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Libro 3Cuando lo honesto y lo útil parecen chocar

Sobre los deberes · Marco Tulio Cicerón · 79 min de lectura

Parte1Sobre el ocio y el deber

1. Catón, que fue más o menos contemporáneo suyo, escribió que Publio Escipión, hijo mío Marco, aquel que fue llamado por primera vez Africano, solía decir que nunca estaba menos ocioso que cuando estaba ocioso, ni menos solo que cuando estaba solo. Palabras magníficas, en verdad, y dignas de un hombre grande y sabio; palabras que manifiestan que solía pensar en sus asuntos durante el ocio y conversar consigo mismo en la soledad, de modo que nunca cesaba en su actividad y a veces no necesitaba la conversación de otros. Así, las dos cosas que producen languidez en los demás —el ocio y la soledad— lo agudizaban a él. Ojalá pudiéramos decir esto mismo de nosotros con verdad, pero si no podemos alcanzar mediante la imitación tan gran excelencia de talento, ciertamente nos acercamos mucho por la voluntad.

Pues, impedidos de la república y de los asuntos forenses por las armas impías y la violencia, buscamos el ocio, y por esa causa, abandonando la ciudad y recorriendo los campos, estamos con frecuencia solos.

2. Pero este ocio nuestro no debe compararse con el ocio de Africano, ni esta soledad nuestra con aquella. Él, en efecto, descansando de los hermosísimos deberes hacia la república, se tomaba el ocio de vez en cuando, y a veces se refugiaba en la soledad como en un puerto, alejándose del trato y del bullicio de los hombres; nuestro ocio, en cambio, está determinado por la falta de trabajo, no por el deseo de descansar. Pues, extinguido el senado y suprimidos los tribunales, ¿qué hay que podamos hacer dignamente en la curia o en el foro?

3. Así, quienes antaño vivimos en medio de la mayor celebridad y ante los ojos de los ciudadanos, ahora, huyendo de la vista de los criminales que lo inundan todo, nos ocultamos en la medida de lo posible y estamos con frecuencia solos. Pero como hemos aprendido de los hombres doctos que no solo hay que elegir lo menos malo entre los males, sino también extraer de ellos mismos lo que tuvieran de bueno, por eso disfruto del ocio, aunque no de aquel del que debería disfrutar quien en otro tiempo procuró el ocio para su patria, y no permito que languidezca esta soledad que me impone la necesidad, no la voluntad.

4. Aunque Africano, a mi juicio, alcanzaba mayor alabanza. Pues no existe ningún monumento de su talento confiado a escritos, ninguna obra del ocio, ningún fruto de la soledad; de donde debe entenderse que él, por la agitación de su mente y la investigación de aquellas cosas que alcanzaba con el pensamiento, nunca estuvo ocioso ni solo; nosotros, en cambio, que no tenemos tanta fortaleza como para abstraernos de la soledad mediante la reflexión silenciosa, hemos dirigido todo nuestro empeño y cuidado a esta tarea de escribir. Y así, hemos escrito más en poco tiempo de perturbación que en muchos años estando la república en pie.

5. Pero aunque toda la filosofía, mi querido Cicerón, es provechosa y fructífera y ninguna parte de ella está inculta ni desierta, sin embargo ningún lugar en ella es más fértil ni más abundante que el de los deberes, de los cuales se derivan los preceptos para vivir con constancia y honestidad. Por eso, aunque confío en que oyes y recibes estas enseñanzas asiduamente de nuestro Cratipo, el principal filósofo de nuestra época, sin embargo considero conveniente que tus oídos resuenen con tales palabras por todas partes, y que, si fuera posible, no oigan nada más.

6. Esto debe hacerse por todos los que piensan iniciar una vida honesta, pero no sé si por nadie más que por ti. Pues soportas una no pequeña expectativa de imitar nuestra dedicación, una gran expectativa en cuanto a los honores, y quizá alguna respecto al nombre. Has asumido además la pesada carga de Atenas y de Cratipo; como has partido hacia ellos como quien va a un mercado de buenas artes, sería muy vergonzoso volver con las manos vacías, deshonrando la autoridad de la ciudad y del maestro. Por tanto, esfuérzate cuanto puedas con tu espíritu, empeñate cuanto puedas con tu trabajo —si el aprender es más trabajo que placer—, procura conseguirlo y no permitas que, habiéndote proporcionado nosotros todo, parezcas haberte fallado a ti mismo. Pero basta con esto; pues muchas veces te hemos escrito para exhortarte; volvamos ahora a la parte restante de la división propuesta.

7. Panecio, pues, que sin duda alguna trató los deberes con la mayor precisión y a quien nosotros hemos seguido preferentemente aplicando cierta corrección, propuso tres tipos de cuestiones en las que los hombres suelen deliberar y consultar sobre el deber: uno, cuando dudan si aquello de lo que se trata es honesto o vergonzoso; otro, si es útil o inútil; el tercero, cuando lo que tiene apariencia de honesto se opone a lo que parece útil, cómo deben discernirse estas cosas. Explicó los dos primeros tipos en tres libros, y escribió que hablaría del tercer tipo a continuación, pero no cumplió lo que prometió.

8. Lo cual me sorprende aún más, porque está escrito por su discípulo Posidonio que Panecio vivió treinta años después de haber publicado aquellos libros. Me sorprende que Posidonio haya tratado este asunto brevemente en algunos comentarios, sobre todo cuando escribe que no hay ningún asunto en toda la filosofía tan necesario.

9. De ningún modo estoy de acuerdo con los que afirman que este asunto fue omitido por Panecio, sino dejado de lado deliberadamente, y que no debía escribirse en absoluto, porque la utilidad nunca puede estar en conflicto con la honestidad. Sobre esto puede haber una duda: si este tipo, que es el tercero en la división de Panecio, debió ser incluido o completamente omitido; no puede haber duda de otra cosa: que fue emprendido por Panecio, pero dejado sin terminar. Pues quien completó dos partes de una división tripartita, necesariamente le queda la tercera; además, al final del tercer libro promete que hablará de esta parte a continuación.

10. Se añade como testigo fidedigno Posidonio, quien también escribe en cierta carta que Publio Rutilio Rufo, que había escuchado a Panecio, solía decir que, así como no se había encontrado ningún pintor que terminara en la Venus de Cos aquella parte que Apeles había dejado inacabada (pues la belleza del rostro quitaba la esperanza de imitar el resto del cuerpo), así nadie había proseguido lo que Panecio había omitido debido a la excelencia de lo que había completado.

11. Por lo cual no puede dudarse del juicio de Panecio; pero puede discutirse quizá si añadió correctamente o no esta tercera parte para investigar el deber. Pues, ya sea que lo honesto es el único bien, como place a los estoicos, ya sea que lo que es honesto es de tal modo el bien supremo que, como parece a vuestros peripatéticos, todas las cosas situadas en el otro lado apenas tienen el peso de algo mínimo, no hay duda de que la utilidad nunca puede competir con la honestidad. Y así, hemos recibido que Sócrates solía maldecir a quienes primero separaron con la opinión estas cosas que están unidas por naturaleza.

Y ciertamente los estoicos estuvieron de acuerdo con él de tal modo que consideraron que todo lo que fuera honesto era útil, y nada útil que no fuera honesto.

12. Pero si Panecio fuera de los que dicen que la virtud debe cultivarse porque produce utilidad, como aquellos que miden las cosas apetecibles por el placer o la ausencia de dolor, le sería lícito decir que la utilidad a veces está en conflicto con la honestidad. Pero siendo como es, alguien que juzga que solo es bueno lo que es honesto, y que aquellas cosas que se oponen a esto con cierta apariencia de utilidad ni hacen mejor la vida con su adición ni peor con su sustracción, no parece que debiera haber introducido una deliberación de este tipo, en la que lo que pareciera útil se comparara con lo que es honesto.

13. Pues lo que es llamado el bien supremo por los estoicos, vivir conforme a la naturaleza, tiene este sentido, según creo: concordar siempre con la virtud, y en cuanto a las demás cosas que son conformes a la naturaleza, elegirlas solo si no se oponen a la virtud. Siendo esto así, algunos piensan que esta comparación no fue correctamente introducida y que no debió enseñarse nada en absoluto sobre este tipo. Y ciertamente aquello honesto que se dice propia y verdaderamente está solo en los sabios y nunca puede separarse de la virtud. En cambio, en aquellos en quienes no hay sabiduría perfecta, ese mismo honesto perfecto de ningún modo puede darse, pero pueden darse semejanzas de lo honesto.

14. Pues estos deberes de los que tratamos en estos libros, los estoicos los llaman medios; son comunes y se extienden ampliamente, y muchos los alcanzan tanto por la bondad natural como por el progreso en el aprendizaje. En cambio, aquel deber que también llaman recto es perfecto y completo y, como ellos mismos dicen, tiene todos los números y no puede corresponder a nadie excepto al sabio.

15. Cuando, sin embargo, se realiza algo en lo que se manifiestan los deberes medios, parece ser perfectamente acabado, porque el vulgo generalmente no entiende qué falta para la perfección; y en la medida en que entiende, piensa que nada ha sido omitido, lo mismo que ocurre en los poemas, en las pinturas y en muchas otras cosas, de modo que los inexpertos se deleitan y alaban cosas que no deben ser alabadas, por esta razón, creo: porque hay en ellas algo bueno que atrae a los ignorantes, quienes sin embargo no pueden juzgar qué defecto hay en cada cosa. Y así, cuando son instruidos por los expertos, fácilmente abandonan su opinión.

Estos deberes, pues, de los que tratamos en estos libros, dicen que son como ciertos honores de segundo orden, no exclusivos de los sabios, sino comunes a todo el género humano.

16. Y así, todos aquellos en quienes hay un carácter virtuoso son conmovidos por ellos. Y ciertamente, cuando se conmemora a los dos Decios o a los dos Escipiones como hombres valientes, o cuando se nombra a Fabricio o a Arístides como justos, de ellos no se busca un ejemplo de fortaleza o de justicia como si fuera de un sabio; pues ninguno de estos fue sabio en el sentido en que queremos entender al sabio, ni aquellos que fueron considerados y llamados sabios, Marco Catón y Cayo Lelio, fueron sabios, ni siquiera aquellos siete, sino que por la frecuencia de los deberes medios presentaban cierta semejanza y apariencia de sabios.

17. Por lo cual no es lícito comparar lo que es verdaderamente honesto con la oposición de lo útil, ni aquello que comúnmente llamamos honesto, que es cultivado por quienes quieren ser tenidos por hombres buenos, debe compararse jamás con las ventajas, y debemos defender y conservar ese honesto que cae en nuestra comprensión tanto como aquel que se dice propia y verdaderamente honesto por los sabios; pues de otro modo no puede mantenerse el progreso que se ha hecho hacia la virtud. Pero esto se dice de aquellos que son considerados buenos por la observancia de los deberes.

18. Quienes, en cambio, miden todo por las ventajas y comodidades y no quieren que sean superadas por la honestidad, suelen en sus deliberaciones comparar lo honesto con lo que consideran útil; los hombres buenos no suelen hacerlo. Y así, considero que Panecio, cuando dijo que los hombres suelen dudar en esta comparación, entendió lo que dijo: que suelen, no que deben. Pues no solo es muy vergonzoso considerar más importante lo que parece útil que lo que es honesto, sino también comparar estas cosas entre sí y dudar en ellas. ¿Qué es entonces lo que a veces suele traer duda y parece que debe considerarse? Creo que cuando surge una duda, es sobre cuál sea la naturaleza de aquello que se considera.

Parte2Lo útil y lo honesto

19. Pues a menudo sucede con el tiempo que lo que suele considerarse vergonzoso en la mayoría de los casos se descubre que no lo es. Pongamos un ejemplo que abarca un campo amplio. ¿Qué puede haber de más criminal que matar no solo a un hombre, sino incluso a un amigo íntimo? Entonces, ¿acaso se mancha con un crimen quien mata a un tirano, aunque sea amigo suyo? Al pueblo romano no le parece así, pues considera ese hecho el más hermoso de todas las acciones gloriosas. ¿Venció entonces lo útil a lo honesto? No, más bien lo honesto fue acompañado por lo útil. Por lo tanto, para que podamos juzgar sin error alguno cuando parezca que lo que llamamos útil está en conflicto con lo que entendemos como honesto, debe establecerse una fórmula determinada; si la seguimos al comparar las cosas, nunca nos apartaremos del deber.

20. Esta fórmula será la que más concuerda con la teoría y la doctrina de los estoicos; la seguimos en estos libros porque, aunque tanto los antiguos académicos como vuestros peripatéticos, que antiguamente eran los mismos que los académicos, anteponían lo honesto a lo que parece útil, sin embargo tratan estos temas con más brillantez aquellos para quienes todo lo honesto es también útil y nada es útil si no es honesto, que aquellos para quienes algo honesto puede no ser útil o algo útil puede no ser honesto. Pero nuestra Academia nos da gran libertad para que podamos defender, con pleno derecho, cualquier cosa que nos parezca más probable. Pero vuelvo a la fórmula.

21. Por consiguiente, arrebatar algo a otro y aumentar la propia ventaja con perjuicio ajeno es más contrario a la naturaleza que la muerte, que la pobreza, que el dolor, que todas las demás cosas que pueden suceder al cuerpo o a las circunstancias externas. Pues en primer lugar destruye la convivencia humana y la sociedad. Porque si estamos dispuestos de tal modo que cada uno despoje o dañe a otro por su propio beneficio, necesariamente se romperá esa sociedad del género humano que es lo más conforme a la naturaleza.

22. Como si cada miembro tuviera la percepción de que podría estar sano si trasladara a sí mismo la salud del miembro vecino, necesariamente todo el cuerpo se debilitaría y perecería, así también, si cada uno de nosotros arrebata para sí las ventajas de los demás y les quita lo que puede para su propio beneficio, necesariamente se destruye la sociedad y la comunidad humanas. Pues aunque está permitido, sin que la naturaleza se oponga, que cada uno prefiera conseguir para sí antes que para otro lo que atañe al uso de la vida, la naturaleza no tolera que aumentemos nuestros recursos, riquezas y poder con el despojo de los demás.

23. Y no solo por naturaleza, es decir por derecho de gentes, sino también por las leyes de los pueblos, con las que se mantiene el Estado en cada ciudad, está establecido del mismo modo que no es lícito perjudicar a otro por causa de la propia ventaja. Pues esto es lo que persiguen las leyes, esto es lo que quieren: que la unión de los ciudadanos permanezca intacta; a quienes la rompen los reprimen con la muerte, el exilio, las cadenas, la multa. Y esto lo consigue mucho más la razón misma de la naturaleza, que es ley divina y humana; quien quiera obedecerla (y todos la obedecerán quienes quieran vivir conforme a la naturaleza) nunca hará que desee lo ajeno y se apropie de lo que le haya quitado a otro.

24. Pues mucho más conforme a la naturaleza es la elevación del espíritu y la grandeza, así como la afabilidad, la justicia, la generosidad, que el placer, que la vida, que las riquezas; despreciar estas cosas y considerarlas nada en comparación con el bien común es propio de un espíritu grande y elevado. [Pero arrebatar a otro por causa de la propia ventaja es más contrario a la naturaleza que la muerte, que el dolor, que las demás cosas de ese género.]

25. Igualmente es más conforme a la naturaleza soportar los mayores trabajos y molestias para proteger o ayudar, si es posible, a todas las naciones, imitando a aquel Hércules a quien la fama de los hombres, agradecida por sus beneficios, colocó en la asamblea de los dioses, que vivir en soledad no solo sin ninguna molestia sino incluso en los mayores placeres, abundando en todos los recursos, hasta destacar también en belleza y fuerzas. Por eso todo hombre de carácter óptimo y muy noble antepone con mucho aquella vida a esta. De lo cual resulta que el hombre que obedece a la naturaleza no puede dañar a otro hombre.

26. Además, quien daña a otro para conseguir alguna ventaja, o bien considera que no hace nada contra la naturaleza, o bien juzga que son más de temer la muerte, la pobreza, el dolor, incluso la pérdida de hijos, parientes, amigos, que cometer una injusticia contra alguien. Si considera que no se hace nada contra la naturaleza al dañar a los hombres, ¿qué puedes discutir con quien elimina totalmente al hombre del hombre? Pero si juzga que eso debe evitarse, aunque aquellas cosas son mucho peores —la muerte, la pobreza, el dolor—, se equivoca al considerar que algún defecto del cuerpo o de la fortuna es más grave que los defectos del espíritu.

Por lo tanto, todos deben tener un solo propósito: que el interés de cada uno y el de todos sea el mismo; pues si cada uno lo arrastra hacia sí, se disolverá toda la comunidad humana.

27. Y además, si la naturaleza prescribe esto: que el hombre quiera velar por el hombre, quienquiera que sea, por la razón misma de que es hombre, es necesario que según esa misma naturaleza el interés de todos sea común. Y si es así, todos estamos regidos por una misma ley natural, y si esto mismo es así, ciertamente la ley de la naturaleza nos prohíbe dañar a otro. Pero lo primero es verdadero, luego también lo último.

28. Pues es ciertamente absurdo lo que dicen algunos: que no quitarían nada a un padre o a un hermano por su propia ventaja, pero que distinto es el caso con los demás ciudadanos. Estos establecen que no tienen ningún derecho, ninguna asociación con los ciudadanos por causa del interés común, opinión que destruye toda la comunidad del Estado. Quienes dicen que debe tenerse en cuenta a los ciudadanos, pero niegan que a los extranjeros, estos rompen la sociedad común del género humano; eliminada esta, se suprimen de raíz la beneficencia, la generosidad, la bondad, la justicia; quienes las suprimen deben ser considerados también impíos contra los dioses inmortales. Pues destruyen la sociedad que ellos establecieron entre los hombres, cuyo vínculo más estrecho es considerar que es más contrario a la naturaleza que un hombre arrebate a otro hombre por causa de su propia ventaja, que sufrir todos los perjuicios externos, corporales o incluso del espíritu mismo. Pues la justicia es la única virtud señora y reina de todas las virtudes.

29. Quizá alguien diga: entonces ¿un sabio, si él mismo se está muriendo de hambre, no le quitará el alimento a otro hombre que no sirve para nada? De ningún modo: pues mi vida no me es más útil que esa disposición de mi espíritu de no dañar a nadie por mi propia ventaja. ¿Qué? Si un hombre bueno pudiera despojar de su ropa a Fálaris, tirano cruel e inhumano, para no morir él mismo de frío, ¿no debería hacerlo?

30. Estos casos son muy fáciles de juzgar. Pues si le quitas algo a un hombre que no es útil en absoluto, por causa de tu utilidad, actuarás inhumanamente y contra la ley de la naturaleza; pero si tú eres tal que puedas aportar gran utilidad al Estado y a la sociedad humana si permaneces con vida, si por esa causa le quitas algo a otro, no debe ser censurable. Pero si no es un caso de ese tipo, cada uno debe soportar su propio perjuicio antes que arrebatar las ventajas de otro. Por lo tanto, no es más contrario a la naturaleza la enfermedad o la indigencia o algo semejante, que el arrebatar y desear lo ajeno, pero el abandono del bien común es contrario a la naturaleza; pues es injusto.

31. Y así la ley misma de la naturaleza, que protege y mantiene el interés de los hombres, decretará sin duda que las cosas necesarias para vivir se transfieran de un hombre inútil e inservible a un hombre sabio, bueno y valiente, quien si muere habrá restado mucho al bien común, con tal de que haga esto de modo que no tenga como motivo para la injusticia el pensar bien de sí mismo y amarse a sí mismo. Así siempre cumplirá con su deber velando por el interés de los hombres y por esa sociedad humana que menciono con frecuencia.

32. Pues en cuanto a Fálaris, el juicio es muy fácil. No tenemos ninguna asociación con los tiranos y más bien hay una separación total, y no es contra la naturaleza despojar, si puedes, a quien es honroso matar, y todo este género pernicioso e impío debe ser exterminado de la comunidad de los hombres. Pues así como se amputan ciertos miembros si han empezado a carecer de sangre y como de aliento y dañan a las demás partes del cuerpo, así esa ferocidad e inhumanidad de bestia con figura humana debe ser separada del cuerpo común, por así decir, de la humanidad. De este género son todas aquellas cuestiones en las que se investiga el deber según las circunstancias.

33. Creo que Panecio habría tratado cuestiones de este tipo, si algún accidente u ocupación no hubiera interrumpido su proyecto. Para esas mismas deliberaciones hay en los libros anteriores suficientes preceptos con los que puede comprenderse qué debe evitarse por su vileza, qué no debe evitarse por esa razón porque no es en absoluto vergonzoso. Pero puesto que ponemos, por así decir, el remate a una obra comenzada, aunque casi terminada, como suelen hacer los geómetras que no lo enseñan todo, sino que piden que se les conceda algo para explicar más fácilmente lo que quieren, así yo te pido, mi querido Cicerón, que me concedas, si puedes, que nada debe buscarse por sí mismo excepto lo que es honesto.

Pero si esto no es posible por Crátripo, al menos me concederás esto: que lo que es honesto es lo que más debe buscarse por sí mismo. Cualquiera de las dos cosas me basta, y ora esta ora aquella me parece más probable, y nada más me parece probable.

34. Y en primer lugar debe defenderse a Panecio en esto: que no dijo que lo útil pudiera a veces estar en conflicto con lo honesto (pues no le era lícito), sino aquello que parece útil. Pues declara a menudo que nada es útil que no sea también honesto, nada honesto que no sea también útil, y niega que haya invadido la vida de los hombres ninguna peste mayor que la opinión de quienes han separado estas cosas. Por lo tanto, introdujo esa aparente, no real, oposición, no para que antepusiéramos a veces lo útil a lo honesto, sino para que pudiéramos juzgar sin error esas cosas si alguna vez se presentaban.

Completaremos pues esta parte que dejó sin terminar, sin apoyos externos, sino, como se dice, por nuestro propio esfuerzo. Pues no ha sido desarrollado nada sobre esta parte después de Panecio que me merezca aprobación, de lo que ha llegado a mis manos.

Parte3Utilidad y honestidad son inseparables

35. Así pues, cuando se presenta alguna apariencia de utilidad, es inevitable sentirse atraído. Pero si, cuando prestas atención, ves que va unida la deshonra a aquello que ofrecía apariencia de utilidad, entonces no es que haya que renunciar a la utilidad, sino que hay que comprender que donde hay deshonra no puede haber utilidad. Pues si nada hay tan contrario a la naturaleza como la deshonra (ya que la naturaleza desea lo recto, lo apropiado y lo coherente, y rechaza lo contrario), y nada hay tan conforme a la naturaleza como la utilidad, ciertamente no pueden estar en una misma cosa utilidad y deshonra. Del mismo modo, si hemos nacido para la honestidad y esta debe ser buscada como único bien, según opinó Zenón, o al menos debe ser considerada mucho más importante que todo lo demás, según le pareció a Aristóteles, es necesario que lo honesto sea el único bien o el bien supremo, y que lo que es bueno sea ciertamente útil; así, todo lo que es honesto es útil.

36. Por eso el error de los hombres malvados, cuando alguna cosa que les ha parecido útil se les presenta, es separarla inmediatamente de lo honesto. De ahí nacen los puñales, de ahí los venenos, de ahí los testamentos falsos, de ahí los robos, los desfalcos, los saqueos y las rapiñas de aliados y ciudadanos, de ahí surgen los deseos de riquezas excesivas, de poder insoportable y, por último, incluso en estados libres, los afanes de ejercer la tiranía, cosas que nada más repugnante ni más inmundo puede imaginarse. Pues ven las ventajas de las cosas con juicios engañosos, pero no ven el castigo, no digo el de las leyes, que muchas veces quebrantan, sino el de la propia deshonra, que es el más amargo.

37. Por tanto, que esta clase de gente que delibera sea apartada de en medio (pues es del todo criminal e impía), los que deliberan si seguir lo que ven que es honesto o contaminarse a sabiendas con el crimen; pues en la duda misma está el delito, aunque no lleguen a cometerlo. Por tanto, no deben deliberarse en absoluto aquellas cosas en las que la deliberación misma es deshonrosa.

38. Y además, de toda deliberación debe eliminarse la esperanza y la idea de ocultar y esconder; pues debe bastarnos estar convencidos, si es que hemos progresado algo en filosofía, de que aunque pudiéramos ocultarnos a todos los dioses y hombres, sin embargo no debe hacerse nada con avaricia, nada injustamente, nada con lascivia, nada con intemperancia. De ahí que Platón introduzca a aquel Giges que, cuando la tierra se abrió por grandes lluvias, descendió a aquella grieta y vio un caballo de bronce, según cuentan las fábulas, que tenía puertas en los flancos; al abrirlas vio el cuerpo de un hombre muerto de tamaño desacostumbrado y un anillo de oro en el dedo; se lo quitó y se lo puso él mismo (era, por cierto, pastor del rey), y luego se dirigió a la asamblea de pastores.

Allí, cuando volvía la piedra del anillo hacia la palma de la mano, no era visto por nadie, pero él mismo lo veía todo; a su vez era visto de nuevo cuando giraba el anillo a su posición. Así que, usando esta ventaja del anillo, violó a la reina y con su ayuda mató al rey, su señor, eliminó a quienes consideraba que se le oponían, y nadie pudo verlo en estos crímenes. Así, repentinamente, gracias al beneficio del anillo, se convirtió en rey de Lidia. Pues bien, si el sabio tuviera este mismo anillo, no creería que le está más permitido pecar que si no lo tuviera; pues los hombres buenos buscan lo honesto, no lo oculto.

39. Y en este punto algunos filósofos, no malos ciertamente, pero no bastante agudos, dicen que Platón ha presentado una fábula inventada y ficticia, como si él defendiera que aquello ocurrió o pudo ocurrir. Este es el sentido de este anillo y de este ejemplo: si nadie fuera a saberlo, si nadie fuera ni siquiera a sospecharlo, cuando hagas algo por causa de riquezas, poder, dominio o placer, si va a ser siempre desconocido para dioses y hombres, ¿lo harías? Dicen que esto no puede ocurrir. Aunque puede ciertamente, pero pregunto: lo que dicen que no puede ser, si pudiera, ¿qué harían? Insisten de manera tosca. Pues niegan que pueda ser y persisten en ello, no ven qué significa esta palabra.

Pues cuando preguntamos, si pudieran ocultarlo, qué harían, no preguntamos si pueden ocultarlo, sino que aplicamos como una especie de tortura, de modo que si responden que, propuesta la impunidad, harían lo que les conviene, confiesan ser criminales; si lo niegan, conceden que todo lo deshonroso debe evitarse por sí mismo. Pero volvamos ya al tema propuesto.

40. Ocurren muchas causas a menudo que perturban los ánimos con la apariencia de utilidad, no cuando se delibera si debe abandonarse la honestidad por la magnitud de la utilidad (pues eso ciertamente es reprobable), sino esto: si puede hacerse sin deshonra lo que parece útil. Cuando Bruto privaba del poder a su colega Colatino, podía parecer que lo hacía injustamente; pues había sido socio de los planes de Bruto y colaborador en la expulsión de los reyes. Pero cuando los principales tomaron este consejo, que debía eliminarse el parentesco con Soberbio, el nombre de los Tarquinios y el recuerdo de la monarquía, lo que era útil, velar por la patria, era tan honesto que debía agradar al propio Colatino. Por tanto, prevaleció la utilidad por causa de la honestidad, sin la cual ni siquiera podría haber habido utilidad.

41. Pero no fue así en el caso de aquel rey que fundó la ciudad. Pues la apariencia de utilidad impulsó su ánimo; como le había parecido más útil reinar solo que con otro, mató a su hermano. Abandonó este la piedad y la humanidad para poder conseguir lo que parecía útil y no lo era; y sin embargo, presentó como excusa la muralla, una apariencia de honestidad ni creíble ni desde luego adecuada. Pecó, pues, con perdón de Quirino o de Rómulo.

42. Sin embargo, no debemos renunciar a nuestras propias utilidades para entregarlas a otros cuando nosotros mismos las necesitamos, sino que debe atenderse a la utilidad de cada uno en la medida en que se haga sin perjuicio de otro. Sabiamente Crisipo, como en muchas cosas: «El que corre en el estadio, dice, debe esforzarse y procurar con todas sus fuerzas vencer, pero de ningún modo debe hacer tropezar o apartar con la mano a aquel con quien compite; así en la vida no es injusto que cada uno busque para sí lo que pertenece a su provecho, pero no es lícito arrebatárselo a otro».

43. Pero sobre todo se perturban los deberes en las amistades, respecto a las cuales tanto no conceder lo que rectamente puedes como conceder lo que no es justo, va contra el deber. Pero de todo este género hay un precepto breve y no difícil. Pues las cosas que parecen útiles, honores, riquezas, placeres y demás cosas de este género, nunca deben anteponerse a la amistad. Pero el hombre bueno no hará nada contra la república ni contra el juramento y la confianza por causa de un amigo, ni siquiera si fuera juez del propio amigo; pues depone la condición de amigo cuando asume la de juez. Solo concederá a la amistad desear que la causa del amigo sea verdadera, acomodar el tiempo de alegar el proceso en la medida en que lo permitan las leyes.

44. Pero cuando deba pronunciar sentencia bajo juramento, recuerde que tiene a dios por testigo, es decir, según yo pienso, su propia mente, que nada más divino dio dios al hombre. Por eso recibimos de nuestros antepasados la hermosa costumbre, si la mantuviéramos, de preguntar al juez qué puede hacer salvando su buena fe. Esta pregunta se refiere a lo que dije poco antes, que el juez puede conceder honestamente al amigo. Pues si hubiera que hacer todo lo que los amigos quieran, tales amistades deben considerarse no amistades sino conjuraciones.

45. Pero hablo de las amistades comunes; pues en los hombres sabios y perfectos no puede darse nada semejante. Cuentan que Damón y Fintias, pitagóricos, tuvieron entre sí tal disposición que, cuando el tirano Dionisio fijó a uno de ellos el día de su muerte y aquel que estaba condenado a morir pidió para sí unos pocos días para encomendar a los suyos, el otro se hizo garante de su presentación, de modo que si aquel no regresaba, debía morir él mismo. Cuando regresó en el día señalado, admirado de su lealtad el tirano pidió que lo admitiesen como tercero en su amistad.

46. Así pues, cuando se compara lo que parece útil en la amistad con lo que es honesto, que se deseche la apariencia de utilidad, que prevalezca la honestidad. Pero cuando en la amistad se pidan cosas que no son honestas, que se antepongan la religión y la lealtad a la amistad; así se tendrá esa elección del deber que buscamos. Pero con la apariencia de utilidad se peca muchísimas veces en la república, como nuestros antepasados en la destrucción de Corinto; más duramente aún los atenienses, que decretaron que a los eginetas, que eran fuertes en la flota, se les cortaran los pulgares. Esto pareció útil; pues Egina amenazaba demasiado al Pireo por su proximidad. Pero nada que sea cruel es útil; pues la crueldad es la mayor enemiga de la naturaleza humana, que debemos seguir.

47. Obran también mal quienes prohíben a los extranjeros usar las ciudades y los expulsan, como Penno entre nuestros padres, Papio recientemente. Pues es justo que no sea lícito que sea ciudadano quien no lo es, ley que promulgaron los muy sabios cónsules Craso y Escévola. Pero prohibir a los extranjeros el uso de la ciudad es ciertamente inhumano. Son admirables aquellas cosas en las que la apariencia de utilidad pública es despreciada ante la honestidad. Nuestra república está llena de ejemplos, tanto a menudo como sobre todo en la segunda guerra púnica cuando, recibida la calamidad de Cannas, tuvo mayor ánimo que nunca en situaciones prósperas; ninguna señal de temor, ninguna mención de paz. Tan grande es la fuerza de lo honesto que oscurece la apariencia de utilidad.

48. Cuando los atenienses no podían de ningún modo resistir el ataque de los persas y decidieron que, abandonada la ciudad, depositadas las esposas e hijos en Trecén, embarcaran en las naves y defendieran con la flota la libertad de Grecia, apedrearon a cierto Cirsilo que aconsejaba que permanecieran en la ciudad y recibieran a Jerjes. Y aquel parecía seguir la utilidad, pero esta no existía al oponerse la honestidad.

49. Temístocles, después de la victoria de aquella guerra que hubo con los persas, dijo en la asamblea que tenía un plan saludable para la república, pero que no era necesario que se supiera; pidió que el pueblo designara a alguien con quien comunicarlo; fue designado Arístides. A este le dijo que la flota de los lacedemonios, que había sido varada en Giteo, podía ser incendiada en secreto, hecho lo cual era necesario que se quebrara el poder de los lacedemonios. Cuando Arístides oyó esto, vino a la asamblea con gran expectación y dijo que el plan que presentaba Temístocles era muy útil, pero de ningún modo honesto. Por tanto, los atenienses, porque no era honesto, pensaron que ni siquiera era útil, y rechazaron todo aquel asunto, que ni siquiera habían oído, por autoridad de Arístides.

Mejor ellos que nosotros, que tenemos a los piratas libres de tributos y a los aliados tributarios. Permanezca, pues, que lo que es deshonroso nunca es útil, ni siquiera cuando consigas aquello que crees que es útil; pues esto mismo, considerar útil lo que es deshonroso, es calamitoso.

Parte4Honestidad y utilidad en el comercio

50. Pero se presentan a menudo, como dije antes, situaciones en las que la utilidad parece oponerse a lo honesto, de modo que hay que examinar si realmente se opone o puede conciliarse con lo honesto. De este tipo son las siguientes cuestiones: Si, por ejemplo, un hombre de bien ha llevado desde Alejandría a Rodas una gran cantidad de trigo en un momento de escasez y hambre entre los rodios y de altísimo precio del grano, y si sabe que varios comerciantes han zarpado de Alejandría y que ha visto en el camino naves cargadas de trigo que se dirigen a Rodas, ¿deberá decírselo a los rodios o callarlo y vender su mercancía al precio más alto posible?

Imaginamos a un hombre sabio y bueno; nos preguntamos acerca de su deliberación y reflexión: ¿considerará que no debe ocultar nada a los rodios si juzga que esto es deshonesto, o dudará sobre si acaso no lo es?

51. En casos como este suele haber una opinión para Diógenes de Babilonia, gran y respetable estoico, y otra para Antípatro, discípulo suyo, hombre extraordinariamente agudo. Antípatro sostiene que hay que revelarlo todo, de manera que el comprador no ignore absolutamente nada de lo que sepa el vendedor; Diógenes, que el vendedor debe declarar los defectos en la medida en que lo establece el derecho civil, pero actuar sin engaños en lo demás y, puesto que vende, querer vender al mejor precio posible. «He traído el trigo, lo ofrezco, lo vendo no más caro que los demás, quizá incluso más barato, cuando hay mayor oferta. ¿A quién perjudico?».

52. Por otra parte surge el razonamiento de Antípatro: «¿Qué dices? Tú, que debes velar por los hombres y servir a la sociedad humana, que has nacido bajo esa ley y tienes esos principios de la naturaleza que debes obedecer y seguir, de modo que tu utilidad sea la utilidad común y, recíprocamente, la utilidad común sea la tuya, ¿ocultarás a los hombres qué ventaja y abundancia tienen a su alcance?». Quizá Diógenes responderá así: «Una cosa es ocultar, otra callar. Yo no te oculto ahora, si no te digo, cuál es la naturaleza de los dioses, cuál es el fin de los bienes, cosas que te sería más provechoso conocer que el bajo precio del trigo. Pero no todo lo que te es útil oír es necesariamente también necesario que yo lo diga».

53. «Al contrario», dirá aquel, «es necesario, si es que recuerdas que existe entre los hombres una sociedad unida por naturaleza». «Lo recuerdo», dirá el otro, «pero ¿acaso esa sociedad es tal que nada sea propio de cada uno? Pues si así fuera, ni siquiera habría que vender nada, sino donarlo». Ves que en toda esta discusión no se dice «aunque esto sea deshonesto, sin embargo, puesto que conviene, lo haré», sino que conviene de tal manera que no es deshonesto; por otra parte, desde el otro punto de vista, que por ser deshonesto no debe hacerse.

54. Que un hombre de bien venda una casa a causa de ciertos defectos que él conoce pero los demás ignoran: que sea insalubre aunque se la tenga por salubre, que se ignore que aparecen serpientes en todos los dormitorios, que esté mal construida y amenace ruina, pero que nadie lo sepa excepto el dueño. Pregunto: si el vendedor no ha dicho esto a los compradores y ha vendido la casa por mucho más de lo que pensaba que vendería, ¿acaso ha actuado injusta o incorrectamente? «Sin duda», dice Antípatro. «Pues ¿qué otra cosa es no indicar el camino al que se extravía —algo que en Atenas está sancionado con maldiciones públicas— sino esto: dejar que el comprador se precipite y caiga por error en un enorme fraude? Es incluso más que no indicar el camino; pues es inducir a sabiendas a otro al error».

55. Diógenes, por el contrario: «¿Acaso te obligó a comprar quien ni siquiera te animó a ello? Él puso en venta lo que no le gustaba, tú compraste lo que te gustaba. Si quienes anuncian una finca buena y bien construida no se considera que han engañado, aunque aquella ni sea buena ni esté construida con criterio, mucho menos quienes no elogiaron la casa. Pues donde está el juicio del comprador, ¿qué fraude puede haber del vendedor? Pero si no debe garantizarse todo lo que se dice, ¿crees que debe garantizarse lo que no se ha dicho? ¿Qué hay más necio que un vendedor que enumere los defectos de aquello que vende? ¿Qué tan absurdo como que por orden del dueño el pregonero anuncie así: "vendo una casa insalubre"?».

56. Así pues, en algunos casos dudosos por una parte se defiende lo honesto, por otra se habla de la utilidad de tal manera que no solo es honesto hacer lo que parece útil, sino que también es deshonesto no hacerlo. Esta es aquella discrepancia que parece producirse a menudo entre lo útil y lo honesto. Pero hay que juzgar estos casos; pues no los hemos expuesto para plantear el problema, sino para resolverlo.

57. Por consiguiente, no parece que debiera haber ocultado a los compradores ni aquel comerciante de trigo a los rodios ni este vendedor de la casa. Pues no es ocultar cualquier cosa que calles, sino cuando quieres que ignoren, para tu propio beneficio, aquello que tú sabes y a ellos les interesa saber. Pero qué clase de ocultación es esta y de qué tipo de hombre, ¿quién no lo ve? Ciertamente no de uno abierto, no sencillo, no franco, no justo, no de un hombre de bien, sino más bien de uno taimado, turbio, astuto, engañoso, malicioso, sagaz, tramposo, artero. ¿No es inútil exponerse a tantos nombres de vicios y a otros más?

58. Pues si deben ser censurados quienes callaron, ¿qué debe pensarse de aquellos que emplearon el engaño de la palabra? Cayo Canio, caballero romano, no falto de ingenio y bastante instruido, cuando se retiró a Siracusa para descansar, como él solía decir, no para hacer negocios, iba diciendo que quería comprar unos jardincillos donde invitar a sus amigos y donde pudiera divertirse sin que lo importunaran. Como esto se divulgó, cierto Pitio, que tenía un negocio de banca en Siracusa, le dijo que él no tenía jardines en venta, pero que Canio podría usarlos como si fueran suyos, si quería, y al mismo tiempo invitó al hombre a cenar en los jardines al día siguiente.

Cuando aquel aceptó, entonces Pitio, que como banquero gozaba de influencia entre todos los estamentos, convocó a los pescadores y les pidió que al día siguiente pescaran frente a sus jardincillos, y les dijo qué quería que hicieran. Canio llegó a la cena a su hora; Pitio había preparado un banquete espléndido, había una multitud de barcas ante sus ojos, cada uno traía lo que había pescado, los peces eran arrojados a los pies de Pitio.

59. Entonces Canio dijo: «Te ruego, ¿qué es esto, Pitio? ¿Tantos peces? ¿Tantas barcas?». Y aquel: «¿Qué tiene de raro?», dijo, «en este lugar está todo el pescado que hay en Siracusa, aquí está el suministro de agua, estos pescadores no pueden prescindir de esta casa de campo». Inflamado Canio por el deseo, insistió a Pitio para que se la vendiera. Él al principio con desgana. ¿Para qué más? Lo consigue. El hombre codicioso y rico compra por tanto cuanto Pitio quiso, y la compra amueblada. Registra la transacción, cierra el negocio. Al día siguiente Canio invita a sus conocidos, llega él mismo temprano, no ve ni un remo. Pregunta al vecino de al lado si había alguna fiesta de pescadores, puesto que no veía ninguno. «Ninguna, que yo sepa», dijo aquel, «pero aquí no suelen pescar. Así que ayer me extrañaba qué había pasado».

60. Canio se enfureció, pero ¿qué podía hacer? Pues todavía no había presentado Cayo Aquilio, mi colega y amigo, las fórmulas sobre el dolo malo; en las cuales, cuando se le preguntaba qué era el dolo malo, respondía que era cuando se simulaba una cosa y se hacía otra. Esto ciertamente con gran claridad, como de un hombre experto en definir. Por tanto, tanto Pitio como todos los que hacen una cosa y simulan otra son pérfidos, deshonestos, maliciosos. Ninguna acción de estos puede ser útil, puesto que está contaminada por tantos vicios.

61. Pues si la definición de Aquilio es verdadera, de toda la vida debe eliminarse la simulación y el disimulo. Así, el hombre de bien no simulará ni disimulará nada ni para comprar ni para vender mejor. Y ciertamente aquel dolo malo estaba castigado por las leyes, como la tutela por las Doce Tablas, el fraude a los jóvenes por la ley Pretoria, y sin ley por los juicios en los que se añade «según la buena fe». En los demás juicios destacan sobre todo estas palabras: en el arbitraje sobre bienes conyugales «lo mejor y más equitativo», en el fideicomiso «como se actúa bien entre hombres buenos». ¿Qué entonces?

¿Acaso en aquello que es «lo mejor y más equitativo» puede haber alguna parte de fraude? ¿O cuando se dice «como se actúa bien entre hombres buenos», puede hacerse algo con engaño o malicia? Ahora bien, el dolo malo, como dice Aquilio, se contiene en la simulación. Por tanto, debe eliminarse de las transacciones toda mentira. El vendedor no pondrá un gancho, ni el comprador quien puje contra él. Si llegan a declarar el precio, cada uno no lo declarará más de una vez.

62. Quinto Escévola, hijo de Publio, cuando pidió que se le indicara una sola vez el precio del fundo del que era comprador, y el vendedor así lo hizo, dijo que lo estimaba en más; añadió cien mil. Nadie hay que niegue que esto fue propio de un hombre de bien; niegan que de un sabio, como si hubiera vendido por menos de lo que podía. Esta es, pues, aquella idea perniciosa: que consideran a unos buenos y a otros sabios. De ahí que Ennio dijo: «En vano es sabio el sabio que no sabe ser útil a sí mismo». Verdaderamente así, si yo estuviera de acuerdo con Ennio sobre qué es serme útil.

63. Veo que Hecatón de Rodas, discípulo de Panecio, en aquellos libros que escribió para Quinto Tuberón sobre los deberes, dice que es propio del sabio cuidar de su patrimonio sin hacer nada contra las costumbres, las leyes, las instituciones. Pues no queremos ser ricos solo para nosotros, sino para los hijos, parientes, amigos y sobre todo para la república. Las facultades y recursos de los individuos son, en efecto, las riquezas del Estado. A este de ningún modo puede agradarle el acto de Escévola, del que hablé hace poco. Pues en general declara que no hará nada por su propio beneficio que no sea lícito.

64. A este no debe atribuírsele gran alabanza ni gratitud. Pero si tanto la simulación como el disimulo son dolo malo, muy pocas son las cosas en las que no intervenga ese dolo malo; o si es hombre de bien quien beneficia a quienes puede y no daña a nadie, ciertamente no encontramos fácilmente a ese hombre de bien. Nunca, pues, es útil pecar, porque siempre es deshonesto, y, porque siempre es honesto ser hombre de bien, siempre es útil.

65. Y en cuanto al derecho sobre los inmuebles, está establecido por nuestro derecho civil que en su venta se declaren los defectos conocidos por el vendedor. Pues como según las Doce Tablas bastaba garantizar lo que se había declarado de palabra, y quien lo negara quedaba sujeto a una pena del doble, por los jurisconsultos se estableció también una pena para el silencio; pues determinaron que cualquier defecto que hubiera en el inmueble, si el vendedor lo sabía, debía garantizarlo a menos que se hubiera declarado expresamente.

Parte5El engaño y la verdadera utilidad

66. Por ejemplo, cuando los augures iban a tomar los auspicios en la ciudadela y ordenaron a Tiberio Claudio Centumalo, que tenía una casa en el monte Celio, demoler aquellas partes cuya altura estorbaba los auspicios, Claudio puso en venta el inmueble. Lo compró Publio Calpurnio Lanario. A este le fue notificado lo mismo por los augures. Así que Calpurnio, después de demoler y de enterarse de que Claudio había puesto en venta la casa después de que los augures le habían ordenado demolerla, lo llevó a arbitraje por TODO LO QUE DEBIERA DARLE O HACER CONFORME A LA BUENA FE. Marco Catón emitió su dictamen, el padre de nuestro Catón (pues así como los demás se nombran por sus padres, así este, que engendró aquella lumbre, debe nombrarse por su hijo); pues bien, ese juez pronunció que, puesto que en la venta había conocido el defecto y no lo había declarado, debía indemnizar el daño al comprador.

67. Por tanto, estableció que pertenece a la buena fe que el comprador conozca el defecto que conocía el vendedor. Si juzgó correctamente, no actuó correctamente aquel vendedor de trigo ni el vendedor de la casa insalubre al callar. Pero silencios de este tipo no pueden ser abarcados por el derecho civil; los que sí pueden, se observan diligentemente. Mario Gratidiano, pariente nuestro, había vendido a Cayo Sergio Orata una casa que él mismo había comprado al mismo hacía pocos años. Esta tenía servidumbres, pero Mario no lo había dicho en la transferencia; el asunto fue llevado a juicio. A Orata lo defendía Craso, a Gratidiano lo defendía Antonio. Craso insistía en el derecho: «que el defecto que el vendedor no había declarado a sabiendas, debía ser indemnizado»; Antonio insistía en la equidad: «puesto que ese defecto no había sido desconocido para Sergio, que había vendido aquella casa, no había sido necesario declararlo y no había sido engañado quien conocía bajo qué derecho estaba lo que había comprado». ¿A qué viene esto? Para que entiendas que a nuestros antepasados no les agradaban los astutos.

68. Pero las leyes suprimen las astucias de un modo, los filósofos de otro; las leyes, en cuanto pueden captarlas materialmente, los filósofos, en cuanto pueden hacerlo mediante la razón y la inteligencia. Por tanto, la razón exige que nada se haga con engaño, nada con simulación, nada con falsedad. ¿Acaso no es tender trampas poner las redes, aunque no vayas a levantar la caza ni a azuzarla? Pues las mismas fieras a menudo caen en ellas sin que nadie las persiga. Así tú pones en venta una casa, colocas el anuncio como una red: ¿alguien caerá en ella sin darse cuenta?

69. Aunque veo que esto, debido a la degeneración de la costumbre, no se considera vergonzoso ni por la costumbre ni está sancionado por ley o por el derecho civil, sin embargo está sancionado por la ley de la naturaleza. Existe, en efecto (y aunque se ha dicho muchas veces, debe decirse aún más a menudo), una sociedad que se extiende de manera muy amplia, la de todos los hombres entre sí, más restringida la de quienes son del mismo pueblo, más estrecha la de quienes son de la misma ciudad. Por eso nuestros antepasados quisieron que una cosa fuera el derecho de gentes y otra el derecho civil: lo que es civil no es inmediatamente de gentes, pero lo que es de gentes debe ser también civil.

Pero nosotros no poseemos ninguna imagen sólida y definida del derecho verdadero y de la auténtica justicia, usamos sombras e imágenes. ¡Ojalá al menos siguiéramos esas! Pues proceden de los mejores modelos de la naturaleza y de la verdad.

70. Pues ¡cuánto valen aquellas palabras: QUE POR TI O POR TU PALABRA NO SEA ENGAÑADO NI DEFRAUDADO! ¡Qué áureas aquellas: QUE ENTRE HOMBRES BUENOS SE ACTÚE BIEN Y SIN FRAUDE! Pero quiénes sean «los buenos» y qué sea «actuar bien», es una gran cuestión. Quinto Escévola, pontífice máximo, solía decir que había grandísima importancia en todos aquellos arbitrajes en los que se añadía CONFORME A LA BUENA FE, y consideraba que el nombre de la buena fe se extendía amplísimamente, y que se aplicaba en tutelas, sociedades, fideicomisos, mandatos, compras, ventas, arrendamientos y contratos, por los cuales se mantiene la sociedad de la vida; que en estos era propio de un gran juez determinar, especialmente cuando en la mayoría había juicios contradictorios, qué debía cada uno cumplir para con cada cual.

71. Por consiguiente, deben suprimirse las astucias y aquella malicia que quiere parecer prudencia, pero está lejos de ella y dista muchísimo; pues la prudencia está situada en la distinción entre bienes y males, la malicia, si todas las cosas que son vergonzosas son malas, antepone los males a los bienes. Y no solo en las propiedades el derecho civil derivado de la naturaleza castiga la malicia y el fraude, sino que también en la venta de esclavos se excluye todo fraude del vendedor. Pues quien debió conocer sobre la salud, la fuga, los hurtos, responde según el edicto de los ediles. La situación de los herederos es distinta.

72. De donde se entiende que, puesto que la fuente del derecho es la naturaleza, esto es conforme a la naturaleza: que nadie actúe para aprovecharse de la ignorancia de otro. Y no puede encontrarse mayor ruina de la vida que la malicia que simula inteligencia, de donde nacen aquellos innumerables casos en que lo útil parece pugnar con lo honesto. Pues ¿cuántos podrían encontrarse que, teniendo ante sí la impunidad y la ignorancia de todos, puedan abstenerse de la injusticia?

73. Hagamos la prueba, si os parece, y precisamente en aquellos ejemplos en los que quizá el vulgo de los hombres no crea que se peca. Pues no hay que discutir aquí sobre sicarios, envenenadores, falsificadores de testamentos, ladrones, malversadores, que no deben ser castigados con las palabras y la discusión de los filósofos, sino con cadenas y cárcel, sino consideremos lo que hacen quienes son tenidos por buenos. Unos cuantos trajeron de Grecia a Roma un testamento falso de Lucio Minucio Basilo, hombre rico. Para obtenerlo más fácilmente, escribieron como herederos junto con ellos a Marco Craso y a Quinto Hortensio, hombres poderosísimos de la misma época. Aunque sospechaban que aquel era falso, pero no eran conscientes de culpa alguna, no rechazaron el regalito del crimen ajeno.

¿Qué entonces? ¿Es suficiente esto para que parezcan no haber delinquido? A mí ciertamente no me lo parece, aunque a uno lo amé en vida, al otro no lo odio muerto.

74. Pero como Basilo había querido que Marco Satrio, hijo de su hermana, llevara su nombre y lo había hecho heredero (hablo del patrón del campo piceno y sabino; ¡oh vergonzosa marca de los tiempos!), no era justo que los ciudadanos principales tuvieran la hacienda y que a Satrio no le llegara nada más que el nombre. Pues si quien no defiende la injusticia ni la aparta de los suyos, pudiendo hacerlo, actúa injustamente, como expuse en el primer libro, ¿cómo debe ser considerado quien no solo no rechaza, sino que incluso ayuda a la injusticia? A mí ciertamente incluso las herencias verdaderas no me parecen honestas, si han sido obtenidas con adulaciones maliciosas, no con la verdad de los servicios, sino con su simulación.

Y sin embargo en tales asuntos suele parecer una cosa lo útil, otra lo honesto. Falsamente; pues la regla de la utilidad es la misma que la de la honestidad.

75. Quien no comprenda esto, de este no estará ausente ningún fraude, ningún crimen. Pues pensando así: «esto ciertamente es honesto, pero esto conviene», se atreverá por error a separar cosas unidas por la naturaleza, lo cual es fuente de fraudes, maldades y crímenes de todo tipo. Así pues, si un hombre bueno tuviera este poder, que si chasqueara los dedos pudiera introducir su nombre en los testamentos de los ricos, no usaría este poder, ni siquiera si tuviera la certeza de que nadie en absoluto llegaría a sospecharlo jamás. Pero si dieras este poder a Marco Craso, para que con un chasquido de dedos pudiera estar escrito como heredero quien en realidad no era heredero, en el foro, créeme, bailaría.

Pero el hombre justo y aquel que consideramos hombre bueno, no quitará nada a nadie para transferirlo a sí mismo. Quien se admire de esto, confiese que no sabe qué es un hombre bueno.

76. Pero en verdad, si alguien quisiera desenvolver la noción implícita de su alma, ya se enseñará a sí mismo que el hombre bueno es quien beneficia a quienes puede, no daña a nadie salvo provocado por la injusticia. ¿Qué pues? ¿No daña este que con una especie de veneno consigue mover a los verdaderos herederos y ocupar él su lugar? «¿No hará entonces —dirá alguien— lo que es útil, lo que conviene?» Al contrario, que entienda que nada que sea injusto es conveniente ni útil. Quien no haya aprendido esto, no podrá ser hombre bueno.

77. De niño oía que Cayo Fimbria, excónsul, había sido juez junto con nuestro padre de Marco Lutacio Pintia, caballero romano muy honesto, cuando este había hecho una apuesta de que era hombre bueno. Y que Fimbria le dijo que nunca juzgaría aquel asunto, para no despojar de su reputación a un hombre probado, si juzgaba en contra, o para no parecer que había establecido que alguien era hombre bueno, cuando tal cosa se contiene en innumerables deberes y méritos. A este hombre bueno, pues, que conocía incluso Fimbria, no solo Sócrates, de ningún modo puede parecerle que sea útil algo que no sea honesto. Y así tal hombre no solo no se atreverá a hacer, sino ni siquiera a pensar nada que no se atreva a proclamar.

¿No es vergonzoso que duden de esto los filósofos, cuando ni siquiera dudan los campesinos? De ellos nació lo que ya está gastado por la antigüedad como proverbio. Pues cuando alaban la fe y la bondad de alguien, dicen que es digno de con él jugar a la morra en la oscuridad. ¿Qué fuerza tiene esto sino aquella: que nada conviene que no sea decoroso, aunque puedas obtenerlo sin que nadie te refute?

78. ¿No ves que por este proverbio ni a aquel Giges puede darse perdón ni a este que hace poco imaginaba que con un chasquido de dedos podía barrer las herencias de todos? Pues así como lo que es vergonzoso, aunque se oculte, de ningún modo puede hacerse honesto, así lo que no es honesto no puede hacerse útil oponiéndose y resistiéndose la naturaleza.

79. Pero cuando hay grandísimos premios, hay causa para pecar. Cayo Mario, como estuviera muy lejos de la esperanza del consulado y ya llevara siete años desde su pretura sin hacer nada y pareciera que nunca sería candidato al consulado, cuando fue enviado a Roma por Quinto Metelo, de quien era legado, varón eminente y ciudadano, acusó ante el pueblo romano a su jefe de prolongar aquella guerra, y dijo que si lo hacían cónsul, en breve tiempo entregaría a Yugurta, vivo o muerto, al poder del pueblo romano. Y así fue hecho cónsul, pero se apartó de la fe y de la justicia, quien atrajo el odio con una falsa acusación sobre un ciudadano óptimo y gravísimo, de quien era legado y por quien había sido enviado.

80. Tampoco nuestro Gratidiano cumplió el deber de un hombre bueno cuando, siendo pretor, había convocado el colegio de pretores y los tribunos de la plebe, para que se estableciera el asunto monetario por decisión común; pues en aquellos tiempos la moneda era tan inestable que nadie podía saber qué tenía. Redactaron en común un edicto con pena y juicio y establecieron que todos juntos subieran a la tribuna después del mediodía. Y los demás se fueron cada uno por su lado: Mario fue directo desde los bancos a la tribuna y promulgó él solo lo que se había compuesto en común. Y este asunto, si lo preguntas, le dio gran honor; en todas las encrucijadas había estatuas, ante ellas incienso, velas. ¿Qué más? Nadie fue nunca más querido por la multitud.

Parte6Cuando lo útil parece contradecir lo honesto

81. Estas son las cosas que a veces perturban la deliberación, cuando aquello en lo que se vulnera la equidad no parece tan grave, pero lo que de ello se obtiene parece muy grande, como a Mario no le parecía tan vergonzoso arrebatar a sus colegas y a los tribunos de la plebe la popularidad, pero sí le parecía muy útil llegar a ser cónsul por ese motivo, que era lo que entonces se había propuesto. Pero para todos hay una sola regla, que deseo te sea muy conocida: o bien aquello que parece útil no debe ser vergonzoso, o bien si es vergonzoso, no debe parecer útil. ¿Qué entonces?

¿Podemos acaso juzgar que aquel Mario fue un hombre bueno, o este otro? Desarrolla y examina tu inteligencia para que veas cuál es en ella la forma y la noción de hombre bueno. ¿Acaso corresponde a un hombre bueno mentir, calumniar en provecho propio, arrebatar, engañar? En absoluto, desde luego.

82. ¿Existe entonces algo tan valioso o alguna ventaja tan deseable que te haga perder el prestigio y el nombre de hombre bueno? ¿Qué puede aportar esa utilidad de la que se habla que sea tan grande como lo que quita si te ha arrebatado el nombre de hombre bueno y te ha privado de la lealtad y la justicia? Pues ¿qué diferencia hay entre que alguien se convierta de hombre en bestia o que, con figura de hombre, lleve dentro la crueldad de una bestia? ¿Qué? Los que desatienden todo lo recto y honesto con tal de conseguir el poder, ¿no hacen lo mismo que aquel que incluso quiso tener como suegro a uno con cuya audacia él mismo fuera poderoso?

Le parecía útil tener mucho poder gracias a la impopularidad de otro. No veía cuán injusto para la patria y cuán vergonzoso era aquello. Pero el propio suegro tenía siempre en la boca unos versos griegos de las Fenicias, que diré como pueda; quizá toscamente, pero de modo que pueda entenderse el asunto: «Pues si se ha de violar el derecho, por causa del poder hay que violarlo; en las demás cosas cultiva la piedad». Criminal Eteocles o, mejor dicho, Eurípides, que exceptuó aquello único que era de todos lo más criminal.

83. ¿Por qué, pues, reunimos pequeñeces, herencias, negocios, ventas fraudulentas? Aquí tienes a uno que deseó ser rey del pueblo romano y dueño de todas las naciones y lo consiguió. Si alguien dice que esta ambición es honesta, está loco; pues aprueba la destrucción de las leyes y la libertad y considera glorioso su opresión odiosa y detestable. Pero quien confiesa que no es honesto reinar en una ciudad que ha sido libre y que debe serlo, pero que es útil para quien pueda hacerlo, ¿con qué reproche o, mejor dicho, con qué insulto intentaré apartarlo de tan grande error? ¿Puede acaso, dioses inmortales, ser útil a alguien el parricidio más infame y odioso de la patria, aunque quien se ha manchado con él sea llamado padre por los ciudadanos oprimidos?

Por la honestidad, pues, debe regirse la utilidad, y precisamente de tal modo que estas dos palabras parezcan discrepar entre sí en el nombre, pero sonar como una sola cosa en la realidad.

84. No tengo, en cuanto a la opinión del vulgo, qué utilidad pueda ser mayor que reinar; por el contrario, nada encuentro más inútil para quien lo ha conseguido injustamente, cuando empiezo a remitir el razonamiento a la verdad. ¿Pueden acaso ser útiles a alguien las angustias, las preocupaciones, los miedos diurnos y nocturnos, una vida repleta de asechanzas y peligros? «Muchos son los desleales e infieles al reino, pocos los benévolos», dice Accio. ¿Pero a qué reino? A uno que, transmitido desde Tántalo y Pélope, se poseía por derecho. Pues ¿cuánto más numerosos crees tú que los tenía aquel rey que había oprimido con el ejército del pueblo romano al propio pueblo romano y que había obligado a servirse a una ciudad no solo libre, sino también que mandaba sobre las naciones?

85. ¿Qué manchas de conciencia crees que tenía este en el ánimo, qué heridas? Pero ¿en qué puede ser útil la vida a alguien cuando la condición de esa vida es tal que quien se la arrebate va a gozar de la máxima gratitud y gloria? Pero si estas cosas no son útiles, las que más lo parecen, porque están llenas de deshonra y vergüenza, debe quedar suficientemente demostrado que nada es útil que no sea honesto.

86. Aunque esto mismo fue juzgado tanto en muchas otras ocasiones como en la guerra contra Pirro por Cayo Fabricio, cónsul por segunda vez, y por nuestro senado. Pues cuando el rey Pirro había llevado espontáneamente la guerra contra el pueblo romano y se libraba una contienda por el poder con un rey noble y poderoso, un desertor vino desde él al campamento de Fabricio y le prometió que, si le establecía una recompensa, así como había venido secretamente, volvería secretamente al campamento de Pirro y lo mataría con veneno. Fabricio se ocupó de que fuera devuelto a Pirro y su acción fue alabada por el senado. Sin embargo, si buscamos la apariencia de utilidad y la opinión, un solo desertor habría acabado con aquella gran guerra y con un grave adversario del imperio, pero habría sido una gran deshonra y vergüenza que aquel con quien había habido una contienda de gloria fuera vencido no por la virtud, sino por el crimen.

87. ¿Qué era, pues, más útil, tanto para Fabricio, que fue en esta ciudad lo que Arístides en Atenas, como para nuestro senado, que nunca separó la utilidad de la dignidad, competir con el enemigo mediante las armas o mediante venenos? Si el poder debe buscarse por causa de la gloria, quede lejos el crimen, en el que no puede haber gloria; pero si se buscan las riquezas mismas de cualquier modo, no podrán ser útiles con la infamia. No fue útil, por tanto, aquella sentencia de Lucio Filipo, hijo de Quinto, de que las ciudades que Lucio Sila había liberado a cambio de dinero por decreto del senado quedaran de nuevo sujetas a tributo y que no les devolviéramos el dinero que habían dado por la libertad.

El senado le dio su asentimiento. ¡Vergonzoso para el imperio! Pues la lealtad de los piratas es mejor que la del senado. «Pero se aumentaron los tributos, luego es útil». ¿Hasta cuándo se atreverán a decir que es útil algo que no es honesto?

88. ¿Puede acaso ser útil para algún imperio, que debe estar sostenido por la gloria y la buena voluntad de los aliados, el odio y la infamia? Yo también disentí a menudo con mi Catón. Me parecía que defendía el erario y los tributos con demasiada rigidez, negándoselo todo a los publicanos, muchas cosas a los aliados, cuando debíamos ser generosos con estos y tratar con aquellos como solíamos hacerlo con nuestros colonos, y tanto más cuanto que aquella unión de los órdenes concernía a la salvación de la república. También estaba equivocado Curión cuando decía que la causa de los transpadanos era justa, pero siempre añadía: «Que venza la utilidad».

Mejor habría sido que enseñara que no era justa porque no era útil para la república, que decir que no era justa cuando reconocía que era útil.

89. El libro sexto de Hecatón sobre los deberes está lleno de tales cuestiones: si es propio de un hombre bueno, en época de grandísima carestía de alimentos, no alimentar a su servidumbre. Argumenta en ambos sentidos, pero al final dirige el deber más hacia la utilidad, según cree, que hacia la humanidad. Pregunta si, en caso de tener que arrojar carga al mar, debe arrojar antes un caballo valioso o un esclavo sin valor. Aquí una cosa empuja hacia los bienes familiares, otra hacia la humanidad. «Si un necio hubiera agarrado una tabla tras un naufragio, ¿se la arrebatará el sabio si puede?» Dice que no, porque sería injusto.

¿Qué? ¿El dueño de la nave se apropiará de lo suyo? En absoluto, no más de lo que querría arrojar de la nave en alta mar a un navegante porque sea suya. Pues hasta que se ha llegado al punto por el que se tomó la nave, la nave no es del dueño, sino de los navegantes.

90. ¿Qué? Si hay una sola tabla y dos náufragos, y ambos sabios, ¿la arrebatará cada uno para sí o uno cederá al otro? Que ceda, ciertamente, pero a aquel a quien le importe más vivir, ya sea por su propia causa o por la de la república. ¿Qué? Si estas circunstancias son iguales en ambos? No habrá disputa, sino que, como por sorteo o jugando a los dedos, uno cederá al otro vencido. ¿Qué? Si un padre saquea templos, excava túneles hacia el erario, ¿debe denunciarlo el hijo a los magistrados? Sería sacrílego; más aún, debe defender al padre si es acusado. ¿Luego la patria no está por encima de todos los deberes?

Al contrario, pero a la propia patria le conviene tener ciudadanos piadosos con sus padres. ¿Qué? Si el padre intentara ocupar la tiranía, si intentara traicionar a la patria, ¿callará el hijo? Al contrario, suplicará al padre que no lo haga. Si no consigue nada, lo acusará, incluso lo amenazará; al final, si el asunto apuntara a la ruina de la patria, antepondrá la salvación de la patria a la salvación del padre.

91. Pregunta también si un sabio ha recibido sin saberlo monedas falsas por buenas, cuando no lo sabía, ¿deberá pagarlas, si debe algo a alguien, como si fueran buenas? Diógenes dice que sí, Antípater que no, con quien prefiero estar de acuerdo. Quien vende vino que se está volviendo vinagre, sabiéndolo, ¿debe decirlo? Diógenes opina que no es necesario, Antípater considera que es propio de un hombre bueno. Estas son como cuestiones de derecho entre los estoicos. Al vender un esclavo, ¿deben declararse los defectos, no aquellos que, a menos que los declares, dan derecho a devolver el esclavo según el derecho civil, sino estos: que es mentiroso, jugador, ladrón, borracho? A unos les parece que deben declararse, a otros no.

92. Si alguien que vende oro cree estar vendiendo latón, ¿debe un hombre bueno indicarle que es oro, o comprarlo por un denario lo que vale mil denarios? Ya está claro qué me parece a mí y cuál es la controversia entre esos filósofos que he nombrado. Los pactos y promesas, ¿deben cumplirse siempre los que no se hayan hecho ni por violencia ni por dolo, como suelen decir los pretores? Si alguien ha dado un medicamento a alguien para la hidropesía y ha pactado que, si se curaba con ese medicamento, nunca volvería a usar ese medicamento después, si se ha curado con ese medicamento y algunos años después ha caído en la misma enfermedad y no obtiene de aquel con quien pactó que se le permita usarlo de nuevo, ¿qué debe hacerse? Como es inhumano quien no lo concede y no se le hace a él ninguna injuria, debe atenderse a la vida y la salud.

93. ¿Qué? Si un sabio ha sido rogado por quien lo hace heredero, cuando le deja en testamento cien millones de sestercios, que antes de aceptar la herencia baile a plena luz en el foro, y ha prometido que lo hará porque de otro modo aquel no iba a nombrarlo heredero, ¿debe hacer lo que prometió o no? No habría querido prometerlo y creo que eso habría sido propio de gravedad; puesto que lo prometió, si considera vergonzoso bailar en el foro, será más honesto que mienta, tanto si no recibe nada de la herencia como si la recibe, a menos que quizá vaya a destinar ese dinero a algún momento grave para la república, de modo que incluso bailar, cuando vaya a velar por la patria, no sea vergonzoso.

94. Y tampoco deben cumplirse aquellas promesas que no son útiles para aquellos mismos a quienes las hiciste. El Sol le dijo a su hijo Faetonte, para volver a las fábulas, que haría lo que deseara. Deseó ser elevado al carro del padre; fue elevado; y antes de detenerse quedó abrasado por el golpe de un rayo; cuánto mejor habría sido que en esto la promesa del padre no se hubiera cumplido. ¿Qué? ¿La promesa que Teseo exigió a Neptuno? Cuando Neptuno le había concedido tres deseos, deseó la muerte de su hijo Hipólito, ya que este le resultaba sospechoso por causa de su madrastra; conseguido este deseo, Teseo cayó en los mayores lamentos.

Parte7Promesas, juramentos y deber moral

95. ¿Y qué decir del caso de Agamenón? Cuando prometió a Diana sacrificarle lo más hermoso que naciera en su reino aquel año, inmoló a Ifigenia, pues no había nacido nada más hermoso que ella en aquel año. Habría sido mejor no cumplir la promesa que cometer un crimen tan horrible. Por tanto, hay promesas que no deben cumplirse, y no siempre hay que devolver lo depositado. Si alguien depositó una espada en tu casa cuando estaba en su sano juicio, y luego la reclama estando loco, devolvérsela sería un error, no devolvérsela sería tu deber. ¿Y qué sucede si quien depositó dinero en tu casa hace la guerra contra la patria?

¿Le devolverías el depósito? No lo creo, pues actuarías contra la república, que debe sernos lo más querido. Así pues, muchas cosas que parecen honorables por naturaleza dejan de serlo según las circunstancias. Cumplir promesas, respetar acuerdos, devolver depósitos, cuando cambia la conveniencia, dejan de ser honorables. Y sobre estos asuntos que parecen convenientes pero van contra la justicia por apariencia de prudencia, creo haber dicho bastante.

96. Pero ya que en el primer libro dedujimos los deberes de las cuatro fuentes de lo honorable, ocupémonos de ellas mismas al enseñar cuán enemigas de la virtud son aquellas cosas que parecen ser convenientes pero no lo son. Ya hemos tratado la prudencia, que la malicia quiere imitar, y también la justicia, que siempre es conveniente. Quedan las dos partes restantes de lo honorable: una se distingue por la magnitud y excelencia del espíritu, la otra por la forma y moderación de la continencia y la templanza.

97. A Ulises le parecía conveniente —según cuentan los poetas trágicos, pues en Homero, el mejor autor, no hay sospecha alguna de eso sobre Ulises— pero las tragedias lo acusan de haber querido eludir el servicio militar fingiendo locura. No era un plan honorable, pero sí conveniente, como quizá alguien podría decir: reinar y vivir tranquilamente en Ítaca con sus padres, con su esposa, con su hijo. ¿Crees tú que puede compararse alguna gloria con esa tranquilidad en las fatigas cotidianas? Yo, ciertamente, desprecio y rechazo esa tranquilidad, pues considero que lo que no es honorable ni siquiera es conveniente.

98. ¿Qué crees que habría tenido que oír Ulises si hubiera persistido en aquella simulación? Aunque realizó grandísimas hazañas en la guerra, sin embargo habría escuchado de Áyax: «Él mismo fue el primero en prestar juramento, lo que todos sabéis, sólo él faltó a su palabra. Decidió fingir locura para no acudir. Y si no fuera porque la perspicaz prudencia de Palamedes descubrió su maliciosa audacia, habría violado eternamente el derecho del juramento sagrado».

99. Para él, sin duda, fue mejor luchar no sólo con los enemigos, sino incluso con las olas —como lo hizo— que abandonar a Grecia, unida para hacer la guerra a los bárbaros. Pero dejemos las fábulas y los asuntos extranjeros; vengamos a un hecho real y nuestro. Marco Atilio Régulo, cuando fue capturado en una emboscada en África siendo cónsul por segunda vez, bajo el mando del espartano Jantipo y siendo el general Amílcar, padre de Aníbal, fue enviado bajo juramento al senado con la condición de que, si no se devolvían a los cartagineses ciertos cautivos nobles, regresaría él mismo a Cartago. Cuando llegó a Roma, veía la apariencia de conveniencia, pero la juzgó falsa, como demuestra el caso; consistía en lo siguiente: permanecer en la patria, estar en su casa con su esposa, con sus hijos, considerando que la calamidad que había sufrido en la guerra era común a la fortuna bélica, y mantener la dignidad consular. ¿Quién niega que estas cosas son convenientes? ¿Quién crees tú? La grandeza de ánimo y la fortaleza lo niegan.

100. ¿Acaso buscas autoridades más fiables? Pues es propio de estas virtudes no temer nada, despreciar todo lo humano, considerar que nada de lo que puede sucederle al hombre es intolerable. Entonces, ¿qué hizo? Fue al senado, expuso el encargo, se negó a dar su opinión; mientras estuviera sujeto por el juramento a los enemigos, no era senador. Y más aún («¡Oh, hombre necio!», diría alguien, «que obra contra su propia conveniencia»), negó que fuera conveniente devolver a los cautivos; pues aquellos eran jóvenes y buenos generales, mientras que él ya estaba consumido por la vejez. Como su autoridad prevaleció, los cautivos fueron retenidos, y él regresó a Cartago, sin que lo retuviera el amor a la patria ni a los suyos.

Y ciertamente no ignoraba que iba hacia un enemigo crudelísimo y hacia suplicios refinados, pero pensaba que debía cumplir el juramento. Así pues, cuando lo mataban manteniéndolo despierto, estaba en mejor situación que si hubiera permanecido en casa como un anciano cautivo, perjuro, un excónsul.

101. Pero actuó neciamente, dicen, al no sólo no proponer la devolución de los cautivos, sino incluso disuadir de ello. ¿Cómo neciamente? ¿Acaso también si convenía a la república? Pero, ¿puede ser conveniente para algún ciudadano lo que es inconveniente para la república? Los hombres pervierten los fundamentos de la naturaleza cuando separan la conveniencia de lo honorable. Pues todos buscamos la conveniencia y nos vemos arrastrados hacia ella, y no podemos obrar de otro modo. Pues, ¿quién hay que rehúya lo conveniente? O más bien, ¿quién no lo persigue con el mayor empeño? Pero como no podemos encontrar lo conveniente en ninguna parte sino en el elogio, el decoro y lo honorable, por eso consideramos estas cosas como las primeras y supremas, y el nombre de conveniencia lo consideramos no tan espléndido como necesario.

102. ¿Qué sucede entonces —dirá alguien— con el juramento? ¿Es que tememos a un Júpiter airado? Pero esto es común a todos los filósofos, no sólo a aquellos que dicen que dios no se ocupa de nada y no se preocupa por nadie, sino también a los que quieren que dios siempre esté haciendo y tramando algo, que dios nunca se irrita ni daña. Además, ¿qué más daño habría podido hacerle un Júpiter airado del que se hizo Régulo a sí mismo? Por tanto, no hubo fuerza religiosa alguna que trastocara tan gran conveniencia. ¿O es para no actuar vergonzosamente? En primer lugar, ¿el menor de los males? Por tanto, aquella vergüenza no tenía tanto mal como aquel suplicio.

Además, también está aquello de Accio: «¿Rompiste la fe? Ni la di ni la doy a quien es infiel». Aunque lo dice un rey impío, sin embargo está bien dicho.

103. Añaden también que, así como nosotros decimos que ciertas cosas parecen convenientes pero no lo son, así ellos dicen que ciertas cosas parecen honorables pero no lo son, como esto mismo: parece honorable haber regresado al suplicio por cumplir el juramento, pero no es honorable, porque lo que se hizo por la fuerza de los enemigos no debía considerarse válido. Añaden también que todo lo que es muy conveniente se hace honorable, aunque antes no lo pareciera. Estas son, en resumen, las objeciones contra Régulo. Pero examinemos las primeras.

104. No había que temer a Júpiter para que, airado, causara daño, él que no suele irritarse ni dañar. Este razonamiento vale no tanto contra Régulo como contra todo juramento. Pero en el juramento no debe entenderse qué temor hay, sino qué fuerza tiene. Pues el juramento es una afirmación religiosa; y lo que has prometido afirmativamente, como con dios por testigo, debe cumplirse. Ya no se trata de la ira de los dioses, que no existe, sino de la justicia y la lealtad. Pues Ennio dice magníficamente: «Oh Fidelidad propicia, alada, y juramento de Júpiter». Quien viola el juramento, viola la lealtad, que nuestros mayores quisieron que estuviera en el Capitolio junto a Júpiter Óptimo Máximo, como está en el discurso de Catón.

105. Pero ni siquiera un Júpiter airado habría dañado más a Régulo de lo que Régulo se dañó a sí mismo. Ciertamente, si ningún mal hubiera excepto el dolor. Pero que esto no sólo no es el mayor mal, sino que ni siquiera es un mal, lo afirman con la mayor autoridad los filósofos. De ellos, por favor, no vituperéis a Régulo como testigo no mediocre, sino quizá el más importante. Pues, ¿a quién más fiable buscamos que al príncipe del pueblo romano, que sufrió un suplicio voluntario por cumplir su deber? Pues cuando dicen «el menor de los males», esto es, actuar vergonzosamente antes que calamitosamente: ¿acaso hay algún mal mayor que la vergüenza? Que si en la deformidad corporal tiene algo de ofensivo, ¡cuán grande debe parecer aquella depravación y fealdad de un espíritu envilecido!

106. Por eso, quienes tratan estos temas con más firmeza se atreven a decir que sólo es malo lo que es vergonzoso; quienes lo hacen con más suavidad, sin embargo no dudan en decir que el mayor mal es la vergüenza. Pues aquello de «Ni la di ni la doy a quien es infiel» fue dicho correctamente por el poeta porque, tratándose de Atreo, había que servir al personaje. Pero si se arrogarán esto, que no hay que guardar lealtad a quien es infiel, cuiden de que no busquen refugio para el perjurio.

107. Pero existe también un derecho de guerra, y la lealtad al juramento debe guardarse a menudo con el enemigo. Pues lo que se ha jurado de tal manera que la mente concibe que debe cumplirse, eso debe cumplirse; lo que es de otro modo, si no se hace, no hay perjurio. De modo que, si no entregas a los piratas el precio pactado por tu vida, no hay fraude, ni siquiera si no lo haces habiéndolo jurado. Pues el pirata no está definido dentro del número de enemigos, sino que es enemigo común de todos; con él no debe haber ni lealtad ni juramento común.

108. Pues jurar en falso no es perjurio, sino que es perjurio no hacer lo que juraste según la intención de tu ánimo, como se expresa con palabras según nuestra costumbre. Pues Eurípides dice ingeniosamente: «Juró mi lengua, mi mente permanece sin juramento». Pero Régulo no debía perturbar con perjurio las condiciones y pactos bélicos y hostiles. Pues trataba con un enemigo justo y legítimo, contra quien existe todo el derecho fecial y muchos derechos comunes. Si no fuera así, nunca el senado habría entregado encadenados a los enemigos a varones ilustres.

109. Pero en verdad Tito Veturio y Espurio Postumio, siendo cónsules por segunda vez, como tras la derrota en Caudio nuestras legiones habían pasado bajo el yugo, habían hecho la paz con los samnitas, fueron entregados a ellos, pues lo habían hecho sin orden del pueblo y del senado. Y al mismo tiempo fueron entregados Tiberio Numicio y Quinto Melio, que entonces eran tribunos de la plebe, porque por su autoridad se había hecho la paz, para repudiar la paz con los samnitas. Y de esta entrega el propio Postumio, que iba a ser entregado, fue defensor y promotor. Lo mismo hizo muchos años después Cayo Mancino, quien, para ser entregado a los numantinos con quienes había hecho un tratado sin autorización del senado, propuso la moción que Lucio Furio y Sexto Atilio presentaban por decreto del senado; aceptada la cual, fue entregado a los enemigos.

Actuó más honorablemente que Quinto Pompeyo, quien estando en la misma situación, al suplicar, la ley no fue aceptada. En este caso, lo que parecía conveniencia prevaleció más que lo honorable; en los anteriores, la falsa apariencia de conveniencia fue superada por la autoridad de lo honorable.

Parte8Conclusión sobre el deber y la utilidad

110. Pero no debía considerarse válido lo que se había logrado mediante violencia. Como si acaso pudiera aplicarse violencia a un hombre valiente. ¿Por qué, entonces, se dirigió al senado, sobre todo cuando iba a disuadirlo respecto a los prisioneros? Lo que hay de más grande en él, eso es lo que censuráis. Pues no actuó según su propio criterio, sino que asumió la causa para que fuera el senado quien decidiera; si él mismo no lo hubiera propuesto, los prisioneros sin duda habrían sido devueltos a los cartagineses. Así, Régulo habría permanecido sano y salvo en la patria. Pero como consideró que eso no era útil para la patria, por eso creyó que era honroso para él tanto pensar aquello como padecerlo.

Pues en cuanto a lo que dicen, que aquello que es muy útil se vuelve honroso, más bien es que ya lo es, no que llega a serlo. No existe nada útil que no sea también honroso, ni es honroso porque sea útil, sino que es útil porque es honroso. Por eso, entre muchos ejemplos admirables, difícilmente alguien podría decir que hay alguno más laudable o más excelente que este.

111. Pero de toda esta gloria de Régulo, lo único digno de admiración es que opinó que debían retenerse los prisioneros. Pues el hecho de que regresara nos parece ahora admirable, pero en aquellos tiempos no podía haber actuado de otro modo. Por tanto, esa gloria no pertenece al hombre, sino a los tiempos. Nuestros antepasados quisieron que ningún vínculo para asegurar la lealtad fuera más estrecho que el juramento. Lo demuestran las leyes de las doce tablas, lo demuestran las leyes sagradas, lo demuestran los tratados, mediante los cuales se obliga a la lealtad incluso con el enemigo, lo demuestran las sanciones y los castigos de los censores, que sobre nada juzgaban con más diligencia que sobre el juramento.

112. A Lucio Manlio, hijo de Aulo, cuando había sido dictador, el tribuno de la plebe Marco Pomponio lo acusó porque se había añadido unos pocos días más para ejercer la dictadura; también le imputaba haber alejado de las personas a su hijo Tito, que después fue llamado Torcuato, y haberle ordenado habitar en el campo. Cuando el hijo, que era joven, oyó que causaban problemas a su padre, se cuenta que corrió a Roma y al despuntar el alba llegó a la casa de Pomponio. Cuando se le anunció su llegada, creyendo que venía enfadado a presentarle algún cargo contra su padre, se levantó del lecho y, apartados los testigos, ordenó que el joven viniera a su presencia.

Pero este, apenas entró, desenvainó inmediatamente la espada y juró que lo mataría al instante si no le prestaba juramento de que dejaría en paz a su padre. Pomponio, obligado por este terror, juró; llevó el asunto ante el pueblo, explicó por qué le era necesario desistir de la causa y dejó libre a Manlio. Tanto valía el juramento en aquellos tiempos. Y este Tito Manlio es aquel que junto al Anio encontró su sobrenombre arrancando el collar al galo al que había matado tras haberle este desafiado, el que en su tercer consulado derrotó y puso en fuga a los latinos junto al Veseris, un gran hombre entre los primeros, tan indulgente con su padre como rigurosamente severo con su hijo.

113. Pero así como Régulo merece alabanza por mantener el juramento, así merecen censura aquellos diez que Aníbal envió bajo juramento al senado después de la batalla de Cannas, para que regresaran al campamento de aquello de lo que se habían apoderado los cartagineses, si no conseguían lo relativo al rescate de los prisioneros, si es que no regresaron. Sobre ellos no todos opinan del mismo modo; pues Polibio, un autor especialmente fiable, dice que de los diez hombres muy nobles que entonces fueron enviados, nueve regresaron al no haberles concedido el senado lo que pedían; uno de los diez, que poco después de haber salido del campamento regresó como si hubiera olvidado algo, permaneció en Roma.

Interpretaba que con el regreso al campamento quedaba liberado del juramento, pero no correctamente. Pues el fraude no anula el perjurio, solo lo disfraza. Así que fue una estúpida astucia que imitó perversamente la prudencia. Por ello el senado decretó que aquel tramposo y astuto fuera conducido encadenado ante Aníbal.

114. Pero he aquí lo más importante: Aníbal tenía ocho mil hombres, no los que había capturado en batalla ni los que habían huido ante peligro de muerte, sino los que habían sido abandonados en el campamento por los cónsules Paulo y Varrón. El senado consideró que no debían ser rescatados, aunque eso pudiera hacerse por poco dinero, para que quedara arraigado en nuestros soldados vencer o morir. Al oír esto, escribe el mismo autor, quedó abatido el ánimo de Aníbal porque el senado y el pueblo romano, en circunstancias tan difíciles, habían mostrado un espíritu tan elevado. Así, por la comparación con lo honroso, resultan vencidas aquellas cosas que parecen útiles.

115. Cayo Acilio, sin embargo, que escribió historia en griego, dice que fueron más los que regresaron al campamento con el mismo fraude para quedar liberados del juramento, y que los censores los marcaron a todos con toda clase de infamias. Sea este ya el final de este tema. Pues es evidente que aquellas cosas que se hacen con ánimo temeroso, bajo, abatido y quebrantado, como habría sido la conducta de Régulo si hubiera opinado sobre los prisioneros lo que a él mismo le pareciera conveniente, no lo que convenía a la república, o si hubiera querido quedarse en casa, no son útiles, porque son vergonzosas, viles y torpes.

116. Queda la cuarta parte, que se contiene en el decoro, la moderación, la modestia, la continencia y la templanza. ¿Puede, pues, ser útil algo que sea contrario a este coro de tales virtudes? Sin embargo, los filósofos cirenaicos y anicereos, llamados así por Aristipo, situaron todo el bien en el placer y consideraron que la virtud debía alabarse por esta razón, porque era productora de placer. Extinguidos estos, florece Epicuro, casi defensor y promotor de la misma opinión. Con estos «hombres», con pies y manos, como se dice, hay que combatir si se tiene la intención de defender y mantener lo honroso.

117. Pues si no solo la utilidad, sino toda la vida feliz se contiene en la sólida constitución del cuerpo y en la esperanza segura de esa constitución, como escribió Metrodoro, ciertamente esta utilidad, y además la suprema (pues así lo consideran), estará en pugna con lo honroso. Pues ¿dónde se dará en primer lugar sitio a la prudencia? ¿Acaso para que busque placeres por todas partes? ¡Qué miserable esclavitud de la virtud sirviendo al placer! Y además, ¿cuál es la función de la prudencia? ¿Escoger placeres inteligentemente? Supón que no hay nada más agradable que eso, ¿qué puede pensarse más vergonzoso? Y quien diga que el dolor es el mal supremo, ¿qué lugar tiene en él la fortaleza, que es el desprecio de los dolores y los trabajos?

Pues aunque en muchos pasajes Epicuro hable, como efectivamente habla, bastante valerosamente sobre el dolor, sin embargo no hay que atender a lo que dice, sino a lo que es coherente que diga quien ha limitado los bienes al placer y los males al dolor. Y si lo escucho sobre la continencia y la templanza, él dice mucho en muchos pasajes, pero el agua no fluye, como dicen. Pues ¿cómo puede alabar la templanza quien sitúa el bien supremo en el placer? Pues la templanza es enemiga de las pasiones, y las pasiones persiguen el placer.

118. Y sin embargo, en estos tres géneros de algún modo pueden, no torpemente, escaparse por la tangente. Introducen la prudencia como ciencia que proporciona placeres y aleja dolores. También resuelven de algún modo la fortaleza cuando enseñan la manera de despreciar la muerte y soportar el dolor. Incluso introducen la templanza, ciertamente no muy fácilmente, pero sin embargo de algún modo pueden. Pues dicen que la magnitud del placer se limita mediante la eliminación del dolor. La justicia vacila o más bien yace postrada, y todas aquellas virtudes que se perciben en la comunidad y en la sociedad del género humano. Pues ni la bondad ni la liberalidad ni la afabilidad pueden existir, como tampoco la amistad, si estas no se buscan por sí mismas, sino que se refieren al placer o a la utilidad.

119. Resumamos, pues, en pocas palabras. Pues así como hemos demostrado que no existe ninguna utilidad que sea contraria a lo honroso, así decimos que todo placer es contrario a lo honroso. Por ello juzgo más reprensibles a Calífonte y Dinómaco, que creyeron que resolverían la controversia si unían el placer con lo honroso como si juntaran a un animal con un hombre. Lo honroso no admite esa unión, la rechaza, la repele. Y verdaderamente el fin de los bienes y los males, que debe ser simple, no puede mezclarse ni componerse de cosas tan diferentes. Pero sobre esto (pues es un asunto importante) hablaré con más extensión en otro lugar; ahora volvamos a lo propuesto.

120. Así pues, cómo debe juzgarse el asunto cuando aquello que parece utilidad se opone a lo honroso, ya se ha tratado suficientemente más arriba. Pero si se dijera que también el placer tiene apariencia de utilidad, no puede haber ninguna unión de este con lo honroso. Pues, aunque concedamos algo al placer, tal vez tenga algo de condimento, pero ciertamente nada de utilidad.

121. Tienes un regalo de tu padre, Marco hijo mío, grande en mi opinión, pero será tal como lo recibas. Aunque estos tres libros deberán ser acogidos entre los comentarios de Cratipo como huéspedes, sin embargo, así como si yo mismo hubiera ido a Atenas, lo que sin duda habría sucedido si la patria no me hubiera llamado de vuelta a mitad del camino con voz clara, también me escucharías a mí alguna vez, así ahora, puesto que mi voz ha llegado a ti mediante estos volúmenes, les dedicarás el tiempo que puedas, y podrás cuanto quieras. Y cuando comprenda que te alegras con este género de conocimiento, entonces hablaré contigo tanto en persona dentro de poco, según espero, como en ausencia mientras estés lejos.

Adiós, pues, mi Cicerón, y convéncete de que eres muy querido para mí, pero que serás mucho más querido si te alegras con tales obras y enseñanzas.

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