
Narrativa norteamericana
1819 – 1891 · Nueva York y los mares del Sur
Escribió «Moby Dick» a los treinta y dos años, nadie la quiso, y pasó los últimos diecinueve años de su vida trabajando de inspector de aduanas.
1 obra suya en Clasicalia, completa y gratis.
Su familia se arruinó cuando él tenía doce años y su padre murió poco después, en la ruina y delirando. Melville dejó los estudios y probó de todo: dependiente, maestro, grumete. En 1841 se enroló en un ballenero rumbo al Pacífico.
Desertó en las islas Marquesas y vivió semanas entre los tipis, una experiencia que convirtió en «Typee» (1846). Aquello fue un éxito: durante unos años fue el autor de moda, el hombre que había vivido entre caníbales.
Luego llegó «Moby Dick» (1851) y el público no la quiso: era demasiado larga, demasiado extraña, demasiado todo. Melville siguió publicando con menos éxito cada vez, se hundió, y en 1866 entró de inspector de aduanas en el puerto de Nueva York, donde trabajó diecinueve años. Murió olvidado; el New York Times escribió mal su nombre en la esquela. «Billy Budd» apareció en 1924, treinta y tres años después de su muerte, y con él empezó su resurrección.
La Nueva York de «Bartleby» es la de Wall Street en pleno crecimiento, con oficinas llenas de copistas que reproducían documentos a mano —el trabajo más mecánico que existía antes de la máquina de escribir. Melville lo conocía de cerca: era el mundo de oficinas que lo acabó absorbiendo.
Todas se leen enteras aquí, gratis y sin registro.
La fórmula de Bartleby no es una negativa ni una protesta: es una retirada educada que deja sin recursos a quien manda. Por eso resulta tan inquietante y por eso se ha citado tanto.
Quien cuenta la historia es el jefe, un abogado bienintencionado que quiere ser buena persona sin que le cueste nada. Buena parte del relato consiste en verlo fallar.
Copiar documentos ajenos ocho horas al día es el fondo del cuento. Bartleby es el primer personaje moderno que simplemente deja de participar.
En «Moby Dick», Ahab persigue una ballena que le arrancó una pierna y arrastra a la muerte a toda la tripulación. Es el reverso exacto de Bartleby: uno se lanza, el otro se detiene.
Empieza por «Bartleby». Cincuenta páginas, un narrador que no se calla y una frase que no se olvida. Es la mejor puerta a Melville y no exige nada previo.
Léelo prestando atención al abogado, no a Bartleby: el cuento va de lo que hace y deja de hacer el jefe.
Si después quieres «Moby Dick», sabe que hay dos libros dentro: una novela de aventuras y un tratado sobre balleneros. No pasa nada por leer el segundo a saltos.
Aquí está «Bartleby, el escribiente». Falta «Moby Dick», que es su monumento; «Billy Budd», la novela corta póstuma; «Benito Cereno», y «Typee», el libro que lo hizo famoso.
Dónde aparece su obra frente a la de otro autor, con lo que aporta cada una y cuál conviene leer antes.
También: frases de Herman Melville, comprobadas una a una contra el texto publicado.
Cinco ejes para preparar un trabajo o una sesión sobre el autor. Todo se puede comprobar sobre los textos, que están aquí completos.
Se ha leído así, y también como un cuadro clínico, una parábola religiosa o un autorretrato del escritor que deja de escribir. Melville no da ninguna clave.
Porque la fórmula describe algo muy reconocible: la resistencia pasiva de quien ni obedece ni se enfrenta.
No. Son independientes y «Bartleby» es incomparablemente más corto.
Vivió modestamente de su sueldo de aduanas. Lo duro no fue la miseria sino el olvido: llevaba treinta años sin ser leído.
Correspondencia que no llegó a su destinatario y no puede devolverse. El narrador dice que Bartleby había trabajado allí, y deja al lector la conclusión.