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Libro 1De lo honesto

Sobre los deberes · Marco Tulio Cicerón · 104 min de lectura

Parte1Carta a su hijo Marco sobre los deberes

1. Aunque tú, Marco, hijo mío, llevas ya un año escuchando a Cratipo, y precisamente en Atenas, deberías estar repleto de enseñanzas y principios filosóficos, dada la suprema autoridad tanto del maestro como de la ciudad —el primero puede enriquecerte con su ciencia, la segunda con sus ejemplos—, sin embargo, del mismo modo que yo siempre, para mi propio provecho, he unido el latín al griego, y no solo en la filosofía sino también en el ejercicio de la oratoria, creo que tú debes hacer lo mismo, para que seas igualmente capaz en ambas lenguas. Y en este aspecto nosotros, según parece, hemos aportado una gran ayuda a nuestros compatriotas, de modo que no solo los ignorantes de las letras griegas, sino también los instruidos, consideran haber alcanzado algo importante tanto para hablar como para juzgar.

2. Así pues, tú aprenderás ciertamente del primer filósofo de esta época, y aprenderás mientras quieras; y deberás querer mientras no te arrepientas de cuánto progresas. Pero, sin embargo, al leer mis obras, que no difieren mucho de las peripatéticas —ya que tanto ellos como nosotros queremos ser socráticos y platónicos—, usa tu propio juicio sobre los temas mismos —pues en nada te lo impido—, pero la expresión latina la harás sin duda más rica leyendo mis escritos. Y no quisiera que esto se considere dicho con arrogancia. Pues si bien concedo a muchos el conocimiento de la filosofía, lo propio del orador —hablar con precisión, claridad y elegancia—, puesto que he consumido mi vida en ese empeño, si me lo atribuyo, parece que lo reclamo en cierto modo como derecho mío.

3. Por eso te exhorto encarecidamente, mi querido Cicerón, a que leas con dedicación no solo mis discursos, sino también estos libros sobre filosofía, que ya casi se igualan a aquellos; pues hay mayor fuerza oratoria en los discursos, pero este estilo de expresión equilibrado y moderado también debe cultivarse. Y ciertamente no veo que ningún griego hasta ahora haya logrado trabajar en ambos géneros y cultivar tanto aquel estilo forense de hablar como este tranquilo de debatir, salvo quizá Demetrio de Falero, que puede contarse en este número: un argumentador sutil, un orador poco vehemente, aunque agradable, de modo que puedes reconocer en él al discípulo de Teofrasto. En cuanto a nosotros, cuánto hemos avanzado en ambos géneros será juicio de otros; ciertamente hemos practicado ambos.

4. Yo pienso que si Platón hubiera querido cultivar el estilo forense de hablar, habría podido hacerlo con la mayor gravedad y riqueza, y que Demóstenes, si hubiera conservado y querido exponer lo que había aprendido de Platón, habría podido hacerlo con elegancia y esplendor; del mismo modo juzgo sobre Aristóteles e Isócrates, cada uno de los cuales, encantado con su propio empeño, despreció el del otro. Pero habiendo decidido escribirte algo en este momento, y mucho más en adelante, quise comenzar sobre todo por aquello que fuera más apropiado para tu edad y para mi autoridad. Pues aunque hay muchos temas graves y útiles en la filosofía, tratados con precisión y riqueza por los filósofos, parecen extenderse muy ampliamente aquellos que ellos han transmitido y enseñado sobre los deberes.

Pues ninguna parte de la vida, ni en los asuntos públicos ni en los privados, ni en los forenses ni en los domésticos, ni cuando actúas tú solo ni cuando tratas con otro, puede estar libre de deber; y en su cultivo reside toda la honestidad de la vida, y en su descuido, la deshonra.

5. Y esta cuestión, ciertamente, es común a todos los filósofos. Pues ¿quién hay que se atreva a llamarse filósofo sin transmitir ninguna enseñanza sobre el deber? Pero hay algunas escuelas que, al establecer los fines del bien y del mal, pervierten todo deber. Pues quien establece el bien supremo de tal modo que no tiene nada unido a la virtud, y lo mide por sus propias conveniencias, no por la honestidad, este, si es consecuente consigo mismo y no es vencido a veces por la bondad natural, no puede cultivar ni la amistad, ni la justicia, ni la generosidad; y ciertamente de ningún modo puede ser valiente quien juzga que el dolor es el mal supremo, o moderado quien establece que el placer es el bien supremo.

6. Aunque estas cosas sean tan evidentes que el asunto no requiere debate, sin embargo han sido debatidas por nosotros en otro lugar. Estas escuelas, pues, si quisieran ser consecuentes consigo mismas, nada podrían decir sobre el deber, ni pueden transmitirse enseñanzas firmes, estables y acordes con la naturaleza sobre el deber, excepto por quienes dicen que solo la honestidad, o principalmente la honestidad, debe buscarse por sí misma. Así, esta enseñanza es propia de los estoicos, los académicos y los peripatéticos, puesto que la opinión de Aristón, Pirrón y Erilo ya fue refutada hace tiempo; ellos, sin embargo, tendrían derecho a debatir sobre el deber si hubieran dejado alguna distinción entre las cosas, de modo que hubiera un camino para descubrir el deber.

Seguiremos, pues, en este momento y en esta investigación, principalmente a los estoicos, no como intérpretes, sino, como solemos, extraeremos de sus fuentes según nuestro juicio y criterio cuanto nos parezca de cualquier modo oportuno.

7. Parece conveniente, pues, ya que toda la discusión será sobre el deber, definir primero qué es el deber, cosa que me extraña que Panecio haya omitido. Pues toda enseñanza que se emprende racionalmente sobre algún tema debe partir de la definición, para que se entienda qué es aquello de lo que se debate. [...] Toda cuestión sobre el deber es doble. Un tipo se refiere al fin de los bienes, el otro está situado en las enseñanzas mediante las cuales puede conformarse el uso de la vida en todas sus partes. Del tipo anterior son ejemplos como estos: si todos los deberes son perfectos, si un deber es mayor que otro, y otros del mismo género.

Pero aquellos deberes cuyas enseñanzas se transmiten, aunque se refieren al fin de los bienes, sin embargo esto aparece menos, porque parecen mirar más a la organización de la vida común; sobre estos debemos explicarnos en estos libros.

8. Y hay también otra división del deber. Pues se habla de un deber medio y de uno perfecto. Al deber perfecto lo llamaremos, creo, «recto», ya que los griegos lo llaman *katórthoma*, y a este deber común lo llaman *kathêkon*. Y lo definen así: definen que lo recto es el deber perfecto; pero dicen que el deber medio es aquel del cual puede darse una razón probable de por qué se hizo.

9. Triple es, pues, según le parece a Panecio, la deliberación al tomar una decisión. Pues o bien dudan si lo que entra en deliberación es honesto o vergonzoso de hacer; en cuya consideración a menudo los ánimos se dividen hacia opiniones contrarias. Pero también se preguntan o consultan si conviene o no aquello sobre lo que deliberan para la comodidad y el agrado de la vida, para los recursos y medios, para la riqueza, para el poder, mediante los cuales puedan ayudarse a sí mismos y a los suyos; toda esta deliberación recae en el cálculo de la utilidad. El tercer tipo de duda es cuando lo que parece útil parece estar en conflicto con lo honesto.

Pues cuando la utilidad parece atraer hacia sí, y la honestidad, por el contrario, parece llamar hacia sí, sucede que el ánimo se divide en la deliberación y presenta una doble preocupación al pensar.

10. En esta división, siendo un defecto gravísimo en el dividir omitir algo, se han omitido dos cosas. Pues no solo suele deliberarse si algo es honesto o vergonzoso, sino también, propuestas dos cosas honestas, cuál es más honesta, e igualmente, propuestas dos cosas útiles, cuál es más útil. Así se descubre que lo que él creyó que era una razón triple debe distribuirse en cinco partes. Primero, pues, debe tratarse sobre lo honesto, pero de dos modos; luego, con igual criterio, sobre lo útil; después, sobre la comparación entre ambos.

11. En primer lugar, a todo género de seres vivos la naturaleza les ha dado que se protejan a sí mismos, su vida y su cuerpo, que eviten lo que parece que va a dañarlos, y que busquen y preparen todo lo necesario para vivir, como el alimento, como los refugios, como otras cosas del mismo género. También es común a todos los seres vivos el apetito de unión para procrear y cierto cuidado de los que han sido procreados. Pero entre el hombre y la bestia existe principalmente esta diferencia: que esta, cuanto es movida por el sentido, solo se adapta a lo que está presente y es actual, sintiendo muy poco el pasado o el futuro.

Pero el hombre, porque participa de la razón, por la cual percibe las consecuencias, ve las causas de las cosas y no ignora sus antecedentes y como sus preliminares, compara las semejanzas y une y conecta las cosas futuras a las presentes, ve fácilmente el curso de toda la vida y prepara las cosas necesarias para vivirla.

12. Y por la misma fuerza de la razón, la naturaleza une al hombre con el hombre y engendra para la comunicación del lenguaje y de la vida, e infunde sobre todo un amor especial hacia los que han sido procreados, y lo impulsa a que quiera que existan y sean organizadas por él las reuniones y celebraciones de los hombres, y por estas causas se esfuerce en preparar lo que sirva para el sustento y el alimento, no solo para sí mismo, sino para su esposa, sus hijos y los demás a quienes tiene por queridos y debe proteger; esta preocupación también despierta los ánimos y los hace mayores para realizar empresas.

13. Y sobre todo es propio del hombre la búsqueda e investigación de la verdad. Así, cuando estamos libres de ocupaciones y preocupaciones necesarias, entonces deseamos ver algo, oír, aprender, y consideramos necesario para vivir felizmente el conocimiento de las cosas ocultas o admirables. De aquí se entiende que lo verdadero, lo simple y lo sincero es lo más apropiado a la naturaleza del hombre. A este deseo de ver la verdad se une cierto apetito de preeminencia, de modo que un ánimo bien formado por la naturaleza no quiere obedecer a nadie excepto al que enseña o instruye o al que manda justa y legítimamente por razón de utilidad; de aquí surge la grandeza de ánimo y el desprecio de las cosas humanas.

14. Y ciertamente no es pequeña la fuerza de la naturaleza y de la razón en que solo este ser vivo siente qué es el orden, qué es lo decoroso, qué medida hay en los hechos y las palabras. Así, de esas mismas cosas que se perciben por la vista, ningún otro ser vivo siente la belleza, la gracia, la armonía de las partes; la naturaleza y la razón, trasladando esta semejanza de los ojos al ánimo, consideran que debe conservarse mucho más aún la belleza, la constancia, el orden en los planes y las acciones, y se cuidan de no hacer nada indecoroso o afeminado, y luego en todas las opiniones y acciones de no hacer ni pensar nada lascivo.

De estas cosas se forma y se produce aquello que buscamos, lo honesto, que aunque no sea celebrado, sin embargo es honesto, y que con verdad decimos que, aunque no sea alabado por nadie, es laudable por naturaleza.

15. Ves, Marco, hijo mío, la forma misma y como el rostro de lo honesto, «que si pudiera percibirse con los ojos, provocaría, como dice Platón, admirables amores de la sabiduría». Pero todo lo que es honesto nace de alguna de cuatro partes. Pues o bien consiste en la perspicacia y habilidad para la verdad, o en la conservación de la sociedad humana y en dar a cada uno lo suyo y en la fidelidad de los contratos, o en la grandeza y firmeza de un ánimo elevado e invencible, o en el orden y medida de todo lo que se hace y se dice, en lo cual reside la modestia y la templanza.

Estas cuatro, aunque están enlazadas y entrelazadas entre sí, sin embargo de cada una nacen determinados géneros de deberes, como, por ejemplo, de aquella parte que se distinguió primero, en la que ponemos la sabiduría y la prudencia, reside la indagación e invención de la verdad, y este es el oficio propio de esa virtud.

Parte2La prudencia y las virtudes sociales

16. En efecto, cuanto más penetra alguien en lo que es más verdadero en cada asunto y cuanto más aguda y rápidamente puede ver y explicar su razón, tanto más suele ser considerado con justicia el más prudente y sabio. Por eso, la verdad es como la materia que está puesta bajo esta virtud para que la trabaje y se ejercite en ella.

17. En cambio, a las otras tres virtudes se les han asignado tareas necesarias para procurar y proteger aquellas cosas en las que se basa la actividad de la vida: de modo que se conserve la sociedad y unión de los hombres, y que la excelencia y grandeza del espíritu resplandezca tanto al aumentar los recursos y las ventajas que se procuran para sí y los suyos, como mucho más aún al despreciar estas mismas cosas. Por su parte, el orden, la constancia, la moderación y las cualidades similares a estas se ejercitan en el ámbito al que se debe aplicar cierta acción, no solo una actividad mental. Pues al poner cierta medida y orden en los asuntos que se tratan en la vida, conservaremos la honestidad y el decoro.

18. Ahora bien, de los cuatro aspectos en los que hemos dividido la naturaleza y la fuerza de lo honesto, el primero, que consiste en el conocimiento de la verdad, es el que toca más de cerca la naturaleza humana. Todos, en efecto, nos sentimos arrastrados y atraídos hacia el ansia de conocer y saber, en lo cual pensamos que sobresalir es hermoso, mientras que equivocarse, errar, ignorar, ser engañados lo consideramos malo y vergonzoso. En este género natural y honesto hay que evitar dos defectos: uno, no tener por conocidas las cosas desconocidas y asentir a ellas temerariamente; quien quiera evitar este defecto —y todos deberían quererlo— dedicará tiempo y diligencia a examinar los asuntos.

19. El otro defecto es que algunos dedican demasiado empeño y mucho trabajo a cuestiones oscuras y difíciles, y además innecesarias. Evitados estos defectos, será elogiado con justicia el esfuerzo y cuidado que se ponga en asuntos honestos y dignos de conocerse, como hemos oído de Cayo Sulpicio en la astronomía, como yo mismo conocí a Sexto Pompeyo en la geometría, muchos en la dialéctica, más aún en el derecho civil; todas estas artes se ocupan de la investigación de la verdad, pero dejarse apartar de la acción por su estudio va contra el deber. Pues toda la gloria de la virtud consiste en la acción; de la cual, sin embargo, se producen frecuentes interrupciones y se dan muchas ocasiones de volver a los estudios; entonces la actividad de la mente, que nunca se aquieta, puede mantenernos en los estudios del conocimiento incluso sin que lo busquemos.

Ahora bien, todo pensamiento y movimiento del espíritu se ocupará o bien de tomar decisiones sobre asuntos honestos y que atañen a vivir bien y felizmente, o bien de los estudios de la ciencia y el conocimiento. Y sobre el primer fundamento del deber hemos hablado.

20. De los otros tres, el que tiene mayor alcance es aquel principio por el que se mantiene la sociedad entre los hombres y como una comunidad de vida; sus dos partes son: la justicia, en la que está el máximo esplendor de la virtud y por la cual se llama buenos a los hombres, y unida a ella la beneficencia, que también puede llamarse benignidad o liberalidad. Pero el primer deber de la justicia es que nadie dañe a otro, salvo que haya sido provocado por una injuria, luego que use de lo común como común y de lo privado como suyo.

21. Ahora bien, nada es privado por naturaleza, sino por antigua ocupación, como quienes vinieron a lugares vacíos, o por victoria, como quienes los obtuvieron en guerra, o por ley, pacto, condición o sorteo; de ahí resulta que el campo arpinate se llame de los arpinates, el tusculano de los tusculanos; y similar es la distribución de las propiedades privadas. Por tanto, puesto que se hace propio de cada uno aquello que de las cosas que habían sido comunes le toca en suerte, cada uno retenga lo que le ha correspondido; si alguien se lo apropiara, violará el derecho de la sociedad humana.

22. Pero puesto que, como está magníficamente escrito por Platón, no hemos nacido solo para nosotros, sino que la patria reclama una parte de nuestro nacimiento y los amigos otra parte, y, como piensan los estoicos, todas las cosas que se producen en la tierra han sido creadas para uso de los hombres, y los hombres han sido engendrados por causa de los hombres, para que ellos mismos puedan beneficiarse unos a otros, en esto debemos seguir a la naturaleza como guía, poner en común las utilidades comunes y estrechar la sociedad de los hombres entre sí mediante el intercambio de servicios, dando y recibiendo, tanto con las artes como con el trabajo y con los recursos.

23. Por otra parte, el fundamento de la justicia es la buena fe, es decir, la constancia y veracidad de lo dicho y pactado. Por lo cual, aunque esto quizá parecerá a algunos demasiado forzado, atrevámonos sin embargo a imitar a los estoicos, que indagan con cuidado de dónde se derivan las palabras, y creamos que se llamó «fides» porque «fiat» lo que se dijo. Pero hay dos clases de injusticia: una de los que la infligen, otra de los que, pudiendo, no la rechazan de aquellos a quienes se inflige. Pues quien ataca injustamente a alguien, incitado por la ira o alguna otra pasión, ese parece poner las manos sobre un compañero; pero quien no defiende ni se opone a la injuria, si puede, está tan en falta como si abandonara a sus padres, amigos o patria.

24. Y aquellas injurias que se infligen deliberadamente con intención de dañar proceden a menudo del miedo, cuando el que piensa dañar a otro teme que, si no lo hace, él mismo sufra algún perjuicio. Pero la mayor parte se lanzan a cometer injusticia para conseguir aquellas cosas que han codiciado; en este vicio se extiende ampliamente la avaricia.

25. Se buscan las riquezas tanto para las necesidades de la vida como para disfrutar de placeres. En aquellos que tienen mayor espíritu, el deseo de dinero apunta al poder y a la capacidad de hacer favores, como hace poco Marco Craso negaba que fuera suficientemente grande ninguna cantidad de dinero para quien quisiera ser el primero en la república y cuyos frutos no pudieran mantener un ejército. También deleitan los aparatos magníficos y el lujo de vida con elegancia y abundancia, debido a lo cual se ha producido un deseo infinito de dinero. Y ciertamente no debe vituperarse el aumento del patrimonio que no daña a nadie, pero siempre debe evitarse la injuria.

26. Pero son conducidos sobre todo muchísimos a que se apodere de ellos el olvido de la justicia cuando han caído en el deseo de poder, honores y gloria. Pues lo que está en Ennio: «No hay alianza sagrada ni lealtad en el reino», se extiende más ampliamente. Efectivamente, en todo aquello en lo que no pueden sobresalir varios, suele producirse tal competencia que es muy difícil conservar una alianza sagrada. Lo ha demostrado recientemente la temeridad de Cayo César, que trastornó todos los derechos divinos y humanos por causa de aquel principado que él mismo se había forjado por error de opinión. Ahora bien, en este género es penoso que en los espíritus más grandes y en los ingenios más brillantes suelen existir deseos de honor, poder, dominio y gloria. Por eso hay que guardarse más de pecar en algo de este género.

27. Pero en toda injusticia importa muchísimo si la injuria se comete por alguna perturbación del ánimo, que suele ser breve y momentánea, o deliberada y premeditadamente. Pues son más leves las que ocurren por algún impulso repentino que las que se infligen meditadas y preparadas. Y sobre infligir injuria se ha dicho bastante.

28. Ahora bien, suele haber varias causas de omitir la defensa y abandonar el deber. Pues o no quieren suscitar enemistades, trabajos o gastos, o incluso por negligencia, pereza, inercia, o están tan impedidos por algunos estudios u ocupaciones suyas que permiten que queden abandonados aquellos a quienes deberían proteger. Por ello hay que ver que no sea suficiente lo que en Platón se dice de los filósofos: que porque se ocupan de la investigación de la verdad y porque desprecian y tienen por nada aquellas cosas que la mayoría busca vehementemente y por las que suelen luchar entre sí, por eso son justos. Pues consiguen un género de la justicia, no dañar a nadie infligiendo injuria, pero incurren en el otro; pues impedidos por el estudio de aprender, abandonan a quienes deberían proteger.

Así pues, piensan que ni siquiera se acercarán a la república si no son forzados. Pero sería más justo que lo hicieran voluntariamente; pues esto mismo es justo si se hace rectamente, si es voluntario.

29. Hay también quienes dicen que se ocupan de sus asuntos o por dedicación a conservar su patrimonio o por cierto odio a los hombres, y no parecen hacer injuria a nadie. Estos están libres de un género de injusticia, pero incurren en el otro; pues abandonan la sociedad de la vida, porque no aportan a ella ningún interés, ningún trabajo, ningún recurso.

30. Por tanto, puesto que hemos expuesto los dos géneros de injusticia y hemos añadido las causas de cada género, y hemos establecido antes aquellas cosas por las que se contiene la justicia, podremos juzgar fácilmente cuál es el deber en cada momento, a menos que nos amemos excesivamente a nosotros mismos. Pues es difícil el cuidado de los asuntos ajenos. Aunque aquel Cremes de Terencio «considera que nada humano le es ajeno»; sin embargo, como percibimos y sentimos más las cosas que nos ocurren a nosotros mismos, ya prósperas ya adversas, que aquellas que ocurren a los demás, que vemos como interpuesto un largo intervalo, juzgamos de manera diferente sobre ellos que sobre nosotros.

Por eso dan buen consejo los que prohíben hacer algo cuando dudes si es justo o injusto. La equidad brilla por sí misma, la duda significa el pensamiento de injuria.

31. Pero inciden a menudo circunstancias en las que aquellas cosas que parecen muy dignas de un hombre justo y de aquel a quien llamamos hombre bueno se transforman y se vuelven contrarias, como devolver un depósito —¿incluso a un loco?—, cumplir una promesa y cuanto atañe a la veracidad y la buena fe; en ocasiones se vuelve justo abandonar eso y no cumplirlo. Conviene, en efecto, remitirse a aquellos fundamentos de la justicia que he puesto al principio: primero, que no se dañe a nadie, luego, que se sirva a la utilidad común. Cuando estos cambian con el tiempo, cambia el deber y no siempre es el mismo.

32. Puede, en efecto, ocurrir que alguna promesa y pacto sea tal que su cumplimiento resulte perjudicial ya para aquel a quien se prometió, ya para quien prometió. Pues si Neptuno, como está en las fábulas, no hubiera cumplido lo que había prometido a Teseo, Teseo no habría perdido a su hijo Hipólito. Efectivamente, de los tres deseos, como está escrito, este era el tercero, que, encolerizado, pidió sobre la muerte de Hipólito; concedido el cual, cayó en grandísimos lamentos. Por tanto, no deben cumplirse aquellas promesas que son perjudiciales para aquellos a quienes prometiste, ni si te dañan más a ti que aprovechan a aquel a quien prometiste, no va contra el deber que se anteponga lo mayor a lo menor; como si hubieras fijado que vendrías a estar presente como abogado de alguien en un asunto y mientras tanto tu hijo comenzara a estar gravemente enfermo, no sería contra el deber no hacer lo que dijiste, y más bien aquel a quien se hizo la promesa se aparta del deber si se queja de ser abandonado.

Ya respecto a aquellas promesas que se ve que no deben cumplirse, ¿quién no ve que son las que alguien prometió coaccionado por el miedo o engañado por fraude? Estas, por cierto, en su mayoría quedan liberadas por el derecho del pretor, algunas por las leyes.

Parte3Injusticias, guerras justas y beneficencia

33. Surgen también con frecuencia injusticias mediante cierta calumnia y una interpretación del derecho demasiado astuta pero maliciosa. De ahí se ha originado aquel proverbio ya trillado en el habla: «el máximo derecho, la máxima injusticia». En este género se cometen también muchas faltas en la política, como aquel que, habiendo sido pactadas con el enemigo treguas de treinta días, devastaba los campos de noche, porque habían sido pactadas treguas de días, no de noches. Ni siquiera es digno de aprobación el nuestro, si es verdad que Quinto Fabio Labeón, o quien fuera —pues no tengo más que un rumor—, dado por el senado como árbitro a los nolanos y napolitanos acerca de sus límites, cuando llegó al lugar, habló con cada uno por separado, diciéndoles que no actuaran con avidez, que no fueran ambiciosos, y que prefirieran retroceder antes que avanzar.

Como ambos lo hicieron, quedó abandonada en medio una cantidad considerable de terreno. Así pues, fijó los límites de aquellos tal como ellos mismos habían dicho; lo que había quedado en medio lo adjudicó al pueblo romano. Esto es engañar, no juzgar. Por lo cual, en todo asunto debe evitarse tal astucia.

34. Existen, por otra parte, ciertos deberes que deben guardarse incluso hacia aquellos de quienes has recibido una injuria. Pues existe una medida para vengarse y castigar; y no sé si es suficiente que el que provocó se arrepienta de su injuria, para que él mismo no haga nada semejante en adelante y los demás sean más lentos para la injuria. Y en la política deben conservarse sobre todo los derechos de la guerra. Pues como hay dos géneros de combatir, uno mediante la discusión, otro mediante la violencia, y como aquel es propio del hombre, este de las bestias, hay que recurrir al segundo si no es lícito usar el primero.

35. Por lo cual, las guerras deben emprenderse por esta causa: para que se viva en paz sin injuria; pero alcanzada la victoria deben ser preservados aquellos que no fueron crueles en la guerra ni inhumanos, como nuestros antepasados acogieron incluso en la ciudadanía a los tusculanos, ecuos, volscos, sabinos, hérnicos, pero destruyeron completamente Cartago y Numancia; no quisiera lo mismo de Corinto, pero creo que siguieron algún motivo, sobre todo la conveniencia del lugar, para que no pudiera alguna vez el lugar mismo exhortar a hacer la guerra. En mi opinión, debe consultarse siempre por la paz que no vaya a tener ninguna trampa. En lo cual, si se me hubiera obedecido, si no la mejor, tendríamos al menos alguna república, que ahora no existe.

Y debe consultarse tanto por aquellos que has vencido por la fuerza, como por aquellos que, depuestas las armas, se refugian en la protección de los generales, aunque el ariete haya golpeado el muro, deben ser acogidos. En esto se cultivó de tal manera la justicia entre nosotros, que aquellos que habían recibido bajo su protección a las ciudades o naciones vencidas en la guerra, eran sus patronos según la costumbre de los antepasados.

36. Y la equidad de la guerra está santísimamente prescrita en el derecho fecial del pueblo romano. Por lo cual puede entenderse que ninguna guerra es justa, sino la que se hace tras reclamar lo debido o la que ha sido denunciada e indicada de antemano. [El general Popilio ocupaba la provincia, en cuyo ejército militaba como recluta el hijo de Catón. Pero como a Popilio le pareciera licenciar una legión, licenció también al hijo de Catón, que militaba en esa misma legión. Pero como este hubiera permanecido en el ejército por amor al combate, Catón escribió a Popilio que, si le permitía permanecer en el ejército, lo obligara con un segundo juramento militar, porque, perdido el primero, no podía combatir contra los enemigos por derecho.

37. Tan grande era la observancia al hacer la guerra.] Existe una carta del viejo Marco Catón a su hijo Marco, en la que le escribe que ha oído que fue licenciado por el cónsul cuando era soldado en Macedonia en la guerra contra Perseo. Le advierte, pues, que se cuide de no entablar combate; pues niega que sea lícito que combata contra el enemigo quien no es soldado. Yo observo también esto: que quien propiamente era llamado «perduellis», era llamado «hostis», suavizada la tristeza del hecho por la suavidad de la palabra. Pues «hostis» era llamado entre nuestros antepasados aquel a quien ahora llamamos extranjero. Lo indican las doce tablas: «o día fijado con el hostis», e igualmente «contra el hostis, prescripción eterna».

¿Qué puede añadirse a esta mansedumbre, llamar con nombre tan suave a aquel contra quien haces la guerra? Aunque la antigüedad ha hecho ya más dura esa palabra; pues se apartó de «extranjero» y permaneció propiamente en aquel que portaba armas en contra.

38. Mas cuando se combate por el imperio y se busca la gloria en la guerra, conviene que subsistan de todos modos las mismas causas que dije poco antes ser causas justas de las guerras. Pero esas guerras en las que se propone como objetivo la gloria del imperio, deben llevarse con menos acritud. Pues así como con un ciudadano disputamos de una manera si es enemigo, de otra si es competidor (con uno la disputa es de honor y dignidad, con el otro de vida y reputación), así con los celtíberos, con los cimbrios se hacía la guerra como con enemigos, sobre quién existiera, no quién imperara; con los latinos, sabinos, samnitas, cartagineses, Pirro se combatía por el imperio.

Los cartagineses violadores de tratados, Aníbal cruel, los demás más justos. De Pirro ciertamente es aquello célebre sobre la devolución de los cautivos: «No pido oro para mí ni me deis precio alguno; / no trafiquemos la guerra, sino como guerreros / dirimamos con el hierro, no con oro, la vida ambos. / Si queréis que reine yo o yo vosotros, y qué nos trae la Fortuna, / probémoslo con el valor. Y recibid al mismo tiempo esta palabra: / De aquellos cuyo valor perdonó la Fortuna de la guerra, / yo he decidido perdonar su libertad. / Los regalo, llevadlos, y los doy de buena gana con los grandes dioses».

39. Sentencia verdaderamente regia y digna de la estirpe de los Eácidas. Y además, si alguno individualmente, obligado por las circunstancias, prometió algo al enemigo, debe conservarse la lealtad en eso mismo, como en la primera guerra púnica Régulo, capturado por los cartagineses, cuando fue enviado a Roma para el intercambio de cautivos y juró que volvería, primero, cuando llegó, no opinó en el senado que debían devolverse los cautivos, después, cuando era retenido por parientes y amigos, prefirió volver al suplicio antes que faltar a la palabra dada al enemigo.

40. [Pero en la segunda guerra púnica, después de la batalla de Cannas, a los diez que Aníbal envió a Roma, obligados por juramento a volver si no conseguían que fueran rescatados los que habían sido capturados, a todos ellos los censores, mientras vivió cada uno de ellos, porque habían perjurado, los dejaron en las listas de contribuyentes; y no menos a aquel que había encontrado con engaño una escapatoria al juramento. Pues como hubiera salido del campamento con permiso de Aníbal, volvió poco después, diciendo que había olvidado no sé qué; después, salido del campamento, consideró que estaba liberado del juramento, y lo estaba en palabras, pero no en realidad.

Pero siempre en la lealtad debe pensarse qué has pensado, no qué has dicho. Pero el máximo ejemplo de justicia hacia el enemigo fue establecido por nuestros antepasados, cuando un desertor de Pirro prometió al senado que daría veneno al rey y lo mataría. El senado y Gayo Fabricio lo entregaron a Pirro. Así no aprobaron ni siquiera la muerte de un enemigo poderoso que traía la guerra sin provocación, si venía con crimen.]

41. Y acerca de los deberes bélicos se ha dicho suficiente. Pero recordemos que debe guardarse la justicia incluso hacia los más humildes. Ahora bien, la condición y fortuna más humilde es la de los esclavos, a los cuales no aconsejan mal quienes ordenan tratarlos como jornaleros, exigirles el trabajo, proporcionarles lo justo. Pero como la injuria se haga de dos modos, es decir, o por violencia o por fraude, el fraude parece propio de la zorrita, la violencia del león; ambos muy ajenos al hombre, pero el fraude digno de mayor odio. Pero de toda la injusticia ninguna es más capital que la de aquellos que, cuando más engañan, hacen de modo que parezcan hombres buenos. Acerca de la justicia se ha dicho suficiente.

42. A continuación, según fue propuesto, hablemos de la beneficencia y de la liberalidad, que ciertamente nada hay más acomodado a la naturaleza del hombre, pero tiene muchas precauciones. Pues debe cuidarse, primero, que la benignidad no perjudique ni a aquellos mismos a quienes parecerá hacerse benignamente, ni a los demás; después, que la benignidad no sea mayor que las facultades; luego, que se atribuya a cada uno según su dignidad; pues esto es fundamento de la justicia, a la cual debe referirse todo esto. Pues tanto los que gratifican a alguien con lo que perjudica a aquel a quien parecen querer favorecer, no deben ser juzgados benefactores ni liberales, sino perniciosos aduladores, como los que perjudican a unos para ser liberales con otros, están en la misma injusticia que si convirtieran lo ajeno en propio.

43. Pero hay muchos, y ciertamente ávidos de esplendor y gloria, que arrebatan a unos lo que regalan a otros, y creen que parecerán benefactores con sus amigos si los enriquecen de cualquier manera. Pero esto dista tanto del deber, que nada puede ser más contrario al deber. Debe cuidarse, pues, que usemos de aquella liberalidad que aproveche a los amigos, no perjudique a nadie. Por lo cual, la transferencia de riquezas de Lucio Sila, de Gayo César, de los dueños justos a otros ajenos no debe parecer liberal; pues nada es liberal que no sea también justo.

44. El segundo punto de precaución era que la benignidad no fuera mayor que las facultades; los que quieren ser más benignos de lo que la situación permite, primero pecan en esto, que son injustos con los allegados; pues los recursos que es más equitativo que se proporcionen a estos y se les dejen, los transfieren a ajenos. Pero en tal liberalidad está presente casi siempre el deseo de arrebatar y quitar por injuria, para que abunden los recursos para el regalo. También puede verse que la mayoría no son liberales por naturaleza, sino llevados por cierta gloria, para parecer benefactores hacen muchas cosas que parecen proceder más de la ostentación que de la voluntad. Pero tal simulación está más unida a la vanidad que a la liberalidad o a la honestidad.

45. Lo tercero propuesto es que en la beneficencia haya elección de dignidad; en lo cual deberán examinarse tanto las costumbres de aquel sobre quien se conferirá el beneficio, como su ánimo hacia nosotros, y la comunidad y sociedad de vida, y los servicios antes conferidos a nuestras utilidades; es deseable que concurran todas estas cosas; si no, causas más numerosas y mayores tendrán más peso.

46. Pero puesto que no se vive con hombres perfectos y plenamente sabios, sino con aquellos en quienes se actúa de forma excelente si hay simulacros de virtud, también pienso que debe entenderse esto: que no debe descuidarse en absoluto a nadie en quien aparezca alguna manifestación de virtud, pero que debe cultivarse de tal manera a cada uno, según esté adornado cada cual sobre todo con estas virtudes más suaves: la modestia, la templanza, esta misma justicia de la que ya se ha dicho mucho. Pues el ánimo fuerte y grande en un hombre no perfecto ni sabio suele ser más ardiente; aquellas virtudes parecen tocar más al hombre bueno. Y esto en cuanto a las costumbres.

47. Pero acerca de la benevolencia que cada uno tenga hacia nosotros, primero esto está en el deber: que tributemos lo máximo a aquel por quien somos más amados, pero juzguemos la benevolencia no al modo de los jovencitos por cierto ardor de amor, sino más bien por la estabilidad y constancia. Pero si hubiere méritos, de modo que no haya que contraer gratitud, sino devolverla, debe aplicarse un cuidado algo mayor; pues ningún deber es más necesario que devolver la gratitud.

Parte4Deberes de gratitud y comunidad humana

48. Pues si Hesíodo ordena devolver en mayor medida lo que has recibido en préstamo, siempre que puedas, ¿qué debemos hacer cuando alguien nos provoca con un beneficio? ¿Acaso imitar a los campos fértiles, que producen mucho más de lo que recibieron? De hecho, si no dudamos en dedicar favores a quienes esperamos que nos sean útiles, ¿cómo debemos ser con quienes ya nos han beneficiado? Pues aunque hay dos tipos de generosidad, una que consiste en dar un beneficio y otra en devolverlo, está en nuestro poder dar o no dar, pero al hombre bueno no le está permitido no devolver, con tal de que pueda hacerlo sin cometer injusticia.

49. Ahora bien, debe hacerse una selección entre los beneficios recibidos, y no hay duda de que a cada uno se le debe tanto más cuanto mayor sea. Sin embargo, en esto hay que ponderar sobre todo con qué ánimo, con qué interés, con qué benevolencia actuó cada uno. Pues muchos hacen muchas cosas por cierta temeridad, sin criterio, ya sea por una inclinación hacia todos o impulsados por un arranque repentino del ánimo, como por un viento; estos beneficios no deben considerarse tan grandes como aquellos que se otorgaron con criterio, consideración y constancia. Pero al conceder un beneficio y al devolver un favor, si todo lo demás es igual, el mayor deber es ayudar preferentemente a quien más necesita auxilio; lo cual la mayoría hace al revés: a quien más esperan sacar provecho, aunque no lo necesite, a ese sirven preferentemente.

50. Ahora bien, la sociedad y unión de los hombres se conservará mejor si, cuanto más unido esté alguien a nosotros, tanta más generosidad le dediquemos. Pero parece necesario remontarse más atrás para ver cuáles son los principios naturales de la comunidad y la sociedad humana. Pues en primer lugar está lo que se advierte en la sociedad del género humano universal. Su vínculo es la razón y el lenguaje, que concilian entre sí a los hombres y los unen en una especie de sociedad natural mediante la enseñanza, el aprendizaje, la comunicación, la discusión y el juicio; y en nada nos distanciamos más de la naturaleza de las fieras, en las cuales a menudo decimos que hay fortaleza, como en los caballos y los leones, pero no decimos que haya justicia, equidad ni bondad, porque carecen de razón y de lenguaje.

51. Y esta sociedad, la más extensa que existe entre los hombres mismos, entre todos con todos, consiste en que debe conservarse la comunidad de todas las cosas que la naturaleza produjo para uso común de los hombres, de modo que las que están distribuidas por las leyes y el derecho civil se mantengan tal como ha sido establecido por ellas mismas, y las demás se observen así como dice el proverbio griego: «las cosas de los amigos son comunes». Por lo demás, parecen ser comunes a todos los hombres aquellas cosas que son del tipo que Ennio expresó en un caso y que puede trasladarse a muchísimos otros: «El hombre que amablemente muestra el camino al que anda perdido, es como si encendiera una luz de su propia luz.

No luce menos él mismo por haberle encendido a aquel». Con un solo ejemplo enseña suficientemente que debe otorgarse incluso a un desconocido todo lo que pueda prestarse sin perjuicio propio.

52. De ahí provienen aquellas normas comunes: no impedir el paso del agua corriente, permitir que se tome fuego del fuego si alguien lo desea, dar consejo fiel al que delibera; cosas que son útiles para quienes las reciben y no molestas para quien las da. Por tanto, hay que practicar esto y aportar siempre algo a la utilidad común. Pero puesto que los recursos de cada uno son escasos y la multitud de quienes los necesitan es infinita, la generosidad común debe referirse a aquel fin de Ennio: «no luce menos él mismo», para que haya capacidad con la que ser generosos con los nuestros.

53. Ahora bien, hay varios grados de sociedad humana. Pues partiendo de aquella infinita, más propia es la de la misma raza, nación y lengua, mediante la cual los hombres se unen al máximo. Más interior aún es ser de la misma ciudad; pues son muchas las cosas comunes entre los ciudadanos: el foro, los templos, los pórticos, las calles, las leyes, los derechos, los tribunales, los sufragios, además las costumbres y relaciones personales, y los asuntos y negocios contraídos por muchos con muchos. Pero más estrecha es la unión de la sociedad de los parientes; pues de aquella inmensa sociedad del género humano se reduce a un ámbito pequeño y reducido.

54. Pues dado que es común por naturaleza a los seres vivos tener deseo de procrear, la primera sociedad está en el matrimonio mismo, la siguiente en los hijos, luego una sola casa con todo en común; esto es el principio de la ciudad y como el semillero de la república. Siguen las uniones de hermanos, después las de primos hermanos y primos segundos, que al no poder ya caber en una sola casa, salen a otras casas como a colonias. Siguen los matrimonios y parentescos políticos, de los cuales resultan aún más parientes; esta propagación y descendencia es el origen de las repúblicas. Por otra parte, el vínculo de sangre y la benevolencia unen a los hombres con el afecto.

55. Pues es importante tener los mismos monumentos de los antepasados, practicar los mismos ritos sagrados, tener sepulcros comunes. Pero de todas las sociedades ninguna es más excelente, ninguna más firme que cuando hombres buenos de costumbres semejantes están unidos por la familiaridad; pues aquello honesto que decimos a menudo, aunque lo veamos en otro, nos conmueve igualmente y nos hace amigos de aquel en quien parece estar presente.

56. Y aunque toda virtud nos atrae hacia sí y hace que amemos a aquellos en quienes parece estar presente, sin embargo la justicia y la generosidad lo consiguen sobre todo. Nada hay más amable ni más unificador que la semejanza de caracteres entre hombres buenos; pues cuando hay en ellos los mismos intereses, las mismas voluntades, sucede que cada uno se deleita tanto con el otro como consigo mismo, y se logra lo que Pitágoras quiere en la amistad: que de varios se haga uno. Grande es también aquella comunidad que se establece por los beneficios dados y recibidos mutuamente, los cuales, mientras son recíprocos y gratos, unen firmemente en sociedad a quienes los practican.

57. Pero cuando lo examinas todo con la razón y el ánimo, de todas las sociedades ninguna hay más importante, ninguna más querida que la que cada uno de nosotros tiene con la república. Queridos son los padres, queridos los hijos, los parientes, los allegados, pero la patria por sí sola ha abarcado todos los afectos de todos, ¿por la cual qué hombre bueno dudaría en afrontar la muerte si le fuera a ser útil? Por ello es más detestable la crueldad de aquellos que han desgarrado la patria con todo crimen y están y han estado ocupados en destruirla por completo.

58. Pero si se hiciera cierta disputa y comparación sobre a quiénes debe dedicarse más deber, en primer lugar estén la patria y los padres, por cuyos grandísimos beneficios estamos obligados; luego los hijos y toda la casa, que se apoya solo en nosotros y no puede tener ningún otro refugio; después los parientes que se llevan bien con nosotros, con quienes además la fortuna es generalmente común. Por tanto, los apoyos necesarios de la vida se deben sobre todo a quienes he mencionado antes, pero la vida y convivencia común, los consejos, las conversaciones, las exhortaciones, los consuelos, a veces también los reproches, tienen su mayor vigor en las amistades, y aquella amistad es la más placentera que la semejanza de caracteres ha unido.

59. Pero en todos estos deberes que deben cumplirse habrá que ver qué es lo más necesario para cada uno y qué puede o no puede conseguir cada uno con o sin nosotros. Así, no serán los mismos los grados de los vínculos que los de las circunstancias, y hay deberes que se deben más a unos que a otros, como ayudarás más rápidamente a un vecino en la recolección de frutos que a un hermano o amigo, pero si hay un litigio en un juicio, defenderás a un pariente y a un amigo antes que a un vecino. Así pues, esto y cosas semejantes deben considerarse en todo deber, y debe adquirirse la costumbre y la práctica para que podamos ser buenos calculadores de deberes y, sumando y restando, ver qué total queda, a partir del cual entiendas cuánto se debe a cada uno.

60. Pero del mismo modo que ni los médicos ni los generales ni los oradores, aunque hayan aprendido los preceptos del arte, pueden conseguir nada digno de gran alabanza sin práctica y ejercicio, así se transmiten aquellos preceptos para conservar el deber, ciertamente como hacemos nosotros mismos, pero la magnitud del asunto requiere también práctica y ejercicio. Y hemos hablado suficientemente sobre cómo se deriva lo honesto de aquellas cosas que están en el derecho de la sociedad humana, de lo cual procede el deber apropiado.

61. Ahora bien, debe entenderse que, habiéndose propuesto cuatro tipos de los que manaba la honestidad y el deber, parece el más espléndido el que se ha hecho con ánimo grande y elevado y despreciando las cosas humanas. Por ello, en los reproches está muy a mano si puede decirse algo así: «Vosotros, jóvenes, tenéis ánimo de mujer, aquella doncella tiene ánimo de varón», y cosas semejantes: «Salmácida, despojos sin sudor ni sangre». Por el contrario, en las alabanzas, de alguna manera alabamos como con boca más llena las cosas que se han realizado con grandeza de ánimo, con fortaleza y excelencia. De ahí el campo de los rétores sobre Maratón, Salamina, Platea, las Termópilas, Leuctra; de ahí nuestro Cocles, de ahí los Decios, de ahí Cneo y Publio Escipión, de ahí Marco Marcelo, innumerables otros, y sobre todo el pueblo romano mismo sobresale por su grandeza de ánimo. Se manifiesta además el amor por la gloria bélica porque vemos también las estatuas adornadas casi siempre con atuendo militar.

62. Pero aquella elevación del ánimo que se advierte en los peligros y trabajos, si carece de justicia y lucha no por la salvación común sino por sus propias ventajas, es un vicio; pues no solo no es virtud, sino que es más bien crueldad que rechaza toda humanidad. Por tanto, los estoicos la definen correctamente cuando dicen que la fortaleza es una virtud que lucha en defensa de la equidad. Por ello, nadie que haya conseguido la gloria de la fortaleza mediante asechanzas y maldad ha obtenido alabanza, pues nada puede ser honesto si carece de justicia.

63. Preclara es por tanto aquella sentencia de Platón: «No solo», dice, «la ciencia que está separada de la justicia debe llamarse astucia más que sabiduría, sino también el ánimo dispuesto al peligro, si es impulsado por su propio deseo y no por la utilidad común, debe tener el nombre de audacia más que de fortaleza». Por ello queremos que los hombres fuertes y magnánimos sean también buenos y sencillos, amigos de la verdad y nada falaces; cualidades que proceden del centro mismo de la justicia.

64. Pero es odioso que en esta elevación y grandeza de ánimo nazca muy fácilmente la terquedad y un deseo excesivo de primacía. Pues del mismo modo que según Platón todo el carácter de los lacedemonios está inflamado por el deseo de vencer, así, cuanto más sobresale alguien por la grandeza de su ánimo, tanto más quiere ser el primero de todos o más bien el único. Pero es difícil, cuando deseas destacar sobre todos, conservar la equidad, que es lo más propio de la justicia. De ahí resulta que no se dejan vencer ni en debates ni por ningún derecho público y legítimo, y aparecen en la república generalmente como repartidores de favores y facciosos, para conseguir los mayores recursos posibles y ser superiores por la fuerza más que iguales por la justicia. Pero cuanto más difícil, tanto más preclaro; pues no hay momento alguno que deba carecer de justicia.

Parte5La verdadera grandeza de ánimo

65. Por tanto, deben considerarse valientes y magnánimos no quienes cometen la injusticia, sino quienes la rechazan. La verdadera y sabia grandeza de ánimo juzga que lo honorable, aquello que la naturaleza busca ante todo, radica en los hechos, no en la gloria, y prefiere ser el primero antes que parecerlo. Pues quien depende del error de la multitud ignorante no puede ser considerado entre los grandes hombres. Por otra parte, cuanto más elevado es el ánimo de alguien, más fácilmente se deja arrastrar a acciones injustas por el deseo de gloria; ese punto es ciertamente resbaladizo, porque apenas se encuentra quien, tras emprender trabajos y afrontar peligros, no desee la gloria como recompensa de sus hazañas.

66. En general, un ánimo valiente y grande se distingue ante todo por dos cualidades, una de las cuales consiste en el desprecio de las cosas externas, cuando se está convencido de que nada debe admirar, desear ni buscar el hombre excepto lo que sea honorable y decoroso, y de que no debe someterse a ningún hombre ni a ninguna perturbación del ánimo ni a la fortuna. La segunda consiste en que, teniendo el ánimo dispuesto como acabo de decir, realices acciones grandes, muy útiles ciertamente, pero al mismo tiempo sumamente arduas y llenas de trabajos y peligros, tanto para la vida como para muchas cosas que a la vida pertenecen.

67. De estas dos cualidades, todo el esplendor, la grandeza, y añado también la utilidad, están en la segunda, pero la causa y la razón que forja a los grandes hombres está en la primera. Pues en ella reside aquello que hace a los ánimos sobresalientes y despreciadores de lo humano. Esto mismo se manifiesta en dos aspectos: si juzgas que solo lo honorable es un bien y si estás libre de toda perturbación del ánimo. Pues tanto considerar pequeñas aquellas cosas que a la mayoría parecen extraordinarias y admirables, y despreciarlas con una razón estable y firme, debe tenerse por propio de un ánimo valiente y grande, como soportar aquellas cosas que parecen penosas, que son muchas y variadas en la vida y en la fortuna de los hombres, de tal manera que en nada te apartes del estado natural ni de la dignidad del sabio, es propio de un ánimo robusto y de gran constancia.

68. No es coherente que quien no se quiebra por el miedo se quiebre por el deseo, ni que quien se ha mostrado invencible ante el esfuerzo sea vencido por el placer. Por eso hay que evitar esto último y hay que huir del deseo de riquezas; pues nada hay tan propio de un ánimo estrecho y pequeño como amar las riquezas, ni nada más honorable y magnífico que despreciar el dinero si no lo tienes, y si lo tienes, destinarlo a la beneficencia y la generosidad. Hay que precaverse también del deseo de gloria, como dije antes, pues arrebata la libertad, por la cual todos los hombres magnánimos deben luchar. Y no deben buscarse los mandos, sino más bien o no aceptarlos a veces o deponerlos en ocasiones.

69. Hay que liberarse de toda perturbación del ánimo, tanto del deseo como del miedo, y también de la aflicción, del placer excesivo y de la ira, para que estén presentes la tranquilidad del ánimo y la serenidad, que aportan tanto la constancia como la dignidad. Muchos hay, y los ha habido, que buscando esa tranquilidad de la que hablo se apartaron de los asuntos públicos y se refugiaron en el ocio, entre ellos los filósofos más ilustres y con mucho los más destacados, y algunos hombres severos y graves que no pudieron soportar las costumbres del pueblo ni de los gobernantes, y vivieron no pocos en el campo, complacidos con su patrimonio familiar.

70. Estos se propusieron lo mismo que los reyes: no carecer de nada, no obedecer a nadie, disfrutar de la libertad, cuya característica propia es vivir como uno quiera. Así pues, siendo esto común a los que ambicionan el poder y a esos ociosos de los que hablé, unos creen poder conseguirlo si poseen grandes riquezas, los otros si se contentan con lo suyo y con poco. En esto no debe despreciarse en absoluto la opinión de ninguno de los dos, pero la vida de los ociosos es más fácil, más segura y menos gravosa o molesta para los demás, mientras que la de quienes se dedicaron a la cosa pública y a realizar grandes empresas es más fructífera para el género humano y más apropiada para alcanzar la fama y la grandeza.

71. Por eso tal vez haya que conceder su decisión tanto a quienes no se ocupan de la cosa pública por haberse dedicado al estudio con un talento excepcional, como a quienes se apartaron de la cosa pública impedidos por la debilidad de su salud o por alguna causa más grave, cuando cedían a otros la potestad y el mérito de administrarla. Pero a quienes no tengan tal causa, si dicen despreciar aquello que la mayoría admira, los mandos y las magistraturas, pienso que no solo no debe alabárseles, sino incluso censurárseles. Su juicio, en cuanto desprecian la gloria y la tienen por nada, es difícil no aprobarlo, pero parece que temen los trabajos y las molestias, y luego las ofensas y los rechazos como si fueran cierta ignominia e infamia.

Pues hay quienes en situaciones contrarias son poco coherentes consigo mismos: desprecian el placer con gran severidad, pero son blandos ante el dolor; descuidan la gloria, pero se quiebran ante la infamia, y ciertamente en esto no son bastante consecuentes.

72. Pero quienes tienen de la naturaleza aptitudes para la acción, apartada toda vacilación, deben aspirar a las magistraturas y gobernar la cosa pública; pues de otro modo no puede regirse la ciudad ni manifestarse la grandeza de ánimo. Quienes se ocupan de la cosa pública no menos que los filósofos, e incluso no sé si más aún, deben aplicar la magnanimidad y el desprecio de las cosas humanas de que hablo a menudo, y la tranquilidad y serenidad del ánimo, si es que no han de vivir angustiados por el futuro y han de vivir con gravedad y constancia.

73. Esto es más fácil para los filósofos, porque en su vida se presentan menos ocasiones en que la fortuna pueda golpear, porque necesitan menos cosas y porque, si algo adverso sucede, no pueden caer tan gravemente. Por eso, no sin razón, se excitan mayores movimientos del ánimo y mayores impulsos de actuar en quienes gobiernan la cosa pública que en quienes viven tranquilos, motivo por el cual aquellos deben aplicar aún más la grandeza de ánimo y la liberación de las angustias. Quien se dispone a realizar una empresa, que cuide no solo de considerar cuán honorable es ese asunto, sino también de tener la capacidad de llevarlo a cabo; en esto mismo debe cuidarse de no desesperar temerariamente por cobardía ni confiar demasiado por ambición. En todos los asuntos, antes de emprenderlos, debe aplicarse una preparación diligente.

74. Pero como la mayoría opina que las empresas bélicas son mayores que las civiles, hay que rebajar esta opinión. Pues muchos buscaron a menudo las guerras por deseo de gloria, y esto sucede sobre todo en ánimos e ingenios grandes, y tanto más si son aptos para el arte militar y están deseosos de hacer guerras; pero si queremos juzgar con verdad, muchas empresas civiles han resultado mayores y más ilustres que las bélicas.

75. Pues aunque Temístocles sea alabado con razón y su nombre sea más ilustre que el de Solón, y se cite a Salamina como clarísimo testimonio de victoria, que se antepone al consejo de Solón por el que fundó el Areópago, no debe juzgarse menos preclaro esto que aquello. Pues aquello aprovechó una sola vez, esto aprovecha siempre a la ciudad; por este consejo se conservan las leyes de los atenienses y las instituciones de los antepasados. Y Temístocles ciertamente nada podría decir sobre en qué ayudó él al Areópago, pero aquel con verdad diría que fue ayudado por Temístocles; pues la guerra se condujo por el consejo de ese senado que había sido constituido por Solón.

76. Puede decirse lo mismo de Pausanias y Lisandro, cuyas hazañas, aunque se crea que procuraron el poder a los lacedemonios, sin embargo ni siquiera en la más mínima parte pueden compararse con las leyes y la disciplina de Licurgo; es más, precisamente por estas causas tuvieron ejércitos más obedientes y más valientes. A mí ciertamente no me parecía, ni cuando éramos niños Marco Escauro respecto a Cayo Mario, ni cuando nos ocupábamos de la cosa pública Quinto Cátulo respecto a Cneo Pompeyo, que fueran inferiores; pues de poco valen las armas fuera si no hay consejo en casa. Ni aprovechó más a la cosa pública Africano, hombre y general excepcional, al destruir Numancia, que al mismo tiempo Publio Nasica como particular cuando mató a Tiberio Graco; aunque este asunto no es solo de índole doméstica, sino que toca también lo bélico, puesto que se llevó a cabo con violencia y por la fuerza, pero aun así fue realizado por un consejo urbano sin ejército.

77. Pero lo mejor es aquello contra lo cual suelo oír que se lanzan los malvados y envidiosos: «Cedan las armas a la toga, conceda el laurel a la alabanza». Pues, por omitir a los demás, cuando nosotros gobernábamos la cosa pública, ¿acaso no cedieron las armas a la toga? Pues nunca hubo peligro más grave en la república ni mayor paz. Así, por nuestros consejos y diligencia, las armas cayeron rápidamente de las manos de los ciudadanos más audaces. ¿Qué empresa realizada en guerra fue tan grande? ¿Qué triunfo puede compararse?

78. Pues me es lícito, hijo mío Marco, gloriarme ante ti, a quien pertenece tanto la herencia de esta gloria como la imitación de los hechos. A mí ciertamente un hombre abundante en glorias bélicas, Cneo Pompeyo, me concedió este honor ante muchos oyentes, al decir que en vano habría obtenido su tercer triunfo si no hubiera tenido, gracias a mi beneficio hacia la cosa pública, dónde celebrarlo. Existen, pues, actos de valor domésticos no inferiores a los militares, en los cuales incluso debe ponerse más esfuerzo y dedicación que en estos.

79. En general, lo honorable que buscamos en un ánimo elevado y magnífico se logra por las fuerzas del ánimo, no del cuerpo. Sin embargo, hay que ejercitar el cuerpo y disponerlo de tal manera que pueda obedecer al consejo y a la razón en la ejecución de los asuntos y en la tolerancia del esfuerzo. Pero lo honorable que buscamos reside totalmente en el cuidado y el pensamiento del ánimo; en esto no aportan menor utilidad quienes presiden la cosa pública con la toga que quienes hacen la guerra. Así, por su consejo a menudo las guerras o no se emprendieron o se concluyeron, y a veces incluso se declararon, como la tercera guerra púnica por Marco Catón, en la que su autoridad prevaleció incluso después de muerto.

80. Por eso es más deseable la capacidad de decidir que la valentía de combatir, pero hay que cuidarse de no hacerlo más por huir de la guerra que por razón de utilidad. Debe emprenderse la guerra de tal manera que no parezca buscarse otra cosa sino la paz. Propio de un ánimo valiente y constante es no perturbarse en las situaciones adversas ni ser derribado de su posición cuando se agita, como se dice, sino usar de un ánimo presente y del consejo sin apartarse de la razón.

81. Aunque esto es propio del ánimo, aquello también lo es de un gran ingenio: prever con el pensamiento el futuro y determinar con cierta anticipación qué puede suceder en uno u otro sentido y qué debe hacerse cuando algo ocurra, y no verse obligado a decir alguna vez «no lo había pensado». Estas son obras de un ánimo grande y elevado y que confía en la prudencia y el consejo; pero lanzarse temerariamente en el combate y luchar cuerpo a cuerpo con el enemigo es algo salvaje y semejante a las bestias; pero cuando el tiempo y la necesidad lo exigen, hay que combatir con las manos y debe anteponerse la muerte a la esclavitud y el deshonor.

Parte6Lo decoroso en la vida pública

82. [En cuanto a destruir y saquear ciudades, hay que considerar muy bien no obrar con precipitación ni con crueldad. Y es propio de un gran hombre, en circunstancias difíciles, castigar a los culpables, proteger a la multitud y mantener en toda situación lo recto y honroso.] Pues así como hay quienes, según dije antes, anteponen las actividades militares a las urbanas, así encontrarás a muchos para quienes las decisiones peligrosas y arriesgadas parecen más brillantes y más grandes que las tranquilas y meditadas.

83. Nunca debemos huir del peligro hasta el punto de parecer cobardes y timoratos, pero también hemos de evitar exponernos a los peligros sin motivo, pues nada puede ser más necio que eso. Por tanto, al afrontar los peligros hay que imitar la costumbre de los médicos, que tratan con suavidad a los levemente enfermos, pero se ven obligados a aplicar curaciones peligrosas e inciertas a las enfermedades más graves. Así que desear una tempestad en medio de la calma es propio de un demente, pero hacerle frente a la tempestad por cualquier medio es propio de un sabio, y más aún si obtienes más beneficio de resolver la situación que daño de tenerla en duda. Por otra parte, las acciones peligrosas lo son en parte para quienes las emprenden, en parte para el Estado.

84. Y así unos se exponen a peligro de vida, otros de gloria y del afecto de los ciudadanos. Por tanto, debemos estar más dispuestos a luchar por nuestros propios peligros que por los comunes, y más preparados por el honor y la gloria que por las demás ventajas. Pues se han encontrado muchos dispuestos no solo a derrochar su dinero, sino incluso su vida por la patria, pero que no querrían sufrir ni siquiera la más mínima pérdida de gloria, aunque la exigiera el Estado, como Calicratidas, que habiendo sido general de los lacedemonios en la guerra del Peloponeso y después de haber realizado muchas hazañas brillantes, al final echó todo a perder cuando no obedeció el consejo de quienes opinaban que había que alejar la flota de las Arginusas y no combatir con los atenienses.

A ellos les respondió que los lacedemonios podían preparar otra flota si perdían aquella, pero que él no podía huir sin deshonra. Y esta fue una derrota mediana para los lacedemonios, pero aquella otra fue funesta, cuando Cleómbroto, temiendo la envidia, se enfrentó temerariamente con Epaminondas y el poder de los lacedemonios se derrumbó. ¡Cuánto mejor Quinto Máximo! De quien Ennio dice: «Un solo hombre nos salvó la situación con su demora. No anteponía los rumores a la salvación. Por eso después y aún más brilla ahora la gloria del varón». Este tipo de error hay que evitarlo también en los asuntos políticos. Pues hay quienes, aunque su opinión sea la mejor, no se atreven a exponerla por miedo a la envidia.

85. En general, quienes vayan a dirigir el Estado deben observar dos preceptos de Platón: uno, que protejan de tal modo el interés de los ciudadanos que refieran a él todo lo que hagan, olvidándose de sus propias ventajas; otro, que cuiden del cuerpo entero del Estado para que, mientras protegen alguna parte, no abandonen las demás. Pues así como la tutela, la administración del Estado debe ejercerse en beneficio de quienes han sido confiados, no de quienes la tienen confiada. Quienes atienden a una parte de los ciudadanos y descuidan a otra, introducen en la ciudad algo sumamente peligroso: la sedición y la discordia; de ahí resulta que unos parezcan populares, otros partidarios de los mejores, pocos de todos.

86. De ahí surgieron grandes discordias en Atenas, y en nuestro Estado no solo sediciones, sino también guerras civiles funestas; cosas que un ciudadano serio y valiente, digno de liderazgo en el Estado, evitará y odiará, y se entregará por completo al Estado sin buscar riqueza ni poder, y lo protegerá de tal modo que vele por todos. Y no llevará a nadie al odio o a la envidia con falsas acusaciones, y se adherirá de tal modo a la justicia y la honestidad que, con tal de conservarlas, aunque ofenda gravemente a otros, prefiera afrontar la muerte antes que abandonar lo que he dicho.

87. Deplorable del todo es la ambición y la rivalidad por los honores, sobre la cual se encuentra en el mismo Platón esta observación: «Actúan de modo similar a si los marineros compitieran entre sí por quién debería gobernar el Estado, como si los navegantes discutieran quién de ellos debería pilotar la nave». Y también prescribe «que consideremos adversarios a quienes toman las armas contra nosotros, no a quienes quieren proteger el Estado según su propio juicio», como fue la discrepancia sin acritud entre Publio Africano y Quinto Metelo.

88. Y no hay que escuchar a quienes piensan que hay que enfurecerse gravemente con los enemigos y consideran que esto es propio de un hombre magnánimo y valiente; pues nada es más laudable, nada más digno de un hombre grande y distinguido que la capacidad de apaciguamiento y la clemencia. Pero en los pueblos libres y en la aplicación de la igualdad jurídica debe ejercerse también la indulgencia y esa elevación de ánimo que se menciona, para que, si nos enojamos con quienes se acercan inoportunamente o piden con descaro, no caigamos en una hosquedad inútil y odiosa; y sin embargo, la mansedumbre y la clemencia deben ser aprobadas de tal manera que se aplique el rigor por causa del Estado, sin el cual no puede administrarse la ciudad.

Pero todo castigo y toda reprensión debe estar libre de injuria y no referirse al que castiga a alguien o reprende con palabras, sino a la utilidad del Estado.

89. Hay que cuidar también de que el castigo no sea mayor que la culpa y de que por las mismas causas unos sean castigados y otros ni siquiera llamados a juicio. Pero debe evitarse sobre todo la ira al castigar; pues quien se acerque airado al castigo nunca mantendrá aquella moderación que está entre el exceso y el defecto, que place a los peripatéticos y con razón place, con tal de que no alaben la ira y digan que la naturaleza la ha dado útilmente. Esta debe ser rechazada en todos los asuntos y es deseable que quienes dirigen el Estado sean semejantes a las leyes, que se guían para castigar no por la ira, sino por la equidad.

90. Y también en los asuntos prósperos y que fluyen según nuestra voluntad hemos de evitar enormemente la soberbia, el desdén y la arrogancia. Pues así como sobrellevar inmoderadamente las adversidades, también lo es las prosperidades, y es admirable la ecuanimidad en toda la vida y el mismo semblante siempre y la misma expresión, como hemos sabido de Sócrates e igualmente de Cayo Lelio. Veo que Filipo, rey de los macedonios, fue superado por su hijo en hazañas y gloria, pero superior en afabilidad y humanidad. Así que uno fue siempre grande, el otro a menudo muy vergonzoso, de modo que parecen aconsejar rectamente quienes advierten que, cuanto más superiores seamos, tanto más humildemente debemos comportarnos.

Panecio dice que Africano, su oyente y amigo, solía decir «que así como suelen entregar a los domadores los caballos que se desbocan ferozmente por las frecuentes tensiones de los combates, para que puedan utilizarlos más dóciles, así los hombres desenfrenados por las circunstancias favorables y confiados en sí mismos deben ser conducidos como en un círculo por la razón y la doctrina, para que comprendan la debilidad de las cosas humanas y la variabilidad de la fortuna».

91. Y también en las circunstancias más favorables hay que recurrir especialmente al consejo de los amigos y concederles aún más autoridad que antes. Y en esos mismos momentos hay que cuidarse de no abrir los oídos a los aduladores ni permitir que nos adulen, en lo cual es fácil dejarse engañar. Pues nos creemos tales que merecemos justamente ser alabados; de ahí nacen innumerables errores, cuando los hombres inflados por las opiniones son ridiculizados vergonzosamente y están inmersos en los mayores errores.

92. Pero baste ya con esto. Esto otro, en cambio, debe juzgarse así: que las mayores empresas y de mayor ánimo las llevan a cabo quienes gobiernan los Estados, porque su administración alcanza muy ampliamente y concierne a muchísimos; pero que son también de gran ánimo, y lo fueron muchos incluso en la vida retirada, quienes investigaban o intentaban ciertas cosas importantes y se contenían dentro de los límites de sus propios asuntos, o situados entre los filósofos y quienes administran el Estado, se deleitaban con su patrimonio familiar, sin acumularlo ciertamente por cualquier medio ni excluyendo de su uso a los suyos, sino más bien compartiéndolo con amigos y con el Estado, si alguna vez fuera necesario.

Este patrimonio, en primer lugar, debe estar bien adquirido sin ninguna ganancia vergonzosa ni odiosa, luego debe mostrarse útil al mayor número posible, con tal de que sean dignos, después debe aumentarse con criterio, diligencia y ahorro, y no debe servir más al capricho y al lujo que a la liberalidad y la beneficencia. Quien observe estas reglas podrá vivir con magnificencia, seriedad y valor, y también con sencillez, lealtad y verdadera amistad hacia los hombres.

93. Queda por hablar de la única parte restante de la honestidad, en la cual se percibe el pudor y como cierto ornato de la vida, la templanza y la modestia y toda pacificación de las perturbaciones del ánimo y la medida de las cosas. En este punto se comprende lo que puede llamarse en latín «decoro»; pues en griego se dice «prepon».

94. Su naturaleza es tal que no puede separarse de lo honesto; pues lo que es decoroso es honesto y lo que es honesto es decoroso. Qué diferencia hay entre lo honesto y lo decoroso puede entenderse más fácilmente que explicarse. Pues todo lo que es decoroso se manifiesta cuando ha precedido la honestidad. Así que no solo en esta parte de la honestidad, de la que hay que tratar en este punto, sino también en las tres anteriores se hace evidente lo que es decoroso. Pues es decoroso usar la razón y la palabra con prudencia, actuar con reflexión en lo que haces y ver y defender en todo asunto la verdad, y por el contrario, engañarse, errar, tropezar, ser engañado es tan indecoroso como desvariar y estar privado de razón; y todas las cosas justas son decorosas, las injustas, por el contrario, así como vergonzosas, también indecorosas.

Similar es el caso de la fortaleza. Pues lo que se hace virilmente y con grandeza de ánimo parece digno de un hombre y decoroso, lo contrario, así como vergonzoso, también indecoroso.

95. Por tanto, lo que llamo decoro se refiere ciertamente a toda la honestidad, y se refiere de tal modo que no se percibe por algún razonamiento recóndito, sino que está a la vista. Pues hay algo, y se entiende en toda virtud, que es decoroso; que puede separarse de la virtud más por el pensamiento que en realidad. Así como la hermosura y la belleza del cuerpo no pueden separarse de la salud, así esto de lo que hablamos, lo decoroso, ciertamente está confundido con la virtud en su totalidad, pero se distingue por la mente y el pensamiento.

96. Pero su clasificación es doble; pues entendemos un cierto decoro general, que se encuentra en toda honestidad, y otro subordinado a este, que pertenece a las partes individuales de la honestidad. Y aquel superior suele definirse más o menos así: que lo decoroso es aquello que es coherente con la excelencia del hombre en aquello en lo que su naturaleza difiere de los demás seres vivos. Y la parte que está subordinada al género la definen así, que quieren que lo decoroso sea aquello que es tan coherente con la naturaleza que en ello aparezca la moderación y la templanza con cierta apariencia noble.

97. Que esto puede entenderse así, podemos considerarlo a partir de lo decoroso que siguen los poetas, sobre lo cual suele hablarse más en otro lugar. Pero entonces decimos que los poetas observan lo decoroso cuando se hace y se dice lo que es digno de cada personaje, como si Éaco o Minos dijeran: «Que me odien, con tal de que me teman», o: «Él mismo es padre y sepulcro de sus hijos», parecería indecoroso, porque hemos sabido que ellos fueron justos; pero cuando lo dice Atreo se despiertan aplausos, pues el discurso es digno del personaje; pero los poetas juzgarán por el personaje lo que conviene a cada uno; a nosotros, en cambio, la naturaleza misma nos ha impuesto un personaje con gran excelencia y superioridad respecto de los demás seres vivos.

Parte7El decoro y la naturaleza personal

98. Por eso los poetas, en la gran variedad de personajes, sabrán qué conviene y qué resulta apropiado incluso para los viciosos; pero a nosotros, a quienes la naturaleza nos ha asignado el papel de la constancia, la moderación, la templanza y el pudor, y esa misma naturaleza nos enseña a no descuidar cómo nos comportamos ante los demás, se desprende que se hace evidente tanto lo amplio que es el alcance de aquel decoro que pertenece a toda honestidad, como también este que se manifiesta en cada género de virtud. Pues así como la belleza del cuerpo, por la adecuada composición de sus miembros, cautiva los ojos y deleita precisamente porque todas las partes armonizan entre sí con cierta gracia, así también este decoro que resplandece en la vida atrae la aprobación de aquellos con quienes vivimos, mediante el orden, la constancia y la moderación de todas nuestras palabras y acciones.

99. Debemos, pues, mostrar cierta consideración hacia las personas, tanto hacia los mejores como hacia los demás. Porque descuidar lo que cada uno piensa de nosotros no es solo propio de arrogantes, sino también de gente completamente disoluta. Existe, sin embargo, una diferencia entre la justicia y el pudor en el trato con las personas. El papel de la justicia es no hacer daño a las personas; el del pudor, no ofenderlas, y es aquí donde se aprecia especialmente la fuerza del decoro. Así pues, con estas explicaciones creo que queda claro qué es aquello que llamamos decoro.

100. Ahora bien, el deber que de él se deriva tiene en primer lugar este camino que conduce a la coherencia y conservación de la naturaleza; si la seguimos como guía, nunca nos extraviaremos y seguiremos tanto lo que es agudo y perspicaz por naturaleza, como lo que está adaptado a la asociación humana, como lo que es vigoroso y fuerte. Pero la mayor fuerza del decoro reside en esta parte de la que estamos hablando; pues no solo los movimientos del cuerpo que están adaptados a la naturaleza merecen aprobación, sino mucho más aún los movimientos del alma que igualmente están acomodados a la naturaleza.

101. Pues doble es la fuerza y naturaleza de las almas: una parte reside en el apetito, que en griego se llama «hormé», que arrastra al hombre de un lado a otro; la otra reside en la razón, que enseña y explica qué debe hacerse y qué debe evitarse. Así sucede que la razón manda y el apetito obedece. Toda acción debe estar libre de temeridad y negligencia, y no debemos hacer nada de lo que no podamos dar una razón probable; esta es, en efecto, más o menos la definición del deber.

102. Hay que conseguir que los apetitos obedezcan a la razón y que ni se le adelanten ni la abandonen por pereza o cobardía, y que estén tranquilos y libres de toda perturbación del ánimo; de ahí brillará toda constancia y toda moderación. Pues aquellos apetitos que se desvían demasiado lejos y, como si saltaran sin control, no son suficientemente contenidos por la razón, ya sea deseando o huyendo, esos sin duda traspasan el límite y la medida. Pues abandonan y rechazan la obediencia y no obedecen a la razón, a la que están sometidos por ley de naturaleza; por ellos no solo se perturban las almas, sino también los cuerpos.

Podemos contemplar los rostros mismos de los airados o de aquellos que están conmovidos por alguna pasión, por el miedo o que se agitan por un placer excesivo; de todos ellos cambian los semblantes, las voces, los movimientos y las posturas.

103. De esto se comprende que, para volver a la forma del deber, todos los apetitos deben ser contenidos y calmados, y hay que despertar la atención y la diligencia, para no actuar de manera temeraria y fortuita, irreflexiva y negligente. Pues no hemos sido creados por la naturaleza de tal manera que parezcamos hechos para el juego y la diversión, sino más bien para la seriedad y para ciertos estudios más graves y mayores. Podemos usar el juego y la diversión, ciertamente, pero como el sueño y demás descansos, solo cuando hayamos cumplido con los asuntos graves y serios. El género mismo de diversión debe ser no desenfrenado ni inmodesto, sino ingenioso y gracioso.

Pues así como no damos a los niños toda licencia para jugar, sino aquella que no es ajena a las acciones honestas, así también en la diversión misma debe brillar alguna luz de un carácter noble.

104. El género de diversión es, en general, doble: uno es vulgar, petulante, vergonzoso, obsceno; el otro es elegante, urbano, ingenioso, gracioso. De este género están llenos no solo nuestro Plauto y la antigua comedia de los áticos, sino también los libros de los filósofos socráticos, y muchos dichos graciosos de muchos, como aquellos que fueron recopilados por el viejo Catón, que se llaman apotegmas. Fácil es, pues, la distinción entre la diversión ingeniosa y la vulgar. Una es digna de un hombre serio si se hace a su tiempo, cuando el ánimo está relajado; la otra no es digna ni siquiera de un hombre libre, si se emplea la indecencia en las cosas y la obscenidad en las palabras.

También debe mantenerse cierta medida en el juego, para no abandonarnos completamente a todo y, arrastrados por el placer, caer en alguna indecencia. Nuestro Campo de Marte y las actividades de caza proporcionan ejemplos honestos de diversión.

105. Pero pertenece a toda investigación sobre el deber tener siempre presente cuánto supera la naturaleza del hombre a las bestias y demás animales; estos no sienten nada excepto el placer y se lanzan hacia él con todo ímpetu, mientras que la mente del hombre se alimenta aprendiendo y pensando, siempre está indagando o haciendo algo y se deja guiar por el deleite de ver y oír. Es más, si alguien es un poco más propenso a los placeres, con tal de que no sea del género de las bestias (pues hay algunos hombres que lo son no realmente, sino de nombre), si alguien es un poco más elevado, aunque se deje cautivar por el placer, oculta y disimula el apetito de placer por pudor.

106. De esto se comprende que el placer del cuerpo no es suficientemente digno de la excelencia del hombre y que debe ser despreciado y rechazado; pero si hay alguien que concede algo al placer, debe mantener cuidadosamente la medida en su disfrute. Así pues, el alimento y el cuidado del cuerpo deben referirse a la salud y a las fuerzas, no al placer. Y además, si queremos considerar cuál es la excelencia y dignidad en la naturaleza, comprenderemos cuán vergonzoso es disolverse en el lujo y vivir delicada y blandamente, y cuán honesto es vivir con frugalidad, continencia, severidad y sobriedad.

107. Hay que entender también que la naturaleza nos ha revestido, por así decirlo, de dos personas; una es común, derivada de que todos participamos de la razón y de la excelencia por la que superamos a las bestias, de la cual se deriva todo lo honesto y decoroso y de la cual se busca la razón para encontrar el deber; la otra, en cambio, es la que ha sido atribuida propiamente a cada individuo. Pues así como en los cuerpos hay grandes diferencias —vemos que unos destacan por la velocidad para la carrera, otros por la fuerza para la lucha, e igualmente en las figuras unos tienen dignidad, otros tienen gracia—, así también en las almas existen variedades aún mayores.

108. En Lucio Craso y en Lucio Filipo había mucha gracia, aún mayor e intencionada en Cayo César, hijo de Lucio; pero en los mismos tiempos hubo en Marco Escauro y en el joven Marco Druso una severidad singular; en Cayo Lelio mucha alegría; en su amigo Escipión mayor ambición y una vida más triste. De los griegos hemos conocido a Sócrates como dulce, gracioso, de conversación amena y en todo discurso simulador, a quien los griegos llamaron «eiron»; por el contrario, Pitágoras y Pericles alcanzaron la máxima autoridad sin ninguna jovialidad. Hemos conocido al cartaginés Aníbal como astuto, y entre nuestros generales a Quinto Máximo, hábiles para ocultar, callar, disimular, tender emboscadas, adelantarse a los planes del enemigo.

En este género los griegos colocan a Temístocles y a Jasón de Feras por delante de los demás, y especialmente el hecho astuto y hábil de Solón, quien, para que su vida fuera más segura y sirviera bastante más a la república, simuló estar loco.

109. Hay otros muy diferentes de estos, simples y abiertos, que piensan que no debe hacerse nada ocultamente, nada mediante emboscadas, cultivadores de la verdad, enemigos del fraude; e igualmente otros que soportan cualquier cosa, sirven a cualquiera, con tal de conseguir lo que quieren, como vimos en Sila y en Marco Craso. En este género hemos conocido al espartano Lisandro como muy astuto y paciente, y por el contrario a Calicratidas, que fue comandante de la flota inmediatamente después de Lisandro. Igualmente en las conversaciones hay quien, por muy poderoso que sea, consigue parecer uno más entre muchos, lo que vimos en Catulo, tanto en el padre como en el hijo, y lo mismo en Quinto Mucio y Mancio.

He oído de los mayores que esto mismo se dio en Publio Escipión Nasica; por el contrario, su padre, aquel que castigó los intentos perversos de Tiberio Graco, no tuvo ninguna afabilidad en la conversación, y precisamente por eso mismo fue grande y célebre. Hay innumerables otras diferencias de naturaleza y carácter, que no merecen en absoluto ser censuradas.

110. Pero deben mantenerse muy firmemente las características propias de cada uno, no las viciosas, sino las personales, para que más fácilmente se conserve aquel decoro que buscamos. Pues debemos actuar de tal manera que no luchemos contra la naturaleza universal, pero, conservada esta, sigamos la nuestra propia, de modo que, aunque haya otras cosas más graves y mejores, sin embargo midamos nuestras actividades con la regla de nuestra naturaleza; pues no conviene oponerse a la naturaleza ni seguir nada que no puedas alcanzar. De aquí resulta más evidente cuál es aquel decoro, porque nada resulta decoroso si Minerva no quiere, como dicen, es decir, si la naturaleza se opone y resiste.

111. En general, si hay algo decoroso, nada lo es más que la coherencia, tanto de toda la vida como de cada una de las acciones, coherencia que no puedes conservar si, imitando la naturaleza de otros, abandonas la tuya. Pues así como debemos usar el lenguaje que nos es innato, para no ser ridiculizados con todo derecho como algunos que intercalan palabras griegas, así no debemos introducir ninguna discrepancia en las acciones y en toda la vida.

112. Y esta diferencia de naturalezas tiene tanta fuerza que a veces uno debe darse muerte a sí mismo y otro no debe hacerlo en la misma situación. ¿Acaso estuvo Marco Catón en una situación diferente de los demás que se entregaron a César en África? Sin embargo, quizá a los demás se les habría considerado un defecto si se hubieran matado, porque su vida había sido más suave y sus costumbres más fáciles; pero a Catón, como la naturaleza le había otorgado una gravedad increíble y él mismo la había reforzado con perpetua constancia y siempre había permanecido en su propósito y decisión asumidos, debía morir antes que contemplar el rostro de un tirano.

113. ¡Cuánto soportó Ulises en aquel prolongado extravío, cuando servía a mujeres, si es que Circe y Calipso deben llamarse mujeres, y quería mostrarse afable y agradable con todos en toda conversación! Y en casa soportó incluso las afrentas de esclavos y esclavas, para llegar algún día a lo que deseaba. Pero Áyax, según se cuenta su carácter, habría preferido mil veces enfrentar la muerte antes que soportar aquello. Considerando estas cosas, convendrá sopesar qué tiene cada uno de propio, y moderarlo, y no querer probar qué tan bien le quedan las cualidades ajenas; pues lo que más conviene a cada uno es lo que es más suyo.

Parte8El conocimiento propio y las obligaciones según la naturaleza

114. Que cada uno conozca, pues, su propia índole y se muestre juez riguroso de sus virtudes y sus defectos, para que no parezcan los actores tener más prudencia que nosotros. Pues ellos no eligen las obras óptimas, sino las más adecuadas para sí: quienes confían en su voz eligen los *Epígonos* y *Medea*; quienes confían en su gestualidad, *Melanipa* y *Clitemnestra*; siempre Rupilio, a quien yo recuerdo, representaba *Antíope*, pero Esopo no representaba con frecuencia *Áyax*. Entonces, ¿verá esto un actor en el escenario y no lo verá el hombre sabio en la vida? Por consiguiente, nos esforzaremos sobre todo en aquellas cosas para las que seamos más aptos.

Pero si alguna vez la necesidad nos empuja hacia aquellas que no corresponden a nuestra índole, habrá que aplicar todo el cuidado, la reflexión y la diligencia para que, si no podemos hacerlas con decoro, al menos podamos hacerlas con el menor indecoro posible; y no hay que esforzarse tanto en perseguir bienes que no se nos han dado como en evitar los defectos.

115. Y a aquellas dos personas de las que hablé antes se añade una tercera, que nos impone algún azar o circunstancia, y además una cuarta, que nosotros mismos nos acomodamos según nuestro propio juicio. Pues los reinos, los mandos, la nobleza, los honores, las riquezas, el poder y sus contrarios dependen del azar y son gobernados por las circunstancias; pero qué papel queremos desempeñar nosotros mismos procede de nuestra voluntad. Y así, unos se dedican a la filosofía, otros al derecho civil, otros a la oratoria, y de las virtudes mismas cada uno prefiere sobresalir en una distinta.

116. Pero quienes tienen padres o antepasados que se distinguieron por alguna gloria, en su mayoría se empeñan en sobresalir en el mismo género de mérito, como Quinto Mucio, hijo de Publio, en el derecho civil, o Africano, hijo de Paulo, en asuntos militares. Pero algunos añaden algún mérito propio a aquella gloria que recibieron de sus padres, como este mismo Africano acrecentó con su elocuencia su gloria militar, cosa que también hizo Timoteo, hijo de Conón, quien, no siendo inferior a su padre en la gloria militar, añadió a ese mérito la gloria de su cultura y su talento. Pero a veces sucede que algunos, abandonando la imitación de sus mayores, siguen un camino propio, y en esto se esfuerzan especialmente, la mayoría de las veces, quienes se proponen grandes metas habiendo nacido de antepasados oscuros.

117. Todo esto, pues, cuando nos preguntamos qué es decoroso, debemos abarcarlo con el ánimo y el pensamiento; pero ante todo hay que determinar quiénes y cómo queremos ser y en qué género de vida, deliberación que es la más difícil de todas. Pues al comienzo de la juventud, cuando la debilidad del juicio es máxima, cada uno se fija aquel género de vida que más ha amado. Y así queda enredado en cierto género y curso de vida determinados antes de haber podido juzgar cuál era el mejor.

118. Pues lo que Pródico dice de Hércules, según está en Jenofonte, que cuando llegaba a la pubertad, tiempo que la naturaleza ha dado para elegir qué camino de vida habrá de emprender cada uno, salió a un lugar solitario y allí, sentado durante mucho tiempo consigo mismo y dudando mucho, al ver dos caminos, uno del Placer y otro de la Virtud, cuál sería mejor seguir, esto pudo quizá sucederle a Hércules, «nacido de la simiente de Júpiter», pero no así a nosotros, que imitamos a quien a cada uno le parece y somos impulsados hacia sus intereses e inclinaciones. Pero la mayoría de las veces, impregnados por las enseñanzas de nuestros padres, somos conducidos a su costumbre y manera de vivir; otros se dejan llevar por el juicio de la multitud, y desean sobre todo aquellas cosas que a la mayoría les parecen muy hermosas; sin embargo, algunos, ya sea por cierta felicidad o por bondad natural, han seguido el recto camino de la vida sin la enseñanza de sus padres.

119. Pero aquel género es sumamente raro: el de quienes, dotados ya sea de una grandeza de ingenio excepcional, ya sea de ilustre erudición y cultura, o de ambas cosas, han tenido además tiempo para deliberar qué curso de vida preferirían seguir; en esta deliberación hay que remitir toda decisión a la naturaleza propia de cada uno. Pues como en todas las cosas que se hacen averiguamos, según el modo en que cada uno ha nacido, como se dijo antes, qué es decoroso, así en el establecimiento de toda la vida hay que aplicar mucho mayor cuidado a este asunto, para que podamos ser constantes con nosotros mismos en la continuidad de la vida y no claudicar en ninguna obligación.

120. Ahora bien, como para esta decisión la naturaleza tiene la máxima fuerza y la fortuna la siguiente, hay que tener en cuenta absolutamente ambas al elegir el género de vida, pero más la naturaleza; pues es mucho más firme y más constante, de modo que la fortuna a veces parece luchar, como si fuera mortal ella misma, con la naturaleza inmortal. Quien, pues, haya dirigido toda su decisión de vivir al género de su propia naturaleza no viciosa, mantenga la constancia (pues eso es lo más decoroso), a menos que casualmente se haya dado cuenta de que se equivocó al elegir el género de vida. Si esto sucediera (y puede suceder), hay que hacer un cambio de costumbres e inclinaciones.

Ese cambio, si las circunstancias lo favorecen, lo haremos con mayor facilidad y comodidad; si no, habrá que hacerlo gradualmente y paso a paso, como los sabios consideran más decoroso disolver paulatinamente las amistades que ya no agradan y ya no se aprueban, en lugar de cortarlas de repente.

121. Pero una vez cambiado el género de vida, hay que procurar por todos los medios que parezcamos haberlo hecho con buen juicio. Pero como hace poco se dijo que hay que imitar a los mayores, primero quede exceptuado esto: que no hay que imitar los defectos; después, si la naturaleza no permite que se puedan imitar ciertas cosas (como el hijo del primer Africano, quien adoptó a este nacido de Paulo, por la debilidad de su salud no pudo ser tan parecido a su padre como aquel lo había sido al suyo), si, pues, no pudiera defender causas o mantener al pueblo con discursos o hacer guerras, deberá, sin embargo, destacar en aquellas cosas que estén en su propio poder: la justicia, la lealtad, la generosidad, la modestia, la moderación, para que se eche menos de menos en él lo que falta.

Pero la mejor herencia que transmiten los padres a sus hijos, y superior a cualquier patrimonio, es la gloria de la virtud y de las hazañas, ser deshonra para la cual debe juzgarse sacrilegio y vicio.

122. Y como no se asignan las mismas obligaciones a edades distintas, y unas son propias de los jóvenes y otras de los ancianos, hay que decir algo también sobre esta distinción. Es, pues, propio del joven respetar a los mayores y elegir de entre ellos a los mejores y más probados, en cuyo consejo y autoridad se apoye; pues la inexperiencia de la edad que empieza debe ser establecida y regida por la prudencia de los ancianos. Pero sobre todo hay que apartar esta edad de las pasiones y ejercitarla en el esfuerzo y la resistencia tanto del ánimo como del cuerpo, para que su diligencia sea vigorosa tanto en las obligaciones militares como en las civiles.

Y también cuando quieran relajar su ánimo y entregarse al placer, que eviten la intemperancia, que recuerden el pudor, lo cual será más fácil si los mayores no quisieran estar presentes ni siquiera en este tipo de situaciones.

123. Pero para los ancianos parece que deben disminuirse los esfuerzos del cuerpo y aun aumentarse los ejercicios del ánimo, y hay que procurar que ayuden cuanto puedan con su consejo y prudencia tanto a los amigos como a la juventud y, sobre todo, a la república. Pero nada hay que evitar más en la vejez que entregarse al languor y la indolencia; el lujo, en verdad, aunque es vergonzoso para toda edad, es feísimo para la vejez. Pero si además se añade la intemperancia de las pasiones, es un doble mal, porque la misma vejez incurre en deshonra y hace más desvergonzada la intemperancia de los jóvenes.

124. Y tampoco es ajeno hablar de las obligaciones de los magistrados, de los particulares y de los extranjeros. Es, pues, obligación propia del magistrado comprender que debe desempeñar el papel de la ciudad y debe sostener su dignidad y decoro, guardar las leyes, administrar justicia, recordar que estas cosas han sido confiadas a su lealtad. Pero conviene que el particular viva con derecho igual y parejo con los ciudadanos, ni sumiso y abatido ni presumido, y que en la república quiera lo que es tranquilo y honesto; pues solemos considerar y llamar buen ciudadano a tal persona.

125. Pero la obligación del extranjero y del residente es no ocuparse de nada más que de sus propios asuntos, no indagar nada del otro y no ser en absoluto curioso en una república ajena. Así más o menos se hallarán las obligaciones cuando se pregunte qué es decoroso y qué es adecuado a las personas, las circunstancias, las edades. Pero nada hay tan decoroso como mantener la constancia en todo acto que se realice y en toda decisión que se tome.

126. Pero como aquel decoro se percibe en todos los hechos, las palabras y, en fin, en el movimiento y la postura del cuerpo, y está fundamentado en tres cosas —belleza, orden y ornato adecuado para la acción—, difíciles de explicar con palabras, pero bastará con que se entiendan, y en estas tres cosas se contiene también aquel cuidado de que seamos aprobados por aquellos con quienes y entre quienes vivimos, díganse también unas pocas palabras sobre estos asuntos. En primer lugar, parece que la naturaleza misma tuvo gran consideración con nuestro cuerpo: nuestra forma y la demás figura, en la que había un aspecto honesto, la puso a la vista, pero aquellas partes del cuerpo que fueron dadas para las necesidades de la naturaleza y que habrían de tener un aspecto deforme y feo, esas las cubrió y ocultó.

127. Esta obra tan cuidadosa de la naturaleza la imitó el pudor de los hombres. Pues aquello que la naturaleza ocultó, todos los que están en su sano juicio lo apartan de los ojos, y a la necesidad misma procuran obedecerla lo más ocultamente posible; y aquellas partes del cuerpo cuyo uso es necesario, ni a esas partes ni a su uso los llaman por sus propios nombres, y lo que hacer no es vergonzoso, con tal de que sea en secreto, decirlo es obsceno. Y así, ni la acción abierta de aquellas cosas carece de petulancia ni la obscenidad del lenguaje.

128. Y no hay que escuchar a los cínicos ni a quienes fueron estoicos casi cínicos que reprenden y se burlan de que consideremos vergonzosas con palabras cosas que no son vergonzosas, pero que llamemos por sus propios nombres aquellas que sí son vergonzosas. Robar, defraudar, adulterar es vergonzoso en la realidad, pero se dice sin obscenidad; tener hijos es honesto en la realidad, pero el nombre es obsceno; y muchas más cosas en ese sentido son argumentadas por los mismos contra el pudor. Nosotros, en cambio, sigamos la naturaleza y huyamos de todo lo que repugna a la aprobación de los ojos y los oídos; la postura, el andar, la manera de sentarse, de reclinarse, el rostro, los ojos, los movimientos de las manos mantengan aquel decoro.

129. En estas cosas hay que evitar sobre todo dos extremos: que no haya nada afeminado o blando y que no haya nada duro o rústico. Y no hay que conceder a los actores y a los oradores que estas cosas sean apropiadas para ellos y descuidadas para nosotros. La costumbre de los actores, en verdad, tiene tanto pudor por la antigua disciplina que nadie sale a escena sin taparrabos; pues temen que, si por algún azar sucediera que se descubrieran algunas partes del cuerpo, sean vistas sin decoro. Y según nuestra costumbre, los hijos púberes no se bañan con sus padres, ni los yernos con sus suegros. Hay que mantener, pues, el pudor de este género, especialmente teniendo a la naturaleza misma como maestra y guía.

Parte9La belleza, el decoro y la conducta apropiada

130. Ahora bien, puesto que hay dos tipos de belleza, de los cuales en uno reside la gracia y en el otro la dignidad, debemos considerar la gracia como propia de la mujer y la dignidad como propia del varón. Por tanto, que todo adorno indigno del varón se aparte de su aspecto, y evitemos un defecto semejante en el ademán y el movimiento. Pues los movimientos de los gimnastas resultan a menudo desagradables, y algunos gestos de los actores no están exentos de afectación, y en uno y otro caso se alaban los que son rectos y sencillos. Por otra parte, la dignidad del aspecto debe protegerse con el buen color del rostro, y el color con los ejercicios del cuerpo.

Además debe observarse un aseo no desagradable ni excesivamente refinado, solo el que evite un descuido rústico e inhumano. El mismo criterio debe aplicarse al vestido, en el cual, como en la mayoría de las cosas, lo mejor es el término medio.

131. Debemos evitar, sin embargo, que empleemos en nuestro andar lentitudes demasiado blandas, de modo que parezcamos semejantes a las figuras de las procesiones, o que en las prisas adoptemos velocidades excesivas, que cuando se producen provocan jadeos, se altera el rostro, se tuercen los rasgos; todo lo cual indica claramente que falta firmeza de carácter. Pero mucho más aún debemos esforzarnos para que los movimientos del espíritu no se aparten de la naturaleza, lo cual conseguiremos si evitamos caer en perturbaciones y desvanecimientos, y si mantenemos nuestro espíritu atento a la conservación del decoro.

132. Los movimientos del espíritu son de dos clases: unos pertenecen al pensamiento, otros al apetito. El pensamiento se ocupa sobre todo en la búsqueda de la verdad, el apetito impulsa a la acción. Debemos procurar, por tanto, emplear el pensamiento en las cosas mejores posibles y presentar el apetito obediente a la razón. Y puesto que el poder de la palabra es grande y es doble, siendo una la del debate y otra la de la conversación, que el debate se dedique a las discusiones de los tribunales, las asambleas, el senado, y que la conversación se desarrolle en los círculos sociales, las discusiones, las reuniones de amigos, y que acompañe también los banquetes.

Del debate existen preceptos de los rétores, de la conversación ninguno, aunque no sé si también podrían existir estos. Pero hay maestros para quienes desean aprender el debate, mientras que para la conversación no hay estudiosos, aunque todo está repleto de una multitud de rétores; sin embargo, los preceptos que hay sobre las palabras y las ideas se aplican igualmente a la conversación.

133. Pero como la voz es el indicador de la palabra, y en la voz debemos buscar dos cualidades, que sea clara y que sea agradable, ciertamente ambas han de pedirse a la naturaleza, pero una la aumentará el ejercicio, la otra la imitación de quienes hablan con precisión y suavidad. Nada había en los Cátulos que te hiciera pensar que empleaban un juicio refinado en literatura, aunque eran cultos; pero también lo eran otros; sin embargo, estos pasaban por los mejores usuarios de la lengua latina. El sonido era dulce, las letras ni muy marcadas ni muy apagadas, para que no fuera oscuro ni afectado, la voz sin estridencia ni lánguida ni cantarina.

El discurso de Lucio Craso era más abundante y no menos gracioso, pero la reputación de buen hablar no era menor en los Cátulos. En ingenio y gracia, César, hermano del padre de Cátulo, superó a todos, de modo que en ese mismo género forense de hablar vencía con la conversación las contiendas de los demás. Debemos esforzarnos, pues, en todas estas cosas, si queremos indagar qué es apropiado en todo.

134. Sea, por tanto, esta conversación, en la que destacan sobre todo los socráticos, suave y no en absoluto obstinada, y tenga en ella gracia. Y que no excluya a los demás como si hubiera entrado en su propia posesión, sino que tanto en los demás asuntos como en la conversación común considere justa la alternancia. Y observe ante todo de qué asuntos habla: si son serios, que aplique seriedad; si son jocosos, gracia. Y sobre todo que vigile que la conversación no revele algún defecto que haya en el carácter; lo cual suele ocurrir sobre todo cuando deliberadamente se habla de los ausentes con ánimo de criticar, ya sea en broma o en serio, de modo maledicente y ofensivo.

135. Las conversaciones suelen versar sobre asuntos domésticos o sobre asuntos públicos o sobre el estudio de las artes y la ciencia. Debe procurarse, por tanto, que, aunque empiece a desviarse hacia otros temas, la conversación vuelva a estos, pero según las circunstancias; pues no nos deleitan las mismas cosas en todo momento ni de la misma manera. Debe observarse también hasta qué punto la conversación resulta agradable, y así como haya sido el modo de comenzar, que haya una medida para terminar.

136. Pero así como en toda la vida se prescribe muy acertadamente que evitemos las perturbaciones, es decir, los movimientos excesivos del espíritu que no obedecen a la razón, así también debe estar libre la conversación de tales movimientos, para que no aparezca la ira o algún deseo o la pereza o la cobardía o algo semejante, y sobre todo debemos procurar que parezca que respetamos y apreciamos a aquellos con quienes conversamos. A veces son necesarias también las reprimendas, en las cuales habrá que usar quizá una mayor elevación de voz y una severidad más aguda en las palabras, y actuar incluso de modo que parezcamos airados. Pero así como a cauterizar y cortar, así también a este tipo de castigo vendremos rara vez y a disgusto, nunca si no es necesario, si no se encuentra otra medicina, pero en todo caso lejos quede la ira, con la cual nada puede hacerse correctamente, nada con reflexión.

137. Sin embargo, en gran medida puede emplearse una reprimenda moderada, aunque acompañada de gravedad, de modo que se mantenga la severidad y se rechace el insulto, y también debe significarse que esa misma aspereza que tiene la reprimenda se asume por el bien de aquel a quien se reprende. Es correcto también en aquellas disputas que se tienen con enemigos acérrimos, incluso si oímos cosas indignas de nosotros, mantener sin embargo la gravedad y rechazar la ira; pues lo que se hace con alguna perturbación no puede hacerse con firmeza ni puede ser aprobado por quienes están presentes. Es también indecoroso hablar de uno mismo, sobre todo falsedades, e imitar con la burla de los oyentes al soldado fanfarrón.

138. Y puesto que examinamos todo, queremos ciertamente, debe decirse también qué tipo de casa conviene que tenga un hombre honorable y distinguido, cuya finalidad es el uso, al cual debe adaptarse el diseño de la construcción, y sin embargo debe aplicarse cuidado a la comodidad y la dignidad. Hemos oído que a Cneo Octavio, que fue el primero de aquella familia en hacerse cónsul, le supuso un honor haber edificado en el Palatino una casa espléndida y llena de dignidad, que cuando el público la visitaba, se pensaba que había favorecido a su dueño, un hombre nuevo, para el consulado. Escauro la demolió y añadió una extensión a su propia casa.

De modo que aquel llevó el consulado por primera vez a su casa, este, hijo de un hombre muy distinguido y célebre, a la casa agrandada se llevó no solo un rechazo sino también ignominia y calamidad.

139. Pues la dignidad debe adornarse con la casa, no debe buscarse toda ella en la casa, y no debe honrarse al dueño por la casa, sino la casa por el dueño, y así como en las demás cosas debe tenerse en cuenta no solo lo propio sino también lo de los demás, así en la casa de un hombre distinguido, en la cual deben recibirse muchos huéspedes y debe admitirse una multitud de personas de toda clase, debe aplicarse cuidado a la amplitud. De otro modo, una casa amplia a menudo supone deshonra para el dueño, si hay en ella soledad, y sobre todo si en algún momento solía estar frecuentada bajo otro dueño.

Pues es odioso cuando dicen los que pasan: «Oh casa antigua, ay, qué dueño tan diferente te domina», lo cual ciertamente en estos tiempos puede decirse de muchas.

140. Debe evitarse, sin embargo, sobre todo si uno mismo construye, que te excedas fuera de medida en gasto y magnificencia, género en el cual hay mucho mal también en el ejemplo. Pues muchos imitan con empeño sobre todo en esta parte los hechos de los principales, como ¿quién no imita la virtud de Lucio Lúculo, varón excelente? Pero ¡cuántos han imitado la magnificencia de sus villas! A estas ciertamente debe aplicarse una medida y reducirse a la moderación. Y esta misma moderación debe trasladarse a todo uso y cultivo de la vida. Pero basta de esto.

141. En toda acción que se emprenda deben observarse tres cosas: primero, que el apetito obedezca a la razón, nada hay más apropiado para conservar los deberes; segundo, que se observe cuán importante es aquello que queremos realizar, para que no se dedique ni mayor ni menor cuidado y esfuerzo del que la causa requiere. Lo tercero es que cuidemos que aquellas cosas que pertenecen al aspecto liberal y la dignidad sean moderadas. La mejor medida es mantener el decoro mismo, del que hablamos antes, y no ir más allá. Sin embargo, de estas tres cosas, la más importante es que el apetito obedezca a la razón.

142. A continuación debe hablarse del orden de las cosas y de la oportunidad de los tiempos. Esto se comprende en aquella ciencia que los griegos llaman eutaxía, no esta que nosotros traducimos como modestia, en cuya palabra está incluida la medida, sino que esa es la eutaxía en la que se entiende la conservación del orden. Y así, para que nosotros la llamemos también modestia, es definida por los estoicos de modo que la modestia sea la ciencia de colocar en su lugar las cosas que han de hacerse o decirse. Así parece que será la misma fuerza del orden y la colocación; pues definen también el orden como la composición de las cosas en lugares adecuados y apropiados.

Dicen que el lugar de la acción es la oportunidad del tiempo; y el tiempo oportuno para la acción se llama en griego eukairía, en latín ocasión. Así resulta que esta modestia, que interpretamos así, como he dicho, es la ciencia de los tiempos oportunos e idóneos para actuar.

143. Pero puede ser la misma la definición de la prudencia, de la que hablamos al principio, pero en este lugar investigamos sobre la moderación y la templanza y virtudes semejantes a estas. Y así, lo que era propio de la prudencia se dijo en su lugar; pero ahora deben decirse las cosas que pertenecen a estas virtudes de las que ya hace tiempo hablamos, que se refieren al respeto y a la aprobación de aquellos con quienes vivimos.

144. Debe aplicarse, por tanto, tal orden de las acciones que, así como en un discurso coherente, así en la vida todas las cosas estén ajustadas entre sí y sean convenientes; pues es vergonzoso y muy vicioso introducir en un asunto serio algo digno de un banquete o alguna conversación delicada. Bien dijo Pericles, cuando tenía como colega en la pretura al poeta Sófocles y se habían reunido por un asunto común, y por casualidad pasó un muchacho hermoso y Sófocles dijo: «¡Qué muchacho tan hermoso, Pericles!», «Pero a un pretor le conviene, Sófocles, tener no solo las manos sino también los ojos castos». Y sin embargo, si Sófocles hubiera dicho esto mismo en una selección de atletas, habría carecido de justa reprobación.

Tan grande es la fuerza del lugar y del tiempo. Como si alguien, cuando va a defender una causa, en el camino o en el paseo medita consigo mismo, o piensa con atención en alguna otra cosa, no es reprendido, pero si hace esto mismo en un banquete, parece inhumano por ignorancia del momento.

145. Pero las cosas que discrepan mucho de la humanidad, como si alguien canta en el foro o si hay alguna otra gran perversidad, fácilmente se advierte y no requiere mucha amonestación ni preceptos; las que parecen ser faltas pequeñas y no pueden ser comprendidas por muchos, de esas debe apartarse con mayor diligencia. Como en las liras o las flautas, aunque desentonan muy poco, sin embargo suele advertirlo quien entiende, así debe verse en la vida que no disuene nada, o mucho más aún, cuanto mayor y mejor es la armonía de las acciones que la de los sonidos.

Parte10Deberes según virtudes y circunstancias

146. Así pues, del mismo modo que en las liras los oídos de los músicos perciben incluso las más mínimas desafinaciones, así nosotros, si queremos ser jueces agudos y diligentes observadores de los defectos, a menudo entenderemos las grandes cosas a partir de las pequeñas. Por el modo de mirar, por el alzamiento o la contracción de las cejas, por la tristeza, por la alegría, por la risa, por el hablar, por el callar, por el alzar la voz o por el bajarla, y por otras cosas semejantes, juzgaremos fácilmente qué se hace de manera apropiada y qué se aparta del deber y de la naturaleza. Y en este aspecto no está de más juzgar cómo es cada una de estas cosas observando a los demás, para que, si algo les sienta mal a ellos, lo evitemos nosotros mismos; pues sucede no sé cómo que vemos más en los otros que en nosotros mismos si se comete alguna falta. Por eso se corrigen con suma facilidad en el aprendizaje aquellos cuyos defectos imitan los maestros con el propósito de enmendarlos.

147. Y tampoco está fuera de lugar, para elegir aquellas cosas que plantean dudas, recurrir a personas cultas o incluso experimentadas, y averiguar qué les parece a ellas sobre cada tipo de deber. Pues la mayor parte de la gente suele dirigirse hacia donde la conduce la propia naturaleza. En estos casos hay que fijarse no solo en lo que cada uno dice, sino también en lo que cada uno piensa y por qué razón lo piensa. Pues del mismo modo que los pintores y los que fabrican estatuas, y en verdad también los poetas, quieren que su obra sea contemplada por el público para que, si algo es criticado por muchos, eso se corrija, y ellos mismos y con ayuda de otros indagan qué error se ha cometido en ella, así también muchas cosas debemos hacerlas o no hacerlas, cambiarlas o corregirlas según el juicio de los demás.

148. En cuanto a las cosas que se hacen según la costumbre y las instituciones civiles, sobre ellas no hay nada que prescribir; pues esas mismas son las prescripciones, y a nadie debe llevarle este error a creer que, si Sócrates o Aristipo hicieron o dijeron algo contra la costumbre y las convenciones civiles, a él le está permitido lo mismo; aquellos conseguían esa licencia gracias a bienes grandes y divinos. La doctrina de los cínicos, en cambio, debe ser rechazada por completo; pues es enemiga del pudor, sin el cual nada puede ser recto ni honesto.

149. Pero a aquellos cuya vida es conocida por sus acciones honrosas y grandes, que tienen buenos sentimientos hacia la república y que han prestado o prestan buenos servicios, de tal manera que han sido honrados con alguna distinción o mando, debemos respetarlos y venerarlos, rendir también mucho respeto a la vejez, ceder el paso a quienes desempeñen una magistratura, distinguir entre ciudadano y extranjero, y en el caso del extranjero si ha venido en calidad privada o pública. En resumen, para no hablar de casos particulares, debemos cultivar, proteger y preservar la unión y el vínculo de todo el género humano.

150. Ahora bien, acerca de los oficios y actividades lucrativas, sobre cuáles deben considerarse propias de hombres libres y cuáles viles, hemos recibido más o menos estas ideas. En primer lugar, se desaprueban las ganancias que incurren en el odio de los hombres, como las de los recaudadores de impuestos o las de los usureros. Pero son indignas de hombres libres y viles las ganancias de todos los asalariados, de quienes se compra su trabajo, no su arte; pues en ellos el salario mismo es garantía de servidumbre. También deben considerarse viles quienes compran a comerciantes para vender inmediatamente; pues no obtendrían ningún beneficio si no mintieran descaradamente; y en verdad nada hay más vergonzoso que el engaño.

Y todos los artesanos se ocupan de un oficio vil; pues un taller no puede tener nada propio de hombre libre. Y son menos aún aprobables aquellas artes que sirven a los placeres: «pescaderos, carniceros, cocineros, charcuteros, pescadores», como dice Terencio; añade a estos, si quieres, los perfumistas, los bailarines y todo el negocio de los dados.

151. Pero aquellas artes en las que hay mayor prudencia o se busca una utilidad no mediocre, como la medicina, como la arquitectura, como la enseñanza de las cosas honestas, estas son honrosas para aquellos a cuyo rango convienen. El comercio, por su parte, si es pequeño, debe considerarse vil; pero si es grande y abundante, trayendo muchas cosas de todas partes y distribuyéndolas a muchos sin engaño, no es del todo censurable; e incluso si, saciado de las ganancias o más bien satisfecho, como quien a menudo viene de alta mar al puerto, se retira del puerto mismo a los campos y propiedades, parece que puede ser alabado con pleno derecho.

Pero de todas las cosas de las que se obtiene alguna ganancia, nada hay mejor que la agricultura, nada más provechoso, nada más placentero, nada más digno de un hombre libre. Y puesto que en el «Catón el Viejo» hemos hablado bastante sobre ella, de allí tomarás lo que corresponda a este tema.

152. Pero de aquellas partes que son propias de la honestidad, sobre cómo se derivan los deberes, parece que ya se ha dicho suficiente. Ahora bien, entre las cosas que son honestas puede surgir a menudo una discusión y comparación acerca de cuál de dos cosas honestas es más honesta, punto que Panecio ha omitido. Pues como toda honestidad procede de cuatro partes, de las cuales una es el conocimiento, la segunda la comunidad, la tercera la grandeza de ánimo y la cuarta la moderación, estas al elegir un deber necesariamente deben compararse entre sí con frecuencia.

153. Por tanto, se considera que son más apropiados a la naturaleza aquellos deberes que se derivan de la comunidad que los que se derivan del conocimiento, y esto puede confirmarse con este argumento: si le tocara al sabio una vida en la que, con abundancia de todas las cosas, pudiera considerar y contemplar por sí mismo con suma tranquilidad todo lo que es digno de conocimiento, sin embargo, si la soledad fuera tal que no pudiera ver a ningún hombre, se marcharía de la vida. Y la primera de todas las virtudes es aquella sabiduría que los griegos llaman sophía —pues la prudencia, que los griegos llaman phrónēsis, la entendemos como algo distinto, que es la ciencia de las cosas que deben buscarse y evitarse; pero aquella sabiduría que he llamado primera es la ciencia de las cosas divinas y humanas, en la cual está contenida la comunidad y la sociedad de los dioses y los hombres entre sí—; si esta es la mayor, como lo es, ciertamente es necesario que el deber que se deriva de la comunidad sea el mayor.

Pues el conocimiento y la contemplación de la naturaleza quedarían en cierto modo incompletos e inacabados si no se siguiera de ellos ninguna acción. Y esa acción se manifiesta sobre todo en la protección de los intereses de los hombres; por tanto, pertenece a la sociedad del género humano; luego debe anteponerse a este el conocimiento.

154. Y esto lo muestran y juzgan en la práctica todos los hombres de bien. Pues ¿quién está tan ávido de examinar y conocer la naturaleza de las cosas que, si estando ocupado en estudiar y contemplar las cosas más dignas de conocimiento, le llegara de repente la noticia de un peligro o amenaza contra la patria, al que pudiera acudir y ayudar, no abandonara y dejara todo aquello, incluso si creyera que puede contar las estrellas o medir la magnitud del universo? Y haría lo mismo en el caso de un padre o de un amigo.

155. Por estas razones se entiende que a los estudios y deberes de la ciencia deben anteponerse los deberes de la justicia, que se refieren a la utilidad de los hombres, que nada debe ser más importante para el hombre. E incluso aquellos cuyos estudios y vida entera se han ocupado del conocimiento de las cosas, sin embargo no se han apartado de acrecentar las utilidades y comodidades de los hombres. Pues instruyeron a muchos para que fueran mejores ciudadanos y más útiles a sus repúblicas, como Lisis el pitagórico a Epaminondas de Tebas, Platón a Dión de Siracusa, y muchos a muchos otros, y nosotros mismos, si es que hemos aportado algo a la república, hemos llegado a ella instruidos y preparados por maestros y por la doctrina.

156. Y no solo vivos y presentes instruyen y enseñan a los estudiosos del aprendizaje, sino que logran lo mismo incluso después de la muerte mediante los monumentos de sus escritos. Pues no han dejado de lado ningún aspecto que se refiera a las leyes, a las costumbres, a la organización de la república, de modo que parecen haber dedicado su ocio a nuestro negocio. Así, aquellos mismos dedicados a los estudios de la doctrina y la sabiduría emplean preferentemente su inteligencia y prudencia en la utilidad de los hombres; y por esa misma razón es mejor hablar con abundancia, con tal de que sea con prudencia, que pensar con la mayor agudeza sin elocuencia, porque el pensamiento se vuelve sobre sí mismo, mientras que la elocuencia abraza a aquellos con quienes estamos unidos por la comunidad.

157. Y así como los enjambres de abejas no se congregan para construir panales, sino que, siendo por naturaleza gregarias, construyen panales, así los hombres, y mucho más aún, congregados por naturaleza, aplican su habilidad para actuar y pensar. Y así, a menos que aquella virtud que consiste en proteger a los hombres, es decir, en la sociedad del género humano, alcance el conocimiento de las cosas, el conocimiento parecería solitario y vacío; y del mismo modo la grandeza de ánimo alejada de la comunidad y del vínculo humano sería una cierta ferocidad e inhumanidad. Así sucede que vence el estudio del conocimiento la asociación y comunidad de los hombres.

158. Y no es verdad lo que dicen algunos, que a causa de la necesidad de la vida, porque no podíamos conseguir y lograr sin otros lo que la naturaleza requiere, por eso se ha establecido la comunidad y sociedad con los hombres; pues si todo lo que pertenece al sustento y al cuidado nos fuera suministrado como por una varita mágica, como dicen, entonces cada uno de los de mejor ingenio, abandonando todos los negocios, se dedicaría por completo al conocimiento y a la ciencia. No es así. Pues huiría de la soledad y buscaría un compañero de estudio, querría enseñar y aprender, escuchar y hablar. Por tanto, todo deber que sirve para la unión de los hombres y para mantener la sociedad debe anteponerse a aquel deber que se basa en el conocimiento y la ciencia.

159. Quizá deba preguntarse si esta comunidad, que es la más adecuada a la naturaleza, debe anteponerse siempre también a la moderación y la modestia. No lo creo; pues hay algunas cosas en parte tan repugnantes, en parte tan vergonzosas, que el sabio no las haría ni siquiera para salvar la patria. Posidonio ha reunido muchísimas de ellas, pero algunas tan execrables, tan obscenas, que hasta mencionarlas parece vergonzoso. Estas cosas, por tanto, no las emprenderá por causa de la república, ni la república querrá que se emprendan en su favor. Pero esto se presenta de manera más cómoda, porque no puede ocurrir una circunstancia en que convenga a la república que el sabio haga alguna de esas cosas.

160. Por tanto, quede establecido esto: que en la elección de deberes sobresale aquel tipo de deberes que se sostiene en la sociedad de los hombres. Pues al conocimiento y la prudencia seguirá la acción considerada; así sucede que actuar con consideración vale más que pensar con prudencia. Y esto hasta aquí. Pues el tema mismo ha quedado expuesto, de modo que no es difícil al investigar el deber ver qué debe anteponerse a qué. Pero en la comunidad misma hay grados de deberes, a partir de los cuales puede entenderse qué tiene preferencia sobre qué, de modo que los primeros se deben a los dioses inmortales, los segundos a la patria, los terceros a los padres, y luego progresivamente a los demás.

161. A partir de estas cosas brevemente discutidas puede entenderse que los hombres no solo suelen dudar si algo es honesto o vergonzoso, sino también, propuestas dos cosas honestas, cuál es más honesta. Este punto fue omitido por Panecio, como dije antes. Pero pasemos ya a lo que resta.

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