotidiano, la locura fingida o el pueblo. El cambio de registro siempre significa algo.
Cada tragedia gira sobre un rasgo que arrastra al héroe: la duda de Hamlet, la ambición de Macbeth, los celos de Otelo, la vanidad de Lear.
Hamlet monta una obra para atrapar la conciencia del rey. Shakespeare usa el recurso para recordarle al público que está viendo teatro.
Empieza por «Romeo y Julieta» si nunca has leído teatro clásico: la historia se conoce, el ritmo es rápido y engancha desde la primera escena.
«Macbeth» es la mejor entrada a la tragedia mayor: la más corta, sin subtramas, y avanza como un tiro. Y «Hamlet» al final: es la más larga y la más rica, y su interés está en lo que el protagonista piensa más que en lo que hace.
Aquí hay tres tragedias de las treinta y ocho obras que se le atribuyen. Faltan «Otelo», «El rey Lear», las comedias, las obras históricas y los sonetos.
Para seguir: Sófocles y Eurípides, la tragedia que está reinventando, y Lope de Vega, su contemporáneo exacto al otro lado de Europa.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de William Shakespeare, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Sí. Las teorías que se las atribuyen a Bacon, Marlowe o el conde de Oxford nacieron en el siglo XIX y se apoyan sobre todo en el prejuicio de que un hijo de guantero sin universidad no podía escribir así. No hay pruebas documentales a su favor.
«Macbeth» si se quiere tragedia y brevedad; «Romeo y Julieta» si se prefiere una historia conocida. «Hamlet» da más, pero es la más larga y la más exigente.
Se escribieron para verse, pero se leen perfectamente. Leerlas antes de ver un montaje suele mejorar mucho la función.
Se le atribuyen treinta y ocho, además de los sonetos y dos poemas largos. Algunas se escribieron en colaboración, algo normal en el teatro de la época.
Es un recurso: el verso marca los momentos elevados y los personajes de rango; la prosa, lo cotidiano, la locura fingida o los personajes populares. El cambio siempre significa algo.