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Jornada primera

La vida es sueño · Pedro Calderón de la Barca · 39 min de lectura

(A un lado monte fragoso, y al otro una torre, cuya planta baja sirve de prisión a Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está entreabierta. La acción principia al anochecer.)

EscenaI

(Rosaura. Clarín. (Rosaura, vestida de hombre, aparece en lo alto de las peñas, y baja a lo llano: tras ella viene Clarín.))

ROSAURA.— Hipogrifo violento

que corriste parejas con el viento,

¿dónde, rayo sin llama,

pájaro sin matiz, pez sin escama,

y bruto sin instinto

natural, al confuso laberinto

destas desnudas peñas

te desbocas, arrastras y despeñas?

Quédate en este monte,

donde tengan los brutos su Faetonte;

que yo, sin más camino

que el que me dan las leyes del destino,

ciega y desesperada,

bajaré la aspereza enmarañada

deste monte eminente,

que arruga al sol el ceño de su frente.

Mal, Polonia, recibes

a un extranjero, pues con sangre escribes

su entrada en tus arenas,

y apenas llega, cuando llega a penas.

Bien mi suerte lo dice;

mas ¿dónde halló piedad un infelice?

CLARÍN.— Di dos, y no me dejes

en la posada a mí cuando te quejes;

que si dos hemos sido

los que de nuestra patria hemos salido

a probar aventuras,

dos los que, entre desdichas y locuras,

aquí habemos llegado,

y dos los que del monte hemos rodado:

¿no es razón que yo sienta

meterme en el pesar, y no en la cuenta?

ROSAURA.— No te quiero dar parte

en mis quejas, Clarín, por no quitarte,

llorando tu desvelo,

el derecho que tienes tú al consuelo.

Que tanto gusto había

en quejarse, un filósofo decía,

que, a trueco de quejarse,

habían las desdichas de buscarse.

CLARÍN.— El filósofo era

un borracho barbón: ¡oh! ¡Quién le diera

más de mil bofetadas!

Quejárase después de muy bien dadas.

Mas ¿qué haremos, señora,

a pie, solos, perdidos y a esta hora,

en un desierto monte,

cuando se parte el sol a otro horizonte?

ROSAURA.— ¡Quién ha visto sucesos tan extraños!

Mas, si la vista no padece engaños

que hace la fantasía,

a la medrosa luz que aun tiene el día,

me parece que veo

un edificio.

CLARÍN.— O miente mi deseo,

o termino las señas.

ROSAURA.— Rústico nace, entre desnudas peñas,

un palacio tan breve,

que al sol apenas a mirar se atreve.

Con tan rudo artificio

la arquitectura está de su edificio,

que parece, a las plantas

de tantas rocas y de peñas tantas

que al sol tocan la lumbre,

peñasco que ha rodado de la cumbre.

CLARÍN.— Vámonos acercando;

que esto es mucho mirar, señora, cuando

es mejor que la gente

que habita en ella generosamente

nos admita.

ROSAURA.— La puerta

(mejor diré funesta boca) abierta

está, y desde su centro

nace la noche, pues la engendra dentro.

(Suenan dentro cadenas.)

CLARÍN.— ¡Qué es lo que escucho, cielo!

ROSAURA.— Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.

CLARÍN.— ¿Cadenita hay que suena?

Mátenme, si no es galeote en pena:

bien mi temor lo dice.

EscenaII

(Segismundo (en la torre). Rosaura. Clarín.)

SEGISMUNDO.— (Dentro.) ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

ROSAURA.— ¡Qué triste voz escucho!

Con nuevas penas y tormentos lucho.

CLARÍN.— Yo con nuevos temores.

ROSAURA.— Clarín...

CLARÍN.— Señora...

ROSAURA.— Huyamos los rigores

desta encantada torre.

CLARÍN.— Yo aun no tengo

ánimo para huir, cuando a eso vengo.

ROSAURA.— ¿No es breve luz aquella

caduca exhalación, pálida estrella,

que en trémulos desmayos,

pulsando ardores y latiendo rayos,

hace más tenebrosa

la oscura habitación con luz dudosa?

Sí, pues a sus reflejos

puedo determinar (aunque de lejos)

una prisión oscura,

que es de un vivo cadáver sepultura;

y, porque más me asombre,

en el traje de fiera yace un hombre

de prisiones cargado,

y solo de una luz acompañado.

Pues huir no podemos,

desde aquí sus desdichas escuchemos:

sepamos lo que dice.

(Ábrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)

SEGISMUNDO.— ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!

Apurar, cielos, pretendo,

ya que me tratáis así,

qué delito cometí

contra vosotros, naciendo;

aunque si nací, ya entiendo

qué delito he cometido:

bastante causa ha tenido

vuestra justicia y rigor;

pues el delito mayor

del hombre es haber nacido.

Solo quisiera saber,

para apurar mis desvelos

(dejando a una parte, cielos,

el delito del nacer),

¿qué más os pude ofender

para castigarme más?

¿No nacieron los demás?

Pues si los demás nacieron,

¿qué privilegios tuvieron,

que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas

que le dan belleza suma,

apenas es flor de pluma

o ramillete con alas,

cuando las etéreas salas

corta con velocidad,

negándose a la piedad

del nido que deja en calma:

¿y teniendo yo más alma,

tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel

que dibujan manchas bellas,

apenas signo es de estrellas

(gracias al docto pincel),

cuando, atrevido y cruel,

la humana necesidad

le enseña a tener crueldad,

monstruo de su laberinto:

¿y yo, con mejor instinto,

tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,

aborto de ovas y lamas;

y, apenas bajel de escamas

sobre las ondas se mira,

cuando a todas partes gira,

midiendo la inmensidad

de tanta capacidad

como le da el centro frío:

¿y yo, con más albedrío,

tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra

que entre flores se desata,

y, apenas, sierpe de plata,

entre las flores se quiebra,

cuando, músico, celebra

de las flores la piedad,

que le da la majestad

del campo abierto a su huida:

¿y, teniendo yo más vida,

tengo menos libertad?

¡En llegando a esta pasión,

un volcán, un Etna hecho,

quisiera arrancar del pecho

pedazos del corazón!

¿Qué ley, justicia o razón

negar a los hombres sabe

privilegio tan suave,

excepción tan principal,

que Dios le ha dado a un cristal,

a un pez, a un bruto y a un ave?

ROSAURA.— Temor y piedad en mí

sus razones han causado.

SEGISMUNDO.— ¿Quién mis voces ha escuchado?

¿Es Clotaldo?

CLARÍN.— (Ap. a su ama.) Di que sí.

ROSAURA.— No es sino un triste (¡ay de mí!),

que en estas bóvedas frías

oyó tus melancolías.

SEGISMUNDO.— Pues muerte aquí te daré,

porque no sepas que sé (Asela.)

que sabes flaquezas mías.

Solo porque me has oído,

entre mis membrudos brazos

te tengo de hacer pedazos.

CLARÍN.— Yo soy sordo y no he podido

escucharte.

ROSAURA.— Si has nacido

humano, baste el postrarme

a tus pies para librarme.

SEGISMUNDO.— Tu voz pudo enternecerme,

tu presencia suspenderme,

y tu respeto turbarme.

¿Quién eres? Que aunque yo aquí

tan poco del mundo sé,

que cuna y sepulcro fue

esta torre para mí,

y aunque desde que nací

(si esto es nacer) solo advierto

este rústico desierto,

donde miserable vivo,

siendo un esqueleto vivo,

siendo un animado muerto;

y aunque nunca vi ni hablé

sino a un hombre solamente,

que aquí mis desdichas siente,

por quien las noticias sé

de cielo y tierra; y aunque

aquí, porque más te asombres

y monstruo humano me nombres,

entre asombros y quimeras,

soy un hombre de las fieras,

y una fiera de los hombres;

y aunque, en desdichas tan graves,

la política he estudiado,

de los brutos enseñado,

advertido de las aves,

y de los astros suaves

los círculos he medido:

tú solo, tú, has suspendido

la pasión a mis enojos,

la suspensión a mis ojos,

la admiración a mi oído.

Con cada vez que te veo

nueva admiración me das,

y cuando te miro más,

aun más mirarte deseo.

Ojos hidrópicos creo

que mis ojos deben ser;

pues cuando es muerte el beber,

beben más; y desta suerte,

viendo que el ver me da muerte,

estoy muriendo por ver.

Pero véate yo y muera;

que no sé, rendido ya,

si el verte muerte me da,

el no verte qué me diera.

Fuera, más que muerte fiera,

ira, rabia y dolor fuerte;

fuera muerte: desta suerte

su rigor he ponderado,

pues dar vida a un desdichado

es dar a un dichoso muerte.

ROSAURA.— Con asombro de mirarte,

con admiración de oírte,

ni sé qué pueda decirte,

ni qué pueda preguntarte:

solo diré que a esta parte

hoy el cielo me ha guiado

para haberme consolado,

si consuelo puede ser

del que es desdichado, ver

otro que es más desdichado.

Cuentan de un sabio, que un día

tan pobre y mísero estaba,

que solo se sustentaba

de unas yerbas que cogía.

¿Habrá otro (entre sí decía)

más pobre y triste que yo?

Y cuando el rostro volvió,

halló la respuesta, viendo

que iba otro sabio cogiendo

las hojas que él arrojó.

Quejoso de la fortuna,

yo en este mundo vivía,

y, cuando entre mí decía:

¿habrá otra persona alguna

de suerte más importuna?

Piadoso me has respondido;

pues, volviendo en mi sentido,

hallo que las penas mías,

para hacerlas tú alegrías,

las hubieras recogido.

Y, por si acaso mis penas

pueden en algo aliviarte,

óyelas atento, y toma

las que de ellas me sobraren.

Yo soy...

EscenaIII

(Clotaldo. Soldados. Segismundo. Rosaura. Clarín.)

CLOTALDO.— (Dentro.) Guardas desta torre, que, dormidas o cobardes,

disteis paso a dos personas que han quebrantado la cárcel...

ROSAURA.— Nueva confusión padezco.

SEGISMUNDO.— Este es Clotaldo, mi alcaide.

¿Aun no acaban mis desdichas?

CLOTALDO.— (Dentro.) Acudid, y vigilantes,

sin que puedan defenderse, o prendedles o matadles.

VOCES. (Dentro.) ¡Traición!

CLARÍN.— Guardas desta torre, que entrar

aquí nos dejasteis,

pues que nos dais a escoger, el prendernos es más fácil.

(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola y todos con los rostros cubiertos.)

(Ap. a los soldados, al salir.)

CLOTALDO.— Todos os cubrid los rostros; que es diligencia importante,

mientras estamos aquí, que no nos conozca nadie.

CLARÍN.— ¿Enmascaraditos hay?

CLOTALDO.— Oh vosotros, que, ignorantes,

de aqueste vedado sitio coto y término pasasteis

contra el decreto del Rey, que manda que no ose nadie

examinar el prodigio que entre esos peñascos yace:

rendid las armas y vidas, o aquesta pistola, áspid

de metal, escupirá el veneno penetrante

de dos balas, cuyo fuego será escándalo del aire.

SEGISMUNDO.— Primero, tirano dueño, que los ofendas ni agravies,

será mi vida despojo destos lazos miserables;

pues en ellos, vive Dios, tengo de despedazarme

con las manos, con los dientes, entre aquestas peñas, antes

que su desdicha consienta y que llore sus ultrajes.

CLOTALDO.— Si sabes que tus desdichas, Segismundo, son tan grandes,

que antes de nacer moriste por ley del cielo; si sabes

que aquestas prisiones son de tus furias arrogantes

un freno que las detenga, y una rueda que las pare:

¿por qué blasonas? La puerta (A los soldados.) cerrad de esa

estrecha cárcel;

escondedle en ella.

SEGISMUNDO.— ¡Ah, cielos, qué bien hacéis en quitarme

la libertad! Porque fuera contra vosotros gigante,

que para quebrar al sol esos vidrios y cristales,

sobre cimientos de piedra pusiera montes de jaspe.

CLOTALDO.— Quizá, porque no los pongas, hoy padeces tantos males.

(Llévanse algunos soldados a Segismundo, y enciérranle en su prisión.)

EscenaIV

(Rosaura. Clotaldo. Clarín. Soldados.)

ROSAURA.— Ya que vi que la soberbia te ofendió tanto, ignorante

fuera en no pedirte humilde vida que a tus plantas yace.

Muévate en mí la piedad; que será rigor notable

que no hallen favor en ti ni soberbias ni humildades.

CLARÍN.— Y si humildad ni soberbia no te obligan —personajes

que han movido y removido mil Autos sacramentales—,

yo, ni humilde ni soberbio, sino entre las dos mitades

entreverado, te pido que nos remedies y ampares.

CLOTALDO.— ¡Hola!

SOLDADO.— Señor...

CLOTALDO.— A los dos quitad las armas, y atadles

los ojos, porque no vean cómo ni de dónde salen.

ROSAURA.— Mi espada es esta, que a ti solamente ha de entregarse;

porque, al fin, de todos eres el principal, y no sabe

rendirse a menos valor.

CLARÍN.— La mía es tal, que puede darse

al más ruin: tomadla vos. (A un soldado.)

ROSAURA.— Y si he de morir, dejarte

quiero, en fe desta piedad, prenda que pudo estimarse

por el dueño que algún día se la ciñó: que la guardes

te encargo, porque aunque yo no sé qué secreto alcance,

sé que esta dorada espada encierra misterios grandes;

pues solo fiado en ella, vengo a Polonia a vengarme

de un agravio.

CLOTALDO.— (Ap.) ¡Santos cielos! ¡Qué es esto! Ya son más graves

mis penas y confusiones, mis ansias y mis pesares.

¿Quién te la dio?

ROSAURA.— Una mujer.

CLOTALDO.— ¿Cómo se llama?

ROSAURA.— Que calle

su nombre es fuerza.

CLOTALDO.— ¿De qué infieres ahora, o sabes,

que hay secreto en esta espada?

ROSAURA.— Quien me la dio, dijo: «Parte

a Polonia, y solicita con ingenio, estudio o arte,

que te vean esa espada los nobles y principales;

que yo sé que alguno dellos te favorezca y ampare»;

que, por si acaso era muerto, no quiso entonces nombrarle.

CLOTALDO.— (Ap.) ¡Válgame el cielo, qué escucho! Aun no sé determinarme

si tales sucesos son ilusiones o verdades.

Esta es la espada que yo dejé a la hermosa Violante,

por señas que el que ceñida la trajera, había de hallarme

amoroso como hijo, y piadoso como padre.

¿Pues qué he de hacer (¡ay de mí!) en confusión semejante,

si quien la trae por favor, para su muerte la trae,

pues que sentenciado a muerte llega a mis pies? ¡Qué notable

confusión! ¡Qué triste hado! ¡Qué suerte tan inconstante!

Este es mi hijo, y las señas dicen bien con las señales

del corazón, que por verlo llama al pecho, y en él bate

las alas, y no pudiendo romper los candados, hace

lo que aquel que está encerrado, y oyendo ruido en la calle,

se asoma por la ventana. Él así, como no sabe

lo que pasa, y oye el ruido, va a los ojos a asomarse,

que son ventanas del pecho, por donde en lágrimas sale.

¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!) ¿Qué he de hacer? Porque llevarle

al Rey, es llevarle (¡ay triste!) a morir. Pues ocultarle

al Rey no puedo, conforme a la ley del homenaje.

De una parte el amor propio, y la lealtad de otra parte

me rinden. Pero ¿qué dudo? La lealtad al Rey ¿no es antes

que la vida y que el honor? Pues ella viva y él falte.

Fuera de que, si ahora atiendo a que dijo que a vengarse

viene de un agravio, hombre que está agraviado, es infame.

—No es mi hijo, no es mi hijo, ni tiene mi noble sangre.

Pero, si ya ha sucedido un peligro, de quien nadie

se libró, porque el honor es de materia tan frágil,

que con una acción se quiebra o se mancha con un aire:

¿qué más puede hacer, qué más, el que es noble, de su parte,

que, a costa de tantos riesgos haber venido a buscarle?

Mi hijo es, mi sangre tiene, pues tiene valor tan grande;

y así, entre una y otra duda, el medio más importante

es irme al Rey, y decirle que es mi hijo y que le mate.

Quizá la misma piedad de mi honor podrá obligarle;

y si le merezco vivo, yo le ayudaré a vengarse

de su agravio; mas si el Rey, en sus rigores constante,

le da muerte, morirá sin saber que soy su padre.

—Venid conmigo, extranjeros; (A Rosaura y Clarín.) no temáis, no, de que os falte

compañía en las desdichas, pues en duda semejante

de vivir o de morir, no sé cuáles son más grandes. (Vanse.)

(Salón de Palacio Real en la corte.)

(Escena V)

(Astolfo y soldados, que salen por un lado, y por el otro la Infanta Estrella y damas. Música militar, dentro, y salvas.)

ASTOLFO.— Bien al ver los excelentes

rayos, que fueron cometas,

mezclan salvas diferentes

las cajas y las trompetas,

los pájaros y las fuentes:

siendo, con música igual,

y con maravilla suma,

a tu vista celestial

unos, clarines de pluma,

y otras, aves de metal;

y así os saludan, señora,

como a su Reina las balas,

los pájaros como Aurora,

las trompetas como a Palas,

y las flores como a Flora;

porque sois, burlando el día

que ya la noche destierra,

Aurora en el alegría,

Flora en paz, Palas en guerra,

y Reina en el alma mía.

ESTRELLA.— Si la voz se ha de medir

con las acciones humanas,

mal habéis hecho en decir

finezas tan cortesanas,

donde os pueda desmentir

todo ese marcial trofeo,

con quien ya atrevida lucho;

pues no dicen, según creo,

las lisonjas que os escucho,

con los rigores que veo.

Y advertid que es baja acción,

que solo a una fiera toca,

madre de engaño y traición,

el halagar con la boca

y matar con la intención.

ASTOLFO.— Muy mal informada estáis,

Estrella, pues que la fe

de mis finezas dudáis,

y os suplico que me oigáis

la causa, a ver si la sé.

Falleció Eustorgio Tercero,

Rey de Polonia, y quedó

Basilio por heredero,

y dos hijas, de quien yo

y vos nacimos.—No quiero

cansar con lo que no tiene

lugar aquí.—Clorilene,

vuestra madre y mi señora,

que en mejor imperio ahora

dosel de luceros tiene,

fue la mayor, de quien vos

sois hija; fue la segunda,

madre y tía de los dos,

la gallarda Recisunda,

que guarde mil años Dios;

casó en Moscovia, de quien

nací yo. Volver ahora

al otro principio es bien.

Basilio, que ya, señora,

se rinde al común desdén

del tiempo, más inclinado

a los estudios que dado

a mujeres, enviudó

sin hijos; y vos y yo

aspiramos a este Estado.

Vos alegáis que habéis sido

hija de hermana mayor;

yo, que varón he nacido,

y aunque de hermana menor,

os debo ser preferido.

Vuestra intención y la mía

a nuestro tío contamos:

él respondió que quería

componernos, y aplazamos

este puesto y este día.

Con esta intención salí

de Moscovia y de su tierra;

con esta llegué hasta aquí,

en vez de haceros yo guerra,

a que me la hagáis a mí.

¡Oh! quiera amor, sabio dios,

que el vulgo, astrólogo cierto,

hoy lo sea con los dos,

y que pare este concierto

en que seáis Reina vos,

pero Reina en mi albedrío,

dándoos, para más honor,

su corona nuestro tío,

sus triunfos vuestro valor,

y su imperio el amor mío.

ESTRELLA.— A tan cortés bizarría

menos mi pecho no muestra,

pues la imperial monarquía

para solo hacerla vuestra

me holgara que fuera mía;

aunque no está satisfecho

mi amor de que sois ingrato,

si en cuanto decís, sospecho

que os desmiente ese retrato

que está pendiente del pecho.

ASTOLFO.— Satisfaceros intento

con él... Mas lugar no da

tanto sonoro instrumento, (Tocan cajas.)

que avisa que sale ya

el Rey con su parlamento.

EscenaVI

(El Rey Basilio. Acompañamiento. Astolfo. Estrella. Damas. Soldados.)

ESTRELLA.— Sabio Tales...

ASTOLFO.— Docto Euclides...

ESTRELLA.— Que entre signos...

ASTOLFO.— Que entre estrellas...

ESTRELLA.— Hoy gobiernas...

ASTOLFO.— Hoy resides...

ESTRELLA.— Y sus caminos...

ASTOLFO.— Sus huellas...

ESTRELLA.— Describes...

ASTOLFO.— Tasas y mides...

ESTRELLA.— Deja que en humildes lazos...

ASTOLFO.— Deja que en tiernos abrazos...

ESTRELLA.— Hiedra dese tronco sea.

ASTOLFO.— Rendido a tus pies me vea.

BASILIO.— Sobrinos, dadme los brazos,

y creed, pues que leales

a mi precepto amoroso,

venís con afectos tales,

que a nadie deje quejoso

y los dos quedéis iguales;

y así, cuando me confieso

rendido al prolijo peso,

solo os pido en la ocasión

silencio, que admiración

ha de pedirla el suceso.

Ya sabéis (estadme atentos, amados sobrinos míos,

corte ilustre de Polonia, vasallos, deudos y amigos),

ya sabéis que yo en el mundo por mi ciencia he merecido

el sobrenombre de docto, pues, contra el tiempo y olvido,

los pinceles de Timantes, los mármoles de Lisipo,

en el ámbito del orbe me aclaman el gran Basilio.

Ya sabéis que son las ciencias que más curso y más estimo,

matemáticas sutiles, por quien al tiempo le quito,

por quien a la fama rompo la jurisdicción y oficio

de enseñar más cada día; pues, cuando en mis tablas miro

presentes las novedades de los venideros siglos,

le gano al tiempo las gracias de contar lo que yo he dicho.

Esos círculos de nieve, esos doseles de vidrio,

que el sol ilumina a rayos, que parte la luna a giros;

esos orbes de diamantes, esos globos cristalinos,

que las estrellas adornan y que campean los signos,

son el estudio mayor de mis años, son los libros

donde, en papel de diamante, en cuadernos de zafiro,

escribe con líneas de oro, en caracteres distintos,

el Cielo nuestros sucesos, ya adversos o ya benignos.

Estos leo tan veloz, que con mi espíritu sigo

sus rápidos movimientos por rumbos y por caminos.

¡Pluguiera al Cielo, primero que mi ingenio hubiera sido

de sus márgenes comento y de sus hojas registro,

hubiera sido mi vida el primero desperdicio

de sus iras, y que en ellas mi tragedia hubiera sido,

porque de los infelices aun el mérito es cuchillo,

que a quien le daña el saber, homicida es de sí mismo!

Dígalo yo, aunque mejor lo dirán sucesos míos,

para cuya admiración otra vez silencio os pido.

En Clorilene, mi esposa, tuve un infelice hijo,

en cuyo parto los cielos se agotaron de prodigios.

Antes que a la luz hermosa le diese el sepulcro vivo

de un vientre (porque el nacer y el morir son parecidos),

su madre infinitas veces, entre ideas y delirios

del sueño, vio que rompía sus entrañas, atrevido,

un monstruo en forma de hombre; y entre su sangre teñido,

la daba muerte, naciendo víbora humana del siglo.

Llegó de su parto el día, y los presagios cumplidos

(porque tarde o nunca son mentirosos los impíos),

nació en horóscopo tal, que el sol, en su sangre tinto,

entraba sañudamente con la luna en desafío;

y siendo valla la tierra, los dos faroles divinos

a luz entera luchaban, ya que no a brazo partido.

El mayor, el más horrendo eclipse que ha padecido

el sol, después que con sangre lloró la muerte de Cristo,

este fue, porque anegado el orbe en incendios vivos,

presumió que padecía el último parasismo:

los cielos se oscurecieron, temblaron los edificios,

llovieron piedras las nubes, corrieron sangre los ríos.

En aqueste, pues, del Sol, ya frenesí o ya delirio,

nació Segismundo, dando de su condición indicios,

pues dio la muerte a su madre, con cuya fiereza dijo:

—«Hombre soy, pues que ya empiezo a pagar mal beneficios.»

—Yo, acudiendo a mis estudios, en ellos y en todo miro

que Segismundo sería el hombre más atrevido,

el príncipe más cruel y el monarca más impío,

por quien su reino vendría a ser parcial y diviso,

escuela de las traiciones y academia de los vicios;

y él, de su furor llevado, entre asombros y delitos,

había de poner en mí las plantas; y yo rendido

a sus pies me había de ver (¡con qué vergüenza lo digo!),

siendo alfombra de sus plantas las canas del rostro mío.

¿Quién no da crédito al daño, y más al daño que ha visto

en su estudio, donde hace el amor propio su oficio?

Pues, dando crédito yo a los hados que, adivinos,

me pronosticaban daños en fatales vaticinios,

determiné de encerrar la fiera que había nacido,

por ver si el sabio tenía en las estrellas dominio.

Publicose que el infante nació muerto; y, prevenido,

hice labrar una torre entre las peñas y riscos

de esos montes, donde apenas la luz ha hallado camino,

por defenderle la entrada sus rústicos obeliscos.

Las graves penas y leyes que, con públicos edictos,

declararon que ninguno entrase a un vedado sitio

del monte, se ocasionaron de las causas que os he dicho.

Allí Segismundo vive, mísero, pobre y cautivo,

adonde solo Clotaldo le ha hablado, tratado y visto.

Este le ha enseñado ciencias, este en la ley le ha instruido

católica, siendo solo de sus miserias testigo.

Aquí hay tres cosas: la una, que yo, Polonia, os estimo

tanto, que os quiero librar de la opresión y servicio

de un Rey tirano, porque no fuera señor benigno

el que a su patria y su imperio pusiera en tanto peligro.

La otra es considerar que, si a mi sangre le quito

el derecho que le dieron humano fuero y divino,

no es cristiana caridad; pues ninguna ley ha dicho

que, por reservar yo a otro de tirano y de atrevido,

pueda yo serlo; supuesto que si es tirano mi hijo,

porque él delitos no haga, vengo yo a hacer los delitos.

Es la última y tercera el ver cuánto yerro ha sido

dar crédito fácilmente a los sucesos previstos;

pues aunque su inclinación le dicte sus precipicios,

quizá no le vencerán; porque el hado más esquivo,

la inclinación más violenta, el planeta más impío,

solo el albedrío inclinan, no fuerzan el albedrío.

Y así, entre una y otra causa, vacilante y discursivo,

previne un remedio tal, que os suspenda los sentidos.

Yo he de ponerle mañana, sin que él sepa que es mi hijo

y Rey vuestro, a Segismundo (que aqueste su nombre ha sido),

en mi dosel, en mi silla, en fin, en el puesto mío,

donde os gobierne y os mande, y donde todos rendidos

la obediencia le juréis; pues con aquesto consigo

tres cosas, con que respondo a las otras tres que he dicho.

Es la primera que, siendo prudente, cuerdo y benigno,

desmintiendo en todo al hado, que del tantas cosas dijo,

gozaréis del natural príncipe vuestro, que ha sido

cortesano de unos montes y de sus fieras vecino.

Es la segunda, que si él, soberbio, osado, atrevido

y cruel, con rienda suelta corre el campo de sus vicios,

habré yo piadoso entonces con mi obligación cumplido;

y luego en desposeerle haré como Rey invicto,

siendo el volverle a la cárcel no crueldad, sino castigo.

Es la tercera, que siendo el Príncipe como os digo,

por lo que os amo, vasallos, os daré Reyes más dignos

de la corona y el cetro; pues serán mis dos sobrinos,

que junto en uno el derecho de los dos, y convenidos

con la fe del matrimonio, tendrán lo que han merecido.

Esto como rey os mando, esto como padre os pido,

esto como sabio os ruego, esto como anciano os digo.

Y si el Séneca español, «que era humilde esclavo, dijo,

de su república un Rey», como esclavo os lo suplico.

ASTOLFO.— Si a mí el responder me toca, como el que en efecto ha sido

aquí el más interesado: en nombre de todos digo

que Segismundo parezca, pues le basta ser tu hijo.

TODOS.— Danos al Príncipe nuestro, que ya por Rey le pedimos.

BASILIO.— Vasallos, esa fineza os agradezco y estimo.

Acompañad a sus cuartos a los dos atlantes míos,

Que mañana le veréis.

TODOS.— ¡Viva el grande rey Basilio!

(Éntrance todos acompañando a Estrella y a Astolfo: quédase el Rey.)

EscenaVII

(Clotaldo. Rosaura. Clarín. Basilio.)

CLOTALDO.— ¿Podréte hablar? (Al Rey.)

BASILIO.— ¡Oh Clotaldo! Tú seas muy bien venido.

CLOTALDO.— Aunque viniendo a tus plantas era fuerza haberlo sido,

Esta vez rompe, señor, el hado triste y esquivo

El privilegio a la ley, y a la costumbre el estilo.

BASILIO.— ¿Qué tienes?

CLOTALDO.— Una desdicha, señor, que me ha sucedido,

Cuando pudiera tenerla por el mayor regocijo.

BASILIO.— Prosigue.

CLOTALDO.— Este bello joven, osado o inadvertido,

Entró en la torre, señor, adonde al Príncipe ha visto,

Y es...

BASILIO.— No os aflijáis, Clotaldo; si otro día hubiera sido,

Confieso que lo sintiera: pero ya el secreto he dicho,

Y no importa que él lo sepa, supuesto que yo lo digo.

Vedme después, porque tengo muchas cosas que advertiros,

Y muchas que hagáis por mí; que habéis de ser, os aviso,

Instrumento del mayor suceso que el mundo ha visto:

Y a esos presos, porque al fin no presumáis que castigo

Descuidos vuestros, perdono. (Vase.)

CLOTALDO.— ¡Vivas, gran señor, mil siglos!

EscenaVIII

(Clotaldo. Rosaura. Clarín.)

CLOTALDO.— (Ap. Mejoró el cielo la suerte. Ya no diré que es mi hijo,

Pues que lo puedo excusar.) Extranjeros peregrinos,

Libres estáis.

ROSAURA.— Tus pies beso mil veces.

CLARÍN.— Y yo los piso,

Que una letra más o menos no reparan dos amigos.

ROSAURA.— La vida, señor, me has dado; y pues a tu cuenta vivo,

Eternamente seré esclavo tuyo.

CLOTALDO.— No ha sido

Vida la que yo te he dado, porque un hombre bien nacido,

Si está agraviado, no vive; y supuesto que has venido

A vengarte de un agravio, según tú propio me has dicho,

No te he dado vida yo, porque tú no la has traído;

Que vida infame no es vida. (Ap. Bien con aquesto le animo.)

ROSAURA.— Confieso que no la tengo, aunque de ti la recibo:

Pero yo, con la venganza, dejaré mi honor tan limpio,

Que pueda mi vida luego, atropellando peligros,

Parecer dádiva tuya.

CLOTALDO.— Toma el acero bruñido

Que trajiste; que yo sé que él baste, en sangre teñido

De tu enemigo, a vengarte; porque acero que fue mío...

(Digo: este instante, este rato que en mi poder le he tenido),

Sabrá vengarte.

ROSAURA.— En tu nombre segunda vez me le ciño,

Y en él juro mi venganza, aunque fuese mi enemigo

Más poderoso.

CLOTALDO.— ¿Eslo mucho?

ROSAURA.— Tanto, que no te lo digo,

No porque de tu prudencia mayores cosas no fío,

Sino porque no se vuelva contra mí el favor que admiro

En tu piedad.

CLOTALDO.— Antes fuera ganarme a mí con decirlo;

Pues fuera cerrarme el paso de ayudar a tu enemigo.

(Ap. ¡Oh, si supiera quién es!)

ROSAURA.— Porque no pienses que estimo

En poco esa confianza, sabe que el contrario ha sido

No menos que Astolfo, Duque de Moscovia.

CLOTALDO.— (Ap. Mal resisto

El dolor, porque es más grave, que fue imaginado, visto.

Apuremos más el caso.) Si moscovita has nacido,

El que es natural señor, mal agraviarte ha podido:

Vuélvete a tu patria pues, y deja el ardiente brío

Que te despeña.

ROSAURA.— Yo sé que, aunque mi Príncipe ha sido,

Pudo agraviarme.

CLOTALDO.— No pudo, aunque pusiera, atrevido,

La mano en tu rostro. (Ap. ¡Ay, cielos!)

ROSAURA.— Mayor fue el agravio mío.

CLOTALDO.— Dilo ya, pues que no puedes decir más que yo imagino.

ROSAURA.— Sí dijera; mas no sé con qué respeto te miro,

Con qué afecto te venero, con qué estimación te asisto,

Que no me atrevo a decirte que es este exterior vestido

Enigma, pues no es de quien parece: juzga advertido,

Si no soy lo que parezco, y Astolfo a casarse vino

Con Estrella, si podrá agraviarme.— Harto te he dicho.

(Vanse Rosaura y Clarín.)

CLOTALDO.— ¡Escucha, aguarda, detente! ¿Qué confuso laberinto

Es este, donde no puede hallar la razón el hilo?

¡Mi honor es el agraviado, poderoso el enemigo,

Yo vasallo, ella mujer: Descubra el Cielo camino!...

Aunque no sé si podrá, cuando, en tan confuso abismo,

Es todo el cielo un presagio, y es todo el mundo un prodigio.

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