
Ilustración
1712 – 1778 · Ginebra
Discutió con todos los ilustrados y con casi todos sus amigos. Sus libros se quemaron en público y sus ideas llegaron a la Revolución francesa.
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Nació en Ginebra, calvinista y ciudadano de una república, dos cosas que reivindicó toda su vida. Su madre murió al nacer él y su padre lo abandonó a los diez años. Fue aprendiz, lacayo, copista de música, preceptor: llegó tarde y por abajo al mundo de las letras.
Se hizo famoso a los treinta y ocho con un discurso que sostenía que las ciencias y las artes habían corrompido las costumbres. Desde entonces fue el ilustrado que discutía con la Ilustración. Rompió con Diderot, con Voltaire y con Hume. «El contrato social» y «Emilio» se condenaron y se quemaron en París y en Ginebra el mismo año, 1762, y tuvo que huir.
Su idea central es que el hombre es bueno por naturaleza y son las instituciones las que lo corrompen, y que la única autoridad legítima nace de un pacto entre iguales. Sus «Confesiones» inauguraron la autobiografía moderna. Y el mismo hombre que escribió el mejor tratado de educación de su siglo entregó a sus cinco hijos al hospicio: la contradicción es suya y conviene no esconderla.
Escribe en la Francia del absolutismo, con la censura funcionando y los enciclopedistas peleando por abrir el debate. Rousseau está dentro de esa batalla y a la vez enfrentado a ella: no cree que el progreso técnico mejore a nadie.
En su orden: primero el diagnóstico —de dónde viene la desigualdad— y después la propuesta —cómo sería un pacto legítimo—.
El hombre no es malo por naturaleza: lo estropean las instituciones. Es una hipótesis metodológica, no una tesis antropológica, y él lo dice.
«El primero que cercó un terreno y dijo esto es mío…» De ahí nace, para él, la desigualdad y todo lo que la sostiene.
Lo que quiere la comunidad como cuerpo, que no es la suma de intereses particulares. Es su concepto más fértil y el más discutido.
La frase que lo ha hecho sospechoso para media tradición liberal. Merece leerse en su contexto antes de condenarla o defenderla.
Las «Confesiones» inauguran el género de contarse a uno mismo sin excusarse. Empiezan diciendo que va a mostrarse tal cual, y a ratos cumple.
Empieza por el «Discurso sobre la desigualdad». Es el diagnóstico, se lee más fácil y contiene su tesis más famosa: el primero que cercó un terreno y dijo «esto es mío» fundó la sociedad civil y todos sus males.
«El contrato social» es la propuesta y el libro que hizo historia. Es corto, pero exige releer un par de páginas: el concepto de voluntad general no se entiende a la primera y de él depende todo lo demás.
Aquí están los dos textos políticos. Faltan «Emilio», «Las confesiones», «Julia o la nueva Eloísa» y «Las ensoñaciones del paseante solitario».
Para seguir: Locke, a quien corrige, y Kant, que decía haber aprendido de él a respetar al hombre corriente.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Jean-Jacques Rousseau, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
El «Discurso sobre la desigualdad»: es el diagnóstico y prepara el terreno. «El contrato social» propone la solución y se entiende mejor sabiendo contra qué.
Lo que quiere la comunidad política considerada como cuerpo, que no es la suma de los intereses particulares. Rousseau insiste en esa diferencia porque de ella depende que el pacto no someta a nadie a otro particular.
Sus ideas se invocaron constantemente durante ella, pero murió once años antes y su libro no es un programa político. Atribuirle la Revolución es tan exagerado como negarle influencia.
Sí: entregó cinco al hospicio y lo reconoció en las «Confesiones». Es la contradicción más citada de su biografía y conviene conocerla al leer sus páginas sobre educación.
Escribe muy bien y con pasión; los dos textos son breves. Lo que cuesta no es la prosa sino sostener el hilo de la argumentación en «El contrato social».