Libro 4El Combate
Capítulo1Introducción
Tras haber examinado en el libro precedente los temas que pueden considerarse los elementos eficientes de la guerra, dirigiremos ahora nuestra atención al combate como actividad real de la guerra, que, mediante sus efectos físicos y morales, abarca a veces de manera más simple, a veces de manera más compleja, el objetivo de toda la campaña. En esta actividad y en sus efectos deben reaparecer, por tanto, estos elementos.
La formación del combate es de naturaleza táctica; aquí solo la examinamos de modo general para familiarizarnos con ella en su aspecto de conjunto. En la práctica, los objetivos menores o más inmediatos confieren a cada combate una forma característica; estos objetivos menores no los trataremos hasta más adelante. Pero estas peculiaridades son, en comparación con las características generales de un combate, en su mayoría insignificantes, de modo que la mayor parte de los combates se parecen mucho entre sí y, por tanto, para evitar repetir lo general en cada etapa, nos vemos obligados a examinarlo aquí, antes de abordar el tema de su aplicación más específica.
En primer lugar, pues, expondremos en el próximo capítulo, en pocas palabras, las características de la batalla moderna en su desarrollo táctico, porque eso constituye el fundamento de nuestras concepciones de lo que la batalla realmente es.
Capítulo2Carácter de la batalla moderna
Según la noción que nos hemos formado de la táctica y la estrategia, se sigue, como cosa natural, que si cambia la naturaleza de la primera, ese cambio debe influir en la segunda. Si los hechos tácticos en un caso son enteramente diferentes de los de otro, entonces los estratégicos deben serlo también, si han de seguir siendo coherentes y razonables. Por tanto, es importante caracterizar una acción general en su forma moderna antes de avanzar con el estudio de su empleo en la estrategia.
¿Qué hacemos ahora habitualmente en una gran batalla? Nos situamos tranquilamente en grandes masas dispuestas contiguas y unas detrás de otras. Desplegamos relativamente solo una pequeña porción del conjunto, y la dejamos consumirse en un combate de fuego que dura varias horas, solo interrumpido de vez en cuando, y desplazado aquí y allá por pequeñas sacudidas aisladas procedentes de cargas a la bayoneta y ataques de caballería. Cuando esta línea ha agotado gradualmente parte de su ardor bélico de este modo y no queda más que las cenizas, se retira(*) y es reemplazada por otra.
(*) El relevo de la línea de combate desempeñó un gran papel en las batallas de la era del ánima lisa; lo hacían necesario el ensuciamiento de los mosquetes, la fatiga física de los hombres y el consumo de municiones, y fue reconocido como necesario y aconsejable por el propio Napoleón.—EDITOR.
De este modo la batalla, según un principio modificado, arde lentamente como pólvora húmeda, y si el velo de la noche le ordena detenerse, porque ninguna de las partes puede ya ver, y ninguna elige correr el riesgo del azar ciego, entonces cada bando hace respectivamente un recuento de las masas restantes que pueden llamarse todavía efectivas, es decir, que aún no se han derrumbado por completo como volcanes extinguidos; se hace recuento del terreno ganado o perdido, y de cómo está la seguridad de la retaguardia; estos resultados, junto con las impresiones particulares acerca de valentía y cobardía, capacidad y estupidez, que se cree haber observado en nosotros mismos y en el enemigo, se reúnen en una sola impresión total, de la cual brota la resolución de abandonar el campo o de renovar el combate al día siguiente.
Esta descripción, que no pretende ser un cuadro acabado de una batalla moderna, sino solo dar su tono general, sirve tanto para la ofensiva como para la defensiva, y los rasgos especiales que vienen dados por el objetivo propuesto, el país, etc., etc., pueden introducirse en ella sin alterar materialmente la concepción.
Pero las batallas modernas no son así por accidente; lo son porque las partes se encuentran casi al mismo nivel en cuanto a organización militar y conocimiento del arte de la guerra, y porque el elemento bélico inflamado por grandes intereses nacionales ha roto los límites artificiales y ahora fluye por su cauce natural. Bajo estas dos condiciones, las batallas siempre conservarán este carácter.
Esta idea general de la batalla moderna nos será útil en lo sucesivo en más de un lugar, si queremos estimar el valor de los coeficientes particulares de fuerza, país, etc., etc. Es solo para los combates generales, grandes y decisivos, y los que se les aproximan, para los que vale esta descripción; los inferiores han cambiado también su carácter en la misma dirección, pero menos que los grandes. La prueba de esto pertenece a la táctica; sin embargo, tendremos oportunidad más adelante de hacer este tema más claro dando algunos detalles.
Capítulo3El combate en general
El combate es la verdadera actividad bélica, todo lo demás no es sino auxiliar suyo; por tanto, dirijamos hacia su naturaleza una mirada atenta.
Combate significa pelear, y en esto la destrucción o conquista del enemigo es el objetivo, y el enemigo, en el combate particular, es la fuerza armada que se nos opone.
Esta es la idea simple; volveremos a ella, pero antes de poder hacerlo debemos insertar una serie de otras.
Si suponemos el Estado y su fuerza militar como una unidad, entonces lo más natural es imaginar también la guerra como un gran combate único, y en las relaciones simples de las naciones salvajes tampoco es muy distinto. Pero nuestras guerras están compuestas por una cantidad de combates grandes y pequeños simultáneos o consecutivos, y esta división de la actividad en tantas acciones separadas se debe a la gran multiplicidad de las relaciones de las cuales surge la guerra entre nosotros.
De hecho, el objetivo último de nuestras guerras, el político, no siempre es del todo simple; e incluso si lo fuera, la acción está ligada a tal cantidad de condiciones y consideraciones que deben tomarse en cuenta, que el objetivo ya no puede alcanzarse mediante un solo acto grande sino únicamente a través de una cantidad de actos mayores o menores que se unen en un todo; cada uno de estos actos separados es por tanto parte de un todo, y tiene en consecuencia un objetivo especial mediante el cual se vincula a ese todo.
Ya hemos dicho que todo acto estratégico puede remitirse a la idea de un combate, porque es un empleo de la fuerza militar, y en la raíz de eso yace siempre la idea de pelear. Podemos por tanto reducir toda actividad militar en el ámbito de la estrategia a la unidad de combates individuales, y ocuparnos únicamente del objetivo de estos; iremos conociendo estos objetivos especiales gradualmente conforme lleguemos a hablar de las causas que los producen; aquí nos contentamos con decir que todo combate, grande o pequeño, tiene su propio objetivo peculiar en subordinación al objetivo principal. Si este es el caso entonces, la destrucción y conquista del enemigo solo ha de considerarse como el medio de alcanzar este objetivo; como incuestionablemente lo es.
Pero este resultado es verdadero solo en su forma, e importante solo en razón de la conexión que las ideas tienen entre sí, y únicamente lo hemos buscado para desembarazarnos de él de inmediato.
¿Qué es vencer al enemigo? Invariablemente la destrucción de su fuerza militar, ya sea por muerte, o heridas, o cualquier medio; ya sea completamente o solo hasta tal grado que ya no pueda continuar la contienda; por tanto, mientras dejemos de lado todos los objetivos especiales de los combates, podemos considerar la destrucción completa o parcial del enemigo como el único objetivo de todos los combates.
Ahora sostenemos que en la mayoría de los casos, y especialmente en las grandes batallas, el objetivo especial mediante el cual la batalla se individualiza y se vincula con el gran todo es solo una débil modificación de aquel objetivo general, o un objetivo auxiliar ligado a él, suficientemente importante para individualizar la batalla, pero siempre insignificante en comparación con aquel objetivo general; de modo que si solo se obtuviera aquel objetivo auxiliar, solo se cumpliría una parte sin importancia del propósito del combate. Si esta afirmación es correcta, entonces vemos que la idea, según la cual la destrucción de la fuerza del enemigo es solo el medio, y algo más es siempre el objetivo, solo puede ser verdadera en la forma, pero que conduciría a conclusiones falsas si no recordáramos que esta destrucción de la fuerza del enemigo está comprendida en aquel objetivo, y que este objetivo es solo una débil modificación de ella. El olvido de esto condujo a puntos de vista completamente falsos antes de las guerras del último periodo, y creó tendencias así como fragmentos de sistemas, en los cuales la teoría pensaba elevarse tanto más por encima del trabajo artesanal cuanto menos suponía necesitar el uso del instrumento real, esto es, la destrucción de la fuerza del enemigo.
Ciertamente tal sistema no podría haber surgido a menos que estuviera apoyado por otros supuestos falsos, y a menos que en lugar de la destrucción del enemigo se hubieran sustituido otras cosas a las cuales se atribuyó una eficacia que no les pertenecía legítimamente. Atacaremos estas falsedades siempre que la ocasión lo requiera, pero no podíamos tratar del combate sin reclamar para él la importancia y el valor reales que le pertenecen, y prevenir contra los errores a los cuales podría conducir la mera verdad formal.
Pero ahora ¿cómo lograremos mostrar que en la mayoría de los casos, y en los más importantes, la destrucción del ejército del enemigo es lo principal? ¿Cómo lograremos combatir esa idea extremadamente sutil que supone posible, mediante el uso de una forma artificial especial, efectuar por medio de una pequeña destrucción directa de las fuerzas del enemigo una destrucción mucho mayor indirectamente, o por medio de golpes pequeños pero extremadamente bien dirigidos producir tal paralización de las fuerzas del enemigo, tal dominio sobre la voluntad del enemigo, que este modo de proceder ha de considerarse como un gran acortamiento del camino? Indudablemente una victoria en un punto puede ser de más valor que en otro. Indudablemente existe una disposición científica de las batallas entre sí, incluso en la estrategia, que de hecho no es sino el arte de disponerlas así. Negar eso no es nuestra intención, pero afirmamos que la destrucción directa de las fuerzas del enemigo predomina en todas partes; sostenemos aquí la importancia primordial de este principio destructivo y nada más.
Debemos, sin embargo, recordar que ahora nos ocupamos de la estrategia, no de la táctica, por tanto no hablamos de los medios que la primera puede tener de destruir a bajo coste un gran cuerpo de las fuerzas del enemigo, sino que bajo destrucción directa entendemos los resultados tácticos, y que, por tanto, nuestra afirmación es que solo grandes resultados tácticos pueden conducir a grandes resultados estratégicos, o, como ya hemos expresado una vez antes más claramente, los éxitos tácticos son de importancia suprema en la conducción de la guerra.
La prueba de esta afirmación nos parece bastante simple, reside en el tiempo que requiere toda combinación complicada (artificial). La cuestión de si un ataque simple, o uno más cuidadosamente preparado, es decir, más artificial, producirá mayores efectos, puede indudablemente decidirse a favor del segundo mientras se suponga que el enemigo permanece completamente pasivo. Pero todo ataque cuidadosamente combinado requiere tiempo para su preparación, y si interviene un contragolpe del enemigo, todo nuestro designio puede verse trastornado. Ahora bien, si el enemigo decidiera realizar algún ataque simple, que puede ejecutarse en menor tiempo, entonces él gana la iniciativa, y destruye el efecto del gran plan. Por tanto, junto con la conveniencia de un ataque complicado debemos considerar todos los peligros que corremos durante su preparación, y solo debemos adoptarlo si no hay razón para temer que el enemigo desconcierte nuestro plan. Siempre que este sea el caso debemos nosotros mismos elegir el camino más simple, es decir, más rápido, y rebajar nuestros objetivos en este sentido tanto como el carácter, las relaciones del enemigo, y otras circunstancias puedan hacer necesario. Si abandonamos las débiles impresiones de las ideas abstractas y descendemos a la región de la vida práctica, entonces es evidente que un enemigo audaz, valeroso, resuelto no nos dejará tiempo para combinaciones amplias y hábiles, y es precisamente contra tal enemigo contra quien más necesitaríamos la habilidad. Con esto nos parece que queda concluyentemente demostrada la ventaja de los resultados simples y directos sobre aquellos que son complicados.
Nuestra opinión no es por ello que el golpe simple sea el mejor, sino que no debemos levantar el brazo demasiado lejos para el tiempo dado para golpear, y que esta condición siempre conducirá más al conflicto directo cuanto más belicoso sea nuestro oponente. Por tanto, lejos de hacer nuestro objetivo ganarle al enemigo mediante planes complicados, debemos más bien procurar adelantarnos a él mediante mayor simplicidad en nuestros designios.
Si buscamos las piedras fundamentales más bajas de estas proposiciones inversas encontramos que en una es la habilidad, en la otra, el valor. Ahora bien, hay algo muy atractivo en la noción de que un grado moderado de valor unido a gran habilidad producirá mayores efectos que habilidad moderada con gran valor. Pero a menos que supongamos estos elementos en una relación desproporcionada, no lógica, no tenemos derecho a asignar a la habilidad esta ventaja sobre el valor en un campo que se llama peligro, y que debe considerarse como el verdadero dominio del valor.
Tras este examen abstracto solo añadiremos que la experiencia, muy lejos de conducir a una conclusión diferente, es más bien la única causa que nos ha impulsado en esta dirección, y ha dado origen a tales reflexiones.
Quien lea la historia con una mente libre de prejuicios no puede dejar de llegar a la convicción de que de todas las virtudes militares, la energía en la conducción de las operaciones ha contribuido siempre más a la gloria y al éxito de las armas.
Cómo validamos nuestro principio de considerar la destrucción de la fuerza del enemigo como el objetivo principal, no solo en la guerra como un todo sino también en cada combate separado, y cómo ese principio se adecúa a todas las formas y condiciones necesariamente exigidas por las relaciones de las cuales surge la guerra, lo mostrará la continuación. Por el momento todo lo que deseamos es sostener su importancia general, y con este resultado volvemos de nuevo al combate.
Capítulo4El combate en general (continuación)
En el último capítulo mostramos la destrucción del enemigo como el verdadero objeto del combate, y hemos procurado demostrar mediante una consideración especial del punto que esto es cierto en la mayoría de los casos, y respecto a las batallas más importantes, porque la destrucción del ejército enemigo es siempre el objeto preponderante en la guerra. Los otros objetos que pueden mezclarse con esta destrucción de la fuerza enemiga, y que pueden tener más o menos influencia, los describiremos de modo general en el siguiente capítulo, y los conoceremos mejor gradualmente después; aquí despojamos al combate de ellos por completo, y consideramos la destrucción del enemigo como el objeto completo y suficiente de cualquier combate.
¿Qué debemos entender ahora por destrucción del ejército enemigo? Una disminución de este relativamente mayor que la de nuestro propio lado. Si tenemos una gran superioridad numérica sobre el enemigo, entonces naturalmente la misma cantidad absoluta de pérdidas en ambos bandos es para nosotros una menor que para él, y en consecuencia puede considerarse en sí misma como una ventaja. Como aquí estamos considerando el combate despojado de todos los (demás) objetos, debemos también excluir de nuestra consideración el caso en que el combate se utiliza solo indirectamente para una mayor destrucción de la fuerza enemiga; en consecuencia también, solo esa ganancia directa que se ha obtenido en el proceso mutuo de destrucción debe considerarse como el objeto, pues esta es una ganancia absoluta, que se extiende a través de toda la campaña, y al final de esta siempre aparecerá como ganancia pura. Pero cualquier otro tipo de victoria sobre nuestro oponente tendrá su motivo en otros objetos, que hemos excluido completamente aquí, o solo producirá una ventaja relativa temporal. Un ejemplo aclarará esto.
Si mediante una disposición hábil hemos reducido a nuestro oponente a tal dilema que no puede continuar el combate sin peligro, y después de alguna resistencia se retira, entonces podemos decir que lo hemos vencido en ese punto; pero si en esta victoria hemos gastado exactamente tantas fuerzas como el enemigo, entonces al cerrar la cuenta de la campaña, no queda ninguna ganancia de esta victoria, si es que tal resultado puede llamarse una victoria. Por lo tanto, el vencimiento del enemigo, es decir, colocarlo en tal posición que deba abandonar la lucha, no cuenta por sí mismo, y por esa razón no puede entrar en la definición del objeto. No queda, por tanto, como hemos dicho, nada más que la ganancia directa que hemos obtenido en el proceso de destrucción; pero a esto pertenecen no solo las pérdidas que han tenido lugar en el transcurso del combate, sino también aquellas que, después de la retirada de la parte vencida, tienen lugar como consecuencias directas del mismo.
Ahora bien, se sabe por experiencia que las pérdidas en fuerzas físicas en el transcurso de una batalla rara vez presentan una gran diferencia entre vencedor y vencido respectivamente, a menudo ninguna en absoluto, a veces incluso una que guarda una relación inversa con el resultado, y que las pérdidas más decisivas del lado del vencido solo comienzan con la retirada, es decir, aquellas que el conquistador no comparte con él. Los débiles restos de batallones ya en desorden son aniquilados por la caballería, hombres exhaustos cubren el suelo, cañones inutilizados y carros de municiones rotos son abandonados, otros en el mal estado de los caminos no pueden ser retirados con suficiente rapidez y son capturados por las tropas enemigas, durante la noche muchos pierden su camino y caen indefensos en manos del enemigo, y así la victoria adquiere mayormente sustancia corporal después de que ya está decidida. Aquí habría una paradoja, si no se resolviera de la siguiente manera.
La pérdida en fuerza física no es la única que los dos bandos sufren en el transcurso del combate; las fuerzas morales también se sacuden, se quiebran y se arruinan. No es solo la pérdida en hombres, caballos y cañones, sino en orden, valor, confianza, cohesión y plan, lo que entra en consideración cuando se trata de la cuestión de si la lucha puede continuarse o no. Son principalmente las fuerzas morales las que deciden aquí, y en todos los casos en que el conquistador ha perdido tanto como el vencido, son estas solas.
La relación comparativa de las pérdidas físicas es difícil de estimar en una batalla, pero no así la relación de las morales. Dos cosas principalmente la hacen conocida. Una es la pérdida del terreno en que ha tenido lugar la lucha, la otra es la superioridad de las reservas del enemigo. Cuanto más han disminuido nuestras reservas en comparación con las del enemigo, más fuerza hemos usado para mantener el equilibrio; en esto de inmediato se da una prueba evidente de la superioridad moral del enemigo que rara vez deja de suscitar en el alma del comandante cierta amargura de sentimiento, y una especie de desprecio por sus propias tropas. Pero lo principal es que los hombres que han estado comprometidos durante un largo tiempo son más o menos como cenizas consumidas; su munición se ha consumido; se han reducido hasta cierto punto; las energías físicas y morales están agotadas, quizás su valor también está quebrado. Tal fuerza, independientemente de la disminución en su número, si se ve como un todo orgánico, es muy diferente de lo que era antes del combate; y así es que la pérdida de fuerza moral puede medirse por las reservas que se han usado como si fuera en una regla graduada.
El terreno perdido y la falta de reservas frescas son, por tanto, usualmente las causas principales que determinan una retirada; pero al mismo tiempo de ningún modo excluimos ni deseamos dejar en la sombra otras razones, que pueden radicar en la interdependencia de partes del ejército, en el plan general, etc.
Todo combate es por tanto la medición sangrienta y destructiva de la fuerza de las fuerzas, físicas y morales; quien al final tiene la mayor cantidad de ambas es el vencedor.
En el combate la pérdida de fuerza moral es la causa principal de la decisión; después de que esta se da, esta pérdida continúa aumentando hasta que alcanza su punto culminante al cierre de todo el acto. Esta es entonces la oportunidad que el vencedor debe aprovechar para cosechar su cosecha mediante las mayores restricciones posibles de las fuerzas de su enemigo, el verdadero objeto de entrar en combate. Del lado vencido, la pérdida de todo orden y control a menudo hace que la prolongación de la resistencia por unidades individuales, por el castigo adicional que seguramente sufrirán, sea más perjudicial que útil para el conjunto. El espíritu de la masa está roto; la excitación original sobre perder o ganar, a través de la cual se olvidaba el peligro, se ha gastado, y para la mayoría el peligro ahora ya no aparece como un llamado a su valor, sino más bien como la resistencia de un castigo cruel. Así el instrumento en el primer momento de la victoria del enemigo está debilitado y embotado, y por lo tanto ya no es apto para responder al peligro con peligro.
Este período, sin embargo, pasa; las fuerzas morales del vencido se recuperarán gradualmente, el orden se restablecerá, el valor revivirá, y en la mayoría de los casos solo queda una pequeña parte de la superioridad obtenida, a menudo ninguna en absoluto. En algunos casos, aunque raramente, el espíritu de venganza y hostilidad intensificada puede producir un resultado opuesto. Por otro lado, lo que se gana en muertos, heridos, prisioneros y cañones capturados nunca puede desaparecer de la cuenta.
Las pérdidas en una batalla consisten más en muertos y heridos; las posteriores a la batalla, más en artillería tomada y prisioneros. Las primeras el conquistador las comparte con el vencido, más o menos, pero las segundas no; y por esa razón usualmente solo tienen lugar en un lado del conflicto, al menos, están considerablemente en exceso en un lado.
Artillería y prisioneros son por tanto en todo momento considerados como los verdaderos trofeos de la victoria, así como su medida, porque a través de estas cosas su alcance se declara más allá de toda duda. Incluso el grado de superioridad moral puede juzgarse mejor por ellos que por cualquier otra relación, especialmente si se compara con ellos el número de muertos y heridos; y aquí surge un nuevo poder que aumenta los efectos morales.
Hemos dicho que las fuerzas morales, abatidas en la batalla y en los movimientos inmediatamente siguientes, se recuperan gradualmente, y a menudo no muestran rastros de daño; este es el caso con pequeñas divisiones del conjunto, con menos frecuencia con grandes divisiones; puede, sin embargo, ser también el caso con el ejército principal, pero rara vez o nunca en el Estado o Gobierno al que pertenece el ejército. Estos estiman la situación más imparcialmente, y desde un punto de vista más elevado, y reconocen en el número de trofeos tomados por el enemigo, y su relación con el número de muertos y heridos, demasiado fácil y bien, la medida de su propia debilidad e ineficiencia.
De hecho, el equilibrio perdido del poder moral no debe tratarse a la ligera porque no tiene valor absoluto, y porque no aparece necesariamente en todos los casos en la cantidad de los resultados al cierre final; puede volverse de un peso tan excesivo como para derribar todo con una fuerza irresistible. Por esa razón puede a menudo convertirse en un gran objetivo de las operaciones de las que hablaremos en otra parte. Aquí todavía tenemos que examinar algunas de sus relaciones fundamentales.
El efecto moral de una victoria aumenta, no meramente en proporción a la extensión de las fuerzas comprometidas, sino en una proporción progresiva, es decir, no solo en extensión, sino también en su intensidad. En un destacamento vencido el orden se restablece fácilmente. Como un solo miembro congelado se revive fácilmente por el resto del cuerpo, así el valor de un destacamento derrotado se levanta fácilmente de nuevo por el valor del resto del ejército tan pronto como se reúne con él. Si, por tanto, los efectos de una pequeña victoria no se eliminan completamente, aún así se pierden en parte para el enemigo. Este no es el caso si el ejército mismo sufre una gran derrota; entonces uno con el otro caen juntos. Un gran fuego alcanza un calor completamente diferente al de varios pequeños.
Otra relación que determina el valor moral de una victoria es la relación numérica de las fuerzas que han estado en conflicto entre sí. Vencer a muchos con pocos no es solo un doble éxito, sino que muestra también una superioridad mayor, especialmente más general, que el vencido siempre debe temer encontrar de nuevo. Al mismo tiempo esta influencia es en realidad apenas observable en tal caso. En el momento de la acción real, las nociones de la fuerza real del enemigo son generalmente tan inciertas, la estimación de la propia comúnmente tan incorrecta, que la parte superior en números o bien no admite la desproporción, o está muy lejos de admitir la verdad completa, debido a lo cual evade casi enteramente las desventajas morales que surgirían de ello. Es solo después en la historia que la verdad, largamente suprimida por la ignorancia, la vanidad o una discreción sabia, hace su aparición, y entonces ciertamente arroja un brillo sobre el ejército y su líder, pero entonces ya no puede hacer nada más por su influencia moral para eventos hace tiempo pasados.
Si los prisioneros y los cañones capturados son esas cosas por las que la victoria gana principalmente sustancia, sus verdaderas cristalizaciones, entonces el plan de la batalla debe tener esas cosas especialmente en vista; la destrucción del enemigo por muerte y heridas aparece aquí meramente como un medio para un fin.
Hasta qué punto esto puede influir en las disposiciones en la batalla no es un asunto de la estrategia, pero la decisión de librar la batalla está en íntima conexión con ello, como se muestra por la dirección dada a nuestras fuerzas, y su agrupación general, si amenazamos el flanco o la retaguardia del enemigo, o él amenaza los nuestros. En este punto, el número de prisioneros y cañones capturados depende mucho, y es un punto que, en muchos casos, la táctica sola no puede satisfacer, particularmente si las relaciones estratégicas están demasiado en oposición a ello.
El riesgo de tener que luchar en dos lados, y la posición aún más peligrosa de no tener ninguna línea de retirada abierta, paralizan los movimientos y el poder de resistencia; además, en caso de derrota, aumentan la pérdida, a menudo elevándola a su punto extremo, es decir, a la destrucción. Por lo tanto, la retaguardia en peligro hace la derrota más probable, y, al mismo tiempo, más decisiva.
De esto surge, en toda la conducción de la guerra, especialmente en los combates grandes y pequeños, un instinto perfecto para asegurar nuestra propia línea de retirada y apoderarse de la del enemigo; esto se sigue de la concepción de la victoria, que, como hemos visto, es algo más allá de la mera matanza.
En este esfuerzo vemos, por tanto, el primer propósito inmediato en el combate, y uno que es completamente universal. Ningún combate es imaginable en el que este esfuerzo, ya sea en su forma doble o simple, no vaya de la mano con el golpe simple y llano de fuerza. Incluso la tropa más pequeña no se arrojará sobre su enemigo sin pensar en su línea de retirada, y, en la mayoría de los casos, tendrá también un ojo en la del enemigo.
Deberíamos tener que desviarnos para mostrar cuán a menudo este instinto se ve impedido de ir por el camino directo, cuán a menudo debe ceder a las dificultades que surgen de consideraciones más importantes: por lo tanto, nos contentaremos con afirmar que es una ley natural general del combate.
Es, por tanto, activa; presiona por todas partes con su peso natural, y así se convierte en el pivote sobre el que giran casi todas las maniobras tácticas y estratégicas.
Si ahora echamos un vistazo a la concepción de la victoria como un todo, encontramos en ella tres elementos:
1. La mayor pérdida del enemigo en poder físico.
2. En poder moral.
3. Su reconocimiento abierto de esto mediante el abandono de sus intenciones.
Los informes elaborados en cada lado de pérdidas en muertos y heridos nunca son exactos, rara vez veraces, y en la mayoría de los casos, llenos de falsedades intencionadas. Incluso la declaración del número de trofeos rara vez es completamente confiable; en consecuencia, cuando no es considerable puede también arrojar una duda incluso sobre la realidad de la victoria. De la pérdida en fuerzas morales no hay medida confiable, excepto en los trofeos: por lo tanto, en muchos casos, el abandono de la lucha es la única evidencia real de la victoria. Debe, por tanto, considerarse como una confesión de inferioridad, como el arriar de la bandera, por lo cual, en esta instancia particular, el derecho y la superioridad se conceden al enemigo, y este grado de humillación y desgracia, que, sin embargo, debe distinguirse de todas las demás consecuencias morales de la pérdida de equilibrio, es una parte esencial de la victoria. Es esta parte sola la que actúa sobre la opinión pública fuera del ejército, sobre el pueblo y el gobierno en ambos Estados beligerantes, y sobre todos los demás de algún modo concernidos.
Pero la renuncia al objeto general no es completamente idéntica a abandonar el campo de batalla, incluso cuando la batalla ha sido muy obstinada y sostenida durante largo tiempo; nadie dice de los puestos avanzados, cuando se retiran después de un combate obstinado, que han abandonado su objeto; incluso en combates dirigidos a la destrucción del ejército enemigo, la retirada del campo de batalla no siempre debe considerarse como un abandono de este objetivo, como por ejemplo, en retiradas planeadas de antemano, en las que el terreno se disputa palmo a palmo; todo esto pertenece a esa parte de nuestro tema donde hablaremos del objeto separado del combate; aquí solo deseamos llamar la atención sobre el hecho de que en la mayoría de los casos el abandono del objeto es muy difícil de distinguir de la retirada del campo de batalla, y que la impresión producida por esta última, tanto dentro como fuera del ejército, no debe tratarse a la ligera.
Para generales y ejércitos cuya reputación no está hecha, esto es en sí mismo una de las dificultades en muchas operaciones, justificadas por las circunstancias cuando una sucesión de combates, cada uno terminando en retirada, puede aparecer como una sucesión de derrotas, sin serlo en realidad, y cuando esa apariencia puede ejercer una influencia muy deprimente. Es imposible para el general que se retira, al dar a conocer sus verdaderas intenciones, impedir que el efecto moral se extienda al público y a sus tropas, pues para hacerlo con efecto debe revelar sus planes completamente, lo que por supuesto iría en contra de sus intereses principales en un grado demasiado grande.
Para llamar la atención sobre la importancia especial de esta concepción de la victoria solo nos referiremos a la batalla de Soor, cuyos trofeos no fueron importantes (unos pocos miles de prisioneros y veinte cañones), y donde Federico proclamó su victoria permaneciendo durante cinco días después en el campo de batalla, aunque su retirada a Silesia había sido determinada previamente, y era una medida natural a toda su situación. Según su propio relato, pensó que apresuraría una paz mediante el efecto moral de su victoria. Ahora bien, aunque también se requirieron un par de otros éxitos, a saber, la batalla en Katholisch Hennersdorf, en Lusacia, y la batalla de Kesseldorf, antes de que esta paz tuviera lugar, aun así no podemos decir que el efecto moral de la batalla de Soor fuera nulo.
Si es principalmente la fuerza moral la que se sacude por la derrota, y si el número de trofeos cosechados por el enemigo asciende a una altura inusual, entonces el combate perdido se convierte en una derrota completa, pero esto no es la consecuencia necesaria de cada victoria. Una derrota completa solo se inicia cuando la fuerza moral del derrotado está muy severamente sacudida; entonces a menudo sobreviene una completa incapacidad de resistencia adicional, y toda la acción consiste en ceder, es decir, en huir.
Jena y Belle Alliance fueron derrotas completas, pero no así Borodino.
Aunque sin pedantería no podemos dar aquí ninguna línea única de separación, porque la diferencia entre las cosas es de grados, aun así la retención de la concepción es esencial como un punto central para dar claridad a nuestras ideas teóricas y es una falta en nuestra terminología que para una victoria sobre el enemigo equivalente a una derrota completa, y una conquista del enemigo solo equivalente a una simple victoria, haya solo una y la misma palabra para usar.
Capítulo5Sobre la significación del combate
Tras haber examinado en el capítulo anterior el combate en su forma absoluta, como imagen en miniatura de toda la guerra, pasamos ahora a las relaciones que mantiene con las demás partes del gran conjunto. Primero preguntamos qué significa más precisamente un combate.
Como la guerra no es otra cosa que un proceso mutuo de destrucción, la respuesta más natural en concepto, y quizá también en realidad, parece ser que todos los poderes de cada bando se unan en un gran volumen y todo resulte en un gran choque de esas masas. Ciertamente hay mucha verdad en esta idea, y parece muy aconsejable que nos atengamos a ella y que por esa razón consideremos al principio los pequeños combates solo como pérdida necesaria, como las virutas del cepillo de un carpintero. Sin embargo, la cosa no puede zanjarse tan fácilmente.
Que una multiplicación de combates surja del fraccionamiento de fuerzas es algo natural, y los objetivos más inmediatos de los combates separados se nos presentarán por tanto en el tema del fraccionamiento de fuerzas; pero estos objetivos, y junto con ellos toda la masa de combates, pueden agruparse de manera general bajo ciertas clases, y el conocimiento de estas clases contribuirá a hacer nuestras observaciones más inteligibles.
La destrucción de las fuerzas militares del enemigo es en realidad el objeto de todos los combates; pero pueden añadirse otros objetivos, y estos otros objetivos pueden ser al mismo tiempo predominantes; debemos por tanto establecer una distinción entre aquellos en que la destrucción de las fuerzas enemigas es el objeto principal, y aquellos en que es más bien el medio. La destrucción de la fuerza enemiga, la posesión de un lugar o la posesión de algún objeto pueden ser el motivo general de un combate, y puede ser uno solo de estos o varios juntos, en cuyo caso sin embargo generalmente uno es el motivo principal. Ahora bien, las dos formas principales de guerra, la ofensiva y la defensiva, de las que hablaremos en breve, no modifican el primero de estos motivos, pero ciertamente modifican los otros dos, y por tanto si los ordenamos en un esquema aparecerían así:
OFENSIVA. DEFENSIVA. 1. Destrucción de la fuerza enemiga 1. Destrucción de la fuerza enemiga. 2. Conquista de un lugar. 2. Defensa de un lugar. 3. Conquista de algún objeto. 3. Defensa de algún objeto.
Sin embargo, estos motivos no parecen abarcar completamente todo el tema, si recordamos que hay reconocimientos y demostraciones en los que claramente ninguno de estos tres puntos es el objeto del combate. En realidad debemos, por tanto, admitir una cuarta clase por esta razón. Hablando estrictamente, en reconocimientos en los que deseamos que el enemigo se muestre, en alarmas con las que deseamos agotarlo, en demostraciones con las que deseamos impedirle abandonar algún punto o desviarlo hacia otro, los objetos son todos tales que solo pueden alcanzarse indirectamente y «bajo el pretexto de uno de los tres objetos especificados en la tabla», habitualmente del segundo; pues el enemigo cuyo propósito es reconocer debe disponer su fuerza como si realmente tuviera intención de atacarnos y derrotarnos, o expulsarnos, etcétera. Pero este objeto fingido no es el real, y nuestra pregunta actual se refiere solo al segundo; por tanto, debemos añadir a los tres objetos anteriores de la ofensiva un cuarto, que es llevar al enemigo a una conclusión falsa. Que medios ofensivos son concebibles en conexión con este objeto yace en la naturaleza de la cosa.
Por otra parte debemos observar que la defensa de un lugar puede ser de dos clases, o bien absoluta, si como cuestión general el punto no debe cederse, o relativa si solo se requiere durante cierto tiempo. Esto último ocurre perpetuamente en los combates de puestos avanzados y retaguardias.
Que la naturaleza de estas diferentes intenciones de un combate debe tener una influencia esencial sobre las disposiciones que son sus preliminares es cosa clara en sí misma. Actuamos de manera diferente si nuestro objeto es meramente expulsar un puesto enemigo de su lugar de lo que haríamos si nuestro objeto fuera derrotarlo completamente; de manera diferente si pretendemos defender un lugar hasta el último extremo de lo que haríamos si nuestro designio es solo retener al enemigo durante cierto tiempo. En el primer caso nos preocupamos poco de la línea de retirada, en el segundo es el punto principal, etcétera.
Pero estas reflexiones pertenecen propiamente a la táctica, y se introducen aquí solo a modo de ejemplo en aras de mayor claridad. Lo que la estrategia tiene que decir sobre los diferentes objetos del combate aparecerá en los capítulos que traten de estos objetos. Aquí solo tenemos que hacer unas pocas observaciones generales, primero, que la importancia del objeto decrece casi en el orden en que aparecen arriba, por tanto, que el primero de estos objetos debe siempre predominar en la gran batalla; por último, que los dos últimos en una batalla defensiva son en realidad tales que no dan fruto alguno, es decir, son puramente negativos, y por tanto solo pueden ser útiles, indirectamente, facilitando algo más que es positivo. «Es, por tanto, mal signo de la situación estratégica si batallas de esta clase se vuelven demasiado frecuentes.»
Capítulo6Duración del combate
Si consideramos el combate ya no en sí mismo sino en relación con las demás fuerzas de la guerra, entonces su duración adquiere una importancia especial.
Esta duración debe considerarse en cierta medida como un segundo éxito subordinado. Para el vencedor, el combate nunca puede terminar demasiado rápido; para el vencido, nunca puede durar demasiado. Una victoria rápida indica un mayor poder de victoria; una decisión tardía es, del lado del derrotado, cierta compensación por la pérdida.
Esto es cierto en general, pero adquiere importancia práctica en su aplicación a aquellos combates cuyo objeto es una defensa relativa.
Aquí el éxito total reside a menudo en la mera duración. Esta es la razón por la que la hemos incluido entre los elementos estratégicos.
La duración de un combate está necesariamente vinculada con sus relaciones esenciales. Estas relaciones son: magnitud absoluta de la fuerza, relación de fuerza y de las diferentes armas entre sí, y naturaleza del terreno. Veinte mil hombres no se desgastan mutuamente tan rápido como dos mil; no podemos resistir a un enemigo del doble o el triple de nuestra fuerza tanto tiempo como a uno de la misma fuerza; un combate de caballería se decide más pronto que un combate de infantería, y un combate solo de infantería, más rápido que si hay también artillería(*); en colinas y bosques no podemos avanzar tan rápidamente como en un país llano; todo esto es suficientemente claro.
(*) El aumento del alcance relativo de la artillería y la introducción del shrapnel han modificado por completo esta conclusión.
De esto se sigue, por tanto, que la fuerza, la relación de las tres armas y la posición deben considerarse si el combate ha de cumplir un objetivo mediante su duración; pero establecer esta regla fue para nosotros de menos importancia en nuestras consideraciones actuales que vincular con ella de inmediato los principales resultados que la experiencia nos proporciona sobre el tema.
Incluso la resistencia de una división ordinaria de 8000 a 10 000 hombres de todas las armas, aun opuesta a un enemigo considerablemente superior en número, durará varias horas, si las ventajas del terreno no son demasiado preponderantes; y si el enemigo es solo un poco superior en número, o no lo es en absoluto, el combate durará medio día. Un cuerpo de tres o cuatro divisiones lo prolongará al doble del tiempo; un ejército de 80 000 o 100 000, a tres o cuatro veces. Por tanto, las masas pueden dejarse libradas a sí mismas durante ese lapso de tiempo, y no tiene lugar ningún combate separado si dentro de ese tiempo pueden traerse otras fuerzas, cuya cooperación se mezcla entonces de inmediato en una sola corriente con los resultados del combate que ha tenido lugar.
Estos cálculos son el resultado de la experiencia; pero es importante para nosotros al mismo tiempo caracterizar más particularmente el momento de la decisión y, en consecuencia, de la terminación.
Capítulo7Decisión del combate
Ninguna batalla se decide en un solo instante, aunque en toda batalla surgen momentos críticos de los que depende el resultado. La pérdida de una batalla es, por tanto, una caída gradual de la balanza. Pero en todo combate hay un momento (*)
(*) Entendido en las condiciones de armamento entonces vigentes. Este punto es de suma importancia, ya que prácticamente toda la conducción de una gran batalla depende de una solución correcta de esta pregunta: ¿Cuánto tiempo puede prolongar su resistencia un comando dado? Si esto se responde incorrectamente en la práctica —toda la maniobra que depende de ello puede desmoronarse—, por ejemplo, Kuropatkin en Liao-Yang, septiembre de 1904.
en que puede considerarse decidida, de tal modo que la reanudación de la lucha sería una batalla nueva, no una continuación de la antigua. Tener una noción clara de este momento es muy importante para poder decidir si, con la ayuda inmediata de refuerzos, el combate puede reanudarse con ventaja.
A menudo se sacrifican en vano nuevas fuerzas en combates que ya no pueden recuperarse; a menudo por negligencia no se aprovecha la decisión cuando podría haberse obtenido fácilmente. He aquí dos ejemplos que no podrían ser más pertinentes:
Cuando el príncipe de Hohenlohe, en 1806, en Jena,(*) con 35.000 hombres frente a 60.000 o 70.000 bajo Bonaparte, aceptó batalla y la perdió —pero la perdió de tal modo que los 35.000 podían considerarse disueltos—, el general Rüchel emprendió la reanudación de la lucha con unos 12.000; la consecuencia fue que en un momento su fuerza quedó dispersada de igual manera.
(*) 14 de octubre de 1806.
Por otra parte, el mismo día en Auerstadt, los prusianos sostuvieron un combate con 25.000 hombres contra Davout, que tenía 28.000, hasta el mediodía, sin éxito, es verdad, pero sin que la fuerza quedara reducida a un estado de disolución ni siquiera con mayores pérdidas que el enemigo, que era muy deficiente en caballería; pero descuidaron usar la reserva de 18.000 hombres, bajo el general Kalkreuth, para recuperar la batalla que, en estas circunstancias, habría sido imposible perder.
Cada combate es un todo en el que los combates parciales se combinan en un resultado total. En este resultado total reside la decisión del combate. Este resultado no necesita ser exactamente una victoria como la que hemos señalado en el sexto capítulo, porque a menudo no se han hecho los preparativos para ello, a menudo no hay oportunidad si el enemigo cede demasiado pronto, y en la mayoría de los casos la decisión, incluso cuando la resistencia ha sido obstinada, tiene lugar antes de que se alcance tal grado de éxito como satisfaría completamente la idea de una victoria.
Por tanto, preguntamos: ¿Cuál es habitualmente el momento de la decisión, es decir, ese momento en que una fuerza nueva y efectiva, por supuesto no desproporcionada, ya no puede revertir una batalla desfavorable?
Si pasamos por alto los ataques fingidos, que por su naturaleza propiamente carecen de decisión, entonces:
1. Si la posesión de un objeto móvil era el objetivo del combate, la pérdida del mismo es siempre la decisión.
2. Si la posesión de terreno era el objetivo del combate, entonces la decisión generalmente reside en su pérdida. Aunque no siempre, solo si este terreno es de particular fortaleza; el terreno que es fácil de atravesar, por importante que sea en otros aspectos, puede recuperarse sin mucho peligro.
3. Pero en todos los demás casos, cuando estas dos circunstancias no han decidido ya el combate, por tanto, particularmente si la destrucción de la fuerza enemiga es el objetivo principal, la decisión se alcanza en ese momento en que el vencedor deja de sentirse en un estado de desintegración, es decir, de inutilidad hasta cierto punto, cuando por tanto, ya no hay mayor ventaja en usar los esfuerzos sucesivos de que se habla en el duodécimo capítulo del tercer libro. Por esta razón hemos dado aquí su lugar a la unidad estratégica de la batalla.
Una batalla, por tanto, en la que el atacante no ha perdido en absoluto su condición de orden y perfecta eficiencia, o al menos solo en una pequeña parte de su fuerza, mientras que las fuerzas opuestas están más o menos desorganizadas en su totalidad, tampoco puede recuperarse; y menos aún si el enemigo ha recuperado su eficiencia.
Por tanto, cuanto menor sea aquella parte de una fuerza que ha estado realmente empeñada, mayor aquella porción que como reserva ha contribuido al resultado solo por su presencia, tanto menos podrá cualquier nueva fuerza del enemigo arrebatarnos nuevamente la victoria, y aquel comandante que lleva más lejos con su ejército el principio de conducir el combate con la mayor economía de fuerzas, y sacar el mayor partido del efecto moral de fuertes reservas, va por el camino más seguro hacia la victoria. Debemos reconocer que los franceses, en tiempos modernos, especialmente cuando fueron dirigidos por Bonaparte, han mostrado un dominio completo en esto.
Además, el momento en que cesa el estadio de crisis del combate para el vencedor, y se restablece su estado de orden original, tiene lugar antes cuanto menor sea la unidad que controla. Un piquete de caballería que persigue a un enemigo a galope tendido reanudará en pocos minutos su orden apropiado, y cesa la crisis. Un regimiento entero de caballería requiere más tiempo. Dura más aún con la infantería, si está extendida en líneas individuales de tiradores, y más todavía con divisiones de todas las armas, cuando ocurre casualmente que una parte ha tomado una dirección y otra parte otra dirección, y el combate ha causado por tanto una pérdida del orden de formación, que habitualmente se vuelve aún peor porque ninguna parte sabe exactamente dónde está la otra. Así, por tanto, el momento en que el vencedor ha reunido los instrumentos que ha estado usando, y que están mezclados y parcialmente desordenados, el momento en que los ha reordenado en cierta medida y los ha colocado en sus lugares apropiados, y así ha puesto en cierto orden el taller de batalla, este momento, decimos, es siempre más tardío cuanto mayor sea la fuerza total.
Nuevamente, este momento llega más tarde si la noche alcanza al vencedor en la crisis, y por último, llega más tarde aún si el país está accidentado y densamente arbolado. Pero con respecto a estos dos puntos, debemos observar que la noche es también un gran medio de protección, y solo raramente las circunstancias favorecen la expectativa de un resultado exitoso de un ataque nocturno, como el 10 de marzo de 1814, en Laon,(*) donde York contra Marmont nos da un ejemplo completamente pertinente aquí. Del mismo modo un país arbolado y accidentado ofrecerá protección contra una reacción a quienes están empeñados en la larga crisis de la victoria. Ambos, por tanto, la noche así como el país arbolado y accidentado son obstáculos que hacen más difícil en lugar de facilitar la reanudación de la misma batalla.
(*) La célebre carga nocturna sobre el cuerpo de Marmont.
Hasta ahora, hemos considerado la ayuda que llega al lado perdedor como un mero aumento de fuerza, por tanto, como un refuerzo que llega directamente desde la retaguardia, que es el caso más usual. Pero el caso es muy diferente si estas fuerzas frescas caen sobre el enemigo por el flanco o la retaguardia.
Sobre el efecto de los ataques de flanco o retaguardia en tanto pertenecen a la estrategia, hablaremos en otro lugar: uno tal como el que tenemos aquí a la vista, destinado a la recuperación del combate, pertenece principalmente a la táctica, y solo se menciona porque estamos hablando aquí de resultados tácticos, nuestras ideas, por tanto, deben invadir la provincia de la táctica.
Al dirigir una fuerza contra el flanco y retaguardia del enemigo su eficacia puede intensificarse mucho; pero esto está tan lejos de ser siempre un resultado necesario que la eficacia puede, por el contrario, debilitarse igualmente. Las circunstancias bajo las cuales ha tenido lugar el combate deciden sobre esta parte del plan así como sobre cualquier otra, sin que podamos entrar aquí en ello. Pero, al mismo tiempo, hay en ello dos cosas importantes para nuestro tema: primero, los ataques de flanco y retaguardia tienen, como regla, un efecto más favorable sobre las consecuencias de la decisión que sobre la decisión misma. Ahora, en lo que respecta a la recuperación de una batalla, lo primero que debe alcanzarse sobre todo es una decisión favorable y no magnitud de éxito. Desde este punto de vista uno pensaría por tanto que una fuerza que viene a restablecer nuestro combate es de menos ayuda si cae sobre el enemigo por el flanco y la retaguardia, por tanto separada de nosotros, que si se une a nosotros directamente; ciertamente, no faltan casos en que es así, pero debemos decir que la mayoría están del otro lado, y lo están a causa del segundo punto que es aquí importante para nosotros.
Este segundo punto es el efecto moral de la sorpresa, que, como regla, un refuerzo que viene a restablecer un combate tiene generalmente a su favor. Ahora el efecto de una sorpresa se intensifica siempre si tiene lugar por el flanco o la retaguardia, y un enemigo completamente empeñado en la crisis de la victoria en su orden extendido y disperso, está menos en condiciones de contrarrestarla. ¿Quién no siente que un ataque por el flanco o la retaguardia, que al comienzo de la batalla, cuando las fuerzas están concentradas y preparadas para tal acontecimiento sería de poca importancia, gana un peso completamente distinto en el último momento del combate?
Debemos, por tanto, admitir en seguida que en la mayoría de los casos un refuerzo que llega por el flanco o la retaguardia del enemigo será más eficaz, será como el mismo peso en el extremo de una palanca más larga, y por tanto que bajo estas circunstancias, podemos emprender restablecer la batalla con la misma fuerza que empleada en un ataque directo sería completamente insuficiente. Aquí los resultados casi desafían el cálculo, porque las fuerzas morales ganan completamente la supremacía. Este es por tanto el campo apropiado para el arrojo y la audacia.
El ojo debe, por tanto, dirigirse a todos estos objetos, todos estos momentos de fuerzas cooperantes deben ser tomados en consideración, cuando tenemos que decidir en casos dudosos si todavía es posible o no restablecer un combate que ha tomado un giro desfavorable.
Si el combate debe considerarse como no terminado todavía, entonces la nueva contienda que se abre con la llegada de ayuda se fusiona con la anterior; por tanto fluyen juntas en un resultado común, y la primera desventaja desaparece completamente del cálculo. Pero este no es el caso si el combate ya estaba decidido; entonces hay dos resultados separados entre sí. Ahora si la ayuda que llega es solo de fuerza relativa, es decir, si no es en sí misma por sí sola un rival para el enemigo, entonces difícilmente puede esperarse un resultado favorable de este segundo combate: pero si es tan fuerte que puede emprender el segundo combate sin consideración al primero, entonces puede ser capaz mediante un resultado favorable de compensar o incluso superar el primer combate, pero nunca de hacerlo desaparecer totalmente de la cuenta.
En la batalla de Kunersdorf,(*) Federico el Grande en el primer asalto tomó la izquierda de la posición rusa, y capturó setenta piezas de artillería; al final de la batalla ambos se perdieron de nuevo, y todo el resultado del primer combate fue borrado de la cuenta. Si hubiera sido posible detenerse en el primer éxito, y posponer la segunda parte de la batalla al día siguiente, entonces, incluso si el rey la hubiera perdido, las ventajas de la primera siempre habrían sido una compensación a la segunda.
(*) 12 de agosto de 1759.
Pero cuando una batalla que transcurre desfavorablemente se detiene y revierte antes de su conclusión, su resultado negativo de nuestro lado no solo desaparece de la cuenta, sino que también se convierte en fundamento de una victoria mayor. Si, por ejemplo, nos imaginamos exactamente el curso táctico de la batalla, podemos ver fácilmente que hasta que se concluya finalmente todos los éxitos en combates parciales son solo decisiones en suspenso, que por la decisión capital pueden no solo ser destruidas sino cambiadas en lo opuesto. Cuanto más hayan sufrido nuestras fuerzas, más habrá gastado el enemigo por su lado; mayor, por tanto, será la crisis para el enemigo, y más se hará sentir la superioridad de nuestras tropas frescas. Si ahora el resultado total se vuelve a nuestro favor, si arrancamos al enemigo el campo de batalla y recuperamos todos los trofeos nuevamente, entonces todas las fuerzas que él ha sacrificado para obtenerlos se convierten en pura ganancia para nosotros, y nuestra derrota anterior se convierte en un escalón hacia un triunfo mayor. Las hazañas más brillantes que con la victoria el enemigo habría valorado tanto que la pérdida de fuerzas que costaron habría sido desatendida, no dejan ahora nada tras de sí sino pesar por el sacrificio implicado. Tal es la alteración que la magia de la victoria y la maldición de la derrota producen en el peso específico de los mismos elementos.
Por tanto, incluso si somos decididamente superiores en fuerza, y somos capaces de pagar al enemigo su victoria con una mayor todavía, siempre es mejor prevenir la conclusión de un combate desfavorable, si es de importancia proporcionada, de modo de cambiar su curso antes que librar una segunda batalla.
El mariscal de campo Daun intentó en el año 1760 acudir en ayuda del general Laudon en Leignitz, mientras duraba la batalla; pero cuando fracasó, no atacó al rey al día siguiente, aunque no le faltaban medios para hacerlo.
Por estas razones los combates serios de vanguardias que preceden a una batalla deben considerarse solo como males necesarios, y cuando no son necesarios deben evitarse.(*)
(*) Esta, sin embargo, no era la opinión de Napoleón. Un ataque vigoroso de su vanguardia lo consideraba necesario siempre, para fijar la atención del enemigo y «paralizar su poder de voluntad independiente». Fue el fracaso en cumplir este punto lo que, en agosto de 1870, llevó a von Moltke repetidamente hasta las mismas fauces de la derrota, de la cual solo el letargo de Bazaine por un lado y la iniciativa de sus subordinados, notablemente de von Alvensleben, lo rescataron. Esta es la esencia de la nueva doctrina estratégica del Estado Mayor francés. Véanse las obras de Bonnal, Foch, etc.—EDITOR
Tenemos todavía otra conclusión que examinar.
Si en una batalla campal regular, la decisión ha ido contra uno, esto no constituye un motivo para determinarse a una nueva. La determinación para esta nueva debe proceder de otras relaciones. Esta conclusión, sin embargo, es opuesta por una fuerza moral, que debemos tomar en cuenta: es el sentimiento de rabia y venganza. Desde el mariscal de campo más viejo hasta el tamborilero más joven este sentimiento es general, y por tanto, las tropas nunca están de mejor ánimo para luchar que cuando tienen que borrar una mancha. Esto es, sin embargo, solo bajo el supuesto de que la porción derrotada no es demasiado grande en proporción al todo, porque de otro modo el sentimiento anterior se pierde en el de impotencia.
Hay por tanto una tendencia muy natural a usar esta fuerza moral para reparar el desastre en el acto, y por esa razón principalmente a buscar otra batalla si otras circunstancias lo permiten. Reside entonces en la naturaleza del caso que esta segunda batalla debe ser ofensiva.
En el catálogo de batallas de importancia secundaria pueden encontrarse muchos ejemplos de tales batallas de represalia; pero las grandes batallas tienen generalmente demasiadas otras causas determinantes para ser provocadas por este motivo más débil.
Tal sentimiento debe sin duda haber llevado al noble Blücher con su tercer cuerpo al campo de batalla el 14 de febrero de 1814, cuando los otros dos habían sido derrotados tres días antes en Montmirail. Si hubiera sabido que habría encontrado a Bonaparte en persona, entonces, naturalmente, razones preponderantes le habrían determinado a posponer su venganza a otro día: pero esperaba vengarse de Marmont, y en lugar de ganar la recompensa de su deseo de satisfacción honorable, sufrió la pena de su cálculo erróneo.
De la duración del combate y del momento de su decisión dependen las distancias entre sí a las que deben colocarse aquellas masas que están destinadas a luchar en conjunción entre sí. Esta disposición sería un arreglo táctico en tanto se refiera a una y la misma batalla; puede, sin embargo, considerarse como tal solo si la posición de las tropas es tan compacta que no pueden imaginarse dos combates separados, y en consecuencia el espacio que el conjunto ocupa puede considerarse estratégicamente como un mero punto. Pero en la guerra, ocurren frecuentemente casos donde incluso aquellas fuerzas destinadas a luchar en unión deben estar tan separadas entre sí que aunque la unión para un combate común ciertamente permanece como objetivo principal, sin embargo la ocurrencia de combates separados sigue siendo posible. Tal disposición es por tanto estratégica.
Disposiciones de este tipo son: marchas en masas y columnas separadas, la formación de vanguardias, y columnas flanqueadoras, también la agrupación de reservas destinadas a servir como apoyos para más de un punto estratégico; la concentración de varios cuerpos desde acantonamientos ampliamente extendidos, etc. Podemos ver que la necesidad de estos arreglos puede surgir constantemente, y podemos considerarlos algo así como la moneda suelta en la economía estratégica, mientras que las batallas capitales, y todo lo que se equipara con ellas son las monedas de oro y plata.
Capítulo8Acuerdo mutuo sobre una batalla
Ninguna batalla puede tener lugar sin consentimiento mutuo; y en esta idea, que constituye toda la base de un duelo, está la raíz de cierta fraseología empleada por los historiadores, que conduce a muchas concepciones indefinidas y falsas.
Según la visión de los autores a quienes nos referimos, con frecuencia ha ocurrido que un comandante ha ofrecido batalla al otro, y este último no la ha aceptado.
Pero la batalla es un duelo muy modificado, y su fundamento no reside meramente en el deseo mutuo de combatir, es decir, en el consentimiento, sino en los objetivos que están vinculados con la batalla: estos pertenecen siempre a un todo mayor, y tanto más, en la medida en que incluso toda la guerra considerada como una «unidad de combate» tiene objetivos y condiciones políticas que pertenecen a un nivel superior. El mero deseo de vencerse mutuamente pasa entonces a una relación del todo subordinada, o más bien deja completamente de ser algo en sí mismo, y sólo se convierte en el nervio que transmite el impulso de acción desde la voluntad superior.
Entre los antiguos, y luego de nuevo durante el primer período de los ejércitos permanentes, la expresión de que habíamos ofrecido batalla al enemigo en vano tenía más sentido del que tiene ahora. Entre los antiguos todo estaba constituido con vistas a medir las fuerzas mutuas en campo abierto, libre de cualquier cosa que tuviera naturaleza de obstáculo,(*) y todo el Arte de la Guerra consistía en la organización y formación del ejército, es decir, en el orden de batalla.
(*) Nótese la costumbre de enviar desafíos formales, fijar el tiempo y lugar para la acción, y el «enhazelug» del campo de batalla en tiempos anglosajones.—ED.
Ahora bien, como sus ejércitos se atrincheraban regularmente en sus campamentos, la posición en un campamento era considerada como algo inexpugnable, y una batalla no se hacía posible hasta que el enemigo abandonaba su campamento y se colocaba en un territorio practicable, por así decirlo entraba en la liza.
Si por tanto oímos acerca de que Aníbal había ofrecido batalla a Fabio en vano, eso no nos dice nada más respecto a este último que el hecho de que una batalla no formaba parte de su plan, y en sí mismo no prueba ni la superioridad física ni moral de Aníbal; pero con respecto a él la expresión sigue siendo lo bastante correcta en el sentido de que Aníbal realmente deseaba una batalla.
En el primer período de los ejércitos modernos, las relaciones eran similares en los grandes combates y batallas. Es decir, grandes masas eran puestas en acción, y dirigidas a lo largo de ella por medio de un orden de batalla que, como un gran conjunto indefenso, requería una llanura más o menos nivelada y no era apto ni para atacar ni para defender en un país accidentado, cerrado o incluso montañoso. El defensor tenía por tanto también aquí hasta cierto punto los medios de evitar la batalla. Estas relaciones, aunque modificándose gradualmente, continuaron hasta la primera guerra de Silesia, y no fue sino hasta la Guerra de los Siete Años que los ataques contra un enemigo apostado en un país difícil se volvieron gradualmente factibles, y de ocurrencia ordinaria: el terreno ciertamente no dejó de ser un principio de fuerza para quienes hacían uso de su ayuda, pero ya no era un círculo encantado que excluía las fuerzas naturales de la guerra.
Durante los últimos treinta años la guerra se ha perfeccionado mucho más en este aspecto, y ya no hay nada que se interponga en el camino de un general que va en serio con una decisión por medio de la batalla; puede buscar a su enemigo y atacarlo: si no lo hace no puede atribuirse el mérito de haber deseado combatir, y la expresión «ofreció una batalla que su oponente no aceptó» no significa por tanto ahora nada más que el hecho de que no encontró circunstancias lo bastante ventajosas para una batalla, una admisión a la que la expresión anterior no se ajusta, sino que sólo se esfuerza por echar un velo sobre ella.
Es cierto que el lado defensivo ya no puede rechazar una batalla, pero todavía puede evitarla renunciando a su posición, y al papel que esa posición llevaba conectado: esto es sin embargo media victoria para el lado ofensivo, y un reconocimiento de su superioridad por el presente.
Esta idea en conexión con el cartel de desafío no puede por tanto hacerse uso de ella ya para mediante semejante fanfarronada calificar la inacción de aquel a quien le corresponde avanzar, es decir, el ofensivo. El defensor que, mientras no ceda, debe tener el crédito de querer la batalla, puede ciertamente decir que la ha ofrecido si no es atacado, si eso no se entiende por sí mismo.
Pero por otra parte, quien ahora desea y puede retirarse no puede ser fácilmente forzado a dar batalla. Ahora bien, como las ventajas para el agresor derivadas de esta retirada a menudo no son suficientes, y una victoria sustancial es para él una cuestión de urgente necesidad, de esa manera los pocos medios que hay para obligar también a tal oponente a dar batalla son a menudo buscados y aplicados con particular habilidad.
Los medios principales para esto son—primero, rodear al enemigo de modo que su retirada sea imposible, o al menos tan difícil que sea mejor para él aceptar la batalla; y, segundo, sorprenderlo. Esta última vía, para la cual había un motivo antiguamente en la extrema dificultad de todos los movimientos, se ha vuelto en tiempos modernos muy ineficaz.
Por la flexibilidad y capacidades de maniobra de las tropas en el presente, uno no vacila en comenzar una retirada incluso a la vista del enemigo, y sólo algunos obstáculos especiales en la naturaleza del país pueden causar serias dificultades en la operación.
Como ejemplo de este tipo puede darse la batalla de Neresheim, librada por el archiduque Carlos con Moreau en el Rauhe Alp, el 11 de agosto de 1796, meramente con vistas a facilitar su retirada, aunque confesamos libremente que nunca hemos sido capaces de entender del todo el argumento del renombrado general y autor mismo en este caso.
La batalla de Rosbach(*) es otro ejemplo, si suponemos que el comandante del ejército aliado no tenía realmente la intención de atacar a Federico el Grande.
(*) 5 de noviembre de 1757.
De la batalla de Soor,(*) el rey mismo dice que sólo se libró porque una retirada en presencia del enemigo le parecía una operación crítica; al mismo tiempo el rey ha dado también otras razones para la batalla.
(*) O Sohr, 30 de septiembre de 1745.
En conjunto, exceptuadas las sorpresas nocturnas regulares, tales casos serán siempre de rara ocurrencia, y aquellos en los que un enemigo es obligado a combatir por estar prácticamente rodeado, sucederán en su mayoría sólo a cuerpos aislados, como el de Mortier en Dürrenstein en 1809, y el de Vandamme en Kulm, en 1813.
Capítulo9La batalla
(*) Clausewitz todavía emplea la expresión «die Hauptschlacht», pero el uso moderno emplea únicamente la palabra «die Schlacht» para designar el acto decisivo de una campaña entera; los encuentros que surgen de la colisión de tropas que marchan hacia la culminación estratégica de cada parte de la campaña se denominan bien «Treffen», es decir, «encuentros» o «Gefecht», es decir, «combate» o «acción». Así, técnicamente, Gravelotte fue una «Schlacht», es decir, una «batalla», pero Spicheren, Woerth, Borny e incluso Vionville fueron únicamente «Treffen».
SU DECISIÓN
¿Qué es una batalla? Un conflicto del cuerpo principal, pero no uno sin importancia sobre un objetivo secundario, ni un mero intento que se abandona cuando vemos a tiempo que nuestro objetivo apenas está a nuestro alcance: es un conflicto librado con todas nuestras fuerzas para alcanzar una victoria decisiva.
También pueden mezclarse objetivos menores con el objetivo principal, y adoptará muchos tonos de color diferentes según las circunstancias de las que surge, pues una batalla pertenece también a un todo mayor del cual es solo una parte; pero como la esencia de la guerra es el conflicto, y la batalla es el conflicto de los ejércitos principales, siempre debe considerarse como el verdadero centro de gravedad de la guerra, y por tanto su carácter distintivo es que, a diferencia de todos los demás encuentros, se organiza y emprende con el único propósito de obtener una victoria decisiva.
Esto influye en el modo de su decisión, en el efecto de la victoria que contiene, y determina el valor que la teoría debe asignarle como medio para un fin.
Por eso la hacemos objeto de nuestra consideración especial, y en esta etapa antes de entrar en los fines especiales que pueden estar vinculados a ella, pero que no alteran esencialmente su carácter si realmente merece llamarse batalla.
Si una batalla tiene lugar principalmente por cuenta propia, los elementos de su decisión deben estar contenidos en ella misma; en otras palabras, debe lucharse por la victoria mientras quede una posibilidad o esperanza. No debe, por tanto, abandonarse por circunstancias secundarias, sino únicamente en el caso de que las fuerzas parezcan completamente insuficientes.
Ahora bien, ¿cómo describir ese momento preciso?
Si cierta formación artificial y cohesión de un ejército es la condición principal bajo la cual el valor de las tropas puede obtener una victoria, como fue el caso durante gran parte del período del arte moderno de la guerra, entonces la ruptura de esta formación es la decisión. Un ala vencida que se descoyunta decide el destino de todo lo que estaba conectado con ella. Si, como fue el caso en otra época, la esencia de la defensa consiste en una alianza íntima del ejército con el terreno en el que lucha y sus obstáculos, de modo que ejército y posición son solo uno, entonces la conquista de un punto esencial de esta posición es la decisión. Se dice que se ha perdido la clave de la posición, por tanto no puede defenderse más; la batalla no puede continuar. En ambos casos los ejércitos vencidos se parecen mucho a las cuerdas rotas de un instrumento que no pueden cumplir su función.
Ese principio geométrico así como este principio geográfico que tendían a colocar a un ejército en un estado de tensión cristalizante que no permitía que las fuerzas disponibles se emplearan hasta el último hombre, han perdido al menos hasta ahora su influencia de modo que ya no predominan. Los ejércitos todavía son conducidos a la batalla en cierto orden, pero ese orden ya no tiene importancia decisiva; los obstáculos del terreno también se aprovechan aún para reforzar una posición, pero ya no son el único apoyo.
Intentamos en el segundo capítulo de este libro ofrecer una visión general de la naturaleza de la batalla moderna. Según nuestra concepción de ella, el orden de batalla es solo una disposición de las fuerzas adecuada para su uso conveniente, y el curso de la batalla un mutuo y lento desgaste de estas fuerzas entre sí, para ver cuál habrá agotado antes a su adversario.
La resolución, por tanto, de abandonar la lucha surge, en una batalla más que en cualquier otro combate, de la relación de las reservas frescas que quedan disponibles; pues solo estas conservan todavía todo su vigor moral, y las cenizas de los batallones maltratados y golpeados, ya consumidos en el elemento destructor, no deben ponerse al mismo nivel que ellas; también el terreno perdido, como hemos dicho en otra parte, es un patrón de fuerza moral perdida; por tanto también entra en consideración, pero más como signo de la pérdida sufrida que por la pérdida misma, y el número de reservas frescas es siempre el punto principal que deben observar ambos comandantes.
En general, una acción se inclina en una dirección desde el comienzo mismo, pero de manera poco observable. Esta dirección también se da frecuentemente de manera muy decidida por las disposiciones que se han hecho previamente, y entonces muestra una falta de discernimiento en aquel general que comienza la batalla bajo estas circunstancias desfavorables sin ser consciente de ellas. Incluso cuando esto no ocurre, está en la naturaleza de las cosas que el curso de una batalla se asemeje más a una lenta perturbación del equilibrio que comienza pronto, pero como hemos dicho casi imperceptiblemente al principio, y luego con cada momento se vuelve más fuerte y más visible, que a una oscilación de un lado a otro, como suponen habitualmente quienes son engañados por descripciones mendaces.
Pero ya sea que el equilibrio se perturbe poco durante mucho tiempo, o que incluso después de haberse perdido de un lado se restablezca de nuevo, y luego se pierda del otro lado, es seguro en todo caso que en la mayoría de los casos el general derrotado prevé su destino mucho antes de retirarse, y que los casos en que algún suceso crítico actúa con fuerza inesperada sobre el curso del conjunto tienen su existencia principalmente en el colorido con el que cada uno pinta su batalla perdida.
Solo podemos apelar aquí a la decisión de hombres de experiencia sin prejuicios, que estamos seguros asentirán a lo que hemos dicho, y responderán por nosotros ante aquellos de nuestros lectores que no conocen la guerra por su propia experiencia. Desarrollar la necesidad de este curso a partir de la naturaleza de la cosa nos llevaría demasiado lejos en la provincia de la táctica, a la que pertenece esta rama del tema; aquí solo nos ocupamos de sus resultados.
Si decimos que el general derrotado prevé el resultado desfavorable habitualmente algún tiempo antes de decidirse a abandonar la batalla, admitimos que también hay casos contrarios, porque de lo contrario mantendríamos una proposición contradictoria en sí misma. Si en el momento de cada tendencia decisiva de una batalla debiera considerarse como perdida, entonces tampoco deberían emplearse más fuerzas para darle un giro, y en consecuencia esta tendencia decisiva no podría preceder a la retirada por mucho tiempo. Ciertamente hay casos de batallas que después de haber tomado un giro decidido hacia un lado han terminado todavía a favor del otro; pero son raros, no habituales; sin embargo, estas excepciones son tenidas en cuenta por todo general contra quien se declara la fortuna, y debe tenerlas en cuenta mientras quede una posibilidad de un cambio de fortuna. Espera mediante mayores esfuerzos, elevando las fuerzas morales restantes, superándose a sí mismo, o también mediante alguna casualidad afortunada que el momento siguiente traerá un cambio, y persigue esto hasta donde su valor y su juicio puedan concordar. Tendremos algo más que decir sobre este tema, pero antes de eso debemos mostrar cuáles son los signos del cambio de la balanza.
El resultado del combate entero consiste en la suma total de los resultados de todos los combates parciales; pero estos resultados de combates separados se establecen por diferentes consideraciones.
Primero por el poder puramente moral en la mente de los oficiales dirigentes. Si un general de división ha visto a sus batallones obligados a sucumbir, tendrá una influencia sobre su conducta y sus informes, y estos de nuevo tendrán una influencia sobre las medidas del comandante en jefe; por tanto incluso aquellos combates parciales sin éxito que en apariencia se recuperan, no se pierden en sus resultados, y las impresiones de ellos se suman en la mente del comandante sin mucha dificultad, e incluso contra su voluntad.
Segundo, por el más rápido desgaste de nuestras tropas, que puede estimarse fácilmente en el curso lento y relativamente(*) poco tumultuoso de nuestras batallas.
(*) Relativamente, es decir, respecto al choque de días anteriores.
Tercero, por el terreno perdido.
Todas estas cosas sirven al ojo del general como una brújula para indicar el curso de la batalla en la que está embarcado. Si se han perdido baterías enteras y no se ha tomado ninguna del enemigo; si los batallones han sido derribados por la caballería del enemigo, mientras que los del enemigo presentan por todas partes masas impenetrables; si la línea de fuego de su orden de batalla vacila involuntariamente de un punto a otro; si se han hecho esfuerzos infructuosos por ganar ciertos puntos, y los batallones asaltantes cada vez han sido dispersados por descargas bien dirigidas de metralla; si nuestra artillería comienza a responder débilmente a la del enemigo; si los batallones bajo fuego disminuyen inusualmente rápido, porque con los heridos multitudes de hombres no heridos se dirigen a la retaguardia; si divisiones aisladas han sido aisladas y hechas prisioneras por la disrupción del plan de la batalla; si la línea de retirada comienza a estar en peligro: el comandante puede saber muy bien en qué dirección va con su batalla. Cuanto más continúa esta dirección, cuanto más decidida se vuelve, tanto más difícil será el giro, tanto más cercano el momento en que debe abandonar la batalla. Ahora haremos algunas observaciones sobre este momento.
Ya hemos dicho más de una vez que la decisión final se rige principalmente por el número relativo de las reservas frescas que quedan al final; aquel comandante que ve que su adversario es decididamente superior a él en este aspecto se decide a retirarse. Es la característica de las batallas modernas que todos los percances y pérdidas que tienen lugar en el curso de la misma pueden recuperarse mediante fuerzas frescas, porque la disposición del orden de batalla moderno, y la manera en que las tropas son llevadas a la acción, permiten su uso casi generalmente, y en cada posición. Por tanto, mientras aquel comandante contra quien el resultado parece declararse conserva todavía una superioridad en fuerza de reserva, no abandonará el día. Pero desde el momento en que sus reservas comienzan a volverse más débiles que las de su enemigo, la decisión puede considerarse establecida, y lo que ahora hace depende en parte de circunstancias especiales, en parte del grado de valor y perseverancia que posee personalmente, y que puede degenerar en terca necedad. Cómo un comandante puede alcanzar el poder de estimar correctamente las reservas que aún quedan en ambos lados es un asunto de genio práctico hábil, que de ninguna manera pertenece a este lugar; nos mantenemos en el resultado tal como se forma en su mente. Pero esta conclusión todavía no es el momento de decisión propiamente dicho, pues un motivo que solo surge gradualmente no responde a eso, sino que es solo un motivo general hacia la resolución, y la resolución misma requiere todavía algunas causas inmediatas especiales. De estas hay dos principales que recurren constantemente, es decir, el peligro de la retirada, y la llegada de la noche.
Si la retirada con cada nuevo paso que la batalla da en su curso se vuelve constantemente en mayor peligro, y si las reservas están tan disminuidas que ya no son adecuadas para conseguir un respiro, entonces no queda más que someterse al destino, y mediante una retirada bien conducida salvar lo que, mediante una demora mayor que termine en huida y desastre, se perdería.
Pero la noche como regla pone fin a todas las batallas, porque un combate nocturno no ofrece esperanza de ventaja excepto bajo circunstancias particulares; y como la noche es más adecuada para una retirada que el día, por tanto, el comandante que debe considerar la retirada como una cosa inevitable, o como más probable, preferirá hacer uso de la noche para su propósito.
Que hay, además de las dos causas habituales y principales anteriores, muchas otras también, que son menos o más individuales y que no deben pasarse por alto, es algo evidente; pues cuanto más tiende una batalla hacia un trastorno completo del equilibrio más sensible es la influencia de cada resultado parcial en acelerar el giro. Así la pérdida de una batería, una carga exitosa de un par de regimientos de caballería, pueden dar vida a la resolución de retirarse que ya está madurando.
Como conclusión de este tema, debemos detenernos un momento en el punto en el que el valor del comandante se involucra en una especie de conflicto con su razón.
Si, por un lado el orgullo arrogante de un conquistador victorioso, si la voluntad inflexible de un espíritu naturalmente obstinado, si la resistencia enérgica de sentimientos nobles no cederán el campo de batalla, donde deben dejar su honor, sin embargo por otro lado, la razón aconseja no entregar todo, no arriesgar lo último en el juego, sino conservar tanto como sea necesario para una retirada ordenada. Por muy altamente que debamos estimar el valor y la firmeza en la guerra, y por poca perspectiva de victoria que tenga quien no puede resolverse a buscarla mediante la aplicación de todo su poder, todavía hay un punto más allá del cual la perseverancia solo puede llamarse locura desesperada, y por tanto no puede encontrar aprobación de ningún crítico. En la más célebre de todas las batallas, la de Belle-Alliance, Bonaparte empleó su última reserva en un esfuerzo por recuperar una batalla que ya no podía recuperarse. Gastó su último centavo, y luego, como un mendigo, abandonó tanto el campo de batalla como su corona.
Capítulo10Efectos de la victoria
Según el punto de vista que adoptemos, podemos sentirnos tan asombrados ante los resultados extraordinarios de algunas grandes batallas como ante la falta de resultados en otras. Nos detendremos un momento en la naturaleza del efecto de una gran victoria.
Aquí pueden distinguirse fácilmente tres cosas: el efecto sobre el instrumento mismo, es decir, sobre los generales y sus ejércitos; el efecto sobre los Estados interesados en la guerra; y el resultado particular de estos efectos tal como se manifiestan en el curso posterior de la campaña.
Si pensamos solamente en la diferencia insignificante que suele haber entre vencedor y vencido en muertos, heridos, prisioneros y artillería perdida en el propio campo de batalla, las consecuencias que se desarrollan a partir de este punto insignificante parecen a menudo del todo incomprensibles, y sin embargo, por lo general, todo ocurre de manera completamente natural.
Ya hemos dicho en el capítulo séptimo que la magnitud de una victoria aumenta no meramente en la misma medida en que aumentan en número las fuerzas derrotadas, sino en una proporción mayor. Los efectos morales resultantes del desenlace de una gran batalla son mayores del lado del conquistado que del conquistador: conducen a mayores pérdidas en la fuerza física, que a su vez reaccionan sobre el elemento moral, y así van apoyándose e intensificándose mutuamente. Por tanto, debemos poner especial énfasis en este efecto moral. Toma una dirección opuesta en un lado respecto del otro; así como socava las energías del conquistado, eleva los poderes y la energía del conquistador. Pero su efecto principal recae sobre el vencido, porque aquí es la causa directa de nuevas pérdidas, y además es homogéneo en naturaleza con el peligro, con las fatigas, las penalidades, y generalmente con todas aquellas circunstancias embarazosas con las que la guerra está rodeada, por tanto entra en alianza con ellas y se incrementa con su ayuda, mientras que para el conquistador todas estas cosas son como pesos que dan mayor impulso a su valor. Por eso se encuentra que el vencido se hunde mucho más por debajo de la línea original de equilibrio de lo que el conquistador se eleva por encima de ella; por esta razón, si hablamos de los efectos de la victoria aludimos más particularmente a aquellos que se manifiestan en el ejército. Si este efecto es más poderoso en un combate importante que en uno menor, de nuevo es mucho más poderoso en una gran batalla que en una menor. La gran batalla tiene lugar por sí misma, por la victoria que ha de dar, y que se busca con el mayor esfuerzo. Aquí en este lugar, en esta misma hora, vencer al enemigo es el propósito en el que convergen todos los hilos del plan de guerra, en el que se encuentran todas las esperanzas distantes, todos los tenues destellos del futuro, el destino se presenta ante nosotros para dar respuesta a la pregunta audaz. Este es el estado de tensión mental no solamente del comandante sino de todo su ejército hasta el último carretero, sin duda en fuerza decreciente pero también en importancia decreciente.
Según la naturaleza de la cosa, una gran batalla nunca ha sido en ningún momento un servicio rutinario impreparado, inesperado y ciego, sino un acto grandioso que, en parte por sí mismo y en parte por el objetivo del comandante, destaca de entre la masa de esfuerzos ordinarios, lo suficiente para elevar la tensión de todas las mentes a un grado superior. Pero cuanto mayor sea esta tensión respecto al desenlace, más poderoso debe ser el efecto de ese desenlace.
De nuevo, el efecto moral de la victoria en nuestras batallas es mayor de lo que fue en las anteriores de la historia militar moderna. Si las primeras son como las hemos descrito, una lucha real de fuerzas hasta el límite, entonces la suma total de todas estas fuerzas, tanto físicas como morales, debe decidir más que ciertas disposiciones especiales o el mero azar.
Una sola falta cometida puede repararse la próxima vez; de la buena fortuna y el azar podemos esperar mayor favor en otra ocasión; pero la suma total de poderes morales y físicos no puede alterarse tan rápidamente, y, por tanto, lo que el veredicto de una victoria ha decidido aparece con mucha mayor importancia para todo el futuro. Muy probablemente, de todos los implicados en las batallas, ya sea dentro o fuera del ejército, muy pocos han dedicado un pensamiento a esta diferencia, pero el curso de la batalla misma imprime en las mentes de todos los presentes en ella tal convicción, y la relación de este curso en documentos públicos, por mucho que pueda estar coloreada al retorcer circunstancias particulares, muestra también, más o menos, al mundo en general que las causas fueron más de naturaleza general que particular.
Quien no haya estado presente en la pérdida de una gran batalla tendrá dificultad para formarse una idea viva o completamente verdadera de ella, y las nociones abstractas de este o aquel pequeño contratiempo adverso nunca llegarán a la concepción perfecta de una batalla perdida. Detengámonos un momento en el cuadro.
Lo primero que abruma la imaginación —y podemos decir en verdad, también el entendimiento— es la disminución de las masas; luego la pérdida de terreno, que tiene lugar siempre, más o menos, y, por tanto, también del lado del asaltante, si no tiene fortuna; luego la ruptura de la formación original, la mezcla confusa de tropas, los riesgos de la retirada, que, con pocas excepciones, pueden verse siempre a veces en menor a veces en mayor grado; después la retirada, cuya mayor parte comienza de noche, o, al menos, continúa durante toda la noche. En esta primera marcha debemos dejar atrás de inmediato un número de hombres completamente agotados y dispersos, a menudo precisamente los más valientes, que han estado en primera línea en la lucha, que resistieron más tiempo: el sentimiento de estar conquistado, que solo se apoderó de los oficiales superiores en el campo de batalla, ahora se extiende por todos los rangos, incluso hasta los soldados rasos, agravado por la horrible idea de estar obligado a dejar en manos del enemigo a tantos valientes camaradas, que hace un momento eran de tanto valor para nosotros en la batalla, y agravado por una desconfianza creciente hacia el jefe, a quien, más o menos, cada subordinado atribuye como falta los esfuerzos infructuosos que ha hecho; y este sentimiento de estar conquistado no es un cuadro ideal sobre el cual uno pudiera hacerse dueño; es una verdad evidente de que el enemigo nos es superior; una verdad cuyas causas pudieron haber estado tan latentes antes que no se pudieran descubrir, pero que, en el desenlace, sale clara y palpable, o que también, quizás, se sospechaba antes, pero a la que, en la falta de certeza alguna, tuvimos que oponernos con la esperanza del azar, la confianza en la buena fortuna, la Providencia o una actitud audaz. Ahora, todo esto ha resultado insuficiente, y la amarga verdad nos sale al encuentro áspera e imperiosa.
Todos estos sentimientos son ampliamente diferentes de un pánico, que en un ejército fortificado por la virtud militar nunca, y en cualquier otro, solo excepcionalmente, sigue a la pérdida de una batalla. Deben surgir incluso en los mejores ejércitos, y aunque la larga habituación a la guerra y la victoria junto con una gran confianza en un comandante puedan modificarlos un poco aquí y allá, nunca faltan por completo en el primer momento. No son las consecuencias puras de trofeos perdidos; estos se pierden usualmente en un periodo posterior, y la pérdida de ellos no se conoce generalmente tan rápidamente; por tanto no dejarán de aparecer incluso cuando la balanza se incline de la manera más lenta y gradual, y constituyen ese efecto de una victoria con el que siempre podemos contar en cada caso.
Ya hemos dicho que el número de trofeos intensifica este efecto.
Es evidente que un ejército en esta condición, considerado como instrumento, está debilitado. ¿Cómo podemos esperar que cuando está reducido a tal grado que, como dijimos antes, encuentra nuevos enemigos en todas las dificultades ordinarias de hacer la guerra, sea capaz de recuperar mediante nuevos esfuerzos lo que se ha perdido? Antes de la batalla había un equilibrio real o supuesto entre los dos lados; este se ha perdido, y, por tanto, se requiere alguna asistencia externa para restaurarlo; cada nuevo esfuerzo sin tal apoyo externo solo puede conducir a nuevas pérdidas.
Así, por tanto, la victoria más moderada del ejército principal debe tender a causar un hundimiento constante de la balanza del lado del oponente, hasta que nuevas circunstancias externas provoquen un cambio. Si estas no están cerca, si el conquistador es un oponente ávido, que, sediento de gloria, persigue grandes objetivos, entonces se requieren un comandante de primera clase, y en el ejército derrotado un verdadero espíritu militar, endurecido por muchas campañas, para detener la corriente hinchada de prosperidad de rebasar todos los límites, y moderar su curso mediante pequeños pero reiterados actos de resistencia, hasta que la fuerza de la victoria se haya agotado en la meta de su carrera.
Y ahora en cuanto al efecto de la derrota más allá del ejército, sobre la nación y el gobierno. Es el colapso súbito de esperanzas extendidas al máximo, la caída de toda confianza en uno mismo. En lugar de estas fuerzas extintas, el miedo, con sus propiedades destructivas de expansión, se precipita en el vacío dejado, y completa la postración. Es un verdadero choque sobre los nervios, que uno de los dos atletas recibe de la chispa eléctrica de la victoria. Y ese efecto, por diferentes que sean sus grados, nunca falta por completo. En lugar de que todos se apresuren con espíritu de determinación a ayudar a reparar el desastre, todos temen que sus esfuerzos solo sean en vano, y se detienen, dudando consigo mismos, cuando deberían precipitarse hacia adelante; o en la desesperanza deja caer el brazo, dejando todo al destino.
Las consecuencias que este efecto de la victoria produce en el curso de la guerra misma dependen en parte del carácter y talento del general victorioso, pero más de las circunstancias de las que procede la victoria, y a las que conduce. Sin audacia y espíritu emprendedor por parte del líder, la victoria más brillante no conducirá a ningún gran éxito, y su fuerza se agota tanto más pronto en las circunstancias, si estas le ofrecen una oposición fuerte y obstinada. Cuán diferentemente de Daun habría usado Federico el Grande la victoria de Kolín; ¡y qué consecuencias diferentes Francia, en lugar de Prusia, podría haber dado a una batalla de Leuthen!
Las condiciones que nos permiten esperar grandes resultados de una gran victoria las aprenderemos cuando lleguemos a los temas con los que están conectadas; entonces será posible explicar la desproporción que aparece a primera vista entre la magnitud de una victoria y sus resultados, y que demasiado fácilmente se atribuye a una falta de energía por parte del conquistador. Aquí, donde tenemos que ver con la gran batalla en sí misma, diremos meramente que los efectos ahora descritos nunca dejan de acompañar a una victoria, que se elevan con la fuerza intensiva de la victoria —se elevan más cuanto más se ha concentrado en ella toda la fuerza del ejército, cuanto más está contenido en ese ejército todo el poder militar de la nación, y en ese poder militar el Estado.
Pero entonces puede preguntarse: ¿Puede la teoría aceptar este efecto de la victoria como absolutamente necesario? ¿No debe más bien esforzarse por encontrar medios contrarrestantes capaces de neutralizar estos efectos? Parece del todo natural responder afirmativamente a esta pregunta; pero que el cielo nos defienda de tomar ese curso equivocado de la mayoría de las teorías, del cual nace un pro et contra que se devoran mutuamente.
Ciertamente ese efecto es perfectamente necesario, pues tiene su fundamento en la naturaleza de las cosas, y existe, incluso si encontramos medios para luchar contra él; tal como el movimiento de una bala de cañón está siempre en la dirección de lo terrestre, aunque cuando se dispara de este a oeste parte de la velocidad general es destruida por este movimiento opuesto.
Toda guerra supone debilidad humana, y contra ella está dirigida.
Por tanto, si en adelante en otro lugar examinamos qué debe hacerse tras la pérdida de una gran batalla, si pasamos revista a los recursos que aún quedan, incluso en los casos más desesperados, si expresáramos una creencia en la posibilidad de recuperarlo todo, incluso en tal caso; no debe suponerse que queremos decir con ello que los efectos de tal derrota puedan borrarse gradualmente por completo, pues las fuerzas y medios usados para reparar el desastre podrían haberse aplicado a la realización de algún objetivo positivo; y esto se aplica tanto a las fuerzas morales como físicas.
Otra cuestión es si, a través de la pérdida de una gran batalla, no se suscitan quizás fuerzas a la existencia, que de otro modo nunca habrían cobrado vida. Este caso es ciertamente concebible, y es lo que realmente ha ocurrido con muchas naciones. Pero producir esta reacción intensificada está más allá de la provincia del arte militar, que solo puede tenerla en cuenta donde pudiera asumirse como una posibilidad.
Si hay casos en los que los frutos de una victoria aparecen más bien de naturaleza destructiva como consecuencia de la reacción de las fuerzas que tuvo el efecto de suscitar a la actividad —casos que ciertamente son muy excepcionales— entonces debe concederse con mayor certeza que hay una diferencia en los efectos que una y la misma victoria puede producir según el carácter del pueblo o Estado que ha sido conquistado.
Capítulo11El uso de la batalla
Cualquiera que sea la forma que adopte la conducción de la guerra en casos particulares, y por mucho que debamos admitir en adelante como necesario respecto a ella, basta con remitirnos al concepto de guerra para convencernos de lo siguiente:
1. La destrucción de la fuerza militar del enemigo es el principio rector de la guerra, y para todo el ámbito de la acción positiva, el camino directo al objetivo.
2. Esta destrucción de la fuerza enemiga debe efectuarse principalmente por medio de la batalla.
3. Sólo las batallas grandes y generales pueden producir grandes resultados.
4. Los resultados serán mayores cuando los combates se unen en una sola gran batalla.
5. Es sólo en una gran batalla donde el general en jefe comanda en persona, y está en la naturaleza de las cosas que deposite más confianza en sí mismo que en sus subordinados.
De estas verdades se desprende una doble ley, cuyas partes se apoyan mutuamente; a saber, que la destrucción de la fuerza militar del enemigo debe buscarse principalmente mediante grandes batallas y sus resultados; y que el objetivo principal de las grandes batallas debe ser la destrucción de la fuerza militar del enemigo.
Sin duda el principio de aniquilación se encuentra en mayor o menor medida en otros medios —es cierto que hay casos en los que, gracias a circunstancias favorables en un combate menor, la destrucción de las fuerzas enemigas ha sido desproporcionadamente grande (Maxen), y por otro lado, en una batalla, la toma o defensa de un solo puesto puede predominar en importancia como objetivo—, pero como regla general sigue siendo una verdad fundamental que las batallas sólo se libran con vistas a la destrucción del ejército enemigo, y que esta destrucción sólo puede efectuarse por medio de ellas.
La batalla puede considerarse, por tanto, como la guerra concentrada, como el centro de esfuerzo de toda la guerra o campaña. Así como los rayos del sol se unen en el foco del espejo cóncavo en una imagen perfecta y en la plenitud de su calor, así las fuerzas y circunstancias de la guerra se unen en un foco en la gran batalla para un esfuerzo máximo concentrado.
La reunión misma de fuerzas en un gran todo, que tiene lugar en mayor o menor medida en todas las guerras, indica la intención de asestar un golpe decisivo con ese todo, ya sea voluntariamente como asaltante, o forzado por la parte opuesta como defensor. Cuando este gran golpe no se produce, entonces algunos motivos modificadores y retardadores se han adherido al motivo original de hostilidad, y han debilitado, alterado o frenado completamente el movimiento. Pero también, incluso en esta condición de inacción mutua que ha sido la tónica en tantas guerras, la idea de una posible batalla sirve siempre para ambas partes como un punto de orientación, un foco distante en la construcción de sus planes. Cuanto más es la guerra una guerra en serio, cuanto más es una descarga de animosidad y hostilidad, una lucha mutua por vencer, tanto más se unirán todas las actividades en un combate mortal, y también tanto más prominente en importancia se vuelve la batalla.
En general, cuando el objetivo perseguido es de naturaleza grande y positiva, uno por tanto en el que los intereses del enemigo están profundamente comprometidos, la batalla se ofrece como el medio más natural; es, por tanto, también el mejor, como mostraremos más claramente en adelante: y, como regla, cuando se la evita por aversión a la gran decisión, sobreviene el castigo.
El objetivo positivo pertenece a la ofensiva, y por tanto la batalla es también más particularmente su medio. Pero sin examinar aquí más minuciosamente el concepto de ofensiva y defensiva, debemos observar aún que, incluso para el defensor en la mayoría de los casos, no hay otro medio eficaz con el cual hacer frente a las exigencias de su situación, para resolver el problema que se le presenta.
La batalla es el camino más sangriento de solución. Cierto, no es meramente una matanza recíproca, y su efecto es más una aniquilación del valor del enemigo que de los soldados del enemigo, como veremos más claramente en el próximo capítulo —pero aún así la sangre es siempre su precio, y la matanza su carácter así como su nombre—; ante esto retrocede con horror la humanidad en la mente del general.
Pero el alma del hombre tiembla aún más ante el pensamiento de la decisión que debe darse con un solo golpe. En un punto del espacio y el tiempo toda la acción se comprime aquí, y en tal momento se agita dentro de nosotros un sentimiento confuso como si en este espacio estrecho todas nuestras fuerzas no pudieran desarrollarse y entrar en actividad, como si ya hubiéramos ganado mucho con el mero tiempo, aunque este tiempo no nos debe nada en absoluto. Todo esto es mera ilusión, pero incluso como ilusión es algo, y la misma debilidad que se apodera del hombre en cualquier otra decisión trascendental bien puede sentirse con más fuerza por el general, cuando debe apostar intereses de tan enorme peso en una sola jugada.
Así pues, los estadistas y generales se han esforzado en todo tiempo por evitar la batalla decisiva, buscando ya alcanzar su objetivo sin ella, ya abandonar ese objetivo inadvertidamente. Los escritores de historia y teoría se han ocupado entonces en descubrir en alguna otra característica de estas campañas no sólo un equivalente de la decisión por batalla que se ha evitado, sino incluso un arte superior. De este modo, en la época presente, se llegó muy cerca de esto, que una batalla en la economía de la guerra se consideraba como un mal, hecho necesario por algún error cometido, un paroxismo mórbido al que un sistema de guerra regular y prudente nunca conduciría: sólo aquellos generales merecerían laureles que supieran conducir la guerra sin derramar sangre, y la teoría de la guerra —un verdadero asunto para brahmanes— debía dirigirse especialmente a enseñar esto.
La historia contemporánea ha destruido esta ilusión, pero nadie puede garantizar que no se reproducirá tarde o temprano, y llevará a quienes están al frente de los asuntos a perversiones que complacen la debilidad del hombre, y por tanto tienen mayor afinidad con su naturaleza. Quizás, dentro de poco, las campañas y batallas de Bonaparte se considerarán como meros actos de barbarie y estupidez, y volveremos una vez más con satisfacción y confianza al espadín de ceremonia de instituciones y formas obsoletas y rancias. Si la teoría advierte contra esto, entonces presta un verdadero servicio a quienes escuchan su voz de advertencia. Ojalá logremos tender la mano a aquellos que en nuestra querida tierra natal están llamados a hablar con autoridad sobre estas materias, para que podamos ser su guía en este campo de investigación, y excitarlos a hacer un examen sincero del asunto.
No sólo el concepto de guerra sino también la experiencia nos llevan a buscar una gran decisión únicamente en una gran batalla. Desde tiempos inmemoriales, sólo las grandes victorias han conducido a grandes éxitos del lado ofensivo en la forma absoluta, del lado defensivo de una manera más o menos satisfactoria. Incluso Bonaparte no habría visto el día de Ulm, único en su género, si hubiera rehusado derramar sangre; más bien debe considerarse como sólo una segunda cosecha de los acontecimientos victoriosos en sus campañas precedentes. No son sólo los generales audaces, temerarios y presuntuosos quienes han buscado completar su obra mediante la gran apuesta de una batalla decisiva, sino también los afortunados; y podemos quedarnos satisfechos con la respuesta que así han dado a esta vasta cuestión.
No oigamos hablar de generales que conquistan sin derramamiento de sangre. Si una matanza sangrienta es un espectáculo horrible, entonces eso es un motivo para respetar más la guerra, pero no para hacer la espada que llevamos más y más roma por grados debido a sentimientos de humanidad, hasta que alguien interviene con una que está afilada y nos corta el brazo del cuerpo.
Consideramos una gran batalla como una decisión principal, pero ciertamente no como la única necesaria para una guerra o una campaña. Los casos de una gran batalla que decide toda una campaña han sido frecuentes sólo en los tiempos modernos, aquellos que han decidido toda una guerra pertenecen a la clase de excepciones raras.
Una decisión que se produce mediante una gran batalla depende naturalmente no de la batalla misma, es decir, de la masa de combatientes comprometidos en ella, y de la intensidad de la victoria, sino también de una serie de otras relaciones entre las fuerzas militares opuestas entre sí, y entre los Estados a los que estas fuerzas pertenecen. Pero al mismo tiempo que la masa principal de la fuerza disponible se lleva al gran duelo, se produce también una gran decisión, cuya extensión quizás pueda preverse en muchos aspectos, aunque no en todos, y que aunque no es la única, sigue siendo la primera decisión, y como tal, tiene influencia sobre las que siguen. Por tanto, una gran batalla deliberadamente planificada, según sus relaciones, es más o menos, pero siempre en algún grado, para ser considerada como el medio principal y punto central de todo el sistema. Cuanto más entra en campaña un general en el verdadero espíritu de la guerra así como de toda contienda, con el sentimiento y la idea, es decir la convicción, de que debe y va a conquistar, tanto más se esforzará por arrojar todo el peso en la balanza en la primera batalla, esperar y esforzarse por ganarlo todo con ella. Bonaparte apenas emprendió nunca una guerra sin pensar en conquistar a su enemigo de inmediato en la primera batalla, y Federico el Grande, aunque en una esfera más limitada y con intereses de menor magnitud en juego, pensaba lo mismo cuando, al frente de un pequeño ejército, buscaba despejar su retaguardia de los rusos o del ejército imperial federal.
La decisión que se da en la gran batalla depende, hemos dicho, en parte de la batalla misma, es decir, del número de tropas comprometidas, y en parte de la magnitud del éxito.
Cómo puede el general aumentar su importancia respecto al primer punto es evidente en sí mismo y meramente observaremos que según la importancia de la gran batalla, aumenta el número de casos que se deciden junto con ella, y que por tanto los generales que, confiados en sí mismos, han sido amantes de las grandes decisiones, siempre han logrado hacer uso de la mayor parte de sus tropas en ella sin descuidar por ello puntos esenciales en otros lugares.
En cuanto a las consecuencias o, hablando más correctamente, la efectividad de una victoria, eso depende principalmente de cuatro puntos:
1. De la forma táctica adoptada como orden de batalla.
2. De la naturaleza del terreno.
3. De las proporciones relativas de las tres armas.
4. De la fuerza relativa de los dos ejércitos.
Una batalla con frentes paralelos y sin ninguna acción contra un flanco rara vez producirá un éxito tan grande como una en la que el ejército derrotado ha sido envuelto, o forzado a cambiar de frente en mayor o menor medida. En un terreno accidentado o montañoso los éxitos son igualmente menores, porque el poder del golpe es en todas partes menor.
Si la caballería del vencido es igual o superior a la del vencedor, entonces los efectos de la persecución se ven disminuidos, y con ello se pierde gran parte de los resultados de la victoria.
Finalmente, es fácil comprender que si la superioridad numérica está del lado del conquistador, y éste usa su ventaja en ese aspecto para envolver el flanco de su adversario, o forzarlo a cambiar de frente, se seguirán mayores resultados que si el conquistador hubiera sido más débil en números que el vencido. La batalla de Leuthen ciertamente puede citarse como una refutación práctica de este principio, pero pedimos permiso por una vez para decir lo que de otro modo no nos gusta: no hay regla sin excepción.
De todas estas maneras, por tanto, el comandante tiene los medios de dar a su batalla un carácter decisivo; ciertamente así se expone a un peligro aumentado, pero toda su línea de acción está sujeta a esa ley dinámica del mundo moral.
No hay entonces nada en la guerra que pueda compararse con la gran batalla en punto de importancia, y el ápice de la habilidad estratégica se muestra en la provisión de medios para este gran acontecimiento, en la determinación hábil del lugar y tiempo, y dirección de las tropas, y en el buen uso que se hace del éxito.
Pero no se sigue de la importancia de estas cosas que deban ser de naturaleza muy complicada y recóndita; todo es aquí más bien simple, el arte de la combinación de ningún modo grande; pero hay gran necesidad de rapidez en el juicio de las circunstancias, necesidad de energía, resolución firme, un espíritu juvenil de empresa —cualidades heroicas, a las que a menudo tendremos que referirnos—. Hay, por tanto, muy poco de lo que puede enseñarse mediante libros y hay mucho que, si puede enseñarse en absoluto, debe llegar al general a través de algún otro medio que no sean los tipos de imprenta.
El impulso hacia una gran batalla, el progreso voluntario y seguro hacia ella, debe proceder de un sentimiento de poder innato y un claro sentido de la necesidad; en otras palabras, debe proceder del valor innato y de percepciones agudizadas por el contacto con los intereses superiores de la vida.
Los grandes ejemplos son los mejores maestros, pero ciertamente es una desgracia si una nube de prejuicios teóricos se interpone, pues incluso el rayo de sol se refracta y se tiñe por las nubes. Destruir tales prejuicios, que muchas veces se levantan y se extienden como un miasma, es un deber imperativo de la teoría, pues la progenie malformada de la razón humana puede también ser a su vez destruida por la razón pura.
Capítulo12Medios estratégicos para aprovechar la victoria
La parte más difícil, es decir, la de preparar perfectamente la victoria, es un servicio silencioso cuyo mérito pertenece a la estrategia y por el que, sin embargo, apenas se le reconoce lo suficiente. Esta aparece brillante y llena de renombre al sacar buen provecho de una victoria obtenida.
Cuál puede ser el objeto específico de una batalla, cómo se conecta con el sistema entero de una guerra, adónde puede conducir la carrera de la victoria según la naturaleza de las circunstancias, dónde se encuentra su punto culminante: todas estas son cosas sobre las que no entraremos sino más adelante. Pero bajo cualquier circunstancia concebible se mantiene el hecho de que sin persecución ninguna victoria puede tener un gran efecto, y que, por corta que sea la carrera de la victoria, siempre debe llevar más allá de los primeros pasos en la persecución; y a fin de evitar la repetición frecuente de esto, nos detendremos ahora un momento en este suplemento necesario de la victoria en general.
La persecución de un ejército derrotado comienza en el momento en que ese ejército, abandonando el combate, deja su posición; todos los movimientos previos en una dirección u otra no pertenecen a ella sino al desarrollo de la batalla misma. Normalmente la victoria en el momento aquí descrito, incluso si es segura, es todavía pequeña y débil en sus proporciones, y no se clasificaría como un evento de gran ventaja positiva si no se completara con una persecución el primer día. Entonces es generalmente, como hemos dicho antes, cuando comienzan a recogerse los trofeos que dan sustancia a la victoria. De esta persecución hablaremos a continuación.
Generalmente ambos bandos entran en acción con sus fuerzas físicas considerablemente deterioradas, pues los movimientos inmediatamente precedentes tienen por lo general el carácter de circunstancias muy urgentes. Los esfuerzos que cuesta forjar un gran combate completan el agotamiento; de esto se sigue que el bando victorioso está muy poco menos desorganizado y fuera de su formación original que el vencido, y por tanto requiere tiempo para reformarse, reunir a los rezagados y distribuir munición fresca a quienes carecen de ella. Todas estas cosas colocan al propio conquistador en el estado de crisis del que ya hemos hablado. Si ahora la fuerza derrotada es solo una porción separada del ejército enemigo, o si por otro lado ha de esperar un refuerzo considerable, entonces el conquistador puede fácilmente caer en el peligro evidente de tener que pagar caro su victoria, y esta consideración, en tal caso, muy pronto pone fin a la persecución, o al menos la restringe materialmente. Incluso cuando no hay que temer un fuerte incremento de fuerza por parte del enemigo, el conquistador encuentra en las circunstancias anteriores un poderoso freno a la vivacidad de su persecución. No hay razón para temer que la victoria sea arrebatada, pero todavía son posibles combates adversos, y pueden disminuir las ventajas que hasta el presente se han ganado. Además, en este momento todo el peso de lo sensorial en un ejército, sus necesidades y debilidades, depende de la voluntad del comandante. Todos los miles bajo su mando requieren descanso y refrigerio, y anhelan ver un alto al trabajo y al peligro por el presente; solo unos pocos, formando una excepción, pueden ver y sentir más allá del momento presente, solo entre este pequeño número hay suficiente vigor mental para pensar, después de hacer lo absolutamente necesario en el momento, en aquellos resultados que en tal momento solo aparecen al resto como meros embellecimientos de la victoria, como un lujo del triunfo. Pero todos estos miles tienen voz en el consejo del general, pues a través de los diversos escalones de la jerarquía militar estos intereses de la criatura sensorial tienen su conductor seguro hacia el corazón del comandante. Él mismo, mediante la fatiga mental y corporal, está más o menos debilitado en su actividad natural, y así sucede entonces que, principalmente por estas causas, puramente incidentales a la naturaleza humana, se hace menos de lo que podría haberse hecho, y que generalmente lo que se hace debe atribuirse enteramente a la *sed de gloria*, la *energía* e incluso también la *dureza de corazón* del general en jefe. Solo así podemos explicar la manera vacilante con que muchos generales siguen una victoria que la superioridad numérica les ha dado. La primera persecución del enemigo la limitamos en general a la extensión del primer día, incluyendo la noche siguiente a la victoria. Al final de ese período la necesidad de descansar nosotros mismos prescribe un alto en cualquier caso.
Esta primera persecución tiene diferentes grados naturales.
El primero es, si solo se emplea caballería; en ese caso equivale generalmente más a alarmar y vigilar que a presionar al enemigo en realidad, porque el más pequeño obstáculo del terreno es generalmente suficiente para detener la persecución. Por útil que pueda ser la caballería contra cuerpos sueltos de tropas desmoralizadas y dispersas, cuando se opone a la masa del ejército derrotado vuelve a ser solo el arma auxiliar, porque las tropas en retirada pueden emplear reservas frescas para cubrir el movimiento, y, por tanto, en el siguiente obstáculo insignificante del terreno, combinando todas las armas pueden hacer un alto con éxito. La única excepción a esto es en el caso de un ejército en fuga real en un estado completo de disolución.
El segundo grado es, si la persecución la realiza una fuerte vanguardia compuesta de todas las armas, consistiendo naturalmente la mayor parte en caballería. Tal persecución generalmente empuja al enemigo hasta la posición fuerte más cercana para su retaguardia, o la siguiente posición que ofrece espacio para su ejército. Ninguna de las dos puede encontrarse usualmente de inmediato, y, por tanto, la persecución puede llevarse más lejos; generalmente, sin embargo, no se extiende más allá de la distancia de una o como mucho un par de leguas, porque de otro modo la vanguardia no se sentiría suficientemente apoyada. El tercer y más vigoroso grado es cuando el ejército victorioso mismo continúa avanzando hasta donde sus fuerzas físicas puedan soportar. En este caso el ejército derrotado generalmente abandonará tales posiciones ordinarias como un país suele ofrecer ante la mera demostración de un ataque, o de una intención de envolver su flanco; y la retaguardia será aún menos propensa a comprometerse en una resistencia obstinada.
En los tres casos la noche, si cae antes de la conclusión de todo el acto, generalmente le pone fin, y los pocos casos en que esto no ha ocurrido, y la persecución ha continuado durante toda la noche, deben considerarse como persecuciones en una forma excepcionalmente vigorosa.
Si reflexionamos que al luchar de noche todo debe ser, más o menos, abandonado al azar, y que al final de una batalla la cohesión regular y el orden de las cosas en un ejército deben inevitablemente perturbarse, podemos concebir fácilmente la renuencia de ambos generales a llevar adelante su tarea bajo condiciones tan desventajosas. Si una disolución completa del ejército vencido, o una rara superioridad del ejército victorioso en virtud militar no aseguran el éxito, todo quedaría de alguna manera entregado al destino, lo que nunca puede ser del interés de nadie, ni siquiera del general más temerario. Como regla, por tanto, la noche pone fin a la persecución, incluso cuando la batalla solo se ha decidido poco antes de que caiga la oscuridad. Esto permite al conquistado tiempo para descansar y reagruparse inmediatamente, o, si se retira durante la noche le da una marcha de ventaja. Después de esta interrupción el conquistado está decididamente en mejor condición; mucho de lo que había sido arrojado a la confusión ha sido puesto nuevamente en orden, la munición ha sido renovada, el conjunto ha sido dispuesto en una formación fresca. Cualquier encuentro posterior que ahora tenga lugar con el enemigo es una nueva batalla no una continuación de la antigua, y aunque puede estar lejos de prometer un éxito absoluto, sigue siendo un combate fresco, y no meramente una recolección de los *restos* por el vencedor.
Cuando, por tanto, el conquistador puede continuar la persecución misma durante toda la noche, aunque solo sea con una fuerte vanguardia compuesta de todas las armas del servicio, el efecto de la victoria se incrementa inmensamente, de esto las batallas de Leuthen y La Belle Alliance(*) son ejemplos.
(*) Waterloo.
Toda la acción de esta persecución es principalmente táctica, y solo nos detenemos en ella aquí para aclarar la diferencia que a través de ella puede producirse en el efecto de una victoria.
Esta primera persecución, hasta el punto de parada más cercano, pertenece como un derecho a todo conquistador, y apenas está conectada de ninguna manera con sus planes y combinaciones posteriores. Estos pueden disminuir considerablemente los resultados positivos de una victoria obtenida con el cuerpo principal del ejército, pero no pueden hacer imposible este primer uso de ella; al menos los casos de ese tipo, si son concebibles en absoluto, deben ser tan poco comunes que no deberían tener ninguna influencia apreciable en la teoría. Y aquí ciertamente debemos decir que el ejemplo ofrecido por las guerras modernas abre todo un nuevo campo para la energía. En las guerras precedentes, que descansaban sobre una base más estrecha, y eran en conjunto más circunscritas en su alcance, había muchas restricciones convencionales innecesarias de varias maneras, pero particularmente en este punto. *La concepción, Honor de la Victoria* parecía a los generales con mucho la cosa principal, de modo que pensaban menos en la destrucción completa de la fuerza militar del enemigo, ya que de hecho esa destrucción de fuerza les parecía solo uno de los muchos medios en la guerra, de ninguna manera el principal, y mucho menos el único medio; de modo que más fácilmente envainaban la espada en el momento en que el enemigo había bajado la suya. Nada les parecía más natural que detener el combate tan pronto como se obtenía la decisión, y considerar toda matanza posterior como crueldad innecesaria. Incluso si esta falsa filosofía no determinaba sus resoluciones enteramente, seguía siendo un punto de vista por el cual las representaciones del agotamiento de todas las fuerzas, y la imposibilidad física de continuar la lucha, obtenían evidencia más fácil y mayor peso. Ciertamente el preservar el propio instrumento de victoria es una cuestión vital si solo poseemos este uno, y prevemos que pronto puede llegar el momento en que no será suficiente para todo lo que queda por hacer, pues toda continuación de la ofensiva debe llevar finalmente al agotamiento completo. Pero este cálculo era todavía tan falso, en cuanto que la pérdida posterior de fuerzas por una continuación de la persecución no podía guardar proporción con la que el enemigo debía sufrir. Ese punto de vista, por tanto, de nuevo solo podía existir porque las fuerzas militares no se consideraban el factor vital. Y así encontramos que en guerras anteriores solo los héroes reales —como Carlos XII, Marlborough, Eugenio, Federico el Grande— añadían una persecución vigorosa a sus victorias cuando estas eran suficientemente decisivas, y que otros generales usualmente se contentaban con la posesión del campo de batalla. En tiempos modernos la mayor energía infundida en la conducción de las guerras a través de la mayor importancia de las circunstancias de las que han procedido ha derribado estas barreras convencionales; la persecución se ha convertido en un asunto de suma importancia para el conquistador; los trofeos se han multiplicado en extensión por ello, y si hay casos también en la guerra moderna en que esto no ha sido así, todavía pertenecen a la lista de excepciones, y deben explicarse por circunstancias peculiares.
En Gorschen(*) y Bautzen nada sino la superioridad de la caballería aliada impidió una derrota completa, en Gross Beeren y Dennewitz la mala voluntad de Bernadotte, el Príncipe Heredero de Suecia; en Laon la debilitada condición personal de Blücher, que tenía entonces setenta años y en el momento estaba confinado a una habitación oscura debido a una lesión en sus ojos.
(*) Gorschen o Lutzen, 2 de mayo de 1813; Gross Beeren y Dennewitz, 22 de agosto de 1813; Bautzen, 22 de mayo de 1813; Laon, 10 de marzo de 1813.
Pero Borodinó es también una ilustración del punto aquí, y no podemos resistir decir unas palabras más al respecto, en parte porque no consideramos que las circunstancias se expliquen simplemente atribuyendo culpa a Bonaparte, en parte porque podría parecer que este, y con él un gran número de casos similares, perteneciera a esa clase que hemos designado como tan extremadamente rara, casos en los que las relaciones generales apresan y encadenan al general al comienzo mismo de la batalla. Los autores franceses en particular, y grandes admiradores de Bonaparte (Vaudancourt, Chambray, Ségur), le han culpado decididamente porque no expulsó completamente al ejército ruso del campo, y usó sus últimas reservas para dispersarlo, porque entonces lo que fue solo una batalla perdida habría sido una derrota completa. Nos veríamos obligados a divergir demasiado para describir circunstanciadamente la situación mutua de los dos ejércitos; pero esto es evidente, que cuando Bonaparte cruzó el Niemen con su ejército los mismos cuerpos que después lucharon en Borodinó contaban 300.000 hombres, de los cuales ahora solo quedaban 120.000, podía por tanto temer con razón que no le quedaran suficientes para marchar sobre Moscú, el punto del que todo parecía depender. La victoria que acababa de ganar le daba casi la certeza de tomar esa capital, pues que los rusos estuvieran en condiciones de librar una segunda batalla dentro de ocho días parecía en el más alto grado improbable; y en Moscú esperaba encontrar la paz. Sin duda la dispersión completa del ejército ruso habría hecho esta paz mucho más segura; pero aún así la primera consideración era llegar a Moscú, es decir, llegar allí con una fuerza con la cual debería aparecer como dictador sobre la capital, y a través de ella sobre el Imperio y el Gobierno. La fuerza que trajo consigo a Moscú ya no era suficiente para eso, como mostró lo sucedido después, pero habría sido todavía menor si, al dispersar al ejército ruso, hubiera dispersado el suyo propio al mismo tiempo. Bonaparte era plenamente consciente de todo esto, y ante nuestros ojos está completamente justificado. Pero por ello este caso todavía no debe contarse entre aquellos en los que, a través de las relaciones generales, al general se le prohíbe seguir su victoria, pues en su caso nunca hubo cuestión de mera persecución. La victoria se decidió a las cuatro de la tarde, pero los rusos todavía ocupaban la mayor parte del campo de batalla; aún no estaban dispuestos a ceder el terreno, y si el ataque se hubiera renovado, todavía habrían ofrecido una resistencia muy determinada, que habría terminado indudablemente en su derrota completa, pero habría costado al conquistador mucho más derramamiento de sangre. Debemos por tanto contar la Batalla de Borodinó entre batallas, como Bautzen, dejadas sin terminar. En Bautzen el vencido prefirió abandonar el campo antes; en Borodinó el conquistador prefirió contentarse con media victoria, no porque la decisión pareciera dudosa, sino porque no era suficientemente rico para pagar por la completa.
Volviendo ahora a nuestro tema, la deducción de nuestras reflexiones en relación con la primera etapa de la persecución es, que la energía arrojada en ella determina principalmente el valor de la victoria; que esta persecución es un segundo acto de la victoria, en muchos casos más importante también que el primero, y que la estrategia, mientras aquí se aproxima a la táctica para recibir de ella la cosecha del éxito, ejerce el primer acto de su autoridad exigiendo esta consumación de la victoria.
Pero además, los efectos de la victoria muy raramente se detienen con esta primera persecución; ahora comienza primero la carrera real a la cual la victoria prestó velocidad. Este curso está condicionado como ya hemos dicho, por otras relaciones de las que todavía no es tiempo de hablar. Pero debemos mencionar aquí, lo que hay de carácter general en la persecución a fin de evitar repetición cuando el tema ocurra de nuevo.
En las etapas posteriores de la persecución, de nuevo, podemos distinguir tres grados: la persecución simple, una persecución dura, y una marcha paralela para interceptar.
El simple *seguimiento* o *perseguir* hace que el enemigo continúe su retirada, hasta que piensa que puede arriesgar otra batalla. Por tanto en su efecto bastará para agotar las ventajas ganadas, y además de eso, todo lo que el enemigo no puede llevarse consigo, enfermos, heridos, e incapacitados por la fatiga, cantidades de bagaje, y carruajes de todo tipo, caerán en nuestras manos, pero este mero seguimiento no tiende a aumentar el desorden en el ejército enemigo, un efecto que es producido por las dos causas siguientes.
Si, por ejemplo, en lugar de contentarnos con ocupar cada día el campamento que el enemigo acaba de abandonar, poseyendo solo aquella parte del territorio que él decide dejar, disponemos las cosas de manera que cada día avancemos más, y en consecuencia, con nuestra vanguardia organizada para tal fin, atacamos a su retaguardia cada vez que intenta detenerse, entonces ese proceder acelerará su retirada y, por tanto, tenderá a aumentar su desorganización. Esto lo logrará principalmente por el carácter de fuga continua que así asumirá su retirada. Nada tiene una influencia tan deprimente sobre el soldado como el sonido del cañón enemigo de nuevo en el momento en que, tras una marcha forzada, busca algo de descanso; si esta excitación se prolonga de día en día durante cierto tiempo, puede conducir a una desbandada completa. Hay en ello una admisión constante de verse obligado a obedecer la ley del enemigo, y de ser incapaz de cualquier resistencia, y la conciencia de esto no puede sino debilitar la moral de un ejército en grado sumo. El efecto de presionar al enemigo de esta manera alcanza un máximo cuando lo obliga a hacer marchas nocturnas. Si el conquistador ahuyenta al adversario derrotado al atardecer de un campamento que acaba de establecerse, ya sea para el cuerpo principal del ejército o para la retaguardia, el vencido debe o bien hacer una marcha nocturna, o bien alterar su posición durante la noche, retirándose más lejos, lo que viene a ser prácticamente lo mismo; el bando victorioso puede, en cambio, pasar la noche en tranquilidad.
La disposición de las marchas y la elección de posiciones dependen también en este caso de muchas otras cosas, especialmente del abastecimiento del ejército, de fuertes obstáculos naturales en el terreno, de grandes ciudades, etc., etc., que resultaría una pedantería ridícula intentar demostrar mediante un análisis geométrico cómo el perseguidor, al poder imponer sus leyes al enemigo en retirada, puede obligarlo a marchar de noche mientras él descansa. Pero, sin embargo, es cierto y practicable que las marchas de persecución pueden planearse de modo que tengan esta tendencia, y que la eficacia de la persecución se ve muy reforzada con ello. Si esto se atiende rara vez en la ejecución, es porque tal procedimiento es más difícil para el ejército perseguidor que una adhesión regular a las marchas ordinarias diurnas. Partir a buena hora por la mañana, acampar al mediodía, ocupar el resto del día en proveer las necesidades ordinarias del ejército y usar la noche para el descanso, es un método mucho más cómodo que regular los movimientos propios exactamente según los del enemigo, por tanto determinar nada hasta el último momento, emprender la marcha, a veces por la mañana, a veces por la tarde, estar siempre durante varias horas en presencia del enemigo e intercambiando disparos de cañón con él, manteniendo fuego de escaramuza, planear maniobras para flanquearlo, en resumen, hacer todo el despliegue de medios tácticos que tal proceder hace necesario. Todo eso pesa naturalmente con gran peso sobre el ejército perseguidor, y en la guerra, donde hay tantas cargas que soportar, los hombres siempre están inclinados a despojarse de aquellas que no parecen absolutamente necesarias. Estas observaciones son ciertas tanto si se aplican a un ejército entero como, en el caso más usual, a una fuerte vanguardia. Por las razones recién mencionadas, este segundo método de persecución, este acoso continuo del enemigo perseguido, es más bien un suceso raro; incluso Bonaparte en su campaña rusa de 1812 lo practicó poco, por las razones aquí evidentes de que las dificultades y penalidades de esta campaña ya amenazaban a su ejército con la destrucción antes de que pudiera alcanzar su objetivo; por otra parte, los franceses en sus otras campañas se han distinguido por su energía también en este punto.
Por último, la tercera y más eficaz forma de persecución es la marcha paralela hacia el objetivo inmediato de la retirada.
Todo ejército derrotado tendrá naturalmente tras de sí, a mayor o menor distancia, algún punto cuyo logro es el primer propósito a la vista, ya sea que, de fallar en esto, su retirada ulterior pudiera verse comprometida, como en el caso de un desfiladero, o que sea importante para el propio punto alcanzarlo antes que el enemigo, como en el caso de una gran ciudad, almacenes, etc., o, por último, que el ejército en este punto obtenga nuevos poderes de defensa, tales como una posición fuerte o la unión con otros cuerpos.
Ahora bien, si el conquistador dirige su marcha hacia este punto por un camino lateral, es evidente cómo eso puede acelerar la retirada del ejército vencido de manera destructiva, convertirla en precipitación, tal vez en fuga. El conquistado tiene solo tres maneras de contrarrestar esto: la primera es arrojarse delante del enemigo, para ganar mediante un ataque inesperado esa probabilidad de éxito que ha perdido en general por su posición; esto supone claramente un general emprendedor y audaz, y un ejército excelente, vencido pero no completamente derrotado; por tanto, solo puede ser empleado por un ejército vencido en muy pocos casos.
Este punto está excepcionalmente bien tratado por von Bernhardi en su «La caballería en las guerras futuras». Londres: Murray, 1906.
La segunda manera es acelerar la retirada; pero esto es justo lo que el conquistador quiere, y fácilmente conduce a esfuerzos desmesurados por parte de las tropas, por los cuales se sufren pérdidas enormes en rezagados, cañones rotos y carruajes de todo tipo.
La tercera manera es hacer un rodeo y sortear el punto más cercano de interceptación, marchar con más facilidad a mayor distancia del enemigo, y así hacer menos dañina la prisa requerida. Esta última manera es la peor de todas, generalmente resulta como una nueva deuda contraída por un deudor insolvente, y conduce a mayor apuro. Hay casos en que este curso es aconsejable; otros donde no queda nada más; también casos en que ha sido exitoso; pero en conjunto es ciertamente verdad que su adopción suele estar influida menos por una convicción clara de que es la manera más segura de alcanzar el objetivo que por otro motivo inadmisible: este motivo es el temor de encontrarse con el enemigo. ¡Ay del comandante que ceda a esto! Por mucho que la moral de su ejército se haya deteriorado, y por muy fundados que sean sus temores de estar en desventaja en cualquier conflicto con el enemigo, el mal solo se agravará por evitar con excesiva ansiedad todo posible riesgo de colisión. Bonaparte en 1813 nunca habría traído de vuelta al otro lado del Rin consigo los treinta mil o cuarenta mil hombres que quedaron tras la batalla de Hanau, si hubiera evitado esa batalla e intentado cruzar el Rin en Mannheim o Coblenza. Es justamente por medio de pequeños combates cuidadosamente preparados y ejecutados, y en los cuales el ejército derrotado, al estar a la defensiva, tiene siempre la asistencia del terreno, es justamente por estos que la fuerza moral del ejército puede primero ser resucitada.
En Hanau (30 de octubre de 1813), los bávaros, unos cincuenta mil hombres fuertes, se arrojaron a través de la línea de retirada de Napoleón desde Leipzig. Mediante un uso magistral de su artillería, los franceses destrozaron a los bávaros y marcharon adelante sobre sus cuerpos.—EDITOR.
El efecto benéfico de los más pequeños éxitos es increíble; pero con la mayoría de los generales la adopción de este plan implica gran dominio de sí mismos. La otra manera, la de evadir todo encuentro, parece al principio mucho más fácil, que hay una preferencia natural por su adopción. Por tanto, es generalmente justo este sistema de evasión el que mejor promueve la visión del perseguidor, y a menudo termina con la ruina completa del perseguido; debemos, sin embargo, recordar aquí que estamos hablando de un ejército entero, no de una sola división que, habiendo sido cortada, busca unirse al ejército principal mediante un rodeo; en tal caso las circunstancias son diferentes, y el éxito no es infrecuente. Pero hay una condición necesaria para el éxito de esta carrera de dos cuerpos hacia un objetivo, que es que una división del ejército perseguidor deba seguir por el mismo camino que el perseguido ha tomado, a fin de recoger rezagados y mantener la impresión que la presencia del enemigo nunca deja de hacer. Blücher descuidó esto en su, por lo demás irreprochable, persecución tras La Belle Alliance.
Tales marchas afectan tanto al perseguidor como al perseguido, y no son aconsejables si el ejército enemigo se reagrupa sobre otro considerable; si tiene un general distinguido a su cabeza, y si su destrucción no está ya bien preparada. Pero cuando este medio puede adoptarse, actúa también como un gran poder mecánico. Las pérdidas del ejército vencido por enfermedad y fatiga están en una escala tan desproporcionada, el espíritu del ejército está tan debilitado y abatido por la constante inquietud sobre la ruina inminente, que al final cualquier cosa como una resistencia bien organizada está fuera de cuestión; cada día miles de prisioneros caen en manos del enemigo sin dar un golpe. En tal temporada de completa buena fortuna, el conquistador no necesita dudar en dividir sus fuerzas para atraer al vórtice de destrucción todo lo que esté al alcance de su ejército, cortar destacamentos, tomar fortalezas no preparadas para la defensa, ocupar grandes ciudades, etc., etc. Puede hacer cualquier cosa hasta que surja un nuevo estado de cosas, y cuanto más se arriesgue de esta manera, más tardará en producirse ese cambio. No faltan ejemplos de resultados brillantes de grandes victorias decisivas, y de grandes y vigorosas persecuciones en las guerras de Bonaparte. Basta con citar Jena 1806, Ratisbona 1809, Leipzig 1813 y Belle-Alliance 1815.
Capítulo13Retirada después de una batalla perdida
En una batalla perdida, el poder de un ejército queda quebrado, el moral en mayor grado que el físico. Una segunda batalla, a menos que entren en juego nuevas circunstancias favorables, conduciría a una derrota completa, tal vez a la destrucción. Este es un axioma militar. Según el curso habitual, la retirada continúa hasta aquel punto donde se restablece el equilibrio de fuerzas, ya sea mediante refuerzos, o por la protección de plazas fuertes, o por grandes posiciones defensivas que ofrece el territorio, o por una separación de las fuerzas enemigas. La magnitud de las pérdidas sufridas, la extensión de la derrota, pero aún más el carácter del enemigo, acercarán o pospondrán el instante de este equilibrio. Cuántos ejemplos pueden encontrarse de un ejército derrotado que vuelve a rehacerse a corta distancia, sin que sus circunstancias hayan cambiado en modo alguno desde la batalla. La causa de esto puede rastrearse hasta la debilidad moral del adversario, o hasta que la preponderancia ganada en la batalla no haya sido suficiente para causar una impresión duradera.
Para aprovecharse de esta debilidad o error del enemigo, no ceder ni un palmo más de lo que exige la presión de las circunstancias, pero sobre todo, a fin de mantener las fuerzas morales en el punto más ventajoso posible, son absolutamente necesarias una retirada lenta, que ofrezca resistencia incesante, y audaces y valerosos contragolpes siempre que el enemigo busque obtener ventajas excesivas. Las retiradas de los grandes generales y de los ejércitos curtidos en la guerra siempre se han parecido a la retirada de un león herido; tal es, indudablemente, también la mejor teoría.
Es cierto que en el momento de abandonar una posición peligrosa a menudo hemos visto que se observan formalidades triviales que causan pérdida de tiempo y, por tanto, van acompañadas de peligro, mientras que en tales casos todo depende de salir del lugar con rapidez. Los generales experimentados consideran esta máxima muy importante. Pero tales casos no deben confundirse con una retirada general tras una batalla perdida. Quien entonces piensa ganar ventaja mediante unas pocas marchas rápidas, y recuperar más fácilmente una posición firme, comete un gran error. Los primeros movimientos deben ser tan pequeños como sea posible, y es máxima general no permitir que el enemigo nos dicte la conducta. Esta máxima no puede seguirse sin combatir sangrientamente con el enemigo pisándonos los talones, pero la ganancia vale el sacrificio; sin ella caemos en un paso acelerado que pronto se convierte en una huida precipitada, y cuesta meramente en rezagados más hombres que los combates de retaguardia, y además extingue los últimos restos del espíritu de resistencia.
Una retaguardia fuerte compuesta de tropas escogidas, comandada por el general más valiente, y apoyada por todo el ejército en los momentos críticos; una utilización cuidadosa del terreno; emboscadas fuertes dondequiera que la audacia de la vanguardia enemiga y el terreno ofrezcan oportunidad; en resumen, la preparación y el sistema de pequeñas batallas regulares: estos son los medios para seguir este principio.
Las dificultades de una retirada son naturalmente mayores o menores según la batalla se haya librado bajo circunstancias más o menos favorables, y según se haya disputado con mayor o menor obstinación. Las batallas de Jena y La Belle-Alliance muestran cuán imposible puede volverse algo parecido a una retirada regular, si se emplea hasta el último hombre contra un enemigo poderoso.
De vez en cuando se ha sugerido dividirse con el propósito de retirarse, por tanto retirarse en divisiones separadas o incluso excéntricamente. Una separación que se hace meramente por conveniencia, y junto con la cual sigue siendo posible la acción concentrada y se mantiene a la vista, no es a lo que ahora nos referimos; cualquier otra clase es extremadamente peligrosa, contraria a la naturaleza de la cosa, y por tanto un gran error. Toda batalla perdida es un principio de debilidad y desorganización; y la primera e inmediata necesidad es concentrarse, y en la concentración recuperar el orden, el valor y la confianza. La idea de hostigar al enemigo mediante cuerpos separados por ambos flancos en el momento en que está siguiendo su victoria, es una anomalía perfecta; un pedante pusilánime podría ser intimidado por su enemigo de esa manera, y para tal caso puede funcionar; pero cuando no estamos seguros de este defecto en nuestro oponente, es mejor dejarlo estar. Si las relaciones estratégicas después de una batalla exigen que nos cubramos a derecha e izquierda mediante destacamentos, debe hacerse tanto como sea inevitable por las circunstancias, pero este fraccionamiento debe considerarse siempre un mal, y rara vez estamos en condiciones de comenzarlo el día siguiente a la batalla misma.
Si Federico el Grande tras la batalla de Kollin y el levantamiento del sitio de Praga se retiró en tres columnas, no lo hizo por elección, sino porque la posición de sus fuerzas y la necesidad de cubrir Sajonia no le dejaban alternativa. Bonaparte tras la batalla de Brienne envió a Marmont de vuelta al Aube, mientras él mismo cruzaba el Sena y se dirigía hacia Troyes; pero que esto no terminara en desastre se debió únicamente a la circunstancia de que los aliados, en lugar de perseguir, dividieron sus fuerzas de manera similar, girando con una parte (Blücher) hacia el Marne, mientras con la otra (Schwarzenberg), por temor a ser demasiado débiles, avanzaron con exagerada cautela.
Capítulo14Combate nocturno
La manera de conducir un combate nocturno, y lo que concierne a los detalles de su desarrollo, es un asunto táctico; aquí lo examinamos únicamente en la medida en que, en su totalidad, aparece como un medio estratégico especial.
Fundamentalmente, todo ataque nocturno no es sino una forma más vehemente de sorpresa. Ahora bien, a primera vista tal ataque parece sumamente ventajoso, pues suponemos que el enemigo es tomado por sorpresa, mientras que el asaltante naturalmente está preparado para todo cuanto pueda ocurrir. ¡Qué desigualdad! La imaginación pinta un cuadro de la más completa confusión por un lado, y por el otro al asaltante ocupado únicamente en cosechar los frutos de su ventaja. De ahí la constante creación de planes para ataques nocturnos por parte de quienes no tienen que conducirlos y carecen de responsabilidad, mientras que estos ataques rara vez se realizan en la práctica.
Todos estos planes ideales se basan en la hipótesis de que el asaltante conoce las disposiciones del defensor porque han sido hechas y anunciadas de antemano, y no pudieron escapar a su advertencia en sus reconocimientos e indagaciones; que, por otro lado, las medidas del asaltante, al ser tomadas solo en el momento de la ejecución, no pueden ser conocidas por el enemigo. Pero esto último no siempre es del todo cierto, y el primero lo es aún menos. Si no estamos tan cerca del enemigo como para tenerlo completamente bajo nuestra vista, como los austriacos tenían a Federico el Grande antes de la batalla de Hochkirch (1758), entonces todo lo que sabemos de su posición siempre ha de ser imperfecto, ya que se obtiene mediante reconocimientos, patrullas, información de prisioneros y espías, fuentes en las que no se puede confiar firmemente porque la inteligencia así obtenida es siempre más o menos antigua, y la posición del enemigo puede haberse alterado entretanto. Además, con las tácticas y el modo de acampar de tiempos anteriores era mucho más fácil que ahora examinar la posición del enemigo. Una línea de tiendas es mucho más fácil de distinguir que una línea de cabañas o un vivac; y un campamento en una línea de frente, plena y regularmente desplegada, también más fácil que uno de divisiones formadas en columnas, el modo usado a menudo en la actualidad. Podemos tener el terreno en el que una división acampa de esa manera completamente bajo nuestra vista, y sin embargo no ser capaces de llegar a una idea exacta.
Pero la posición tampoco es todo lo que necesitamos saber; las medidas que el defensor pueda tomar en el curso del combate son igual de importantes, y no consisten de ninguna manera en meros disparos al azar. Estas medidas también hacen los ataques nocturnos más difíciles en las guerras modernas que antiguamente, porque en estas campañas tienen una ventaja sobre las ya tomadas. En nuestros combates la posición del defensor es más temporal que definitiva, y por esa razón el defensor es más capaz de sorprender a su adversario con golpes inesperados de lo que podía antes.
Todas estas dificultades obviamente se incrementan a medida que el poder de las armas en uso tiende a mantener a los combatientes más separados.—EDITOR.
Por lo tanto, lo que el asaltante sabe de la defensa antes de un ataque nocturno, rara vez o nunca es suficiente para suplir la falta de observación directa.
Pero el defensor tiene por su parte otra pequeña ventaja además, que es que está más en su casa que el asaltante, en el terreno que forma su posición, y por lo tanto, como el habitante de una habitación, encontrará su camino en la oscuridad con más facilidad que un extraño. Conoce mejor dónde encontrar cada parte de su fuerza, y por lo tanto puede alcanzarla más fácilmente de lo que es el caso con su adversario.
De esto se sigue que el asaltante en un combate nocturno siente la falta de sus ojos tanto como el defensor, y que por lo tanto, solo razones particulares pueden hacer aconsejable un ataque nocturno.
Ahora bien, estas razones surgen mayormente en conexión con partes subordinadas de un ejército, rara vez con el ejército mismo; se sigue que un ataque nocturno también, por regla general, solo puede tener lugar con combates secundarios, y rara vez con grandes batallas.
Podemos atacar una porción del ejército enemigo con una fuerza muy superior, en consecuencia envolviéndola con miras a capturarla entera, o a infligirle una pérdida muy severa mediante un combate desigual, siempre que otras circunstancias estén a nuestro favor. Pero tal plan nunca puede tener éxito excepto por una gran sorpresa, porque ninguna parte fraccionaria del ejército enemigo se involucraría en un combate tan desigual, sino que se retiraría en su lugar. Pero una sorpresa a una escala importante, excepto en raras ocasiones en un país muy cerrado, solo puede efectuarse de noche. Si por lo tanto deseamos obtener tal ventaja como esta de la disposición defectuosa de una porción del ejército enemigo, entonces debemos hacer uso de la noche, en todo caso, para terminar la parte preliminar incluso si el combate mismo no debiera abrirse hasta cerca del amanecer. Esto es, por lo tanto, lo que sucede en todas las pequeñas empresas nocturnas contra avanzadas y otros cuerpos pequeños, siendo invariablemente el punto principal, mediante números superiores, y rodeando su posición, enredarlo inesperadamente en un combate tan desventajoso que no pueda desenredarse sin gran pérdida.
Cuanto mayor sea el cuerpo atacado, más difícil la empresa, porque una fuerza fuerte tiene mayores recursos dentro de sí misma para mantener la lucha el tiempo suficiente para que llegue la ayuda.
Por esa razón, la totalidad del ejército enemigo nunca puede, en casos ordinarios, ser el objeto de tal ataque; pues aunque no tiene asistencia que esperar de ningún lugar fuera de sí mismo, aún así contiene dentro de sí medios suficientes para repeler ataques desde varios lados, particularmente en nuestros días, cuando todos desde el principio están preparados para esta forma muy usual de ataque. Si el enemigo puede atacarnos por varios lados con éxito depende generalmente de condiciones bastante diferentes a la de que se haga inesperadamente; sin entrar aquí en la naturaleza de estas condiciones, nos limitamos a observar que con el envolvimiento de un enemigo, grandes resultados, así como grandes peligros están conectados; que por lo tanto, si dejamos de lado circunstancias especiales, nada lo justifica sino una gran superioridad, justo tal como deberíamos usar contra una parte fraccionaria del ejército enemigo.
Pero el envolvimiento y cercamiento de una pequeña fracción del enemigo, y particularmente en la oscuridad de la noche, es también más practicable por esta razón: que cualquier cosa que apostemos en ello, y por muy superior que sea la fuerza usada, aun así probablemente constituye solo una porción limitada de nuestro ejército, y podemos apostar eso más pronto que el todo en el riesgo de una gran aventura. Además, la mayor parte o quizás el todo sirve como apoyo y punto de reunión para la porción arriesgada, lo que nuevamente disminuye mucho el peligro de la empresa.
No solo el riesgo, sino también la dificultad de ejecución confina las empresas nocturnas a cuerpos pequeños. Como la sorpresa es la esencia real de ellas, así también el acercamiento furtivo es la condición principal de ejecución: pero esto se hace más fácilmente con cuerpos pequeños que con grandes, y para las columnas de un ejército entero rara vez es practicable. Por esta razón tales empresas están en general solo dirigidas contra avanzadas aisladas, y solo pueden ser factibles contra cuerpos mayores si están sin suficientes avanzadas, como Federico el Grande en Hochkirch. Esto sucederá más raramente en el futuro a ejércitos enteros que a divisiones menores.
14 de octubre de 1758.
En tiempos recientes, cuando la guerra se ha llevado a cabo con tanto más rapidez y vigor, ha ocurrido en consecuencia a menudo que ejércitos han acampado muy cerca unos de otros, sin tener un sistema muy fuerte de avanzadas, porque esas circunstancias han ocurrido generalmente justo en la crisis que precede a una gran decisión.
Pero entonces en tales momentos la disposición para la batalla de ambos lados es también más perfecta; por otro lado, en guerras anteriores era una práctica frecuente para los ejércitos establecer campamentos a la vista unos de otros, cuando no tenían otro objeto sino el de mantenerse mutuamente en jaque, en consecuencia por un período más largo. Cuán a menudo Federico el Grande estuvo durante semanas tan cerca de los austriacos, que ambos podrían haber intercambiado disparos de cañón.
Pero estas prácticas, ciertamente más favorables a los ataques nocturnos, han sido discontinuadas en días posteriores; y los ejércitos, al no ser ya en cuanto a subsistencia y requerimientos para acampar, cuerpos tan independientes completos en sí mismos, encuentran necesario mantener usualmente una marcha de un día entre ellos y el enemigo. Si ahora tenemos en cuenta especialmente el ataque nocturno de un ejército, se sigue que raramente pueden ocurrir motivos suficientes para ello, y que caen bajo una u otra de las siguientes clases.
1. Un grado inusual de descuido o audacia que ocurre muy raramente, y cuando lo hace es compensado por una gran superioridad en fuerza moral.
2. Un pánico en el ejército enemigo, o generalmente tal grado de superioridad en fuerza moral de nuestro lado, que esto es suficiente para suplir el lugar de la guía en la acción.
3. Abrirse paso por un ejército enemigo de fuerza superior, que nos mantiene envueltos, porque en esto todo depende de la sorpresa, y el objeto de meramente abrirse paso por la fuerza permite una concentración de fuerzas mucho mayor.
4. Finalmente, en casos desesperados, cuando nuestras fuerzas tienen tal desproporción con las del enemigo, que no vemos posibilidad de éxito, excepto mediante una audacia extraordinaria.
Pero en todos estos casos está todavía la condición de que el ejército enemigo esté bajo nuestros ojos, y protegido por ninguna vanguardia.
En cuanto al resto, la mayoría de los combates nocturnos se conducen de tal manera que terminan con la luz del día, de modo que solo el acercamiento y el primer ataque se hacen bajo el amparo de la oscuridad, porque el asaltante de esa manera puede beneficiarse mejor de las consecuencias del estado de confusión en el que arroja a su adversario; y combates de esta descripción que no comienzan hasta el amanecer, en los que la noche por lo tanto solo se usa para acercarse, no han de contarse como combates nocturnos.
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