Mística española
1542 – 1591 · Ávila, Toledo y Úbeda
Sus propios hermanos de orden lo encerraron nueve meses en un cuarto sin ventana. Allí, sin papel y de memoria, compuso los mejores versos de la lengua.
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Se llamaba Juan de Yepes y nació en 1542 en Fontiveros, un pueblo de Ávila, en una familia pobre. Su padre murió pronto y su madre sacó adelante a los hijos tejiendo. De niño trabajó en un hospital de Medina del Campo, y de ahí pasó a estudiar con los jesuitas y luego en Salamanca.
En 1567 conoció a Teresa de Jesús, que lo convenció para llevar su reforma del Carmelo a la rama masculina. Aquello tenía enemigos dentro de la propia orden, y no eran retóricos: en diciembre de 1577 los carmelitas calzados lo secuestraron y lo encerraron en el convento de Toledo.
Estuvo nueve meses en un cuarto de unos tres metros sin ventana, con azotes en público delante de la comunidad. Buena parte del tiempo no tuvo con qué escribir: compuso de memoria el «Cántico espiritual» y lo puso por escrito cuando un carcelero compasivo le dio papel. En agosto de 1578 escapó descolgándose por un ventanuco con una cuerda hecha de mantas.
Los años siguientes fueron de gobierno y de escritura en Andalucía. Al final volvió a quedar apartado, esta vez por los suyos: murió en Úbeda en diciembre de 1591, enfermo y sin cargo, a los cuarenta y nueve años.
Sus poemas circularon manuscritos y no se imprimieron hasta 1618. Fue canonizado en 1726 y declarado doctor de la Iglesia en 1926.
Escribe en la España de Felipe II, la de la Contrarreforma y la Inquisición, en la que hablar de una experiencia directa de Dios sin intermediarios era peligroso: a Teresa de Jesús la investigaron y a fray Luis de León lo tuvieron cinco años en la cárcel de Valladolid. La suya no fue una prisión del Santo Oficio, sino de su propia orden, pero el clima es el mismo.
Poéticamente viene de dos sitios a la vez. De la lira que Garcilaso había traído de Italia cuarenta años antes, y del Cantar de los Cantares bíblico, del que toma los amantes, la búsqueda nocturna y el vocabulario del deseo. Juntar las dos cosas es lo que no había hecho nadie.
Aquí está toda su poesía: los tres poemas mayores, las coplas y glosas y los dos romances.
Su hallazgo mayor, y no es una metáfora de tristeza: es el camino. «¡Oh noche amable más que la alborada!» La privación, el no ver y el no saber son el método, no el obstáculo.
Todos sus poemas rodean algo que él mismo declara imposible de decir. De ahí las comparaciones en cadena y el «un no sé qué que quedan balbuciendo»: el balbuceo es deliberado y es la forma.
Amados, esposos, huidas de noche, heridas, celos. Lo toma del Cantar de los Cantares y de la poesía profana de su siglo, y produce una intensidad física que a algunos contemporáneos incomodó.
Garcilaso trae de Italia esa estrofa de cinco versos para hablar de una mujer. San Juan la usa cuarenta años después para lo contrario, y desde entonces la lira es la estrofa de la mística española.
Noche, casa, escala, monte, prado, azucena. Ni un latinismo, ni erudición. El vértigo no viene de las palabras sino de dónde están puestas.
Empieza por la «Noche oscura»: son ocho estrofas, cabe en una página y está él entero dentro. Si te entra, ya no hace falta que nadie te explique nada.
Después el «Cántico espiritual», que es largo y más difícil: cuarenta estrofas de búsqueda. No intentes descifrar la alegoría verso a verso; déjate llevar primero por el poema de amor que también es.
Léelo en voz alta. La musicalidad es la mitad del sentido, y él escribía para que se recordara: buena parte de esto se compuso sin papel.
Aquí está toda su poesía, que es toda su obra en verso. Faltan los tratados en prosa —«Subida del Monte Carmelo», «Noche oscura», «Cántico espiritual» y «Llama de amor viva»—, que comentan verso a verso sus propios poemas y son mucho más largos que ellos.
Para el metro que él hereda está aquí Garcilaso, que inventó la lira. Y para otras maneras de escribir sobre lo mismo, San Agustín y Tomás de Kempis.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Muy poco en verso: unos mil versos en total, doce poemas. Escribió además cuatro tratados en prosa, bastante más extensos, que comentan sus propios poemas.
Sí. Los nueve meses de encierro en Toledo, en 1577-1578, son el momento decisivo: allí compuso de memoria el «Cántico espiritual» y probablemente la «Noche oscura».
Sus propios hermanos de orden, los carmelitas calzados, contrarios a la reforma que él y Teresa de Jesús impulsaban. No fue la Inquisición.
No. Su poesía funciona primero como poesía de amor y de ausencia, y así la han leído poetas de todo signo, de Juan Ramón Jiménez a los del 27.
Fue ella quien lo convenció en 1567 para extender su reforma. Trabajaron juntos durante quince años y se admiraban; ella lo llamaba «mi Senequita» por lo menudo que era.