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Diálogo 3De la constancia del sabio

De la vida feliz y otros diálogos · Séneca · 40 min de lectura

Capítulo1La firmeza de los estoicos

[1] No me equivocaría si dijera, Sereno, que entre los estoicos y los demás que profesan la sabiduría hay tanta diferencia como entre mujeres y hombres, puesto que ambos grupos aportan lo mismo a la vida en común, pero una parte nace para obedecer, la otra para mandar. Los demás sabios actúan con blandura y suavidad, como suelen hacer los médicos domésticos y familiares con los cuerpos enfermos: no los curan por el camino mejor y más rápido, sino por el que les está permitido; los estoicos, en cambio, han emprendido un camino varonil, y no se preocupan de que parezca agradable a quienes lo inician, sino de arrancarnos cuanto antes de aquí y conducirnos a aquella cumbre elevada que se alza tan lejos del alcance de cualquier proyectil que sobresale por encima de la fortuna. [2] — Pero los lugares por donde nos llaman son arduos y escarpados. — ¿Y qué? ¿Acaso se llega a lo alto por terreno llano? Pero tampoco son tan abruptos como algunos piensan. Solo la primera parte tiene rocas y peñascos y apariencia de inaccesible, como la mayoría de las cosas suelen parecer cortadas a pico y compactas a quienes las observan de lejos, ya que la distancia engaña la vista, pero luego, cuando te acercas más, esas mismas cosas que el error de los ojos había amontonado en un solo bloque se van desplegando poco a poco, y entonces aquello que desde la distancia parecía precipicios recupera una pendiente suave.

Capítulo2La invulnerabilidad del sabio Catón

[1] Hace poco, cuando surgió la mención de Marco Catón, te indignabas, como eres incapaz de tolerar la injusticia, de que su época no hubiera comprendido bien a Catón, de que lo hubiera colocado por debajo de los Vatinios cuando se elevaba por encima de los Pompeyos y los Césares, y te parecía indigno que le hubieran arrancado la toga en el foro cuando iba a oponerse a una ley y que, arrastrado desde los Rostros hasta el Arco de Fabiano por las manos de una facción sediciosa, hubiera soportado voces injuriosas y salivazos y todos los demás ultrajes de una multitud enloquecida. [2] Entonces yo respondí que tenías motivos para conmoverte por la república, que Publio Clodio por un lado y Vatinio y toda la peor gente por otro vendían, y que, arrastrados por una codicia ciega, no entendían que, mientras vendían, también se vendían ellos mismos; pero respecto al propio Catón te ordené estar tranquilo: ningún sabio puede recibir ni injuria ni ultraje, y los dioses inmortales nos dieron a Catón como modelo más seguro del hombre sabio que a Ulises y Hércules en las épocas anteriores. A estos, en efecto, nuestros estoicos los declararon sabios, invencibles ante los trabajos, despreciadores del placer y vencedores de todos los temores. [3] Catón no luchó con fieras, cosa propia de cazadores y campesinos, ni persiguió monstruos con fuego y hierro, ni vivió en una época en que pudiera creerse que el cielo se apoyaba sobre los hombros de un solo hombre, desechada ya la antigua credulidad y llevado el siglo al máximo refinamiento. Enfrentado a la ambición, mal multiforme, y al deseo desmedido de poder, que el orbe entero dividido en tres no podía saciar, se mantuvo solo contra los vicios de una ciudad que degeneraba y se hundía bajo su propio peso, y sostuvo la república que caía, en la medida en que podía retenerse con una sola mano, hasta que, arrastrado, se entregó como compañero de la ruina que durante mucho tiempo había sostenido, y se extinguieron a la vez cosas que era sacrílego separar: pues ni Catón vivió después de la libertad, ni la libertad después de Catón. [4] ¿Crees tú que a este pudo hacerle injuria el pueblo porque le quitó la pretura o la toga, porque roció aquella cabeza sagrada con inmundicias de la boca? El sabio está protegido, y no puede ser afectado ni por injuria ni por ultraje.

Capítulo3El sabio es invulnerable a la injuria

[1] Me parece estar viendo tu ánimo encendido y ardiente. Te dispones a exclamar: «Estas son las cosas que quitan autoridad a vuestras enseñanzas: prometéis cosas grandiosas que ni siquiera pueden desearse, y mucho menos creerse; luego, después de haber hablado de grandezas, cuando habéis negado que el sabio sea pobre, no negáis que suele faltarle esclavo, techo y alimento; cuando habéis negado que el sabio enloquezca, no negáis que pierde la razón y pronuncia palabras insensatas y se atreve a hacer todo lo que la violencia de una enfermedad le obliga; cuando habéis negado que el sabio sea esclavo, sin embargo no negáis que va a ser vendido, que cumplirá órdenes y que prestará a su dueño los servicios propios de un esclavo. Así, después de alzar orgullosamente la ceja, descendéis a lo mismo que los demás, cambiando solo los nombres de las cosas. [2] Sospecho, pues, que ocurre algo parecido también con esto que a primera vista es hermoso y magnífico: que el sabio no recibirá injuria ni ultraje. Pero hay gran diferencia entre situar al sabio fuera de la indignación o fuera de la injuria. Porque si dices que lo soportará con ánimo sereno, no tiene ningún privilegio: le ha tocado algo común que se aprende precisamente con la repetición constante de las injurias, la paciencia. Si niegas que recibirá injuria, es decir que nadie intentará hacérsela, abandono todos mis asuntos y me hago estoico». [3] Yo, en verdad, he decidido no adornar al sabio con un honor imaginario de palabras, sino colocarlo en un lugar donde no se permita ninguna injuria. ¿Qué, entonces? ¿No habrá nadie que lo provoque, que lo intente? Nada hay en la naturaleza tan sagrado que no encuentre un sacrilegio. Pero no por eso las cosas divinas están menos en lo alto, aunque existan quienes, sin callarse, ambicionen una grandeza situada muy por encima de ellos. Invulnerable no es lo que no es golpeado, sino lo que no es dañado: a partir de esta señal te mostraré al sabio. [4] ¿Acaso hay duda de que es más segura la fortaleza que no es vencida que la que no es atacada, ya que son dudosas las fuerzas no probadas, mientras que con razón se considera firmeza muy cierta la que rechaza todos los ataques? Así debes saber que el sabio es de mejor naturaleza si ninguna injuria le daña que si no se le hace ninguna. Y llamaré hombre valiente a aquel a quien las guerras no doblegan ni lo aterroriza la fuerza enemiga que se le acerca, no a aquel que disfruta de un tranquilo ocio entre pueblos perezosos. [5] Así pues, digo esto: el sabio no está expuesto a ninguna injuria. Por tanto, no importa cuántas armas se lancen contra él, puesto que no es penetrable por ninguna. Así como la dureza de ciertas piedras es inexpugnable al hierro y el diamante no puede ser cortado ni golpeado ni desgastado, sino que embota los instrumentos que lo atacan; como ciertas cosas no pueden ser consumidas por el fuego, sino que, rodeadas por la llama, conservan su solidez y su forma; como ciertos escollos lanzados en alta mar quiebran el mar y ellos mismos no muestran ninguna huella de su furia aunque hayan sido golpeados durante tantos siglos, así el ánimo del sabio es sólido y ha acumulado tal fortaleza que está tan protegido de la injuria como aquellas cosas que he mencionado.

Capítulo4La injuria no alcanza al sabio

[1] ¿Entonces qué? ¿No habrá nadie que intente hacerle una injuria al sabio? Lo intentará, pero no llegará hasta él: pues se encuentra separado del contacto con los inferiores por una distancia tan grande que ninguna fuerza dañina puede hacer llegar su poder hasta él. Incluso cuando los poderosos, elevados por su autoridad y fuertes por el consentimiento de quienes los sirven, pretendan hacerle daño, todos sus ataques quedarán tan lejos del sabio como los proyectiles que se disparan hacia lo alto con arco o catapulta: aunque salten fuera de la vista, se curvan antes de llegar al cielo. [2] ¿Qué? ¿Acaso crees que cuando aquel estúpido rey oscureció el día con la multitud de sus flechas, alguna de ellas cayó sobre el sol, o que echando cadenas a las profundidades se pudo alcanzar a Neptuno? Como lo celeste escapa a las manos humanas y quienes destruyen templos y funden estatuas no dañan en nada a la divinidad, así todo lo que se hace contra el sabio de manera insolente, descarada o soberbia se intenta en vano. [3] Pero sería mejor que no existiera nadie que quisiera hacerlo. Deseas algo difícil para el género humano: la inocencia; y que no ocurra interesa a quienes van a cometerlo, no a aquel que puede sufrirlo, ni siquiera si ocurriera. Es más, no sé si la sabiduría muestra mejor su fuerza con la tranquilidad entre las provocaciones, igual que la mayor prueba del poder de un general que cuenta con armas y hombres es la seguridad sin riesgos en tierra enemiga.

Capítulo5Injuria y afrenta al sabio

[1] Separemos, Sereno, si te parece bien, la injuria de la afrenta. La primera es por naturaleza más grave, la segunda más leve y solo penosa para los delicados, pues con ella los hombres no resultan dañados, sino ofendidos. Sin embargo, es tan grande la debilidad y vanidad de los ánimos que algunos piensan que no hay nada más doloroso. Así encontrarás a un esclavo que prefiere ser azotado con látigos antes que con bofetadas, y que considera más tolerables la muerte y los golpes que las palabras insultantes. [2] Hemos llegado a tal necedad que nos atormentamos no solo con el dolor, sino con la idea del dolor, al modo de los niños, a quienes les da miedo la sombra y la fealdad de las máscaras y las caras deformes, mientras que les provocan lágrimas los nombres que suenan mal a sus oídos y los movimientos de los dedos y otras cosas que rechazan por un impulso de error irreflexivo. [3] La injuria tiene este propósito: causar a alguien un mal. Pero la sabiduría no deja lugar al mal, pues para ella el único mal es la deshonra, que no puede penetrar allí donde ya están la virtud y lo honesto. Por tanto, si no hay injuria sin mal, ningún mal existe excepto lo deshonroso, y lo deshonroso no puede llegar a quien está ocupado por lo honesto, la injuria no llega al sabio. Pues si la injuria consiste en sufrir algún mal, y el sabio no sufre ningún mal, ninguna injuria afecta al sabio. [4] Toda injuria es una disminución de aquel sobre quien recae, y nadie puede recibir una injuria sin sufrir alguna pérdida de su dignidad, de su cuerpo o de las cosas situadas fuera de nosotros. Pero el sabio no puede perder nada: ha depositado todo en sí mismo, nada ha confiado a la fortuna, sus bienes los tiene en lugar seguro, contentándose con la virtud, que no necesita de lo fortuito y por tanto no puede crecer ni disminuir (pues las cosas que han llegado a su punto más alto no tienen lugar para el aumento, y la fortuna no arrebata nada excepto lo que dio; pero la virtud no la da, por eso tampoco la quita: es libre, inviolable, inmóvil, inconmovible, tan endurecida frente a los azares que ni siquiera puede ser inclinada, y mucho menos vencida; ante los espectáculos terribles mantiene la mirada firme; no cambia nada en su expresión, ya se le muestren adversidades o prosperidades). [5] Así pues, no perderá nada cuya pérdida vaya a sentir; pues está en posesión únicamente de la virtud, de la cual nunca puede ser despojado. De lo demás disfruta precariamente: pero ¿a quién le afecta la pérdida de lo ajeno? Por tanto, si la injuria no puede dañar nada de lo que es propio del sabio, porque estando a salvo la virtud, están a salvo sus bienes, no puede hacerse injuria al sabio. [6] Demetrio había conquistado Megara, de sobrenombre Poliorcetes. Interrogado por este, el filósofo Estilpón le respondió si había perdido algo: «Nada —dijo—, todo lo mío lo llevo conmigo». Y sin embargo su patrimonio había caído en el botín, el enemigo había raptado a sus hijas, y la patria había pasado a dominio ajeno, y el propio rey, rodeado de las armas del ejército vencedor, le preguntaba desde lo alto. [7] Pero él le arrebató la victoria y dio testimonio de que, aunque la ciudad había sido tomada, él estaba no solo invicto, sino ileso. Tenía consigo los bienes verdaderos, sobre los que no se puede echar mano. Pero lo que se veía dispersado y saqueado no lo consideraba suyo, sino adventicio y sujeto al capricho de la fortuna; por eso no lo había amado como propio. Pues la posesión de todo lo que nos llega desde fuera es resbaladiza e incierta.

Capítulo6Nada puede arrebatar al sabio

[1] Piensa ahora si a este hombre puede hacerle alguna injuria un ladrón o un calumniador o un vecino violento o algún rico que ejerce su tiranía sobre una vejez sin hijos, cuando ni la guerra ni el enemigo ni aquel que profesó el arte insigne de destruir ciudades pudieron arrebatarle nada. [2] Entre espadas que brillaban por todas partes y el tumulto militar en el saqueo, entre las llamas y la sangre y la destrucción de una ciudad arrasada, entre el estrépito de los templos que caían sobre sus propios dioses, un solo hombre tuvo paz. No tienes por qué considerar atrevida mi promesa: si no me tienes suficiente confianza, te daré un garante. Pues difícilmente crees que quepa tanta firmeza en un hombre o tanta grandeza de ánimo. Pero si sale a escena alguien que diga: [3] «No tienes por qué dudar de que el hombre nacido pueda elevarse por encima de lo humano, de que pueda contemplar sereno los dolores, las pérdidas, las ulceraciones, las heridas, los grandes trastornos de las cosas que rugen a su alrededor, y soportar con calma las adversidades y con moderación las prosperidades, sin ceder ante aquellas ni confiarse a estas, siendo uno y el mismo en medio de circunstancias opuestas, sin considerar suyo nada más que a sí mismo. [4] Aquí estoy yo para demostraros esto: bajo aquel destructor de tantas ciudades las fortificaciones se tambalean por el embate del ariete, la altura de las torres se desploma de repente por los túneles y las fosas ocultas, crece el terraplén que ha de igualar las más elevadas fortalezas, pero no puede encontrarse máquina alguna que conmueva un ánimo bien cimentado. [5] Acabo de escapar de entre las ruinas de mi casa y, resplandeciendo los incendios por todas partes, he huido de las llamas atravesando la sangre; qué suerte han corrido mis hijas, si es peor que la de todos, lo ignoro; solo y anciano y viendo hostilidad a mi alrededor en todo, sin embargo declaro que mi patrimonio está íntegro e incólume: poseo, tengo cuanto de mí tuve. [6] No creas que yo he sido vencido y tú vencedor: tu fortuna ha vencido a mi fortuna. Esas cosas perecederas y que cambian de dueño, no sé dónde están; en cuanto a lo que me pertenece, está conmigo, estará conmigo. [7] Perdieron esos ricos sus patrimonios, los lujuriosos sus amores y las prostitutas queridas a costa de gran dispendio de pudor, los ambiciosos la curia y el foro y los lugares destinados a ejercer públicamente sus vicios; los usureros perdieron sus registros, con los que la avaricia, falsamente alegre, imagina riquezas: yo, en verdad, tengo todo íntegro e intacto. Así que pregúntales a esos que lloran, que se lamentan, que oponen sus cuerpos desnudos ante espadas desenvainadas en defensa de su dinero, que huyen del enemigo con el regazo cargado». [8] Así pues, ten presente esto, Sereno: aquel hombre perfecto, lleno de virtudes humanas y divinas, nada puede perder. Sus bienes están rodeados de fortificaciones sólidas e insuperables. No compararás con ellas las murallas babilónicas que Alejandro atravesó; ni las murallas de Cartago o de Numancia, capturadas por una sola tropa; ni el Capitolio o la ciudadela, que llevan huella enemiga. Aquellas fortificaciones que protegen al sabio están a salvo del fuego y del ataque, no ofrecen entrada alguna, son elevadas, inexpugnables, iguales a los dioses.

Capítulo7La injusticia no alcanza al sabio

[1] No tienes por qué decir, como sueles, que este sabio nuestro no se encuentra en ninguna parte. No estamos inventando un vano ornato del ingenio humano ni concibiendo la imagen grandiosa de algo falso, sino que hemos presentado tal como lo describimos, y lo presentaremos, quizá raramente y con grandes intervalos de tiempo uno solo (pues las cosas grandes y que sobrepasan la medida habitual y común no se producen con frecuencia); por lo demás, este mismo Marco Catón, de cuya mención partió esta discusión, me temo que esté por encima de nuestro modelo. [2] En definitiva, debe ser más fuerte lo que daña que aquello que es dañado. Pero la maldad no es más fuerte que la virtud: por tanto, el sabio no puede ser dañado. La injusticia no la intentan contra los buenos sino los malos: entre los buenos hay paz. Pues si no puede ser dañado sino el más débil, y el malo es más débil que el bueno, y la injusticia no ha de ser temida por los buenos sino de parte de quien es diferente, la injusticia no recae sobre el hombre sabio. Esto, en efecto, ya no necesitas que se te recuerde: que nadie es bueno sino el sabio. [3] «Si Sócrates fue condenado injustamente, dice, recibió una injusticia». En este punto debemos entender que puede suceder que alguien me haga una injusticia y yo no la reciba: igual que si alguien pone en mi casa algo que robó de mi finca, él cometió un hurto, pero yo no perdí nada. [4] Alguien puede hacerse culpable aunque no haya hecho daño. Si alguien se acuesta con su propia esposa como si fuera ajena, será adúltero, aunque ella no sea adúltera. Alguien me dio veneno, pero al mezclarlo con la comida perdió su eficacia: él, al dar el veneno, se hizo reo de un crimen, aunque no hizo daño. No es menos ladrón aquel cuyo golpe fue esquivado por la ropa interpuesta. Todos los crímenes, incluso antes de la consumación del acto, están completos en cuanto a culpa. [5] Hay ciertas cosas de tal condición y están enlazadas de tal modo que una puede existir sin la otra, pero la otra no puede existir sin la una. Lo que digo intentaré hacerlo evidente. Puedo mover los pies sin correr; no puedo correr sin mover los pies. Puedo, aunque esté en el agua, no nadar; si nado, no puedo no estar en el agua. [6] De este tipo es también aquello de lo que se trata: si recibí una injusticia, es necesario que haya sido cometida; si fue cometida, no es necesario que yo la haya recibido. Pues pueden ocurrir muchas cosas que aparten la injusticia: así como algún azar puede desviar una mano amenazante y desviar los proyectiles lanzados, así alguna circunstancia puede rechazar las injusticias, cualesquiera que sean, e interceptarlas en medio, de modo que sean cometidas pero no recibidas.

Capítulo8El sabio es invulnerable a la injusticia

[1] Además, la justicia no puede sufrir nada injusto porque los contrarios no se combinan; ahora bien, la injuria no puede producirse sino injustamente: por tanto, no puede hacerse injuria al sabio. Y no hay por qué sorprenderse de que nadie pueda hacerle una injuria: ni siquiera puede nadie hacerle un bien. Al sabio no le falta nada que pueda recibir como regalo, y el malvado no puede otorgar nada digno del sabio: pues debe tener primero para poder dar; pero no tiene nada que el sabio fuera a alegrarse de que se le transfiriera. [2] No puede, pues, nadie dañar al sabio ni favorecerlo, puesto que los seres divinos ni desean ser ayudados ni pueden ser dañados, y el sabio se sitúa vecino y próximo a los dioses, semejante a un dios salvo por la mortalidad. Esforzándose y dirigiéndose hacia aquellas cosas elevadas, ordenadas, intrépidas, que fluyen con curso regular y armonioso, seguras, benévolas, nacidas para el bien común, saludables tanto para sí como para los demás, no ambicionará nada mezquino, nada lamentará. [3] Quien, apoyado en la razón, avanza con ánimo divino a través de los azares humanos, no tiene dónde recibir injuria: ¿piensas que solo hablo del hombre? Ni siquiera de la fortuna, que siempre que se ha enfrentado con la virtud nunca se ha retirado en igualdad de condiciones. Si aceptamos con ánimo sereno y tranquilo aquello supremo más allá de lo cual las leyes airadas y los tiranos más crueles no tienen nada que amenazar, en lo cual la fortuna agota su dominio, y sabemos que la muerte no es un mal, por eso tampoco es injuria, mucho más fácilmente soportaremos lo demás: las pérdidas y los dolores, las deshonras, los cambios de lugar, las orfandades, las separaciones, que al sabio, aunque lo rodeen todas a la vez, no lo hunden, y menos aún para que se aflija por los golpes individuales. Y si soporta con moderación las injurias de la fortuna, ¡cuánto más las de los hombres poderosos, a quienes sabe que son manos de la fortuna!

Capítulo9La invulnerabilidad del sabio ante la injusticia

[1] Por tanto, el sabio soporta todas las cosas igual que soporta el rigor del invierno y la inclemencia del clima, que los ardores febriles y las enfermedades y demás accidentes fortuitos, y no juzga a nadie tan favorablemente como para pensar que haya hecho algo con verdadero propósito, algo que solo existe en el sabio. En todos los demás no hay propósitos, sino engaños e intrigas y movimientos desordenados del ánimo, que el sabio cuenta entre los azares. Ahora bien, todo lo fortuito se ensaña contra nosotros, y la injusticia también. [2] Piensa además esto: que la materia de las injusticias se extiende más ampliamente en aquellas cosas mediante las cuales se nos procura peligro, como cuando se manda a un acusador en secreto o se presenta una falsa acusación, o se irritan contra nosotros los odios de los poderosos, y otras cosas semejantes que son latrocinios entre gente togada. También es frecuente aquella injusticia que se produce si a alguien se le arranca un beneficio o un premio largamente perseguido, si una herencia conseguida con gran esfuerzo le es arrebatada y si se le quita el favor de una casa lucrativa. De todo esto escapa el sabio, que no sabe vivir ni en la esperanza ni en el temor. [3] Añade ahora que nadie recibe una injusticia con ánimo inmutable, sino que se perturba ante la sensación de ella; pero carece de perturbación el hombre que ha sido arrancado de los errores, dueño de sí mismo, de profunda serenidad y paz. Porque si la injusticia lo toca, lo conmueve y lo impulsa; pero el sabio carece de ira, que es la que despierta la apariencia de la injustria, y no carecería de ira si no careciera también de la injusticia, de la que sabe que no puede hacérsele. De ahí que esté tan erguido y alegre, de ahí que esté exaltado por un gozo continuo. Y tan lejos está de contraerse ante las ofensas de las cosas y de los hombres, que la propia injusticia le resulta útil, mediante la cual hace prueba de sí mismo y pone a prueba su virtud. [4] Favorezcamos, os lo ruego, este propósito y asistamos con ánimos y oídos equitativos, mientras el sabio queda exceptuado de la injusticia. Y no por ello se quita nada a vuestra petulancia o a vuestras avidísimas codicias o a vuestra ciega temeridad y soberbia: a salvo vuestros vicios, se busca esta libertad para el sabio. No actuamos para que a vosotros no os esté permitido cometer injusticia, sino para que él deje pasar todas las injusticias sin venganza y se defienda con la paciencia y la grandeza de ánimo. [5] Así en los certámenes sagrados muchos vencieron fatigando con obstinada paciencia las manos de quienes los golpeaban: considera que el sabio es de este tipo, de aquellos que con un ejercicio largo y fiel han conseguido la fuerza de soportar y cansar toda fuerza enemiga.

Capítulo10Desaires y afrentas menores

[1] Puesto que hemos recorrido la primera parte, pasemos a la segunda, en la que refutaremos la afrenta con argumentos en parte propios y en parte comunes a la mayoría. Existe una ofensa menor, de la que podemos más bien quejarnos que castigarla, que incluso las leyes han considerado indigna de castigo alguno. [2] Este sentimiento lo provoca la mezquindad de un ánimo que se encoge por un dicho o un hecho deshonroso: «Hoy aquel no me recibió, cuando recibía a otros», y: «Rechazó con soberbia mi conversación o se burló abiertamente», y: «No me colocó en el lecho del medio, sino en el de abajo», y otras cosas de este estilo, ¿qué voy a llamarlas sino quejas de un ánimo caprichoso? En ellas suelen caer sobre todo los delicados y los afortunados; pues no tiene tiempo de fijarse en esto quien le acosan males peores. [3] Por demasiado ocio, las naturalezas débiles y mujeriles, que se dan a la frivolidad por falta de una verdadera ofensa, se conmueven por estas cosas, cuya mayor parte consiste en el vicio del que las interpreta. Así pues, quien se siente afectado por una afrenta muestra que no hay en él ni prudencia ni confianza. Sin duda se juzga despreciado, y esta mordedura no ocurre sin cierta humildad del ánimo que se rebaja y desciende. Pero el sabio no es despreciado por nadie: conoce su propia grandeza, niega que nadie pueda tanto sobre él y todas estas que no llamaría miserias del ánimo sino molestias no las vence, sino que ni siquiera las siente. [4] Hay otras cosas que hieren al sabio, aunque no lo destruyen, como el dolor corporal y la debilidad o la pérdida de amigos e hijos y la calamidad de la patria ardiendo en guerra: no niego que el sabio sienta esto, pues no le atribuimos la dureza de la piedra o del hierro. Ninguna virtud existe si no sientes que soportas. ¿Qué ocurre entonces? Recibe ciertos golpes, pero una vez recibidos los vence, los cura y los reprime; pero estas cosas menores ni siquiera las siente ni recurre contra ellas a esa acostumbrada virtud suya de soportar con firmeza, sino que o no las advierte o las considera dignas de risa.

Capítulo11La magnanimidad ante las afrentas

[1] Además, como una gran parte de las afrentas las cometen los soberbios e insolentes y quienes soportan mal su felicidad, el sabio tiene con qué rechazar ese sentimiento hinchado: la más hermosa de todas las virtudes, la magnanimidad. Ella pasa por alto todo lo de esa índole, como las vanas apariencias de los sueños y las visiones nocturnas que nada tienen de sólido ni verdadero. [2] Al mismo tiempo considera que todos son inferiores a él como para que tengan la audacia de despreciar cosas tan superiores. La palabra «contumelia» (afrenta) viene de «contemptus» (desprecio), porque nadie marca con tal injuria sino a quien ha despreciado; pero nadie desprecia a quien es mayor y mejor que él, aunque haga algo que suelen hacer los que desprecian. Pues también los niños golpean el rostro de sus padres, y el bebé desordena y arranca los cabellos de su madre y la salpica con saliva, o desnuda ante los suyos lo que debe cubrirse y no se abstiene de palabras obscenas, y a nada de esto lo llamamos afrenta. ¿Por qué? Porque quien lo hace no puede despreciar. [3] Por la misma razón nos divierte la insolencia de nuestros esclavos contra los amos, esclavos cuya audacia solo se hace un derecho en los banquetes si ha comenzado por el amo, y cuanto más despreciable es uno y más sirve de burla, tanto más desatada tiene la lengua. Algunos compran a propósito muchachos descarados, y aguzan su desvergüenza y los tienen bajo un instructor para que derramen insultos estudiados, y a esto no lo llamamos afrentas, sino ocurrencias. Pero ¡qué gran locura es complacerse unas veces con las mismas cosas y ofenderse otras, y llamar insulto a algo dicho por un amigo y broma ingeniosa al improperio de un esclavillo!

Capítulo12El sabio ante las ofensas ajenas

[1] La actitud que nosotros tenemos hacia los niños, esa misma tiene el sabio hacia todos aquellos que, incluso después de la juventud y de las canas, conservan una mentalidad infantil. ¿Acaso han progresado en algo esos que tienen defectos del alma y errores aumentados hasta la desmesura, que se diferencian de los niños solo por el tamaño y la forma del cuerpo, pero que por lo demás son igualmente volubles e inestables, deseosos de placeres sin discernimiento, asustadizos, y tranquilos no por carácter, sino por miedo? [2] Nadie podría decir que hay alguna diferencia entre ellos y los niños, porque estos últimos tienen avaricia de tabas, de nueces o de monedillas, mientras que aquellos la tienen de oro, plata y ciudades; porque los niños ejercen magistraturas entre ellos e imitan la toga pretexta, los fasces y el tribunal, mientras que aquellos juegan en serio a lo mismo en el Campo de Marte, en el Foro y en la Curia; porque los niños levantan en las playas simulacros de casas amontonando arena, mientras que aquellos, como si estuvieran haciendo algo importante, ocupados en mover piedras, paredes y techos, han convertido en peligro lo que se inventó para proteger el cuerpo. Así pues, el error es igual en los niños y en los que han avanzado más lejos, pero se dirige hacia cosas distintas y mayores. [3] Por tanto, el sabio recibe con razón las ofensas de estos como bromas, y a veces los corrige con castigos y penas como si fueran niños, no porque haya recibido una injuria, sino porque la cometieron y para que dejen de cometerla. Pues del mismo modo domamos a los animales con el látigo, y no nos enfadamos con ellos cuando rechazan al jinete, sino que los reprimimos para que el dolor venza la obstinación. Así pues, también quedará resuelta esa objeción que se nos plantea: por qué, si el sabio no recibe injuria ni ofensa, castiga a quienes las cometieron. Pues no se venga a sí mismo, sino que los corrige a ellos.

Capítulo13La firmeza del sabio ante las ofensas

[1] Pero ¿por qué razón no ibas a creer que esta firmeza de ánimo puede darse en el hombre sabio, cuando te es posible observar lo mismo en otros, aunque no por la misma causa? Pues ¿qué médico se enfada con un enfermo mental? ¿Quién toma a mal las maldiciones de un febril al que se le prohíbe el agua fría? El sabio tiene esta misma actitud hacia todos la que tiene el médico hacia sus enfermos, a los que no desdeña tocarles las partes íntimas si necesitan tratamiento, ni contemplar sus deyecciones y fluidos, ni recibir los insultos cuando se enfurecen en su demencia. El sabio sabe que todos estos que van y vienen con toga y púrpura son enfermos de buen aspecto, a los que no ve de modo distinto que como enfermos intemperantes. Por eso ni siquiera se irrita si en su enfermedad se han atrevido a algo demasiado insolente contra quien los cura y, con el mismo ánimo con que valora en nada sus honores, valora sus actos poco honorables. [3] Del mismo modo que no se sentirá halagado si un mendigo lo honra, ni considerará un ultraje que un hombre del pueblo más bajo no le devuelva el saludo cuando él lo saluda, así tampoco se envanecerá aunque muchos ricos lo admiren (pues sabe que no se diferencian en nada de los mendigos, sino que son más miserables: aquellos necesitan poco, estos mucho); y a la inversa, tampoco se sentirá afectado si el rey de los medos o Átalo de Asia pasa junto a él saludándolo con silencio y gesto arrogante. Sabe que la condición de este no tiene nada más envidiable que la de aquel a quien ha tocado en suerte en una gran familia la tarea de controlar a enfermos y locos. [4] ¿Acaso me voy a molestar si no me devuelve el saludo alguno de esos que negocian junto al templo de Cástor, comprando y vendiendo esclavos sin valor, cuyas tiendas están repletas de una multitud de esclavos pésimos? No, según creo. Pues ¿qué tiene de bueno aquel bajo cuyo mando no hay nadie sino el malo? Por tanto, del mismo modo que desdeña la humanidad o inhumanidad de este, así también la del rey: «Tienes bajo tu poder a partos, medos y bactrianos, pero a los que contienes por el miedo, pero por los que no te ha sido posible soltar el arco, pero a estos malísimos, pero venales, pero que acechan un nuevo amo». [5] Por tanto, no se conmoverá por ningún ultraje: aunque todos difieran entre sí, el sabio los considera iguales a todos por su igual estulticia. Pues si alguna vez se rebajara hasta el punto de sentirse afectado por una injuria o un ultraje, no podría jamás estar seguro; y la seguridad es el bien propio del sabio. Tampoco incurrirá en que, al considerar que se le ha hecho un ultraje, honre a quien lo hizo; pues es necesario que aquel por quien alguien se molesta al ser despreciado se alegre de ser admirado por él.

Capítulo14La indiferencia del sabio ante las ofensas

Hay a quienes domina tal demencia que piensan que una mujer puede ofenderlos. ¿Qué importa a qué mujer visitan, cuántos portadores de litera tenga, cuán cargadas lleve las orejas, cuán espacioso sea su asiento? Es un animal igualmente necio y, a menos que le acompañe el conocimiento y mucha educación, salvaje, incapaz de controlar sus deseos. Algunos se molestan por haber sido empujados por un portero de las cenizas y llaman ofensa a la dificultad del portero, soberbia a la del nomenclátor, altanería a la del camarero. ¡Oh, cuánta risa hay que soltar ante estas cosas, de cuánto placer hay que llenar el ánimo al contemplar la propia tranquilidad desde el tumulto de los errores ajenos! «¿Qué pasa entonces? ¿El sabio no se acercará a las puertas que custodia un portero duro?» Él, por supuesto, si lo llama un asunto necesario, lo intentará, y a aquel, sea quien sea, como a un perro feroz lo calmará con comida que le eche, y no se indignará por gastar algo para cruzar el umbral, pensando que también en algunos puentes se paga por pasar. Así que también a ese, sea quien sea, que ejerce este negocio público de los saludos, le hará un regalo: sabe que hay que comprar lo que está en venta. Es de ánimo mezquino quien se complace consigo mismo porque respondió con insolencia al portero, porque le rompió la vara, porque se acercó al amo y pidió su pellejo. Se convierte en adversario quien lucha, y para vencer tuvo que ponerse a su altura. «Pero el sabio, si recibe una bofetada, ¿qué hará?» Lo que Catón cuando le golpearon la cara: no se enfureció, no vengó la ofensa, ni siquiera la perdonó, sino que negó que hubiera ocurrido; con mayor grandeza de ánimo no la reconoció que si la hubiera perdonado. No nos detendremos mucho en esto: pues ¿quién no sabe que nada de lo que se cree malo o bueno le parece así al sabio como a todos? No mira lo que los hombres juzgan vergonzoso o miserable; no va por donde va el pueblo, sino que, como los astros siguen un curso contrario al del mundo, así él va contra la opinión de todos.

Capítulo15La fortaleza del sabio ante todo

Dejad, pues, de decir: «¿Entonces el sabio no recibirá injuria si lo golpean, si le arrancan un ojo? ¿No recibirá afrenta si lo llevan por el foro entre voces obscenas de gente infame, si en el banquete del rey se le ordena recostarse debajo de la mesa y comer con los esclavos destinados a funciones humillantes, si se le obliga a soportar cualquier otra cosa de las que pueden idearse para ofender el pudor de un hombre libre?». Por más que esas cosas crezcan en número o en gravedad, serán de la misma naturaleza: si las pequeñas no lo afectan, tampoco las mayores; si no lo afectan las pocas, tampoco las muchas. Pero juzgáis la grandeza de su alma según vuestra propia debilidad, y cuando habéis pensado cuánto creéis vosotros poder soportar, ponéis el límite de la paciencia del sabio un poco más allá. Pero su virtud lo ha colocado en otros confines del mundo, sin tener nada en común con vosotros. [3] Reúne todas las adversidades y todo lo que es penoso de soportar y que hay que rehuir de oír y de ver: no será aplastado por su conjunto y, tal como se enfrenta a cada una, así resistirá a todas. Quien dice que esto es tolerable para el sabio y aquello intolerable, y mantiene la grandeza de ánimo dentro de ciertos límites, obra mal: la fortuna nos vence si no es vencida por completo. [4] No creáis que esta es una dureza estoica: Epicuro, a quien vosotros tomáis como valedor de vuestra inercia y pensáis que enseña cosas blandas y perezosas que conducen a los placeres, dice: «Rara vez la fortuna interviene en la vida del sabio». ¡Cuán cerca estuvo de pronunciar palabras de varón! ¿Quieres hablar con más valentía y apartarla del todo? [5] La casa del sabio es estrecha, sin lujo, sin ruido, sin ostentación; no está custodiada por porteros que seleccionen a la multitud con desprecio venal, sino que a través de este umbral vacío y libre de guardianes la fortuna no pasa: sabe que allí no hay lugar para ella, donde no hay nada suyo.

Capítulo16Desprecio de las injurias y ultrajes

[1] Ahora bien, si incluso Epicuro, que fue tan indulgente con el cuerpo, se yergue contra las injurias, ¿qué puede parecer increíble entre nosotros o por encima de la medida de la naturaleza humana? Él dice que las injurias son tolerables para el sabio; nosotros decimos que no son injurias. [2] Y no hay razón para que digas que esto va contra la naturaleza: no negamos que sea molesto recibir golpes, ser empujado o carecer de algún miembro, pero negamos que todas esas cosas sean injurias; no les quitamos la sensación de dolor, sino el nombre de injuria, que no puede admitirse sin perder la virtud. Ya veremos cuál de los dos habla con más verdad; en cuanto al desprecio de la injuria, ambos coinciden. ¿Preguntas qué diferencia hay entre los dos? La misma que entre gladiadores muy valientes, uno de los cuales aprieta su herida y permanece en su puesto, y el otro, mirando al pueblo que grita, indica que no es nada y no permite que lo atiendan. [3] No creas que es grande aquello en lo que discrepamos: en lo que realmente importa, lo único que nos atañe, ambos ejemplos nos exhortan a despreciar las injurias y lo que yo llamaría sombras y sospechas de injurias, es decir, los ultrajes. Para despreciarlos no hace falta un hombre sabio, sino simplemente uno sensato, que pueda decirse a sí mismo: «¿Me ocurren estas cosas con razón o sin ella? Si con razón, no es un ultraje, es un juicio; si sin razón, debe avergonzarse quien hace lo injusto». [4] Y ¿qué es eso que se llama ultraje? Se ha burlado de la calvicie de mi cabeza, de la debilidad de mis ojos, de la delgadez de mis piernas y de mi estatura: ¿qué ultraje es oír lo que resulta evidente? Algo dicho delante de uno nos hace reír, delante de muchos nos indigna, y no dejamos a los demás la libertad de decir lo que nosotros mismos solemos decir sobre nosotros; nos complacen las bromas moderadas, nos irritan las excesivas.

Capítulo17Cómo responder a los insultos

[1] Crisipo cuenta que cierto individuo se indignó porque alguien lo llamó langosta de mar. Nosotros vimos llorar en el senado a Fido Cornelio, yerno de Ovidio Nasón, cuando Corbulón lo llamó avestruz desplumado: frente a otros insultos que atacaban sus costumbres y su vida la firmeza de su rostro se mantuvo, pero ante este insulto tan absurdo brotaron las lágrimas. ¡Tal es la debilidad de los ánimos cuando la razón se ausenta! [2] ¿Y qué decir del hecho de que nos ofendemos si alguien imita nuestra manera de hablar, si alguien imita nuestro modo de andar, si alguien reproduce algún defecto de nuestro cuerpo o de nuestra lengua? ¡Como si esas cosas se hicieran más notorias cuando otro las imita que cuando nosotros las hacemos! Hay quienes escuchan con disgusto que se les mencione la vejez, las canas y otras cosas a las que se llega por deseo. El insulto de la pobreza ha herido a algunos, pero se lo ha echado en cara a sí mismo quien la oculta. Por eso, se quita material a los insolentes y a los que presumen de ingeniosos mediante el insulto, si tú mismo te adelantas y te apropias de él primero: nadie provocó la risa quien comenzó riéndose de sí mismo. [3] Se nos ha transmitido por la tradición que Vatinio, hombre nacido tanto para provocar risa como odio, fue un bufón gracioso y mordaz: él mismo decía muchísimas cosas sobre sus propios pies y sobre su garganta enferma; así había escapado del ingenio de sus enemigos, que tenía más numerosos que enfermedades, y especialmente del de Cicerón. Si esto pudo lograrlo él con su desvergüenza, que con los insultos continuos había desaprendido a avergonzarse, ¿por qué no podrá conseguirlo quien mediante los estudios liberales y el cultivo de la sabiduría ha alcanzado algún progreso? [4] Añade que es un tipo de venganza arrebatarle a quien la hizo el placer de la ofensa cometida. Suelen decir: «¡Pobre de mí! Creo que no lo entendió». Hasta tal punto el fruto del insulto está en la percepción y la indignación del que lo sufre. Además, no le faltará en algún momento alguien que esté a su altura: se encontrará quien te vengue también a ti.

Capítulo18La insolencia de Calígula

[1] Cayo César, entre los demás defectos de los que andaba sobrado, el de ser insultante, se dejaba llevar de un deseo extraordinario de marcar a todos con alguna ofensa, siendo él mismo el más generoso motivo de burla: tanta era su fealdad, con esa palidez que delataba su locura, tanto la fiereza de sus ojos, ocultos bajo una frente senil, tanta la deformidad de su cabeza despoblada y salpicada de cabellos postizos. A esto hay que añadir su cuello lleno de pelos erizados, la delgadez de sus piernas y el tamaño desmesurado de sus pies. Sería interminable si quisiera enumerar una por una las ofensas que lanzó contra sus padres y abuelos, contra todos los estamentos; voy a referir las que le llevaron a la muerte. [2] Entre sus amigos más íntimos tenía a Valerio Asiático, hombre de carácter violento y que difícilmente iba a soportar con serenidad las ofensas ajenas. A este, en un banquete, es decir, en una reunión pública, con voz muy clara le echó en cara cómo era su mujer en el lecho. ¡Dioses buenos! ¡Que un hombre tenga que oír esto! ¡Y que el libertinaje haya llegado a tal punto que el príncipe, no ya ante un consular, no ya ante un amigo, sino simplemente ante un marido, le cuente su adulterio y su desprecio! [3] Quereas, por su parte, tribuno militar, tenía una forma de hablar poco acorde con su brazo: de voz lánguida y, si no conocieras sus actos, bastante sospechosa. A este, cuando pedía la contraseña, Cayo le daba ora la de Venus, ora la de Príapo, echándole en cara de un modo u otro su afeminamiento a quien iba armado; y esto él mismo, tan transparente, con sus sandalias y sus adornos de oro. Así que le obligó a usar la espada para no tener que pedir la contraseña con tanta frecuencia. Él fue el primero entre los conjurados en levantar la mano, él cortó de un solo golpe el cuello por la mitad. Después se clavaron muchísimas espadas desde todas partes vengando ofensas públicas y privadas, pero el primero fue un hombre que era el que menos lo parecía. [4] Sin embargo, este mismo Cayo consideraba ofensa todo, como suelen ser los que, incapaces de soportarlas, están ansiosísimos de cometerlas. Se enfadó con Herennio Macro porque le había saludado llamándole Cayo, y no quedó impune para el primipilario haberle llamado Calígula: pues este era el nombre con que solía ser llamado, nacido en el campamento y criado como alumno de las legiones, sin que jamás ningún otro nombre le hiciera más familiar a los soldados; pero ya Calígula lo consideraba un insulto y una afrenta, ahora que iba con coturnos. [5] Así que esto mismo será un consuelo: incluso si nuestra indulgencia renuncia a la venganza, habrá alguien que exija el castigo al insolente, al soberbio y al injurioso, vicios que nunca se consumen en un solo hombre ni en una sola ofensa.

Capítulo19Ejemplos de paciencia ante las ofensas

[1] Volvamos la vista a los ejemplos de aquellos cuya paciencia elogiamos, como Sócrates, que tomó a bien las burlas públicas que se hicieron de él en las comedias y que fueron representadas ante el público, y se rio no menos que cuando su esposa Jantipa le arrojó agua sucia encima. A Antístenes le reprochaban que su madre era bárbara y tracia; respondió que también la madre de los dioses era del monte Ida. [2] No hay que entrar en peleas ni luchas. Hay que alejarse de ellas, y todo lo que hagan los ignorantes en este sentido (pues no puede hacerlo sino gente ignorante) debe desatenderse, y los honores y las ofensas del vulgo han de considerarse por igual, sin que nos duelan estos ni nos alegren aquellos. [3] De lo contrario, por miedo a las afrentas o por hastío omitiremos muchas cosas necesarias y no nos haremos cargo de obligaciones públicas y privadas, a veces incluso beneficiosas, mientras nos angustia esa preocupación propia de mujeres de oír algo que nos contrarie. A veces también, enfurecidos con los poderosos, pondremos al descubierto ese sentimiento con una libertad desmedida. Pero no es libertad no sufrir nada: nos equivocamos; la libertad consiste en poner el ánimo por encima de las ofensas y hacer que solo le lleguen alegrías de sí mismo, apartar de sí lo externo, para no vivir una vida inquieta temiendo las risas y las lenguas de todos. Pues ¿quién hay que no pueda hacer una afrenta, si es que alguien puede? [4] Sin embargo, el sabio y el que aspira a la sabiduría usarán remedios distintos. Pues para los imperfectos y para los que todavía se guían por el juicio público hay que proponerles esto: que deben moverse entre ofensas y afrentas; todo resultará más llevadero para quienes lo esperan. Cuanto más honorable es alguien por linaje, fama o patrimonio, que se comporte con más fortaleza, recordando que las tropas escogidas se colocan en primera línea. Que soporte las afrentas, las palabras injuriosas, las deshonras y demás ultrajes como el clamor de los enemigos, y las flechas lejanas y las piedras que repiquetean en los cascos sin causar herida. En cuanto a las ofensas, que las soporte como heridas, unas clavadas en las armas, otras en el pecho, sin caer ni siquiera moverse de su posición. Aunque te opriman y te acosen con ataque hostil, es vergonzoso ceder: defiende el puesto que te asignó la naturaleza. ¿Preguntas cuál es ese puesto? El de varón. [5] El sabio tiene otra ayuda, contraria a esta: vosotros estáis luchando, él ya ha alcanzado la victoria. No os opongáis a vuestro bien, y alimentad esa esperanza en vuestros ánimos mientras llegáis a la verdad, recibid gustosos lo mejor y ayudad con vuestra convicción y vuestro deseo: que exista algo invencible, que exista alguien sobre quien la fortuna nada pueda, conviene al bien común del género humano.

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