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Jornada tercera

El alcalde de Zalamea · Pedro Calderón de la Barca · 40 min de lectura

(Sale ISABEL como llorando)

ISABEL.— Nunca amanezca a mis ojos

la luz hermosa del día,

porque a su sombra no tenga

vergüenza yo de mí misma.

¡Oh tú, de tantas estrellas

primavera fugitiva,

no des lugar a la aurora,

que tu azul campaña pisa,

para que con risa y llanto

borre tu apacible vista!

Y ya que ha de ser, que sea

con llanto, mas no con risa.

¡Detente, oh mayor planeta,

más tiempo en la espuma fría

del mar! Deja que una vez

dilate la noche fría

su trémulo imperio; deja

que de tu deidad se diga,

atenta a mis ruegos, que es

voluntaria y no precisa.

¿Para qué quieres salir

a ver en la historia mía

la más enorme maldad,

la más fiera tiranía,

que en venganza de los hombres

quiere el cielo que se escriba?

Mas, ¡ay de mí!, que parece

que es fiera tu tiranía;

pues desde que te rogué

que te detuvieses, miran

mis ojos tu faz hermosa

descollarse por encima

de los montes. ¡Ay de mí,

que acosada y perseguida

de tantas penas, de tantas

ansias, de tantas impías

fortunas, contra mi honor

se han conjurado tus iras!

¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir?

Si a mi casa determinan

volver mis erradas plantas,

será dar nueva mancilla

a un anciano padre mío,

que otro bien, otra alegría

no tuvo, sino mirarse

en la clara luna limpia

de mi honor, que hoy desdichado

tan torpe mancha le eclipsa.

Si dejo, por su respeto

y mi temor afligida,

de volver a casa, dejo

abierto el paso a que diga

que fui cómplice en mi infamia;

y ciega e inadvertida

vengo a hacer de la inocencia

acreedora a la malicia.

¡Qué mal hice, qué mal hice

de escaparme fugitiva

de mi hermano! ¿No valiera

más que su cólera altiva

me diera la muerte, cuando

llegó a ver la suerte mía?

Llamarle quiero, que vuelva

con saña más vengativa,

y me dé muerte. Confusas

voces el eco repita,

diciendo...

(Dentro [Pedro CRESPO])

CRESPO.— Vuelve a matarme,

serás piadoso homicida;

que no es piedad, no, dejar

a un desdichado con vida.

ISABEL.— ¿Qué voz es esta, que mal

pronunciada y poco oída,

no se deja conocer?

CRESPO.— Dadme muerte, si os obliga

ser piadosos.

ISABEL.— ¡Cielos, cielos!

Otro la muerte apellida,

otro desdichado hay

que hoy a pesar suyo viva.

Mas, ¿qué es lo que ven mis ojos?

(Descúbrese CRESPO atado)

CRESPO.— Si piedades solicita

cualquiera que este monte

temerosamente pisa,

llegue a dar muerte... Mas, ¡cielos!

¿Qué es lo que mis ojos miran?

ISABEL.— Atadas atrás las manos

a una rigurosa encina...

CRESPO.— Enterneciendo los cielos

con las voces que apellida...

ISABEL.— ...mi padre está.

CRESPO.— ...mi hija viene.

ISABEL.— ¡Padre y señor!

CRESPO.— ¡Hija mía!

Llégate, y quita estos lazos.

ISABEL.— No me atrevo; que si quitan

los lazos, que te aprisionan,

una vez las manos mías,

no me atreveré, señor,

a contarte mis desdichas,

a referirte mis penas;

porque, si una vez te miras

con manos y sin honor

me darán muerte tus iras,

y quiero antes que las veas

referirte a mis fatigas.

CRESPO.— Detente, Isabel, detente.

No prosigas; que desdichas,

Isabel, para contarlas

no es menester referirlas.

ISABEL.— Hay muchas cosas que sepas,

y es forzoso que al decirlas

tu valor se irrite, y quieras

vengarlas antes de oírlas.

Estaba anoche gozando

la seguridad tranquila,

que al abrigo de tus canas

mis años me prometían,

cuando aquellos embozados

traidores, que determinan

que lo que el honor defiende

el atrevimiento rinda,

me robaron; bien así,

como de los pechos quita

carnicero hambriento lobo

a la simple corderilla.

Aquel capitán, aquel

huésped ingrato, que el día

primero introdujo en casa

tan nunca esperada cisma

de traiciones y cautelas,

de pendencias y rencillas,

fue el primero que en sus brazos

me cogió, mientras le hacían

espaldas otros traidores,

que la bandera militan.

Aquese intricado, oculto

monte que está a la salida

del lugar, fue su sagrado.

¿Cuándo de la tiranía

no son sagrados los montes?

Aquí ajena de mí misma

dos veces me miré, cuando

aun tu voz, que me seguía,

me dejó, porque ya el viento

a quien tus acentos fías,

con la distancia, por puntos

adelgazándose iba;

de suerte, que las que eran

antes razones distintas,

no eran voces sino ríos;

luego en el viento esparcidas,

no eran voces, sino ecos

de unas confusas noticias;

como aquel que oye un clarín,

que, cuando de él se retira,

le queda por mucho rato,

si no el ruido, la noticia.

El traidor pues, en mirando

que ya nadie hay quien le diga,

que ya nadie hay que me ampare,

porque hasta la luna misma

ocultó entre pardas sombras,

o cruel o vengativa,

aquella, ¡ay de mí!, prestada

luz, que del sol participa,

pretendió—¡ay de mí otra vez

y otras mil!—con fementidas

palabras buscar disculpa

a su amor. ¿A quién no admira

querer de un instante a otro

hacer la ofensa caricia?

¡Mal haya el hombre, mal haya

el hombre que solicita

por fuerza ganar un alma!

Pues no advierte, pues no mira,

que las victorias de amor

no hay trofeo en que consistan,

sino en granjear el cariño

de la hermosura que estiman;

porque querer sin el alma

una hermosura ofendida,

es querer una belleza

hermosa pero no viva!

¡Qué ruegos, qué sentimientos,

ya de humilde, ya de altiva,

no le dije! Pero en vano;

pues—¡calle aquí la voz mía!—

soberbio—¡enmudezca el llanto!—

atrevido—¡el pecho gima!—

descortés—¡lloren los ojos!—

fiero—¡ensordezca la envidia!—

tirano—¡falte el aliento!—

osado—¡luto me vista!...

y si lo que la voz yerra,

tal vez la acción explica.

De vergüenza cubro el rostro,

de empacho lloro ofendida,

de rabia tuerzo las manos,

el pecho rompe de ira.

Entiende tú las acciones;

pues no hay voces que lo digan.

Baste decir que a las quejas

de los vientos repetidas,

en que ya no pedía al cielo

socorro sino justicia,

salió el alba, y con el alba,

trayendo a la luz por guía,

sentí ruido entre unas ramas.

Vuelvo a mirar quién sería,

y veo a mi hermano. ¡Ay cielos!

¿Cuándo, cuándo, ah suerte impía,

llegaron a un desdichado

los favores con más prisa?

Él, a la dudosa luz

que, si no alumbra, domina,

reconoce el daño antes

que ninguno se lo diga

—que son linces los pesares

que penetran con la vista—.

Sin hablar palabra, saca

el acero, que aquel día

le ceñiste. El capitán,

que el tardo socorro mira

en mi favor, contra el suyo

saca la blanca cuchilla.

Cierra el uno con el otro;

este repara, aquel tira;

y yo, en tanto que los dos

generosamente lidian,

viendo temerosa y triste,

que mi hermano no sabía

si tenía culpa o no,

por no aventurar mi vida

en la disculpa, la espalda

vuelvo, y por la entretejida

maleza del monte huyo;

pero no con tanta prisa,

que no hiciese de unas ramas

intrincadas celosías;

porque deseaba, señor,

saber lo mismo que huía.

A poco rato mi hermano

dio al capitán una herida.

Cayó. Quiso asegurarle...

cuando los que ya venían

buscando a su capitán

en su venganza se incitan.

Quiere defenderse; pero

viendo que era una cuadrilla,

corre veloz. No le siguen,

porque todos determinan

más acudir al remedio

que a la venganza que incitan.

En brazos al capitán,

volvieron hacia la villa,

sin mirar en su delito;

que en las penas sucedidas

acudir determinaron

primero a la más precisa.

Yo, pues, que atenta miraba

eslabonadas y asidas

unas ansias de otras ansias,

ciega, confusa y corrida,

discurrí, bajé, corrí,

sin luz, sin norte, sin guía,

monte, llano y espesura,

hasta que a tus pies rendida,

antes que me des la muerte,

te he contado mis desdichas.

Ahora, que ya las sabes,

generosamente anima

contra mi vida el acero,

el valor contra mi vida;

que ya para que me mates

aquestos lazos te quitan

mis manos; alguno de ellos

mi cuello infeliz oprima.

(Desátale)

Tu hija soy, sin honra estoy,

y tú libre; solicita

con mi muerte tu alabanza,

para que de ti se diga

que, por dar vida a tu honor

diste la muerte a tu hija.

(Arrodíllase)

CRESPO.— Álzate, Isabel, del suelo;

no, no estés más de rodillas;

que a no haber estos sucesos

que atormenten y persigan,

ociosas fueran las penas,

sin estimación las dichas.

Para los hombres se hicieron,

y es menester que se impriman

con valor dentro del pecho.

Isabel, vamos aprisa;

demos la vuelta a mi casa;

que este muchacho peligra,

y hemos menester hacer

diligencias exquisitas,

por saber de él, y ponerle

en salvo.

ISABEL.— (¡Fortuna mía, Aparte

o mucha cordura o mucha

cautela es esta!)

CRESPO.— Camina.

(¡Vive Dios que si la fuerza Aparte

y necesidad precisa

de curarse hizo volver

al capitán a la villa,

que pienso que le está bien

morirse de aquella herida

por excusarse de otra

y otras mil, que el ansia mía

no ha de parar hasta darle

la muerte!) ¡Ea! Vamos, hija,

a nuestra casa.

(Sale el ESCRIBANO)

ESCRIBANO.— ¡Oh, señor,

Pedro Crespo! ¡Dame albricias!

CRESPO.— ¿Albricias? ¿De qué, escribano?

ESCRIBANO.— En concejo aqueste día

os ha hecho alcalde, y tenéis

para estrena de justicia

dos grandes acciones hoy.

La primera es la venida

del rey, que estará hoy aquí,

o mañana en todo el día

según dicen. Es la otra,

que ahora han traído a la villa

de secreto unos soldados

a curarse con gran prisa

aquel capitán que ayer

tuvo aquí su compañía.

Él no dice quién le hirió;

pero si esto se averigua

será una gran causa.

CRESPO.— (¡Cielos, Aparte

cuando vengarme imaginas,

me hace dueño de mi honor

la vara de la justicia!

¿Cómo podré delinquir

yo, si en esta hora misma

me ponen a mí por juez

para que otros no delincan?

Pero cosas como aquestas

no se ven con tanta prisa.)

En extremo agradecido

estoy a quien solicita

honrarme.

ESCRIBANO.— Venid a la casa

del concejo y, recibida

la posesión de la vara,

haréis en la causa misma

averiguaciones.

CRESPO.— Vamos.

(A ISABEL)

A tu casa te retira.

ISABEL.— (¡Duélase el cielo de mí!) Aparte

Yo he de acompañarte.

CRESPO.— Hija,

ya tenéis el padre alcalde,

él os guardará justicia.

(Vanse. Salen don ÁLVARO con banda, como herido, y el SARGENTO)

ÁLVARO.— Pues la herida no era nada,

¿por qué me hicisteis volver

aquí?

SARGENTO.— ¿Quién pudo saber

lo que era antes de curada?

ÁLVARO.— Ya la cura prevenida,

hemos de considerar,

que no es bien aventurar

hoy la vida por la herida.

SARGENTO.— ¿No fuera mucho peor

que te hubieras desangrado?

ÁLVARO.— Puesto que ya estoy curado,

detenernos será error.

Vámonos, antes que corra

voz de que estamos aquí.

¿Están ahí los otros?

SARGENTO.— Sí.

ÁLVARO.— Pues la fuga nos socorra

del riesgo de estos villanos,

que, si se llega a saber

que estoy aquí, habrá de ser

fuerza apelar a las manos.

(Sale REBOLLEDO)

REBOLLEDO.— La justicia aquí se ha entrado.

ÁLVARO.— ¿Qué tiene que ver conmigo

justicia ordinaria?

REBOLLEDO.— Digo,

que hasta aquí ha llegado.

ÁLVARO.— Nada me puede a mí estar

mejor, llegando a saber

que estoy aquí, y no temer

a la gente del lugar;

que la justicia es forzoso

remitirme en esta tierra

a mi consejo de guerra;

con que, aunque el lance es penoso,

tengo mi seguridad.

REBOLLEDO.— Sin duda se ha querellado

el villano.

ÁLVARO.— Eso he pensado.

(Dentro)

ESCRIBANO.— Todas las puertas tomad,

y no me salga de aquí

soldado que aquí estuviere;

y al que salirse quisiere,

matadlo.

(Salen Pedro CRESPO con vara, el ESCRIBANO, y los que puedan)

ÁLVARO.— Pues, ¿cómo así

entráis? Mas... ¿qué es lo que veo?

CRESPO.— ¿Cómo no? A mi parecer

la justicia ha menester

más licencia, a lo que creo.

ÁLVARO.— La justicia, cuando vos

de ayer acá lo seáis,

no tiene, si lo miráis,

que ver conmigo.

CRESPO.— Por Dios,

señor, que no os alteréis;

que solo a una diligencia

vengo, con vuestra licencia,

aquí, y que solo os quedéis

importa.

A los soldados

ÁLVARO.— Salíos de aquí.

(Al ESCRIBANO y los otros)

CRESPO.— Salíos vosotros también.

(Al escribano)

Con esos soldados ten

gran cuidado.

ESCRIBANO.— Harélo así.

(Vanse [el ESCRIBANO, los soldados, y los labradores])

CRESPO.— Ya que yo, como justicia,

me valí de su respeto,

para obligaros a oírme,

la vara a esta parte dejo,

y como un hombre no más

deciros mis penas quiero.

Arrima la vara

Y puesto que estamos solos,

señor don Álvaro, hablemos

más claramente los dos

sin que tantos sentimientos

como tiene encerrados

en las cárceles del pecho

acierten a quebrantar

las prisiones del silencio.

Yo soy un hombre de bien;

que a escoger mi nacimiento,

no dejara, es Dios testigo,

un escrúpulo, un defecto

en mí, que suplir pudiera

la ambición de mi deseo.

Siempre acá entre mis iguales

me he tratado con respeto.

De mí hacen estimación

el cabildo y el concejo.

Tengo muy bastante hacienda,

porque no hay, gracias al cielo,

otro labrador más rico

en todos aquestos pueblos

de la comarca. Mi hija

se ha criado, a lo que pienso,

con la mejor opinión,

virtud y recogimiento

del mundo. Tal madre tuvo

—téngala Dios en el cielo—

...Bien pienso que bastará,

señor, para abono de esto,

el ser rico, y no haber quien

me murmure, ser modesto,

y no haber quien me baldone;

y mayormente viviendo

en un lugar corto, donde

otra falta no tenemos

más que decir unos de otros

las faltas y los defectos;

y pluguiera a Dios, señor,

que se quedara en saberlos.

Si es muy hermosa mi hija,

díganlo vuestros extremos,

aunque pudiera, al decirlos,

con mayores sentimientos

llorar. Señor, ya esto fue

mi desdicha. No apuremos

toda la ponzoña al vaso;

quédese algo al sufrimiento.

No hemos de dejar, señor,

salirse con todo al tiempo;

algo hemos de hacer nosotros

para encubrir sus defectos.

Este ya veis si es bien grande,

pues aunque encubrirle quiero,

no puedo; que sabe Dios,

que a poder estar secreto

y sepultado en mí mismo,

no viniera a lo que vengo;

que todo esto remitiera,

por no hablar, al sufrimiento.

Deseando pues remediar

agravio tan manifiesto,

buscar remedio a mi afrenta,

es venganza, no es remedio;

y vagando de uno en otro,

uno solamente advierto,

que a mí me está bien y a vos

no mal; y es, que desde luego

os toméis toda mi hacienda,

sin que para mi sustento

ni el de mi hijo, a quien yo

traeré a echar a los pies vuestros,

reserve un maravedí,

sino quedarnos pidiendo

limosna, cuando no haya

otro camino, otro medio

con que poder sustentarnos.

Y si queréis desde luego

poner una S y un clavo

hoy a los dos y vendernos,

será aquesta cantidad

más del dote que os ofrezco.

Restaurad una opinión

que habéis quitado. No creo,

que desluzcáis vuestro honor

porque los merecimientos,

que vuestros hijos, señor,

perdieren, por ser mis nietos,

ganarán con más ventaja,

señor, con ser hijos vuestros.

En Castilla, el refrán dice

que el caballo—y es lo cierto—

lleva la silla. Mirad,

Híncase de rodillas

que a vuestros pies os lo ruego

de rodillas y llorando

sobre estas canas que el pecho,

viendo nieve y agua, piensa,

que se me están derritiendo.

¿Qué os pido? Un honor os pido,

que me quitasteis vos mesmo;

y con ser mío, parece,

según os lo estoy pidiendo

con humildad, que no os pido

lo que es mío, sino vuestro.

Mirad, que puedo tomarle

por mis manos, y no quiero,

sino que vos me lo deis.

ÁLVARO.— (¡Ya me falta el sufrimiento!) Aparte

Viejo cansado y prolijo,

agradeced que no os doy

la muerte a mis manos hoy,

por vos y por vuestro hijo;

porque quiero que debáis

no andar con vos más cruel

a la beldad de Isabel.

Si vengar solicitáis

por armas vuestra opinión,

poco tengo que temer;

si por justicia ha de ser,

no tenéis jurisdicción.

CRESPO.— ¿Que en fin no os mueve mi llanto?

ÁLVARO.— Llantos no se han de creer

de viejo, niño y mujer.

CRESPO.— ¿Que no pueda dolor tanto

mereceros un consuelo?

ÁLVARO.— ¿Qué más consuelo queréis,

pues con la vida volvéis?

CRESPO.— Mirad que echado en el suelo

mi honor a voces os pido.

ÁLVARO.— ¡Qué enfado!

CRESPO.— Mirad que soy

alcalde en Zalamea hoy.

ÁLVARO.— Sobre mí no habéis tenido

jurisdicción. Es consejo

de guerra enviará por mí.

CRESPO.— ¿Es eso os resolvéis?

ÁLVARO.— Sí,

caduco y cansado viejo.

CRESPO.— ¿No hay remedio?

ÁLVARO.— El de callar

es el mejor para vos.

CRESPO.— ¿No otro?

ÁLVARO.— No.

CRESPO.— Pues, ¡juro a Dios,

[Levántase y] toma la vara

que me lo habéis de pagar!

¡Hola!

(Salen el ESCRIBANO y los villanos)

ESCRIBANO.— ¿Señor?

ÁLVARO.— ¿Qué querrán

estos villanos hacer?

ESCRIBANO.— ¿Qué es lo que manda?

CRESPO.— Prender

mando al señor capitán.

ÁLVARO.— ¡Buenos son vuestros extremos!

Con un hombre como yo,

en servicio del Rey, no

se puede hacer.

CRESPO.— Probaremos.

De aquí, si no es preso o muerto,

no saldréis.

ÁLVARO.— Yo os apercibo

que soy un capitán vivo.

CRESPO.— ¿Soy yo acaso alcalde tuerto?

Daos al instante a prisión.

ÁLVARO.— (No me puedo defender Aparte

fuerza es dejarme prender.)

Al Rey de esta sinrazón

me quejaré.

CRESPO.— Yo también

de esa otra; y aun bien que está

cerca de aquí, y nos oirá

a los dos. Dejar es bien

esa espada.

ÁLVARO.— No es razón,

que...

CRESPO.— ¿Cómo no, si vais preso?

ÁLVARO.— Tratad con respeto.

CRESPO.— Eso

está muy puesto en razón.

(Al ESCRIBANO)

Con respeto le llevad

a las casas en efeto

del concejo, y con respeto

un par de grillos le echad

y una cadena, y tened

con respeto gran cuidado,

que no hable a ningún soldado.

Y a todos también poned

en la cárcel, que es razón,

y aparte, porque después

con respeto a todos tres

les tomen la confesión.

(Aparte a don ÁLVARO)

Y aquí, para entre los dos

si hallo harto paño, en efeto

con muchísimo respeto

os he de ahorcar, ¡juro a Dios!

ÁLVARO.— ¡Ah, villanos con poder!

(Llévanle preso. Vanse. Salen REBOLLEDO, la CHISPA, el ESCRIBANO y CRESPO)

ESCRIBANO.— Este paje, este soldado,

son los que mi cuidado

solo ha podido prender;

que otro se puso en huida.

CRESPO.— Este el pícaro es que canta.

Con un paso de garganta

no ha de hacer otro en su vida.

REBOLLEDO.— ¿Pues qué delito es, señor,

el cantar?

CRESPO.— Que es virtud siento,

y tanto, que un instrumento

tengo en que cantéis mejor.

Resolveos a decir...

REBOLLEDO.— ¿Qué?

CRESPO.— ...cuanto anoche pasó...

REBOLLEDO.— Tu hija, mejor que yo

lo sabe.

CRESPO.— ...o has de morir.

CHISPA.— Rebolledo, determina

negarlo punto por punto;

serás, si niegas, asunto

para una jacarandina

que cantaré.

CRESPO.— ¿A vos, después,

quién otra os ha de cantar?

CHISPA.— A mí no me pueden dar

tormento.

CRESPO.— Sepamos, pues,

por qué.

CHISPA.— Esto es cosa asentada,

y que no hay ley que tal mande.

CRESPO.— ¿Qué causa tenéis?

CHISPA.— Bien grande.

CRESPO.— ¡Decid, cuál!

CHISPA.— Estoy preñada.

CRESPO.— (¿Hay cosa más grande? Aparte

Mas la cólera me inquieta.)

¿No sois paje de jineta?

CHISPA.— No, señor, sino de brida.

CRESPO.— Resolveos a decir

vuestros dichos.

CHISPA.— Sí, diremos

y aún más de los que sabemos;

que peor será morir.

CRESPO.— Eso excusará a los dos

del tormento.

CHISPA.— Si es así,

pues para cantar nací,

he de cantar, ¡vive Dios!

(Cantan)

"¡Tormento me quieren dar!"

REBOLLEDO.— "Y, ¿qué quieren darme a mí?"

CRESPO.— ¿Qué hacéis?

CHISPA.— Templar desde aquí

pues que vamos a cantar.

(Vanse. Sale JUAN)

JUAN.— Desde que al traidor herí

en el monte, desde que

riñendo con él, porque

llegaron tantos, volví

la espalda, el monte he corrido,

la espesura he penetrado,

y a mi hermana no he encontrado.

En efecto, me he atrevido

a venirme hasta el lugar

y entrar dentro de mi casa,

donde todo lo que pasa

a mi padre he de contar.

Veré lo que me aconseja

que haga, cielos, en favor

de mi vida y de mi honor.

(Salen ISABEL e INÉS)

INÉS.— Tanto sentimiento deja;

que vivir tan afligida,

no es vivir, matarte es.

ISABEL.— Pues, ¿quién te ha dicho, ¡ay Inés!,

que no aborrezco la vida?

JUAN.— Diré a mi padre... ¡ay de mí!

¿No es esta Isabel? Es llano,

pues, ¿qué espero?

(Saca la daga)

INÉS.— ¡Primo!

ISABEL.— ¡Hermano!

¿Qué intentas?

JUAN.— Vengar así

la ocasión en que hoy has puesto

mi vida y mi honor.

ISABEL.— ¡Advierte!...

JUAN.— Tengo de darte la muerte,

¡viven los cielos!

(Sale Pedro CRESPO [con la vara])

CRESPO.— ¿Qué es esto?

JUAN.— Es satisfacer, señor,

una injuria, y es vengar

una ofensa, y castigar...

CRESPO.— Basta, basta; que es error

que os atreváis a venir...

JUAN.— (¿Qué es lo que mirando estoy?) Aparte

CRESPO.— ...delante así de mí hoy,

acabando ahora de herir

en el monte un capitán.

JUAN.— Señor, si le hice esa ofensa,

que fue en honrada defensa

de tu honor.

CRESPO.— ¡Ea, basta, Juan!

¡Hola!

(Salen los labradores)

¡Llevadle también

preso!

JUAN.— ¿A tu hijo, señor,

tratas con tanto rigor?

CRESPO.— Y aun a mi padre también

con tal rigor le tratara.

(Esto es asegurar Aparte

su vida, y han de pensar

que es la justicia más rara

del mundo.)

JUAN.— Escucha por qué.

Habiendo un traidor herido,

a mi hermana he pretendido

matar también...

CRESPO.— Ya lo sé.

Pero no basta saberlo

yo como yo, que ha de ser

como alcalde, y he de hacer

información sobre ello;

y hasta que conste, qué culpa

te resulta del proceso,

tengo de tenerte preso.

(Yo le hallaré la disculpa.) Aparte

JUAN.— Nadie entender solicita

tu fin, pues sin honra ya

prendes a quien te la da,

guardando a quien te la quita.

(Llevan preso [a JUAN])

CRESPO.— Isabel, entra a firmar

esta querella que has dado

contra aquel que te ha injuriado.

ISABEL.— ¿Tú, que quisiste ocultar

nuestra ofensa, eres ahora

quien más trata publicarla?

Pues no consigues vengarla,

consigue el callarla ahora.

CRESPO.— Que ya que, como quisiera

me quita esta obligación,

satisfacer mi opinión

ha de ser de esta manera.

(Vase [ISABEL])

Inés, pon ahí esa vara;

pues que por bien no ha querido

ver el caso concluido,

querrá por mal.

(Dentro)

LOPE.— ¡Para, para!

CRESPO.— ¿Qué es aquesto? ¿Quién,

quién hoy

se apea en mi casa así?

Pero, ¿quién se ha entrado aquí?

(Sale don LOPE)

LOPE.— ¡Oh, Pedro Crespo! Yo soy,

que volviendo a este lugar

de la mitad del camino

donde me trae —imagino—

un grandísimo pesar,

no era bien ir a apearme

a otra parte, siendo vos

tan mi amigo.

CRESPO.— ¡Guárdeos Dios!

Que siempre tratáis de honrarme.

LOPE.— Vuestro hijo no ha parecido

por allá.

CRESPO.— Preso sabréis

la ocasión. La que tenéis,

señor, de haberos venido,

me haced merced de contar;

que venís mortal, señor.

LOPE.— La desvergüenza es mayor

que se puede imaginar.

Es el mayor desatino

que hombre ninguno intentó.

Un soldado me alcanzó

y me dijo en el camino...

¡Que estoy perdido, os confieso,

de cólera!...

CRESPO.— Proseguid.

LOPE.— ...que un alcaldillo de aquí

al capitán tiene preso;

y, ¡voto a Dios!, no he sentido

en toda aquesta jornada

esta pierna excomulgada

si no es hoy, que me ha impedido

el haber antes llegado

donde el castigo le dé.

¡Voto a Jesucristo, que

al grande desvergonzado

a palos le he de matar!

CRESPO.— Pues habéis venido en balde;

porque pienso que el alcalde

no se los dejará dar.

LOPE.— Pues dárselos sin que deje

dárselos.

CRESPO.— Malo lo veo;

ni que haya en el mundo creo

quien tan mal os aconseje.

¿Sabéis por qué le prendió?

LOPE.— No; mas sea lo que fuere

justicia la parte espere

de mí; que también sé yo

degollar si es necesario.

CRESPO.— Vos no debéis de alcanzar,

señor, lo que en un lugar

es un alcalde ordinario.

LOPE.— ¿Será más de un villanote?

CRESPO.— Un villanote será

que, si cabezudo da,

en que ha de darle garrote,

¡par Dios!, se salga con ello.

LOPE.— No se saldrá tal, ¡par Dios!,

y si por ventura vos,

si sale o no, queréis verlo,

decidme dó vive o no.

CRESPO.— Bien cerca vive de aquí.

LOPE.— Pues a decirme venid

quién es el alcalde.

CRESPO.— Yo.

LOPE.— ¡Voto a Dios, que lo sospecho!

CRESPO.— ¡Voto a Dios, como os lo he dicho!

LOPE.— Pues, Crespo, lo dicho dicho.

CRESPO.— Pues, señor, lo hecho hecho.

LOPE.— Yo por el preso he venido

y a castigar este exceso.

CRESPO.— Pues yo acá le tengo preso

por lo que acá ha sucedido.

LOPE.— ¿Vos sabéis que a servir pasa

al Rey, y soy su juez yo?

CRESPO.— ¿Vos sabéis que me robó

a mi hija de mi casa?

LOPE.— ¿Vos sabéis que mi valor

dueño de esta causa ha sido?

CRESPO.— ¿Vos sabéis cómo atrevido

robó en un monte mi honor?

LOPE.— ¿Vos sabéis cuánto os prefiere

el cargo que he gobernado?

CRESPO.— ¿Vos sabéis que le he rogado

con la paz y no la quiere?

LOPE.— Que os entráis no es bien, se arguya,

en otra jurisdicción.

CRESPO.— Él se me entró en mi opinión

sin ser jurisdicción suya.

LOPE.— Yo os sabré satisfacer

obligándome a la paga.

CRESPO.— Jamás pedí a nadie que haga

lo que yo me pueda hacer.

LOPE.— Yo me he de llevar el preso;

ya estoy en ello empeñado.

CRESPO.— Yo por acá he sustanciado

el proceso.

LOPE.— ¿Qué es proceso?

CRESPO.— Unos pliegos de papel,

que voy juntando, en razón

de hacer la averiguación

de la causa.

LOPE.— Iré por él

a la cárcel.

CRESPO.— No embarazo

que vais, solo se repare

que hay orden que al que llegare

le den un arcabuzazo.

LOPE.— Como a esas balas estoy

enseñado yo a esperar...

(Mas no se ha de aventurar Aparte

nada en la acción de hoy.)

¡Hola, soldado!

(Sale un SOLDADO)

Id volando,

y a todas las compañías

que alojadas estos días

han estado y van marchando

decid que bien ordenadas

lleguen aquí en escuadrones,

con balas en los cañones

y con las cuerdas caladas.

SOLDADO 1.— No fue menester llamar

la gente; que habiendo oído

aquesto que ha sucedido

se ha entrado en el lugar.

LOPE.— Pues, ¡voto a Dios!, que he de ver

si me dan el preso o no.

CRESPO.— Pues, ¡voto a Dios!, que antes yo

haré lo que se ha de hacer!

(Éntrase. Tocan cajas y dicen dentro)

LOPE.— Esta es la cárcel, soldados,

adonde está el capitán.

Si no os le dan al momento,

poned fuego y la abrasad.

Y si se pone en defensa

el lugar, todo el lugar.

ESCRIBANO.— Ya, aunque rompan la cárcel,

no le darán libertad.

LOPE.— ¡Mueran aquestos villanos!

CRESPO.— ¿Que mueran? Pues, ¿qué? ¿No hay

más?

LOPE.— Socorro les ha venido.

¡Romped la cárcel, llegad,

romped la puerta!

(Salen el REY, don LOPE y los soldados, Pedro CRESPO, y los villanos. Todos se descubren)

REY.— ¿Qué es esto?

Pues, ¿de esta manera estáis

viniendo yo?

LOPE.— Esta es, señor,

la mayor temeridad

de un villano, que vio el mundo.

Y, ¡vive Dios!, que a no entrar

en el lugar tan aprisa,

señor, Vuestra Majestad,

que había de hallar luminarias

puestas por todo el lugar.

REY.— ¿Qué ha sucedido?

LOPE.— Un alcalde

ha prendido un capitán

y viniendo yo por él

no le quieren entregar.

REY.— ¿Quién es el alcalde?

CRESPO.— Yo.

REY.— ¿Y qué disculpas me dais?

CRESPO.— Este proceso, en que bien

probado el delito está,

digno de muerte por ser

una doncella robar,

forzarla en un despoblado

y no quererse casar

con ella, habiendo su padre

rogádole con la paz.

LOPE.— Este es el alcalde, y es

su padre.

CRESPO.— No importa en tal

caso; porque, si un extraño

se viniera a querellar,

¿no había de hacer justicia?

Sí. ¿Pues qué más se me da

hacer por mi hija lo mismo

que hiciera por los demás?

Fuera de que, como he preso

un hijo mío, es verdad

que no escuchara a mi hija,

pues era la sangre igual.

Mírese, si está bien hecha

la causa; miren, si hay

quien diga que yo haya hecho

en ella alguna maldad,

si he inducido algún testigo,

si está algo escrito demás

de lo que he dicho, y entonces

me den muerte.

REY.— Bien está

sustanciado. Pero vos

no tenéis autoridad

de ejecutar la sentencia

que toca a otro tribunal.

Allá hay justicia, y así

remitid al preso.

CRESPO.— Mal

podré, señor, remitirle;

porque, como por acá

no hay más que sola una audiencia,

cualquier sentencia que hay

la ejecuta ella; y así

esta ejecutada está.

REY.— ¿Qué decís?

CRESPO.— Si no creéis

que es esto, señor, verdad,

volved los ojos y vedlo.

Aqueste es el capitán.

Aparece dado garrote en una silla don

(ÁLVARO)

REY.— Pues, ¿cómo así os atrevisteis?

CRESPO.— Vos habéis dicho que está

bien dada aquesta sentencia,

luego esto no está hecho mal.

REY.— ¿El consejo no supiera

la sentencia ejecutar?

CRESPO.— Toda la justicia vuestra

es solo un cuerpo no más;

si este tiene muchas manos,

decid, ¿qué más se me da

matar con aquesta un hombre

que esta otra había de matar?

¿Y qué importa errar lo menos

quien acertó lo demás?

REY.— Pues ya que aquesto sea así,

¿por qué, como a capitán

y caballero, no hicisteis

degollarle?

CRESPO.— ¿Eso dudáis?

Señor, como los hidalgos

viven tan bien por acá,

el verdugo que tenemos

no ha aprendido a degollar;

y esa es querella del muerto,

que toca a su autoridad,

y hasta que él mismo se queje,

no les toca a los demás.

REY.— Don Lope, aquesto ya es hecho,

bien dada la muerte está;

no importa errar lo menos

quien acertó lo demás.

Aquí no quede soldado

alguno, y haced marchar

con brevedad; que me importa

llegar presto a Portugal.

([A CRESPO])

Vos, por alcalde perpetuo

de aquesta villa os quedad.

CRESPO.— Solo vos a la justicia

tanto supierais honrar.

(Vanse el REY [y su acompañamiento, soldados, y labradores])

LOPE.— Agradeced al buen tiempo

que llegó Su Majestad.

CRESPO.— ¡Par Dios!, aunque no llegara

no tenía remedio ya.

LOPE.— ¿No fuera mejor hablarme,

dando el preso y remediar

el honor de vuestra hija?

CRESPO.— Un convento tiene ya

elegido y tiene esposo

que no mira en calidad.

LOPE.— Pues dadme los demás presos.

CRESPO.— Al momento los sacad.

(Salen REBOLLEDO y la CHISPA)

LOPE.— Vuestro hijo falta; porque

siendo mi soldado ya,

no ha de quedar preso.

CRESPO.— Quiero

también, señor, castigar

el desacato que tuvo

de herir a su capitán;

que, aunque es verdad que su honor

a esto le pudo obligar,

de otra manera pudiera.

LOPE.— Pero Crespo... ¡bien está!

Llamadle.

(Sale JUAN)

CRESPO.— Ya él está aquí.

JUAN.— Las plantas, señor, me dad;

que a ser vuestro esclavo iré.

REBOLLEDO.— Yo no pienso ya cantar

en mi vida.

CHISPA.— Pues, yo sí,

cuantas veces a mirar

llegue al pasado instrumento.

CRESPO.— Con que fin el autor da

a esta historia verdadera.

Los defectos perdonad.

(FIN DE LA COMEDIA)

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