
Renacimiento francés
1533 – 1592 · Burdeos
Se encerró en la torre de su castillo a los treinta y ocho años para escribir sobre el único tema que decía conocer: él mismo. Inventó el ensayo.
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Su padre lo hizo criar por campesinos los primeros años y después le puso un preceptor que solo le hablaba en latín, de modo que aprendió latín antes que francés. Fue magistrado en Burdeos, donde conoció a Étienne de La Boétie: aquella amistad, y su muerte temprana, marcan todo lo que escribió después.
A los treinta y ocho se retiró a la torre de su castillo, entre mil libros, con frases de autores clásicos escritas en las vigas. Allí empezó a escribir lo que llamó essais: pruebas, intentos. No tratados, sino tanteos sobre lo que se le ocurría, con digresiones y cambios de opinión incluidos. Fue alcalde de Burdeos, viajó por Italia buscando alivio para sus cálculos renales, y siguió corrigiendo y ampliando el libro hasta morir.
Su descubrimiento es que hablando de uno mismo con honestidad se habla de cualquiera. Escribe en las guerras de religión, con católicos y protestantes matándose en Francia, y su respuesta es la duda, la tolerancia y el «¿qué sé yo?» que hizo grabar en una medalla.
Francia lleva décadas de guerras civiles de religión, con la matanza de San Bartolomé en medio. Montaigne, católico moderado y negociador entre bandos, escribe contra la certeza: la mayoría de las atrocidades que ve las cometen personas seguras de tener razón.
Los tres libros, en orden. No hace falta leerlos seguidos: cada ensayo es independiente y se puede entrar por cualquiera.
Del francés essai: intento, prueba. Textos donde se piensa en voz alta sin obligación de concluir. Todo el género posterior sale de aquí.
Su lema, grabado en una medalla. La duda no como pereza sino como método: escribe rodeado de gente que se mata por certezas.
«Yo mismo soy la materia de mi libro.» Sostiene que quien se retrata con honestidad retrata a cualquiera: «cada hombre lleva la forma completa de la humana condición».
No como virtud abstracta sino como conclusión práctica: en las guerras de religión, los que hacen más daño son los que están más seguros de tener razón.
No empieces por el principio. Es de los pocos autores donde eso no es una boutade: los «Ensayos» son 107 piezas sueltas y funcionan mejor abriendo por un título que llame la atención.
Del libro I, «De la amistad» y «De la educación de los hijos» son la mejor puerta. Del III, «De la experiencia», que es su testamento y el mejor de todos. El libro II contiene la «Apología de Raimundo Sabunde», el ensayo más largo y más filosófico: déjalo para cuando ya le hayas cogido el tono.
Están los tres libros completos, los 107 ensayos. Falta el «Diario de viaje a Italia», que no publicó y se encontró dos siglos después.
Para seguir: Séneca y Plutarco, sus dos fuentes constantes, y Erasmo, el otro gran humanista escéptico.
También: frases de Michel de Montaigne, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
No. Cada ensayo es independiente. Lo habitual y lo más disfrutable es picotear por títulos, y muchos lectores no los terminan nunca del todo, cosa que él aprobaría.
Sí, en el sentido de que le dio nombre y forma. Llamó «essais» —intentos, pruebas— a unos textos donde se piensa en voz alta sin la obligación de concluir. Todo el género posterior viene de ahí.
«De la amistad», por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, o «De la educación de los hijos» si interesa la pedagogía. «De la experiencia», el último, es el mejor pero se disfruta más al final.
El pensamiento no; el estilo pide costumbre, porque salta de tema y encadena citas latinas. En una edición modernizada como esta se sigue bien.
Porque sostiene que es lo único que puede conocer de primera mano y que, hecho con honestidad, retrata la condición humana entera: «cada hombre lleva la forma completa de la humana condición».