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Diálogo 2De la tranquilidad del alma

De la vida feliz y otros diálogos · Séneca · 58 min de lectura

Capítulo1La fluctuación del ánimo enfermo

1 Al examinarme a mí mismo, Séneca, me aparecían ciertos vicios: unos situados a la vista, que podía agarrar con la mano; otros más oscuros y escondidos; otros discontinuos, que reaparecen a intervalos, los cuales consideraría los más molestos, como enemigos vagabundos que atacan según la ocasión, por los cuales no me es posible estar ni preparado como en la guerra ni tranquilo como en la paz.

2 Sin embargo, advierto en mí principalmente esta disposición (¿por qué no he de confesar la verdad al médico?): no me he liberado de buena fe de aquello que temía y odiaba, pero tampoco sigo sometido a ello. Me encuentro en un estado que, aunque no es el peor, sí es el más quejumbroso e irritable: ni estoy enfermo ni sano. 3 No hace falta que me digas que los comienzos de todas las virtudes son frágiles, que con el tiempo adquieren firmeza y vigor. No ignoro que también aquellas cosas que se cultivan para la apariencia —me refiero a la dignidad, la fama de elocuencia y todo lo que depende de la aprobación ajena— se fortalecen con la demora; y que tanto las que procuran fuerzas verdaderas como las que se adornan con cierto maquillaje para agradar esperan años hasta que paulatinamente el tiempo les dé color. Pero temo que la costumbre, que da estabilidad a las cosas, me fije más hondamente este vicio: el trato prolongado crea afecto tanto por lo malo como por lo bueno.

4 Esta debilidad de un ánimo que vacila entre ambas cosas, sin inclinarse con firmeza ni hacia lo recto ni hacia lo perverso, no puedo mostrártela de una sola vez, sino por partes. Te diré lo que me sucede; tú encontrarás el nombre de la enfermedad. 5 Me domina un amor supremo por la moderación, lo confieso: me agrada un lecho preparado sin ostentación, una ropa que no salga del cofre, que no brille forzada por pesos y mil tormentos que la obligan a resplandecer, sino doméstica y ordinaria, que no haya que guardar ni ponerse con preocupación; 6 me agrada un alimento que los esclavos no preparen ni contemplen, que no se haya encargado con muchos días de antelación ni se sirva por manos de muchos, sino que sea de fácil obtención y preparación, que no tenga nada de traído de lejos o costoso, que no vaya a faltar en ninguna parte, que no pese ni sobre el patrimonio ni sobre el cuerpo, que no vaya a salir por donde entró; 7 me agrada un sirviente sin refinar y rústico, nacido en casa, la plata maciza de mi padre campesino sin marca de artífice alguno, y una mesa no llamativa por la variedad de sus vetas ni conocida en la ciudad por haber pasado por muchos dueños elegantes, sino dispuesta para el uso, que no detenga los ojos de ningún comensal ni por placer ni encienda su envidia. 8 Cuando estas cosas me han agradado bien, deslumbra mi ánimo el aparato de alguna casa señorial, los esclavos vestidos con más esmero que en un desfile y adornados de oro, la fila de sirvientes relucientes, incluso una casa preciosa hasta en el suelo que se pisa y, con las riquezas dispersas por todos los rincones, los techos mismos resplandecientes, y el pueblo que acompaña y sigue a los patrimonios que se consumen. ¿Qué diré de las aguas transparentes hasta el fondo y que rodean los propios banquetes, qué de los festines dignos de su escenografía? 9 Me envolvió el lujo con mucho esplendor, viniendo yo de un largo estado de frugalidad, y resonó por todas partes: mi mirada vacila un poco, levanto el ánimo contra ella más fácilmente que los ojos; así que me retiro, no peor, pero más triste, y no camino tan erguido entre aquellas frivolidades mías, y me asalta una mordedura silenciosa y una duda de si aquellas cosas no serán mejores. Nada de esto me cambia, pero nada deja de sacudirme.

10 Me agrada seguir los mandatos de los preceptos y entrar en la vida política; me agrada alcanzar los honores y los haces consulares, atraído no por la púrpura o las varas, desde luego, sino para estar más dispuesto y ser más útil a mis amigos y parientes y a todos los ciudadanos, a todos luego los mortales: decidido e inexperto, sigo a Zenón, Cleantes, Crisipo, de los cuales, sin embargo, ninguno se acercó a la vida política, y ninguno dejó de enviar a otros. 11 Cuando algo insólito golpea y embiste mi ánimo, cuando se presenta algo indigno, como hay mucho en toda la vida humana, o que no fluye fácilmente, o asuntos que no deben estimarse mucho han exigido mucho tiempo, me vuelvo hacia el ocio, y, como para los rebaños, también para los fatigados el paso hacia casa es más veloz. 12 Me agrada de nuevo encerrar mi vida dentro de las paredes: que nadie me quite día alguno, sin devolverme nada digno de tal gasto; que el ánimo se adhiera a sí mismo, se cultive a sí mismo, no trate nada ajeno, nada que se dirija al juicio de otro; que se ame la tranquilidad libre de preocupaciones públicas y privadas. 13 Pero cuando una lectura más vigorosa ha levantado mi ánimo y los nobles ejemplos le han clavado aguijones, me dan ganas de saltar al foro, prestar mi voz a uno, mi ayuda a otro, aunque no vaya a servir de nada, al menos intentar ser útil, reprimir en el foro la soberbia de alguno engreído por el éxito adverso.

14 En los estudios creo, por Hércules, que es mejor contemplar las cosas mismas y hablar por causa de ellas, y por lo demás dejar las palabras a las cosas, de modo que el discurso sin elaborar las siga por donde ellas conduzcan. ¿Qué necesidad hay de componer obras que duren siglos? ¿Acaso no quieres evitar que la posteridad te silencie? Has nacido para la muerte: el funeral silencioso tiene menos molestias. Así pues, para ocupar el tiempo, escribe algo en estilo sencillo para tu provecho, no para tu publicidad: menos trabajo necesitan los que estudian para el día. 15 A la inversa, cuando el ánimo se ha elevado por la grandeza de los pensamientos, se vuelve ambicioso en las palabras y desea expresarse tan alto como respira, y el discurso se eleva a la dignidad de las cosas. Olvidado entonces de la regla y del juicio más sobrio, me elevo más alto y hablo ya con boca que no es la mía.

16 Para no perseguir cada cosa por más tiempo, en todos los asuntos me acompaña esta debilidad de buena intención, y temo deslizarme hacia ella paulatinamente, o, lo que es más preocupante, quedar suspenso siempre como a punto de caer, y quizá haya más de lo que yo mismo percibo. Pues miramos con familiaridad lo doméstico, y siempre el favor estorba al juicio. 17 Creo que muchos habrían podido llegar a la sabiduría si no hubieran creído haberla alcanzado, si no hubieran disimulado ciertas cosas en sí mismos, si no hubieran pasado por alto otras con los ojos cerrados. Pues no hay razón para que juzgues que perecemos más por la adulación ajena que por la nuestra. ¿Quién se ha atrevido a decirse la verdad? ¿Quién, situado entre las turbas de los que alaban y adulan, no se ha halagado sin embargo muchísimo a sí mismo? 18 Te ruego, pues, que si tienes algún remedio con el que detengas esta fluctuación mía, me consideres digno de deberte la tranquilidad. Sé que estos movimientos del ánimo no son peligrosos ni aportan nada tumultuoso; para expresarte con símil verdadero aquello de lo que me quejo, no me agita una tempestad, sino una náusea: quita, pues, cualquier cosa que sea este mal, y acude en ayuda del que sufre a la vista de las tierras.

Capítulo2La intranquilidad del alma insatisfecha

1 Te juro, Sereno, que llevo ya tiempo preguntándome en silencio a qué podría comparar ese estado de ánimo tuyo, y no encuentro ejemplo más cercano que el de quienes, tras recuperarse de una enfermedad larga y grave, siguen sintiéndose afectados por leves molestias y ocasionales malestares y, aunque han superado las secuelas, todavía viven inquietos por las sospechas, tienden la mano al médico ya estando sanos y desconfían de cualquier sensación de calor en su cuerpo. A estos, Sereno, no es que su cuerpo no esté bastante sano, sino que están poco acostumbrados a la salud, como ocurre con cierto temblor que tiene incluso el mar tranquilo y con el movimiento que persiste cuando ha cesado la tempestad. 2 Por tanto, no necesitas ya esos remedios más severos que hemos superado, como resistirte a ti mismo en algún punto, enfadarte en otro, insistir con dureza en otro más, sino lo que viene al final: tener confianza en ti mismo y creer que vas por el camino recto, sin dejarte desviar por las huellas cruzadas de tantos que corren en todas direcciones, algunos vagando incluso en torno al camino mismo. 3 Pero lo que deseas es algo grande y supremo, cercano a la divinidad: no dejarte conmover.

Los griegos llaman a esta estabilidad del alma euthymía, sobre la cual hay un excelente libro de Demócrito; yo la llamo tranquilidad. No es necesario imitar y trasladar las palabras calcando su forma; la realidad misma de la que se trata debe designarse con algún nombre que tenga la fuerza de la denominación griega, no su apariencia. 4 Buscamos, pues, cómo puede el alma avanzar siempre con un curso uniforme y favorable, ser benévola consigo misma y contemplar con alegría lo que le pertenece, y que esta alegría no se interrumpa, sino que permanezca en un estado apacible, sin elevarse nunca ni deprimirse. Eso será la tranquilidad. Busquemos en términos generales cómo se puede llegar a ella; luego tú tomarás del remedio común lo que quieras. 5 Mientras tanto hay que sacar a la luz todo el vicio, del cual cada cual reconocerá su parte. Al mismo tiempo comprenderás cuánto menos problema tienes tú con tu fastidio de ti mismo que aquellos a quienes, atados a una profesión llamativa y trabajando bajo un título imponente, retiene en su simulación más la vergüenza que la voluntad.

6 Todos están en la misma situación: tanto los que se ven zarandeados por la ligereza y el hastío y por el cambio constante de propósito, a quienes siempre les gusta más lo que han abandonado, como aquellos que languidecen y bostezan. Añade a los que, igual que quienes tienen dificultad para dormir, dan vueltas y se acomodan de un modo y de otro, hasta que encuentran el reposo por agotamiento: reformando continuamente el estado de su vida, terminan quedándose en aquel en que los sorprende no el disgusto por cambiar, sino una vejez demasiado perezosa para renovarse. Añade también a los que no son poco volubles por un defecto de carácter, sino por inercia, y viven no como quieren, sino como empezaron. 7 A continuación hay innumerables variedades, pero un único efecto del vicio: el disgusto consigo mismo. Esto surge del desequilibrio del alma y de deseos miedosos o poco exitosos, cuando o no se atreven a tanto como anhelan o no lo consiguen, y se proyectan enteramente hacia la esperanza. Siempre son inestables y cambiantes, lo cual necesariamente sucede a quienes están en vilo. Se dirigen a sus deseos por cualquier camino y se enseñan y se obligan a cosas deshonestas y difíciles, y cuando el esfuerzo queda sin recompensa, los atormenta la vergüenza de haberlo intentado en vano, y no les duele haber querido cosas perversas, sino haberlas querido en vano. 8 Entonces los domina el arrepentimiento de lo emprendido y el miedo a emprender, y se infiltra ese desasosiego del alma que no encuentra salida, porque no pueden ni dominar sus deseos ni obedecerlos, y la vacilación de una vida que apenas se desarrolla y el estancamiento del alma que languidece entre esperanzas frustradas. 9 Todo esto se vuelve más grave cuando, por odio a la infelicidad de una vida ocupada, se refugian en el ocio y en estudios solitarios, que no puede soportar un alma orientada hacia los asuntos públicos, ávida de acción e inquieta por naturaleza, pues tiene en sí misma, desde luego, pocos consuelos. Por eso, suprimidas las distracciones que las mismas ocupaciones ofrecen a quienes andan de un lado a otro, no tolera la casa, la soledad, las paredes; se ve a disgusto abandonada a sí misma.

10 De ahí viene ese hastío y disgusto de sí mismo, y esa agitación de un alma que no se asienta en ninguna parte, y esa soportación triste y dolorosa de su propio ocio, sobre todo cuando le avergüenza reconocer las causas y el pudor ha empujado hacia dentro los tormentos; encerrados en un espacio estrecho sin salida, los deseos se ahogan a sí mismos; de ahí la pena y el abatimiento y los mil oleajes de una mente insegura, a la que las esperanzas iniciadas mantienen en suspenso, y las frustradas, triste; de ahí ese estado de ánimo de quienes detestan su propio ocio y se quejan de no tener nada que hacer, y la envidia más hostil hacia los progresos ajenos (pues la infeliz inercia alimenta el rencor, y desean que todos fracasen porque ellos no pudieron prosperar); 11 luego, por esta aversión a los progresos ajenos y por la desesperación respecto a los propios, el alma se encoleriza con la fortuna y se queja del mundo y se retrae a sus rincones y se encierra en su propio castigo, mientras le disgusta y le repugna a sí misma. Porque el alma humana es por naturaleza ágil y propensa al movimiento. Cualquier ocasión de excitarse y distraerse le resulta grata, más grata aún para los peores caracteres, que se desgastan gustosamente con las ocupaciones. Como ciertas úlceras buscan las manos que van a dañarlas y se complacen con el tacto, y la repugnante sarna del cuerpo encuentra placentero todo lo que la irrita, así diría que para estas mentes, en las que los deseos han brotado como malas úlceras, resultan placenteros el esfuerzo y la agitación. 12 Pues hay ciertas cosas que también deleitan a nuestro cuerpo aun causándole cierto dolor, como darse la vuelta y cambiar de lado antes de estar cansado y refrescarse en una y otra postura: como aquel Aquiles homérico, ora boca abajo, ora boca arriba, acomodándose en diversas posturas, lo cual es propio del enfermo, no soportar nada por mucho tiempo y usar los cambios como remedios.

13 De ahí que se emprendan viajes sin rumbo y se recorran las costas, y su volubilidad, siempre hostil a lo presente, se prueba ora en el mar, ora en tierra: «Vayamos ahora a Campania». Ya las delicias les resultan fastidiosas: «Veamos lugares agrestes, recorramos los bosques de Brucio y Lucania». Sin embargo, entre los parajes desolados se busca algo ameno donde los ojos acostumbrados al lujo se alivien de la prolongada desolación de lugares horribles: «Vayamos a Tarento, a su puerto famoso, a su clima invernal más suave y a su región suficientemente rica incluso para la antigua muchedumbre... Ya es hora de dirigir el rumbo hacia la Ciudad: hace demasiado que nuestros oídos han estado vacíos de aplausos y estruendo; ya apetece disfrutar también de sangre humana». 14 Un viaje se emprende tras otro y los espectáculos se cambian por espectáculos. Como dice Lucrecio:

Así cada cual huye siempre de sí mismo.

Pero ¿de qué sirve, si no logra escapar? Se sigue a sí mismo y se oprime como el más pesado compañero. 15 Por tanto, debemos saber que no es defecto de los lugares lo que nos aflige, sino nuestro: somos débiles para soportar cualquier cosa, no somos capaces de tolerar ni el esfuerzo ni el placer ni a nosotros mismos ni ninguna cosa durante mucho tiempo. Esto ha empujado a algunos a la muerte: por haber cambiado tantas veces de propósito volvían a caer en lo mismo y no habían dejado espacio a la novedad; empezó a resultarles fastidiosa la vida y el mundo mismo, y se instaló en ellos ese sentimiento de los placeres decadentes: «¿Hasta cuándo lo mismo?»

Capítulo3El remedio contra el hastío vital

1 Me preguntas con qué remedio creo que debemos luchar contra este hastío. Lo mejor sería, como dice Atenodoro, mantenerse ocupado con la acción concreta, el ejercicio de la vida pública y las obligaciones civiles. Pues, del mismo modo que algunos pasan el día con el sol, el ejercicio y el cuidado del cuerpo, y a los atletas les resulta con mucho lo más útil alimentar durante la mayor parte del tiempo sus músculos y su vigor, que es a lo único que se han consagrado, así también a nosotros, que preparamos nuestro espíritu para el combate de los asuntos civiles, lo más hermoso con diferencia es estar en nuestra tarea: pues, dado que se ha propuesto hacerse útil a los ciudadanos y a los mortales, al mismo tiempo se ejercita y progresa quien se ha puesto en medio de sus obligaciones, administrando según su capacidad los asuntos comunes y privados. 2 «Pero, como en esta ambición tan enloquecida de los hombres, con tantos calumniadores que tuercen lo recto hacia lo peor, la sencillez no está suficientemente segura y siempre habrá más obstáculos que éxitos, hay que retirarse del foro y de la vida pública. Pero un espíritu grande tiene dónde desplegarse ampliamente incluso en la vida privada, y la actividad de los hombres no se ve encerrada por jaulas como el ímpetu de los leones y otros animales, pues sus acciones más grandes se realizan en la soledad. 3 Con todo, debe vivir retirado de tal modo que, dondequiera que esconda su ocio, quiera ser útil a los individuos y a todos con su talento, su palabra y su consejo. Pues no solo es útil al Estado quien presenta candidatos, defiende acusados y vota sobre la paz y la guerra, sino también quien exhorta a la juventud, quien inculca la virtud en las almas en medio de tanta escasez de buenos preceptores, quien agarra y retiene a los que corren precipitadamente hacia el dinero y el lujo y, si no puede hacer otra cosa, al menos los frena; ese, en lo privado, realiza un asunto público. 4 ¿Acaso presta más servicio el que entre extranjeros y ciudadanos, o el pretor urbano, pronuncia ante quienes se presentan las palabras del asesor, que quien enseña qué es la justicia, qué la piedad, qué la paciencia, qué la fortaleza, qué el desprecio de la muerte, qué el conocimiento de los dioses, qué bien gratuito es la buena conciencia? 5 Por tanto, si dedicas a los estudios el tiempo que has sustraído a las obligaciones, no habrás desertado ni habrás rehusado tu deber: pues no solo hace la guerra quien está en la línea de batalla y defiende el flanco derecho e izquierdo, sino también quien custodia las puertas y desempeña un puesto menos peligroso, pero no ocioso, mantiene las guardias y está al frente del arsenal; estos servicios, aunque no sangrientos, cuentan en el número de las campañas. 6 Si vuelves a dedicarte a los estudios, evitarás todo hastío de la vida, y no desearás que llegue la noche por tedio de la luz, ni serás una carga para ti mismo ni superfluo para los demás; atraerás a muchos a tu amistad y acudirán a ti los mejores. Pues la virtud, por oscura que sea, nunca queda oculta, sino que emite señales de sí misma: quien sea digno la descubrirá por sus huellas. 7 Pues si suprimimos todo trato social y renunciamos al género humano y vivimos vueltos solo hacia nosotros mismos, seguirá a esta soledad carente de todo estudio la falta de cosas que hacer: empezaremos a construir unos edificios y derribar otros, a empujar el mar hacia atrás y conducir aguas contra la dificultad de los terrenos, y a administrar mal el tiempo que la naturaleza nos dio para consumir. 8 Unos lo usamos con parsimonia, otros con prodigalidad; unos lo empleamos de modo que podamos rendir cuentas, otros de modo que no nos quede ningún resto, y nada hay más vergonzoso que esto. A menudo un anciano de edad avanzada no tiene ninguna otra prueba de que ha vivido mucho tiempo, aparte de su edad.

Capítulo4Retirarse dignamente de la vida pública

1 A mí me parece, querido Sereno, que Atenodoro cedió demasiado ante las circunstancias, que se retiró demasiado pronto. Y no voy a negar que a veces hay que ceder, pero retirándose paso a paso, con las enseñas a salvo, con la dignidad militar intacta: son más respetados y están más seguros frente a sus enemigos quienes se entregan con las armas en la mano. 2 Esto es lo que, en mi opinión, debe hacer la virtud y quien aspira a ella: si la fortuna se impone y le corta la posibilidad de actuar, que no huya de inmediato dando la espalda y desarmado, buscando escondites, como si hubiera algún lugar donde la fortuna no pueda perseguirle, sino que se dedique con más moderación a sus deberes y encuentre con criterio algo en lo que pueda ser útil a la comunidad. 3 ¿No le permiten servir en el ejército? Que busque cargos públicos. ¿Debe vivir como particular? Que sea orador. ¿Le han impuesto el silencio? Que ayude a sus conciudadanos con su apoyo callado. ¿Es peligroso incluso acceder al foro? Que en las casas, en los espectáculos, en los banquetes desempeñe el papel de buen compañero, de amigo leal, de comensal moderado. ¿Ha perdido los deberes del ciudadano? Que cumpla los del ser humano. 4 Por eso con grandeza de ánimo no nos hemos encerrado dentro de las murallas de una sola ciudad, sino que nos hemos lanzado al intercambio con el mundo entero y hemos declarado que el universo es nuestra patria, para poder dar a la virtud un campo de acción más amplio. ¿Se te ha cerrado el tribunal y se te ha prohibido la tribuna o las asambleas? Mira a tu espalda cuánta extensión de vastas regiones se abre, cuántos pueblos. Nunca se te cerrará una parte tan grande que no quede otra mayor. 5 Pero mira no sea que todo ese problema sea culpa tuya. Pues tú solo quieres administrar la república como cónsul o pritano o heraldo o sufete. ¿Y qué si solo quisieras servir en el ejército como general o tribuno? Aunque otros ocupen la primera línea, si la suerte te ha colocado entre los triarios, desde allí combate con tu voz, tu aliento, tu ejemplo, tu ánimo: incluso con las manos cortadas, ese hombre encuentra con qué contribuir a su bando quien, aun así, permanece de pie y ayuda con su grito. 6 Haz tú algo parecido: si la fortuna te ha apartado del primer plano de la república, permanece de pie igualmente y ayuda con tu grito, y si alguien te oprime la garganta, permanece de pie igualmente y ayuda con tu silencio. Nunca es inútil el esfuerzo de un buen ciudadano: se le oye y se le ve. Con su expresión, con su gesto, con su obstinación silenciosa y con su misma presencia es útil. 7 Así como ciertos remedios benefician sin necesidad de probarlos ni tocarlos, solo con su olor, así también la virtud difunde su utilidad incluso desde lejos y oculta: ya sea que circule y se manifieste por su propio derecho, ya sea que tenga salidas ocasionales y deba recoger velas, ya sea que permanezca ociosa y callada y estrechamente confinada, ya sea que esté al descubierto, en cualquier situación en que se encuentre, es útil. ¿Acaso crees que es poco útil el ejemplo de quien descansa dignamente? 8 Por tanto, lo mejor con mucho es combinar el retiro con las actividades, siempre que la vida activa se vea impedida por obstáculos fortuitos o por la situación política; pues nunca están todas las vías tan cerradas que no haya lugar para ninguna acción honesta.

Capítulo5Sócrates ante la tiranía ateniense

1 ¿Acaso puedes encontrar una ciudad más desgraciada que Atenas cuando la desgarraban treinta tiranos? Habían asesinado a mil trescientos ciudadanos, los mejores, y no por eso ponían fin, sino que la crueldad se excitaba a sí misma. En esa ciudad donde estaba el Areópago, tribunal tan respetable, donde había un senado y un pueblo semejante al senado, se reunía cada día el siniestro colegio de verdugos y una curia infeliz, demasiado pequeña para tantos tiranos. ¿Podía hallar descanso esa ciudad en la que había tantos tiranos como esbirros? Ni siquiera podía ofrecerse a los ánimos esperanza alguna de recuperar la libertad, ni aparecía lugar para ningún remedio contra tamaña fuerza de males: pues ¿de dónde iba a sacar la desgraciada ciudad tantos Harmodios? 2 Sin embargo, Sócrates estaba allí en medio, y consolaba a los padres afligidos, y animaba a los que desesperaban de la república, y reprochaba a los ricos que temían por sus riquezas el tardío arrepentimiento de su peligrosa avaricia, y a quienes querían imitarlo les ofrecía un gran modelo, cuando caminaba libre entre treinta amos. 3 A este, sin embargo, Atenas misma lo mató en la cárcel, y su libertad no toleró la libertad de quien había podido insultar impunemente al grupo de tiranos: para que sepas que tanto en una república abatida hay ocasión para que el hombre sabio se manifieste, como en una floreciente y feliz reinan la insolencia, la envidia y mil vicios propios de la holgazanería. 4 Así pues, según se presente la república, según lo permita la fortuna, o bien nos desplegaremos o bien nos replgaremos, pero en todo caso nos moveremos y no quedaremos paralizados encadenados por el miedo. Más aún, ese será un verdadero hombre quien, con peligros amenazando por todas partes, armas y cadenas resonando a su alrededor, no destroce ni esconda su virtud: pues salvarse no es sepultarse. 5 Según creo, Curio Dentato solía decir que prefería estar muerto antes que vivir así: el último de los males es salir del número de los vivos antes de morir. Pero tendrás que hacerlo, si te toca un momento de la república menos manejable, reclamar más tiempo para el ocio y las letras, y no de otro modo que en una navegación peligrosa buscar el puerto una y otra vez, y no esperar a que los asuntos te liberen, sino separarte tú mismo de ellos.

Capítulo6Conocerse antes de actuar

1 Ahora bien, debemos examinarnos primero a nosotros mismos, después los asuntos que vamos a emprender y, por último, las personas por cuya causa o con las cuales los emprendemos. 2 Ante todo es necesario valorarse a uno mismo, porque casi siempre nos creemos capaces de más de lo que realmente podemos: uno se precipita por confiar en su elocuencia, otro exige a su patrimonio más de lo que puede soportar, otro somete su cuerpo enfermo a un cargo laborioso. 3 A algunos su timidez les hace poco aptos para los asuntos públicos, que exigen un semblante firme; a otros su carácter obstinado no les sirve para la corte; algunos no tienen el control de su ira, y cualquier indignación los lleva a palabras temerarias; otros no saben contener su ingenio y no se abstienen de bromas peligrosas: para todos estos el retiro es más útil que la actividad. Quien tiene un carácter fogoso e impaciente debe evitar los estímulos de una libertad que le perjudicará. 4 Hay que considerar si tu naturaleza es más apta para la acción o para el estudio tranquilo y la contemplación, e inclinarte hacia donde te lleve la fuerza de tu ingenio: Isócrates apartó del foro a Éforo, poniendo su mano sobre él, porque lo consideró más útil para componer obras históricas. Pues los talentos forzados responden mal; cuando la naturaleza se resiste, el esfuerzo es inútil.

5 Luego hay que valorar los asuntos mismos que emprendemos, y comparar nuestras fuerzas con las tareas que vamos a intentar. Pues siempre debe haber más fuerzas en quien actúa que en la obra: las cargas que son mayores que quien las transporta necesariamente lo aplastan. 6 Además, ciertas cosas no son tan grandes como fecundas y traen muchas ocupaciones: y estas deben evitarse, de las cuales nace una ocupación nueva y múltiple. Tampoco hay que acercarse a aquello de donde no haya una retirada libre: hay que poner manos a lo que puedas terminar o al menos esperar terminar; hay que dejar lo que avanza más ampliamente en su desarrollo y no termina donde tú te propusiste. 7 Desde luego hay que hacer una selección de las personas, si son dignas de que les dediquemos parte de nuestra vida, o si la pérdida de nuestro tiempo llega hasta ellas: pues algunos nos atribuyen espontáneamente nuestros propios favores. 8 Atenodoro dice que ni siquiera iría a cenar con quien no vaya a deberle nada por ello. Creo que entiendes que mucho menos iría con quienes consideran equivalentes una comida y los servicios de los amigos, quienes cuentan los platos como si fueran regalos, como si se excedieran en honor de otro. Quítales los testigos y espectadores, y no les complacerá un festín secreto.

Capítulo7La amistad fiel y dulce

1 Sin embargo, nada deleitará tanto al ánimo como una amistad fiel y dulce. ¡Qué gran bien es contar con corazones preparados en los que pueda depositarse con seguridad cualquier secreto, cuya discreción temas menos que la tuya propia, cuya conversación alivie las preocupaciones, cuyo parecer resuelva las dudas, cuya alegría disipe la tristeza, y cuya sola presencia produzca placer! A estos amigos, desde luego, los elegiremos libres, en la medida de lo posible, de pasiones: pues los vicios se arrastran, saltan al que está más cerca y dañan con el contacto. 2 Por tanto, así como en una epidemia hay que cuidarse de no sentarse junto a cuerpos ya contagiados y ardiendo de enfermedad, porque atraeremos peligros y sufriremos con su mero aliento, del mismo modo al elegir el carácter de los amigos pondremos empeño en acoger a los menos contaminados: el principio de la enfermedad es mezclar lo sano con lo enfermo. Y no te aconsejaré que no sigas ni atraigas a nadie que no sea sabio: pues ¿dónde encontrarás a ese que buscamos desde hace tantos siglos? En lugar del mejor está el menos malo. 3 Apenas tendrías la posibilidad de una elección más afortunada si buscaras hombres buenos entre los Platones y Jenofantes y aquella cosecha de la descendencia socrática, o si se te diera la oportunidad de la época de Catón, que produjo a muchos dignos de nacer en el siglo de Catón (así como a muchos peores que nunca, maquinadores de los mayores crímenes; pues ambos grupos eran necesarios para que Catón pudiera ser comprendido: debió tener tanto a los buenos, ante quienes ganarse la aprobación, como a los malvados, en quienes probar su fuerza). Pero ahora, en medio de tanta escasez de hombres buenos, que la elección sea menos exigente. 4 Sin embargo, hay que evitar sobre todo a los tristes y a los que se lamentan de todo, a quienes cualquier motivo les viene bien para las quejas. Aunque tenga lealtad y benevolencia garantizadas, es enemigo de la tranquilidad el compañero perturbado que gime por todo.

Capítulo8El patrimonio y la felicidad

1 Pasemos a los patrimonios, la mayor fuente de desgracias humanas. Pues si comparas todas las demás cosas que nos angustian —muertes, enfermedades, miedos, anhelos, soportar dolores y trabajos— con los males que nos causa nuestro dinero, esta parte pesará mucho más. 2 Por eso hay que pensar cuánto más leve es el dolor de no tener que el de perder, y comprenderemos que la pobreza tiene tanto menor tormento cuanto menor materia de pérdida. Te equivocas si crees que los ricos soportan las pérdidas con más ánimo: en los cuerpos más grandes y en los más pequeños el dolor de una herida es igual. 3 Bión dice elegantemente que arrancar pelos molesta lo mismo a los calvos que a los melenudos. Puedes saber que ocurre lo mismo con pobres y ricos, el tormento es igual para ambos: pues el dinero se ha pegado a unos y otros y no puede arrancarse sin que lo sientan. Pero es más tolerable, como he dicho, y más fácil no adquirir que perder, y por eso verás más alegres a quienes la fortuna nunca miró que a quienes abandonó. 4 Vio esto Diógenes, hombre de alma enorme, y consiguió que nada pudiera arrebatársele. Tú llámalo pobreza, indigencia, miseria, el nombre vergonzoso que quieras darle a la seguridad: yo consideraré que este hombre no es feliz si me encuentras a algún otro que no pierda nada. O me equivoco, o es un privilegio real ser, entre avaros, estafadores, ladrones y secuestradores, el único a quien no pueden dañar. 5 Si alguien duda de la felicidad de Diógenes, puede dudar igualmente de la condición de los dioses inmortales, si viven poco felices porque no tienen propiedades ni jardines ni campos valiosos cultivados por colonos ajenos ni un gran préstamo en el foro. ¿No te avergüenzas, tú que te asombras ante las riquezas? Mira el universo: verás a los dioses desnudos, dándolo todo, sin tener nada. ¿A este hombre lo consideras pobre o semejante a los dioses inmortales, él que se despojó de todo lo que depende del azar? 6 ¿Tú llamas más feliz a Demetrio Pompeyano, a quien no le avergonzó ser más rico que Pompeyo? Cada día se le informaba del número de esclavos como a un general de su ejército, cuando desde hacía tiempo sus riquezas debieron ser dos ayudantes y una celda más espaciosa. 7 Pero a Diógenes se le escapó su único esclavo y no consideró que valiera la pena ir a buscarlo cuando se lo indicaron: «Es vergonzoso, dijo, que Manes pueda vivir sin Diógenes y Diógenes no pueda sin Manes». Me parece que dijo: «Adelante con lo tuyo, Fortuna, ya no hay nada tuyo en Diógenes: se me ha escapado el esclavo, mejor dicho, me he marchado libre». 8 Una servidumbre exige vestuario y alimento; hay que mantener tantos vientres de animales avidísimos, hay que comprar ropa y vigilar manos muy rapaces y servirse del ministerio de quienes lloran y maldicen. ¡Cuánto más feliz aquel que no debe nada a nadie salvo a quien niega más fácilmente, a sí mismo! 9 Pero, puesto que no tenemos tanta fortaleza, ciertamente hay que reducir los patrimonios para estar menos expuestos a las injurias de la fortuna. Son más aptos en la guerra los cuerpos que pueden recogerse dentro de sus armas que los que se desparraman y cuya magnitud los expone por todas partes a las heridas; la mejor medida del dinero es la que no cae en la pobreza ni se aleja demasiado de la pobreza.

Capítulo9Moderación, frugalidad y verdadero estudio

1 Esta medida nos complacerá si antes nos ha complacido la austeridad, sin la cual ninguna riqueza basta ni ninguna resulta suficientemente amplia, sobre todo cuando el remedio está cerca y la propia pobreza puede convertirse en riqueza si llama en su auxilio a la frugalidad. 2 Acostumbrémonos a apartar de nosotros el lujo y a medir la utilidad de las cosas, no sus adornos. Que la comida venza el hambre, la bebida la sed, el deseo sexual fluya por donde es necesario. Aprendamos a apoyarnos en nuestras propias fuerzas, a organizar nuestro vestido y nuestro sustento no según modelos nuevos, sino como aconsejan las costumbres de nuestros antepasados. Aprendamos a aumentar la templanza, a reprimir el lujo, a moderar la vanidad, a calmar la ira, a mirar la pobreza con ojos serenos, a cultivar la frugalidad, aunque a muchos les avergüence este asunto, a aplicar a los deseos naturales remedios preparados con poco, a mantener como bajo cadenas las esperanzas desenfrenadas y el ánimo lanzado hacia el futuro, a procurar que pidamos las riquezas a nosotros mismos antes que a la fortuna. 3 No puede rechazarse nunca la tan grande variedad e injusticia de los azares de modo que no se abatan muchas tempestades sobre quienes despliegan grandes aparejos. Hay que reducir nuestros asuntos a un espacio estrecho, para que los dardos caigan en el vacío, y por eso a veces los destierros y las calamidades han servido de remedio y males más graves se han curado con inconvenientes más leves. Cuando el ánimo obedece poco a los preceptos y no puede curarse con medios más suaves, ¿por qué no sería conveniente que se le aplicaran la pobreza, la deshonra y el hundimiento de las circunstancias? Se opone un mal a otro mal. Acostumbrémonos, pues, a poder cenar sin una multitud y a servirnos con menos esclavos, a procurarnos vestidos para aquello para lo que fueron inventados y a vivir en espacios más reducidos. No solo en la carrera y en la competición del circo, sino también en estos espacios de la vida hay que girar por el interior. 4 También en los estudios, cuyo gasto es el más noble, hay que guardar proporción en la medida en que se guarda moderación. ¿Para qué innumerables libros y bibliotecas cuyo dueño apenas lee los índices en toda su vida? La multitud agobia al que aprende, no lo instruye, y es mucho mejor entregarse a unos pocos autores que andar errante por muchos. 5 Cuarenta mil libros ardieron en Alejandría. Otro elogiará este bellísimo monumento de la opulencia regia, como también Livio, que dice que fue obra egregia del refinamiento y cuidado de los reyes. No fue refinamiento aquello ni cuidado, sino lujo erudito, o mejor dicho ni siquiera erudito, puesto que no lo habían reunido para el estudio, sino para el espectáculo, como para la mayoría de los ignorantes incluso de las letras elementales los libros no son instrumentos de estudio, sino adornos de los comedores. Procúrense, pues, libros en la cantidad que sea suficiente, nada para ostentación. 6 «Más honroso es —dirás— que gasten en esto que derrochar en bronces corintios y cuadros pintados». Es vicioso en todas partes lo que es excesivo. ¿Qué razón tienes para perdonar al hombre que busca armarios de madera de cidro y marfil, que acumula obras de autores desconocidos o despreciados y bosteza entre tantos miles de libros, a quien lo que más le agrada de sus volúmenes son las cubiertas y los títulos? 7 Así pues, entre los más perezosos verás compartimentos construidos hasta el techo con todo lo que hay de discursos e historias: pues ya, entre baños y termas, también la biblioteca se adorna como ornamento necesario de la casa. Los perdonaría sin duda si se equivocaran por excesivo afán de estudio; pero ahora esas obras reunidas, clasificadas con los retratos de sus autores, obras sagradas de los genios, se adquieren para la apariencia y decoración de las paredes.

Capítulo10Sobrellevar las adversidades de la vida

1 Pero has caído en algún tipo de vida difícil y, sin que lo supieras, la fortuna pública o privada te tendió un lazo que no puedes desatar ni romper. Piensa que los encadenados al principio soportan mal el peso y los obstáculos de sus piernas; después, cuando se proponen no indignarse por ellos sino soportarlos, la necesidad les enseña a llevarlos con entereza, la costumbre con facilidad. Encontrarás en cualquier tipo de vida placeres, descansos y alegrías, si prefieres considerar tus males leves en lugar de hacerlos odiosos. 2 Por ningún otro motivo la naturaleza ha merecido mejor de nosotros que porque, sabiendo a qué trabajos nacemos, inventó la costumbre como consuelo de las calamidades, llevando rápidamente a la familiaridad lo más grave. Nadie resistiría si las desgracias mantuvieran continuamente la misma fuerza que tiene el primer golpe. 3 Todos estamos unidos a la fortuna: para unos la cadena es de oro y holgada, para otros estrecha y sucia, pero ¿qué importa? La misma custodia nos rodea a todos y están atados incluso quienes ataron, a no ser que por casualidad creas que es más ligera la cadena en la mano izquierda. A uno lo encadenan los honores, a otro las riquezas; a unos los oprime la nobleza, a otros la humildad; a unos les pesan encima los mandos ajenos, a otros los suyos propios; a unos los mantienen en un solo lugar los destierros, a otros los sacerdocios. Toda la vida es esclavitud. 4 Hay que acostumbrarse, pues, a la propia condición y quejarse lo menos posible de ella, y aferrarse a cualquier ventaja que haya a nuestro alrededor: nada hay tan penoso en lo que un ánimo equilibrado no encuentre consuelo. Pequeños espacios a menudo se han abierto a muchos usos cuando el arte de quien los distribuye lo logra, y la distribución ha hecho habitable un suelo, por estrecho que sea. Aplica la razón a las dificultades: también lo duro puede ablandarse y lo estrecho ensancharse, y lo pesado oprime menos a quienes saben llevarlo.

5 Además, no hay que enviar los deseos a lo lejano, sino permitirles salir hacia lo cercano, puesto que no toleran estar encerrados del todo. Abandonando aquellas cosas que no se pueden hacer o se pueden con dificultad, sigamos las que están cerca y se ajustan a nuestra esperanza, pero sepamos que todas son igualmente insignificantes, con apariencias diversas por fuera, por dentro igualmente vanas. Y no envidiemos a quienes están más arriba: lo que parecía elevado son precipicios.

6 Por el contrario, aquellos a quienes una suerte injusta colocó en situación peligrosa estarán más seguros si rebajan la soberbia de las cosas soberbias por naturaleza y hacen descender su fortuna cuanto puedan al llano. Muchos hay, desde luego, que necesariamente deben permanecer en su cumbre, de la que no pueden descender sino cayendo; pero que declaren que su mayor carga es verse obligados a ser gravosos para otros, y que no están elevados, sino clavados. Con justicia, mansedumbre, humanidad, con mano generosa y benévola, que preparen muchas defensas para futuros reveses, con cuya esperanza puedan estar colgados más seguros. 7 Sin embargo, nada nos protegerá tanto de estas fluctuaciones del ánimo como fijar siempre algún límite a nuestros progresos, y no dejar a arbitrio de la fortuna el momento de detenernos, sino detenernos nosotros mismos mucho más acá. Así algunos deseos agudizan el ánimo y, al ser limitados, no nos arrastran a lo inmenso e incierto.

Capítulo11Vivir preparado para la muerte

1 Este discurso mío se dirige a los imperfectos, a los mediocres y a los que gozan de mala salud, no al sabio. Este no debe caminar con timidez ni paso a paso: tiene tanta confianza en sí mismo que no duda en salir al encuentro de la fortuna y nunca le cederá el terreno. Ni tiene motivo para temerla, porque no solo cuenta entre las cosas prestadas sus esclavos, sus propiedades y su dignidad, sino también su propio cuerpo, sus ojos, su mano y todo aquello que hace la vida más querida, e incluso a sí mismo, y vive como si se lo hubieran prestado y lo devolverá sin tristeza cuando se lo reclamen. 2 Ni por eso se desprecia a sí mismo, porque sabe que no se pertenece; pero hará todas las cosas con tanto cuidado, con tanta atención, como suele un hombre religioso y santo custodiar lo que le han confiado. 3 Cuando se le ordene devolverlo, no se quejará ante la fortuna, sino que dirá: «Te doy las gracias por lo que poseo y he tenido. Ciertamente, he administrado tus bienes con gran esfuerzo, pero, puesto que así lo ordenas, te los doy, te los entrego agradecido y gustoso. Si quieres que todavía conserve algo tuyo, lo guardaré; si prefieres otra cosa, yo en verdad te devuelvo, te restituyo mi plata labrada y acuñada, mi casa y mi servidumbre». Si nos reclama la naturaleza, que fue la primera en confiárnoslo, también le diremos: «Recibe un alma mejor de la que diste; no me ando con rodeos ni huyo. Tienes a tu disposición, de quien está dispuesto, lo que diste sin que me diera cuenta: llévatelo». 4 ¿Qué tiene de penoso volver de donde viniste? Vivirá mal quien no sepa morir bien. Por tanto, hay que quitarle valor a esto en primer lugar y contar el aliento entre las cosas sin importancia. Como dice Cicerón, aborrecemos a los gladiadores si desean obtener la vida a toda costa; los favorecemos si muestran desprecio por ella. Has de saber que lo mismo nos sucede a nosotros: a menudo el motivo de morir es morir con miedo. 5 Aquella fortuna que se divierte con nosotros dice: «¿Para qué te voy a reservar, animal malo y tembloroso? Tanto más serás traspasado y atravesado, porque no sabes ofrecer la garganta. Pero tú vivirás más tiempo y morirás más fácilmente si recibes el hierro no retirando el cuello ni interponiendo las manos, sino con valentía». 6 Quien tema la muerte no hará nunca nada propio de un hombre vivo; pero quien sepa que esto le fue pactado desde el momento mismo en que fue concebido, vivirá conforme a ese modelo y al mismo tiempo, con la misma firmeza de espíritu, conseguirá también que nada de lo que sucede sea inesperado. Pues previendo como futuro todo lo que puede ocurrir, suavizará el golpe de todos los males, que no traen nada nuevo para los que están preparados y a la espera, pero llegan con fuerza para los despreocupados que solo miran las cosas felices. 7 La enfermedad, el cautiverio, el derrumbe, el incendio: nada de esto es repentino. Sabía en qué tumultuosa compañía me había encerrado la naturaleza. Tantas veces se ha dado el grito fúnebre en mi vecindad; tantas veces la antorcha y el cirio han precedido al entierro prematuro delante de mi puerta; a menudo ha sonado a mi lado el estruendo de un edificio que se derrumbaba; la noche se llevó a muchos de aquellos a quienes el foro, la curia, la conversación habían reunido conmigo, y separó las manos de los amigos que estaban unidas y enlazadas: ¿voy a sorprenderme de que alguna vez se hayan acercado a mí los peligros que siempre han andado rondando a mi alrededor? 8 Gran parte de los hombres, cuando van a navegar, no piensan en la tempestad. Nunca me avergonzará, en una cosa buena, del autor malo: Publilio, de ingenio más vigoroso que los trágicos y cómicos siempre que abandonó las tonterías mímicas y las palabras dirigidas a la grada más alta, dijo entre otras muchas cosas más dignas del coturno que no solo del telón:

«Puede sucederle a cualquiera lo que puede sucederle a uno».

Si alguien se graba esto en el tuétano y contempla todas las desgracias ajenas, de las que hay una enorme cantidad cada día, como si tuvieran camino libre y abierto hacia él, se armará mucho antes de ser atacado. Tarde se prepara el ánimo para soportar los peligros después de los peligros. 9 «No pensaba que esto fuera a ocurrir» y: «¿Tú habrías creído que esto iba a suceder alguna vez?» ¿Por qué no? ¿Qué riquezas hay a las que no sigan de cerca la indigencia, el hambre y la mendicidad? ¿Qué dignidad hay a cuya toga pretexta, bastón augural y correas patricias no acompañen la miseria, la deshonra pública, mil manchas y el más absoluto desprecio? ¿Qué reino hay para el que no esté preparada la ruina, el pisoteo, un amo y un verdugo? Y estas cosas no están separadas por grandes intervalos, sino que media el instante de una hora entre el trono y las rodillas ajenas. 10 Debes saber, pues, que toda condición es mudable y que lo que golpea a alguien puede golpearte también a ti. ¿Eres rico? ¿Acaso más rico que Pompeyo? A quien, cuando Cayo, su antiguo pariente, su nuevo coheredero, le abrió la casa de César para cerrar la suya, le faltó el pan y el agua. Aunque poseía tantos ríos que nacían y desembocaban en su territorio, mendigó gotas de agua; murió de hambre y de sed en el palacio de su pariente, mientras su heredero le proporcionaba, hambriento, un funeral público. 11 ¿Has desempeñado los más altos cargos? ¿Acaso tan grandes o tan inesperados o tan completos como Seyano? El día en que el senado lo escoltó fuera, el pueblo lo despedazó. Sobre aquel en quien habían acumulado todo lo que podían los dioses y los hombres, no quedó nada que el verdugo pudiera arrastrar. 12 ¿Eres rey? No te voy a enviar a Creso, que subió a su pira por orden ajena y vio cómo la apagaban, sobreviviendo no solo a su reino, sino también a su propia muerte; ni a Jugurta, a quien el pueblo romano contempló al año de haberlo temido: hemos visto entre los guardias de Cayo a Ptolomeo, rey de África, y a Mitrídates de Armenia; uno fue enviado al exilio, el otro deseaba ser enviado con mayor garantía. En medio de tan gran alternancia de las cosas que suben y bajan, si no consideras como futuro todo lo que puede ocurrir, das poder sobre ti a las circunstancias adversas, poder que ha quebrantado quien las vio antes.

Capítulo12Contra el ajetreo inútil y vacío

1 Lo siguiente a esto será que no nos afanemos en cosas superfluas ni por motivos superfluos, es decir, que no deseemos lo que no podemos conseguir o que, una vez conseguido, no comprendamos tardíamente, después de mucho esfuerzo, la vanidad de nuestros deseos; dicho de otro modo, que nuestro esfuerzo no sea estéril y sin resultado, o que el resultado no sea digno del esfuerzo. Pues casi siempre de estas cosas se sigue la tristeza, si no hemos tenido éxito o si el éxito nos avergüenza. 2 Hay que eliminar ese ajetreo como el de la mayoría de la gente que va de casa en casa, de teatros en foros: se ofrecen para asuntos ajenos, siempre como si estuvieran haciendo algo. Si a uno de estos le preguntas cuando sale de casa: «¿Adónde vas? ¿Qué piensas hacer?», te responderá: «La verdad es que no lo sé, pero veré a algunas personas, haré algo». 3 Vagan sin objetivo, buscando ocupaciones, y no hacen lo que se habían propuesto, sino aquello con lo que se topan. Su carrera es irreflexiva y vacía, como la de las hormigas que trepan por los arbustos, que suben hasta la cima y luego bajan hasta el pie sin sentido. Muchos llevan una vida semejante a estas, de los cuales no sin razón alguien podría decir que es una ociosa agitación. 4 Te dará lástima ver a algunos corriendo como si fuera a un incendio: empujan tanto a los que encuentran y se precipitan ellos y a los demás, cuando en realidad han corrido o bien para saludar a alguien que no les devolverá el saludo, o para acompañar el funeral de un desconocido, o para asistir al juicio de alguien que pleitea constantemente, o a la boda de alguien que se casa con frecuencia, y han seguido una litera y en algunos sitios hasta la han llevado. Después, cuando vuelven a casa con un cansancio inútil, juran que ni ellos mismos saben por qué salieron, dónde estuvieron, para al día siguiente vagar de nuevo por esas mismas huellas. 5 Así pues, que todo esfuerzo se dirija a algo, que mire hacia algo. No es el trabajo lo que agita a los inquietos, sino, como a los locos, falsas imágenes de las cosas: pues ni siquiera estos se mueven sin alguna esperanza; los provoca la apariencia de alguna cosa cuya vanidad su mente engañada no rebate. 6 Del mismo modo, a cada uno de estos que salen para aumentar la multitud, causas vacías y frívolas los arrastran por la ciudad, y el amanecer los expulsa sin tener nada en qué ocuparse, y cuando, tras golpear en vano los umbrales de muchos, ha saludado a los nomencladores y ha sido excluido por muchos, a nadie de todos encuentra más difícilmente en casa que a sí mismo. 7 De este mal depende aquel vicio sumamente repugnante: escuchar a escondidas e indagar asuntos públicos y secretos, y conocer muchas cosas que no se pueden contar ni escuchar sin peligro.

Capítulo13La vida tranquila y la fortuna

1 Creo que siguiendo esto Demócrito comenzó así: «Quien quiera vivir tranquilamente, que no se ocupe de muchas cosas ni en privado ni en público», refiriéndose, desde luego, a las cosas superfluas: pues, si son necesarias, hay que ocuparse de muchas cosas, e incluso de innumerables, tanto en privado como en público; pero cuando ningún deber formal nos reclama, hay que frenar las actividades. 2 Pues quien se ocupa de muchas cosas a menudo se pone en manos de la fortuna; lo más seguro es ponerla a prueba pocas veces, pero pensar siempre en ella y no prometerse nada de su lealtad: «Navegaré, a no ser que suceda algo» y «Llegaré a pretor, a no ser que algo se interponga» y «El negocio me dará resultados, a no ser que algo intervenga». 3 Esto es por lo que decimos que al sabio nada le sucede contra lo que esperaba: no lo eximimos de los azares de los hombres, sino de sus errores, y no todo le sale como quiso, sino como pensó. Pero ante todo pensó que algo podía oponerse a sus propósitos. Y es inevitable que llegue con menos fuerza al ánimo el dolor de un deseo frustrado al que no le hayas prometido sin más el éxito.

Capítulo14La flexibilidad y la tranquilidad interior

1 Debemos también hacernos flexibles, para no encapricharnos demasiado con nuestros planes, y pasar a aquello adonde el azar nos haya conducido, sin temer un cambio de propósito o de situación, siempre que no nos atrape la ligereza, vicio muy enemigo de la tranquilidad. Pues tanto la obstinación debe ser necesariamente angustiosa y miserable, ya que la fortuna le arranca a menudo algo, como la ligereza es mucho más grave, pues no se contiene en nada. Ambas cosas son hostiles a la tranquilidad: no poder cambiar nada y no poder soportar nada. 2 En cualquier caso, el espíritu debe retirarse de todo lo externo y volver a sí mismo: que confíe en sí, que goce de sí, que estime lo suyo, que se aparte cuanto pueda de lo ajeno y se aplique a sí mismo; que no sienta las pérdidas, que incluso interprete favorablemente las adversidades. 3 Cuando le anunciaron el naufragio, nuestro Zenón, al oír que todos sus bienes se habían hundido, dijo: «La fortuna me ordena filosofar con más ligereza». Un tirano amenazaba con la muerte al filósofo Teodoro, y además sin sepultura: «Tienes motivo para congratularte —le dijo—, media pinta de sangre está en tu poder; pero en cuanto a la sepultura, ¡qué necio eres si piensas que me importa pudrirme sobre la tierra o bajo ella!». 4 Cano Julio, varón entre los más grandes, a cuya admiración no obstaculiza ni siquiera el hecho de haber nacido en nuestra época, tras discutir largamente con Cayo, cuando aquel Fálaris le dijo al marcharse: «No vaya a ser que te hagas ilusiones con una esperanza vana: he ordenado que te lleven a ejecutar», respondió: «Te doy las gracias, óptimo príncipe». 5 Dudo qué sintió; pues se me ocurren muchas cosas. ¿Quiso ser insultante y mostrar cuán grande era su crueldad, en la que la muerte era un beneficio? ¿O le echó en cara su demencia cotidiana? Pues daban las gracias incluso aquellos cuyos hijos habían sido asesinados y cuyos bienes habían sido confiscados. ¿O acaso aceptó gustoso la muerte como si fuera la libertad? Sea lo que sea, respondió con grandeza de ánimo. 6 Alguien dirá: Cayo pudo después de esto ordenarle que viviera. Cano no temió esto: era conocida la lealtad de Cayo en tales órdenes. ¿Crees que pasó los diez días intermedios hasta el suplicio sin ninguna preocupación? No es verosímil lo que aquel varón dijo, lo que hizo, lo tranquilo que estuvo. 7 Jugaba a las tablas. Cuando el centurión, que arrastraba la fila de los que iban a morir, ordenó que también a él lo hicieran salir, llamado contó las fichas y le dijo a su compañero: «Mira, no vayas a mentir después de mi muerte diciendo que has ganado». Luego, haciendo un gesto al centurión, le dijo: «Serás testigo de que voy yo un punto por delante». ¿Crees que Cano jugaba en aquel tablero? Se burló. 8 Sus amigos estaban tristes, por estar a punto de perder a un hombre tal: «¿Por qué estáis apesadumbrados? —dijo—. Vosotros os preguntáis si las almas son inmortales; yo ya lo sabré». Y no dejó de escrutar la verdad en el mismo fin y hacer de su muerte una investigación. 9 Lo acompañaba su filósofo, y ya no estaba lejos el montículo donde se hacía el sacrificio cotidiano a César, nuestro dios. Este le dijo: «¿Qué piensas ahora, Cano? ¿O qué tienes en la mente?». «Me he propuesto observar —dijo Cano— en ese instante velocísimo si el espíritu sentirá que sale de sí». Y prometió que, si descubría algo, visitaría a sus amigos e indicaría cuál era el estado de las almas. 10 He aquí la tranquilidad en medio de la tempestad, he aquí un espíritu digno de la eternidad, que convoca a su destino como prueba de la verdad, que, situado en aquel último escalón, interroga al alma que se marcha, y no solo aprende hasta la muerte, sino que aprende también algo de la muerte misma: ninguno filosofó durante más tiempo. No se abandonará precipitadamente a un gran hombre que debe ser recordado con cuidado: te entregaremos a toda la memoria, ilustrísima cabeza, gran parte de la matanza gayana.

Capítulo15Reír o llorar ante la vida

1 Pero de nada sirve haber apartado las causas del dolor personal: a veces nos invade el odio hacia el género humano, y se nos presenta ante los ojos la multitud de criminales dichosos. Cuando piensas en lo rara que es la honradez y lo desconocida que es la inocencia y lo difícil que es encontrar lealtad, excepto cuando conviene, y en la ambición, que gana o pierde con la lujuria igualmente odiosa, y que ya no se contiene dentro de sus propios límites hasta el punto de brillar mediante la vileza, el ánimo se precipita en la noche y, como si las virtudes se hubieran derrumbado, que ni podemos esperar ni nos sirve de nada poseer, surgen las tinieblas. 2 Por tanto, debemos inclinarnos a que todos los vicios de la gente común no nos parezcan odiosos, sino ridículos, y a imitar a Demócrito más bien que a Heráclito: este último, cada vez que salía en público, lloraba; aquel se reía; a uno todo lo que hacemos le parecía miseria, al otro, necedad. Hay que tomar todas las cosas con ligereza y soportarlas con ánimo tranquilo: es más humano reírse de la vida que lamentarse por ella. 3 Añade que también merece más del género humano quien se ríe de él que quien se lamenta: aquel deja todavía algo de buena esperanza, este en cambio llora neciamente lo que desespera de poder corregir; y si se contempla todo en conjunto, tiene el alma más grande quien no contiene la risa que quien no contiene las lágrimas, ya que aquella mueve el sentimiento más leve del ánimo y no considera que haya nada grande, nada serio, ni siquiera nada miserable en toda esta parafernalia. 4 Que cada uno se proponga individualmente las cosas por las que estamos alegres o tristes, y sabrá que es verdad lo que dijo Bión, que todos los asuntos de los hombres son muy semejantes a sus comienzos y que su vida no es más santa ni más seria que su concepción. 5 Pero es mejor aceptar con serenidad las costumbres públicas y los vicios humanos, sin caer ni en la risa ni en las lágrimas; pues atormentarse por los males ajenos es una miseria eterna, deleitarse con los males ajenos es un placer inhumano. 6 Así como es inútil aquella humanidad de llorar porque alguien lleve a enterrar a su hijo, y fingir dolor en el propio rostro, también en nuestras propias desgracias conviene comportarse de modo que concedas al dolor solo lo que exige la naturaleza, no lo que exige la costumbre. Muchos derraman lágrimas para exhibirlas, y tienen los ojos secos tantas veces como ha faltado el espectador, juzgando vergonzoso no llorar cuando todos lo hacen: hasta tal punto se ha clavado en lo más hondo este mal, depender de la opinión ajena, que incluso la cosa más simple, el dolor, llega a convertirse en simulación.

Capítulo16El destino de los hombres buenos

1 Sigue ahora la parte que suele, no sin razón, entristecernos y sumergirnos en la preocupación. Cuando los hombres buenos tienen finales desgraciados, cuando Sócrates se ve obligado a morir en la cárcel, Rutilio a vivir en el exilio, Pompeyo y Cicerón a ofrecer el cuello a sus propios clientes, Catón, aquella imagen viva de las virtudes, inclinado sobre su espada, dejando en evidencia a la vez su propia suerte y la de la república, es inevitable sentir el tormento de que la fortuna reparta recompensas tan injustas. ¿Y qué puede entonces esperar cada uno para sí, cuando ve que los mejores sufren lo peor? 2 ¿Qué hacer entonces? Observa cómo soportó cada uno de ellos su destino y, si fueron valientes, desea tener su mismo ánimo; si perecieron de forma afeminada y cobarde, no se ha perdido nada. O bien son dignos de que te agrade su virtud, o bien indignos de que eches de menos su cobardía. Pues ¿qué hay más vergonzoso que el hecho de que los hombres más grandes conviertan a los cobardes en valientes al morir con valor? 3 Alabemos una y otra vez a quien merece alabanzas y digamos: «¡Tanto más valiente! ¡Tanto más feliz! Has escapado a todas las desgracias, a la envidia, a la enfermedad; has salido de la prisión; no te has mostrado digno de la mala fortuna ante los dioses, sino indigno de que la fortuna pueda ya hacer algo contra ti». Pero a quienes se apartan y en el momento mismo de la muerte siguen mirando hacia la vida, hay que echarles mano. 4 No lloraré a nadie que esté alegre, ni a nadie que llore: el uno ha enjugado él mismo mis lágrimas, el otro con sus propias lágrimas ha conseguido no ser digno de ninguna. ¿Voy a llorar yo a Hércules porque arde vivo, o a Régulo porque lo atraviesan tantos clavos, o a Catón porque reabre sus heridas? Todos ellos, con un gasto mínimo de tiempo, encontraron el modo de hacerse eternos, y muriendo alcanzaron la inmortalidad.

Capítulo17Consejos para la tranquilidad del ánimo

1 También es motivo de no mediocre inquietud comportarte de forma artificial y no mostrarte con sencillez a nadie, como ocurre con la vida de muchos, fingida y preparada para la ostentación: en efecto, te atormenta la constante vigilancia sobre ti mismo y el miedo a ser descubierto distinto de lo habitual. Y nunca nos liberamos de la preocupación, cuando creemos que se nos juzga tantas veces como se nos mira. Pues suceden muchas cosas que nos desnudan contra nuestra voluntad, y, aunque salga bien tanta atención a uno mismo, sin embargo no es agradable ni segura la vida de quienes viven siempre con máscara. 2 En cambio, ¡cuánto placer tiene una sinceridad genuina y sin adornos por sí misma, que no oculta nada de sus costumbres! No obstante, también esta vida corre el peligro del desprecio, si todo está abierto a todos: pues hay quienes desdeñan cuanto conocen de cerca. Pero la virtud no corre el peligro de resultar despreciable cuando se examina de cerca, y más vale ser despreciado por la sencillez que atormentado por una simulación perpetua. Sin embargo, pongamos una medida al asunto: una cosa es vivir con sencillez y otra con dejadez.

3 También hay que retirarse mucho dentro de uno mismo: pues la compañía de quienes son distintos perturba el equilibrio alcanzado y renueva las pasiones, y hace que se infecte todo lo que en el alma hay de débil y no está del todo curado. Sin embargo, hay que mezclar y alternar estas dos cosas: la soledad y la compañía. Aquella nos hará sentir la necesidad de los demás; esta, la de nosotros mismos, y la una será remedio de la otra: la soledad sanará el odio a la multitud, la multitud el hastío de la soledad.

4 Tampoco debe mantenerse el espíritu siempre igualmente tenso, sino que hay que llevarlo a los juegos. Sócrates no se avergonzaba de jugar con los niños, y Catón relajaba su ánimo fatigado por las preocupaciones públicas con el vino, y Escipión movía aquel cuerpo triunfal y militar al son de la música, no quebrándose afeminadamente como ahora es costumbre entre quienes se deslizan con un andar más blando que el de las mujeres, sino como aquellos varones antiguos solían bailar con vigor en medio de los juegos y las fiestas, sin que fuera en detrimento de su honra aunque sus propios enemigos los contemplaran. 5 Hay que conceder descanso a los ánimos: se levantarán mejores y más vigorosos tras el reposo. Como no hay que exigir demasiado a los campos fértiles (pues pronto los agotará una fertilidad que no cesa nunca), así el trabajo continuo quebrará el ímpetu de los espíritus; recuperarán fuerzas si se relajan y aflojan un poco. De la constancia de los trabajos nace cierto embotamiento y languidez de los ánimos.

6 Y no tendería hacia esto el deseo de tantas personas, si el juego y la diversión no tuvieran un placer natural. Su uso frecuente quitará todo peso y toda energía a los ánimos: pues también el sueño es necesario para la recuperación, pero si lo prolongas día y noche será la muerte. Importa mucho si relajas algo o si lo sueltas. 7 Los legisladores instituyeron días festivos para obligar públicamente a los hombres a la alegría, como interponiendo un necesario equilibrio a los trabajos, y algunos varones de gran juicio se concedían vacaciones mensuales en días determinados, y otros dividían todos los días sin excepción entre el ocio y las ocupaciones. Recordamos a uno así en el gran orador Asinio Polión, a quien ningún asunto retuvo más allá de la décima hora: ni siquiera leía cartas después de esa hora, para que no naciera alguna nueva preocupación, sino que dejaba de lado el cansancio de todo el día en aquellas dos horas. Algunos hicieron una pausa a mediodía y aplazaron para las horas de la tarde algún trabajo más ligero. También nuestros antepasados prohibían que se presentara una nueva moción en el senado después de la décima hora. El soldado divide las guardias, y la noche queda libre para quienes regresan de una expedición. 8 Hay que ser indulgentes con el ánimo y concederle de vez en cuando descanso, que sea como alimento y fuerzas.

Y hay que pasear por espacios abiertos, para que el ánimo se acreciente y se eleve con el cielo despejado y el aire abundante; a veces un paseo en vehículo, un viaje y el cambio de lugar darán vigor, así como la reunión social y la bebida más generosa. A veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no para que nos sumerja, sino para que nos empuje: pues lava las preocupaciones y mueve el ánimo desde lo profundo y, como sana ciertas enfermedades, así sana la tristeza, y el inventor del vino recibió el nombre de Líber no por la licencia de la lengua, sino porque libera el ánimo de la esclavitud de las preocupaciones y lo afirma y lo vivifica y lo hace más audaz en todas las empresas. 9 Pero, como para la libertad, así para el vino es saludable la moderación. Se cree que Solón y Arcesilao se entregaron al vino; a Catón se le reprochó la embriaguez: más fácilmente harán honroso el vicio que deshonesto a Catón. Pero tampoco hay que hacerlo a menudo, no sea que el ánimo adquiera una mala costumbre, y sin embargo a veces hay que arrastrarlo hacia el júbilo y la libertad, y hay que apartar por un tiempo la triste sobriedad. 10 Pues, si creemos al poeta griego, «a veces también es agradable enloquecer»; o si a Platón, «en vano llamó a las puertas poéticas quien está en su sano juicio»; o si a Aristóteles, «no ha existido ningún gran ingenio sin mezcla de demencia». 11 No puede decir algo grande y por encima de los demás si el espíritu no está conmovido. Cuando ha despreciado lo vulgar y habitual y se ha elevado más alto con un impulso sagrado, entonces finalmente ha cantado algo más grandioso que la boca mortal. No puede alcanzar nada sublime y situado en las alturas mientras está en sí: es necesario que se separe de lo habitual y se exalte y muerda el freno y arrebate a su guía, y lo lleve adonde por sí mismo habría temido subir.

12 Tienes, querido Sereno, lo que puede preservar la tranquilidad, lo que puede restablecerla, lo que puede resistir a los vicios que se insinúan. Sin embargo, debes saber esto: nada de ello tiene suficiente fuerza para quienes conservan una cosa débil, a menos que un cuidado intenso y constante rodee el ánimo vacilante.

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