Libro 2De lo útil
Parte1La utilidad de los hombres
1. Creo haber explicado suficientemente en el libro anterior, hijo Marco, cómo los deberes se derivan de la honestidad y de toda clase de virtud. Sigue ahora que examine aquellas clases de deberes que se refieren al cuidado de la vida y a la adquisición de esas cosas de las que se sirven los hombres, a las riquezas, a los recursos [; en lo cual dije entonces que había que preguntar qué es útil, qué inútil, y luego, de entre lo útil, qué es más útil o qué es lo más útil]. Voy a empezar a hablar de estas cosas, si antes digo unas palabras sobre mi propósito y mi criterio.
2. Aunque mis libros, varios de ellos, han despertado en muchos no solo el interés por leer sino también por escribir, sin embargo a veces temo que el nombre de la filosofía resulte odioso a algunos hombres de bien y se admiren de que yo ponga en ella tanto esfuerzo y tiempo. Pero yo, mientras la república era gobernada por aquellos a quienes ella misma se había confiado, dedicaba a ella todos mis desvelos y pensamientos. Mas cuando todo quedó sujeto al dominio de uno solo y no había ya lugar alguno para el consejo ni la autoridad, y finalmente había perdido a aquellos hombres insignes que eran mis compañeros en la defensa de la república, ni me entregué a las angustias que me habrían consumido si no me hubiera resistido a ellas, ni tampoco a placeres indignos de un hombre instruido.
3. ¡Ojalá la república hubiera permanecido en el estado en que había comenzado y no hubiera caído en manos de hombres deseosos no tanto de cambiar las cosas como de destruirlas! Pues en primer lugar, como solíamos hacer cuando la república estaba en pie, pondríamos más esfuerzo en la acción que en la escritura, y luego, en nuestros propios escritos, confiaríamos no lo que ahora, sino nuestras acciones, como hicimos tantas veces. Pero cuando la república, en la que solía ponerse todo mi cuidado, pensamiento y esfuerzo, dejó de existir por completo, callaron evidentemente aquellas letras del foro y del senado.
4. Pero como mi espíritu no podía estar ocioso, consideré que, ejercitado en estos estudios desde el comienzo de mi vida, podía deponer del modo más honesto mis penas si me dedicaba a la filosofía. A ella, en mi juventud, había dedicado mucho tiempo por aprender; más tarde, cuando empecé a servir a las magistraturas y me entregué por completo a la república, solo quedaba para la filosofía lo que sobraba del tiempo dedicado a los amigos y a la república. Y todo eso se consumía en leer; no había tiempo para escribir.
5. Por tanto, en medio de tantos males parece que hemos conseguido este bien: poner por escrito aquellas cosas que no eran suficientemente conocidas entre los nuestros y eran dignísimas de ser conocidas. Pues ¿qué hay, por los dioses, más deseable que la sabiduría, qué más excelente, qué mejor para el hombre, qué más digno del hombre? Así pues, quienes la buscan son llamados filósofos, y la filosofía no es otra cosa, si quieres interpretarla, que el estudio de la sabiduría. La sabiduría, por su parte, es, según la definieron los antiguos filósofos, la ciencia de las cosas divinas y humanas y de las causas por las que estas cosas se mantienen, y no comprendo bien qué podría pensar que merece alabanza quien censura el estudio de ella.
6. Pues si se busca el placer del espíritu y el descanso de las preocupaciones, ¿qué puede compararse con los estudios de quienes siempre buscan algo que mire y valga para vivir bien y felizmente? Y si se tiene en cuenta la razón de la constancia y de la virtud, o este es el arte para alcanzarlas, o no hay ninguno en absoluto. Decir que no existe arte alguno para las cosas más grandes, cuando no hay ninguna de las más pequeñas sin arte, es propio de hombres que hablan sin reflexionar y yerran en las cosas más importantes. Pero si existe alguna disciplina de la virtud, ¿dónde se buscará, cuando te hayas apartado de este género de aprendizaje?
Pero estas cosas, cuando exhortamos a la filosofía, suelen discutirse con más cuidado, lo que hemos hecho en otro libro. En este momento solo teníamos que declarar por qué, privados de las funciones de la república, nos hemos dedicado especialmente a este estudio.
7. Pero se nos objeta, y precisamente por parte de hombres doctos y eruditos que preguntan si nos parece que obramos con bastante coherencia al decir que nada puede percibirse y, sin embargo, solemos discutir sobre otras cosas y en este mismo momento seguimos los preceptos del deber. Quisiera que les fuera suficientemente conocida nuestra opinión. Pues no somos de aquellos cuyo espíritu vaga en el error y nunca tiene nada que seguir. Porque ¿qué sería esa mente, o más bien qué vida, suprimida la razón no solo de disputar sino también de vivir? Nosotros, en cambio, así como otros dicen que unas cosas son ciertas y otras inciertas, así, discrepando de ellos, decimos que unas son probables, otras lo contrario.
8. ¿Qué hay entonces que me impida seguir lo que me parece probable, desaprobar lo contrario y evitar la arrogancia de la afirmación, huyendo de la temeridad, que dista muchísimo de la sabiduría? Por otra parte, todo es disputado por los nuestros, porque esto mismo probable no puede brillar si no se ha hecho discusión de las razones desde ambas partes. Pero estas cosas han sido explicadas en nuestros Académicos, según creo, con bastante cuidado. Pero a ti, mi querido Cicerón, aunque te ejercitas en la filosofía más antigua y noble con Crátipo como guía, muy semejante a quienes engendraron aquellas doctrinas insignes, sin embargo no he querido que te fueran desconocidas estas cosas nuestras, vecinas de las vuestras. Pero ya pasemos a lo que nos hemos propuesto.
9. Propuestas cinco maneras de seguir el deber, de las cuales dos pertenecían al decoro y la honestidad, dos a las comodidades de la vida, los recursos, las riquezas, las facultades, y la quinta al juicio de elegir, si alguna vez aquellas cosas que dije parecieran pugnar entre sí, la parte de la honestidad está terminada, y deseo vivamente que te sea muy conocida. Pero esto de lo que ahora trato es eso mismo que se llama útil. En esta palabra el uso, habiéndose equivocado, se desvió del camino y poco a poco fue llevado allí hasta constituir, separando la honestidad de la utilidad, que hay algo honesto que no es útil, y algo útil que no es honesto, y ninguna mayor perdición pudo traerse a la vida de los hombres.
10. Ciertamente los filósofos de la mayor autoridad, severa y honestamente por cierto, distinguen con su reflexión estos tres géneros confundidos: todo lo que es justo, juzgan que también es útil, e igualmente lo que es honesto, eso mismo es justo, de donde resulta que, todo lo que es honesto, eso mismo es útil. Quienes no ven esto claramente, a menudo admirando a los hombres astutos y hábiles, juzgan que la malicia es sabiduría. Hay que arrancarles este error y toda su opinión debe ser conducida a aquella esperanza de que comprendan que pueden conseguir lo que quieren con designios honestos y acciones justas, no con fraude y malicia.
11. Así pues, las cosas que pertenecen a la conservación de la vida humana, unas son inanimadas, como el oro, la plata, como las que nacen de la tierra, como otras del mismo género, otras animadas, que tienen sus impulsos y apetencias. Pero de ellas, unas carecen de razón, otras usan de razón. Carecen de razón los caballos, los bueyes, los demás ganados, las abejas, con cuyo trabajo se produce algo para el uso y la vida de los hombres. De los que usan de razón establecen dos géneros, uno de los dioses, otro de los hombres. A los dioses los harán propicios la piedad y la santidad; pero muy cerca y después de los dioses los hombres pueden ser maximamente útiles a los hombres.
12. Y de aquellas cosas que dañan y perjudican, la misma es la división. Pero como piensan que los dioses no dañan, exceptuados ellos, juzgan que los hombres perjudican muchísimo a los hombres. Pues esas mismas cosas que dijimos inanimadas, la mayoría han sido producidas por las obras de los hombres, las cuales no tendríamos si no se hubiera aplicado la mano y el arte, ni las usaríamos sin la administración de los hombres. Pues ni el cuidado de la salud ni la navegación ni la agricultura ni la recolección y conservación de los frutos y demás cosechas habrían podido existir sin el trabajo de los hombres.
13. Y ciertamente tampoco la exportación de aquellas cosas en las que abundamos, y la importación de aquellas de las que carecemos, habría existido sin duda si los hombres no cumplieran esas funciones. Y por la misma razón ni las piedras necesarias para nuestro uso se extraerían de la tierra, ni el hierro, el bronce, el oro, la plata se excavarían profundamente ocultos sin el trabajo y la mano de los hombres. ¿Y los techos, por los cuales se rechaza la fuerza de los fríos y se mitigan las molestias de los calores, de dónde habrían podido darse al principio al género humano o después repararlos, si por la violencia de una tempestad o un terremoto o la vejez hubieran caído, a no ser que la vida común hubiera aprendido de los hombres a buscar los auxilios de estas cosas?
14. Añade las canalizaciones de aguas, las derivaciones de los ríos, los riegos de los campos, los diques opuestos a las olas, los puertos construidos a mano, ¿de dónde podríamos tenerlos sin el trabajo de los hombres? Por estas cosas y otras muchas es evidente que los frutos y utilidades que se obtienen de aquellas cosas que son inanimadas, de ningún modo podríamos haberlos obtenido sin la mano y el trabajo de los hombres. ¿Qué fruto o qué comodidad podría obtenerse, en fin, de las bestias, si los hombres no ayudaran? Pues también quienes fueron los primeros en descubrir qué uso podíamos tener de cada bestia, ciertamente fueron hombres, ni en este tiempo podríamos, sin el trabajo de los hombres, apacentarlas o domarlas o cuidarlas o sacar de ellas los frutos oportunos; y por ellos mismos son muertas las que dañan y capturadas las que pueden ser de uso.
15. ¿Qué enumero la multitud de artes sin las cuales la vida en absoluto habría podido existir? Pues ¿cómo se socorrería a los enfermos, cuál sería el placer de los sanos, cuál el alimento o el vestido, si no nos sirvieran tantas artes, por las cuales la vida cultivada de los hombres se diferencia tanto del alimento y vestido de las bestias? Las ciudades, por cierto, no habrían podido edificarse ni poblarse sin la reunión de los hombres, de donde se constituyeron las leyes y las costumbres, luego la distribución equitativa del derecho y una disciplina fija de vivir; y de estas cosas se siguió la mansedumbre de los ánimos y se logró el pudor, y que la vida fuera más segura y que dando y recibiendo e intercambiando facultades y comodidades no nos faltara nada.
16. Somos más extensos en este punto de lo necesario. Pues ¿quién hay a quien no le sean evidentes aquellas cosas que Panecio recuerda con más palabras, que nadie pudo realizar grandes y saludables empresas ni como general en la guerra ni como gobernante en casa sin el apoyo de los hombres? Recuerda él a Temístocles, Pericles, Ciro, Agesilao, Alejandro, de quienes niega que pudieran realizar tan grandes cosas sin la ayuda de los hombres. Usa en cosa no dudosa testigos no necesarios. Y así como conseguimos grandes utilidades con la conspiración y el consenso de los hombres, así no hay peste tan detestable que no nazca al hombre del hombre.
Hay un libro de Dicearco sobre la destrucción de los hombres, peripatético importante y abundante, quien, reunidas las demás causas de diluvios, pestilencias, devastaciones, y también de repentina multitud de bestias, por cuyo empuje enseña que ciertos géneros de hombres fueron consumidos, luego compara cuántos más hombres fueron destruidos por el ataque de hombres, esto es, por guerras o sediciones, que por toda otra calamidad.
17. Así pues, puesto que este punto no tiene duda alguna de que los hombres benefician y perjudican muchísimo a los hombres, considero propio de la virtud conciliar los ánimos de los hombres y unirlos a sus usos. Por tanto, aquellas cosas que se hacen útilmente para la vida de los hombres en las cosas inanimadas y en el uso y trato de las bestias, se atribuyen a artes laboriosas, pero el interés de los hombres, pronto y dispuesto para la ampliación de nuestras cosas, se despierta por la sabiduría y virtud de varones excelentes.
Parte2La virtud y el favor de los hombres
18. Y es que toda virtud se manifiesta principalmente en tres aspectos. Uno consiste en discernir qué es en cada asunto lo verdadero y auténtico, qué es coherente con cada cosa, qué se deriva de qué, de dónde nacen las cosas, cuál es la causa de cada una. El segundo consiste en controlar los impulsos turbulentos del ánimo, que los griegos llaman *pathē*, y en hacer que los apetitos, que ellos denominan *hormaí*, obedezcan a la razón. El tercero consiste en tratar con moderación y conocimiento a aquellos con quienes convivimos, de manera que mediante su dedicación tengamos completa y abundantemente satisfecho lo que la naturaleza requiere, y mediante ellos también rechacemos cualquier perjuicio que se nos inflija, y castiguemos a quienes hayan intentado dañarnos con una pena tan grande como lo permitan la equidad y la humanidad.
19. En cuanto a los medios por los cuales podemos conseguir la capacidad de ganar y conservar la dedicación de los hombres, hablaremos de ello, y no mucho más adelante; pero antes deben decirse unas pocas cosas. ¿Quién ignora la gran fuerza que tiene la fortuna en ambos sentidos, ya sea en las circunstancias favorables o adversas? Pues tanto cuando aprovechamos su viento propicio, llegamos a los destinos deseados, como cuando sopla en contra, somos abatidos. Esta misma fortuna produce otros accidentes más raros: primero, los procedentes de cosas inanimadas: temporales, tormentas, naufragios, derrumbes, incendios; luego, los procedentes de animales: golpes, mordeduras, ataques. Estos, pues, como dije, son más raros.
20. Pero las pérdidas de ejércitos, como recientemente las de tres, a menudo las desgracias de muchos generales, como hace poco la de un hombre ilustre y excepcional, además la hostilidad de la multitud y, a causa de ella, muchas veces la expulsión de ciudadanos beneméritos, calamidades, destierros, y a la inversa las circunstancias favorables, honores, mandos, victorias, aunque son obra de la fortuna, sin embargo no pueden producirse en ningún sentido sin la colaboración y la dedicación de los hombres. Reconocido esto, debe decirse de qué manera podemos atraer y despertar la dedicación de los hombres hacia nuestros intereses. Y si el discurso resultara demasiado largo, compárese con la importancia de la utilidad; así quizá parecerá incluso más breve.
21. Por tanto, todo cuanto los hombres tributan a un hombre para engrandecerlo y honrarlo, lo hacen por benevolencia, cuando sienten afecto por alguien por alguna causa, o por honor, si admiran la virtud de alguien y lo consideran digno de la mayor fortuna posible, o porque confían en él y juzgan que administrará bien sus asuntos, o porque temen su poder, o, por el contrario, porque esperan algo de él, como cuando reyes o demagogos ofrecen ciertas larguezas, o finalmente son conducidos por el precio y el soborno, que es ciertamente el método más sórdido y corrupto, tanto para quienes lo practican como para quienes intentan recurrir a él.
22. Pues la situación es lamentable cuando lo que debe lograrse mediante la virtud se intenta conseguir con dinero. Pero puesto que a veces este recurso es necesario, diremos cómo debe usarse, si antes hemos hablado de aquellas cosas que son más propias de la virtud. Y también los hombres se someten al mando y a la potestad de otro por muchas razones. Pues son conducidos o por benevolencia o por la magnitud de los beneficios o por la preeminencia de la dignidad o por la esperanza de que les será útil o por temor a ser forzados a obedecer mediante la violencia o seducidos por la esperanza de larguezas y promesas o, finalmente, como vemos a menudo en nuestra república, comprados por dinero.
23. Ahora bien, de todas las cosas nada es más apropiado para proteger y conservar el poder que ser amado, y nada más contrario que ser temido. Pues admirablemente dice Ennio: «A quien temen, odian; a quien cada uno odia, desea verlo muerto». Y que ningún poder puede resistir al odio de muchos, si antes era desconocido, recientemente ha quedado demostrado. Y no solo la muerte de este tirano, a quien la ciudad soportó oprimida por las armas y obedece ahora especialmente muerto, demuestra cuán grande es la fuerza del odio de los hombres para la ruina, sino también los finales semejantes de los restantes tiranos, de quienes apenas alguno evitó tal muerte. Pues el miedo es mal guardián de la larga duración, y por el contrario la benevolencia es fiel incluso hasta la perpetuidad.
24. Pero a quienes mantienen sometidos por la fuerza a los oprimidos bajo su mando, aplíqueseles enhorabuena la crueldad, como los amos con los esclavos, si no pueden ser retenidos de otra manera; pero quienes se comportan en una ciudad libre de tal modo que sean temidos, nada puede haber más insensato para ellos. Pues aunque las leyes estén sometidas por el poder de alguien, aunque la libertad esté aterrorizada, sin embargo estas resurgen alguna vez, ya sea en juicios silenciosos o en votaciones secretas sobre honores. Y son más agudas las mordeduras de la libertad interrumpida que de la conservada. Por tanto, abracemos lo que tiene mayor alcance y vale muchísimo no solo para la seguridad, sino también para el poder y la potencia: que el miedo esté ausente y el afecto se conserve.
Así conseguiremos muy fácilmente lo que queramos tanto en los asuntos privados como en la república. Pues quienes quieren ser temidos, es necesario que teman ellos mismos a aquellos por quienes son temidos.
25. Pues ¿qué pensamos de aquel antiguo Dionisio, con qué tortura de miedo solía angustiarse, que temiendo las navajas de afeitar se quemaba el cabello con carbón encendido? ¿Con qué ánimo consideramos que vivió Alejandro de Feras? quien, como leemos escrito, aunque amaba muchísimo a su esposa Tebe, sin embargo al ir desde los banquetes a su alcoba mandaba que marchara delante un bárbaro con la espada desenvainada, precisamente, como está escrito, marcado con tatuajes tracios, y enviaba por delante a algunos de sus guardaespaldas para que registraran los cofrecillos de mujer e inspeccionaran los vestidos no fuera que ocultaran algún arma. ¡Oh desdichado, que consideraba más fiel a un bárbaro y a un esclavo marcado que a su esposa!
Y no lo engañó; pues fue asesinado por ella misma a causa de la sospecha de concubinato. Y ciertamente ninguna fuerza de mando es tan grande que pueda ser duradera oprimiendo con el miedo.
26. Testigo es Fálaris, cuya crueldad se ha hecho célebre más que las de los demás, quien no murió por emboscadas, como aquel Alejandro que acabo de mencionar, ni a manos de unos pocos, como este nuestro, sino contra quien arremetió toda la multitud de los agrigentinos. ¿Qué? ¿Acaso los macedonios no abandonaron a Demetrio y se pasaron todos a Pirro? ¿Qué? ¿Acaso no abandonaron de repente casi todos los aliados a los lacedemonios que mandaban injustamente y se presentaron como espectadores ociosos de la calamidad de Leuctra? Prefiero recordar en tal asunto ejemplos extranjeros antes que domésticos. Sin embargo, mientras el poder del pueblo romano se mantenía con beneficios, no con injurias, las guerras se libraban o en favor de los aliados o por el dominio, los finales de las guerras eran o clementes o necesarios, el senado era puerto y refugio de reyes, pueblos y naciones, y nuestros magistrados y generales se esforzaban por obtener su mayor gloria de esto único: si hubieran defendido las provincias y los aliados con equidad y lealtad.
27. Así que aquello podía llamarse más propiamente protectorado del mundo que imperio. Paulatinamente íbamos disminuyendo esta costumbre y disciplina ya desde antes, pero después de la victoria de Sila la perdimos por completo; pues dejó de parecer injusto cualquier acto contra los aliados, cuando había surgido tanta crueldad contra los ciudadanos. Por tanto, en aquel siguió a una causa honorable una victoria no honorable. Pues se atrevió a decir, puesta la lanza, mientras vendía bienes en el foro y de hombres buenos y ricos y ciertamente ciudadanos, que vendía su botín. Le siguió quien en una causa impía, con una victoria aún más vergonzosa, no confiscó los bienes de ciudadanos individuales, sino que abarcó provincias y regiones enteras bajo un mismo derecho de calamidad.
28. Así que, devastadas y arruinadas las naciones extranjeras, vimos ser llevada en triunfo a Marsella como ejemplo de imperio perdido, y triunfar sobre aquella ciudad sin la cual nunca nuestros generales triunfaron de las guerras transalpinas. Podría recordar además muchos crímenes contra los aliados, si el sol hubiera visto algo más indigno que esto solo. Así que con razón somos castigados. Pues si no hubiéramos tolerado impunes los crímenes de muchos, nunca habría llegado tanta licencia a uno solo, de quien ciertamente el patrimonio pasó a unos pocos, pero la herencia de las codicias a muchos malvados.
29. Y ciertamente nunca faltarán la semilla y la causa de guerras civiles, mientras los hombres perdidos recuerden y esperen aquella lanza sangrienta que, cuando Publio Sila la blandiera siendo dictador su pariente, él mismo treinta y seis años después no se apartó de una lanza más criminal, y otro, que había sido escriba en aquella dictadura, en esta fue cuestor urbano. De lo cual debe entenderse que, propuestos tales premios, nunca faltarán guerras civiles. Así que apenas se mantienen en pie las paredes de la ciudad, y ellas mismas ya temen los peores crímenes, pero hemos perdido completamente la república. Y caímos en estas calamidades (pues hay que volver al tema propuesto) mientras preferimos ser temidos antes que queridos y amados.
Y si esto pudo sucederle al pueblo romano mandando injustamente, ¿qué deben pensar los particulares? Puesto que es evidente que la fuerza de la benevolencia es grande y la del miedo débil, se sigue que tratemos de qué manera podemos conseguir más fácilmente el afecto que deseamos con honor y lealtad.
30. Pero no todos necesitamos esto por igual; pues debe acomodarse al modo de vida de cada uno: si es necesario ser amado por muchos o basta con serlo por unos pocos. Por tanto, téngase por cierto esto, y lo primero y más necesario: tener amistades fieles de amigos que nos aman. Pues esto es lo único que, en verdad, no difiere mucho entre los hombres más elevados y los mediocres, y debe procurarse casi igualmente por ambos.
31. Del honor y la gloria y la benevolencia de los ciudadanos quizá no todos necesitan por igual, pero sin embargo, si alguien dispone de estas cosas, ayudan bastante tanto para lo demás como para procurarse amistades. Pero de la amistad se ha hablado en otro libro, que se titula Lelio; ahora hablemos de la gloria, aunque también sobre este asunto hay dos libros nuestros, pero tratémosla, puesto que ayuda muchísimo en la administración de asuntos mayores. Por tanto, la gloria suma y perfecta consta de estas tres cosas: que la multitud ame, que tenga confianza, que con cierta admiración considere dignos de honor. Ahora bien, si hay que decirlo de manera simple y breve, estas cosas se obtienen de la multitud casi con los mismos medios que de los individuos. Pero hay también cierto otro acceso a la multitud, de modo que podamos como fluir hacia los ánimos de todos.
32. Y primero veamos los preceptos de la benevolencia acerca de aquellas tres cosas que mencioné antes; esta ciertamente se gana sobre todo con beneficios, en segundo lugar se mueve la benevolencia con la voluntad de hacer bien, aunque quizá falten los medios; y vehementemente se conmueve el amor de la multitud por la misma fama y opinión de liberalidad, beneficencia, justicia, lealtad y de todas aquellas virtudes que pertenecen a la mansedumbre de carácter y afabilidad. Pues aquello mismo que llamamos honesto y decoroso, porque nos agrada por sí mismo y conmueve los ánimos de todos por su naturaleza y su aspecto, y especialmente porque como resplandece en aquellas virtudes que he recordado, por eso somos obligados por la misma naturaleza a amar a aquellos en quienes creemos que están esas virtudes. Y estas ciertamente son las causas más importantes de amar; pues además pueden existir algunas más ligeras.
Parte3La confianza y la justicia
33. La confianza se puede conseguir de dos maneras: si se considera que hemos alcanzado la prudencia unida a la justicia. Pues confiamos tanto en quienes creemos que entienden más que nosotros y que son capaces de prever el futuro, como en quienes, cuando se trata un asunto y se llega a un momento crítico, creemos que pueden resolver la situación y tomar una decisión sobre la marcha; esta los hombres la consideran la prudencia útil y verdadera. Por otra parte, en los hombres justos y dignos de confianza, es decir, en los hombres buenos, se confía de tal modo que no hay en ellos sospecha alguna de engaño ni de injusticia. Por eso consideramos que a ellos se les puede confiar con total acierto nuestra seguridad, nuestros bienes y nuestros hijos.
34. Por tanto, de estas dos cualidades para lograr la confianza, la justicia tiene más peso, puesto que ella sola, sin la prudencia, tiene suficiente autoridad; la prudencia sin justicia no vale nada para conseguir la confianza. Pues cuanto más astuto y hábil es alguien, tanto más odioso y sospechoso resulta una vez que se le retira la reputación de honradez. Por eso la inteligencia unida a la justicia tendrá toda la fuerza que se quiera para conseguir la confianza; la justicia sin prudencia podrá mucho, pero la prudencia sin justicia no valdrá nada.
35. Pero para que nadie se sorprenda de por qué, cuando entre todos los filósofos está establecido, y yo mismo lo he discutido con frecuencia, que quien tiene una virtud las tiene todas, ahora las separo como si pudiera alguien que no fuera prudente ser justo, una cosa es aquella sutileza cuando se afina la verdad misma en la discusión, y otra cuando todo el discurso se adapta a la opinión común. Por eso, igual que el vulgo, nosotros hablamos aquí de modo que decimos que unos son valientes, otros hombres buenos, otros prudentes. Pues hay que usar palabras populares y habituales cuando hablamos de la opinión popular, y lo mismo hizo Panecio. Pero volvamos a nuestro propósito.
36. Por tanto, de aquellas tres cualidades que se refieren a la gloria, esta era la tercera: que con la admiración de los hombres fuéramos juzgados dignos de su reconocimiento por parte de ellos. Así pues, admiran en general todas aquellas cosas que son grandes y que han observado más allá de su expectativa, pero en particular en cada persona, si perciben en ella ciertos bienes inesperados. Por eso miran con respeto y ensalzan con grandísimas alabanzas a aquellos hombres en los que creen percibir virtudes excelentes y singulares, pero desprecian y desdeñan a aquellos en los que piensan que no hay virtud alguna, ni ánimo, ni energía. Pues no desprecian a todos aquellos de los que tienen mala opinión.
Porque a los que consideran deshonestos, maldicientes, fraudulentos y dispuestos a cometer injusticias, a esos de ningún modo los desprecian, pero tienen mala opinión de ellos. Por eso, como dije antes, son despreciados aquellos que «ni para sí ni para otro» sirven, como se dice, en los que no hay esfuerzo alguno, ni diligencia, ni cuidado.
37. Por el contrario, son motivo de admiración aquellos que se considera que superan a los demás en virtud y que no solo están libres de toda indignidad, sino sobre todo de aquellos vicios a los que los demás no pueden resistirse fácilmente. Pues tanto los placeres, las más seductoras señoras, apartan de la virtud los ánimos de la mayor parte, como, cuando se aplican las antorchas de los dolores, la mayoría se aterra en exceso; la vida, la muerte, las riquezas, la pobreza conmueven a todos los hombres muy vehementemente. Aquellos que con ánimo elevado y grande desprecian estas cosas en uno y otro sentido, y cuando se les presenta algún asunto importante y honroso, se vuelven enteramente hacia él y son arrebatados por él, entonces ¿quién no admirará el esplendor y la belleza de la virtud?
38. Por tanto, este desprecio de las cosas del ánimo produce gran admiración, y sobre todo la justicia, de la cual, como virtud única, se llama a los hombres buenos, parece algo admirable a la multitud, y no sin razón. Pues nadie puede ser justo quien teme la muerte, el dolor, el destierro o la pobreza, o quien antepone a la equidad aquellas cosas que son contrarias a estas. Y admiran sobre todo a aquel que no se deja mover por el dinero; y a aquel hombre en quien esto se ha comprobado, lo consideran probado por el fuego. Por eso, aquellas tres cualidades que se propusieron para la gloria, la justicia las consigue todas: tanto la benevolencia, porque quiere ser útil a muchísimos, como por la misma razón la confianza y la admiración, porque desprecia y desdeña aquellas cosas hacia las que la mayoría, inflamados por el ansia, se precipitan.
39. Y en mi opinión, toda organización e institución de la vida necesita la ayuda de los hombres y, principalmente, tener con quienes poder mantener conversaciones familiares; lo cual es difícil a menos que des apariencia de ser un hombre bueno. Por tanto, incluso para el hombre solitario y que vive en el campo es necesaria la reputación de justicia, y aún más, porque si no la tienen, rodeados de ninguna protección, sufrirán muchas injusticias.
40. Y también para aquellos que venden, compran, contratan, alquilan y se implican en negocios, la justicia es necesaria para llevar a cabo sus asuntos, cuya fuerza es tan grande que ni siquiera aquellos que se alimentan del delito y el crimen pueden vivir sin alguna porción de justicia. Pues quien roba o arrebata algo a alguno de aquellos que cometen latrocinios junto con él, ese ni siquiera se deja sitio a sí mismo en el latrocinio; pero aquel que se llama jefe de piratas, si no reparte equitativamente el botín, o es asesinado por sus compañeros o es abandonado. Más aún, se dice que existen leyes de los ladrones, a las que obedecen y que observan.
Por eso, gracias al reparto equitativo del botín, tanto Bárdilis el ilirio, del que se habla en Teopompo, tuvo grandes recursos, como mucho mayores Viriato el lusitano, ante quien incluso cedieron nuestros ejércitos y generales, a quien Cayo Lelio, aquel que es llamado el Sabio, siendo pretor, quebró y debilitó, y reprimió de tal modo su ferocidad que dejó la guerra fácil para los demás. Siendo, pues, tan grande la fuerza de la justicia que incluso fortalece y aumenta los recursos de los ladrones, ¿cuán grande pensamos que será su fuerza entre las leyes y los tribunales y en una república constituida?
41. A mí, en efecto, me parece que no solo entre los medos, como dice Heródoto, sino también entre nuestros antepasados, se instituyeron antaño reyes de buenas costumbres para disfrutar de la justicia. Pues como en tiempos de paz la multitud era oprimida por aquellos que tenían mayores recursos, se refugiaban en algún hombre sobresaliente por su virtud, quien, al impedir que se hiciera injusticia a los más débiles, mediante el establecimiento de la equidad mantenía a los más altos con los más bajos en igualdad de derecho. La misma fue la causa del establecimiento de las leyes que de los reyes.
42. Pues siempre se ha buscado un derecho equitativo; de otro modo no sería derecho. Si lo conseguían de un solo hombre justo y bueno, estaban contentos con ello; cuando esto ocurría menos, se inventaron las leyes, que hablaran siempre a todos con una y la misma voz. Por tanto, esto es evidente: que solían ser elegidos para mandar aquellos de cuya justicia había gran opinión entre la multitud. Y si además se los consideraba también prudentes, no había nada que los hombres creyeran que no podían conseguir bajo su autoridad. Por tanto, la justicia debe ser cultivada y mantenida por toda razón, tanto por sí misma (pues de otro modo no sería justicia), como por el aumento del honor y la gloria.
Pero así como no solo hay un método para adquirir dinero, sino también para invertirlo, de modo que proporcione gastos continuos, no solo necesarios sino también generosos, así también la gloria debe ser buscada e invertida con método.
43. Aunque Sócrates decía magníficamente que el camino hacia la gloria más próximo y como abreviado era este: que alguien procurara ser tal como quisiera que se le considerara. Pero si algunos creen que con simulación y vana ostentación y con fingimiento no solo en el discurso sino también en el semblante pueden conseguir gloria estable, se equivocan enormemente. La gloria verdadera echa raíces e incluso se propaga; todo lo fingido cae rápidamente como florecillas, y nada simulado puede ser duradero. Hay muchísimos testimonios en uno y otro sentido, pero por brevedad nos contentaremos con una sola familia. Pues Tiberio Graco, hijo de Publio, será alabado mientras dure la memoria de los asuntos romanos, pero sus hijos ni en vida fueron aprobados por los buenos ni muertos ocupan el número de los justamente asesinados. Así pues, quien quiera alcanzar la gloria verdadera, cumpla los deberes de la justicia. Cuáles son estos, se dijo en el libro anterior.
44. Pero para que muy fácilmente parezcamos tales como somos, aunque en esto mismo está la mayor fuerza, en que seamos aquellos que queremos que se nos considere, sin embargo hay que dar algunos preceptos. Pues si alguien desde temprana edad tiene motivo de celebridad y de nombre, o bien recibido del padre, como creo que te ha ocurrido a ti, mi querido Cicerón, o bien por algún azar y fortuna, en este se clavan los ojos de todos y se investiga qué hace, cómo vive, y, como si se moviera en la luz más clara, así ninguna palabra ni acción suya puede quedar oculta.
45. Pero aquellos cuya primera edad, debido a su humildad y oscuridad, transcurre en la ignorancia de los hombres, estos, tan pronto como empiezan a ser jóvenes, deben aspirar a grandes cosas y tender hacia ellas con rectos esfuerzos; lo cual harán con ánimo tanto más firme porque no solo no se tiene envidia a esa edad, sino que incluso se la favorece. Por tanto, la primera recomendación para un joven hacia la gloria, si se puede conseguir alguna de las acciones bélicas, en las cuales muchos sobresalieron entre nuestros antepasados; pues casi siempre se libraban guerras. Pero tu edad coincidió con aquella guerra cuya una parte tuvo demasiado crimen, la otra poca felicidad.
Sin embargo, en aquella guerra, cuando Pompeyo te puso al mando de un ala de caballería, obtenías gran elogio tanto del gran hombre como del ejército, montando a caballo, lanzando la jabalina, soportando todo esfuerzo militar. Y aquel elogio tuyo cayó al mismo tiempo que la república. Pero este discurso que he emprendido no es sobre ti, sino sobre todo el género. Por eso pasemos a lo que queda.
46. Por tanto, así como en las demás cosas las obras del ánimo son mucho mayores que las del cuerpo, así aquellas cosas que perseguimos con el talento y la razón son más gratas que aquellas que logramos con las fuerzas. Por tanto, la primera recomendación procede de la modestia, luego de la piedad hacia los padres, de la benevolencia hacia los suyos. Pero muy fácilmente y en el mejor sentido son conocidos los jóvenes que se han acercado a hombres ilustres y sabios que velan bien por la república; si frecuentan su compañía, dan la impresión al pueblo de que llegarán a ser semejantes a aquellos que ellos mismos han elegido para imitar.
47. La casa de Publio Mucio recomendó la juventud de Publio Rutilio a la opinión tanto de integridad como de conocimiento del derecho. Pues Lucio Craso, siendo muy joven, no pidió prestada la fama de otro sitio, sino que él mismo se procuró la máxima alabanza de aquella acusación noble y gloriosa, y a la edad en que los que se ejercitan en ella suelen recibir elogios, como hemos sabido de Demóstenes, a esa edad Lucio Craso demostró que ya hacía perfectamente en el foro lo que incluso entonces podía ejercitar con alabanza en casa.
Parte4La elocuencia y la generosidad
48. Pero como el discurso tiene dos formas, una en que se usa la conversación y otra en que se usa la exposición formal, no cabe duda de que la exposición formal del discurso tiene mayor fuerza para alcanzar gloria (pues esto es lo que llamamos elocuencia); sin embargo, es difícil decir cuánto contribuyen a ganarse los ánimos la amabilidad y la afabilidad de la conversación. Se conservan cartas tanto de Filipo a Alejandro como de Antípatro a Casandro y de Antígono a su hijo Filipo, tres hombres muy prudentes (así nos lo han transmitido); en ellas les aconsejan que con un discurso amable atraigan los ánimos de la multitud hacia la benevolencia y conquisten a los soldados tratándolos con palabras halagüeñas.
Por otra parte, el discurso que se pronuncia ante la multitud con exposición formal suele despertar una gloria completa; pues grande es la admiración que despierta quien habla con elocuencia y sabiduría; quienes lo escuchan piensan que entiende y que es más sabio que los demás. Pero si en el discurso se mezclan la moderación y la seriedad, nada más admirable puede hacerse, y tanto más si esto se da en un joven.
49. Pero como hay varios tipos de casos que requieren elocuencia, y muchos jóvenes en nuestra república han alcanzado elogios hablando ante los jueces, ante el pueblo y ante el senado, la mayor admiración se da en los juicios, cuya naturaleza es doble. Pues se componen de acusación y de defensa, y de estas, aunque la defensa es más loable, sin embargo también la acusación ha sido aprobada muy a menudo. Mencioné hace poco a Craso. Lo mismo hizo en su juventud Marco Antonio. También la elocuencia de Publio Sulpicio se hizo ilustre con una acusación, cuando llevó a juicio a Cayo Norbano, un ciudadano sedicioso e inútil.
50. Pero esto no debe hacerse a menudo, sino solo en alguna de estas ocasiones: o por causa de la república, como aquellos que mencioné antes, o por venganza, como los dos Lúculos, o para ejercer la defensa de otros, como yo lo hice en favor de los sicilianos y Julio en favor de los sardos contra Albucio. También en la acusación de Manio Aquilio se conoció la diligencia de Lucio Fufio. Así pues, acusar debe hacerse una sola vez o, desde luego, pocas veces. Pero si alguien tiene que hacerlo con más frecuencia, que preste este servicio a la república, pues vengar a sus enemigos con frecuencia no es reprochable; con todo, debe haber moderación.
Pues parece propio de un hombre duro, o más bien apenas de un hombre, poner en peligro de muerte a muchos. Esto no solo es peligroso para uno mismo, sino también vergonzoso para la reputación, comprometerse a ser llamado acusador; esto le sucedió a Marco Bruto, nacido de la más alta familia, hijo de aquel que fue uno de los más expertos en derecho civil.
51. Y también debe observarse diligentemente este precepto del deber: no llevar nunca a un inocente a un juicio capital; pues esto de ningún modo puede hacerse sin cometer un crimen. Pues ¿qué hay tan inhumano como convertir la elocuencia, que la naturaleza dio para la salvación y conservación de los hombres, en ruina y perdición de los buenos? Sin embargo, aunque esto debe evitarse, no debe considerarse un escrúpulo religioso defender a veces a un culpable, con tal de que no sea un criminal malvado e impío. Esto lo quiere la multitud, lo permite la costumbre, lo tolera incluso la humanidad. El deber del juez es seguir siempre la verdad en los casos, el del defensor es defender a veces lo verosímil, aunque sea menos verdadero; esto no me atrevería a escribir, sobre todo cuando escribo sobre filosofía, si no pensara lo mismo el muy grave estoico Panecio.
Por otra parte, se obtiene especialmente gloria y favor con las defensas, y tanto mayor cuando sucede que se acude en ayuda de quien parece ser rodeado y oprimido por el poder de algún poderoso, como yo hice muchas otras veces y siendo joven contra el poder dominante de Lucio Sila en favor de Sexto Roscio Amerino, discurso que, como sabes, se conserva.
52. Pero una vez expuestos aquellos deberes de los jóvenes que valen para alcanzar gloria, hay que hablar a continuación de la beneficencia y de la generosidad, cuyo método es doble. Pues se hace con servicios a los necesitados o con dinero. Este último es más fácil para el rico especialmente, pero aquel es más noble y espléndido y más digno de un hombre valiente e ilustre. Aunque en ambos hay una voluntad liberal de hacer favores, sin embargo uno se toma de la fortuna y el otro de la virtud, y la liberalidad que se hace con el patrimonio agota la fuente misma de la beneficencia. Así la beneficencia se elimina con la beneficencia, pues cuanto más la hayas empleado con más personas, menos podrás emplearla con muchos.
53. Pero quienes sean benefactores y generosos con servicios, esto es, con virtud e industria, primero, cuantos más hayan beneficiado, más colaboradores tendrán para hacer el bien, y además, por la costumbre de la beneficencia estarán más dispuestos y como más ejercitados para merecer bien de muchos. En una carta, Filipo acusa admirablemente a su hijo Alejandro porque buscaba la benevolencia de los macedonios con liberalidades: «¿Qué razonamiento, por todos los dioses», dice, «te llevó a esa esperanza de que pensaras que te serían fieles aquellos a quienes habías corrompido con dinero? ¿O acaso procuras que los macedonios esperen que seas no su rey, sino su sirviente y proveedor?» Bien dice «sirviente y proveedor», porque es indigno de un rey, y mejor aún cuando dice que la liberalidad es «corrupción»; pues se vuelve peor quien recibe y más dispuesto a esperar siempre lo mismo.
54. Esto lo dijo él a su hijo, pero considerémoslo un precepto para todos. Por lo cual, ciertamente, no hay duda de que aquella beneficencia que consiste en servicios e industria es más honrosa, tiene un alcance más amplio y puede beneficiar a más personas. Sin embargo, a veces hay que ser generoso con dinero y no debe rechazarse del todo este tipo de beneficencia, y a menudo debe compartirse el patrimonio con personas necesitadas que lo merezcan, pero con diligencia y moderación. Pues muchos han dilapidado sus patrimonios regalando sin reflexión. Pero ¿qué hay más necio que procurar que aquello que haces con gusto no puedas seguir haciéndolo por más tiempo?
Y además, las liberalidades llevan consigo rapiñas. Pues cuando han empezado a pasar necesidad por dar, se ven forzados a poner las manos en los bienes ajenos. Así, aunque quieran ser benefactores para obtener benevolencia, no consiguen tanto afecto de aquellos a quienes dieron como odio de aquellos a quienes quitaron.
55. Por lo cual, el patrimonio no debe cerrarse de tal modo que la beneficencia no pueda abrirlo, ni abrirse de tal modo que esté al alcance de todos; debe aplicarse una medida, y esta debe ajustarse a las posibilidades. En general, debemos recordar aquello que nuestros antepasados han usado muy frecuentemente hasta convertirse en proverbio: la liberalidad no tiene fondo. Pues ¿qué límite puede haber, cuando tanto los mismos que se han acostumbrado como otros desean lo mismo? En general, hay dos tipos de generosos: unos son pródigos, otros son liberales; pródigos son los que derrochan dinero en banquetes, repartos de carne, combates de gladiadores y espectáculos de juegos y cacerías, en cosas de las que dejarán un recuerdo breve o ninguno en absoluto; liberales, en cambio, son los que con sus recursos rescatan a quienes han sido capturados por piratas, o asumen las deudas de sus amigos, o ayudan en la colocación de sus hijas, o les asisten en adquirir o aumentar su patrimonio.
56. Por eso me pregunto qué se le vino a la mente a Teofrasto en aquel libro que escribió sobre las riquezas, en el que hay muchas cosas excelentes, pero esto es absurdo: pues se extiende en elogiar la magnificencia y la exhibición de espectáculos populares, y considera que la posibilidad de tales gastos es el fruto de las riquezas. A mí, en cambio, me parece mucho mayor y más seguro aquel fruto de la liberalidad del que he puesto pocos ejemplos. Cuánto más seria y verdaderamente nos reprende Aristóteles porque no nos sorprendemos de estos derroches de dinero que se hacen para halagar a la multitud. Pero quienes «fueran sitiados por el enemigo, si se vieran obligados a comprar un sextario de agua por una mina, al principio esto nos parecería increíble y todos nos sorprenderíamos, pero cuando lo consideráramos, daríamos perdón a la necesidad; en cambio, en estas pérdidas inmensas y gastos infinitos no nos sorprendemos mucho, cuando sobre todo no se ayuda a ninguna necesidad ni se aumenta la dignidad, y el mismo placer de la multitud se experimenta por un tiempo breve e insignificante, y lo experimenta hasta el más frívolo, en quien, sin embargo, junto con la saciedad muere también el recuerdo del placer».
57. También concluye bien que «esto agrada a los niños, a las mujercillas, a los esclavos y a los libres muy semejantes a esclavos, pero de ningún modo puede ser aprobado por un hombre serio y que pondere con juicio certero lo que se hace». Aunque comprendo que en nuestra ciudad se ha arraigado ya desde buenos tiempos que el esplendor de las edilidades sea exigido por los mejores hombres. Y así, tanto Publio Craso, con el sobrenombre de Rico, como por sus recursos, desempeñó la edilidad con el mayor esplendor, y poco después Lucio Craso, junto con Quinto Mucio, el más moderado de todos los hombres, desempeñó una edilidad magnificentísima; después Cayo Claudio, hijo de Apio, muchos después, los Lúculos, Hortensio, Silano; pero a todos los superó Publio Léntulo durante mi consulado; a este lo imitó Escauro; pero verdaderamente magnificentes fueron los espectáculos de nuestro Pompeyo en su segundo consulado; en todos estos ves qué es lo que me agrada.
58. Sin embargo, debe evitarse la sospecha de avaricia. A Mamercio, hombre riquísimo, el haber omitido la edilidad le trajo el rechazo en el consulado. Por eso, tanto si lo exige el pueblo, y aunque no lo deseen los hombres buenos sino que lo aprueben, debe hacerse según las posibilidades, como nosotros mismos lo hicimos, como también si alguna vez se consigue algo mayor y más útil mediante una liberalidad popular, como recientemente los banquetes de Orestes en las calles bajo el título de diezmo le supusieron un gran honor. Ni siquiera a Marco Seyo se le dio como vicio que en época de carestía diera al pueblo trigo a un as por modio; pues se liberó de una gran e inveterada envidia sin pérdida vergonzosa, ya que era edil, ni muy grande.
Pero fue un honor supremo recientemente para nuestro Milón quien, habiendo comprado gladiadores por causa de la república, que se mantenía con nuestra salvación, reprimió todos los intentos y furores de Publio Clodio.
59. Así pues, la razón de la liberalidad es si es necesaria o útil. Pero en estos mismos casos, la regla de la moderación es la mejor. Lucio Filipo, hijo de Quinto, hombre de gran talento y especialmente ilustre, solía gloriarse de haber alcanzado todos los cargos que se consideraban más elevados sin ningún espectáculo. Lo mismo decían Cota y Curión. A nosotros también nos está permitido gloriarnos de algún modo en esto; pues en proporción a la grandeza de los cargos que alcanzamos con todos los sufragios en nuestro propio año, lo que no le sucedió a ninguno de los que acabo de nombrar, el gasto de la edilidad fue realmente exiguo.
60. Y además, aquellos gastos son mejores: murallas, astilleros, puertos, acueductos y todo lo que pertenece al uso de la república, aunque lo que se entrega presente, como en mano, es más agradable, sin embargo esto es más grato para el futuro. Los teatros, los pórticos, los nuevos templos los critico con más reserva por causa de Pompeyo, pero los más doctos no los aprueban, como este mismo Panecio, a quien he seguido mucho en estos libros sin traducirlo, y Demetrio de Falero, que critica a Pericles, el primero de Grecia, porque invirtió tanto dinero en aquellos célebres propileos. Pero sobre todo este asunto se ha discutido cuidadosamente en aquellos libros que escribí sobre la república.
Así pues, todo el método de tales liberalidades es vicioso en su tipo, necesario en sus momentos, y aun entonces debe adaptarse a las posibilidades y moderarse con la medida.
61. Pero en aquel otro tipo de generosidad que procede de la liberalidad, no debemos estar dispuestos del mismo modo en casos diferentes. Una cosa es el caso de quien está oprimido por la desgracia, y otra el de quien busca una situación mejor sin que le vayan mal sus asuntos.
Parte5La generosidad hacia los necesitados
62. La generosidad debe ser más proclive hacia los que sufren calamidades, a menos que resulten dignos de la calamidad. Sin embargo, con aquellos que quieren que se les ayude, no para que no se hundan, sino para que asciendan a un grado más alto, no debemos en absoluto mostrarnos mezquinos, pero sí debemos aplicar juicio y diligencia al elegir a los idóneos. Pues Ennio dice magníficamente: «Los beneficios otorgados a malos destinatarios los considero malas acciones».
63. Y cuando se ha concedido algo a un hombre bueno y agradecido, en ello hay fruto tanto de él mismo como de los demás. En efecto, eliminada la imprudencia, la generosidad resulta muy grata, y por eso muchos la alaban con mayor entusiasmo, porque la bondad de cada uno de los más ilustres es refugio común de todos. Por tanto, hay que esforzarse en beneficiar con nuestros favores al mayor número posible de personas, cuyo recuerdo se transmita a sus hijos y descendientes, de modo que a éstos no les esté permitido ser ingratos. Pues todos odian al olvidadizo de un beneficio y consideran que esa injuria se les hace también a ellos mismos al disuadir la generosidad, y piensan que quien la comete es un enemigo común de los más pobres.
Y esta generosidad es útil también para el Estado: redimir a los cautivos de la esclavitud, enriquecer a los más pobres; lo cual solía hacerse habitualmente por nuestro orden, según vemos copiosamente escrito en el discurso de Craso. Así pues, esta costumbre de generosidad la antepongo con mucho a las distribuciones de regalos; la primera es propia de hombres serios y magnánimos, la segunda es como de aduladores del pueblo que halagan con el placer la volubilidad de la multitud.
64. Ahora bien, conviene ser generoso al dar y también no ser duro al exigir, y en todo asunto contractual —vendiendo, comprando, arrendando, alquilando—, en las relaciones de vecindad y linderos, ser equitativo, condescendiente, cediendo mucho de nuestro derecho en favor de muchos, y rehuir los pleitos en cuanto sea posible, y quizá un poco más incluso de lo que sea posible. Pues no sólo es propio de un hombre generoso ceder a veces un poco de su derecho, sino que incluso a veces es provechoso. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, el patrimonio familiar, que desde luego es vergonzoso dejar que se dilapide, pero de modo que esté ausente la sospecha de mezquindad y avaricia.
Pues poder ejercer la generosidad sin despojarse del patrimonio es sin duda el mayor fruto de la riqueza. Con razón también fue alabada por Teofrasto la hospitalidad. Es, en efecto, según me parece a mí, muy decoroso que las casas de los hombres ilustres estén abiertas a huéspedes ilustres, y esto es también un ornamento para el Estado que los extranjeros no carezcan en nuestra ciudad de este tipo de generosidad. Por otra parte, es también sumamente útil para aquellos que quieren honestamente tener mucho poder, valer por sus recursos e influencia entre los pueblos extranjeros a través de sus huéspedes. Teofrasto escribe que Cimón en Atenas fue también hospitalario con sus propios curianos lacíadas; pues así lo había establecido y ordenado a sus administradores, que se proveyera de todo a cualquier lacíada que se desviara hacia su finca.
65. En cuanto a los beneficios que se otorgan mediante servicios y no mediante larguezas, éstos se confieren tanto a toda la república como a los ciudadanos particulares. Pues asesorar en derecho, ayudar con el consejo y beneficiar al mayor número posible con este tipo de conocimiento contribuye en gran medida tanto a aumentar los recursos como a ganar prestigio. Por ello, entre muchas cosas excelentes de nuestros antepasados, destacó que el conocimiento y la interpretación del derecho civil mejor constituido siempre gozó del máximo honor; y ciertamente antes de esta confusión de los tiempos los hombres principales lo mantuvieron en su posesión; ahora, igual que los cargos, igual que todos los grados de dignidad, así también el esplendor de esta ciencia ha quedado suprimido, y esto es tanto más indigno cuanto que esto ocurrió en un momento en que existía alguien que, siendo igual en honor a todos los anteriores, los habría superado fácilmente en ciencia. Estos servicios, pues, son gratos a muchos y apropiados para obligar a los hombres mediante beneficios.
66. Y afín a este arte está la facultad más importante, más apreciada y más noble de hablar. Pues ¿qué hay más excelente que la elocuencia, por la admiración de los oyentes, por la esperanza de los necesitados o por la gratitud de los que han sido defendidos? A ésta también, por tanto, nuestros antepasados otorgaron el primer lugar en dignidad dentro de la toga. Así pues, los beneficios y patronazgos de un hombre elocuente y que trabaja con facilidad, y que según es costumbre de nuestros padres defiende las causas de muchos sin molestia y gratuitamente, se extienden ampliamente.
67. El tema me estaba incitando a que también en este punto lamentara la interrupción de la elocuencia, por no decir su muerte, si no temiera parecer quejarme de mí mismo. Pero sin embargo vemos, extinguidos qué oradores, en cuán pocos hay esperanza, en cuántos menos capacidad, en cuántos hay audacia. Pero aunque no todos puedan, ni siquiera muchos, ser peritos en derecho o elocuentes, sin embargo es posible beneficiar a muchos solicitando favores, recomendando a jueces y magistrados, velando por el asunto de otro, rogando a esos mismos que son consultados o defienden; quienes hacen esto consiguen muchísimo prestigio y su actividad se difunde muy ampliamente.
68. Ya no hay que advertirles aquello (pues está a la vista): que tengan cuidado, cuando quieran ayudar a unos, de no ofender a otros. Pues a menudo dañan o bien a quienes no deben o bien a quienes no conviene; si lo hacen por imprudencia, es negligencia; si a sabiendas, temeridad. Debe usarse también una excusa ante aquellos a quienes ofendes sin querer, cualquiera que puedas emplear, de por qué lo que hiciste fue necesario y no podías hacerlo de otra manera, y con otros servicios y favores habrá que compensar lo que parezca violado.
69. Pero como al ayudar a los hombres se suele considerar o bien su carácter o bien su fortuna, es fácil de decir, y por eso lo dicen habitualmente, que al conceder beneficios siguen el carácter de los hombres, no su fortuna. Es un discurso honesto, pero ¿quién hay en definitiva que anteponga, al prestar un servicio, la causa de un hombre pobre aunque excelente al favor de uno afortunado y poderoso? Pues nuestra voluntad suele inclinarse más hacia aquel de quien parece que vendrá una recompensa más expedita y rápida. Pero hay que observar con más diligencia cuál es la naturaleza de las cosas. Sin duda aquel pobre, si es un hombre bueno, aunque no pueda devolver el favor, ciertamente puede tener gratitud.
Y con acierto dijo quien dijo que «quien tiene dinero no lo ha devuelto, quien lo ha devuelto no lo tiene, pero la gratitud tanto quien la ha correspondido la tiene como quien la tiene la ha correspondido». Pero quienes se consideran ricos, honorables, felices, ésos ni siquiera quieren quedar obligados por un beneficio; incluso piensan que ellos han concedido un beneficio cuando han recibido uno por grande que sea, y hasta sospechan que se les reclama o espera algo de ellos, y consideran como la muerte misma que se haya usado su patrocinio o que se les llame clientes.
70. Pero en verdad aquel hombre humilde, como piensa que todo lo que se hace es por consideración a él mismo, no a su fortuna, se esfuerza en mostrarse agradecido no sólo a quien le ha favorecido, sino también a aquellos de quienes espera algo (pues necesita de muchos), y no aumenta con palabras su favor, si por casualidad cumple alguno, sino que incluso lo disminuye. Y debe tenerse en cuenta esto: que si defiendes a un hombre opulento y afortunado, la gratitud permanece en él solo o, si acaso, en sus hijos; pero si defiendes a un hombre pobre, aunque honrado y modesto, todos los humildes que no son malos —que son una gran multitud en el pueblo— ven que se ha preparado una protección para ellos.
71. Por lo cual pienso que es mejor depositar un beneficio en los buenos que en los afortunados. Desde luego hay que esforzarse en poder satisfacer a todo tipo de personas, pero si la cosa llegara a una disyuntiva, sin duda hay que seguir la autoridad de Temístocles, quien cuando se le consultó si casaba a su hija con un hombre bueno pero pobre o con uno menos honrado pero rico, dijo: «Yo prefiero un hombre que necesite dinero a un dinero que necesite hombre». Pero las costumbres están corrompidas y depravadas por la admiración de las riquezas; ¿qué importancia tiene para cada uno de nosotros su magnitud? Quizá ayude a quien las tiene; ni siquiera eso siempre; pero supongamos que ayude: que sea más rico desde luego, pero ¿más honrado cómo?
Y si además es un hombre bueno, que las riquezas no impidan que se le ayude, pero que no sean una ayuda, y que todo el juicio no se base en cuán rico sea alguien, sino en cómo sea. Pero el último precepto al conceder beneficios y prestar servicios: que no defiendas nada contra la equidad, que no lo hagas a favor de la injusticia; pues el fundamento de una recomendación y fama perpetuas es la justicia, sin la cual nada puede ser laudable.
72. Pero puesto que se ha hablado de aquel tipo de beneficios que atañen a los particulares, a continuación debe tratarse de aquellos que se refieren a todos y que conciernen al Estado. Ahora bien, de éstos mismos, unos son de tal modo que pertenecen a todos los ciudadanos, otros de modo que afectan a los particulares, los cuales son incluso más gratos. Debe procurarse en general, si es posible, ambos tipos, y no menos que se vele también por los particulares, pero de modo que eso o bien beneficie o al menos no perjudique al Estado. La distribución frumentaria de Cayo Graco fue una gran largueza; agotaba, pues, el erario; la moderada de Marco Octavio fue tanto tolerable para el Estado como necesaria para la plebe, por tanto saludable tanto para los ciudadanos como para el Estado.
73. Pero en primer lugar deberá cuidar quien administre el Estado de que cada uno conserve lo suyo y no haya merma de los bienes privados por parte del erario público. Pues perniciosamente Filipo, en su tribunado, cuando promovía una ley agraria —que sin embargo permitió fácilmente que fuera rechazada, y en eso se mostró muy moderado—, pero cuando en su actuación dijo muchas cosas demagógicas, entonces dijo mal aquello: «No hay en la ciudad dos mil hombres que tengan patrimonio». Es un discurso capital que tiende a la igualación de los bienes, ¿y qué plaga puede haber mayor? Pues precisamente por esta causa principalmente, para que se conservara lo de cada uno, se establecieron las repúblicas y las ciudades.
Pues aunque los hombres se congregaban por guía de la naturaleza, sin embargo buscaban las defensas de las ciudades con la esperanza de custodiar sus bienes.
74. Debe procurarse también que no haya que recaudar un tributo, como ocurría a menudo entre nuestros antepasados por la pobreza del erario y la continuidad de las guerras, y para que esto no suceda habrá que prevenirlo con mucha anticipación. Pero si alguna necesidad de esta carga sobreviene a algún Estado (pues prefiero augurar esto para otro que para el nuestro, aunque no hablo de nuestro Estado sino de todo Estado), habrá que procurar que todos comprendan que, si quieren estar a salvo, deben obedecer a la necesidad. Y además todos los que gobiernen el Estado deberán velar por que haya abundancia de aquellas cosas que son necesarias. No es necesario discutir cómo suele y debe hacerse su aprovisionamiento; pues está a la vista; sólo había que tocar el tema.
75. Pero lo capital en toda administración de un negocio y cargo público es que se elimine incluso la más mínima sospecha de avaricia. «Ojalá», dijo Cayo Poncio el samnita, «me hubiera reservado la fortuna para aquellos tiempos y hubiera nacido entonces, cuando los romanos empezaron a aceptar regalos. No habría permitido que dominaran por más tiempo». No tendría que haber esperado muchos siglos; pues hace poco que este mal invadió esta república. Así que tolero fácilmente que Poncio hubiera existido en aquel entonces, si es que en él hubo tanta fortaleza. No han pasado aún ciento diez años desde que fue promulgada por Lucio Pisón la ley sobre las repeticiones de dinero, cuando antes no había habido ninguna.
Pero después tantas leyes y cada una más duras que la anterior, tantos acusados, tantos condenados, una guerra itálica tan grande suscitada por miedo a los juicios, tan gran expoliación y saqueo de los aliados una vez suprimidas las leyes y los tribunales, que somos fuertes por la debilidad de los demás, no por nuestra virtud.
Parte6Sobre la avaricia y el bien público
76. Panecio alaba a Africano por haber sido desinteresado. ¿Cómo no alabarlo? Pero en él hubo otras cualidades mayores; el elogio del desinterés no corresponde solo al hombre, sino también a aquellos tiempos. Paulo se apoderó de todo el tesoro de los macedonios, que fue el más grande; introdujo tanto dinero en el erario que el botín de un solo general puso fin a los tributos. Sin embargo, este hombre nada introdujo en su casa salvo el recuerdo imperecedero de su nombre. Africano imitó a su padre y no se enriqueció nada tras destruir Cartago. ¿Y qué? Lucio Mumio, que fue su colega en la censura, ¿acaso se hizo más rico después de haber arrasado por completo la ciudad más opulenta? Prefirió engalanar Italia antes que su propia casa; aunque, a mi modo de ver, al engalanar Italia su propia casa quedó más engalanada.
77. Ningún vicio es, pues, más repugnante —para que el discurso vuelva al punto del que se apartó— que la avaricia, sobre todo en los dirigentes y en quienes gobiernan el Estado. En efecto, hacer del Estado un negocio no solo es vergonzoso, sino también criminal y nefasto. Por ello, el oráculo que pronunció Apolo Pitio, según el cual Esparta habría de perecer por ninguna otra causa sino por la avaricia, parece haber sido anunciado no solo para los lacedemonios, sino también para todos los pueblos opulentos. Ahora bien, quienes dirigen el Estado no pueden ganarse más fácilmente la benevolencia de la multitud por ningún otro medio que con el desinterés y la moderación.
78. Pero quienes quieren mostrarse populares y por esa razón intentan una reforma agraria para expulsar a los poseedores de sus tierras, o piensan que deben condonarse las deudas a los deudores, socavan los fundamentos del Estado: en primer lugar la concordia, que no puede existir cuando a unos se les quita el dinero y a otros se les perdona; en segundo lugar la equidad, que desaparece por completo si no se permite a cada uno tener lo suyo. Pues eso es propio de una ciudad y de una comunidad, como dije antes: que sea libre y sin preocupaciones la protección de los bienes de cada uno.
79. Y en esta ruina del Estado ni siquiera consiguen la gratitud que esperan. Pues aquel a quien se le arrebató algo es un enemigo; aquel a quien se le dio, incluso disimula haber querido recibirlo, y sobre todo en las deudas oculta su alegría para no parecer insolvente. Pero aquel que recibe la injusticia tanto la recuerda como manifiesta su dolor, y aunque sean más numerosos aquellos a quienes se les dio injustamente que aquellos a quienes se les quitó de manera injusta, no por ello tienen más poder. Pues estas cosas no se juzgan por el número, sino por el peso. ¿Y qué equidad tiene que quien no tuvo un campo posea uno ocupado durante muchos años o incluso siglos antes, y que quien lo tuvo lo pierda?
80. Y a causa de este tipo de injusticia los lacedemonios expulsaron al éforo Lisandro, mataron al rey Agis —lo que nunca antes había ocurrido entre ellos—, y desde entonces se produjeron tales discordias que surgieron tiranos, los optimates fueron desterrados y el Estado, magníficamente organizado, se desmoronó. Y no solo cayó Esparta misma, sino que también hundió al resto de Grecia con el contagio de males que, partiendo de los lacedemonios, se extendieron ampliamente. ¿Y qué? A nuestros Gracos, hijos de Tiberio Graco, varón ilustre, y nietos de Africano, ¿acaso no los perdieron las disputas agrarias?
81. Pero con razón se alaba a Arato de Sición quien, estando su ciudad sometida a tiranos durante cincuenta años, partiendo de Argos se apoderó de Sición mediante una entrada clandestina, y tras haber sorprendido al tirano Nicocles de improviso, restituyó a seiscientos exiliados que habían sido los más ricos de su ciudad y liberó el Estado con su llegada. Pero al advertir la gran dificultad que había en relación con los bienes y propiedades, pues consideraba sumamente injusto que aquellos a quienes él mismo había restituido, cuyos bienes otros poseían, quedaran en la indigencia, y pensaba que no era del todo equitativo remover posesiones de cincuenta años, porque durante tan largo período muchas se mantenían por herencias, muchas por compras, muchas por dotes, sin injusticia alguna, juzgó que no se debía quitar a unos ni dejar insatisfechos a aquellos de quienes habían sido.
82. Cuando pues decidió que se necesitaba dinero para resolver ese asunto, dijo que quería marcharse a Alejandría y ordenó que el asunto quedara intacto hasta su regreso; y llegó rápidamente donde Ptolomeo, su huésped, que entonces reinaba, el segundo desde la fundación de Alejandría. Como le había expuesto que deseaba liberar a su patria y le había explicado la causa, aquel varón ilustre obtuvo fácilmente del opulento rey que lo ayudara con una gran suma de dinero. Cuando la llevó a Sición, tomó como consejeros a quince hombres principales, con quienes examinó las causas tanto de quienes tenían lo ajeno como de quienes habían perdido lo suyo, y logró, tasando las propiedades, persuadir a unos de que prefirieran recibir dinero y ceder las posesiones, y a otros de que consideraran más conveniente que se les pagara lo que valía antes que recuperar lo suyo. Así se consiguió que todos se retiraran sin queja, establecida la concordia.
83. ¡Oh, gran hombre y digno de haber nacido en nuestro Estado! Así conviene tratar con los ciudadanos, no como ya hemos visto dos veces: plantar la lanza en el foro y someter los bienes de los ciudadanos a la voz del pregonero. Pero aquel griego, como correspondía a un hombre sabio y eminente, pensó que debía atender a todos, y esta es la suma razón y sabiduría del buen ciudadano: no separar los intereses de los ciudadanos y mantenerlos a todos unidos por la misma equidad. «Que habiten gratis en lo ajeno». ¿Por qué razón? ¿Para que, cuando yo haya comprado, edificado, mantenido, gastado, tú disfrutes de lo mío contra mi voluntad? ¿Qué otra cosa es sino arrebatar a unos lo suyo y dar a otros lo ajeno?
84. Y las leyes de condonación de deudas, ¿qué sentido tienen sino que tú, con mi dinero, compres un campo, lo tengas tú y yo no tenga el dinero? Por eso debe evitarse que haya deudas que perjudiquen al Estado, lo cual puede prevenirse de muchas maneras; no que, si las hubiere, los ricos pierdan lo suyo y los deudores se beneficien de lo ajeno. Pues ninguna otra cosa mantiene más el Estado que el crédito, que no puede existir si no hay obligación de pagar las deudas. Nunca se actuó con más vehemencia que durante mi consulado para impedir que no se pagara. Personas de toda clase y rango intentaron esto con armas y campamentos; me opuse de tal manera que este mal fue erradicado por completo del Estado.
Nunca hubo deudas mayores ni fueron saldadas mejor ni más fácilmente; pues, eliminada la esperanza de defraudar, sobrevino la necesidad de pagar. Pero este hombre, ahora vencedor, entonces vencido, llevó a cabo lo que había pensado cuando le convenía, cuando ya no le convenía en absoluto. Tan grande era en él el deseo de obrar mal, que le deleitaba pecar en sí mismo, aunque no hubiera motivo.
85. De este tipo de largueza, pues, que da a unos y quita a otros, se abstendrán quienes protejan el Estado, y ante todo procurarán que, mediante la equidad del derecho y de los tribunales, cada uno conserve lo suyo y que ni los más humildes sean perjudicados por su condición ni la envidia impida a los ricos conservar o recuperar lo suyo; además, por cuantos medios puedan, ya sea en la guerra o en casa, que engrandezcan el Estado en poder, territorios e ingresos. Estas son obras de grandes hombres, esto se practicó entre nuestros antepasados; quienes persigan estas clases de deberes alcanzarán ellos mismos, con suma utilidad para el Estado, gran gratitud y gloria.
86. En estos preceptos sobre lo útil, Antípatro de Tiro, estoico, que murió recientemente en Atenas, considera que Panecio omitió dos cosas: el cuidado de la salud y del dinero; pienso que fueron omitidas por el gran filósofo porque eran fáciles; ciertamente son útiles. Pero la salud se mantiene con el conocimiento del propio cuerpo y la observación de qué cosas suelen favorecer o dañar, y con la moderación en todo régimen alimenticio y en el cuidado del cuerpo, renunciando a los placeres, y por último con el arte de aquellos a cuya ciencia esto pertenece.
87. En cuanto al patrimonio, debe adquirirse por medios que estén libres de deshonra, conservarse con diligencia y ahorro, y acrecentarse por los mismos medios. Estas materias las trató muy adecuadamente Jenofonte el socrático en aquel libro que se titula *Económico*, que nosotros, cuando teníamos más o menos la edad que tú tienes ahora, tradujimos del griego al latín. Pero todo este tema, sobre adquirir y administrar el dinero (quisiera que también sobre gastarlo), se discute más adecuadamente por ciertos hombres excelentes sentados junto al Jano Medio que por filósofo alguno en escuela alguna. Sin embargo, estas cosas deben conocerse; pues se refieren a lo útil, de lo cual se ha tratado en este libro.
88. Pero la comparación de utilidades, puesto que este era el cuarto tema omitido por Panecio, es a menudo necesaria. Pues suelen compararse las ventajas del cuerpo con las externas, las externas con las del cuerpo, entre sí las del cuerpo, y las externas con las externas. Las del cuerpo se comparan con las externas de este modo: que prefieras estar sano antes que rico; las del cuerpo entre sí, así: que la buena salud se anteponga al placer, la fuerza a la velocidad; las externas así: que la gloria se anteponga a las riquezas, los ingresos urbanos a los rurales.
89. De este género de comparación es aquello del viejo Catón: al preguntársele qué era lo más conveniente en el patrimonio familiar, respondió: «Criar bien el ganado»; ¿qué en segundo lugar?: «Criarlo bastante bien»; ¿qué en tercero?: «Criarlo mal»; ¿qué en cuarto?: «Arar»; y como aquel que había preguntado dijera: «¿Qué prestar a interés?», entonces Catón dijo: «¿Qué matar a un hombre?». De esto y de muchos otros ejemplos debe entenderse que suelen hacerse comparaciones de utilidades y que con razón se ha añadido este género de investigación de los deberes.
90. Continuaremos lo que sigue a continuación.
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