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Libro 3El gobierno

El contrato social · Jean-Jacques Rousseau · 67 min de lectura

Capítulo1Del gobierno en general

Advierto al lector que este capítulo debe leerse con calma, y que no sé cómo ser claro para quien no quiera prestar atención.

Toda acción libre tiene dos causas que concurren a producirla: una moral, a saber, la voluntad que determina el acto, la otra física, a saber, la potencia que lo ejecuta. Cuando camino hacia un objeto, primero es necesario que yo quiera ir allí; en segundo lugar, que mis pies me lleven. Que un paralítico quiera correr, que un hombre ágil no lo quiera, ambos permanecerán en el mismo sitio. El cuerpo político tiene los mismos móviles; en él se distingue igualmente la fuerza y la voluntad: esta última bajo el nombre de poder legislativo, la otra bajo el nombre de poder ejecutivo. Nada se hace o debe hacerse en él sin su concurso.

Hemos visto que el poder legislativo pertenece al pueblo, y no puede pertenecer más que a él. Es fácil ver por el contrario, según los principios antes establecidos, que el poder ejecutivo no puede pertenecer a la generalidad como legisladora o soberana; porque este poder no consiste más que en actos particulares que no son del ámbito de la ley, ni por consiguiente del soberano, cuyos actos solo pueden ser leyes.

Por lo tanto, la fuerza pública necesita un agente propio que la reúna y la ponga en marcha según las directrices de la voluntad general, que sirva para la comunicación del Estado y del soberano, que haga en cierto modo en la persona pública lo que hace en el hombre la unión del alma y del cuerpo. He ahí cuál es en el Estado la razón de ser del gobierno, confundido equivocadamente con el soberano, del cual no es sino el ministro.

¿Qué es entonces el gobierno? Un cuerpo intermediario establecido entre los súbditos y el soberano para su mutua correspondencia, encargado de la ejecución de las leyes y del mantenimiento de la libertad, tanto civil como política.

Los miembros de este cuerpo se llaman magistrados o reyes, es decir, gobernadores, y el cuerpo entero lleva el nombre de príncipe. Así pues, quienes pretenden que el acto por el cual un pueblo se somete a unos jefes no es un contrato, tienen toda la razón. No es absolutamente más que una comisión, un empleo en el cual, simples oficiales del soberano, ejercen en su nombre el poder del que los ha hecho depositarios, y que él puede limitar, modificar y retomar cuando le plazca, siendo la enajenación de tal derecho incompatible con la naturaleza del cuerpo social, y contraria al fin de la asociación.

Llamo entonces gobierno o suprema administración al ejercicio legítimo del poder ejecutivo, y príncipe o magistrado al hombre o al cuerpo encargado de esta administración.

Es en el gobierno donde se encuentran las fuerzas intermediarias, cuyas relaciones componen la del todo al todo o del soberano al Estado. Puede representarse esta última relación por la de los extremos de una proporción continua, cuya media proporcional es el gobierno. El gobierno recibe del soberano las órdenes que da al pueblo, y para que el Estado esté en buen equilibrio es necesario, todo compensado, que haya igualdad entre el producto o la potencia del gobierno tomado en sí mismo y el producto o la potencia de los ciudadanos, que son soberanos por un lado y súbditos por el otro.

Además, no se puede alterar ninguno de los tres términos sin romper al instante la proporción. Si el soberano quiere gobernar, o si el magistrado quiere dar leyes, o si los súbditos se niegan a obedecer, el desorden sucede a la regla, la fuerza y la voluntad ya no actúan de común acuerdo, y el Estado disuelto cae así en el despotismo o en la anarquía. Finalmente, como solo hay una media proporcional entre cada relación, tampoco hay más que un buen gobierno posible en un Estado: pero como mil acontecimientos pueden cambiar las relaciones de un pueblo, no solamente diferentes gobiernos pueden ser buenos para diversos pueblos, sino para el mismo pueblo en diferentes momentos.

Para intentar dar una idea de las diversas relaciones que pueden reinar entre estos dos extremos, tomaré como ejemplo el número del pueblo, por ser una relación más fácil de expresar.

Supongamos que el Estado esté compuesto de diez mil ciudadanos. El soberano solo puede ser considerado colectivamente y como cuerpo: pero cada particular en calidad de súbdito es considerado como individuo. Así el soberano es al súbdito como diez mil es a uno: es decir, que cada miembro del Estado tiene como parte suya solo la diezmilésima parte de la autoridad soberana, aunque le esté sometido por entero. Que el pueblo esté compuesto de cien mil hombres, el estado de los súbditos no cambia, y cada uno soporta igualmente todo el imperio de las leyes, mientras que su sufragio, reducido a una cienmilésima parte, tiene diez veces menos influencia en su redacción. Entonces el súbdito permaneciendo siempre uno, la relación del soberano aumenta en razón del número de ciudadanos. De donde se sigue que cuanto más se agranda el Estado, más disminuye la libertad.

Cuando digo que la relación aumenta, entiendo que se aleja de la igualdad. Así, cuanto mayor es la relación en la acepción de los geómetras, menos relación hay en la acepción común; en la primera, la relación considerada según la cantidad se mide por el exponente, y en la otra, considerada según la identidad, se estima por la similitud.

Ahora bien, cuanto menos se relacionan las voluntades particulares con la voluntad general, es decir, las costumbres con las leyes, más debe aumentar la fuerza represora. Por lo tanto, el gobierno, para ser bueno, debe ser relativamente más fuerte a medida que el pueblo sea más numeroso.

Por otro lado, el engrandecimiento del Estado dando a los depositarios de la autoridad pública más tentaciones y medios de abusar de su poder, cuanto más fuerza debe tener el gobierno para contener al pueblo, más debe tener a su vez el soberano para contener al gobierno. No hablo aquí de una fuerza absoluta, sino de la fuerza relativa de las diversas partes del Estado.

Se sigue de esta doble relación que la proporción continua entre el soberano, el príncipe y el pueblo no es una idea arbitraria, sino una consecuencia necesaria de la naturaleza del cuerpo político. Se sigue además que uno de los extremos, a saber, el pueblo como súbdito, estando fijo y representado por la unidad, todas las veces que la razón doble aumenta o disminuye, la razón simple aumenta o disminuye de manera semejante, y que por consiguiente el término medio cambia. Lo cual hace ver que no hay una constitución de gobierno única y absoluta, sino que puede haber tantos gobiernos diferentes por naturaleza como Estados diferentes en tamaño.

Si, convirtiendo este sistema en ridículo, se dijese que para encontrar esta media proporcional y formar el cuerpo del gobierno solo hace falta, según yo, extraer la raíz cuadrada del número del pueblo; yo respondería que solo tomo aquí este número como ejemplo, que las relaciones de las que hablo no se miden solamente por el número de hombres, sino en general por la cantidad de acción, la cual se combina por multitudes de causas, que por lo demás si, para expresarme con menos palabras, tomo prestados un momento términos de geometría, no ignoro, sin embargo, que la precisión geométrica no tiene lugar en las cantidades morales.

El gobierno es en pequeño lo que el cuerpo político que lo contiene es en grande. Es una persona moral dotada de ciertas facultades, activa como el soberano, pasiva como el Estado, y que puede descomponerse en otras relaciones semejantes, de donde nace por consiguiente una nueva proporción, otra más dentro de esta según el orden de los tribunales, hasta que se llega a un término medio indivisible, es decir, a un solo jefe o magistrado supremo, que puede representarse en medio de esta progresión, como la unidad entre la serie de las fracciones y la de los números.

Sin enredarnos en esta multiplicación de términos, contentémonos con considerar el gobierno como un nuevo cuerpo en el Estado, distinto del pueblo y del soberano, e intermediario entre uno y otro.

Hay esta diferencia esencial entre estos dos cuerpos: que el Estado existe por sí mismo, y que el gobierno solo existe por el soberano. Así la voluntad dominante del príncipe es o debe ser solo la voluntad general o la ley, su fuerza no es más que la fuerza pública concentrada en él; tan pronto como quiera sacar de sí mismo algún acto absoluto e independiente, el vínculo del todo comienza a aflojarse. Si llegase finalmente a que el príncipe tuviese una voluntad particular más activa que la del soberano, y que usase para obedecer a esta voluntad particular la fuerza pública que está en sus manos, de manera que se tuviese, por así decir, dos soberanos, uno de derecho y el otro de hecho; al instante la unión social se desvanecería, y el cuerpo político quedaría disuelto.

Sin embargo, para que el cuerpo del gobierno tenga una existencia, una vida real que lo distinga del cuerpo del Estado, para que todos sus miembros puedan actuar de forma concertada y responder al fin para el cual se ha instituido, le hace falta un yo particular, una sensibilidad común a sus miembros, una fuerza, una voluntad propia que tienda a su conservación. Esta existencia particular supone asambleas, consejos, un poder de deliberar y de resolver, derechos, títulos, privilegios que pertenecen al príncipe exclusivamente, y que hacen la condición del magistrado más honorable en proporción a lo más penosa que es. Las dificultades están en la manera de ordenar dentro del todo este todo subalterno, de modo que no altere en absoluto la constitución general al consolidar la suya, que distinga siempre su fuerza particular destinada a su propia conservación de la fuerza pública destinada a la conservación del Estado, y que en suma esté siempre dispuesto a sacrificar el gobierno al pueblo y no el pueblo al gobierno.

Por lo demás, aunque el cuerpo artificial del gobierno sea obra de otro cuerpo artificial, y aunque solo tenga en cierto modo una vida prestada y subordinada, esto no impide que pueda actuar con más o menos vigor o rapidez, disfrutar, por así decirlo, de una salud más o menos robusta. En fin, sin alejarse directamente del objetivo de su institución, puede desviarse de él más o menos, según la manera en que está constituido.

De todas estas diferencias nacen las diversas relaciones que el gobierno debe tener con el cuerpo del Estado, según las relaciones accidentales y particulares por las cuales ese mismo Estado se modifica. Pues a menudo el gobierno mejor en sí mismo se volverá el más vicioso, si sus relaciones no se alteran según los defectos del cuerpo político al cual pertenece.

Capítulo2Del principio que constituye las diversas formas de gobierno

Para exponer la causa general de estas diferencias, hay que distinguir aquí el príncipe y el gobierno, como he distinguido antes el Estado y el soberano.

El cuerpo del magistrado puede estar compuesto de un mayor o menor número de miembros. Hemos dicho que la relación del soberano con los súbditos era tanto mayor cuanto el pueblo era más numeroso, y por una evidente analogía podemos decir lo mismo del gobierno respecto a los magistrados.

Ahora bien, la fuerza total del gobierno, siendo siempre la del Estado, no varía en absoluto: de donde se sigue que cuanto más usa de esta fuerza sobre sus propios miembros, menos le queda para actuar sobre todo el pueblo.

Así pues, cuanto más numerosos son los magistrados, más débil es el gobierno. Como esta máxima es fundamental, apliquémonos a aclararla mejor.

Podemos distinguir en la persona del magistrado tres voluntades esencialmente diferentes. En primer lugar la voluntad propia del individuo, que solo tiende a su ventaja particular; en segundo lugar la voluntad común de los magistrados, que se refiere únicamente a la ventaja del príncipe, y que se puede llamar voluntad de cuerpo, la cual es general con relación al gobierno, y particular con relación al Estado, del que el gobierno forma parte; en tercer lugar la voluntad del pueblo o la voluntad soberana, que es general, tanto con relación al Estado considerado como el todo, como con relación al gobierno considerado como parte del todo.

En una legislación perfecta, la voluntad particular o individual debe ser nula, la voluntad de cuerpo propia del gobierno muy subordinada, y por consiguiente la voluntad general o soberana siempre dominante y la regla única de todas las demás.

Según el orden natural, al contrario, estas diferentes voluntades se vuelven más activas a medida que se concentran. Así la voluntad general es siempre la más débil, la voluntad de cuerpo ocupa el segundo rango, y la voluntad particular el primero de todos: de modo que en el gobierno cada miembro es primeramente él mismo, y luego magistrado, y luego ciudadano. Gradación directamente opuesta a la que exige el orden social.

Establecido esto: supongamos que todo el gobierno está en manos de un solo hombre. He aquí la voluntad particular y la voluntad de cuerpo perfectamente reunidas, y por consiguiente esta última en el más alto grado de intensidad que pueda tener. Ahora bien, como del grado de la voluntad depende el uso de la fuerza, y como la fuerza absoluta del gobierno no varía, se sigue que el más activo de los gobiernos es el de uno solo.

Al contrario, unamos el gobierno a la autoridad legislativa; hagamos del príncipe el soberano, y de todos los ciudadanos otros tantos magistrados: entonces la voluntad de cuerpo, confundida con la voluntad general, no tendrá más actividad que ella, y dejará la voluntad particular en toda su fuerza. Así el gobierno, siempre con la misma fuerza absoluta, estará en su mínimo de fuerza relativa o de actividad.

Estas relaciones son incontestables, y otras consideraciones sirven aún para confirmarlas. Se ve, por ejemplo, que cada magistrado es más activo en su cuerpo que cada ciudadano en el suyo, y que por consiguiente la voluntad particular tiene mucha más influencia en los actos del gobierno que en los del soberano; pues cada magistrado casi siempre está encargado de alguna función del gobierno, mientras que cada ciudadano tomado aparte no tiene ninguna función de la soberanía. Por otra parte, cuanto más se extiende el Estado, más aumenta su fuerza real, aunque no aumente en razón de su extensión: pero permaneciendo el Estado igual, por más que los magistrados se multipliquen, el gobierno no adquiere por ello una fuerza real mayor, porque esta fuerza es la del Estado, cuya medida es siempre igual. Así la fuerza relativa o la actividad del gobierno disminuye, sin que su fuerza absoluta o real pueda aumentar.

Es seguro también que la tramitación de los asuntos se vuelve más lenta a medida que más gente se encarga de ellos, que dando demasiado a la prudencia no se da bastante a la fortuna, que se deja escapar la ocasión, y que a fuerza de deliberar se pierde a menudo el fruto de la deliberación.

Acabo de probar que el gobierno se relaja a medida que los magistrados se multiplican, y he probado antes que cuanto más numeroso es el pueblo, más debe aumentar la fuerza represiva. De donde se sigue que la relación de los magistrados con el gobierno debe ser inversa de la relación de los súbditos con el soberano: es decir que, cuanto más se agranda el Estado, más debe estrecharse el gobierno; de tal modo que el número de jefes disminuya en razón del aumento del pueblo.

Por lo demás solo hablo aquí de la fuerza relativa del gobierno, y no de su rectitud: pues, al contrario, cuanto más numeroso es el magistrado, más se acerca la voluntad de cuerpo a la voluntad general; mientras que, bajo un magistrado único esta misma voluntad de cuerpo no es, como he dicho, más que una voluntad particular. Así se pierde por un lado lo que se puede ganar por el otro, y el arte del legislador consiste en saber fijar el punto donde la fuerza y la voluntad del gobierno, siempre en proporción recíproca, se combinan en la relación más ventajosa para el Estado.

Capítulo3División de los gobiernos

Se ha visto en el capítulo precedente por qué se distinguen las diversas especies o formas de gobiernos por el número de miembros que los componen; queda por ver en este cómo se hace esta división.

El soberano puede, en primer lugar, confiar el depósito del gobierno a todo el pueblo o a la mayor parte del pueblo, de modo que haya más ciudadanos magistrados que ciudadanos simples particulares. Se da a esta forma de gobierno el nombre de democracia.

O bien puede estrechar el gobierno entre las manos de un pequeño número, de modo que haya más simples ciudadanos que magistrados, y esta forma lleva el nombre de aristocracia.

Finalmente puede concentrar todo el gobierno en las manos de un magistrado único del que todos los demás tienen su poder. Esta tercera forma es la más común, y se llama monarquía o gobierno real.

Debe observarse que todas estas formas o al menos las dos primeras son susceptibles de más o de menos, y tienen incluso una latitud bastante grande; pues la democracia puede abarcar a todo el pueblo o estrecharse hasta la mitad. La aristocracia a su vez puede desde la mitad del pueblo estrecharse hasta el número más pequeño indeterminadamente. La realeza misma es susceptible de algún reparto. Esparta tuvo constantemente dos reyes por su constitución, y se ha visto en el imperio romano hasta ocho emperadores a la vez, sin que se pudiera decir que el imperio estuviera dividido. Así hay un punto donde cada forma de gobierno se confunde con la siguiente, y se ve que, bajo tres solas denominaciones, el gobierno es realmente susceptible de tantas formas diversas como ciudadanos tiene el Estado.

Hay más: este mismo gobierno puede, en ciertos aspectos, subdividirse en otras partes, una administrada de una manera y la otra de otra, de modo que puede resultar de estas tres formas combinadas una multitud de formas mixtas, cada una de las cuales es multiplicable por todas las formas simples.

En todos los tiempos se ha discutido mucho sobre la mejor forma de gobierno, sin considerar que cada una de ellas es la mejor en ciertos casos, y la peor en otros.

Si en los diferentes Estados el número de magistrados supremos debe estar en razón inversa al de los ciudadanos, se sigue que en general el gobierno democrático conviene a los Estados pequeños, el aristocrático a los medianos, y el monárquico a los grandes. Esta regla se deriva inmediatamente del principio; pero ¿cómo contar la multitud de circunstancias que pueden proporcionar excepciones?

Capítulo4De la democracia

Quien hace la ley sabe mejor que nadie cómo debe ser ejecutada e interpretada. Parece, pues, que no podría haber una constitución mejor que aquella en la que el poder ejecutivo está unido al legislativo: pero es esto mismo lo que hace este gobierno insuficiente en ciertos aspectos, porque las cosas que deben distinguirse no lo están, y como el príncipe y el soberano no son sino la misma persona, no forman, por así decir, más que un gobierno sin gobierno.

No es bueno que quien hace las leyes las ejecute, ni que el cuerpo del pueblo desvíe su atención de las perspectivas generales para darla a los objetos particulares. Nada es más peligroso que la influencia de los intereses privados en los asuntos públicos, y el abuso de las leyes por el gobierno es un mal menor que la corrupción del legislador, consecuencia infalible de las miras particulares. Entonces, el Estado queda alterado en su sustancia y toda reforma se vuelve imposible. Un pueblo que nunca abusara del gobierno tampoco abusaría de la independencia; un pueblo que gobernara siempre bien no necesitaría ser gobernado.

Si tomamos el término en el rigor de la acepción, nunca ha existido una verdadera democracia, y nunca existirá. Va contra el orden natural que el gran número gobierne y que el pequeño sea gobernado. No se puede imaginar que el pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los asuntos públicos, y se ve fácilmente que no podría establecer para ello comisiones sin que la forma de la administración cambie.

En efecto, creo poder establecer como principio que cuando las funciones del gobierno están repartidas entre varios tribunales, los menos numerosos adquieren tarde o temprano la mayor autoridad; aunque solo sea por la facilidad de despachar los asuntos, que los lleva naturalmente a ello.

Por lo demás, ¡cuántas cosas difíciles de reunir no supone este gobierno! Primeramente, un Estado muy pequeño donde el pueblo sea fácil de reunir y donde cada ciudadano pueda conocer fácilmente a todos los demás: en segundo lugar, una gran simplicidad de costumbres que prevenga la multitud de asuntos y las discusiones espinosas: luego mucha igualdad en los rangos y en las fortunas, sin lo cual la igualdad no podría subsistir largo tiempo en los derechos y la autoridad: en fin, poco o nada de lujo; porque, o bien el lujo es el efecto de las riquezas, o bien las hace necesarias; corrompe a la vez al rico y al pobre, al uno por la posesión y al otro por la codicia; vende la patria a la molicie y a la vanidad; quita al Estado todos sus ciudadanos para esclavizarlos unos a otros, y a todos a la opinión.

He aquí por qué un autor célebre ha dado la virtud como principio a la república; porque todas estas condiciones no podrían subsistir sin la virtud: pero, a falta de haber hecho las distinciones necesarias, este bello genio ha carecido a menudo de exactitud, a veces de claridad, y no ha visto que, siendo la autoridad soberana en todas partes la misma, el mismo principio debe tener lugar en todo Estado bien constituido, más o menos, es verdad, según la forma del gobierno.

Añadamos que no hay gobierno tan sujeto a las guerras civiles y a las agitaciones intestinas como el democrático o popular, porque no hay ninguno que tienda tan fuertemente y tan continuamente a cambiar de forma, ni que exija más vigilancia y valor para ser mantenido en la suya. Es sobre todo en esta constitución donde el ciudadano debe armarse de fuerza y de constancia, y decir cada día de su vida en el fondo de su corazón lo que decía un virtuoso palatino en la dieta de Polonia: Malo periculosam libertatem quam quietum servitium.

Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres.

Capítulo5De la aristocracia

Tenemos aquí dos personas morales muy distintas, a saber el gobierno y el soberano, y por consiguiente dos voluntades generales, una en relación con todos los ciudadanos, la otra solamente para los miembros de la administración. Así, aunque el gobierno pueda regular su policía interior como le plazca, nunca puede hablar al pueblo sino en nombre del soberano, es decir, en nombre del pueblo mismo; lo que nunca hay que olvidar.

Las primeras sociedades se gobernaron aristocráticamente. Los jefes de las familias deliberaban entre ellos sobre los asuntos públicos; los jóvenes cedían sin dificultad a la autoridad de la experiencia. De ahí los nombres de sacerdotes, ancianos, senado, gerontes. Los salvajes de la América septentrional se gobiernan todavía así en nuestros días, y están muy bien gobernados.

Pero a medida que la desigualdad de institución predominó sobre la desigualdad natural, la riqueza o el poder fueron preferidos a la edad, y la aristocracia se volvió electiva. En fin, el poder transmitido con los bienes del padre a los hijos, haciendo patricias a las familias, volvió hereditario el gobierno, y se vieron senadores de veinte años.

Hay, pues, tres clases de aristocracia: natural, electiva, hereditaria. La primera solo conviene a pueblos simples; la tercera es el peor de todos los gobiernos. La segunda es el mejor: es la aristocracia propiamente dicha.

Además de la ventaja de la distinción de los dos poderes, tiene la de la elección de sus miembros; porque en el gobierno popular todos los ciudadanos nacen magistrados, pero este los limita a un pequeño número, y solo lo llegan a ser por elección; medio por el cual la probidad, las luces, la experiencia, y todas las demás razones de preferencia y de estima pública, son otras tantas nuevas garantías de que se será sabiamente gobernado.

Además, las asambleas se hacen más cómodamente, los asuntos se discuten mejor, se despachan con más orden y diligencia, el crédito del Estado es mejor sostenido en el extranjero por venerables senadores que por una multitud desconocida o despreciada.

En una palabra, es el orden mejor y más natural que los más sabios gobiernen a la multitud, cuando se está seguro de que la gobernarán para su provecho y no para el suyo; no hace falta multiplicar en vano los resortes, ni hacer con veinte mil hombres lo que cien hombres escogidos pueden hacer aún mejor. Pero hay que observar que el interés de cuerpo comienza a dirigir aquí menos la fuerza pública según la regla de la voluntad general, y que otra pendiente inevitable le quita a las leyes una parte del poder ejecutivo.

En cuanto a las conveniencias particulares, no hace falta ni un Estado tan pequeño ni un pueblo tan simple y tan recto que la ejecución de las leyes se siga inmediatamente de la voluntad pública, como en una buena democracia. Tampoco hace falta una nación tan grande que los jefes dispersos para gobernarla puedan actuar como soberanos cada uno en su departamento, y empezar por hacerse independientes para convertirse finalmente en los amos.

Pero si la aristocracia exige algunas virtudes menos que el gobierno popular, también exige otras que le son propias; como la moderación en los ricos y el contentamiento en los pobres; porque parece que una igualdad rigurosa estaría fuera de lugar; ni siquiera fue observada en Esparta.

Por lo demás, si esta forma admite cierta desigualdad de fortuna, es precisamente para que en general la administración de los asuntos públicos sea confiada a quienes mejor pueden dedicarle todo su tiempo, pero no, como pretende Aristóteles, para que los ricos sean siempre preferidos. Al contrario, importa que una elección opuesta enseñe a veces al pueblo que hay en el mérito de los hombres razones de preferencia más importantes que la riqueza.

Capítulo6De la monarquía

Hasta aquí hemos considerado al príncipe como una persona moral y colectiva, unida por la fuerza de las leyes, y depositaria en el Estado del poder ejecutivo. Ahora tenemos que considerar este poder reunido entre las manos de una persona natural, de un hombre real, que solo tenga derecho a disponer de él según las leyes. Es lo que se llama un monarca o un rey.

Todo lo contrario de las demás administraciones, donde un ser colectivo representa a un individuo, en esta un individuo representa a un ser colectivo; de suerte que la unidad moral que constituye al Príncipe es al mismo tiempo una unidad física, en la cual todas las facultades que la ley reúne en la otra con tanto esfuerzo se encuentran naturalmente reunidas.

Así la voluntad del pueblo, y la voluntad del Príncipe, y la fuerza pública del Estado, y la fuerza particular del Gobierno, todo responde al mismo impulso, todos los resortes de la máquina están en la misma mano, todo marcha hacia el mismo objetivo, no hay movimientos opuestos que se destruyan entre sí, y no puede imaginarse ningún tipo de constitución en la que un menor esfuerzo produzca una acción más considerable. Arquímedes sentado tranquilamente en la orilla y poniendo a flote sin esfuerzo un gran navío, me representa a un monarca hábil gobernando desde su gabinete sus vastos Estados, y haciendo que todo se mueva pareciendo inmóvil.

Pero si no hay ningún Gobierno que tenga más vigor, tampoco hay ninguno donde la voluntad particular tenga más imperio y domine más fácilmente a las otras; todo marcha hacia el mismo objetivo, es cierto; pero ese objetivo no es el de la felicidad pública, y la fuerza misma de la Administración se vuelve sin cesar en perjuicio del Estado.

Los Reyes quieren ser absolutos, y desde lejos se les grita que el mejor medio de serlo es hacerse amar de sus pueblos. Esta máxima es muy bella, e incluso muy verdadera en ciertos aspectos. Desgraciadamente siempre se burlarán de ella en las Cortes. El poder que viene del amor de los pueblos es sin duda el más grande; pero es precario y condicional, jamás los Príncipes se contentarán con él. Los mejores Reyes quieren poder ser malvados si les place, sin dejar de ser los amos: Un predicador político puede muy bien decirles que la fuerza del pueblo siendo la suya, su mayor interés es que el pueblo sea floreciente, numeroso, temible: ellos saben muy bien que eso no es cierto. Su interés personal es primeramente que el Pueblo sea débil, miserable, y que no pueda jamás resistírseles. Confieso que, suponiendo a los súbditos siempre perfectamente sometidos, el interés del Príncipe sería entonces que el pueblo fuera poderoso, a fin de que esa potencia siendo suya lo hiciera temible a sus vecinos; pero como ese interés no es sino secundario y subordinado, y que las dos suposiciones son incompatibles, es natural que los Príncipes den siempre la preferencia a la máxima que les es más inmediatamente útil. Esto es lo que Samuel representó firmemente a los Hebreos; esto es lo que Maquiavelo ha hecho ver con evidencia. Fingiendo dar lecciones a los Reyes las ha dado grandes a los pueblos. El Príncipe de Maquiavelo es el libro de los republicanos.

Hemos comprobado, por las relaciones generales que la monarquía no es conveniente más que para los grandes Estados, y lo comprobamos aún examinándola en sí misma. Cuanto más numerosa es la administración pública, más disminuye la relación del Príncipe con los súbditos y se acerca a la igualdad, de suerte que esa relación es uno o la igualdad misma en la Democracia. Esa misma relación aumenta a medida que el Gobierno se reduce, y está en su máximo cuando el Gobierno está en manos de uno solo. Entonces se encuentra una distancia demasiado grande entre el Príncipe y el Pueblo, y el Estado carece de cohesión. Para formarla hacen falta pues órdenes intermedios: Hacen falta Príncipes, Grandes, nobleza para llenarlos. Ahora bien nada de todo esto conviene a un Estado pequeño, que arruinan todos estos grados.

Pero si es difícil que un gran Estado esté bien gobernado, lo es mucho más que esté bien gobernado por un solo hombre, y cada uno sabe lo que sucede cuando el Rey se da sustitutos.

Un defecto esencial e inevitable, que pondrá siempre al gobierno monárquico por debajo del republicano, es que en este la voz pública no eleva casi nunca a los primeros puestos más que a hombres esclarecidos y capaces, que los llenan con honor: mientras que quienes llegan en las monarquías no son las más de las veces sino pequeños embrollones, pequeños bribones, pequeños intrigantes, a quienes los pequeños talentos que en las Cortes hacen llegar a los grandes puestos, no sirven sino para mostrar al público su ineptitud tan pronto como han llegado a ellos. El pueblo se equivoca mucho menos en esa elección que el Príncipe, y un hombre de verdadero mérito es casi tan raro en el ministerio, como un necio al frente de un gobierno republicano. Así, cuando por algún feliz azar uno de esos hombres nacidos para gobernar toma el timón de los asuntos en una Monarquía casi hundida por ese montón de lindos administradores, todos se quedan sorprendidos de los recursos que encuentra, y eso hace época en un país.

Para que un Estado monárquico pudiera estar bien gobernado, haría falta que su grandeza o su extensión fuera proporcionada a las facultades de quien gobierna. Es más fácil conquistar que regir. Con una palanca suficiente, con un dedo se puede sacudir el mundo, pero para sostenerlo hacen falta los hombros de Hércules. Por poco que un Estado sea grande, el Príncipe es casi siempre demasiado pequeño. Cuando, al contrario sucede que el Estado es demasiado pequeño para su jefe, lo cual es muy raro, está aún mal gobernado, porque el jefe, siguiendo siempre la grandeza de sus miras, olvida los intereses de los pueblos, y no los hace menos desgraciados por el abuso de los talentos que tiene de sobra, que un jefe limitado por el defecto de los que le faltan. Haría falta, por así decir, que un reino se extendiera o se redujera en cada reinado según la capacidad del Príncipe; mientras que los talentos de un Senado teniendo medidas más fijas, el Estado puede tener fronteras constantes y la administración no ir menos bien.

El inconveniente más sensible del Gobierno de uno solo es la falta de esa sucesión continua que forma en los otros dos una conexión no interrumpida. Muerto un Rey, hace falta otro; las elecciones dejan intervalos peligrosos, son tormentosas, y a menos que los Ciudadanos sean de un desinterés, de una integridad que ese Gobierno no comporta apenas, el soborno y la corrupción se mezclan en ello. Es difícil que aquel a quien el Estado se ha vendido no lo venda a su vez, y no se resarza sobre los débiles del dinero que los poderosos le han extorsionado. Tarde o temprano todo se vuelve venal bajo una administración semejante, y la paz de que se goza entonces bajo los reyes, es peor que el desorden de los interregnos.

¿Qué se ha hecho para prevenir estos males? Se han vuelto las Coronas hereditarias en ciertas familias, y se ha establecido un orden de Sucesión que previene toda disputa a la muerte de los Reyes: Es decir que, sustituyendo el inconveniente de las regencias al de las elecciones, se ha preferido una aparente tranquilidad a una administración sabia, y se ha preferido arriesgarse a tener por jefes a niños, monstruos, imbéciles, que tener que disputar sobre la elección de los buenos Reyes; no se ha considerado que al exponerse así a los riesgos de la alternativa se ponen casi todas las probabilidades en contra. Fue una frase muy sensata la del joven Dionisio, a quien su padre reprochándole una acción vergonzosa, le decía, ¿te he dado yo ejemplo de ello? Ah, respondió el hijo, vuestro padre no era rey!

Todo concurre a privar de justicia y de razón a un hombre educado para mandar a los demás. Se toma mucho trabajo, según se dice, para enseñar a los jóvenes Príncipes el arte de reinar; no parece que esa educación les aproveche. Se haría mejor comenzando por enseñarles el arte de obedecer. Los más grandes reyes que ha celebrado la historia no fueron educados para reinar; es una ciencia que nunca se posee menos que después de haberla aprendido demasiado, y que se adquiere mejor obedeciendo que mandando. «Pues el mismo es el más útil y breve discernimiento de las cosas buenas y malas, pensar qué habrías querido o no querido bajo otro Príncipe».

Una consecuencia de esta falta de coherencia es la inconstancia del gobierno real que, rigiéndose unas veces según un plan y otras veces según otro, conforme al carácter del príncipe que reina o de las personas que reinan por él, no puede tener durante mucho tiempo un objetivo fijo ni una conducta consecuente: variación que hace que el Estado esté siempre fluctuando de máxima en máxima, de proyecto en proyecto, y que no tiene lugar en los demás gobiernos donde el príncipe es siempre el mismo. Así se ve que, en general, si hay más astucia en una corte, hay más sabiduría en un senado, y que las repúblicas van hacia sus fines mediante perspectivas más constantes y mejor seguidas, mientras que cada revolución en el ministerio produce una en el Estado; la máxima común a todos los ministros, y casi a todos los reyes, es hacer en todo lo contrario de su predecesor.

De esta misma incoherencia se extrae también la solución de un sofisma muy familiar a los políticos realistas; consiste, no solamente en comparar el gobierno civil con el gobierno doméstico y al príncipe con el padre de familia, error ya refutado, sino también en atribuir liberalmente a ese magistrado todas las virtudes que necesitaría, y en suponer siempre que el príncipe es lo que debería ser: suposición con ayuda de la cual el gobierno real es evidentemente preferible a cualquier otro, porque es indiscutiblemente el más fuerte, y para ser también el mejor solo le falta una voluntad del cuerpo más conforme a la voluntad general.

Pero si según Platón el rey por naturaleza es un personaje tan raro, ¿cuántas veces concurrirán la naturaleza y la fortuna para coronarlo?, y si la educación real corrompe necesariamente a quienes la reciben, ¿qué debe esperarse de una sucesión de hombres criados para reinar? Por tanto, es realmente querer engañarse confundir el gobierno real con el de un buen rey. Para ver lo que es ese gobierno en sí mismo, hay que considerarlo bajo príncipes limitados o malvados; pues llegarán así al trono, o el trono los volverá así.

Estas dificultades no han escapado a nuestros autores, pero no se sienten en absoluto avergonzados. El remedio es, dicen, obedecer sin protestar. Dios envía a los malos reyes en su cólera, y hay que soportarlos como castigos del cielo. Este discurso es edificante, sin duda; pero no sé si no convendría más en el púlpito que en un libro de política. ¿Qué decir de un médico que promete milagros, y cuyo arte entero consiste en exhortar a su enfermo a la paciencia? Ya se sabe que hay que soportar un mal gobierno cuando se tiene; la cuestión sería encontrar uno bueno.

Capítulo7De los gobiernos mixtos

Hablando con propiedad, no hay ningún gobierno simple. Es necesario que un jefe único tenga magistrados subalternos; es necesario que un gobierno popular tenga un jefe. Así, en el reparto del poder ejecutivo siempre hay una gradación del gran número al menor, con esta diferencia: que unas veces el gran número depende del pequeño, y otras veces el pequeño del grande.

A veces hay un reparto igual; ya sea cuando las partes constitutivas están en una dependencia mutua, como en el gobierno de Inglaterra; ya sea cuando la autoridad de cada parte es independiente pero imperfecta, como en Polonia. Esta última forma es mala, porque no hay unidad en el gobierno, y el Estado carece de cohesión.

¿Cuál es mejor, un gobierno simple o un gobierno mixto? Cuestión muy debatida entre los políticos, y a la cual hay que dar la misma respuesta que he dado anteriormente sobre toda forma de gobierno.

El gobierno simple es el mejor en sí, por el solo hecho de que es simple. Pero cuando el poder ejecutivo no depende suficientemente del legislativo, es decir, cuando hay más relación del príncipe con el soberano que del pueblo con el príncipe, hay que remediar ese defecto de proporción dividiendo el gobierno; pues entonces todas sus partes no tienen menos autoridad sobre los súbditos, y su división las vuelve a todas juntas menos fuertes contra el soberano.

Se previene también el mismo inconveniente estableciendo magistrados intermediarios, que, dejando el gobierno en su totalidad, sirven solamente para equilibrar los dos poderes y mantener sus derechos respectivos. Entonces el gobierno no es mixto, es moderado.

Se puede remediar mediante medios semejantes el inconveniente opuesto, y cuando el gobierno es demasiado laxo, erigir tribunales para concentrarlo. Esto se practica en todas las democracias. En el primer caso se divide el gobierno para debilitarlo, y en el segundo para reforzarlo; pues el máximo de fuerza y de debilidad se encuentran igualmente en los gobiernos simples, mientras que las formas mixtas dan una fuerza media.

Capítulo8Que toda forma de gobierno no es apropiada para todo país

La libertad, no siendo un fruto de todos los climas, no está al alcance de todos los pueblos. Cuanto más se medita este principio establecido por Montesquieu, más se percibe su verdad. Cuanto más se lo contesta, más se da ocasión de establecerlo mediante nuevas pruebas.

En todos los gobiernos del mundo la persona pública consume y no produce nada. ¿De dónde le viene entonces la sustancia consumida? Del trabajo de sus miembros. Es el excedente de los particulares lo que produce lo necesario para lo público. De donde se sigue que el estado civil solo puede subsistir en la medida en que el trabajo de los hombres rinda más allá de sus necesidades.

Ahora bien, este excedente no es el mismo en todos los países del mundo. En varios es considerable, en otros mediocre, en otros nulo, en otros negativo. Esta relación depende de la fertilidad del clima, del tipo de trabajo que la tierra exige, de la naturaleza de sus producciones, de la fuerza de sus habitantes, del consumo más o menos grande que les es necesario, y de varias otras relaciones semejantes de las cuales está compuesta.

Por otra parte, no todos los gobiernos son de la misma naturaleza; los hay más o menos devoradores, y las diferencias se fundan en este otro principio: que cuanto más se alejan las contribuciones públicas de su fuente, más onerosas son. No es sobre la cantidad de los impuestos que hay que medir esta carga, sino sobre el camino que tienen que recorrer para volver a las manos de las cuales salieron; cuando esta circulación es rápida y bien establecida, que se pague poco o mucho, no importa; el pueblo es siempre rico y las finanzas van siempre bien. Por el contrario, por poco que el pueblo dé, cuando ese poco no le regresa, dando siempre pronto se agota; el Estado nunca es rico, y el pueblo es siempre indigente.

De ahí se sigue que cuanto más aumenta la distancia del pueblo al gobierno, más onerosos se vuelven los tributos; así, en la democracia el pueblo está menos cargado, en la aristocracia lo está más, en la monarquía soporta el mayor peso. La monarquía, por tanto, solo conviene a las naciones opulentas, la aristocracia a los Estados mediocres en riqueza así como en grandeza, la democracia a los Estados pequeños y pobres.

En efecto, cuanto más se reflexiona, más se encuentra en esto de diferencia entre los Estados libres y los monárquicos; en los primeros todo se emplea en la utilidad común; en los otros las fuerzas públicas y particulares son recíprocas, y una se aumenta por el debilitamiento de la otra. Finalmente, en lugar de gobernar a los súbditos para hacerlos felices, el despotismo los vuelve miserables para gobernarlos.

He aquí, pues, en cada clima, causas naturales sobre las cuales se puede asignar la forma de gobierno hacia la cual la fuerza del clima lo arrastra, y decir incluso qué especie de habitantes debe tener. Los lugares ingratos y estériles donde el producto no vale el trabajo deben permanecer incultos y desiertos, o solamente poblados de salvajes: los lugares donde el trabajo de los hombres rinde exactamente solo lo necesario deben ser habitados por pueblos bárbaros, toda organización política sería allí imposible: los lugares donde el exceso del producto sobre el trabajo es mediocre convienen a los pueblos libres; aquellos donde el terreno abundante y fértil da mucho producto por poco trabajo quieren ser gobernados monárquicamente, para consumir mediante el lujo del príncipe el exceso del excedente de los súbditos; pues más vale que ese exceso sea absorbido por el gobierno que disipado por los particulares. Hay excepciones, lo sé; pero esas mismas excepciones confirman la regla, en que producen tarde o temprano revoluciones que devuelven las cosas al orden de la naturaleza.

Distingamos siempre las leyes generales de las causas particulares que pueden modificar su efecto. Aunque todo el sur estuviera cubierto de repúblicas y todo el norte de Estados despóticos, no por ello sería menos cierto que, por efecto del clima, el despotismo conviene a los países cálidos, la barbarie a los países fríos y el buen gobierno a las regiones intermedias. Veo además que, aun admitiendo el principio, se puede discutir sobre su aplicación: se podrá decir que hay países fríos muy fértiles y países meridionales muy ingratos. Pero esta dificultad solo existe para quienes no examinan la cuestión en todas sus relaciones. Es necesario, como ya he dicho, tener en cuenta las del trabajo, las fuerzas, el consumo, etcétera.

Supongamos que de dos terrenos iguales uno produce cinco y el otro diez. Si los habitantes del primero consumen cuatro y los del segundo nueve, el excedente del primer producto será 1/5 y el del segundo 1/10. Siendo pues la relación de estos dos excedentes inversa a la de los productos, el terreno que solo produzca cinco dará un superávit doble del terreno que produzca diez.

Pero no se trata de un producto doble, y no creo que nadie ose poner en general la fertilidad de los países fríos en igualdad siquiera con la de los países cálidos. Sin embargo, supongamos esta igualdad; dejemos, si se quiere, en equilibrio a Inglaterra con Sicilia y a Polonia con Egipto. Más al sur ya no tendremos África ni las Indias, más al norte ya no tendremos nada. Para esta igualdad de producto, ¡qué diferencia en el cultivo! En Sicilia basta con arañar la tierra; en Inglaterra, ¡cuántos cuidados para labrarla! Ahora bien, allí donde hacen falta más brazos para dar el mismo producto, el superávit debe ser necesariamente menor.

Considera, además de esto, que la misma cantidad de hombres consume mucho menos en los países cálidos. El clima exige ser sobrio para mantenerse sano: los europeos que quieren vivir allí como en su casa mueren todos de disentería e indigestiones. Somos, dice Chardin, bestias carnívoras, lobos, en comparación con los asiáticos. Algunos atribuyen la sobriedad de los persas a que su país está menos cultivado, y yo creo por el contrario que su país abunda menos en víveres porque los habitantes necesitan menos. Si su frugalidad, continúa, fuera efecto de la escasez del país, solo los pobres comerían poco, mientras que es generalmente todo el mundo, y se comería más o menos en cada provincia según la fertilidad del país, mientras que la misma sobriedad se encuentra por todo el reino. Ellos alaban mucho su manera de vivir, diciendo que basta mirar su tez para reconocer cuánto más excelente es que la de los cristianos. En efecto, la tez de los persas es uniforme; tienen la piel bella, fina y tersa, mientras que la tez de los armenios, sus súbditos que viven a la europea, es áspera, con rosácea, y sus cuerpos son gruesos y pesados.

Cuanto más nos acercamos a la línea, más viven los pueblos de poco. Casi no comen carne; el arroz, el maíz, el cuscús, el mijo, la casava, son sus alimentos ordinarios. Hay en las Indias millones de hombres cuya alimentación no cuesta un sol al día. Vemos en la misma Europa diferencias sensibles en el apetito entre los pueblos del norte y los del sur. Un español vivirá ocho días con la comida de un alemán. En los países donde los hombres son más voraces, el lujo se vuelca también hacia las cosas de consumo. En Inglaterra se muestra en una mesa cargada de carnes; en Italia se obsequia con azúcar y flores.

El lujo de las vestimentas ofrece todavía diferencias semejantes. En los climas donde los cambios de estación son rápidos y violentos, se tienen vestidos mejores y más simples; en aquellos donde solo se viste por adorno se busca más esplendor que utilidad, los vestidos mismos son allí un lujo. En Nápoles verás todos los días pasearse por el Pausilipo a hombres con chaqueta dorada y sin medias. Lo mismo ocurre con las edificaciones; se lo da todo a la magnificencia cuando no hay nada que temer de las inclemencias del aire. En París, en Londres se quiere estar alojado con calor y comodidad. En Madrid se tienen salones soberbios, pero ni una ventana que cierre, y se duerme en nidos de ratas.

Los alimentos son mucho más sustanciosos y suculentos en los países cálidos; esta es una tercera diferencia que no puede dejar de influir en la segunda. ¿Por qué se comen tantas verduras en Italia? Porque allí son buenas, nutritivas, de excelente sabor. En Francia, donde solo se alimentan de agua, no nutren en absoluto y casi ni se cuentan en las mesas. Sin embargo, no ocupan menos terreno y cuestan por lo menos tanto esfuerzo para cultivarse. Es un hecho comprobado que los trigos de Berbería, por otra parte inferiores a los de Francia, rinden mucho más en harina, y que los de Francia a su vez rinden más que los trigos del norte. De donde se puede inferir que una gradación semejante se observa generalmente en la misma dirección desde la línea al polo. Ahora bien, ¿no es una desventaja visible tener en un producto igual una cantidad menor de alimento?

A todas estas diferentes consideraciones puedo añadir una que se desprende de ellas y las refuerza; es que los países cálidos tienen menos necesidad de habitantes que los países fríos, y podrían alimentar más; lo que produce un doble superávit siempre ventajoso para el despotismo. Cuanto más el mismo número de habitantes ocupa una gran superficie, más difíciles se vuelven las revueltas; porque no se puede concertar ni rápida ni secretamente, y siempre es fácil para el gobierno descubrir los proyectos y cortar las comunicaciones; pero cuanto más se concentra un pueblo numeroso, menos puede el gobierno usurpar sobre el soberano; los jefes deliberan tan seguramente en sus cámaras como el príncipe en su consejo, y la multitud se reúne tan pronto en las plazas como las tropas en sus cuarteles. La ventaja de un gobierno tiránico consiste pues en actuar a grandes distancias. Con ayuda de los puntos de apoyo que se da, su fuerza aumenta a lo lejos como la de las palancas. La del pueblo, por el contrario, solo actúa concentrada, se evapora y se pierde al extenderse, como el efecto de la pólvora esparcida por el suelo y que solo prende grano a grano. Los países menos poblados son así los más propicios para la tiranía: las bestias feroces solo reinan en los desiertos.

Capítulo9De los signos de un buen gobierno

Cuando se pregunta en términos absolutos cuál es el mejor gobierno, se plantea una cuestión tan insoluble como indeterminada; o, si se quiere, tiene tantas buenas soluciones como combinaciones posibles hay en las posiciones absolutas y relativas de los pueblos.

Pero si se preguntara por qué signo se puede conocer que un pueblo dado está bien o mal gobernado, sería otra cosa, y la cuestión de hecho podría resolverse.

Sin embargo, no se resuelve, porque cada uno quiere resolverla a su manera. Los súbditos alaban la tranquilidad pública, los ciudadanos la libertad de los particulares; uno prefiere la seguridad de las posesiones, y otro la de las personas; uno quiere que el mejor gobierno sea el más severo, el otro sostiene que es el más dulce; este quiere que se castiguen los crímenes, y aquel que se prevengan; uno encuentra hermoso que se sea temido por los vecinos, el otro prefiere que se sea ignorado por ellos; uno está contento cuando el dinero circula, el otro exige que el pueblo tenga pan. Aun cuando se estuviera de acuerdo en estos puntos y otros semejantes, ¿se habría avanzado más? Al faltar medida precisa para las cualidades morales, aun estando de acuerdo en el signo, ¿cómo estarlo en la estimación?

Por mi parte, siempre me asombro de que se desconozca un signo tan simple, o de que se tenga la mala fe de no admitirlo. ¿Cuál es el fin de la asociación política? Es la conservación y la prosperidad de sus miembros. ¿Y cuál es el signo más seguro de que se conservan y prosperan? Es su número y su población. No vayáis pues a buscar en otra parte ese signo tan discutido. Siendo todo lo demás igual, el gobierno bajo el cual, sin medios extraños, sin naturalizaciones, sin colonias, los ciudadanos pueblan y se multiplican más, es infaliblemente el mejor: aquel bajo el cual un pueblo disminuye y perece es el peor. Calculadores, ahora es vuestro asunto; contad, medid, comparad.

Capítulo10Del abuso del gobierno y de su tendencia a degenerar

Así como la voluntad particular actúa sin cesar contra la voluntad general, así el gobierno hace un esfuerzo continuo contra la soberanía. Cuanto más aumenta este esfuerzo, más se altera la constitución, y como aquí no hay ninguna otra voluntad de cuerpo que, resistiendo a la del príncipe, haga equilibrio con ella, debe suceder tarde o temprano que el príncipe oprima por fin al soberano y rompa el tratado social. Este es el vicio inherente e inevitable que desde el nacimiento del cuerpo político tiende sin descanso a destruirlo, del mismo modo que la vejez y la muerte destruyen por fin el cuerpo del hombre.

Hay dos vías generales por las que un Gobierno degenera: cuando se contrae o cuando el Estado se disuelve.

El Gobierno se contrae cuando pasa del gran número al pequeño, es decir, de la Democracia a la Aristocracia, y de la Aristocracia a la Monarquía. Esta es su inclinación natural. Si retrocediera del número pequeño al grande, podría decirse que se relaja, pero este progreso inverso es imposible.

En efecto, el Gobierno nunca cambia de forma más que cuando su resorte desgastado lo deja demasiado debilitado para poder conservar la suya. Ahora bien, si se relajara todavía más al extenderse, su fuerza se volvería del todo nula, y subsistiría aún menos. Por lo tanto, hay que remontar y apretar el resorte a medida que cede; de lo contrario, el Estado al que sostiene se vendría abajo.

El caso de la disolución del Estado puede ocurrir de dos maneras.

En primer lugar, cuando el Príncipe ya no administra el Estado según las leyes y usurpa el poder soberano. Entonces se produce un cambio notable: no es el Gobierno, sino el Estado el que se contrae; quiero decir que el gran Estado se disuelve y se forma otro dentro de aquel, compuesto solamente por los miembros del Gobierno, y que ya no es nada para el resto del Pueblo salvo su amo y su tirano. De modo que en el instante en que el Gobierno usurpa la soberanía, el pacto social se rompe, y todos los simples Ciudadanos, reintegrados por derecho en su libertad natural, son forzados pero no obligados a obedecer.

El mismo caso ocurre también cuando los miembros del Gobierno usurpan por separado el poder que solo deben ejercer en cuerpo; lo cual no es una infracción menor de las leyes, y produce un desorden aún mayor. Entonces hay, por así decirlo, tantos Príncipes como Magistrados, y el Estado, no menos dividido que el Gobierno, perece o cambia de forma.

Cuando el Estado se disuelve, el abuso del Gobierno, sea cual sea, toma el nombre común de anarquía. Distinguiendo, la Democracia degenera en Oclocracia, la Aristocracia en Oligarquía; añadiría que la Monarquía degenera en Tiranía, pero esta última palabra es equívoca y exige explicación.

En el sentido vulgar, un Tirano es un Rey que gobierna con violencia y sin consideración a la justicia ni a las leyes. En el sentido preciso, un Tirano es un particular que se arroga la autoridad real sin tener derecho a ella. Así es como los Griegos entendían esta palabra Tirano: la daban indistintamente a los Príncipes buenos y malos cuya autoridad no era legítima. Así pues, Tirano y usurpador son dos palabras perfectamente sinónimas.

Para dar nombres diferentes a cosas diferentes, llamo Tirano al usurpador de la autoridad real, y Déspota al usurpador del poder Soberano. El Tirano es quien se inmiscuye contra las leyes para gobernar según las leyes; el Déspota es quien se pone por encima de las leyes mismas. Así, el Tirano puede no ser Déspota, pero el Déspota es siempre Tirano.

Capítulo11De la muerte del cuerpo político

Tal es la pendiente natural e inevitable de los Gobiernos mejor constituidos. Si Esparta y Roma perecieron, ¿qué Estado puede esperar durar siempre? Si queremos formar un establecimiento duradero, no pensemos en hacerlo eterno. Para tener éxito no hay que intentar lo imposible, ni vanagloriarse de dar a la obra de los hombres una solidez que las cosas humanas no admiten.

El cuerpo político, igual que el cuerpo del hombre, comienza a morir desde su nacimiento y lleva en sí mismo las causas de su destrucción. Pero uno y otro pueden tener una constitución más o menos robusta y apropiada para conservarlo más o menos tiempo. La constitución del hombre es obra de la naturaleza, la del Estado es obra del arte. No depende de los hombres prolongar su vida, depende de ellos prolongar la del Estado tanto como sea posible, dándole la mejor constitución que pueda tener. El mejor constituido acabará, pero más tarde que otro, si ningún accidente imprevisto provoca su pérdida antes de tiempo.

El principio de la vida política está en la autoridad Soberana. El poder legislativo es el corazón del Estado, el poder ejecutivo es su cerebro, que da movimiento a todas las partes. El cerebro puede caer en parálisis y el individuo vivir todavía. Un hombre permanece imbécil y vive: pero en cuanto el corazón ha cesado sus funciones, el animal está muerto.

No es por las leyes por lo que el Estado subsiste, es por el poder legislativo. La ley de ayer no obliga hoy, pero el consentimiento tácito se presume del silencio, y se considera que el Soberano confirma incesantemente las leyes que no deroga, pudiendo hacerlo. Todo lo que ha declarado querer una vez lo quiere siempre, a menos que lo revoque.

¿Por qué entonces se guarda tanto respeto a las leyes antiguas? Por eso mismo. Debe creerse que solo la excelencia de las voluntades antiguas ha podido conservarlas tanto tiempo; si el Soberano no las hubiera reconocido constantemente como saludables, las habría revocado mil veces. Por eso, lejos de debilitarse, las leyes adquieren sin cesar una fuerza nueva en todo Estado bien constituido; el prejuicio de la antigüedad las hace cada día más venerables; mientras que en todas partes donde las leyes se debilitan al envejecer, eso prueba que ya no hay poder legislativo y que el Estado ya no vive.

Capítulo12Cómo se mantiene la autoridad Soberana

No teniendo el Soberano otra fuerza que el poder legislativo, solo actúa por leyes, y no siendo las leyes sino actos auténticos de la voluntad general, el Soberano no puede actuar más que cuando el pueblo está reunido. ¡El pueblo reunido, se dirá! ¡Qué quimera! Es una quimera hoy, pero no lo era hace dos mil años: ¿Acaso los hombres han cambiado de naturaleza?

Los límites de lo posible en las cosas morales son menos estrechos de lo que pensamos: son nuestras debilidades, nuestros vicios, nuestros prejuicios los que los estrechan. Las almas bajas no creen en los grandes hombres: los viles esclavos sonríen con aire burlón ante esta palabra libertad.

Por lo que se ha hecho, consideremos lo que puede hacerse; no hablaré de las antiguas repúblicas de Grecia, pero la República romana era, me parece, un gran Estado, y la ciudad de Roma una gran ciudad. El último Censo dio en Roma cuatrocientos mil Ciudadanos con capacidad de portar armas, y el último recuento del Imperio más de cuatro millones de Ciudadanos sin contar los súbditos, los extranjeros, las mujeres, los niños, los esclavos.

¿Qué dificultad no se imaginaría para reunir frecuentemente al pueblo inmenso de esa capital y sus alrededores? Sin embargo, pocas semanas pasaban sin que el pueblo romano estuviera reunido, y hasta varias veces. No solo ejercía los derechos de la soberanía, sino una parte de los del Gobierno. Trataba ciertos asuntos, juzgaba ciertas causas, y todo ese pueblo estaba en la plaza pública casi tan a menudo como magistrado que como Ciudadano.

Remontándonos a los primeros tiempos de las Naciones, se encontraría que la mayoría de los antiguos gobiernos, incluso monárquicos como los de los Macedonios y los Francos, tenían Consejos semejantes. Sea como fuere, este solo hecho incontestable responde a todas las dificultades: de lo existente a lo posible, la consecuencia me parece válida.

Capítulo13Continuación

No basta con que el pueblo reunido haya fijado una vez la constitución del Estado dando sanción a un cuerpo de leyes: no basta con que haya establecido un Gobierno perpetuo o que haya provisto de una vez por todas a la elección de los magistrados. Además de las asambleas extraordinarias que casos imprevistos puedan exigir, es preciso que haya de fijas y periódicas que nada pueda abolir ni prorrogar, de tal modo que en el día señalado el pueblo sea legítimamente convocado por la ley, sin que sea necesario para ello ninguna otra convocatoria formal.

Pero fuera de estas asambleas jurídicas por su sola fecha, toda asamblea del Pueblo que no haya sido convocada por los magistrados designados para tal efecto y según las formas prescritas debe tenerse por ilegítima y todo lo que en ella se haga por nulo; porque la orden misma de reunirse debe emanar de la ley.

En cuanto al retorno más o menos frecuente de las asambleas legítimas, depende de tantas consideraciones que no pueden darse al respecto reglas precisas. Solamente puede decirse en general que cuanta más fuerza tiene el Gobierno, más frecuentemente debe mostrarse el Soberano.

Esto, se me dirá, puede ser bueno para una sola ciudad; pero ¿qué hacer cuando el Estado comprende varias? ¿Se dividirá la autoridad Soberana, o bien debe concentrarse en una sola ciudad y someter todo el resto?

Respondo que no se debe hacer ni lo uno ni lo otro. En primer lugar, la autoridad soberana es simple y una, y no se la puede dividir sin destruirla. En segundo lugar, una ciudad, lo mismo que una nación, no puede ser legítimamente súbdita de otra, porque la esencia del cuerpo político radica en el acuerdo de la obediencia y de la libertad, y esas palabras de súbdito y de soberano son correlaciones idénticas cuya idea se reúne bajo la sola palabra de ciudadano.

Respondo además que siempre es un mal unir varias ciudades en una sola ciudad, y que, al querer hacer esta unión, no hay que confiar en evitar los inconvenientes naturales. No hace falta objetar el abuso de los grandes Estados a quien solo quiere Estados pequeños: pero ¿cómo dar a los Estados pequeños fuerza suficiente para resistir a los grandes? Como antaño las ciudades griegas resistieron al Gran Rey, y como más recientemente Holanda y Suiza han resistido a la casa de Austria.

Sin embargo, si no se puede reducir el Estado a justos límites, queda todavía un recurso: no permitir en él ninguna capital, hacer que el gobierno tenga su sede alternativamente en cada ciudad, y reunir allí también por turnos los Estados del país.

Poblad el territorio de manera uniforme, extended por todas partes los mismos derechos, llevad por todas partes la abundancia y la vida, así es como el Estado llegará a ser a la vez el más fuerte y el mejor gobernado que sea posible. Recordad que las murallas de las ciudades solo se forman con los escombros de las casas del campo. A cada palacio que veo levantar en la capital, creo ver convertirse en ruinas todo un país.

Capítulo14Continuación

En el instante en que el pueblo está legítimamente reunido como cuerpo soberano, cesa toda jurisdicción del gobierno, se suspende el poder ejecutivo, y la persona del último ciudadano es tan sagrada e inviolable como la del primer magistrado, porque donde se encuentra el representado, ya no hay representante. La mayoría de los tumultos que se produjeron en Roma en los comicios provinieron de haber ignorado o descuidado esta regla. Los cónsules entonces no eran más que los presidentes del pueblo, los tribunos simples oradores, el senado no era nada en absoluto.

Estos intervalos de suspensión en que el príncipe reconoce o debe reconocer un superior actual, siempre le han resultado temibles, y estas asambleas del pueblo, que son el escudo del cuerpo político y el freno del gobierno, han sido en todo tiempo el horror de los jefes: así que no escatiman nunca ni esfuerzos, ni objeciones, ni dificultades, ni promesas, para desanimar a los ciudadanos. Cuando estos son avaros, cobardes, pusilánimes, más amantes del descanso que de la libertad, no resisten mucho tiempo los esfuerzos redoblados del gobierno; así es como la fuerza resistente aumentando sin cesar, la autoridad soberana se desvanece al fin, y la mayoría de las ciudades caen y perecen antes de tiempo.

Pero entre la autoridad soberana y el gobierno arbitrario, se introduce a veces un poder intermedio del que hay que hablar.

Capítulo15De los diputados o representantes

En cuanto el servicio público deja de ser el asunto principal de los ciudadanos, y prefieren servir con su bolsa antes que con su persona, el Estado está ya cerca de su ruina. ¿Hay que marchar al combate? Pagan tropas y se quedan en casa; ¿hay que ir al consejo? Nombran diputados y se quedan en casa. A fuerza de pereza y de dinero tienen al fin soldados para esclavizar la patria y representantes para venderla.

Son el ajetreo del comercio y de las artes, el ávido interés del lucro, la molicie y el amor de las comodidades, los que transforman los servicios personales en dinero. Se cede una parte de la ganancia para aumentarla cómodamente. Dad dinero, y pronto tendréis cadenas. Esta palabra de finanzas es una palabra de esclavo; es desconocida en la ciudad. En un Estado verdaderamente libre los ciudadanos lo hacen todo con sus brazos y nada con dinero: lejos de pagar para eximirse de sus deberes, pagarían para cumplirlos ellos mismos. Estoy muy lejos de las ideas comunes; creo que las prestaciones personales son menos contrarias a la libertad que los impuestos.

Cuanto mejor está constituido el Estado, más prevalecen los asuntos públicos sobre los privados en el espíritu de los ciudadanos. Hay incluso muchos menos asuntos privados, porque la suma de la felicidad común proporcionando una parte más considerable a la de cada individuo, le queda menos que buscar en las ocupaciones particulares. En una ciudad bien dirigida todos vuelan a las asambleas; bajo un mal gobierno nadie quiere dar un paso para acudir allí; porque nadie se interesa por lo que allí se hace, porque se prevé que la voluntad general no dominará allí, y finalmente porque los cuidados domésticos lo absorben todo. Las buenas leyes hacen que se hagan otras mejores, las malas acarrean otras peores. En cuanto alguien dice de los asuntos del Estado, ¿qué me importa?, hay que contar con que el Estado está perdido.

El debilitamiento del amor a la patria, la actividad del interés privado, la inmensidad de los Estados, las conquistas, el abuso del gobierno han hecho imaginar la vía de los diputados o representantes del pueblo en las asambleas de la nación. Esto es lo que en ciertos países se atreven a llamar el tercer Estado. Así el interés particular de dos órdenes se coloca en el primer y segundo lugar, el interés público solo en el tercero.

La soberanía no puede ser representada, por la misma razón por la que no puede ser enajenada; consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad no se representa: es la misma, o es otra; no hay término medio. Los diputados del pueblo no son pues ni pueden ser sus representantes, no son más que sus comisarios; no pueden concluir nada definitivamente. Toda ley que el pueblo en persona no ha ratificado es nula; no es una ley. El pueblo inglés piensa ser libre; se equivoca mucho, solo lo es durante la elección de los miembros del parlamento; en cuanto son elegidos, es esclavo, no es nada. En los cortos momentos de su libertad, el uso que hace de ella merece ciertamente que la pierda.

La idea de los representantes es moderna: nos viene del gobierno feudal, de ese inicuo y absurdo gobierno en el que la especie humana está degradada, y donde el nombre de hombre está deshonrado. En las antiguas repúblicas e incluso en las monarquías, jamás el pueblo tuvo representantes; no se conocía esa palabra. Es muy singular que en Roma, donde los tribunos eran tan sagrados, ni siquiera se haya imaginado que pudieran usurpar las funciones del pueblo, y que en medio de una multitud tan grande, jamás hayan intentado aprobar por su cuenta un solo plebiscito. Que se juzgue sin embargo el estorbo que causaba a veces la multitud, por lo que ocurrió en tiempos de los Gracos, cuando una parte de los ciudadanos daba su sufragio desde los tejados.

Donde el derecho y la libertad lo son todo, los inconvenientes no son nada. En ese pueblo sabio todo se medía en su justa medida: dejaba hacer a sus lictores lo que sus tribunos no se habrían atrevido a hacer; no temía que sus lictores quisieran representarlo.

Para explicar sin embargo cómo los tribunos lo representaban a veces, basta con concebir cómo el gobierno representa al soberano. No siendo la ley más que la declaración de la voluntad general, es claro que en el poder legislativo el pueblo no puede ser representado; pero puede y debe serlo en el poder ejecutivo, que no es más que la fuerza aplicada a la ley. Esto hace ver que examinando bien las cosas se encontraría que muy pocas naciones tienen leyes. Sea como fuere, es seguro que los tribunos, al no tener ninguna parte del poder ejecutivo, nunca pudieron representar al pueblo romano por los derechos de sus cargos, sino solamente usurpando los del senado.

Entre los griegos, todo lo que el pueblo tenía que hacer lo hacía por sí mismo; estaba sin cesar reunido en la plaza. Habitaba un clima suave, no era nada ávido, los esclavos hacían sus trabajos, su gran asunto era su libertad. Al no tener ya las mismas ventajas, ¿cómo conservar los mismos derechos? Vuestros climas más duros os dan más necesidades, seis meses del año la plaza pública no es soportable, vuestras lenguas sordas no pueden hacerse oír al aire libre, dais más importancia a vuestra ganancia que a vuestra libertad, y teméis mucho menos la esclavitud que la miseria.

¿Cómo? ¿La libertad solo se mantiene con el apoyo de la servidumbre? Quizá. Los dos extremos se tocan. Todo lo que no está en la naturaleza tiene sus inconvenientes, y la sociedad civil más que todo lo demás. Hay situaciones desgraciadas en las que solo se puede conservar la propia libertad a expensas de la de otros, y en las que el ciudadano no puede ser perfectamente libre sin que el esclavo sea extremadamente esclavo. Tal era la situación de Esparta. En cuanto a vosotros, pueblos modernos, no tenéis esclavos, pero lo sois; pagáis su libertad con la vuestra. Por más que presumáis de esta preferencia, yo encuentro en ella más cobardía que humanidad.

No quiero decir con todo esto que haya que tener esclavos ni que el derecho de esclavitud sea legítimo, puesto que he probado lo contrario. Solo expongo las razones por las cuales los pueblos modernos que se creen libres tienen representantes, y por qué los pueblos antiguos no los tenían. Sea como sea, en el instante en que un pueblo se da representantes, ya no es libre; ya no existe.

Bien examinado todo, no veo que sea en adelante posible que el soberano conserve entre nosotros el ejercicio de sus derechos si la ciudad no es muy pequeña. Pero si es muy pequeña, ¿será subyugada? No. Mostraré más adelante cómo se puede reunir la potencia exterior de un gran pueblo con la administración sencilla y el buen orden de un Estado pequeño.

Capítulo16Que la institución del gobierno no es un contrato

Una vez bien establecido el poder legislativo, se trata de establecer del mismo modo el poder ejecutivo; pues este último, que solo opera mediante actos particulares, al no ser de la esencia del otro, está naturalmente separado de él. Si fuera posible que el soberano, considerado como tal, tuviera el poder ejecutivo, el derecho y el hecho estarían tan confundidos que ya no se sabría qué es ley y qué no lo es, y el cuerpo político así desnaturalizado pronto sería presa de la violencia contra la cual fue instituido.

Siendo todos los ciudadanos iguales por el contrato social, lo que todos deben hacer todos pueden prescribirlo, mientras que nadie tiene derecho a exigir que otro haga lo que él mismo no hace. Pues bien, es propiamente este derecho, indispensable para hacer vivir y mover el cuerpo político, el que el soberano da al príncipe al instituir el gobierno.

Varios han pretendido que el acto de este establecimiento era un contrato entre el pueblo y los jefes que se da; contrato mediante el cual se estipulaban entre las dos partes las condiciones bajo las cuales una se obligaba a mandar y la otra a obedecer. Se convendrá, estoy seguro, que esta es una manera extraña de contratar. Pero veamos si esta opinión es sostenible.

En primer lugar, la autoridad suprema no puede modificarse más de lo que puede alienarse; limitarla es destruirla. Es absurdo y contradictorio que el soberano se dé un superior; obligarse a obedecer a un amo es recuperar la plena libertad.

Además, es evidente que este contrato del pueblo con tales o cuales personas sería un acto particular. De ahí se sigue que este contrato no podría ser una ley ni un acto de soberanía, y que por consiguiente sería ilegítimo.

Se ve también que las partes contratantes estarían entre ellas bajo la sola ley de naturaleza y sin ningún garante de sus compromisos recíprocos, lo cual repugna de todas las maneras al estado civil: quien tiene la fuerza en la mano es siempre el dueño de la ejecución, por lo que tanto valdría dar el nombre de contrato al acto de un hombre que dijera a otro: «te doy todos mis bienes, a condición de que me devuelvas lo que te plazca».

No hay más que un contrato en el Estado, que es el de la asociación; y ese solo excluye cualquier otro. No se podría imaginar ningún contrato público que no fuera una violación del primero.

Capítulo17De la institución del gobierno

¿Bajo qué idea hay que concebir entonces el acto por el cual se instituye el gobierno? Señalaré en primer lugar que este acto es complejo o compuesto de otros dos, a saber, el establecimiento de la ley y la ejecución de la ley.

Por el primero, el soberano establece que habrá un cuerpo de gobierno constituido bajo tal o cual forma; y es claro que este acto es una ley.

Por el segundo, el pueblo nombra a los jefes que estarán encargados del gobierno establecido. Ahora bien, esta nominación, siendo un acto particular, no es una segunda ley, sino solamente una consecuencia de la primera y una función del gobierno.

La dificultad consiste en entender cómo se puede tener un acto de gobierno antes de que el gobierno exista, y cómo el pueblo, que solo es soberano o súbdito, puede convertirse en príncipe o magistrado en ciertas circunstancias.

Es aquí nuevamente donde se descubre una de esas asombrosas propiedades del cuerpo político, mediante las cuales concilia operaciones contradictorias en apariencia. Pues esta se hace por una conversión súbita de la soberanía en democracia; de manera que, sin ningún cambio sensible y solamente por una nueva relación de todos con todos, los ciudadanos convertidos en magistrados pasan de los actos generales a los actos particulares, y de la ley a la ejecución.

Este cambio de relación no es una sutileza de especulación sin ejemplo en la práctica: tiene lugar todos los días en el Parlamento de Inglaterra, donde la Cámara Baja en ciertas ocasiones se convierte en gran comité, para discutir mejor los asuntos, y se vuelve así simple comisión, de corte soberana que era el instante precedente; de tal manera que luego se informa a sí misma como cámara de los Comunes de lo que acaba de regular en gran comité, y delibera de nuevo bajo un título de lo que ya ha resuelto bajo otro.

Tal es la ventaja propia del gobierno democrático de poder ser establecido de hecho por un simple acto de la voluntad general. Después de lo cual, este gobierno provisional permanece en posesión si esa es la forma adoptada, o establece en nombre del soberano el gobierno prescrito por la ley, y todo se encuentra así en regla. No es posible instituir el gobierno de ninguna otra manera legítima, y sin renunciar a los principios anteriormente establecidos.

Capítulo18Medio de prevenir las usurpaciones del gobierno

De estos esclarecimientos resulta, en confirmación del capítulo XVI, que el acto que instituye el gobierno no es un contrato sino una ley, que los depositarios del poder ejecutivo no son los amos del pueblo sino sus funcionarios, que puede establecerlos y destituirlos cuando le plazca, que no se trata para ellos de contratar sino de obedecer, y que al encargarse de las funciones que el Estado les impone solo cumplen su deber de ciudadanos, sin tener en modo alguno el derecho de discutir las condiciones.

Cuando entonces ocurre que el pueblo instituye un gobierno hereditario, sea monárquico en una familia, sea aristocrático en un orden de ciudadanos, no es un compromiso que asume; es una forma provisional que da a la administración, hasta que le plazca ordenarlo de otro modo.

Es verdad que estos cambios son siempre peligrosos, y que nunca hay que tocar el gobierno establecido salvo cuando se vuelve incompatible con el bien público; pero esta circunspección es una máxima de política y no una regla de derecho, y el Estado no está más obligado a dejar la autoridad civil a sus jefes que la autoridad militar a sus generales.

Es verdad también que no se podrían observar en tal caso con demasiado cuidado todas las formalidades requeridas para distinguir un acto regular y legítimo de un tumulto sedicioso, y la voluntad de todo un pueblo de los clamores de una facción. Es aquí sobre todo donde no hay que conceder al caso odioso más que lo que no se le puede negar con todo el rigor del derecho, y es también de esta obligación de donde el príncipe obtiene una gran ventaja para conservar su poder a pesar del pueblo, sin que se pueda decir que lo haya usurpado: pues aparentando usar solo de sus derechos, le es muy fácil extenderlos y, bajo el pretexto del reposo público, impedir las asambleas destinadas a restablecer el buen orden; de manera que se aprovecha de un silencio que impide romper, o de las irregularidades que hace cometer, para suponer a su favor la aquiescencia de quienes el miedo hace callar, y para castigar a quienes se atreven a hablar. Así fue como los decenviros, habiendo sido primero elegidos por un año, luego continuados por otro año, intentaron retener perpetuamente su poder, al no permitir ya que los comicios se reunieran; y es por este fácil medio como todos los gobiernos del mundo, una vez revestidos de la fuerza pública, usurpan tarde o temprano la autoridad soberana.

Las asambleas periódicas de las que he hablado anteriormente son apropiadas para prevenir o diferir esta desgracia, sobre todo cuando no necesitan convocatoria formal: pues entonces el Príncipe no podría impedirlas sin declararse abiertamente infractor de las leyes y enemigo del Estado.

La apertura de estas asambleas, que no tienen otro objeto que el mantenimiento del tratado social, debe hacerse siempre mediante dos proposiciones que nunca se puedan suprimir, y que se voten por separado.

La primera: si place al Soberano conservar la presente forma de Gobierno.

La segunda: si place al Pueblo dejar la administración a quienes actualmente están encargados de ella.

Supongo aquí lo que creo haber demostrado, a saber: que no hay en el Estado ninguna ley fundamental que no se pueda revocar, ni siquiera el pacto social; pues si todos los Ciudadanos se reunieran para romper este pacto de común acuerdo, no puede dudarse de que quedaría muy legítimamente roto. Grocio piensa incluso que cada uno puede renunciar al Estado del que es miembro, y recuperar su libertad natural y sus bienes saliendo del país. Ahora bien, sería absurdo que todos los Ciudadanos reunidos no pudieran hacer lo que puede hacer separadamente cada uno de ellos.

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