Clasicalia
InicioEl Lazarillo de TormesTratado quinto: el buldero
6 / 8

Tratado quinto: el buldero

El Lazarillo de Tormes · Anónimo · 16 min de lectura

Cómo Lázaro se asentó con un buldero, y de las cosas que con él pasó

En el quinto por mi ventura di, que fue un buldero, el más desenvuelto y descarado y el mayor vendedor de ellas que jamás yo vi ni ver espero ni pienso que nadie vio; porque tenía y buscaba modos y maneras y muy sutiles invenciones.

Al entrar en los lugares donde habían de presentar la bula, primero presentaba a los clérigos o curas algunas cosillas, tampoco de mucho valor ni sustancia: una lechuga murciana, si era por el tiempo, un par de limas o naranjas, un melocotón, un par de duraznos, sendas peras verdiniales cada uno. Así procuraba tenerlos propicios para que favoreciesen su negocio y llamasen a sus feligreses a tomar la bula.

Ofreciéndosele a él las gracias, se informaba de la suficiencia de ellos. Si decían que entendían, no hablaba palabra en latín por no tropezar; mas se aprovechaba de un gentil y bien cortado romance y desenvoltísima lengua. Y si sabía que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo que más con dineros que con letras y con reverendas se ordenan, se hacía entre ellos un Santo Tomás y hablaba dos horas en latín: al menos, que lo parecía aunque no lo era.

Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba cómo por mal se las tomasen, y para aquello hacía molestias al pueblo y otras veces con mañosos artificios. Y porque todos los que le veía hacer sería largo de contar, diré uno muy sutil y gracioso, con el cual probaré bien su suficiencia.

En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado dos o tres días, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habían tomado bula, ni a mi ver tenían intención de tomársela. Estaba dado al diablo con aquello y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo para otro día de mañana a despedir la bula.

Y esa noche, después de cenar, se pusieron a jugar la colación él y el alguacil, y sobre el juego vinieron a reñir y a haber malas palabras. Él llamó al alguacil ladrón, y el otro a él falsario. Sobre esto, el señor comisario mi señor tomó un lanzón que en el portal donde jugaban estaba. El alguacil puso mano a su espada, que en la cinta tenía. Al ruido y voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos y se meten en medio, y ellos muy enojados procurando desembarazarse de los que en medio estaban, para matarse. Mas como la gente al gran ruido se juntase y la casa estuviese llena de ella, viendo que no podían enfrentarse con las armas, se decían palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo a mi amo que era falsario y las bulas que predicaba que eran falsas.

Finalmente, que los del pueblo, viendo que no bastaban a ponerlos en paz, acordaron de llevar al alguacil de la posada a otra parte. Y así quedó mi amo muy enojado; y después que los huéspedes y vecinos le hubieron rogado que perdiese el enojo y se fuese a dormir, se fue. Y así nos echamos todos.

La mañana venida, mi amo se fue a la iglesia y mandó tocar a misa y al sermón para despedir la bula. Y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las bulas, diciendo cómo eran falsas y que el mismo alguacil riñendo lo había descubierto; de manera que después de que tenían mala gana de tomarla, con aquello del todo la aborrecieron.

El señor comisario se subió al púlpito y comienza su sermón, y a animar a la gente a que no quedasen sin tanto bien e indulgencia como la santa bula traía. Estando en lo mejor del sermón, entra por la puerta de la iglesia el alguacil y, después que hizo oración, se levantó y con voz alta y pausada cuerdamente comenzó a decir:

«Buenos hombres, oídme una palabra, que después oiréis a quien queráis. Yo vine aquí con este charlatán que os predica, el cual me engañó y dijo que le ayudase en este negocio y que partiríamos la ganancia. Y ahora, visto el daño que haría a mi conciencia y a vuestros bolsillos, arrepentido de lo hecho, os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creáis ni las toméis, y que yo ni directa ni indirectamente tengo parte en ellas, y que desde ahora dejo la vara y doy con ella en el suelo; y si algún día este es castigado por la falsedad, que vosotros me seáis testigos de que yo no estoy con él ni le presto ayuda, antes bien os desengaño y declaro su maldad.»

Y acabó su razonamiento. Algunos hombres honrados que allí estaban quisieron levantarse y echar al alguacil fuera de la iglesia, para evitar escándalo. Mas mi amo les contuvo y mandó a todos que, so pena de excomunión, no le estorbasen, sino que le dejasen decir todo lo que quisiese. Y así, él también guardó silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.

Cuando calló, mi amo le preguntó si quería decir más, que lo dijese. El alguacil dijo:

«Mucho hay más que decir de vos y de vuestra falsedad, mas por ahora basta.»

El señor comisario se arrodilló en el púlpito y, con las manos juntas y mirando al cielo, dijo así:

«Señor Dios, a quien ninguna cosa está escondida, antes bien todas manifiestas, y a quien nada es imposible, antes bien todo posible, tú sabes la verdad y cuán injustamente yo soy afrentado. En lo que a mí toca, yo lo perdono para que tú, Señor, me perdones. No mires a aquel que no sabe lo que hace ni dice; mas la injuria a ti hecha, te suplico, y por justicia te pido, no la disimules; porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar esta santa bula, dando crédito a las falsas palabras de aquel hombre, dejará de hacerlo. Y pues es tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no lo disimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta manera: que si es verdad lo que aquel dice y que traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y me meta siete estados debajo de tierra, donde él ni yo jamás aparezcamos. Y si es verdad lo que yo digo y aquel, persuadido del demonio, por quitar y privar a los que están presentes de tan gran bien, dice maldad, también sea castigado y de todos conocida su malicia.»

Apenas había acabado su oración el devoto señor mío, cuando el negro alguacil cae de su estado y da tan gran golpe en el suelo que la iglesia toda resonó, y comenzó a bramar y echar espumarajos por la boca y torcerla, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquel suelo a una parte y a otra. El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos a otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos decían:

«El Señor le socorra y valga.»

Otros:

«Bien se lo merece, pues levantaba tan falso testimonio.»

Finalmente, algunos que allí estaban, y a mi parecer no sin mucho temor, se acercaron y le agarraron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas a los que cerca de él estaban. Otros le tiraban de las piernas y lo sujetaron firmemente, porque no había mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase. Y así lo tuvieron un gran rato, porque más de quince hombres estaban sobre él, y a todos daba las manos llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.

A todo esto, el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el llanto y ruido y voces que en la iglesia había no bastaban para apartarle de su divina contemplación.

Aquellos buenos hombres llegaron a él, y dando voces le despertaron y le suplicaron que quisiese socorrer a aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase a las cosas pasadas ni a sus dichos malos, pues ya de ellos tenía el pago; mas si en algo podría aprovechar para librarle del peligro y pasión que padecía, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues a su petición y venganza el Señor no alargó el castigo.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró y miró al delincuente y a todos los que alrededor estaban, y muy pausadamente les dijo:

«Buenos hombres, vosotros nunca habríais de rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado; mas pues él nos manda que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicarle que cumpla lo que nos manda, y Su Majestad perdone a este que le ofendió poniendo en su santa fe obstáculo. Vamos todos a suplicarle.»

Y así bajó del púlpito y encomendó que muy devotamente suplicasen a Nuestro Señor tuviese por bien perdonar a aquel pecador, y devolverle su salud y sano juicio, y lanzar de él al demonio, si Su Majestad había permitido que por su gran pecado en él entrase. Todos se arrodillaron, y delante del altar con los clérigos comenzaron a cantar con voz baja una letanía. Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le veía sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente como suelen hacer en los sermones de Pasión, de predicador y auditorio devoto, suplicando a Nuestro Señor, pues no quería la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.

Y esto hecho, mandó traer la bula y se la puso en la cabeza; y luego el pecador del alguacil comenzó poco a poco a estar mejor y volver en sí. Y cuando estuvo bien vuelto en su acuerdo, se echó a los pies del señor comisario y le pidió perdón, y confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacerle a él daño y vengarse del enojo, lo otro y más principal, porque el demonio recibía mucha pena del bien que allí se hacía en tomar la bula. El señor mi amo le perdonó, y se hicieron las paces entre ellos; y a tomar la bula hubo tanta prisa, que casi alma viviente en el lugar no quedó sin ella: marido y mujer, e hijos e hijas, mozos y mozas.

Se divulgó la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos, y cuando a ellos llegábamos, no era menester sermón ni ir a la iglesia, que a la posada venían a tomarla como si fueran peras que se diesen de balde. De manera que en diez o doce lugares de aquellos alrededores donde fuimos, colocó el señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermón.

Cuando él hizo el ensayo, confieso mi pecado que también yo fui de ello espantado y creí que así era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conocí cómo había sido preparado por el industrioso e inventivo de mi amo. Nos acaeció en otro lugar, el cual no quiero nombrar por su honra, lo siguiente; y fue que mi amo predicó dos o tres sermones y donde Dios la bula tomaban. Visto por el astuto de mi amo lo que pasaba y que, aunque decía se fiaban por un año, no aprovechaba y que estaban tan rebeldes en tomarla y que su trabajo era perdido, hizo tocar las campanas para despedirse. Y hecho su sermón y despedido desde el púlpito, ya que se quería bajar, llamó al escribano y a mí, que iba cargado con unas alforjas, e hízanos llegar al primer escalón, y tomó al alguacil las que en las manos llevaba y las que yo tenía en las alforjas, las puso junto a sus pies, y volvióse a poner en el púlpito con cara alegre y arrojar desde allí de diez en diez y de veinte en veinte de sus bulas hacia todas partes, diciendo:

«Hermanos míos, tomad, tomad de las gracias que Dios os envía hasta vuestras casas, y no os duela, pues es obra tan pía la redención de los cautivos cristianos que están en tierra de moros. Porque no renieguen nuestra santa fe y vayan a las penas del infierno, siquiera ayudadles con vuestra limosna y con cinco padrenuestros y cinco avemarías, para que salgan de cautiverio. Y aun también aprovechan para los padres y hermanos y deudos que tenéis en el Purgatorio, como lo veréis en esta santa bula.»

Como el pueblo las vio así arrojar, como cosa que se daba de balde y ser venida de la mano de Dios, tomaban a más tomar, aun para los niños de la cuna y para todos sus difuntos, contando desde los hijos hasta el menor criado que tenían, contándolos por los dedos. Nos vimos en tanta prisa, que a mí casi me acabaron de romper un pobre y viejo sayo que traía, de manera que certifico a Vuestra Merced que en poco más de una hora no quedó bula en las alforjas, y fue necesario ir a la posada por más.

Acabados de tomar todos, dijo mi amo desde el púlpito a su escribano y al del concejo que se levantasen y, para que se supiese quiénes eran los que habían de gozar de la santa indulgencia y perdones de la santa bula y para que él diese buena cuenta a quien le había enviado, se escribiesen. Y así luego todos de muy buena voluntad decían las que habían tomado, contando por orden los hijos y criados y difuntos. Hecho su inventario, pidió a los alcaldes que por caridad, porque él tenía que hacer en otra parte, mandasen al escribano le diese autoridad del inventario y memoria de las que allí quedaban, que, según decía el escribano, eran más de dos mil. Hecho esto, él se despidió con mucha paz y amor, y así nos partimos de este lugar; y aun, antes de que nos partiésemos, fue preguntado él por el teniente cura del lugar y por los regidores si la bula aprovechaba para las criaturas que estaban en el vientre de sus madres, a lo cual él respondió que según las letras que él había estudiado que no, que lo fuesen a preguntar a los doctores más antiguos que él, y que esto era lo que sentía en este negocio.

Y así nos partimos, yendo todos muy alegres del buen negocio. Decía mi amo al alguacil y escribano:

«¿Qué os parece, cómo estos villanos, que con solo decir "cristianos viejos somos", sin hacer obras de caridad, se piensan salvar sin poner nada de su hacienda? Pues, por vida del licenciado Pascasio Gómez, que a su costa se saquen más de diez cautivos.»

Y así nos fuimos hasta otro lugar de aquel cabo de Toledo, hacia la Mancha, que se dice, adonde topamos otros más obstinados en tomar bulas. Hechas mi amo y los demás que íbamos nuestras diligencias, en dos fiestas que allí estuvimos no se habían colocado treinta bulas. Visto por mi amo la gran pérdida y la mucha costa que traía, la artimaña que el sutil de mi amo tuvo para hacer vender sus bulas, fue que este día dijo la misa mayor, y después de acabado el sermón y vuelto al altar, tomó una cruz que traía de poco más de un palmo, y en un brasero de lumbre que encima del altar había, el cual habían traído para calentarse las manos porque hacía gran frío, lo puso detrás del misal sin que nadie mirase en ello, y allí sin decir nada puso la cruz encima la lumbre. Y, ya que hubo acabado la misa y echada la bendición, la tomó con un pañuelo, bien envuelta la cruz en la mano derecha y en la otra la bula, y así se bajó hasta la postrera grada del altar, adonde hizo que besaba la cruz, e hizo señal de que viniesen a adorar la cruz.

Y así vinieron los alcaldes los primeros y los más ancianos del lugar, viniendo uno a uno como se usa. Y el primero que llegó, que era un alcalde viejo, aunque él le dio a besar la cruz bien delicadamente, se abrasó los rostros y se quitó presto afuera. Lo cual visto por mi amo, le dijo:

«¡Paso, quieto, señor alcalde! ¡Milagro!»

Y así hicieron otros siete u ocho, y a todos les decía:

«¡Paso, señores! ¡Milagro!»

Cuando él vio que los rostros quemados bastaban para testigos del milagro, no la quiso dar más a besar. Subióse al pie del altar y de allí decía cosas maravillosas, diciendo que por la poca caridad que había en ellos había Dios permitido aquel milagro y que aquella cruz había de ser llevada a la santa iglesia mayor de su obispado; que por la poca caridad que en el pueblo había, la cruz ardía. Fue tanta la prisa que hubo en el tomar de la bula, que no bastaban dos escribanos ni los clérigos ni sacristanes a escribir. Creo de cierto que se tomaron más de tres mil bulas, como tengo dicho a Vuestra Merced. Después, al partir, él fue con gran reverencia, como es razón, a tomar la santa cruz, diciendo que la había de hacer engastar en oro, como era razón. Fue rogado mucho del concejo y clérigos del lugar que les dejase allí aquella santa cruz por memoria del milagro allí acaecido. Él en ninguna manera lo quería hacer y al fin, rogado de tantos, se la dejó; con que le dieron otra cruz vieja que tenían antigua de plata, que podría pesar dos o tres libras, según decían.

Y así nos marchamos alegres con el buen trueque y con haber negociado bien. Nadie vio lo dicho salvo yo, porque me subí junto al altar para ver si había quedado algo en las ampollas, para guardarlo, como otras veces tenía por costumbre. Y como me vio allí, se puso el dedo en la boca haciéndome señal de que callara. Yo así lo hice porque me convenía, aunque, después que vi el milagro, no cabía en mí por contarlo, sino que el temor de mi astuto amo no me dejaba comunicarlo con nadie, ni nunca salió de mí, porque me tomó juramento de que no descubriera el milagro. Y así lo hice hasta ahora. Y aunque muchacho, me cayó muy en gracia, y dije para mis adentros:

«¡Cuántas de estas deben hacer estos embaucadores entre la inocente gente!»

Finalmente, estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé también hartas fatigas, aunque me daba bien de comer a costa de los curas y otros clérigos donde iba a predicar.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/el-lazarillo-de-tormes/texto/tratado-6-tratado-quinto-el-buldero/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «El Lazarillo de Tormes» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier tratado.